Mostrando entradas con la etiqueta Escritura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Escritura. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de noviembre de 2021

HE TRATADO DE ESCRIBIR LAS HISTORIAS COMPLETAS

 


He tratado de escribir las historias completas

pero me ha dado miedo.

Ya sé que no tengo los permisos

y que estoy faltando a las promesas como siempre.

Como si un solo verbo pudiera revivir los momentos.

Pero tengo deudas que pagar con mi memoria y la tuya.

Sé además que tú no podrías escribirlas jamás.

Lamento si te las robo en alguna medida,

pero al hacerme participe también me las regalaste.

Ya sabes que soy una cuenta historias.

También tengo que recordarte

que la ficción a veces no supera la realidad.

Te insto a que no tengamos más miedo.

Que no parezcamos, que seamos.

Aunque seamos víctimas o victimarios,

aunque robemos donde ya no queda nada.

Te puedo decir, si te sirve de consuelo,

que he llorado en todas las plazas

de las ciudades donde he estado,

y ya sabes que son muchas.

Pero que también he amado con fuerza

y me he reído con ganas, de nosotras mismas.

Esta historia es tuya, como tantas otras

Irene Bostelmann, El Camino más Largo

jueves, 16 de septiembre de 2021

¿POR QUÉ ME GUSTA AGATHA CHRISTIE?

 

Cal dedicó la hora del almuerzo a leer un libro de Agatha Christie en edición de bolsillo mientras daba cuenta de un falafel para llevar. Había estado dándole vueltas a la decisión de cometer un asesinato. Podía concebir que alguien deseara la muerte de otra persona, pero ¿desear ser el artífice de esa muerte? ¿Llevar a cabo la acción física de alzar una hoja y descargarla sobre el cuerpo de otro ser humano? Eso le costaba entenderlo.

Lo que hacía de las novelas de misterio de Agatha Christie sus preferidas era que siempre contenían un número limitado de sospechosos. Con Sherlock Holmes, prácticamente la mitad de Londres podría haber cometido el crimen, pero con Agatha los posibles criminales potenciales se reducían a una decena, que además aparecía expuesta con claridad al principio. Y aunque resultara difícil seguirlos a todos a medida que la historia avanzaba —¿quién habíamos dicho que era ese lord Loquesea?— al menos uno estaba seguro de que había sido uno de ellos. Agatha jugaba limpio: al final de la historia no aparecía un personaje inesperado del que no habías oído hablar hasta ese momento. Todos sus libros poseían un giro argumental ingenioso. En Asesinato en el Orient Express, descubrías que los doce eran culpables. En El asesinato de Roger Ackroyd, la favorita de Cal, el culpable era el narrador. En Telón, la más triste de todas, el detective. Podían decirse muchas cosas de la buena señora, pero ¿quién sino Agatha había jugado con absolutamente todas las combinaciones posibles de presuntos asesinos?

¿Qué empujaba a los personajes de la autora a cometer sus fechorías? Por lo general, el dinero. En ocasiones, la sed de venganza. Muy de vez en cuando, alguno de ellos mataba por amor.

Graham Moore, La jurado 272

lunes, 24 de mayo de 2021

ERES CARLOS AGUILAR,

y hace veinticinco años que no nos vemos. Nos acabamos de cruzar en esta fiesta a la que me ha invitado Globomedia, la productora de televisión de Mediapro. No me has reconocido pero no importa. Yo a ti sí te conozco. Te conozco mejor de lo que piensas.

Según te pides una copa al fondo, sé que estás rumiando lo que te acaban de anunciar en el hospital Clínico. Sé que tu hermana es médico. Sé que esta tarde la has pasado con ella y tu cuñado en la piscina de su urbanización en el norte de Madrid. Sé que te sentaste bajo una sombrilla, en bañador, sin quitarte una camisa de manga larga con la que cubrías tus brazos, la misma eslim fit de Hugo Boss que llevas ahora. Sé que luego tosiste y escupiste sangre. Y sé lo que te han anunciado los médicos.

Pero hay más: sé lo que te va a suceder a lo largo de estas trescientas y pico páginas. Sé tantas cosas sobre ti que, si fueras consciente de todo lo que sé, te angustiarías. Por eso, lógicamente, no irrumpo en tus pensamientos. Como no me reconoces, me limito a dejarte una tarjeta con mi nombre, que has guardado distraídamente en el bolsillo de tu americana: ni siquiera la has mirado.

Es posible que sea mejor así. No es hora de reencontrarnos. Ya llegará el momento.

Con todo, me cuesta no observarte por el rabillo del ojo mientras me alejo y me tomo un segundo burbon con mi mujer en este club privado en pleno centro de Madrid donde te señalo discretamente. Le indico que eres el personaje más exitoso de todos los que pueblan mis novelas. Ella me dice que lo entiende, porque eres atractivo. Insiste en que tienes carisma sexual. Le gusta tu manera de coger la copa, de moverte entre la gente. Le atrae tu pelo ensortijado, reluciente de gomina. Le intriga la media sonrisa maliciosa que esbozas en cualquier situación.

Dice que le encantaría saber qué ha sido de ti durante estos años.

Y es que hay mucha gente deseándolo. Gente que te perdió la pista hace veinticinco años y que tiene ganas de que vuelvas a colarte en las librerías. Cuando le explico que llevo un tiempo rumiando el contar a todos tu historia, sonríe y dice que es buena idea. Tú igual no lo sospechas, pero muchos me lo reclaman. Desde hace ya un tiempo te has convertido en un icono noventero y hasta, para algunos, en ejemplo de masculinidad tóxica.

Así se referían a ti recientemente en un artículo de El País. Probablemente ni lo has leído y, si lo has hecho, te habrás reído un rato. A ti la opinión de los periodistas nunca te importó ni poco ni mucho. Pero yo me he visto obligado en mis últimas intervenciones a explicar la esencia negativa de tu personalidad. Eres como el Mister Jaid que todos llevamos dentro y que casi nunca sacamos a relucir. Como mi parte oscura, mi némesis. Cuesta creer que un día fuimos amigos.

Lo cierto es que durante todos estos años nos hemos alejado tanto, que yo soy el primer sorprendido esta noche. Siempre pensé que si nos cruzábamos de nuevo no te reconocería… y ya ves que no ha sido así.

Le doy otro trago a mi copa y echo un vistazo a mi alrededor. Veo gente del mundo audiovisual reunida para mirarse unos a otros y ensalzar su glamur castizo. Acaba de llegar Alba Flores, la hija de Lolita, la sobrina de Antonio Flores: es una de las estrellas emergentes del panorama televisivo. No está lejos de mí y la felicito por sus éxitos.

Al rato se me acerca Javier Méndez, el director de contenidos de Mediapro, a hablarme sobre nuestro próximo proyecto.

—Tengo muchas esperanzas puestas en ella, José Ángel… Estoy esperando el piloto.

Le contesto que estoy trabajando duro en ello, por supuesto. Y a todo esto no te quito el ojo de encima, porque tú podrías ser el protagonista de esa futura serie. Tu personaje me tiene obsesionado. Después de tanto tiempo dándole vueltas a cómo recuperarte, ardo en ganas de volver a oír tu voz.

Vayamos, si te parece, con ello. Retrotraigámonos un par de horas. A la visita que acabas de hacer al hospital clínico San Carlos, en la plaza de Cristo Rey, porque eso es el principio de todo.

¡Que empiece la función!

José Ángel Mañas, La última juerga

miércoles, 19 de mayo de 2021

GUSTOS

 

Lytten miró de reojo a sus compañeros y sonrió brevemente. Al igual que él, la mayoría rondaba los cincuenta; todos ellos tenían ese aspecto cansado y desaliñado característico de su profesión. A ninguno le preocupaba mucho la elegancia en el vestir; preferían los trajes de tweed desgastados por el uso y los zapatos cómodos. Tenían el cuello de la camisa deshilachado, salvo aquéllos a los que su esposa le daba la vuelta antes de admitir que no se podía hacer nada más. A las americanas les cosían coderas de piel para alargarles la vida; la mayoría lucía unos calcetines que habían sido zurcidos con cuidado y de manera repetida. Lytten suponía que eran sus mejores amigos, gente a la que, en algunos casos, conocía desde hacía décadas. Sin embargo, no los consideraba amigos, ni siquiera colegas. La verdad es que no sabía qué eran. Simplemente formaban parte de su vida: las personas con las que pasaba el sábado, después de que algunos acudiesen a la biblioteca y otros dedicaran una o dos horas a la enseñanza.

Todos ellos tenían una pasión secreta, que ocultaban bien a la mayor parte del mundo. Les gustaban los relatos. Algunos sentían debilidad por las historias de detectives y poseían montones de Penguin de lomo verde escondidos tras libros encuadernados en piel de historia anglosajona o filosofía clásica. Otros sentían un amor igual de ardiente e ilícito por la ciencia ficción, y nada les agradaba más que aovillarse con un relato de una exploración interestelar entre las clases sobre la evolución y la acogida que tenía la novela rusa del siglo XIX. Unos cuantos preferían los libros de espías y las novelas de aventuras, ya fuesen de Rider Haggard o Buchan o (para los más disolutos) James Bond.

Lytten mostraba una inclinación por las historias fantásticas de tierras imaginarias, habitadas (si es que ésta era la palabra) por dragones y trols y trasgos. Había sido eso lo que lo había movido, hacía ya muchos años, a buscar la compañía de Lewis y Tolkien.

Se trataba de un interés que se había apoderado de él cuando tenía trece años, cuando se vio postrado en la cama durante cuatro meses con sarampión, luego paperas y después varicela. De manera que leyó. Y leyó y leyó. No había otra cosa que hacer; ni siquiera contaba aún con un aparato en el que pudiera escuchar la radio. Si su madre no paraba de llevarle obras respetables y edificantes, su padre le pasaba de tapadillo cosas disparatadas. Historias de caballeros y bellas doncellas, de dioses y diosas, de búsquedas y aventuras. Él leía y después se acostaba y soñaba, mejorando los relatos allí donde pensaba que el autor se había quedado corto. Los dragones se tornaban más desagradables; las mujeres, más avispadas; los hombres, menos aburridos y virtuosos.

Al final acabó escribiendo él las historias, pero siempre se mostraba reticente a enseñarlas. Fue a la guerra, después entró a formar parte del mundo académico, un intelectual sobresaliente, y las historias quedaron sin terminar. Además, resultaba muy sencillo criticar el trabajo de los demás, pero descubrió que en realidad era bastante arduo contar una historia. Sus primeras tentativas no fueron mucho mejores que aquéllas a las que sacaba faltas con tanta facilidad.

Poco a poco fue forjando una nueva ambición, y ésa era la que en ese momento, un tranquilo sábado de octubre de 1960, se disponía a revelar en todo su esplendor a sus amigos en el pub. Se había pasado años analizando las obras de los demás; ahora, después de que lo pincharan tanto, le había llegado su turno.

Confiaba en que reaccionaran con interés. A lo largo de los años, los miembros habían ido yendo y viniendo, y los mejores se habían ido: Lewis estaba enfermo en Cambridge, Tolkien se había jubilado, demasiado famoso y demasiado mayor para escribir más. Los echaba de menos, le habría gustado ver la cara que ponía Lewis.

—Muy bien, caballeros, si tienen la amabilidad de dejar lo que están bebiendo y prestar atención, les contaré.

Iain Pears, Arcadia

lunes, 17 de mayo de 2021

DOS AÑOS DE VACACIONES

 

Cierta madrugada del año 1886, Jules Verne estaba, como de costumbre, en el gabinete de trabajo de su casa, en el número 2 de la calle Charles Dubois, en Amiens, una sencilla y provinciana ciudad del norte de Francia.

El silencio era total en aquellas horas tranquilas del alba, así que, arropado por la calma matutina, Verne escribió:

Dos años de vacaciones

En la noche del nueve de marzo, las nubes, que se confundían con el mar, limitaban a unas cuantas brazas el espacio que podía abarcarse con la vista.

Se trataba del título y de la primera frase del capítulo primero del trigésimo segundo libro de Los viajes extraordinarios (¿o era el trigésimo primero o el trigésimo tercero...?), y aunque el párrafo en cuestión le pareció aceptable, no por ello abandonó el lápiz, tan apto para eliminar tropezones lingüísticos, tan fácil de borrar. Tiempo habría de repasar aquello a tinta para transformarlo en texto definitivo.

Siguió escribiendo a buena velocidad, sin detenerse demasiado en relecturas y correcciones, algo inusual en él dado su carácter meticuloso y perfeccionista. Pero tenía cincuenta y ocho años, no era por tanto un jovencito ilusionado y vital, y se encontraba además en la época más amarga de su vida.

En las siguientes semanas se dedicó por completo a la nueva obra, una historia de pequeños robinsones en la que quince niños de entre ocho y catorce años tienen que sobrevivir en una isla desierta durante dos años solos y sin la ayuda de adultos.

A menudo Verne se fatigaba por la postura casi inmóvil del escritor y con gran esfuerzo recolocaba esa pierna inflamada y dolorida en la que una profunda herida de bala a la altura del tobillo no terminaba de curarse.

Pero seguía escribiendo.

Con frecuencia sentía desánimo, mal humor, agotamiento vital.

Pero seguía escribiendo. Había un contrato firmado que no podía incumplir; escribir era su oficio, su obligación.

Y un día, inesperadamente, algo muy fuerte sucedió en su vida e hizo que Jules Verne renunciara de golpe a continuar con esa novela. ¿Qué fue? En la soledad de su gabinete de trabajo, apartando el manuscrito de su vista, derramó odio sobre los protagonistas de la historia con inmensa e injusta acritud.

–¡Al diablo! ¡Al diablo el jovencito Briant, el envidioso Doniphan y todos los muchachos de la maldita isla!

Lo cual era excesivo y desacostumbrado, pues Verne amaba profundamente a sus personajes, en los que ponía gran ilusión, sobre todo durante la época de génesis de las novelas. Pero 1886 era su año nefasto (y no solo por el atentado que había sufrido), y una considerable depresión le embargaba hasta el punto de hundir su estado de ánimo por completo. Y ahora además estaba lo otro, lo que acababa de suceder y había provocado que los ojos secos de un hombre endurecido se ablandaran y humedecieran por las lágrimas.

De ese modo, el manuscrito todavía a lápiz y sin terminar de Dos años de vacaciones fue abandonado y Verne decidió que comenzaría otra novela. Esta no le estaba resultando gratificante.

Así lo hizo. Tituló la nueva obra Norte contra sur, y pronto se vio completamente inmerso en ella.

Mientras, Dos años de vacaciones permanecería en el olvido...

Marisol Ortiz de Zárate, Rebelión en Verne

miércoles, 3 de febrero de 2021

COMPARTIR EL CONOCIMIENTO


Axlin casi había olvidado la desconcertante conversación que había escuchado entre el líder del enclave y su miembro de mayor edad cuando, días después, el propio Oxis llamó su atención una mañana, mientras tendía la ropa al sol.

—Ven conmigo —le dijo con cierta brusquedad.

—¿Cómo...?

—Vamos, sígueme.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta y echó a caminar, muy despacio, apoyándose en su bastón. Axlin dejó el cesto de la ropa en el suelo y se apresuró a ayudarlo sosteniéndolo por el otro brazo, pese a que también a ella le costaba mantener el equilibrio. Así, muy lentamente, llegaron hasta la cabaña de Oxis.

La niña lo ayudó a acomodarse sobre la silla y se dio la vuelta para marcharse, creyendo que aquello era lo único que el anciano quería de ella.

—Espera, no te vayas —dijo él—. Ven.

Axlin se acercó, intrigada. Oxis alcanzó algo que reposaba sobre una mesita, y ella comprobó con sorpresa que se trataba del mismo objeto que había despertado su interés en su última visita.

Oxis lo alzó en alto para que lo viera bien.

—Esto, jovencita —anunció con gravedad—, es un libro. El único que tenemos en el enclave, por el momento.

—Libro —repitió Axlin; aquella palabra no significaba nada para ella.

—Sirve para anotar cosas en sus páginas. Para que otros puedan leerlas más adelante.

Anotar. Páginas. Leer. Eran tantos conceptos nuevos que el rostro de Axlin se tiñó de confusión. Oxis meneó la cabeza con un suspiro y la invitó a sentarse junto a él.

Entonces le mostró el libro con detalle y le habló de la escritura, de cómo se podía plasmar información en aquel objeto mediante un código que otras personas compartían; de cómo los hechos, los pensamientos y las conversaciones podían ser descritos allí para que otros los interpretaran tiempo después.

Le mostró las páginas del volumen, ya amarillentas y llenas de letras que formaban palabras, que a su vez componían frases, que se combinaban para conservar información vital para el enclave.

—En este libro, Axlin —concluyó Oxis, pasando las páginas con cuidado—, otras personas antes que yo, generación tras generación, han registrado los acontecimientos más importantes de la aldea, desde hace más de cien años. Los nacimientos, las muertes, los ataques de los monstruos, las visitas de los buhoneros y las noticias que nos traen de otros lugares más allá de la empalizada. Aquí está todo el saber que nosotros no somos capaces de recordar; aquí lo guardamos para nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, y los hijos de los hijos de nuestros hijos; por si morimos antes de que crezcan lo suficiente como para poder escucharlo de nuestros propios labios.

Axlin contempló el libro con respeto, aunque aún le costaba imaginar cómo un objeto tan pequeño podía contener tantas cosas.

—Yo soy el guardián del libro —prosiguió Oxis—. También me llaman el escriba. Antes había uno en cada enclave, o incluso varios, pero ahora quedamos muy pocos, porque es más práctico aprender a luchar que aprender a leer. Y si yo no hubiese quedado tullido hace años, probablemente mi antecesor no habría escogido a ningún aprendiz, y su conocimiento habría muerto con él.

—Pero está en el libro —señaló Axlin, que aún trataba de entender cómo funcionaba aquella magia extraña.

—Sí, pero no sirve de nada si no lo sabes interpretar. Dime, ¿tú sabes leer?

La niña contempló los signos del libro casi hasta quedarse bizca, esperando que su contenido le fuese revelado de alguna manera; por fin sacudió la cabeza, decepcionada.

—Nadie sabe leer en este enclave —la consoló Oxis—. Nadie, salvo yo. Así que, por el momento, cuando escribo en el libro, lo hago sabiendo que solo yo lo puedo leer; y, cuando yo muera, nadie más podrá. A no ser que hagamos algo para evitarlo, naturalmente.

Se quedó mirando a Axlin con fijeza, y ella se removió, nerviosa.

—¿Qué quieres decir?

Entonces Oxis sonrió, y le formuló la pregunta que cambiaría su vida para siempre:

—¿Te gustaría aprender a leer y a escribir, Axlin, para ser la próxima escriba de la aldea?

Ella se sorprendió al principio; entonces recordó que el anciano ya había hablado de ese tema con Vexus, cuando pensaban que ella no los oía. Aun así, dado que no había vuelto a pensar en ello, no supo qué contestar.

—Yo...

—¿Te gustaría? —insistió él.

Axlin volvió a mirar el libro. Sentía curiosidad por saber qué secretos podría revelarle. Se le ocurrió una idea.

—¿En este libro se habla de las pelusas?

Oxis le dirigió una mirada penetrante, como si quisiera desentrañar la intención que se escondía tras aquella cuestión.

—Por supuesto —respondió por fin—. Por desgracia, se han llevado a muchos de nuestros niños, desde que tenemos memoria.

Axlin asintió lentamente, pensando.

—¿Y de los chupones? ¿Habla de los chupones?

En esta ocasión, fue Oxis quien se sorprendió.

—¿Los chupones?

—Son unos monstruos que había en el enclave donde vivían Ixa y Rauxan.

Él la miró pensativo.

—Es posible —reconoció—. No me sé el libro de memoria.

—Pero ¿Umax no te lo contó? ¿No te habló de los monstruos que atacaron su aldea?

—Los escuálidos, sí. Hay algo de información sobre ellos en alguna parte.—Siguió contemplando a Axlin con mayor curiosidad—. Es cierto que antes se compartía ese conocimiento; algunos escribas anotaban detalles sobre monstruos desconocidos en estas tierras, pero yo no lo suelo hacer. No vale la pena, ¿sabes? Ya tenemos bastante con nuestros propios monstruos, y quedan pocas páginas en blanco; no podemos llenarlas de cosas inútiles.

«A mí no me parecen inútiles», pensó Axlin. Desde la llegada de los forasteros, había soñado a menudo con los chupones y los escuálidos, y le angustiaba la idea de que el enclave no estuviese preparado para enfrentarse a ellos. Si ni siquiera habían encontrado aún la forma de salvar a niños como Pax de monstruos con los que llevaban siglos conviviendo, ¿cómo se defenderían de criaturas a las que no conocían?

—Yo quiero saber —dijo solamente.

Oxis sonrió de nuevo.

—No necesitas más para ser mi aprendiz. Enhorabuena, Axlin; si eres aplicada y prestas atención, algún día serás la escriba del enclave.

A pesar de que nunca antes había oído hablar de los escribas, las mejillas de la niña se arrebolaron. «Voy a ser escriba», se dijo. Y sonrió por primera vez en muchos días.

Laura Gallego, El Bestiario deAxlin

lunes, 18 de marzo de 2019

HUBO UN TIEMPO EN QUE QUISE SER COMO MI ABUELO



El capricho —cierto— duró poco. Fue tan efímero como mi anhelo de convertirme en astronauta o superhéroe. Pero aquella húmeda tarde dublinesa de julio —la del billete a Madrid, la maleta hecha a toda prisa y la apremiante orden de Susan para que empezara a escribir de una vez por todas—, regresó de entre mis recuerdos.
Mi abuelo José se pasó toda su vida emborronando páginas. Apenas salía de una habitación que olía a paquetes de folios recién abiertos, como si el mundo «real» le diera miedo y sólo se sintiera a salvo rodeado de sus creaciones, en el silencio de su estudio.
Por supuesto, nunca me dijo qué hacía con exactitud en aquel despacho. Seguramente pensó que no lo entendería. O no supo cómo explicármelo. O tal vez creyó que era mejor que el pequeño de la casa creciera ajeno a ese extraño torbellino de sensaciones, a ese arrebato íntimo que uno experimenta al gestar un texto. «Escribir es un oficio peligroso —murmuraba a veces en las sobremesas largas de los fines de semana cuando alguno de nosotros le preguntaba por su trabajo—. Imaginar personajes te expone a mentes ajenas —añadía quejumbroso—. Terminas oyendo voces que susurran cosas. Acabas viendo lo que otros no ven y resulta difícil no enloquecer. Y además están esas sombras... Las que buscan por todos los medios hundirte en la nada y robarte el fuego invisible de la creatividad.»
«¿Qué sombras?», le preguntaba.
Pero él me acariciaba la cabeza, me revolvía el pelo con su manaza, y callaba.
Uno de esos remotos días en los que aún creía que podría ser como él, el abuelo dejó entrever algo sobre la naturaleza de su trabajo que me estremeció.
Ocurrió por accidente. Me sorprendió donde no debía.
—Así que te gusta espiarme —refunfuñó al descubrirme agazapado bajo el escritorio en el que trabajaba. Por suerte nunca supo que llevaba desde el viernes anterior oyéndole pasar a limpio el manuscrito de su novela El alma del mundo—. ¿Qué diablos piensas que vas a encontrar ahí abajo?
El abuelo, que tenía unos ojos enormes y unas cejas blancas e hirsutas que hablaban al arquearse, me taladró con la mirada. Parecía enfadado.
—Yo, yo... —balbucí entre toses—. Yo no...
—Sal de ahí. Vamos.
—Yo... —repetí paralizado, a punto de echarme a llorar—: ¡Yo sólo quería saber de dónde sacas tus historias, abuelo!
Mi excusa, lo recuerdo bien, lo dejó estupefacto. Me obligó a que le repitiera aquella frase un par de veces y se frotó los ojos, no sé si sorprendido o consternado.
—¿Que de dónde saco mis historias? —Al fin reaccionó.
Don José Roca agitó entonces las manos sobre el teclado de su vieja máquina de escribir y, pensativo, permitió que mi interrogante flotara en la nada durante unos segundos. Después sus pupilas relampaguearon. Y luego, haciendo trizas el aire de gravedad del que solía envolverse cuando escribía, soltó una carcajada.
—Eso por lo que me preguntas es todo un misterio, señorito —tronó repentinamente divertido—. ¡Es el secreto más preciado de un escritor! ¡Mi secreto!
Su enfado se había disipado de golpe, como a veces hacían las tormentas de verano sobre los acantilados de Moher. Para mi alivio se levantó de la silla, se alejó de donde yo aún estaba acuclillado y se paseó por la estancia balanceando su enorme cuerpo hacia la estantería más cercana.
—Dime, David, ¿cuántos años tienes ya?
—Nueve. Casi diez —respondí.
Con un gesto me obligó a salir de mi escondite.
—Bien, bien. Ya eres casi un hombre. ¿Cómo no me he dado cuenta? Cuando cumplas los diez te leerás este libro y empezarás a buscar por ti mismo de dónde vienen las historias —añadió tendiéndome un volumen encuadernado en piel que acababa de tomar entre las manos—. Así no olvidarás nunca el secreto de un buen relato.
—¿Esto es para mí? ¿En serio, abuelo? —dije, emocionado con aquel regalo.
—Muy en serio, jovencito. Aunque tienes que prometerme que lo leerás.
—Y si lo leo, ¿podré atrapar historias como haces tú?
El abuelo volvió a reír, seguramente imaginándose a sí mismo atrapando cuentos como si fueran mariposas.
—Eso dependerá del empeño que pongas —susurró—. Escribir es buscar. Un día lo entenderás. Si alguna vez te conviertes en escritor, te pasarás la vida buscando. De hecho, nunca dejarás de hacerlo. Jamás.
—¿Buscando qué, abuelo?
—¡Todo!
El volumen que me confió aquella tarde fue una vieja edición de El Forastero Misterioso, de Mark Twain. En realidad, se convirtió sólo en el primero de la pequeña colección que iría regalándome hasta el día de su muerte, de eso hace ya más de una década.
Aquel tomo, sin embargo, siempre fue el más especial. Era algo parecido a una autobiografía novelada, un disfraz tras el que el padre de Tom Sawyer se presentaba como una suerte de ángel que se aparecía a un puñado de muchachos —una clara metáfora de sus lectores— a los que les desvelaba los secretos que mejor le convenían. El forastero, por supuesto, tenía mucho del propio Twain. Pero también algo que no era él. Había en su personaje un matiz siniestro, acaso maligno. Años más tarde descubriría que Twain creía haberse desplomado del cielo durante el paso del cometa Halley en 1835. Y no lo decía en broma. Nació en noviembre de aquel año. Presumía de ello siempre que tenía ocasión. Por supuesto, nadie se tomó en serio aquel chascarrillo hasta que, por un extraño azar cósmico, Mark Twain falleció justo con el retorno de su querido viajero celestial en 1910. Era evidente que se lo llevó el mismo cometa que lo había traído.
Entonces, ¿de verdad fue un enviado del cielo?
La duda se incrustó en mi mente infantil.
En las primeras páginas de El Forastero Misterioso él mismo definía a su protagonista —un extranjero llegado de ninguna parte, capaz de adelantarse al tiempo y que trataba a los humanos cual figurillas de un belén— como «un visitante sobrenatural llegado de otro lugar». Y justo esa línea había sido subrayada con lápiz rojo por el abuelo.
Fue la única marca que encontré en todo el libro.
¿Un visitante? ¿Y qué diablos quería decir eso? ¿Es que Twain se sentía un marciano? ¿Un ángel caído, tal vez?
Mi imaginación se disparó.
¿Y el abuelo? ¿También era acaso uno de ellos?
Se lo pregunté, claro está. Pero apenas me respondió con un puñado de evasivas que entonces no entendí.
—Cuídate de los forasteros misteriosos, David. Son terribles. Siempre acechan. Siempre.
Aquella lectura me dejó un regusto que duró años. Una acidez extraña, penetrante, que se multiplicó en cuanto supe que ese libro fue el último que Twain escribió antes de morir. Por su culpa, anduve haciéndome preguntas absurdas durante toda la adolescencia. Interrogantes que, cobarde, ya no me atreví a trasladar más veces al abuelo.
¿Se sentía así también él?
Como un extraño de otro mundo.
¿Sacaban Twain y él sus historias de esos «otros lugares» de los que creían venir?
¿Era ésa la fuente secreta de la que bebían?
No es de extrañar que tras leer la dichosa novela un par de veces más llegara a la conclusión de que los escritores son una especie de oteadores de lo invisible. Su trabajo, cuando es noble, consiste en actuar de intermediarios entre este mundo y los otros.
Las vidas de algunos autores confirmaron esas sospechas. Philip K. Dick, por ejemplo, no tuvo complejos en admitir que había hollado esos «otros mundos». Edgar Allan Poe tampoco. De pronto advertí que mis autores favoritos comulgaban con esa idea. Admitían sin complejos que la dimensión invisible de la que abrevaban, lejos de ser una mera invención, era tan infinita y real como las estrellas del universo.
Creo que por eso siempre me dio tanto respeto el acto de escribir... y llevaba tanto tiempo evitándolo.

Javier Sierra, El Fuego Invisible

miércoles, 13 de marzo de 2019

SIEMPRE IMAGINÉ QUE LA CRÓNICA DE MI VIDA,


si acaso alguna vez llegaba a escribirla, tendría una primera frase excelente: algo lírico, como «Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas», de Nabokov; y, si no me salía nada lírico, algo arrollador, como «Todas las familias felices se asemejan, pero cada familia desdichada es desdichada a su manera», de Tolstói. La gente recuerda estas palabras incluso cuando ya ha olvidado todo lo demás que hay en el libro. En lo tocante a frases de apertura, la mejor, a mi modo de ver, es el comienzo de El buen soldado, de Ford Madox Ford: «Éste es el relato más triste que nunca he oído.» Docenas de veces lo habré leído, y sigue dejándome patidifuso. Ford Madox Ford era uno de los Grandes. Cierto día, Chuang Tzu se quedó dormido y soñó que era una mariposa, revoloteando muy contento por ahí. Y la mariposa no sabía que era Chuang Tzu soñando. Luego despertó y volvió a ser el de siempre, pero ahora no sabía si era un hombre soñando que era una mariposa o una mariposa soñando que era un hombre.

En toda una vida de esfuerzos por escribir, con nada he luchado más varonilmente —sí, ésa es la palabra, varonilmente— que con las aperturas. Siempre me ha parecido que si esa parte me salía bien el resto seguiría de modo automático. Concebía la primera frase como una especie de útero semántico repleto de atareados embriones de páginas sin escribir, resplandecientes pepitas de genio, ansiosas de nacer. De ese gran recipiente fluiría, por así decirlo, el relato completo. ¡Qué desilusión! Ocurrió exactamente lo contrario. Y no es porque escaseen las buenas frases de arranque.

Deléitese usted en ésta, por ejemplo: «Cuando sonó el teléfono, a las tres de la madrugada, Morris Monk supo antes de levantar el aparato que la llamada era de una dama, y algo más: que decir damas es decir problemas.» O ésta: «Poco antes de que lo descuartizaran los sádicos soldados de Gamel, el coronel Benchley tuvo un vislumbre de la blanca casita de campo del Shropshire, con la señora Benchley a la puerta, y los niños.» O ésta: «París, Londres, Djibuti, todo le parecía irreal ahora, sentado entre las ruinas de otra cena más de Acción de Gracias, con su madre y su padre y el idiota de Charles.» ¿Quién puede permanecer insensible ante unas frases así? Tan preñadas están de significado, tan, oso decirlo, tan a punto de reventar de significado, que es como si las hincharan los capítulos enteros sin escribir que llevan dentro: sin escribir, aunque ya presentes.

Pero, ay, en realidad no eran más que burbujas, falsas ilusiones, todas ellas. Cada una de esas frases maravillosas, repletas de promesas, era como una caja envuelta para regalo en manos de un niño anhelante, una caja que nada contiene, sino piedrecillas y trozos de basura, a pesar del ruido tan seductor que hace al agitarla. ¡El niño piensa que son caramelos! Yo pensaba que eran literatura. Todas esas frases —y otras muchas, también— resultaron no ser trampolines de lanzamiento hacia la gran novela sin escribir, sino barreras insuperables. Comprende usted, eran demasiado buenas. Nunca logré situarme a su altura. Hay escritores que nunca logran igualar su primera novela. Yo nunca pude igualar mi primera frase. Y mírenme ahora. Miren de qué modo he empezado esto, mi obra final, mi opus magna: «Siempre imaginé que la crónica de mi vida, si acaso alguna vez llegaba...» ¡Dios del cielo, «si acaso alguna vez»! Ya se percata usted del problema. Irremediable. Que lo borren.

Éste es el relato más triste que nunca he oído. Empieza, como todos los verdaderos relatos, quién sabe dónde. Buscar el principio es como intentar descubrir las fuentes de un río. Se pasa usted varios meses remando contra la corriente, bajo un sol abrasador, entre altísimas murallas de jungla chorreante, con los mapas empapados de humedad desintegrándosele en las manos. Lo enloquecen a usted las falsas esperanzas, los malignos enjambres de insectos picadores, y las añagazas de la memoria, y lo único que saca en claro, al final —la última Thule de tan ridícula búsqueda—, es un humedal de la selva o, tratándose de un relato, una palabra o un gesto perfectamente desprovistos de sentido. Y, sin embargo, en algún lugar más o menos arbitrario del largo recorrido entre el humedal y el mar, el cartógrafo clava la aguja de su compás, y es ahí donde nace el Amazonas.

Lo mismo me pasa a mí, cartógrafo del alma, cuando busco el comienzo de la crónica de mi vida.

San Savage, Firmin

miércoles, 6 de febrero de 2019

EL BUSCADOR DE LIBROS



Supongo que alguna vez hubo una meta y uno sabía lo que buscaba o necesitaba leer por las razones que fuera. Pero ya hace mucho que las metas se quedaron en la cuneta de los buenos propósitos y el deseo de búsqueda se cumple en sí mismo: es la diferencia que hay entre correr 1500 metros o 5000 o los que sean, y sencillamente echarse a correr. La biblioteca es un organismo que rechaza la idea del todo: en aquella vieja disputa entre filósofos de antes de Sócrates –disputa que reverbera en discusiones teológicas de algunos científicos actuales–, entre el todo y el infinito, la biblioteca cree firmemente en el infinito, desprecia la mera posibilidad de que haya un todo. Siempre hay algún volumen por conquistar, alguno que está más allá, no sólo los que pertenecen al futuro, también los que se esconden en los pliegues del pasado.

Ahora depende de los días, la curiosidad la sigo teniendo despierta y con hambre, así que basta con que un columnista mencione un libro que no conozco para que se me abra el apetito, basta enterarme, en un prólogo, en una conversación, de la existencia de un libro apetitoso que yo ignoraba para que me ponga a la tarea de conseguirlo (...)

No recuerdo un día en que no haya buscado libros. Desde que entramos en la era de internet exige menos esfuerzo físico, es cierto, y el montón de posibilidades que se te brindan es un espejismo: AbeBooks tiene un sistema de alertas gracias al que puedes introducir los datos de los libros que vas buscando para que quedes avisado en el momento en el que alguien los ponga a la venta, yo debo de haber ingresado ahí los datos de medio millar de libros de los que sólo un diez por ciento ha acabado apareciendo –lo que no quiere decir que los haya comprado, porque a menudo salían a precios disparatados o por lo menos imposibles para una cartera como la mía. Lo cierto es que si no echo de menos más de la cuenta las librerías de viejo de mi juventud es seguramente porque mi casa se ha convertido en una librería de viejo (aplicada a alguna época, ay, esta frase no tiene un gramo de metáfora).

Este es un libro de encargo (…)  Es sólo una memoria desordenada, porque la búsqueda de libros es así, desordenada, azarosa: es su principal encanto, saber cuando sales de caza que no sabes con qué te vas a encontrar, lo que te exige aquello que Nietzsche pedía para apreciar la melodía de la existencia: estar atentos, permanentemente atentos. Vamos allá.

Juan Bonilla, La Novela del Buscador de Libros

jueves, 24 de enero de 2019

NIÑO LEE, LO QUE SEA, PERO LEE



Vivo ansiosa. Quiero que mis hijos estudien robótica, porque nos gobernarán androides de hojalata. Que hablen mandarín, que con los chinos, tan sospechosos siempre, nunca se sabe. Que toquen el arpa, para ser la envidia de mi rellano. Ah, y las capitales de Europa, que se las sepan toditas, como Franco se sabía los Reyes Godos. Por querer, quiero hasta que arrasen con las de Rusia y compañía, y que me las enseñen, que en la EGB era sólo la URSS y no este sindiós de ahora. Todo por culpa de Gorbachov y su perestroika. Menuda liaste, Mijaíl.
Así que, con esta prisa mía para que hagan currículum, o le doy al Loracepam o me dan taquicardias como tsunamis. En el fondo me aterra que se conviertan en unos paquirrines sin Cantora o en unos borjas sin Thyssen, que esos, con latifundios y Bornemiszas, bien pueden andar todo el día en chándal sin dar palo al agua.
También me atormenta que se apunten a 'Gran Hermano' y hablen con la boca llena; que sean tronistas y metan en casa a una 'mamachicho'; o, siniestro total, que vayan a 'Gandía Shore'. No lo permitan los arcángeles, por Dios, no lo permitan.
Por eso me automedico sin control y les apunto a todo. Y a 'lot of English', pero a 'lot', no me vayan a salir como Rajoy o algo peor. Sobre este particular pongo yo mucha intención y les calzo tantas pelis como puedo en versión original. Sería muy 'cuqui' y muy de pititas cardadas decir que ellos lo aceptan sonrientes, mientras me piden, por favor, unas 'crudités' para merendar.
Pero la realidad es que en cuanto escuchan a Pocoyó en guiri, en mi casa se desata la 'kale borroka'. No me incendian el plasma de milagro. Pero yo, hierática, no doy marcha atrás. Por lo menos hasta que no hablen como los hijos de la Preysler, aunque estas criaturas mías no pisen Miami Beach. Tal es mi empeño que hace años casi me dejé fecundar por un inglés sólo para que fuesen nativos. Aquello no salió bien, así que no queda otra que, 'teacher' va y 'teacher' viene, pulir acento hasta parecer de 'Trafalgar Square'.
Para que se me refinen, todos los días cenamos con Chopin. Y me obsesiona que lean: la 'Eneida', 'Fray Perico' y su borrico o las etiquetas de Inditex. Lo que sea. Mi fe en la letra impresa es inquebrantable.
Desde hace unas semanas estaba pletórica. Mi hijo fagocita cómics (algo es algo) sin solución de continuidad. Va a dos volúmenes por semana. Yo lo dejo caer, así como al descuido, en todas las conversaciones que puedo y veo cómo a mis amigos 'hípsteres' se les crispan los ojillos. Ellos, mucho comprar cuentos y 'muffins' en librerías alternativas pero, a la hora de la verdad, sus hijos están más enganchados al iPhone que los yonquis a la metadona. Mientras, mi vástago, pensaba yo, va para notario. Por fin alguien va a prosperar en esta casa. Tendrá abono 'premium' en la ópera y casa en Sotogrande.
Tururú.
Ayer me asomé a esas viñetas que tanto lo atrapan. "Los dibujos se parecen a Heidi, será manga japonés", pensé. "Pero bueno, es lectura, es lectura", me repetí como un mantra. En uno de los bocadillos leí, en perfecto castellano, "teta" y "culo". Esa era la 'drogaína' de mi ¿niño?
Ay, Dios.
Mar Muñiz

jueves, 17 de enero de 2019

METÁFORA



La gente me provoca confusión. Eso me pasa por dos razones principales.

La primera razón principal es que la gente habla mucho sin utilizar ninguna palabra. Siobhan dice que si uno arquea una ceja puede querer decir montones de cosas distintas. Puede significar «quiero tener relaciones sexuales contigo» y también puede querer decir «creo que lo que acabas de decir es una estupidez».

Siobhan también dice que si cierras la boca y expeles aire con fuerza por la nariz puede significar que estás relajado, o que estás aburrido o que estás enfadado, y todo depende de cuánto aire te salga por la nariz y con qué rapidez y de qué forma tenga tu boca cuando lo hagas y de cómo estés sentado y de lo que hayas dicho justo antes y de cientos de otras cosas que son demasiado complicadas para entenderlas en sólo unos segundos.

La segunda razón principal es que la gente con frecuencia utiliza metáforas. He aquí ejemplos de metáforas.

Se murió de risa.
Era la niña de sus ojos.
Tenían un cadáver en el armario.
Pasamos un día de mil demonios.
Tiene la cabeza llena de pájaros.

La palabra metáfora significa llevar algo de un sitio a otro, y viene de las palabras griegas μετα (que significa de un sitio a otro) y φερειν (que significa llevar), y es cuando uno describe algo usando una palabra que no es literalmente lo que describe. Es decir, que la palabra metáfora es una metáfora.

Yo creo que debería llamarse mentira porque no hay días de mil demonios y la gente no tiene cadáveres en los armarios. Cuando trato de formarme una imagen en mi cabeza de una de estas frases me siento perdido porque una niña en los ojos de alguien no tiene nada que ver con que algo le guste mucho y te olvidas de lo que la persona decía.


PREMIO LIBRO DEL AÑO WITHBREAD 2003
PREMIO AL MEJOR LIBRO PARA JÓVENES LECTORES 2005
PREMIO PARA ESCRITORES DE LA COMMONWEALTH 2004

lunes, 7 de enero de 2019

VIRGINIA WOOLF



Había una vez una niña que vivía en Londres y que creó su propio periódico sobre su familia. Esa niñita se llamaba Virginia.

Virginia era ingeniosa, culta y muy sensible. Siempre que algo malo pasaba, se sentía sumamente triste durante semanas. Cuando estaba contenta, era la niña más alegre del planeta.

«Vivo intensamente», escribió Virginia en su diario.

Virginia padecía una enfermedad llamada depresión, y los cambios de humor la afectaron siempre. Sin embargo, sin importar su estado de ánimo, siempre escribía. Llevaba un diario y escribía poemas, novelas y reseñas. Escribir le permitía ver sus propios sentimientos con más claridad y de ese modo alumbrar las emociones humanas en general.

Había alguien a quien Virginia amaba tanto como la escritura: a su esposo Leonard.

Virginia y Leonard eran inmensamente felices juntos y se amaban con locura, pero a veces la depresión de Virginia le hacía difícil sentir alegría. En ese tiempo, no había tratamientos efectivos para la depresión, además de que mucha gente no creía que fuera real.

Hoy en día, la depresión tiene tratamiento. Ya sea que estés feliz, triste o algo intermedio, siempre es buena idea registrar tu estado de ánimo en un diario. Podrías convertirte en una gran escritora como Virginia y ayudar a otras personas a entender sus emociones y a llevar vidas llenas de sueños.

Elena Favilli y Francesca Cavallo, Cuentos de Buenas Noches para Niñas Rebeldes

jueves, 3 de enero de 2019

DEL DIARIO SECRETO DE GALENO


Mi nombre es Elio Galeno, educado en Pérgamo y Alejandría. He sido el médico de la familia imperial de Roma durante años y he asistido como testigo a numerosos acontecimientos notables en mi larga vida. Así, a modo de ejemplo, puedo mencionar que he presenciado la caída de una estirpe de emperadores y el ascenso de otra. También he acompañado a las legiones de Roma a varias campañas contra los bárbaros, ya fuera en el norte, más allá del Rin o el Danubio, o en las remotas tierras de Oriente. He visto dos cruentas guerras civiles, mucha sangre derramada en combates en los anfiteatros de medio mundo y en infinidad de campos de batalla. Por fin, seguramente la más terrible de mis experiencias, he asistido a los devastadores efectos de la peste. Muchos son, pues, los sucesos de renombre que he presenciado en mi existencia. Entiendo que los historiadores oficiales del Imperio y otros que se ocupan del recuerdo de lo que acontece en la existencia de los hombres tomarán debida cuenta de cada uno de estos eventos, quedando, de ese modo, todos ellos convenientemente reflejados por escrito para la posteridad. Pero siempre me asalta una duda: ¿y Julia? ¿Se acordará alguien de su historia? En solo diez años pasó de ser una desconocida adolescente de la ciudad de Emesa2 en su Siria natal a la augusta emperatriz de Roma en lo que supone un deslumbrante cursus honorum sin parangón.

En mi caso, por gratitud y por justicia, me he asignado un cometido inaudito en mi persona: he decidido contar su historia desde el principio, al menos, desde el momento en el que Julia Domna llegó a Roma. Pero en mí no habita ni el sentimiento ni la pericia de las palabras de un poeta ni de un autor de teatro popular y, aunque he escrito mucho, siempre han sido tratados de medicina, de plantas y pócimas, de anatomía, de enfermedades y tratamientos. Huelga decir que esta circunstancia me situaba ante un problema nunca antes considerado por mi intelecto: ¿cómo se cuenta la historia de una persona? ¿En qué orden? ¿En una sucesión cronológica de acontecimientos u organizando estos según temáticas afines?

Esto es algo nuevo para mí y confieso que me he sentido perdido durante meses en este punto.

Es complejo decidir cómo se va a contar una historia. Esto es, si se quiere hacer bien, tal y como se deben acometer todos los empeños en los que uno se embarca. Lo que implica, en el caso que nos ocupa, evitar ser uno de esos que se aventuran al relato sin antes considerar bien cómo organizar las ideas. Si uno va a ser proclive a semejante desatino entonces es mejor que ni tan siquiera empiece la empresa. Por eso he dedicado tiempo, esfuerzo e ingenio a pensar sobre esta cuestión: ¿cómo contar la historia de Julia Domna, la emperatriz más poderosa de Roma?

Estuve ponderando acerca de qué elementos o rasgos definen a una persona: unos dicen que su carácter, que tan relacionado está con los humores y su salud, pero estas características técnicas son las que nos interesan a los médicos. Yo no escribo ahora esta historia para otros cirujanos. A ellos les dejo mis manuales y tratados del arte de Asclepio, detallados y extensos. Limitados también. Solo yo sé cuánto me duele eso, mas empiezo a dispersarme. Luego volveré sobre este punto, sobre las fronteras impuestas a mi medicina, sobre la ceguera de conocimiento en la que me han obligado a trabajar.

Pero volvamos a Julia.

¿Qué define a una persona además de su carácter y sus humores? Sus amigos, aquellos a quienes uno considera merecedores de ser depositarios de su confianza. A la luz de las amistades de las que alguien se rodea a lo largo de su vida se puede entrever con claridad qué tipo de persona es la que está en el centro de ese núcleo. Aristóteles ya hablaba de esto, pero también advertía de que las amistades que surgen del interés no son realmente tales, pues en esas circunstancias lo que promueve nuestro acercamiento a la otra persona es conseguir algo, por lo general un beneficio. De esta forma, en el caso de una emperatriz tan poderosa como la augusta Julia, si bien podemos encontrar alrededor de ella un círculo cercano de amistades, en el que yo mismo me incluyo, cabe también preguntarse: ¿quién de nosotros se ha acercado a la emperatriz solo por auténtica amistad sin perseguir un privilegio, un regalo, una ayuda? Hasta yo mismo me aproximé a ella en un inicio para obtener cosas que anhelaba. Luego aprendí a respetarla e incluso a sentir admiración, pero ¿es esa una relación de amistad?

Emperatriz y poder. Eso me dio finalmente la clave para poner en marcha mi narración y articular mi discurso de forma coherente: es muy complejo discernir los amigos auténticos de alguien poderoso, pero es mucho más sencillo, y me atrevo a decir que hasta más objetivo, determinar quiénes fueron sus enemigos. Resulta, por cierto, indiscutible que la emperatriz Julia Domna tuvo enemigos formidables, oponentes mortíferos, y comprender quiénes fueron puede hacernos entender con precisión quién, en verdad, fue la persona a la que tanto mal intentaron hacer estos. En consecuencia, ante la incapacidad de definir bien a los amigos reales de la emperatriz, he decidido narrar su historia organizándola en cinco secciones, en cinco libros de acuerdo con los cinco grandes enemigos a los que se ha enfrentado la augusta Julia hasta ahora: nada más y nada menos que cinco emperadores de Roma. Es un listado imponente que creo que puede trasladar al lector de este relato la dimensión de la personalidad de Julia. La augusta nunca se arredró ante nadie.

Eso siempre me admiró de ella.

Pero vayamos al principio

Santiago Posteguillo, Yo, Julia
PREMIO PLANETA 2018               

jueves, 29 de noviembre de 2018

UN GHOSTWRITER



Básicamente, un ghostwriter es una persona que escribe en lugar de otra que, no obstante, es quien firma el libro. Por ejemplo: un escritor que ha empezado a trabajar en televisión y ya no tiene tiempo para escribir su novela. Un cómico que quiere publicar toda una colección de monólogos pero no es capaz de escribir tantos a la vez. Un VIP que ha prometido publicar su propia autobiografía pero que escribe como un niño de seis años. O también: un médico que ha inventado una nueva terapia pero no sabe expresarse con la suficiente claridad como para explicarla en un artículo; un estadista acostumbrado a responder a entrevistas pero no a escribir algo ex novo; un empresario que debe aparecer en televisión pero es mejor que no hable porque destrozaría nuestra lengua inventando tecnicismos absurdos como branding, «customizar», business-oriented y briefing. En casos como éstos, los editores dicen sin pestañear: «Usted no se preocupe, será todo un éxito», abren toda una lista de nombres de esclavos y, en ese momento, entramos nosotros en acción.

Nos proporcionan dos o tres directrices acerca de los contenidos, toda una lista de materiales para consultar si es necesario, un plazo máximo generalmente muy corto, un salario de miseria para que nos ocultemos de nuevo en las sombras sin decirle a nadie que lo hicimos nosotros. Y así es como se hace el libro/el discurso/el artículo.

Éste es el momento en el que generalmente, cuando explico mi profesión, la gente exclama: «¡Wow!».

¡Wow! Por supuesto que no resulta fácil en absoluto meterse en los zapatos de este o ese o aquel personaje y adoptar su voz, sus conocimientos, su estilo expresivo. Es necesaria una buena dosis de ductilidad, de velocidad de aprendizaje, de empatía.

Nada más cierto. Cualquier escritor fantasma digno de este nombre debe poseer todas estas cualidades. Debe ser capaz de salir de sí mismo, por decirlo así, entrar en los zapatos del autor en turno para imaginar no sólo aquello que escribiría, sino incluso la mejor manera de hacerlo. Y a continuación, hacerlo él. Todo buen escritor fantasma es un líquido que adopta la forma del recipiente en que lo vacían, un espejo que replica su rostro, un mutante que absorbe su carácter. Por supuesto, una especie de juez lúcido e imparcial que, mientras se lleva a cabo todo este trabajo de identificación, logra mantenerse imperturbable y elige la manera más eficaz para enunciar las cosas que el autor tiene que decir. Un maldito camaleón multitasking: esto es justamente un escritor fantasma digno de tal nombre. Suena complicado, ¿verdad? Pues sí, lo es.

Ésa debe de ser la razón por la que somos tan pocos. Una especie de camaleones en peligro de extinción.

Alice Basso, El Inesperado Plan de la Escritora sin Nombre

lunes, 26 de noviembre de 2018

UN DÍA CUALQUIERA


Hace tiempo que nos odiamos.
Es mutuo, supongo. A él nunca le he gustado. La diferencia es que ahora, desde que mi madre no está, ya ni siquiera lo disimula. Yo tampoco lo hago, la verdad. Pero por lo menos intento controlarme. Sé que, a las malas, llevo las de perder, porque ser menor de edad limita mucho, así que me trago la rabia y me aguanto. Aunque controlarme me cuesta casi tanto como escribir en esta mierda. Una Olivetti que debería estar en un museo y que, sin embargo, mi padre me obliga a usar cada vez que tengo que entregar un trabajo de clase. Como el que supuestamente estoy escribiendo ahora.
¿Que describa cómo es un día con mi familia? ¿Otra vez? Llevo escribiendo sobre los mismos temas desde que empecé el colegio. Siempre lo mismo, aunque los de literatura le den alguna que otra vuelta para que suene diferente. Total, luego sólo buscan las faltas y nadie lee una mierda entre líneas. Pongas lo que pongas… Esta vez se supone que nos toca construir una corriente de conciencia, algo que no tengo muy claro en qué consiste y que, según el de lengua, se resume en «dejarse llevar». Lo malo es que, si me dejo llevar, puede que me rinda y acabe estallando. Eso es lo que pasarla, que no contendría ni un minuto más las ganas de decirle a mi padre cuánto lo detesto, cuánto daño me hace, cuántas ganas tengo de perderlo de vista para siempre.
Cuando le conté a Raúl que en esta redacción iba a pasar de los topicazos habituales, se sorprendió. Normalmente, en un trabajo así, evitaría ser honesto y me limitaría a hablar de lo estupendos que son mis hermanos, de lo mucho que echo de menos a mi madre, de lo que nos gustaba hacer a todos juntos cuando ella seguía aquí. Si ésta fuera la misma redacción de los demás cursos, dibujaría de nuevo el retrato de la familia hiperfeliz que todos ven en nosotros. Todos menos yo, claro, que debo de ser un asocial y un raro, pero que de hiperfeliz no tengo nada. De todos modos, no creo que sincerarse aquí sirva de mucho. Mientras que las tildes estén en su sitio, seguro que lo demás no importa demasiado. Raúl dice que no, que el de lengua de este año es diferente —en eso tiene razón: no entendemos nada de lo que nos cuenta— y que hasta puede que le mole lo de mi experimento literario. ¿O es biográfico? Joder, qué difícil es poner las interrogaciones con este trasto.
Me canso. Es un rollo tener que golpear las teclas con tanta furia para que se marque la tinta sobre el papel. Y eso que a mí, furia hoy no me falta. Ni hoy ni casi nunca… Echo de menos la línea roja esa tan cómoda del Word, la que te avisa cuando cometes un error y evita que el profesor de turno te baje la nota. «Así aprendes a escribir como Dios manda», dice mi padre, que cada vez que pronuncia esa palabra parece que se hubiera comprado a Dios para él solito. Y no sé cómo coño escribe Dios, pero seguro que no lo hace como yo, peleándose con una Olivetti del siglo pasado… Claro que Dios no tiene a mi padre encima todo el día, dándole la brasa con lo que debe y lo que no debe hacer. Con lo que está bien y con lo que está mal. Con lo que le gusta (casi nada) y lo que no le gusta (casi todo) Dios, a su lado, debe de ser un liberal de la hostia. Fijo.
A mi madre también la sacaba de quicio, aunque ella no lo expresara demasiado. O tal vez sí lo hacía y yo no me di cuenta hasta muy tarde, no sé, es que la infancia es una mierda, no te enteras de nada y luego, de repente, te salta todo a la cara, como si con los quince te dieran una entrada gratis para el infierno. Toma, aquí la tienes: la puta realidad. Lo que me cabrea es no haberme despertado antes, cuando ella todavía estaba viva y sí tenía sentido ponerse de su lado, darle la razón en los combates que imagino que tuvo que librar sola. Porque yo era un crío bobo y tontorrón —inocencia, lo llaman— que no se enteraba de nada de lo que sucedía en su propia casa. Ignacio sí que se daba cuenta de todo, claro, porque siendo el mayor de los cuatro tuvo que despertarse mucho antes, aunque estuviera demasiado ocupado deslumbrando a todo el mundo con sus dieces como para prestarnos atención a los demás.
—¿Vas a parar o no? Venga, tío, déjalo ya, que mañana tengo un examen importante.
Está intentando estudiar —cómo no— y le molesta el ruido de la máquina. Desde que ha empezado la universidad se ha vuelto aún más insufrible que de costumbre… Sólo por eso merece la pena seguir escribiendo, para evitar que mi hermano, el hombre diez, conquiste su nueva mención de honor en ese palmarés que mi padre nos restriega tan a menudo. «Eso sí que son unas notas como Dios manda» y de nuevo me pregunto si Dios tendrá un baremo de calificaciones o si por allá arriba no le preocuparán lo más mínimo mis boletines de la ESO. «El Bachillerato ya no es un juego, Marcos. Recuérdalo», me dijo mi padre al empezar este curso, y luego me dio una palmada supuestamente amistosa para jugar por una décima de segundo al viejo severo pero enrollado. El padre que sabe cómo tienes que ser, porque se ha agenciado una línea directa con Dios desde la que le dan todos los datos. Una especie de GPS bíblico que nadie debería saltarse nunca. Ignacio, desde luego, cumple bien el modelo. Yo, me temo, ni siquiera me acerco.
¿Los otros? Bueno, los otros dos no son geniales, pero tampoco molestan demasiado. Adolfo todavía es un crío. Con doce años está a un paso de darse de bruces con la realidad, pero de momento sigue creyéndose el buenrollismo dictatorial de mi padre. Y Sergio, no sé, a Sergio sólo le llevo un año y es un tío callado, muy discreto, nunca se puede adivinar qué está pensando. Pero estar en silencio no molesta, y ser un crío tampoco, así que mi padre no se mete demasiado con ellos. Con joderme a mí, él y su Dios ya tienen suficiente.
—¿Lo dejas de una vez?
Ignacio sube el tono —siempre lo hace: le encanta provocar la tensión hasta hacerla estallar— y yo, fingiendo no oírle, escribo cada vez más deprisa. Las teclas suenan brutales sobre el papel. Golpean. Hieren. Humillan. La tinta casi hace sangrar el folio mientras mi hermano, cada vez más rayado, exige silencio.
—Tengo que estudiar. —Intenta quitarme los dedos del teclado, pero me basta un solo manotazo para apartarlo—. ¿No me escuchas o qué?
Mi padre, con su radar habitual para las broncas, viene hasta mi cuarto y le da la razón. Se planta junto a mí mientras Ignacio sigue gritándome. Está rabioso. Mucho. Le ha dolido comprobar que sigo siendo más fuerte que él. Que no me aguantaría ni medio asalto. Al fondo, mis hermanos se asoman desde sus cuartos para saber qué ocurre. Acojonados, claro. Como siempre. Pero hoy ya me da igual. Hoy todo me da igual.
—¿No has oído a tu hermano, Marcos?
Asiento sin abrir la boca mientras continúo peleándome con la Olivetti para acabar esta maldita redacción en la que se supone que tenía que contar cómo era mi familia. ¿Que cómo somos? Somos como Dios manda. Eso seguro… Si no sintiera tanta rabia creo que hasta me reiría. ¿No te hace gracia a ti también, papá?
La bronca —gracias a las voces de ambos— es ya monumental. El ruido de las teclas, ensordecedor. Cada letra suena como si fuera una bala. Un disparo. Un maldito disparo con el que me encantaría poder mandarlo todo a la mierda de una vez. Mi padre me da un ultimátum y yo accedo a dejar de escribir. Me trago la bilis y le digo que vale, que se espere un segundo, que sólo me queda cerrar este trabajo con una línea más. Sólo una línea más.
—¡Que dejes de ya de provocarme, joder!
La bofetada de mi padre me para en seco. Contundente. Brutal. Como a él le gustan. Me aguanto las lágrimas —no pienso dejar que me vea llorar— y, mientras me imagino el placer de estallar y devolverle el golpe, pongo el punto final a este maldito texto.

Trabajo para la asignatura de Lengua
Castellana y Literatura I
Alumno: Marcos Álvarez
Curso y grupo: 1.º Bachillerato E
(IES Rubén Darío)

Fernando J. López, La Edad de la Ira

FINALISTA PREMIO NADAL 2010