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domingo, 13 de agosto de 2017

NOTRE DAME


Todavía hoy la iglesia de Nuestra Señora de París continúa siendo un sublime y majestuoso monumento, pero por majestuoso que se haya conservado con el tiempo, no puede uno por menos de indignarse ante las degradaciones y mutilaciones de todo tipo que los hombres y el paso de los años han infligido a este venerable monumento, sin el menor respeto hacia Carlomagno que colocó su primera piedra, ni aun hacia Felipe Augusto que colocó la última.
En el rostro de la vieja reina de nuestras catedrales, junto a cualquiera de sus arrugas, se ve siempre una cicatriz. Tempus edax, homo edacior, expresión que yo traduciría muy gustosamente: el tiempo es ciego; el hombre es estúpido (...)
En primer lugar y para no citar más que algunos ejemplos capitales, hay seguramente en la arquitectura muy pocas páginas tan bellas como las que se describen en esta fachada, en donde al mismo tiempo pueden verse sus tres pórticos ojivales, el friso bordado y calado con los veintiocho nichos reales y el inmenso rosetón central, flanqueado por sus dos ventanales laterales, cual un sacerdote por el diácono y el subdiácono; la grácil y elevada galería de arcos trilobulados sobre la que descansa, apoyada en sus finas columnas, una pesada plataforma de donde surgen las dos torres negras y robustas con sus tejadillos de pizarra. Conjunto maravilloso y armónico formado por cinco plantas gigantescas, que ofrecen para recreo de la vista, sin amontonamiento y con calma, innumerables detalles esculpidos, cincelados y tallados conjuntados fuertemente y armonizados en la grandeza serena del monumento. Es, por así decirlo, una vasta sinfonía de piedra; obra colosal de un hombre y de un pueblo; una y varias a la vez, como las Ilíadas y los Romanceros de los que es hermana; realización prodigiosa de la colaboración de todas las fuerzas de una época en donde se perciben en cada piedra, de cien formas distintas, la fantasía del obrero, dirigida por el genio del artista; una especie de creación humana, poderosa y profunda como la creación divina, a la que, se diría, ha robado el doble carácter de múltiple y de eterno (...)
Tres cosas importantes se echan en falta hoy en la fachada: primero, la escalinata de once peldaños que la elevaban antiguamente sobre el suelo; después la serie inferior de estatuas que ocupaban los nichos de los tres pórticos y la serie superior de los veintiocho reyes más antiguos de Francia, que guarnecían la galería del primer piso desde Childeberto hasta Felipe Augusto, que sostenía en su mano «la manzana imperial».
La escalinata ha desaparecido con el tiempo al irse elevando lenta pero progresivamente el nivel del suelo de la Cité. Pero aun devorando uno a uno esos once peldaños que conferían al monumento una altura majestuosa, el tiempo ha dado a la iglesia más quizás de lo que le ha quitado, pues ha sido precisamente el tiempo el que ha extendido por su fachada esta pátina de siglos que hace de la vejez de los monumentos la edad de su belleza. Pero ¿quién ha echado abajo las dos hileras de estatuas? ¿Quién ha vaciado los nichos? ¿Quién ha tallado en medio del pórtico central esa ojiva nueva y bastarda? ¿Quién se ha atrevido a colocar esa pesada a insípida puerta de madera esculpida en estilo Luis XV junto a los arabescos de Biscornette? Los hombres, los arquitectos, los artistas de nuestros días.
Y dentro del edificio, ¿quién ha derribado la colosal estatua de San Cristóbal, conocida entre las estatuas como lo es entre las salas la del gran palacio o la flecha de Estrasburgo entre los campanarios? ¿Y los miles de estatuas que existían entre las columnas de la nave central del coro, en las más variadas posturas; de rodillas, de pie, a caballo; hombres, mujeres, niños, reyes, obispos, gendarmes; unas de madera, otras de piedra, de mármol, de oro, de plata, de cobre a incluso de cera? ¿Quién las ha barrido brutalmente? Seguro que no ha sido el tiempo.
¿Y quién ha reemplazado el viejo altar gótico, espléndidamente recargado de relicarios y de urnas, por ese pesado sarcófago de mármol con nubes y cabezas de ángeles, que se asemeja a un ejemplar desaparecido del Val-de-Grace o de los Inválidos? ¿Quién ha sellado tan absurdamente ese pesadísimo anacronismo de piedra al pavimento carolingio de Hercandus? ¿No fue acaso Luis XIV, en cumplimiento del voto de Luis XIII? ¿Y quién ha puesto esas frías cristaleras blancas en lugar de aquellos vitrales de «color fuerte» que hacían que los ojos maravillados de nuestros antepasados no supieran decidirse entre el gran rosetón del pórtico y las ojivas del ábside? ¿Y qué diría un sochantre al ver ese embadurnamiento amarillo con el que nuestros vandálicos arzobispos han enjabelgado su catedral?

Víctor Hugo, Nuestra Señora de París

domingo, 11 de junio de 2017

ME LEEN UNA HISTORIA


Éste es el libro que más me gusta de todo el mundo, aunque nunca lo he leído.
¿Cómo puede ser semejante cosa? Haré lo imposible por explicarlo. Cuando era niño, los libros no me interesaban nada. Detestaba leer, no se me daba nada bien, y, además, ¿cómo dedicarse a la lectura cuando había montones de juegos que esperaban ser jugados? El baloncesto, el béisbol, las canicas: era incansable. Incluso llegué a ser bastante bueno, pero si me daban una pelota y un patio vacío, era capaz de inventarme triunfos en el último segundo, triunfos que hacían saltar las lágrimas. El colegio era una tortura. La señorita Roginski, que fue mi maestra desde los cursos tercero al quinto, no paraba de decir a mi madre: «Tengo la impresión de que Billy no se esfuerza todo lo que debiera». O: «Cuando le pongo un examen, Billy lo hace realmente muy bien, sobre todo si tenemos en cuenta su actitud en la clase». O, con más frecuencia: «Señora Goldman, no sé qué vamos hacer con Billy».
¿Qué vamos a hacer con Billy? Esa pregunta me persiguió durante aquellos primeros diez años. Fingía que no me importaba, pero en el fondo, me sentía petrificado. Todo el mundo y todas las cosas me dejaban de lado. No tenía amigos de verdad, ni una sola persona que compartiera conmigo mi desmesurado interés por los deportes. Parecía ocupado, muy ocupado, pero supongo que, de apurarme, habría reconocido que, a pesar de tanto frenesí, me encontraba muy solo.

**********************

Las pulmonías de ahora no son lo que eran antes, sobre todo cuando yo la tuve. Estuve como diez días ingresado en el hospital y después me enviaron a casa para el largo período de convalecencia. Me parece que me pasé otras tres semanas más en cama, un mes quizá. No me quedaban energías, ni siquiera para mis juegos. No era más que un pelmazo en período de recuperación de fuerzas. Punto.
Así es como tenéis que imaginarme cuando me encontré con La Princesa Prometida.
Era la primera noche que pasaba en casa después de salir del hospital. Exhausto; seguía siendo un enfermo. Entró mi padre, supuse que a darme las buenas noches. Se sentó al pie de mi cama.
—Capítulo uno. La prometida —dijo.
Sólo entonces levanté la vista y vi que llevaba un libro. Eso, por sí solo, era sorprendente. Mi padre era casi, casi, analfabeto. En inglés. Venía de Florin (donde se desarrolla La Princesa Prometida) y allí no había sido ningún tonto. En cierta ocasión dijo que habría acabado siendo abogado, y puede que fuera cierto. La cuestión es que a los dieciséis años probó suerte y se vino a América, apostó por la tierra de las oportunidades y perdió. Aquí nunca encontró nada que le viniera bien. No era de aspecto atractivo: muy bajito, calvo desde joven, y le costaba mucho aprender. Una vez que captaba una idea, se le quedaba grabada, pero las horas que tardaba en metérsele en la cabeza eran algo increíble. Su inglés siempre fue ridículamente inmigrante, y eso tampoco le ayudó mucho. Conoció a mi madre durante un viaje en barco; más tarde se casaron y cuando creyó que podían permitirse el lujo, me tuvieron a mí. Trabajó toda la vida como segundo barbero en la barbería de menos éxito de Highland Park, Illinois. Hacia el final, solía dormitar todo el día sentado en su silla. Y así fue como murió. Llevaba muerto una hora cuando el otro barbero se dio cuenta; hasta ese momento, había creído que mi padre estaba echando una buena siesta. Tal vez fuera así. Tal vez todo se reduzca a eso. Cuando me lo dijeron me sentí terriblemente afectado, pero al mismo tiempo pensé que aquella forma de marcharse era casi como una prueba de cómo había sido su existencia.
En fin, que entonces le dije:
—¿Eh? ¿Cómo? No te he oído.
Estaba muy débil y terriblemente cansado.
—Capítulo uno. La prometida. —Entonces levantó el libro—. Te lo voy a leer para que te relajes. —Prácticamente me metió el libro en la cara—. De S. Morgenstern. Un gran escritor florinés. La princesa prometida. Él también se vino a América. S. Morgenstern. Murió en Nueva York. Lo escribió en inglés. Hablaba ocho lenguas. —A estas alturas mi padre dejó el libro y me enseñó los dedos—. Ocho. Una vez, en la ciudad de Florin, estuve en su café. —Meneó la cabeza; mi padre siempre meneaba la cabeza cuando decía algo mal—. No era su café. Él estaba en el café, y yo también, al mismo tiempo. Lo vi. A S. Morgenstern. Tenía una cabeza así de grande —y colocó las manos como para formar un globo enorme—. Gran hombre en la ciudad de Florin. No tanto en América.
—¿Trae algo de deportes?
—Esgrima. Lucha. Torturas. Venenos. Amor verdadero. Odio. Venganzas. Gigantes. Cazadores. Hombres malos. Hombres buenos. Las damas más hermosas. Serpientes. Arañas. Bestias de todas clases y aspectos. Dolor. Muerte. Valientes. Cobardes. Forzudos. Persecuciones. Fugas. Mentiras. Verdades. Pasión. Milagros.
—Pinta bien —dije, y medio cerré los ojos—. Haré lo posible por no dormirme…, pero tengo muchísimo sueño, papá…
¿Quién puede saber cuándo su mundo va a cambiar? ¿Quién es capaz de decir antes de que ocurra, que todas las experiencias anteriores, todos los años, fueron una preparación para… nada? Imaginaos lo siguiente: un anciano casi analfabeto que luchó con un idioma enemigo, un niño casi exhausto que lucha contra el sueño. Y entre ambos sólo las palabras de otro extranjero, traducido con dificultad de los sonidos nativos a los extranjeros. ¿Quién podía sospechar que por la mañana ese niño se despertaría siendo distinto? De lo único que me acuerdo es de que traté de vencer la fatiga. Incluso al cabo de una semana no me había dado cuenta de lo que había comenzado aquella noche, de las puertas que se cerraban de golpe mientras otras salían a la luz. Tal vez debí haber presentido algo, o tal vez no; ¿quién puede presentir la revelación en el aire?
Lo que ocurrió fue simplemente esto: la historia me enganchó.
Por primera vez en mi vida, sentía un interés activo por un libro. Yo, el fanático de los deportes; yo, el enloquecido por los partidos; yo, el único niño de diez años de Illinois que odiaba el alfabeto pero que quería saber qué ocurría después.
¿Qué fue de la hermosa Buttercup y del pobre Westley y de Íñigo, el más grande espadachín de la historia mundial? ¿Y cuan fuerte era en realidad Fezzik? ¿Tendría límites la crueldad de Vizzini, el endiablado siciliano?
Cada noche mi padre me leía un capítulo tras otro, luchando siempre para que las palabras sonaran correctamente, para atrapar el sentido. Y yo yacía allí tumbado, con los ojos entrecerrados, mientras mi cuerpo recorría lentamente el largo camino que le devolvería las fuerzas. Como ya he dicho, la convalecencia duró aproximadamente un mes, y en ese tiempo, mi padre me leyó dos veces La princesa prometida. Aunque podía leer yo solo, este libro era suyo. Jamás se me habría ocurrido abrirlo. Quería la voz de mi padre, sus sonidos. Más tarde, incluso muchos años más tarde, en ocasiones solía decir: «¿Qué tal si me lees el duelo que Íñigo y el hombre de negro sostienen en el acantilado?». Y mi padre solía gruñir y mascullar, se iba a buscar el libro, se humedecía el pulgar con la lengua, y volvía las páginas hasta que empezaba la fantástica batalla. Me encantaba. Incluso hoy, cuando surge la necesidad, así es como evoco el recuerdo de mi padre. Encorvado, esforzando la vista y deteniéndose ante una palabra difícil, tratando de ofrecerme la obra maestra de Morgenstern lo mejor que podía. La Princesa Prometida le pertenecía a mi padre.
Todo lo demás era mío.
No hubo historia de aventuras que se salvara de mí.
«Pero vamos —le decía a la señorita Roginski cuando me restablecí—. Sigue recomendándome a Stevenson cuando ya me lo he leído todo. ¿A quién leo ahora?».
«Prueba con Scott —me sugería ella—, y vamos a ver si te gusta».
Y yo probaba con el viejo sir Walter y me gustaba lo suficiente como para tragarme media docena de libros en diciembre (gran parte del mes eran las vacaciones de Navidad, por lo tanto, no tenía que interrumpir la lectura nada más que de vez en cuando para comer algo).
«¿Y ahora quién más?».
«Tal vez Cooper —me decía ella». Y yo venga a leer El cazador de ciervos y todo lo demás sobre los rastreadores, y un buen día, por mi cuenta me topé con Dumas y D’Artagnan y esos dos tíos me tuvieron entretenido gran parte de febrero.
«             Te has convertido en un adicto a la novela ante mis propios ojos —me dijo la señorita Roginski—. ¿Sabes que ahora te pasas más tiempo leyendo del que solías pasarte jugando? ¿No te das cuenta de que están empeorando tus notas de matemáticas?».
No me importaba cuando me criticaba. Estábamos solos en la clase, y la perseguía para que me sugiriese a alguien interesante que devorar. Meneó la cabeza y me dijo: «Billy, no cabe duda de que estás floreciendo. Delante de mis propios ojos. La cuestión es que no sé en qué te convertirás».
Yo me quedé ahí esperando a que me dijera el nombre de algún autor.
«Eres insoportable, mira que quedarte ahí esperando… —se detuvo un segundo para pensar—. Está bien. Prueba con Hugo. El Jorobado de Notre Dame».
«Hugo —dije yo—. El Jorobado. Gracias». —Me volví dispuesto a salir corriendo hacia la biblioteca. Mientras me iba, la oí suspirar lo siguiente:
«Esto no durará. No puede durar».
Pero duró.
Y dura. Soy tan fanático de las aventuras ahora como lo era entonces, y esto nunca tendrá fin. Aquel primer libro mío que mencioné, El templo del oro, ¿sabéis de dónde saqué el título? De la película Gunga Din; la he visto dieciséis veces y sigo pensando que es la película más estupenda de aventuras que jamás, repito, que jamás se haya filmado.
William Goldman, La Princesa Prometida



miércoles, 22 de abril de 2015

CÓMO CONDENSAR A LOS CLÁSICOS


Casi han acabado el trabajo de condensar a los clásicos. Se trata de un pequeño grupo de entusiastas condensadores, supuestamente subvencionados por Andrew Carnagie, que han trabajado durante los últimos cinco años para reducir la literatura mundial a bocados comestibles para consumición del agotado hombre de negocios.

Los Miserables ha sido reducido a diez páginas. Parece que Don Quijote ocupa una columna y media. Las obras teatrales de Shakespeare no pasan de ochocientas palabras cada una. La Iliada y La Odisea cabrán en el texto de un componedor y medio cada una.

Es algo magnífico poner a los clásicos al alcance del hombre de negocios cansado o retirado, aunque estigmatice el intento de colegios y universidades de poner al hombre de negocios al alcance de los clásicos. Pero aún hay un modo más rápido de presentar el asunto a quienes han de correr mientras leen: reducir toda la literatura a titulares de prensa, seguidos de una pequeña nota que resuma el argumento.

Por ejemplo, El Quijote:

CABALLERO DEMENTE EN UNA LUCHA ESPECTRAL

Madrid, España (Agencia de Noticias Clásicas) (Especial). Se atribuye a histerismo de guerra la extraña conducta de don Quijote, un caballero local que ayer por la mañana fue arrestado mientras «combatía» con un molino. Quijote no supo dar una explicación de sus actos. [...]

Ernest Hemingway