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domingo, 24 de octubre de 2021

EL TIGRE DE MALASIA

 

                En la noche del 20 de diciembre de 1849 un violentísimo huracán azotaba Mompracem, isla salvaje de siniestra fama, guarida de temibles piratas situada en el mar de la Malasia, a pocos centenares de kilómetros de las costas occidentales de Borneo.

Empujadas por un viento irresistible, corrían por el cielo negras masas de nubes que de cuando en cuando dejaban caer furiosos aguaceros, y el bramido de las olas se confundía con el ensordecedor ruido de los truenos.

Ni en las cabañas alineadas al fondo de la bahía, ni en las fortificaciones que la defendían, ni en los barcos anclados al otro lado de la escollera, ni en los bosques se distinguía luz alguna. Sólo en la cima de una roca elevadísima, cortada a pique sobre el mar, brillaban dos ventanas intensamente iluminadas.

 ¿Quién, a pesar de la tempestad, velaba en la isla de los sanguinarios piratas?

En un verdadero laberinto de trincheras hundidas, cerca de las cuales se veían armas quebradas y huesos humanos, se alzaba una amplia y sólida construcción, sobre la cual ondeaba una gran bandera roja con una cabeza de tigre en el centro.

Una de las habitaciones estaba iluminada. En medio de ella había una mesa de ébano con botellas y vasos del cristal más puro; en las esquinas, grandes vitrinas medio rotas, repletas de anillos, brazaletes de oro, medallones, preciosos objetos sagrados, perlas, esmeraldas, rubíes y diamantes que brillaban como soles bajo los rayos de una lámpara dorada que colgaba del techo.

En indescriptible confusión, se veían obras de pintores famosos, carabinas indias, sables, cimitarras, puñales y pistolas.

Sentado en una poltrona coja había un hombre. Era de alta estatura, musculoso, de facciones enérgicas de extraña belleza. Sobre los hombros le caían los largos cabellos negros y una barba oscura enmarcaba su rostro de color ligeramente bronceado. Tenía la frente amplia, un par de cejas enormes, boca pequeña y ojos muy negros, que obligaban a bajar la vista a quienquiera los mirase.

De pronto echó hacia atrás sus cabellos, se aseguró en la cabeza el turbante adornado con un espléndido diamante, y se levantó con una mirada tétrica y amenazadora.

 —¡Es ya medianoche —murmuró— y todavía no vuelve!

                Abrió la puerta, caminó con paso firme por entre las trincheras y se detuvo al borde de la gran roca, en cuya base rugía el mar. Permaneció allí durante algunos instantes con los brazos cruzados; al rato se retiró y volvió a entrar en la casa.

—¡Qué contraste! —exclamó—. ¡Fuera el huracán y yo acá dentro! ¿Cuál de las dos tempestades es más terrible?

Se quedó un rato escuchando por la puerta entreabierta, y por fin salió a toda prisa hacia el extremo de la roca.

A la rápida claridad de un relámpago vio un barco pequeño con las velas casi amainadas, que entraba en la bahía.

—¡Es él! —murmuró emocionado—. Ya era tiempo.

Cinco minutos después, un hombre envuelto en una capa que estilaba se le acercó.

—¡Yáñez! —dijo el del turbante, abrazándolo.

—¡Sandokán! —exclamó el recién llegado, con marcadísimo acento extranjero—. ¡Qué noche infernal, hermano mío!

Entraron en la habitación. Sandokán llenó dos vasos.

 —¡Bebe, mi buen Yáñez!

—-¡A tu salud, Sandokán!

Vaciaron los vasos y se sentaron a la mesa.

El recién llegado era un hombre de unos treinta y tres años, es decir, un poco mayor que su compañero, y de estatura mediana, robusto, de piel muy blanca, facciones regulares, ojos grises y astutos, labios burlones, que indicaban una voluntad de hierro.

—¿Viste a la muchacha de los cabellos de oro? —preguntó Sandokán con cierta emoción.

—No, pero sé cuanto quería saber.

—¿No fuiste a Labuán?

—Sí, pero ya sabes que esas costas están vigiladas por los cruceros ingleses y se hace difícil el desembarco para gentes de nuestra especie. Pero te diré que la muchacha es una criatura maravillosamente bella, capaz de embrujar al pirata más formidable. Me han dicho que tiene rubios los cabellos, los ojos más azules que el mar y la piel blanca como el alabastro. Algunos dicen que es hija de un lord, y otros, que es nada menos que pariente del gobernador de Labuán.

El pirata no habló. Se levantó bruscamente, presa de gran agitación. Su frente se había contraído, de sus ojos salían relámpagos de luz sombría, tenía los labios apretados. Era el jefe de los feroces piratas de Mompracem; era el hombre que hacía diez años ensangrentaba las costas de la Malasia; el hombre que libraba batallas terribles en todas partes; el hombre cuya audacia y valor indómito le valieron el sobrenombre de Tigre de la Malasia.

—Yáñez —dijo—, ¿qué hacen los ingleses en Labuán?

—Se fortifican.

—Quizás traman algo contra mí.

—Eso creo.

—¡Pues que se atrevan a levantar un dedo contra mi isla de Mompracem! ¡Que prueben a desafiar a los piratas en su propia madriguera! El Tigre los destruirá y beberá su sangre. Dime, ¿qué dicen de mí?

—Que ya es hora de concluir con un pirata tan atrevido.

—¿Me odian mucho?

—Tanto que perderían todos sus barcos con tal de poder ahorcarte. Hermanito mío, hace muchos años que vienes cometiendo fechorías. Todas las costas tienen recuerdos de tus correrías; todas sus aldeas han sido saqueadas por ti; todos los fuertes tienen señales de tus balas, y el fondo del mar está erizado de barcos que has echado a pique.

—Es verdad, pero ¿de quién ha sido la culpa? ¿Es que los hombres de raza blanca han sido menos inexorables conmigo? ¿No me destronaron con el pretexto de que me hacía poderoso y temible? ¿No asesinaron a mi madre, a mis hermanos y a mis hermanas? ¿Qué daño les había causado yo? ¡Los blancos no tenían queja alguna contra mí! ¡Ahora los odio, sean españoles, holandeses, ingleses o portugueses, tus compatriotas, y me vengaré de ellos de un modo terrible! Así lo juré sobre los cadáveres de mi familia y mantendré mi juramento. Sí, he sido despiadado con mis enemigos. Sin embargo, alguna voz se levantará para decir que también he sido generoso.

—No una, sino cientos; con los débiles has sido quizás demasiado generoso —dijo Yáñez—. Lo dirán las mujeres que han caído en tu poder y a quienes, a riesgo de que echaran a pique tu barco, llevaste a los puertos de los hombres blancos. Lo dirán las débiles tribus que defendiste contra los fuertes; los pobres marineros náufragos a quienes salvaste de las olas y colmaste de regalos, y miles de otros que no olvidarán nunca tus beneficios, Sandokán.

Emilio Salgari, Sandokán

miércoles, 6 de septiembre de 2017

LOS CINCO Y EL TESORO DE LA ISLA


En España, por el contrario, Enid Blyton es una de las pocas señas de identidad que tiene mi generación, la de los nacidos en los sesenta, la década en la que todo cambió sin que eso nos haya afectado a nosotros, que no tenemos narrativa ni características singulares. En la Transición éramos demasiado jóvenes para andar pensando en ocupar posiciones de poder y la Gran Recesión nos ha pillado demasiado viejos para protagonizar el relevo. Aunque no participamos en las protestas de 1968, compartimos valores y prejuicios con quienes sí lo hicieron, nuestros hermanos mayores, a quienes admiramos y detestamos al mismo tiempo. No somos como ellos, pero tampoco somos muy diferentes; nos hemos quedado un poco a la mitad de todo, en tierra de nadie. Somos el furgón de cola, un pelotón muy numeroso de benjamines que ha llegado tarde a todo. Leer las aventuras de Los Cinco es probablemente el único placer de nuestra infancia que nuestros hermanos mayores no experimentaron antes. Ellos leyeron a Salgari, a Julio Verne, las aventuras de Guillermo o de Tintín, pero no pudieron conocer a Enid Blyton porque hasta 1964 no se tradujo al español. Los Cinco y el tesoro de la isla se publicó ese año y desde entonces la Editorial Juventud no ha dejado de imprimirlo.

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Temía que con Los Cinco y el tesoro de la isla me sucediera lo mismo que con otros libros que había intentado leer en vano. Su ilustración de cubierta no me llamaba la atención: un niño con pinta de niña sentado al lado de un perro y mirando el horizonte. Lo abrí una tarde de verano, en ese intervalo de dos o tres horas de silencio obligatorio que había después de comer, en el que sólo se podía dormir la siesta o «coger un libro», como llamaba mi madre a leer.

La siesta no nos gustaba dormirla, pero tenía más ventajas que coger un libro porque mi padre, que era muy estricto con nuestras horas de sueño incluso en vacaciones, nos permitía ver la película de la noche si no tenía dos rombos y habíamos dormido la siesta. Aquella tarde, sin embargo, renuncié a todos los privilegios y cogí un libro.

Para mi sorpresa, los protagonistas no eran piratas ni aventureros, sino niños de mi edad en un mundo que podía reconocer más o menos. Digo más o menos porque, aunque eran niños y eso me acercaba a ellos, no eran españoles, sino ingleses, lo que producía un desajuste cultural que paradójicamente hacía más eficaz el funcionamiento de la ficción. Todo lo que de su mundo me resultaba exótico —los pasteles de carne que comían, los shorts que vestían y sobre todo su libertad de movimientos, sus excursiones en bote sin adultos a una isla desierta— no los alejaba de mí hasta hacerlos inalcanzables como sucedía con los piratas, sino apetecibles porque en casa nunca hubo pastel de carne, sino filete de hígado, muy hecho, que nos daba náuseas a todos los hermanos, razón por la que mis padres lo consideraban, con esa especie de catolicismo doméstico que aplicaban a todo, doblemente nutritivo: para el cuerpo por las proteínas y para el alma por el calvario que suponía deglutirlo.

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Quizás fuera bueno recordar en este punto que Los Cinco y el tesoro de la isla empezaba con un desayuno familiar: el padre, la madre, los dos hermanos mayores y la hermana pequeña hablaban de las vacaciones de verano, que empezaban ese día. Los niños querían saber dónde las iban a pasar ese año. ¿Irían a las playas de Polzeath, como siempre? Busqué Polzeath en el Sopena: pueblo costero en el noroeste de Inglaterra. La madre les decía que no, que aquel año Polzeath iba a estar lleno de veraneantes, y no habría sitio «para vosotros», decía. Podría haber dicho que no habría sitio «para nosotros», pero no; lo decía en segunda persona, como si los hijos y los padres ya no formaran parte de la misma familia o como si los tiempos en los que unos y otros se iban juntos de vacaciones hubieran pasado a la historia. A los niños la noticia les hacía sentirse «grandemente decepcionados», pero no por ese «vosotros», sino porque «no habían conocido playa mejor» que la de Polzeath.

El padre quería mandarlos a casa de su hermano Quintín, que vivía junto al mar y tenía una hija de la misma edad que ellos; pero la madre tenía dudas. Aunque tía Fanny era muy agradable, no se podía decir lo mismo de su marido, que detestaba a los niños. Como su profesión «era la ciencia», se pasaba la mayor parte del día estudiando y no soportaba el alboroto. Además, su hija era algo «rara», le gustaba mucho «la vida solitaria».

Para los tres hermanos aquellos detalles carecían de importancia. Aunque tío Quintín les diera un poco de miedo, les apetecía conocer a su prima y pasar las vacaciones en un lugar donde nunca habían estado. El padre de los chicos «telefoneaba» entonces a tía Fanny, que aseguraba no tener inconveniente en recibirlos. Todo lo contrario: a su marido y a ella les venía muy bien recibir una pequeña asignación por la visita. Las dos familias ultimaban los detalles, y lo disponían todo para la semana siguiente.

Nada de lo que acabo de resumir me pareció en aquella primera lectura extraño o sospechoso. Mi vida era muy diferente a la de Los Cinco, pero no lo suficiente como para que no pudiera proyectar sobre ellos mi deseo. ¿Qué podía haber de sospechoso en un desayuno familiar, en unos padres que someten a la consideración de sus hijos dónde van a ir de vacaciones? A un niño como yo, hijo de militar y por tanto con una idea muy jerarquizada de la familia, acostumbrado además a no tener voz ni voto en las decisiones familiares, aquella especie de democracia doméstica y aquellos padres que al mismo tiempo parecían ir un poco a su aire, tan diferentes de mi madre protectora, debieron de parecerle irresistibles.

Antonio Orejudo, Los Cinco y Yo

lunes, 5 de junio de 2017

EL ATLAS DE LA FANTASÍA


En el monte Saint Michel hay un enorme perro alado dorado, con sus garras que brotan de las almenas de las torres y su larga cola que asciende desde el nido de serpiente del claustro. Se trata de una instalación artística que, sugiriendo lo que no puede verse, transforma la abadía más famosa de Francia en un lugar realmente mágico. Cuando mi hija de ocho años lo vio, me preguntó por dónde se entraba para «subirse encima». Ella, al igual que yo, es una devoradora de libros de fantasía. La diferencia sustancial entre mis lecturas y las de mi hija radica en que, en las suyas, ya ni siquiera aparecen molinos de viento como en El Quijote.

Cuando la literatura para niños no era todavía el gran mercado que es hoy, en los libros dedicados a ellos había una enorme variedad de temas, personajes y lugares. Se partía de un elemento real, para especular en clave de aventura y de fantasía y, de esta forma, proporcionar al lector el deseo de emprender una exploración realmente suya. No en vano la producción de Julio Verne se anunciaba en la rúbrica de Viajes extraordinarios. Ya fuesen alrededor del mundo, bajo los océanos, en las estepas siberianas o en la jungla. Estaban «en alguna parte».

Los países, con sus misterios (auténticos o ficticios), estaban vivos y se hacían presentes ante nuestros ojos. Y si las junglas de Salgari no eran «reales» como las de los cuadernos de viaje de Pierre Loti, eran, sin embargo, lo suficientemente imaginables como para pertenecernos.

Había buenos y malos y los malos, cuando no eran nuestros, a menudo tenían una identidad y una nacionalidad precisa. Los pérfidos ingleses intentaban capturar a Sandokán, Asterix tenía que vérselas siempre con los legionarios romanos y los escoceses se transformaban para asediar a Conan el Bárbaro.

Después vino la ficticia Patolandía, hogar del Tío Gilito y el pato Donald, y como no se podía situar en un lugar concreto, las cosas cambiaron. Hoy, muchos de los personajes de la literatura para niños viven en mundos peculiares e inaccesibles.

Los dioses del Olimpo, quizás a causa de la crisis, se han trasladado a Nueva York y a Las Vegas (en la serie de Percy Jackson), y dudo que haya lectores que quieran ir a ver el Olimpo original, una vez descubierto que no encontrarán en él máquinas dispara-rayos de monedas.

Inventar lugares que no existen es una actividad tan antigua como La Odisea, pero el motivo por el cual hoy se hace un uso desmedido de ello es muy diferente. Lo intuyó el siglo pasado el propio Walt Disney: la posibilidad de hacer pagar una entrada a quien quiera participar en su imaginario.

Peppa Pig es la síntesis de la familia inglesa rural (con fango incluido) y Harry Potter, la del sistema escolar de los internados británicos. Pero no basta un poco de campo o la visita a un colegio para sentirse como sus habitantes. La única forma de sentirse como ellos es visitar sus parques temáticos.

Y, aunque la explotación comercial está siempre presente, la diferencia entre visitar el estudio de Sherlock Holmes en el 221 B de Baker Street y la Diagon Alley de los estudios de Harry Potter es que Sherlock Holmes no existiría sin Londres, mientras Harry Potter sólo necesita el tren 9 de la estación de King Cross para ir a Hogwarts.

Las historias ambientadas en lugares suficientemente neutros o suficientemente autoreferenciales funcionan porque son más fáciles de leer por los niños de todo el mundo. Y cuantos más lectores potenciales haya, más márgenes de beneficio tiene el proyecto que lo acompaña.

Pero, de esta forma, el imaginario de muchos niños se ha adecuado a las modas validadas a nivel planetario que, con el objetivo de alcanzar al mayor público posible, eliminan de la historia todo lo que consideran superfluo.

El año pasado fue Frozen y en este quizás sea Star Wars. Con obras escritas a menudo de forma excelente, extraordinaria y rápida, pero también de una forma genérica, sin esos elementos diferenciales que, muchas veces, coinciden con la diferente pertenencia cultural. Libros que impulsan a querer comprar el siguiente de la saga, ir a ver la película y sacar la entrada para el parque temático. Estimulan la reconstrucción del París de los Aristogatos del parque temático en vez de pasear por Montmartre imaginando a los Aristogatos caminando por los tejados.

Quizás por eso, a los viejos lectores de fábulas y de aventuras no les son suficientes los trozos que faltan en el perro alado del Mont Saint Michel. Mientras, los nuevos lectores, buscándolos en vano, se preguntan cuánto cuesta la entrada para cabalgarlo durante cinco minutos.

Pierdomenico Baccalario, El Mundo, 11/12/2015