Mostrando entradas con la etiqueta Inés Herrera Mesas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Inés Herrera Mesas. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de junio de 2016

INÉS HERRERA MESAS, GANADORA DEL CERTAMEN LITERARIO “POR QUÉ LEER A LOS CLÁSICOS”


Ayer, en el acto de Graduación de los alumnos de 4º de ESO, de nuestro instituto, le felicitábamos a Inés por haber conseguido el Premio Recrea Tu Quijote IES Octavio Cuartero 2016 Categoría ESO, por su relato “Las Aventuras del Cabo Alonso Quijano y su Compañero Sancho”, concurso llevado a cabo bajo el patrocinio de la Subdirección  General de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras Españolas, del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.

Esta mañana, he recibido un correo electrónico, del que os transcribo parte

En primer lugar, quiero  agradecer de nuevo a este centro su esfuerzo al participar en nuestro programa “Por qué leer a los clásicos”, así como por la organización del concurso literario de reelaboración de la obra, ensayo breve o redacción sobre el tema tratado.  Tal y como anunciábamos en  nuestra web y en la carta de remisión del lote de libros, hemos procedido a seleccionar los tres mejores trabajos de entre los enviados por los institutos participantes.

                Me alegra mucho comunicarle que esta Subdirección General ha escogido el relato titulado “Las Aventuras del Cabo Alonso Quijano y su Compañero Sancho” escrito por una de sus alumnas de 4º de la ESO, Inés Herrera Mesas, como uno de los tres mejores de los que nos han remitido los institutos que han organizado dicho concurso.

Reciban mi más sincera felicitación y un  cordial saludo,

Enhorabuena, Inés, que sigas ganando más premios.

Si no habéis podido leer su relato, lo tenéis aquí

lunes, 23 de mayo de 2016

LAS AVENTURAS DEL CABO ALONSO QUIJANO Y SU COMPAÑERO SANCHO


Un sol gris y triste entraba por las tristes ventanas de la triste casa de Alonso, y es que en realidad su casa era así. Una vieja casona de una familia de alcurnia venida a menos con el paso de los años, terratenientes que vendieron sus tierras para permitirse lujos que no podían pagar, y que, al final, se quedaron sin tierras y sin lujos, solo la casa quedó como recuerdo de una pasada época.
Vivía en ella, como heredero de aquella estirpe perdida en el tiempo, D. Alonso Quijano, hijo mayor y estropeado, tanto o más que la propia casa, y venía a guisarle y limpiar, a modo de asistenta, una sobrina suya. D. Alonso no era rico, trabajaba para ganarse la vida, y, como de chico siempre gustó de leer novelas de policías y ladrones y ver series de televisión del  mismo tema, vio cumplido su sueño al convertirse en policía municipal de aquwl pequño pueblo. Era alto y espigado, con la barba blanca, y, como consecuencia de no tener más que huesos y pellejos, cada vez que se ponía el uniforme, parecía que se lo habían prestado, porque sobraba tela por todos los lados, aunque eso sí, la placa, la pistola y los zapatos brillaban como si los hubieran estado puliendo todo el día, cosa que no andaba muy lejos de la realidad.
Tras desayunarse, como todas la mañanas, un vaso de leche y dos galletas Marías, salía Alonso con su oxidada bicicleta camino de la casa de su eterno compañero, el policía Sancho, que era quien tenía carnet y guardaba el coche de la policía, y es que además Sancho vivía al lado de la comisaría, con lo que mataba dos pájaros de un tiro. Tras despertar a todo el pueblo con los destartalados sonidos que emitía el artilugio que lo transportaba, Alonso llegaba a la plaza donde vivía Sancho, y con una gruesa cadena, que pesaba más que la propia bici, encadenaba esta a la reja de la casa de su amigo.
                —¡Vamos, Sancho, salga ya, que son las ocho! —Le gritaba el cabo mientras aporreaba la puerta de la casa.
                —¡Y a voy, ya voy, mi cabo! —Se oía desde el exterior decir a Sancho.
                Al abrirse la vieja puerta de la casa, se asomó un hombre bajo y orondo, con gesto bonachón y tez rosada. Vestía también traje de policía, que, al contrario de su compañero, daba la impresión de andar escaso de tela, y es que la barriga de Sancho parecíase más a la barriga sujeta por cellos de un tonel.
                —Mire usted, mi cabo, que no sé por qué tiene siempre tanta prisa, si en este pueblo nunca pasa nada, y hoy… ni tan siquiera tenemos mercadillo. Ni desayunar como Dios manda, he podido. —Salió farfullando el bueno de Sancho, mientras le daba pellizcos a una torta de manteca que llevaba bajo el brazo.
                —Pero, que dice usted, buen hombre, tenemos un compromiso con la sociedad. —Contestó Alonso con gesto adusto—  Nuestro uniforme es un recuerdo de nuestro deber para con las gentes honradas de este pueblo. ¿Acaso lo ha olvidado, amigo Sancho?
                Sancho lo miraba con los ojos como platos, mientras daba buena cuenta del trozo de torta que aún le quedaba.
                —Siempre está usted igual, mi cabo… ¡Vale, vale, cojamos el coche y vayamos a…! ¿a dónde? Si la oficina no la abren hasta las diez porque no va nadie, pero, usted, cabezota…
                —No, no, nada de oficina; hoy iremos a ese garito infame donde se reúnen todos los días esas gente de sospechoso comportamiento, que suelen andar con el rostro tapado.  
                —Pero, mira, que es usted fantasioso —Le decía Sancho, mientras abría la puerta del desvencijado 4L de la policía— Pero, ¿cuántas veces le he dicho que al bar de Paco no van más que gente de campo, que se cubre la cara con una braga, porque en invierno, a estas horas, hace un frío de mil demonios?
                —¡Pamplinas! Si no fuera por mi instinto, este pueblo sería un nido de ladrones y delincuentes de la peor calaña. ¡Iniciativa, Sancho, hay que tener iniciativa!
                El pequeño utilitario circulaba ladeado por las estrechas callejuelas, debido en gran parte al notable peso de su conductor, mientras que su liviano acompañante, iba con la cabeza fuera escrutando puertas y ventanas con inusitado interés. Al llegar a una pequeña plazoleta que estaba muy cerquita, el bueno de Sancho aparcó frente a un local con una puerta de cristal oscuro, del mismo color que las ventanas que la flanqueaban. Sobre ella un pequeño rotulo rezaba “Café Casa Paco”.
                —Bien; pasemos dentro, amigo Sancho, quiero ver de primera mano que se cuece hoy en este antro de mafiosos.
                Sancho puso los ojos en blanco y, diciendo para sus adentros “ya estamos como siempre”, se bajó del coche y siguió a Alonso hasta el interior del bar.
                Al abrir la puerta del local, lo primero que sentías era la bofetada de calor que emanaba de aquel lugar. Aunque era temprano, el local estaba casi lleno, salvo una o dos mesas libres, si acaso. Era un sitio acogedor: la barra y el mobiliario de madera de pino; el suelo de terrazo oscuro, eso sí, muy desgastado; las paredes de un color parecido al estuco, donde había colgadas multitud de fotos de gente que debió ser alguna vez cliente del bar. Tras la barra, unas enormes estanterías repletas de botellas, copas, vasos. Tazas, y, en medio, una vieja cafetera de cuatro brazos renegrida por el paso de los años. Apoyado en la barra y secando unos vasos, estaba Paco, el dueño e hijo del fundador de aquel lugar. Tenía un aspecto un tanto desaliñado con la camisa por fuera y cara de pocos amigos, pero Sancho, que lo conocía bien, decía que era una buena persona.
                —¡Buenos días, Paco! —Le dijo Sancho nada más verlo— Ya veo que la mañana está animada.
                —Ya lo creo, Sancho; el autobús que va a la ciudad se averió y esta gente está esperando que les manden otro, ¡bien por el negocio! —Paco se quedó mirando a Alonso, que venía tras Sancho, con el ceño fruncido— ¿Qué vais a tomar?
                —Un vaso de agua. —Respondió rápido Alonso— Estamos de servicio y no podemos tomar alcohol ni nada que afecte a nuestro correcto compartimiento ni a nuestro rendimiento policial.
                Sancho se puso la mano en la frente y bajo la cabeza, mientras veía como Paco abría más los ojos y emitía una especie de bufido.
                —A mí ponme un café de esos que tú haces. —Dijo guiñándole un ojo y dándole a entender que quería un carajillo de esos que se tomaba por las noches y que tanto le gustaban.
                Ambos se sentaron en unos taburetes, y, mientras Sancho paladeaba su café de buen grado, Alonso oteaba una por una a todas las personas que se encontraban en el bar. Quedóse mirando unos instantes a los hombres que estaban jugando a las cartas en una de las mesas, y con un disimulo, que no disimulaba nada, se acercó al oído de Sancho.
                —¡Fíjate bien en los de esa mesa, Sancho, los que juegan a las cartas! Por el énfasis que ponen, podría asegurar que es una de esas partidas en las que se juegan grandes cantidades de dinero, es posible que la hacienda propia, y quién sabe si el honor de alguna esposa… ¡Mala gente…!
                Sancho lo miraba con cara de circunstancias, sino fuera porque ya lo conocía de años, cualquiera hubiera dicho que se estaba volviendo loco, pero la realidad no era muy distinta: él pensaba, desde el primer día que lo conoció, que aquel buen hombre había perdido parte de su juicio hacía ya mucho tiempo.
                 —Pero, por Dios, mi cabo, que son pensionistas que se están jugando el café y la copa, mientras llega el autobús; si entre los cuatro que hay en esa mesa juntan más años que las pirámides del Egipto ese…
                —¡Bueno, bueno…! ¡Usted es que lo ve todo normal; pero, claro, cómo no goza de mi innata perspicacia… qué se le va a hacer!
                En eso que se abrió la puerta y entró un chico joven con un par de cajas al hombro. Sin mediar palabra, se fue al otro extremo de la barra. Nada más verlo, Paco hizo lo propio y fue a esperarlo por la parte de dentro. El chico abrió una de las cajas con un cúter y le mostró el contenido al hostelero. Este asintió dándole conformidad y se dirigió a la caja registradora a por dinero.ç
                —¿Se ha dado cuenta, Sancho? Cajas sin marca, dinero en efectivo, una transacción rápida. Solo puede significar una cosa: drogas. Ya le dije que no me gustaba nada este sitio, y mucho menos su dueño.
                —Vera, usted, mi cabo, —dijo Sancho con cara de desesperación— ese chico se llama Manuel y viene todos los miércoles; es el representante del café molido que gasta Paco y no creo que…
                —¡Lo ve, lo ve! ¡Se lo dije! Los contrabandistas utilizan el café para ocultar la droga evitando así que los perros puedan detectarla, y. además…¡Mire, mire…!
                El chico sacó de una de las cajas otra más pequeña dentro de la cual iban cientos de pequeños sobrecitos blancos, y se la dio a Paco.
                —¡Alto ahí! ¡Quiero ver que en esos sobres! —Dijo Alonso dirigiéndose a los dos hombres con gesto serio.
                Paco, que ya conocía a Alonso de algún otro lío, no lo dudo y le ofreció la caja al policía.
                —¡Claro, cómo no! Coja usted uno, dos o los que quiera
                Alonso cogió uno y lo rompió por un pico, se humedeció el dedo y, tras mojar en el interior, se lo llevó a la boca para paladearlo.
                —¿Azúcar? —Dijo Alonso sorprendido.
                —¡Pues, claro, tonto, qué se creía! Me regalan un kilo en dosis por cada cuatro de café…
                Consciente de la metedura de pata, Alonso volvió a su taburete y se sentó nuevamente con su compañero, que trataba de ocultar su risa con la cabeza vuelta por lo allí presenciado. No contento aún, Alonso seguía escrutando a las personas que allí estaban y reparó en una de ellas.
                —¡A sus once, Sancho! Fíjese en el caballero de la mesa del fondo, lleva puestas unas gafas de sol y parece que no mira a ningún sitio concreto; podría tratarse de un terrorista.
                —¡Y dale! —Respondió Sancho— Pero, ¿qué le pasa a usted esta mañana? ¿no ve que el pobre hombre es ciego? Si tiene hasta el perro lazarillo sentado junto a la silla.
                Parecía que al fin el pobre Alonso iba a darse por vencido y relajarse un poco, cuando al final del bar, en la última mesa, descubrió a dos hermosas mujeres que a todas luces tenían toda la pinta de ser señoras de vida alegre, por su exceso de maquillaje y la escasez de tela en las prendas que vestían. Alonso quedó prendado de ambas mujeres, y no pudo por menos que comentarlo con su compañero.
                —¿Ha visto a esas hermosas damas, amigo Sancho? Es raro ver aquí a semejantes bellezas… ¡Qué clase y categoría desprenden…! ¿Qué podrán hacer aquí?
                Sancho se rascaba la cabeza y miraba a su compañero con perplejidad. ¿Qué le pasaba a ese hombre que era incapaz de ver la realidad?
                —Mire usted, mi cabo, que a mí me parece que son prostitutas.
                —¡Qué va, hombre, qué va!  —Dijo Paco metiendo baza en la conversación, que en ese momento estaba recogiendo la taza de café de Sancho— ¡Esas dos son putas!
                —¡Pero, qué dicen ustedes, par de desgraciados! ¡Pero, cómo pueden hablar así de esas hermosas mujeres, que a todas luces deben de ser de alta cuna! Ahora mismo me acercó a ellas para ver si necesitan algo. —Replicó Alonso.
                Dicho esto, con la barbilla levantada y gesto altivo, el bueno de Alonso se dirigió caminando entre las mesas en dirección de las dos mujeres ofreciendo la mejor de sus sonrisas. Ellas lo miraban un tanto cariacontecidas, conforme lo veían acercarse. Tan inmerso iba Alonso en la contemplación de aquellas dos bellas damas, que no se percató de que pasaba al lado del perro lazarillo de aquel ciego que había visto, y le daba un pisotón de envergadura en el rabo del pobre animal. El perro, al sentir la punzada de dolor, se revolvió instintivamente y le arreó un bocado en la pantorrilla al despistado cabo, que aulló como si fuera un lobo y comenzó a dar saltos a la pata coja como si fuera un loco.
                —¡Auuuh, auuuh! —Chillaba Alonso.
                —¡Ya estamos como siempre!, si me extrañaba a mí… —Rezongó Sancho desde su taburete al ver dar saltos a su compañero.
                Mas no acabó ahí la cosa, porque Alonso en vez de detenerse por sí solo, perdió el equilibrio y fue de cabeza contra las dos mujeres. Para no matarse contra ellas, no tuvo más remedio que lanzar sus hacia delante para así frenar, con la mala fortuna de poner sus manos en los protuberantes pechos de cada una de ellas. Al unísono, y como si tuvieran un resorte, ambas mujeres soltaron sus puños contra el cada vez más cercano rostro de Alonso, dándole una un puñetazo en la nariz que comenzó a sangrar, y la otra en el ojo, que rápidamente empezó a tornarse de color violeta. Noqueado y cojitranco, Alonso se fue para atrás, perdiendo definitivamente el equilibrio y cayendo de espaldas en una de las mesas, en la que acababan de servir unos cafés, se los echó por encima al partirla en dos. La tranquilidad de la cafetería se tornó en un guirigay de insultos en torno a la especie de mele que se había formado alrededor de Alonso.
                —¡La madre que lo parió! —Gritaba Paco—Si ya sabía yo que me la iba a liar… ¡Maldito chalado!
                —¡Ya voy, mi cabo! ¡Paso a la autoridad! —Gritaba Sancho, intentando abrirse paso entre el montón de gente que allí se había arremolinado.
                Al final, entre voces e improperios, el bueno de Sancho consiguió sacar de allí como pudo al malogrado Alonso, con la nariz rota, un ojo a la funerala y un bocado en la pantorrilla. Lo subió al coche y con la sirena encendida, más por no oír los quejidos de este que por otra cosa, se marchó camino de la Casa de Socorro para que pudieran restañar un poco a su querido cabo.
                Pero eso…, eso ya es otra historia.

Inés Herrera Mesas

PREMIO RECREA TU QUIJOTE IES OCTAVIO CUARTERO 2016 CATEGORÍA ESO
GANADOR DEL CERTAMEN LITERARIO “POR QUÉ LEER A LOS CLÁSICOS”

martes, 22 de diciembre de 2015

EL REGALO

                
De parte de Inés, alumna de nuestro centro, FÉLIZ NAVIDAD

Sonia miraba caer la nieve a través de la ventana. Aquella Nochebuena solo iba a tener de bueno el nombre, hacía dos semanas que sus padres se habían peleado, y desde entonces ella no había vuelto a verle. Su papá la llamaba todos los días, pero hoy, precisamente en esta noche tan especial, no había dado señales de vida. Su madre estaba en la cocina, haciendo la cena para ellas dos. No se pudieron marchar con el resto de la familia porque Ana, su madre, trabajaba en unos grandes almacenes, y en estas fechas era, como es normal, cuando más trabajo había, de modo que tuvo que quedarse hasta media tarde y venir corriendo para hacer la cena.
Para ella, una niña de doce años, la ausencia de su padre era un peso enorme que tenía que arrastrar durante todo el día. Él estaba en todos sus recuerdos, en todos los momentos importantes de su corta vida, cuando comenzó a andar, cuando aprendió a montar en bici, a multiplicar... lo echaba mucho de menos. Su madre estaba también muy deprimida, y aunque ella no sabía muy bien porque habían discutido sus padres, notaba en su madre un halo de tristeza y arrepentimiento que trataba de ocultar, pero que estaba siempre presente, y ella, a pesar de su corta edad, podía percibirlo.El enorme árbol de Navidad iluminaba toda la habitación, sus pequeñas luces parpadeaban sin dejar de estar nunca encendidas, guirnaldas doradas y bolas rojas y brillantes eran toda la decoración, lo había montado su padre un par de días antes de irse. En la televisión unos niños cantaban villancicos, y el olor del asado que su madre había preparado para cenar inundaba la casa. Sobre la mesa del comedor, adornada con velas, una pequeña bandeja de dulces, todo estaba tan bonito...
-Sonia - dijo su madre desde la cocina - tienes que hacerme un favor.
Sonia salió por un momento de sus propios pensamientos y volvió a la realidad al escuchar la voz de su madre.
-Dime mamá - contestó ella .
-Coge dinero del bolso y baja a la tienda a por un par de barras de pan, creía que tenia congelado pero no queda casi nada... date prisa que van a cerrar enseguida.
Rápidamente cogió unas monedas del bolso, se puso el abrigo y salió por la escalera a la pequeña tienda de barrio que estaba junto a su portal. Al salir a la calle, tan deprisa iba que no se percató de lo helado que estaba el suelo y patinó. Salió literalmente volando por los aires, y cuando estaba preparada para recibir el impacto de su cuerpo contra el suelo, unos brazos la cogieron por debajo de la espalda y la sujetaron. Cuando por fin pudo ponerse en pie, pudo ver a su salvador, era un hombre mayor, un tanto desaliñado, con algo de tripa y una barba canosa.
-Podías haberte hecho daño, pequeña, tienes que tener más cuidado.
Sonia se asustó un poco al principio, su madre siempre le decía que no hablara con
desconocidos, pero por alguna extraña razón que no llegaba a comprender, aquel hombre le inspiraba confianza.
-Gracias, es que soy un poco patosa - le dijo al hombre sonriendo - adiós - y dicho esto se marchó corriendo a la tienda.
Aun con el susto en el cuerpo a causa del resbalón que le podía haber costado algún hueso roto o algo peor, cogió dos barras de pan del mostrador y se las dio a la cajera. Mientras pagaba, observaba con asombro como aquel hombre que la había librado de una buena caída se tapaba con una manta y se sentaba en un banco bajo la marquesina de una parada de autobús. Al salir a la calle se dirigió a él y le pregunto.


-¿Es que espera el autobús? A esta hora ya no pasará ninguno - le dijo un tanto perpleja.
- No, no, qué va – contestó el hombre mientras sonreía - es que yo no vivo por aquí, y bueno, hasta que vengan a recogerme pues tengo que resguardarme en algún lado, sabes.
A Sonia le dio mucha pena, era un hombre mayor, de la edad de su abuelo más o menos, solo, en Navidad, hacía frío, nevaba...
Ana no se lo podía creer, su hija se había subido a casa las dos barras de pan que le encargó, y además, a un indigente que vaya usted a saber porque estaba en la calle. Lo cierto es que el pobre hombre estaba casi más sorprendido que ella y se notaba que no estaba pasando un buen rato.
-Señora - decía el hombre -- no se preocupe que yo me marcho ahora mismo, si he subido más que nada porque su hija ha insistido mucho, pero no es necesario que me quede a cenar.
-Claro que si - decía Sonia - mi mamá dice que tenemos que ayudar a las personas que lo necesitan, además usted me ha ayudado a mí, es lo menos que podemos hacer.
Y Ana, que era una buena persona, a pesar de las desconfianzas que se suelen tener cuando no conoces a alguien, decidió que poner un plato más en la mesa en aquella noche tan especial no suponía demasiado problema, y de paso seria una manera de que su hija no pensara toda la noche en su padre.
-¿Y cdmo ha dicho que se llama usted? - preguntó Ana
- Nicolás, señora, me llamo Nicolás, pero mis amigos me llaman Nico.
- Pues bienvenido a nuestra casa Nico, espero que le guste mi asado...
Ana le quitó el viejo abrigo al peculiar invitado y lo invitó a sentarse en la mesa bajo la mirada atenta de su hija, que lucía una sonrisa de oreja a oreja. Tanto ella corno él se sirvieron un par de copas de vino, Sonia una Coca-cola, y tras unos deliciosos entremeses, Ana sirvió el asado. Nicolás se deshacía en elogios por la suculenta cena que le estaban ofreciendo, y entre bocado y bocado no dejaba de contar cosas acerca de los sitios en los que había estado, de la gente que conocía, y de lo bonita que era la Navidad. Pero fue cuando llegaron los postres cuando verdaderamente comenzó a disfrutar. A aquel hombre le encantaban los dulces, comió turrón, mantecados, polvorones, mazapanes... comió de todo lo que se podía comer y se bebió una copita de sidra a la par que contaba chistes y chascarrillos que provocaban las risas de Sonia.
En una de esas, la pequeña. se fue al cuarto de baño, momento que su madre aprovechó para hablar con Nicolás.
-Hace mucho frío esta noche Nico, y ya es tarde, si quiere puede quedarse a dormir aquí esta noche, en la salita de costura tengo un sofá cama.
-Oh, no, que va, si a mí me van a recoger esta noche, soy una persona muy ocupada, sabe usted. No se preocupe por mí, yo estaré bien. Por cierto, no me gusta meterme donde no me llaman, pero... ¿Y su marido? He visto una foto de ustedes al entrar y me extraña no verlo aquí en un día tan señalado.
- Pues el caso es que no está, problemas de pareja sabe usted - Respondió Ana un poco contrariada.
-Caramba, lo lamento, ojalá se solucione pronto, por usted y por su hija, es una niña encantadora y lo tiene que estar pasando mal.
Ana no pudo evitar que se le humedecieran los ojos un poco al oír aquellas palabras, era cierto, ambas lo estaban pasando mal. Nicolás puso su mano en el hombro de Ana al percatarse de aquello.
-No se preocupe, es Navidad, todo se arreglará - le dijo con voz dulce aquel hombre.
La joven Sonia entró en ese momento, y sin ser muy consciente de la situación se acerco  a su madre y le dio un abrazo, mientras miraba con ojos de ternero a Nicolás.
-Bueno -dijo Nico tratando de romper el hielo - supongo que le habrás pedido algo a Santa Claus, mañana es Navidad, es día de regalos.
-Este año no he escrito ninguna carta, ya soy mayor, de manera que si me dejan algún regalo me alegraré, pero supongo que lo que yo quiero no me lo pueden envolver, sabes...
Nico observó la mirada triste y lánguida de Sonia, y con su mano izquierda acaricio su mejilla. Ella se estremeció, fue como si por un instante el calor azotara su rostro, y en esemomento, sin saber por qué se sintió bien.
-Nunca hay que perder la esperanza, pequeña, ni hay que dar nada por perdido, y como le he dicho a tu madre, mucho menos en Navidad... y por cierto, tengo que irme, son casi las doce y vendrán enseguida a buscarme...
- Pero no se vaya tan pronto - replicó Sonia - quédese aquí un poquito más, díselo tu mamá.
Nicolás se agachó un poco para ponerse a la altura de la niña, y así poder hablar mejor con ella.
-Ambas habéis sido muy amables conmigo esta noche, darle de cenar a un viejo al que no conocéis de nada. es un acto muy bonito, y yo os lo agradezco de veras...
Y dicho esto el hombre metió la mano en el bolsillo de su raída camisa y sacó una pequeña herradura plateada de las que se cuelgan en los árboles navideños y se la dio a Sonia.
-Toma pequeña, me han dicho que es mágica, pero que solo funciona en Nochebuena, aprovéchala.
La niña cogió la pequeña herradura y le dio un beso en la cara a Nicolás, él le ofreció a cambio una enorme sonrisa. Ana se levantó para darle su abrigo a aquel hombre que por algún motivo ahora tenía prisa por irse, y Sonia le lleno los bolsillos de turrones y mazapanes.
-Son para mientras esperas- le dijo sonriendo.
Nicolás salió por la puerta del apartamento y antes de cerrar les deseó a las dos con voz solemne Feliz Navidad y se marchó.
Sonia y su madre recogieron la mesa y se sentaron a ver la tele un rato juntas. Sonia se asomó un par de veces a la ventana para poder ver si recogían a Nicolás, pero este ya no estaba en la parada, se habría marchado. Se hizo tarde, y las dos decidieron acostarse juntas, no querían sentirse solas en una noche así, pero antes de hacerlo Sonia cogió la pequeña herradura que le habían regalado, y no sin antes mirarla detenidamente y pedir un deseo, la colgó en el árbol de Navidad, ¿Qué podía perder?
La luz de la mañana se filtraba a través de las tupidas cortinas de la habitación de Ana, la pequeña Sonia se giró para abrazar a su madre pero ella ya no estaba en la cama, se había levantado. Miró de reojo el reloj de la mesita para ver qué hora era... las ocho y media... pero a dónde iba su madre tan temprano. Pensó en remolonear un poco en la cama, menudo sueño, y entonces calló en la cuenta, era Navidad. No esperaba encontrar nada junto al árbol, o bueno, tal vez sí, pero en realidad le daba igual, lo que si le apetecía en ese momento era darle un abrazo a su madre, de manera que se levantd'de la cama, se puso las zapatillas y la bata y se fue a buscarla. Al llegar al salón se quedó parada en la puerta, la sorpresa fue mayúscula. Junto al árbol de Navidad, abrazados y besándose, se encontraban sus padres. Nada más darse cuenta, ambos se soltaron. Su padre se agachó y le abrió los brazos haciéndole un gesto para que viniera. Los pies de Sonia levitaron por encima de la alfombra hasta que alcanzaron los brazos de su padre.
-Te he echado de menos, cariño - dijo su padre sin poder contener las lagrimas.
-Yo también, papá, ¡por favor, no te vayas más!
Aquel salón se llenó de felicidad, y como no podía ser de otra manera, no faltaron los regalos, pero el que más ilusión le hizo a Sonia, sin contar el regreso de su padre, por supuesto, fueron los prismáticos que hacia tanto tiempo deseaba.
- Que guay... papá, mamá... ¿Puedo subir a la azotea para probarlos, puedo, puedo...?
- Vale - dijo su madre - pero abrígate y no te escurras que seguro que esta todo helado.
Sonia se puso las botas de agua, la bufanda y un abrigo encima del pijama y salió del piso, subiendo a toda velocidad por las escaleras los cuatro pisos que había hasta el ático del viejo edificio. Al llegar arriba abrió la vieja puerta de hierro y una capa blanca de nieve brillaba bajo la luz del sol, que comenzaba a ascender. La nieve crujía bajo sus botas al caminar y ella se acercó, poco a poco, a las paredes de la terraza para poder contemplar aquel paisaje de postal, cuando algo llamó su atención. A pesar de que ella suponía que era la primera en haber subido hasta ahí arriba, pudo ver como la nieve no había logrado tapar del todo unos rastros que parecían ser de esquíes, y lo que también parecían ser huellas de animales, y allí, muy cerquita de donde ella estaba, unos cuantos envoltorios de dulces y de mazapanes como los que le había dado a Nicolás. Sonrió para sí misma, miro al cielo, y sin saber por qué dijo

- Es cierto, nada es imposible en Navidad...

Inés Herrera Mesas

martes, 16 de junio de 2015

HOY ES EL DÍA MÁS HERMOSO DE NUESTRA VIDA


Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la bueno conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobre todo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia donde quiera que estén.

(Cita atribuida a Miguel de Cervantes)

El sol salió por el horizonte, como siempre; los rayos del sol atravesaban la fina cortina del dormitorio rompiendo la penumbra de la habitación. Adrián, en su cama pero despierto, contemplaba como los objetos de la habitación parecían cobrar vida con la luz del amanecer. Sí, el sol salió por el horizonte, como siempre, pero no era un día cualquiera.
A pesar de ser muy temprano Adrián no podía dormir, así que decidió levantarse y darse una ducha para espabilarse del todo. Era un chico joven, o al menos con veinticincoaños a mi me lo parecía, tenla el pelo moreno y rizado, y unos enormes ojos grises... o azules... o verdes, no sabría deciros. Era delgado y alto, de piel muy blanca, casi pálida, y portaba una sonrisa encantadora. Se duchó rápido y sin hacer mucho ruido, no quería despertar a su madre, aunque tenía claro que ella se levantaría enseguida, siempre lo hacía, y más si él estaba en casa, pues le encantaba prepararle el desayuno a su "pequeño". Con el albornoz puesto y el pelo todavía húmedo, volvió a su habitación y abrió el armario, ¿Qué me pongo?, pensó para sí mismo, cogió unos vaqueros y una camisa para luego volver a dejarlo todo en su sitio otra vez y decidirse finalmente por un pantalón de tergal azul y un jersey de hilo gris, que hacia juega con sus ojos, y comenzó a vestirse.
- Adrián - dijo su madre desde la habitación contigua - ¿Te hago el desayuno?
- Déjalo, mamá, mejor sigue durmiendo y ahora me preparo yo un café.
- ¿No quieres que te haga algo, unas tostadas, un zumo…?
- Que no, mamá... duérmete
Su madre ya no contesto, sabía muy bien que si su hijo decía que no a algo, era que no; de manera que prefirió dejarlo y seguir durmiendo un poco más, aún a sabiendas de que ya no podría dormirse y se levantaría en cuanto este se marchara.
Adrián por su parte, una vez vestido, se fue a la pequeña cocina del apartamento y se calentó una taza del café que había hecho el día anterior. Se comió un par de galletas María sin llegar a sentarse en una silla y volvió de nuevo a su habitación para coger un par de cosas. Debía de irse pronto, no quería llegar tarde.
Ahora, con el sol más alto, la habitación aparentaba ser mayor, y los lomos dorados de los libros de las estanterías parecían diminutos soles a punto de estallar. Adrián cogió su cartera de piel y metió dentro unos folios unos lápices, un borrador, un sacapuntas y una pluma, que era un regalo de su madre. Se quitó las zapatillas, se puso sus mejores zapatos, los negros de cordón fino, limpios y brillantes, y salió hacia la puerta de la casa donde en la entrada estaba colgado su abrigo negro y su bufanda de cuadros. Se lo puso todo y salió del piso sin hacer apenas ruido. Cuando iba a cerrar la puerta escuchó una voz que le decía:
- Abrígate, no vayas a coger frío .
-Si, mamá... y duérmete, por Dios.
Sonriendo para sus adentros, bajó los dos pisos que le separaban de la calle, por la estrecha escalera, una escalera antigua, como el edificio, con un pasamano de hierro negro y el suelo de terrazo, pintada de un blanco impoluto y con un fuerte olor a lejía.
Abrió la pesada puerta, también de hierro negro, y respiró el aire de la calle, ese aire plomizo de ciudad, con olor a gasolina, a polución, vamos, a ciudad, a su ciudad. Pero a él le encantaba; de hecho, no había respirado otra cosa en toda su vida, salvo cuando se iba una semana de vacaciones a la playa con sus tíos, pero enseguida la echaba de menos.
Con pasos largos y firmes avanzó por la acera en busca de la estación de cercanías que había a pocas calles de allí, la misma estación donde años antes solía ir con sus amigos a poner monedas en las vías, ¡qué recuerdos...!
- ¡Adiós, Adrián! -dijo la señora de la panadería que estaba barriendo la entrada de su local- ¡que guapo vas esta mañana! ¿quieres un bollo? Los acabo de sacar del horno.
- No, Doña Luisa, muchas gracias, pero tengo prisa .
Doña Luisa era la panadera de aquel lugar desde antes de que naciera Adrián y lo había visto crecer, lo quería como a un hijo, aunque lo cierto es que tenia edad para ser su abuela. Adrián siguió caminando por la acera, conocía bien aquellas calles, se sabía de memoria cada rincón de aquel barrio, cada casa, cada lugar, la peluquería, la tintorería, el bar de Paco, el colegio... Hoy estaba nervioso, como aquellos días en los que tenía un examen y había estudiado poco, pero no podía permitírselo, no, ¡debía de estar tranquilo! Esa mañana era muy importante, y la ilusión era mayor que su miedo; recordó las palabras de aquel viejo profesor que le daba historia, "los grandes hombres nunca se dejan vencer por sus miedos", tal vez hoy era el momento de poner en práctica aquella frase. No     había mas remedio y al pensar en ello no pudo evitar tocarse la cruz que llevaba colgada al cuello. Era un recuerdo de su abuelo que llevaba encima desde que era muy pequeño.
- Adrián, chiquillo, ¿a dónde vas? Pasa a tomar un café.
Un hombre de unos sesenta años con el pelo canoso y una generosa barriga, asomó por la puerta del bar al verlo. Era Paco, el dueño. Adrián habla trabajado para él de camarero en la terraza algunos veranos, tiempo atrás, y se había ganado su cariño.
- No puedo, Paco, gracias, tengo prisa, luego te lo cuento todo más despacio.
- Eso espero, niño, .le dijo sonriendo y volviendo a meterse adentro.
En apenas cinco minutos ya estaba en la estación, la vieja estación de ferrocarril donde tantos días había cogído el tren para ir a la Universidad cuando decidió estudiar una carrera. Aquel viejo edificio le traía tantos recuerdos, sus paredes viejas y grisáceas, sus desgastadas bancos en la sala de espera, ese aroma tan peculiar en el ambiente, mezcla del café de la cafetería, los perfumes de las mujeres y el propio olor de los trenes que allí paraban. Adrián saludó con la mano al empleado de la taquilla, lo conocía de tantas veces que lo había atendido y salió al andén, Su cercanías estaba haciendo la entrada, por eso tenia tanta prisa. La gente se agolpaba en las puertas de los vagones para subir, y, aunque no iba lleno, era previsible que se llenaría antes de llegar a su destino: todo el mundo quería ir a trabajar a la misma hora. A pesar de las prisas de la gente, cuando él subió, todavia quedaban asientos libres. Se fue al centro del vagón, donde dicen que se mueven menos los trenes, y se sentó junto a la ventanilla. El tren se puso en marcha y la estación desapareció de la ventana, dejando a la vista el paisaje urbano que a Adrián tanto le gustaba contemplar. La ciudad era un ser vivo ante sus ojos, por sus venas, personas y vehículos iban de un lado para otro, transportándolos a a ellos mismos, sus mercancías o sus sueños, igual que él en ese instante.


Hipnotizado por el sonido de las vías apenas se dio cuenta de que hacían su primera parada, pero al hacerlo miró instintivamente hacia las puertas del vagón. Un puñado de personas entró en tromba, y, conforme fueron disolviéndose, apareció una chica menuda y rubia, de ojos pardos como el lomo de un visón. Llevaba una falda larga y un chaquetón de cuero, ambos negros; por arriba, asomaba un jersey rojo de cuello vuelto. Se quedó mirando y enseguida lo vio. Grácil, sutil, liviana, caminó hacía él, mientras este le ofrecía la mejor de sus sonrisas. Sin preguntar nada se sentó a su lado y le dio un beso en la mejilla.
- Hola Adrián, me alegro de verte, aunque tampoco me sorprendes Tino me dijo lo que había y esperaba verte por aquí cualquier mañana. Hoy es el gran día, ¿verdad?
Adrián la contempló con la serenidad del que disfruta de una puesta de sol. Lorena, su antigua novia de la universídad, a pesar de los años seguía poniéndolo nervioso. Posiblemente era algo que no se le pasaría nunca, ¡qué se le iba a hacer!
- Yo también me alegro de verte Lorena... Estas increíble - dijo tras unos instantes- Pues, la verdad es que si, hoy es el gran día.
- ¿Y qué, estás nervioso? Yo lo estaría -dijo cogiéndole la mano.
- No es como cuando tentamos un examen con don Severino, pero, sí, la verdad es que sí, un poco. -dijo mirándola a los ojos fijamente.
Al decir aquello Lorena soltó una carcajada y comenzó a hablar de aquellos años en los que iban juntos al colegio. En la mente de Adrián los recuerdos empezaron a aflorar como pequeñas margaritas. Sin darse cuenta ninguno de los dos, el vagón se abarrotó de gente, gente ajena a ellos, a sus risas y a sus miradas. Su estación de destino llegó pronto, muy pronto; para Adrián, quizás demasiado pronto. El tren comenzó a detenerse y la mayoría de los viajeros fueron poco a poco abandonando sus asientos en busca de las puertas de salida. Ellos se levantaron los últimos, sabiendo que tenían tiempo de sobra para bajar, y se pusieron al final del pelotón de viajeros. Al salir del tren el frio atacó sus rostros y comenzaron a exhalar aire caliente por la boca en forma de vapor.
- ¡Caray! - dijo Lorena - hace ahora más frío que cuando subimos, ¿no te parece?
- Ya lo creo, y encima parece que va a llover -contestó Adrián- será mejor que nos demos prisa.
Escoltados por un tumulto de desconocidos, cruzaron el interior del vestíbulo y salieron  por fin a la calle, a la ciudad, y allí ambos se detuvieron.
- Bueno, supongo que aquí nos separamos -dijo Adrián- por cierto, no te he preguntado, ¿Qué tal tu trabajo?
- Bien, un poco aburrido, pero bien. El típico trabajo de una gestoría, ya sabes -dijo Lorena ofreciendo una de sus discretas sonrisas.
Un abrazo, un beso, y poco más. Lorena se dio la vuelta y se marchó perdiéndose entre las personas que abarrotaban aquella acera, y Adrián se quedo unos instantes contemplándola marcharse como una flor en un río arrastrada por la corriente, "¡Adiós, Lorena!", pensó para sí mismo. Una fina lluvia comenzó a caer. Se subió el cuello del abrigo y, con su cartera bajo el brazo y las manos en los bolsillos, se dio la vuelta y comenzó a caminar en dirección opuesta. Se hacía tarde.
Resulta curioso cómo puede ser posible que a pesar de estar rodeado de gente, a veces uno puede sentirse solo. Tal vez fuera por la lluvia, por el frío día o simplemente por sus nervios, pero le daba la impresión de que la gente no lo veía, se sentía como un fantasma al que nadie puede ver, aunque él podía verlo todo. Las aceras comenzaban a estar mojadas y le daban al paisaje un cierto aspecto de postal, pero él, a pesar de sus nervios,ahora era capaz de recordar donde se había dejado el paraguas que en esos momentos tan bien le habría venido. Se puso la cartera en la cabeza y aceleró el paso.


El edificio al que iba ya podía verse, y conforme avanzaba, los nervios iban atenazando su estómago. No era miedo, era incertidumbre, y aunque no dudaba de sí mismol, no sabía muy bien lo que iba a pasar a partir de ese día. De no haber sido el hijo de una madre soltera, podría haber hablado antes con su padre de algunas cosas que le preocupaban, y habría obtenido respuestas menos protectoras que las que le daba su madre, ¡qué contenta se puso cuando se lo dijo! ¡Cuánto le debía, cuánto la quería!
Se detuvo frente a un enorme edificio con la parte inferior de la tachada en piedra, pero sólo la parte de abajo, todo lo demás eran enormes ventanas con cristales tintados: era un edificio de oficinas. Respiró profundo y cruzó la enorme puerta de acero, y al pasar miró a todos lados como buscando a alguien, pero no lo encontró. En su lugar, un tipo alto y de cara agria, vestido de conserje, abandonó el mostrador del enorme vestíbulo y se acercó hasta él.
- Buenos días -dijo aquel hombre con voz áspera- ¿se ha perdido usted? El edificio de Hacienda está más adelante, si es lo que está buscando.
Adrián miró al conserje algo intimidado pero, antes de que pudiera contestar nada, la voz de un señor elegantemente vestido surgido de la nada se introdujo entre los dos.
- El señor no se ha perdido, Sebastián -dijo el elegante caballero al conserje- El señor es Don Adrián Blázquez, un nuevo miembro de nuestra firma de abogados y al que a partir de ahora vas a ver por aquí todos los días.
- Por supuesto -dijo el conserje al darse cuenta de la metedura de pata- Bienvenido, señor.
Y escoltado por el recién llegado, que lo llevaba cogido con una mano en el hombro, ambos se dirigieron al sobrio ascensor que abría sus puertas cuando ellos llegaban hasta él. Se metieron dentro, y todos los miedos que Adrián había traído consigo se quedaron en el vestíbulo de aquel edificio, junto con la mirada impávida de aquel conserje que lo observaba mientras se cerraban las puertas. Aquel era un día especial, aquel era su primer día de trabajo como abogado.

Inés Herrera Mesas