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domingo, 9 de diciembre de 2018

EL MIEDO



Ese largo y angustioso escalofrío que parece mensajero de la muerte, el verdadero escalofrío del miedo, sólo lo he sentido una vez. Fue hace muchos años, en aquel hermoso tiempo de los mayorazgos, cuando se hacía información de nobleza para ser militar. Yo acababa de obtener los cordones de Caballero Cadete. Hubiera preferido entrar en la Guardia de la Real Persona; pero mi madre se oponía, y siguiendo la tradición familiar, fui granadero en el Regimiento del Rey. No recuerdo con certeza los años que hace, pero entonces apenas me apuntaba el bozo y hoy ando cerca de ser un viejo caduco. Antes de entrar en el Regimiento mi madre quiso echarme su bendición. La pobre señora vivía retirada en el fondo de una aldea, donde estaba nuestro pazo solariego, y allá fui sumiso y obediente. La misma tarde que llegué mandó en busca del Prior de Brandeso para que viniese a confesarme en la capilla del Pazo. Mis hermanas María Isabel y María Fernanda, que eran unas niñas, bajaron a coger rosas al jardín, y mi madre llenó con ellas los floreros del altar. Después me llamó en voz baja para darme su devocionario y decirme que hiciese examen de conciencia:
-Vete a la tribuna, hijo mío. Allí estarás mejor…
La tribuna señorial estaba al lado del Evangelio y comunicaba con la biblioteca. La capilla era húmeda, tenebrosa, resonante. Sobre el retablo campeaba el escudo concedido por ejecutorias de los Reyes Católicos al señor de Bradomín, Pedro Aguiar de Tor, llamado el Chivo y también el Viejo. Aquel caballero estaba enterrado a la derecha del altar. El sepulcro tenía la estatua orante de un guerrero. La lámpara del presbiterio alumbraba día y noche ante el retablo, labrado como joyel de reyes. Los áureos racimos de la vid evangélica parecían ofrecerse cargados de fruto. El santo tutelar era aquel piadoso Rey Mago que ofreció mirra al Niño Dios. Su túnica de seda bordada de oro brillaba con el resplandor devoto de un milagro oriental. La luz de la lámpara, entre las cadenas de plata, tenía tímido aleteo de pájaro prisionero como si se afanase por volar hacia el Santo.
Mi madre quiso que fuesen sus manos las que dejasen aquella tarde a los pies del Rey Mago los floreros cargados de rosas como ofrenda de su alma devota. Después, acompañada de mis hermanas, se arrodilló ante el altar. Yo, desde la tribuna, solamente oía el murmullo de su voz, que guiaba moribunda las avemarías; pero cuando a las niñas les tocaba responder, oía todas las palabras rituales de la oración. La tarde agonizaba y los rezos resonaban en la silenciosa oscuridad de la capilla, hondos, tristes y augustos, como un eco de la Pasión. Yo me adormecía en la tribuna. Las niñas fueron a sentarse en las gradas del altar. Sus vestidos eran albos como el lino de los paños litúrgicos. Ya sólo distinguía una sombra que rezaba bajo la lámpara del presbiterio. Era mi madre, que sostenía entre sus manos un libro abierto y leía con la cabeza inclinada. De tarde en tarde, el viento mecía la cortina de un alto ventanal. Yo entonces veía en el cielo, ya oscura, la faz de la luna, pálida y sobrenatural como una diosa que tiene su altar en los bosques y en los lagos…
Mi madre cerró el libro dando un suspiro, y de nuevo llamó a las niñas. Vi pasar sus sombras blancas a través del presbiterio y columbré que se arrodillaban a los lados de mi madre. La luz de la lámpara temblaba con un débil resplandor sobre las manos que volvían a sostener abierto el libro. En el silencio la voz leía piadosa y lenta. Las niñas escuchaban. y adiviné sus cabelleras sueltas sobre la albura del ropaje y cayendo a los lados del rostro iguales, tristes, nazarenas. Habíame adormecido, y de pronto me sobresaltaron los gritos de mis hermanas. Miré y las vi en medio del presbiterio abrazadas a mi madre. Gritaban despavoridas. Mi madre las asió de la mano y huyeron las tres. Bajé presuroso. Iba a seguirlas y quedé sobrecogido de terror. En el sepulcro del guerrero se entrechocaban los huesos del esqueleto. Los cabellos se erizaron en mi frente. La capilla había quedado en el mayor silencio, y oíase distintamente el hueco y medroso rodar de la calavera sobre su almohada de piedra. Tuve miedo como no lo he tenido jamás, pero no quise que mi madre y mis hermanas me creyesen cobarde, y permanecí inmóvil en medio del presbiterio, con los ojos fijos en la puerta entreabierta. La luz de la lámpara oscilaba. En lo alto mecíase la cortina de un ventanal, y las nubes pasaban sobre la luna, y las estrellas se encendían y se apagaban como nuestras vidas. De pronto, allá lejos, resonó festivo ladrar de perros y música de cascabeles. Una voz grave y eclesiástica llamaba:
-¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán…!
Era el Prior de Brandeso que llegaba para confesarme. Después oí la voz de mi madre trémula y asustada, y percibí distintamente la carrera retozona de los perros. La voz grave y eclesiástica se elevaba lentamente, como un canto gregoriano:
-Ahora veremos qué ha sido ello… Cosa del otro mundo no lo es, seguramente… ¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán…!
Y el Prior de Brandeso, precedido de sus lebreles, apareció en la puerta de la capilla:
-¿Qué sucede, señor Granadero del Rey?
Yo repuse con voz ahogada:
-¡Señor Prior, he oído temblar el esqueleto dentro del sepulcro…!
El Prior atravesó lentamente la capilla. Era un hombre arrogante y erguido. En sus años juveniles también había sido Granadero del Rey. Llegó hasta mí, sin recoger el vuelo de sus hábitos blancos, y afirmándome una mano en el hombro y mirándome la faz descolorida, pronunció gravemente:
-¡Que nunca pueda decir el Prior de Brandeso que ha visto temblar a un Granadero del Rey…!
No levantó la mano de mi hombro, y permanecimos inmóviles, contemplándonos sin hablar. En aquel silencio oímos rodar la calavera del guerrero. La mano del Prior no tembló. A nuestro lado los perros enderezaban las orejas con el cuello espeluznado. De nuevo oímos rodar la calavera sobre su almohada de piedra. El Prior se sacudió:
-¡Señor Granadero del Rey, hay que saber si son trasgos o brujas!
Y se acercó al sepulcro y asió las dos anillas de bronce empotradas en una de las losas, aquella que tenía el epitafio. Me acerqué temblando. El Prior me miró sin despegar los labios. Yo puse mi mano sobre la suya en una anilla y tiré. Lentamente alzamos la piedra. El hueco, negro y frío, quedó ante nosotros. Yo vi que la árida y amarillenta calavera aún se movía. El Prior alargó un brazo dentro del sepulcro para cogerla. La recibí temblando. Yo estaba en medio del presbiterio y la luz de la lámpara caía sobre mis manos. Al fijar los ojos las sacudí con horror. Tenía entre ellas un nido de culebras que se desanillaron silbando, mientras la calavera rodaba por todas las gradas del presbiterio. El Prior me miró con sus ojos de guerrero que fulguraban bajo la capucha como bajo la visera de un casco:
-Señor Granadero del Rey, no hay absolución… ¡Yo no absuelvo a los cobardes!
Y con rudo empaque salió sin recoger el vuelo de sus blancos hábitos talares. Las palabras del Prior de Brandeso resonaron mucho tiempo en mis oídos. Resuenan aún. ¡Tal vez por ellas he sabido más tarde sonreír a la muerte como a una mujer!

Ramón María del Valle-Inclán

viernes, 16 de marzo de 2018

LA MUJER DE LA ESCALERA


Un suicidio y un misterioso asesinato sirven de arranque a este relato donde dos universitarios recién licenciados, a comienzos de los años ochenta, afrontan una misión que cambiará sus vidas para siempre: la de localizar unos antiguos libros de teatro medieval. Así comienza una trepidante búsqueda en la que los personajes acabarán encontrándose consigo mismos y con su propio destino, trazando a la vez el retrato de una generación fronteriza que luchó por conseguir un espacio propio en la España de los últimos años setenta y principios de los ochenta.

Una apasionante historia de intriga, de ambiciones y rencores, de amor y desamor, de frustraciones y deseos, donde los más turbios y los más nobles sentimientos se entremezclan y chocan dramáticamente, siempre con el telón de fondo del mundo teatral, ese espacio metaliterario en el que, como en un juego de espejos, no todo es lo que parece...

Cuando el  jurado del Premio Café Gijón otorgó el galardón a Pedro A. González Moreno, constató en su fallo: «Dos muertes y la búsqueda de unas supuestas obras de teatro anteriores a la aparición de La Celestina crean una apasionante novela ambientada en el mundo universitario. La protagonista se verá inmersa en un cruce de intrigas que el autor desarrolla hábilmente y con un excelente despliegue de recursos narrativos».

En realidad, según su autor, no se trata de una obra policíaca, sino de una novela de una generación que siempre había llegado a destiempo a todas partes, pues la investigación policial queda relegada a un segundo plano, sólo cobra importancia casi al final de la novela, cuando el comisario Adolfo Tena (que, en cierta manera, recuerda al Plinio de García Pavón) ata los cabos sueltos del suicidio de Ricardo y el asesinato de Daniel Carvajal. No importa quién es el culpable, sino cuáles son los motivos que le han llevado a ello.

                La trama literaria es la que predomina, no sólo por intentar encontrar esos libros que responderían a la pregunta de si existió un teatro medieval anterior a La Celestina (búsqueda que les lleva a los combates de la guerra civil en la provincia de Guadalajara), sino porque mediante esta obra, con la representación que hace el grupo teatral al que pertenecen los protagonistas, y con Luces de Bohemia, de Valle Inclán, asistimos a la reflexiones y sentimientos de Sara o de Marcos (magistral esa Fantasía Botánica que escribe), y porque los integrantes de Bambalinas 9, en un principio, huyendo de la vida se refugian en el teatro, y, más tarde, algunos de ellos ven la vida como si permanecieran actuando en el escenario (ahí Irene, que con sus celos y envidias intenta manejar los hilos, por poner un ejemplo).

                Y en las reflexiones y sueños de Sara, aparecen recurrentes una serie de imágenes: el hombre que la lleva en una barca y está de espaldas a ella guiando el rumbo, la mujer inmóvil que la mira desde el último peldaño de una escalera, a la que nunca consigue verle la cara o el cuadro de Edward Hopper, Habitación de Hotel, con esa mujer leyendo sentada en la cama. 

                Muchas más sorpresas nos depara el libro, pero descubridlas con su lectura

PREMIO CAFÉ GIJÓN 2017

viernes, 1 de diciembre de 2017

CUENTOS DE NAVIDAD DE LOS HERMANOS GRIMM A PAUL AUSTER


La Navidad, siempre muy presente en la literatura, ha inspirado relatos magníficos, y son muchos los grandes escritores que se han acercado a ella. En esta antología se refleja la alegría, el sentido de comunidad, la excitación espiritual, la oportunidad de cambio, los deseos, la nostalgia e incluso el rechazo que estas fechas despiertan en muchos de nosotros, porque, si bien es cierto que la tradición invita a los buenos sentimientos, no lo es menos que se presta a una variedad sorprendente de estilos y de tonos: no faltan aquí ni el humor, ni la oscuridad, ni la crítica social, ni la fantasía, ni la tragedia. De Berlín a Brooklyn, de un pueblecito sardo a un rancho del Lejano Oeste, de la Provenza a Nueva Zelanda, de un aristocrático salón a un pueblo de mineros, de Dublín a un cohete espacial…: en todos esos lugares veremos celebrar la Nochebuena, la Navidad, el día de San Esteban, la Nochevieja o el día de Reyes, y en todos ellos ocurrirá algo que ilustre el espíritu navideño… o bien lo desmienta.

Los 38 Cuentos de Navidad seleccionados por Marta Salís proceden de distintas tradiciones occidentales (anglosajona, germánica, nórdica, mediterránea, eslava). De los hermanos Grimm y E. T. A. Hoffmann hasta Joyce, Capote o Auster, y alternando clásicos con piezas poco conocidas e inéditas, este volumen abarca dos siglos de literatura navideña desde los ángulos más distintos y con las más diversas intenciones.

Veamos algunos de los cuentos que ha publicado  Alba Editorial en esta antología.

Encontramos cuentos clásicos, como Canción de Navidad de Dickens o La Niña de los Fósforos de Andersen. Arthur Conan Doyle nos trae un relato de Holmes: La Aventura del Carbunclo Azul.  De Robert Louis Stevenson tenemos Markheim, un relato inquietante sobre la predestinación y la libertad humana para evitar el mal ambientado día de Navidad. Fiódor M. Dostoievski nos trae Un Árbol de Navidad y una Boda, donde el espíritu social de las fiestas navideñas destaca las diferencias de clase y propicia ocasiones para los más mezquinos cálculos. ¿Qué decir de Ray Bradbury con El Regalo? Simplemente, muchas noches me asomó a la ventana para contemplar su  fascinante árbol de Navidad. O. Henry nos habla del sacrificio personal en El Regalo de los Magos. O el inolvidable Los Muertos de James Joyce. También tenemos a tres autores españoles: Emilia Pardo Bazán, Valle Inclán y Clarín.

lunes, 6 de febrero de 2017

VAMOS DE EXCURSIÓN

     
         
          Este jueves nos vamos a Madrid con los Segundos de Bachillerato y con parte de los alumnos del S4B.
Por la mañana, en la facultad de Filología de la Complutense, asistiremos al espectáculo teatral España Siglo XX, interpretado por el grupo El Aedo Teatro. El curso pasado ya comentamos la obra y dimos nuestra opinión sobre ella; no hace falta decir que nos gustó, pues repetimos.
Por la tarde, nos espera el Museo del Prado: unos tendrán que atender a las pinturas que les entrarán en la EVAU; otros podrán aprender algo de mitología; los demás, nos conformamos con apreciar algunas obras maestras de nuestro arte.
Os dejo con dos textos. Con el primero de ellos, se abre la obra de teatro que vamos a ver. El segundo pertenece al escritor argentino Manuel Mújica Laínez, y es una invitación para encontrarnos con la magia del museo, donde por la noche los cuadros cobran vida.


INVOCACIÓN AL SIGLO XX

Con tornillos de hierro,
con olor a vapor,
con grasa en el pelo,
con cuchillos de acero clavados en el corazón entramos en ti.

A la luz del cinematógrafo,
al compás del Mecanógrafo,
al olvido del historiógrafo,
al instante del fotógrafo entrarnos en ti.

Inventando por última vez la ciudad,
desafiando a los dioses de arriba y abajo,
cambiando por armas la libertad,
entramos en ti vendiendo una vida por un trabajo.

Siglo XX.
Inventor dei hambre, arquitecto de guerra, maestro de perdición.
El siglo de todo lo que mis ojos alcanzan a ver.
El siglo en el que todo lo que mis ojos alcanzan a ver pudo ser destruido.
Eres todo tan de cerca y sin embargo nada alejando la mirada.

Eres abuelo, padre e hijo a la vez.
Por ti perdí mi Dios, mi partido y mi identidad.
En tus espejos me veo reflejado y no me reconozco.
Busco a tu Luna de plata y no sé dónde está.

Hago malabares con tres sombreros que por arte de magia se convierten en tres guerras.
Una escuadra esperando a la muerte de un siglo que parecía no acabar.
Sin esperanzas subo una escalera que me lleva a lo más bajo.
Me bajo al moro, me subo a Europa y no me consigo encontrar.

Desde aquí, Siglo XX, yo te invoco, buscando una segunda oportunidad.
Trae a mi memoria tu humo, tus máquinas y tu sangre
para que la Luna de plata vuelva a brillar.
Jesús Torres

VISITANDO EL MUSEO DEL PRADO


A poco que cae la tarde y que empieza a anochecer, los personajes de las pinturas y las estatuas del Museo del Prado, se desperezan y sacuden. Durante el día entero, permanecieron inmóviles, dentro de sus marcos o encima de sus pedestales, para admiración y tranquilidad de los turistas. Nadie, ni el estudioso más avizor, pudo advertir alguna mudanza en sus actividades a menudo embarazosas, tan habituados están a cumplir con la plástica tarea que les asignó la imaginación de sus creadores. Entonces descabalga el feroz caballero y cesa la fuga, en los óleos de Sandro Botticelli; suelta Velázquez el pincel, y las Meninas se frotan los brazos entumecidos; aletean los ángeles del Beato, de Van der Weyden, de Memling, de Correggio, de Tiépolo, se echan a volar, y concluyen posándose en las cornisas, donde dialogan con los extraños pájaros del Bosco; bosteza la Maja Desnuda; el Duque de Mantua, harto de acariciar el perrito que le acoló Tiziano, le ordena de mal modo que lo deje en paz; el Caballero de la Mano al Pecho la baja, cierra los dedos helados, los masajea y hace crujir; el Carro de Heno se pone pesadamente en marcha; Gioconda suspende la cansada, difícil sonrisa; los muchachos griegos de mármol estiran las piernas, y el más inclinado reanuda su queja cotidiana de cuánto le duele la cabeza de Antinoo que le injertaron en el cuello; Justino de Nassau guarda la llave de la ciudad de Breda, que diariamente entrega a Spínola en la gran tela de Las Lanzas; en el Jardín de Rubens se desquitan del obligado mutismo, con un parloteo que cacareo parece, por la contribución de tantas opulentas señoras; los Niños Jesús españoles, flamencos, italianos, juegan en el piso; descienden de las nubes las Inmaculadas; arrojan al suelo los fusiles, los del Tres de Mayo, y sus víctimas comentan lo bien que, una vez más, han mimado su patético cuadro vivo ante el público; el Emperador… Felipe II… Felipe III… Felipe IV… ¿a qué continuar?… Así y así, de sala en sala, en las rotondas, en las escaleras, en las galerías, las escenas se reproducen, como en innúmeros teatrejos de maravillosa hermosura, donde los actores lían los bártulos y se aprestan, luego del espectáculo, a vivir la vida, la supuesta verdadera vida. Sólo los guardianes previstos recorren con paso cadencioso los ambientes del Museo, en el transcurso de las horas de cierre. Controlan los relojes; verifican la normalidad de las obras expuestas, revisan rincón tras rincón; charlan en voz mesurada. El palacio impresiona con su grandeza vacía y con la fama y majestad de sus moradores. No advierten los custodios en sus rondas la vibración secreta que estremece a la asamblea ilustre, ni captan sus leves ademanes, sus reclamos, murmurios y frufrúes, porque toda esa conmoción se desarrolla en un plano inaccesible a sus sensaciones, y cada personaje esculpido o pintado es como el fantasma o la proyección de sí mismo, y al desgajarse del sitio glorioso que ocupa y en el Catálogo lo encierra, deja en su lugar una imagen (la imagen de una imagen), un quieto reemplazante exacto que engañará pasajeramente los alcances de la humana vigilancia. Ciertas noches, el novelista ha gozado de un privilegio singular. Ignora a quién o a qué lo adeuda. ¿Será a los propios y astutos residentes del Museo del Prado? ¿Lo habrán escogido a él, extranjero, habitante amistoso de un remoto país, para transmisor del misterio de su vida oculta, para testigo de la existencia doble que bulle dentro de los muros del palacio de Juan de Villanueva, como se elige la complicidad de un confesor desconocido? ¿Lo deberá a la decisión de la Musa que abre puertas inverosímiles, la Musa que conduce a infranqueables regiones? ¿Habrá en el Museo un funcionario con autoridad y poderes sobrenaturales? El novelista repite que lo ignora. En el espacio de esas noches encantadas, ha dado fe, simultáneamente, de la noble inercia de las pinturas y esculturas, fijas en sus puestos, y de las andanzas de quienes, para los demás imperceptibles, fluyen de la sustancia de las obras maestras. Y como es su oficio, el novelista cuenta aquí lo que vio y oyó.

Manuel Mujica Láinez, Un novelista en el Museo del Prado

domingo, 28 de febrero de 2016

ESPAÑA SIGLO XX


Siglo XX.
Un recuerdo para no olvidar.
Siglo XX.
Un olvido aún tan presente.
El siglo de todo lo que mis ojos alcanzan a ver.
El siglo en el que todo lo que mis ojos alcanzan a ver pudo ser destruido.
Buscando tu Luna de plata me he perdido en ti.
Permíteme buscarte siempre que queramos saber de dónde venimos.
Siglo XX.
Permíteme visitarte siempre que queramos aprender de los errores cometidos.
Siglo XX.
Tan cercano y tan lejano.
Déjanos mirarte como quien busca el rostro perdido de un viejo amigo.

                Tras estas palabras, en el paraninfo de mi vieja facultad, se fueron apagando las luces y la sensación de magia y espectáculo, que había atrapado a nuestros alumnos.

                Antes, durante hora y media, el grupo Aedo nos ofreció ocho escenas de las más representativas de nuestro teatro del siglo XX (Valle, Lorca, Mihura, Buero, Sanchis Sinisterra, Alonso de Santos, Mayorga), con un telón de vídeos reales de archivo y del NO-DO de fondo.

                Un escenario desnudo. Sólo las palabras, los gestos, la luz y nuestra imaginación. No hacía falta nada más. Sólo tres actores en el escenario, recordándonos lo que se dice del teatro griego clásico que se representaba con tres actores y diferentes máscaras según el personaje.

                Jesús Torres y sus compañeros utilizaban la falta de luz para cambiar de personaje antes de iniciar el nuevo fragmento; mientras tanto, uno de ellos, en un aparte, nos introducía en la nueva corriente, en la nueva obra, sirviendo como nexo de unión entre todas ellas la melodía de Suspiros de España.

                Sorprendente y trágico ese poema de Vicente Aleixandre para representar el interludio de la guerra civil:

Bajo la luz de la luna se vieron
las hediondas aves de la muerte :
aviones, motores, buitres oscuros cuyo plumaje encierra
la destrucción de la carne que late,
la horrible muerte a pedazos que palpitan
y esa voz de las víctimas,
rota por las gargantas, que irrumpe en la ciudad como un gemido.

                Mis alumnos quedaron atrapados desde el primer momento con la borrachera agónica de
Max Extrella, y fueron descubriendo que muchas veces tras esa sonrisa se ocultaba una trágica ironía: la muerte de Carmela, o ese diálogo entre vecinos, por citar algún ejemplo.

                 Me sorprendió esa Comedia sin Título de Lorca, que no conocía,  pero que encierra gran parte de las ideas vanguardistas de su autor y su afán por acercar a toda la población el espectáculo teatral:

No he venido a recibir lecciones de moral ni a oír cosas desagradables (...) No estamos en el teatro. Ahí dentro hay un terrible aire de mentira, y los personajes de las comedias no dicen más que lo que pueden decir en alta voz delante de señoritas débiles, pero se callan su verdadera angustia. Por eso yo no quiero actores, sino hombres de carne y mujeres de carne, y el que no quiera oír que se tape los oídos.

                Un buen espectáculo, que esperamos poder repetir

martes, 2 de febrero de 2016

NOS VAMOS AL TEATRO

                A finales de mes, más o menos, nos vamos a Madrid, al teatro. A las funciones organizadas por la Fundación CRETA. La compañía: El Aedo Teatro. La obra: España Siglo XX.

Se trata de un viaje por la Historia de España, durante el siglo pasado a través de ocho escenas de las más representativas de nuestro teatro, con un telón de vídeos reales de archivo y del NO-DO de fondo.

Con Ramóm María del Valle-Inclán (Luces de Bohemia), veremos la decadencia y el pesimismo en el que estaba inmerso el país; Federico García Lorca (Bodas de Sangre) será el abanderado de las gentes del pueblo y de la tradición, pero también de las nuevas tendencias, sesgadas por la Guerra Civil. Y después de la Guerra, hay que olvidar con autores como Miguel Mihura (Tres Sombreros de Copa), y no olvidar con Antonio Buero Vallejo (Historia de una Escalera). Asistiremos al teatro de denuncia con Alfonso Sastre (Escuadra hacia la Muerte), llegando al teatro de las dos últimas decadas: José Sanchis Sinisterra (¡Ay, Carmela!), José Luis Alonso de Santos (Bajarse al Moro) y Juan Mayorga (Animales Nocturnos).

En definitiva, la Historia de España contada por el teatro.

lunes, 25 de mayo de 2015

CAMISETAS FRIKI-LITERARIAS

Hoy, 25 de mayo, Día del Orgullo Friki (po la conmemoración del estreno en cine de La Guerra de las Galaxias) seguimos renovando nuestro vestuario cara a este verano:


Edgar Allan Poe


José Zorrilla


Miguel de Cervantes


Julio Verne


Ramón María de Valle Inclán


William Shakespeare

Lo cierto es que no me veo con la siguiente facha y gorgueras renacentistas: