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domingo, 31 de octubre de 2021

NOCHE DE BRUJAS

 


Cuando llegó la hora encantada, partimos hacia el bosque, uno por uno.

La noche estaba siniestramente cálida y tuve que hacer un esfuerzo para seguir el sinuoso sendero del bosque en la oscuridad afelpada como el terciopelo. Raíces que no podía ver se levantaban para arañar mis tobillos y, en una ocasión, pisé mal y caí al suelo y el aroma húmedo de una inminente tormenta invadió mi nariz. Sacudí la suciedad de mi cuerpo y avancé con más cuidado, mis pulsaciones aceleradas y superficiales, como los latidos de un conejo asustado.

Cuando llegué al comienzo del sendero, temí, por un momento, haber llegado tarde. Mi vestuario (pantalones, botas, camisa y abrigo de un estilo militar culturalmente ambiguo) no incluía reloj. Deambulé por el borde del bosque, mirando colina arriba, hacia la Mansión. En tres o cuatro ventanas destellaban luces tenues e imaginé a los pocos estudiantes demasiado cautos para venir a la playa espiando con timidez hacia afuera. Una rama crujió entre las sombras y me di la vuelta.

—¿Hay alguien ahí?

—¿Oliver? —La voz de James.

—Sí, soy yo —respondí—. ¿Dónde estás?

Emergió de entre dos pinos negros; su cara, un óvalo blanco en la penumbra. Iba vestido casi igual que yo, pero unas hombreras de plata brillaban en sus hombros.

—Tenía la esperanza de que fueras mi Banquo —dijo.

—Supongo que mereces una felicitación, Señor de Todo (…)

Medianoche: el tañido sordo del reloj de una iglesia resonó a través del aire de la noche calma y James sujetó mi brazo con fuerza.

—«La campana me invita» —declaró. La excitación hizo que sus palabras sonaran livianas y aspiradas—. «No la oigas, Duncan, ¡porque su tañido es un llamado al cielo o al infierno!». —Me soltó y desapareció entre las sombras de las malezas. Lo seguí, pero no demasiado cerca, por miedo a volver a tropezar y arrastrarnos a ambos al suelo.

La franja de árboles entre la Mansión y la orilla norte era densa pero estrecha y, pronto, una luz de un color naranja crepuscular comenzó a filtrarse por entre las ramas. James —podía verlo con claridad para entonces o, al menos, su contorno— se detuvo y yo avancé de puntillas hasta quedar detrás de él. Cientos de personas abarrotaban la playa, algunas estaban apiñadas en los bancos, otras apretadas en pequeños grupos en el suelo; sus siluetas, negras contra el resplandor fulgurante de la hoguera. El rumor lejano de los truenos, apagado por el chapoteo de las olas contra la orilla y el crepitar de las llamas. Susurros de excitación comenzaron a surgir de los espectadores cuando el cielo, pintado al óleo de un violeta retorcido y premonitorio, se enrojeció con la luz blanca de un relámpago. Luego, la playa quedó en silencio otra vez, hasta que una voz aguda, chillona, exclamó:

—¡Mirad!

Una forma blanca y sólida se acercaba sobre el agua, un arco largo y redondeado, como el lomo del monstruo del Lago Ness.

—¿Qué es eso? —susurré.

—Son las brujas —respondió James, lentamente. La luz del fuego se reflejaba en sus ojos como chispas rojas.

A medida que la forma bestial se deslizaba cada vez más cerca, lentamente se iba haciendo más nítida, lo bastante como para que yo me diese cuenta de que era una canoa dada vuelta. A juzgar por la altura del casco en el agua, debajo solo debía haber apenas espacio suficiente para una burbuja de aire. El bote flotó hasta los bajíos y, por un momento, la superficie del lago quedó lisa como un espejo. Luego, apareció una onda, una agitación, y emergieron tres figuras. Una bocanada de asombro colectivo salió disparada del público. Las chicas no parecían tanto brujas al principio, sino más bien como espectros: su pelo caía lustroso y mojado sobre sus rostros, sus vaporosos vestidos blancos parecían derretidos sobre sus extremidades y se arremolinaban en espirales detrás de ellas. Al salir del agua, sus dedos goteaban y le tela se aferró tanto a sus cuerpos que pude distinguir quién era quién, aunque permanecieron cabizbajas. A la izquierda estaba Filippa, con sus inconfundibles piernas largas y sus caderas pequeñas. A la derecha, Wren, más pequeña y delgada que las otras dos. En el medio, Meredith; sus curvas, audaces y peligrosas bajo el fino vestido blanco. La sangre me palpitaba en los oídos. James y yo, por el momento, nos olvidamos el uno del otro.

Meredith alzó el mentón solo lo suficiente como para que su cabello se deslizara fuera de su cara.

—«¿Cuándo volveremos a vernos las tres » —preguntó; su voz, baja y encantadora en el aire apacible—. «¿Cuando caigan rayos, truene o llueva?».

—«Cuando el alboroto termine —respondió Wren, con picardía—, cuando la batalla esté ganada y perdida».

La voz de Filippa sonó gutural e intensa:

—«Eso será antes de que el sol se ponga».

Un tambor hizo eco desde algún lugar en lo profundo del bosquecillo y el público se estremeció con gusto. Filippa miró hacia el sonido, directo al sendero donde James y yo estábamos escondidos bajo las sombras.

—«¡Tambor, tambor! Ahí viene Macbeth».

Meredith levantó sus manos a los costados y las otras dos avanzaron para sujetarlas.

TODAS: «Las raras hermanas, tomadas de la mano, por tierra y por mar viajamos, así giramos y giramos tres veces alrededor de ti y tres veces alrededor de mí y tres veces más para llegar a nueve».

Se unieron formando un triángulo y empujaron sus palmas abiertas hacia el cielo.

—« ¡Silencio!» —exclamó Meredith—. «El hechizo está hecho».

James inhaló de repente, como si antes de eso se hubiera olvidado de respirar, y salió a luz.

—«Jamás había visto un día tan feo y hermoso» —recitó y todas las cabezas se giraron hacia nosotros. Lo seguí de cerca, por detrás, ahora sin temor a tropezarme.

—«¿Cuánto nos faltará hasta Forres?» —pregunté, luego me detuve en seco. Las tres chicas estaban paradas lado a lado y nos miraban con fijeza—. «¿Qué son estas mujeres tan arrugadas y tan excéntricas en su vestir, que no parecen habitantes de esta tierra y, sin embargo, están en ella?».

Descendimos más despacio. Mil ojos sobre nosotros, quinientos pares de pulmones contenían el aire.

YO: « ¿Estáis vivas? ¿Sois capaces de responderme una pregunta? Parece que me entendéis…».

JAMES: «Hablad, si es que podéis».

Meredith se hundió hasta quedar de rodillas frente a nosotros.

—«¡Salve, Macbeth! ¡Salve, Señor de Glamis!».

Wren se arrodilló al lado de ella.

—«¡Salve, Macbeth! ¡Salve, Señor de Cawdor!».

Filippa no se movió, pero con una voz clara y resonante, exclamó:

—«¡Salve, Macbeth, que un día será rey!».

James retrocedió, sobresaltado. Lo sujeté del hombro y dije:

—«Mi buen amigo, ¿por qué te sobresaltas y pareces temer cosas que suenan tan gratas?».

Me miró de lado y lo solté, a regañadientes. Después de un momento de duda, pasé a su lado y bajé el último escalón arenoso para pararme entre las brujas.

YO: «En honor a la verdad, ¿sois fantasmas o aquello mismo que por fuera mostráis? A mi noble compañero saludáis con gran cortesía y grandes anuncios de títulos de nobleza y futura realeza, que parecen haberlo dejado pasmado. A mí no me habláis, si podéis ver en las semillas del tiempo y anunciar qué grano crecerá y cuál no, entonces habladme a mí, que no ruego ni temo vuestros favores ni vuestro odio».

Meredith estuvo de pie en un instante.

—«¡Salve!» —exclamó y las otras chicas la imitaron. Se inclinó hacia adelante, se acercó demasiado, su cara quedó solo a unos centímetros de la mía—. «Menos que Macbeth y más grande».

Wren apareció detrás de mí, sus dedos tamborilearon contra mi cintura, mientras me miraba con una sonrisa pícara.

—«No tan feliz, pero mucho más feliz».

Filippa, sin embargo, se mantuvo lejos.

—«Criarás reyes, pero rey no serás» —dijo ella, indiferente, casi aburrida—. «Por eso, ¡salve, Banquo! y ¡salve, Macbeth!».

Wren y Meredith siguieron acariciándome y tocándome, tirando de mi ropa, explorando las líneas de mi cuello y mis hombros, peinando mi cabello hacia atrás. La mano de Meredith vagó todo el camino hacia mi boca, las yemas de sus dedos recorrieron mi labio inferior, antes de que James —quien había estado observando con igual fascinación y repugnancia— se sacudiera y hablara. Las cabezas de las chicas apuntaron de inmediato hacia él y yo me tambaleé en el lugar, al temblar mis rodillas ante la pérdida de atención.

JAMES: «¡Quedaos, extrañas mensajeras! Contadme más. Por muerte de Sínel, sé que soy señor de Glamis; pero ¿de Cawdor?, ¿cómo? El Señor de Cawdor vive, próspero caballero. Y ser rey no está dentro de lo que creo posible».

Solo negaron con la cabeza, se llevaron un dedo a los labios y volvieron a sumergirse en el agua. Cuando habían desaparecido por completo debajo de la superficie y nosotros habíamos recobrado la sensatez, me giré hacia James con las cejas alzadas, expectante (...)

El resto de la escena fue breve. Cuando no era mi turno de hablar, no dejé de observar con atención el agua. Estaba en calma otra vez y reflejaba el violeta del cielo tormentoso. Cuando llegó el momento, los dos estudiantes de tercero que habían tenido la suerte de interpretar a Ross y a Angus y yo salimos por la derecha, fuera de la luz de la hoguera (...)

—Oliver —dijo—. «Cubierto de sangre, Banquo me sonríe».

—Uh. Uh. Mierda.

Me empujó hacia el cobertizo, la puerta chirrió traicioneramente detrás de nosotros. En el interior, el suelo estaba cubierto de remos y chalecos salvavidas, lo que dejaba apenas espacio suficiente como para que entráramos de pie el uno frente al otro. Una botella de cinco litros aguardaba en un estante bajo.

—Por Dios —comenté, desabrochando a toda prisa mi chaqueta—. ¿Cuánta sangre pensaron que necesitaríamos?

—Mucha, al parecer —respondió James, mientras se inclinaba hacia abajo para quitar la tapa—. Y apesta. —Un olor dulce y rancio llenó la habitación cuando me retorcí para quitarme las botas—. Supongo que debemos darles puntos por originalidad (...)

Cerré con fuerza la boca y los ojos y él vertió la sangre sobre mi cabeza, como si fuera un retorcido bautismo pagano. Escupí y tosí mientras la sangre se derramaba por mi cara.

—¿Qué es esta porquería?

—No lo sé. Y no sé cuánto tiempo tienes. —Sujetó mi cabeza—. Quédate quieto. —Derramó la sangre por mi cara, mi pecho y mis hombros, amontonó mi pelo con los dedos para que quedara de punto—. Ahora sí. —Durante medio segundo, solo me observó y, de alguna manera, parecía impresionado y, al mismo tiempo, completamente repugnado (…)

Salí del cobertizo a trompicones y corrí hasta los árboles, maldiciendo a las piedras y agujas de pino que se clavaban en mis pies descalzos. Aparecer a medianoche sin tener la menor idea de a quién encontraríamos en la oscuridad era ciertamente espeluznante, pero también problemático. Solo me sabía mis escenas, así que tan solo podía adivinar cuánto tiempo tenía antes de que me tocara entrar como el fantasma de Banquo (...)

Al final, llegué al límite del bosquecillo con tiempo de sobra. Me acerqué despacio y con torpeza, las ramas crujían bajo mis pies, pero los espectadores miraban con ansiosa atención la segunda reunión de James con las brujas y no notaron mi presencia. Me escondí bajo una rama que colgaba bien baja y el intenso aroma del pino penetró el hedor de la sangre falsa sobre mi piel (...)

Las chicas bailaron en círculo alrededor del fuego, tenían el pelo suelto y enredado y algunas algas verdes del lago se aferraban a sus faldas. De vez en cuando alguna de ellas arrojaba un puñado de polvo brillante al fuego y una nube de humo de colores estallaba sobre las llamas. Me moví con ansiedad en mi escondite, expectante. Yo aparecía al final de una serie de visiones, pero ¿cómo aparecerían? (…)

 Una risa aguda de otro mundo salió de Wren y llevó mi atención de vuelta a la playa.

MEREDITH: «¡Habla!».

WREN: «¡Pide!».

FILIPPA: «¡Responderemos!».

MEREDITH: «Dinos si prefieres oírlo de nuestra boca o de la de nuestros amos».

JAMES: «Llamadlos, quiero verlos».

Las voces de las chicas se alzaron en un cántico agudo y discordante. James se quedó parado mirando, siniestro y vacilante.

MEREDITH: «Vierte ahí dentro sangre de una cerda que ha devorado a sus nueve lechoncillos y aviva el fuego con la grasa que sudó en el patíbulo un asesino…».

TODAS: «Ven, de arriba o de abajo, y ¡muestra con destreza tu ser y tu poder!».

Filippa arrojó algo al fuego y las llamas rugieron al elevarse por encima de sus cabezas. Una voz tronó a través de la playa, formidable y aterradora como la de un dios primordial. Sin duda alguna, Richard.

—«MACBETH. MACBETH. MACBETH. ¡CUÍDATE DE MACDUFF!».

No se lo veía por ningún lado, pero su voz parecía caer sobrenosotros desde todos lados, con tanta fuerza que me sacudió hasta los huesos. James no estaba menos alarmado que yo ni que nadie y las palabras trastabillaron en su boca cuando habló.

—«Seas lo que seas, agradezco tu buena advertencia. Has dado justo en el blanco de mi miedo: pero una palabra más…».

Richard lo interrumpió de forma ensordecedora.

RICHARD: «SÉ SANGUINARIO, AUDAZ, DECIDIDO; RÍETE CON DESPRECIO DEL PODER DEL HOMBRE, PORQUE NADIE QUE HAYA NACIDO DE UNA MUJER PODRÁ DAÑAR A MACBETH».

JAMES: «Entonces, vive, Macduff; ¿por qué habría de temerte?».

RICHARD: «SÉ FUERTE COMO EL LEÓN Y ORGULLOSO; QUE NO TE IMPORTE QUIÉN TE ABORRECE O QUIÉN SE OFENDE O QUIÉN CONSPIRA CONTRA TI: MACBETH JAMÁS SERÁ VENCIDO HASTA QUE EL GRAN BOSQUE DE BIRNAM MARCHE AL ALTO MONTE DUNSINAN PARA ALZARSE EN SU CONTRA».

JAMES: «Eso jamás ocurrirá… ¿quién puede reclutar a un bosque, arrancar sus raíces de la tierra? ¡Dulces presagios son estos! ¡Bien! La cabeza de la rebelión no se alzará hasta que lo haga el bosque de Birnam y nuestro Macbeth vivirá en su trono todo lo que la naturaleza permita, pagará su aliento al tiempo y la costumbre mortal. Sin embargo, mi corazón palpita por saber una cosa: decidme, si vuestro arte consigue ver tan lejos: ¿la descendencia de Banquo alguna vez reinará este reino?».

TODAS LAS BRUJAS GRITAN AL UNISONO: « ¡No busques saber más!».

JAMES: «Exijo saber: ¡negadme esto y una maldición eterna caerá sobre vosotras! ¡Decídmelo!».

TODAS: «Que lo vean sus ojos y su corazón se llene de congoja; ¡venid como sombras y como sombras partid!».

Ocho figuras encapuchadas se alzaron en la última fila de espectadores. Una chica que estaba sentada a su lado chilló de sorpresa. Se deslizaron como flotando hasta el medio del pasillo y comenzaron a descender (me pregunté si se trataba de más estudiantes de tercero), mientras James los observaba con ojos horrorizados.

—«¿Qué?» —cuestionó—. «¿Acaso esta serie durará hasta el final de los días?».

Mi corazón saltó hasta mi garganta. Salí a la luz por segunda vez, la sangre pegajosa y brillante sobre mi piel. James me miró boquiabierto y todo el público se giró hacia mí al mismo tiempo. Gritos reprimidos se agitaron en la superficie del silencio.

—«Horrible visión» —dijo James, débilmente. Comencé a bajar las escaleras otra vez, alcé mi brazo para señalar a las ocho figuras y reclamarlas como propias—. «Ahora lo veo, es verdad; porque, cubierto de sangre, Banquo me sonríe y las señala como propias».

Bajé la mano y desaparecí, oculto por las sombras de alrededor,como si jamás hubiera existido. James y yo estábamos de pie a tres metros de distancia frente al fuego. Yo brillaba cubierto de rojo, ceñudo y ensangrentado como un recién nacido, mientras que la cara de James estaba fantasmalmente blanca.

—«¿Qué? ¿Es así?» —pareció decirme a mí. Sobrevino un silencio extraño, creciente. Ambos nos inclinamos hacia adelante sin mover nuestros pies, esperando que algo pasara. Entonces Meredith apareció entre nosotros.

—«Sí, señor» —respondió y alejó la mirada de James de mí—. «Todo esto es así: pero ¿por qué se asombra tanto Macbeth?».

Él se dejó llevar de vuelta al fuego y las tentadoras atenciones de las brujas. Yo trepé hasta el último escalón y allí me quedé merodeando para atormentarlo. En dos ocasiones, sus ojos vagaron hacia donde yo estaba, pero el público otra vez prestaba atención a las chicas. Ellas caminaban tambaleantes alrededor del fuego y reían a carcajadas hacia el cielo tempestuoso, entonces comenzaron a cantar de nuevo. James las observó un momento, horrorizado, luego dio media vuelta y huyó de la luz de la hoguera.

TODAS: «Dos veces dos el esfuerzo y el problema, el caldero arde y el fuego quema, escama de dragón, diente de león, momia de bruja y fauces de granuja…».

Mientras Meredith y Wren continuaron la danza, con movimientos salvajes y violentos, Filippa levantó un cuenco que había estado escondido en la arena. Un líquido rojo y viscoso salpicó a los lados, la misma sangre falsa que hacía picar mi piel.

TODAS: «Dos veces dos el esfuerzo y el problema, el caldero arde y el fuego quema. Un poco de sangre de babuino y el hechizo firme y fuerte devino».

Filippa volcó el cuenco. Hubo un chapoteo desagradable y todo se volvió negro. Los espectadores saltaron de sus asientos y surgió de ellos un rugido de alegría y confusión.

M. L. Rio, Todos somos villanos

viernes, 22 de octubre de 2021

TODOS SOMOS VILLANOS

 

El día que Oliver Marks termina su condena, Colborne, el detective que lo llevó a la cárcel está esperándolo a la salida pues quiere saber la verdad, y Oliver finalmente está listo para contársela.

Una década atrás: en 1997, Oliver es uno de los siete actores-estudiantes del último curso en el Conservatorio Clásico Dellecher, un lugar donde rige la cruda ambición y la competencia feroz. Oliver y sus amigos, los siete supervivientes del último curso, siempre rodeados de libros y palabras y poesía, todas las intensas pasiones del mundo contenidas en cuero y papel vitela. llevan cuatro años inmersos en Shakespeare, interpretando los mismos papeles arriba y abajo del escenario: el héroe, el villano, el tirano, la seductora, la ingenua, los extras. Viven tan inmersos en ese mundo, que muchas veces al hablar entre ellos recitan los versos del bardo.

Pero en su cuarto y último año, las rivalidades amistosas se vuelven desagradables, y en la noche de estreno, la violencia real invade el mundo de fantasía de los estudiantes. Por la mañana, los chicos de cuarto año deben enfrentar su propia tragedia y su desafío actoral más difícil: convencerse unos a otros y a la policía de que son inocentes.

                M. L. Rio nos va a sumergir en la vida de seis jóvenes, en sus sueños, ambiciones, deseos, envidias, celos, etc…, sumergidos siempre en sus roles: Oliver, nuestro protagonista y narrador, el compañero leal, que considera a sus compañeros como su verdadera familia; James, el héroe, pero un héroe cansado que aspira a otros papeles; Alexander, el villano, el suministrador oficial de drogas; Meredith, la seductora pelirroja que lleva a todos de calle; Wren, que es la ingenua; Filippa, la amiga leal, acostumbrada a travestirse porque los buenos papeles femeninos escasean en  Shakespeare. A ellos hay que sumarles Richard, el tirano, o cualquier otro personaje con el que se necesitara impresionar o asustar al público, que será el muerto, pues muchos le odian por su ego y su temperamento.

                Ellos nos representarán varias de las obras de Shakespeare, con algunos montajes espectaculares: Romeo y Julieta, en medio de un baile de máscaras; Macbeth, en esa representación nocturna a la orilla de un río; Julio César; El rey Lear. Nos iremos metiendo de tal modo en sus vidas que no nos va a extrañar nada esa confesión que Oliver le hará a Colborne, que para ellos subir a un escenario es una adicción, que no se sienten vivos hasta que no representan su papel.

                Leed la novela; vale la pena.  

viernes, 15 de octubre de 2021

LA LEYENDA DEL LADRÓN

 

Andalucía, 1587. En un pueblo arrasado por la peste, Miguel de Cervantes, comisario de abastos del rey Felipe II encuentra a un niño, Sancho, que aún se aferra a la vida. Arriesgando su carrera, lo rescata de las garras de la muerte y lo lleva a un hospicio de Sevilla, sin poder imaginar lo que acabará suponiendo ese acto.

Años más tarde, el joven Sancho trabajará como criado en una fonda, donde se aloja un tal William Shakespeare. Tras abandonar a su amo, se unirá a Bartolo, un enano que le enseñará las artes del robo y el engaño.

A partir de aquí, comienzan las peripecias de Sancho: palizas de muerte, galeras, venganzas,  amenazas… lo que le va a permitir a Juan Gómez Jurado adentrarse en diferentes géneros: la novela histórica, la de aventuras, la picaresca, la amorosa, la de intriga…

A Sancho, el protagonista, lo vemos crecer, y está muy bien trazado. En sus peripecias le van a acompañar: Clara, la esclava, que el destino le hace aprendiz de un médico, y lucha por su libertad;  Bartolo, el maestro de Sancho en la picaresca y el engaño; Josué, el negro compañero de galeras de Sancho, que se convertirá en su sombra; Dreyer, el herrero alemán que le enseña a Sancho el manejo de la espada; Monipodio, jefe del hampa sevillana, que se mueve por dinero; Francisco de Vargas, comerciante sin escrúpulos, dueño de Clara, que piensa enriquecerse cada día más a costa de lo que sea; el capitán Groot, lugarteniente de Vargas.

El libro nos atrapa enseguida con un lenguaje sencillo, con un ritmo que va a más hasta llegar a ese enfrentamiento final, donde esperamos que venzan los buenos, que lo tienen difícil, y se haga justicia.

domingo, 16 de mayo de 2021

SER O NO SER


Esa es la cuestión.

¿Qué es más noble? ¿Permanecer impasible ante los avatares de una fortuna adversa o afrontar los peligros de un turbulento mar y, desafiándolos, terminar con todo de una vez?

 Morir es… dormir… Nada más. Y durmiendo se acaban la ansiedad y la angustia y los miles de padecimientos de que son herederos nuestros míseros cuerpos. Es una deseable consumación: Morir… dormir… dormir… tal vez soñar.

Ah, ahí está la dificultad. Es el miedo a los sueños que podamos tener al abandonar este breve hospedaje lo que nos hace titubear, pues a través de ellos podrían prolongarse indefinidamente las desdichas de esta vida.

Si pudiésemos estar absolutamente seguros de que un certero golpe de daga terminaría con todo, ¿quién soportaría los azotes y desdenes del mundo, la injusticia de los opresores, los desprecios del arrogante, el dolor del amor no correspondido, la desidia de la justicia, la insolencia de los ministros, y los palos inmerecidamente recibidos? ¿Quién arrastraría, gimiendo y sudando, las cargas de esta vida, si no fuese por el temor de que haya algo después de la muerte, ese país inexplorado del que nadie ha logrado regresar?

Es lo que inmoviliza la voluntad y nos hace concluir que mejor es el mal que padecemos que el mal que está por venir. La duda nos convierte en cobardes y nos desvía de nuestro racional curso de acción.

Pero… interrumpamos nuestras filosofías,

William Shakespeare, Hamlet

 

viernes, 5 de febrero de 2021

NECIOS Y MORTALES

 

Bernard Cornwell nos lleva al Londres del siglo XVII, en el que nos presenta unos personajes inolvidables y un maravilloso retrato del Londres de la época: el lector podrá recorrer y empaparse del ambiente de sus calles, visitar los palacios de la nobleza, vivir en persona escándalos, rivalidades y ambiciones y ser un personaje más en la sociedad isabelina de la época.

En el corazón de la Inglaterra isabelina, el joven Richard Shakespeare sueña con una brillante carrera en los teatros londinenses, dominados por su hermano mayor, William Shakespeare. Aunque este le da trabajo en su compañía, los papeles son mínimos, y Richard está sin un céntimo y tiene que buscarse la vida para sobrevivir. La gratitud que siempre ha sentido hacia William comienza a resquebrajarse, y una compañía rival le plantea robar los manuscritos de su hermano y vendérselos, lo cual va a rechazar.

Mientras ensayan El Sueño de una Noche de Verano, desaparece el manuscrito de Romeo y Julieta, obra que todavía no ha sido representada. Todas las sospechas recaen sobre Richard en un primer momento. Este arranca a William la promesa de obtener papeles de hombre, si consigue recuperar el manuscrito. Para ello se verá forzado a penetrar en los bajos fondos del Londres más pendenciero para recuperarlo. Súbitamente se ve enredado en un doble juego de apuestas y traiciones, del que solo podrá escapar aplicando todo lo que ha aprendido como actor en los mejores escenarios londinenses…

                El eje central de la historia es Richard, y, a través de él, nos acercamos al mundillo de los actores, nos metemos en los vestuarios, ensayos y representaciones, vemos cómo envidias y rencillas marcan sus relaciones, aparte del fervor puritano de la época que quiere prohibir las representaciones teatrales por considerarlas inmorales (recordemos que algo parecido veíamos en la novela de Blas Malo: Lope. La Furia del Fénix).

La novela nos atrapa enseguida con las peripecias y desventuras de Richard, es  entretenida, con una trama divertida, llena de humor.

lunes, 20 de agosto de 2018

TARDE DE TEATRO



El toque de las trompetas anunciando el inicio de la función sobresaltó al viejo Walter Roche, el maestro de pueblo, llegado a Londres para la ocasión después de un viaje largo y agotador. El viejo maestro nunca había visto tanta gente junta, ni tan revoltosa. El ruido resultaba ensordecedor, el gentío se arremolinaba junto a las entradas del nuevo edificio, había empujones, algunos perdían los nervios. Conseguir un pequeño espacio en el patio o en alguna de las gradas superiores parecía cuestión de vida o muerte.
El viejo Walter Roche precisó consultar de nuevo el papel con las instrucciones. Allí estaba cuanto debía hacer, explicado con toda claridad. Lo sacó trabajosamente de su faltriquera y achinó un poco los ojos para leer: Preguntad en la puerta tercera por un hombre llamado Peele. Mostradle esta carta de mi puño y letra y él os guiará hasta vuestro asiento. También os proporcionará una almohada para vuestra mayor comodidad. Sin ella el drama acaso os resultaría demasiado dramático.
Quien en otro tiempo fue su alumno conservaba su sentido del humor y su alegría habituales. «Es un mérito envejecer de buen humor», se dijo Roche, que no lo había conseguido. Mientras buscaba la tercera puerta y al tal Peele, el maestro constató que él no sería capaz de vivir ni un cuarto de hora en un lugar como aquel. No lo habría conocido nunca de no ser por la carta. La carta tenía la culpa de todo.
A lo largo de su prolongada vida como maestro, Walter Roche conoció a centenares de discípulos. Sería exagerado, además de pretencioso, afirmar que siempre supo que el hijo del guantero llegaría tan lejos. Cuando le preguntaban por él -cada vez con más frecuencia-, siempre recordaba su alegría, su arrojo, aquel afán por entender el mundo, de aquel niño tímido, diferente, que apenas tenía amigos. En realidad, lo que le hacía único era difícil de explicar. Una vez distinguió un ademán de sus manos, un rictus de sus labios... Era un chiquillo tocado por el destino, no encontraba otra explicación. Los dioses, a saber cuáles, le habían elegido. Hay cosas que no pueden explicarse de otro modo.
Por fin dio con la puerta, frente a la cual aguardaba un hombre cuyo único cometido parecía ser controlar a una multitud incontrolable. Se acercó a él como pudo y le mostró el papel. Por respuesta obtuvo una sonrisa sincera, la primera del día, que agradeció como un regalo. El hombre gritó junto a su oído, tratando de imponerse a los bramidos del gentío:
-Venid conmigo, señor. -Y entró en el teatro por la puerta que antes custodiaba.
Las viejas piernas del maestro aún eran fuertes. No se fatigó demasiado durante la subida a la primera galería. Una vez allí, el guía recorrió el pasillo que rodeaba las gradas de los espectadores hasta el balcón de los músicos, que quedaba sobre el escenario y a la vez dentro de él. Es el mismo lugar que ocupaban la reina y su séquito cuando acudían a las representaciones. Walter Roche, poco acostumbrado a tratos tan preferentes, se incomodó de verse en tal lugar.
-Su almohada, señor. -Ofreció el acompañante, tendiéndole un pequeño rectángulo rojo que había de colocar entre sus posaderas y la madera del asiento.
Antes de que Walter Roche pudiera agradecérselo, el guía había desaparecido. En el balcón se preparaban los músicos, y le dedicaron una sonrisa amistosa. Él correspondió con timidez de personaje fuera de lugar.
El viejo maestro de escuela tenía desde allí, en esos minutos previos, una magnífica panorámica de las gradas superpobladas. Pensó que le habría gustado más, y le habría parecido más justo, sentarse entre los demás, ocupar un diminuto espacio entre la multitud, aun a costa de aguantar gritos y codazos. Al fin y al cabo, ¿qué había hecho él para merecer un trato de preferencia? O como siempre trató de enseñar a sus alumnos, ¿en qué se diferencian unos hombres de otros? ¿Por qué algunos creen merecer privilegios?Corno le gustaba observar, entretuvo la espera fijándose en los detalles. Los colores alegres de los vestidos de las damas. Las cáscaras de cacahuete que caían al patio, arrojadas por los más hambrientos. Los saludos a voces de vecinos contentos de verse de extremo a extremo del teatro. Ciertos retazos de conversación versaban sobre el argumento de otra comedia. O sobre un pedazo de la vida de alguien que bien parecía una obra de teatro.
Walter Roche, el viejo maestro, recordó las representaciones escolares, siempre tan caóticas. Los muchachos sentían vergüenza de ponerse ante el público. Casi nunca se les escuchaba bien. Tenían voces de pajarillo asustado. Y allí estaba él, para repetir siempre lo mismo, porque en eso consistía, en parte, su trabajo: decir siempre lo mismo, con la misma sempiterna paciencia. «Habla más alto, imagina que tus padres se sientan al fondo, vocaliza bien, recita de modo que se entienda lo que quieres decir. Porque, veamos, ¿tú entiendes lo que estás diciendo?». El pequeño actor meneaba la cabeza con energía y fruncía los labios. «¿Lo ves? ¡Pues ese es el problema! ¿Cómo vas a convencer a alguien si ignoras de qué?».
No quiso recordar mucho por si le confundía con algún otro. En la memoria de un maestro están todos sus alumnos, pero los detalles se desdibujan con el tiempo. Juraría, sin embargo, que era él quien se ponía siempre tan nervioso antes de salir al escenario, como si en cada representación se estuviera jugando la vida. Lo entendió de pronto: se la estaba jugando. Su pequeño pupilo asustado escribía el prólogo de su futuro. Hay cosas que un maestro sabe antes que el resto del mundo pueda descubrirlas. Qué suerte.
Aquellas representaciones sin orden ni concierto, donde todos sufrían lo suyo, fueron una revelación. Incluso el profesor de Griego y Latín, un londinense que presumía de haber estudiado en Oxford, y se quejaba del lamentable oído de sus pupilos para el griego, aplaudió con ganas. De aquella velada lejana recordó Roche también la presencia de la madre entre el público. Mary Arden se sentó en la segunda fila, justo después del claustro de profesores, con las manos cruzadas sobre el regazo, la expresión más severa que orgullosa, expectante, como preguntándose: «A ver qué es lo que vais a hacer para sorprenderme». No podía disimular su preocupación. ¿Y si el hijo tartamudeaba? ¿O tropezaba? ¿O se mofaban de él? El hijo sensible, con gustos raros, sin amigos. El caracol sin concha que ella debía proteger del mundo.
Fue el viejo maestro Walter Roche quien un día la llamó, qué atrevimiento, para darle un consejo que nadie le había pedido. Creía conocer a su discípulo y creía saber el modo de ayudarle.
-El librero Jenkins es amigo mío -le dijo a Mary Arden-. Está de acuerdo en que vuestro hijo sacaría mucho provecho de leer todos los días.
-Pero nosotros -se apresuró a responder la mujer- no somos lo bastante ricos para comprar libros.
-De eso, precisamente, quería hablaros. Si vuestro esposo lo encontrara oportuno, el muchacho podría acudir a casa del librero dos o tres horas por las tardes. Allí hay mucho que leer, y de buena calidad.
Mary Arden vaciló. Aquella era una propuesta demasiado extraña.
-Mi marido se encuentra en uno de sus viajes de negocios -susurró, para ganar tiempo, antes de añadir-: Pero si vos pensáis que eso le hará bien al muchacho...
-Estoy seguro -dijo el maestro-. Seguir los anhelos más profundos del corazón es un modo de no extraviarse.
El segundo toque de las trompetas devolvió a Walter Roche a su lugar en el balcón de honor del teatro. La almohada, que seguía bien colocada allá donde debía estar, resultaba insuficiente: sus huesos prominentes se clavaban en la silla y comenzaban a dolerle. Temió que la función se le hiciera demasiado larga.
Pero en cuanto el presentador o corifeo salió a escena, renació su interés. Se pedía al público benevolencia y se anunciaba el tema del drama, que le interesó. El vestuario, según pudo ver, era rico; la dicción le parecía dulce; el ritmo, musical, y el argumento prometía emociones auténticas. Walter Roche se acomodó en el asiento y dejó que su corazón le guiase.
La obra se llamaba El Rey Lear. Sonó la música y los actores irrumpieron en tropel sobre el escenario. El viejo rey y sus tres hijas. Su majestad estaba consternado. Quería saber cómo era la naturaleza del amor que inspiraba a sus herederas. Un examen con finalidades sucesorias: el reino debía repartirse. El rey era un imbécil que no entendía nada y la obra a ratos parecía un cuento. Walter Roche estaba disfrutando de verdad. Los cuentos le recordaban a su madre, a la vieja nodriza, al bosque junto al pueblo, a los inviernos de su infancia. Los gustos son los hijos de las emociones verdaderas.
-Londres está muy lejos -le dijo al alumno, cuando ya era lo bastante mayor para equivocarse sin ayuda.
-Lo sé, pero es allí donde encontraré lo que busco.
-Entonces, te deseo mucha suerte.
Se hizo un silencio cargado de palabras no pronunciadas.
-Sin vos, yo nunca...
-¡Tonterías! Hice contigo lo mismo que con todos los demás. ¡Márchate!
Pero el muchacho, ya un hombre, no se iba. Le miraba fijamente.
-Prometedme una cosa -prosiguió-. Que si lo logro vendréis a verme.
-¿A Londres? -lo dijo como si Londres estuviera más allá de los abismos donde, se suponía, se acababa el mundo-. ¡Londres está demasiado lejos!
El alumno, decepcionado, calló. El maestro, avergonzado, también.
-Os escribiré. -Fueron las palabras que acompañaron a aquella despedida sin adioses.
Muchos años después, el viejo maestro Walter Roche se preguntaba por qué no vino antes. Por qué no contestó a las invitaciones anteriores. Por qué se hizo de rogar. Forzar a otro a que insista es un modo de arrogancia. Se regañó por dentro: nunca se creyó un hombre importante. Ejerció su trabajo lo mejor que supo, nada más. Ignoraba qué pudo aportar él al hombre que se movía por el escenario como pez en el agua. No podía creer que las palabras que estaba escuchando tuvieran algo que ver con su historia, con su cometido. Solo reconoció los ecos de un clásico, frases llamadas a perdurar. Lo que oía era en todo superior a si mismo.
La primera carta llegó a las pocas semanas de la despedida. Ya tengo mi primer trabajo en el teatro, uno pequeño. Soy apuntador. Escribo un drama en el tiempo que me sobra. La segunda llegó tres meses después: Soy actor, debuto el domingo. Solo tengo tres líneas, pero por algo hay que empezar. Y, alegraos por mí, parece que mi primera obra va a estrenarse.
El corresponsal, agotado por el mucho trabajo o desanimado por la falta de respuestas del maestro, espació más las misivas, pero nunca dejó de enviarlas. Me han escogido en la compañía de actores de Lord Chamberlayne. Representamos con mucho éxito una obra de Ben Jonson y yo actúo en el segundo papel. ¡Voy progresando! Confiad en mí.
El espectáculo tocaba a su fin y Walter Roche comenzaba a lamentarlo. Estaba disfrutando como nunca. Los actores no languidecían, a pesar del esfuerzo, y el público parecía ahora más animado que al principio. La última intervención de la banda de músicos mereció un aplauso ensordecedor. Walter Roche se preguntó qué debían de sentir los actores durante los aplausos. Tal vez era eso lo que su alumno buscaba cuando se marchó. De pronto comenzaron a repicar las campanas de la iglesia vecina, sumándose al jolgorio. Regresaron las trompetas. La noche caía como un telón.
Los actores salieron a saludar. Fueron recibidos con una ovación conmovedora. Uno por uno correteaban por el escenario. Cuando salió el rey, la gente pareció enloquecer. El viejo maestro sintió cómo los latidos de su corazón se aceleraban. Buscó la carta que había recibido hacía tan solo un mes. Por alguna extraña razón, necesitaba verla de nuevo, tocarla. Desde un rato antes se sentía lejos de la realidad, como si también él formara parte de un cuento. Leyó:
Querido maestro: Os saluda con el respeto de siempre uno de los nuevos propietarios de un hermoso teatro del barrio de Southwark, junto al río Támesis. Lo hemos bautizado The Globe porque queremos que se parezca al mundo en variedad y complejidad. Es aquí donde a partir de ahora van a estrenarse todas mis obras. La siguiente llevará por título El rey Lear, y nada me haría más feliz que veros allí el día del estreno. Ya sé que tenéis mucho que hacer y muy importante, pero este alumno que os quiere se sentiría muy honrado si le regaláis vuestro tiempo y vuestra presencia. Creo que disfrutaréis. Con amor, vuestro William Shakespeare.
Cuando el viejo maestro de pueblo Walter Roche levantó la mirada de nuevo hacia el escenario, descubrió los ojos de William clavados en él. Reconoció el brillo del destino en el gesto y en la mirada de su alumno William. Sonrió, feliz de haber acudido. William le devolvió el gesto, con lágrimas en los ojos. Sobre la escena y la ciudad, la noche parecía la techumbre del inmenso escenario que es el mundo.

Care Santos

viernes, 25 de mayo de 2018

LA LIBRERÍA DEL SEÑOR LIVINGSTONE



Pocas veces hemos comentado aquí libros que hayan sido autoeditados, pero esta novela de Mónica Gutiérrez es una pequeña joya que vale la pena.

Agnes Marti, arqueóloga barcelonesa en paro, se ha mudado a Londres en busca de una oportunidad laboral.

Una tarde, desanimada y triste por su poco éxito profesional, tropieza en el corazón del barrio del Temple con el pomo de una puerta en forma de pluma, el sonido de unas lúgubres campanillas y el hermoso rótulo azul de Moonlight Books. La librería, regentada con encantador ceño fruncido por Edward Livingstone, debe su nombre a un espectacular techo de cristal que permite contemplar la luna y las estrellas en las noches despejadas.

Intrigada por la personalidad y el sentido del humor del señor Livingstone, Agnes decide aceptar la oferta de convertirse en ayudante del librero mientras continúa su búsqueda de trabajo. El té de la tarde en el rincón de los románticos, las visitas de Mr. Magoo, las conversaciones con la bella editora de Edward, las cenas junto a la chimenea del Darkness and Shadow y la buena lectura convencerán a Agnes de que la felicidad está en los pequeños detalles cotidianos.

Por medio, el robo del manuscrito del Dr. Samuel  Livingstone; las relaciones entre el librero y Sioban, su editora; los “excéntricos” clientes o los personajes habituales de la librería; el ansiado fallo de un premio para libreros; los paseos por esos rincones de Londres que nos encantan; el inspector John Lockwood, que... Es una trama sencilla en la que no ocurre nada, pero suceden muchas cosas.

                La autora señala que su novela es un pequeño homenaje a sus novelas y autores preferidos (lo podemos observar en las citas y en las referencias, y aquí no hay un género o autor menor, pues nos podemos encontrar a Shakespeare, junto a Tolkien –“¿morirá Frodo?”, es la duda de esa anciana y extravagante clienta-, G. R. R. Martin, Edmund Crispin, Virginia Woolf, entre otros muchos). La propia Mónica Gutiérrez califica su novela como feelgood, ¿y qué es esa palabreja? os preguntaréis muchos; veamos como lo explica la autora en la novela:

—¿Qué es eso del feelgood?
—Novelas en las que los protagonistas jamás comen acelgas —resumió ella pensando en todos los títulos que le había descubierto su amiga—. Historias en las que apenas ocurre nada extraordinario, cuyos protagonistas no son grandes héroes. Historias en las que la felicidad se mide en pequeños momentos y se halla en los gestos más cotidianos...    
 
                Los personajes son entrañables: Edward Livingstone, el culto y viejo librero, que hace honor al refrán “perro ladrador…” por su forma de comportarse; Agnes, ese hada con los pies descalzos, que cautiva al librero y al policía; Sioban, la novia que no quiere casarse; el inspector Lockwood, que, en su presentación, nos recuerda a un elefante en una cacharrería; Oliver, Oliver Twist, ese niño “abandonado” en la librería y aficionado a la astronomía…

                Un consejo, dejadlos entrar en vuestra casa.

martes, 17 de abril de 2018

LA ISLA DE LOS LIBROS ANDANTES


                Londres, siglo XVIII

Cuando el capitán Lemuel Gulliver vuelve de sus largos viajes, le habla a su hijo de tierras remotas gobernadas por caballos parlanchines, de unas tierras habitadas por gigantes o de otras habitadas por enanos, de hombres que nunca envejecen ni mueren, de vacas gigantescas que pueden alimentar ejércitos, de sedas de araña más fuertes que las sogas de los barcos.

Fascinado por estas historias, John le arranca a su padre la promesa de que le acompañará en su próximo viaje. Al irse sin él, John, que apenas tiene diez años, decide escaparse de casa y enrolarse con engaños en el Antílope, un mercante que va rumbo a la India.

Llevando en su equipaje un libro de Shakespeare, John parte en busca de su padre. En su viaje se encontrará con piratas, tormentas, extrañas costumbres y gentes (pero menos extrañas que las que le ha contado su padre de sus viajes). En su travesía por medio mundo, naufraga en una isla donde los libros andan y se comportan como seres vivos.

Vicente Muñoz Puelles con esta novela hace un homenaje a las aventuras clásicas en el mar. Partiendo de Los Viajes de Gulliver de Jonathan Swift, traza una trama que nos recuerda en muchos momentos otras historias contadas por R. L. Stevenson, Defoe, Sabatini, Verne, etc.. Pero este homenaje a la lectura no termina ahí: tenemos esa extraña isla a la que va a llegar nuestro protagonista, o, cuando al comienzo de la obra, nos cuenta cómo aprendió a leer.

Es una historia corta, que te atrapa desde las primeras páginas, con letra grande, lo que facilita la lectura a los pequeños lectores. El lenguaje es sencillo, con frases cortas. Resulta llamativa la fe que tiene el niño en las aventuras que le cuenta su padre frente a las burlas de los marineros cuando John les pregunta por tierras como Liliput, Brobdingnag, Laputa, Luggnagg…

lunes, 19 de marzo de 2018

LA VUELTA A LA ORALIDAD



Da la impresión de que nos encontramos en tránsito hacia una cultura oral, una especie de regreso a los orígenes del hombre.
Parece que a la gente le cuesta más abrir un libro que nunca. No sólo lo dicen las ventas de libros, que han bajado considerablemente, sino una cultura ambiente en la que prima la idea de experiencia sobre el conocimiento.
No se considera versado en Londres o la historia de Ana Frank a aquel que ha leído a Dickens o el diario de Ana Frank, sino al que ha viajado a la capital inglesa, aunque haya sido un fin de semana con un paquete turístico de bajo coste, o el que ha entrado en la casa natal de la escritora en Amsterdam. Ir, sentir no importa qué, gana la partida a estar y leer, al supuesto intermediario que te cuenta la historia.
Es verdad que una gran parte de los lectores de periódicos en papel se ha pasado a las ediciones digitales, pero, lo dice el tiempo que pasa la gente en cada artículo, se lee distinto, menos, raramente se llega hasta el final de los artículos.
También es cierto que especialmente los jóvenes, pero no sólo, pasan mucho tiempo en los medios sociales al fin y al cabo "leyendo", interpretando símbolos escritos, pero la verdad es que cada vez más "se escribe como se habla", leemos pero en realidad es como si estuvieramos escuchando una jerga poco elaborada, hecha para el consumo y la destrucción instantánea, que aunque podamos recuperar en realidad es una hipótesis que no nos interesa, como las imágenes que circulan en Snapchat.
Estudiar los libros de texto, leer interminables artículos académicos está cada vez más desprestigiado en el mundo de la enseñanza convencional. Prima la idea de que el aprendizaje es producto de la experiencia, de compartir con otros. El ratón de biblioteca que deglute libros en solitario, si es que todavía existe, se considera un fracasado, alguien que no ha entendido el signo de los tiempos. El profesor que prescribe demasiadas lecturas que requieren demasiado tiempo no ha entendido lo que es un mundo que se mueve a la velocidad de la luz. Leer pasa por no ser un trámite ineludible para aprender, sino más bien al contrario.
Hemos pasado, al menos en términos de lo que es el ideal normativo, de un extremo a otro del péndulo, de las, al menos teóricamente soporíferas e inútiles lecciones magistrales a la dictadura del trabajo en grupo, las discusiones y el refuerzo positivo.
En España, por un complejo histórico archiconocido, nos gusta abrazar las modas y las vanguardias acríticamente. Eso incluye la pobreza de las bibliotecas de las escuelas españolas (aunque se escuden en un hipotético acceso al libro electrónico), incluso las de élite, que están despobladas de libros.
En los Estados Unidos, que nunca ha tenido problema en negar las tradiciones pero también en inventarlas si es necesario, las bibliotecas de los colegios están llenas de libros, a los estudiantes se les invita a visitarlas durante el horario lectivo, a llevarse libros prestados, a leer a Dashiel Hammett o a J. K. Rowling aunque antes no hayan leído a Shakespeare.
Aquí hay que haber leído ineludiblemente el Cantar del Mio Cid y La Celestina antes de llegar a Lorenzo Silva o a Elvira Lindo.
Así nos va.

César García

lunes, 6 de noviembre de 2017

SHAKESPEARE


Lo sé, lo sé, Shakespeare gusta a todos. Pero ¿cómo podría no gustar? Vamos que… Mercucio y Bottom y «Es el ruiseñor» y el bosque de Birnam y «¡Nuestra banda de hermanos!» y La ratonera y «¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!» y Dogberry y «Bésame, Kate» y la pobre Cordelia. ¿Qué podría no encantarnos? Mi obra favorita es Noche de reyes, que logra ser hilarante y emotiva a un tiempo. (Recomiendo la versión de Imogen Stubbs y Ben Kingsley). Tom Stoppard tiene razón: Viola es la mejor heroína de la literatura.

También odio a Shakespeare. Se le da todo tan bien: personajes, tramas, diálogos, la comedia, la tragedia, el suspense, el romance, las réplicas ingeniosas, la ironía. Está claro que todas las hadas madrinas asistieron a su bautizo. (Evidentemente, la maldición del hada malvada fue más o menos: «Nadie creerá que un chico de Stratford-on-Avon pueda escribir algo así, y te volverán loco afirmando que tus obras fueron escritas por Christopher Marlowe, la reina Isabel o un comité»).

La mayoría de los autores se defienden con uno o dos talentos, o se limitan a contar la misma historia una y otra vez, como F. Scott Fitzgerald con Zelda, o sólo escriben un libro, como Margaret Mitchell o Harper Lee. Pero Shakespeare escribió un montón de cosas, todas geniales. Podía escribir vodevil, luchas a espada, escenas amorosas y filosofía. Sus personajes secundarios son geniales —Feste, Puck, Polonio y Falstaff— y sus mujeres son las mejores de la literatura: Beatriz, Porcia, Helena, lady Macbeth y Rosalinda. Su estructura narrativa es deslumbrante, sus escenas de muerte son inolvidables. Lear diciendo: «Tan cierto estoy de ser un hombre como de que esta dama es mi hija Cordelia» y «Nunca, nunca, nunca, nunca, nunca». Podía tomar exactamente la misma historia de amantes desventurados y contarla en clave de tragedia (Romeo y Julieta), luego en clave de farsa (la obra de Píramo y Tisbe en El sueño de una noche de verano), en clave de comedia romántica (Mucho ruido y pocas nueces) y en clave de tragicomedia (Cuento de invierno), y en cada ocasión transmitir algo nuevo y original. Y, por si eso no fuese suficiente, inventó toda la lengua inglesa. Es por completo injusto.

Incluso se le dan bien las comedias alocadas.

Connie Willis, Lo Mejor de Connie Willis I

martes, 11 de julio de 2017

UNA LECTORA NADA COMÚN


Si sus perros hubieran respondido a su llamada, la reina no habría descubierto el vehículo de la biblioteca móvil del ayuntamiento aparcado junto a las puertas de las cocinas del palacio. Y no habría conocido a Norman, el joven pinche de cocina que estaba leyendo un libro de Cecil Beaton. Pero ya que estaba allí, la reina decide llevarse un libro.

Asesorada por Norman, la reina leerá un libro tras otro, descuidando sus obligaciones y desesperando a parte del gobierno (ese primer ministro que no conoce nada de la literatura de su país y al que la reina no para de darle libros, semana tras semana, para que los lea) y de su personal (especialmente sir Kevin, su secretario, que intentará sabotear una y otra vez la nueva y perniciosa afición real).

Esta novela de Alan Bennett es una obra corta, que se lee rápidamente, con un ritmo ágil y con ese peculiar humor inglés. Y el autor se recrea en su homenaje a  la pasión por la lectura, mediante el personaje de la reina (a la que nunca se nombra y siempre es tratada con respeto). A lo largo de la obra, la reina ira leyendo diferentes autores: Henry James, las hermanas Brontë, E. M. Forster, Jane Austen, Shakespeare, Charles Dickens (esa alocución leyendo el comienzo de Historia de dos Ciudades), Marcel Proust (esa magdalena)… que le muestran otras vidas, sentimientos y experiencias diferentes.

Veremos como la lectura la va humanizando, haciendo que a veces se ponga en lugar de la otra persona (lo que hasta entonces no ha hecho nunca). Veremos sus gustos, y cómo comienza a escribir en cuadernos sus dudas sus reflexiones o pensamientos:

Lo que asimismo estaba descubriendo era que un libro llevaba a otro, nuevas puertas se abrían dondequiera que mirase y los días no eran lo bastantes largos para leer todo lo que ella quería       
       .
No pones la vida en los libros. La encuentras en ellos.

Considero la literatura (...) como un vasto país hacia las fronteras del cual viajo, pero a las que nunca llegaré. Y he empezado demasiado tarde. Nunca me podré poner al día.

Leer era, entre otras cosas, un músculo que ella, al parecer, había desarrollado

martes, 13 de junio de 2017

SHAKESPEARE Y LA BALLENA BLANCA


La reina Isabel de Inglaterra en 1601 envía una misión naval a Dinamarca para rendir honores al rey Federico II. Entre la tripulación viaja una compañía de teatro, la de William Shakespeare, embarcada para representar Romeo y Julieta y Sueño de una noche de verano ante la corte danesa.

Durante la travesía, en un momento que el mar está en calma total y no pueden avanzar, avistan una inmensa ballena blanca arponeada, que arrastra varios cadáveres y va a acosar al barco.

Shakespeare queda tan impresionado que no dejará de pensar cómo incluir ese episodio en una obra de teatro. Pero quizá el género teatral no pueda dar cabida a todo lo que Shakespeare imagina: combates marítimos, naufragios, monstruos marinos… ¿Imaginó Shakespeare Moby Dick doscientos cincuenta años antes que Melville?

                Jon Bilbao con esta novela rinde homenaje tanto a al dramaturgo ingles William Shakespeare como al novelista estadounidense Herman Melville. Con el primero aborda la relación con su protector, y supuesto amante, Henry Wriothesley, conde de Southampton, y todas sus reflexiones sobre el teatro isabelino, sobre las limitaciones que padece, cómo crea sus obras, de dónde las saca, por qué prefiere el teatro a otros géneros literarios… Al segundo llegamos, conforme el dramaturgo va confeccionando en su cabeza esa nueva obra, que es la parte que más me ha atraído del libro, donde el escenario del Globe será el barco, qué problemas técnicos deberá solventar, cómo para crear a su protagonista se basa en la figura del conde por su carácter ególatra, pero avejentándolo (creación que poco a poco nos lleva al capitán Achab de Melville).

                Esta novela corta que juega con la historia, la ficción y la literatura atrae desde el primer momento. Las digresiones de Shakespeare que nos apartan de la trama principal (la ballena y lo que va a ocurrir con ella) nos acercan al mundo isabelino, a la vida del dramaturgo y a conocer el teatro de esta época y sus limitaciones.

                Los personajes están muy bien trazados: Shakespeare, que es la figura central, pero brillantemente arropado por el joven conde Henry Wriothesley, (que nos recuerda al Patroclo de la Iliada de Homero, con todo lo que eso implica); el conde de Derby, jefe de la expedición, que esconde sus miedos tras su arrogancia; el capitán del Nimrod, que espera retirarse pronto a la vida civil y lo que está ocurriendo le pilla ya viejo; el marinero Calhoun, que se convertirá en la última esperanza mediante su fuerza y fanfarronería; y entre todo ellos, la ballena, esa ballena blanca, que espera paciente al lado del barco en la inmensidad del mar.  

miércoles, 10 de mayo de 2017

MASTROPIERO


        Hoy, el PREMIO PRINCESA DE ASTURIAS DE COMUNICACIÓN Y HUMANIDADES 2017 ha recaído sobre el grupo argentino de humor y música Les Luthiers. 

Les Luthiers es un grupo argentino de humor, que utiliza la música como un elemento fundamental de sus actuaciones, incorporando instrumentos informales creados a partir de materiales de la vida cotidiana.

Han recibido numerosos premios a lo largo de su carrera, entre ellos el premio Grammy Latino especial a la Excelencia Musical (EE. UU., 2011), y la Orden de Isabel la Católica por su trayectoria (España, 2007). En 2012 se les concedió la ciudadanía española por carta de naturaleza, una concesión especial a personas de particulares méritos.

Durante los años 60, casi todas las facultades argentinas tenían su propio coro musical. En septiembre de 1965, un grupo de universitarios presentó un espectáculo de música de humor donde además del montaje en sí presentaban como primicia un conjunto orquestal de instrumentos completamente novedosos, inventados y construidos por ellos mismos con materiales sencillos. Representaron así la parodia de un concierto. El conjunto estaba compuesto por un solista, un pequeño coro y los mencionados instrumentos musicales no convencionales. La obra central del espectáculo se llamaba Cantata Modatón, cuya música se inspiraba en la Pasión según San Mateo, BWV 244 de Johann Sebastian Bach como forma de parodiar el estilo de las cantatas barrocas, al tiempo que la letra estaba tomada del prospecto de un conocido laxante comercializado en el mercado en esos años.

En 1968, crearon el personaje de Johann Sebastian Mastropiero, que habría de convertirse en un hilo conductor: un Bach chapucero, hedonista y sabihondo, un genio idiota, del que poco a poco van contando su vida: que nació de madre y padre italianos; que tuvo un hermano gemelo mafioso llamado Harold Mastropiero; que a pesar de sus múltiples relaciones amorosas tuvo durante un tiempo una pareja estable en la condesa de Shortshot, y que con ella tuvo varios hijos cuyos apellidos significan lo mismo que el de su madre en distintos idiomas; que contrató a una gitana de empleada doméstica y que ella le dejó de ahijado a Azuceno Mastropiero...

Os dejo con algunos de sus inolvidables números: