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lunes, 14 de noviembre de 2016

LA RELATIVIDAD DEL ERROR


Enviado por Pepa:

Los ensayos de Isaac Asimov que integran el presente volumen están agrupados en tres partes. La primera está dedicada a cuestiones relacionadas con la constitución de la materia; la segunda trata del funcionamiento del sistema solar, y la tercera analiza algunos aspectos de la formación del Universo. Un último ensayo, que es el que da título al volumen, conecta las tres partes entre sí y resume en cierto modo el pensamiento de Asimov como historiador de la ciencia.

De los núcleos atómicos a la formación de esqueletos

El descubrimiento por parte de los físico-químicos de que un mismo elemento podía tener un número variable de neutrones en su núcleo, sin que esta variabilidad afectara sus propiedades químicas, abrió un decisivo capítulo de la Química. Y, lo que es más, tuvo importantes consecuencias para el desarrollo de la Bioquímica. El reconocimiento de los isótopos, la producción de isótopos radioactivos de elementos relativamente corrientes y su facilidad para ser seguidos en todos los procesos biológicos, son explicados por Asimov en esta primera parte de la obra, que desemboca en una consideración del largo proceso evolutivo que llevó a muchas especies animales a la formación de esqueletos mediante la utilización de ciertas sustancias inorgánicas.

La Luna, Urano y Plutón

La segunda parte, dedicada al sistema solar, es quizá la más heterogénea de las tres que componen la obra, pero su falta de unidad se compensa sobradamente con el interés y la amenidad de cada uno de los ensayos que la constituyen. En el primero de ellos, Asimov cuestiona de forma muy convincente las arraigadas fantasías que han ligado, en diversas épocas y culturas, determinados aspectos del comportamiento humano, e incluso de su fisiología, con la periodicidad de las fases lunares. En el segundo ensayo, después de bromear sobre la impopularidad del planeta Urano debido a su escatológica pronunciación en lengua inglesa, divulga algunos aspectos poco conocidos del más desconocido de los tres gigantes de nuestro sistema y de sus satélites. Para finalizar, Asimov se refiere a Plutón, del que piensa que, más que un planeta diminuto, quizá sea un asteroide gigante.

Novas, supernovas y Física cuántica

Los prejuicios culturales son un inconveniente añadido en el camino del conocimiento, como pone de manifiesto Asimov a propósito de la dificultad que representó, para los hombres cultos de la Antigüedad y de la Edad Media europea, abandonar la idea aristotélica de la inmutabilidad de la esfera celeste. Conviene tener en cuenta que otras culturas, como la china, registraron sin ningún prejuicio la aparición y desaparición de objetos extraordinariamente brillantes en el cielo nocturno.

Pero en Occidente hubo que esperar hasta los cambios producidos durante el Renacimiento para que se llegara a una aceptación de fenómenos como el de las novas y las supernovas. Aunque no fue hasta nuestro siglo que encontraron una explicación convincente y permitieron a la vez una nueva concepción del Universo, en la que participan tanto la Relatividad como la Física cuántica.

Sobre el conocimiento científico

En el último ensayo, dedicado a la relatividad de los errores, Asimov critica una falacia que ha sido sostenida a menudo por voces de cierto prestigio. Dado que la ciencia demuestra periódicamente que los conocimientos que se daban por ciertos en un determinado momento resultan no serlo a la luz de nuevos descubrimientos, algunos han llegado a concluir que todo conocimiento es erróneo, en la medida en que el futuro terminará por demostrar su falsedad. Asimov sostiene que la falacia de un argumento de este tipo se basa en el valor absoluto que se da a expresiones como cierto o falso, cuando en realidad hay una gradación extrema en las categorías de certeza o falsedad que contiene cada afirmación. Todo es relativo, incluso el error.

domingo, 31 de mayo de 2015

CUÁNTO SE DIVERTÍAN

Margie lo anotó esa noche en el diario. En la página del 17 de mayo de 2157 escribió: “¡Hoy Tommy ha encontrado un libro de verdad!”.
Era un libro muy viejo. El abuelo de Margie contó una vez que, cuando él era pequeño, su abuelo le había contado que hubo una época en que los cuentos siempre estaban impresos en papel.
Uno pasaba las páginas, que eran amarillas y se arrugaban, y era divertidísimo ver que las palabras se quedaban quietas en vez de desplazarse por la pantalla. Y, cuando volvías a la página anterior, contenía las mismas palabras que cuando la leías por primera vez.
-Caray -dijo Tommy-, qué desperdicio. Supongo que cuando terminas el libro lo tiras. Nuestra pantalla de televisión habrá mostrado un millón de libros y sirve para muchos más. Yo nunca la tiraría.
-Lo mismo digo -contestó Margie. Tenía once años y no había visto tantos telelibros como Tommy. Él tenía trece-. ¿En dónde lo encontraste?
-En mi casa -Tommy señaló sin mirar, porque estaba ocupado leyendo-. En el ático.
-¿De qué trata?
-De la escuela.
-¿De la escuela? ¿Qué se puede escribir sobre la escuela? Odio la escuela.
Margie siempre había odiado la escuela, pero ahora más que nunca. El maestro automático le había hecho un examen de geografía tras otro y los resultados eran cada vez peores. La madre de Margie había sacudido tristemente la cabeza y había llamado al inspector del condado.
Era un hombrecillo regordete y de rostro rubicundo, que llevaba una caja de herramientas con perillas y cables. Le sonrió a Margie y le dio una manzana; luego, desmanteló al maestro. Margie esperaba que no supiera ensamblarlo de nuevo, pero sí sabía y, al cabo de una hora, allí estaba de nuevo, grande, negro y feo, con una enorme pantalla en donde se mostraban las lecciones y aparecían las preguntas. Eso no era tan malo. Lo que más odiaba Margie era la ranura por donde debía insertar las tareas y las pruebas. Siempre tenía que redactarlas en un código que le hicieron aprender a los seis años, y el maestro automático calculaba la calificación en un santiamén.
El inspector sonrió al terminar y acarició la cabeza de Margie.
-No es culpa de la niña, señora Jones -le dijo a la madre-. Creo que el sector de geografía estaba demasiado acelerado. A veces ocurre. Lo he sintonizado en un nivel adecuado para los diez años de edad. Pero el patrón general de progresos es muy satisfactorio. -Y acarició de nuevo la cabeza de Margie.
Margie estaba desilusionada. Había abrigado la esperanza de que se llevaran al maestro. Una vez, se llevaron el maestro de Tommy durante todo un mes porque el sector de historia se había borrado por completo.
Así que le dijo a Tommy:
-¿Quién querría escribir sobre la escuela?
Tommy la miró con aire de superioridad.
-Porque no es una escuela como la nuestra, tontuela. Es una escuela como la de hace cientos de años -y añadió altivo, pronunciando la palabra muy lentamente-: siglos.
Margie se sintió dolida.
-Bueno, yo no sé qué escuela tenían hace tanto tiempo -Leyó el libro por encima del hombro de Tommy y añadió-: De cualquier modo, tenían maestro.
-Claro que tenían maestro, pero no era un maestro normal. Era un hombre.
-¿Un hombre? ¿Cómo puede un hombre ser maestro?
-Él les explicaba las cosas a los chicos, les daba tareas y les hacía preguntas.
-Un hombre no es lo bastante listo.
-Claro que sí. Mi padre sabe tanto como mi maestro.
-No es posible. Un hombre no puede saber tanto como un maestro.
-Te apuesto a que sabe casi lo mismo.
Margie no estaba dispuesta a discutir sobre eso.
-Yo no querría que un hombre extraño viniera a casa a enseñarme.
Tommy soltó una carcajada.
-Qué ignorante eres, Margie. Los maestros no vivían en la casa. Tenían un edificio especial y todos los chicos iban allí.
-¿Y todos aprendían lo mismo?
-Claro, siempre que tuvieran la misma edad.
-Pero mi madre dice que a un maestro hay que sintonizarlo para adaptarlo a la edad de cada niño al que enseña y que cada chico debe recibir una enseñanza distinta.
-Pues antes no era así. Si no te gusta, no tienes por qué leer el libro.
-No he dicho que no me gustara -se apresuró a decir Margie.
Quería leer todo eso de las extrañas escuelas. Aún no habían terminado cuando la madre de Margie llamó:
-¡Margie! ¡Escuela!
Margie alzó la vista.
-Todavía no, mamá.
-iAhora! -chilló la señora Jones-. Y también debe de ser la hora de Tommy.
-¿Puedo seguir leyendo el libro contigo después de la escuela? -le preguntó Margie a Tommy.
-Tal vez -dijo él con petulancia, y se alejó silbando, con el libro viejo y polvoriento debajo del brazo.
Margie entró en el aula. Estaba al lado del dormitorio, y el maestro automático se hallaba encendido ya y esperando. Siempre se encendía a la misma hora todos los días, excepto sábados y domingos, porque su madre decía que las niñas aprendían mejor si estudiaban con un horario regular.
La pantalla estaba iluminada.
-La lección de aritmética de hoy -habló el maestro- se refiere a la suma de quebrados propios. Por favor, inserta la tarea de ayer en la ranura adecuada.
Margie obedeció, con un suspiro. Estaba pensando en las viejas escuelas que había cuando el abuelo del abuelo era un chiquillo. Asistían todos los chicos del vecindario, se reían y gritaban en el patio, se sentaban juntos en el aula, regresaban a casa juntos al final del día. Aprendían las mismas cosas, así que podían ayudarse a hacer los deberes y hablar de ellos. Y los maestros eran personas…
La pantalla del maestro automático centelleó.
-Cuando sumamos las fracciones 1/2 y 1/4…
Margie pensaba que los niños debían de adorar la escuela en los viejos tiempos. Pensaba en cuánto se divertían.

Isaac Asimov


miércoles, 17 de septiembre de 2014

ASNOS ESTÚPIDOS

Naron, de la longeva raza rigeliana, era el cuarto de su estirpe que llevaba los anales galácticos. Tenía en su poder el gran libro que contenía la lista de las numerosas razas de todas las galaxias que habían adquirido el don de la inteligencia, y el libro, mucho menor, en el que figuraban las que habían llegado a la madurez y poseían méritos para formar parte de la Federación Galáctica. En el primer libro habían tachado algunos nombres anotados con anterioridad: los de las razas que, por el motivo que fuere, habían fracasado. La mala fortuna, las deficiencias bioquímicas o biofísicas, la falta de adaptación social se cobraban su tributo. Sin embargo, en el libro pequeño nunca se había tenido que tachar ninguno de los nombres anotados.

En aquel momento, Naron, enormemente corpulento e increíblemente anciano, levantó la vista al notar que se acercaba un mensajero.

-Naron -saludó el mensajero-. ¡Gran Señor!

-Bueno, bueno, ¿qué hay? Menos ceremonias.

-Otro grupo de organismos ha llegado a la madurez.

-Estupendo, estupendo. Hoy en día ascienden muy aprisa. Apenas pasa año sin que llegue un grupo nuevo. ¿Quiénes son?

El mensajero dio el número clave de la galaxia y las coordenadas del mundo en cuestión.

-Ah, sí -dijo Naron- lo conozco.

Y con buena letra cursiva anotó el dato en el primer libro, trasladando luego el nombre del planeta al segundo. Utilizaba, como de costumbre, el nombre bajo el cual era conocido el planeta por la fracción más numerosa de sus propios habitantes.

Escribió, pues: La Tierra.

-Estas criaturas nuevas -dijo luego- han establecido un récord. Ningún otro grupo ha pasado tan rápidamente de la inteligencia a la madurez. No será una equivocación, espero.

-De ningún modo, señor -respondió el mensajero.

-Han llegado al conocimiento de la energía termonuclear, ¿no es cierto?

-Sí, señor.

-Bien, ese es el requisito -Naron soltó una risita-. Sus naves sondearán pronto el espacio y se pondrán en contacto con la Federación.

-En realidad, señor -dijo el mensajero con renuencia-, los observadores nos comunican que todavía no han penetrado en el espacio.

Naron se quedó atónito.

-¿Ni poco ni mucho? ¿No tienen siquiera una estación espacial?

-Todavía no, señor.

-Pero si poseen la energía termonuclear, ¿dónde realizan las pruebas y las explosiones?

-En su propio planeta, señor.

Naron se irguió en sus seis metros de estatura y tronó:

-¿En su propio planeta?

-Si, señor.

Con gesto pausado, Naron sacó la pluma y tachó con una raya la última anotación en el libro pequeño. Era un hecho sin precedentes; pero es que Naron era muy sabio y capaz de ver lo inevitable, como nadie, en la galaxia.

-¡Asnos estúpidos! -murmuró.

Isaac Asimov



sábado, 23 de agosto de 2014

EL HOMBRE ANUMÉRICO

En este brillante ensayo, al alcance de cualquier lector, el matemático norteamericano John Allen Paulos nos revela cómo nuestra incapacidad para aprender la ley de los grandes números, y todas las probabilidades que conllevan, desinforman políticas de gobierno, confunden decisiones personales y aumentan nuestra vulnerabilidad ante todo tipo de pseudociencias.

¿Por qué sabemos tan pocas matemáticas? ¿Es voluntaria o no esa resistencia nuestra a comprender ese aspecto siempre más presente en nuestra vida diaria? ¿Cuál es el coste social e individual de esta ignorancia? Para que entendamos mejor sus argumentos sobre los grandes números y las probabilidades, el autor recurre a divertidas y cotidianas anécdotas ilustrativas. Comprendemos entonces sin esfuerzo por qué nos empeñamos en jugar a la lotería o en acudir a astrólogos y adivinos, por qué suspendemos viajes por temor a atentados terroristas, no sabemos cuadrar una cuenta bancaria o pensamos que poco importa un billón de pesetas de más o de menos en los presupuestos del Estado, por qué perdemos tanto tiempo en nimiedades y cometemos tantas torpezas evitables. 

Veamos un ejemplo de la introducción.

El anumerisrno, o incapacidad de manejar cómodamente los conceptos fundamentales de número y azar, atormenta a demasiados ciudadanos que, por lo demás, pueden ser perfectamente instruidos. Las mismas personas que se enfadan cuando se confunden términos tales como "implicar" e "inferir", reaccionan sin el menor asomo de turbación ante el más egregio de los solecismos numéricos. Me viene a la memoria un caso que viví en cierta ocasión, en una reunión, donde alguien estaba soltando una perorata monótona sobre la diferencia entre "constantemente" y "continuamente". Más tarde, durante la misma velada, estábamos viendo las noticias en TV, y el hombre del tiempo dijo que la probabilidad de que lloviera el sábado era del 50 por ciento y también era del 50 por ciento la de que lloviera el domingo, de donde concluyó que la probabilidad de que lloviera durante el fin de semana era del 100 por ciento. Nuestro supuesto gramático no se inmutó lo más mínimo ante tal observación y además, cuando le hube explicado dónde estaba el error, no se indignó tanto, ni mucho menos, como si el hombre del tiempo se hubiera dejado un participio. De hecho, a menudo se presume del analfabetismo matemático, contrariamente a lo que se hace con otros defectos, que se ocultan: «A duras penas soy capaz de cuadrar mi talonario de cheques». «Soy una persona corriente, no una persona de números». 0 también: «Las mates siempre se me dieron mal».


Dejemos, pues, de ser anuméricos, o analfabetos en matemáticas, y veremos qué, según Douglas Hofstadter, autor de Gödel, Escher, Bach (Metatemas 9), «nuestra sociedad sería totalmente distinta si cualquiera pudiera entender realmente las ideas de este importante libro (…) que podría constituir una auténtica revolución en la enseñanza de las matemáticas». Y añade el gran Isaac Asimov: «Inteligente análisis de las locuras que engendra la falta de comprensión de la ciencia y de las matemáticas».


lunes, 21 de abril de 2014

ESTOY EN PUERTOMARTE SIN HILDA

Enviado por Pedro:

Además de ser un maestro de la divulgación científica e histórica, Isaac Asimov fue un gran narrador de ciencia ficción, género que concebía como una respuesta literaria a los cambios científicos de nuestra época que debía abarcar la escala completa de la experiencia humana, desde los sentimientos amorosos a los conflictos trágicos. 

Integrado en su mayor parte por relatos de intriga, Estoy en puertomarte sin Hilda sirvió a Asimov para renovar este género de forma brillante y sustancial combinándolo con la ficción científica, pero sin abandonar nunca su convención básica: la lealtad del autor hacia los lectores, que pueden encontrar en el texto las posibilidades de anticipar el desenlace gracias a las pistas y datos que se les suministran.

Esta colección de relatos están seleccionados precisamente por su marcado carácter policial, hay criminales, policías, detectives más o menos aficionados y mucho misterio. En su mayoría siguen el mismo esquema general; se plantea el misterio o problema, que se expone claramente en la primera parte, y en la segunda se le da solución, sin más artificios. Algunos relatos son más elaborados, pero siempre ateniéndose al estilo claro, sencillo y desenfadado característico de Asimov.

El personaje de referencia de la mayor parte de ellos es Wendell Urth, un excéntrico extraterrólogo que ni ha salido nunca de la Tierra ni ha ido más allá de donde pueden llevarle sus piernas. Su fobia a volar, y en general a viajar, le impide ir mucho más lejos de su despacho en la universidad. Sin embargo posee unos amplios conocimientos y una mente analítica, que le permite deducir quien, como y por qué han cometido los crímenes que la policía le solicita estudiar.

viernes, 11 de abril de 2014

UN CUENTO EN BILINGUE DEL PATILLAS

Muchas veces es conveniente comparar un cuento con su original. Así que, estas vacaciones, os dejo la versión bilingue de un cuento de Isaac Asimov, uno de los padres de la ciencia ficción clásica, y que creó las leyes de la robótica

CÓMO OCURRIÓ

Mi hermano empezó a dictar en su mejor estilo oratorio, ese que hace que las tribus se queden aleladas ante sus palabras.

-En el principio -dijo-, exactamente hace quince mil doscientos millones de años, hubo una gran explosión, y el universo...

Pero yo había dejado de escribir.

-¿Hace quince mil doscientos millones de años? -pregunté, incrédulo.

-Exactamente -dijo-. Estoy inspirado.

-No pongo en duda tu inspiración -aseguré. (Era mejor que no lo hiciera. Él es tres años más joven que yo, pero jamás he intentado poner en duda su inspiración. Nadie más lo hace tampoco, o de otro modo las cosas se ponen feas.)-. Pero ¿vas a contar la historia de la Creación a lo largo de un período de más de quince mil millones de años?

-Tengo que hacerlo. Ese es el tiempo que llevó. Lo tengo todo aquí dentro -dijo, palmeándose la frente-, y procede de la más alta autoridad.

Para entonces yo había dejado el estilo (pluma para escribir) sobre la mesa.

-¿Sabes cuál es el precio del papiro? -dije.

-¿Qué?

(Puede que esté inspirado, pero he notado con frecuencia que su inspiración no incluye asuntos tan sórdidos como el precio del papiro.)

-Supongamos que describes un millón de años de acontecimientos en cada rollo de papiro. Eso significa que vas a tener que llenar quince mil rollos. Tendrás que hablar mucho para llenarlos, y sabes que empiezas a tartamudear al poco rato. Yo tendré que escribir lo bastante como para llenarlos, y los dedos se me acabarían cayendo. Además, aunque podamos comprar todo ese papiro, y tú tengas la voz y yo la fuerza suficientes, ¿quién va a copiarlo? Hemos de tener garantizados un centenar de ejemplares antes de poder publicarlo, y en esas condiciones ¿cómo vamos a obtener derechos de autor?

Mi hermano pensó durante un rato. Luego dijo:

-¿Crees que deberíamos acortarlo un poco?

-Mucho -puntualicé, si esperas llegar al gran público.

-¿Qué te parecen cien años?

-¿Qué te parecen seis días?

-No puedes comprimir la Creación en sólo seis días -dijo, horrorizado.

-Ese es todo el papiro de que dispongo -le aseguré-. Bien, ¿qué dices?

-¡Oh, está bien! -concedió, y empezó a dictar de nuevo-. En el principio... ¿De veras han de ser sólo seis días, Aarón?

-Seis días, Moisés -dije firmemente.

ISAAC ASIMOV



How it Happened

My brother began to dictate in his best oratorical style, the one which has the tribes hanging on his words.

"In the beginning," he said, "exactly fifteen point two billion years ago, there was a big bang and the Universe--"

But I had stopped writing. "Fifteen billion years ago?" I said incredulously.

"Absolutely," he said. "I'm inspired."

"I don't question your inspiration," I said. (I had better not. He's three years younger than I am, but I don't try questioning his inspiration. Neither does anyone else or there's hell to pay.) "But are you going to tell the story of the Creation over a period of fifteen billion years?"

"I have to," said my brother. "That's how long it took. I have it all in here," he tapped his forehead, "and it's on the very highest authority."

By now I had put down my stylus. "Do you know the price of papyrus?" I said.

"What?" (He may be inspired but I frequently noticed that the inspiration didn't include such sordid matters as the price of papyrus.)

I said, "Suppose you describe one million years of events to each roll of papyrus. That means you'll have to fill fifteen thousand rolls. You'll have to talk long enough to fill them and you know that you begin to stammer after a while. I'll have to write enough to fill them and my fingers will fall off. And even if we can afford all that papyrus and you have the voice and I have the strength, who's going to copy it? We've got to have a guarantee of a hundred copies before we can publish and without that where will we get royalties from?"

My brother thought awhile. He said, "You think I ought to cut it down?"

"Way down," I said, "if you expect to reach the public."

"How about a hundred years?" he said.

"How about six days?" I said.

He said horrified, "You can't squeeze Creation into six days."

I said, "This is all the papyrus I have. What do you think?"

"Oh, well," he said, and began to dictate again, "In the beginning-- Does it have to be six days, Aaron?"

I said, firmly, "Six days, Moses."

                                                                                                                                      ISAAC ASIMOV