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jueves, 23 de marzo de 2017

ATENTADO EN VICTORIA STATION


En cuanto los doce telégrafos empezaron a repiquetear al unísono, ambos dieron un respingo. El papel de las transcripciones se arrugaba a la velocidad de los mensajes, y hubo una avalancha cuando los empleados corrieron a coger un lápiz para apuntar los códigos. Como todos se concentraban en las letras individuales, Thaniel fue el primero en percatarse de que los doce telégrafos decían lo mismo.

Urgente, ha explotado bomba en...
Estación Victoria destruida...
estación ha sufrido grandes desperfectos...
escondida en la consigna...
sofisticado mecanismo de relojería en consigna...
Estación Victoria...
... los oficiales eliminados, posibles heridos...
... Clan na Gael.

Thaniel llamó a gritos al jefe administrativo, que entró como un rayo con el chaleco manchado de té. Una vez se hizo cargo de la situación, el resto del día se dedicó a agilizar el intercambio de mensajes entre los ministerios y Scotland Yard, y a negarse a hacer declaraciones a los periódicos. Thaniel no tenía ni idea de cómo lograban bloquear las líneas directas de Whitehall, pero siempre lo hacían. Del pasillo llegó un grito. Era el ministro del Interior pidiendo a voces al director de The Times que prohibiera a sus periodistas bloquear los cables. Antes de que terminara el turno a Thaniel le dolían los tendones del dorso de las manos y las teclas de cobre habían conseguido que su piel desprendiera un olor a monedas.

Ninguno habló de ello, pero en lugar de separarse al final del turno, regresaron juntos a la estación Victoria. Encontraron un gran gentío, ya que los trenes habían dejado de funcionar durante el día, y a medida que se acercaban al edificio vieron ladrillos desperdigados por todas partes. Como el resto de la gente estaba más interesada en averiguar cuándo se restablecería el servicio, no les resultó difícil llegar a la desvencijada consigna. Las vigas de madera habían volado como si algo monstruoso se hubiera desatado. Entre los escombros se veía un sombrero de copa y una bufanda roja que se había vuelto gris por donde la escarcha la había adherido a los ladrillos. Los agentes de policía estaban limpiando los casquetes desde el exterior, con el aliento convertido en vaho blanco. Al cabo de un rato empezaron a mirar con cautela a los cuatro telegrafistas. Thaniel comprendió que debía de chocarles ver a cuatro empleados delgados y vestidos de negro detenidos mucho más tiempo que nadie en una pulcra hilera, observando. Se separaron.

domingo, 11 de diciembre de 2016

EXPLOSIÓN


A la memoria de los fallecidos por los atentados de hoy

Fue entonces cuando una explosión de dimensiones colosales hizo saltar el suelo por los aires. De Scotland Yard salieron humo y llamas rugientes. Una ráfaga de calor lo empujó, y vio a un cochero cruzar volando la calle y estrellarse contra las ventanas delanteras de la taberna. Del interior llegó una sucesión de sonidos estrepitosos cuando las pesadas mesas empezaron a caer por un efecto dominó. El ruido creó estallidos blancos por todas partes. Un manojo de teclas de máquina de escribir pasó flotando por su lado. Al volver la cabeza se notó la piel rígida bajo una capa de hollín. En el callejón estaba casi totalmente protegido excepto por unos cuantos cascotes de vidrio y ladrillo que salieron disparados del otro extremo y se desparramaron alrededor de sus zapatos. Luego el ruido cesó y se hizo un largo silencio lleno de espirales de humo, cortinas de papel flotante e incendios aislados.

Se quedó inmóvil. No oía nada, aunque veía a otras personas gritar. En la palma de su mano, el reloj parecía funcionar demasiado despacio. Un joven agente de policía le agarró el brazo y lo miró a los ojos. Thaniel le leyó los labios lo bastante bien para saber que le preguntaba si estaba herido. Negó con la cabeza. El agente le indicó que volviera al Ministerio del Interior para no herirse con los cascotes. Estaban en todas partes, obstruyendo por completo la calle que debería haber conducido a Trafalgar Square.

Del interior del Rising Sun salía humo. Los barriles habían estallado y el mostrador ardía. Salieron varios hombres tambaleándose, dándose palmadas en las mangas para apagar las cenizas naranjas que las cubrían. Dolly no estaba entre ellos. Pasando por alto al agente, se agachó por debajo de lo que quedaba del marco de la puerta.

—¡Dolly! —No se oía su propia voz, y no podía saber si había gritado con suficiente fuerza para que alguien lo oyera por encima del fuego.

El local era pequeño y no tardó en encontrar a Williamson medio atrapado bajo una de las grandes mesas. Tenían capacidad para doce personas sentadas, al estilo vikingo, pero el estallido las había arrojado contra la barra. La esquina de una mesa se había desplomado sobre las tablas del suelo donde estaban antes de salir y las astillas se amontonaban junto a un hoyo que se abría directamente a la bodega. Encendidas por las llamas que corrían a lo largo del brandy derramado sobre la barra, eran de un rojo sangriento. No se paró a mirar pero la visión se le quedó grabada en la mente, y un dolor imaginario le recorrió las costillas, donde se le habría incrustado la mesa de haber permanecido allí dentro.

Tiró de Williamson para sacarlo de allí. Este se tambaleó mientras salía, pero pareció recuperar el equilibrio después de que Thaniel lo sostuviera unos instantes. Entre los dos liberaron a la camarera, que tuvo que pasar por encima de las espitas de los barriles. No lograron dar con la puerta en medio del humo, por lo que salieron por las ventanas hechas añicos.

—Tengo que irme —dijo Williamson, cogiendo a Thaniel del brazo—. Debo ocuparme de todo esto, ¿comprende? Váyase...

Lo interrumpió un estallido lejano.

—Por Dios, otra. —Williamson se quedó mirando en esa dirección—. Váyase a casa. Lejos del centro de la ciudad, por el amor de Dios. No se aparte del río; no se acerque demasiado al Parlamento. Y usted, señorita Collins, vamos. —Sin detenerse, corrió tras los agentes que ya se dirigían en tropel hacia los edificios en ruinas de Scotland Yard.

La joven miró a Thaniel sin comprender y empezó a abrirse paso entre los cascotes. El se quedó inmóvil un instante y luego echó a andar por donde había llegado. Williamson tenía razón; lo único que podía hacer era marcharse a casa y confiar en que los irlandeses no tuvieran interés en Pimlico.

El humo de la explosión lo acompañó a lo largo de Whitehall Street. Mientras caminaba se convirtió en una compañía de fantasmas. Notaba el tictac del reloj a través de lapalma. Tendría que dárselo a Williamson, en realidad yadebería haberlo hecho antes. Solo el fabricante de una bomba sabía con exactitud cuándo esta estallaba. Esa alarma había sido programada como una advertencia. Las luces de la estación de metro de Westminster se filtraron por las escaleras y a través del humo.

—¡Apartaos, apartaos!

Se hizo a un lado a la izquierda para dejar pasar a dos hombres con una camilla. Corrían hacia un hospital; los médicos ya estaban arremangándose en las puertas mientras esperaban a los heridos, con las batas blancas ya grisáceas a causa del hollín suspendido en el aire. El hombre de la camilla estaba muerto. Thaniel se quedó mirándolo. Todavía tenía los ojos abiertos y había muerto con una expresión de pasividad absoluta. Tenía unas gafas en el bolsillo delantero y los dedos manchados de tinta. Un simple oficinista. Parecía haber visto las llamas y haber dejado que se acercaran.

Podría haber sido él. Thaniel volvió a ver destellos blancos, aunque no se oyó ningún ruido que los hubiera causado. Lo vio con toda la claridad de la memoria, como si hubiera escapado tan por los pelos que se hubiese extraviado mentalmente en una bifurcación temporal equivocada y todavía tuviera que regresar. Habría oído la explosión y se habría vuelto; las ventanas de cristal se habrían hecho añicos hacia dentro, y la fuerza del estallido lo habría echado hacia atrás contra la barra mientras las mesas caían. La esquina de esa mesa cercana le habría aplastado la caja torácica y en menos de un minuto habría fallecido de la punción en el pulmón, con las yemas de los dedos plateados por la mina de lápiz de las transcripciones del telégrafo.

viernes, 5 de agosto de 2016

EL RELOJERO DE FILIGREE STREET


Londres, 1883.

 Al regresar a su pequeño apartamento, Thaniel Steepleton se lleva una sorpresa: alguien ha dejado un reloj de oro en su almohada, pero el joven no tiene tiempo de averiguar quién ha entrado en su casa y se ha portado de forma tan generosa... Trabaja como telegrafista en el ministerio de asuntos interiores y acaba de recibir un cable anunciando un atentado.

Cuando la alarma del misterioso reloj le salva de una explosión que destruye varios edificios, Thaniel emprende la búsqueda del relojero que lo programó, y descubre a su creador: Keita Mori, un japonés amable y solitario, que domina los secretos del tiempo y le lleva de la mano a un mundo nuevo, delicado y misterioso.

Mientras tanto, Grace Carrow, una joven estudiante dedicada en cuerpo y alma a la física, se cuela furtivamente en una biblioteca de Oxford disfrazada de hombre, antes de que su madre la obligue a casarse.

¿Cómo van a cruzarse las vidas de Thaniel y Mori con las ambiciones de Grace? ¿Qué los une y, más aun, qué los separa?

                La novela de Natasha Pulley se acerca al género denominado steampunk: época victoriana, avances científicos basados en la tecnología del vapor, la combustión del carbón y la mec, y ciertos toques de fantasía. La autora juega con dos líneas temporales: el pasado, donde asistimos a la historia de Mori, y el presente, que es el que tiene mayor importancia y ocupa la mayor parte de la novela. Los protagonistas son Thaniel, un chico introvertido, con un don para la música, Grace, a quien le encanta romper las reglas sociales establecidas de la época y Mori, a quien iremos conociendo conforme avance la novela. La novela va de menos a más, hasta llegar al climax final, donde todos los misterios se resuelven.