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domingo, 10 de marzo de 2019

EL RAYO CALÓRICO



Después que hube visto a los marcianos salir del cilindro en el que llegaran a la Tierra, una especie de fascinación paralizó por completo mi cuerpo. Me quedé parado entre los brezos con la vista fija en el montículo que los ocultaba. En mi alma librábase una batalla entre el miedo y la curiosidad.
No me atrevía a volver hacia el pozo, pero sentía un extraordinario deseo de observar su interior. Por esta causa comencé a caminar describiendo una amplia curva en busca de algún punto ventajoso y mirando continuamente hacia los montones de arena tras los cuales se ocultaban los recién llegados. En cierta oportunidad vi el movimiento de una serie de apéndices delgados y negros, parecidos a los tentáculos de un pulpo, que de inmediato desaparecieron. Después se elevó una delgada vara articulada que tenía en su parte superior un disco, el cual giraba con un movimiento bamboleante. ¿Qué estarían haciendo?
La mayoría de los espectadores había formado dos grupos: uno de ellos se hallaba en dirección a Woking y el otro hacia Chobham. Evidentemente, estaban pasando por el mismo conflicto mental que yo. Había algunos cerca de mí y me acerqué a un vecino mío cuyo nombre ignoro.
—¡Qué bestias horribles!—me dijo—. ¡Dios mío! ¡Qué bestias horribles!
Y volvió a repetir esto una y otra vez.
—¿Vio al hombre que cayó al pozo?—le pregunté.
Mas no me respondió. Nos quedamos en silencio observando los arenales y me figuro que ambos encontrábamos cierto consuelo en la compañía mutua.
Después me desvié hacia una pequeña elevación de tierra, que tendría un metro o más de altura, y cuando le busqué con la vista vi que se iba camino de Woking.
Comenzó a oscurecer antes que ocurriera nada más. El grupo situado a la izquierda, en dirección a Woking, parecía haber crecido en número y oí murmullos procedentes de ese lugar. El que se encontraba hacia Chobham se dispersó. En el pozo no había movimiento alguno.
Fue esto lo que dio coraje a la gente. También supongo que los que acababan de llegar desde Woking ayudaron a todos a recobrar su confianza. Sea como fuere, al comenzar a oscurecer se inició un movimiento lento e intermitente en los arenales. Este movimiento pareció cobrar fuerza a medida que continuaba el silencio y la calma en los alrededores del cilindro. Avanzaban grupitos de dos o tres, se detenían, observaban y volvían a avanzar, dispersándose al mismo tiempo en un semicírculo irregular que prometía encerrar el pozo entre sus dos extremos. Por mi parte, yo también comencé a marchar hacia el cilindro.
Vi entonces algunos cocheros y otras personas que habían entrado sin miedo en los arenales y oí ruido de cascos y ruedas. Avisté de pronto a un muchacho que se iba con la carretilla de manzanas y gaseosas. Y luego descubrí un grupito de hombres que avanzaban desde la dirección en que se hallaba Horsell. Se encontraban ya a unos treinta metros del pozo y el primero de ellos agitaba una bandera blanca.
Era la delegación. Habíase efectuado una apresurada consulta, y como los marcianos eran, sin duda alguna, inteligentes, a pesar de su aspecto repulsivo, se resolvió tratar de comunicarse con ellos y demostrarles así que también nosotros poseíamos facultades razonadoras.
La bandera se agitaba de derecha a izquierda. Yo me encontraba demasiado lejos para reconocer a ninguno de los componentes del grupo; pero después supe que Ogilvy, Stent y Henderson estaban entre ellos. La delegación había arrastrado tras de sí en su avance a la circunferencia del que era ahora un círculo casi completo de curiosos, y un número de figuras negras la seguían a distancia prudente.
Súbitamente se vio un resplandor de luz y del pozo salió una cantidad de humo verde y luminoso en tres bocanadas claramente visibles. Estas bocanadas se elevaron una tras otra hacia lo alto de la atmósfera.
El humo (llama sería quizá la palabra correcta) era tan brillante que el cielo y los alrededores parecieron oscurecerse momentáneamente y quedar luego más negros al desaparecer la luz. Al mismo tiempo se oyó un sonido sibilante. Más allá del pozo estaba el grupito de personas con la bandera blanca a la cabeza. Ante el extraño fenómeno todos se detuvieron. Al elevarse el humo verde, sus rostros mostráronse fugazmente a mi vista con un matiz pálido verdoso y volvieron a desaparecer al apagarse el resplandor.
El sonido sibilante se fue convirtiendo en un zumbido agudo y luego en un ruido prolongado y quejumbroso. Lentamente se levantó del pozo una forma extraña y de ella pareció emerger un rayo de luz.
De inmediato saltaron del grupo de hombres grandes llamaradas, que fueron de uno a otro. Era como si un chorro de fuego invisible los tocara y estallase en una blanca llama. Era como si cada hombre se hubiera convertido súbitamente en una tea.
Luego, a la luz misma que los destruía, los vi tambalearse y caer, mientras que los que estaban cerca se volvían para huir.
Me quedé mirando la escena sin comprender aún que era la muerte lo que saltaba de un hombre a otro en aquel gentío lejano. Todo lo que sentí entonces era que se trataba de algo raro. Un silencioso rayo de luz cegadora y los hombres caían para quedarse inmóviles, y al pasar sobre los pinos la invisible ola de calor, éstos estallaban en llamas y cada seto y matorral convertíase en una hoguera. Y hacia la dirección de Knaphill vi el resplandor de los árboles y edificios de madera que ardían violentamente.
Esa muerte ardiente, esa inevitable ola de calor, se extendía en los alrededores con rapidez. La noté acercarse hacia mí por los matorrales que tocaba y encendía y me quedé demasiado aturdido para moverme. Oí el crujir del fuego en los arenales y el súbito chillido de un caballo, que murió instantáneamente. Después fue como si un dedo invisible y ardiente pasara por los brezos entre el lugar en que me encontraba y el sitio ocupado por los marcianos, y a lo largo de la curva trazada más allá de los arenales comenzó a humear y resquebrajarse el terreno. Algo cayó con un ruido estrepitoso en el lugar en que el camino de la estación de Woking llega al campo comunal. Luego cesó el zumbido, y el objeto negro, parecido a una cúpula, se hundió dentro del pozo perdiéndose de vista.
Todo esto había ocurrido con tal rapidez, que estuve allí inmóvil y atontado por los relámpagos de luz sin saber qué hacer. De haber descrito el rayo un círculo completo es seguro que me hubiera alcanzado por sorpresa. Pero pasó sin tocarme y dejó los terrenos de mi alrededor ennegrecidos y casi irreconocibles.
El campo parecía ahora completamente negro, excepto donde sus caminos se destacaban como franjas grises bajo la luz débil reflejada desde el cielo por los últimos resplandores del sol. En lo alto comenzaban a brillar las estrellas y hacia el oeste veíanse aún los destellos del día moribundo.
Las copas de los pinos y los techos de Horsell destacáronse claramente contra esos últimos resplandores en occidente. Los marcianos y sus aparatos eran ya completamente invisibles, excepción hecha del delgado mástil, en cuyo extremo continuaba girando el espejo.
Aquí y allá se veían setos y árboles que humeaban todavía, y desde las casas de Woking se elevaban grandes llamaradas hacia lo alto del cielo.
Con excepción de esto y el tremendo asombro que me embargaba, nada había cambiado. El grupito de puntos negros con su bandera blanca había sido exterminado sin que se turbara mucho la paz del anochecer.
Hasta entonces no comprendí que me encontraba allí indefenso y solo. Súbitamente, como algo que me cayera de encima, me asaltó el miedo.
Con un gran esfuerzo me volví y comencé a correr a tropezones por entre los brezos.
El miedo que me dominaba no era un miedo racional, sino un terror pánico, no sólo a causa de los marcianos, sino también debido a la tranquilidad y el silencio que me rodeaban. Tal fue su efecto, que corrí llorando como un niño. Cuando hube emprendido la carrera ni una sola vez me atreví a volver la cabeza.
Recuerdo que tuve la impresión de que estaban jugando conmigo y que en pocos minutos, cuando estuviera a punto de salvarme, esa muerte misteriosa, tan rápida como el paso de la luz, saltaría tras de mí para matarme.

H. G. Wells, La Guerra de los Mundos

jueves, 25 de octubre de 2018

EL MAPA DEL TIEMPO


Enviado por David (B1CH)

Londres, 1896.

Innumerables inventos alteran una y otra vez la faz del siglo haciendo creer al hombre que la ciencia es capaz de conseguir lo imposible. Y sus logros parecen no tener límites, como demuestra la aparición de la empresa de Viajes Temporales Murray, que abre sus puertas dispuesta a hacer realidad el sueño más codiciado de la humanidad: viajar en el tiempo, un anhelo que el escritor H. G. Wells había despertado un año antes con su novela La máquina del tiempo.

De repente, el hombre del siglo XIX tiene la posibilidad de viajar al año 2000, como hace Claire Haggerty, quien vivirá una historia de amor a través del tiempo con un hombre del futuro. Pero no todos desean ver el mañana. Andrew Harrington pretende viajar al pasado, a 1888, para salvar a su amada de las garras de Jack el Destripador. Y el propio H.G. Wells sufrirá los riesgos de los viajes temporales cuando un misterioso viajero llegue a su época con la intención de asesinarlo para publicar su novela con su nombre, obligándole a emprender una desesperada huida a través de los siglos.

Pero, ¿qué ocurre si cambiamos el pasado? ¿Puede reescribirse la Historia?  

Aclamada por miles de lectores, El mapa del tiempo es una fantasía histórica imaginativa y trepidante, una historia de amor y aventuras que transporta al lector al fascinante Londres victoriano en su propio viaje en el tiempo.

Esta novela de Félix J. Palma junta un poco de fantasía con algo de ciencia, por lo que el leerlo me ha resultado un pasatiempo bastante agradable, y me ha gustado tanto que ya he empezado a leerme el resto de la trilogía (lo prometido es deuda).

A mí me gusta mucho la ciencia ficción, y a lo largo de la obra van sucediendo eventos que al principio resulta ser ficticios, pero acaba resultando un montaje, apoyado por la ciencia, salvo por la última historia, que ahí sí resulta ser un acto de fantasía. Me ha divertido este pequeño juego que realiza, pues el libro empieza con el “viaje” que hace Andrew, haciendo creer al propio lector de que el libro si que va a ir sobre ciencia ficción, pero acaba aclarándolo todo como un montaje, llevando de nuevo al libro a ser una novela que respeta la lógica universal. También realiza este contraste con la historia de Tom, volviendo a producir el mismo efecto, de hecho me hizo llegar a la conclusión de que la tercera historia iba a ser igual, que el principio sería algo fantástico y que luego se explicaría todo como una farsa, pero no fue el caso, pues el autor vuelve a jugar con el lector dándole a su novela un toque de ficción cuando parecía que todo iba acabar normal. Con esta serie de trucos que ha realizado el escritor, ha conseguido mantener interesante toda la historia, haciéndonos pensar que iba a ir en un sentido y acaba yendo en otro. 

Félix se ha molestado en informarse sobre las paradojas temporales y todo lo relacionado con el tema de los viajes temporales, como se aprecia en la profundas reflexiones que hace Wells sobre lo moral de hacer estos viajes. El hecho de que se haya documentado hace que, aunque los viajes temporales sean algo que seguramente que el ser humano nunca llegue a dominar, todo lo que explica acerca del tema será mucho más verosímil.

Particularmente me ha gustado la parte en la que habla de las paradojas temporales y de universos paralelos, pues lo ha hecho partiendo de una base científica y ha conseguido, mediante Wells, aplicarlo a historia de ficción con total naturalidad, pues si llega a inventarse las leyes que deben de regir en la línea temporal, seguramente hubiese acabado enredándose mucho la historia y acabaría resultando muy poco verosímil.

Si he de destacar alguna de las tres historias sería la de Tom y la de Claire, pues es la que considero que está más completa. Al igual que a Murray, a mi también me gusta ver teorías de como podría ser el mundo en un futuro lejano, entonces la presentación de la guerra del año 2000, aunque siendo consciente de que era falsa y completamente inverosímil, me llama bastante la atención. Además me encanta el ingenio que demuestra Tom, que aunque es un semianalfabeto, se inventa de la nada una historia verosímil para engañar a Claire.

Por otro lado también me ha parecido interesante la forma en la que Wells se mete en la piel del personaje que su propio enemigo, Murray, había creado. Por último, pero no menos importante, también me gustaría destacar la parte en la que Tom se aferra como puede a su vida, enfrentándose a tres de su compañeros.

La historia que menos me ha gustado ha sido la tercera. Esto se debe a que Félix la ha desarrollado como una de ciencia ficción, pero tras una compleja trama de viajes temporales, hace esta historia completamente inútil, pues si no llega a contarnos esta historia habría acabado exactamente igual. Con esto no quiero decir que me haya desagradado, pues me fascina lo de los viajes en el tiempo, pero el hecho de que se algo totalmente prescindible para la hilo que tenían en común estas tres historias, hace que me pregunte para que nos lo cuenta entonces.

PREMIO ATENEO DE SEVILLA DE NOVELA 2008.

miércoles, 7 de febrero de 2018

SOBRE LOS RELATOS DE MISTERIO


En su introducción a una antología de relatos cortos de misterio publicada en 1934, Dorothy L. Sayers escribió: «Al parecer, para la raza anglosajona la muerte constituye una fuente más abundante de inocente diversión que cualquier otro tema.» No se refería, claro está, a los horripilantes, truculentos y en ocasiones desastrosos asesinatos de la vida real, sino a las invenciones misteriosas, elegantemente artificiosas y populares de los autores policiacos. Tal vez «diversión» no sea la palabra justa; «entretenimiento», «distracción» o «emoción» resultan más apropiadas. Y, a juzgar por la afición universal al género de misterio, los anglosajones no son los únicos que muestran entusiasmo por los asesinatos más abyectos. Millones de lectores de todo el mundo se sienten como en casa en el claustrofóbico santuario de Sherlock Holmes en el 221b de Baker Street, la encantadora casita de Miss Marple en Saint Mary Mead y el elegante apartamento de lord Peter Wimsey en Piccadilly.

En el período anterior a la Segunda Guerra Mundial, gran parte de la ficción policiaca se escribía en forma de relatos cortos. Edgar Allan Poe y sir Arthur Conan Doyle, a quienes podemos considerar padres fundadores del género detectivesco, dominaban los secretos del formato, y el primero esbozó los rasgos distintivos, no solo del relato corto, sino también de la novela policiaca: el personaje menos sospechoso que resulta ser el asesino, el espacio cerrado en que se desarrolla el misterio, el detective que resuelve el caso desde su sillón, el estilo epistolar. En palabras de Eric Ambler: «La narrativa policiaca quizá nació en la mente de Edgar Allan Poe, pero Londres la alimentó, la vistió y la llevó a la madurez.» Aludía, claro está, al genio de Conan Doyle, creador del detective más célebre de la literatura. Conan Doyle dotó al género de respeto por la razón, un intelectualismo en absoluto abstracto, confianza en la preeminencia de la mente sobre la fuerza física, aversión por el sentimentalismo y la capacidad de crear una atmósfera de misterio y terror gótico, pero firmemente asentada en la realidad. Por encima de todo, más que ningún otro autor, instituyó la figura del gran detective, ese aficionado omnisciente cuya excéntrica, y a veces estrafalaria, personalidad contrasta con la racionalidad de sus métodos y que transmite al lector la reconfortante idea de que, pese a nuestra aparente impotencia, habitamos un universo inteligible.

Aunque las aventuras de Sherlock Holmes son las más famosas de dicho período, hay otras que también merecen una relectura. Julian Symons, respetado crítico de la ficción policiaca, señaló que los máximos exponentes del arte del relato recurrían a las historias de detectives para distraerse de las otras obras que escribían, disfrutando con un género que aún estaba en pañales y les ofrecía incontables oportunidades en lo referente a la originalidad y la variedad. G. K. Chesterton es un ejemplo de escritor que centra su interés en otros campos, pero cuyos cuentos sobre el padre Brown aún se leen con fruición. Y, como él, una cantidad sorprendente de autores distinguidos probó suerte con los relatos de misterio. La segunda antología de Great Stories of Detection, Mystery and Horror, publicada en 1931, contaba entre sus colaboradores con H. G. Welles, Wilkie Collins, Walter de la Mare, Charles Dickens y Arthur QuilleCouch, además de los nombres de rigor.

Pocos autores policiacos actuales escapan a la influencia de los padres fundadores, pero la mayoría cultiva la novela, más que el cuento. Esto se debe en parte a que el mercado del relato es bastante reducido en general, pero el motivo principal radica quizás en que las historias de detectives se han acercado más a las corrientes dominantes en la ficción, y los escritores necesitan espacio para explorar a fondo las sutilezas psicológicas de los personajes, la complejidad de las relaciones y la manera en que un asesinato y una investigación policial afectan a la vida de dichos personajes.

El relato, por su propia naturaleza, está sujeto a una serie de limitaciones, por lo que resulta más eficaz cuando gira en torno a un único incidente o idea principal. La originalidad y la fuerza de esta idea determinan en buena medida el éxito del relato. Pese a su estructura, mucho menos compleja que la de una novela y basada en un concepto más lineal que conduce de forma implacable al desenlace, el relato permite construir, a una escala reducida, un mundo creíble en el que el lector puede sumergirse en busca de los mismos placeres que encuentra en la narración policiaca de calidad: un misterio verosímil, tensión y emoción, personajes con los que nos identificamos aunque no siempre empaticemos con ellos y un final que no defraude. Hay algo satisfactorio en el arte de condensar en pocos miles de palabras todos aquellos elementos de la trama, ambientación, caracterización y sorpresa que conforman un buen relato policiaco.

Aunque yo misma me he dedicado sobre todo a la novela, he disfrutado mucho con el desafío que plantea el cuento: el de conseguir mucho con pocos medios. A pesar de que no hay espacio para descripciones largas y detalladas, los lugares donde se desarrolla la acción han de cobrar vida ante los ojos del lector. El retrato de los personajes es tan importante como en la novela, pero los rasgos de carácter esenciales deben trazarse con una esmerada economía de palabras. El argumento tiene que ser intrigante, pero no demasiado complicado, y el desenlace, al que cada oración ha de conducir de forma inexorable, debe sorprender al lector sin dejarle la sensación de que lo han engañado. Todos los elementos deben contribuir a la característica más ingeniosa del cuento: el impacto de la sorpresa. Por consiguiente, escribir un buen relato es difícil, pero en estos tiempos ajetreados puede proporcionarnos una de las experiencias de lectura más satisfactorias.

P. D. James

domingo, 24 de septiembre de 2017

viernes, 22 de julio de 2016

EL MAPA DEL TIEMPO


Seguimos con Londres:

Enviado por Javi (B1C):

Londres, 1896.

El joven Andrew se prepara para quitarse la vida en la misma habitación donde Jack el destripador cometió el último y más salvaje de sus crímenes: el descuartizamiento de Marie Kelly, prostituta de Whitechapel y novia de Andrew. Sin embargo, su primo Charles lo evita in extremis enseñándole una escapatoria para el infierno en el que vive desde la muerte de su amada: viajar en el tiempo para acabar con Jack antes de que asesine a Marie.

Así comienza esta fantástica novela que se centra en un personaje singular: el escritor H.G. Wells, uno de los padres de la ciencia ficción y escritor de novelas inmortales como La Máquina del Tiempo, El Hombre Invisible y La Guerra de los Mundos. En la novela, H.G. Wells no es más que un joven novelista que acaba de publicar su primera novela, La Máquina del Tiempo que contra todo pronóstico se ha convertido en un éxito.

Junto a estas dos líneas argumentales, encontramos la de la joven Claire Haggerty, que hastiada de su aburrida vida intentará embarcarse en nuevas aventuras.


Quien espere una novela de ciencia ficción al uso, se encontrará con una sorpresa. La novela podría haber sido escrita a principios de siglo XX, que incluye ciertos contenidos científicos e invita a la reflexión.

Quien haya descartado de antemano esta novela por la ciencia ficción, que reconsidere su postura. Como digo anteriormente, el contenido de este género es escaso y seguro que no retrae de la diversión de su lectura.

Hacía tiempo que no disfrutaba tanto una novela.

Félix J. Palma te atrapa y te conduce con una maestría narrativa a leer las próximas hojas porque quieres saber lo que pasa a continuación, yo creo que esa intriga para ver qué pasa en la siguiente página “¿Conseguirá suicidarse?” ¿Vivirá Tom al final después de tal espanto debajo de las aguas?”

Sus páginas rebosan en su capacidad de mantener el interés gracias a su portentosa. Sin embargo Félix J. Palma a veces se pasa con las largas exposiciones que aparecen ocasionalmente y que son lo único a lo que pondría algún reparo.

XL PREMIO DE NOVELA ATENEO DE SEVILLA

viernes, 1 de julio de 2016

LA GUERRA DE LOS MUNDOS


Enviado por Pedro:

Antes de Independence Day, H. G. Wells nos narró la primera invasión extraterrestre conocida.

El narrador es una persona como nosotros, con nuestros miedos y temores, se nos hace cercano. Ve como los trípodes marcianos comienzan a atacar sin previo aviso y desatan el caos. Ante la devastación que van sembrando, al protagonista no le queda más remedio que procurar salvar a su mujer y huir él mismo.

Pasará encerrado días, para evitar ser visto y capturado por los alienígenas. Cuando salga, se encontrará con que Londres ha sido totalmente destruida. Las calles de la gran ciudad están vacías, los pocos seres con los que topa se han convertido en fieras egoístas temerosas de que cualquier rival les robe el mendrugo de pan que han logrado encontrar. Él mismo llegará a matar a un hombre.

Las fuerzas humanas no bastan para luchar contra las armas de los marcianos y tras esa constatación el gobierno se desintegra, las normas sociales pierden su eficacia.

¿Qué puede salvar a la humanidad de la destrucción?

Esta novela no solo interesa por su contenido futurista expreso, sino también por lo que puede esclarecer sobre la condición humana. Vemos las inquietudes de un escritor que mira su tiempo y analiza sus miserias.

Los marcianos que llegan a Londres son el enemigo, es decir el extraño; los ingleses de este relato no se comportan, en general, de modo ejemplar, ceden al miedo. En el relato de Wells no hay heroísmo, sino horror y alivio por una amenaza de la que la humanidad escapa gracias a las bacterias, no a su esfuerzo. La novela se cierra dejando una sensación de inseguridad. Para los que vieron la invasión marciana, la Tierra ya no es un lugar seguro.

Esa locura enlaza con el espíritu de resistencia, que se manifiesta en el narrador de la tragedia que logra superar sus miedos y pasiones, no sale de la lucha inmaculado, pero sobrevive con humanidad. En el fondo, Wells, a pesar de la oscuridad de su relato, tenía fe y esperanza.

Os dejo con un tráiler de la película dirigida en 1953 por Byron Haskin:

martes, 21 de junio de 2016

TERROR EN EL LABORATORIO: DE FRANKENSTEIN AL DR MOREAU


                Esta exposición del Espacio Fundación Telefónica profundiza en los experimentos científicos y las creaciones arquetípicas del S.XIX, así como en las derivas iconográficas de Frankenstein y otros seres como Mr. Hyde, el Hombre invisible o las criaturas del doctor Moreau.
El verano de 1816, los escritores Lord Byron, Mary y Percy Shelley y John Polidori, entre otros, se reunieron en Villa Diodati, cerca del lago Leman, en Suiza, para pasar sus vacaciones. El mal tiempo por la erupción del volcán Tambora, en Indonesia, provocó grandes anomalías climáticas en todo el mundo y obligó a los escritores a encerrarse en la villa. Para entretenerse, decidieron contar historias de terror y de este encuentro surgió la que hoy es una de las mejores obras literarias de terror de la historia: Frankenstein de Mary Shelley, un clásico de la literatura del siglo XIX y un pilar de la cultura occidental.

El Espacio Fundación Telefónica conmemora los 200 años de este encuentro con  una exposición que reflexiona sobre la época en la que diferentes personajes ideados por escritores tan reconocidos como Stevenson, Wells, Hoffmann o Villiers de L`Isle-Adam, se convirtieron en iconos de la literatura de ciencia ficción.


Una literatura que está representada en la exposición a través de seis grandes obras: Frankenstein o el Moderno Prometeo, de Mary Shelley, La Isla del Doctor Moreau, de H. G. Wells, El Extraño Caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde, de R. L. Stevenson, El Hombre Invisible, de H. G. Wells, El Hombre de la Arena,  de E. T. A. Hoffmann o La Eva Futura, de Auguste Villiers de L`Isle-Adam. Obras que trataban temas tan atemporales que siguen teniendo vigencia hoy como la genética, la robótica o la inteligencia artificial. Estos asuntos polémicos hunden sus raíces, en muchos casos, en esa imagen fáustica del científico como imagen última de Adán que, por buscar el conocimiento, recibió el castigo de la expulsión del Paraíso.

La muestra analiza también los antecedentes reales que van más allá de la propia historia literaria y el contexto que los rodeaba a finales del XIX. Un contexto en el que se parte del laboratorio como lugar de creación donde el científico, enajenado, juega a ser Dios con resultados terroríficos encarnados en una criatura antropomorfa que puede ser un monstruo, su doble o un autómata.



EL DOBLE es el primer bloque de la exposición y aborda la materialización del lado oscuro o la invisibilidad como método de refracción. El romanticismo se interesa especialmente por el fenómeno del doble como materialización del lado oscuro y misterioso del ser humano (lo que Jung llamará la Sombra). De este interés surgen icónicos protagonistas en varias obras literarias de ciencia ficción y literatura fantástica. Robert Louis Stevenson publica en 1886 El Extraño Caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde. Quizás uno de los ejemplos literarios más brillantes de doble fantasmagórico generado por la escisión del individuo y la encarnación de su ego reprimido. Stevenson se hizo eco de la doble moral propia de la sociedad victoriana, cuyos destacados miembros podían dejarse llevar por los vicios nocturnos (alcohol, violencia, juego, prostitución o drogas). H.G. Wells publica por su parte en 1897 El Hombre Invisible, una de las principales novelas de ciencia ficción, donde intenta esbozar un método “realista”: no se limita sólo a la transparencia, sino que también manipula la refracción.

El segundo de los bloques, el dedicado a EL AUTÓMATA, realiza un recorrido por la invención de criaturas mágicas y carentes de alma como las máquinas capaces de reproducir a la perfección el aspecto y comportamiento humano. Las obras literarias que lo escenifican son El Hombre de la Arena, el relato más popular de E.T.A. Hoffmann, en el que narra el enamoramiento de un joven hacia una autómata carente de alma que le lleva a locura. Otra de las obras destacadas es La Eva Futura, de Auguste Villiers de L`Isle-Adam, en la que el autor crea una bella mujer androide causante de un amor espiritualmente superior.



     El último está dedicado al personaje de EL MONSTRUO, cuyo principal ejemplo es Frankenstein o el Moderno Prometeo, de Mary Shelley, obra de terror gótico de la que una figura esencial en la literatura y la cultura popular. La novela pionera de Shelley planteaba la analogía entre científico y creador divino, combinando el terror gótico con planteamientos propios de la ciencia ficción moderna. Con Frankenstein nació una figura esencial en la literatura y la cultura popular: la del científico loco, el doctor chiflado. La novela de Mary Shelley se inspiró tanto en el mito de Prometeo, en El Paraíso Perdido de Milton, en los experimentos de Luigi Galvani con la electricidad en los músculos y en las especulaciones de Erasmus Darwin sobre la reanimación de microorganismos muertos. Sin embargo, la novela tiene un trasfondo es profundamente moralista, ya  que la osadía prometeica de Victor Frankenstein le acarrea terribles consecuencias. La creación de seres artificiales es una invención tan prodigiosa para unos como ofensiva para otros.

La vivisección fue también otra gran protagonista de la crónica científica del siglo XIX. Las prácticas de François Magendie y Claude Bernard provocaron protestas, pero sus descubrimientos sentaron las bases de la fisiología experimental. Pensadores como Jeremy Bentham o Schopenhauer manifestaron su rechazo, mientras que Darwin declaró sus dudas sobre si la vivisección podría ser tolerada. La Isla del Doctor Moreau, de H. G. Wells, cuyo hilo argumental está basado en los experimentos de un científico a caballo entre animales y seres humanos, demuestra que no lo consiguieron y ese debate sigue candente hoy en día.

lunes, 11 de abril de 2016

EL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS


«¡Bienvenido a mi casa! ¡Entre libremente y por su propia voluntad!», tales son las frases con las que el conde Drácula recibe en su castillo a Jonathan Harker, el procurador que le visita para cerrar la compra de una casa en Londres. Jonathan Harker nos describe, en las primeras páginas de su diario de viaje, la abrupta belleza de los parajes que recorre, los montes Cárpatos, y las costumbres de los campesinos: sus comidas bien condimentadas, su carácter adusto, su desconfianza ante los extranjeros. Una de esas noches, Harker pernocta en un hotel llamado irónicamente Corona de oro. Allí recibe una nota del conde en la que le indica qué tiene que hacer para llegar a su castillo. Una anciana le pide que no lo haga. «¿Sabe adonde va y a lo que va?», le pregunta. Al ver que no puede retenerle, le entrega un rosario, y le pide que se lo ponga al cuello. Jonathan sigue su camino preso de una angustia indefinible. «No sé si se debe al temor de la anciana», escribe, «a las múltiples tradiciones fantasmales de este lugar, o al propio crucifijo, pero no me siento ni mucho menos tan tranquilo como de costumbre. Si este cuaderno llegase a manos de Mina antes que yo, que sea portador de mi despedida».
Mina es su prometida, y será la verdadera protagonista de esta novela de la que Oscar Wilde dijo que era la más bella escrita jamás. Es extraño un calificativo así referido a un libro que habla de la desgracia de existir, de un mundo presidido por la abyección y el mal. Una noche pasa algo de gran significado en la historia. Jonathan está en su habitación, afeitándose frente al espejo, y se hace un pequeño corte en la mejilla. Al momento descubre la mano del conde sobre su hombro. No le ha sentido entrar y ve con horror que este no se refleja en el espejo. La visión de la sangre enloquece un momento al conde que, tras romper el espejo en mil pedazos, se va excitado de la habitación. Jonathan Harker merodea esa mañana por el castillo, buscando una salida, hasta comprender que es prisionero de aquel extraño ser. Está oscureciendo cuando se asoma a la ventana de su habitación y ve al conde desplazarse por la pared vertical del castillo como un enorme lagarto. «¿Qué clase de hombre es este o qué clase de ser con apariencia de hombre?», anota en su diario. Y dominado por el temor concluye: «Me encuentro cercado por unos horrores en los que no me atrevo a pensar».
Pronto nos damos cuenta de que el diario, para Jonathan Harker, es algo más que una larga carta de amor dirigida a su prometida: es una forma de supervivencia. Por eso, y momentos después de contemplar la terrorífica escena del conde deslizándose como una alimaña por los muros del castillo, se pone compulsivamente a escribir. Y lo primero que recuerda es una frase de Hamlet: «Mis tablillas, rápido, mis tablillas. / Hora es ya de que lo escriba». Hamlet escribe para no ser arrebatado por la locura, Jonathan Harker como una forma de afirmación de su humanidad frente a las fuerzas destructoras del mal. Rudyard Kipling dice que el narrador es el más solo de los hombres, debe vigilar el sueño de los demás: es el que apaga la luz. El diario de Jonathan Harker es esa lámpara encendida en la oscuridad del castillo de Drácula. La llama que trata de preservar la luz de la conciencia en un mundo presidido por Tánatos, el genio alado de la muerte.
Este diario de apenas setenta páginas contiene toda la novela. Una novela admirable que, cien años después de ser publicada, sigue manteniendo intacta su capacidad de seducción, y que ha hecho del conde Drácula una de las criaturas más deseadas y temidas de la literatura universal, morador por igual de nuestras pesadillas y de nuestras ensoñaciones eróticas. La novela de Bram Stoker habla de nuestra parte maldita. Tres son sus temas centrales: la oscuridad del deseo, el vampiro como doble sin rostro del hombre, y la escritura como forma de conocimiento y espacio de humanidad.
Detengámonos, ahora, en cada uno de ellos.

LA PREGUNTA POR EL DESEO

En uno de los pasajes más escalofriantes del diario de Jonathan Harker, este nos narra su encuentro con los otros habitantes del castillo. Son tres lujuriosas mujeres que irrumpen inesperadamente en su habitación, aprovechando la ausencia del conde, su amo y señor. Poseen una perturbadora belleza y se acercan excitadas a Jonathan. Son tres vampiras y, aunque este se da cuenta enseguida de que algo maléfico las impulsa, no puede evitar caer bajo su hechizo. «Mi corazón», escribe, «se inflamó con un deseo malvado y ardiente de que me besaran con aquellos labios rojos». Y añade: «Era como la dulzura intolerable y estremecedora de unas copas de cristal en las que jugueteara una mano hábil».
Representan, como la Lilith bíblica, el lado oscuro y perverso del ser femenino, la amenaza de una sexualidad libre, sin las ataduras de la religión o las convenciones sociales. Primo Levi, en su relato Lilith, describe así a la primera compañera de Adán: «A ella le gusta mucho el semen del hombre, y anda siempre al acecho de ver adonde ha podido caer (generalmente en las sábanas). Todo el semen que no acaba en el único lugar consentido, es decir, dentro de la matriz de la esposa, es suyo: todo el semen que ha desperdiciado el hombre a lo largo de su vida, ya sea en sueños, o por vicio o adulterio. Te harás una idea de lo mucho que recibe: por eso está siempre preñada y no hace más que parir». Ese semen desperdiciado, el que tiene que ver con los sueños y los deseos inconfesables, es el símbolo de esa sexualidad oscura y siempre ávida de nuevas víctimas que representa el vampiro.
Drácula, escrita en plena época victoriana, habla con un atrevimiento insólito en su época del deseo sexual. Ese deseo no solo aparece en los merodeos nocturnos del conde, sino en el consentimiento de sus víctimas. Una de las leyes que rigen el mundo de los vampiros es que estos solo pueden entrar en una casa si alguien los llama desde su interior, lo que explica la frase con que el conde recibe a Jonathan Harker: «Entre libremente». Es decir, porque así lo desea. Es Jonathan Harker el que desea besar los labios rojos de la vampira, y serán, más tarde, Lucy y Mina las que llamen al conde a su lado para ofrecerse a él. Las escenas de esa entrega son de una intensidad sexual que todavía hoy, en que la sexualidad ha dejado de ser un tabú, nos hacen estremecernos, y cabe imaginar lo que debió suponer en su tiempo leer unos pasajes como estos.
El poder del vampiro, su increíble poder de fascinación, proviene de que nadie como él conoce los deseos de sus víctimas. Si Mina y Lucy, las dos encantadoras protagonistas de esta novela, sucumben a él, es porque les ofrece lo que ellas mismas desean sin darse cuenta. Como si la Lilith bíblica alentara en sus corazones juveniles, y solo esperara el momento oportuno para despertar de su sueño y regresar al mundo.
Drácula, la novela de Bram Stoker, nos enseña que no somos dueños de nuestros deseos, por eso nos perturban. No es cierto que nuestro cuerpo nos pertenezca, siempre pertenece a otro: a aquel o a aquella que lo hace despertar. Mina y Lucy rechazan todo lo que el conde representa —la oscuridad, el daño, el dominio—, y sin embargo una y otra vez lo llaman a su lado, pues inconscientemente ansían ese semen que se pierde en las noches, que no llega a la matriz de la esposa, y que representa la sexualidad libre. Pero mientras que Lucy termina devorada por esa sexualidad y por transformarse ella misma en una vampira, Mina logra sustraerse de su influjo gracias a la fuerza del amor. La historia de estas dos muchachas es sin duda el corazón del libro. Son estremecedoras las escenas en que una Lucy vampira se vuelve cazadora de niños. Y es curioso que esos niños se vayan sin dudarlo con ella. Los niños en los cuentos suelen irse detrás de las damas ensangrentadas, como si intuyeran que solo ellas pueden decirles quiénes son de verdad. El flautista de Hamelin, que se lleva a los niños detrás, es la representación de ese deseo sin ataduras, del mundo libre y oscuro del goce. Mina logra sustraerse a esa influencia fatal. El conde la hace beber su propia sangre para contaminarla, pero ella, con la ayuda de su prometido y de sus amigos, se refugia en el reino frágil y prudente del amor. Ese reino capaz de darnos el rostro que nos niega el deseo.

EL HOMBRE SIN ROSTRO

Los vampiros son monstruos que viven en el umbral de lo humano. Un monstruo es una criatura sin rostro, y la falta de rostro es una de las metáforas más puras sobre la imposibilidad de amar. La literatura fantástica ha tratado una y otra vez este tema. El hombre invisible esconde esa ausencia vendándose la cabeza, y el fantasma de la ópera la oculta detrás de una máscara. No tener rostro es también la tragedia del hombre lobo, y naturalmente del conde Drácula, que no se refleja en los espejos. La pérdida del rostro supone la caída en la animalidad o en el vacío de significación. En El Hombre Invisible, la novela de H. G. Wells, un investigador logra una fórmula con la que consigue la invisibilidad. Muy pronto, el inesperado éxito transformará su vida en una pesadilla: la pérdida del rostro implica la caída en ese mundo anómalo en que no cuentan las razones ni los deseos de los demás. El monstruo es el que no se detiene, el que mira al otro como un bocado o un rival, nunca como alguien que puede ampliar el campo de su libertad. El rostro del otro es un espejo, pero también el espacio de la alteridad. La cultura del viejo humanismo es una cultura del rostro. Nos enseña a mirar a los demás, a verlos en el momento en que dejan de ser fungibles; es decir, intercambiables por otro.
El conde Drácula vive en una noche eterna, privada de sentido, y anhela acercarse el mundo de los hombres. Es un anhelo trágico, que conduce a la muerte a quienes visita. Drácula se inclina sobre el lecho de sus víctimas y, al tomar su sangre, las destruye. Es curioso que elija sus cuellos para hacerlo, como si lo que quisiera es borrarles el rostro. «Ahora sois como yo», les dice, «y estaréis eternamente condenados a vagar sin rostro por el mundo». Arrancar al otro su rostro es cuestionar su condición humana. Drácula es enemigo de los hombres, pero no puede vivir sin su proximidad. Les necesita para aplacar su sed. Drácula no busca solo alimentarse, busca ese algo indefinible que hombres y mujeres llaman alma. Quiere arrebatarles su alma, porque él no la puede tener. Un deseo sin miedo ni sufrimiento, eso es el alma. ¿Existe algo así? No, no existe. Por eso nos atrae el conde Drácula. Su desvelo eterno habla de esa desdicha que es en el fondo toda vida humana, de la existencia como una herida que nada puede cerrar.

EL LIBRO EN MARCHA

Drácula, entre muchas otras cosas, es una novela sobre la escritura de un libro. Un libro que lector ve crecer ante sus ojos, como esa obra que separa la razón de la locura, el mundo de los hombres del de la animalidad y el mal. Un libro colectivo, pues será la suma de lo que escriben sus distintos protagonistas. Todos los que se acercan a Drácula comparten misteriosamente esta necesidad de escribir, de contar lo que les sucede cuando se acercan a él. Y así, tras el diario de la visita al castillo del conde de Jonathan Harker, nos encontraremos con el diario de Mina y con las cartas que esta intercambia con su amiga Lucy. A estos documentos no tardan en sumarse las notas de los doctores Seward y del doctor Van Helsing. Todos ellos padecen, como Hamlet, la misma compulsión a anotar lo que ven, sin perder ni un solo momento, como si supieran que lo que está en peligro no es solo sus propias vidas, sino la misma humanidad.
Hay un momento de la novela en que Mina, consciente de la existencia del ingente material escrito que ha generado la irrupción de Drácula en sus vidas, decide ordenarlo para componer un único texto, un libro que permita seguir las andanzas de conde y anticipar sus acciones futuras. Mina construye así el libro que el lector tiene en sus manos, al tiempo que este lo va leyendo. Y de todo lo que hay escrito en ese libro lo único que verdad nos interesan son los pasajes que hablan del conde. Drácula representa lo que Nietzsche llamó la «gran razón del cuerpo», que es justo lo que niegan los sensatos diarios que leemos, como si eso tan humano de lo que no dejan de hablar, con su sometimiento a todos los convencionalismos de la época, los hiciera intercambiables entre sí y los volviera insignificantes. Solo el conde Drácula habla de lo que somos, solo en él se esconde nuestra verdad.
Las victorias de Drácula, como las del demonio cristiano, proceden de una comprensión profunda de la naturaleza de sus víctimas. El hecho de que Lucy se transforme en vampira, y que la misma Mina esté a punto de hacerlo, significa que esas damas sangrientas que tanto temen viven agazapadas en su interior. Drácula no hace sino liberarlas, pues nadie puede transformarse en algo que no es. La amenaza del vampiro está inscrita en la misma naturaleza de sus víctimas. Habla en suma de todo lo que estas son y se niegan a reconocer.
En la escena de la vampirización de Mina, todo esto aparece expresado con perturbadora y bella crueldad. Drácula se acerca a la joven y, tomándola en sus brazos, le dice que a partir de ahora será de su raza, será carne de su carne, sangre de su sangre, su compañera y su ayudante. Luego posa una mano sobre su hombro para sujetarla y, tras desnudar su cuello con la otra, se inclina sobre ella para beber su sangre. Y, al día siguiente, Mina anota en su diario, recordando la escena: «Yo estaba desconcertada y, por extraño que parezca, no deseaba entorpecerle». A pesar de todo el horror que le produce el conde, lo que Mina nos dice es que deseaba entregarse a él.
Pero no solo es Mina la que cae bajo el influjo de Drácula, sino que también este se siente turbado, al menos unos instantes, por la irrupción de un sentimiento nuevo, incompatible con su naturaleza demoníaca: la intuición del amor humano. Así es, en efecto, como el doctor Seward describe el comportamiento de Drácula en la misma escena: «A pesar de las circunstancias, me resultó curioso observar que, en tanto que el rostro (del conde), blanco de cólera, se agitaba convulso sobre la cabeza inclinada de la mujer, las manos acariciaban tierna y amorosamente su cabello revuelto».
Drácula representa el mundo del deseo sin límites, sin moral, sin posibilidad de aplazamiento o renuncia; Mina, el mundo paciente e inquieto del amor humano, tan cercano a esa escritura que trata de liberarse de la tiranía de las convenciones sociales y atender las razones del cuerpo. Y lo perturbador de esta novela es que nos dice que esos mundos no pueden dejar de estar juntos. El deseo le pide al amor que prolongue sus goces, y el amor le pide al deseo que no le deje sin locura. Ambos buscan lo que no puede ser: las nupcias entre la vida y la muerte.

Gustavo Martín Garzo

lunes, 7 de marzo de 2016

LA ISLA DE BOWEN

Envíado por Ángela (B1C)

Europa 1920.

Todo comenzó con el asesinato del marinero inglés Jeremiah Perkins en Havoysund, un pequeño puerto noruego situado en el Ártico, y con el misterioso paquete que, antes de morir, Perkins envió a Lady Elisabeth Faraday.

O quizá la historia empezara antes, cuando se descubrieron unas extrañas reliquias en el interior de una viejísima cripta medieval, pues fue precisamente una de esas reliquias imposibles la causa de que el malhumorado profesor Ulises Zarco, director de la sociedad geográfica SIGMA, se embarcara en una aventura inimaginable a bordo del Saint Michel.

Tanto Zarco como su ayudante, Adrián Cairo, han recorrido el mundo enfrentándose a toda clase de peligros, igual que el capitán Verne y su tripulación, o el joven fotógrafo Samuel Durango, e incluso las dos damas inglesas que les han solicitado ayuda; pero ninguno de ellos estaba preparado para afrontar el temible misterio que envuelve a la isla de Bowen, más allá del Círculo Polar Ártico.

                Esta novela de César Mallorquí me ha sorprendido gratamente, ya que la aventura no es un género literario que me llame la atención de forma especial.

                Lo que más me ha gustado es su final. Me parece un modo inteligente de concluir la obra recurrir a la existencia de la “mente”, que pueda explicar los extraños sucesos con los que se encuntran los protagonistas a lo largo de su aventura (el titanio puro, el elemento nº 72 aún no descubierto en ese momento, los autómatas, el Edderkoppe Gud, un campo electromagnético como arma de defensa, etc…)

                Del mismo modo me encanta el hecho que la mente capture a Kathy y a Sam para averiguar si son inteligentes. Ademas, me parece elegante la manera de resolver todo el conflicto mediante una partida de ajedrez (la variante Battambang). Es sorprendente que con algo tan simple y complejo a la vez como el juego de ajedrez se pueda escribir cualquier desenlace literario. Asímismo, me parece una oportunidad idónea para que Sam recobre el protagonismo, pues es en el desarrollo de la novela se nos ha ido mostrando como un personaje ausente, que no tiene voz.

                Otro aspecto que me ha llamado la atención es el sentido ético de la mente sintética al advertir a los dos jovenes de la próxima erupción volcánica, reconociendo con ello la inteligencia de estos dos bipedos y salvándolos. Con ello, el mensaje irónico-onírico que la mente envia hacia el espacio: “En el tercer planeta de este sistema solar hay tigres”. Lo hace antes de llegar a Marte, realizando un pequeño homenaje a Kubrik y su 2001: Una Odisea del Espacio, al  que habría añadir los homenajes a lo largo de toda la novela, como reconoce al final del libro,  a Julio Verne, H G Wells o Conan Doyle.

PREMIO EDEBÉ DE LITERATURA JUVENIL 2012
PREMIO NACIONAL DE LITERATURA JUVENIL 2013
PREMIO CERVANTES CHICO 2015

domingo, 29 de noviembre de 2015

EL VIAJE A TRAVÉS DEL TIEMPO


Ya he hablado a algunos de ustedes el jueves último de los principios de la Máquina del Tiempo, y mostrado el propio aparato tal como estaba entonces, sin terminar, en el taller. Allí está ahora, un poco fatigado por el viaje, realmente; una de las barras de marfil está agrietada y uno de los carriles de bronce, torcido; pero el resto sigue bastante firme. Esperaba haberlo terminado el viernes; pero ese día, cuando el montaje completo estaba casi hecho, me encontré con que una de las barras de níquel era exactamente una pulgada más corta y esto me obligó a rehacerla; por eso el aparato no estuvo acabado hasta esta mañana.
Fue, pues, a las diez de hoy cuando la primera de todas las Máquinas del Tiempo comenzó su carrera. Le di un último toque, probé todos los tornillos de nuevo, eché una gota de aceite más en la varilla de cuarzo y me senté en el soporte. Supongo que el suicida que mantiene una pistola contra su cráneo debe de sentir la misma admiración por lo que va a suceder, que experimenté yo entonces. Cogí la palanca de arranque con una mano y la de freno con la otra, apreté con fuerza la primera, y casi inmediatamente la segunda. Me pareció tambalearme; tuve una sensación pesadillesca de caída; y mirando alrededor, vi el laboratorio exactamente como antes- ¿Había ocurrido algo? Por un momento sospeché que mi intelecto me había engañado. Observé el reloj. Un momento antes, eso me pareció, marcaba un minuto o así después de las diez, ¡y ahora eran casi las tres y media!
Respiré, apretando los dientes, así con las dos manos la palanca de arranque, y partí con un crujido. El laboratorio se volvió brumoso y luego oscuro. La señora Watchets, mi ama de llaves, apareció y fue, al parecer sin verme, hacia la puerta del jardín. Supongo que necesitó un minuto o así para cruzar ese espacio, pero me pareció que iba disparada a través de la habitación como un cohete. Empujé la palanca hasta su posición extrema. La noche llegó como se apaga una lámpara, y en otro momento vino la mañana. El laboratorio se tomó desvaído y brumoso, y luego cada vez más desvaído. Llegó la noche de mañana, después el día de nuevo, otra vez la noche; luego, volvió el día, y así sucesivamente más y más de prisa. Un murmullo vertiginoso llenaba mis oídos, y una extraña, silenciosa confusión descendía sobre mi mente.
Temo no poder transmitir las peculiares sensaciones del viaje a través del tiempo. Son extremadamente desagradables. Se experimenta un sentimiento sumamente parecido al que se tiene en las montañas rusas zigzagueantes (¡un irresistible movimiento como si se precipitase uno de cabeza!). Sentí también la misma horrible anticipación de inminente aplastamiento. Cuando emprendí la marcha, la noche seguía al día como el aleteo de un ala negra. La oscura percepción del laboratorio pareció ahora debilitarse en mí, y vi el sol saltar rápidamente por el cielo, brincando a cada minuto, y cada minuto marcando un día. Supuse que el laboratorio había quedado destruido y que estaba yo al aire libre. Tuve la oscura impresión de hallarme sobre un andamiaje, pero iba ya demasiado de prisa para tener conciencia de cualquier cosa movible. El caracol más lento que se haya nunca arrastrado se precipitaba con demasiada velocidad para mí. La centelleante sucesión de oscuridad y de luz era sumamente dolorosa para los ojos. Luego, en las tinieblas intermitentes vi la luna girando rápidamente a través de sus fases desde la nueva hasta la llena, y tuve un débil atisbo de las órbitas de las estrellas. Pronto, mientras avanzaba con velocidad creciente aún, la palpitación de la noche y del día se fundió en una continua grisura; el cielo tomó una maravillosa intensidad azul, un espléndido y luminoso color como el de un temprano amanecer; el sol saltarín se convirtió en una raya de fuego, en un arco brillante en el espacio, la luna en una débil faja oscilante; y no pude ver nada de estrellas, sino de vez en cuando un círculo brillante fluctuando en el azul.
La vista era brumosa e incierta. Seguía yo situado en la de la colina sobre la cual está ahora construida esta casa y el saliente se elevaba por encima de mí, gris y confuso. Vi unos árboles crecer y cambiar como bocanadas de vapor, tan pronto pardos como verdes: crecían, se desarrollaban, se quebraban y desaparecían. Vi alzarse edificios vagos y bellos y pasar como sueños. La superficie de la tierra parecía cambiada, disipándose y fluyendo bajo mis ojos. Las manecillas sobre los cuadrantes que registraban mi velocidad giraban cada vez más de prisa. Pronto observé que el círculo solar oscilaba de arriba abajo, solsticio a solsticio, en un minuto o menos, y que, por consiguiente, mi marcha era de más de un año por minuto; y minuto por minuto la blanca nieve destellaba sobre el mundo, y se disipaba, siendo seguida por el verdor brillante y corto de la primavera.
Las sensaciones desagradables de la salida eran menos punzantes ahora. Se fundieron al fin en una especie de hilaridad histérica. Noté, sin embargo, un pesado bamboleo de la máquina, que era yo incapaz de explicarme. Pero mi mente se hallaba demasiado confusa para fijarse en eso, de modo que, con una especie de locura que aumentaba en mí, me precipité en el futuro. Al principio no pensé apenas en detenerme, no pensé apenas sino en aquellas nuevas sensaciones. Pero pronto una nueva serie de impresiones me vino a la mente -cierta curiosidad y luego cierto temor-, hasta que por último se apoderaron de mi por completo. ¡Qué extraños desenvolvimientos de la Humanidad, qué maravillosos avances sobre nuestra rudimentaria civilización, *Pensé, iban a aparecérseme cuando llegase a contemplar de cerca el vago y fugaz mundo que desfilaba rápido y que fluctuaba ante mis ojos! Vi una grande y espléndida arquitectura elevarse a mi alrededor, más sólida que cualquiera de los edificios de nuestro tiempo; y, sin embargo, parecía construida de trémula luz y de niebla. Vi un verdor más rico extenderse sobre la colina, y permanecer allí sin interrupción invernal. Aun a través del velo de mi confusión la tierra parecía muy bella. Y así vino a mi mente la cuestión de detener la máquina.
El riesgo especial estaba en la posibilidad de encontrarme alguna sustancia en el espacio que yo o la máquina ocupábamos. Mientras viajaba a una gran velocidad a través del tiempo, esto importaba poco: el peligro estaba, por decirlo así, atenuado, ¡deslizándome como un vapor a través de los intersticios de las sustancias intermedias! Pero llegar a detenerme entrañaba el aplastamiento de mí mismo, molécula por molécula, contra lo que se hallase en mi ruta; significaba poner a mis átomos en tan íntimo contacto con los del obstáculo, que una profunda reacción química -tal vez una explosión de gran alcance- se produciría, lanzándonos a mí y a mi aparato fuera de todas las dimensiones posibles... en lo Desconocido. Esta posibilidad se me había ocurrido muchas veces mientras estaba construyendo la máquina; pero entonces la había yo aceptado alegremente, como un riesgo inevitable, ¡uno de esos riesgos que un hombre tiene que admitir! Ahora que el riesgo era inevitable, ya no lo consideraba bajo la misma alegre luz. El hecho es que, insensiblemente, la absoluta rareza de todo aquello, la débil sacudida y el bamboleo de la máquina, y sobre todo la sensación de caída prolongada, habían alterado por completo mis nervios. Me dije a mí mismo que no podría detenerme nunca, y en un acceso de enojo decidí pararme inmediatamente. Como un loco impaciente, tiré de la palanca y acto seguido el aparato se tambaleó y salí despedido de cabeza por el aire.
Hubo un ruido retumbante de trueno en mis oídos. Debí quedarme aturdido un momento. Un despiadado granizo silbaba a mi alrededor, y me encontré sentado sobre una blanda hierba, frente a la máquina volcada.
Todo. me pareció gris todavía, pero pronto observé que el confuso ruido en mis oídos había desaparecido. Miré en derredor. Estaba lo que parecía ser un pequeño prado de un jardín, rodeado de macizos de rododendros; y observé que sus flores malva y púrpura caían como una lluvia bajo el golpeteo de las piedras de granizo. La rebotante y danzarina granizada caía en una nubecilla sobre la máquina, y se moría a lo largo de la tierra como una humareda. En un momento me encontré calado hasta los huesos.
Bonita hospitalidad -dije- con un hombre que ha viajado innumerables años para veros.
Pronto pensé que era estúpido dejarse empapar. Me levanté y miré a mi alrededor. Una figura colosal, esculpida al parecer en una piedra blanca, aparecía confusamente más allá de los rododendros, a través del aguacero brumoso. Pero todo el resto del mundo era invisible.
Sería difícil describir mis sensaciones. Como las columnas de granizo disminuían, vi la figura blanca más claramente. Parecía muy voluminosa, pues un abedul plateado tocaba sus hombros. Era de mármol blanco, algo parecida en su forma a una esfinge alada; pero las alas, en lugar de llevarlas verticalmente a los lados, estaban desplegadas de modo que parecían planear. El pedestal me pareció que era de bronce y estaba cubierto de un espeso verdín. Sucedió que la cara estaba de frente a mí; los ojos sin vista parecían mirarme; había la débil sombra de una sonrisa sobre sus labios. Estaba muy deteriorada por el tiempo, y ello le comunicaba una desagradable impresión de enfermedad. Permanecí contemplándola un breve momento, medio minuto quizá, o media hora. Parecía avanzar y retroceder según cayese delante de ella el granizo más denso o más espaciado. Por último aparté mis ojos de ella por un momento, y vi que la cortina de granizo aparecía más transparente, y que el cielo se iluminaba con la promesa del sol.
Volví a mirar a la figura blanca, agachado, y la plena temeridad de mi viaje se me apareció de repente. ¿Qué iba a suceder cuando aquella cortina brumosa se hubiera retirado por entero? ¿Qué podría haberles sucedido a los hombres? ¿Qué hacer si la crueldad se había convertido en una pasión común? ¿Qué, si en ese intervalo la raza había perdido su virilidad, desarrollándose como algo inhumano, indiferente y abrumadoramente potente? Yo podría parecer algún salvaje del viejo mundo, pero el más espantoso por nuestra común semejanza, un ser inmundo que habría que matar inmediatamente.
Ya veía yo otras amplias formas: enormes edificios con intricados parapetos y altas columnas, entre una colina oscuramente arbolada que llegaba hasta mí a través de la tormenta encalmada. Me sentí presa de un terror pánico. Volví frenéticamente hacia la Máquina del Tiempo, y me esforcé penosamente en reajustarla. Mientras lo intentaba los rayos del sol traspasaron la tronada. El gris aguacero había pasado y se desvaneció como las vestiduras arrastradas por un fantasma. Encima de mí, en el azul intenso del cielo estival, jirones oscuros y ligeros de nubes remolineaban en la nada. Los grandes edificios a mi alrededor se elevaban claros y nítidos, brillantes con la lluvia de la tormenta, y resultando blancos por las piedras de granizo sin derretir, amontonadas a lo largo de sus hiladas. Me sentía desnudo en un extraño mundo. Experimenté lo que quizá experimenta un pájaro en el aire claro, cuando sabe que el gavilán vuela y quiere precipitarse sobre él. Mi pavor se tornaba frenético. Hice una larga aspiración, apreté los dientes, y luché de nuevo furiosamente, empleando las muñecas y las rodillas, con la máquina. Cedió bajo mi desesperado esfuerzo y retrocedió. Golpeó violentamente mi barbilla. Con una mano sobre el asiento y la otra sobre la palanca permanecí jadeando penosamente en actitud de montarme de nuevo.
Pero con la esperanza de una pronta retirada recobré mi valor. Miré con más curiosidad y menos temor aquel mundo del remoto futuro. Por una abertura circular, muy alta en el muro del edificio más cercano, divisé un grupo de figuras vestidas con ricos y suaves ropajes. Me habían visto, y sus caras estaban vueltas hacia mí.
Oí entonces voces que se acercaban. Viniendo a través de los macizos que crecían junto a la Esfinge Blanca, veía las cabezas y los hombros de unos seres corriendo. Uno de ellos surgió de una senda que conducía directamente al pequeño prado en el cual permanecía con mi máquina. Era una ligera criatura –de una estatura quizá de cuatro pies- vestida con una túnica púrpura, ceñida al talle por un cinturón de cuero. Unas sandalias o coturnos -no pude distinguir claramente lo que eran- calzaban sus pies; sus piernas estaban desnudas hasta las rodillas, y su cabeza al aire. Al observar esto, me di cuenta por primera vez de lo cálido que era el aire.
Me impresionaron la belleza y la gracia de aquel ser, aunque me chocó también su fragilidad indescriptible. Su cara sonrosada me recordó mucho la clase de belleza de los tísicos, esa belleza hética de la que tanto hemos oído hablar. Al verle recobré de pronto la confianza. Aparté mis manos de la máquina.

H. G. Wells, La Máquina del Tiempo

                El vídeo que os mostramos pertenece a la película La Máquina del Tiempo, de George Pal, de 1960, donde mediante un maniquí o el desarrollo de la flora nos muestra ese fluir del tiempo:

domingo, 6 de septiembre de 2015

EL BACILO ROBADO

—Ésta, también, es otra preparación del famoso bacilo del cólera —explicó el bacteriólogo colocando el portaobjetos en el microscopio.
El hombre de rostro pálido miró por el microscopio. Evidentemente no estaba acostumbrado a hacerlo, y con una mano blanca y débil tapaba el ojo libre.
—Veo muy poco —observó.
—Ajuste este tornillo —indicó el bacteriólogo—, quizás el microscopio esté desenfocado para usted. Los ojos varían tanto... Sólo una fracción de vuelta para este lado o para el otro.
—¡Ah! Ya veo —dijo el visitante—. No hay tanto que ver después de todo. Pequeñas rayas y fragmentos rosa. De todas formas, ¡esas diminutas partículas, esos meros corpúsculos, podrían multiplicarse y devastar una ciudad! ¡Es maravilloso!
Se levantó, y, retirando la preparación del microscopio, la sujetó en dirección a la ventana.
—Apenas visible —comentó mientras observaba minuciosamente la preparación. Dudó.
—¿Están vivos? ¿Son peligrosos?
—Los han matado y teñido —aseguró el bacteriólogo—. Por mi parte me gustaría que pudiéramos matar y teñir a todos los del universo.
—Me imagino —observó el hombre pálido sonriendo levemente que usted no estará especialmente interesado en tener aquí a su alrededor microbios semejantes en vivo, en estado activo.
—Al contrario, estamos obligados a tenerlos —declaró el bacteriólogo—. Aquí, por ejemplo.
Cruzó la habitación y cogió un tubo entre unos cuantos que estaban sellados.
—Aquí está el microbio vivo. Éste es un cultivo de las auténticas bacterias de la enfermedad vivas —dudó—. Cólera embotellado, por decirlo así.
Un destello de satisfacción iluminó momentáneamente el rostro del hombre pálido.
—¡Vaya una sustancia mortal para tener en las manos! —exclamó devorando el tubito con los ojos.
El bacteriólogo observó el placer morboso en la expresión de su visitante. Este hombre que había venido a verle esa tarde con una nota de presentación de un viejo amigo le interesaba por el mismísimo contraste de su manera de ser. El pelo negro, largo y lacio; los ojos grises y profundos; el aspecto macilento y el aire nervioso; el vacilante pero genuino interés de su visitante constituían un novedoso cambio frente a las flemáticas deliberaciones de los científicos corrientes con los que se relacionaba principalmente el bacteriólogo. Quizás era natural que, con un oyente evidentemente tan impresionable respecto de la naturaleza letal de su materia, él abordara el lado más efectivo del tema.
C             ontinuó con el tubo en la mano pensativamente:
—Sí, aquí está la peste aprisionada. Basta con romper un tubo tan pequeño como éste en un abastecimiento de agua potable y decir a estas partículas de vida tan diminutas que no se pueden oler ni gustar, e incluso para verlas hay que teñirlas y examinarlas con la mayor potencia del microscopio: Adelante, creced y multiplicaos y llenad las cisternas; y la muerte, una muerte misteriosa, sin rastro, rápida, terrible, llena de dolor y de oprobio se precipitaría sobre la ciudad buscando sus víctimas de un lado para otro. Aquí apartaría al marido de su esposa y al hijo de la madre, allá al gobernante de sus deberes y al trabajador de sus quehaceres. Correría por las principales cañerías, deslizándose por las calles y escogiendo acá y allá para su castigo las casas en las que no hervían el agua. Se arrastraría hasta los pozos de los fabricantes de agua mineral, llegaría, bien lavada, a las ensaladas, y yacería dormida en los cubitos de hielo. Estaría esperando dispuesta para que la bebieran los animales en los abrevaderos y los niños imprudentes en las fuentes públicas. Se sumergiría bajo tierra para reaparecer inesperadamente en los manantiales y pozos de mil lugares. Una vez puesto en el abastecimiento de agua, y antes de que pudiéramos reducirlo y cogerlo de nuevo, el bacilo habría diezmado la ciudad.
Se detuvo bruscamente. Ya le habían dicho que la retórica era su debilidad.
—Pero aquí está completamente seguro, ¿sabe usted?, completamente seguro.
El hombre de rostro pálido movió la cabeza afirmativamente. Le brillaron los ojos. Se aclaró la garganta.
—Estos anarquistas, los muy granujas —opinó—, son imbéciles, totalmente imbéciles. Utilizar bombas cuando se pueden conseguir cosas como ésta. Vamos, me parece a mí.
Se oyó en la puerta un golpe suave, un ligerísimo toque con las uñas. El bacteriólogo la abrió.
—Un minuto, cariño —susurró su mujer.
Cuando volvió a entrar en el laboratorio, su visitante estaba mirando el reloj.
—No tenía ni idea de que le he hecho perder una hora de su tiempo —se excusó—. Son las cuatro menos veinte. Debería haber salido de aquí a las tres y media. Pero sus explicaciones eran realmente interesantísimas. No, ciertamente no puedo quedarme un minuto más. Tengo una cita a las cuatro.
Salió de la habitación dando de nuevo las gracias. El bacteriólogo le acompañó hasta la puerta y luego, pensativo, regresó por el corredor hasta el laboratorio. Reflexionaba sobre la raza de su visitante. Desde luego no era de tipo teutónico, pero tampoco latino corriente.
—En cualquier caso un producto morboso, me temo —dijo para sí el bacteriólogo. ¡Cómo disfrutaba con esos cultivos de gérmenes patógenos! De repente se le ocurrió una idea inquietante. Se volvió hacia el portatubos que estaba junto al vaporizador e inmediatamente hacia la mesa del despacho. Luego se registró apresuradamente los bolsillos y a continuación se lanzó hacia la puerta.
—Quizá lo haya dejado en la mesa del vestíbulo —se dijo.
—¡Minnie! —gritó roncamente desde el vestíbulo.
—Sí, cariño —respondió una voz lejana.
—¿Tenía algo en la mano cuando hablé contigo hace un momento, cariño?
—Nada, cariño, me acuerdo muy bien.
—¡Maldita sea! —gritó el bacteriólogo abalanzándose hacia la puerta y bajando a la carrera las escaleras de la casa hasta la calle.
Al oír el portazo, Minnie corrió alarmada hacia la ventana. Calle abajo, un hombre delgado subía a un coche. El bacteriólogo, sin sombrero y en zapatillas, corría hacia ellos gesticulando alborotadamente. Se le salió una zapatilla, pero no esperó por ella.
—¡Se ha vuelto loco! —dijo Minnie—. Es esa horrible ciencia suya. Y, abriendo la ventana, le habría llamado, pero en ese momento el hombre delgado miró repentinamente de soslayo y pareció también volverse loco. Señaló precipitadamente al bacteriólogo, dijo algo al cochero, cerró de un portazo, restalló el látigo, sonaron los cascos del caballo y en unos instantes el coche, ardorosamente perseguido por el bacteriólogo, se alejaba calle arriba y desaparecía por la esquina.
Minnie, preocupada, se quedó un momento asomada a la ventana. Luego se volvió hacia la habitación. Estaba desconcertada. Por supuesto que es un excéntrico, pensó. Pero correr por Londres, en plena temporada además, ¡en calcetines! Tuvo una idea feliz. Se puso deprisa el sombrero, cogió los zapatos de su marido, descolgó su sombrero y gabardina de los percheros del vestíbulo, salió al portal e hizo señas a un coche que morosa y oportunamente pasaba por allí.
—Lléveme calle arriba y por Havelock Crescent a ver si encontramos a un caballero corriendo por ahí en chaqueta de pana y sin sombrero.
—Chaqueta de pana y sin sombrero. Muy bien, señora.
Y el cochero hizo restallar el látigo inmediatamente de la manera más normal y cotidiana, como si llevara a los clientes a esa dirección todos los días.
Unos minutos más tarde, el pequeño grupo de cocheros y holgazanes que se reúne en torno a la parada de coches de Haverstock Hill quedaba atónito ante el paso de un coche conducido furiosamente por un caballo color jengibre disparado como una bala.
Permanecieron en silencio mientras pasaba, pero cuando desaparecía empezaron los comentarios:
—Ése era Harry Hicks. ¿Qué le habrá picado? —se preguntó el grueso caballero conocido por El Trompetas.
—Está dándole bien al látigo, sí, le está pegando a fondo —intervino el mozo de cuadra.
—¡Vaya! —exclamó el bueno de Tommy Byles—, aquí tenemos a otro perfecto lunático. Sonado como ninguno.
—Es el viejo George —explicó El Trompetas.—, y lleva a un lunático como decís muy bien. ¿No va gesticulando fuera del coche? Me pregunto si no irá tras Harry Hicks.
El grupo de la parada se animó y gritaba a coro:
—¡A por ellos, George! ¡Es una carrera! ¡Los cogerás! ¡Dale al látigo!
—Es toda una corredora esa yegua—dijo el mozo de cuadra.
—¡Que me parta un rayo! —exclamó El Trompetas.—. Ahí viene otro. ¿No se han vuelto locos esta mañana todos los coches de Hampstead?
—Esta vez es una señora —dijo el mozo de cuadra.
—Está siguiéndolo —añadió El Trompetas.
—¿Qué tiene en la mano?
—Parece una chistera.
—¡Qué jaleo tan fantástico! ¡Tres a uno por el viejo George! —gritó el mozo de cuadra—. ¡El siguiente!
Minnie pasó entre todo un estrépito de aplausos. No le gustó, pero pensaba que estaba cumpliendo con su deber, y siguió rodando por Haverstock Hill y la calle mayor de Camden Town con los ojos siempre fijos en la vivaz espalda del viejo George, que de forma tan incomprensible la separaba del haragán de su marido.
El hombre que viajaba en el primer coche iba agazapado en una esquina, con los brazos cruzados bien apretados y agarrando entre las manos el tubito que contenía tan vastas posibilidades de destrucción. Su estado de ánimo era una singular mezcla de temor y de exaltación. Sobre todo temía que lo cogieran antes de poder llevar a cabo su propósito, aunque bajo este temor se ocultaba un miedo más vago, pero mayor ante lo horroroso de su crimen. En todo caso, su alborozo excedía con mucho a su miedo. Ningún anarquista antes que él había tenido esta idea suya. Todas aquellas personas distinguidas cuya fama había envidiado, se hundían en la insignificancia comparadas con él. Sólo tenía que asegurarse del abastecimiento de agua y romper el tubito en un depósito. ¡Con qué brillantez lo había planeado, había falsificado la carta de presentación y había conseguido entrar en el laboratorio! ¡Y qué bien había aprovechado la oportunidad! El mundo tendría por fin noticias suyas. Todas aquellas gentes que se habían mofado de él, que le habían menospreciado, preterido o encontrado su compañía indeseable por fin tendrían que tenerle en cuenta. ¡Muerte, muerte, muerte! Siempre le habían tratado como a un hombre sin importancia. Todo el mundo se había confabulado para mantenerlo en la oscuridad. Ahora les enseñaría lo que es aislar a un hombre. ¿Qué calle era ésta que le resultaba tan familiar? ¡La calle de San Andrés, por supuesto! ¿Cómo iba la persecución? Estiró el cuello por encima del coche. El bacteriólogo les seguía a unas cincuenta yardas escasas. Eso estaba mal. Todavía podían alcanzarle y detenerle. Rebuscó dinero en el bolsillo y encontró medio soberano. Sacó la moneda por la trampilla del techo del coche y se la puso al cochero delante de la cara.
—Más —gritó— si conseguimos escapar.
—De acuerdo —respondió el cochero arrebatándole el dinero de la mano.
La trampilla se cerró de golpe, y el látigo golpeó el lustroso costado del caballo. El coche se tambaleó, y el anarquista, que estaba medio de pie debajo de la trampilla, para mantener el equilibrio apoyó en la puerta la mano con la que sujetaba el tubo de cristal. Oyó el crujido del frágil tubo y el chasquido de la mitad rota sobre el piso del coche. Cayó de espaldas sobre el asiento, maldiciendo, y miró fija y desmayadamente las dos o tres gotas de la poción que quedaban en la puerta.
Se estremeció.
—¡Bien! Supongo que seré el primero. ¡Bah! En cualquier caso seré un mártir. Eso es algo. Pero es una muerte asquerosa a pesar de todo. ¿Será tan dolorosa como dicen?
En aquel instante tuvo una idea. Buscó a tientas entre los pies. Todavía quedaba una gotita en el extremo roto del tubo y se la bebió para asegurarse. De todos modos no fracasaría.
Entonces se le ocurrió que ya no necesitaba escapar del bacteriólogo. En la calle Wellington le dijo al cochero que parara y se apeó. Se resbaló en el peldaño, la cabeza le daba vueltas. Este veneno del cólera parecía una sustancia muy rápida. Despidió al cochero de su existencia, por decirlo así, y se quedó de pie en la acera con los brazos cruzados sobre el pecho, esperando la llegada del bacteriólogo. Había algo trágico en su actitud. El sentido de la muerte inminente le confería cierta dignidad. Saludó a su perseguidor con una risa desafiante.
—¡Vive l'Anarchie! Llega demasiado tarde, amigo mío. Me lo he bebido. ¡El cólera está en la calle!
El bacteriólogo le miró desde su coche con curiosidad a través de las gafas.
—¡Se lo ha bebido usted! ¡Un anarquista! Ahora comprendo.
Estuvo a punto de decir algo más, pero se contuvo. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Cuando abrió la puerta del coche, como para apearse, el anarquista le rindió una dramática despedida y se dirigió apresuradamente hacia London Bridge procurando rozar su cuerpo infectado contra el mayor número de gente. El bacteriólogo estaba tan preocupado viéndole que apenas si se sorprendió con la aparición de Minnie sobre la acera, cargada con el sombrero, los zapatos y el abrigo.
—Has tenido una buena idea trayéndome mis cosas —dijo, y continuó abstraído contemplando cómo desaparecía la figura del anarquista.
—Sería mejor que subieras al coche —indicó, todavía mirando.
Minnie estaba ahora totalmente convencida de su locura y, bajo su responsabilidad, ordenó al cochero volver a casa.
—¿Que me ponga los zapatos? Ciertamente, cariño —respondió él al tiempo que el coche comenzaba a girar y hacía desaparecer de su vista la arrogante figura negra empequeñecida por la distancia. Entonces se le ocurrió de repente algo grotesco y se echó a reír. Luego observó— No obstante es muy serio. ¿Sabes?, ese hombre vino a casa a verme. Es anarquista. No, no te desmayes o no te podré contar el resto. Yo quería asombrarle, y, sin saber que era anarquista, cogí un cultivo de esa nueva especie de bacteria de la que te he hablado, esa que propaga y creo que produce las manchas azules en varios monos, y a lo tonto le dije que era el cólera asiático. Entonces él escapó con ella para envenenar el agua de Londres, y desde luego podía haber hecho la vida muy triste a los civilizados londinenses. Y ahora se la ha tragado. Por supuesto no sé lo que ocurrirá, pero ya sabes que volvió azul al gato, y a los tres perritos azules a trozos, y al gorrión de un azul vivo. Pero lo que me fastidia es que tendré que repetir las molestias y los gastos para conseguirla otra vez. ¡Que me ponga el abrigo en un día tan caluroso! ¿Por qué? ¿Porque podríamos encontrarnos a la señora Jabber? Cariño, la señora Jabber no es una corriente de aire. ¿Y por qué tengo que ponerme el abrigo en un día de calor por culpa de la señora...? ¡Oh!, muy bien...
H. G. Wells