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martes, 13 de marzo de 2018

EL ÚLTIMO SUEÑO DE LORD SCRIVEN


Londres, 1906.

Cristopher Carandini es un periodista caído en desgracia, que tiene que dormir en un banco, envuelto en una vieja manta. Una noche lee en  el Times, tras un artículo que habla sobre el posible regreso de Jack el Destripador este extraño anuncio, que puede ser su única oportunidad de salir de ese pozo sin fondo en el que está metido:

"Caballero busca secretario personal para vigilar su sueño.
Presentarse en Portobello Road, 30 y preguntar por una tetera".

                Allí Christopher comenzará a trabajar para Arjuna Barnejee, un detective de origen hindú. Su método es de lo más peculiar: tras hablar con su cliente, o los testigos del caso, sufre una  especie de pinchazo en la nuca y se sumerge en un sueño deductivo, en el que la realidad se le revela para sacar luego las posibles conclusiones. Pero tiene una contraprestación: jamás el sueño puede exceder los veintiséis minutos, y Christopher será el encargado de despertarlo.

                Una mañana reciben la visita de Cardiff, mayordomo del difunto Lord Scriven, quien afirma ser el muerto y que ha sido asesinado. Este extraño caso los arrastrará por las calles de Londres y los mundos oníricos, donde nada es lo que parece, para resolver una trama con asesinatos y espías, que amenaza al Imperio Británico, tras la que se oculta un nuevo genio del mal.

Esta novela de Eric Senabre más que una novela de fantasía, es una novela de intriga y suspense. La fantasía queda relegada a los sueños de Banerjee, pues las conclusiones que ayudan a resolver el caso las hace Christopher siguiendo su instinto de periodista. La trama de intriga tiene un mayor peso (es más, el asesinato de Lord Scriven ha tenido lugar en una habitación cerrada). La pareja protagonista funciona a la perfección y nos recuerda a Holmes o Poirot, con el doctor Watson o el capitán Hastings, respectivamente, aunque aquí, Christopher, ese ayudante y a la vez narrador de la historia, es mucho menos torpe y más cínico.

La ambientación en ese Londres de principios del siglo XX está muy bien lograda en todos los escenarios que el autor nos va presentado, desde la lujosa mansión de Lord Scriven hasta los camerinos de ese sórdido teatro londinense, pasando por las oficinas de la City. Los personajes están bien desarrollados, y con más de uno nos llevaremos alguna sorpresa. Tiene un buen ritmo que se intensifica conforme avanzamos en la lectura

PREMIO SAINT-EXUPÉRY
PREMIO DE LAS BIBLIOTECAS DE PARÍS

jueves, 14 de diciembre de 2017

UNA INVITACIÓN PARA NAVIDAD


-Lamento enormemente... -empezó Hércules Poirot.
Le interrumpieron. No con brusquedad sino suave y hábilmente, con ánimo de persuadirle. Por favor, monsieur Poirot, no se niegue usted sin considerarlo antes. El asunto tendría consecuencias graves para la nación. Su colaboración sería muy apreciada en las altas esferas.
-Es usted muy amable -Hércules Poirot agitó una mano en el aire-. Pero, de verdad, me es imposible comprometerme a hacer lo que me pide. En esta época del año...
El señor Jesmond volvió a interrumpirle con su suave tono de voz.
-Navidad... -dijo-. Unas Navidades a la antigua usanza en el campo inglés.
Poirot se estremeció. La idea del campo inglés en aquella época del año no le atraía.
-¡Unas auténticas Navidades a la antigua usanza! -recalcó el señor Jesmond.
-Yo... no soy inglés. En mi país la Navidad es una fiesta para los niños. Año Nuevo; eso es lo que nosotros celebramos.
-¡Ah! Pero la Navidad de Inglaterra es una gran institución y yo le aseguro que en ningún sitio podría verla mejor que en Kings Lacey. Le advierto que es una casa maravillosa, muy antigua. Una de las alas data del siglo XIV...
Poirot se estremeció de nuevo. La idea de una casa solariega inglesa del siglo XIV le daba escalofríos. Lo había pasado muy mal en Inglaterra en las históricas casas solariegas. Pasó la mirada con aprobación por su piso moderno y confortable, provisto de radiadores y de los últimos inventos destinados a evitar la menor corriente de aire.
-En invierno -dijo con firmeza- no salgo nunca de Londres (...)
El señor Jesmond empezó a hablar de nuevo de la Navidad inglesa.
-La celebración de la Navidad, como se entendía en otros tiempos, está ya desapareciendo. Hoy en día la gente se va a pasarla a los hoteles. Pero una Navidad inglesa a la antigua usanza, con toda la familia reunida, las medias de los regalos de los niños, el árbol de Navidad, el pavo y el pudding de ciruelas, los crakers. El muñeco de nieve junto a la ventana...
Hércules Poirot quiso ser exacto e intervino.
-Para hacer un muñeco de nieve -observó con severidad- hace falta nieve. Y no puede uno tener nieve de encargo, ni siquiera para una Navidad a la inglesa.
-He estado hablando hoy precisamente con un amigo mío del observatorio meteorológico -dijo el señor Jesmond- y me ha dicho que es muy probable que nieve estas Navidades.
No debió haber dicho semejante cosa. Hércules Poirot se estremeció con mayor violencia.
-¡Nieve en el campo! -dijo-. Eso sería aún más abominable. Una casa solariega de piedra, grande y fría.
-Nada de eso. Las casas han cambiado mucho en los últimos diez años. Tienen calefacción central de petróleo.
-¿De veras hay calefacción central de petróleo en Kings Lacey? -por vez primera, parecía vacilar.
El otro se apresuró a aprovechar la oportunidad.
-Claro que la tienen -dijo-, y también agua caliente. Hay radiadores en todas las habitaciones. Le aseguro a usted, querido monsieur Poirot, que Kings Lacey en invierno es en extremo confortable. Puede que hasta le parezca que en la casa hace demasiado calor.
-Eso es muy improbable.
Con la habilidad de la práctica, el señor Jesmond cambió de tema.

Agatha Christie, El Pudding de Navidad 

martes, 11 de abril de 2017

ATAÚD CERRADO


Irlanda, 1929.

Lady Athelinda Playford, Athie, una reconocida escritora de novelas de detectives para niños, ha invitado a varias personas a pasar una semana con ella en Lillieoak, su casa de campo. Además de su hijo, Harry, y su hija, Claudia, con sus respectivas parejas, su secretario personal y la enfermera de éste, también dos abogados, Gathercole y Rolfe, han sido citados, así como Edward Catchpool, detective de Scotland Yard, y Hércules Poirot, pues estos dos resolvieron no hace mucho Los Crímenes del Monograma.

Nadie conoce el motivo de esta invitación. Sin embargo, el misterio es rápidamente desvelado: Athie anuncia que el heredero de su fortuna será Joseph, su secretario, aquejado de una enfermedad terminal, y no sus hijos. ¿Qué razón ha impulsado a Athie a dejarle todo su dinero a alguien que no es de su familia? En medio de la gresca, Josesph pide a Sophie, la enfermera, que se case con él.

Pero esa misma noche, Sophie grita al ver como Claudia machaca la cabeza de Joseph. y todos corren hacia el escenario del crimen. Lo que parece evidente se complica cuando un testigo afirma haber visto a Claudia en otra parte de la casa en ese momento y en su ropa no hay el menor rastro de sangre. Además, a simple vista, se observan en el cadáver síntomas de envenamiento. Pero, y esta es la cuestión principal, ¿quién es capaz de matar con tanta saña a alguien que le quedan un par de meses de vida?

Poirot, con la ayuda de Catchpool, el nuevo "Hastings" tendrá que poner en marcha las pequeñas células grises para averiguar la verdad en medio de una casa repleta de recelosos familiares, peculiares abogados y un curioso servicio doméstico. Lo malo es que nada es lo que parece, ni lo evidente tan claro.

Sophie Hannah nos ofrece una segunda entrega, con el permiso de los herederos de Agatha Christie, de sus casos de Hércules Poirot. Más que imitar a la escritora inglesa, intenta mantener la esencia del personaje y de la intriga, trabajando sobre todo los diálogos y la psicología de los personajes. La historia en sí es la clásica en estas novelas de Agatha Christie: nos presenta a los personajes, sucede el crimen y, poco a poco,  Poirot va descubriendo las claves para resolverlo en esa reunión con todos los implicados (esquema que sigue actualmente la serie de ficción inglesa Crimen en el Paraíso). Esas claves nos las han dado antes, a imitación de las reglas del Detection Club, que llegó a presidir Agatha durante varios años, aunque una de las claves principales no nos lo podemos imaginar por nuestro desconocimiento de pate de la obra de William Shakespeare: La Vida y Muerte del Rey Juan, que se cita varias veces en la novela. 

Ya en la primera entrega, Sophie Hannah creó el personaje de Catchpool, un joven agente de Scotland Yard que ocupa el lugar de Hastings como ayudante del detective belga y narrador de la historia, con lo cual se justifica la diferencia de estilo narrativo entre las dos autoras, como podemos comprobar:

—Ay, Catchpool —dijo Poirot, tristemente—. Si le diera la respuesta, si me apiadara de usted y se la diera, entonces usted no desarrollaría la capacidad de pensar por sí mismo, ¡y sin embargo, debe desarrollarla! Tengo un buen amigo del que nunca le he hablado. Se llama Hastings. Con frecuencia lo animo a ejercitar su materia gris, aunque sé que su mente nunca será rival para la mía.
Pensé que su comentario era un preámbulo para hacerme un cumplido («En cambio usted…»), pero en lugar de eso, dijo:
—Tampoco la suya, Catchpool. No es que le falte inteligencia, ni sensibilidad, ni siquiera originalidad. Es un problema de confianza en sus capacidades. En lugar de buscar la respuesta, usted mira a su alrededor para ver si hay alguien que pueda dársela. Eh bien, ¡encuentra a Hércules Poirot! Pero Poirot no solo es un experto en resolver enigmas, mon ami. También es un guía, un maestro. Y Poirot quiere que usted aprenda a pensar con sus propias neuronas, como hace él, y como hace también esa mujer que usted describe, Margaret Ernst, que no confía en la Biblia, sino en su propio juicio.

Sophie Hannah, Los Crímenes del Monograma

martes, 5 de julio de 2016

ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS


                Enviado por Mª Dolores (B1C)

Agatha Christie nos cuenta como, durante un viaje en el Orient Express, Ratchett, un millonario norteamericano, quiere contratar a Hercules Poirot porque su vida está en peligro, pero Poirot se niega. Tras una noche ajetreada, Ratchett aparece asesinado en un compartimento cerrado por el interior. La causa de la muerte son varias puñaladas, algunas profundas, al menos tres letales, otras son solo leves cortes, algunas parecen hechas por una persona zurda y otras por una diestra.                

Haciendo pesquisas, Poirot descubre que Ratchett era Cassetti, quien, cinco años  antes, secuestró y asesinóa una niña de tres años llamada Daisy Armstrong. Tras largos interrogatorios Poirot descubre que todos los pasajeros tienen una coartada para la hora de la muerte y cada uno de ellos cubre a otro.

La proyección de cada detalle junto a esa intriga constante despiertan el interés en seguir leyendo sus novelas. Esta obra también ha sido una de las mejores obras que he leído y se lleva una elevada valoración por mi parte gracias a la especificación de cada detalle relevante a la hora que se va creando un perfil del posible asesino, y como partiendo de una simple estructura (muerte al principio), se desarrolla una novela inquietante y muy divertida en la que nada es lo que parece y en la que las preguntas se suceden a lo largo de la narración: ¿Quién es el asesino? ¿Hay uno o más de uno?

Lo que más me ha gustado del libro ha sido por un lado la trama, porque parece increíble que una señora sin conocimientos en Criminología ni Psicología, haya inventado esta historia; pero lo que más me ha gustado, ha sido el final, de verdad, totalmente inesperado. Es genial, como en el ultimo capitulo puede darle la vuelta a todo de tal forma que no nos lo esperemos, requiere un gran esfuerzo y preocupación por parte de la escritora para captar la atención del lector.

Lo que menos me ha gustado del libro ha sido que, la autora, emplea muchas veces palabras, expresiones, y frases en francés, y, si no tienes un determinado nivel de francés, no lo puedes entender, aunque también lo considero un detalle de poca importancia está bien mencionarlo. Por otro lado otra cosa que tampoco me ha gustado ha sido la insistencia y múltiple aparición de “quimono escarlata” “pipa de fumar” “pañuelo con la letra H” porque al rato se hace pesado e incluso me perdía porque no sabía a quién estaba haciendo referencia cuando hablaba de eso porque por ejemplo del kimono escarlata hablan muchos personajes.

lunes, 23 de mayo de 2016

SERIAL KILLER


¡Soy el mejor asesino en serie de la historia! -se dijo, mientras leía los titulares del periódico. Pasó las páginas prestando especial atención a aquellos artículos sobre asesinatos o accidentes, en los que había habido víctimas- ¡Un dios de la muerte, un genio del mal! ¡Mira con cuantas personas he acabado, mira! -Estaba completamente sólo. Vació de un trago enérgico la taza de café que había estado sosteniendo durante una buena media hora, y se tomó unos segundos para paladear el amargo sabor de la bebida- ¡Ah, negro y sin edulcorantes! Ésta es la clase de café que beben los hombres de verdad, yo no iba a ser menos -Se rió. Golpeó el periódico contra la mesa e hizo un gesto de satisfacción con el rostro, autoafirmándose- Esos palurdos de los policías no podrán entender mi genialidad. Cada uno de mis asesinatos tiene truco ¡Tan maligno! ¡Tan perverso! Soy tan terrible que me encanto. Pero ahora no es momento de eso, vamos a ir a por la siguiente víctima.
Tardó apenas cinco minutos en arreglarse y bajar a brincos los tres pisos de escaleras que le separaban del suelo firme en la calle. En su paseo andaba a zancadas titánicas, acorde con su delgaducha y espigada figura, que, de alguna manera, conseguía imponerse sobre el resto de mortales. No dirigía su mirada hacia ningún punto, ni siquiera al frente; en su lugar, estaba centrado en su monólogo interior, agasajándose a sí mismo hasta que llegó al parque; entonces sus pasos descendieron la velocidad. El movimiento que hacía al andar era el de una gallina, pero con aires de grandeza. No podía evitar mover la cabeza hacia delante y hacia atrás, parecía ser algo natural en el, arraigado tan dentro de sí que lo más que podía hacer para solventarlo era disimularlo discretamente, exagerando otros gestos. Sé sentó en el banco, justo en el mismo centro, con las piernas cruzadas y la espalda severamente reclinada sobre el respaldo, pasando uno de sus brazos detrás de este. Con el otro sacó el libro que había estado llevando en la parte trasera de su bolsillo y se dispuso a leer
- ¡Vaya, vaya, vaya, Hércules Poirot, a ese asesino podrás descubrirle, pero conmigo sería otro cantar!
Entonces cavilaba, y lo hacía con intensidad. Llegaba un punto en el que la novela se hacía realidad, o en el que la realidad se hacía novela porque todo se mezclaba en una nebulosa mental y, como él decía, salía el "diablillo desvencíjate" y comenzaba a arrasar con todo. Personas, objetos, animales, niños (porque no los consideraba personas, sólo un proyecto de ello). En sus reflexiones, se levantaba y comenzaba a divagar. Se puso los guantes de algodón, que siempre llevaba consigo, y cogió del suelo una rama fina de sauce llorón, que se había desprendido por seca y débil, y la vio como una barra de metal. Desató el pañuelo que llevaba al cuello y con él se cubrió la boca y la nariz. Miró alrededor. Buscó una víctima.
A lo lejos divisó un señor mayor sentado en un banco, hablando afablemente con su nietecita, que jugaba en la arena; cargando todo el peso hacia delante, sobre su bastón. Estaba decidido. Reclinó el cuerpo en posición de sprint y aún con sus mocasines, realizó una buena marca hacia su objetivo.
-¡Hi'o puta, deha a la shica en pah que t'arreo! -Gritó el anciano cuando vio al hombre tratar de darle a su nieta con la rama.
En realidade, no le estaba haciendo daño a la niña, aunque en su cabeza todo era sangre. Qué era una niña contra un hombre; qué era un loco contra el anciano; qué era una rama endeble contra el bastón de madera de ébano y cabeza de cerámica. Un golpe en las costillas, otro en la pierna.
- ¡L'crío la mierda, pegándole a mi niña... Pero será imbécil ¡Voy a llamar a la policía! -Mascullaba el abuelo mientras cogía de la mano a la pequeña y se la llevaba.
Y se levantó sin más. “El dolor está en la mente.” Se decía, quitándose el polvo de la ropa, con las piernas temblorosas cual corzo recién parido. Miró al suelo y vio que no había sangre
- ¡Qué hábil soy sin quererlo, tal, es la costumbre de eliminar las pruebas que la sangre ya la he limpiado! ¡Sin darme cuenta! Eso explica la breve siesta que me acabo de echar. -Se guardó el pañuelo y los guantes, se recolocó la camisa dentro de los pantalones y continuó su jornada como si nada hubiese pasado.
Desde una cafetería cercana divisó cómo la policía llegaba al lugar. Le sorprendía que el anciano hubiese llamado verdaderamente a los agentes, al fin y al cabo dudaba de que le hubiese visto la cara. Los dos hombres uniformados estudiaban la escena a desgana, pero persistentemente bajo su atenta mirada. En un momento concreto, uno de ellos se giró hacia su posición. Creyó que sus miradas se chocaron. Se sentía al resguardo tras el logo de la cafetería, pintado en el cristal que los separaba. En ese mismo momento sabía que se había encontrado con aquella persona.
Aquella persona que sería su némesis.
Vio que ambos policías conversaban y se dirigían hacia el mismo lugar donde él se encontraba.
«No puede ser, es imposible que me hayan pillado, no he dejado pruebas, no se me ha visto la cara, sólo está el cadáver. Sólo está el cadáver» Los agentes entraron por la puerta haciendo sonar un cascabel que pendía sobre esta «A ver, respira. Inhala, exhala, inhala, exhala» Se acercaron al mostrador. Una chica bajita y rubia les daba la bienvenida; mientras, él había comenzado a hiperventilar levemente, tratando de ocultarlo con todas sus fuerzas. Se sentaron en la barra, a espalda suya, su pequeño ataque de pánico separó de repente «Oh. Ohhh. Sólo era eso, están en su descanso» Una sonrisa siniestra en forma de "v" le alzó las mejillas en su rostro naturalmente enjuto y luego la cambió por una más hipócrita, de gesto afable. Se levantó y se dirigió a la barra
- Cóbreme señorita.
- Por supuesto -Respondió ella con un gesto amable grapado en la cara mientras le pasaba la factura- Gracias por su visita, esperamos volver a verle pronto -Pronunció de manera automática.
El no respondió mientras dejaba el dinero en el mostrador. Se despidió de la camarera con un ligero asentir y se giró. Del uniforme colgaba una pequeña placa con su nombre: José Gutiérrez.
- Tengan un buen día agentes -Declaró en voz alta.
 - Usted también -Contestaron al unísono- ...Espere un momento -Le detuvo Gutiérrez.
Al girarse pudo estudiar sus facciones. Le sacaba una cabeza de altura y su complexión equivaldría a dos veces la suya. Tenía los ojos claros y el pelo castaño repeinado hacia un lado, cubierto por la gorra reglamentaria.
-¿En que puedo ayudarle?
-¿No habrá visto usted por casualidad a alguna persona sospechosa por aquí? En el parque.
-No, siento no poder ayudarles. Buen día -Y según acabó de hablar, se dio la vuelta con elegancia y se marchó.
Al llegar a su casa, se sentó en un butacón de color marrón colocado justo al lado de la ventana y al que hacía compañía una pequeña y elegante mesa auxiliar. Sobre esta descansaba un grueso tomo de tapa dura. Se despojó de todos los objetos que podía tener encima y se sentó en el butacón a leer. Mientras recorría con la vista las palabras impresas e imaginaba la situación, para sí mismo se iba dictando qué hubiese hecho él para eliminar las pruebas, o el cadáver, para que no le incriminasen. Consideraba esto una práctica muy lúdica gracias a la cual había logrado crear planes "de crimen perfecto" como a él le gustaba llamarlos. Sentía en su occipital el movimiento de un cúmulo de sensaciones que constantemente le recordaban que aquello que creía hacer no era verdad, pero las voces de su ego trataban de aplacar esa sensación. Había perdido el hilo de lo que estaba leyendo, ahora perdido en su reflexión, mientras pasaba las páginas. «Si no me tomo esto en serio» Se escarmentaba «tampoco mi némesis me tomará en serio. Tengo que dejar de pretender. Tengo que tomármelo en serio. El personaje de mis novelas ha de nacer mejor, más letal, más efectivo e implacable. Quiero que ése policía se quiebre la cabeza para dar conmigo y que acabe en el foso más profundo de la desesperación. ¡Voy a hacerlo. Voy a cometer el asesinato perfecto!».
Desde ese momento, se dedicó a recoger, a lo largo de una semana, los materiales que utilizaría. Tomó especial cuidado en ir a comprar los objetos en diferentes puntos de la ciudad, algunos cerca de su casa, algunos lejos, casi en el suburbio. Meditó concienzudamente cómo sería el tipo de persona que habría de ser la mejor víctima y localizó en sus paseos matinales un buen emplazamiento, ni muy lejano, ni muy cercano a lugares relacionados con él. Aquel mismo sábado lo tenía todo listo.
Estaba en la calle sintiendo el fresco de aquella noche estival en las mejillas. La gran mayoría de la gente se concentraba en el interior de los bares y discotecas, que lanzaban a la calle las potentes ondas sonoras de sus bafles en oleadas rítmicas. Él se encontraba agazapado, oculto detrás de la columna adosada a la entrada de una tienda de alta gama. De la carretera, le ocultaban tres contenedores de reciclaje y se sentía amparado por las sombras. Justo en frente de él, se encontraba una pequeña galería comercial cuyas tiendas ahora se encontraban bajo la vaga iluminación de las escasas farolas que poseía. Escuchó pasos a sus espaldas y sintió una emoción indescriptible. Alargó un pequeño espejo, lo suficiente como para ver quién se aproximaba. Una vez estuvo seguro, se sacó de la chaqueta un cordel de unos dos centímetros de grosor y se enrolló un extremo en cada mano, sujetando fuertemente el material. Podía escuchar a la persona muy cerca, casi percibir el hedor a alcohol en su aliento.
Un sólo movimiento ágil y lo arrastró a su lado, colocándolo en la esquina que hacía la columna contra la pared.
- Grita todo lo que quieras, no te va a oír nadie.
El cuerpo que se retorcía bajo el suyo propio era el de un adolescente aún más delgado que él. Su fuerza no tenía parangón con la suya, y todos sus esfuerzos se centraban en intentar gritar y separar la cuerda que apresaba su cuello. Sin reducir la fuerza que ejercía, su mente se eludió de la realidad y comenzó a divagar. El muchacho cayó inconsciente al suelo cuando lo liberó, mirando un punto fijo en la carretera. Se escondió la cuerda de nuevo y dejó al chaval allí tendido. Según avanzaba sentía que aquellos que salían de los bares iban a por él. Sus caras distorsionadas eran aquellas de un monstruo, con las fauces abiertas y babeantes. Huyó al resguardo de una discoteca.
En el interior de esta se estaba celebrando alguna clase dé fiesta. La gente bailaba al ritmo de la música que pinchaban varios artistas en un escenario flanqueado por dos enormes objetos hinchables que representaban el logo del local. El aire estaba viciado por el sudor, el alcohol y el ritmo aplastante que llegaba hasta los huesos. Esto fue el cénit de su fantasía cohibida, acercándose a uno de los mastodónticos globos, que temblaba hacia delante de manera amenazadora. Sacó una navaja y lo rajó con una incisión certera que le transportó a una distancia lejana con un tremendo estruendo. La música paró y todos parecían confusos. Se logró escurrir hasta la salida, de nuevo consciente de si mismo, con la camiseta pegada al cuerpo y la cabeza latiendo de manera dolorosa. En ese momento se acercó al lugar donde había dejado al adolescente, pero estaba vacío.
Al llegar a su casa se sirvió una taza de té y continuó hojeando sus novelas mientras bebía el líquido refinadamente. Meditaba con el ceño fruncido.
A la mañana siguiente se dirigió hacia el lugar del que había huido el día anterior. Dos coches de policía bloqueaban el acceso a la carretera, pero se podía continuar si se andaba por la acera. Había unas cuantas personas, entre ellas, el chaval al que había atacado, que hablaba con los agentes. Pudo reconocer a José Gutiérrez entre ellos. Al parecer, le habían escuchado aproximarse y se giraron todos al unísono. Los agentes tornaron a caballeros que le miraban de manera acusadora a través del yelmo
- Lo siento pero no puede acceder a...- Dijo el agente Gutiérrez, mientras se aproximaba a él. La libreta que sujetaba y el bolígrafo con el que apuntaba las cosas se convirtieron en un escudo y una lanza decorados con una blanquísima luna creciente. Sintió la sangre hervir al ver al muchacho y un sabor amargo mientras que el agente le instaba a irse. Se marchó corriendo. Lo que había probado era la derrota.
Un mes tras este suceso, se había visto postrado en la cama de un hospital tras que en el último mes dejase de comer, concluyendo en un desastroso desmayo en la calle. En su brazo había un gotero, en su mesilla, una pila de novelas que le había traído un viejo amigo suyo «Para que no te aburras» le dijo en su momento. Ni siquiera las había tocado. Regresó a ser el hombre racional en sí. No por la derrota, sino por el miedo. «Todo ha sido un producto de mi imaginación. Yo no he hecho nada. No pueden venir a por mi. No soy el mejor asesino en serie de la historia, no le he hecho daño a nadie». Repitiendo estas palabras, se recostó.
- Mi mayor enemigo fueron las novelas, y yo mismo.

María Teresa Cabañero Castillo
PREMIO RECREA TU QUIJOTE IES OCTAVIO CUARTERO 2016 CATEGORÍA BACHILLERATO

martes, 15 de marzo de 2016

ME GUSTARÍA SABER...

—¿Sí? —Agatha lo animó con una sonrisa.
—Bueno, verá, he leído El Misterioso Caso de Styles y El Asesinato de Roger Ackroyd —confesó al fin Lloyd—, y me han encantado. Pero me inquieta acompañar en una excursión a la dama capaz de idear asesinatos semejantes. ¿De dónde saca usted esas ideas?
Agatha rompió a reír y tardó bastante en recomponerse para responder.
—Si piensa que soy capaz de matar a alguien, está equivocado —aclaró—. Es un género literario, nada más.
—Pero ¿en qué se inspira?
—Bueno, la verdad es que todo se debió a un reto que me planteó mi hermana Margaret —explicó—. Ella escribía muy bien y me desafió a escribir una novela policiaca porque sabía que me gustaba el género.
—¿En serio?
—Sí. Cuando era niña, Madge, como yo la llamo familiarmente, me habló por vez primera de las historias de Sherlock Holmes. Gracias a ella leí La Aventura del Carbunclo Azul, que siempre ha sido mi preferida junto a Las Cinco Semillas de Naranja y La Liga de los Hombres Pelirrojos. —Agatha se abstrajo durante unos segundos evocando aquellos días lejanos en los que devoraba los relatos escritos por Arthur Conan Doyle—. El caso es que durante la guerra trabajé en el hospital de Torquay y me destinaron al dispensario. Allí, entre tantos venenos, se me ocurrió la primera novela.
—¿Y Poirot?, ¿cómo se le ocurrió un tipo semejante? Le confieso que en ocasiones me resulta odioso —se sinceró Lloyd.
Agatha sonrió.
—No crea que es el tipo de hombre con quien me gustaría compartir la vida —confesó—. Pero como yo estaba tan influenciada por Sherlock, a quien considero sinceramente el más grande de todos los detectives de novela, me entregué a la tarea de inventar uno de mi propia cosecha. Tenía que ser muy diferente a Holmes, para que nadie pensara que copiaba a sir Arthur Conan Doyle. Pero cedí a la tentación de permitir que tuviera un amigo que sirviera de narrador de las historias.
—El capitán Hastings —dijo Lloyd, animado.
Agatha asintió.
—Aunque no tengo claro qué hacer con él —admitió—. No creo que en el futuro aparezca siempre junto a Poirot, al contrario que Watson con Sherlock.
—¿Y por qué un belga? (…)
—Me inspiré en los refugiados belgas que habían huido de su país por la guerra y se instalaron en Torquay. Casi siempre una se inspira en personas que conoce. Había un grupo abundante de belgas asentados en la parroquia de Tor y la gente se volcó con ellos proporcionándoles muebles y enseres para que se sintieran cómodos.
—Lo mismo aparezco yo un día en uno de sus libros —aventuró el médico. Parecía encantado con la idea.
—Nunca se sabe —deslizó Agatha, socarrona.
—Espero no servir para dar vida a un asesino.
—Nunca se sabe —repitió la escritora, irónica.
El doctor alzó una ceja y adoptó una expresión verdaderamente divertida. Llevaba los cabellos pelirrojos despeinados y la brisa y el sol habían enrojecido, más que bronceado, su piel blanca moteada de pecas.
—¿De manera que los personajes no son exactamente fruto de su imaginación, sino que se basa en personas que se cruzan en su camino?
—Bueno, no siempre es así —precisó Agatha—. Pero, para que se haga una idea, me pasé bastante tiempo imaginando cómo sería el asesino de El misterioso caso de Styles. Me parecía que debía ser un tipo aterrador, tal vez con barba negra, un detalle que, no sé por qué motivo, me parecía entonces terriblemente siniestro. Y se dio la casualidad de que no hacía mucho tiempo que se había instalado cerca de Ashfield un matrimonio formado por un hombre que lucía una abundante barba negra y su rica esposa, mayor que él.
—¡Los señores Inglethorp! —Se maravilló el doctor, recordando el apellido de dos de los personajes principales de la ópera prima de Agatha.
—No del todo, no se crea —matizó Agatha—. Cualquiera que conociera a mi vecino se daría cuenta de que era incapaz de matar a una mosca. De modo que decidí que no se puede uno basar en personas que conozcas, sino más bien en modelos que te encuentras casualmente en el tren o en un autobús, como así ocurrió con mi asesino.
—¿Bromea?
—En absoluto. Realmente, sucedió que un día, en el tranvía, observé a un hombre de barba negra sentado junto a una dama de edad avanzada y supe que acababa de encontrar al asesino que buscaba. En cambio ella no me satisfacía. Pero un poco más lejos ocupaba otro asiento una mujer voluminosa que hablaba en voz alta sobre los bulbos de primavera y decidí incorporarla a mi futuro elenco de personajes. A la charlatana le adjudiqué un papel secundario; tal vez, pensé entonces, podría ser una acompañante o una pariente lejana. Y así, poco a poco, fueron naciendo todos, porque necesitaba a unos cuantos para que hubiera muchos sospechosos. (…)
—¿Y cómo se le ocurrió la genial idea de que el narrador de la historia fuera en realidad el asesino? Fue un final increíble.
—Me temo que la idea no fue mía —reveló—. Realmente nació a partir de un comentario que, con muy mala uva, un día escuché a mi cuñado James. A su juicio, resulta monótono que en las novelas de detectives haya muchos sospechosos, y que lo que a él le resultaría realmente sorprendente sería que el narrador, que el mismísimo Watson de aquella historia, fuera el verdadero criminal.
—Increíble —opinó el doctor, fascinado.
—El problema residía en que yo veía incapaz de cometer un asesinato al pobre capitán Hastings. Si me atrevía con una historia así, el narrador debía ser otra persona.
—Menudo pájaro el doctor Sheppard —juzgó el doctor.
—¿Y qué le parece el personaje de su hermana? —sondeó Agatha.
—¿La cotilla? Un personaje odioso, la típica solterona que hay en todos los pueblos, que todo lo sabe y todo lo oye. —Miró intrigado a la escritora—. ¿Por qué lo pregunta?
—Porque estoy dándole vueltas a una idea para el futuro. ¿Cree que tendría gancho una viejecita metomentodo capaz de desenmascarar a criminales?

Mariano F. Urresti, Agatha Escribía con Sangre

lunes, 22 de septiembre de 2014

CAFÉ SOLO

Sir Claud Amory ha descubierto la fórmula de un nuevo y poderoso explosivo, que es robada por alguno de los numerosos huéspedes y familiares hospedados en su casa. Después de encerrar a todo el mundo en la biblioteca, sir Claud apaga la luz para permitir al ladrón devolver el botín, sin acusar a nadie. Pero, al encenderse la luz, sir Claud yace muerto, y será tarea de Hercules Poirot el desentrañar la red de disputas familiares, viejas querellas y extraños sospechosos para encontrar al asesino y prevenir una catástrofe mayor.

La obra de teatro «Café Negro» fue estrenada inicialmente en 1930. Se trata de la primera pieza que Agatha Christie escribió para el teatro, pieza que lanzó a Agatha en una exitosa segunda carrera como dramaturga, y de la que Charles Osborne hizo esta interesante novelización en 1998.

Como en todas las obras de la autora la estructura está bastante clara, tenemos una primera parte en la que se presentan todos los personajes que intervienen en la novela, se detallan las relaciones que existen entre ellos y las razones que podrían tener todos para matar a uno de ellos.

Una vez se ha producido el fatal suceso es cuando interviene el detective(en esta ocasión es llamado antes pero no llega a tiempo para evitar el crimen), la investigación de Poirot suele ser muy rigurosa y con frecuencia suele observar cosas que a los demás se le pasan. Aquí habría que añadir que dentro de las investigaciones que se detallan en las novelas de la autora nos encontramos en las del subtipo interrogatorio persona a persona (como en el caso de Cinco Cerditos) en las que Poirot está presente en casi toda la novela (hay otras en las que no interviene en muchos capítulos)

El desenlace viene con la solución del crimen, aquí nos encontramos con otra novedad ya que no es la típica escena en la que Poirot reune a todos para dar la solución.

jueves, 11 de septiembre de 2014

LOS CRÍMENES DEL MONOGRAMA

RENACE HERCULES POIROT

Tras conquistar a más de dos billones de lectores, Monsieur Poirot, personaje estrella de la escritora británica Agatha Christie, renace de las cenizas para seguir resolviendo crímenes. Sophie Hannah será ahora la encargada de dar vida al detective literario en un nuevo relato de crimen y suspense.

Ágatha Christie escribió su primer libro en 1920 con el título "El Misterioso Caso De Styles". En él, dio vida por primera vez al detective Hercules Poirot, personaje principal de la mayoría de sus novelas posteriores. Así, este hombrecillo de enorme bigote quedaba retratado como un exoficial de la policía belga refugiado en Gran Bretaña tras la invasión alemana en Bélgica. Desde entonces hasta mitad de los 70, la escritora británica no dejó de escribir novelas, y en su mayoría con el género de suspense de por medio. En 1975 la escritora acababa con la vida de Poirot en "Telón", en la que resolvería su último caso. 

Meses después de la publicación de esta obra, fallecía también su autora poniendo fin a una amplia carrera literaria cargada de misterio e intriga.

Ahora, casi 40 años más tarde, renace el famoso personaje creado por Christie para volver a resolver crímenes enigmáticos. Esta vez será de la mano de la escritora inglesa, Sophie Hannah, en la que se podrán leer las nuevas aventuras bajo el título "Los crímenes del monograma", cuyo argumento es el siguiente:

Londres, 1929. Hércules Poirot está cenando en el café Pleasant cuando una mujer irrumpe en el local y le confía que alguien está a punto de matarla. Le ruega que no investigue, pues con su muerte, dice, se habrá hecho justicia. Unas horas más tarde, tres personas son asesinadas en un elegante hotel londinense. Poirot no puede evitar involucrarse en el caso, pero, mientras él se esfuerza en ordenar todas las piezas, el asesino se prepara para volver a matar.

"La idea de Sophie para la trama era tan adictiva y su pasión por el trabajo de mi abuela tan fuerte que tuvimos la certeza de que había llegado el momento de escribir una nueva Christie", afirma Mathew Prichard, director de Agatha Christie Limited y nieto de Agatha Christie.

En el siguiente vídeo autores como Blue Jeans, Javier Sierra, Lorenzo Silva o Maruja Torres nos dan su visión sobre Agatha Christie,



Sugerente el siguiente vídeo sobre la portada: