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martes, 19 de abril de 2016

ALGUNAS RAZONES


Durante los catorce años que he tardado en pasar el Quijote de su castellano original al nuestro, me he acordado a menudo de la Institución Libre de Enseñanza y de las Misiones Pedagógicas. Los días que resultaba una tarea demasiado quijotesca, me decía por alentarme algo: «Ánimo, esto es lo que habría querido don Francisco Giner, en esto trabajaron las Misiones Pedagógicas; alguien ha de devolver a tantos lectores lo que es suyo, la savia y espíritu no sólo de la literatura, sino de nuestra propia vida». Y recordaba a una gran parte de esos lectores, españoles e hispanohablantes, que, a diferencia de los de cualquier otra lengua a la que esté traducido, no han podido leer el Quijote, obligados a hacerlo en un castellano del siglo XVII que ni hablamos ni a menudo entendemos cuando lo leemos. «Cuántos de esos lectores –me decía también– habrán empezado su lectura una y mil veces, y para cuántos el mismo Quijote ha sido uno de esos molinos de viento cuyas aspas, quiero decir, cuyos hipérbatos, tiempos verbales y léxico arcaicos los descabalgan en cuanto se le acercan, rematándolos luego con alevosía las cuchilladas de mil notas a veces enfadosas y poco claras».

(…)

El sino del Quijote es haber sido, desde su origen, un libro traducido. Cervantes cedió a un proscrito, a un autor arábigo, Cide Hamete, la gloria de escribirlo, y le pidió a otro que encontró en el alcaná de Toledo que lo tradujera «a nuestro vulgar castellano». Vulgar no por zafio, sino por hablarlo la gente, el vulgo, en una época en la que el vulgo tampoco era vulgar, o al menos como lo es ahora. Y a eso vamos, a que ha habido que traerlo de aquel «castellano vulgar» al de ahora, acaso no tan expresivo como el de Cervantes, pero con el que hemos de vérnoslas para decir lo nuestro como él dijo lo suyo.
¿Hablamos aún la lengua de Cervantes? Sí y no. Por suerte estamos mucho más cerca de ella que un griego actual del de la Ilíada, o que lo están del latín, del que proceden, las lenguas romances. Pero en estos cuatro siglos el idioma español, siempre vivo, se ha movido, y ese ha sido precisamente uno de los escollos de mi trabajo, enfrentarme al deslizamiento de significado de no pocas palabras, tiempos verbales y giros.
Ejemplo de esas palabras es discreto, en época de Cervantes juicioso, inteligente, agudo, prudente, sagaz, y también discreto. El lector de entonces sabía interpretarla, acentuarla, diríamos, conforme al contexto, de una manera o de otra, y lo mismo ocurre con muchas más que usamos en sentido muy distinto (liberal o puntual, por ejemplo). Algunas incluso ni siquiera existían en tiempos de Cervantes y una errata en el Quijote, libro sobre el que se estableció la norma de nuestra lengua, les dio carta de naturaleza; fue el caso de lercha, que pese a la oportuna restitución de Francisco Rico como percha, aquí sigue apareciendo como lercha, usada desde entonces, porque después de cuatro siglos esta palabra se ha ganado el indulto, siquiera como fantasma del majestuoso castillo que es el Quijote.
Los tiempos verbales, principalmente los subjuntivos, hoy desusados en buena medida, no son tampoco trabas menores que tiene que sortear un lector actual, al igual que el empleo de las preposiciones o el de un hipérbaton que tanto tiene de laberinto para nosotros. En cuanto al infinito número de refranes, giros y locuciones populares, en buena parte olvidados, siguen y seguirán siendo fuente de eternas controversias.
Yo sé que es muy difícil poner el Quijote en castellano actual al gusto de todos sus lectores, porque cada uno de nosotros trae un Quijote y un castellano propios en la cabeza. Si me hubiera sido posible, habría tenido en cuenta la opinión de todos, porque pensar que sólo yo iba a tener las soluciones más atinadas sería de tontos. Por eso mismo no es una tarea que pueda acabarse nunca. Cuántas vueltas habré dado a muchos pasajes de este libro, cuántas lo habré reescrito. Durante unos meses tal o cual frase me parecía bien de una forma, pero tras consulta con dos o tres amigos, acababa cambiándola y, pasado el tiempo, la volvía a cambiar. Sólo sus doce primeras palabras, esas que se saben de memoria incluso los que no han leído el Quijote («En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme»), siguen tal cual, y si he vencido la tentación de traducir, como debiera, lugar por pueblo o aldea, o no quiero por no llego a, ha sido sólo por comprender que en ese comienzo memorable, como en el Partenón, está excusado cualquier arreglo.
El Quijote es, como tantos clásicos, más un libro estudiado que leído, pero si queremos que vuelva a ser una historia leída como lo fue en su tiempo («porque es tan clara que no hay nada en ella que resulte difícil: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran», dice el bachiller Sansón Carrasco), ha de tenerse muy en cuenta a quienes la han estudiado y editado concienzudamente. Sin ellos no es probable que nadie hubiera podido entenderlo cabalmente. Yo he tenido presentes unas cuantas ediciones, como es natural; citaré sólo tres: Hartzenbusch (una especie de Sherlock Holmes dotado de un finísimo instinto), Rodríguez Marín (monumental siempre) y Rico (que tanto ha hecho para fijar el texto original). Aunque a veces no haya podido seguirla todo al pie de la letra que me habría gustado, ha sido la de este último la que me ha servido de pauta.
Los estudiosos del Quijote se han debatido siempre entre estos dos extremos: lo que está escrito (conforme a lo que se publicó en las principes y ediciones significativas) y lo que pudo haber querido decir Cervantes.
Esto último no es fácil de dilucidar en nadie; en Cervantes, menos que en ningún otro.
El Quijote es una novela tan hablada como escrita, y aunque a menudo lo primero que se marchita sea el habla, no invalida aquel «quien escribe como se habla irá más lejos y será más hablado en lo porvenir que quien escribe como se escribe», que decía Juan Ramón y que le viene a Cervantes como anillo al dedo. De modo que traducir el Quijote es devolverlo al habla nuestra, en la medida de lo posible, tratando de que vuelva a ser un libro tan hablado como escrito.
En la imprenta en la que entra don Quijote en Barcelona, le es presentado alguien que acaba de traducir un libro del italiano, y don Quijote cruza con él unas palabras, para acabar diciéndole «Traducir de una lengua a otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que aunque se ven las figuras, están llenas de hilos que las oscurecen y no se ven con la claridad y color del derecho; y traducir de lenguas fáciles ni requiere ingenio ni buen estilo, como no lo requiere el que copia ni el que calca un papel de otro papel. Y no por esto estoy diciendo que no sea loable este ejercicio de traducir, porque en otras cosas peores se podría ocupar el hombre que le trajesen menos provecho».
En esto último lleva razón, siempre hay cosas peores. Lo otro, el propio don Quijote se encarga de matizarlo dos o tres líneas después.
Ni que decir tiene que yo he dado a la lengua de Cervantes, a tenor de la dificultad de entenderla muchas veces, el tratamiento de una de las lenguas reinas. Quien pueda leer el Quijote en la suya original, a costa incluso de un pequeño esfuerzo, debe hacerlo. Le esperan sutilísimos matices, palabras y giros arcaicos con su sabor genuino y complejos usos verbales y modulaciones y fraseos que no podrá apreciar quien haya de leerlo en otro idioma. Por suerte, nuestro castellano es el más próximo al de Cervantes, y eso nos permite quedarnos muy cerca de él, sin tener que ir a las Chimbambas, adonde ha visto uno que han tenido que irse todas las traducciones para hacerlo inteligible, a costa, claro, de la fidelidad y de su embrujo. Pero si queremos seguir hablando la lengua de Cervantes, es necesario hacer que don Quijote hable nuestra lengua.
Aunque esta no es la traducción de un filólogo, he procurado respetar el original, si no como un filólogo, al menos como un poeta. Quién sabe si alguno de mis vislumbres puedan servirle a alguien. Nada me gustaría tanto. El Quijote es una gran partitura en la que cada lector interpreta, y eso ha hecho uno, con el mayor respeto, desde luego: poner en ella mis propias cadencias.

(…)

¿Los criterios de esta traducción? Ni son pocos, ni es sencillo exponerlos, ni probablemente interesen mucho. El principal ha sido siempre el de detenerse a tiempo. Habrá quienes se pregunten: ¿por qué ha traducido tal palabra o giro, y no tales otros; por qué aquí, y no allí? Por expresarlo al gusto de Cervantes, buen conocedor de naipes: en una traducción se corre siempre el riesgo de las siete y media, o te pasas o no llegas.
Los lectores en los que he pensado mientras traducía este libro se parecen mucho a esos que vemos en el metro, abismados en la lectura, como don Quijote en las suyas, de lo que puede ser el último best seller, un libro de aventuras o un tomo de En busca del tiempo perdido. Todos ellos tienen derecho a leer el Quijote de la misma manera fluida y sin tropiezos. ¿Cómo proceder entonces? He procurado hacerlo con tiento y de una manera orgánica, atendiendo al instinto cuando no había nada más fiable a mano. De ahí que no sea en absoluto infrecuente que una misma palabra (nos hemos referido a discreto, pero hay muchos más casos: ciencia, razones, voluntad, cojín, sabio, huésped, admirar, humor, mohíno, correrse, excusar...) haya sido traducida de manera distinta según el pasaje, mientras otras han quedado sin traducir por intraducibles (busilis), o por significativas (esos fechos y fazañas que siguen en boca de don Quijote por contribuir con ello a conservar los rasgos trasnochados del personaje), o por específicas (ferreruelo, saboyana), como específicas son cabrestante o jarcia en una novela de Salgari, Stevenson o Conrad. Para refranes, interjecciones y dichos ha hecho uno lo que todos los traductores del Quijote, buscar equivalencias vivas («pedir cotufas en el golfo», cuyo sentido pocos conocen ya, ha pasado a refranes en uso, «pedir peras al olmo» y «naranjas de la China») o tantear una reconstrucción aproximada («castígame mi madre y yo trómpogelas», tan hermético, ha quedado en «ríñeme mi madre, por un oído me entra y por otro me sale»).
Algunas veces, también, se han corregido errores del autor o de los impresores, no la famosa pifia del rucio, sino minucias que Cervantes habría corregido de haber tenido sosiego, ganas y tiempo. Si dice él, en un desliz tan patente como insignificante, que «la primavera sigue al verano», ¿por qué no poner «a la primavera sigue el verano», saltándose el exceso de celo?; y si se dice que ha sido don Quijote quien ha dicho lo que dijo Sancho, ¿por qué no hacer que cada cual diga lo que dijo?
En cambio he dejado algunos «entró dentro», «salió fuera», «se apartó a una parte» o «los sucesos que allí me han sucedido», y unos pocos de esos «descuidos» que, a juicio de los entendidos, le afean tantísimo el estilo a Cervantes. ¿Por qué conservarlos? Por recordar a todos aquellos que ponen tanta ilusión en descubrírselos y afeárselos a los escritores de ahora que de menos nos hizo Dios.
Decía al principio de este prólogo que me había acordado muchas veces de los viejos institucionistas y de los jóvenes de las Misiones Pedagógicas que llevaban, en un camión, por los pueblos de la España republicana, las copias del Museo del Prado. No eran las pinturas originales, pero sirvieron para que muchas gentes conocieran por primera vez lo mejor de nuestra cultura y lo más noble del espíritu humano. Quiero creer que miles de lectores podrán venir por fin a encontrarse en este libro con el talante libérrimo y valiente de don Quijote, la socarronería y buen juicio de Sancho, la compasión con la que Cervantes miraba a todo el mundo y la discreción con la que todos ellos tratan de mejorarse y mejorarnos.
Es posible también que algunos pocos que presumen de leer el Quijote «en su prístino estado» encuentren que aquí se rebaja el original, y traten ellos de rebajar este sin resignarse a compartir con todo el mundo una finca, quiero decir un libro, que acaso creían de su exclusiva propiedad. «Felizmente ponen en duda cuál es la traducción o cuál el original», dice don Quijote en aquella imprenta barcelonesa de ciertas traducciones de Cristóbal de Figueroa y Juan de Jáuregui. Algo me dice, sin embargo, que a los descontentadizos también les habría disgustado la traducción de este libro hecha por el mismísimo Cervantes, y se la hubieran leído con una lupa en una mano y la cimitarra de cortar pelos en tres en la otra.
Toca ya a su término este prólogo, pero no quiero dejarlo sin decirte esto. En el episodio de las aceñas o molinos de río, en el que una vez más don Quijote acaba no sólo molido sino pasado por agua, el de la Triste Figura dice para sus adentros: «¡Basta! Convencer aquí a esta canalla de que por ruegos hagan algo virtuoso será predicar en el desierto. Y en esta aventura se deben de haber encontrado dos valientes encantadores, y el uno estorba lo que el otro intenta: el uno me deparó el barco, y el otro hizo que me atravesara. ¡Dios lo remedie!, que todo este mundo son intrigas y apariencias, contrarias unas de otras». A continuación Cervantes le hace decir a don Quijote: «Yo no puedo más». Es evidente que lo que don Quijote quería decir, y a Cervantes se le pasó por alto, era esto otro, bien diferente: «Yo más no puedo».
Sólo por esa restitución doy por bien empleados estos catorce años de trabajo, que cierro también con un «yo más no puedo», contento y deseando se le den a uno alabanzas no por lo que tradujo, sino por lo que he dejado de traducir.

Andrés Trapiello

jueves, 10 de septiembre de 2015

EN UN LUGAR DE LA MANCHA (VERSIONES CURIOSAS)

En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía no hace mucho tiempo una hidalgo de los de lanza en astillero, escudo antiguo, rocín flaco y galgo corredor. En su casa se comía más vaca que carnero, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes y algún palomino los domingos.

Sí, ya sé que es el comienzo del Quijote, pero ultimamente han caído en mis manos dos versiones distintas, una de ellas bastante curiosa.

Vayamos primero con la más reciente, la de Trapiello, que ha actualizado el texto de Cervantes:

CAPÍTULO PRIMERO

QUE TRATA DE LA CONDICIÓN Y COSTUMBRES DEL FAMOSO Y VALIENTE HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía no hace mucho un hidalgo de los de lanza ya olvidada, escudo antiguo, rocín flaco y galgo corredor. Consumían tres partes de su hacienda una olla con algo más de vaca que carnero, ropa vieja casi todas las noches, huevos con torreznos los sábados, lentejas los viernes y algún palomino de añadidura los domingos.
                
Pero la curiosa, curiosa de verdad, y un tanto delirante es la siguiente versión en latín macarrónico de Ignacio Calvo

CAPITULUM PRIMERUM

In isto capítulo tratatur de qua casta pajarorum erat dóminus Quijotus et de cosis in quibus matabat tempus.

In uno lugare manchego, pro cujus nómine non volo calentare cascos, vivebat facit paucum tempus, quidam fidalgus de his qui habent lanzam in astillerum, adargam antiquam, rocinum flacum et perrum galgum, qui currebat sicut ánima quae llevatur a diábolo. Manducatoria sua consistebat in unam ollam cum pizca más ex vaca quam ex carnero, et in unum ágilis-mógilis qui llamabatur salpiconem, qui erat cena ordinaria, exceptis diebus de viernes quae cambiabatur in lentéjibus et diebus dominguis in quibus talis homo chupabatur unum palominum.

Si alguien quiere saber algo más sobre esta versión, que no tiene desperdicio (¡para eso estudie cinco años latín en la Complutense!), podrá encontrar toda la información en el blog Las Lecturas de Mr. Davidmore.

domingo, 10 de mayo de 2015

LAS LOCURAS DE DON QUIJOTE

Se trata de un largometraje basado en la novelas de Cervantes, pero, intercaladas entre las secuencias de ficción, se encuentran partes documentales que buscan paralelismos o diferencias entre las páginas del Quijote y la aventurera vida del propio Miguel de Cervantes, lo que constituye, de hecho, una biografía del escritor a través de su propia obra. La película es un respetuoso acercamiento a la figura mítica de Don Quijote de la Mancha para ofrecer una mirada sobre el significado de este mito y los valores morales y universales de la obra de Cervantes a la luz de nuestro tiempo: el idealismo, la verdad, la constancia en la lucha contra las dificultades de la vida, la batalla del individuo contra la maquinaria del  imperio, etc...

El cineasta toledano Rafael Alcázar dirigió esta cinta coproducida por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha para conmemorar el IV Centenario de la publicación del Quijote. Las principales localizaciones se rodaron en lugares emblemáticos del universo cervantino, como Argamasilla de Alba, Campo de Criptana, Consuegra o las Lagunas de Ruidera. Entre los intérpretes destacan: Javier Albalá, Antonio Dechent, Ángel de Andrés López, Txema Blasco, Paula Echevarría

La historia de Don Quijote se ha ordenado en torno a cinco bloques temáticos: La locura de la amistad; La locura de la razón; La locura de la libertad; La locura del amor, y La locura de la aventura. Capítulos que se completan con un Prólogo y un Epílogo.

                Si consigues la cinta en formato DVD, entre el material complementario del DVD2 puedes encontrar:
  • Entrevista de unos 45 minutos con el escritor Andrés Trapiello en torno al mundo del Quijote y Miguel de Cervantes.
  • Entrevista de unos 35 minutos con el escritor y filósofo Fernando Savater exponiendo otra visión sobre los mismos temas.
  • Entrevista de unos 20 minutos con el doctor López Ibor en torno a la locura de Don Quijote.
  • Un amplio ÍNDICE TEMÁTICO con más de 70 entradas sobre las cuestiones principalmente debatidas del Quijote y Cervantes para uso en particular del ámbito educativo.
Hay que señalar que la mayoria de los objetos utilizados son antiguos de verdad y han salido de museos rurales de Castilla La Mancha: aperos de labranza, carros, monturas, grilletes, collares de los perros, vasijas, lámparas de aceite, cántaros, máquina para herrar caballerías, tambores, espadas, etc… Y cuando esto no ha sido posible se han reproducido artesanalmente con técnicas tradicionales y los mismos materiales. Este ha sido el caso de las lanzas de varas de fresno trabajadas ni demasiado verdes ni demasiado secas para asegurar la mejor resistencia conservando la flexibilidad. También son trabajos artesanales la jaula de Don Quijote atada con cuerdas viejas de esparto, el yelmo de Mambrino hecho a golpe de martillo mediante el llamado "vaciado" sobre un modelo antiguo de porcelana blanca... Incluso se ha transportado al set de rodaje un abrevadero antiguo de piedra, de una pieza, con un peso de varias toneladas. El pozo de la venta, aunque siendo una pieza levantada por el equipo de decoración, también se ha construido con técnicas y planos tradicionales. Todo esto confiere a la película un valor añadido documental muy especial. Casi toda la película puede muy bien considerarse una exposición de objetos y ambientes cervantinos.

lunes, 29 de diciembre de 2014

AL MORIR DON QUIJOTE

Un caluroso día de octubre de 1614 moría el señor Alonso Quijano, conocido como don Quijote de la Mancha, asistido por su sobrina y el ama y rodeado de sus amigos, y el mismo día, por la tarde, se le enterraba en presencia de todo el pueblo. La novela de don Quijote había llegado a su término, pero no así la de muchos a los que la vida increíble del ingenioso hidalgo había sacado de su previsible anonimato. Y si don Quijote había tenido su novela, también la tuvieron, muerto él y por haber trenzado sus vidas con la suya, Sancho Panza, Dulcinea, el ama, la sobrina, el bachiller Sansón Carrasco y cuantos quedaron marcados para siempre por la inagotable humanidad de quien fue tenido en su tiempo por el mayor y más gracioso de los locos.

Hace quinientos años empezó una historia que no ha terminado aún, porque las vidas, como las novelas, a un tiempo que propagan bajo tierra sus raíces, multiplican sus ramas hasta formar esta copiosa trama que llamamos vida, donde la realidad y la ficción a menudo no quieren decir lo que parece.

Andrés Trapiello emplea los primeros capítulos en la presentación de los personajes que rodearon a don Quijote y asistieron a su muerte. Se resumen episodios protagonizados por don Quijote en sus tres salidas. Toda rememoración viene avaladas por testigos que estuvieron presentes en las citadas aventuras (Sancho, el cura y el barbero) o en la vida diaria del hidalgo y su enloquecimiento (ama, sobrina) o por algún personaje que ha leído ya la primera parte con las dos primeras salidas de don Quijote (Sansón Carrasco).

Las principales novedades están en el secreto enamoramiento del ama, que no podía encontrar correspondencia en don Quijote, en el amor de la sobrina por el bachiller Carrasco, en que Sancho Panza aprenda a leer y en la marcha final de todos ellos a América, dejando así abierta su novela a posibles continuaciones (El final de Sancho Panza y otras suertes, publicada hace poco más de un mes).

Los preparativos del funeral y el entierro o las gestiones de la herencia constituyen dos ejes sobre los que discurre la acción al tiempo que Sansón Carrasco y Sancho Panza van cobrando consciencia de la relevancia que adquirirá su desaparecido paisano. Buena prueba de ello lo constituye también la lectura del primer tomo de las aventuras de Don Quijote que acaba de llegar al pueblo, al tiempo que no hay quien dude de que acabará por publicarse una segunda parte con el resto de las aventuras. El personaje principal de la obra será el bachiller Sansón Carrasco, que desde el principio lamenta haberse hecho pasar por caballero andante y haber derrotado a Don Quijote para hacerlo volver a su pueblo. Será ésta una trama novelesca de amores y honras secretas y perdidas que transcurrirá en paralelo a la tristeza de Sancho, quien es desprovisto de su perfil más cómico pero adquiere un nuevo perfil:


                No se apuren, señoras. Sabe bien mi señor Sansón Carrasco que aquí se queda mi mujer y mis hijos bien provistos con dineros nuevos y ricoteros, y si el caudal se seca y quieren encontrarme, ya sabrán cómo hacerlo y yo les mandaré recado con la flota. Y ahora me salgo al mundo, como hace un año me salí con don Quijote. No iba entonces tan contento como voy ahora, porque por lo menos sé que no me zurrarán ni cocearán ni me brumarán más las costillas. Cuando serví a don Quijote me di cuenta de que no hacen falta muchas cosas para salir adelante, y que lo mucho, cuando se va ligero y libre, estorba, y lo poco, satisface y contenta. Traigo algunos dineros conmigo para pagar mí pasaje y el libro que el señor Cuesta me dio hace dos días. Un poco de empanada para el camino y algo de vino. Y mi rucio, que puede hacerme ganar al día veintiséis maravedíes, y con ello la mitad de mi despensa. Con eso tengo de sobra. Y sólo pido que allá donde vamos baste nuestro nombre, ya famoso, para que aquellos que quieran avasallar doncellas, robar a pobres, azotar a niños, importunar a viejos, someter a viudas y hacer cualquier tuerto, sepan que sin estar en la jurisdicción de la locura, defenderemos la fuerza de la razón, y cuando ésta no baste, emplearemos la razón de la fuerza, que en causas tan palmarias, no hay peligro de errar ni por qué dar más explicaciones ¿Puedo entonces, señor bachiller, llamaros amo?