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domingo, 7 de noviembre de 2021

PARÁBOLA DE CERVANTES Y DEL QUIJOTE

 


Harto de su tierra de España, un viejo soldado del rey buscó solaz en las vastas geografías de Ariosto, en aquel valle de la luna donde está el tiempo que malgastan los sueños y en el ídolo de oro de Mahoma que robó Montalbán. En mansa burla de sí mismo, ideó un hombre crédulo que, perturbado por la lectura de maravillas, dio en buscar proezas y encantamientos en lugares prosaicos que se llamaban El Toboso o Montiel. Vencido por la realidad, por España, Don Quijote murió en su aldea natal hacia 1614. Poco tiempo lo sobrevivió Miguel de Cervantes. Para los dos, para el soñador y el soñado, toda esa trama fue la oposición de dos mundos: el mundo irreal de los libros de caballerías, el mundo cotidiano y común del siglo XVII. No sospecharon que los años acabarían por limar la discordia, no sospecharon que la Mancha y Montiel y la magra figura del caballero serían, para el porvenir, no menos poéticas que las estepas de Simbad o que las vastas geografías de Ariosto. Porque en el principio de la literatura está el mito, y así mismo en el fin.

Jorge Luis Borges

lunes, 14 de junio de 2021

UN ANTECESOR DE DON QUIJOTE

 


Estaban a punto de llegar a la aldea de Puente de Órbigo cuando vieron venir corriendo hacia ellos un grupo de peregrinos asustados.

—¡Lo ha matado, Dios mío, lo ha matado! —gritaban algunos con el gesto desencajado o echándose las manos a la cabeza.

—No sigáis si no queréis salir malparados —les avisaban otros sin dejar de huir.

Elías y Rojas se miraron con gesto de sorpresa y, sin necesidad de decirse nada, siguieron adelante, con la intención de ver qué había pasado y socorrer a la víctima, si es que aún seguía con vida. Tan pronto llegaron a una floresta que había al lado del camino, lo primero que se encontraron fue a un hombre encaramado a un rocín y vestido con una extraña armadura, ya que las piezas estaban abolladas y no encajaban bien entre sí, y hasta puede que faltara alguna. Parecía de complexión delgada, seco de carnes y, por lo que dejaba ver la celada, enjuto de rostro. A pocos pasos de tan atrabiliario caballero había un peregrino tirado en el suelo que apenas podía moverse; junto a él yacía su bordón y, algo más allá, estaba su mula pastando, ajena a todo.

—Alto ahí —les gritó el de la armadura con aire retador—. Si queréis cruzar el puente en compañía de tan bella dama, tendréis que justar conmigo. Si no lo hacéis, deberéis daros la vuelta, como unos cobardes, o vadear el río, que os advierto viene muy crecido a causa de las lluvias y podríais perecer ahogados.

—¿Pensáis que se trata del asesino? —le preguntó el clérigo en voz baja al pesquisidor.

—No lo creo, pero ya veis cómo se las gasta —comentó Rojas, haciendo un gesto hacia el hombre que estaba en el suelo.

—¿A qué esperáis? —los apremió el otro.

—Muy bien —aceptó el pesquisidor, dirigiéndose al estrafalario caballero—. Justaré con vos si me prestáis una lanza y un escudo y dejáis que la dama y mi amigo pasen ya al otro lado del río, como un gesto de buena voluntad.

—Ella puede pasar, mas no así vuestro amigo. En cuanto a la lanza, podéis usar la suya —añadió el hombre, señalando el bordón que estaba junto al herido—. Por el escudo no os preocupéis, que yo me desharé del mío —añadió, arrojándolo al suelo.

—Pero ¿qué es lo que vais a hacer? —le recriminó Elías a Rojas.

—Tratar de derrotarlo —contestó el pesquisidor con naturalidad—, para que deje de provocar más daño, sea o no el asesino.

—¿Sin armadura ni lanza ni escudo? —objetó el clérigo.

—Sabré arreglármelas, no os preocupéis. A juzgar por su aspecto, no parece estar en sus cabales.

—Por eso mismo; un loco con un arma puede ser más peligroso que un criminal —le advirtió Elías.

—En todo caso, ya no hay vuelta atrás. En cuanto a vos —dijo, dirigiéndose a Marcela—, os ruego que nos esperéis en el hospital de peregrinos que hay al otro lado del río. Y no dejéis de pedirle al hospitalero que avise a los alguaciles, por lo que pudiera pasar.

—Preferiría quedarme junto a vos —se ofreció ella—. Por otra parte, no hace falta que peleéis por mí; algún sitio habrá más adelante por donde cruzar el río.

—Haced lo que os pido, es lo mejor.

—De acuerdo —concedió la mujer—. Pero tened cuidado, os lo ruego.

Cuando Marcela se fue, Elías le alargó a Rojas el bordón que había en el suelo y le preguntó:

—¿Estáis seguro de lo que pretendéis? ¿No lo estaréis haciendo para impresionar a Marcela?

—De ningún modo —rechazó Rojas—. Y ahora retiraos.

—¿Preparado? —gritó el de la armadura.

—Cuando queráis.

Después de persignarse, el caballero miró al cielo y balbuceó unas palabras incomprensibles. Luego, sin más preámbulos, se bajó la visera de la celada y se lanzó a toda prisa sobre Rojas con la intención de cogerlo por sorpresa, despojarlo de su supuesta arma y tirarlo del caballo. Rojas, al ver lo que se le venía encima, trató de apartarse un poco con el bordón en ristre, mas no lo consiguió y el otro lo derribó. El pesquisidor cayó de espaldas sobre el duro suelo, lo que le produjo un gran dolor. Pero lo peor no fue el golpe, sino la vergüenza que sintió por verse mancillado de esa forma delante de la gente por alguien que parecía un orate. Y menos mal que Marcela ya había cruzado el puente.

—Y ahora os toca a vos —proclamó el caballero, muy ufano, dirigiéndose a Elías, que se había acercado a Rojas, para ver cómo se encontraba—, pues no os creáis que por ir vestido de clérigo os vais a librar de mi reto. De sobra sé que hay caballeros que, debido a su cobardía, fingen ser otra cosa para eludir el combate.

—Os aseguro que yo no soy de esa ralea. Por eso os digo que, si me tocáis un solo pelo de la ropa, os juro por mi honor que acabaréis en manos del Santo Oficio —le advirtió Elías, con tono airado.

—Yo soy cristiano viejo. Así que no me dan miedo vuestras amenazas ni menos aún los tormentos de la Inquisición. Justad conmigo o arrojad el guante al suelo y volved por donde habéis venido, noramala —replicó el caballero con firmeza.

Elías se detuvo sin saber qué hacer, ya que, por su condición de clérigo, no podía aceptar el reto, pero tampoco estaba dispuesto a quedar como un cobarde y abandonar a Rojas a su suerte, dado que eso no era algo propio de un buen cristiano, ni menos aún dejar a ese malnacido sin castigo. Por suerte, en ese momento llegaron varios alguaciles, acompañados del alcalde mayor.

—Perdonen vuestras mercedes por el percance que han sufrido —les dijo este muy solemne, mientras los alguaciles se dirigían a detener al hombre de la armadura—. Pero se trata de un vecino del pueblo que perdió el juicio de tanto oír hablar del célebre Paso Honroso del caballero leonés Suero de Quiñones y, desde entonces, cuando se acerca el verano se escapa del convento en el que unos frailes lo tienen recogido, regresa a casa de sus padres con el fin de recuperar su caballo y su armadura, cada vez más maltrechos, y se planta junto al puente para tratar de emular la famosa gesta.

—Pero ¿de qué habláis? ¿A qué Paso Honroso os referís? —quiso saber el pesquisidor, tras ponerse en pie con gran esfuerzo y comprobar que, de puro milagro, no tenía nada roto.

—Se trata de un reto realizado en nombre de Santiago por el tal Suero de Quiñones hace cosa de un siglo —explicó el alguacil mayor—. El desafío consistía en romper una lanza a los caballeros que, acompañados de sus respectivas damas, pretendieran cruzar el puente camino de Compostela. Al parecer, lo hizo con el fin de poder liberarse de una argolla de hierro que se había comprometido a portar al cuello todos los jueves como muestra de devoción hacia su amada, por la que estaba dispuesto a arriesgar su vida y también la de los nueve compañeros que lo secundaban. Y, como era necesario pasar por este puente para hacer el Camino Francés y, además, era año santo jacobeo, fueron muchos los que se vieron obligados a hacerles frente en tales justas. Así que, al cabo de las treinta jornadas que duró aquello, concretamente desde el 10 de julio hasta quince días después de la fiesta del apóstol, Suero de Quiñones y los suyos llegaron a romper hasta trescientas lanzas y fueron tantos los muertos que la Iglesia tuvo que prohibir enterrar en sagrado a los que perecieran en tan cruel y desigual combate. Entre los derrotados, había españoles, franceses, italianos, alemanes y portugueses. A los causantes de todo, sin embargo, no les pasó nada, pues contaban con el permiso del rey para llevar a cabo semejante reto. Para que veáis cómo ha cambiado el mundo: hoy se tiene por locura lo que hace un siglo era considerado una hazaña caballeresca.

—Tenéis razón —concedió el clérigo—. Precisamente, hace poco me contaron el caso de un estudiante que había perdido la cabeza de tanto escuchar romances y le dio por dejar su casa para ir a luchar contra los moros de Andalucía, sin ser consciente de que el reino de Granada ya había sido conquistado.

—Pues otro que tal baila. El imitador, por cierto, es descendiente, por la rama bastarda, de Gutierre de Quijada, que fue quien, años después del Paso Honroso, mató a Suero de Quiñones de manera harto alevosa, con la ayuda de varios de sus hombres, por no sé qué rivalidades y celos que había entre ellos —les informó el alcalde mayor.

Aclarado el asunto, los alguaciles se llevaron al pobre loco, que aún porfiaba por seguir justando con todos. Por su parte, varios peregrinos atendieron al herido del anterior combate, que en ese momento comenzó a recobrar la conciencia y a preguntar dónde estaba, qué había ocurrido y quién era toda esa gente que lo rodeaba.

—¿Podéis andar? —le dijo el clérigo a Rojas.

—Creo que sí, tan solo estoy un poco dolorido. Afortunadamente, no me ha quebrado nada, salvo el honor —añadió este con tono burlón.

—Eso en el suponer de que lo tuvierais —bromeó el clérigo—. Por cierto, debéis aprender a utilizar mejor el bordón; si no lo hacéis, no duraréis mucho tiempo en el Camino si tenemos que ir a pie.

—Espero que eso nunca suceda —suspiró el pesquisidor—. En cuanto al cayado, ojalá no tenga que volver a usarlo, aunque sí que me vendría bien uno ahora para poder caminar.

—Según sabemos por algunos milagros, hasta el propio apóstol suele hacer buen uso del suyo cuando se le aparece a algún peregrino con la intención de protegerlo de los malhechores, de los lobos o del propio Diablo, pues lo maneja casi tan bien como su espada de matar moros. Pero, como habéis visto ahora, no siempre se puede contar con su ayuda, ya que está muy solicitado —le explicó el clérigo con algo de sorna.

Luis García Jambrina, El manuscrito de barro

domingo, 3 de junio de 2018

CUANDO YO ERA NIÑA Y OÍA HABLAR DEL QUIJOTE,


era como si oyera hablar de una montaña inaccesible, algo así como el Everest de la literatura, cuya cima solo podía alcanzarse siendo adulto y además, docto profesor. La verdad es que las primeras veces que se nos dio a conocer, no pudieron ser más desafortunadas: en fragmentos “escogidos”, y no precisamente por alguien que conociese, siquiera someramente, una mente infantil. Recuerdo con congoja aquellas obligadas redacciones —yo debía tener ocho o nueve años— inspiradas en su lectura. Ni que decir tiene que no entendimos una palabra, y que mis notas en esas tareas fueron lamentables. Y no era la única: todas mis compañeras, sin excepción, eran víctimas del mismo mal. Desde entonces, la sombra del Quijote planeaba sobre nuestras vidas de escolares incipientes como una amenaza. Para decirlo claramente: nos lo hicieron odiar.

Tuvieron que pasar muchos años para que la errónea idea que tenía de esta novela extraordinaria, se tornase en otra completamente distinta. Siendo ya mujer —unos dieciocho años — me dije a mí misma que, sintiéndome como me sentía escritora, resultaba imperdonable no haberla leído. Los fragmentos a los que antes me referí habían pesado sobre mí como una cortina de agua, sin comprender absolutamente nada de ellos. Y entonces ocurrió el milagro: quedé fascinada. El Quijote no tenía nada que ver con aquella sombra amenazante, con aquella losa opresora de escolares que me habían hecho creer. Gocé de su lectura como ninguna otra, me sumergí en sus páginas con auténtica pasión, y lamenté que una obra de tal magnitud nos hubiera sido escamoteada, hasta incluso hacérnosla insufrible, por culpa de la insensibilidad y el desconocimiento de lo que es ser un niño.

Muchos años han transcurrido desde entonces, y mi pasión por las andanzas y desgarradora humanidad de don Quijote crecen y crecen cada vez que lo releo. Y sé que los niños, precisamente, pueden entender su drama y su gloria, pues en muchos aspectos están más cerca de él que los adultos. Pero se precisa hacérselo accesible. Y también por este motivo acojo con inmensa alegría esta edición adaptada a ellos.

Espero que todos los niños lean este Quijote, magníficamente puesto a su alcance, y se adentren en sus páginas como lo hubiera hecho yo a su edad; y no lo olvidarán nunca, como no lo he olvidado yo.

Ana María Matute

PREMIO NACIONAL DE LAS LETRAS ESPAÑOLAS 2007
PREMIO CERVANTES 2010

jueves, 5 de abril de 2018

TEORÍA DE DULCINEA


En un lugar solitario cuyo nombre no viene al caso hubo un hombre que se pasó la vida eludiendo a la mujer concreta. Prefirió el goce manual de la lectura, y se congratulaba eficazmente cada vez que un caballero andante embestía a fondo uno de esos vagos fantasmas femeninos, hechos de virtudes y faldas superpuestas, que aguardan al héroe después de cuatrocientas páginas de hazañas, embustes y despropósitos.

En el umbral de la vejez, una mujer de carne y hueso puso sitio al anacoreta en su cueva. Con cualquier pretexto entraba al aposento y lo invadía con un fuerte aroma de sudor y de lana, de joven mujer campesina recalentada por el sol.

El caballero perdió la cabeza, pero lejos de atrapar a la que tenía enfrente, se echó en pos a través de páginas y páginas, de un pomposo engendro de fantasía. Caminó muchas leguas, alanceó corderos y molinos, desbarbó unas cuantas encinas y dio tres o cuatro zapatetas en el aire. Al volver de la búsqueda infructuosa, la muerte le aguardaba en la puerta de su casa. Sólo tuvo tiempo para dictar un testamento cavernoso, desde el fondo de su alma reseca. Pero un rostro polvoriento de pastora se lavó con lágrimas verdaderas, y tuvo un destello inútil ante la tumba del caballero demente.

Juan José Arreola

jueves, 22 de marzo de 2018

SEAMOS GOLOSOS



                Un año más, en víspera de las vacaciones de Semana Santa, hemos celebrado en el IES Octavio Cuartero de Villarrobledo (Albacete), nuestro concurso de tartas. Como el curso pasado tuvo mucha aceptación el tema de tartas literarias, este año hemos decidido repetir el tema dar rienda suelta a vuestra imaginación.


                Desde aquí os damos las gracias a todos los participantes: ¡ENHORABUENA, CHICOS, SIN VOSOTROS NO SERÍA POSIBLE EL CONCURSO! Esperamos que os hayan gustado los libros, que habéis tenido como premio y que nos los comentéis.


                Os ofrecemos una selección de las tartas que nos hemos comido esta mañana.


           Gracias a Loqueleo por enviarnos los ejemplares de El Principito se Fue a la Guerra de Santiago García-Clairac para los premios





miércoles, 31 de enero de 2018

LOS ERRORES DEL QUIJOTE


El que hablaba era Baltasar Elisio Medinilla, poeta, a veces corrector, igual que yo, y supongo que algo más, porque decir poeta es decir pretendiente, y de eso, que yo sepa, no vive nadie. Yo lo conocía porque había coincidido con él en la imprenta de Juan de la Cuesta cuando Lope de Vega, del que era amigo y seguidor devoto, le pidió que se encargara personalmente de las pruebas de su Jerusalén conquistada, obra que dedicó al conde de Saldaña.
Compartía Baltasar la mesa con oíros tres tipos que yo no conocía más que de vista de otras academias y que se giraron en nuestra dirección al oler que había tema.
—¿Por qué lo dices? —pregunté inocentemente.
—¿No es ése el autor de la segunda parte del Quijote que acaban de publicar?
—En efecto —respondí.
Medinilla se sonrió, y al hacerlo guiñó tanto los ojos que casi desaparecieron entre los pliegues de sus párpados. Baltasar era un tipo simpático, irónico, socarrón. Tenía la boca grande, los ojos como ojales y la mandíbula de cuchara, pero era el descaro de su verbo, y no su aspecto, lo que captaba la atención.
—Pues por eso. Ya era hora que alguien le dijera cuatro cosas a Cervantes.
—¿Pero lo has leído?
—No hace falta. A poco empeño que haya puesto el autor será mejor que el original.
—¿Tan poco te gustó la primera parte?
—¡Por favor! Menuda chapuza, no conozco historia peor trabada.
—¿A qué te refieres?
—Hombre, pero si parece escrito a saltos. Lo que escribía un martes, el miércoles lo había olvidado. Por ejemplo, en una ocasión don Quijote niega saber latín, y poco después traduce un párrafo con soltura. ¿Es o no absurdo? En otra unos cabreros le arrancan de una pedrada cinco muelas de arriba y dos de abajo y luego se pone a cenar como si nada. ¿Se puede escribir mayor insensatez?
—Otra vez hace que los personajes cenen dos veces seguidas —dijo uno de sus acompañantes.
—O lo del estudiante —dijo otro—, que se va con la pierna quebrada después de pelear con don Quijote y en la página siguiente interviene en la conversación como si no se hubiera movido del sitio.
—¿Y lo del burro? —apuntó el tercero.
—¡Eso! —exclamó Medinilla—. ¿Qué me dices de lo del robo del burro?
—No recuerdo… —dije, aunque no sé por qué, porque sí me acordaba perfectamente de aquella historia, había dado mucho que hablar y provocado una enorme bronca en la imprenta, pero dejé que Medinilla lo contara.
—Cómo no te vas a acordar. Sancho empieza el viaje en burro, de repente se queja de que se lo han robado, luego sale otra vez montado y después desaparece. Ridículo, vamos.
—Si no recuerdo mal, eso sí que lo intentó arreglar don Miguel —dije yo.
—Por desgracia. Y lo lió todavía más. ¿Os acordáis de la segunda edición que sacó Robles a los pocos meses de la primera? —preguntó a la concurrencia. Todos cabecearon asintiendo—. Pues efectivamente, en ésa Cervantes intentó corregir el error. Para ello escribió un párrafo contando cómo uno de los galeotes…, ¿cómo se llamaba?…
—Ginés de Pasamonte —respondió Luís Vélez.
—Eso es, cómo Ginés de Pasamonte había robado el burro una noche mientras dormían y otro describiendo la escena en la que Sancho reconoce a su rucio y el ladrón, al verse descubierto, se da a la fuga. En principio todo bien, pero luego va y coloca los añadidos en donde no les corresponde, creando ya el auténtico caos en la historia. Excuso decir lo que nos reímos.
Yo también recordaba aquello, recordaba la bronca y al pobre Matías, que era el cajista que al final pagó el pato y fue despedido de la imprenta.
—Eso son detalles sin importancia —dijo alguien a mi espalda. Al volverme, lo primero que vi fue una sotana y luego al dueño, el rostro quiero decir, de don José de Valdivielso—. No se puede juzgar una obra por esas minucias —añadió el sacerdote con voz grave.
—Adelante, don José, siéntese —dije yo dispuesto a cederle el sitio, pero él me retuvo poniéndome la mano en el hombro y se quedó firme de pie a mi espalda.

Aquello se ponía interesante. Don José de Valdivielso era capellán del arzobispo de Toledo. Contaba, pues, con gran influencia, vaya eso por delante, y un gusto refinado. Había estado con él hacía apenas una semana para entregarle una copia del Viaje al Parnaso (de su firma depende la oportuna licencia de edición), y ya entonces me había manifestado su admiración por don Miguel, a quien decía tener el honor de contar entre sus amigos…
—¿Detalles sin importancia? —se defendió Medinilla abandonando el tono burlesco que había mantenido hasta el momento.
Se notó que hacía un esfuerzo para medir sus palabras, lo cual es lógico, siempre hay que tener cuidado cuando se lleva la contraria en público a un miembro de la curia.
—Una pequeña distracción —sentenció Valdivielso—. Pienso que don Miguel cambió de sitio los capítulos que tratan de la historia de Crisóstomo y Marcela, no sé si se acuerdan ustedes, una historia bien triste, y al hacerlo alteró el hilo narrativo anterior y causó el problema del robo del rucio.
—Pues ya ve usted, me está dando la razón. Un libro escrito a trompicones.
—Un lapsus razonable que, por otra parte, a lo mejor no hay que achacar al autor.
—¿A quién entonces? —preguntó Medinilla.
—El impresor también puede tener responsabilidad en eso.
—¡Oh! ¡Vamos! Si Cervantes no hubiese tenido la manía de intercalar novelitas…
—No se le puede culpar también de eso, señor mío —replicó Valdivielso frotándose las manos—. Cualquier autor sabe que es casi imposible mantener demasiado tiempo la atención del lector sobre una única historia. Léase a López Pinciano y ya verá cómo me da la razón. La variedad es lo que otorga calidad a una obra de estas características.
—Yo estoy de acuerdo —dijo un desconocido—. Lo mejor del Quijote son precisamente sus novelitas cortas, especialmente la de El cautivo.
—¡Sí!, ¡precisamente! —exclamó Medinilla—. Pero a mí eso de que con la misma historia escriba una novela y una obra de teatro, lo que me parece es falta de ingenio.
—¿A qué obra de teatro se refiere?
—A Los baños de Argel —puntualizó Medinilla—. No se extrañe, es normal que no la conozca. Ni siquiera sé si se ha estrenado.
—Por eso se decidió a escribir la novelita —apostilló uno de sus amigos—, como nadie se había enterado de la historia…
Todos soltaron unas risitas para celebrar la ocurrencia.
—Ya veo que no están ustedes dispuestos a concederle ningún mérito —dijo don José con semblante sombrío—, pero convendrán conmigo en que al menos ese juego del hallazgo del manuscrito arábigo…
—Alto, alto, alto —le interrumpió Medinilla en un tono cada vez más resuelto—, que eso ya lo he oído antes. ¿Es que no conoce usted Las guerras civiles de Granada? Pues ahí Ginés Pérez de Hita ya usa el truco del manuscrito arábigo. Aben Hamim se llamaba su árabe, ¡menuda novedad!
—Pérez de Hita se limita a citar a un árabe como autor de su obra —protestó Valdivielso—, pero don Miguel da vida al suyo, establece con él un diálogo…
—¿Y eso a quién le interesa? —le cortó Medinilla.
Todos contuvimos la respiración. Hasta el mismo Medinilla se dio cuenta de que había sido demasiado brusco, pero se quedó atascado, sin saber qué hacer. Por suerte llegó la camarera con un par de azumbres de vino y un plato de queso, y en el rato que le llevó identificar a los destinatarios y espantar a los aprovechados, se desdibujó el inciso.
—Lo que a mí me gustaría saber es qué hizo Sancho con los escudos que halló en la maleta —comentó uno de los acompañantes de Baltasar como si no hubiera pasado nada.
—¿Qué maleta? —pregunté yo despistado.
—Sí hombre, la que encuentran en Sierra Morena —aclaró Medinilla.
—Buena memoria tienes.
—En el libro no se vuelve a hablar de la maleta —insistió el otro.
—Pero bueno —intervino Valdivielso—, se dice que don Quijote le da los escudos que contiene a Sancho como pago de sus servicios. ¿Qué más quiere que diga?
—Pues qué hace Sancho con el dinero, y bien lo merece porque era una buena cantidad.
—Al autor corresponde decidir qué es lo importante para su historia.
—Caballeros, creo que nos estamos yendo por las ramas —dije yo intentando reconducir la conversación—. Algo bueno tendrá el libro cuando tanta gente lo ha leído con la atención que ustedes demuestran, sin mencionar que hay quien lo ha considerado merecedor de una segunda parte. Pero volviendo al tema inicial, ¿alguien conoce a Avellaneda?
Nadie contestó.
—¿Es posible que nadie de esta sala sepa quién es Alonso Fernández de Avellaneda? —insistí.
—Es la primera vez que oigo hablar de él —dijo Luís Vélez.
—Tal vez sea un seudónimo —apuntó Valdivielso.
—Es posible.
—Puede ser cualquiera con buen gusto —insistió Medinilla.

Alfonso Mateo-Sagasta, Ladrones de Tinta

miércoles, 25 de octubre de 2017

QUIJOTE EN EOLO


Eolo, una colonia del Círculo Exterior del Imperio.
Eolo, donde la Tierra es una leyenda.
Cuatro ciudades: Nueva Madrid, Nueva Londres, Nueva Paris y Nueva Washington.
Eolo, donde un día se cortan las comunicaciones con el Imperio  y comienza el silencio: no llegan naves ni comunicaciones.
Eolo, donde un día el mar cambia de color y sus olas anegan con violencia territorios humanos.
Donde un día una tormenta geomagnética destroza las telecomunicaciones y toda la tecnología.
Nueva Londres ha quedado sumergida bajo las aguas y todos sus habitantes han desaparecido.
No hay contacto posible con  Nueva Paris y Nueva Washington.
Eolo, tres razas:
Los humanos, de ellos lo peor sale a la luz.
Los hombres rata, que se han rebelado contra sus amos, los humanos.
Los lombrices, que habitan en el subsuelo, en túneles y galerías inexploradas kilómetros y kilómetros.
Eolo, donde la vida es un infierno.
Eolo, donde vive el joven Nemo.

                Esta es la historia de Nemo, un joven que intenta sobrevivir a los hombres rata y a los humanos, en esa tregua tensa donde robos y pillajes es lo más normal, gracias a las bandas que controlan la ciudad. Nemo, un joven al que los humanos dejan a un lado, le miran mal sin que él sepa el porqué. Nemo hará lo que sea con tal de salir adelante. Por eso, cunado Togo, el jefe de la banda más importante, se lo pida, se adentrará en los túneles, el lugar más oscuro y peligroso del planeta. Nemo, un personaje que parece sacado de una novela de Julio Verne, que en vez de dirigir un submarino, emprende con la ayuda de su amiga Octubre un Viaje al centro de la Tierra.

                Esta novela juvenil de ciencia ficción de Daniel Hernández Chambers nos atrapa enseguida, queremos ir resolviendo los interrogantes que se van planteando, por qué Nemo lleva ese nombre, por qué los humanos le miran mal, qué secretos se ocultan en esos túneles y galerías interminables. Muchas de estas preguntas encuentran respuesta; otras, no, abriendo la puerta a una posible continuación.

                Sobre los personajes de la novela el mejor desarrollado es Nemo, los demás muy poco, lo cual no es de extrañar por todo lo que sucede en la historia y de forma tan rápida sobre todo si tenemos en cuenta esos dos mundos tan antagónicos donde se refugian los humanos. Algunos los conoceremos más que otros: Octubre, Tobías…

                Y lo de Quijote, ¿por qué? Leed el libro y os enterareis. 

viernes, 7 de julio de 2017

EL ARTE DE MATAR DRAGONES


           Es la primera entrega de una serie de novela negra protagonizada por Arturo Andrade, miembro del servicio de inteligencia del ejército español.

                Madrid 1939.

El joven teniente Arturo Andrade, perteneciente a la Sección de Información de Alto Estado Mayor franquista, recibe un encargo del Alto Estado Mayor: encontrar una obra de arte perteneciente al Museo del Prado que ha sido extraviada misteriosamente durante la República, cuando se trasladaron los fondos del museo para protegerlos de los bombardeos. Se trata de El arte de matar dragones, una enigmática tabla anónima del siglo XIV, que llama la atención por diversos motivos, cuya recuperación es exigida por el mismo Serrano Suñer.

¿Qué se esconde tras esta desaparición? Arturo no sabe que la búsqueda del cuadro lo llevará a destapar el tráfico de obras de arte y de armas durante los años más duros de la reciente historia de España, pero también, en el camino, a descubrirse a sí mismo.

Un pasado turbio y políticamente secreto hace de Andrade una presa fácil de las pasiones humanas y del amor irrefrenable hacia lo ideal. La obsesión por el cuadro crecerá en el teniente junto al dolor por la mujer amada y por el antiguo código de honor perdido, ambos sueños inalcanzables.

Arturo, que no está muy de acuerdo con el ideario de los vencedores (lo suyo ha sido cuestión de supervivencia, como podremos ver en la novela, hecho que tratará de ocultar en su subconsciente, pero que aflora en las pesadillas que le persiguen) tras contemplar una reproducción de la tabla se cree el último heredero de los caballeros andantes (¿os suena esta idea de algo?), y mediante este proceso intenta redimirse de su pasado.

Cual nuevo Quijote buscará un escudero, por lo que se fijará en Vicente, o Vladimiro (su verdadero nombre que ha de ocultar en esa España de posguerra), el limpiabotas lisiado; la joven alemana Anna será su dama, esa prostituta cuya virginidad van a subastar, y él quiere rescatar. Como enemigos tendremos al teniente Mario García, que trabajó como espía infiltrado en el bando republicano; o el marqués Publio Medina, cual Mefistófeles, nos incita con cualquier vicio, no importa lo depravado que sea; o al capitán falangista Román Duarte (acompañado por su esbirro el Gonococo), nuevo delegado de Orden Público en Madrid, que encarnará la figura del gigante, mejor dicho del dragón.

Otros personajes que vamos a encontrar a lo largo de la novela de Ignacio del Valle: Margot, la dueña de ese exclusivo burdel, que intenta proteger a Arturo de su inocencia y advertirle de lo que es la vida; Doña Rosa, la dueña de la pensión, que actúa como la figura materna; Greta, la actriz soñada y adorada por Vicente para escapar de esa realidad sórdida que nos rodea; Greta, la omnipresente y oculta espía en Cataluña, cuya presencia en la novela se oculta con cadáveres que jalonan la búsqueda de la tabla, primero, y de la verdad, después.

Una excelente novela negra, en los meses posteriores a la guerra, que nos trae una mísera y sórdida realidad.

 XXII PREMIO DE NOVELA FELIPE TRIGO

lunes, 5 de junio de 2017

EL ATLAS DE LA FANTASÍA


En el monte Saint Michel hay un enorme perro alado dorado, con sus garras que brotan de las almenas de las torres y su larga cola que asciende desde el nido de serpiente del claustro. Se trata de una instalación artística que, sugiriendo lo que no puede verse, transforma la abadía más famosa de Francia en un lugar realmente mágico. Cuando mi hija de ocho años lo vio, me preguntó por dónde se entraba para «subirse encima». Ella, al igual que yo, es una devoradora de libros de fantasía. La diferencia sustancial entre mis lecturas y las de mi hija radica en que, en las suyas, ya ni siquiera aparecen molinos de viento como en El Quijote.

Cuando la literatura para niños no era todavía el gran mercado que es hoy, en los libros dedicados a ellos había una enorme variedad de temas, personajes y lugares. Se partía de un elemento real, para especular en clave de aventura y de fantasía y, de esta forma, proporcionar al lector el deseo de emprender una exploración realmente suya. No en vano la producción de Julio Verne se anunciaba en la rúbrica de Viajes extraordinarios. Ya fuesen alrededor del mundo, bajo los océanos, en las estepas siberianas o en la jungla. Estaban «en alguna parte».

Los países, con sus misterios (auténticos o ficticios), estaban vivos y se hacían presentes ante nuestros ojos. Y si las junglas de Salgari no eran «reales» como las de los cuadernos de viaje de Pierre Loti, eran, sin embargo, lo suficientemente imaginables como para pertenecernos.

Había buenos y malos y los malos, cuando no eran nuestros, a menudo tenían una identidad y una nacionalidad precisa. Los pérfidos ingleses intentaban capturar a Sandokán, Asterix tenía que vérselas siempre con los legionarios romanos y los escoceses se transformaban para asediar a Conan el Bárbaro.

Después vino la ficticia Patolandía, hogar del Tío Gilito y el pato Donald, y como no se podía situar en un lugar concreto, las cosas cambiaron. Hoy, muchos de los personajes de la literatura para niños viven en mundos peculiares e inaccesibles.

Los dioses del Olimpo, quizás a causa de la crisis, se han trasladado a Nueva York y a Las Vegas (en la serie de Percy Jackson), y dudo que haya lectores que quieran ir a ver el Olimpo original, una vez descubierto que no encontrarán en él máquinas dispara-rayos de monedas.

Inventar lugares que no existen es una actividad tan antigua como La Odisea, pero el motivo por el cual hoy se hace un uso desmedido de ello es muy diferente. Lo intuyó el siglo pasado el propio Walt Disney: la posibilidad de hacer pagar una entrada a quien quiera participar en su imaginario.

Peppa Pig es la síntesis de la familia inglesa rural (con fango incluido) y Harry Potter, la del sistema escolar de los internados británicos. Pero no basta un poco de campo o la visita a un colegio para sentirse como sus habitantes. La única forma de sentirse como ellos es visitar sus parques temáticos.

Y, aunque la explotación comercial está siempre presente, la diferencia entre visitar el estudio de Sherlock Holmes en el 221 B de Baker Street y la Diagon Alley de los estudios de Harry Potter es que Sherlock Holmes no existiría sin Londres, mientras Harry Potter sólo necesita el tren 9 de la estación de King Cross para ir a Hogwarts.

Las historias ambientadas en lugares suficientemente neutros o suficientemente autoreferenciales funcionan porque son más fáciles de leer por los niños de todo el mundo. Y cuantos más lectores potenciales haya, más márgenes de beneficio tiene el proyecto que lo acompaña.

Pero, de esta forma, el imaginario de muchos niños se ha adecuado a las modas validadas a nivel planetario que, con el objetivo de alcanzar al mayor público posible, eliminan de la historia todo lo que consideran superfluo.

El año pasado fue Frozen y en este quizás sea Star Wars. Con obras escritas a menudo de forma excelente, extraordinaria y rápida, pero también de una forma genérica, sin esos elementos diferenciales que, muchas veces, coinciden con la diferente pertenencia cultural. Libros que impulsan a querer comprar el siguiente de la saga, ir a ver la película y sacar la entrada para el parque temático. Estimulan la reconstrucción del París de los Aristogatos del parque temático en vez de pasear por Montmartre imaginando a los Aristogatos caminando por los tejados.

Quizás por eso, a los viejos lectores de fábulas y de aventuras no les son suficientes los trozos que faltan en el perro alado del Mont Saint Michel. Mientras, los nuevos lectores, buscándolos en vano, se preguntan cuánto cuesta la entrada para cabalgarlo durante cinco minutos.

Pierdomenico Baccalario, El Mundo, 11/12/2015

martes, 16 de mayo de 2017

EL PADRE QUIJOTE


El padre Quijote había ordenado su almuerzo solitario a su ama de llaves y se puso en camino para comprar vino en una cooperativa del lugar, a ocho kilómetros de El Toboso, en la carretera general de Valencia. Era un día en que el calor gravitaba, trémulo, sobre los campos secos, y no había aire acondicionado en el Seat 850 que había comprado, siendo ya de segunda mano, ocho años antes. Mientras conducía, pensaba con tristeza en el día en que tendría que buscar un coche nuevo. Hay que multiplicar por siete la edad de un perro para que equivalga a la de un hombre. Y, según este cálculo, su coche estaría aún entrando en la edad mediana, pero notaba que sus feligreses empezaban ya a considerar casi senil a su Seat 850. “No puede fiarse de él, Don Quijote”, le advertían, y él sólo podría responder: “Hemos pasado juntos muchos malos ratos, y pido a Dios que pueda sobrevivirme.” Tantas plegarias suyas habían quedado sin respuesta, que sustentaba esperanzas de que ésta se hubiese incrustado como cera permanente en el oído Eterno.
Distinguía el trazado de la carretera general gracias a las nubecillas de humo levantadas por los coches en tránsito. Al volante del Seat, le inquietaba la suerte del vehículo al que, en memoria de su antepasado, llamaba “mi Rocinante”. No soportaba la idea de que su cochecito se oxidase sobre un montón de chatarra. Había pensado a veces en comprar una pequeña parcela para dejarla en herencia a uno de sus feligreses, a condición de que éste reservase un rincón abrigado para el descanso de su automóvil, pero no había ninguno a quien pudiese confiar el cumplimiento de este deseo, y, de todos modos, era inevitable una muerte lenta por oxidación, y quizá la trituradora de un cementerio de coches sería un final más misericordioso. Pensando en todo esto por centésima vez, casi embistió contra un Mercedes negro que estaba estacionado, inmóvil en la curva de la carretera general. Supuso que la figura vestida de negro que se hallaba al volante estaba descansando del largo trayecto entre Valencia y Madrid, y siguió su camino, sin hacer un alto, para comprar una garrafa de vino en la cooperativa; hasta la vuelta no reparó en un alzacuello blanco, como un pañuelo que pidiese socorro. ¿Cómo era posible, se preguntó, que uno de sus hermanos sacerdotes pudiese costearse un Mercedes? Pero al parar vio por debajo del cuello un peto morado que delataba la dignidad de monseñor, como mínimo, si no de obispo.
El padre Quijote tenía motivos para temer a los obispos; era muy consciente de la gran antipatía que sentía por él su propio obispo, quien le consideraba poco más que un campesino, pese a su eminente antecesor.
Así pues, fue agitadamente como el padre Quijote se presentó a la encumbrada figura clerical del elegante Mercedes.
—Me llamo padre Quijote, monseñor. ¿Puedo servirle en algo?
—Naturalmente que puede, amigo mío. Soy el obispo de Motopo.
Hablaba con un fuerte acento italiano.
— ¿Obispo de Motopo?
—In partibus infidelium, amigo mío. ¿Hay algún garaje por aquí? Mi coche se niega a seguir viaje, y si hubiese un restaurante... Mi estómago está impaciente, pide ya comida a gritos.
—Hay un garaje en mi pueblo, pero está cerrado por un entierro: la suegra del dueño ha muerto.
—Descanse en paz —dijo el obispo automáticamente, asiendo la cruz pectoral—. Qué condenado fastidio —añadió.
—Volverá dentro de unas horas.
— ¡Unas horas! ¿Hay un restaurante cerca?
—Si quisiera honrarme compartiendo mi humilde almuerzo, monseñor... El restaurante de El Toboso no es recomendable, ni por la comida ni por vino.
—Un vaso de vino es vital en mi situación.
—Puedo ofrecerle un buen vinito del país, y si se conformara con un simple filete... y una ensalada. Mi ama de llaves siempre me prepara más de lo que como.
—Amigo mío, indudablemente usted demuestra ser mi ángel de la guarda disfrazado. Vamos.
La garrafa de vino ocupaba el asiento delantero del Seat, pero el obispo, que era un hombre muy alto, insistió en acurrucarse en el asiento de atrás.
—No podemos molestar al vino —dijo.
—No es un vino extraordinario, monseñor, y usted estará mucho más cómodo...
—No hay vino que no sea extraordinario, amigo mío, desde las bodas de Caná.
El padre Quijote se sintió reprendido, y guardaron silencio hasta llegar a su pequeña vivienda cercana a la iglesia. Sintió un gran alivio cuando el obispo, que tuvo que agacharse al cruzar la puerta que llevaba directamente a la sala, comentó:
—Es un honor para mí ser huésped de la casa de Don Quijote.
—Mi obispo no aprueba el libro.
—La santidad y el buen gusto literario no siempre van de la mano.

Graham Greene, Monseñor Quijote

sábado, 22 de abril de 2017

CERVANTES, LA ENSOÑACIÓN DEL GENIO


Presten atencion vuesas mercedes, que por obra y talento del Licenciado MIGVEL GOMEZ ANDREA, tambien conocido como GOL, usando: con destreza las artes de la narrativa gráfica, presentamos una novela gráfica en seis cuadros, centradas en la figura, las desdichas y parabienes que acontecieron a D. Miguel de Cervantes Saavedra a lo largo de su azarosa vida.

Este que ves aquí, curioso lector, con su rostro aguileño, los cabellos que pasan de castaño al blanco, la frente lisa y desembarazada, alegres los ojos y la nariz corva, y una espalda que se irá cargando con los años y unos pies que dejarán de ser ligeros, es el Cervantes que nos regala el "licenciado- Miguel Gómez Andrea, también conocido como Gol. Es su Cervantes y es el Cervantes, ese Cervantes mito que hemos ido construyendo a lo largo de los últimos cuatrocientos años, esos que nos separan del momento en que dejó de ser uno más de los cientos de escritores de los Siglos de Oro en 1616 para convertirse en el más grande de los autores en lengua española, como así lo consideramos hoy en día.

El Miguel de Cervantes de carne y hueso, el de los sudores y la sangre, el de los caminos, las dudas y la vida en construcción desde que nació en Alcalá de Henares en 1547, se difuminó en aquel lejano 23 de abril de 1616. Para ser más exactos, se había ido difuminando a lo largo de los años, de esos años anónimos en que viajó por Andalucía, Castilla La Mancha, Italia o el Mediterráneo... los años de sus sueños de ocupar algunos de los puestos vacantes que aparecían en la administración de la Monarquía Hispánica en América. Sobre ese Miguel de Cervantes de carne y hueso, el escritor, el "regocijo de las musas” fue creando un Miguel de Cervantes personaje; un Miguel de Cervantes sin aristas, sin matices, lleno de bondades y alejado de las miserias y las dudas cotidianas. Un personaje que emerge héroe de la batalla de Lepanto, en la que participó siendo un soldado bisoño, el primero de sus destinos; un personaje que se construye sin fisuras durante su cautiverio de Argel, aunque por los rincones de los baños también se osan otras historias de las que no han pervivido más que lejanos ecos en los datos conservados; un personaje que comienza a vivir realmente cuando su vida se convierte en literatura, cuando los sueños del presente, de ese presente de una edad de hierro por más que la conozcamos como "Siglos de Oro", dejen de ser una construcción para convertirse en un proyecto de futuro literario. Miguel de Cervantes deja de ser el Miguel de Cervantes de carne y hueso para comenzar a vivir realmente en las hazañas protagonizadas por Alonso Quijano, convertido a su vez en un personaje de ficción (Don Quijote de la Mancha), y en tantos otros a los que dio vida el autor complutense con su pluma.

Y este Cervantes personaje, el que el propio Cervantes fue construyendo en sus informaciones, en sus libros, en sus comentarios -como el hecho de indicar que el Quijote fue escrito en la cárcel- con el tiempo lo hemos ido convirtiendo en un mito, en la proyección de cada época.

En esta feliz trayectoria se inserta de manera genial la nueva biografía que ofrece Gol, esta novela gráfica, lector ocupadísimo, que ahora tienes entre las manos. Seis cuadros que rescatan varios momentos puntuales de la vida de Cervantes que, de la mano de un narrador teatral -fabulosa invención de alguien que conoce el teatro tan desde dentro como el propio Miguel Gómez Andrea-, se convierten en seis paradas de un relato que permite un acercamiento global a la biografía cervantina, a esa biografía que se ha ido llenando de anécdotas, de palabras y de diálogos en esta obra.


A los dibujos, a los magníficos dibujos de Gol, se une también una tensión dramática que hace que la lectura de esta biografía de Cervantes sea un tesoro de pasatiempos. El Cervantes joven que tiene que salir de Madrid y el que termina dialogando con sus personajes en la casa de Francisco de Robles se convierten en un suspiro de existencia en esta obra. Los espacios cobran vida, las perspectivas y las viñetas van marcando un ritmo que imita a una cámara que nos va llevando a donde el autor ha querido, a ese momento especial en que Cervantes y las personas que le acompañan en su vida parecen confesarse, hablarnos directamente a nosotros, lectores de la obra.

Este es el gran mérito de esta nueva biografía cervantina, que promete (y cumple) que es de feliz y animada contemplación: da voz a una persona singular como fue Miguel de Cervantes, sin renunciar a los datos que el propio autor fue dejando caer en sus obras ni tampoco a ese Miguel de Cervantes mito en que proyectamos nuestros sueños, nuestras vivencias, nuestros pensamientos...


De la mano de los cuadros vivos ideados y dibujados por Miguel Gómez Andrea, tenemos la impresión de que Cervantes está ahí, a nuestro lado, que habla y dialoga con nosotros. Dos Migueles unidos en una obra singular, Miguel de Cervantes y Miguel Gómez Andrea, que supone el mejor de los homenajes que le podemos hacer al creador de Don Quijote y Sancho Panza en los cuatrocientos años de su muerte. Una memoria viva que ahora se ha convertido en una explosión de líneas, colores y voces.

José Manuel Lucía Megías 

viernes, 21 de abril de 2017

EL VALOR DE UN LIBRO


Ahora, en la quietud de su biblioteca, con todos sus volúmenes rodeándolo como una gran placenta, Erasmo procedió a desatar el cordel que unía las hojas. A simple vista el legajo estaba compuesto por entre ochenta y cien hojas. Su conservación, como ya había observado en la tienda, era excelente. Se concentró en la primera plana y comprobó que la escritura diminuta y minuciosa que la cubría conservaba la suficiente claridad para que la lectura se pudiera abordar directamente, sin necesidad de costosos procesos digitales para aumentar el contraste e intensidad de los trazos. De hecho, era esa claridad lo que había permitido que Erasmo, incluso con su vista deteriorada, captara ciertas palabras clave que muy cerca habían estado de fulminarlo como un rayo divino. Con la sensación de estar asomándose a un texto sagrado, el bibliófilo empuñó su lupa y acercó la lámpara del flexo. Y en efecto, allí seguía la evidencia que convertía aquellas humildes hojas en un documento absolutamente excepcional. Milagroso.
(...)
Hoy Erasmo López de Mendoza no había encontrado un solo diamante, sino dos. Y ambos de valor incalculable. Eran el nombre de una persona y el título de un libro.
Aun sin haberla descifrado por completo, parecía evidente que en la primera hoja de aquel documento se hacía referencia al novelista más célebre de todos los tiempos y, por si quedaba alguna duda, unas líneas más adelante se mencionaba el título de la novela que lo hizo inmortal. Bajo la lupa de Erasmo descansaba una crónica escrita por un contemporáneo de Cervantes que afirmaba haberlo conocido en persona.
Dios era grande y Erasmo López de Mendoza su profeta.
(...)
Erasmo dedicó el resto de la tarde a tratar de descifrar las primeras páginas del manuscrito. Cada línea que leía renovaba su convicción de que la pieza que acababa de cobrar no era grande, sino gigantesca. «Una auténtica ballena blanca entre los manuscritos», se dijo con un guiño de homenaje para el burlado librero Maestre. El autor, un tal Gonzalo de Córdoba, anunciaba su intención de narrar una serie de acontecimientos vividos en su juventud, y para ello se remontaba hasta cuarenta años antes de la fecha en la que estaba datado el manuscrito, en concreto hasta ciertos días de los meses de septiembre y octubre de 1604. Y lo más fascinante del asunto era que aquellos acontecimientos parecían involucrar de un modo muy directo a un tal Miguel de Cervantes, natural de Alcalá de Henares y antiguo soldado de su majestad. Es más, los hechos narrados giraban en torno a otro manuscrito, el de un libro que estaba a punto de entrar en la imprenta, por más señas una novela cómica protagonizada por cierto hidalgo manchego devenido caballero andante.
Aquello no podía ser cierto. Tenía que tratarse de alguna clase de broma sofisticada y cruel. (...) Pero su experiencia con impresos y manuscritos era demasiado amplia para considerar seriamente la posibilidad de que todo hubiera sido un montaje y, por tanto, el manuscrito que tenía delante no fuese más que una falsificación. Estaba, para empezar, el tipo de papel, que por sus características (grosor, textura y filigrana) correspondía sin duda a la época en la que estaba fechado el manuscrito. (...) Por otro lado, los varios lustros de Erasmo como bibliófilo le habían permitido desarrollar un sexto sentido con respecto a los impresos y los manuscritos antiguos, y aquel instinto le decía que el que tenía delante era original con un 99 por ciento de certeza. Y ante tamaña responsabilidad no pudo evitar sentirse igual que Moisés por los días en que bajó del Sinaí con las Tablas de la Ley.
Las Tablas de la Ley, escritas por Yahvé de su puño y letra. Esa sí que sería una pieza cotizada. Reunía todos los requisitos: manuscrito, ejemplar único, antigüedad, prestigio de su autor, trascendencia del texto... Pero se daba la circunstancia de que aquel legajo que tenía delante, ya de por sí un singular tesoro, podía representar la llave para un hallazgo que solamente admitía parangón con el original de los Diez Mandamientos. Ya en la primera página de su crónica, Gonzalo de Córdoba declaraba que durante los últimos cuarenta años había conservado el manuscrito de El ingenioso hidalgo, que todavía obraba en su poder, y que lo había preservado como una joya para que lo heredaran sus hijos y los hijos de estos. Y todo ello por expreso deseo de su autor, que así lo había manifestado y rubricado con su firma al pie del texto de la obra, en la última página del manuscrito original. Así las cosas, Erasmo juzgó concebible que la crónica de Gonzalo de Córdoba, aquel mismo legajo que descansaba sobre su mesa, contuviera pistas sobre la localización del autógrafo del Quijote. Si antes había calificado su hallazgo de hoy como la «ballena blanca de los manuscritos», el autógrafo de la novela de Cervantes sería tan extraordinario y milagroso como la localización del mismísimo Santo Grial, con el ADN de Jesucristo y los Doce Apóstoles en forma de baba petrificada en torno al borde de la copa.
Si hoy en día saliera a la venta un ejemplar de la edición princeps del Quijote (la primera de Juan de la Cuesta, comienzos de 1605), su precio alcanzaría probablemente varios millones de euros. Y se trataba de un libro impreso del que probablemente se habían tirado unos mil ejemplares (aunque solo se tenía constancia del paradero de unos veinticinco). Pero, ay, los manuscritos eran harina de otro costal. En el año 2000 la sala Christie’s de Nueva York subastó un capítulo autógrafo del Ulises de Joyce, novela execrable donde las hubiera en opinión de Erasmo. Aun así, hubo alguien dispuesto a pagar un millón y medio de euros por aquellas veintisiete páginas garrapateadas por un borrachuzo irlandés aquejado de úlcera duodenal. En 1994, Bill Gates no había dudado en desprenderse de treinta millones de sus Windows-dólares para hacerse con un códice autógrafo de Leonardo da Vinci, a razón de casi un millón de euros por hoja. ¿Qué representaría la irrupción en el mercado del manuscrito completo de la primera parte del Quijote? ¿Mil millones? ¿Dos mil millones? ¿El presupuesto nacional entero?
De repente Erasmo sintió vértigo y lo atenazó la sensación de estar asomándose a un pozo sin fondo, de modo que se vio obligado a acudir a la cocina para prepararse una tila que tuvo la virtud de ayudarlo a recomponerse.
Hasta las cuatro de la mañana no fue capaz de separarse del legajo. Cada línea encerraba nuevas sorpresas y elevaba el barómetro de su emoción en varios grados. Pero la experiencia de leer el manuscrito, aun siendo fascinante, le estaba deparando también un alto grado de frustración. La culpa, para empezar, la tenía el misterioso cronista y su endiablada escritura. La letra era ampulosa y enrevesada, como correspondía a la caligrafía de la época. Incluso resultaba algo más confusa de lo habitual, como si el autor del manuscrito no hubiese recibido una educación al uso, sino que hubiera aprendido a escribir por sí mismo. Con la ayuda de su lupa Erasmo había logrado descifrar las líneas del comienzo, aquellas que contenían la primera mención a Cervantes y al Quijote. Luego el proceso se había complicado por culpa de su deficiente vista, y eso no había lupa que lo remediara. En condiciones normales su degeneración macular representaba un serio fastidio. Pero cuando trataba de forzar la vista, la zona ciega del centro de su retina extendía sus dominios hasta que todo su campo visual parecía cubierto por una lámina de agua turbia. Y esta tarde había forzado la vista como no lo había hecho desde hacía años. Tras un largo rato de afanosa lectura, apenas se había adentrado en la tercera página de la crónica, y ello sometiendo su cuello a una dolorosa torsión a fin de aprovechar su visión periférica, la única que estaba libre de niebla. Poco después, su vista había quedado reducida a un triste lagrimeo, y hasta el más ligero movimiento de cabeza le arrancaba un gemido de agonía. Para colmo, ahora apenas era capaz de identificar palabras, y los trazos de escritura empezaban a parecerle patitas de insecto. El mayor hallazgo de la historia de la bibliofilia tal vez estuviese al alcance de su mano, y él se sentía impotente para gozar su premio por culpa de una pejiguera llamada degeneración macular. Ríase usted del suplicio de Tántalo.
Mientras guardaba el manuscrito en la caja fuerte donde dormían sus piezas más valiosas, Erasmo López de Mendoza comprendió con dolorosa clarividencia que el tiempo había hecho en él su inexorable labor de zapa y que, por tanto, no iba a poder emprender en solitario aquella aventura.

Eloy Cebrián, Madrid 1605


domingo, 16 de abril de 2017

UN YANKI EN LA CORTE DEL REY ARTURO


La obra es el diario de Hank Morgan, quien perdió el conocimiento en una pelea, y, al volver en sí, descubre asombrado que ha retrocedido en el tiempo, a la Inglaterra medieval del 528, a la Inglaterra del rey Arturo. Hecho prisionero por sir Kay, éste lo lleva a Camelot para que muera en la hoguera. Al verse en el poste, Hank echa mano de sus conocimientos y predice un eclipse; esto le convierte ante los ojos de la sencilla gente del siglo VI en un poderoso mago.

Hank decide utilizar el poder que tiene sobre la población para cambiar el mundo medieval. Quiere transformar las creencias y que la ciencia pase a ser la nueva iglesia. Empezará a construir fábricas y escuelas, creará una red de ferrocarril, instalará el telégrafo y el teléfono; además, quiere cambiar el sistema político y que pase a ser una democracia y no una monarquía hereditaria y absoluta… Pero se enfrentará al peligro que supone Merlín, el antiguo mago de la corte, que ha perdido el favor del rey y quiere vengarse a toda costa.

Esta novela de Mark Twain es una de sus obras más críticas, camuflada bajo la forma de un cuento fantástico-histórico, en la que nos encontramos con duras palabras para los políticos, la Iglesia, las clases pudientes, la educación, pues el autor rechazaba las convicciones sociales de su época, la hipocresía, la crueldad humana, la superstición, etc... Pero es sobre todo una obra divertida.

La obra fue concebida como una sátira: Twain, a imitación de Cervantes y el Quijote, se rie de los tópicos románticos sobre los caballeros medievales y la idealización de la Edad Media, muy común en las populares novelas de sir Walter Scott y otros autores del siglo XIX, a los que responsabiliza de fomentar las ideas románticas que llevó al Sur a rebelarse contra la Unión. Podríamos considerarla como una distopía, desde el momento que plantea una Edad Media con una tecnología propia de nuestro siglo XIX. 

jueves, 6 de abril de 2017

¡¡¡QUIERO LA RECETA!!!


                Esta mañana, en el Día de Actividades Extraescolares, hemos convocado como otros años un concurso de tartas. Pero… había una pequeña diferencia con respecto a otros años, tenían que ser tartas con motivos literarios.


                Y nuestros alumnos, como siempre, nos han sorprendido: han hecho más de las que esperábamos, y algunas de ellas, la verdad, muy trabajadas. Ha sido tal la sorpresa, que hemos decidido dar un pequeño obsequio a todos los participantes y establecer varios premios.


                ¿Adivináis cuáles han ganado?

                Alguna estaban tan apetitosas que me gustaría conocer la receta. Y eso me recuerda un fragmento, al comienzo, de Caperucita en Manhattan de Carmen Martín Gaite:

Su madre, la señora Vivian Allen, se dedicaba por las mañanas a cuidar ancianos en un hospital de ladrillo rojo rodeado por una verja de hierro. Cuando volvía a casa, se lavaba cuidadosamente las manos, porque siempre le olían un poco a medicina, y se metía en la cocina a hacer tartas, que era la gran pasión de su vida.

La que mejor le salía era la de fresa, una verdadera especialidad. Ella decía que la reservaba para las fiestas solemnes, pero no era verdad, porque el placer que sentía al verla terminada era tan grande que había acabado por convertirse en un vicio rutinario, y siempre encontraba en el calendario o en sus propios recuerdos alguna fecha que justificase aquella conmemoración. Tan orgullosa estaba la señora Allen de su tarta de fresa que nunca le quiso dar la receta a ninguna vecina. Cuando no tenía más remedio que hacerlo, porque le insistían mucho, cambiaba las cantidades de harina o de azúcar para que a ellas les saliera seca y requemada.

—Cuando yo me muera —le decía a Sara con un guiño malicioso—, dejaré dicho en mi testamento dónde guardo la receta verdadera, para que tú le puedas hacer la tarta de fresa a tus hijos.


Carmen Martín Gaite, Caperucita en Manhattan







Así es como han terminado:

 


Y éste es el "ninot" que se ha salvado de la "quema":