Mostrando entradas con la etiqueta Vampiros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vampiros. Mostrar todas las entradas

lunes, 19 de julio de 2021

PEQUEÑA MÚSICA NOCTURNA

 


¿Los Beatles?

Sí, los recuerdo. Especialmente al pequeñín, ¿cómo se llamaba? ¡Ah, sí! Ringo.

¿Los Stones? Claro que los contraté. Aquel Mick Como-se--llame era un tipo raro, qué le voy a contar.

Kiss, Led Zeppelin, The Who, Eddie and the Cruisers..., los he contratado a todos, en uno u otro momento. Después de cierto tiempo, todos acaban por confundirse en la memoria de uno. De hecho, sólo hay un grupo que recuerdo con toda claridad. Y es extraño, porque nunca tuvieron un éxito clamoroso.

¿Oyó hablar alguna vez de Vlad y las Empaladoras?

No lo creo. Diablos, no hay ninguna razón para que haya tenido noticia de su existencia. Yo tampoco había oído hablar de ellos hasta que Benny -no es exactamente mi socio, pero cooperamos de vez en cuando- me llama un día y me dice que tiene un grupo nuevo, y que si yo puedo hacerle algún hueco en mi programación. De modo que miro el calendario, veo que me quedan un par de fechas por cubrir y le digo que sí, qué diablos, que me mande a su agente, y tal vez podamos llegar a un acuerdo. Benny dice que no tienen agente, que ese tipo, Vlad, se ocupa personalmente de todos los detalles.

Bueno, si se ha visto alguna vez obligado a tratar con uno de esos payasos, comprenderá que no me sentí precisamente encantado, pero como el primer guitarra de la banda futurista Cubos de Sangre está en la trena por posesión y no veo que nadie vaya corriendo a depositar su fianza, le digo a Benny que tengo media hora disponible para recibirle, a las tres de la tarde.

-Malo, Murray -contesta-. Este tipo se levanta tarde.

-Como todo el mundo en este negocio -digo-, pero las tres de la tarde ya es casi mañana.

-¿Qué tal si cenáis juntos, a las siete más o menos? -sugiere Benny.

-Descartado, muchacho -contesto-. Tengo una cita importante, y acabo de comprar precisamente un juego de cadenas de oro para impresionarla y llevármela al huerto por la vía rápida.

-A ese tipo Vlad no le gusta esperar -dice Benny.

-Bueno, si quiere un puñetero contrato, tendrá que aprender a esperar.

-De acuerdo, de acuerdo, déjame consultarle -dice Benny, y hay una pausa de un minuto-. ¿Qué tal te va a las tres?

-Creí que acababas de decirme que no podía ser a las tres.

-Me refiero a las tres de la madrugada.

-¿Quién es ese tipo, un enfermo de insomnio? -pregunto.

Pero luego recuerdo el Mercedes 560 SL descapotable de color azul pastel que vi el otro día, y pienso, qué diablos, quizás el grupo de ese tipo me permita pagar el primer plazo, de modo que contesto que de acuerdo con las tres de la madrugada...

Y tal como fueron las cosas, podíamos habernos reunido también a las siete, porque la muy zorra me tiró el plato de sopa a la cara y se largó del restaurante, sólo porque yo había empezado a jugar al pequeño tamborilero en su muslo por debajo de la mesa.

Así que me vuelvo a la oficina, me tumbo en el sofá a echar una cabezada y cuando me despierto, me encuentro delante a ese tipo flaco, vestido todo de negro, sentado en una silla y mirándome fijamente. Me figuro que está colgado o algo por el estilo, porque tiene las pupilas dilatadas de pared a pared, y la piel blanca como una hoja de papel. Yo intento recordar cuánto dinero en metálico tenía en los bolsillos al tumbarme, pero entonces él me saluda con un gesto de cabeza, y habla.

-Buenas noches, señor Barron -dice-. Creo que me esperaba usted.

-¿Ah, sí? -pregunto, incorporándome e intentando enfocar la mirada.

-Su socio me ha dicho que viniera a verle aquí -sigue diciendo-. , Yo soy Vlad.

-Oh, de acuerdo -exclamo, y la cabeza se me empieza a aclarar.

-Encantado de conocerle, señor Barron -dice, tendiéndome la mano.

-Llámeme Murray -le contesto, estrechándole la mano, que está tan fría como un pez muerto y tiene casi la misma textura-. Bueno, Vlad -comienzo a decir después de soltar su mano tan pronto como puedo y de reclinarme en el sofá-, cuéntame algo de ti y de tu grupo. ¿Dónde habéis tocado?

-Sobre todo al otro lado del océano -replica, y me doy cuenta de que tiene un acento raro, pero no consigo localizarlo.

-Bueno, no hay nada malo en eso -le digo-. Algunos de nuestros mejores grupos empezaron en Liverpool. Por lo menos, uno de ellos -añado con una risita.

Se me queda mirando sin sonreír, lo cual me pone fuera de mí, porque si hay algo que no puedo soportar es a un tipo sin sentido del humor.

-¿Va a contratar a mi grupo, entonces? -pregunta.

-Para eso estoy aquí, Vlad, tronco -digo, y empiezo a relajarme a medida que voy acostumbrándome a esos ojos y esa piel-. Precisamente tengo una ocasión inmejorable, un crucero a Acapulco. Seis días. Cinco billetes por noche y todas las camareras a las que consigas echar la zarpa. -Sonrío de nuevo para que sepa que está tratando con un hombre de mundo, y no con algún pequeño usurero judío que no sabe de qué va el rollo.

Sacude la cabeza.

-Nada que tenga que ver con el agua.

-¿Se marea? -pregunto.

-Algo por el estilo.

-Muy bien. -Me rasco la cabeza, y de paso compruebo que tengo el peluquín correctamente colocado-. Aquí tengo una boda que quiere un poco de música en la recepción.

-¿De qué religión? -pregunta.

-¿Tiene alguna importancia? -contesto-. Piden un grupo de rock. Nadie le va a pedir que toque Hava Naguila.

-Nada de iglesias -sentencia.

-Para ser un tipo que anda buscando trabajo, amigo, lo pone muy difícil -le digo-. Si quiere trabajar conmigo, tendrá que recorrer la mitad del camino que nos separa.

-Trabajaremos en cualquier local que no sea una iglesia o un barco -contesta-. Sólo tocamos de noche, y exigimos intimidad total durante el día.

Bien, justo en el momento en que decido que estoy perdiendo el tiempo, y me dispongo a enseñarle la puerta, de pronto va y pronuncia las palabras mágicas.

-Si lo hace tal como le pedimos, le entregaremos el cincuenta por ciento de nuestros honorarios, en lugar de su comisión habitual.

-¡Vlad, cariño! -le digo-. ¡Tengo la impresión de que éste es el comienzo de una larga y hermosa amistad! -Me acerco en un par de zancadas al mueble-bar que está detrás de mi mesa de despacho, y empuño una botella de burbujas-. ¿Lo hacemos oficial? -pregunto, mientras saco también un par de copas.

-No bebo... champaña -contesta.

Me encojo de hombros.

-De acuerdo, dime tu veneno, muchacho.

-Tampoco bebo veneno.

-Vale, me rindo -digo-. ¿Qué te parece un Bloody Mary?

Se relame, y los ojos le brillan.

-¿Cuáles son los ingredientes que lleva?

-Bromeas, ¿verdad? -le pregunto.

-Nunca bromeo.

-Vodka y zumo de tomate.

Bueno, me figuro que podemos pasar la noche jugando al Adivina Qué Bebe Este Capullo, de modo que renuncio, saco un contrato impreso del cajón del centro de mi escritorio, y le pido que eche una firma.

-Vlad Dracule -leo mientras él garabatea su firma-. Dracule, Dracule. Me suena familiar.

Me dirige una mirada fulminante.

-¿De veras?

-Pues sí.

-Me temo que está usted equivocado -dice, y puedo ver que se ha puesto tenso por alguna razón.

-¿No tenían los Piratas un tercera base llamado Dracule hacia los años sesenta? -pregunto.

-No sabría decírselo -contesta-. ¿Cuándo y dónde actuaremos?

-Le llamaré para concretar los detalles -informo-. ¿Dónde puedo encontrarle?

-Creo que será mejor que contacte yo con usted -replica.

-Muy bien -digo-. Llámeme mañana por la mañana.

-No estoy disponible por las mañanas.

-De acuerdo, a mediodía entonces. -Miro sus extraños ojos oscuros, y acabo por encogerme de hombros-. Está bien, aquí tiene mi tarjeta. -Escribo en ella el número de casa- Llámeme mañana por la noche.

Toma mi tarjeta, gira sobre sus talones, y sale por la puerta. De repente, recuerdo que no sé el número de componentes de su grupo, y corro a la portería a preguntárselo, pero cuando llego, él ya ha desaparecido. Miro a uno y otro lado de la calle, pero lo único que consigo ver es una especie de pajarraco negro que parece haberse colado por error entre los edificios; por fin doy media vuelta y paso el resto de la noche en mi sofá, recordando la cena de la noche anterior y meditando en que tal vez mi ritmo estuvo ligeramente pasado de revoluciones.

Bueno, Orgullo y Prejuicio, la banda multírracial que acaba todos sus conciertos levantando el puño en alto, está en chirona por pederastia, y de repente me encuentro con un agujero que llenar en el Palace, de modo que me digo a mí mismo, qué diablos, el 50 % es el 50 %, y coloco allí a Vlad y las Empaladoras para el viernes por la noche.

Me paso por su vestidor una hora antes del concierto, y allí está el viejo Vlad más flaco que nunca, rodeado por tres bombones vestidos con camisones blancos y dándoles mordisquitos en el cuello; y pienso que si eso es lo más depravado que es capaz de hacer, resulta muy preferible a la mayoría de los rockeros con los que tengo que lidiar.

-¿Cómo van las cosas, encanto? -digo, y los tres bombones ponen pies en polvorosa de inmediato-. ¿Listos para dejar difunto al auditorio?

-Difunto no me sirve de nada -contesta sin ni tan siquiera sonreír.

De modo que, después de todo, sí que tiene sentido del humor, aunque un tanto seco y siniestrillo.

-¿Qué puedo hacer por usted, señor Barron? -me pregunta.

-Llámame Murray -le corrijo-. El baranda de las relaciones públicas quiere saber dónde habéis tocado últimamente.

-Chicago, Kansas City y Denver.

Le dedico mi risita más sofisticada.

-¿Quieres decir que hay gente entre L.A. y la Gran Manzana?

-No tanta como solía -me contesta, y me imagino que es su manera de informarme de que la banda no está teniendo precisamente un éxito deslumbrante.

-Bueno, no te preocupes, tronco -digo-. Esta noche todo va a ir perfectamente.

Llaman a la puerta; voy a abrir, y entra un muchacho con una caja de cartón larga y plana en las manos.

-¿Qué es eso? -pregunta Vlad, mientras yo despido al mensajero con una propina.

-Me figuré que necesitaríais un poco de comida energética antes de salir al escenario -explico-, de manera que encargué una pizza.

-¿Pizza? -dice, mostrando el ceño-. Nunca la he probado.

-Estás de broma, ¿verdad? -quiero saber.

-Ya se lo dije antes: nunca bromeo. -Mira fijamente la caja-. ¿Qué hay dentro?

-Sólo lo normal -contesto.

-¿Qué es lo normal? -pregunta en tono suspicaz.

-Salchichón, queso, champiñones, olivas, cebolla, anchoas...

-Ha sido muy amable por su parte, Murray, pero nosotros no...

-Y ajo -añado, después de oler la pizza.

Da un grito y se tapa la cara con las manos.

-¡Llévesela de aquí! -chilla.

Bueno, supongo que debe de ser alérgico al ajo, lo que es una jodida lástima porque una pizza sin un poco de ajo no vale nada; pero llamo al chico, y le digo que se lleve la pizza y vea si me pueden devolver el dinero. Una vez ha salido de la habitación, Vlad empieza a recuperar su compostura.

Entonces llega un tipo y avisa que deben estar en el escenario dentro de cuarenta y cinco minutos. Yo pregunto si quieren que me vaya mientras se ponen los trajes.

-¿Trajes? -pregunta desconcertado.

-A menos que penséis actuar con lo que lleváis puesto -gruño.

-A decir verdad, eso es precisamente lo que nos proponemos hacer -responde Vlad.

-Vlad, tronco, preciosidad -le digo-. No sois simplemente cantantes... ¡sois artistas! Tenéis que dar espectáculo por todo el dinero que ha pagado el público..., y eso quiere decir darle algo que mirar, y no sólo algo que escuchar.

-Nadie se ha quejado de nuestra ropa hasta ahora -dice.

-Bueno, tal vez no en Chicago o en Kansas City; pero esto es L.A., pequeño.

-No pusieron pegas en Saigón, ni en Beirut, ni en Chernobyl, ni en Kampala -rezonga con cara de pocos amigos.

-Bueno, ya sabes cómo son esos poblachos rurales del Medio Oeste -comento con un gesto despectivo-. Ahora estáis en la primera división.

-Actuaremos con la ropa que llevamos puesta -dice, y algo en su expresión me indica que es mejor que tome mi dinero y no haga un caso federal del asunto, de modo que me vuelvo a mi oficina y llamo a Denise, el bombón que me regó de sopa; le digo que la he perdonado y le pregunto si tiene algún plan para la noche, pero tiene jaqueca, e incluso puedo oír a la jaqueca gimiendo y susurrando chorraditas dulces a su oído, de modo que le digo lo que realmente pienso de las zorras sin talento que intentan arrimarse a los agentes de espectáculos realmente importantes, y luego voy a la cabina de control y espero que mi nueva adquisición aparezca en el escenario.

Al cabo de unos diez minutos aparecen Vlad, vestido todavía de negro aunque ha añadido una capa a su traje, y las tres Empaladoras con sus camisones blancos; e incluso desde donde yo estoy puedo advertir que han abusado del lápiz de labios y el maquillaje, porque los labios son de un color rojo brillante, y las caras, tan blancas como los camisones. Vlad espera hasta que el auditorio guarda silencio, y yo me vuelvo loco porque lo que empieza a cantar es una especie de rap, y peor aún, canta en algún idioma extranjero de modo que nadie va a entender la letra; pero en el momento en que mayor es mi aprensión de que los espectadores se pongan a destrozar el local, me doy cuenta de que están sentados absolutamente inmóviles, y pienso que una de dos, o le encuentran algún atractivo al asunto después de todo, o se están aburriendo tanto que no les quedan ni siquiera energías para armar jaleo.

Y entonces ocurre algo todavía más extraño. En alguna parte fuera del edificio un perro se pone a ladrar, y luego otro, y un tercero, y un gato maúlla, y muy pronto aquello suena como una sinfonía de corral, y así sigue durante media hora por lo menos, con todos los animales de diez kilómetros a la redonda aullando a la luna, hasta que Vlad se calla, hace una reverencia, y de repente toda la basca se pone en pie y rompe a gritar, a silbar y a aplaudir con tanto entusiasmo que empiezo a creer que estamos ante un nuevo Liverpool.

Corro a las bambalinas para felicitarle, y cuando llego le veo ocupado en dar mordisquitos a un par de chiquillas que han conseguido sortear la barrera de las fuerzas de seguridad; supongo que no es peor eso que compartir un petardo con ellas. Luego se vuelve hacia mí.

-¿Podremos tener el dinero antes de marcharnos de aquí?

-Imposible, chato -digo-. No tendremos las cifras de la recaudación hasta la mañana.

Frunce el entrecejo.

-Muy bien -dice por fin-. Enviaré a un socio mío a su despacho, para recoger nuestra parte.

-Como quieras, Vlad, tronco.

-Se llama Renfield -añade Vlad-. No se deje impresionar por su aspecto.

Como si pudiera impresionarme el aspecto de alguien después de veinte años de organizar conciertos de rock.

-De acuerdo -digo-. Le espero a, digamos..., ¿las diez en punto?

-Me parece aceptable -contesta Vlad-. Ah, una cosa más.

-¿Sí? -pregunto.

-Ese anillo con el escarabajo que lleva en el meñique de la mano izquierda...

Se lo enseño.

-Es una preciosidad, ¿verdad?

-Le recomiendo encarecidamente que se lo quite y lo esconda en su escritorio antes de que aparezca el señor Renfield.

-¿Un cleptómano? -me asombro.

-Algo por el estilo -contesta Vlad.

En ese momento entra en el vestidor una chica de la Western Union y descarga una tonelada de telegramas encima de Vlad.

-¿Qué es esto? -pregunta.

-Significa que has dado en la diana, tronco -digo yo.

-¿Ah, sí?

-Abrelos y léelos -le animo.

Abre el primero, lo lee rápidamente y lo suelta como si fuera una patata caliente. Luego se refugia en un rincón, silbando como un neumático pinchado.

-¿Cuál es el problema? -digo, después de recoger el telegrama y leerlo: TE AMO Y QUIERO UN HIJO TUYO. AMOR Y XXX, KATHY.

-¡Cruces! -balbucea.

-¿Cruces? -repito, intentando entender por qué se ha asustado.

-Abajo -dice, señalando el telegrama con un dedo tembloroso.

-Son equis -le explico-. Quieren decir besos.

-¿Está seguro? -pregunta, todavía acurrucado en el rincón- A mí me parecen cruces.

-No -insisto, saco el bolígrafo y dibujo dos trazos en el telegrama-. Una cruz es así.

Grita y se encoge en posición fetal; me da la sensación de que ha esnifado un poco de coca, después de todo, o bien le ocurre que no encaja bien el éxito, de modo que me despido dando un beso a cada una de las chicas -tienen las mejillas tan frías como la mano de él, y tomo nota para quejarme del sistema de calefacción-, y me vuelvo a casa soñando con los millones que vamos a ganar en los próximos dos años.

Bueno, Renfield aparece a la mañana siguiente, a la hora en punto en que habíamos quedado, y me pregunto qué será lo que le preocupaba a Vlad, porque comparado con la mayoría de los tipos del heavy metal con los que tengo que tratar, no es más que un hombrecillo pacífico y nada prepotente. Charlamos, y me cuenta que su hobby es la entomología; puedo ver que dice la verdad porque su carita hogareña se ilumina como un árbol de Navidad cada vez que sale a relucir el tema de los escarabajos. Por fin, toma el dinero y se va.

En ese momento, un Mercedes me parece realmente muy poca cosa, y empiezo a pensar seriamente en la posibilidad de comprar en su lugar un Rolls Royce Silver Spirit, pero el hecho es que nunca he vuelto a ver a Vlad y las Empaladoras. Orgullo y Prejuicio consigue reunir la fianza, Cubos de Sangre sale libre por los pelos debido a una apreciación técnica del juez, y de repente me encuentro con que lo único que puedo ofrecer a mi nueva superestrella es un concierto patrocinado por un grupo parroquial local, y él lo rechaza; le llamo a su hotel para explicárselo, y me dicen que se ha marchado sin dejar ninguna dirección.

Hojeando Variety y Billboard, el año siguiente, veo que ha actuado en ciudades muy de segunda fila, como Soweto y Lusaka, y lo último que he sabido de él es que se dirigía a Kuwait City; y opino que es una lástima, con todo el dinero que podríamos haber ganado para los dos, pero jamás he podido entender a las estrellas del rock, y ese tipo era un poco más duro de mollera que la mayoría de ellos.

Bueno, tendrán que perdonarme, pero ahora tengo que marcharme. Voy a la primera audición de un nuevo grupo, Igor y los Ladrones de Tumbas, y no quiero llegar con retraso. Me han dicho que tienen mucho talento, pero que les falta vida. Sin embargo, qué diablos, nunca se sabe cuándo y dónde va a surgir el rayo que haga saltar de nuevo la chispa vital decisiva.

Mike Resnick

domingo, 4 de julio de 2021

UN PRIMER SUSTO

Vivimos en un castillo o schloss, en Estiria. De ninguna manera nos consideramos una familia señorial, pero en esa región del mundo, una pequeña renta de ochocientas o novecientas libras al año hace maravillas. En nuestra tierra de origen —mi padre es inglés e inglés es mi apellido, aunque nunca he visto Inglaterra—, apenas habríamos podido contarnos entre la gente acomodada. Sin embargo, en este lugar solitario y primitivo, donde todo es tan extraordinariamente barato, tenemos tantas comodidades, e incluso lujos, que no concibo que tener más dinero pudiera sernos de mucho provecho (...)

El primer acontecimiento que produjo una impresión terrible en mi vida —tan terrible que nunca he podido borrarla de mi mente— es al mismo tiempo uno de mis recuerdos más antiguos. Algunas personas lo considerarán tan banal que podrían pensar que no merece ser consignado en este relato, pero a su debido tiempo se verá por qué lo menciono. La guardería infantil —así la llamábamos, aunque en realidad era solo para mí— era una amplia habitación en el piso superior del castillo, con un alto techo de roble. Yo debía tener unos seis años cuando una noche desperté repentinamente; miré a mi alrededor y no vi a la sirvienta encargada de la guardería; tampoco vi a mi aya, y pensé que estaba sola. No tenía miedo, pues yo era una de aquellas felices criaturas que, por la diligencia de sus protectores, ignoraban las historias de fantasmas, los cuentos de hadas y todas las leyendas que hacen que nos ocultemos bajo las sábanas cuando cruje una puerta o cuando la luz vacilante de una vela hace que las sombras dancen en las paredes acercándose a nosotros. Sin embargo, me sentía abandonada e indignada aquella noche, por lo que comencé a lloriquear, preparándome para un estallido de sonoros berridos. Fue entonces que vi, con sorpresa, un rostro solemne y bello. Era una joven que me contemplaba, arrodillada junto a mi cama y con las manos bajo la colcha. La miré con una especie de plácido asombro y dejé de llorar. Ella sonrió y me acarició; se acostó en la cama a mi lado y me cogió en sus brazos; de inmediato me encontré deliciosamente aliviada y volví a dormir. Había pasado un rato, cuando sentí como si dos agujas se clavaran al mismo tiempo hasta el fondo de mi pecho y desperté lanzando un alarido. La joven retrocedió sobresaltada, manteniendo sus ojos fijos en mí; se deslizó hacia el suelo y me pareció que se escondía bajo la cama.

Por primera vez sentí miedo y grité con todas mis fuerzas. El aya, la sirvienta y el ama de llaves entraron corriendo y, tras escuchar mi historia, le restaron importancia a la vez que intentaban tranquilizarme; pero, aun siendo solo una niña, pude darme cuenta de que habían palidecido y tenían un aspecto de inusitada ansiedad. Las vi buscar bajo la cama y por toda la habitación; se asomaron bajo las mesas y abrieron los armarios, y el ama de llaves susurró al aya:

—Toca ese hueco en la cama. Está tibio: alguien estuvo acostado ahí, tan seguro como que no fuiste tú.

Recuerdo que la sirvienta de la guardería me acarició con cariño; las tres mujeres me examinaron el pecho en el lugar donde les dije que había sentido la punzada y declararon que no había ningún indicio de que me hubiera sucedido tal cosa. El ama de llaves y las otras dos sirvientas que estaban a cargo de la guardería se quedaron despiertas toda la noche. Desde entonces hasta que tuve alrededor de catorce años, siempre hubo una sirvienta velando mi sueño.

Después de este suceso, estuve muy nerviosa durante un largo tiempo. Llamaron a un anciano doctor, muy pálido; recuerdo muy bien su largo rostro taciturno, algo picado de viruela, y su peluca castaña. Durante una larga temporada me visitó cada tercer día para darme una medicina que yo, desde luego, detestaba.

La mañana siguiente a la aparición, yo me sentía aterrorizada; ni siquiera a plena luz del día soportaba que me dejaran sola un momento. Recuerdo también que mi padre entró y se paró junto a la cama, hablando en tono jovial. Hizo algunas preguntas al aya, y una de las respuestas lo hizo reír enérgicamente. Me dio unas palmadas en el hombro y un beso; me dijo que no tuviera miedo, que no era más que un sueño y que nadie me haría daño.

Pero no me sentí tranquila, porque sabía que la visita de aquella extraña mujer no había sido un sueño, y tenía un miedo atroz. Me consoló un poco que la sirvienta de la guardería me asegurara que había sido ella quien había entrado a mirarme y se había acostado a mi lado; dijo que yo debía estar medio dormida para no reconocer su cara, pero esto no terminó de convencerme, a pesar de que el aya le dio la razón.

En el transcurso de ese día, recuerdo que un venerable anciano de sotana negra entró en la habitación acompañado del aya y el ama de llaves. Habló un poco con ellas y luego, muy amablemente, conmigo. Tenía un rostro dulce y bondadoso; me dijo que él y las mujeres iban a rezar, y juntó mis manos para que mientras oraban yo dijera en voz baja: «Señor, escucha todas nuestras plegarias, por el amor de Jesús»; creo que esas fueron las palabras exactas, pues a menudo las repetí para mis adentros, y durante años mi aya tuvo la costumbre de hacerme repetirlas en mis oraciones.

Recuerdo muy bien el dulce y pensativo rostro de aquel anciano de blancos cabellos, con su sotana negra, de pie en esa tosca y alta habitación oscura, rodeado de pesados muebles de más de tres siglos de antigüedad, e iluminado por la escasa luz que penetraba la atmósfera sombría a través de la pequeña celosía. Se arrodilló con las tres mujeres, y con voz trémula rezó en voz alta por un tiempo que me pareció muy largo. He olvidado toda mi vida anterior a aquel acontecimiento, y muchos recuerdos posteriores son confusos; pero las escenas que acabo de describir destacan en mi memoria como las imágenes de una fantasmagoría rodeada de oscuridad.

Sheridan Le Fanu, Carmilla


jueves, 25 de marzo de 2021

DRÁCULA

 Este trimestre hemos estado leyendo en Literatura Universal Drácula, del inglés Bram Stoker; os dejo aquí el prologo de Neil Gaiman a una de las mejores ediciones que podemos encontrar en el mercado.

Hace pocos días apareció un artículo en los periódicos ingleses que intentaba mostrar lo mal que se enseñaba la historia, o acaso poner de manifiesto la ignorancia de la historia en Inglaterra. Supimos así que muchos adolescentes británicos creían que Winston Churchill y Ricardo Corazón de León eran personajes míticos o de ficción, así como que el cincuenta por ciento de esos mismos adolescentes estaban convencidos de que Sherlock Holmes existió en la realidad, como el rey Arturo. Sin embargo, en dicho artículo no se decía nada de Drácula, acaso porque no era inglés, si bien la historia que le hizo célebre era ciertamente inglesa, pese a que el cronista de la misma era irlandés.

Me pregunto lo que la gente habría dicho si le hubiesen preguntado si creían que hubo realmente un Drácula (no el Drácula histórico, cuidado: Vlad Drácula, el hijo del Dragón, el Empalador. Existió, pero es discutible que comparta con el real algo más que un nombre).

Pienso que hubieran dicho que creían en él.

Yo creo en él.

Leí por primera vez el Drácula de Bram Stoker cuando yo tenía unos siete años; lo descubrí en los estantes de un amigo de mi padre, aunque mi encuentro se limitó únicamente a leer la primera parte de la novela, la infortunada visita de Jonathan Harker al castillo de Drácula, y a buscar de inmediato el final de la historia, del que leí lo bastante como para estar seguro de que Drácula había muerto y no podría salir del libro para hacerme nada. Habiendo establecido esto, devolví el libro a su sitio y ya no vi otro ejemplar de Drácula hasta mi adolescencia, impulsado por Stephen King y su novela de vampiros titulada El Misterio de Salem’s Lot y por su Danza Macabra, estudio del género de horror.

(Vi el filme Son of Dracula a los ocho años de edad, preguntándome si el joven Quincy Harker había, como yo suponía, llegado a ser un vampiro; quedé desencantado al descubrir que no era otra cosa que el propio Drácula oculto bajo el nombre de «conde Alucard», nombre que me pareció transparente ya entonces. Pero me estoy apartando del tema.)

A menudo otros libros me hacían volver a leer Drácula; ejemplos de ello son La Voz de Drácula, de Fred Saberhagen, y La Era de Drácula, de Kim Newman. Libros que, volviendo a imaginar los sucesos de la novela o el final de la misma, arrojaban suficiente luz sobre ella como para hacerme desear visitar de nuevo el castillo, el manicomio o el cementerio; perderme en las cartas y en los recortes de periódicos, en los diarios, y preguntarme una vez más sobre las acciones de Drácula y sus motivos. Preguntarme sobre aquellas cosas del libro que son, en última instancia, imposibles de conocer. Los personajes no las conocen y, por lo tanto, tampoco nosotros.

La novela Drácula ha dado lugar al marbete cultural «Drácula»; a todos los diferentes Nosferatu; a los Dráculas cinematográficos; a Bela Lugosi y a la muchedumbre colmilluda que le ha seguido. Más de ciento sesenta filmes, según Wikipedia, tienen a Drácula como protagonista o con un papel fundamental («el segundo después de Sherlock Holmes»), mientras que el número de novelas en que aparece el propio Drácula o con personajes inspirados en él es imposible de calcular. Y hay novelas que conducen a Drácula o que proceden de él. Incluso Renfield, el pobre loco devorador de insectos, tiene dos novelas, con su nombre como título, de dos autores diferentes, por no mencionar una novela en forma de cómic, todas ellas contando la historia desde su punto de vista.

En el siglo XXI todo encuentro con literatura o con historias de vampiros es algo parecido a escuchar un millón de variaciones sobre un tema musical, un tema que comenzó no con Varney el Vampiro o ni siquiera con Carmilla, sino con Bram Stoker y con su Drácula.

Incluso así, sospecho que las razones por las cuales Drácula sigue vivo, por qué tiene tanto éxito como obra de arte, por qué se presta a tantas anotaciones y elaboraciones, paradójicamente, son causa de su debilidad como novela.

Drácula es un thriller Victoriano de alta técnica, en la avanzadilla de la ciencia, repleto de elementos tales como la grabación de la voz humana en cilindros fonográficos, transfusiones de sangre, taquigrafía y trepanación. Presenta un elenco de animosos héroes y de mujeres hermosas y predestinadas a la desgracia. Y se narra por entero en forma de telegramas, recortes de prensa, etc. Ninguno de los personajes que nos cuenta la historia conoce por completo lo que realmente está pasando, lo cual significa que Drácula es un libro que obliga al lector a completar los espacios en blanco, hacer hipótesis, imaginar, conjeturar. Sólo sabemos lo que los personajes saben, y los personajes ni escriben todo lo que saben ni conocen el significado de lo que dicen.

Así pues, es el lector el que tiene que decidir lo que está ocurriendo en Whitby; relacionar los desvaríos y la conducta de Renfield en el manicomio con los sucesos que ocurren en la casa de al lado; decidir cuáles son los verdaderos motivos de Drácula. Y también si Van Helsing sabe todo sobre la ciencia médica; si Drácula queda al final reducido a polvo o incluso, dada la combinación de un cuchillo kukri y un cuchillo de monte que acaba con el vampiro de modo nada convincente, si simplemente se transforma en niebla y desaparece.

La narración se construye a grandes rasgos, lo que nos permite trazar nuestra propia pintura de lo que ocurre. Es como una tela de araña, y comenzamos por preguntarnos qué es lo que sucede en sus intersticios. Personalmente tengo mis dudas acerca de las motivaciones de Quince Morris (el que acaso oculte su verdadera personalidad —o incluso que sea el propio Drácula— no puede ser, estoy convencido de ello, por completo descartado. Escribiría una novela para probarlo, mas en ese camino acecha la locura).

Drácula es un libro que exige anotaciones. El mundo que describe ya no es el nuestro. La geografía que describe no es, a menudo, de nuestro mundo. Se trata de un libro por el que conviene internarse con alguien informado e informativo junto a nosotros(…).

Uno de los inconvenientes para leer ediciones de Drácula es que se publicaron —como esta misma— con introducciones, y las introducciones dicen cómo hay que leer la novela. Explican todo aquello que esta dice; o más bien «sobre» lo que trata: la sexualidad victoriana, la sospechada homosexualidad reprimida de Stoker, o su relación con Henry Irving, o su rivalidad con Oscar Wilde para conseguir la mano de Florence Balcombe. Introducciones tales comentarán con ironía lo escrito por Stoker contra los libros pornográficos, sobre todo cuando hay tanta ebullición sexual en Drácula apenas bajo la superficie; texto, no subtexto.

La presente introducción no pretende explicar sobre qué trata Drácula (es sobre Drácula, sin duda, pero vemos muy poco de él, menos de lo que quisiéramos. La novela no pierde el tiempo en muchas explicaciones. No es sobre Van Helsing, y nos agradaría ver mucho menos de él. Podría ser sobre la lascivia, o el deseo, o el miedo, o la muerte. Podría ser sobre muchas cosas).

En lugar de decirnos sobre qué versa el libro que tenemos en la mano, esta introducción simplemente nos avisa: cuidado. Drácula puede ser una trampa de papel. Primero léalo sin más, y después, cuando lo haya dejado, podría usted, casi contra su propia voluntad, preguntarse a sí mismo sobre cosas que puede haber en las resquebrajaduras de la novela, sobre cosas insinuadas, cosas implícitas. Y una vez que usted empiece a hacerse preguntas, es sólo cuestión de tiempo que se encuentre a sí mismo despierto bajo la luz de la luna escribiendo novelas o cuentos sobre los personajes secundarios y sobre los sucesos menores. O lo que es peor, como el loco Renfield, clasificando y ordenando continuamente sus arañas y sus moscas antes de, por último, comérselas, usted puede encontrarse poniendo notas a Drácula.

Neil Gaiman

miércoles, 7 de noviembre de 2018

UN SECRETO BIEN GUARDADO



Londres, 15 de diciembre de 1897

A quienes pueda interesar:

Si estás leyendo esta carta es que presientes, sin duda, el peligro en que te hallas. Los abogados con los que has hablado tienen instrucciones de entregarte unos papeles que ponen al descubierto una historia oscura y terrible. En realidad, yo sólo conseguí comprenderla en todo su alcance cuando, no hace mucho, me llegó de Calcuta un ejemplar del libro de Moorfield, junto con un montón de cartas y de diarios. Conviene que leas primero aquél, empezando por el capítulo titulado «Una misión peligrosa». En el libro había tres cartas, que he dejado en el lugar donde las encontré. Por lo demás, yo mismo ordené los papeles; léelos siguiendo el orden en que yo los dispuse.

Mi pobre amigo. Quienquiera que seas, cuando quiera que leas estas páginas, no dudes ni por un instante que cuanto aquí se dice ocurrió de verdad.

Que la mano de Dios te proteja.

Tuyo en la pena y en la esperanza,

Abraham Stoker

Tom Holland, Banquete De Sangre

lunes, 16 de abril de 2018

BUSCANDO LA BEBIDA PERFECTA



A lo largo de los años, Magreb y yo hemos probado de todo: hemos hincado los colmillos en manzanas, en pelotas de goma. Hemos vivido por todas partes: Túnez, Laos, Cincinnati, Salamanca. La luna de miel la pasamos saltando de un continente a otro, a la caza de líquidas quimeras: infusión de hierbabuena en Fez, grumosos batidos de coco en Oahu, café negro azabache en Bogotá, leche de chacal en Dakar, helado con Coca-Cola de cereza en los campos de Alabama, millares de bebidas a las que se les suponían mágicas propiedades saciantes. Pasamos sed en todas las regiones del globo antes de encontrar aquí nuestro oasis, en la bota azul de Italia, en este tenderete de limonada de una monja difunta. Sólo en estos limones encontramos algo de consuelo.

Cuando aterrizamos en Sorrento por primera vez, yo tenía mis dudas. La jarra de limonada que pedimos parecía turbia y adulterada. El azúcar se apelotonaba en el fondo. Di un trago, y un limoncito entero se instaló en mi boca; no hay término lo bastante hermoso para describir la primera sensación que aquel limón me produjo en el paladar, en los colmillos. Era de una acidez tonificante, con leve regusto a sal marina. Tras un cosquilleo inicial —una especie de efervescencia química a lo largo de mis encías—, sentí que un vacío balsámico se propagaba desde la punta de cada uno de mis colmillos hasta mi febril cerebro. Estos limones son el analgésico de un vampiro. Cuando has estado sediento durante mucho tiempo, cuando has sufrido, la ausencia de ambas sensaciones —por breve que sea— es pura gloria. Inspiré profundamente por la nariz. El latido en mis colmillos había cesado.

Antes de que rayara el día, la insensibilidad ya había empezado a desvanecerse. Los limones calman nuestra sed pero no la sacian por completo, como un líquido que podemos mantener en la boca sin llegar nunca a tragarlo. Al final, el ansia original acaba volviendo. He intentado ser muy bueno, muy correcto y aplicado para no confundir ese ansia original con lo que siento por Magreb.

Karen Russell, Vampiros y Limones

lunes, 5 de febrero de 2018

EL LAMENTO DEL VAMPIRO


Vosotros, todos vosotros, toda
esa carne que en la calle
se apila, sois
para mí alimento,
todos esos ojos
cubiertos de legañas, como de quien no acaba
jamás de despertar, como
mirando sin ver o bien sólo por sed
de la absurda sanción de otra mirada,
todos vosotros
sois para mí alimento, y el espanto
profundo de tener como espejo
único esos ojos de vidrio, esa niebla
en que se cruzan los muertos, ese
es el precio que pago por mis alimentos.

Leopoldo  María Panero

viernes, 21 de julio de 2017

EL TAPIZ DEL VAMPIRO


El doctor Weyland es el profesor más respetado de una pequeña universidad de Nueva Inglaterra. Alto, maduro, de pelo acerado, sus modales anticuados cautivan a los estudiantes, y un magnetismo especial rodea todos sus actos. Sin embargo, Weyland es un nombre falso, sus credenciales académicas son inventadas, y tras la fachada del erudito absorto en su trabajo se oculta el mayor depredador que el mundo ha conocido, uno cuya presa son los seres humanos.

A través de los siglos, el vampiro ha sobrevivido mimetizándose en la sociedad humana. Ahora es profesor de antropología, lo que resulta irónico dadas sus costumbres alimenticias… Pero Weyland no es el monstruo que cae víctima de sus sentimientos humanos. Es el monstruo que perdura. Y hará todo cuanto esté en su mano para protegerse a sí mismo y su modo de vida.

 Sin embargo, su engaño está a punto de ser descubierto y se verá obligado a emprender un terrible viaje a través de una serie de escenarios para poder ocultarse de nuevo y encontrar nuevas facetas para comprenderse a sí mismo y las emociones que necesita interponer entre él y sus víctimas.

En realidad, el libro se compone de cinco novelas cortas, siendo el personaje de Weyland su nexo de unión. Su nucleo original es la tercera parte, el relato El Tapiz del Unicornio, ganador del Premio Nebula 1980 a la mejor novela corta. Maravillosa también, la cuarta, Interludio Musical, centrada en la visita a la opera donde se interpreta “Tosca” de Puccinni, cuando el vampiro finalmente entra en contacto con su "yo" primitivo y tiene fugaces recuerdos de sus vidas pasadas, cuando siente la emoción de la cacería, la sed de sangre, la confusión de sus sentidos.

Suzy McKee Charnas nos da una visión nueva de la figura del vampiro, desde una perspectiva científica, que el propio Weyland describe en una conferencia teorizando cómo sería un vampiro real: un depredador superespecializado que debe hacerse pasar por humano para evitar ser descubierto por su presa, abundante y a la vez peligrosa.

Hay que señalar que rehuye ese sentimentalismo que encontramos en muchos libros de vampiros juveniles, tipo Crepúsculo o los vampiros de Anne Rice, sino que nos encontramos con un vampiro distinto de los habituales, que no sabe si hay más como él y no recuerda su pasado

jueves, 8 de junio de 2017

BRAM STOKER


Llegó hasta el teatro Lyceum y cruzó las alargadas sombras que arrojaban las seis altas columnas. El pórtico proporcionaba un resguardo oscuro y el tejado protegía a Arthur del atardecer. Se sentía mejor entre las sombras.

—Vaya, vaya —graznó una voz fantasmal a su espalda—. Pareces asustado. ¿Se ha muerto alguien?

Arthur se volvió. Un hombre de espaldas anchas emergió de detrás de la tercera columna y se materializó bajo la luz del sol como un espíritu hecho carne. Llevaba una barba muy recortada y el pelo corto, relamido, peinado hacia la izquierda. Vestía un abrigo con faldones y unos zapatos de un negro tan intenso que deslumbraron a Arthur. Parecía haberse engalanado para asistir a un funeral de Estado o, lo que era más probable en su caso, para una noche de estreno. Al cabo de unos segundos, cuando Arthur se hubo recuperado de la impresión, reconoció a su viejo amigo.

—Bram —dijo Conan Doyle con una voz profunda y firme—. Me has asustado.

—Lo siento de veras —se disculpó Bram Stoker mientras le tendía la mano a Arthur—. Es que estabas tan pálido que me ha costado reconocerte.

 (…) Bram siempre había deseado ser escritor. Ésa era la cuestión, creía Arthur, el motivo de la leve amargura que su amigo destilaba en ocasiones. Obligado a hacer frente a las cargas de un trabajo desagradecido y agotador para el alma, Bram se mantuvo fiel a una pasión por la vida literaria que no acostumbraba a compartir en público. Se despertaba temprano y, antes de acudir al Lyceum para solucionar la crisis presupuestaria del día y de halagar a Irving hasta que le dolía la garganta, Bram escribía historias macabras y fantásticas, relatos teñidos de sangre, que luego guardaba en un cajón. Sólo se los mostró a Arthur en una ocasión, y se sorprendió de la violencia que Bram era capaz de engendrar, aunque sólo en la ficción, y sólo en secreto. Cuando se veían para tomar un trago alguna noche, Bram le describía a Arthur la obra en la que estaba trabajando, más extensa que las anteriores, una novela siempre a medio escribir sobre seres malignos, muertos vivientes y un conde del continente ávido de sangre. Para ser un hombre tan dócil y, ¿podía decirlo?, escandalosamente afeminado, Bram sentía una gran pasión por lo grotesco.

Se habían conocido dos años antes, cuando Bram había comprado una obra de Arthur, un monólogo para que lo interpretara Henry Irving. Durante las largas noches de ensayos, y las noches aún más largas de borgoña tras el estreno de la obra, se hicieron amigos. Irving era un bufón presuntuoso, pero en aquel amable director que escondía un cajón rebosante de historias de fantasmas, Arthur había hallado a alguien que lo comprendía. El hecho de que las historias de Bram no le hubieran permitido ganarse ni un penique a lo largo de los años, mientras que Arthur había logrado disfrutar de una situación económica desahogada, no había provocado ningún tipo de tensión entre ambos.

Graham Moore, El Hombre que Mató a Sherlock Holmes

lunes, 8 de mayo de 2017

LOS DILETANTES

                Enviado por Esther (S4C):

          Cuatro razas de vampiros. Cuatro Guardianes del Sello. Un amor imposible. Un destino inevitable

Ada tiene dieciséis años y acaba de perder a sus padres en un accidente. Desde que despertó del coma tiene extrañas pesadillas que la atemorizan, y cuando alguien la toca recibe visiones de sus vidas. Su hermana se hace cargo de su tutela y se la lleva a vivir con ella a un pequeño pueblo cercano a Barcelona. Ada intenta integrarse, y acepta retomar sus clases de piano con Andrew, un misterioso y joven profesor que despierta en ella sentimientos contradictorios.

Pero cuando su piel roza la del joven inglés, se revela ante ella un personaje de otra época, un accidente de equitación y su muerte. Andrew ayudará a Ada a recordar lo que ocurrió realmente la noche en que perdieron la vida sus padres y le mostrará un mundo de oscuridad en el que cuatro razas de vampiros pueblan la Tierra. Descubrirá que su destino era ser una Diletante, y tendrá que aceptar una realidad de la que ya no puede escapar y en la que quizá no logre sobrevivir.

                Las historias de vampiros me encantan, tanto me ha gustado éste que ya he comenzado a leerme la segunda parte de El Quinto Sello. Antonia Romero ha sabido crear una historia llena de fantasía y una jerarquía vampírica con sus rígidas que me han atraído desde el principio. El mundo en el que aparecen reflejados los Diletantes me ha parecido bastante diferente a los que estamos acostumbrados a leer. Tal vez, al ser el primer libro de una pentalogía, es un poco introductorio, pero es que nos tiene que presentar ese mundo que ha creado. Es una historia llena de emoción e intriga, pues Ada se convierte en un objetivo para mucha gente, y eso no es seguro para ella ni para los que están a su alrededor.

                Ada pertenece al tipo de protagonista que suelen gustarme, pero espero que vaya evolucionando a lo largo de los libros. No me ha gustado el amor instantáneo que ha surgido entre ella y Andrew, pues ocurre después de unos pocos encuentros, dos semanas para ser exactos. Andrew me ha parecido un personaje un tanto frío, y, en cuanto a la hermana de Ada me ha parecido un personaje pacífico, pero casi inexistente al final de la novela.

jueves, 9 de febrero de 2017

REHACER UNA NOVELA


¡Hola, querido lector!
De nuevo, ¡feliz aniversario y bienvenido al nuevo material adicional del décimo aniversario!
Lo primero es lo primero:
LO SIENTO MUCHO.
Sé que va a haber muchas lamentaciones y mucho rechinar de dientes porque este nuevo material no es completamente nuevo, aunque sí en su mayoría; no es Sol de Medianoche. (Si piensas que no entiendo tu dolor, permíteme decirte que mi madre ya me lo ha dejado bastante claro.) Explicaré cómo surgió todo esto y, con suerte, eso hará que, aunque las cosas no mejoren, al menos sean comprensibles.
Hace muy poco tiempo, mi agente me contactó y me pidió que hiciera algo para el relanzamiento de Crepúsculo por su décimo aniversario. El editor esperaba una especie de prefacio, una especie de carta de «feliz cumpleaños». Me pareció… bueno, para ser sinceros, muy aburrido. ¿Qué podía decir que resultara divertido y emocionante? Nada. Así que pensé en qué otras cosas podría hacer y, si eso te consuela, me vino a la mente Sol de Medianoche. El problema era el tiempo… o, más bien, la ausencia de él. Definitivamente, no disponía del suficiente para escribir una novela, ni siquiera media.
Mientras meditaba sobre Crepúsculo después de tanto tiempo sin pensar en él y discutía el problema del décimo aniversario con amigos, empecé a pensar en algo que he mencionado alguna vez en firmas de libros y entrevistas. Ya sabes que siempre han censurado mucho a Bella por ser en muchas ocasiones demasiado timorata, y la gente suele quejarse de que es la típica «damisela en apuros». Mi respuesta siempre ha sido que Bella es una «humana en apuros», un ser humano normal rodeado por todas partes de personas que son, básicamente, superhéroes y supervillanos. También se la ha criticado por estar demasiado obsesionada con el objeto de su amor como si, de alguna manera, eso fuera cosa de chicas. Pero yo siempre he defendido que no hubiera habido ninguna diferencia si el humano hubiera sido un chico y el vampiro, una chica: la historia sigue siendo la misma. Dejando a un lado cuestiones de especie y género, Crepúsculo siempre ha sido una historia sobre la magia, la obsesión y el frenesí del primer amor.
Así que pensé para mí: Bueno, ¿y si pongo a prueba esa teoría? Eso podría ser divertido. Como me suele pasar siempre, empecé creyendo que escribiría uno o dos capítulos. (Es divertido y triste a la vez darme cuenta de que aún no me conozco demasiado bien a mí misma. ) ¿Te acuerdas de que antes he mencionado que no tenía tiempo? Afortunadamente, este proyecto no solo fue divertido, sino también rápido y fácil. Resulta que no hay mucha diferencia entre una chica humana enamorada de un vampiro y un chico humano enamorado de una vampira. Y así fue como nacieron Beau y Edythe.
Un par de apuntes sobre la transformación:
En general, he cambiado directamente el género de todos los personajes de Crepúsculo, pero hay dos excepciones:
La mayor es el caso de Charlie y Renée, que siguen siendo Charlie y Renée. Y este es el motivo principal: Beau nació en 1987. En aquella época era muy raro que un padre obtuviera la custodia de un hijo, y aún menos cuando el hijo en cuestión era un bebé. Lo más probable es que hubiera que haber declarado a la madre inepta de alguna manera. Me cuesta mucho creer que cualquier juez de aquella época (e incluso de la actualidad) hubiera concedido la custodia de un niño a un padre sin trabajo y que se trasladaba continuamente frente a una madre con un trabajo estable y fuertemente ligada a su comunidad. Por supuesto, en la actualidad, si Charlie hubiera luchado por la custodia de Bella, probablemente hubiera podido quitársela a Renée. Aun así, el escenario más probable es el que sucede en Crepúsculo. Sencillamente, el hecho de que hace un par de décadas los derechos maternos se consideraban más importantes que los derechos paternos, sumado a que Charlie no es un tipo vengativo, hicieron posible que Renée criara a Bella y, en este caso, también a Beau.
La segunda excepción es muy pequeña: apenas un par de personajes secundarios que se mencionan apenas un par de veces. El motivo de esta excepción es mi particular sentido de la justicia para con los personajes de ficción. Había dos personajes en el universo de Crepúsculo que, por lo general, salieron muy mal parados. Así que, en lugar de cambiar los géneros de estos personajes, decidí darles un golpe de gracia. No aporta nada a la historia, solo tiene que ver con mis rarezas y con consentir mi neurosis.
Hay muchos otros cambios en la escritura que vienen dados porque Beau es una persona de género masculino, los cuales he pensado detallar para vosotros. Estas son estimaciones hechas a ojo. No he contado las palabras exactas que he cambiado, ni tampoco he hecho ninguna cuenta:
El 5% de los cambios se corresponden a que Beau es un chico.
El 5% de los cambios se deben a que la personalidad de Beau se desarrolló de manera ligeramente distinta a la de Bella. Las mayores variaciones son que es bastante más TOC, que su lenguaje no es tan poético, ni en sus palabras ni en sus pensamientos, y que es mucho menos iracundo: no tiene el mismo sentido de inferioridad que Bella carga sobre sus hombros.
El 70% de los cambios se deben a que me han permitido hacer una corrección de estilo pasados diez años y he tenido oportunidad de cambiar casi cada palabra que me incomodaba desde que el libro fue impreso, lo cual ha sido magnífico.
El 10% son cosas que me hubiera gustado hacer la primera vez, pero que no se me ocurrieron. Puede parecer el mismo tipo de criterio de la categoría anterior, pero en realidad es ligeramente distinto. No se trata de palabras que parecieran poco adecuadas o no quedaran bien, sino ideas que me hubiera gustado explorar antes o conversaciones que deberían haber tenido lugar, pero no lo hicieron.
El 5% son problemas en la mitología —errores, en realidad— en su mayoría relacionados con las visiones. Cuando continué con las secuelas de Crepúsculo (e incluso en Sol de Medianoche, donde pude adentrarme en la mente de Alice y Edward), pulí el modo en que funcionaban las visiones de Alice. En Crepúsculo todo es más místico y, al revisarlo ahora, hay cosas en las que Alice debería haber intervenido y no lo hizo. ¡Ups!
Lo que deja un 5% variado para la miscelánea de cambios que he hecho, cada uno por un motivo distinto y, sin duda, egoísta.
Espero que disfrutes la historia de Beau y Edythe, aunque no es algo que estuvieras esperando. Desde luego, yo he disfrutado en grande creando esta nueva versión. Adoro a Beau y Edythe con una pasión que no me esperaba, y su historia ha vuelto a convertir el mundo ficticio de Forks en un lugar fresco y feliz para mí. Espero que para ti sea igual. Si lo disfrutas aunque sea una décima parte de lo que yo lo he hecho, habrá merecido la pena.
Gracias por leer esta historia. Gracias por ser parte de este mundo, gracias por ser una asombrosa e inesperada fuente de alegría en mi vida durante estos últimos diez años.
Con mucho cariño,

Stephenie Meyer, Vida o Muerte

viernes, 9 de septiembre de 2016

CIUDAD DE HUESO


Enviado por Esther

Demonios, hombres lobo, vampiros, ángeles y hadas conviven en primer libro de la saga Cazadores de Sombras, de Cassandra Clare. una saga de fantasía urbana donde no falta el romance.

En el Pandemonium, la discoteca de moda de Nueva York, Clary sigue a un atractivo chico de pelo azul hasta que presencia su muerte a manos de tres jóvenes cubiertos de extraños tatuajes. Desde esa noche, su destino se une al de esos tres cazadores de sombras, guerreros dedicados a liberar a la tierra de demonios y, sobre todo, al de Jace, un chico con aspecto de ángel y tendencia a actuar como un idiota...

Los Cazadores de Sombras son un grupo de humanos cuya sangre se mezcló hace mil años con la de un ángel, Raziel, para que pudieran luchar contra los demonios que intentaban invadir nuestra dimensión. Hoy, fruto de tantos siglos de contacto con estas criaturas, que siguen tratando de conquistarnos, existen en la Tierra varias razas: vampiros, hombres lobo, hadas, brujos –los llamados “subterráneos”-, de los que los humanos corrientes, los mundanos, apenas tienen conocimiento. Los Cazadores de Sombras deben no sólo matar demonios, sino también mantener la frágil convivencia con los subterráneos y seguir protegiendo a los mundanos sin desvelar su identidad.

                La historia te atrapa, aunque hay partes predecibles. El libro me gustó mucho, pues tiene fantasía, acción, romance, misterio, los diálogos cercanos, unos personajes interesantes.

lunes, 11 de abril de 2016

EL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS


«¡Bienvenido a mi casa! ¡Entre libremente y por su propia voluntad!», tales son las frases con las que el conde Drácula recibe en su castillo a Jonathan Harker, el procurador que le visita para cerrar la compra de una casa en Londres. Jonathan Harker nos describe, en las primeras páginas de su diario de viaje, la abrupta belleza de los parajes que recorre, los montes Cárpatos, y las costumbres de los campesinos: sus comidas bien condimentadas, su carácter adusto, su desconfianza ante los extranjeros. Una de esas noches, Harker pernocta en un hotel llamado irónicamente Corona de oro. Allí recibe una nota del conde en la que le indica qué tiene que hacer para llegar a su castillo. Una anciana le pide que no lo haga. «¿Sabe adonde va y a lo que va?», le pregunta. Al ver que no puede retenerle, le entrega un rosario, y le pide que se lo ponga al cuello. Jonathan sigue su camino preso de una angustia indefinible. «No sé si se debe al temor de la anciana», escribe, «a las múltiples tradiciones fantasmales de este lugar, o al propio crucifijo, pero no me siento ni mucho menos tan tranquilo como de costumbre. Si este cuaderno llegase a manos de Mina antes que yo, que sea portador de mi despedida».
Mina es su prometida, y será la verdadera protagonista de esta novela de la que Oscar Wilde dijo que era la más bella escrita jamás. Es extraño un calificativo así referido a un libro que habla de la desgracia de existir, de un mundo presidido por la abyección y el mal. Una noche pasa algo de gran significado en la historia. Jonathan está en su habitación, afeitándose frente al espejo, y se hace un pequeño corte en la mejilla. Al momento descubre la mano del conde sobre su hombro. No le ha sentido entrar y ve con horror que este no se refleja en el espejo. La visión de la sangre enloquece un momento al conde que, tras romper el espejo en mil pedazos, se va excitado de la habitación. Jonathan Harker merodea esa mañana por el castillo, buscando una salida, hasta comprender que es prisionero de aquel extraño ser. Está oscureciendo cuando se asoma a la ventana de su habitación y ve al conde desplazarse por la pared vertical del castillo como un enorme lagarto. «¿Qué clase de hombre es este o qué clase de ser con apariencia de hombre?», anota en su diario. Y dominado por el temor concluye: «Me encuentro cercado por unos horrores en los que no me atrevo a pensar».
Pronto nos damos cuenta de que el diario, para Jonathan Harker, es algo más que una larga carta de amor dirigida a su prometida: es una forma de supervivencia. Por eso, y momentos después de contemplar la terrorífica escena del conde deslizándose como una alimaña por los muros del castillo, se pone compulsivamente a escribir. Y lo primero que recuerda es una frase de Hamlet: «Mis tablillas, rápido, mis tablillas. / Hora es ya de que lo escriba». Hamlet escribe para no ser arrebatado por la locura, Jonathan Harker como una forma de afirmación de su humanidad frente a las fuerzas destructoras del mal. Rudyard Kipling dice que el narrador es el más solo de los hombres, debe vigilar el sueño de los demás: es el que apaga la luz. El diario de Jonathan Harker es esa lámpara encendida en la oscuridad del castillo de Drácula. La llama que trata de preservar la luz de la conciencia en un mundo presidido por Tánatos, el genio alado de la muerte.
Este diario de apenas setenta páginas contiene toda la novela. Una novela admirable que, cien años después de ser publicada, sigue manteniendo intacta su capacidad de seducción, y que ha hecho del conde Drácula una de las criaturas más deseadas y temidas de la literatura universal, morador por igual de nuestras pesadillas y de nuestras ensoñaciones eróticas. La novela de Bram Stoker habla de nuestra parte maldita. Tres son sus temas centrales: la oscuridad del deseo, el vampiro como doble sin rostro del hombre, y la escritura como forma de conocimiento y espacio de humanidad.
Detengámonos, ahora, en cada uno de ellos.

LA PREGUNTA POR EL DESEO

En uno de los pasajes más escalofriantes del diario de Jonathan Harker, este nos narra su encuentro con los otros habitantes del castillo. Son tres lujuriosas mujeres que irrumpen inesperadamente en su habitación, aprovechando la ausencia del conde, su amo y señor. Poseen una perturbadora belleza y se acercan excitadas a Jonathan. Son tres vampiras y, aunque este se da cuenta enseguida de que algo maléfico las impulsa, no puede evitar caer bajo su hechizo. «Mi corazón», escribe, «se inflamó con un deseo malvado y ardiente de que me besaran con aquellos labios rojos». Y añade: «Era como la dulzura intolerable y estremecedora de unas copas de cristal en las que jugueteara una mano hábil».
Representan, como la Lilith bíblica, el lado oscuro y perverso del ser femenino, la amenaza de una sexualidad libre, sin las ataduras de la religión o las convenciones sociales. Primo Levi, en su relato Lilith, describe así a la primera compañera de Adán: «A ella le gusta mucho el semen del hombre, y anda siempre al acecho de ver adonde ha podido caer (generalmente en las sábanas). Todo el semen que no acaba en el único lugar consentido, es decir, dentro de la matriz de la esposa, es suyo: todo el semen que ha desperdiciado el hombre a lo largo de su vida, ya sea en sueños, o por vicio o adulterio. Te harás una idea de lo mucho que recibe: por eso está siempre preñada y no hace más que parir». Ese semen desperdiciado, el que tiene que ver con los sueños y los deseos inconfesables, es el símbolo de esa sexualidad oscura y siempre ávida de nuevas víctimas que representa el vampiro.
Drácula, escrita en plena época victoriana, habla con un atrevimiento insólito en su época del deseo sexual. Ese deseo no solo aparece en los merodeos nocturnos del conde, sino en el consentimiento de sus víctimas. Una de las leyes que rigen el mundo de los vampiros es que estos solo pueden entrar en una casa si alguien los llama desde su interior, lo que explica la frase con que el conde recibe a Jonathan Harker: «Entre libremente». Es decir, porque así lo desea. Es Jonathan Harker el que desea besar los labios rojos de la vampira, y serán, más tarde, Lucy y Mina las que llamen al conde a su lado para ofrecerse a él. Las escenas de esa entrega son de una intensidad sexual que todavía hoy, en que la sexualidad ha dejado de ser un tabú, nos hacen estremecernos, y cabe imaginar lo que debió suponer en su tiempo leer unos pasajes como estos.
El poder del vampiro, su increíble poder de fascinación, proviene de que nadie como él conoce los deseos de sus víctimas. Si Mina y Lucy, las dos encantadoras protagonistas de esta novela, sucumben a él, es porque les ofrece lo que ellas mismas desean sin darse cuenta. Como si la Lilith bíblica alentara en sus corazones juveniles, y solo esperara el momento oportuno para despertar de su sueño y regresar al mundo.
Drácula, la novela de Bram Stoker, nos enseña que no somos dueños de nuestros deseos, por eso nos perturban. No es cierto que nuestro cuerpo nos pertenezca, siempre pertenece a otro: a aquel o a aquella que lo hace despertar. Mina y Lucy rechazan todo lo que el conde representa —la oscuridad, el daño, el dominio—, y sin embargo una y otra vez lo llaman a su lado, pues inconscientemente ansían ese semen que se pierde en las noches, que no llega a la matriz de la esposa, y que representa la sexualidad libre. Pero mientras que Lucy termina devorada por esa sexualidad y por transformarse ella misma en una vampira, Mina logra sustraerse de su influjo gracias a la fuerza del amor. La historia de estas dos muchachas es sin duda el corazón del libro. Son estremecedoras las escenas en que una Lucy vampira se vuelve cazadora de niños. Y es curioso que esos niños se vayan sin dudarlo con ella. Los niños en los cuentos suelen irse detrás de las damas ensangrentadas, como si intuyeran que solo ellas pueden decirles quiénes son de verdad. El flautista de Hamelin, que se lleva a los niños detrás, es la representación de ese deseo sin ataduras, del mundo libre y oscuro del goce. Mina logra sustraerse a esa influencia fatal. El conde la hace beber su propia sangre para contaminarla, pero ella, con la ayuda de su prometido y de sus amigos, se refugia en el reino frágil y prudente del amor. Ese reino capaz de darnos el rostro que nos niega el deseo.

EL HOMBRE SIN ROSTRO

Los vampiros son monstruos que viven en el umbral de lo humano. Un monstruo es una criatura sin rostro, y la falta de rostro es una de las metáforas más puras sobre la imposibilidad de amar. La literatura fantástica ha tratado una y otra vez este tema. El hombre invisible esconde esa ausencia vendándose la cabeza, y el fantasma de la ópera la oculta detrás de una máscara. No tener rostro es también la tragedia del hombre lobo, y naturalmente del conde Drácula, que no se refleja en los espejos. La pérdida del rostro supone la caída en la animalidad o en el vacío de significación. En El Hombre Invisible, la novela de H. G. Wells, un investigador logra una fórmula con la que consigue la invisibilidad. Muy pronto, el inesperado éxito transformará su vida en una pesadilla: la pérdida del rostro implica la caída en ese mundo anómalo en que no cuentan las razones ni los deseos de los demás. El monstruo es el que no se detiene, el que mira al otro como un bocado o un rival, nunca como alguien que puede ampliar el campo de su libertad. El rostro del otro es un espejo, pero también el espacio de la alteridad. La cultura del viejo humanismo es una cultura del rostro. Nos enseña a mirar a los demás, a verlos en el momento en que dejan de ser fungibles; es decir, intercambiables por otro.
El conde Drácula vive en una noche eterna, privada de sentido, y anhela acercarse el mundo de los hombres. Es un anhelo trágico, que conduce a la muerte a quienes visita. Drácula se inclina sobre el lecho de sus víctimas y, al tomar su sangre, las destruye. Es curioso que elija sus cuellos para hacerlo, como si lo que quisiera es borrarles el rostro. «Ahora sois como yo», les dice, «y estaréis eternamente condenados a vagar sin rostro por el mundo». Arrancar al otro su rostro es cuestionar su condición humana. Drácula es enemigo de los hombres, pero no puede vivir sin su proximidad. Les necesita para aplacar su sed. Drácula no busca solo alimentarse, busca ese algo indefinible que hombres y mujeres llaman alma. Quiere arrebatarles su alma, porque él no la puede tener. Un deseo sin miedo ni sufrimiento, eso es el alma. ¿Existe algo así? No, no existe. Por eso nos atrae el conde Drácula. Su desvelo eterno habla de esa desdicha que es en el fondo toda vida humana, de la existencia como una herida que nada puede cerrar.

EL LIBRO EN MARCHA

Drácula, entre muchas otras cosas, es una novela sobre la escritura de un libro. Un libro que lector ve crecer ante sus ojos, como esa obra que separa la razón de la locura, el mundo de los hombres del de la animalidad y el mal. Un libro colectivo, pues será la suma de lo que escriben sus distintos protagonistas. Todos los que se acercan a Drácula comparten misteriosamente esta necesidad de escribir, de contar lo que les sucede cuando se acercan a él. Y así, tras el diario de la visita al castillo del conde de Jonathan Harker, nos encontraremos con el diario de Mina y con las cartas que esta intercambia con su amiga Lucy. A estos documentos no tardan en sumarse las notas de los doctores Seward y del doctor Van Helsing. Todos ellos padecen, como Hamlet, la misma compulsión a anotar lo que ven, sin perder ni un solo momento, como si supieran que lo que está en peligro no es solo sus propias vidas, sino la misma humanidad.
Hay un momento de la novela en que Mina, consciente de la existencia del ingente material escrito que ha generado la irrupción de Drácula en sus vidas, decide ordenarlo para componer un único texto, un libro que permita seguir las andanzas de conde y anticipar sus acciones futuras. Mina construye así el libro que el lector tiene en sus manos, al tiempo que este lo va leyendo. Y de todo lo que hay escrito en ese libro lo único que verdad nos interesan son los pasajes que hablan del conde. Drácula representa lo que Nietzsche llamó la «gran razón del cuerpo», que es justo lo que niegan los sensatos diarios que leemos, como si eso tan humano de lo que no dejan de hablar, con su sometimiento a todos los convencionalismos de la época, los hiciera intercambiables entre sí y los volviera insignificantes. Solo el conde Drácula habla de lo que somos, solo en él se esconde nuestra verdad.
Las victorias de Drácula, como las del demonio cristiano, proceden de una comprensión profunda de la naturaleza de sus víctimas. El hecho de que Lucy se transforme en vampira, y que la misma Mina esté a punto de hacerlo, significa que esas damas sangrientas que tanto temen viven agazapadas en su interior. Drácula no hace sino liberarlas, pues nadie puede transformarse en algo que no es. La amenaza del vampiro está inscrita en la misma naturaleza de sus víctimas. Habla en suma de todo lo que estas son y se niegan a reconocer.
En la escena de la vampirización de Mina, todo esto aparece expresado con perturbadora y bella crueldad. Drácula se acerca a la joven y, tomándola en sus brazos, le dice que a partir de ahora será de su raza, será carne de su carne, sangre de su sangre, su compañera y su ayudante. Luego posa una mano sobre su hombro para sujetarla y, tras desnudar su cuello con la otra, se inclina sobre ella para beber su sangre. Y, al día siguiente, Mina anota en su diario, recordando la escena: «Yo estaba desconcertada y, por extraño que parezca, no deseaba entorpecerle». A pesar de todo el horror que le produce el conde, lo que Mina nos dice es que deseaba entregarse a él.
Pero no solo es Mina la que cae bajo el influjo de Drácula, sino que también este se siente turbado, al menos unos instantes, por la irrupción de un sentimiento nuevo, incompatible con su naturaleza demoníaca: la intuición del amor humano. Así es, en efecto, como el doctor Seward describe el comportamiento de Drácula en la misma escena: «A pesar de las circunstancias, me resultó curioso observar que, en tanto que el rostro (del conde), blanco de cólera, se agitaba convulso sobre la cabeza inclinada de la mujer, las manos acariciaban tierna y amorosamente su cabello revuelto».
Drácula representa el mundo del deseo sin límites, sin moral, sin posibilidad de aplazamiento o renuncia; Mina, el mundo paciente e inquieto del amor humano, tan cercano a esa escritura que trata de liberarse de la tiranía de las convenciones sociales y atender las razones del cuerpo. Y lo perturbador de esta novela es que nos dice que esos mundos no pueden dejar de estar juntos. El deseo le pide al amor que prolongue sus goces, y el amor le pide al deseo que no le deje sin locura. Ambos buscan lo que no puede ser: las nupcias entre la vida y la muerte.

Gustavo Martín Garzo