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viernes, 11 de noviembre de 2016

ESAS VIEJAS LIBRERÍAS


Hace tiempo, si uno se dirigía a Charing Cross Road desde Trafalgar Square, en cuestión de minutos se encontraba con una librería situada a mano derecha y sobre cuyo escaparate un cartel anunciaba: «WILLIAM BUGGAGE. LIBROS RAROS».
Si uno se detenía a curiosear a través del cristal, podía ver las paredes forradas de arriba abajo con libros y, si abría la puerta y entraba, inmediatamente lo envolvía el hedor a cartón viejo y hojas de té que impregna el interior de toda librería de lance de Londres. Casi siempre había dos o tres clientes, figuras sombrías ataviadas con abrigo y sombrero Trilby, que hurgaban en silencio entre colecciones de Jane Austen y Trollope, Dickens y George Eliot, con la esperanza de dar con una primera edición.
Daba la impresión de que nunca había un dependiente que atendiese a los clientes y, si alguien tenía tanto interés en pagar un libro como para no tomarlo, debía cruzar una puerta que comunicaba con la trastienda y donde se podía leer: «OFICINA. PAGUE AQUÍ». Al traspasarla, uno se encontraba al señor William Buggage y a su ayudante, la señorita Muriel Tottle, ensimismados en sus respectivas tareas. El señor Buggage se sentaba tras una valiosa mesa de despacho de caoba del siglo XVIII, mientras que a poca distancia la señorita Tottle disponía de un mueble algo más pequeño pero no por ello menos elegante, un escritorio de estilo Regencia tapizado en un cuero verde ya desvaído. Sobre la mesa del señor Buggage siempre había un ejemplar del día del Times de Londres, así como del Daily Telegraph, el Manchester Guardian, el Western Mail y el Glasgow Herald. También tenía a su alcance la última edición del Who’s Who, un grueso volumen de tapas rojas, muy baqueteado por el uso. Sobre el escritorio de la señorita Tottle había una máquina de escribir eléctrica y una sencilla pero bonita bandeja con papel de correspondencia y sobres, junto a un surtido de clips y grapadoras y demás parafernalia de oficina.
De vez en cuando, aunque no con demasiada frecuencia, un cliente accedía a la oficina desde la librería y le entregaba el volumen de su elección a la señorita Tottle, quien comprobaba el precio escrito a lápiz en la guarda y aceptaba el dinero, buscando cambio si era necesario en el cajón izquierdo de su escritorio. El señor Buggage ni siquiera se molestaba en mirar a quienes entraban y salían y, si alguno de ellos preguntaba algo, era la señorita Tottle la que respondía.                                                                                                                              
 Roald Dahl, El Librero



¡Es una tiendecita antigua y encantadora, que parece salida directamente de las páginas de una novela de Dickens! ¡Te chiflará cuando la veas!
Tienen fuera unos expositores, y me paré a hojear unas cuantas cosas simplemente para asumir la apariencia de una amante de los libros antes de pasar al interior. Dentro está oscuro: hueles los libros antes de poder verlos; un olor de lo más agradable. No soy capaz de describírtelo, pero es una combinación de moho, polvo y vejez, de paredes revestidas de madera y suelo entarimado. Hacia el fondo de la tienda, a la izquierda, hay un escritorio con una lámpara de estudio encima. Frente a él estaba sentado un hombre de unos cincuenta años, con nariz a lo Hogarth. Levantó la mirada al entrar yo, y me saludó diciendo: «Buenas tardes. ¿Puedo ayudarla?», con marcado acento del Norte. Le respondí que sólo quería curiosear, y me animó a hacerlo.
Hay metros y metros de estantes, inacabables. Llegan hasta el techo y son muy antiguos y de tono agrisado, como de roble viejo que ha absorbido tanto polvo al correr de los años que ya ha perdido su color originario.
Tienen una sección dedicada a grabados, que es una gran mesa alargada en la que se exponen grabados de Cruikshank, de Rackham, de Spy y de otros muchos ilustradores v caricaturistas ingleses que no soy capaz de reconocer porque apenas sé nada de ellos. Hay asimismo algunas revistas ilustradas antiguas deliciosas.

Helene Hanff, 84 Charing Cross Road



Lentamente giró por el pasillo sin saber muy bien lo que iba a encontrar allí. Una librería al uso, seguro que no.
La imagen que se presentó ante sus asombrados ojos fue una imagen que no olvidaría jamás.
A la luz de multitud de lámparas de aceite distribuidas estratégicamente se mostraba una sala enorme de altos techos. Sus cuatro paredes estaban cubiertas desde el suelo hasta el techo de infinidad de estanterías cuyos estantes se combaban bajo el peso de libros de incontables tamaños y colores. En el centro mismo de la sala se alzaban diversas vitrinas acristaladas que contenían manuscritos antiguos en diferentes estados de conservación.
Álex se detuvo maravillada. Jamás hubiese esperado encontrar algo así detrás de esa puerta, en ese callejón de Madrid, en ese siglo… no pertenecía a esa época. La escena parecía sacada del pasado, de un pasado muy lejano. Si cerraba los ojos incluso podía ver a decenas de monjes cistercienses copiando manuscritos en largas mesas… Dejó escapar una carcajada ahogada antes de llevarse las manos a la boca y contener su propia voz.
No había nadie. El silencio era absoluto, solamente roto por el crepitar de la llama de la lámpara que tenía más cerca. Todo era muy extraño.
Al final de la sala vio una puerta ligeramente entornada. Quizá el propietario estuviese en aquella habitación. Un poco insegura decidió ir hasta la puerta y averiguarlo. Era imposible que allí no hubiese nadie.
Comenzó a adentrarse en la sala con los ojos danzando de una estantería a otra. Había tantos libros interesantes que no sabía muy bien por dónde comenzar.

Laura Sanz, La Chica del Pelo Azul

jueves, 21 de julio de 2016

CALLEJEANDO POR LONDRES


             Ya hemos vuelto de vacaciones.

El dónde lo vais a poder ver enseguida. Lo bueno es que, sin buscarlo, muchas calles me recordaban libros y lecturas, como podéis comprobar. También recordaba viejas canciones, que me asaltaban en determinadas esquinas:

Escríbeme, por favor, y cuéntame cosas de Londres. Vivo esperando el día en que pueda bajar del ferry y sentir bajo mis pies sus sucias aceras. Quiero ir caminando hasta Berkeley Square, bajar luego por Wimpole Street, estar un rato en el interior de la catedral de San Pablo, donde predicaba John Donne, sentarme en el escalón donde Isabel se sentó cuando se negó a entrar en la Torre, v cosas así. Un periodista que conozco, que estuvo destinado en Londres durante la guerra, dice que los turistas viajan a Inglaterra con ideas preconcebidas y que por eso encuentran exactamente lo que buscan. Yo le expliqué que me gustaría ir en busca de la Inglaterra de la literatura inglesa, y me respondió: «Pues está allí, sí.»
Helene Hanff, 84 Charing CrossRoad



         Sucedió que una de estas caminatas llevó a los dos amigos hasta una callejuela de un barrio muy concurrido de Londres. La calle era pequeña y estaba lo que se dice tranquila, aunque los días laborables desplegaba una próspera actividad comercial. Al parecer a sus vecinos les iban bien las cosas y todos tenían la ambición de que les fueran todavía mejor para gastar en coqueterías el excedente de sus ingresos; de ahí que los escaparates se sucedieran con un aire tentador como filas de sonrientes dependientas. Incluso los domingos, cuando un velo cubría sus más floridos encantos y estaba casi desierta en comparación con el resto de la semana, la calle relucía en contraste con la suciedad del barrio como una hoguera en mitad de un bosque y, con sus contraventanas recién pintadas, sus bronces bien pulidos y su nota general de alegría y limpieza, al instante captaba y complacía la mirada de los transeúntes.

A dos puertas de una esquina, a mano izquierda yendo hacia el este, interrumpía la línea de las fachadas la entrada a un patio y, justo en este punto, un edificio algo siniestro invadía la calle con su portal. Era una construcción de dos pisos, sin ventanas, con una sola puerta en la planta baja y un muro ciego y deslucido en la planta superior, que en todos sus detalles llevaba impresa la sórdida marca del abandono. La pintura de la puerta, desprovista de campana o llamador, formaba burbujas en unas partes y se había desprendido en otras. Los vagabundos se acurrucaban en el quicio y prendían sus fósforos en los cuarterones; los niños montaban tiendas en los peldaños; algún colegial había probado su navaja en los marcos, y por espacio de casi una generación no parecía que nadie hubiese ahuyentado a estos visitantes fortuitos ni reparado en los destrozos que causaban.

Robert Louis Stevenson, El Doctor Jeckyll y Mister Hyde

domingo, 10 de julio de 2016

EXPURGANDO LIBROS


Cada primavera hago una limpieza general de mis libros y me deshago de los que ya no volveré a leer, de la misma manera que me desprendo de las ropas que no pienso ponerme ya más. A todo el mundo le extraña esta forma de proceder. Mis amigos son muy peculiares en cuestión de libros.

Leen todos los best sellers que caen en sus manos, devorándolos lo más rápidamente posible…, y saltándose montones de párrafos según creo. Pero luego JAMAS releen nada, con lo que al cabo de un año no recuerdan ni una palabra de lo que leyeron. Sin embargo, se escandalizan de que yo arroje un libro a la basura o lo regale.

Según entienden ellos la cosa, compras un libro, lo lees, lo colocas en la estantería y jamás vuelves a abrirlo en toda tu vida, ¡PERO NUNCA LO TIRAS! ¡JAMÁS DE LOS JAMASES SI ESTÁ ENCUADERNADO EN TAPA DURA! Pero… ¿por qué no?

Personalmente creo que no hay nada menos sacrosanto que un mal libro e incluso un libro mediocre.

Helene Hanff, 84 Charing CrossRoad

domingo, 14 de junio de 2015

84 CHARING CROSS ROAD

Enviado por María, B2C

En octubre de 1949, Helene Hanff, una joven escritora desconocida, envía una carta desde Nueva York a Marks & Co., la librería situada en el 84 de Charing Cross Road, en Londres. Apasionada, maniática, extravagante y muchas veces sin un duro, la señorita Hanff le reclama al librero Frank Doel volúmenes poco menos que inencontrables que apaciguarán su insaciable sed de descubrimientos. Veinte años más tarde, continúan escribiéndose, y la familiaridad se ha convertido en una intimidad casi amorosa.

Esta correspondencia excéntrica y llena de encanto es una pequeña joya que evoca, con infinita delicadeza, el lugar que ocupan en nuestra vida los libros... y las librerías. 84, Charing Cross Road pasó casi inadvertido en el momento de su publicación, pero desde la década de los setenta se ha convertido en un verdadero libro de culto a ambos lados del Atlántico.

Contar una historia a través de la correspondencia entre los personajes es un recurso que se ha utilizado mucho y muy bien antes de esta novela, pero lo que es verdaderamente genuino de este libro, lo que le diferencia del resto es que aunque es una novela en el sentido de que cuenta una historia, es una colección de cartas reales escritas con fines no literarios, y aun así funciona a la perfección desde el punto de vista narrativo.
Hay en esas páginas toda una trama que es la evolución individual y conjunta de los personajes, el nacimiento y desarrollo a través de los libros de una profunda amistad entre dos personas que no llegaron a conocerse y el ambiente de una época relativamente cercana pero a la vez tan radicalmente diferente de la nuestra. Sea lo que sea lo que hace funcionar a este libro, es lo suficientemente poderoso como para funcionar igualmente en cine (los papeles principales los interpretaron Anne Bancroft y Anthony Hopkins), así como en el teatro. Y es que hay algo entrañablemente hermoso en un libro viejo como vínculo de unión entre dos personas.

Veamos a los principales personajes:

Helene Hanff es una joven escritora excéntrica, maniática y desconocida que escribe guiones para la televisión y que malvive en un pisito de Nueva York. Mujer con gran corazón va enriqueciendo la amistad con Frank, su familia y otros empleados y gente de Londres con su gran carisma y con pequeños detalles como unas medias de nailon que envía a Nora y a las pequeñas hijas de Frank. Tiene bastante genio y utiliza muy bien la ironía y la broma para “regañar” a Frank por su tardanza con los pedidos. Entre ellos va surgiendo una especie de “amor platónico” que no se puede realizar porque Helene no llega a tener la oportunidad de conocerle en persona.

Frank Doel es un librero inglés, educado y puntilloso, casado en su segundo matrimonio con Nora, y padre de dos hijas. Es un hombre muy formal y comprometido con su trabajo. Llega a tener una gran estima y cariño hacia Helene como se puede llegar a mostrar en algunas cartas.

Es una historia que no conocía de nada, ni si quiera había oído hablar sobre la película que David Hugh Jones dirigió, y sin embargo, me ha sorprendido como durante veinte años dos personas totalmente desconocidas continúan manteniendo el contacto y la amistad que surge entre ellos.

Me imaginaba a Helene, la protagonista, como una chica muy extrovertida. un tanto rara y despistada pero con un gran corazón. A pesar de que su trabajo como guionista no le da apenas para comer, decide mandar canastos con alimentos para Frank, su familia y los empleados. Grandes detalles por su parte que hacen que vaya surgiendo el cariño y la amistad entre ellos. El estilo de Helene contrasta con el que al principio muestra Frank, una persona formal y comprometida con su trabajo.

Es un libro que se lee muy rápido y al ser pequeñas cartas, entretiene y es muy curioso. Te vas fijando en las fechas de cada una de las cartas y pese, al paso del tiempo (días e incluso bastantes meses), parecen escritas de un día para otro.

El final fue totalmente desconcertante y un duro golpe. En ningún momento te esperas que uno de los protagonistas muera. Las palabras de agradecimiento de la familia y amigos a Helene son muy emotivas. Tras esto, apenas hay más cartas y sientes la necesidad de encontrar en algún sitio recóndito más cartas guardadas que continúen con esta historia.