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lunes, 4 de junio de 2018

EN LA FERIA



No sé cómo encontré por primera vez el camino hacia el Retiro y la Feria del Libro de Madrid. Era en 1970. Como fui a la escuela en los tiempos anteriores a la pedagogía tengo buena memoria para las fechas y por lo tanto puedo situar con precisión los recuerdos. Era la primera vez que viajaba a Madrid, la primera vez que había subido a un tren, que había pisado el territorio fantasma de las estaciones a medianoche, con sus relojes iluminados y sus luces rojas señalando la frontera de la oscuridad al final de los andenes. Viajaba con mis abuelos maternos, que tenían el proyecto de visitar la Feria del Campo, El Escorial y el Valle de los Caídos, de pasear por el Retiro, poner una vela al Cristo de Medinaceli y tomar cañas con gambas en una taberna al parecer legendaria que se llamaba El Abuelo. En la taberna del Abuelo, decía con admiración la gente de mi provincia cuando volvía de Madrid, se consumían tantas gambas que los pies se hundían entre las peladuras crujientes y hacía falta un esfuerzo heroico para abrirse paso entre los joviales bebedores de cañas. En todo lo que contaban de Madrid había un esplendor que intrigaba mucho al niño gatuno que rondaba las conversaciones de los mayores. El Cristo de Medinaceli era el más milagroso, el Retiro contenía un bosque y una extensión de agua que podía parecerse al mar, en el Valle de los Caídos estaba la cruz más alta del mundo, en la plaza de Las Ventas sólo triunfaban las grandes figuras del toreo, las gambas frescas y la cerveza espumosa del Abuelo no tenían comparación. Mandaban postales y en ellas el cielo de Madrid sobre la Cibeles y la perspectiva de la calle de Alcalá o sobre las torres de la plaza de España tenía un azul más puro que el de los mares de los mapas.

La Feria del Campo resultó un largo tormento de maquinarias calentándose al sol de finales de mayo o principios de junio. En el mismo día de excursión en autobús El Escorial y el Valle de los Caídos se nos confundieron en un tedio de cámaras funerarias y explanadas graníticas. Una vaga rebeldía antifranquista me acentuaba el malhumor de adolescente cansado de ir a remolque de las expediciones de los adultos. El Museo del Prado y el Museo del Ejército se mezclaban en una extenuadora sucesión de cuadros de santos y cañones. El estanque del Retiro no era esa especie de mar que yo había imaginado desde muy niño escuchando los relatos fantasiosos de los adultos sino una gran alberca de agua turbia sin mucho interés para quien había navegado desde antes de tener uso de razón por los vibrantes mares del cine.

De vez en cuando me escapaba de la tutela de mis abuelos y me aventuraba fuera de la pensión para explorar Madrid por mi cuenta, con la alegría y el miedo de encontrarme solo en una ciudad que parecía inmensa. Me veía como un adulto: tenía catorce años, fumaba, llevaba pantalón largo aunque hiciera calor de verano, me peinaba con raya. Por primera vez en mi vida las calles por las que iba estaban habitadas exclusivamente por desconocidos. Se me iban los ojos detrás de las mujeres. Las mujeres en Madrid eran más altas, más descaradas, más jóvenes. Uno las miraba a los ojos y ellas le sostenían la mirada. Uno las miraba no por impertinencia ni desafío sino porque se quedaba pasmado y no se daba cuenta de la fijeza pueblerina con que lo miraban todo sus ojos. Hacía calor y las chicas llevaban minifaldas y camisas negras caladas. Se acostaba uno en el cuarto de la pensión, delante del balcón abierto en el que nunca cesaba el clamor del tráfico, y las imágenes de la ciudad y de las mujeres seguían agitándose en la cámara oscura de la memoria y no lo dejaban dormir, a pesar del agotamiento de las caminatas.

No recuerdo si por azar o a propósito desemboqué una mañana en la Feria del Libro. El único sitio en el que hasta entonces yo había visto muchos libros juntos era la biblioteca pública de Úbeda. Pero en su mayor parte se trataba de ediciones antiguas, muy gastadas, con lomos de encuadernación más bien lúgubre, todo de acuerdo con el aire un poco decrépito de aquel lugar, con las lámparas bajas que no disipaban la penumbra y con las toses espectrales de unos bibliotecarios ancianos.

Yo no estaba preparado para el asombro de tantos puestos alineados a la sombra fresca de los árboles, de tantos libros recién impresos, con portadas en colores vivos que exageraban su efecto por el hecho de su multiplicación. La Feria del Libro era el gentío de Madrid, la amplitud del espacio, el tamaño de los árboles, la anchura de las perspectivas, el mareo de la soledad y del miedo soterrado a perderme y de la excitación de las mujeres, todo junto. Los museos, las exposiciones agrícolas y las bóvedas funerarias de El Escorial y del Valle de los Caídos pertenecían a otro mundo con el que yo, con mi soberbia de adolescente reservón y enfadado, no tenía nada que ver. Lo mío era ir por la calle fumándome un cigarrillo sin miedo a que me pillara alguien de mi familia en una ciudad demasiado pequeña en la que me conocía todo el mundo; era imaginar mirándome en los escaparates que había cumplido unos años más, me había dejado el pelo largo y vivía en Madrid, y acudía con desenvoltura a los sitios en los que se encontraban los escritores, los cafés, la Biblioteca Nacional, la Feria del Libro.

En mi ciudad, en los escaparates de las papelerías, solía quedarme mirando las cubiertas de unos pocos libros que permanecían meses en el mismo lugar invariable, entre cuadernos, pisapapeles, álbumes de comunión, estuches de lápices de colores. En algunos de aquellos escaparates los colores de las portadas se habían ido amortiguando según pasaba el tiempo. En un solo puesto de la feria de Madrid había tantos libros que uno podía estarse horas enteras mirando sin haberlos visto todos. No recuerdo si vi a algún escritor, aunque no creo que hubiera reconocido a ninguno. Los escritores a los que yo leía -Julio Verne, Dumas, Gustavo Adolfo Bécquer- llevaban muertos mucho tiempo, de modo que tal vez no acababa de imaginarme que la literatura fuese un oficio que alguien pudiera ejercer en el tiempo presente. Yo a veces me imaginaba escritor, pero menos por vocación que por fantasía caprichosa, igual que me imaginaba astronauta o corresponsal de guerra o náufrago en una isla desierta. Como un niño solo en el edificio entero de una juguetería me mareé entre los libros, el calor y la gente, mirando precios, contando el poco dinero que llevaba, con mucha cautela, porque me habían advertido que Madrid era una ciudad llena de carteristas. Absurdamente me acabé comprando el Martín Fierro y una historia de la Mafia. Volví tan tarde a la pensión que mis abuelos ya temían que me hubiera perdido, que me hubiera pasado algo, en aquella ciudad que en el fondo nos daba tanto miedo.

Antonio Muñoz Molina

lunes, 26 de febrero de 2018

EL CONDE DE MONTECRISTO


Tras una cena a tres, más bien rápida, tranquila y cortés, durante la que nos reímos de nuestro primer encuentro en el sendero, me ofrecí a tocar algún fragmento al violín para nuestro invitado, antes de irnos a la cama. Pero el sastre, con los párpados entornados, lo rechazó.
—Mejor contadme alguna historia —nos pidió con un largo y arrastrado bostezo—. Mi hija me ha dicho que sois dos narradores formidables. Por eso me he alojado en vuestra casa.
Alertado sin duda por la fatiga que mostraba el modisto de la montaña, o tal vez por modestia ante su futuro suegro, Luo me propuso que aceptara el desafío.
—Hazlo —me alentó—. Cuéntanos algo que yo no conozca todavía (...)
Ciertamente habría elegido contar una película china, norcoreana o, incluso, albanesa, si no hubiera probado aún la fruta prohibida, la maleta secreta del Cuatrojos. Pero ahora estas películas del realismo proletario más agresivo, que fueron antaño mi educación cultural, me parecían tan alejadas de los deseos humanos, del verdadero sufrimiento y, sobre todo, de la vida, que no veía interés alguno en tomarme el trabajo de contarlas a una hora tan tardía. De pronto, una novela que acababa de terminar me vino a la memoria. Estaba seguro de que Luo no la conocía aún, puesto que sólo se apasionaba por Balzac.
Me incorporé, me senté al borde de la cama y me preparé para pronunciar la primera frase, la más difícil, la más delicada; quería algo sobrio.
—Estamos en Marsella, en 1815.
Mi voz resonó en la estancia, oscura como boca de lobo.
—¿Dónde está Marsella? —interrumpió el sastre con voz somnolienta.
—En la otra punta del mundo. Es un gran puerto de Francia.
—¿Y por qué quieres que vayamos tan lejos?
—Quería contarles la historia de un marinero francés. Pero si no le interesa, mejor será que durmamos. ¡Hasta mañana!
En la oscuridad, Luo se acercó a mí y me susurró suavemente:
—¡Bravo, amigo!
Uno o dos minutos más tarde, escuché de nuevo la voz del sastre:
—¿Cómo se llama tu marinero?
—Al comienzo, Edmond Dantes, luego se convierte en el conde de Montecristo.
—¿Cristo?
—Es otro de los nombres de Jesús, que significa el mesías o el salvador.
Así comencé el relato de Dumas. Por fortuna, de vez en cuando, Luo me interrumpía para hacer en voz baja comentarios sencillos e inteligentes; se mostraba cada vez más atraído por la historia, lo que me permitió concentrarme de nuevo y librarme de la turbación que el sastre me había causado. Éste, sin duda superado por todos aquellos nombres franceses, aquellos lugares lejanos y por su dura jornada de trabajo, no dijo ni una sola palabra desde que comencé la historia. Parecía sumido en un sueño plúmbeo.
Poco a poco, la eficacia del maestro Dumas prevaleció y olvidé por completo a nuestro invitado; contaba, contaba y seguía contando... Mis frases se volvían más precisas, más concretas, más densas. Conseguí, con cierto esfuerzo, mantener el tono sobrio de la primera frase. No era cosa fácil. Al contar la historia, me sorprendió, incluso agradablemente, percibir con total claridad el mecanismo del relato, el emplazamiento del tema de la venganza, los hilos preparados por el novelista que, más tarde, se divertiría tirando de ellos con mano firme, hábil, audaz a menudo; era como contemplar un gran árbol arrancado, extendiendo por el suelo la nobleza de su tronco, la anchura de sus ramas, la desnudez de sus gruesas raíces.
Ignoraba cuánto tiempo había transcurrido. ¿Una hora? ¿Dos? ¿Más aún? Pero cuando nuestro héroe, el marinero francés, es encarcelado en un calabozo donde se pudriría durante veinte años, la fatiga, excesiva sin duda, me obligó a detener el relato.
—Ahora —susurró Luo—, lo haces mejor que yo. Tendrías que haber sido escritor.
Embriagado por el cumplido de un narrador superdotado, dejé que el sopor se apoderara rápidamente de mí. De pronto, oí la voz del viejo sastre mascullando en la oscuridad.
—¿Por qué te detienes?
—¡Caramba! —exclamé—. ¿No duerme usted aún?
—Claro que no. Te he estado escuchando. Tu historia me gusta.
—Ahora tengo sueño.
—Intenta proseguir un poco más, por favor —insistió el viejo sastre.
—Sólo un poco —le dije—. ¿Recuerda usted dónde me he quedado?
—Cuando penetra en el calabozo de un castillo, en medio del mar...
Sorprendido por la precisión de mi oyente, a pesar de su avanzada edad, proseguí la historia de nuestro marinero francés... Cada media hora me detenía, a menudo en un momento crucial, no por la fatiga sino por la inocente coquetería del narrador. Hacía que me suplicaran y volvía a contar de nuevo. Cuando el abate, encerrado en el miserable calabozo de Edmond, le reveló el secreto del inmenso tesoro oculto en la isla de Montecristo y lo ayudó a evadirse, la luz del alba entró en nuestra alcoba por las grietas de los muros, acompañada por el gorjeo matinal de las alondras, las tórtolas y los pinzones.
Aquella noche en blanco nos agotó a todos. El modisto se vio obligado a ofrecer a la aldea una pequeña suma de dinero para que el jefe nos permitiera permanecer en casa.
—Descansa bien —me dijo el viejo guiñándome el ojo—. Y prepara mi cita de esta noche con el marinero francés.
Ciertamente fue la historia más larga que he contado en mi vida: duró nueve noches enteras. Nunca he comprendido de dónde procedía la resistencia física del viejo sastre, que al día siguiente trabajaba toda la jornada. Inevitablemente, algunas fantasías, discretas y espontáneas, debidas a la influencia del novelista francés, comenzaron a aparecer en los vestidos nuevos de los aldeanos, sobre todo elementos marineros. El propio Dumas habría sido el primer sorprendido si hubiese visto a nuestras montañesas ceñidas en una especie de guerreras de hombros caídos y con un gran cuello, cuadrado por detrás y puntiagudo por delante, que chasqueaba al viento. Casi olían a Mediterráneo. Los pantalones azules de los marinos, mencionados por Dumas y realizados por su discípulo el viejo sastre, habían conquistado el corazón de las muchachas, con sus anchas y flotantes perneras de las que parecía emanar el perfume de la Costa Azul. Nos hizo dibujar un ancla de cinco puntas que se convirtió en el motivo más solicitado de la moda femenina de aquellos años, en la montaña del Fénix del Cielo. Algunas mujeres consiguieron, incluso, bordarlo fielmente en minúsculos botones, con hilo de oro. En cambio, reservamos celosamente ciertos secretos, descritos por Dumas con todo detalle, como el lis bordado en los estandartes, el corsé y el vestido de Mercedes, en exclusiva para la hija del sastre.

domingo, 3 de septiembre de 2017

TIGRE, TIGRE


Tigre, tigre, que te enciendes en luz
por los bosques de la noche
¿qué mano inmortal, qué ojo
pudo idear tu terrible simetría?

¿En qué profundidades distantes,
en qué cielos ardió el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas osó elevarse?
¿Qué mano osó tomar ese fuego?

¿Y qué hombro, y qué arte
pudo tejer la nervadura de tu corazón?
Y al comenzar los latidos de tu corazón,
¿qué mano terrible? ¿Qué terribles pies?

¿Qué martillo? ¿Qué cadena?
¿En qué horno se templó tu cerebro?
¿En qué yunque?
¿Qué tremendas garras osaron
sus mortales terrores dominar?

Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas
y bañaron los cielos con sus lágrimas
¿sonrió al ver su obra?
¿Quien hizo al cordero fue quien te hizo?

Tigre, tigre, que te enciendes en luz,
por los bosques de la noche
¿qué mano inmortal, qué ojo
osó idear tu terrible simetría?

William Blake

                Este poema da título a una de las obras maestras de la ciencia ficción, Tigre, Tigre de Alfred Bester (aunque al revisar la obra el autor le cambiaría el título: Las Estrellas mi Destino).


En el siglo XXV, las técnicas de teleportación (jaunteo, es el término que emplea el libro por su descubridor; un hombre puede teleportarse a lugares en los que ha estado antes) ha cambiado de forma radical la sociedad de la Tierra.

                Un hombre, Gully Foyle (claro homenaje al protagonista de Verne en La Vuelta al Mundo en Ochenta Días), un hombre corpulento y de escasa capacidad intelectual, lleva cerca de seis meses en una nave destrozada a la deriva, donde el oxígeno comienza a escasear, repitiendo una y otra vez:

—¿Quién eres?
—Guly Foyle es mi nombre.
—¿De donde eres?
—La tierra es mi nación.
—¿Dónde estas ahora?
—En el profundo espacio, mi vivienda.
—¿A dónde te diriges?
—La muerte es mi destino.

                Hasta que una nave aparece, la Vorga-T:1339, y le ve, pero se desentiende de la situación y le abandona en medio del espacio. La ira y el odio se apoderan de Gully Foyle, quien clama venganza contra la Vorga, quiere matar a la nave y sus tripulantes, e intentará lo imposible. Ese sentimiento de venganza le permitirá sobrevivir, que nos recuerda a otro libro de nuestra juventud: El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. 

viernes, 25 de agosto de 2017

¿POR QUÉ SE FASTIDIA TODO AL CUMPLIR LOS 17?


¿Qué ocurre cuando, recién cumplidos 17 años, una descubre que acaba de enamorarse como una tonta de uno de sus profes del instituto?

La respuesta está en esta novela, que narra la historia de Lola, una guapa chica de primero de bachillerato que, el día de su cumpleaños, despierta con la sensación de que algo muy especial está a punto de ocurrirle, tal vez su primera historia de amor. Lo que no puede imaginar es que esa historia tendrá como protagonista a David, su nuevo profesor de Filosofía, y que las consecuencias van a suponer un auténtico cataclismo en una vida en la que, hasta ahora, todo le ha sonreído.

Y para complicar las cosas aún más aparece en escena Pedro, un compañero de clase enamorado de Lola en secreto. Y también el Heavy, su inseparable camarada, un muchacho inconformista y algo cínico, pero a la vez sensible y tremendamente inteligente. ¿Qué pasará cuando el Heavy decida convertirse en el consejero amoroso de su tímido amigo? ¿Cómo acabará todo este embrollo?

El drama está servido, y también la diversión.

La novela de Eloy M. Cebrián se sitúa en Albacete (no se nombra como tal la ciudad, pero es fácilmente reconocible por el instituto, los paseos, el parque…) a finales de los 90 (concretamente en el primer trimestre de 1999), un mundo, como se indica en la nota inicial, donde los jóvenes carecen de móvil, no conocen las redes sociales, llevar un aro en la oreja era impensable para un chico y tendencioso, pero que son iguales que los de ahora. El eje de la historia son las relaciones sentimentales de Lola y sus consecuencias (ilusiones, desengaños, apatía, maledicencia…).

                Los personajes principales son los tres adolescentes, fácilmente reconocibles en nuestras aulas. Primero tenemos a Laura: se considera mayor pues acaba de cumplir diecisiete años, un tanto creída (tanto por su físico como por sus resultados académicos), con cierto miedo a Esther, su mejor amiga, pues la considera una cotilla; cuando llegan los problemas, reacciona como lo haría la mayor parte de las chicas de su edad, ocultando la situación a sus padres.  Pedro, el compañero enamorado de Lola (y todo el mundo sabe su secreto), ante la  presencia de ella es incapaz de hablar o hilvanar dos frases seguidas; en el fondo, es un capullo, por no aplicarle otro adjetivo más fuerte, que cuando se le tuercen las cosas no sabe reaccionar bien y actúa de forma desproporcionada (¿a un colegio de curas? A la legión, lo mandaba). Mi personaje favorito es el que nos queda, “El Heavy” (lástima no conocer su nombre), el mejor amigo de Pedro desde el parvulario; por su forma de vestir, sus gustos musicales, mucha gente le mira mal (el padre de Pedro, por ejemplo, cree que es una mala influencia para su hijo), pero todo eso no es más que una fachada, pues en el fondo es un sentimental al que le gusta leer (y nos lo va a demostrar) y escribir (lo que va a ocultar a todo el mundo).

                Otros personajes que vale la pena destacar: David, el profesor de Filosofía, que al final le van a caer todos los palos y sin saber por qué. El padre de Lola, conocido político comunista (recordemos que el nombre de su hija es un homenaje a la Pasionaria), que, conforme han ido pasado los años, se ha ido aburguesando y cree que su hija es todavía una niña pequeña a la que hay que proteger de todo mal.

                Hay varias referencias literarias en el libro; destacan la novela de Vladimir Nabokov, Lolita (apelativo que odia Lola, y que emplean su padre y David), o Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas, o ese Cyrano que encarnará el Heavy.

                Os dejo con la canción Thunder Road, de Bruce Springsteen, que suena al comienzo de la segunda parte cuando Lola comienza a darle vueltas a lo que ha pasado la noche anterior. 

viernes, 4 de agosto de 2017

BALZAC Y LA JOVEN COSTURERA CHINA


Luo y el narrador, cuyo nombre no llegamos a conocer, son dos adolescentes chinos enviados a una aldea perdida en las montañas del Fénix del Cielo, cerca de la frontera con el Tíbet, para cumplir con el proceso de «reeducación» implantado por Mao Zedong a finales de los años sesenta.

 Soportando unas condiciones de vida infrahumanas, con unas perspectivas casi nulas de regresar algún día a su ciudad natal, todo cambia cuando, al descubrir que nadie en el pueblo ha visto una película, Luo, un experto narrador, les cuenta diferentes películas que ha visto. As, o las que el jefe del poblado les encarga ver en la ciudad más cercana que está a dos días de camino. Así saldrán de la aldea y conocerán a Sastrecilla, una joven hermosa, de la que se enamoran.

Más tarde robaran a otro joven que se está reeducando una maleta llena de libros prohibidos, de obras emblemáticas de la literatura occidental. Así pues, gracias a la lectura de Balzac, Dumas, Stendhal o Romain Roland, los dos jóvenes descubrirán un mundo repleto de poesía, sentimientos y pasiones desconocidas, y aprenderán que un libro puede ser un instrumento valiosísimo a la hora de conquistar a la atractiva Sastrecilla.

Con la cruda sinceridad de quien ha sobrevivido a una situación límite, Dai Sijie ha escrito este relato autobiográfico que sorprenderá al lector por la ligereza de su tono narrativo, casi de fábula, capaz de hacernos sonreír a pesar de la dureza de los hechos narrados. Además de valioso testimonio histórico, Balzac y la Joven Costurera China es un conmovedor homenaje al poder de la palabra escrita y al deseo innato de libertad.

                Podemos considerar la novela de Dai Sijie como una novela de iniciación, pues vemos como los protagonistas van madurando, conocen el amor y a través de los libros podrán superar los estrechos límites fijados por la política de reeducación: Durante todo el mes de septiembre, tras el éxito de nuestro robo, fuimos tentados, invadidos, conquistados por el misterio del mundo exterior, sobre todo el de la mujer, el del amor, el del sexo, que los escritores occidentales nos revelaban día tras día, página tras página, libro tras libro.

                Con respecto a los personajes, destacan tres: el narrador, que poco a poco va adquiriendo protagonismo en la novela, sobre todo a partir del robo de los libros. Luo, su amigo, posee unas dotes excepcionales para relatar historias y, enamorado de La Sastrecilla, será quien, a través de las historias que le va contando, haga que tome conciencia del valor de su belleza. Sastrecilla, cuya belleza la convierte en el objeto de deseo de todos los jóvenes de la comarca; las historias de Luo harán que tome conciencia del valor de su belleza; reveladora es su última entrevista con Luo, cuando se va de casa, pues ella le dice que Balzac le ha hecho comprender algo: la belleza de una mujer es un tesoro que no tiene precio.

domingo, 16 de julio de 2017

LA TOMA DE LA BASTILLA


—Ahora —dijo—, está tranquilo: voy a buscar a tu padre a la Bastilla.
—¡Desgraciado! —exclamó el director, cogiendo las manos de Billot—. ¿Cómo llegaréis hasta un prisionero de Estado?
—¡Tomando la Bastilla, truenos de Dios!
Algunos guardias franceses comenzaron a reírse, y al cabo de un instante todos los imitaron.
—Pero ¿qué es la Bastilla, si queréis decírmelo? —gritó Billot, paseando en torno suyo una mirada de cólera.
—Piedras —dijo un soldado.
—Hierro —añadió otro.
—Fuego —exclamó un tercero—. Y mucho cuidado, buen hombre, porque allí se quema uno.
—¡Sí, sí, se quema! —repitió la multitud con terror.
—¡Ah, parisienses! —gritó el labrador—. ¡Ah! Tenéis azadones y teméis las piedras; tenéis plomo y os amedrenta el hierro; tenéis pólvora y os infunde pavor el fuego. ¡Parisienses cobardes; máquinas de la esclavitud! ¡Mil rayos! ¿Quién es el hombre de corazón que quiere venir conmigo y con Pitou, a tomar la Bastilla del rey? Yo me llamo Billot, labrador en la isla de Francia. ¡Adelante!
Billot acababa de elevarse a lo más sublime de la audacia.
La multitud enardecida se agitaba en torno suyo, gritando:
—¡A la Bastilla, a la Bastilla!
Sebastián quiso cogerse a Billot; pero éste le rechazó con suavidad.
—Niño —díjole—, ¿cuál es la última palabra escrita por tu padre?
—¡Trabaja! —contestó Sebastián.
—Pues trabaja aquí: nosotros vamos a trabajar allí abajo; nuestra tarea es destruir y matar.
El joven no contestó una palabra; ocultó su rostro entre las manos, sin estrechar siquiera los dedos de Pitou, que le abrazaba, y sobrecogiéronle tan violentas convulsiones que fue preciso llevarle a la enfermería del colegio.
—¡A la Bastilla! —gritó Billot.
—¡A la Bastilla! —gritó Pitou.
—¡A la Bastilla! —repitió la multitud.
Y se encaminaron hacia la Bastilla (...)
Billot avanzaba siempre; pero no era ya él quien gritaba. La multitud, prendada de su aspecto marcial, reconociendo en aquel hombre uno de los suyos, comentaba sus palabras y sus actos, y le seguía siempre, aumentando como la ola de la marea montante.
Detrás de Billot, cuando desembocó en el muelle de San Miguel, había más de tres mil hombres, armados de cuchillos, de hachas, de picas y de fusiles.
Todo el mundo gritaba: «¡A la Bastilla, a la Bastilla!».

Alejandro Dumas, Ángel Pitou


Aquella mañana San Antonio se vio invadido por una masa de gente miserable que iba de una parte a otra, sobre cuyas cabezas ondulantes brillaba, a veces, la luz al reflejarse en los sables y las bayonetas. Tremendo rugido surgía de la garganta de San Antonio, y se agitaba en el aire un verdadero bosque de armas desnudas, como ramas de árboles sacudidas por el viento invernal; todos los dedos oprimían con fuerza un arma o cualquier cosa que sirviera de tal.
Nadie habría podido decir quién se las daba ni de dónde procedían; pero en breve se distribuyeron mosquetes, cartuchos, pólvora y balas, barras de hierro y de madera, cuchillos, hachas, picas y toda arma que se pudiera encontrar o imaginar. Y los que no tenían otra cosa se dedicaban con ensangrentadas manos a sacar de las paredes las piedras y los ladrillos. Todos los corazones, en San Antonio, latían con el apresuramiento de la fiebre, y todo ser que tenía vida estaba dispuesta a sacrificarla.
Así como un remolino de agua hirviente tiene su vorágine, así aquel remolino humano tenía su centro en la taberna de Defarge, y cada una de las gotas humanas que había en el monstruoso caldero mostraba tendencia a dirigirse hacia el punto en que se hallaba Defarge, sucio de sudor y de pólvora, que daba órdenes, entregaba armas, hacía avanzar a unos y retroceder a otros, desarmaba a uno para armar a otro y trabajaba como un endemoniado en lo más espeso de aquella confusión.
—¡Ponte cerca de mí, Jaime Tres! —gritó Defarge;— y vosotros, Jaime Uno y Jaime Dos, separaos o poneos a la cabeza de tantos patriotas como os sea posible. ¿Dónde está mi mujer?
—¡Aquí! —le gritó su esposa siempre tranquila aunque sin estar entregada a su labor de calceta. La decidida mano derecha de aquella mujer tenía asida un hacha y en su cintura llevaba una pistola y un cuchillo.
—¿Adónde vas, mujer?
—Ahora contigo —le contestó ella.— Luego ya me verás a la cabeza de las mujeres.
—¡Ven, pues! —exclamó Defarge con fuerte voz.— ¡Ya estamos listos, patriotas y amigos! ¡A la Bastilla!
Con un rugido como si, al oír la detestada palabra, resonaran todas las voces de Francia, se levantó aquel mar viviente, y sus numerosas oleadas se extendieron por parte de la ciudad. Se oían campanadas de alarma, redoblar de tambores y aquel mar alborotado empezó el ataque.
Profundos fosos, doble puente levadizo, macizos muros de piedra, ocho enormes torres, cañones, mosquetes, fuego y humo... A través del fuego, y del humo, en el fuego y en el humo, porque aquel mar lo arrojó contra un cañón, y en un instante se convirtió en artillero, Defarge, el tabernero, trabajó como valeroso soldado por espacio de dos horas. Profundo foso, un solo puente levadizo, macizos muros de piedra, ocho grandes torres, cañones, mosquetes, fuego y humo... Cae un puente levadizo. ¡Animo, camaradas! ¡Animo, Jaime Uno, Jaime Dos, Jaime Mil, Jaime Dos Mil, Jaime Veinticinco Mil! ¡En nombre de los ángeles o de los diablos, como queráis! ¡Animo! Así gritaba Defarge, el tabernero, junto a su cañón, que estaba ya rojo.
—¡A mí las mujeres!— gritaba Madame Defarge: ¡Cómo! ¿No podremos matar como los hombres cuando haya caído la plaza?
Y acudían a su lado gritando numerosas mujeres diversamente armadas, pero todas iguales por el hambre y la sed de venganza que las animaba.
Cañones, mosquetes, fuego y humo... pero aun resistían el profundo foso, el puente levadizo, los macizos muros de piedra y las ocho enormes torres. En el mar que atacaba se veían pequeños desplazamientos originados por los heridos que caían. Chispeantes armas, antorchas ardientes, carros humeantes llenos de paja húmeda, enormes esfuerzos junto a las barricadas, gritos, maldiciones, actos de valor, estruendos, chasquidos y los furiosos rugidos del viviente mar; pero aun resistían el profundo foso, el puente levadizo, los macizos muros de piedra y las ocho enormes torres; no obstante, Defarge, el tabernero, seguía disparando su cañón doblemente enrojecido por el incesante fuego de cuatro horas.
Una bandera blanca desde dentro de la fortaleza y un parlamentario... apenas visible entre aquella tempestad y por completo inaudible. De pronto el mar se encrespó y arrastró a Defarge, el tabernero, sobre el tendido puente levadizo, lo hizo pasar más allá de los macizos muros de piedra, entre las ocho enormes torres que se habían rendido.
Tan irresistible era la fuerza del océano que lo arrastraba, que, para él, era tan impracticable respirar como volver la cabeza, como si hubiera estado luchando contra la resaca del mar del Sur, hasta que, por fin, se vio dentro del patio exterior de la Bastilla.
Allí, apoyado en una pared, hizo un esfuerzo para mirar a su alrededor. Cerca de él, estaba Jaime Tres, y la señora Defarge, capitaneando a algunas mujeres, se hallaba a poca distancia empuñando el cuchillo. El tumulto era general, reinaba la alegría, la estupefacción y se oía un ruido espantoso.
—¡Los presos!
—¡Los registros!
—¡Los calabozos secretos!
—¡Los instrumentos de tortura!
—¡Los presos!
          Entre estos gritos y otras mil incoherencias, el grito más general entre aquel mar de cabezas era el de: “¡Los presos!”

Charles Dickens, Historia de dos Ciudades

domingo, 8 de enero de 2017

EL CEMENTERIO DEL CASTILLO DE IF


Sobre la cama, tendido a lo largo a iluminado débilmente por la claridad de la luz nebulosa que penetraba por la ventana, se veía un saco de grosera tela, cuyos informes pliegues dibujaban los contornos de un cuerpo humano: aquél era el sudario del abate, aquél era el sudario que, según decían los carceleros, costaba tan poco. Todo había terminado. La separación material existía ya entre Dantés y su anciano amigo. Ya no podría ver aquellos ojos que habían quedado abiertos como para mirar más allá de la muerte, ni podría estrechar aquella mano industriosa que descorriera el velo a tantos misterios para que él los penetrase. Faria, su útil y buen compañero, a cuya presencia tanto se había acostumbrado, no existía ya más que en su memoria. Entonces se sentó a la cabecera de la cama, dominado de una triste y lúgubre melancolía.
¡Solo! ¡Había vuelto a quedarse solo! ¡Había vuelto al silencio y la nada!
¡Solo! ¡Sin compañía y hasta sin la voz del único ser amigo que le quedaba en la tierra!
¿No sería mejor que fuera a resolver con Dios el problema de la vida, como había hecho el abate Faria, aun pasando por tantos dolores como él?
La idea del suicidio, desterrada por la presencia y la amistad del abate, vino entonces a colocarse como un fantasma al lado del cadáver de éste.
-Si pudiera morir iría adonde él va -dijo-, y volvería a encontrarle seguramente. Pero ¿cómo morir? Bien fácil es -añadió sonriendo-. Me quedo aquí, me abalanzo al primero que entre, lo ahogo y me guillotinan.
Sin embargo, como ocurre siempre, así en los grandes dolores como en las grandes tempestades, que damos con el abismo al dar en los extremos, horrorizó a Dantés la idea de esta muerte infamante, y de súbito pasó de esta desesperación a una sed ardiente de libertad.
-¡Morir! ¡Oh!, no -exclamó-, no valdría la pena de haber vivido tanto y sufrido tanto, para morir así. Ahora sería verdaderamente conspirar en favor de mi destino miserable. No, quiero vivir, quiero luchar hasta el fin, quiero recobrar la dicha que me han robado. Con la idea de la muerte me olvidaba de que tengo verdugos que castigar, y quién sabe si recompensar amigos. Pero, ¡ay!; ahora van a olvidarme, y no saldré ya de aquí sino como el abate Faria.
Al pronunciar estas palabras quedó petrificado, como aquel a quien se le ocurre una idea aterradora. De pronto se incorporó, llevóse la mano a la frente como si le diera un vértigo, dio dos o tres vueltas por la habitación, y fue a detenerse delante de la cama.
-¡Oh!, ¡oh! -murmuró-. ¿Quién me envía este pensamiento? ¿Sois vos, Dios mío? Pues que sólo los muertos salen de aquí, ocupemos el lugar de los muertos.
Y sin vacilar un momento siquiera, por no cambiar aquella resolución desesperada, inclinóse sobre el nauseabundo saco, lo abrió con el cuchillo que Faría había hecho, sacó el cadáver, lo llevó a su propio calabozo, lo acostó en su cama, poniéndole en la cabeza el pañuelo de hilo que él acostumbraba llevar puesto, lo cubrió con su cobertor, besó por última vez aquella frente helada, pugnó por cerrar aquellos ojos rebeldes que seguían abiertos y horribles en su inmovilidad, le puso el rostro vuelto a la pared, para que el carcelero al traerle la cena creyese que estaba acostado como solía, volvió al subterráneo, sacó de su escondite la aguja y el hilo, se quitó sus harapos para que se sintiera por el tacto la carne desnuda, metióse en el saco embreado, se colocó en la misma situación que el cadáver tenía, y sujetó por dentro la costura. Si por desgracia hubiesen entrado en este momento, hubieran podido oír los latidos de su corazón.
Habíale sido posible esperar que pasase la visita de la noche, pero temía que el gobernador cambiase de idea, mandando sacar el cadáver. Con esto perdería su última esperanza. Ahora lo que tenía que temer era muy poco. He aquí su plan:
Si por el camino los enterradores conocían que llevaban un vivo en lugar de un muerto, no les daba tiempo para nada, con una cuchillada vigorosa abría de arriba abajo el saco, y se aprovechaba de su terror para escaparse. Si querían apoderarse de él, ¿no llevaba un cuchillo? Si lo conducían hasta el cementerio y le metían en una fosa, dejábase cubrir de tierra, y apenas los enterradores volviesen la espalda, se abría paso a través de la tierra removida, y como era de noche, escapaba. Pensaba que el peso no sería tan grande que no lo pudiera resistir.
Si se equivocaba, si, por el contrario, la tierra le pesaba mucho y le ahogaba, ¡tanto mejor para él!, todo concluiría entonces.
No había comido desde la víspera, pero ni aquella mañana había pensado en el hambre, ni ahora pensaba tampoco. Era demasiado precaria su situación para que pudiera ocuparse de otra cosa.
El primer peligro a que estaba expuesto era que el carcelero, al llevarle su comida a las siete, echase de ver la sustitución verificada. Por fortuna, veinte veces había recibido Dantés acostado al carcelero, ya fuese por misantropía, ya por cansancio, y en este caso generalmente aquel hombre dejaba sobre la mesa el pan y la sopa y se iba sin hablarle.
Pero esa vez el carcelero podía hablarle y como Dantés no le respondería, acercarse a la cama y descubrirlo todo.
Hacia las siete de la noche fue cuando empezaron, a decir verdad, las agonías de Dantés. Con una mano apoyada en el pecho trataba de ahogar los latidos de su corazón mientras enjugaba con la otra el sudor de su frente, que corría hasta por sus mejillas. De vez en cuando todo su cuerpo se estremecía con un temblor convulsivo, oprimiéndosele el corazón como si estuviese sometido a la presión de un torno. Transcurrían las horas sin que en el castillo se notase ningún movimiento por lo que comprendió que se había librado del primer peligro. Esto era de buen agüero. Por último, a la hora señalada por el gobernador, se oyeron pasos en la escalera. Edmundo conoció que el momento había llegado, y llamó en su ayuda todo su valor, conteniendo su aliento. Feliz él si hubiera podido contener de igual modo los violentos latidos de su corazón.
Los pasos, que iban en aumento, se detuvieron a la puerta. Dantés supuso que eran dos los enterradores que iban a buscarle. Esta sospecha se trocó en certidumbre cuando oyó el ruido que hacían al poner en el suelo las parihuelas.
Abrióse la puerta y una luz confusa hirió los ojos de Edmundo. A través del lienzo que le envolvía, vio acercarse dos sombras a su cama, en tanto que otra, con un farol en la mano, se quedó a la puerta. Cada uno de los que se acercaron a la cama cogió el saco por uno de sus extremos.
-Para ser viejo y tan flaco, pesa bastante –dijo uno de ellos levantando la cabeza de Dantés.
-He oído decir que el peso de los huesos aumenta media libra todos los años -contestó el otro asiéndole por los pies.
-¿Has hecho el nudo? -preguntó el primero.
-Buena tontería fuera añadir un peso inútil. Allá lo haré.
-Tienes razón. Vamos.
« ¿Pare qué será ese nudo? », se preguntaba Dantés.
Desde la cama trasladaron a las angarillas al falso muerto. Edmundo se puso todo lo rígido que pudo para desempeñar mejor su papel de cadáver. Pusiéronle, pues, en las angarillas, y alumbrados por el del farol, que iba delante, empezaron a subir la escalera.
De súbito, el aire fresco de la noche, en el que Dantés reconoció al mistral, azotó su cuerpo. Esta súbita sensación fue a la vez angustiosa y dulcísima.
A unos veinte pasos detuviéronse los que le llevaban, y pusieron en el suelo las angarillas. Uno de ellos debió de alejarse un tanto, porque Edmundo oyó sus pisadas en las losas.
« ¿Dónde estoy? », se preguntó.
-¿Sabes que no pesa poco? -dijo el que había permanecido junto a Dantés, sentándose al borde de las angarillas.
La primera idea de Dantés fué escaparse entonces, pero por fortuna se contuvo.
-Alúmbrame, animal -dijo el que se había separado-, alúmbrame o no podré encontrar lo que busco.
El hombre de la linterna obedeció a la demanda del enterrador, aunque, como se ha visto, no tenía nada de cortés.
«¿Qué buscará? -dijo para sí Dantés-,sin duda un azadón.»
Una exclamación dio a entender que el enterrador había encontrado al fin lo que buscaba.
-Menudo trabajo ha costado -dijo el otro.
-Sí, pero nada se ha perdido por esperar -contestó el primero.
Y dicho esto se acercó a Edmundo, que oyó poner a su lado una cosa pesada y sonora. Al mismo tiempo una cuerda atada a sus pies le causó viva y dolorosa impresión.
-¿Está ya hecho el nudo? -preguntó el enterrador que no se había movido de allí.
-Y bien hecho -respondió el otro.
-Pues en marcha.
Y volviendo a coger las angarillas siguieron su camino.
A los cincuenta pasos sobre poco más o menos hicieron alto para abrir una puerta, y volvieron a proseguir su camino.
El rumor de las olas, estrellándose en las peñas que sirven de base al castillo, iba llegando más distintamente a Dantés a medida que iban avanzando.
-¡Mal tiempo hace! -dijo uno de los hombres-. No está el mar pare bromas esta noche.
-El abate corre peligro de fondear.
Y ambos soltaron una carcajada.
Aunque Dantés no los comprendió, sus cabellos se erizaron.
-Bien. Ya hemos llegado -dijo el primero.
-Más allá, más allá -repuso el otro-. ¿No te acuerdas que el último muerto se quedó en el camino, destrozado entre las rocas, y que el gobernador nos regañó al día siguiente?


Subiendo constantemente, dieron cuatro o cinco pasos más, luego sintió Edmundo que le cogían por los pies y por la cabeza y que le balanceaban.
-¡A la una! -dijeron los enterradores.
-¡A las dos!
-¡A las tres!
Dantés se sintió lanzado al mismo tiempo a un inmenso vacío, hendiendo los aires como un pájaro herido de muerte, y bajando, bajando a una velocidad que le helaba el corazón. Aunque le atraía hacia abajo una cosa pesadísima que precipitaba su rápido vuelo, parecióle como si aquella caída durase un siglo, hasta que, por último, con un ruido espantable, se hundió en un agua helada que le hizo exhalar un grito, ahogado en el mismo instante de sumergirse. Edmundo había sido arrojado al mar con una bala de treinta y seis atada a sus pies. El cementerio del castillo de If era el mar.

Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo

miércoles, 28 de diciembre de 2016

LA LEGIÓN DEL ESPACIO


IN MEMORIAM DE LA PRINCESA LEIA (CARRIE FISHER)
               
       Ayer falleció Leia, mi princesa Leia, esa princesa intergaláctica que me acompañó durante mi adolescencia.

                Recuerdo que, tras ver la primera película, uno de mis amigos comentó que la película tomaba muchos elementos de La Legión del Espacio, una novela del estadounidense Jack Williamson publicada por entregas, a modo pulp, en 1934 en Astounding Science Fiction.  Sí, que es cierto que la película tomaba elementos prestados de la novela (combates intergalácticos, héroes intrépidos, princesas en peligro, poca credibilidad científica), pero a mí ésta me recordaba mucho más a una vieja y entrañable novela de capa y espada Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas, como en su momento confesó el autor añadiendo que uno de los personajes (Giles Habibula) está inspirado en el Falstaff de Shakespeare.

La novela es una space opera ligera y frenética, sobre todo en la segunda parte.

El protagonista John Ulnar, también llamado John Starr, recién licenciado en la Legión, no puede evitar que parte de su familia, secundada por los Medusas, una extraña y horripilante especie alienígena digna de Lovecraft, rapte a a la joven Aladorea Anthar, una hermosa mujer que protege el secreto del arma definitiva, el AKKA, con la cual podría destruirse todo el Sistema Solar.

Acompañado de otros tres veteranos legionarios (Giles Habibula, Jay Kalam y Hal Samdu) se lanza al rescate de la joven. La aventura les lleva a persecuciones, batallas espaciales, enfrentamientos con monstruosas criaturas, huidas de prisiones y combates desesperados (como dice Gimli, en El Retorno del Rey de Tolkien: “Certeza de muerte, mínima esperanza de éxito... ¿a què esperamos?).

                Se nota en la novela el paso de los años: el argumento predecible, los personajes unidimensionales, la trama lineal, la repetición de información, etc… Pero, vale la pena echarle un vistazo.

domingo, 5 de junio de 2016

ANTES DE UN DUELO


D'Artagnan no conocía a nadie en París. Fue por tanto a la cita de Athos sin llevar segundo, resuelto a contentarse con los que hubiera escogido su adversario. Por otra parte tenía la intención formal de dar al valiente mosquetero todas las excusas pertinentes, pero sin debilidad, por temor a que resultara de aquel duelo algo que siempre resulta molesto en un asunto de este género, cuando un hombre joven y vigoroso se bate contra un adversario herido y debilitado: vencido, duplica el triunfo de suantagonista; vencedor, es acusado de felonía y de fácil audacia.
Por lo demás, o hemos expuesto mal el carácter de nuestro buscador de aventuras, o nuestro lector ha debido observar ya que D'Artagnan no era un hombre ordinario. Por eso, aun repitiéndose a sí mismo que su muerte era inevitable, no se resignó a morir suavemente, como cualquier otro menos valiente y menos moderado que él hubiera hecho en su lugar. Reflexionó sobre los distintos caracteres de aquellos con quienes iba a batirse, y empezó a ver más claro en su situación. Gracias a las leales excusas que le preparaba, esperaba hacer un amigo de Athos, cuyos aires de gran señor y cuya actitud austera le agradaron mucho. Se prometía meter miedo a Porthos con la aventura del tahalí, que, si no quedaba muerto en el acto, podía contar a todo el mundo, relato que, hábilmente manejado para ese efecto, debía cubrir a Porthos de ridículo; por último, en cuanto al socarrón de Aramis, no le tenía demasiado miedo, y suponiendo que llegase hasta él, se encargaba de despacharlo aunque parezca imposible, o al menos señalarle el rostro, como César había recomendado hacer a los soldados de Pompeyo, dañar para siempre aquella belleza de la que estaba tan orgulloso.
Además había en D'Artagnan ese fondo inquebrantable de resolución que habían depositado en su corazón los consejos de su padre, consejos cuya sustancia era: «No aguantar nada de nadie salvo del rey, del cardenal y del señor de Tréville.» Voló, pues, más que caminó, hacia el convento de los Carmelitas Descalzados, o mejor Descalzos, como se decía en aquella época, especie de construcción sin ventanas, rodeada de prados áridos, sucursal del Pré-aux-Clers, y que de ordinario servía para encuentros de personas que no tenían tiempo que perder.
Cuando D'Artagnan llegó a la vista del pequeño terreno baldío que se extendía al pie de aquel monasterio, Athos hacía sólo cinco minutos que esperaba, y daban las doce. Era por tanto puntual como la Samaritana y el más riguroso casuista en duelos no podría decir nada.
Athos, que seguía sufriendo cruelmente por su herida, aunque hubiera sido vendada a las nueve por el cirujano del señor de Tréville, estaba sentado sobre un mojón y esperaba a su adversario con aquella compostura apacible y aquel aire digno que no le abandonaban nunca. Al ver a D'Artagnan, se levantó y dio cortésmente algunos pasos a su encuentro. Este, por su parte, no abordó a su adversario más que con sombrero en mano y su pluma colgando hasta el suelo.
-Señor -dijo Athos-, he hecho avisar a dos amigos míos que me servirán de padrinos, pero esos dos amigos aún no han llegado. Me extraña que tarden: no es lo habitual en ellos.
-Yo no tengo padrinos, señor -dijo D'Artagnan-, porque, llegado ayer mismo a Paris, no conozco aún a nadie, salvo al señor de Tréville, al que he sido recomendado por mi padre, que tiene el honor de ser uno de sus pocos amigos.
Athos reflexionó un instante.
-¿No conocéis más que al señor de Tréville? -preguntó.
-No, señor, no conozco a nadie más que a él...
-¡Vaya..., pero... -prosiguió Athos hablando a medias para sí mismo, a medias para D'Artagnan-, vaya, pero si os mato daré la impresión de un traganiños!
-No demasiado, señor -respondió D'Artagnan con un saludo que no carecía de dignidad-; no demasiado, pues que me hacéis el honor de sacar la espada contra mí con una herida que debe molestaros mucho.
-Mucho me molesta, palabra, y me habéis hecho un daño de todos los diablos, debo decirlo; pero lucharé con la izquierda, es mi costumbre en semejantes circunstancias. No creáis por ello que os hago gracia, manejo limpiamente la espada con las dos manos; será incluso desventaja para vos: un zurdo es muy molesto para las personas que no están prevenidas. Lamento no haberos participado antes esta circunstancia.
-Señor -dijo D'Artagnan inclinándose de nuevo-, sois realmente de una cortesía por la que no os puedo quedar más reconocido.
-Me dejáis confuso -respondió Athos con su aire de gentilhombre-; hablemos pues de otra cosa, os lo suplico, a menos que esto os resulte desagradable. ¡Por todos los diablos! ¡Qué daño me habéis hecho! El hombro me arde...
-Si permitierais... -dijo D'Artagnan con timidez.
-¿Qué, señor?
-Tengo un bálsamo milagroso para las heridas, un bálsamo que me viene de mi madre, y que yo mismo he probado.
-¿Y?
-Pues que estoy seguro de que en menos de tres días este bálsamo os curará y al cabo de los tres días, cuando estéis curado, señor, será para mí siempre un gran honor ser vuestro hombre.
D'Artagnan dijo estas palabras con una simplicidad que hacía honor a su cortesía, sin atentar en modo alguno contra su valor.
-¡Pardiez, señor! -dijo Athos-. Es esa una propuesta que me place, no que la acepte, pero huele a gentilhombre a una legua. Así es como hablaban y obraban aquellos valientes del tiempo de Carlomagno, en quienes todo caballero debe buscar su modelo. Desgraciadamente, no estamos ya en los tiempos del gran emperador. Estamos en la época del señor cardenal, y de aquí a tres días se sabría, por muy guardado que esté el secreto se sabría, digo, que debemos batirnos, y se opondrían a nuestro combate... Vaya, esos trotacalles ¿no acabarán de venir?
-Si tenéis prisa, señor -dijo D'Artagnan a Athos con la misma simplicidad con que un instante antes le había propuesto posponer el duelo tres días-, si tenéis prisa y os place despacharme en seguida, no os preocupéis, os lo ruego.
-Es esa una frase que me agrada -dijo Athos haciendo un gracioso gesto de cabeza a D'Artagnan-, no es propia de un hombre sin cabeza, y a todas luces lo es de un hombre valiente. Señor, me gustan los hombres de vuestro temple y veo que si no nos matamos el uno al otro, tendré más tarde verdadero placer en vuestra conversación. Esperemos a esos señores, os lo ruego, tengo tiempo, y será más correcto. ¡Ah, ahí está uno según creo!
En efecto, por la esquina de la calle de Vaugirard comenzaba a aparecer el gigantesco Porthos.
-¡Cómo! -exclamó D'Artagnan-. ¿Vuestro primer testigo es el señor Porthos?
-Sí. ¿Os contraría?
-No, de ningún modo.
-Y ahí está el segundo.
D'Artagnan se volvió hacia el lado indicado por Athos y reconoció a Aramis.
-¡Qué! -exclamó con un acento más asombrado que la primera vez-. ¿Vuestro segundo testigo es el señor Aramis?
-Claro, ¿no sabéis que no se nos ve jamás a uno sin los otros, y que entre los mosqueteros y entre los guardias, en la corte y en la ciudad, se nos llama Athos, Porthos y Aramis o los tres inseparables? Bueno como vos llegáis de Dax o de Pau...
-De Tarbes -dijo D'Artagnan.
-...os está permitido ignorar este detalle –dijo Athos.
-A fe mía -dijo D'Artagnan-, que estáis bien llamados, señores, y mi aventura, si tiene alguna resonancia, probará al menos que vuestra unión no está fundada en el contraste.
Entre tanto Porthos se había acercado, había saludado a Athos con la mano; luego, al volverse hacia D'Artagnan, había quedado estupefacto.
Digamos de pasada que había cambiado de tahalí, y dejado su capa.
-¡Ah, ah! -exclamó-. ¿Qué es esto?
-Este es el señor con quien me bato -dijo Athos señalando con la mano a D'Artagnan, y saludándole con el mismo gesto.
-Con él me bato también yo -dijo Porthos.
-Pero a la una -respondió D'Artagnan.
-Y también yo me bato con este señor –dijo Aramis llegando a su vez al lugar.
-Pero a las dos -dijo D'Artagnan con la misma calma.
-Pero ¿por qué te bates tú, Athos? –preguntó Aramis.
-A fe que no lo sé demasiado; me ha hecho daño en el hombro. ¿Y tú, Porthos?
-A fe que me bato porque me bato –respondió Porthos enrojeciendo.
Athos, que no se perdía una, vio pasar una fina sonrisa por los labios del gascón.
-Hemos tenido una discusión sobre indumentaria -dijo el joven.
-¿Y tú, Aramis? -preguntó Athos.
-Yo me bato por causa de teología –respondió Aramis haciendo al mismo tiempo una señal a D'Artagnan con la que le rogaba tener en secreto la causa del duelo.
Athos vio pasar una segunda sonrisa por los labios de D'Artagnan.
-¿De verdad? -dijo Athos.
-Sí, un punto de San Agustín sobre el que no estamos de acuerdo -dijo el gascón.
-Decididamente es un hombre de ingenio -murmuró Athos.
-Y ahora que estáis juntos, señores –dijo D'Artagnan-, permitidme que os presente mis excusas.
A la palabra «excusas», una nube pasó por la frente de Athos, una sonrisa altanera se deslizó por los labios de Porthos, y una señal negativa fue la respuesta de Aramis.
-No me comprendéis, señores -dijo D'Artagnan alzando la cabeza, en la que en aquel momento jugaba un rayo de sol que doraba las facciones finas y osadas-: os pido excusas en caso de que no pueda pagaros mi deuda a los tres, porque el señor Athos tiene derecho a matarme primero, lo cual quita mucho valor a vuestra deuda, señor Porthos, y hace casi nula la vuestra, señor Aramis. Y ahora, señores, os lo repito, excusadme, pero sólo de eso, ¡y en guardia!
A estas palabras, con el gesto más desenvuelto que verse pueda, D'Artagnan sacó su espada.

Alejandro Dumas, Los Tres Mosqueteros