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domingo, 7 de noviembre de 2021

PARÁBOLA DE CERVANTES Y DEL QUIJOTE

 


Harto de su tierra de España, un viejo soldado del rey buscó solaz en las vastas geografías de Ariosto, en aquel valle de la luna donde está el tiempo que malgastan los sueños y en el ídolo de oro de Mahoma que robó Montalbán. En mansa burla de sí mismo, ideó un hombre crédulo que, perturbado por la lectura de maravillas, dio en buscar proezas y encantamientos en lugares prosaicos que se llamaban El Toboso o Montiel. Vencido por la realidad, por España, Don Quijote murió en su aldea natal hacia 1614. Poco tiempo lo sobrevivió Miguel de Cervantes. Para los dos, para el soñador y el soñado, toda esa trama fue la oposición de dos mundos: el mundo irreal de los libros de caballerías, el mundo cotidiano y común del siglo XVII. No sospecharon que los años acabarían por limar la discordia, no sospecharon que la Mancha y Montiel y la magra figura del caballero serían, para el porvenir, no menos poéticas que las estepas de Simbad o que las vastas geografías de Ariosto. Porque en el principio de la literatura está el mito, y así mismo en el fin.

Jorge Luis Borges

jueves, 19 de agosto de 2021

QUERIDA Y DIMINUTA GOLONDRINA

 

Esta mañana temprano te he visto desde la ventana y te escribo ahora, un acto quizá absurdo, pues difícilmente te llegará la carta y, además, no sabes leer. Tampoco figuras en la guía, pero seguro que vives de maravilla en el nido escondido donde duermes y sueñas. ¿Crees que envidio tu hogar? A propósito: ¿sigues hallando comida suficiente? ¿Qué hacen los chicos? No dudo de que seas una buena madre y los eduques como es debido, es decir, de la manera más concienzuda imaginable. Ponerlo en duda significaría ofenderte, ¿y quién pretende hacerlo? Yo desde luego que no.

Qué bonito era contemplarte. Hacías eses con tus compañeras en la luz plateada, sobre el divino mar; te precipitabas cazando de un lado a otro; ascendías a las montañas del aire para lanzarte hacia abajo en vertical, como si te hubieras desmayado y quisieras yacer en el suelo con las alas rotas, lo que por fortuna es absolutamente impensable, porque siempre mantenías el equilibrio y dominabas la fuerza motriz. El miedo a que en tu rápido vuelo chocases contra el muro o la chimenea se reveló superfluo. Parecías tan imprudente como atenta, ya volases en círculo, en línea recta o en espiral, mientras yo escuchaba tu vocecita, símbolo sumamente sutil de tu forma de vivir y que es más bien un leve grito que un canto. Porque tú hablas como puedes y debes. Pero ¿quién puede competir contigo en velocidad, bailarina incansable que no necesita pies? Apenas eres lo que nosotros concebimos como consciente de su propósito, y sin embargo apuntas bien y seguro serás alegre y feliz, ¿no es cierto? ¿A qué vienen los signos de interrogación? Nosotros, los torpes humanos pegados a la tierra, encadenados por temores, no sabemos nada de la existencia alada.

Confío en que te guste estar entre nosotros y te pido que vaciles mucho antes de marcharte, pues tu partida augura el frío; pero de momento estás aquí, y, mientras sea así, disfrutaremos del verano.

Robert Walser, El pequeño zoológico

domingo, 20 de junio de 2021

LA SIRENA INCONFORME

 


Usó todas sus voces, todos sus registros; en cierta forma se extralimitó; quedó afónica quién sabe por cuánto tiempo.

Las otras pronto se dieron cuenta de que era poco lo que podían hacer, de que el aburridor y astuto Ulises había empleado una vez más su ingenio, y con cierto alivio se resignaron a dejarlo pasar.

Ésta no; ésta luchó hasta el fin, incluso después de que aquel hombre tan amado y deseado desapareció definitivamente.

Pero el tiempo es terco y pasa y todo vuelve.

Al regreso del héroe, cuando sus compañeras, aleccionadas por la experiencia, ni siquiera tratan de repetir sus vanas insinuaciones, sumisa, con la voz apagada, y persuadida de la inutilidad de su intento, sigue cantando.

Por su parte, más seguro de sí mismo, como quien había viajado tanto, esta vez Ulises se detuvo, desembarcó, le estrechó la mano, escuchó el canto solitario durante un tiempo según él más o menos discreto, y cuando lo consideró oportuno la poseyó ingeniosamente; poco después, de acuerdo con su costumbre, huyó.

De esta unión nació el fabuloso Hygrós, o sea “el Húmedo” en nuestro seco español, posteriormente proclamado patrón de las vírgenes solitarias, las pálidas prostitutas que las compañías navieras contratan para entretener a los pasajeros tímidos que en las noches deambulan por las cubiertas de sus vastos trasatlánticos, los pobres, los ricos, y otras causas perdidas.

Augusto Monterroso

miércoles, 24 de marzo de 2021

LA PLAYA MUERTA

 

Algo no le gustaba al capitán del gran navío. Las aguas estaban extrañamente agitadas en la pequeña costa. No coincidían con lo que el recordaba de aquel lugar. Aguas sosegadas invierno y verano, haga viento o no, nunca las perturbo nada. Miro al cielo intentando predecir tormentas o vientos, pero nada de nada. El sol brillaba en todo su esplendor rodeado por una infinidad de azul que alcanzaba el horizonte.

Las maderas del barco crujían como huesos de anciano, hojas de otoño pisadas por la firme bota del leñador. El balanceo era de todo menos normal, zarandeando a los tripulantes de un lado a otro del barco, algo comparable a las noches de celebraciones cuando todos brindaban con ron y licor, quemando las gargantas, calentando el cuerpo, ahogando las penas bajo el mar negro,  mar que se mezclaba con el cielo nocturno, mostrando sus tesoros de plata descubiertos por la luz de la luna,

El negro también empezó a inquietarse. Los espíritus no estaban contentos. Lo sentía en cada pequeña brizna de aire que golpeaba su piel oscura. Lo notaba en cada rayo de sol, en cada gota de agua que salpicaba su tersa piel. Escudriñaba mar y cielo en busca de un dios al que recurrir con sus plegarias. ¿podría imitar al viejo chaman para calmar a la ira de los dioses?¿conjugaría las palabras sagradas? Pero necesitaba sangre caliente, recién expulsadas por el cuerpo expirante (y muchas veces tembloroso de terror) ¿Tendría el valor de sacarse su propia sangre para ser escuchado? La respuesta no se hizo esperar. La nave, golpeada por grandes y furiosas olas, se volcó de tal manera que los mástiles casi quedan paralelos al mar. Una terrible fuerza lo empujo y cayo por la borda. Tan solo cuando todos recuperaron la compostura echaron en falta al negro. Miraron aquí y allá buscando a su amigo perdido. Pero fue un grito de auxilio lo que delato su posición. Rápidamente fueron al encuentro de donde procedían los chillidos de socorro y volvieron a embarcar, con ayuda de una cuerda, al africano.

Cuando embarco por fin, se fue rápidamente a su camarote. No dijo nada a nadie. No respondió a las preguntas inquietas acerca de su salud ni vio la cara de sus salvadores. Algo le pasaba, algo fuera de lo común para aquel sonriente y amable hombre. Al rato salió, pintado de ritual. Mirando con los ojos abiertos de locura, mirando a cada uno de los marineros del barco, con una vasija de barro en una mano y un cuchillo en la otra. Los dioses tendrán lo que desean.

Salvador Alarcón Silva

jueves, 18 de marzo de 2021

AIRE

 


Persigo instantes únicos. Algún tiempo sin máscara. Un viaje sin destino.

Aceptarlo. Eso es todo.

Soy paracaidista.

La primera vez que salté, me juré que sería la última. No fui capaz de soportar lo que veía. Después ya no supe vivir sin saltar.

Cuando siento mi materia cortada por el aire y veo la tierra corriendo a mi encuentro, me vuelvo diáfano y cobarde: pido perdón, suplico, hago promesas. Es extraño el estado que uno alcanza al reencontrar, como por vez primera, la firmeza bajo sus pies. Pero uno echa a andar y se retracta. Olvida que ha rogado, que ha temido, y se envilece poco a poco. Así es como vivimos: nos hemos olvidado de la tierra que hay bajo nuestros pies.

Después de la caída, la vida recupera todos sus milagros. Y es fácil olvidarlos. Comenzamos a andar, eso es todo. Entonces hace falta un nuevo salto. Y otro. Y otro. Y muy pronto lo que uno más anhela es dejarse caer.

Soy súbdito del aire. Quién pudiera vivir aterrizando.

Una dicha, me temo, imposible: en cuanto vuelvo al suelo, dejo de arriesgar lo que tanto vale y el bienestar se va desvaneciendo. Así es como vivimos. Viajes. Máscaras. Pero hoy he dado con la solución.

Este es mi instante. Vuelo. Estoy volando. Sólo yo, en estado puro.

Sé que es injusto despreciar la tierra que se pisa. No volveré a hacerlo.

Voy camino de mí, sin ataduras. Falta poco.

Seré leal como los libres.

Libre siempre.

Aire feliz.

Andrés Neuman

jueves, 25 de febrero de 2021

CUENTO DE HORROR

La señora Smithson, de Londres (estas historias siempre ocurren entre ingleses) resolvió matar a su marido, no por nada sino porque estaba harta de él después de cincuenta años de matrimonio. Se lo dijo:

—Thaddeus, voy a matarte.

—Bromeas, Euphemia —se rió el infeliz.

—¿Cuándo he bromeado yo?

—Nunca, es verdad.

—¿Por qué habría de bromear ahora y justamente en un asunto tan serio?

—¿Y cómo me matarás? —siguió riendo Thaddeus Smithson.

—Todavía no lo sé. Quizá poniéndote todos los días una pequeña dosis de arsénico en la comida. Quizás aflojando una pieza en el motor del automóvil. O te haré rodar por la escalera, aprovecharé cuando estés dormido para aplastarte el cráneo con un candelabro de plata, conectaré a la bañera un cable de electricidad. Ya veremos.

El señor Smithson comprendió que su mujer no bromeaba. Perdió el sueño y el apetito. Enfermó del corazón, del sistema nervioso y de la cabeza. Seis meses después falleció. Euphemia Smithson, que era una mujer piadosa, le agradeció a Dios haberla librado de ser una asesina

Marco Denevi

jueves, 5 de abril de 2018

TEORÍA DE DULCINEA


En un lugar solitario cuyo nombre no viene al caso hubo un hombre que se pasó la vida eludiendo a la mujer concreta. Prefirió el goce manual de la lectura, y se congratulaba eficazmente cada vez que un caballero andante embestía a fondo uno de esos vagos fantasmas femeninos, hechos de virtudes y faldas superpuestas, que aguardan al héroe después de cuatrocientas páginas de hazañas, embustes y despropósitos.

En el umbral de la vejez, una mujer de carne y hueso puso sitio al anacoreta en su cueva. Con cualquier pretexto entraba al aposento y lo invadía con un fuerte aroma de sudor y de lana, de joven mujer campesina recalentada por el sol.

El caballero perdió la cabeza, pero lejos de atrapar a la que tenía enfrente, se echó en pos a través de páginas y páginas, de un pomposo engendro de fantasía. Caminó muchas leguas, alanceó corderos y molinos, desbarbó unas cuantas encinas y dio tres o cuatro zapatetas en el aire. Al volver de la búsqueda infructuosa, la muerte le aguardaba en la puerta de su casa. Sólo tuvo tiempo para dictar un testamento cavernoso, desde el fondo de su alma reseca. Pero un rostro polvoriento de pastora se lavó con lágrimas verdaderas, y tuvo un destello inútil ante la tumba del caballero demente.

Juan José Arreola

domingo, 11 de marzo de 2018

LOS RELOJES


Me avergüenza confesar que hasta hace muy poco no he comprendido el reloj. No me refiero a su engranaje interior –ni la radio, ni el teléfono, ni los discos de gramófono los comprendo aún: para mí son magia pura por más que me los expliquen innumerables veces–, sino a la cifra resultante de la posición de sus agujas. Éstas han sido para mí uno de los mayores y más fascinantes misterios, y aún me atrevo a decir que lo son en muchas ocasiones. Si me preguntan de improviso qué hora es y debo mirar un reloj rápidamente, creo que en muy contadas ocasiones responderé con acierto. Sin embargo, si algo deseo de verdad, es tener un reloj. Nunca en mi vida lo he tenido. De niña, nunca lo pedí, porque siempre lo consideré algo fuera de mi alcance, más allá de mi comprensión y de mi ciencia. Me gustaban, eso sí. Recuerdo un reloj alto, de carillón, que daba las horas lentamente, precedidas de una tonada popular:

Ya se van los pastores a la Extremadura.
Ya se queda la sierra triste v oscura…

También me gustaba un reloj de sol, pintado en la fachada de una iglesia, en el campo. Este reloj me parecía algo tan cabalístico y extraño que, a veces, tumbada bajo los chopos, junto al río, pasaba horas mirando cómo la sombra de la barrita de hierro indicaba el paso del tiempo. Esto me angustiaba y me hundía, a la vez, en una infinita pereza. Como me inquieta y me atrae el tictac sonando en la oscuridad y el silencio, si me despierto a medianoche. Es algo misterioso y enervante. Durante la enfermedad, si es larga y debemos permanecer acostados, la compañía del reloj es una de las cosas imprescindibles y a un tiempo aborrecidas. Me gustan los relojes, me fascinan, pero creo que los odio. A veces, la sombra de los muebles contra la pared se convierte en un reloj enorme, que nos indica el paso inevitable. Y acaso, nosotros mismos, ¿no somos un gran reloj implacable, venciendo nuestro tiempo cantado?

Deseo tener un reloj. Muchas veces he pensado que me es necesario.

No sé si llegaré a comprármelo algún día. ¿Lo necesito de verdad? ¿Lo entenderé acaso?

Ana María Matute

PREMIO NACIONAL DE LAS LETRAS ESPAÑOLAS 2007
PREMIO CERVANTES 2010

lunes, 19 de febrero de 2018

EL HORIZONTE


Siempre leo detenidamente las notificaciones oficiales. Estudio con particular atención los avisos de los servicios de información del Estado. A fin de cuentas los escriben para mí: el Estado intenta comunicarse con uno de sus hijos. Como cuando un padre o una madre inicia con cierta reticencia una conversación seria con uno de sus vástagos. Y no voy a ser yo quien se oponga.

Voy a dejar de fumar. Voy a beber menos. Voy a comprender por qué debo pagar impuestos. Voy a mantenerme informado sobre convenios y reglamentos. Y voy a votar cada cuatro años. De esta forma tendré respuesta a todas las exhortaciones que reciba.

En mi opinión, todo funciona tal como debe funcionar. Es como un folletón algo árido y enrevesado en el que mi humilde personaje tiene derecho a participar y que incluso puede en parte coescribir.

El horizonte —creo que ésta es la palabra adecuada—, el horizonte de esta constante e interminable campaña de información puede parecerme a veces, sin embargo, restringido y trivial.

Es agradable que Hacienda devuelva dinero, y probablemente es acertado instalar detectores de humo y extintores de incendios. No se trata de esto. Pero las estrellas, por ejemplo, o el misterio de la vida, o un libro importante que debería leer, nada de esto es asunto del Estado. No tengo que preocuparme por ese tipo de cuestiones. La tierra sigue su curso alrededor del sol sin mi ayuda.

Echo en falta un recuerdo ocasional de que existo. Porque estoy aquí solamente esta vez y no he de volver nunca. También esto puede resultar fácil de olvidar. Yo lo sé, es obvio que lo sé todo el tiempo, sólo con que me pare a pensarlo. Pero nadie me impulsa a hacerlo. Aquí no rige ninguna pública confidencialidad. Si en medio del flujo de la información olvido que estoy vivo, es problema mío.

Puedo imaginar el siguiente comunicado oficial a la población en los principales periódicos del país: «Aviso importante a todos los ciudadanos y ciudadanas. ¡El mundo está aquí y es ahora!».

Jostein Gaarder

jueves, 12 de enero de 2017

DIEZ MIRADAS, PARA QUIENES NOS ENSEÑAN A AMAR LOS LIBROS


Esta semana he recibido este libro del sello Loqueleo de la editorial Santillana  que pretende ser un homenaje a todos los maestros, en su sentido más afectivo e integro de la palabra, que con su dedicación, creatividad y entusiasmo hacen posible que tantos niños y jóvenes crezcan confiando en sus propias capacidades. Y muy especialmente, está dedicado a todos esos docentes que han transmitido su amor por la Literatura…

Lo cierto es que ha sido una gozada ver esas Diez Miradas, mejor dicho, leer esos diez relatos de esos  magos de las palabras y maestros en el arte de contar historias: Maite Carranza, Jordi Sierra ¡ Fabra, César Mallorqui, Concha López Narváez, Rafael Salmerón Alfredo Gómez Cerdá, Mª Isabel Molina, Fernando J López, Care Santos, Joan Manuel Gisbert y mi paisano Fernando Lalana.

Algunos de ellos inciden más en el aspecto docente en general o la influencia del maestro en el alumno: delicioso ese Blanca y los Plátanos, de Maite Carranza, donde de forma sorprendente se reencuentran la vieja maestra y un viejo discípulo (por cierto, que sentimientos tan contradictorios cuando ves que tienes un discípulo: alegría, al ver que alguien ha seguido tus pasos; por otra parte, te sientes viejo, se te cae el mundo encima); la búsqueda de ese reconocimiento, que todos anhelamos (y quien diga lo contrario, miente cual bellaco) lo podemos ver en El Cerebro del Profesor Vázquez, de César Mallorqui, donde irónicamente el profesor no recuerda a su antiguo alumno. Emotivo me ha resultado el de Alfredo Gómez Cerdá, El Único Trabajo de mi Vida, tal vez por la reciente jubilación de una amiga y compañera. Jordi Sierra ¡ Fabra, con su Un Mundo bajo el Cielo, a través de ese maestro sudamericano nos recuerda a nuestros viejos maestros de escuela que iban a un pueblo cargados de sueños.  Concha López Narváez y Rafael Salmerón, con En busca del Tesoro, nos hacen ver lo que disfrutamos cuando un alumno coge un libro motu propio o nos pide nuestra opinión sobre una novela. La flamante Premio Nadal Care Santos nos emociona con ese homenaje a Shakespeare (si, también los grandes tuvieron maestros, ¿qué os pensabais?) en Tarde de Teatro. Fernando Lalana, con Fin del Luto, nos trae al alumno enamorado de su profesora (podéis pensar mal, pero os vais a equivocar). La influencia sobre el futuro del niño nos la presentan en sus relatos tanto Mª Isabel Molina como Fernando J López que sigue trabajando su línea temática sobre el suicidio en adolescentes, pero muy logrado ese acercamiento al muchacho mediante el poema de Luis Cernuda en El Mar no Tiene Sueño; si queréis leer este relato, lo tenéis aquí.

De Joan Manuel Gisbert, ¿qué podemos decir?. Mejor le dejamos hablar con este microcuento que nos trae en su cuento:

EL GRAN ANFITRIÓN

Uno de sus mayores placeres es ir abriendo los espacios de su inmensa casa a sus invitados y dejarlos moverse libremente por ellos. Es entonces cuando lo invisible sale a la luz. Del silencio brotan ríos de palabras, seres muy diversos pueblan las estancias, mundos cercanos y remotos toman forma, asombrosos lugares se desarrollan y se producen en ellos vivencias de muchas clases.

El Gran Anfitrión, propicio y acogedor, los guía y acompaña por un tiempo y, luego, muy despacio, va retirándose a sus aposentos y los deja a su aire, creciendo y disfrutando por sí mismos.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

LA EMPERATRIZ DEL MUNDO SE CONFIESA


Aldonza siempre tuvo la corazonada de que ese viejo hidalgo -medio perturbado, dicen, por la lectura de maravillas, cosa que ella no llegaría a hacer nunca, y que la mirara a escondidas, con ojos de león hambriento, no más de cuatro veces, según recuerda- la haría famosa, le daría un nombre músico y peregrino y significativo y la convertiría en Señora y Soberana no ya de El Toboso, sino de las naciones, y tal vez del cosmos mismo. Pero -y aunque le doliera el sólo pensarlo-, sabía con igual certeza que no amaría al hombre por eso. El único consuelo del que, de tanto en tanto, echaba mano era creer que por la misma razón su loco enamorado sería tristemente famoso en los siglos venideros, más que todos los caballeros andantes juntos.

Luis Correa-Díaz

miércoles, 16 de noviembre de 2016

OTOÑO DE LOS FRUTOS


Yendo hacia un monte, descubrí en un almacén una montaña de manzanas que embalsamaban el aire. Pero cuando pasaba las dos sierras, ahora la pequeña montaña era de racimos de uvas en lo profundo de una bodega. El otro fuego: el del mosto morado, el del vino en el lagar. Otra vez el encuentro con las sombras profundas de las «cuevas». El fuego débil de los candiles que iban y venían flotando como espíritus por los pasillos de tierra amarilla, como si hubiese descendido a aquella oscuridad el sol sobre las mieses de las eras. Soles de oro estaban sepultados bajo la tierra, en lo hondo de las cuevas. Fuera crujían, al ir y al retornar, las ruedas de los carros en los guijarros del camino. Y arriba parecían crujir también, de tan puras, las estrellas.

Antonio Colinas, Memorias del Estanque

martes, 4 de octubre de 2016

RESTOS


La colección era impresionante. En un viejo archivador de madera tenía clasificados una tibia y un peroné de Calderón, sustraídos de la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores de la calle San Bernardo, y también una clavícula y cuatro falanges del insigne Quevedo. Allí mismo, en los cajones superiores, me mostró los huesos que se suponía constituían un cuarto de esqueleto de Lope de Vega. No era aún mediodía. Y me hizo pasar a la cocina para que tomáramos café, mientras me contaba cómo había adquirido en el mercado negro de reliquias un Keats y un Baudelaire; una costilla y una escápula, respectivamente. Lo que aquel hombre profesaba era verdadera devoción.

- Nada te puede hacer sentir más cerca de un escritor que sus restos- me dijo.

Fue entonces cuando se decidió a enseñarme la pieza que había ido a ver. En una arquilla de ébano, sobre un paño remendado, guardaba la quijada con dos dientes del mismísimo Miguel de Cervantes.

- ¿No va a tomarme una fotografía?

Disparé varias veces mi cámara. Y le aseguré que, en cualquier caso, la noticia saldría al día siguiente.

- Sí, pero que salga con foto -me respondió-. No sé leer.

Juan Jacinto Muñoz Rengel

lunes, 29 de agosto de 2016

SIRENITA


Durante siglos, inmóvil y silenciosa, ha habitado en las aguas enlodadas y calmas del lago. Le acompaña una fama inquietante, de culebra movediza y traidora que una vez devoró a un caballero que trató de darle muerte. Ella misma no recuerda el suceso con claridad: el caballero, un señor lejano, se había acercado hasta la orilla del lago, y allí se había dirigido a ella. Intercambiaron palabras de amor, miradas tiernas, y un par de anillos de cobre que les dejaron los dedos verdosos. Entonces, resuelta, decidió renunciar a todo por el hombre suave y cortés que acudía a visitarla. A cambio de su voz perdió la cola irisada y se convirtió en humana. Esa noche el caballero no la halló. En su lugar, encontró junto a los juncos, una enorme cola de pez ensangrentada. Cuando se abrió la garganta con su espada, ella se encontraba muy cerca de su castillo. Se ocultó entre unos matojos ante el paso de la guardia, que se llevaba el cadáver del príncipe envuelto en una capa, un bulto anónimo. Ella esperó a la puerta del castillo muchas horas, en vano, convencida de haber sido traicionada. Regresó al lago, abatida y llorosa, y desde entonces aguarda, cubierta de barro y liquen, la llegada de otro caballero en quien vengar su abandono.

Espido Freire

jueves, 10 de marzo de 2016

HUESOS // BONES

Cervantes encendió el televisor y supo que sí, esta vez los habían encontrado. En cuestión de días el ADN le delataría. La partida se había acabado. Sonó el móvil.

Aceptó la llamada:

-Te echaré de menos.

-Siempre te quedará Cleopatra.

Will no era mal tipo pero era pésimo fingiendo ser humano. Aquel bardo seguiría vagando mucho tiempo más por aquí mientras que él, una vez certificados que esos huesos son los suyos, deberá desaparecer de entre los vivos. Al principio Cervantes trató de vivir como un hombre de acción pero ¿para qué engañarse? fue leyendo y escribiendo cuando fue feliz. Durante un tiempo siguió con lo del teatro -“El gran galeote” fue otra vez incomprendida- y con Will hicieron buenas cosas -ese Capitán Ahab mitad Quijano mitad Lear- hasta que las teleseries los separaron. Al inglés le iban más los culebrones de matones y a él las sitcoms. Pero no dejaba de ser mala suerte que ahora que le renovaban con True Detective, sus compatriotas, hayan encontrado los puñeteros huesos.

Carlos Zanon 

jueves, 25 de febrero de 2016

ADVERTENCIA A LOS NIÑOS

         Niños, si os atrevéis a pensar en la grandeza, la rareza, la demasía, la escasez de este precioso, único e infinito mundo en el cual decís habitar, pensad en cosas así: bloques de pizarra circundando manchas rojas y verdes, circundando redes amarilloleonadas, circundando blancas y negras superficies de dominó donde un pulcro paquete de papel marrón te invita a que desates el cordel.

En el paquete una pequeña isla, en la isla un gran árbol, en el árbol una fruta cascaruda.

Arranca la corteza y hiende la piel: en la semilla verás bloques de pizarra circundados por manchas rojas y verdes, circundadas por redes  amarilloleonadas, circundadas por blancas y negras superficies de dominó, donde el mismo paquete de papel marrón.

¡Niños, no toquéis el cordel!

Quien se atreve a desatar el paquete se encuentra de súbito dentro de él, en la isla, en la fruta, bloques de pizarra rodeando su cabeza, se encuentra circundado por manchas verdes y rojas, circundado por redes amarilloleonadas, circundado por negras y blancas superficies de dominó, con el mismo paquete de papel aún sin abrir en sus rodillas.

Y si entonces te atreves a pensar en la escasez, la demasía, la rareza, la grandeza de este infinito, único y precioso mundo en el cual dices habitar, entonces desata el cordel.

Robert Graves

martes, 19 de enero de 2016

CRIMEN EJEMPLAR

Hacía un frío de mil demonios. Me había citado a las siete y cuarto en la esquina de Venustiano Carranza y San Juan de Letrán. No soy de esos hombres absurdos que adoran el reloj reverenciándolo como una deidad inalterable. Comprendo que el tiempo es elástico y que cuando le dicen a uno a las siete y cuarto, lo mismo da que sean las siete y media. Tengo un criterio amplio para todas las cosas. Siempre he sido un hombre muy tolerante: un liberal de la buena escuela. Pero hay cosas que no se pueden aguantar por muy liberal que uno sea. Que yo sea puntual a las citas no obliga a los demás sino hasta cierto punto; pero ustedes reconocerán conmigo que ese punto existe. Ya dije que hacía un frío espantoso. Y aquella condenada esquina abierta a todos los vientos. Las siete y media, las ocho menos veinte, las ocho menos diez. Las ocho. Es natural que ustedes se pregunten que por qué no lo dejé plantado. La cosa es muy sencilla: yo soy un hombre respetuoso de mi palabra, un poco chapado a la antigua, si ustedes quieren, pero cuando digo una cosa, la cumplo. Héctor me había citado a las siete y cuarto y no me cabe en la cabeza el faltar a una cita. Las ocho y cuarto, las ocho y veinte, las ocho y veinticinco, las ocho y media, y Héctor sin venir. Yo estaba positivamente helado: me dolían los pies, me dolían las manos, me dolía el pecho, me dolía el pelo. La verdad es que si hubiese llevado mi abrigo café, lo más probable es que no hubiera sucedido nada. Pero ésas son cosas del destino y les aseguro que a las tres de la tarde, hora en que salí de casa, nadie podía suponer que se levantara aquel viento. Las nueve menos veinticinco, las nueve menos veinte, las nueve menos cuarto. Transido, amoratado. Llegó a las nueve menos diez: tranquilo, sonriente y satisfecho. Con su grueso abrigo gris y sus guantes forrados:

-¡Hola, mano!

Así, sin más. No lo pude remediar: lo empujé bajo el tren que pasaba.

Max Aub

jueves, 31 de diciembre de 2015

UNA NAVIDAD EN FAMILIA

Mi padre me contó esta historia. Sucedió a principios de la década de 1920 en Seattle, antes de que yo naciera. Él era el mayor de seis hermanos y una hermana, algunos de los cuales ya no vivían en casa de sus padres.

                La economía familiar había recibido un duro golpe. El negocio de mi padre había quebrado, casi no había trabajo y el país estaba al borde de la quiebra. Aquel año teníamos un árbol de Navidad, pero no teníamos regalos. Sencillamente no podíamos permitírnoslos. En Nochebuena todos nos fuimos a la cama con los ánimos bastante bajos.

Pero lo increíble fue que, al despertarnos la mañana de Navidad, nos encontramos con un montón de regalos bajo el árbol. Intentamos mantener la calma durante el desayuno, pero acabamos con él en tiempo récord.

Entonces comenzó la diversión. La primera fue mi madre. Todos la rodeamos llenos de curiosidad y, cuando abrió su paquete, vimos que le habían regalado un viejo chal que «había perdido» hacía ya muchos meses. A mi padre le tocó un hacha con el mango roto. A mi hermana, sus viejas zapatillas de andar por casa. Uno de los chicos recibió unos pantalones remendados y arrugados. A mí me tocó un sombrero, el que yo creía haberme dejado en un restaurante, allá por el mes de noviembre.

Cada una de aquellas cosas desechadas representó una total sorpresa. Al poco rato nos entró tal ataque de risa que apenas podíamos desatar el lazo del siguiente paquete. Pero ¿de dónde procedía tanta generosidad? Todo había sido obra de mi hermano Morris. Durante muchos meses había estado escondiendo en secreto cosas viejas que él sabía que no echaríamos de menos. Entonces, en Nochebuena, después de que todos nos hubiésemos ido a la cama, había envuelto los regalos y, silenciosamente, los había colocado bajo el árbol.

Recuerdo aquella Navidad como una de las más bonitas de mi vida.

Don Graves

Paul Auster (ed.), Creía que mi Padre Era Dios

martes, 29 de diciembre de 2015

LITERATURA


El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel, la numeró, y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar y sin embargo iba a pintar los mares del sur, turbulentos y misteriosos; no había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas; oía gorjear a los jilgueros de su mujer, y poblaba en esos instantes de albatros y grandes aves marinas los cielos sombríos y empavorecedores.

La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el abordaje; la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al describir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de todo fascinante, mágica, sobrenatural

Julio Torri

martes, 15 de diciembre de 2015

CUENTO DE NAVIDAD, DE JOSÉ MARÍA MERINO


En el cielo del amanecer brillaba con fuerza aquel insólito lucero que la gente común contemplaba con asombro, pero el capitán sabía que era uno de los satélites de comunicaciones que permitirían a su ejército mantener la supremacía en aquella guerra interminable.

-Mi capitán –transmitió el cabo-. Aquí sólo hay varios civiles refugiaos, unos pastores que han perdido el rebaño por el impacto de un obús y una mujer a punto de dar a luz.

El capitán, desde la torreta del carro, observaba el establo con los prismáticos.

-Registradlo todo con cuidado.

-Mi capitán –transmitió otra vez el cabo-, también hay un perturbado, vestido con una túnica blanca, que dice que va a nacer un salvador y otras cosas raras.

-A ese me lo traéis bien sujeto.

-Mi capitán –añadió el cabo, con la voz alterada-, la mujer se ha puesto de parto.

-Bienvenido al infierno –murmuró el capitán, con lástima.

A la luz del alba, aparecieron en la loma cercana las figuras de tres camellos cargados de bultos y el capitán los observaba acercarse, indeciso.

-Abrid fuego –ordenó al fin-. No quiero sorpresas.

José María Merino