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jueves, 11 de noviembre de 2021

CRISTINA PERI ROSSI, PREMIO CERVANTES 2021

 


    La escritora uruguaya Cristina Peri Rossi ha obtenido el Premio Cervantes 2021 por su trayectoria como una de las grandes vocaciones literarias de la actualidad en una gran variedad de géneros, por su ejercicio constante de exploración y crítica y por su compromiso con temas como la condición de la mujer y la sexualidad.

    El jurado ha otorgado el premio a la autora uruguaya por «reconocer en ella la trayectoria de una de las vocaciones literarias de nuestro tiempo y la envergadura de una escritora capaz de plasmar su talento en una pluralidad de géneros».

MONA LISA

La primera vez que vi a Gioconda, me enamoré de ella. Era un otoño vago y brumoso; a lo lejos se diluían los perfiles de los árboles, de los lagos planos, como sucede en algunos cuadros. Una bruma ligera que enturbiaba Jos rostros y nos volvía vagamente irreales. Ella vestía de negro (una tela, sin embargo, transparente) y creo que alguien me contó que había perdido un hijo. La vi de lejos, como sucede en las apariciones, y desde ese instante, me volví extremamente sensible a todo lo que tuviera que ver con ella. Vivía en otra ciudad, según supe; a veces, realizaba cortos paseos, para mitigar su pena. De inmediato —y a veces, muy lentamente— supe qué cosas prefería, evoqué sus gustos aun sin conocerlos y procuré rodearme de objetos que la complacerían, con esa rara cualidad del enamorado para advertir pequeños detalles, como el coleccionista minucioso. Yo me volví un coleccionista, a falta de ella, buscando consuelo en cosas adyacentes. Nada hay superfluo para el amante. Giocondo, su marido, estaba en conflicto con un pintor, según me enteré; era un comerciante próspero y basto, enriquecido con el tráfico de telas y, como toda la gente de su clase, procuraba rodearse de objetos valiosos, aunque regateara el precio. Pronto averigüé el nombre de la ciudad donde vivían. Era un nombre sonoro y dulce; me sorprendí, porque debí suponerlo. Una ciudad de agua, puentes y pequeñas ventanas, construida hacía muchos siglos por mercaderes, antepasados de Giocondo, quienes, para competir con los nobles y con los obispos, contrataron a pintores y arquitectos para embellecerla, como hace una dama con sus doncellas. Habitaba un antiguo palacio, reconstruido, en cuya fachada había mandado realizar incrustaciones de oro. Sin embargo, mi informante me hizo notar que lo más bello de la fachada del palacio era un pequeño paisaje, una acuarela protegida por un marco de madera, que representaba la campiña y en medio un lago vaporoso, donde, apenas insinuado, levitaba un esquile. «Eso, seguramente, lo ha mandado hacer Gioconda», pensé, para mis adentros.

Desde que la vi, debo confesar que duermo poco. Mis noches están llenas de excitación: como si hubiera bebido demasiado o ingerido alguna droga enervante, cuando me acuesto mi imaginación despliega una actividad febril y poco ordenada. Elaboro ingeniosos proyectos, cultivo miles de planes, zumban mis ideas como abejas ebrias, la excitación es tan intensa que transpiro y me lanzo a comenzar diversas tareas que interrumpo, solicitado por otra, hasta que de madrugada, extenuado, me duermo. Mis despertares son confusos y poco recuerdo de lo que proyecté en la noche; me siento deprimido hasta que la visión de Gioconda —no soy un dibujante del todo malo y debo confesar que he realizado varios apuntes de su rostro, a partir del recuerdo de la primera vez que la vi— devuelve sentido a mis días y me alegra, como una secreta pertenencia. He descuidado por completo a mi mujer; ¿cómo explicarle lo sucedido, sin traicionar a Gioconda? Pero ya no comparto su lecho, y procuro pasar todo el tiempo afuera, perdido entre los bosques que se dibujan tenuemente en la bruma del otoño. Esos bosques leves y esos lagos que evoqué la primera vez que vi a Gioconda y que desde entonces acompañan todas mis representaciones de ella. Uno se enamora, también, de ciertos lugares que asocia indefectiblemente al ser amado y realiza febriles paseos por ellos, en soledad, pero íntimamente acompañado.

Procuro obtener noticias acerca de la ciudad en que vive, porque temo que algún peligro imprevisto la aceche. Imagino catástrofes terribles —erupciones de volcanes, maremotos, incendios, o locuras de los hombres: las ciudades, en nuestros días, compiten en agresividad y envidia—. Mentalmente, procuro contener las aguas de los ríos que la cruzan, y aprovecho para dar un paseo con ella por los puentes, esos deliciosos, íntimos y húmedos puentes de madera que crujen bajo nuestras plantas. (La primera vez que la vi, encandilado por la belleza de su rostro, no reparé, debo confesar, en sus pies. Ah, cómo nuestra observación tiene lagunas. Sin embargo, no es imposible reconstruirlos a partir de la perfección de las otras líneas. Ya sé que no siempre se cumple, en lo humano, esta armonía. Pero precisamente, en ella, lo asombroso, es el desarrollo sereno y armónico de los rasgos, uno a uno, por lo cual, visto un fragmento, es posible imaginar la totalidad).

No me preocupa, tampoco, el paso del tiempo. Demasiado sé que su belleza lo resistirá, dotada, como está, de un elemento de transparencia, una gracia interior que no depende de la sucesión de los otoños o del tránsito de los meses. Sólo un terrible daño provocado, la intervención de una mano asesina podría crispar esa armonía, y no temo por Giocondo: ocupado como está con sus transacciones económicas, indiferente a cualquier valor que no pueda atesorarse en arcas bien custodiadas, mantiene con ella un trato tan superficial como inofensivo. Lo cual me exonera, hasta cierto punto, de los celos.

Desde hace tiempo, me he convertido en un avaro. Hago toda clase de economías, para ahorrar el dinero que me permita realizar el viaje soñado. He dejado de fumar y de visitar la cantina, no me compro ropa y vigilo severamente la administración de la casa. Realizo yo mismo las pequeñas reparaciones necesarias en el hogar y aprovecho todas las cosas que los hombres no enamorados y disolutos desperdician, seguramente porque ya no sueñan. He estudiado minuciosamente las maneras de llegar a esa ciudad y sé que me falta poco para poder emprender el viaje. Esta ilusión llena de intensidad mis días. No intento, de ninguna manera, comunicarme con Gioconda. Con seguridad ella no reparó en mí, cuando la vi, ni hubiera reparado en hombre alguno: dominada por la pena, sus ojos miraban sin ver, contemplando, acaso, cosas que estaban en el pasado, que se encerraban en los lagos serenos donde yo no ceso de evocarla. Cuando mi mujer me interroga, contesto con frases vagas. No se trata sólo de conservar mi secreto: las cosas más profundas no resisten, casi nunca, su traducción en palabras.

Pero sé, estoy seguro de poder hallaría. Sus rasgos inconfundibles me estarán aguardando, en algún lugar de la ciudad. En cuanto a Giocondo, parece que continúa disputando con un pintor. Seguramente no ha querido pagar un cuadro o pretende desalojarlo de su taller, si aquél le debe algo. Giocondo tiene la insolencia de los ricos y el pobre pintor debe vivir de su trabajo. Miinformante asegura que el pleito dura ya cerca de tres años, y que el pintor ha jurado vengarse. ¿Qué dirá mi Gioconda, de todo esto? A pesar de la fama de interesadas que tienen las mujeres de esa ciudad, sé que ella permanece ajena a los negocios de su marido. La pérdida de su hijo es todavía reciente y no encuentra consuelo. Giocondo procura entretenerla alquilando músicos que cantan y bailan en su jardín, pero ella parece no oírlos. Lánguida Gioconda, a pesar del escote. Lamentablemente, no soy músico; de lo contrario, tal vez, tendría acceso a tu palacio. Tañería la flauta como nadie lo ha hecho hasta ahora, evocando los lagos y los bosques por donde sueles pasear, en otoño, lagos como suspendidos donde a veces levita un esquife. Compondría versos y sonatas hasta que tú, suavemente, sonrieras, casi sin querer, como una pequeña recompensa a mi tarea. Ah, esa sonrisa, Gioconda, sería un leve compromiso, la certeza de haber oído.

********************

He llegado a la ciudad de los puentes, de los lagos circulares y los bosques llenos de bruma que se pierden en el horizonte, entre nubes calmas. He paseado por sus calles angostas y sinuosas, con sus perros lanudos y sus mercados repletos de frutas doradas y telas sedosas. Por doquier se trafica; brillan las naranjas, los peces recién arrancados al mar, zumban las ofertas de los mercaderes, ávidos compradores auscultan vasijas de oro, adquieren suntuosas joyas minuciosamente engarzadas, disputan por una pieza valiosa. Las calles están húmedas y a lo lejos se dibujan bosques vagarosos.


De inmediato, busqué quien pudiera darme informes sobre la familia Giocondo. No fue difícil: todo el mundo los conoce, en esta ciudad, aunque por una misteriosa razón, cuando los interrogaba, querían evitar el tema. He ofrecido dinero, las escasas monedas que me quedan luego del viaje, pero es una ciudad próspera, y mi fortuna, pequeña. Probé con mercaderes que con cortesía me ofrecieron telas y productos de la India; luego, con los gondoleros que trasladan a los viajeros de un lugar a otro de la ciudad, porque debo decir que uno de los placeres más vivos que se pueden disfrutar aquí es el de atravesar ciertas zonas en esas finas y delicadas embarcaciones (que ellos cuidan mucho, como si se tratara de objetos preciosos, y engalanan con muy buen gusto) que se deslizan debajo de los puentes de madera, removiendo apenas las aguas verdes. Por fin un hombre joven, a quien elegí por su aspecto humilde pero su mirada inteligente, se prestó a informarme. Me hizo una terrible revelación: el pintor a quien Giocondo había contratado y con el que disputaba desde hacia años, decidió vengarse. Ha pintado un fino bigote en los labios de Gioconda, que nadie puede borrar.




miércoles, 26 de julio de 2017

LA GIOCONDA


A pesar de su inmensa fama, el cuadro de la Mona Lisa tenía apenas ochenta centímetros, y era más pequeño que los carteles con su reproducción que vendían en la tienda del museo. Estaba colgado en la pared noroeste de la Salle des États, tras un panel protector de plexiglás de unos cinco centímetros de grosor. Pintado en una tabla de madera de álamo, su aire etéreo y neblinoso se atribuía al dominio que Leonardo da Vinci poseía de la técnica del sfumato, que consigue que las formas parezcan fundirse las unas con las otras.

Desde que había llegado al Louvre, la Mona Lisa —o La Gioconda, como también se la conocía— había sido robada en dos ocasiones, la última en 1911, cuando desapareció de la «salle impénetrable» del Louvre, el Salón Carré. Los parisinos lloraron desconsoladamente en las calles y escribieron cartas a los periódicos pidiendo a los ladrones que devolvieran la obra. Dos años después, descubrieron la Mona Lisa en el doble fondo de un baúl, en un hotel de Florencia.

Langdon, que ya le había dejado claro a Sophie que no tenía ninguna intención de irse, atravesó con ella la sala. Cuando aún estaban a unos veinte metros de la Mona Lisa, ella encendió la linterna y un haz azulado llegó hasta el suelo.

A su lado, Langdon ya empezaba a notar ese cosquilleo de impaciencia que siempre le invadía momentos antes de ponerse frente a las grandes obras de arte. Se esforzaba por ver más allá de la mancha de luz azulada que emanaba de aquella linterna de rayos ultravioleta. A la izquierda apareció el diván octogonal, como una isla oscura en el desierto mar del parqué.

Ahora ya empezaba a distinguir el panel de cristal oscuro en la pared. Sabía que detrás de él, en los confines de su propia celda exclusiva, estaba el cuadro más famoso del mundo.

Y sabía también que aquel mérito, el de ser la obra de arte más famosa del mundo, no le venía de su enigmática sonrisa, ni de las misteriosas interpretaciones atribuidas a muchos historiadores del arte y a defensores de las teorías conspiratorias. No, las cosas eran mucho más sencillas; la Mona Lisa era famosa porque Leonardo aseguraba que era su obra más lograda. Siempre que salía de viaje se la llevaba consigo y, si le preguntaban por qué lo hacía, respondía que le resultaba difícil alejarse de su expresión más sublime de la belleza femenina.

Con todo, muchos historiadores del arte sospechaban que la devoción que Leonardo profesaba por su Mona Lisa no tenía nada que ver con lo artístico. En realidad, aquel cuadro era un retrato bastante corriente realizado con la técnica del sfumato. Eran muchos los que aseguraban que su pasión nacía de algo mucho más profundo: un mensaje oculto entre las capas de pintura. En realidad, la Mona Lisa era una de las bromas mejor documentadas del mundo. Muchos libros de historia del arte demostraban que el cuadro era un collage de dobles sentidos y alusiones jocosas y sin embargo, por increíble que pareciera, la mayoría de la gente seguía considerando aquella sonrisa como un gran misterio.

Dan Brown, El Código da Vinci

miércoles, 14 de septiembre de 2016

EL GRAN LABERINTO


En una ciudad se está celebrando un partido de fútbol anunciado como el partido del siglo, pero su duración excede lo habitual, ya que los asistentes llevan una semana en el estadio, sin intención de salir.

Fisco y Jaiko, dos amigos, preocupados por la situación de sus familiares y por la extrañeza del caso deciden acudir a su librería preferida “El Pozo y el Péndulo” en busca de consejo, y el propietario les propone que vayan a buscarlos.

La gente parece hipnotizada y no quiere salir, olvidándose de lo que han dejado fuera. En el estadio conocen a dos hermanos, Sara y Arno, que también pretenden buscar ayuda, entonces una vendedora ambulante les da una cajita metálica para que la rellenen con ocho letras que serán las que abran la puerta principal y liberarán a la gente atrapada. Consiguen escapar del campo de fútbol y vuelven a la librería.

El librero les relata una extraña historia sobre un habitáculo de la librería que llama “El laberinto de las sirenas”, y que a Fisco y Jaiko les había llamado siempre la atención. Tenía un gato que se metió allí y volvió con una rosa en la boca y no se sabe de dónde procedía, animándoles así a buscar las letras en el laberinto para poder salvar a sus familiares.

A través del “laberinto de las sirenas” emprenderán diversos viajes por el espacio, el tiempo y la literatura y conseguirán las letras con ayuda de personajes como Don Quijote, Sherlock Holmes, Frankestein, Leonardo da Vinci, Oscar Wilde, Jan Patocka, etc...

En esta novela el filósofo y escritor Fernando Savater nos habla de la libertad y de las
facultades que sirven para alcanzar la felicidad del alma. Para ello, se va a servir de los viajes que realizan los muchachos, abarcando su arco temporal desde el siglo V a. C, donde encuentran una caravana con el pensador Lao Zi, hasta el siglo XX con el filósofo Jan Patocka, aunque el orden de estos viajes no responde a ningún criterio de tipo cronológico. El librero Don Pantaleón y la vendedora ambulante serán los guías de los muchachos, además de los personajes que van encontrando en los distintos viajes.

La novela se rige por un lenguaje sencillo, de fácil lectura, a excepción de algunos cultismos y léxico especializado. La voz del narrador intenta llegar al lector sin ninguna dificultad con el fin de que este no abandone la lectura. El estilo, aunque sencillo, cambia en conforme los personajes que surgen a lo largo de la novela: cervantino en los diálogos de Don Quijote y Sancho; un estilo típico de Conan Doyle con Holmes. 

jueves, 24 de marzo de 2016

LA ÚLTIMA CENA


—¿Me juráis, pues, que habéis escondido un secreto en este muro?
Marco d'Oggiono se rascaba la barbilla, perplejo, mientras echaba un nuevo vistazo al mural que pintaba el maestro. Leonardo da Vinci se divertía con aquellos juegos. Cuando estaba de buen humor, y ese día lo estaba, era difícil encontrar en él al afamado pintor, inventor, constructor de instrumentos musicales e ingeniero, favorito del Moro y aplaudido en media Italia. Aquella fría mañana, el maestro tenía mirada de niño travieso. Aun a sabiendas de que contrariaba a los frailes, había aprovechado la calma tensa que vivía Milán tras la muerte de la princesa parainspeccionar su trabajo en el refectorio de los padres dominicos.
Estaba allá arriba, satisfecho entre apóstoles, encaramado en un andamio de seis metros de altura y saltando de tabla en tabla como un chaval.
—¡Desde luego que hay un secreto! —gritó. Su risa contagiosa retumbó en las bóvedas vacías de Santa Maria delle Grazie—. No tenéis más que mirar con atención mi obra y tener en cuenta los números. ¡Contad! ¡Contad! —rió.
—Pero maestro…
—Está bien. —Leonardo sacudió la cabeza, condescendiente, arrastrando la última sílaba a modo de protesta—. Veo que enseñarte será difícil. ¿Por qué no tomas la Biblia que hay ahí abajo, junto a la caja de pinceles, y lees el capítulo trece de Juan, a partir del versículo veintiuno? Tal vez así encuentres la iluminación.
Marco, uno de los jóvenes y apuestos discípulos del toscano, corrió en busca del libro sagrado. Lo tomó del atril que estaba arrinconado junto a la puerta y lo sopesó. Debía de pesar varias libras. Marco, con esfuerzo, hojeó aquel ejemplar impreso en Venecia, de pastas de cuero negrísimo y repujado en cobre, hasta que el Evangelio de Juan se abrió frente a él. Era una edición hermosa, con grabados florales en el encabezamiento, cuajado de letras góticas grandes y negras.
—«Dicho esto —comenzó a recitar—, se turbó Jesús en su espíritu y lo demostró diciendo: "En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me traicionará". Se miraban los discípulos unos a otros, sin saber de quién hablaba. Uno de ellos, el amado de Jesús, estaba recostado en Su seno. Simón Pedro le hizo señal diciéndole: "Pregúntale de quién habla".»
—¡Ya! ¡Ya está bien! —tronó Leonardo desde el andamio—. Mira ahora hacia aquí y dime: ¿aún no entiendes mi secreto?
El discípulo negó con la cabeza. Marco ya sabía que el maestro tenía listo algún truco:
—Meser Leonardo —un tono de franca decepción presidió su reproche—, ya sé que estáis trabajando en este pasaje evangélico. No me reveláis nada nuevo mandándome leer la Biblia. Lo que yo quiero es saber la verdad.
—¿La verdad? ¿Qué verdad, Marco?
—En la ciudad se rumorea que tardáis tanto en terminar esta obra porque queréis ocultar algo importante en ella. Habéis rechazado la técnica del fresco por otra nueva y más lenta. ¿Por qué? Yo os lo diré: porque así podéis pensar mejor lo que queréis transmitir.
Leonardo no pestañeó.
—¡Conocen vuestro gusto por los misterios, maestro, y yo también quiero conocerlos todos…! Tres años a vuestro lado, preparando mezclas y auxiliando vuestras manos con los bocetos y los cartones creo que deberían darme alguna ventaja sobre los de ahí fuera, ¿no?
—Ya, ya. Pero ¿quién dice todas esas cosas, si puede saberse?
—¿Quién, maestro? ¡Todos! ¡Hasta los monjes de esta santa casa paran a menudo a vuestros discípulos y les preguntan!
—¿Y qué comentan, Marco? —volvió a bramar desde lo alto, cada vez más divertido.
—Que si vuestros Doce no son verdaderos retratos de los apóstoles, como los pintaría fray Filippo Lippi o Crivelli, que si reflejan las doce constelaciones del zodiaco, que si habéis escondido en los gestos de sus manos las notas de una de vuestras partituras para el Moro… Dicen de todo, maestro.
—¿Y tú?
—¿Yo?
—Sí, sí, tú. —Otra sonrisa picara volvió a iluminar el rostro de Leonardo—. Teniéndome tan cerca, trabajando todos los días en una sala tan magnífica, ¿a qué conclusión has llegado?
Marco alzó la vista hacia la pared en la que el toscano daba algunos retoques con un pincel de cerdas finísimas. El muro norte acogía la representación de la Última Cena más extraordinaria que Marco hubiera visto jamás. Allí estaba Jesús, presente en carne y hueso, en el centro exacto de la composición. Tenía la mirada lánguida y los brazos extendidos, como si estudiara de reojo las reacciones de sus discípulos a la revelación que acababa de hacerles. A su lado estaba Juan, el amado, que escuchaba a Pedro susurrarle. Si se afinaban los sentidos, casi podía vérseles mover los labios. ¡Eran tan reales!
Pero Juan ya no estaba recostado sobre el maestro como decía el Evangelio. Incluso daba la impresión de no haberlo estado jamás. Al otro lado de Cristo, Felipe, el gigante, se mantenía en pie hundiendo sus manos en el pecho. Parecía interrogar al Mesías: «¿Acaso soy yo el traidor, Señor?». O Santiago el Mayor, que sacaba pecho cual guardaespaldas, jurándole lealtad eterna. «Nadie te hará daño mientras yo esté cerca», fanfarroneaba.
—¿Y bien, Marco? Aún no te has pronunciado.
—No sé, maestro… —titubeó—. Esta obra vuestra tiene algo que me desconcierta. Es tan, tan…
—¿Tan…?
—Tan próxima, tan humana, que me deja sin palabras.
—¡Bien! —aplaudió Leonardo, secándose las manos en el mandil—. ¿Lo ves? Sin pretenderlo, ya estás más cerca de mi secreto.
—No os entiendo, maestro.
—Y tal vez no lo logres nunca —sonrió—. Pero escucha lo que voy a decirte: todo en la naturaleza guarda algún misterio. Las aves nos ocultan las claves de su vuelo, el agua encierra a buen recaudo el porqué de su extraordinaria fuerza… Y si lográsemos que la pintura fuera un reflejo de esa naturaleza, ¿no sería justo incorporar en ella esa misma y enorme capacidad para custodiar información? Cada vez que admires una pintura recuerda que te adentras en la más sublime de las artes. No te quedes nunca en su superficie: penetra en la escena, muévete entre sus elementos, descubre los ángulos inéditos, husmea en la trastienda… y así alcanzarás su verdadero significado. Pero, te lo advierto: se necesita valor para ello. No pocas veces lo que encontramos en un mural como éste dista mucho de lo que esperábamos hallar. Dicho queda.

Javier Sierra, La Cena Secreta