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jueves, 11 de noviembre de 2021

CRISTINA PERI ROSSI, PREMIO CERVANTES 2021

 


    La escritora uruguaya Cristina Peri Rossi ha obtenido el Premio Cervantes 2021 por su trayectoria como una de las grandes vocaciones literarias de la actualidad en una gran variedad de géneros, por su ejercicio constante de exploración y crítica y por su compromiso con temas como la condición de la mujer y la sexualidad.

    El jurado ha otorgado el premio a la autora uruguaya por «reconocer en ella la trayectoria de una de las vocaciones literarias de nuestro tiempo y la envergadura de una escritora capaz de plasmar su talento en una pluralidad de géneros».

MONA LISA

La primera vez que vi a Gioconda, me enamoré de ella. Era un otoño vago y brumoso; a lo lejos se diluían los perfiles de los árboles, de los lagos planos, como sucede en algunos cuadros. Una bruma ligera que enturbiaba Jos rostros y nos volvía vagamente irreales. Ella vestía de negro (una tela, sin embargo, transparente) y creo que alguien me contó que había perdido un hijo. La vi de lejos, como sucede en las apariciones, y desde ese instante, me volví extremamente sensible a todo lo que tuviera que ver con ella. Vivía en otra ciudad, según supe; a veces, realizaba cortos paseos, para mitigar su pena. De inmediato —y a veces, muy lentamente— supe qué cosas prefería, evoqué sus gustos aun sin conocerlos y procuré rodearme de objetos que la complacerían, con esa rara cualidad del enamorado para advertir pequeños detalles, como el coleccionista minucioso. Yo me volví un coleccionista, a falta de ella, buscando consuelo en cosas adyacentes. Nada hay superfluo para el amante. Giocondo, su marido, estaba en conflicto con un pintor, según me enteré; era un comerciante próspero y basto, enriquecido con el tráfico de telas y, como toda la gente de su clase, procuraba rodearse de objetos valiosos, aunque regateara el precio. Pronto averigüé el nombre de la ciudad donde vivían. Era un nombre sonoro y dulce; me sorprendí, porque debí suponerlo. Una ciudad de agua, puentes y pequeñas ventanas, construida hacía muchos siglos por mercaderes, antepasados de Giocondo, quienes, para competir con los nobles y con los obispos, contrataron a pintores y arquitectos para embellecerla, como hace una dama con sus doncellas. Habitaba un antiguo palacio, reconstruido, en cuya fachada había mandado realizar incrustaciones de oro. Sin embargo, mi informante me hizo notar que lo más bello de la fachada del palacio era un pequeño paisaje, una acuarela protegida por un marco de madera, que representaba la campiña y en medio un lago vaporoso, donde, apenas insinuado, levitaba un esquile. «Eso, seguramente, lo ha mandado hacer Gioconda», pensé, para mis adentros.

Desde que la vi, debo confesar que duermo poco. Mis noches están llenas de excitación: como si hubiera bebido demasiado o ingerido alguna droga enervante, cuando me acuesto mi imaginación despliega una actividad febril y poco ordenada. Elaboro ingeniosos proyectos, cultivo miles de planes, zumban mis ideas como abejas ebrias, la excitación es tan intensa que transpiro y me lanzo a comenzar diversas tareas que interrumpo, solicitado por otra, hasta que de madrugada, extenuado, me duermo. Mis despertares son confusos y poco recuerdo de lo que proyecté en la noche; me siento deprimido hasta que la visión de Gioconda —no soy un dibujante del todo malo y debo confesar que he realizado varios apuntes de su rostro, a partir del recuerdo de la primera vez que la vi— devuelve sentido a mis días y me alegra, como una secreta pertenencia. He descuidado por completo a mi mujer; ¿cómo explicarle lo sucedido, sin traicionar a Gioconda? Pero ya no comparto su lecho, y procuro pasar todo el tiempo afuera, perdido entre los bosques que se dibujan tenuemente en la bruma del otoño. Esos bosques leves y esos lagos que evoqué la primera vez que vi a Gioconda y que desde entonces acompañan todas mis representaciones de ella. Uno se enamora, también, de ciertos lugares que asocia indefectiblemente al ser amado y realiza febriles paseos por ellos, en soledad, pero íntimamente acompañado.

Procuro obtener noticias acerca de la ciudad en que vive, porque temo que algún peligro imprevisto la aceche. Imagino catástrofes terribles —erupciones de volcanes, maremotos, incendios, o locuras de los hombres: las ciudades, en nuestros días, compiten en agresividad y envidia—. Mentalmente, procuro contener las aguas de los ríos que la cruzan, y aprovecho para dar un paseo con ella por los puentes, esos deliciosos, íntimos y húmedos puentes de madera que crujen bajo nuestras plantas. (La primera vez que la vi, encandilado por la belleza de su rostro, no reparé, debo confesar, en sus pies. Ah, cómo nuestra observación tiene lagunas. Sin embargo, no es imposible reconstruirlos a partir de la perfección de las otras líneas. Ya sé que no siempre se cumple, en lo humano, esta armonía. Pero precisamente, en ella, lo asombroso, es el desarrollo sereno y armónico de los rasgos, uno a uno, por lo cual, visto un fragmento, es posible imaginar la totalidad).

No me preocupa, tampoco, el paso del tiempo. Demasiado sé que su belleza lo resistirá, dotada, como está, de un elemento de transparencia, una gracia interior que no depende de la sucesión de los otoños o del tránsito de los meses. Sólo un terrible daño provocado, la intervención de una mano asesina podría crispar esa armonía, y no temo por Giocondo: ocupado como está con sus transacciones económicas, indiferente a cualquier valor que no pueda atesorarse en arcas bien custodiadas, mantiene con ella un trato tan superficial como inofensivo. Lo cual me exonera, hasta cierto punto, de los celos.

Desde hace tiempo, me he convertido en un avaro. Hago toda clase de economías, para ahorrar el dinero que me permita realizar el viaje soñado. He dejado de fumar y de visitar la cantina, no me compro ropa y vigilo severamente la administración de la casa. Realizo yo mismo las pequeñas reparaciones necesarias en el hogar y aprovecho todas las cosas que los hombres no enamorados y disolutos desperdician, seguramente porque ya no sueñan. He estudiado minuciosamente las maneras de llegar a esa ciudad y sé que me falta poco para poder emprender el viaje. Esta ilusión llena de intensidad mis días. No intento, de ninguna manera, comunicarme con Gioconda. Con seguridad ella no reparó en mí, cuando la vi, ni hubiera reparado en hombre alguno: dominada por la pena, sus ojos miraban sin ver, contemplando, acaso, cosas que estaban en el pasado, que se encerraban en los lagos serenos donde yo no ceso de evocarla. Cuando mi mujer me interroga, contesto con frases vagas. No se trata sólo de conservar mi secreto: las cosas más profundas no resisten, casi nunca, su traducción en palabras.

Pero sé, estoy seguro de poder hallaría. Sus rasgos inconfundibles me estarán aguardando, en algún lugar de la ciudad. En cuanto a Giocondo, parece que continúa disputando con un pintor. Seguramente no ha querido pagar un cuadro o pretende desalojarlo de su taller, si aquél le debe algo. Giocondo tiene la insolencia de los ricos y el pobre pintor debe vivir de su trabajo. Miinformante asegura que el pleito dura ya cerca de tres años, y que el pintor ha jurado vengarse. ¿Qué dirá mi Gioconda, de todo esto? A pesar de la fama de interesadas que tienen las mujeres de esa ciudad, sé que ella permanece ajena a los negocios de su marido. La pérdida de su hijo es todavía reciente y no encuentra consuelo. Giocondo procura entretenerla alquilando músicos que cantan y bailan en su jardín, pero ella parece no oírlos. Lánguida Gioconda, a pesar del escote. Lamentablemente, no soy músico; de lo contrario, tal vez, tendría acceso a tu palacio. Tañería la flauta como nadie lo ha hecho hasta ahora, evocando los lagos y los bosques por donde sueles pasear, en otoño, lagos como suspendidos donde a veces levita un esquife. Compondría versos y sonatas hasta que tú, suavemente, sonrieras, casi sin querer, como una pequeña recompensa a mi tarea. Ah, esa sonrisa, Gioconda, sería un leve compromiso, la certeza de haber oído.

********************

He llegado a la ciudad de los puentes, de los lagos circulares y los bosques llenos de bruma que se pierden en el horizonte, entre nubes calmas. He paseado por sus calles angostas y sinuosas, con sus perros lanudos y sus mercados repletos de frutas doradas y telas sedosas. Por doquier se trafica; brillan las naranjas, los peces recién arrancados al mar, zumban las ofertas de los mercaderes, ávidos compradores auscultan vasijas de oro, adquieren suntuosas joyas minuciosamente engarzadas, disputan por una pieza valiosa. Las calles están húmedas y a lo lejos se dibujan bosques vagarosos.


De inmediato, busqué quien pudiera darme informes sobre la familia Giocondo. No fue difícil: todo el mundo los conoce, en esta ciudad, aunque por una misteriosa razón, cuando los interrogaba, querían evitar el tema. He ofrecido dinero, las escasas monedas que me quedan luego del viaje, pero es una ciudad próspera, y mi fortuna, pequeña. Probé con mercaderes que con cortesía me ofrecieron telas y productos de la India; luego, con los gondoleros que trasladan a los viajeros de un lugar a otro de la ciudad, porque debo decir que uno de los placeres más vivos que se pueden disfrutar aquí es el de atravesar ciertas zonas en esas finas y delicadas embarcaciones (que ellos cuidan mucho, como si se tratara de objetos preciosos, y engalanan con muy buen gusto) que se deslizan debajo de los puentes de madera, removiendo apenas las aguas verdes. Por fin un hombre joven, a quien elegí por su aspecto humilde pero su mirada inteligente, se prestó a informarme. Me hizo una terrible revelación: el pintor a quien Giocondo había contratado y con el que disputaba desde hacia años, decidió vengarse. Ha pintado un fino bigote en los labios de Gioconda, que nadie puede borrar.




lunes, 25 de octubre de 2021

LA TUMBA

 


La tumba volvía a estar llena.

Casi parecía mentira.

Flores, botellas de todo tipo —especialmente de cerveza a medio consumir—, fotografías, pulseras y collares hechos a mano, juguetes, como osos de peluche o pequeñas naves espaciales de Star Trek y Star Wars, pósteres, un par de cómics...

Cada semana era lo mismo, y cada semana Grace alucinaba.

No tanto por el fanatismo o la devoción de los fans, sino por la clase de objetos que dejaban en la tumba. Por ejemplo, él ya no tomaba alcohol. Por ejemplo, él nunca había llevado pulseras o collares. Por ejemplo, lo de los osos de peluche, que había sido una invención o una de esas frases típicas del estilo: «A mi hija le gustan los osos de peluche». Cuando un famoso soltaba algo así, para los seguidores era como un mandamiento.

Y eso que él nunca había sido famoso.

Al menos en vida.

Grace empezó a recoger todas aquellas cosas.

Llevaba una bolsa para las botellas siempre medio vacías y otra para el resto de objetos. Las botellas y latas primero las vaciaba a un lado de la tumba. Era el trabajo más lento y pesado. Con la parte dura acabada, llegaba la fácil. Recogía los regalos, pero sin acritud ni violencia. De hecho lo hacía con mimo. Por lo menos respetaba el fervor de las personas que habían viajado hasta allí, tan lejos seguramente de su casa, para rendirle el último tributo al héroe caído, a la leyenda.

Porque ahora sí era eso: una leyenda.

Lo que más le impactaba eran las fotos.

Sobre todo las de ellas.

Desde chicas jóvenes, de su misma edad, hasta mujeres ya mayores, como su madre. Dos estaban desnudas, una en una posición recatada y otra, más explícita. En la parte posterior de la primera se leía: «Espérame en el paraíso». En la de la segunda, el texto era: «¡Mira lo que te perdiste!».

A veces no sabía si reír o llorar.

Por lo menos, esta vez no había pintadas en la sencilla lápida asentada a ras de suelo, con el nombre y las fechas de nacimiento y muerte. Habían tenido que construir un sarcófago de cemento para introducir en él el ataúd porque al comienzo algún loco o loca había escarbado incluso la tierra. Grace se alegró de no verse obligada a ponerse los guantes de goma y empezar a rascar la pintura o el tipo de tinta, a veces indeleble, que algunos empleaban para dejar sus mensajes, siempre del tipo: «¡Vive!» o «Long Live Rock».

Era un cantautor, un cruce de Dylan, Springsteen, Stephen Stills o Tom Waits en sus respectivas épocas puristas, pero bastaba una guitarra eléctrica para que los rockeros se lo apropiaran.

¿Qué más daba?

Cuando un artista se exponía al público, todo era interpretable.

Él siempre decía: «Yo soy músico, no sé hacer nada más».

Estaba acabando de acomodar en el fondo de la bolsa las naves de juguete cuando apareció él.

No era normal ver a un fan entre semana. Las peregrinaciones solían hacerse en grupo, en manada, de viernes a domingo. Claro que, aunque uno llegara en plan solitario, quedaba automáticamente hermanado con el resto. Todos estaban allí por lo mismo, para rendirle tributo a Leo Calvert. Los viernes y los sábados por la noche era normal que alrededor de la tumba se organizaran fiestas, se cantaran sus canciones y se bebiera hasta quedarse dormidos. También se había hecho amargamente popular hacer el amor sobre la tumba, como ofrenda o como si el espíritu del muerto pudiera bendecirles.

En aquellos años, ¿cuántos hijos se habrían engendrado así, allí mismo?

Grace prefería no pensarlo.

Salvo que electrificaran la tumba, o la vallaran, o... ¿o qué?

El aparecido y ella se quedaron mirando.

Era alto, quizá un poco desgarbado, o tal vez fuera por la mochila que cargaba sobre el hombro derecho y la guitarra que colgaba del izquierdo. Llevaba su cabello negro revuelto, un poco caído sobre la frente, y tenía unos ojos claros y limpios. Vestía de manera informal: zapatillas deportivas, vaqueros gastados y una camisa roja arremangada. Pese a todo no parecía un vagabundo ni un sucedáneo de hippy renacido del pasado. Iba limpio. Incluso se diría que cuidado. Le calculó veintiuno o  veintidós años, quizá veintitrés. De no haber sido por su seriedad, su cara habría resultado agradable.

Grace lo esperaba todo menos aquello:

—¿Qué haces? —le espetó el chico.

Ella se quedó quieta.

—¿Perdón? —dijo.

—¿Estás robando las cosas? —continuó él—. ¡Joder!, ¿no te da vergüenza?

La parálisis provocada por el desconcierto duró menos de tres segundos. Le lanzó una última mirada, mitad agotada, mitad resignada, y acabó de meter los últimos juguetes en la bolsa. Quedaba tan solo el cómic de los mutantes de X-Men.

—¡Oye, te estoy hablando! —gritó el joven.

Grace no le hizo caso.

Ni se lo hubiera hecho de no ser porque él dio un par de pasos hacia ella, tal vez para sujetarla, tal vez para detenerla.

Entonces sí, se volvió.

Lo fulminó con la mirada.

—Como te acerques te hago una cara nueva —le previno.

—¡Pues deja eso donde estaba!

Entonces ya sí, se lo dijo:

—¡Es mi padre, idiota! ¡Limpio la tumba para que no se amontone la mierda que tarados como tú dejáis en ella cada semana! ¿De acuerdo?

Luego se dio media vuelta, cargó los dos sacos y echó a andar sin volver la vista atrás.

El silencio de la tarde habría sido agradable de no ser porque ahora estaba furiosa.

Jordi Sierra I Fabra, Como lágrimas en la lluvia

PREMIO LAZARILLO 2019

martes, 21 de septiembre de 2021

BEATRIZ GIMÉNEZ DE ORY, PREMIO NACIONAL DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL 2021 POR SU OBRA UN HILO ME LIGA A VOS. MITOS Y POEMAS

 

El jurado del galardón ha destacado que el libro es “una obra singular en la que se combina la actualización de una acertada selección de mitos clásicos con poemas sobre los mismos temas refrendando la validez universal de los mitos. El libro muestra la posibilidad de que los protagonistas sigan ofreciendo en la actualidad una imagen en la que reconocerse o en la que percibir el reflejo de quien se conoce”. También comenta que “resuena la tradición de la lírica clásica en la métrica y recursos retóricos de los poemas, de gran belleza. Estos crean un contrapunto con la narración por el que los jóvenes lectores serán capaces de reconocer a su vez en otras voces, o en otras artes, las referencias a los mitos que constituyen uno de los pilares de la cultura occidental. Este libro en el que se entreveran lírica y narración es una propuesta de alto vuelo y altísima calidad literaria”.

                Beatriz Giménez de Ory parte de la idea de que los dioses siguen existiendo, que los ve todos los días en su vida cotidiana, en los alumnos de su instituto, por ejemplo: «Es verdad que están llenos de defectos (pueden ser más coléricos que el propio Zeus, más celosos que Hera, brutotes como Polifemo, un verdadero incordio como Eros, vengativos como Némesis, indiscretos como Pandora o siniestros como Hades), pero también poseen la inteligencia de Atenea, la rapidez de Mercurio, la osadía de Prometeo».


Los hilos a menudo son tan leves

que viajan por el aire inadvertidos.

Son las briznas de hierba, los caminos,

las cuerdas de un laúd, la vida breve,

las hormigas que marchan como deben,

los versos alineados en un libro,

tus venas, tus cabellos... todos hilos.

También la lluvia que la tierra bebe.

No sueltes esta hebra que te tiendo

y a mí gentes más viejas me dejaron.

Eres porque otros fueron en el tiempo.

Que este hilo es la voz de antiguos cantos.

Si nadie los recuerda, van muriendo.

Un presente te doy: nuestro pasado.

                Cada mito se abre con un poema, sencillo, con unos esquemas métricos que pertenecen a nuestra tradición literaria, que nos introduce en la historia, contada de una forma amena y que nos hace ver que esos dioses, héroes, ninfas no son tan diferentes a nosotros. A lo largo del libro nos encontramos con Midas, Orfeo y Eurídice (¡Ah, el amor!), Ariadna y Teseo, Aracne, Eco y Narciso, Ícaro, Pandora… que en sus historias esconden virtudes y defectos que podemos reconocer: la avaricia, el amor obsesivo que conduce al acoso, la curiosidad…

Luego tenemos las desenfadad ilustraciones de Paloma Corral, que adapta la esencia de los relatos al mundo moderno con sus anacronismos, así vemos a Teseo recorriendo el laberinto con una bicicleta:



– Tomad esta arma sin filo-

– ¡Un hilo!

– Porque todo cuanto os diga…

– Me liga.

– Y me jurasteis amor.

– ¡A vos!

– Pues venceremos los dos.

Sostened este ovillejo:

sabed que, aunque estemos lejos,

un hilo me liga a vos.



martes, 31 de agosto de 2021

LA NUEVA SITUACIÓN MUNDIAL

 


…Unas décadas atrás se produjo una gran acción bioterrorista, coordinada a escala mundial, consistente en infiltrar en los pozos petrolíferos una bacteria modificada para devorar el crudo. El ritmo de proliferación de la bacteria era tan descabellado que en pocas semanas los pozos se redujeron a la mitad. Cuando los encargados de las plataformas quisieron tomar medidas ya era demasiado tarde. En algunos lugares se trató de desinfectar el petróleo con antibióticos, lo que solo consiguió adulterarlo y aumentar la resistencia de la bacteria.

La enorme debacle económica afectó especialmente a Europa, que aún dependía de los combustibles fósiles a diferencia de Asia, donde hacía mucho que la superpoblación había obligado a pasarse a las formas de energía sostenibles. China se convirtió rápidamente en el líder mundial, y lo seguía siendo en el presente. Estados Unidos, el país preferido de Elliot, se había sumido en la pobreza absoluta, y ya no se parecía nada a lo que salía en las películas de los ochenta. La mitad norte pasó a formar parte del próspero y ecologista Canadá, y la parte sureña se unió a un México renaciente e ilusionado, mucho más preparado para la austeridad energética.

Mientras tanto, en Europa, la brutal crisis de recursos obligó a las autoridades a tomar medidas desesperadas. Dividieron las ciudades en sectores y limitaron la población de cada uno de ellos. Recomendaron a la población que se estableciera en zonas rurales y adoptara economías de subsistencia, y para reforzar este mensaje concedieron la independencia política a los pequeños estados que la reclamaban históricamente. El proceso de fragmentación fue imparable a partir de entonces. La gente empezó a crear comunidades que tuvieran algo especial, un factor atractivo y diferenciador para poder atraer habitantes, y los gobiernos no tuvieron más remedio que volverse flexibles con las leyes, otorgando mucha autonomía a cada microestado. El continente quedó en manos de dos gobiernos coordinados, el Sistema Simpático, capitalista y tecnológico, y el Parasimpático, ecologista y prosocial. Todas las leyes tenían que ser aprobadas por ambos para entrar en funcionamiento.

PREMIO KELVIN 505 2021

Sofía Rhei, Newropia

martes, 13 de julio de 2021

LOS VIEJOS ROCKEROS NUNCA MUEREN

 

13 de julio

Día internacional del  rock

Pero Samarkanda es, además, el nombre de un grupo de rock de los años 90 del siglo pasado. Desde su origen, sus componentes han ido cambiando y el grupo ha evolucionado, a pesar de que en algún momento estuvo a punto de desaparecer. Las letras de las canciones de Samarkanda fueron una mezcla de poesía y arte callejero, pero sus raíces están en el rock.

La primera vez que vi actuar a Samarkanda fue en agosto de 1992, en el estadio de fútbol Vicente Calderón de Madrid. Fue un concierto memorable en el que actuaron media docena de grupos. El plato fuerte fueron Samarkanda y Rosendo Mercado. Cómo olvidar aquel concierto. Por aquella época yo todavía soñaba con ser crítico musical y publicar reseñas y entrevistas en la revista Rolling Stone. Después la vida me llevó por otros caminos y, aunque mi trabajo siempre ha estado relacionado con la escritura, nada de lo que he publicado en este tiempo tiene que ver con la crítica musical y apenas con el periodismo. Pero eso es otra historia, o a lo mejor no lo es y todo forma parte de la misma historia.

Samarkanda, con dos discos publicados ya en 1992, se había convertido en un referente musical y tocaba en los festivales más importantes del país. Tenía tanta fuerza que sus canciones terminaban sirviendo de inspiración para otros grupos. Sus letras eran magistrales. El guitarrista y cantante del grupo se llamaba Jimi, y cuando lo vi por primera vez en el escenario me pareció el hombre más feo del mundo. Era realmente feo, pero derrochaba un torrente de voz que ponía los pelos de punta y elevaba la temperatura en el estadio.

Jimi era como un terremoto en el escenario. Tenía entonces veintidós años y ya había dejado de ser una joven promesa. Con su fuerza y su magnetismo llegaba a anular en algunos momentos al resto de la banda, que se hacía invisible. Se movía de un lado a otro del escenario como si tuviera alas. Saltaba, cantaba y rasgaba la guitarra con una energía brutal. Todo a la vez. De todos los músicos que he visto actuar en directo a lo largo de mi vida, no hay ninguno que se pueda comparar con él. Desde aquel lejano verano de 1992 me convertí en un seguidor incondicional de Samarkanda y, sobre todo, de Jimi, su líder.

El final de aquel concierto fue apoteósico. Jimi y Rosendo subieron juntos al escenario y cantaron la mítica canción Maneras de vivir, que con el paso de los años se convirtió en uno de los diez mejores temas de rock de todos los tiempos, casi un himno. Todavía me parece escuchar el griterío y los aplausos del público, que se prolongaron cuando los artistas habían bajado ya del escenario y quizás incluso habían abandonado el estadio.

Luis Leante, Maneras de vivir

PREMIO EDEBE LITERATURA JUVENIL 2020

lunes, 28 de junio de 2021

EL PARQUE DEL RETIRO

 


Al minuto estábamos dejando atrás la que llaman la Puerta de la América Española, dirigiéndonos hacia el Paseo de Coches, la gran avenida asfaltada del Retiro. A esa hora todos los accesos al parque continuaban abiertos. Debía de ser poco antes de medianoche. El calor seguía apretando con fuerza y una despreocupada turbamulta de noctámbulos atravesaba sus puertas con la intención de disfrutar los últimos gramos de frescor de sus jardines. Mientras nos alejábamos de ellos, Paula rompió su intrigante silencio con algunas parcas explicaciones. Que si los vehículos de motor habían circulado hasta hacía treinta años por el interior del recinto, que si el Retiro tenía fama de hechizado desde que el conde duque de Olivares lo mandó construir en el siglo XVII para distraer al rey Felipe IV, que si albergaba la única estatua pública dedicada a Lucifer de toda Europa... Ella caminaba a mi lado, sin prisa, enigmática, como si nunca le hubiera mencionado lo del tatuaje y ajena a la oscuridad que se iba cerniendo sobre nosotros a medida que nos adentrábamos por senderos de tierra batida.

—Este lugar es magnífico. Y hoy tenemos luna llena —observó al llegar al primer claro.

El gran bosque urbano de Madrid estaba en calma absoluta. El chuf-chuf secuencial de los aspersores iba despertando a nuestro paso un agradable aroma a tierra mojada. Inquieto, perdí la mirada en la oscura vegetación que empezaba a envolvernos conforme me preguntaba si Paula Esteve, cual Esfinge ante Edipo, no estaría poniéndome a prueba.

—¿Adónde me llevas? —dije al fin con cierta curiosidad, mientras perdía de vista las luces de los edificios cercanos al parque.

—Shhh. ¡Es un secreto!

Pau susurró aquello llevándose el dedo índice a la boca (...)

Sin añadir una palabra más, Paula, ufana, tiró de mí en paralelo a la calle Menéndez Pelayo, rumbo a su cruce con O’Donnell. Sentir su mano en mi brazo me gustó más de lo que estaba dispuesto a reconocer. El lugar al que me condujo no parecía esconder nada de interés. Caminamos hacia un rincón desprovisto de encanto. Un esquinazo casi vacío —sin lagos, palacios de cristal o pavos reales en libertad— por el que ya había deambulado el día anterior, interrumpido tan sólo por un túmulo cuya única función parecía ser la de marcar el final del recinto. De hecho, pensé que me iba a sacar otra vez a la calle, tal vez de regreso a la casa de doña Victoria. Pero no lo hizo. Se detuvo junto a una especie de pagoda de paredes ocres que surgía en mitad de un estanque y allí, cerca de unos patos que dormitaban sobre el césped, anunció al fin algo que me sonó aún más extraño que todo lo que había dicho hasta entonces:

—Aquí es —susurró, inspeccionando el lugar, con un gesto indescifrable en el rostro—. Te presento nuestro secreto, listillo.

Si un minuto antes me había quedado atónito, en ese instante debí de parecerle un completo idiota. Eché un vistazo alrededor para estar seguro de que no había pasado nada por alto. Lo que el resplandor amarillento de las farolas me permitía adivinar no era más que un cruce de caminos que conducía a un arco de piedra exento, casi hundido en medio de la nada, y a un sendero fuera del Retiro.

—Es eso, David —insistió Paula, mirando al frente, a ninguna parte.

Pero yo, tozudo, seguía sin comprender.

Me cogió entonces por los hombros y como si fuera un niño me volvió hacia el promontorio.

—¿Eso?

Llamar «montaña» a aquel mogote era una evidente exageración. Forzando la mirada a través de la penumbra distinguí dos pequeñas esfinges de caliza que flanqueaban un murete de piedra. Era lo único notable de un lugar que debió de conocer tiempos mejores. En conjunto se trataba de un paraje destartalado, sin gracia, como si llevara siglos sin que ningún jardinero se hubiera dignado a desbrozar los matojos que ahora lo ahogaban (...)

—No llega a doscientos, es cierto. Esta colina se levantó en tiempos del rey Fernando VII como parte de su programa decorativo del parque. No fue la mejor época de España. Después de que las tropas de Napoleón destrozasen el Retiro, dinamitado y perforado por todas partes, el rey quiso restaurarlo. El lugar era de su propiedad, y esta colina, su capricho favorito.

—¿Capricho? Más bien excentricidad.

—Bueno, así llamaban a las edificaciones que surgieron a raíz de aquella reconstrucción. Piensa que después de la guerra contra los franceses el país estaba en quiebra. La gente pasaba hambre. Pero Fernando VII, ya ves, prefería esconderse de tanta miseria levantando jardines. Quedan pocos de estos caprichos en pie: la Casita del Príncipe de ahí atrás —dijo señalando la pagoda—, la Casa de Vacas o la que llaman la Fuente Egipcia, un templete bastante feo, por cierto.

—Esto tampoco es que sea una belleza...

—Quizá ahora no te lo parezca, pero para el monarca la montaña fue el lugar más especial de todos. Era el corazón de lo que entonces se llamaban los Jardines Reservados.

Javier Sierra, El Fuego Invisible

PREMIO PLANETA 2017

miércoles, 16 de junio de 2021

CAZADORES

 

Misteriosos grupos de hombres a caballo recorren los caminos de Grecia. Los campesinos los observan con desconfianza desde sus tierras o desde las puertas de sus cabañas. La experiencia les ha enseñado que solo viaja la gente peligrosa: soldados, mercenarios y traficantes de esclavos. Arrugan la frente y gruñen hasta que los ven hundirse otra vez en el horizonte. No les gustan los forasteros armados.

Los jinetes cabalgan sin fijarse en los aldeanos. Durante meses han escalado montañas, han franqueado desfiladeros, han cruzado valles, han vadeado ríos, han navegado de isla en isla. Sus músculos y su resistencia se han endurecido desde que les encargaron esta extraña misión. Para cumplir su tarea deben aventurarse por los violentos territorios de un mundo en guerra casi constante. Son cazadores en busca de presas de un tipo muy especial. Presas silenciosas, astutas, que no dejan rastro ni huella.

Si estos inquietantes emisarios se sentasen en la taberna de algún puerto, a beber vino, comer pulpo asado, hablar y emborracharse con desconocidos (nunca lo hacen por prudencia), podrían contar grandes historias de viajes. Se han adentrado en tierras azotadas por la peste. Han atravesado comarcas asoladas por incendios, han contemplado la ceniza caliente de la destrucción y la brutalidad de rebeldes y mercenarios en pie de guerra. Como todavía no existen mapas de regiones extensas, se han perdido y han caminado sin rumbo durante días enteros bajo la furia del sol o las tormentas. Han tenido que beber aguas repugnantes que les han causado diarreas monstruosas. Siempre que llueve, los carros y las mulas se atascan en los charcos; entre gritos y juramentos han tirado de ellos hasta caer de rodillas y besar el barro. Cuando la noche les sorprende lejos de cobijo alguno, solo su capa les protege de los escorpiones. Han conocido el tormento enloquecedor de los piojos y el miedo constante a los bandoleros que infestan los caminos. Muchas veces, cabalgando por inmensas soledades, se les hiela la sangre al imaginar un grupo de bandidos esperándolos, conteniendo el aliento, escondidos en algún recodo del camino para caer sobre ellos, asesinarlos a sangre fría, robarles la bolsa y abandonar sus cadáveres calientes entre los arbustos.

Es lógico que tengan miedo. El rey de Egipto les ha confiado grandes sumas de dinero antes de enviarlos a cumplir sus órdenes a la otra orilla del mar. En aquel tiempo, solo unas décadas después de la muerte de Alejandro, viajar llevando una gran fortuna era muy arriesgado, casi suicida. Y, aunque los puñales de los ladrones, las enfermedades contagiosas y los naufragios amenazan con hacer fracasar una misión tan cara, el faraón insiste en enviar a sus agentes desde el país del Nilo, cruzando fronteras y grandes distancias, en todas las direcciones. Desea apasionadamente, con impaciencia y dolorosa sed de posesión, esas presas que sus cazadores secretos rastrean para él, haciendo frente a peligros ignotos.

Los campesinos que se sientan a fisgonear a la puerta de sus cabañas, los mercenarios y los bandidos habrían abierto los ojos con asombro y la boca con incredulidad si hubieran sabido qué perseguían los jinetes extranjeros.

Libros, buscaban libros.

Era el secreto mejor guardado de la corte egipcia. El Señor de las Dos Tierras, uno de los hombres más poderosos del momento, daría la vida (la de otros, claro; siempre es así con los reyes) por conseguir todos los libros del mundo para su Gran Biblioteca de Alejandría. Perseguía el sueño de una biblioteca absoluta y perfecta, la colección donde reuniría todas las obras de todos los autores desde el principio de los tiempos.

Irene Vallejo, El infinito en un junco

PREMIO OJO CRÍTICO DE NARRATIVA 2019​

PREMIO LOS LIBREROS RECOMIENDAN 2020, EN CATEGORÍA DE NO FICCIÓN​

PREMIO NACIONAL DE ENSAYO 2020.​

lunes, 7 de junio de 2021

LA PAZ DE ARTURO

–Muy bien, señor –dijo–. Hablaré con franqueza. No me importa hacerlo ante vosotros y este buen caballero. Hemos oído rumores en el este sobre sajones maltratados por los britanos en estas tierras. Mi rey, preocupado por sus súbditos, me ha enviado con la misión de observar el verdadero estado de la situación. Eso es todo, señor, y estaba cumpliendo tranquilamente mi cometido cuando mi yegua se hirió en una pata.

–Entiendo perfectamente vuestra posición, caballero –dijo Gawain–. Horace y yo a menudo nos movemos por territorios gobernados por los sajones y experimentamos la misma necesidad de actuar con prudencia. A veces siento deseos de quitarme esta armadura y hacerme pasar por un humilde granjero. Pero si dejásemos este metal en alguna parte, ¿cómo lo encontraríamos después? Y aunque hayan pasado ya años desde que Arturo cayó, ¿no sigue siendo nuestro deber llevar su blasón con orgullo allá donde vayamos? De modo que seguimos adelante con ímpetu y cuando aquellos con quienes nos cruzamos ven que soy un caballero de Arturo, me alegra decir que nos miran con gentileza.

–No me sorprende que seáis bien recibido en esta región, Sir Gawain –le dijo Wistan–. ¿Pero sucede lo mismo en aquellas regiones en las que Arturo fue un enemigo temido?

–Horace y yo hemos comprobado que el nombre de nuestro rey es bien recibido en todas partes, señor, incluso en esas regiones que mencionáis. Porque Arturo fue tan generoso con aquellos a los que derrotó, que no tardaron en amarlo como a uno de los suyos.

Desde hacía un rato –de hecho, desde que se había mencionado el nombre de Arturo–, Axl se sentía inquieto e incómodo. Ahora, por fin, mientras escuchaba hablar a Wistan y al anciano caballero, le vino a la cabeza un recuerdo fragmentario. No era mucho, pero le permitió tener algo que asir y examinar. Se recordó de pie en el interior de una tienda enorme, del tipo que un ejército levantaría cerca del campo de batalla. Era de noche, había una gruesa vela titilando y el viento en el exterior hacía que las paredes de lona oscilasen hacia dentro y hacia fuera. Había más personas con él en la tienda. Tal vez muchas, pero no lograba recordar sus caras. Él, Axl, estaba enojado por algo, pero había comprendido la importancia de ocultar su enojo al menos de momento.

–Honorable Wistan –estaba diciendo Beatrice junto a él–, dejadme deciros que en nuestra aldea hay varias familias sajonas que se cuentan entre las más respetadas. Y habéis visto con vuestros propios ojos la aldea sajona de la que venimos. Esa gente prospera, y aunque a veces sufren a causa de los demonios como los que vos aplastasteis valientemente, nunca se ven agredidos por ningún britano.

–Esta buena mujer dice la verdad –confirmó Sir Gawain–. Nuestro querido Arturo trajo una paz duradera entre britanos y sajones, y aunque todavía oímos hablar de guerras en lugares remotos, aquí hace mucho que somos amigos y nos llevamos bien.

–Todo lo que he visto corrobora vuestras palabras –admitió Wistan–, y estoy impaciente por llevar de vuelta un informe positivo, aunque todavía me queda visitar las tierras que hay detrás de estas colinas. Sir Gawain, no sé si dispondré de otra ocasión de preguntarle esto a alguien tan sabio, de modo que permitidme que lo haga ahora. ¿Mediante qué extraña habilidad consiguió vuestro gran rey eliminar las cicatrices de la guerra en estas tierras de modo tal que quien hoy las recorre apenas puede atisbar algún residuo o sombra de ellas?

–La pregunta os hace digno de alabanza, señor. Mi respuesta es que mi tío era un gobernante que jamás creyó ser más grande que Dios, y siempre rezaba en busca de guía. De modo que aquellos a quienes conquistaba descubrían, igual que quienes combatían a su lado, su ecuanimidad y veían con buenos ojos que fuese su rey.

–Aun así, señor, ¿no resulta extraño que un hombre llame hermano a otro que ayer mismo masacró a sus hijos? Y sin embargo precisamente eso es lo que Arturo parece haber conseguido.

–Habéis dado en la diana, honorable Wistan. Habláis de niños masacrados. Sin embargo, Arturo nos adoctrinó a todos para evitar víctimas inocentes atrapadas en el fragor de la batalla. Y aún más, señor, nos ordenó rescatar y dar refugio cuando pudiésemos a todas las mujeres, niños y ancianos, fuesen britanos o sajones. Gracias a estas acciones se establecían lazos de confianza, incluso cuando las batallas estaban en su cénit.

–Lo que contáis suena a cierto, y sin embargo me sigue pareciendo sorprendente –dijo Wistan–. Honorable Axl, ¿no os parece algo remarcable cómo Arturo ha unido a este país?

Kazuo, Ishiguro, El Gigante Enterrado

PREMIO NOBEL LITERATURA 2017

viernes, 4 de junio de 2021

LAS SIETE MUERTES DE EVELYN HARDCASTLE

 

Enviado por Alex

Lo que comienza como una celebración termina en tragedia. Los Hardcastle han organizado una fiesta en Blackheath, su casa de campo, para anunciar el compromiso de su hija pequeña, Evelyn. Al final de la noche, cuando los fuegos artificiales estallan en el cielo, la joven es asesinada.

Pero Evelyn no morirá una sola vez. Hasta que Aiden Bishop, uno de los invitados, no resuelva su asesinato, el día se repetirá constantemente, siempre con el mismo triste final.

La única forma de romper este bucle es identificar al asesino. Pero cada vez que el día comienza de nuevo o pierde la conciencia, Aiden se despierta en el cuerpo de un invitado distinto. Y alguien, el lacayo, está decidido a evitar que Aiden escape de Blackheath, aunque contará con la ayuda de Anna y de un enigmático personaje, el médico de la peste, que le dice: "Alguien será asesinado en el baile de esta noche. No parecerá un asesinato, por lo que el asesino quedará libre. Rectifique esa injusticia y le mostraré cómo salir de aquí."

La acción transcurre en ocho días, que son siempre el mismo, cambiando la perspectiva del anfitrión que aloja a Aiden. En ese tiempo, nos enteramos del asesinato años atrás del hermano menor de Evelyn, de las infidelidades de su madre, de la avaricia de su padre que está a punto de arruinarse, de los chantajes del antiguo criado Stanwin, de los problemas personales y secretos que esconden varios de los invitados… mientras se van sucediendo las muertes.

La novela de Stuart Turton te engancha desde el primer momento, te deja boquiabierto continuamente, pues cuando empiezas a desarrollar una hipótesis con lo sucedido en tu cabeza, lees algo que hace que tengas que volver a empezar de nuevo continuamente.

El cambio entre personajes, sus argumentos, cuerpos, forma de pensar… hace que se nos describa todo desde una visión tan amplia que hace que parezca que estamos dentro de Blackheath (además, el mapa que hay al principio del libro ayuda a ubicarnos).

El caso de Blackheath me ha recordado bastante a lo que leímos en “La costa de Alabastro”, pues parece que la casa tenga vida, y actúe como un personaje más, estando presente, y siendo la fuente de información que muchos de los protagonistas utilizan para descubrir el misterio que allí acontece.

Si algo me ha llamado la atención, es la forma en la que nada es lo que parece, las falsas apariencias que parece que es algo de nuestros tiempos, pero que han existido siempre, las familias rotas que aparentan ser las mejores, las amistades de las altas sociedades que están corrompidas por los secretos, los cuchicheos y las drogas.

Si hablamos del final, debo decir que me ha encantado, pues se produce, un auténtico “plot twist” como se dice ahora, que nadie espera.  También llama la atención la forma en la que la el deseo de venganza puede hacerte actuar de ciertas maneras; o la sangre fría que tiene Evelyn Hardcastle para acabar con la vida de todas esas personas. No se si se trata de una coincidencia, pero algo que me ha dejado boquiabierto ha sido la coincidencia del título, es decir, las veces en las que Evelyn se “suicida” en el lago, con el número de personas a las que Evelyn Hardcastle mata a lo largo de toda su vida.

Si pudiese hacer una sugerencia, me encantaría que hubiese una segunda parte, saber cómo es la vida de Anna y Aiden fuera de Blackheath, si Anna recupera la memoria, o si visitan más “centros” como Blackheath donde condenan y ayudan a la gente a reformarse. También me hubiese gustado saber quien es el lacayo, si es algún invitado de la casa, o si simplemente era alguien en la misma situación que ellos.

Al comenzar el libro podemos leer una pequeña introducción, en la que se nos resume el libro como una mezcla de Agatha Christie, Black Mirror y “Atrapado en el tiempo”, y yo creo que es precisamente eso lo que hace interesante esta novela, pues se juntan tres factores que te hacen engancharte y no dejar que dejes el libro hasta que no descubras el misterio que hay en Blackheath.

Estoy deseando que salga la miniserie que Netflix tiene pensado hacer, pues me encantaría ver a los personajes, saber si coinciden con la imagen que yo les he dado en mi cabeza, y ver como se desenvuelve Aiden Bishop cada día en un cuerpo diferente.

PREMIO COSTA BOOK 2018 A LA MEJOR PRIMERA NOVELA

viernes, 21 de mayo de 2021

KLARA Y EL SOL

Klara es una AA, una Amiga Artificial, especializada en el cuidado de niños. Pasa sus días en una tienda, esperando a que alguien la adquiera y se la lleve a una casa, un hogar. Mientras espera, contempla el exterior desde el escaparate. Observa a los transeúntes, sus actitudes, sus gestos, su modo de caminar, y es testigo de algunos episodios que no acaba de entender, como una extraña pelea entre dos taxistas. Klara es una AA singular, es más observadora y más dada a hacerse preguntas que la mayoría de sus congéneres. Y, como sus compañeros, necesita del Sol para alimentarse, para cargarse de energía...

Un día frente al escaparte se para una niña, Josie, con la que entabla relación y le pide que le aguarde, que la va a comprar. Pasará un tiempo hasta que vuelvan Josie y su madre para llevarse a Klara a su casa, a pesar de que han salido modelos nuevos.

La labor de Klara no es la de una niñera ni de una criada, sino acompañar a la niña durante el tiempo que va a pasar sin apenas relacionarse con gente de su edad hasta que entre en la universidad. Nos enteraremos de que Josie ha sido mejorada para acrecentar sus capacidades cognitivas e intelectuales para lograr un mejor rendimiento en sus estudios y optar a un mejor puesto de trabajo. Pero esa mejora conlleva un deterioro de la salud de la niña, que puede conducirle a la muerte, como ocurrió con su hermana.

Klara, que no comprende la biología humana, hará un sacrificio al sol, para que éste bañe a Klara con una energía especial que sane a la niña.

A través de los ojos y la peculiar visión de Klara, que intenta comprender al ser humano para ser de ayuda a Josie, Kazuo Ishiguro nos ofrece un mundo distópico, que, por desgracia, no parece tan lejano: las máquinas están sustituyendo a los hombres en su trabajo; los niños, por lo menos los de “alto rango”, no van al colegio, sino que estudian telemáticamente con profesores que contratan; el resurgimiento de grupo fascistas y racistas… Pero estos son pinceladas, hay otros motivos que nos llaman la atención: la madre de Josie adquiere a Klara porque ésta es capaz de imitar a la niña tanto en su forma de moverse, hablar y con el tiempo va a ser capaz de pensar y sentir como ella (lo cual supone una última solución para…); cómo Klara va siendo relegada conforme su servicio ya no es necesario, primero al desván, luego al depósito; cómo la madre de Rick, dentro de sus limitaciones, hará todo lo posible para que su hijo, que no ha sido mejorado, pueda ir a una de las mejores universidades; .cómo la madre de Josie no quiere volver a perder otra hija...

Por medio de la curiosidad, ingenuidad e  inteligencia de Klara, Ishiguro nos adentra en los comportamientos, las emociones y los sentimientos de los humanos, indaga en lo que nos define como personas

PREMIO NOBEL LITERATURA 2017

miércoles, 12 de mayo de 2021

LA CAMISA AZUL

 

El día que mi padre nos abandonó, yo llevaba una camisa suya.

Era una de esas tardes sofocantes de agosto, en medio de un verano que parecía que no iba a acabarse nunca.

—¿Hoy tampoco bajas? —me preguntó mi madre, empeñada en que me relacionase con los demás críos de la urbanización—. En la piscina seguro que se está bien.

Negué con la cabeza.

La piscina era uno de los lugares prohibidos. Resultaba imposible no verse en el reflejo de esa agua que parecía acusarme. Que me recordaba que había algo en mí que, a mis nueve, todavía no era capaz de expresar. Algo que no me atrevía a decir, aunque sabía que me molestaba. Y en el agua, en medio de ese azul cruel y transparente, era imposible esconderlo con las mismas tácticas que había aprendido a desarrollar, de manera inconsciente, fuera de ella.

—¿Estás segura, Alicia?

Entonces todavía respondía a mi deadname y, aunque no me reconocía en él, me dolía tanto escribirlo como ahora.

Ni siquiera se me había ocurrido aún elegir Eric.

Mi verdadero nombre vendría poco después, en casa del abuelo, gracias a una de esas historias que él me contaba —aquel amigo, aquella vez en que consiguieron huir juntos, aquellas revoluciones universitarias de las que ambos fueron parte en tiempos más oscuros— y que luego, cuando ya no estuviera junto a mí, tanto echaría de menos.

—Seguro que en la piscina estarías mucho mejor —mi madre es incansable cuando se le mete una idea en la cabeza.

—No me apetece.

—Tan cabezota como tu padre…

No sé en qué momento ellos dos decidieron rendirse, ni por quépensé aquella tarde que era buena idea entrar en su dormitorio y coger una de sus camisas.

Elegí una azul, de un azul casi negro, mucho más intenso que el de la piscina a la que me negaba a bajar y en la que se oían las voces de decenas de niños con los que, de repente, se había vuelto más complicado saber cómo relacionarme.

Hacía tiempo que mi padre no se la ponía. Entonces aún era un hombre fuerte, bastante atlético —no sé cómo lo habrá tratado el tiempo en estos años: la última vez que nos vimos fue poco después de mi segundo ingreso—, aunque hacía demasiado que había dejado de entrenar y su cuerpo había iniciado una decadencia prematura con la que era fácil intuir que tampoco él se encontraba satisfecho.

En realidad, no había nada en nuestra familia que pareciera gustarle demasiado.

Ni nuestra casa.

Ni mi madre.

Ni las visitas de mi abuelo.

Ni yo.

Ni siquiera su propio cuerpo.

Tal vez por eso había dejado de mirarnos. De mirarse.

Nada de lo que hacíamos le importaba mucho.

Así que debí de imaginar que tampoco le molestaría que tomase prestada aquella camisa para uno de los juegos en que me creía director, actor, guionista y hasta escenógrafo al mismo tiempo. Había empezado a imitar una escena de Wall-E, que aquel año se había convertido en mi película favorita. Uno de mis muñecos, sentado a mi lado, era la robot Eva, y yo, el protagonista que trataba de conquistarla (…)

Aquella camisa azul, casi negra, me quedaba muy grande. Me sobraban unos cinco centímetros en cada manga y el faldón bajaba tanto que llegaba a cubrirme las rodillas. Me miré en el espejo que había en la puerta de mi armario, un lugar que se había convertido poco a poco en uno de los rincones más siniestros de mi habitación, y sentí algo que entonces no supe explicar.

No tenía las palabras, a pesar de que mi madre insistía en que mi vocabulario era muy avanzando para mi edad —ese afán por convertirme en alguien excepcional—, pero sí era capaz de interpretar mis emociones.

Entonces se me quedó pequeño el lenguaje.

Hoy no.

Hoy sí puedo traducir lo que viví en ese mismo instante.

Porque lo que pasó se resume en una única acción.

En un único verbo: me reconocí.

Por eso, porque acababa de verme por primera vez debajo de una camisa que no era mía, supongo que no escuché las llaves girar en la cerradura.

Ni sentí sus pasos hasta mi habitación.

No me di cuenta de que mi padre ya estaba en casa hasta que entró en mi cuarto y me sorprendió en el momento más importante de mi vida.

El momento en que acababa de descubrir quién era.

Me miró.

Y no dijo nada.

Tampoco era necesario: la repugnancia que latía en sus ojos no precisaba ni una sola palabra que la acompañase.

Nunca sabré si se debió a la particular manía que le tenía a mis juegos teatrales.

O si, por un instante, solo por un instante, fue capaz de verme con la misma rotundidad con que lo había hecho yo.

Sentí una vergüenza abrumadora y lo miré con una candidez que hoy, de puro indefensa, me resulta estúpida.

Casi hiriente.

Me mantuve firme en mi ingenuidad —a lo mejor no le importa, a lo mejor él también lo sabía, a lo mejor me abraza— durante unos segundos.

Quizá fueran minutos.

Él permaneció inmóvil. De pie, junto al quicio de la puerta, observándome con severidad mientras yo me empeñaba en creer que aquella escena podría terminar bien. Con un final tan feliz como el de las películas de dibujos que me gustaban. Como el de los cuentos que mi madre e incluso él mismo me habían leído algunas noches cuando era más pequeño. Así que me quedé quieto, confiando en que aquello acabara con un gesto tan simple como un abrazo.

No sé cuánto tiempo estuvimos así. Tampoco recuerdo en qué momento me di cuenta de que lo que esperaba de mi padre era un imposible.

Lo único que sé es que aquel abrazo no llegó.

—¿Por qué te molesta todo lo que hago, papá?

Le habría preguntado mi yo de ahora.

—¿Por qué no me abrazas?

Habría querido preguntarle mi yo de entonces.

Pero ninguno de los dos habló.

Ni el Eric de hoy, porque todavía no había encontrado mi nombre: apenas acababa de encontrar mi mirada.

Ni el niño asustado de entonces, porque temía que ese abrazo no sucediera justo cuando más lo necesitaba: el mismo día en que por fin había entendido que todos llevaban años llamándolo de la forma equivocada.

Nando López, La versión de Eric

PREMIO GRAN ANGULAR 2020

domingo, 9 de mayo de 2021

ULISES A TELÉMACO


Querido Telémaco,

la Guerra de Troya

ha terminado. No recuerdo quién venció.

Los griegos, deben ser: los griegos, quién si no,

pueden dejar en tierra extraña tantos muertos…

De todos modos, el camino que me lleva al hogar

resulta que se alarga demasiado.

Como si Poseidón, mientras perdíamos el tiempo,

hubiera dilatado el espacio.

Ignoro dónde estoy y lo que veo ante mí.

Al parecer, una isla, sucia, arbustos,

casas, gruñir de cerdos, un jardín

abandonado, cierta reina, hierba y pedruscos…

Telémaco, querido, en verdad

todas las islas se parecen una a otra

cuando es tan largo el viaje: el cerebro ya

va perdiendo la cuenta de las olas,

el ojo, tiznado de tanto horizonte, echa a llorar,

la carne de las aguas obtura el oído.

No recuerdo ya cómo acabó la guerra,

ni cuántos años tienes hoy recuerdo.

Hazte hombre, Telémaco, y crece.

Sólo los dioses saben si hemos de encontrarnos.

Tampoco ahora ya no eres el chiquillo

ante el cual detuve aquellos toros.

Hoy, de no ser por Palamedes, estaría a tu lado.

Pero tal vez sea mejor así: pues sin mí

te has librado de los males de Edipo,

y en tus sueños, Telémaco, ignoras el pecado.

Joseph Brodsky

PREMIO NOBEL DE LITERATURA 1987

jueves, 6 de mayo de 2021

TRAPECISTAS

 

En esta carpa, suspendidas en el aire por encima de ti, hay varias personas. Son acróbatas, trapecistas y equilibristas, iluminados por decenas de resplandecientes farolillos que cuelgan del techo de la carpa como si fuesen planetas o estrellas.

No hay ninguna red.

Sigues la actuación desde esa precaria posición estratégica: justo debajo de los artistas, sin nada entre tú y ellos.

Hay muchachas con trajes de plumas que giran a distintas alturas, colgadas de cintas que ellas mismas manejan. Como marionetas que controlan sus propias cuerdas.

Hay sillas normales, con sus patas y respaldo, que hacen las veces de trapecios.

Y esferas parecidas a jaulas de pájaros, que suben y bajan mientras uno o varios equilibristas salen del interior y se colocan de pie en la parte superior o se cuelgan de los barrotes de la parte inferior.

En el centro mismo de la carpa se encuentra un hombre vestido de esmoquin. Cuelga de una de las piernas, que está atada a una cuerda plateada, y tiene las manos unidas a la espalda. Empieza a moverse, tremendamente despacio. Extiende los brazos a los lados, primero uno y luego el otro, hasta que deja que cuelguen por debajo de la cabeza.

Y entonces, empieza a girar. Más y más rápido, hasta que se convierte en una mancha borrosa atada al extremo de una cuerda.

Se detiene, de golpe, y cae. El público se aparta y deja a la vista, justo debajo del hombre, un fragmento de suelo duro y desnudo.

No te atreves a mirar. Ni tampoco a apartar la mirada. Y entonces, el hombre se detiene justo a la altura de los ojos de los espectadores. Suspendido de esa cuerda plateada que ahora parece increíblemente larga. Lleva un sombrero de copa que permanece intacto y tiene los brazos tranquilamente pegados a los costados.

En el instante en que el público empieza a recobrarse, el hombre extiende una mano enguantada y se quita el sombrero. Luego dobla el cuerpo por la cintura y saluda con una teatral reverencia invertida.

Erin Morgenstern, El Circo de la Noche

PREMIO ALEX 2012

martes, 20 de abril de 2021

MANERAS DE VIVIR

Comienza como una melodía suave que se va convirtiendo en un thriller trepidante y actual que te deja sin aliento a medida que avanza. Pero también es una novela dentro de otra novela, en la que ficción y realidad se confunden.

Todo comienza cuando un escritor se reencuentra con el guitarrista y cantante de un grupo de rock, Samarkanda, que admiraba en su juventud y decide entrevistarlo para contar su historia. Hay muchas emociones en lid, que abarcan todas la edades y condiciones. Y un amor incondicional por la música, que funciona como motor de todos los personajes, incluso en las situaciones más peligrosas o límites.

El escritor conoce a Jimi, que está a punto de cerrar su tienda de discos en Alicante, y, poco a poco, va conociendo a su extraña familia: su segunda mujer, Rosa Winchester; la hija de está de otra relación anterior, Luna; y Manu, hijo de Jimi y su primera esposa. Llegará el momento en que nuestro pensará contar la historia del protagonista y sus seres queridos; mediante entrevistas a estos cuatro personajes nos acerca a sus vidas que no han sido fáciles y que buscan una segunda oportunidad: Jimi, que ha terminado en la cárcel por un homicidio y ha abandonado su música, superados sus problemas de adicción, tiene que hacerse cargo de Manu, al que no conoce, tras la muerte de su madre y el rechazo de la familia de ésta; Manu, que se siente incómodo y no quiere vivir con su padre ni con su actual familia; Rosa, una rockera que no se habla con su padre, un profesor jubilado de música clásica; Luna, que teme que Manu estropee la relación que mantiene con Jimi, aparte de los problemas típicos con su madre.

Y un día, a pesar de que Jimi no quiere, el pasado irrumpirá en sus vidas, arrastrándolos a nuevos problemas.

                Y de fondo, a lo largo de todas las páginas de esta novela de Luis Leante, nos suena la canción de Rosendo y Leño.



PREMIO EDEBÉ DE LITERATURA JUVENIL 2020

domingo, 18 de abril de 2021

SYBIL VANE

 Ha venido Sibyl Vane. No es la primera vez, pero cada día me pilla más cansada para la polémica. Se apoya en el respaldo del sofá con ojos perdidos en el vacío y gesto lánguido. Le hago una taza de té, suspira, se levanta.

-Anda, Sibyl -le digo-, tómate el té, mujer.

Se vuelve a reclinar en el sofá, sin mirarme.

-Hasta para respirar le necesito -dice.

-Eso no es verdad -le digo sonriendo-. Estás desmesurando las cosas. Ahora respiras y él no está aquí.

-Si, respiro -arguye-, pero respiro mal, como si una piedra me entorpeciera el paso del aire. Me gusta respirar y que me entre todo el aire del mundo, el de la primavera que se acerca, el del mar, el de la brisa de la noche, y saber que hay más reserva de aire para mañana y para siempre, que la muerte no va a llegar nunca, eso quiero.

Me deja un poco apabullada su perorata. Está ahora muy guapa Sibyl, con los ojos brillantes y el pecho agitado. Se lo digo, que su expresión ha revivido. Cuando entró estaba apagada y opaca, parecía una mujer vieja.

-Es que me gusta hablar de él -dice-. Es lo único que me gusta.

Luego se levanta y se mira en el espejo que hay encima del sofá, sonríe complacida y vuelve a su postura de antes.

-Me gustaría que él me viera ahora -dice suspirando-, contarle estas cosas que te cuento a ti.

-¿Por qué no lo haces, mujer? Eso de la reserva de aire para mañana y para siempre es muy poético y muy convincente. Seguro que lo entendería. Dices que él es una persona inteligente y que le gusta entenderlo y razonarlo todo. ¿Cómo es que no te entiende a ti?

-Porque a él no sé decirle estas cosas, sólo puedo mirarle. Digo para mis adentros: "Ahora le voy a explicar lo que siento, lo que me turban sus ojos", a cada momento lo pienso, pero lo voy dejando para luego.

Miro a Sibyl, que ha empezado a sorber su té y parece ahora una niña pequeña, le acaricio las puntas de los dedos.

-Si estuviera él aquí, ¿te tranquilizaría? -le pregunto.

-Sí -dice-, con tal de que te quedaras tú también y me dictaras lo que le tengo que ir diciendo, protegida por el tacto de tus manos.

Me echo a reír.

-Pero, Sibyl, estás loca. ¡Vaya un papel el mío! Preferirías que te cogiera las manos él, como es lógico, ¿no?

-Sí, claro -dice-. Sus manos las preferiría a las tuyas. Son ardientes y cautelosas. Pero a veces se las hielo sin querer, se las espanto, se echan a volar como pájaros bellos y desconocidos. Nunca se sabe cuándo se van a posar sobre mi cuello y a rozarlo, no sé pedirles que vengan. Si tú estuvieras conmigo cuando él aparece, sabría explicarle estas cosas, pero te vas, me dejas sola. Y yo no sé hablar como tú.. Todo lo enturbio con mis balbuceos y mis lágrimas. A él le gusta que me ría y que me olvide de él. Le gusta que haga teatro y que revolotee como antes, cuando se enamoró de mí y amaba mis discursos. Pero ahora no se, me encoge precisamente por lo mucho que le necesito, y así encogida no le puedo gustar. Ayúdame tú, por favor, a no necesitarle tanto, a él le gusta que sea yo, que no me confunda con él. Va a perder la paciencia.

Le he prometido a Sibyl ir con ella la próxima vez que se entreviste con ese hombre que le quita el aire. Se siente muy confortada y me pide que la deje dormir un poco. Le pongo una manta por los pies y la miro con envidia.

NOTA A LA EDICIÓN

Para el que no lo recuerde, le refrescaré la memoria sobre la heroína literaria que dio pie a esta fantasía para escribir este breve relato, del que no me acordaba, y que he encontrado perdido entre las páginas de un viejo cuaderno, fechado en febrero de 1975.

El nombre de Sibyl Vane aparece fugazmente en las páginas de la famosa novela de Oscar Wilde: "El retrato de Dorian Gray". Dorian se enamoró ardientemente de ella, al verla representar el papel de Julieta en un modesto y mal iluminado teatrucho de Londres, por entrar en el cual pagó una guinea. La encontró sagrada y divina. Posteriormente, cuando, después de haberles hablado de ella en términos encendidos a sus amigos, decidió pedirla en matrimonio y comprobó que Sibyl no sólo correspondía a su amor, sino que era la primera vez que se enamoraba de un hombre, volvió a verla actuar en compañía de lord Henry. La decepción de Dorian Gray y de su amigo fué total. Sibyl Vane, una vez que había conocido de verdad el amor, interpretaba a Shakespeare de forma desmañada, torpe y artificial. Julieta se había convertido en una muñeca de madera. Y la Sibyl Vane enamorada dejó de interesar a Dorian Gray y de enardecer su imaginación. No daba forma ni sustancia a las sombras del arte. Era una criatura vulgar, sin secreto. Y el cruel Dorian Gray la apartó de su vida.

Carmen Martin Gaite

 PREMIO PRÍNCIPE DE ASTURIAS 1988

PREMIO NACIONAL DE LAS LETRAS ESPAÑOLAS 1994