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lunes, 5 de abril de 2021

UNA MÚSICA SUBLIME

 

Sin darse cuenta, llegó la noche y Hannah se retiró a su habitación para asearse antes de cenar. Apreciaba mucho los pocos momentos de quietud y soledad que tenía su día. Quería lavarse la cara y cambiarse de delantal, puesto que se le había ensuciado, pero antes de hacerlo tanteó con cuidado en su bolsillo.

El aparato raro seguía allí. Lo tomó con mucho cuidado, asegurándose de que la puerta de su cuarto estaba bien cerrada antes de hacerlo, y lo puso sobre la cómoda. Escogió un delantal limpio del armario y, cuando iba a meter el artefacto de nuevo en su bolsillo —el lugar más seguro que se le ocurría para guardarlo—, oyó un zumbido extraño que la paralizó. ¿Qué era aquel ruido?

Sin duda procedía de la pequeña máquina que Daniel había perdido. ¿Por qué sonaba? ¿Lo había estropeado al tocarlo?

El zumbido parecía aumentar de volumen y Hannah se asustó, pensando en cómo iba a poder ocultar aquella máquina diabólica de los oídos de su familia. Tomó una de las esferas blancas del extremo del hilo, sin saber qué hacer, y al acercar su cabeza para cogerlo le pareció que el sonido que provenía del aparato no era un simple ruido.

Hannah vio que la pantallita cuadrada del aparato se iluminaba y pudo leer en ella unas palabras incomprensibles: «Un dì, felice, eterea». Con curiosidad y miedo a partes iguales, acercó la media esfera a su oreja. Entonces la oyó y se sintió paralizada.

Era música.

Una música sublime, nostálgica y extraña salía de aquel rectángulo plateado. Hannah no comprendía las palabras, pronunciadas en un idioma sonoro y exótico, pero la melodía y las voces, poderosas y vibrantes como pájaros alzando el vuelo, eran de tal belleza que se preguntó si no procederían directamente del Cielo.

Se quedó allí quieta un par de minutos, escuchando embelesada aquella rara tonada, hasta que su madre la llamó para cenar. Entonces metió el aparato mágico debajo del colchón, a toda prisa, y comprobó que las gruesas capas de mantas amortiguaban el zumbido.

Mientras se dirigía al comedor, se dijo que ya no tenía otra opción. Al día siguiente buscaría a aquel inglés que tantos quebraderos de cabeza le estaba trayendo. Le devolvería su máquina sonora y no lo dejaría marcharse hasta averiguar de dónde procedía aquella música tan distinta de los himnos que hasta ahora había escuchado.

Rocío Carmona, El Corazón de Hannah

lunes, 11 de febrero de 2019

TURBACIÓN


A media canción se oyó un golpe en la puerta de entrada del granero y Hannah volvió la cabeza con curiosidad. No era habitual que nadie se retrasara durante los servicios religiosos.

Dos figuras altas vestidas de negro avanzaban con pasos rápidos por el pasillo central que se formaba entre las dos hileras de bancos. La figura de la izquierda era la del mismo predicador Sweitzer. Hannah se extrañó al verlo entrar de aquella manera cuando ya debería estar ocupando su lugar en el púlpito hacía rato.

Poco antes de llegar a su altura se detuvo un instante y Hannah se dio cuenta con horror de que la persona que lo acompañaba y que ahora estaba ocupando un lugar en un banco, justo detrás de ella, no era otro que el inglés que la había fotografiado aquella mañana.

Cuando sus miradas se encontraron, Hannah volvió la cabeza hacia el frente con rapidez, disimulando su asombro. Las hileras de bancos estaban tan cerca las unas de las otras que pudo percibir perfectamente el olor del forastero, fresco y peligroso como una tormenta a punto de estallar. La congregación siguió cantando mientras ella trataba de que no se notara su turbación:

¡Cuida de mi corazón y de mi boca!

De repente, Hannah distinguió entre la multitud de voces conocidas una nueva, profunda y masculina, teñida de una vibración tan pura que la hizo estremecerse. Era un canto alegre que desprendía tal despreocupación y confianza en el mundo que tuvo que dejar de cantar, deseosa de perderse en aquel sonido inaudito. Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras su corazón vibraba al ritmo de la cadencia de la melodía.

Hannah se volvió con disimulo y comprobó que se trataba del extranjero, que cantaba sin vacilaciones un salmo que a ella le había costado años aprender:

¡Sostenme con tu amor!
Algo de ese amor viaja ya conmigo.
El trago del sufrimiento se muestra ante nosotros
pero también lo hacen las falsas enseñanzas.
Son muchos los que tratan de apartarnos
de Cristo nuestro Señor.
Por eso, te entrego mi alma. No permitas que me avergüence.
No dejes que el enemigo se exalte gracias a mí.

El himno acabó y Hannah se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Jamás había oído a nadie entonar de aquel modo. Los cánticos de los amish eran lúgubres y extraños. La letra ni siquiera rimaba, pero en boca de aquel extranjero la música había cobrado otra dimensión. Su pronunciación era curiosa, pero aun así… Soltó todo el aire que acumulaba en los pulmones maravillada.

Rocío Carmona, El Corazón de Hannah

jueves, 4 de octubre de 2018

DE NIÑA, LEÍA LIBROS


La seguí con la mirada e intenté distinguirla entre los árboles, y entonces me vino a la cabeza. Robinson Crusoe. Lo había devorado seis o siete años atrás. «Cuando todavía leía libros», pensé esbozando una sonrisa triste.
Con once años había sido una preadolescente muy friki. Tenía la costumbre de confeccionar un fichero minucioso con todas las novelas que pasaban por mis manos. Tras leer cada obra escribía un resumen, unas pinceladas biográficas sobre el autor y mi ridícula opinión personal sobre la novela. También anotaba un fragmento escogido. No contenta con aquello, al finalizar memorizaba uno o dos párrafos del libro en cuestión, a veces una página entera, en función del impacto que me hubiera causado la lectura.
Lo hacía inspirada en la peripecia de los «hombres-libro» de Fahrenheit 451. Como no era capaz de aprenderme un volumen completo de memoria, estudiaba mi fragmento favorito hasta que lograba recitarlo de corrido. Me había convencido de que, si alguna vez llegaba el apocalipsis y yo sobrevivía, conmigo lo haría una parte de aquellos tesoros literarios.
Gracias a aquella afición extravagante de otros tiempos, fui capaz de recordar en aquel momento la novela de Daniel Defoe, cuando Robinson Crusoe naufraga en una isla desierta y, completamente solo, decide pasar su primera noche subido a un árbol. Entorné los ojos, evaluando los que me podían estar observando en la oscuridad, y me llevé una mano a la sien dispuesta a recordar:
«Al acercarse la noche, empecé a angustiarme por lo que sería de mí si en esa tierra había bestias hambrientas, sabiendo que durante la noche suelen salir en busca de presas».
Mientras recitaba aquellas palabras, que iban saliendo de mi boca con sorprendente facilidad, pensé en la clase de animales que podían estar ocultos en la espesura cercana a la orilla. Seguro que no serían tan pacíficos como la mariposa, me dije, temblando. Asustada, caminé deprisa hacia lo que parecía el rumor de un torrente o un riachuelo entre las rocas. Era importante quedarse cerca de donde hubiera agua dulce para beber.
Mientras avanzaba por la linde del bosque, recuperé la continuación del párrafo de Defoe y lo recité para darme ánimos. Iba a necesitarlos para emprender mi siguiente objetivo.
«La única solución que se me ocurrió fue subirme a un árbol frondoso, parecido a un abeto pero con espinas, que se erguía cerca de mí y donde decidí pasar la noche, pensando en el tipo de muerte que me aguardaba al día siguiente, ya que no veía cómo iba a poder sobrevivir allí.»
Aquellas palabras, lejos de tranquilizarme, me sumieron en una profunda angustia. ¿Iba a ser aquel mi destino? ¿Morir sola en un lugar desconocido, sin poder despedirme de mis padres o de Tomás?

Rocío Carmona, Robinson Girl

PREMIO JAEN DE NARRATIVA JUVENIL 2013

martes, 13 de febrero de 2018

ROBINSON GIRL


Una novela sobrecogedora sobre el amor, la soledad y las segundas oportunidades.

El día de su decimoctavo cumpleaños, y después de una fiesta de la que no recuerda casi nada, Ona despierta en una playa desconocida y paradisíaca. Tras varias horas caminando en un paisaje solitario, descubre que se encuentra en lo que parece una isla desierta y, enormemente desconcertada, acaba por rendirse a la evidencia: ha naufragado.

Pero muy pronto se dará cuenta que no está sola: Domen, un joven de aspecto delicado y de extraño comportamiento, la acogerá en su guarida y le descubrirá los inquietantes misterios de la isla...

Rocío Carmona vuelve mostrarnos su estilo ágil y fluido, que hace que la historia se lea rápidamente, con un lenguaje sencillo. Es la historia de amor con unos sentimientos muy intensos, pero es un amor un tanto fantástico, como descubrimos a mitad de libro. Al igual que en La Gramática del Amor encontramos muchas referencias literarias. El principio nos trae a la memoria Robinson Crusoe, de Daniel Defoe (nombrado en la novela), o El Señor de las Moscas, de William Golding.

La historia tiene dos partes muy diferenciadas. La primera está contada por Ona en primera persona, donde se nos narra su estancia en esa isla aparentemente paradisiaca con Domen y las otras dos parejas. La otra, tres capítulos y el epilogo, están contados en parte por un narrador omnisciente y tenemos también el diario que Ona escribió antes de su aparición en la isla; diario que será violado por su novio Tomás (donde descubrimos que éste no es tan encantador como parece, sino que acosa y maltrata psicológicamente a Ona con sus ideas de suicidio). Otros temas que van apareciendo: el sexo, la violencia, el desarraigo familiar, los paraísos perdidos…

Lo peor de la historia son los personajes: la Ona del diario (pija, consentida, temerosa, frívola, insegura…) es muy diferente a la resuelta Ona de la isla. Del resto, apenas se nos cuenta nada: vemos en la isla  a un Domen encantador y tierno con Ona, pero de quien no se nos cuenta nada de su vida anterior (sólo se nos dirá en la segunda parte que se dedicaba a robar coches); el afecto de Nelson por su hermano pequeño, o los abusos a una de las muchachas por parte de su padrastro. De Tomás, ya hemos comentado lo más significativo.

PREMIO JAÉN DE NARRATIVA JUVENIL 2013

lunes, 13 de marzo de 2017

LA GRAMÁTICA DEL AMOR

                Enviado por Pilar (S3B):

Tras el divorcio de sus padres, Irene es enviada a un internado del sur de Inglaterra al borde de un acantilado.

Allí vivirá con gran dolor su primer desengaño amoroso con Liam, el tío bueno del internado, cuando se burla en clase de una nota que ella ha escrito. Dolida, abandona la clase  de Peter Hugues y corre hasta el acantilado.

Allí, creyendo que va a suicidarse, la detiene Peter, quien le  castiga a correr todos los días y a enseñarle la «gramática del amor» a través de siete grandes novelas del género, que irá sacando de la biblioteca del centro. En esos ejemplares, encuentra anotaciones y comentarios de dos personas.

Poco a poco, se irá enamorando de su profesor. Pero también se siente atraída por otros jóvenes de su edad como Marcelo, Josh...

                La novela de Rocío Carmona me ha gustado mucho, porque parece el típico libro de amor, pero tiene muchas idas y venidas.

                Me ha gustado ver cómo al principio Marcelo es un pesado , pero luego, poco a poco, cuando no estaba, ella lo extrañaba. O también tras esa breve encuentro con Josh, al  estar él arrepentido,  ella se comporta como si no hubiera pasado nada, y tan normal.

                Hay partes que te dan pena: el divorcio de sus padres; que tenga que pasar la Navidad lejos de casa, o que se comuniqué con su madre con un triste e-mail. Pero todo esto queda superado con ese cambio de look y de ropa tras la excursión, o cuando Irene le echa dos narices y se declara a su profesor aunque éste la rechace.

                Pero sobre todo me gusta Martha, porque le encanta la fiesta y es igual que yo.

                Da gusto leerlo.

martes, 17 de enero de 2017

UNA CARICIA DELICADA Y MUY FRÍA


Se dirigió hacia la puerta principal, pero notó un cosquilleo que le erizó la piel y la hizo detenerse.

Miró a su alrededor para ver de qué se trataba.

Hacía muchísimo frío. El cielo estaba muy oscuro, tan nublado que no se veía ni una estrella, y un silencio denso envolvía los árboles y los setos de la plaza. Irene se acercó al estanque y vio en el fondo a una de las carpas que nadaba en círculos rápidos, como si quisiera entrar en calor. Pensó que era un milagro que aquel bicho siguiera vivo, ya que una fina capa de hielo empezaba a cubrir los bordes de la fuente.

Y entonces volvió a notarlo. Alzó el rostro hacia el cielo y sintió una caricia delicada y muy fría que rodaba por sus mejillas como una lágrima.

¡Era nieve!

Extendió los brazos y empezó a dar saltos de alegría alrededor de la plaza. No sabía por qué estaba tan contenta por una simple nevada, pero no podía resistir el impulso de celebrar aquel acontecimiento con una alegría infantil.

Le entraron unas ganas locas de llamar a la puerta de todas las habitaciones para que la gente saliera y pudiera contemplar aquella maravilla blanca. Pero se recordó a sí misma que todo el colegio estaba de fiesta —su fiesta— y que Heather, Martha y los demás todavía debían de estar bebiendo real ale en el Dog & Bone a aquellas horas.

Los copos caían lenta y parsimoniosamente, e Irene se dio cuenta de que el manto blanco iba a cuajar.

Nunca había visto nevar sobre el mar, así que decidió hacer una pequeña excursión nocturna.

Rocío Carmona, La Gramática del Amor

domingo, 4 de septiembre de 2016

LA GRAMÁTICA DEL AMOR


Tras el divorcio de sus padres, Irene es enviada a un internado del sur de Inglaterra al borde de un acantilado.

Allí vivirá con gran dolor su primer desengaño amoroso con Liam, el tío bueno del internado, cuando se burla en clase de una nota que ella ha escrito. Dolida, abandona la clase  de Peter Hugues y corre hasta el acantilado.

Allí, creyendo que va a suicidarse, la detiene Peter, quien le  castiga a correr todos los días y a enseñarle la «gramática del amor» a través de siete grandes novelas del género, que irá sacando de la biblioteca del centro. En esos ejemplares, encuentra anotaciones y comentarios de dos personas.

Poco a poco, se irá enamorando de su profesor. Pero también se siente atraída por otros jóvenes de su edad como Marcelo, Josh...

El libro tiene un ritmo ágil, gracias a la prosa de Rocío Carmona, que utiliza un lenguaje sencillo, un diálogo dinámico y unos capítulos cortos, lo que facilita  la lectura. Los personajes están bien trabajados y nos atraen desde un `principio; vemos como Irene va evolucionando desde la inseguridad y un carácter un tanto infantil, y reflexiona sobre el amor a partir de las lecturas y las experiencias vividas.

La trama es previsible, pero uno de los puntos fuertes del libro es esa Gramática del amor, a partir de la cual Peter quiere que Irene reflexione y supere su desengaño amoroso.  por medio de distintos libros, de los que se nos cuenta parte de su argumento o se analiza a los personajes y sus actitudes respecto al amor. Estos libros son: Al Sur de la Frontera, al Oeste del Sol, de Haruki Murakami; Orgullo y Prejuicio, de JaneAusten; Carta de una Desconocida, de Stefan Zweig; Ana Karenina, de León Tolstoi; Las Desventuras del Joven Werther, de Goethe; Jane Eyre, de Charlotte Bronte, y El Amor en los Tiempos del Cólera, de Gabriel García Márquez.

martes, 28 de junio de 2016

ORGULLO Y PREJUICIO


La señorita Wood, la profesora de literatura, entró en clase con sus andares apresurados y uno de sus vestidos de lana color pastel. Como siempre, iba cargada de libros y se puso de puntillas para escribir en la pizarra el título del tema del día.
Dedicaba cada viernes a monográficos sobre autores o épocas literarias. Irene se puso muy contenta al leer que aquella clase estaría centrada en Jane Austen y su obra más reconocida, Orgullo y Prejuicio. Precisamente, acababa de terminarla y no le vendría mal tener más información para su trabajo.
Mientras la Wood se disponía a endosarles otra de sus clases magistrales, Martha bostezaba sin ningún disimulo.
—Venga, chicos. Abrid vuestros libros… y vuestros corazones —dijo alborozada, ruborizándose un poco—. Hoy vamos a hablar de una de las mejores novelas románticas que se han escrito nunca. Pero antes conozcamos a su autora, Jane Austen. Martha, por favor, lee su biografía en la página 146.
Martha no se había enterado de la petición de la profesora, inmersa como estaba en su propio universo romántico. Irene se vio obligada a atizarle una sonora palmada en la espalda para que espabilara.
—¡Venga, lee!
—Jane Austen. Novelista británica, nació en 1775 en Steventon, Gran Bretaña, y murió en Winchester en 1817. Jane fue la séptima hija de una familia de ocho hermanos. Fue educada en casa por su padre, pastor protestante, y su vida en plena campiña inglesa discurrió plácidamente, sin grandes acontecimientos que…
A Irene le pareció atrevido por parte del biógrafo afirmar que la vida de la escritora había transcurrido «sin grandes acontecimientos». ¿Y qué hay de lo que pasa por la mente de una persona?
Por lo que ella sabía, a raíz de sus investigaciones en la biblioteca, Jane se había enamorado varias veces, aunque por un motivo u otro nunca llegó a casarse. De hecho, el matrimonio es uno de los temas centrales en la mayoría de sus novelas. Y no tuvo que ser nada fácil ser una mujer soltera con inquietudes artísticas en una época en la que la máxima aspiración para una chica era casarse, reflexionó.
Martha siguió recitando con voz soñolienta los detalles históricos acerca de la escritora. Austen había vivido en una etapa de cambios que había vivido en una etapa de cambios que impulsaban al mundo hacia la modernidad, como, por ejemplo, la abolición de la esclavitud, pero sus novelas estaban centradas en el entorno sencillo que siempre la rodeó.
—Gracias, Martha. Ahora vamos a leer unos capítulos de la obra. Como sabéis, Orgullo y Prejuicio cuenta los amores entre Elizabeth Bennet y Fitzwilliam Darcy. Este último es un rico y distinguido caballero que se resiste a sus sentimientos por Lizzy movido por el orgullo de clase, que hace que dude en emparentarse con una vulgar familia rural. Elizabeth, por su parte, lo considera un hombre altivo y mezquino, indigno de todo sentimiento. Veremos cómo llegan a superar estas dificultades. Ya os anuncio que la novela termina bien. ¡Vamos, página 11! —pidió, entusiasmada.
Un suspiro de aburrimiento colectivo se propagó por el aula. Las clases de los viernes se hacían muy cuesta arriba, con todas las alegrías y planes para el fin de semana a las puertas.
Irene fue repasando con el dedo los fragmentos que señalaba la profesora con su voz aguda. Curiosamente, la edición que Peter Hugues le había prestado también estaba llena de comentarios manuscritos por los mismos lectores enigmáticos que la habían ayudado a entender mejor a Murakami.
En esta ocasión, el lector de la pluma se había limitado a subrayar algunos párrafos y a poner signos de interrogación o exclamaciones al lado. Irene se identificaba con él y le parecía que conectaba con el hilo de sus pensamientos a través de aquellas sencillas anotaciones. Cuando él subrayaba, ella no podía dejar de admirar algún diálogo o idea notable que quizá sin su ayuda le habría pasado por alto.
En cambio, el lector del lápiz seguía con aquellas observaciones misteriosas que tenían a Irene tan intrigada. Estaba casi segura de que se trataba de un alumno de Saint Roberts. Quizá incluso estaba sentado cerca de ella en aquel momento, ajeno a todo, mientras Irene leía sus notas.
Algunas la hacían reír:
Personajes inolvidables. Lenguaje contenido. ¿Cómo demonios podían saber lo que sentía el otro si no dejaban de intercambiar más que cortesías? Si alguna vez viajo en la máquina del tiempo, recordar que NO quiero vivir en Inglaterra en la época de Jane Austen.
Otras, como la de la última página de la novela, le hacían desear conocer algún día a su autor:
Y colorín colorado… al final triunfa el amor. ¿Por qué será que el «para siempre» ya no está de moda? Si alguna vez viajo en la máquina del tiempo, recordar que SÍ quiero vivir en la Inglaterra de Jane Austen.
Irene sonrió involuntariamente al releer aquel último comentario. Se imaginó a sí misma a finales del siglo XVIII en un baile de sociedad como los que relataba Jane Austen en sus libros, vestida con sedas y tules y rodeada de la luz mágica de cincuenta candelabros de plata. Algún caballero distinguido, su Fitzwilliam Darcy particular, la sacaría a bailar, y ella volaría en sus brazos alrededor del salón. El caballero era alto y delgado, tenía los ojos azules, de un tono pálido y melancólico, y el cabello castaño claro ondulado estaba salpicado por algunas canas. Los dos se mirarían, reconociéndose, y perderían de vista el mundo exterior, mientras giraban y giraban por la pista.
Si alguna vez era posible viajar en la máquina del tiempo, Irene tenía claro que aquélla sería para ella parada obligatoria. Le parecía el lugar ideal para un espíritu contenido y soñador como el suyo.
Además, sería increíble conocer a Jane Austen. Le había tomado cariño a aquella escritora que le había hecho darse cuenta de que, como los protagonistas de su novela, ella también se dejaba llevar por su propio orgullo y sus prejuicios. Irene reconoció que aquellos podían ser dos obstáculos que le impedían abrirse a los demás, no sólo a Peter Hugues. Con razón la llamaban «la forastera», no sólo porque venía de otro país, sino también porque se empeñaba en construir un muro de piedra maciza que la separaba de todos. El cemento que lo mantenía en pie era su miedo a ser herida, aunque no quería que eso le sirviera más de excusa. ¿Y no habían sido sus prejuicios los que la habían llevado a herir gratuitamente a Marcelo? Ahora se arrepentía profundamente de las frías palabras que le había dedicado al pie de la escalera.
La voz de la señorita Woods, que continuaba leyendo entusiasmada los diálogos entre Elizabeth Bennet y Fitzwilliam Darcy, la sacó de sus ensoñaciones.
—Llegó la hora del debate, chicos. Uno de vosotros tendrá que defender que Orgullo y Prejuicio es una novela actual, y dará sus razones para ello. Otro defenderá el punto de vista contrario, y luego votaremos la mejor exposición. ¿Voluntarios?
El silencio podía cortarse con un cuchillo. Todas las cabezas apuntaban hacia abajo, mirando con atención hacia algún punto entre el suelo y los pupitres.
—Muy bien, entonces seré yo quien los designe —dijo la profesora con una risita cursi—. Sarah, tú estarás en contra. Irene, tú a favor.
La forastera enrojeció hasta las orejas. Tenía verdadero pavor a hablar en público. Siempre le verdadero pavor a hablar en público. Siempre le temblaban las piernas, le fallaba la voz y al final nunca acertaba a decir nada coherente. ¡Qué mala suerte había tenido! Al instante notó cómo se le secaba la garganta y se le humedecían las manos. Trató de tomar notas mientras Sarah, una chica simpática y discreta, hablaba.
— Orgullo y Prejuicio es una novela conservadora y totalmente pasada de moda. Jane Austen se limita a describir la realidad de su época sin cuestionarla. El único destino válido para una mujer a finales del siglo XVIII era casarse. Eso la novela lo describe muy bien, ¡pero ninguna de las protagonistas se rebela! De hecho, el final feliz en el que varias de las hermanas Bennet terminan casadas con sus príncipes azules es la prueba de que la escritora admite aquella realidad sin buscar alternativas. Por tanto, yo creo que el libro ya no está vigente, porque la vida de las mujeres en el siglo XXI, por suerte, es muy diferente.
Se oyeron susurros y comentarios aprobatorios a media voz, sobre todo por parte de las alumnas.
Y entonces llegó el turno de Irene. Se puso de pie frente a su mesa, balbuciendo, y trató de rebatir sin demasiado éxito las contundentes razones que había dado Sarah. Mientras manoseaba con nerviosismo su libro, recordó el comentario del lector enigmático acerca del triunfo del amor.
—Estoy de acuerdo en que la novela puede parecer conservadora, pero creo que si la leemos con atención, veremos que la ironía de la autora es su arma, su forma de rebelarse. Fijaos en la primera frase:
Es una verdad generalmente admitida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, debe tomar esposa.
—Creo que, aquí, Jane se está riendo sutilmente de la gente que dice «grandes verdades» —siguió— y también de la época que le tocó vivir. ¡Es una declaración de principios oculta! Además, Orgullo y prejucio no está pasada de moda, porque habla de sentimientos universales en los que todos nos reconocemos. El pudor de sentir que uno no encaja en el mundo del otro porque se cree inferior o diferente, los malentendidos al interpretar los sentimientos de los demás… Y, sobre todo, el triunfo del amor en mayúsculas, capaz de vencer todos los obstáculos. Es verdad que actualmente vivimos al día y está de moda lo momentáneo, lo efímero, pero ese amor sigue existiendo… ¡Tiene que seguir existiendo!
Irene pronunció aquella última frase casi con tono de súplica. Se había dejado llevar, y media clase la miraba con la boca abierta. La señorita Wood aplaudió con las puntas de los dedos y la felicitó por su brillante exposición.

Rocío Carmona, La Gramática del Amor