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lunes, 15 de marzo de 2021

HACE, MÁS O MENOS, UN AÑO

Casi era una suerte que la gente estuviese tan ocupada con otras cosas en aquellos días. Las noticias sobre la pandemia llegaban al campus envueltas en la irrealidad de las videollamadas familiares desde España, los hilos de Twitter y las historias de Instagram. Los periódicos digitales españoles anunciaban cada día el recuento de muertos en todo el país; pero no podía ser, sonaba a estadística vacía... Pablo era incapaz de ponerles cara a aquellas muertes, o de imaginarse los hospitales atestados, las residencias donde todos los ancianos enfermaban a partir de un solo contagio inicial... Parecía un cuento; un cuento de terror moderno. Quizá un episodio de una serie pretenciosa de HBO. Y mientras, en el campus de Stirling, la vida había seguido como si tal cosa: los dos pubs abiertos hasta las 23:00, la galería de cristal que comunicaba el edificio central con los laboratorios llena de puestos de ropa teñida a mano y de mesas informativas sobre veganismo, protección del hielo de Groenlandia y otras iniciativas, la librería-cafetería animada casi a cualquier hora, y el supermercado del campus bien surtido de pakoras, samosas y todo tipo de especialidades indias que solo había que calentar y consumir.

Como mucho, hacía tres o cuatro días que habían comenzado a aparecer en el campus algunas mascarillas. Todos alumnos asiáticos, como observó Sofía con cierto aire de superioridad. Porque hacía solo tres días, llevar puesta la mascarilla parecía una exageración de personas hipocondríacas. Un día más tarde, algún portavoz de Sanidad del gobierno británico había recomendado usarlas con prudencia. Y Pablo, sintiéndose un poco ridículo, se acercó a la farmacia del campus a comprar un paquete... pero llegó demasiado tarde: se habían agotado.

Ana Alonso, Veinte días de abril

martes, 9 de marzo de 2021

20 DÍAS DE ABRIL

Enviado por Ángel.

Abril, un mes para olvidar o para recordar. Una novela actual que trata el confinamiento desde la mirada de siete jóvenes universitarios de diferentes países y con historias muy diversas: el español Pablo, la japonesa Yumiko, el noruego Arvid, la mejicana Claudia, Suhani, el afroamericano Edward y el ruso Andrei.

Pablo está estudiando en la Universidad de Stirling, Escocia, desde que comenzó el curso. A principios de abril todo se derrumba al mismo tiempo: su historia de amor con Sofía parece abocada al fracaso, y su traslado a un nuevo piso de estudiantes coincide con el primer confinamiento decretado como respuesta a la pandemia.

Sin embargo, los desastres unen, y Pablo va a encontrar en sus nuevos compañeros un apoyo inesperado... Juntos, explorarán la incertidumbre de la situación que están viviendo y combatirán el desánimo a través de la imaginación. Aunque no será fácil.

                Con el telón de fondo de los primeros días del confinamiento, Ana Alonso nos muestra la convivencia durante tres semanas de un grupo de siete jóvenes. El hecho de no salir a unos les llevará al desánimo; otros infringirán las normas. A través de este grupo nos acerca a temas diversos como el amor y el desamor, las relaciones familiares, enfermedades raras, el sometimiento a los otros, los sentimientos de culpabilidad, etc…

                Una lectura entretenida

martes, 5 de diciembre de 2017

EXCALIBUR


Enviado por Juan:

Gwen, hija de la reina Igraine, se halla en un Londres asediado por los sajones que  quieren conquistar el reino. El mago Merlín y Uriens trazan un plan para que la princesa escape sana y salva, y Lance será el  caballero encargado de esta tarea.

En la huida, Lance y Gwen se sienten atraídos. Tras su noche de pasión, Lance piensa que él es un simple mercenario y que no puede ofrecerle nada a ella, que lo puede tener todo. Por ello, se mostrará frío y distante el resto del viaje, mientras que el mosqueo de Gwen crece.

                Una vez que llegan a las tierras del rey Pellinor, cada uno tomará caminos diferentes. Lance partirá a la inminente batalla, mientras que Gwen, acompañada de su primo Gawain, Arturo y Tristan, se embarca rumbo al palacio de su madre.

                Con Excalibur, comienza Britannia, uns saga de cuatro libros donde Ana Alonso y Javier Pelegrín recrean el mito artúrico. Aunque en algunos aspectos se apartan del canon (luego iremos con ellos), los autores han concebido una magnifica historia para acercar el mito a un público juvenil, sobre todo a partir del triángulo amoroso entre Gwen, Arturo y Lance. Los personajes están bien trazados, con sus defectos y virtudes, y vemos como a lo largo de los libros evolucionan y se van confirmando sus personalidades.

                Nos encontramos en un mundo medieval, parecido al del mito con sus magos y alquimistas, pero encontramos algunas cosas extrañas o anacronismos: Arturo para hacer un pago entrega un reloj de pulsera, o entran en una sala y se encienden unas luces, o la manzana mordida como símbolo del gremio de los alquimistas, o cuando ven en un espejismo unos edificios altos hechos con un metal desconocido y cristal, o esa magia, la magia de Britannia, el velo, una especie de realidad virtual a la que, en el primer libro, los protagonistas acceden mediante unas gemas, en las que en realidad se esconde un código informático. Todo esto se nos irá aclarando y explicando conforme avanza la saga (aunque en el último libro me queda una duda no resuelta).

                Los cambios con respecto al mito artúrico, en cierta forma son mínimos: Arturo es el heredero espiritual de Utrhed, no biológico; Lance es un simple mercenario, con un pasado que ocultar; Gwen (a la que posteriormente se le conocerá tanto como Ginebra o como Morgana, según como actúe) es hija de Ygraine y Uriens y la heredera del trono; Mordred es hijo de Ygraine y Uthred, y, por lo tanto, hermanastro de Gwen; Merlin, el mago Merlin, en realidad, es… Mejor, leedlo, vale la pena.

sábado, 8 de julio de 2017

NEFERTITI


La exposición empezó bien. Había preparado un powerpoint con un montón de imágenes de Luxor, de la tumba de Tutankamón y del Valle de los Reyes. No necesitaba ningún guion, sabía perfectamente lo que quería contar: quería hablar de las altas columnas de Karnak, con sus capiteles en forma de flores de papiro. Y de la diosa Bastet con cara de gato. Del dios Thot, que tiene rostro de ibis e inventó la escritura, por lo que los hombres le estarán eternamente agradecidos. Y de Osiris y de la barca del Sol, que cada noche navega por un mar de oscuridad hasta emerger al otro lado del mundo.

Quería hablar de todo eso. Y lo estaba consiguiendo. Les enseñé a mis compañeros los cartuchos con el nombre de los faraones en escritura jeroglífica. Hablé de Champollion y del hallazgo de la piedra Rosetta, y de Howard Carter, el descubridor de la tumba de Tutankamón. Hablé del Alto Nilo y del Bajo Nilo, de Tebas y de Menfis, de las crecidas que inundaban los campos cada año y fertilizaban la tierra, del dios Sobek con su rostro de cocodrilo y del otro río, el que los egipcios creían que fluía sobre sus cabezas, en el cielo, derramando de cuando en cuando sobre ellos sus riquezas en forma de lluvia.

Dejé para el final a mi preferida: Nefertiti, la esposa del revolucionario faraón Akenatón, que intentó acabar con el culto a las otras deidades para que los egipcios solo lo adorasen a él, encarnación en la Tierra del dios Sol. Nefertiti, la reina de belleza sobrecogedora, una belleza que todavía podemos admirar gracias al busto encontrado por arqueólogos alemanes a principios del siglo XX y que aún hoy se conserva en un museo de Berlín. Nefertiti, la del rostro encendido de vida, la del largo y delicado cuello en el que se aprecia el suave relieve diagonal de los músculos bajo la piel morena.

Nefertiti. Nefertiti. Nefertiti. Nefertiti.

Ya está: siete veces. Lo he repetido siete veces. Aquí es fácil, solo se trata de un diario. Nadie va a leerlo, puedo escribir el nombre de la reina del Nilo tantas veces como quiera.

Pero en clase no era tan fácil. Sobre todo en ese momento, en medio de la exposición, cuando todas las miradas estaban fijas en mí y yo me sentía casi normal, hablando de lo que más me gusta delante de mis compañeros.

Creo que todo empezó cuando vi el gesto de Laura, una chica que se sienta en la tercera fila. Vi que le daba un codazo a su compañera Eva, que las dos se miraban y que intercambiaban una sonrisa burlona. Se estaban riendo de mí. No solo de mí, también de ella. De Nefertiti, de su rostro casi perfecto, casi, solo casi, porque uno de sus ojos no conserva la pintura y mira ciego, fijo, como si ella nunca hubiese estado viva, como si solo fuese la ruina de un cuerpo, un recuerdo, solo un recuerdo que se va, que se esfuma, que se deja tragar por el olvido y la decadencia.

Ana Alonso y Javier Pelegrín, El Sueño de Berlín

PREMIO ANAYA DE LITERATURA JUVENIL 2015

viernes, 16 de junio de 2017

EL LIBRO DE LOS ROSTROS


            Enviado por María (S4D):

Esta novela de Ana Alonso y Javier Pelegrín, nos presenta a Eva, una joven insegura y sin amigos, que decide abrirse al mundo creando un perfil falso en Facebook y el nombre de usuario que elige resulta ser el de una bloguera comprometida que se dedica a denunciar casos de corrupción.

La admiración por esta activista hará que Eva se deje llevar por la mentira y descubra la amistad y el primer amor; pero también tendrá que asumir las consecuencias de destapar un secreto oculto bajo el yugo del miedo y el chantaje.

Este libro, fácil de leer, sencillo y corto, nos presenta a una protagonista antisocial, una madre cristiana, una hermana alocada y un padre pasota.

Cuando Eva crea su perfil falso en Facebook, comienzan las críticas, las amenazas, las polémicas, etc… A duras penas saldrá de todos estos problemas gracias a David, Carlos y Beatriz.

Lo primero que me llamó la atención fue la portada, y después el resumen de la contraportada. Pensaba que iba a ser un libro relacionado con el mal uso de las redes sociales, pero no es así del todo. Te muestra la triste realidad de los medios de comunicación y de las redes sociales, en donde no puedes expresarte libremente (tal y como te gustaría hacerlo a veces), si no quieres recibir alguna amenaza, algún tipo de acoso o cualquier tipo de represión.

Otra de las razones por las que me gusta el libro , es porque nos hace ver de alguna forma a los adolescentes los problemas que conllevan internet y las redes sociales, y el mal uso que se da muchas veces por no informarnos como es debido. 

martes, 11 de octubre de 2016

EL DÍA EN QUE DESCUBRIERON MI DON


comenzó con un mal sueño. Yo estaba flotando en el mar y no sentía nada. A mi alrededor había otros chicos y chicas de mi edad, todos quietos, sumergidos a medias en el agua azul verdosa iluminada por la luna. Lejos, en las rocas de la orilla, nuestros padres esperaban a que terminase la ceremonia con las lámparas de aceite encendidas. Si hablaban entre ellos, desde el mar no podíamos oír sus voces. Solo oíamos el rumor incansable de las olas, estrofas que se sucedían sin descanso unas a otras, compuestas de viento y de chasquidos de espumas.
Lo terrible del sueño era la suavidad del agua, la sensación de seguridad que me invadía al sentir su abrazo envolvente. No era así como yo me había imaginado el ritual de mi primer baño de mar. Lo temía, como lo temen todos; pero al mismo tiempo lo deseaba, porque estaba convencida de que aquel baño cambiaría mi vida. No porque fuese a sufrir una transformación...
En mi aldea, las conversiones son raras; la última se produjo cuando yo tenía tan solo siete años. Aquella noche no asistí al ritual, porque aún no tenía la edad, pero mi hermano Ión me lo contó todo a la mañana siguiente, todavía conmocionado. Tara, la joven convertida, era hija de un pescador de la aldea. Yo la recordaba de un baile del verano, con una trenza rubia azotándole la espalda cada vez que saltaba con los brazos en jarras y la falda azul volando alrededor de sus piernas algo regordetas, enfundadas en unas bonitas medias caladas. Lo que más le había impresionado a Ión eran los gritos de la chica mientras la parte inferior de su cuerpo se metamorfoseaba en una esbelta cola de escamas rojas como rubíes. El don de Tara resultó ser el de la compasión, de ahí el color. Como establece la ley de las siete hermandades, nunca regresó al pueblo.
Yo no esperaba una conversión como la de Tara, ni la deseaba tampoco. La vida en las aldeas de pescadores es dura, pero al menos es una vida. En la corte, nadie es dueño de su tiempo ni de su destino. Allí se acude para servir, no para divertirse. Eso es algo que todo el mundo sabe.
No quería la conversión, pero anhelaba sentir el agua del mar sobre mi piel, el hervor de la espuma alrededor de mis cabellos. Desde pequeña deseaba sentirlo. A veces acompañaba a mi padre cuando se iba de pesca y le pedía que me dejase tirarme al agua para saber lo que era aquello. Mi padre me recordaba la prohibición, pero yo no me rendía. Insistía hasta que mi padre perdía la paciencia.
—Ya verás cuando cumplas los diecisiete años, Kira —me dijo una vez—. El día de tu ritual no sabes cómo voy a reírme. Cuando la dama instructora tenga que empujarte al agua porque el temblor de tus piernas no te deje ni dar un paso... Ese día aprenderás lo que es el mar y dejarás de tontear con él. Te pasará lo que a todos, que no querrás volver a darte un baño de agua salada en toda tu vida.
Y es cierto que les pasa. Mi madre no ha vuelto a bañarse en el mar después de su ritual, y mi padre, aunque sale a pescar todas las tardes, prefiere perder una buena captura a tener que hundir las manos en el agua para desenganchar una red. Así es todo el mundo en la aldea. No comprenden el mar, lo temen.
Yo no. Desde siempre he querido sentirlo, notar cómo mi cuerpo flota en sus aguas casi despojado de su peso, igual que en las viejas historias que cuentan los ancianos. Por eso el sueño fue tan decepcionante. Estaba en el mar y era como estar en tierra. Ni mi cuerpo ni mi mente experimentaron la más leve agitación. Todo era sencillo, gris..., sereno. Durante el desayuno bajo la carpa blanca, nos enteramos de que aquel había sido un sueño inducido por una de las instructoras de la hermandad de Plata. Todos lo habíamos tenido, yo no era la única. El objetivo del sueño era tranquilizarnos e infundirnos valor para la ceremonia que iba celebrarse por la noche. Se trataba de nuestro último día de instrucción antes del ritual.
Sin embargo, mi sueño no había sido exactamente igual al de los otros. En él sucedía lo mismo que en los demás sueños, pero los sentimientos que lo acompañaban eran distintos. Silva, Elda, Enet y todos mis otros compañeros se habían sentido reconfortados por lo que habían sentido mientras dormían. Yo, en cambio, me sentía decepcionada, inquieta.
Idud, la dama verde que nos había preparado durante las tres semanas de instrucción anteriores al ritual, vino a hablar conmigo cuando me dirigía con los demás a probarme la túnica de hilos de plata para la ceremonia.
—Hemos notado que no has dormido bien esta noche —me dijo clavando sus hermosos ojos de color miel en los míos—. Todas las instructoras estamos preocupadas.
—¿Cómo saben que no he dormido bien? —pregunté incómoda—. No se lo he contado a nadie.
—Yo lo noté, Kira. Tengo el don de la percepción, ¿recuerdas? El sueño de vísperas que tejió para vosotras Yedara, la dama de plata, no funcionó contigo. En lugar de tranquilizarte, te ha puesto nerviosa. Ha sido una decepción para ti. No intentes negarlo, puedo leerlo en tus ojos.
Estábamos de pie en la entrada de la carpa de los espejos, donde los demás ya debían de haber empezado a probarse las túnicas ceremoniales. El aire olía a yodo y a sal, porque el campamento de instrucción se hallaba en la cima de un acantilado que se desploma a pico sobre el mar.
—No tengo la culpa de sentirme como me siento —dije yo a la defensiva—. Eso no significa que vaya a fallar en el ritual. Intentaré hacerlo lo mejor posible.
—De eso no tengo ninguna duda, muchacha. Te he estado observando durante las meditaciones. Tienes mucha capacidad de concentración, eres trabajadora y perfeccionista. Pero hay algo dentro de ti que te frena. Es como si tuvieras miedo de ser mejor que los demás. Como si te sintieras culpable.
—Nunca he sido mejor que los demás. Al contrario, pregúntenle a mi madre. Aunque supongo que no hará falta. Ya se habrán informado...
—Siempre lo hacemos.
—Entonces sabrán que nunca he sido lo que se dice una hija perfecta.
La dama me miró con la cabeza ladeada. La brisa agitaba muy levemente su pesado vestido de terciopelo verde, y había desprendido dos mechones brillantes como el azabache de su moño, recogido con sartas de perlas.
—Sabemos que has intentado adaptarte, y que no siempre lo has conseguido. Sabemos, por ejemplo, que odias las fiestas del solsticio de invierno porque durante siete días te impiden escaparte a las rocas a mirar las olas. Sabemos que te aburren los juegos de naipes y las charlas interminables al amor de la lumbre; que prefieres encerrarte en el desván con los viejos libros que le compraste a un buhonero ambulante, gastándote en ellos el dinero que deberías haber reservado para unos zapatos de fiesta.
—¿Eso quién os lo ha contado? Ni siquiera mi padre lo sabe. Mi madre se lo ocultó para evitar un disgusto.
—Nosotras lo sabemos todo, Kira. Las siete hermandades están para eso, para estudiar todo lo que sucede en Hydra. Solo de ese modo podemos protegeros y proteger la magia sagrada de la isla.
—No creo que mis problemas con mis padres sean una amenaza para la seguridad de Hydra.
—Ni nosotros tampoco. Pero aun así debemos permanecer vigilantes. Aunque no lo parece, todavía estamos en guerra, muchacha, en guerra con un país mucho más grande y poderoso que el nuestro. Si no fuera por el celo de las siete hermandades, Hydra habría caído hace ya mucho tiempo.
—La tregua dura ya más de seis años...
—Pero es solo una tregua, Kira. Tenemos al hermano de su rey, esa es la única razón por la que no nos atacan. Pero Edan no nos servirá de escudo eternamente. Hay muchos en Decia que son partidarios de intentar un nuevo asedio, aunque eso le cueste la vida a su próximo Gran Maestre.
—No estoy muy al tanto de la política de Decia. De todas formas, no veo qué tiene que ver conmigo, o con el ritual.
—Tiene mucho que ver. Necesitamos sangre fresca en las hermandades. Los últimos años han sido terribles para nosotros; apenas hay conversiones. Y por tu reacción al sueño... las otras instructoras y yo creemos que tú podrías tener posibilidades.
Miré a la dama sin entender nada.
—¿Por el sueño? Yo creía que lo había hecho mal...
—No has reaccionado como reaccionan los demás. Eso no es un crimen, Kira, pero podría ser un síntoma. Un síntoma de que tú eres diferente.
Me eché a reír, incrédula.
—¿Creen que tengo un don? En mi familia nunca ha habido conversiones. La última de mi aldea fue hace diez años.
—¿Te da miedo pensar que el próximo caso podrías ser tú?
Yo misma me había hecho esa pregunta cientos de veces durante las semanas de instrucción.
—Creo que no. Creo que no me daría miedo —dije con sinceridad—. Quiero decir... sé que las obligaciones de los miembros de la hermandad son muy duras, que se les exige mucho. Pero, por otro lado..., siempre me he preguntado cómo sería.
La dama me observó pensativa.
—¿Lo ves? En eso tampoco eres como los otros. En fin, quizá nos estemos engañando. En todo caso, las otras instructoras y yo pensamos que debíamos prevenirte. No te asustes si sucede, Kira. No es doloroso, aunque la primera vez algunas personas confundan lo que sienten con dolor. Supongo que dentro de un rato irás a reunirte con tu familia para el banquete de despedida.
—Va a venir mi hermano a recogerme. Mi madre estará preparando los pasteles de cordero con almendra que siempre me hace por mi cumpleaños.
La dama asintió.
—Solo una última cosa, muchacha. Puede que, en tu caso, la despedida no sea solo un nombre que se le da a esa comida por costumbre. Puede que sea una despedida real.
Sentí un vacío en el estómago al comprender que la instructora hablaba en serio.
—Lo tendré en cuenta —dije—. Por si acaso.
—Hazlo, Kira. Yo no lo hice, no me despedí de ellos verdaderamente. Nunca se me pasó por la cabeza que jamás volvería a verlos. No sabes cuánto me he arrepentido.
—Debe de ser muy duro —murmuré con un hilo de voz.
—Lo es. Pero si ocurre, no debes tener miedo. No estarás sola, no del todo. Los dones te separan de tus seres queridos, pero te acercan a otras personas: hombres y mujeres que comparten tu don... Una nueva familia, Kira. Tu hermandad.

Ana Alonso y Javier Pelegrín, La Reina de Cristal I

lunes, 23 de noviembre de 2015

EL SUEÑO DE BERLÍN

Enviado por Alicia:

Ana, de dieciséis años, cuenta en primera persona lo duro que es sufrir un trastorno obsesivo compulsivo siendo una adolescente y no poder vivir como cualquier otra chica de su edad, además del lastre que supone para la convivencia familiar. A la vez, Bruno, su nuevo compañero de clase, explica cómo se ha sentido atraído por ella, cómo se ha armado de valor para pedirle una cita y cómo empiezan una relación. También explicará su asombro al descubrir el problema de Ana, pero, tras el shock inicial, intentará ayudar a la chica y juntos poder cumplir el sueño de visitar Berlín y ver el famoso busto de Nefertiti.

Con toda la clase viajarán a la capital alemana, pero Ana recaerá en sus obsesiones y estará a punto de volver a España junto a su madre, a la que llama tras pasar un día y medio encerrada en su habitación del hotel. Por fin, Bruno la convencerá para, al menos, visitar el museo donde está el busto de la reina egipcia. Allí, frente a la representación imperfecta de aquella bella mujer, Ana vuelve a recuperar sus fuerzas y parte de su personalidad más valiente y optimista para seguir luchando por controlar el TOC y tener una vida lo más satisfactoria posible.

                Esta novela de Ana Alonso y Javier Pelegrín, con una narración ágil y ámena,  se centra en la relación que van a mantener los dos protagonistas: Ana, estudiante brillante y enamorada del Antiguo Egipto, pero muy tímida y, para sus compañeros, la rara de la clase, con manías extrañas y que, de vez en cuando, sufre ataques de “asma” (en realidad, lo que padece es una necesidad de repetir algunos comportamientos cuando ciertas ideas se instalan en su mente); se ilusiona y se enamora del nuevo compañero. Bruno se enanora de Ana, y, gracias a ella, adquiere una nueva pasión, el Antiguo Egipto, que combinara con El Señor de los Anillos; aunque parece que no reacciona bien al conocer el problema de Ana, está dispuesto a hacer todo lo posible para ayudarla. El descubrimiento de sentimientos desconocidos hasta ese momento les hace arriesgarse y enfrentarse a la familia, a los amigos y hasta a la propia lógica por estar uno junto al otro, aprendiendo el uno del otro y descubriendo intereses y temas que desconocían.

                Puedes leer un fragmento de la novela aquí

PREMIO ANAYA DE LITERATURA JUVENIL 2015

miércoles, 9 de septiembre de 2015

ANHELO

        Hay una clase de heridas que la magia no cura: son las heridas del corazón.

Esa dura verdad la he descubierto aquí, en la casa de Tareq, en este hermoso y triste rincón de la ciudad de Isbiliya. Triste, al menos, para mí… Vivo en la casa de mi antiguo señor como un huésped de honor al que no se le priva de ningún lujo o comodidad; y, sin embargo, mi espíritu no logra reposar ni de día ni de noche. Solo pienso en Olaya; mi pequeña y delicada Olaya… ¿Dónde estará a estas horas? ¿Qué pensamientos cruzarán su mente? ¿Se acordará de mí? Aún me parece estar oyendo su voz de cristal cuando, bajo las altas bóvedas del castillo, pronunciaba suavemente mi nombre: «Akil…».

Mi hermosa niña. Y pensar que todo mi poder, mis oscuros saberes acumulados a lo largo de siglos, no pueden ayudarme a estar cerca de ella… ¿De qué me sirve la inmortalidad si ni uno solo de mis días futuros lo pasaré junto a Olaya? No quiero mi poder; no quiero mi magia… De buena gana renunciaría a esos dones a cambio de vivir junto a la joven que ha cautivado para siempre mi alma.

Pero no tengo elección. No la tengo.

A veces, cuando siento que ya no puedo soportar por más tiempo la tristeza de haberla perdido, me asalta la tentación de ir a buscarla. Eso podría hacerlo. Aunque el dolor ha debilitado mis poderes hasta convertirme en una sombra de lo que fui, aún sería capaz de encontrar las fuerzas para entrar en el castillo de Olaya sin ser visto. Iría a buscarla, la envolvería en mi capa y los dos partiríamos flotando sobre los melancólicos paisajes de su tierra hacia algún país remoto donde nadie nos encontraría jamás. Olaya echaría de menos a los suyos, pero yo me esforzaría para hacerla feliz…

Ojalá pudiera ser; pero no es posible. Los seres humanos son tan frágiles como las plantas exóticas. No pueden ser arrancados de su lugar de origen y transportados a cualquier otro sitio sin tener en cuenta sus sentimientos. Yo conozco los de Olaya, sé lo mucho que significa para ella su padre, lo que sufriría si yo la alejase de él y le impidiera cuidarlo en su vejez. Sé que eso la mataría por dentro… y además, ¿qué podría ofrecerle a cambio? No soy un mortal. Aunque quisiera, no podría brindarle una vida normal, una familia, hijos… Ella iría envejeciendo a mi lado y mi eterna juventud la haría sufrir. Y yo, con todo mi amor, no podría hacer nada para cambiar eso.

Mi única esperanza es que me olvide. Que ella, al menos, pueda encontrar el amor en otro corazón y vivir una existencia feliz. Digo que es mi única esperanza, pero, al mismo tiempo, me atormenta… ¿y si el mortal que ella elige no merece la felicidad de ser amado por ella? ¿Y si es un cobarde, un hombre indigno, un codicioso más interesado en su dote que en la propia Olaya? Claro que también podría ser un hombre de bien, un joven caballero leal y valiente, dispuesto a luchar para defender a su esposa frente a cualquier peligro…

Odio admitirlo, pero esa última posibilidad me mortifica aún más. No quiero que Olaya encuentre al mortal perfecto que la aleje de mí. Pero tampoco quiero que sufra como yo para el resto de sus días. Por Alá, ni siquiera sé lo que quiero.

Ana Alonso y Javier Pelegrín, Luna Roja

jueves, 16 de julio de 2015

¿LE GUSTO?

Tengo suerte. Soy el tipo con más suerte del mundo. Estoy saliendo con Arwen, hija de Elrond, descendiente de Luthien, estrella de la tarde. Dios, me siento como Aragorn...

Aunque Ana no es Arweri. Es mejor gire Arwen. Y no sé si estoy saliendo con ella. Quiero decir, ¿eso cómo se sabe? Hemos ido al cine. Y al salir nos tomamos una hamburguesa en el centro comercial. Creo que a ella no le gustó mucho, pero no tenía dinero suficiente para invitarla a una pizza. Me dijo que la próxima vez que quedemos pagará ella. Yo le dije que no, que pagaríamos a medias. No fue incómodo, todo lo contrario. Fue fácil.

Y quedó claro que habría una próxima vez. ¡Ella lo dijo!

Eso significa que no le he parecido un patán sin remedio. Es muy buena señal. Creo.

Yo lo único que sé es que quiero hacerlo bien. Es la primera vez que me siento así con una chica. El año pasado, en la fiesta de fin de año, Clara y yo nos besarnos. O más bien, ella me besó, y a mí me encantó, y luego... No pasó mucho más. Estábamos con otra gente del instituto. Creo que ella esperaba que después de aquel beso yo la llamase. Pero no la llamé. Clara es una tía simpática, y me cae bien, pero pensar en salir con ella era como pensar en tener que estudiar todos los días de tu vida una materia que te aburre bastante. No es algo que te apetezca hacer así, de primeras.

Ana es diferente. Es mágica. Todo en ella es mágico. Entiendo que a muchos en el instituto les parezca rara. Tiene una forma un poco especial de hablar, repitiendo de vez en cuando alguna palabra, como si quisiera asegurarse de que no pase desapercibida. Y también, a veces, te pregunta algo que acabas de decir como si no te hubiera oído. A lo mejor es que no oye bien, pero no sé, a mí me da la impresión de que no se trata de eso.

De todas formas, se expresa con tanta viveza que es como si te arrastrase a un mundo donde los colores fuesen más brillantes que en el nuestro, sobre todo cuando habla de cosas que le gustan, como el Antiguo Egipto. Creo que eso fue lo que me cautivó cuando oí su exposición de clase: que fuese capaz de apasionarse tanto por unas gentes que vivieron hace miles de años. Lo entendí; su forma de hablar hizo que lo entendiera.

Es como lo que me pasa a mí con El Señor de los Anillos. Es mucho más que «un gran cuento épico», como leí una vez que decía un crítico. Es más que una historia; es un mundo. Un mundo inmenso, inabarcable, tanto que se parece más a un mar que a un río (hemos estudiado la novela-río en clase, y a mí se me ocurrió esta comparación, pero no lo dije en voz alta, por supuesto. De todas formas, seguro que algún especialista en literatura se ha inventado ya eso de la novela-mar antes que yo. Tengo que buscarlo en internet),

Vi las tres películas de El Señor de los Anillos cuando tenía ocho o nueve años y me enamoré para siempre de la Tierra Media. Pero yo no sé explicar lo que me hace sentir como lo explicaría Ana... No es solo que me falten las palabras, es sobre todo que me falta el valor para pronunciarlas.

Aun así, hablamos del libro y de las películas. ¡Ella no las ha visto! Y tampoco ha leído el libro de Tolkien, aunque le encanta leer. ¡Qué suerte tiene!

A mí me encantaría volver a leer por primera vez El Señor de los Anillos. Ahora que sé que Ana lo va a leer, no hago más que acordarme de mis pasajes favoritos. Intento imaginar qué sentirá ella cuando los lea, y es como si yo también los estuviese descubriendo de nuevo. A veces me viene una frase de Aragorn o de Gandalf a la cabeza y se me llenan los ojos de lágrimas.

Le ofrecí prestarle mis ejemplares de las tres novelas, pero ella dijo que prefería comprárselas. Espero que eso no signifique que no quiere aceptar nada mío por ahora. A mí me habría gustado dejarle mis libros. No sé, a lo mejor el lunes en el instituto se lo vuelvo a proponer.

Me pregunto cómo será a partir de ahora en la clase. ¿Lo mantendremos en secreto? ¿Hablaremos entre nosotros como si no hubiese pasado nada?

En realidad, no ha pasado nada. No me he atrevido ni siquiera a darle un beso en la mejilla.

A lo mejor piensa que soy un idiota, pero es que no quería forzar las cosas. Creo que Ana es tímida.

De momento, lo único que me importa es que se sienta a gusto conmigo.

Ana Alonso y Javier Pelegrin, El Sueño de Berlín

Premio Anaya Juvenil 2015 

jueves, 28 de mayo de 2015

YINN

Enviado por Pedro:

«Mi nombre es Akil y soy un yinn, un espíritu del otro lado del tiempo, una criatura de la eternidad. Soy muy poderoso, soy inmortal… y estoy aquí para serviros, mi señor».

YINN es una trilogía creada por Ana Alonso y Javier Pelegrin, que van a combinar el relato histórico con la novela fantástica y de aventuras.

El marco histórico nos sitúa en la Península a comienzos del siglo XII, poco antes del reinado de Alfonso VII de Castilla: una época convulsa en los reinos cristianos por los enfrentamientos nobiliarios; así como en al-Ándalus, donde, frente al esplendor cultural, los almorávides imponen un nuevo orden. «Yinn» nos introduce también en un universo fantástico donde se mezclan las tradiciones mágicas de las tres culturas que convivieron en la Península a lo largo de la Edad Media.

Cuatro jóvenes protagonizan esta historia: Diego, un noble leonés; Sahar, la hija de un célebre médico musulmán de Sevilla; Yehudá, un judío cabalista de Toledo; y Olaya, la heredera de un conde de Galicia. Los cuatro verán entrelazados sus destinos a través de un misterioso personaje llamado Akil, un yinn con enormes poderes y un corazón que, poco a poco, se irá volviendo más humano…

En el primer libro, FUEGO AZUL, encontraramos a Sahar, una joven musulmana que vive en Isbiliya (Sevilla) y que estudia en secreto con su padre, el médico Tareq, al que tendrá que auxiliar cuando le atrapan en Toledo. En ese viaje conoce a Diego, un joven leonés, que tiene que matar a Sahar y robar el manuscrito que ésta lleva a Toledo, para que el obispo de Compostela, Diego Gelmírez, le ayuda a recuperar el feudo que ha perdido. También se une a ellos Yehudá, un joven judío, orfebre, que estudia la cábala, y más tarde Olaya, una dama gallega que les ayuda en un momento complicado. El elemento fantástico viene introducido por Akil, un yinn, una criatura mágica, que ayuda con sus poderes a los jóvenes, pero por su amistad con Sahar, Diego y Yehudá, y el amor que siente hacia Olaya, perdera sus poderes. Como es de prever se inicia otra relación amorosa pues Sahar, comprometida con Nassar, se enamorara de Diego, pero no puede romper con Nassar, ya que Diego solo posee lo puesto.

En el segundo libro, LUNA ROJA, el argumento es el siguiente: Tras la toma de Saraqusta (Zaragoza) por Alfonso I de Aragón, el sabio Avempace se refugia en Sevilla, donde reside su colega, el médico Tareq. Sin embargo, muchos son los que quieren perturbar el retiro del anciano y uno de ellos es Nasser, antiguo prometido de Sahar. Nasser quiere usar las tablas astronómicas del sabio para demostrarse a sí mismo y a Sahar que puede ser tan valiente y decidido como Diego Tovar, el noble muchacho leonés que abandonó los reinos cristianos en pos de la muchacha. Sin embargo, Nasser no es el único interesado en las tablas. Una misteriosa y poderosa mujer llamada Lilith, también va tras ellas al igual que el rey Alfonso y los almorávides, ya que las tablas son una pieza clave en las futuras batallas que están por librar por la hegemonía de la Península Ibérica y que están recogidas en la profecía de la Luna Roja. Asistimos a tribulaciones de Akil, que se va haciendo más humano por su amor hacia Olaya y va perdiendo sus poderes, y el triángulo amoroso entre Sahar, Nasser y Diego. El fanatismo religioso hará que los protagonistas se separen y se dispersen por la península.

El tercer libro, ESTRELLA DORADA, comienza en tierras aragonesas; hasta allí viaja Akil para que Diego le ayude a impedir la boda de Olaya, para ello han de recuperar un cáliz sagrado que ha desaparecido del monasterio de San Juan de la Peña en extrañas circunstancias. Mientras tanto Yehudá y Sahar permanecen en Toledo, y allí se dirigiran los dos primeros para que Yehudá y sus contactos descifren  un manuscrito cabalístico que les ayudará a elaborar la estrella dorada, un objeto mágico que les permitirá obtener el Santo Grial. Esta vez, nuestros protagonistas comprenden que han de luchar por lo que aman.

Los personajes están bien trazados (aunque el cambio que experimenta Sahar, del primer libro al último, es notable y no muy convicente), la historia tiene acción además de ser una novela que está muy bien contada. Hay también dos tramas amorosas, aunque este no es el tema principal de la novela. A lo largo de toda la trilogía, los viajes son importantes en la trama de las novelas: Sevilla, Toledo, Zaragoza, San Juan de la Peña, Denia… estando muy cuidadas  las descripciones de las ciudades y los habitantes que viven en ellas. Conforme avanzan los viajes, también avanzan las relaciones entre los jóvenes del grupo, pues en Luna Roja los problemas de cada uno de ellos les llevarán a tomar caminos separados.

jueves, 5 de marzo de 2015

SUEÑO CUMPLIDO

«Hay que hacerlo», murmuró Dan¡ subiéndose la cremallera de la chupa y echándose la gastada mochila de los libros a la espalda. Normalmente disfrutaba de ese momento del día, el instante de abrir el portal y sentir el aire frío en la cara, justo antes de empezar a caminar por la acera. De pie en la calle, miraba al cielo y se llenaba los ojos de luz hasta que tenía que cerrarlos, y luego avanzaba, un paso, dos, tres, el mismo camino de todas las mañanas, dos manzanas de bloques de ladrillo, la carretera, el descampado, el paseo arenoso que desembocaba en el instituto. No importaba que hiciese mal tiempo, que el día hubiese amanecido enfermo de humedad o de lluvia; estar al aire libre suponía un alivio. Solo que, en ocasiones «especiales» como aquella, la cabeza, invariablemente, le jugaba una mala pasada. No le dejaba caminar tranquilo, sintiendo el roce de la brisa matinal en el pelo y en la cara; tenía que traerle una y otra vez a la memoria la mirada huidiza de Julián, sus pies metidos hacia dentro, con aquellas deportivas mugrientas, de mercadillo, que lo habían marcado desde el primer día de curso como «un pringao» ante el resto de la clase, y sobre todo sus mejillas llenas de granos, unos granos abultados y rojos como picaduras de mosquito, asquerosos. No le gustaba aquel tío, no le gustaba nada, pero lo que iban a hacerle... Habría sido mejor que el muy idiota no los hubiese puesto en aquella situación tan absurda, que hubiese sonreído como hacían todos cuando Eme insultó a su padre. Pero no, él siempre tenía que dar la nota; en lugar de callarse se había encarado con Eme, algo que ni los profesores se atrevían a hacer. En ese momento, el pobre imbécil estaba tan furioso que ni siquiera se daba cuenta de lo que hacía. Desafió a Eme, y para colmo delante de un montón de gente, una humillación que alguien como Eme no podía tolerar. De modo que él se lo había buscado, por tonto. Ahora, Eme y los suyos lo esperarían en el aparcamiento de bicicletas, lo arrastrarían detrás del seto del patio y le darían un escarmiento. Todo está previsto: «Bocas» y «El Perro» lo sujetarían mientras Dan¡ le partía la cara y Eme le daba unas cuantas patadas en el abdomen. No pararían hasta que sonase el timbre. Entonces, como sí nada, lo dejarían allí tirado y entrarían en clase. No era la primera vez que pasaba. Media hora después, el conserje interrumpiría a la de Naturales, le susurraría algo al oído, y la otra se pondría toda nerviosa, graznaría un poco para que se callasen, preguntaría sí alguien había visto algo, todos dirían que no habían visto nada, y la clase continuaría entre murmullos y risitas ahogadas. En el recreo, el jefe de estudios reuniría a toda la banda de Eme en su despacho y allí les soltaría el mismo rollo de siempre, con el adjunto y la directora a su lado, callados, mirándolos con cara de funeral. Les diría que sabía que habían sido ellos, pero, como de costumbre, nadie podría probar nada. El imbécil de Julián, a esas alturas, ya estaría en su casa, o en el hospital. Tardaría un par de semanas en volver, y, para entonces, con un poco de suerte, a Eme ya se le habría pasado el cabreo. Un mal trago para todo el mundo; salvo para Eme, que se lo pasaba en grande con esa clase de cosas. Cuando terminaba de pegar a un tío, le hacía una foto y la añadía a la galería de imágenes de su móvil. Algunas, las más repugnantes, las colgaba en Internet. Un pirado, vamos. Pero era mejor estar con él que al otro lado. Porque, si no estabas con él, antes o después se fijaba en ti. Te miraba con esa sonrisita suya de enfermo, los ojos oscuros e inexpresivos como los de un pez. Y entonces comenzaba. Te daba una colleja, otra, la tercera un poco más fuerte. Insultaba a tu madre, amenazaba a tu novia. Te pedía, como si tal cosa, que le trajeses cincuenta euros. Y a la semana siguiente, otros cincuenta. Si no se los traías, te hacía limpiarle los zapatos delante de toda la clase durante el cambio de hora, o te rompía los libros, o te quitaba el teléfono y lo destrozaba.
Según Eme, eran los tipos. como Julián los que lo estropeaban todo. Iban pidiendo a gritos que alguien los pusiese en su sitio. Siempre con los ejercicios hechos, con el cuaderno impecable, con dos o tres bolis y un lápiz bien afilado en el estuche de loneta heredado de sus hermanos mayores, y hasta una goma de borrar. Levantando la mano en clase sin fijarse en las miradas que le echaban sus compañeros. Haciéndose el listo, pobre infeliz. Un tío que, si hubiera tenido que sobrevivir por su cuenta, no habría durado ni dos días. La selección natural se lo habría cargado... Pura biología. Y sin embargo, allí estaba, dándoselas de enteradillo, mientras todos, sus padres, los profesores, el sistema entero se esforzaban por protegerle y por sacarle las castañas del fuego. Eme decía que era una provocación en toda regla. Se ponía rojo al decirlo. Gallinas, decía. Débiles; todos apoyándose entre sí. Si las cosas fuesen como deberían ser, el sistema se desharía de esa gentuza y se pondría de parte de los que de verdad valen para algo. Eso decía Erre. Y Dan¡, en parte, le daba la razón. Si el sistema fuese de otra forma... Bueno, las cosas serían más fáciles para todos. Habría autoridad. A los que se pasasen, les pararían los pies. Los fuertes impondrían su ley, y todo el mundo sabría cuál era su lugar. Por la mañana, al despertarse, uno no tendría que romperse la cabeza pensando en lo que iba a hacer ese día, en si estaba o no del lado correcto, porque no habría más que un lado.
De repente, la sonrisa de Alba interrumpió el hilo de sus pensamientos. Estaba en pie delante de él, a diez metros de la verja del patio. Era la chica más guapa del instituto. Era preciosa; pero hasta ese día nunca le había dirigido la palabra.
-Los sueños se cumplen a veces,,,¿sabes? -le dijo ella, clavándole sus enormes ojos de color miel-. Supongo que debería darte la enhorabuena.
Se quedó aturdido, sin saber qué contestar. ¿A qué venía aquello de que los sueños se cumplen? No estaría insinuando que... No, ella nunca saldría con alguien de la banda de Eme. No era su rollo. Seguramente estaba siendo irónica. Le habrían llegado rumores de lo de Julián, y pretendía hacerle sentirse culpable con su sarcasmo. Tenia que ser eso... Sin embargo, él no se veía capaz de mostrarse sarcástico con ella.
-¿Te marchas? -acertó a balbucear al ver que ella pasaba a su lado y se encaminaba a la salida del aparcamiento sin mirar atrás-. ¿No vas a entrar en clase?
Alba no era de las que se fumaban las clases. Que él supiera, no lo había hecho nunca.
-Hoy no me encuentro bien -repuso-. Me voy a mi casa... Que tengas suerte.
Dan¡ la observó alejarse, perplejo. El trimestre anterior, se había pasado semanas buscando la forma de acercarse a Alba, imaginándose lo que le diría para cornvencerla de que quedase con él. Puras fantasías... Eme le habría echado de la banda si hubiese empezado a salir con una empollona como Alba. Siempre que alguien mencionaba su nombre, soltaba alguna obscenidad. Dan¡ se tenía que morder los labios para no protestar.
-Llegas tarde -dijo una voz rasposa a sus espaldas.
Dan¡ se giró en redondo, sobresaltado. Era Eme. ¿Por qué no estaba en el aparcamiento, con los demás? ¿Ya habrían terminado?
-Siento el retraso -tartamudeó, mirando con timidez al líder de la banda-. ¿Qué ha pasado con Julián?
-A estas horas, va camino del Centro de Internamiento. El director protestó un poco, pero al final cedió. Más le vale callarse, si no quiere terminar haciéndole compañía a ese «pringao» un día de estos.
Dan¡ se fijó entonces en la camisa negra que llevaba Eme, con una especie de insignia militar en el bolsillo. Su pantalón también era negro. Aquello parecía una especie de uniforme.
Eme siguió la dirección de su mirada.
-No te has puesto la insignia -gruñó en tono amenazador-. La próxima vez que aparezcas sin la insignia, te destrozo el hígado a patadas.
Una oleada de pánico erizó la piel de Dan¡ hasta la nuca. La insignia... ¿De qué demonios estaba hablando Eme? Estuvo a punto de preguntárselo, pero se contuvoa tiempo. El tipo estaba más agresivo todavía que de costumbre y, a juzgar por la sonrisa con que le observaba, no parecía que hubiese nada capaz de contenerlo.
-Además, llevas las botas sucias -prosiguió el líder, implacable-. Cuando se lo cuente al Mando, verás: dos días de calabozo como mínimo. Oye, ahora no intentes limpiártelos... Me apetece ver al Mando cabreado contigo.
Dan¡ se pasó una mano por la frente sudorosa y se fijó en sus botas. ¿De dónde habían salido? Esa mañana, al vestirse, se había puesto unas zapatillas de tenis, y no aquello... Con un escalofrío, su mirada fue ascendiendo por los pantalones negros hasta la camisa estrecha, del mismo color. Llevaba un uniforme exactamente igual al de Eme. Un uniforme que no había visto en su vida.
-Escucha, las juventudes tenemos que dar ejemplo, ¿entiendes? -dijo Eme en un tono estridente y engolado que jamás le había oído emplear hasta. entonces-. Ahora, somos el espejo en el que se mira toda la Nación. ¿Cómo quieres que esa panda de inútiles aprenda a respetarnos si llevamos las botas sucias y olvidamos en casa la insignia reglamentaria? «patria y Orden»: esa es nuestra divisa. Y aquí no se tolera la desobediencia.
Dan¡ inclinó la cabeza con humildad. Las palabras de Eme parecían sacadas de un real videojuego, pero no daba la impresión de que el joven estuviese bromeando. Por detrás de ellos pasaron un par de tipos de unos veintitantos años, cuidadosamente afeitados y con unos extraños correajes cruzados sobre sus camisas negras. Los saludaron con el brazo en alto antes de desaparecer tras la esquina del edificio.
-Vamos, tenemos trabajo -gruñó Eme, sacándose un papel todo arrugado del bolsillo del pantalón-. Están interrogando a la de Naturales en el gimnasio, pura pantomima, ya han decidido que la van a detener. Tú y yo la acompañaremos en el furgón hasta el Centro de Internamiento. El Mando ha ordenado que, al pasar por el patio, la empujemos varias veces, hasta que se caiga al suelo. Las patadas déjamelas a mí. Ya sabes, es para dar ejemplo. Me encanta el Nuevo Orden. «La hora de los Fuertes»... Ahora todos van a saber cuál es su sitio.
Mientras arrastraba los pies camino del gimnasio, procurando seguirle el ritmo al entusiasmado Eme, Dan¡ recordó como en un fogonazo las enigmáticas palabras de Alba. «Los sueños se cumplen a veces»... De modo que era a eso a lo que se refería. Justamente antes de encontrarse con ella, estaba pensando en todo lo que solía decir Eme sobre el sistema y lo que habría que hacer para cambiarlo. Por un momento, habla deseado que el sueño de Eme se hiciese realidad. Y había sucedido. No entendía cómo, pero había sucedido. Solo que ahora, al ver las caras de terror de sus compañeros mientras recorría los pasillos junto a Eme, al fijarse en las faldas largas de las chicas, en sus estiradas trenzas y en la tristeza de sus ojos, empezaba a pensar que el mundo soñado por Eme no era el suyo. «La hora de los Fuertes"... Pero ¿quiénes eran los Fuertes? ¿Eme y él? No estaba demasiado seguro.


A la puerta del gimnasio se había formado una pequeña cola. Un par de docenas de alumnos, junto con algunos profesores, esperaban su turno para ser interrogados. Al pasar junto a la fila, Eme, sin. dejar de mirar al frente, descargó una bofetada sobre el rostro de la joven profesora de Plástica, que se tambaleó por el golpe. Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas, pero de su boca no salió ni un solo quejido. Los dos individuos uniformados que estaban apostados a la entrada de las instalaciones deportivas prorrumpieron en carcajadas.
-¡La mascota de la división? -dijo uno de ellos, poniéndole la zancadilla a Eme cuando este llegó a su altura.
El matón se estampó contra el suelo, mientras los dos individuos vestidos de negro redoblaban sus risas. Sin embargo, ninguno de los de la fila se unió a su jolgorio. A Dan¡ ni siquiera le miraron... Eme se puso en pie lo más deprisa que pudo y, rojo como un tomate, atravesó a toda velocidad el umbral del gimnasio.
-Les gusta bromear -murmuró Eme, sonriendo forzadamente y sin dirigirse a nadie en particular-. Bromas entre hombres... Ya sabes, lo que se llama camaradería.
Dan¡ asintió en silencio. El rubor de Eme demostraba bien a las claras que no se creía sus propias palabras. El gesto de aquel supuesto «camarada» solo había tenido como objetivo humillarle, y lo había conseguido. Sin embargo, Eme no se le había encarado. Ni siquiera había murmurado una frase de protesta, como habría hecho, por ejemplo, Julián. Se había limitado a sonreír y a agachar la cabeza... Claro, aquello debía de formar parte del «Nuevo Orden». «La hora de los Fuertes»... El problema es que uno nunca es el más fuerte. Siempre hay alguien más fuerte que tú. Y ahora, con el Nuevo Orden, ya no estaban ahí las normas de convivencia del centro ni la Carta de Derechos de los Alumnos para protegerte. Ahora, el pez grande se comía al chico... Selección natural. Como solía decir Eme, «pura biología».
Al fondo del gimnasio, alguien había tendido una cortina sucia que separaba el área de interrogatorios del resto de la instalación. Cuando pasaron al otro lado de la cortina, Dan¡ sintió que iba a vomitar. Laura, la profesora de Naturales, estaba escupiendo sangre en un pañuelo de papel, con un ojo morado y un chichón en la frente que le deformaba espantosamente la cara. Una mujer uniformada de negro la sujetaba por el pelo, mientras otros dos miembros de las juventudes observaban a la mujer con aire divertido.
-No me encuentro bien -susurró Dan¡, y, empujando la cortina, atravesó a la carrera el gimnasio sin hacer caso de los gritos e insultos de su compañera. Al llegar a la salida, sintió que alguien le ponía la zancadilla y se cayó al suelo. El pánico que sentía le había embotado los reflejos, de modo que ni siquiera le dio tiempo a parar el golpe con las manos, y su nariz crujió al estrellarse contra el terrazo gris. El dolor era tan insoportable, que por un momento creyó que iba a perder el conocimiento.
-¿Qué haces aquí"? -oyó que le preguntaba una agradable voz femenina-. Ahora no tengo clase con vosotros... Además, todavía es pronto. ¿Cómo has entrado?
Dan¡ se sentó en el suelo y miró a su alrededor, desorientado. La puerta del gimnasio estaba abierta, pero en el interior no se veía ninguna cortina sucia que dividiese la habitación, y la fila de profesores y alumnos que esperaban su turno para ser interrogados había desaparecido. Junto a él, Blanca, la profesora de Educación Física, se había arrodillado en el suelo y lo observaba asustada.
-¿Dónde están los de las juventudes? -le preguntó el muchacho, aferrándose como un crío a la manga de su chaqueta-. ¿Y los demás? El interrogatorio...
Blanca lo miró con preocupación.
-Dan¡, aquí no hay nadie más que yo. Falta todavía un cuarto de hora para que suene el timbre... Creo que estás un poco confundido.
La expresión aterrada de Dan¡ se fue suavizando poco a poco. Durante unos instantes contempló los cordones de sus zapatillas deportivas con una ambigua sonrisa. La profesora tenía razón, allí no había nadie más; todo había sido una especie de pesadilla, o una alucinación. No había otra explicación posible. A menos que... Recordó, estremeciéndose, las palabras de Alba a la puerta del patio, y entonces tuvo la certeza de que lo que acababa de vivir no había sido únicamente un sueño. Quizá, por el contrario, había sido lo más real que le había ocurrido en la vida.
Blanca seguía mirándolo con inquietud.
-¿Has tropezado? -le preguntó-. Te sangra la nariz.., Eso tiene mal aspecto. ¿Puedes levantarte? Espera, voy a avisar a conserjería.
-No hace falta, estoy bien -le interrumpió Dan¡, poníéndose en pie de un salto-. Además, tengo un poco de prisa.
-¿Adónde vas? -le preguntó la profesora con suspicacia-. Oye, he oído rumores...
Se detuvo, indecisa, y Dan¡ percibió una sombra de miedo en su mirada.
Sí, todos sabían que él pertenecía a la banda de Eme. Y todos temían a Eme. Ahora sabía perfectamente cómo se sentían.
-Tengo que ir a hablar con el jefe de estudios -dijo con decisión-. Van a darle una paliza a Julián... Es decir, íbamos a dársela. Ahí fuera, en el aparcamiento de bicicletas.
La profesora caminó junto a él por el pasillo lateral que conectaba el gimnasio con el cuerpo principal del edificio. Aún era temprano, pero ya había algunos alumnos en el vestíbulo. Iban vestidos como cualquier otro día del curso, y no les prestaron ninguna atención cuando pasaron por su lado.
-¿Por qué has decidido dar este paso? -le preguntó Blanca, deteniéndose de improviso-. Todos sabemos cómo es .Eme; cuando sepa que le has denunciado, la tomará contigo. Hasta ahora, te consideraba su amigo...
-En realidad, no tenernos mucho en común -contestó Dan¡ encogiéndose de hombros-. Antes creía que sí, pero ahora lo veo de toda manera.
-¿Y cómo lo ves? -preguntó la profesora con curiosidad-. Quiero decir, ¿qué te ha hecho cambiar de opinión?
-Una especie de sueño; o de pesadilla, más bien. Algo que yo quería que pasara y que de pronto, no sé cómo, se cumplió... Pero entonces me di cuenta de que no era eso lo que de verdad quería.
Durante un rato, caminaron en silencio.
-Eme tiene mucha fuerza aquí, en el instituto -dijo por fin la profesora en voz baja-. Supongo que eres consciente de lo que estás haciendo...
-Eme es fuerte, pero no es el más fuerte -contestó Dan¡, tratando de dominar el temblor de sus piernas-. Siempre, seas quien seas, vas a encontrar a alguien más fuerte que tú, ¿no? Pero, no sé, la fuerza no lo es todo.
-Entonces, ¿no le tienes miedo a Eme?
Dan¡ se detuvo y miró a Blanca con una sonrisa que tenía algo de heroico.
-A lo único que le tengo miedo en este momento -murmuró- es a mi propio miedo.

miércoles, 22 de octubre de 2014

21 RELATOS CONTRA EL ACOSO ESCOLAR,

El acoso escolar, o “bulling” como se le conoce también, no es algo de nuestro tiempo, sino que es tan antiguo como la escolarización, aunque, en nuestros días, está alcanzando una virulencia especial puesto que todos recordamos algún caso de suicidio o alguna filmación en video que luego ha sido difundida en la red. En “21 relatos contra el acoso escolar”, con idea y dirección de Fernando Marías y Silvia Pérez, se nos ofrecen distintas formas de acoso escolar, desde las más simples hasta las más sofisticadas, como iremos viendo. El libro es imprescindible para los adultos, padres y educadores, porque nos da la visión descarnada, sin tapujos de lo que es el acoso escolar y que, a veces, pasa ante nosotros sin que nos demos cuenta e, incluso, lo confundimos con desmotivación, crecimiento, cambios de humor y una serie de elementos que nada tienen que ver con la sensación que siente el chico o chica que es acosado y que sufre, en silencio casi siempre, el horror de encontrarse día tras día con sus verdugos.

En el libro, 20 escritores y un ilustrador, Carlos Jiménez, nos dan su especial visión del acoso escolar. Cada uno siguiendo su estilo y su inspiración, pero todos unidos por la misma idea: denunciar a los que se amparan en el grupo o en la fuerza o en los defectos ajenos para torturar a chicos y chicas que no tienen ningún problema, sólo el no caer bien, el ser altos, bajos, gordos, flacos, rubios o demasiado morenos. Todo sirve para el acosador que goza con la mirada de miedo que siembra en el acosado.

Los autores que han formado parte de este proyecto son Ana Alcolea, Ana Alonso, Montserrat del Amo, Elía Barceló, Lola Beccaria, Martín Casariego, Ana Isabel Conejo, Carlo Frabetti, Espido Freire,  Alfredo Gómez Cerdá, Ricardo Gómez, César Mallorquí, Andreu Martín, Gustavo Martín Garzo, Gonzalo Moure, Elena O`Callaghan i Duch, Rosa Regàs, Care Santos, Marta Ribera de la Cruz, Jordi Sierra i Fabra y Lorenzo Silva. Como vemos se trata de un grupo de escritores de primera línea, algunos ya muy conocidos en el mundo de la literatura juvenil y otros que, por primera vez se dirigen al público más joven.

Los relatos son todos realistas y cada uno hace hincapié en un aspecto del acoso escolar. En cuanto a las formas expresivas, vamos desde la tercera persona, hasta la primera persona o la segunda, como “Chico Omega”, de César Mallorquí, pasando por el diario, el narrador observador, el omnisciente e, incluso, el testigo. Son relatos que nos hablan del presente de los personajes, pero también del pasado, porque no todos los protagonistas son chicos y chicas o niños y niñas, sino que los hay adultos que han sufrido de pequeños el acoso escolar y que han salido, al fin de ello. Estos reflexionan sobre ello y nos dan un ejemplo, en algunos casos lleno de esperanza, en otros más bien vengativo. “Un poco de simetría”, de Lorenzo Silva y “Marcar un gol”, de Care Santos van en esta línea, la del adulto que luego, de alguna manera, se venga del acosador. En cambio, el relato de Sierra i Fabra, “Memoria” contiene datos biográficos y nos habla del niño que fue él y de la fuerza de voluntad que tuvo que emplear para superar todos los miedos y los traumas que los demás querían sembrar en él.

No nos engañemos y pensemos que sólo los alumnos sufren el acoso escolar, también lo sufren los profesores y hay algún relato estremecedor que nos habla de una profesora asustada y maltratada por sus alumnos, como “Figura de carbón”, de Alfredo Gómez Cerdá. En otros casos, los profesores y el equipo directivo no acaban de entender el alcance del problema y no prestan oídos a las quejas de los padres, como sucede en “Martina”, de Ana Alcolea; a veces los padres son los propios acosadores, los que siembran esa violencia en sus hijos, quienes, pasan de víctimas en el hogar, a maltratadores en las aulas, como podemos ver en "Moraíto como un Lirio" de Gonzalo Moure. Es posible que algunos chicos no sepan entender muy bien qué alcance tienen sus malos tratos, como en "No lo Entiendo" de Ricardo Gómez, y los apliquen para tratar de sentirse ellos bien, ya que se saben vulnerables y solo con la violencia superan sus miedos, como en “Aprende”, de Espido Freire.

Algunos de estos relatos nos hablan de cómo el acosado acaba superando sus diferencias y plantando cara a los verdugos, de manera directa o con algunas estrategias. Muchas veces estos chicos que se creen los dueños del mundo no resisten que alguien les haga ver lo que son en realidad, unos pobres muchachos. Así lo leemos en “La diferencia”, de Lola Beccaria. Otras veces, el autor pone el acento en los chicos que llegan de otros países y que no siempre encuentran el apoyo necesario e, incluso, en chicos pobres que desentonan en su grupo y sufren acoso por ese motivo, como leemos en el relato de Montserrat del Amo, “En tierra de nadie” y en el de Marta Rivera de la Cruz, “¿Conocéis a Silvia?”.

Todos los relatos, insistimos, son de gran calidad literaria y cada uno de ellos aborda un aspecto importante del acoso escolar. A veces no nos damos cuenta pero fomentamos estas conductas y los escritores, que han observado y pensado mucho, así lo denuncian. Un mote, una colleja en apariencia inocente, un empujón al entrar al aula, risas cuando sales a la pizarra, anónimos, amenazas más o menos veladas... todo ello hace la vida imposible al chico o chica que es objeto de tanta presión y que, a menudo, como es débil no sabe qué hacer y lo que empieza siendo un aparente juego de niños acaba siendo un problema de violencia y brutalidad. A veces el ensañamiento llega a límites difíciles de creer y sofisticados, como es el uso del móvil, como leemos en “Las dos caras de la moneda”, de Elena O’ Callaghan.

“21 relatos contra el acoso escolar” presenta a personajes vivos, de carne y hueso que sufren y evolucionan, a veces para mal, como “Pelo paja”, de Rosa Regàs; a veces para bien como “Sueño Cumplido” de Ana Alonso, quien nos da una de las claves del problema, el propio miedo de la víctima hasta que se da cuenta y dice basta porque “A lo único que le tengo miedo en este momento –murmuró- es a mi propio miedo”.

Los rumores, las agresiones físicas, el vacío, las difamaciones, el no prestar ayuda, las zancandillas físicas y mentales, el mirar para otro lado cuando pasa algo... todo contribuye a que el problema del acoso escolar se enrede como en una madeja y no haya manera de solucionarlo.

El libro pretende, ni más ni menos, que luchar contra el acoso escolar y de nuestra reflexión y nuestra capacidad para entender los mensajes, depende que se solucione o, al menos, se ponga en evidencia. Como dice Fernando Marías en el breve prólogo: “Ventiún autores se enfrentan sin miedo, y de forma a veces muy poco complaciente, a las múltiples caras de este gravísimo problema que constituye hoy y ahora, en este mismo instante, una terrible forma de tortura para muchos escolares de nuestro país”.

No es, pues, un libro que toque temas de evasión, sino que su contenido es duro y honesto. Un libro importante en el panorama actual que deberían leer tanto los padres como los profesores y, por supuesto, los alumnos, ya que, descubrirían, tal vez con sorpresa, que ese mote que ellos han puesto, inofensivo, está causando un daño increíble. Y es que el acoso escolar tiene muchas caras, pero ninguna amable.

viernes, 22 de agosto de 2014

YO QUIERO ESCRIBIR

Como a un niño. Me tratan como se trata a un niño que acaba de quedarse sin su juguete favorito. Así lo ven ellos, supongo. Un capricho infantil, una tonteria de crío que se me pasará y se me olvidará,  que se borrará para siempre de mi vida sin dejar huella.

Qué poco entienden lo que es la escritura, la pasión por crear mundos, por poblarlos de personajes que vibran y se emocionan, como nosotros, para luego acompañarlos línea a línea a través de sus conflictos, de sus aventuras.

¿Es que no hay nada en sus vidas parecido a eso? ¿No hay nada que les apasione, que les haga tan felices como para olvidarse de sus ambiciones y sus egoísmos?

Son buenos chicos. Algunos son muy inteligentes, y todos tienen talento. Pero la imaginación la tienen muerta. Si no, me entenderían. Y sabrían por qué me siento como me siento

ANA ALONSO Y JAVIER PELEGRIN, ODIO EL ROSA (Historia de Dani)