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viernes, 18 de junio de 2021

SIDI

 

                Enviado por Manuel

No tenía patria ni rey, sólo un puñado de hombres fieles. No tenían hambre de gloria,  sólo hambre. Así nace un mito. Así se cuenta una leyenda.

Arturo Pérez-Reverte nos lleva al siglo XI para ofrecernos la aventura de un guerrero desterrado que viaja con una hueste que lo respeta y lo sigue; es una historia de exilio y frontera, de lucha por sobrevivir en un territorio hostil, indeciso y de fuerzas encontradas. El libro recoge más o menos el primer cantar, desde que es desterrado por el rey Alfonso VI hasta que,  trabajando como mercenario al servicio del rey mulsuman de Zaragoza, derrota al conde de Barcelona, Ramón Berenger.

 Reverte desmitifica al personaje, haciéndolo humano. Vemos al caballero que sufre la injusticia real y, en compañía de sus deudos, afronta una vida de penurias. Inteligente, perspicaz y bravo, tiene primero que solventar el presente. Permite el engaño a unos judíos avariciosos. Pelea con ejemplar denuedo. Y es tentado por la hermana del rey moro de Zaragoza, seducción que no figura en el Cantar.

Vemos las incursiones de moros y cristianos donde se saqueaba, robaba y asaltaba a los pocos que en ella vivían, donde se luchaba hasta la muerte por conquistar un territorio para algún señor por una soldada y un botín que poder repartir. Con Sidi y sus hombres, sentiremos el calor, la sed, la fatiga, el polvo, el peso, el dolor, el sudor, el sabor y el olor de la batallas.

lunes, 8 de marzo de 2021

NOSOTRAS Y VOSOTROS

 

Quiero empezar este prólogo diciendo que no creo en la literatura de mujeres. Es decir, no creo que sea una categoría objetivable, un territorio reconocible dentro del gran río de la literatura en general, al menos ahora y en las sociedades más o menos industrializadas. El mundo narrativo de un autor responde a todo lo que ese autor es; a sus sueños y sus miedos, a sus lecturas, su edad, su origen, su clase social, su lengua, sus circunstancias personales, incluso a su salud o su atractivo físico, porque sin duda la manera de contemplar la realidad de alguien sano, fuerte y hermoso debe de ser muy distinta (ni mejor ni peor para escribir y quizá hasta para vivir, pero distinta) de alguien con, pongamos, una cojera de nacimiento, o frágil y enfermizo, o físicamente muy anodino. También influye, claro, el hecho de ser hombre o mujer, pero ese rasgo está subsumido entre tal cantidad de circunstancias que no es claramente identificable. Además la feminidad y la masculinidad se están difuminando tanto, por fortuna (cada vez hay más maneras de ser nosotras, de ser ellos), que estoy convencida de que hoy en día son literariamente más rastreables los orígenes rurales o urbanos de un autor que el género sexual. En resumen, es de suponer que una escritora atrapada en el feroz sexismo del mundo talibán, por ejemplo, narrará de manera diferente a la de un varón; pero, salvo en esos extremos, las voces masculinas y femeninas son indistinguibles.

Ahora bien, es cierto que las mujeres escritoras estamos completando de algún modo la descripción del mundo. Por primera vez en la historia de la Humanidad hay tantas autoras como autores; por primera vez nuestra voz es tan pública como la de ellos (aunque seguimos estando relegadas en premios, antologías, número de críticas, valoración dentro del mandarinato cultural y demás, pero esa es otra historia). En el siglo XXI, el imaginario de hombres y mujeres es casi idéntico, pero hay unas pequeñas porciones de la realidad que sólo nosotras podemos describir y dar una forma. Tomemos, por ejemplo, la menstruación. Las mujeres sangramos durante una buena parte de nuestra existencia, a menudo con dolor; es un poderoso y turbador reloj biológico que está en el origen mismo de la vida, un rasgo animal y aparatoso que por lo general las sociedades han ocultado. Y, sin embargo, ¿puede una imaginar un símbolo más complejo y más potente de la carnalidad y la mortalidad? Si los hombres menstruaran, la literatura universal estaría llena de metáforas de la sangre. Pero no lo está, y ese vacío lo tenemos que llenar nosotras; somos las escritoras quienes debemos crear entre todas los mitos de esa sangre silenciada. Y una vez que los hayamos sacado de las profundas oscuridades del inconsciente colectivo y les hayamos dado forma, ya serán patrimonio de todos, de los hombres también, de la misma manera que yo, que detesto embarcarme y me mareo hasta en el vaporetto de Venecia, comprendo y atesoro todos los hermosos mitos del mar, gracias a los libros de Melville, Stevenson, Conrad y tantos otros. (Recuerdo ahora, por ejemplo, la bellísima novela Juegos Funerarios de Mary Renault, en la que Roxanne, a punto de heredar el imperio de Alejandro el Magno, lo pierde porque se pone a menstruar en la cabalgata triunfal, mostrando así su “debilidad femenina”).

Y lo mismo se puede decir de nuestra relación más íntima con el hecho de ser madre o no serlo, un lugar que se encuentra más allá de las palabras y que aún estamos nombrando. O de la manera en que vemos a los hombres. La literatura universal está llena de prototipos de mujeres creados por la visión masculina, unos modelos a menudo tan elocuentes y poderosos que hay mujeres que intentan parecerse más a esos estereotipos que a ellas mismas. Nada que objetar a los mitos femeninos creados por los varones: existen por lo menos en sus cabezas, y eso ya es vida suficiente. Lo que digo es que nosotras también estamos dando forma a los diversos modelos de hombres tal como los intuimos y sentimos.

Pido perdón por este largo introito, necesario para explicar mejor el por qué de Hombres (y algunas mujeres). Cuando Arturo Pérez-Reverte, Leandro Pérez y Miguel Munárriz, de Zenda, se pusieron en contacto para explicarme que en 2019 querían sacar un volumen con textos de escritoras hispanoamericanas en torno al 8 de marzo, y me propusieron que lo ideara, coordinara y editara, lo primero que pensé fue que me parecía de lo más cansino hacer el típico libro de mujeres hablando de mujeres. Vamos, que no le encontraba mucho sentido, la verdad, como es fácil deducir de lo que he escrito antes. Así que se me ocurrió que podríamos darle una vuelta de tuerca al tema y juntar un puñado de relatos que, en efecto, estén protagonizados o más bien inspirados por mujeres, pero que esas historias nos las cuente un narrador masculino. Un hombre que podría ser un mero testigo exterior que no participara en la acción, o un personaje secundario, o un antagonista, o el verdadero protagonista, pero, eso sí, influido o perseguido por el aliento final de una mujer.

Pensé que un punto de partida semejante era una buena excusa para intentar atrapar y dar forma a algunos de esos arquetipos masculinos que pululan por las resbaladizas fronteras de nuestro inconsciente. Y aún más: al ser ellos los narradores y hablar de mujeres, también podríamos indagar en sus propios arquetipos sobre nosotras, en cómo los vemos y nos vemos. Un juego de espejos vertiginoso. La ficción sirve, precisamente, para bucear en esas profundidades babélicas, para intentar poner orden y un relato comprensible en el caos de voces. Me pareció que un libro así podía jugar con el enigma de la identidad: cómo nos ven ellos, cómo los vemos nosotras, quiénes son, quiénes somos. Porque además, como decía el mexicano Sergio Pitol, el novelista (o el cuentista, en este caso) es un individuo que escucha voces, lo cual lo asemeja con un demente. ¿Y qué voces son esas? Pues las de individuos que no son como tú. Escribir ficción es hacer un viaje al otro, a los otros; y aprender cómo es la vida desde existencias distintas a la tuya. Quiero decir que yo he aprendido mucho más sobre cómo son los hombres con mis personajes masculinos que con mi convivencia real con los varones, porque en mi vida diaria siempre me relaciono con ellos desde fuera, desde mi ser mujer, mientras que al escribir un personaje masculino me meto dentro y soy él.

Esto se percibe perfectamente en todos los relatos reunidos en este libro: la sutileza, la convicción, la complejidad de la mirada de los narradores varones. Las once autoras de este libro son magníficas, por eso les pedí su colaboración (hay otras que no pudieron aceptar y otras más, también maravillosas, que no cupieron), y por eso todos sus hombres, incluso los más antipáticos (como el protagonista del afilado relato Las miniaturas de Laura Guerin, de Marta Sanz, que es veneno puro) son pluridimensionales, elocuentes, comprensibles en muchas de sus reflexiones y de sus actos. Tipos de carne y hueso, algunos tan tiernos y conmovedores como el protagonista de corazón blanco de Elvira Sastre en Lola, o tan perdidos y prohijables como el de Claudia Piñeiro en su genial Lady Trópico. También anda algo perdido el narrador del delicioso El cuarto dedo, de Espido Freire, y por la misma razón que el de Claudia: madres con secretos. Ah, la relación de los hijos varones con sus madres… Sin duda ese fascinante apartado puede dar lugar a varios arquetipos masculinos. En este volumen hay otro relato más de un hijo con su madre, el delicado e inquietante Huevos fritos con patatas, de Nuria Barrios. Vanessa Montfort nos ofrece un turbio cuento, El coprotagonista, que es una inversión algo perversa del mito de Pigmalión, y Nuria Labari describe en su original Una de los nuestros la complicidad de los varones con las mujeres mimetizadas con ellos. Karla Suárez, con sus Jardines de piedra, y Elia Barceló, con Chapado a la antigua, usan poderosos registros fantásticos para hablar de realidades muy reconocibles. En sus cuentos, como en los brillantes textos de Clara Usón, Un hombre comprensivo, y de Lara Moreno, Diana, asistimos a esa discrepancia, a esos abismos de malentendidos que a menudo separan a los hombres de las mujeres y que terminan emponzoñando nuestro deseo de amar.

Son, en resumen, once cuentos extraordinarios que han superado con creces mis expectativas (aunque esperaba mucho).

Rosa Montero, Hombres (y algunas mujeres)

viernes, 9 de noviembre de 2018

SABOTAJE



Mayo de 1937. La Guerra Civil sigue su sangriento curso en España, pero también lejos de los campos de batalla se combate entre las sombras.

Una doble misión lleva a Lorenzo Falcó hasta París: por una parte, desacreditar  a Leo Bayard, intelectual comunista francés partidario de la República, que reclutó y financió una escuadrilla de voluntarios y mercenarios; por otra, intentar, de cualquier forma posible, que el Guernica que está pintando Pablo Picasso no llegue nunca a la Exposición Universal donde la República pretende conseguir apoyo internacional.

Aunque ya se adivinan en Europa los vientos de la nueva guerra que asolará el continente, la música alegre sigue sonando, y el arte, los negocios, la vida frívola ocupan todavía a intelectuales, refugiados y activistas. Acostumbrado al peligro y a las situaciones límite, Falcó debe enfrentarse esta vez a un mundo en el que la lucha de ideas pretende imponerse sobre la acción. Un mundo que a él le es ajeno, y al que aplicará sus propios métodos.

Arturo Pérez-Reverte completa con esta novela la trilogía protagonizada por Falcó. En esta entrega destaca especialmente la ambientación, ese París de los años anteriores a la II Guerra Mundial, ese París bohemio y nocturno. La trama en algunos aspectos es previsible, pues nuestro agente secreto favorito (James Bond, aparte) ha de llevar a cabo la tarea encomendada, aunque esa solución para una de los casos no me lo esperaba. Se van a introducir personajes históricos para dar una mayor verosimilitud al relato: Picasso, al que encontramos pintando el Guernica (comparto la opinión de Falcó sobre el pintor), la actriz Marlene Dietrich (memorable ese beso), o el almirante Canaris, el jefe del Abwehr, la inteligencia militar alemana. Además, el personaje de Bayard se basa en André Malraux, o el periodista GateWood que nos recuerda a Ernest Hemingway.

Echamos de menos a Eva, aunque su recuerdo se hace presente. Para sustituirla tenemos la modelo y fotógrafa británica Eddie Mayo, la amante de Bayard; ésta tiene cierto toque andrógino y agradecerá (sólo con palabras) a Falcó que no intente cortejarla o seducirla como otros hombres. Hay otras mujeres a lo largo de la novela, pero la que nos interesa de verdad es Eddie.

martes, 7 de agosto de 2018

EVA


Marzo de 1937.

Mientras la Guerra Civil sigue su trágico curso, una nueva misión lleva a Lorenzo Falcó hasta Tánger, turbulenta encrucijada de espías, tráficos ilícitos y conspiraciones, con el encargo de conseguir que el capitán de un barco cargado con 30 toneladas de oro del Banco de España cambie de bandera o, en su defecto, asaltar el barco, eliminando a los agentes que vigilan el oro,  o hundir el barco para que la carga no llegue a su destino.

En el transcurso de la misión, Falcó se reencuentra con Eva Neretva, la espía soviética que conocimos en el anterior volumen de la serie, y ambos tendrán que dirimir los fantasmas de su   pasado y pagar viejas deudas.

Pero, por encima de ellos, el enfrentamiento entre dos marinos, que se respetan por ser fieles a sus convicciones (y eso que uno de ellos sabe que lo tiene todo perdido, que apenas tiene posibilidades de salir con bien): Fernando Quirós Galán, capitán del mercante republicano Mount Castle, responsable de su carga y su tripulación, y, Antonio Navia, capitán del destructor franquista Martín Álvarez, desengañado de sus superiores

El comienzo de esta novela de Arturo Pérez-Reverte es trepidante, frenético: en las primeras páginas, vemos como a nuestro protagonista le persiguen en Lisboa, mata a uno de sus perseguidores y deja fuera de combate al otro antes de irse a cenar y acostarse con una vedette. Ritmo vertiginoso, que se mantendrá, y la trama de la novela no ha comenzado todavía.

                Ya conocimos a los dos protagonistas en Falcó, la anterior novela de esta serie. Por un lado, Lorenzo Falcó, el hijo díscolo y renegado de una adinerada familia jerezana que posee bodegas. Le gusta caminar por el lado salvaje de la vida. Es amoral, no cree en causas, descreído y de vuelta de todo. Lo único que le mueve es su pasión por la acción, por sobrevivir y las mujeres. Frente a él, Eva, la única mujer que parece importar a Falcó y la única capaz de engañarle (nos recuerda a la Irene Adler, de Sherlock Holmes, actualizada): joven, inteligente, guapa, fiel a sus ideas hasta la muerte.

                Vale la pena, y, si no lo habéis hecho ya, leed la primera de la serie.

jueves, 24 de agosto de 2017

EL CUADRO DE LAS LANZAS


Puso el papel sobre la mesa y miró el cuadro. Estaba destinado a decorar el salón de reinos y era enorme, colocado sobre un bastidor especial sujeto a la pared, con una escalera para trabajar en su parte superior.
-Al final os hice caso -añadió, pensativo-. Lanzas en vez de banderas.
Yo mismo le había contado los detalles en largas conversaciones sostenidas durante los últimos meses, después que don Francisco de Quevedo le aconsejara documentar con mi concurso los pormenores de la escena. Para realizarla, Diego Velázquez había decidido prescindir de la furia de los combates, el choque de los aceros y otra materia de rigor en escenas comunes de batallas, procurando la serenidad y la grandeza. Quería, me dijo más de una vez, lograr una situación que fuese al tiempo magnánima y arrogante, y también pintada a la manera que él solía: con la realidad no como era, sino como la mostraba; expresando las cosas que decía conforme a la verdad, mas sin concluirlas, de modo que todo lo demás, el contexto y el espíritu sugeridos por la escena, fuesen trabajo del espectador.
-¿Qué os parece? -me preguntó con suavidad.
Conocía yo de sobra que mi criterio artístico, poco de fiar en un soldado de veinticuatro años, se le daba una higa. Era otra cosa lo que demandaba, y lo entendí por la forma en que me observó casi con recelo, un poco a hurtadillas, a medida que mis ojos recorrían el cuadro.
-Fue así y no fue así -dije.
Arrepentíme de aquellas palabras apenas salieron de mis labios, pues temí incomodarlo. Pero se limitó a sonreir un poco.
-Bueno -dijo-. Ya sé que no hay ningún cerro de esa altura cerca de Breda, y que la perspectiva del fondo es un tanto forzada -dio unos pasos y se quedó mirando el cuadro con los brazos en jarras-. Pero la escena resulta, y es lo que importa.
-No me refería a eso -apunté.
-Sé a qué os referís.
Fue hasta la mano con que el holandés justino de Nassau tiende la llave a nuestro general Spínola -la llave todavía no era más que un esbozo y una mancha de color- y la frotó un poco con el pulgar. Después dio un paso atrás sin dejar de mirar el lienzo; observaba el lugar situado entre dos cabezas, bajo el caño horizontal del arcabuz que el soldado sin barba ni bigote sostiene al hombro: allí donde se insinúa, medio oculto tras los oficiales, el perfil aguileño del capitán Alatriste.
-Al fin y al cabo -dijo por fin- siempre se recordará así... Me refiero a después, cuando vos y yo y todos ellos estemos muertos.
Yo miraba los rostros de los maestres y capitanes del primer término, algunos faltos todavía de los últimos retoques. Lo de menos era que, salvo Justino de Nassau, el príncipe de Neoburgo, don Carlos Coloma y los marqueses de Espinar y de Leganés, amén del propio Spínola, el resto de las cabezas situadas en la escena principal no correspondiese a los personajes reales; que Velázquez retratara a su amigo el pintor Alonso Cano en el arcabucero holandés de la izquierda, y que hubiera utilizado unas facciones muy parecidas a las suyas propias para el oficial con botas altas que mira al espectador, a la derecha. O que el gesto caballeresco del pobre don Ambrosio Spínola -había muerto de pena y de vergüenza cuatro años antes, en Italia- fuese idéntico al que tuvo aquella mañana, pero el del general holandés quedara ejecutado por el artista atribuyéndole más humildad y sometimiento que los mostrados por el Nassau cuando rindió la ciudad en el cuartel de Balanzón... A lo que me refería era a que en esa composición serena, en aquel faltaría más, don Justino, no se incline vuestra merced, y en la contenida actitud de unos y otros oficiales, se ocultaba algo que yo había visto bien de cerca atrás, entre las lanzas: el orgullo insolente de los vencedores, y el despecho y el odio en los ojos de los vencidos; la saña con que nos habíamos acuchillado unos a otros, y aún íbamos a seguir haciéndolo, sin que bastasen las tumbas de que estaba lleno el paisaje del fondo, entre la bruma gris de los incendios. En cuanto a quiénes figuraban en primer término del cuadro y quiénes no, lo cierto era que nosotros, la fiel y sufrida infantería, los tercios viejos que habían hecho el trabajo sucio en las minas y en las caponeras, dando encamisadas en la oscuridad, rompiendo con fuego y hachazos el dique de Sevenberge, peleando en el molino Ruyter y junto al fuerte de Terheyden, con nuestros remiendos y nuestras armas gastadas, nuestras pústulas, nuestras enfermedades y nuestra miseria, no éramos sino la carne de cañón, el eterno decorado sobre el que la otra España, la oficial de los encajes y las reverencias, tomaba posesión de las llaves de Breda -al fin, como temíamos, ni siquiera se nos permitió saquear la ciudad- y posaba para la posteridad permitiéndose toda aquella pamplina: el lujo de mostrar espíritu magnánimo, oh, por favor, no se incline, don Justino. Estamos entre caballeros y en Flandes todavía no se ha puesto el sol.
-Será un gran cuadro –dije
Era sincero. Sería un gran cuadro y el mundo, tal vez, recordase a nuestra infeliz España embellecida a través de ese lienzo donde no era difícil intuir el soplo de la inmortalidad, salido de la paleta del más grande pintor que los tiempos vieron nunca. Pero la realidad, mis verdaderos recuerdos, estaban en el segundo plano de la escena; allí donde sin poder remediarlo se me iba la mirada, más allá de la composición central que me importaba un gentil carajo: en la vieja bandera ajedrezada de azul y blanco, tenida al hombro por un portaenseña de pelo hirsuto y mostacho, que bien podía ser el alférez Chacón, a quien vi morir intentando salvar ese mismo lienzo en la ladera del reducto de Terheyden. En los arcabuceros -Rivas, Llop y los otros que no volvieron a España ni a ningún otro sitio- vueltos de espaldas a la escena principal, o en el bosque de lanzas disciplinadas, anónimas en la pintura, a las que yo podía sin embargo, una por una, poner nombres de camaradas vivos y muertos que las habían paseado por Europa, sosteniéndolas con el sudor y con la sangre, para hacer muy cumplida verdad aquello de:

Y siempre a punto de guerra
combatieron, siempre grandes,
en Alemania y en Flandes,
en Francia y en Inglaterra.
Y se posternó la tierra
estremecida a su paso;
y simples soldados rasos,
en portentosa campaña,
llevaron el sol de España
desde el Oriente al Ocaso.

A ellos, españoles de lenguas y tierras diferentes entre sí, pero solidarios en la ambición, la soberbia y el sufrimiento, y no a los figurones retratados en primer término del lienzo, era a quien el holandés entregaba su maldita llave. A aquella tropa sin nombre ni rostro, que el pintor dejaba sólo entrever en la falda de una colina que nunca existió; donde a las diez de la mañana del día 5 de junio del año veinticinco del siglo, reinando en España nuestro rey don Felipe Cuarto, yo presencié la rendición de Breda junto al capitán Alatriste, Sebastián Copons, Curro Garrote y los demás supervivientes de su diezmada escuadra. Y nueve años después, en Madrid, de pie ante el cuadro pintado por Diego Velázquez, me parecía de nuevo escuchar el tambor mientras veía moverse despacio, entre los fuertes y trincheras humeantes en la distancia, frente a Breda, los viejos escuadrones impasibles, las picas y las banderas de la que fue última y mejor infantería del mundo: españoles odiados, crueles, arrogantes, sólo disciplinados bajo el fuego, que todo lo sufrían en cualquier asalto, pero no sufrían que les hablaran alto.

Arturo Pérez Reverte, El Sol de Breda

martes, 2 de mayo de 2017

MADRID, 2 DE MAYO DE 1808


—¡Ahí están!… ¡Vienen delante los moros!

Cuando la vanguardia de jinetes desemboca de San Jerónimo en la puerta del Sol, entre el hospital e iglesia del Buen Suceso y el convento de la Victoria, el primer movimiento de la multitud desarmada es dispersarse por las calles próximas, esquivando los caballos lanzados al galope y los alfanjes de los mamelucos, que hacen molinetes sobre sus cabezas tocadas con turbantes y descargan tajos contra la gente que corre indefensa. Empujado entre la desbandada general, el presbítero de Fuencarral don Ignacio Pérez Hernández intenta refugiarse en un portal. Allí ayuda a un anciano que ha caído al suelo y se expone a ser pisoteado, cuando por todas partes surgen voces de cólera, incitando a no retroceder y plantar cara.

—¡A ellos, rediós!… ¡A por esos moros gabachos! ¡Que no pasen! ¡Que no pasen!

A su alrededor, espantado, el presbítero escucha el clac, clac, clac, de innumerables navajas que se abren. Cachicuernas albaceteñas de siete muelles, con hojas de entre uno y dos palmos de longitud, que los hombres sacan de las fajas, de los bolsillos, de bajo los capotes y las chaquetas, y con ellas en las manos se lanzan ciegos, gritando encolerizados, al encuentro de los jinetes que avanzan.

—¡Viva España y viva el rey!… ¡A ellos!… ¡A ellos!

El choque es brutal, de un salvajismo nunca visto. Tan ebrios de ira que algunos ni se preocupan por su seguridad personal, los madrileños se meten entre las patas de los caballos, se agarran a las bridas y se cuelgan de las sillas, apuñalando a los mamelucos en las piernas, en el vientre, destripando a los caballos que caen patas al aire coceando sus propias entrañas.

—¡A ellos!… ¡Que no quede moro vivo!

Continúan llegando mamelucos a brida suelta. Tropiezan los caballos con los cuerpos caídos y siguen adelante a saltos y trompicones, dando corvetas con hombres agarrados a ellos en racimos testarudos y feroces que intentan derribar a los jinetes sin precaverse de los sablazos, mientras de todos los rincones de la plaza acuden corriendo paisanos enloquecidos con navajas en las manos, con escopetas de caza y trabucos que descargan a bocajarro en la cara de los caballos y en el pecho de sus jinetes. No hay mameluco que caiga o ruede por tierra sin ocho o diez puñaladas, y a medida que acuden más jinetes, y los uniformes verdes y cascos relucientes de los dragones franceses se mezclan con la ropa multicolor de los mercenarios egipcios, la matanza se extiende al centro de la plaza, con la gente disparando carabinas y escopetas desde los balcones, tirando tejas, botellas, ladrillos y hasta muebles. Algunas mujeres arremeten desde los portales con tijeras de coser o cuchillos de cocina, muchos vecinos arrojan armas a quienes pelean abajo, y los más osados, desorbitados los ojos por el ansia de matar, aullando de furia, saltan a la grupa de los caballos y, agarrados a sus jinetes, los acuchillan y degüellan, matan, mueren, se desploman abiertos a sablazos, caen de rodillas bajo los caballos o se revuelcan por el suelo con los enemigos agonizantes, envueltos en sangre de todos, clavando navajas entre los gritos de unos y otros, los relinchos de las bestias desventradas, las coces de sus patas en el aire.

Arturo Pérez Reverte, Un Día de Cólera

jueves, 19 de enero de 2017

FALCÓ

La Europa turbulenta de los años treinta y cuarenta del siglo XX es el escenario de las andanzas de Lorenzo Falcó, ex contrabandista de armas, espía sin escrúpulos, agente de los servicios de inteligencia. Durante el otoño de 1936, mientras la frontera entre amigos y enemigos se reduce a una línea imprecisa y peligrosa, Falcó recibe el encargo de infiltrarse en una difícil misión que podría cambiar el curso de la historia de España. Un hombre y dos mujeres -los hermanos Montero y Eva Rengel- serán sus compañeros de aventura y tal vez sus víctimas. Su misión, introducirse en la zona roja, preparar desde Cartagena el asalto a la cárcel de Alicante y liberar a un ilustre prisionero, José Antonio Primo de Rivera.

                La última novela de Arturo Pérez-Reverte es ágil, con una prosa sencilla, sin adornos, dando prioridad a la acción sobre la reflexión, siguiendo las pautas de la novela clásica de aventuras o la de espías, lo que hace que algún momento la trama sea previsible (recordad, que por historia, sabemos el final), pero no nos importa, queremos saber lo que va a ocurrir a continuación y cómo se va a torcer la misión (¿hay un traidor? ¿quién es? ¿quién no quiere que se lleve a cabo la operación? ¿por qué?).

                Falcó, en cierta manera, nos recuerda a Alatriste, pues sobrevive aceptando encargos en la España de los años 30 e intenta mantener sus reglas a toda costa (este trabajo sería insoportable si no hubiera en él ciertas retorcidas reglas. Quizá no sean reglas convencionales, ni siquiera dignas, pero son las nuestras. Aunque la principal de todas sea, precisamente, la aparente ausencia de reglas), pero también  es un personaje que se acerca a esos detectives de los puips o de la novela negra clásica estadounidense por su amoralidad (el único comentario de Falcó al plantearle lo del golpe militar había sido: «¿Estamos a favor o en contra?»).  

                Os dejo con la entrevista con la entrevista que le hicieron a Arturo Pérez-Reverte en el programa Página Dos de TVE2

lunes, 12 de diciembre de 2016

EL PRISIONERO DE ZENDA

Hay novelas que contienen un doble misterio. Uno de esos misterios es el de la historia que su autor cuenta en ellas: un peculiar atractivo que, gracias al talento y al oficio de quien las escribe, puede mantener a un lector —incluso a millones de lectores— atrapado entre sus páginas, viviendo las peripecias que allí se narran, olvidado por completo del mundo real. Aunque hay un segundo misterio más sutil cuyo secreto nadie ha podido desentrañar aún, pero que es causa del torrente de luz que deslumbra la historia misma, la independiza de su tiempo, de sus lectores e incluso del propio escritor, y pasa a convertirla en algo especial. A integrarla en el muy selecto club de los libros que nunca envejecen.

El Prisionero de Zenda es una de esas novelas privilegiadas. Surgió en 1894 de la pluma del escritor inglés Anthony Hope, y enseguida se convirtió en indiscutible bestseller. Sus ingredientes eran —y lo siguen siendo— infalibles: amores imposibles, héroes galantes, villanos inteligentes, princesas hermosas, coronas en peligro, fieles servidores… Todo ello, situado en el corazón de la Europa elegante de finales del siglo XIX: ese territorio mítico donde se cruzaban viajeros dandis realizando el Grand Tour, condesas misteriosas que tomaban las aguas en balnearios enclavados en mágicas montañas, investigadores privados tras la huella del mal en ciudades envueltas en niebla, infieles esposas fugitivas con jóvenes apuestos en el Orient Express, ladrones de guante blanco al acecho de las perlas de adineradas jovencitas que paseaban por Niza o leían a mister Barnabooth en la terraza de un hotel de Sorrento… Un mundo que ya sólo es posible en la imaginación, en las bibliotecas y en la memoria.

Aventuras, amor, espadachines. Fórmula imbatible cuando la guían la oportunidad y el talento. El Prisionero de Zenda nació tocada por los dioses, y abriéndose paso entre grandes del género se convirtió en una de las novelas más leídas, erigiéndose además como pionera en la creación de historias ambientadas en países imaginarios. No busquemos Ruritania en guías de turismo, porque no existe en los mapas del mundo conocido; pero las aventuras ruritánicas suscitaron una moda que tuvo su continuidad en una segunda parte a la que Hope tituló Ruperto de Hentzau. Con ellas, el éxito literario se trocó en fenómeno social y el cine se encargó del resto. Distintas adaptaciones cinematográficas, desde el cine mudo al tecnicolor, perpetuaron estas aventuras en el tiempo, convirtiendo en leyenda a sus protagonistas, y el castillo de Zenda, con permiso del castillo de If de El conde de Montecristo, en uno de los más famosos de la literatura.

Leí por primera vez El Prisionero de Zenda a finales de los años cincuenta, en una edición popular de aventuras —aquellas leidísimas novelas de quiosco, en ediciones baratas de gran tirada, quizá la de Editorial Molino— que encontré casualmente en la biblioteca de una de mis abuelas. Desde el primer momento me fascinaron la aventura y sus ingredientes, los personajes, el ambiente, los códigos de lealtad, la atractiva figura del malvado Ruperto de Hentzau, el amor imposible del valeroso Rudolf Rassendyll por la princesa Flavia. Al día siguiente ya estaba jugando con mis amigos a duelos a vida o muerte junto al imaginario foso del castillo de Zenda, espada en mano, o me sentía galopar por los bosques ruritanos para salvar a mi primo el rey, cautivo del siniestro Miguel El Negro. Vinieron pronto las películas, pocos años después: primero la versión protagonizada por Ronald Colman, con Douglas Fairbanks Jr. como magnífico Ruperto de Hentzau (1937), y luego la de Stewart Granger (1952), en la que el peligroso, elegante, malvado y sonriente espadachín Hentzau era encarnado por James Mason. No fue hasta muchos años más tarde cuando conocí, gracias al DVD, la versión muda en blanco y negro (1922), con Lewis Stone como protagonista y, en el papel de Hentzau, a un extraordinario Ramón Novarro. Y cada vez, cada película, cada recuerdo, me llevó de nuevo a la novela, que volví a releer y disfrutar enriquecida en mi imaginación y mi memoria.

Hay jovencitos que no deberían hacerse mayores sin haber leído El Prisionero de Zenda, y adultos que dejan de serlo, mágicamente, cuando vuelven a sus páginas. Eso suele ocurrir. Todos los que alguna vez, o varias, hemos paseado por ellas, cargamos con el sello de Ruritania en nuestro pasaporte y un pétalo de rosa entre las hojas de un libro, junto a una nota garabateada con tinta azul: «Fui rey, no lo soy. Soy el que fui y no soy. Pero siempre he sido aquel a quien amó y ama Flavia».

Arturo Pérez Reverte

viernes, 4 de noviembre de 2016

ODIANDO A PÉREZ-REVERTE


Resulta cuando menos llamativo el odio que en determinados grupos de personas desata el escritor Arturo Pérez-Reverte; a saber: feministas, escritores sin apenas lectores y eruditos de la palabra o la pluma. Seguro que hay algún otro grupúsculo más minoritario entre la lista de odiadores del novelista cartagenero, pero ahora no quiero acordarme. Es prácticamente imposible abrir una red social y que entre las noticias principales no haya una polémica en la que se ha metido o -y es lo más frecuente- han metido a don Arturo.

La última de las trifulcas no la he encontrado uno en los muros de Facebook y Twitter de poetas autoeditados o escritores imprescindibles de los culturales, ni siquiera en blogs de educadas señoritas llamados En mi coño mando yo, Mi raja es mía o algo así, sino en las páginas de El País. Arremetía contra el autor de El tango de la guardia vieja un hombre también polémico y rayano en la estulticia, de nombre -de este sí quiero acordarme- Francisco Rico. Académico de relumbrón, quijotesco, estirado y cínico como sólo sabe hacer un hombre de su talla intelectual, llamaba a Pérez-Reverte productor de best sellers, negándole no ya cierta calidad como narrador, sino la categoría de escritor a secas. Al parecer el señor Rico -que fue un personaje de la estupenda novela Hombres Buenos, del propio Reverte, y de varias de su amigo Javier Marías- respondía a las palabras de una reyerta gramatical creada por el propio Reverte en las páginas de XL Semanal, donde daba duro a los académicos políticamente correctos que prefieren no tocar ni hablar más del desdoblamiento de género que tantas páginas de vesania está dando a España. Es decir, don Arturo y algunos más prefieren el sentido común (los españoles) frente a la conquista de las palabras por sectores feministas radicales y políticos oportunistas (los ciudadanos y ciudadanas de España).

Aunque coincida con Reverte en esta materia, es cierto que llamar a alguien a estas alturas talibancita de la pepitilla no ayude a calmar las aguas, por muy fanático y pesado que sea el lobby de igualdad de género en cuestión. Pero escribo esto no para echar más leña al fuego del supuesto machismo, la insolente chulería y lo mediocre literariamente que es don Arturo, sino para todo lo contrario. Soy lector desde que era muy pequeño, precisamente por las mismas razones que lo es el protagonista de tantos altercados: porque nací en una casa con una biblioteca muy grande. Cuando se ha nacido entre algodones librescos uno suele tener mucha afinidad y ciertos códigos cuasi masónicos con la gente que ha corrido la misma suerte. No sé, una hermandad en el escepticismo desde la cuna, el saber que los libros son y serán la más grata compañía en un mundo hostil e incomprensible. El cerebro ha debido de cambiar de tal manera cuando uno ha jugado al fútbol con porterías en los pasillos hechas de volúmenes de las obras completas de Pio Baroja -libros que a los dieciséis años pasaron a la mesilla de noche- que es inevitable no reconocer a uno de los tuyos, aunque sea de lejos. Que se haya o no pasado uno al bando de los narradores es una cuestión sin importancia, porque el verdadero escritor es un lector, un contumaz devorador de libros que un día se dio cuenta de que tenía algo digno que contar y de que creía tener idea de cómo hacerlo.

He leído la obra completa de Pérez-Reverte, sé de lo que hablo cuando hablo de él y de su literatura. Algo que no puede decir casi nadie de los que alegremente se pasa el día odiándolo de una manera cuasi profesional. Desde el primer libro de Alatriste hasta Hombres Buenos, he disfrutado y aprendido con sus novelas lo que probablemente no sepa decir aquí. Reverte no quiere epatar, no quiere deslumbrar, quiere entretener, como él se ha encargado de decir muchas veces, hacer que lo pasemos bien y nos olvidemos del mundo. ¿Es que acaso hay algo poco noble en ello? ¿Es que no justifica una carrera literaria un planteamiento así? Son muy loables otros caminos: sea la perfección de la prosa, la búsqueda de un estilo barroco, deslumbrar con la sintaxis o el best seller puro y duro, pero no quita que lo que él hace sea un producto no sólo bueno, sino excelente. Porque no nos engañemos, como ya dijera Juan Benet, en literatura sólo se trata de una cosa desde el principio de los tiempos: tener algo que decir y cómo hacerlo, porque todo lo que nos rodea es un enigma. Y Reverte de enigmas, de aventuras y de viajes sabe, y lo demuestra con cada nueva obra. Tiene una imaginación poderosa, y eso ya es mucho en un escritor. También ha vivido intensamente -como Conrad, que antes de ser escritor fue marino y otros muchos-, sobre todo en la guerra, ahí donde un hombre y una mujer demuestran lo que son sin ambages, y ha leído más. Ello -su vasta cultura y experiencia- lo vuelca en las páginas, algo que tal vez sólo sepa ver ese lector perspicaz del que hablase Umberto Eco: el que ve la historia -planteamiento, nudo y desenlace- y el que ve mucho más lejos, con complicidad, codazos y algún guiño de ojos, emparejando su cultura con la del escritor en cuestión.

Pero más extraño aún es ver a este escritor tan exitoso siempre en el punto de mira de las mujeres; de las mujeres feministas que, claro está, no lo han leído. No sólo leyendo La Reina del Sur o El francotirador paciente, sino cualquiera de sus novelas, se verá que todas están llenas de protagonistas femeninos: mujeres aventureras y valientes, heroínas, inquietas y luchadoras, viejeras, espías, artistas, etcétera. La mujer (la mujer inteligente) es el centro de las novelas revertianas, me atrevería a decir.

Sé que -aunque yo escriba otras cosas y me mueva en otro estilo diferente al suyo- estoy entre esos afortunados que hemos comprendido y querido a Reverte. Da pena y cansa verlo envuelto en tanta escaramuza estéril. Pero qué importa, esperamos Falcó y esperaremos lo que venga mientras los enemigos y las enemigas disertan sobre neocostumbrismo, igualdad de género y estilo sublime, ése del que por supuesto suelen carecer.

Rafael García Maldonado, El Mundo 19/10/2016

miércoles, 18 de noviembre de 2015

LA GUERRA CIVIL CONTADA A LOS JÓVENES

Enviado por Sergio:

Todas las guerras son malas, pero la guerra civil es la peor de todas, pues enfrenta al amigo con el amigo, al vecino con el vecino, al hermano contra el hermano. Hace casi ochenta años, entre 1936 y 1939, en tiempos de nuestros abuelos y bisabuelos, una espantosa guerra civil tuvo lugar en España. Causó miles de muertos, destruyó hogares, arruinó el país y llevó a mucha gente al exilio. Para evitar que tan desoladora tragedia vuelva a repetirse nunca, es conveniente recordar cómo ocurrió. Así, de aquella desgracia podrán extraerse conclusiones útiles sobre la paz y la convivencia que jamás se deben perder. Lecciones terribles que nunca debemos olvidar.

La Guerra Civil Contada a los Jóvenes es un ambicioso trabajo que surge por iniciativa de la editorial Alfaguara con la intención de acercar a los jóvenes lectores la historia de la Guerra Civil Española explicándola de forma concisa, objetiva y rigurosa, sin clichés partidarios ni etiquetas simples. Durante meses, Arturo Pérez-Reverte y Fernando Vicente han trabajado mano a mano para dar lugar a este único y excepcional libro que ahora se presenta –con los dibujos originales– en formato exposición. Se trata de un relato cronológico de la Guerra Civil que se estructura en treinta breves capítulos (en los que Pérez-Reverte da una lección de síntesis y depuración).

Reverte confiesa que la idea para este trabajo le vino a la cabeza cuando: "Leí en un libro de
texto la siguiente descripción de la muerte de Antonio Machado: “Poeta español, académico de la lengua, al cabo de un tiempo se fue a Francia, donde murió. Y con Lorca me pasó algo parecido.Entonces me dí cuenta de que había un afán de hiperprotección a los jóvenes sobre este tema, que los estaba dejando huérfanos de memoria y por tanto los hacía fácilmente manipulables".

El libro no pretende sustituir a los manuales de historia -asegura Reverte- sino que quiere ser una primera toma de contacto que incite a los jóvenes a interesarse por el tema. Que ofrezca una visión objetiva, limpia y sin clichés, para que ellos después puedan ampliar ese territorio consultando otros libros. He tratado de contar la Guerra Civil de forma escueta y objetiva, sin opiniones. Y para ello he buscado en historiadores españoles y extranjeros los elementos coincidentes".

Hasta el día 8 de diciembre, podemos ver en el Museo ABC treinta y dos dibujos originales que Fernando Vicente ha realizado para este libro. El ilustrador madrileño, inspirado en carteles de la época, penetra en el alma del personaje retratado o en la situación recreada. Sus ilustraciones son una suma de realismo más sentimientos y psicología. La generosidad en los detalles está siempre presente en su trabajo que realiza en acrílico sobre papel. El uso del ordenador sólo esta permitido, en algunas ocasiones, en la fase final. El propio ilustrador indica que "lo que he pretendido es huir de las películas a color y de las fotos coloreadas para retratar la Guerra Civil en blanco y negro, como yo siempre la he imaginado. Uso muchos colores en las ilustraciones pero todas remiten a esos colores grises o sepias que yo creo que son fundamentales para situarnos en la época. Sin colorines añadidos que no me gustan nada".


martes, 29 de septiembre de 2015

GÉNESIS DE UNA NOVELA

Los descubrí al fondo de la biblioteca, sin buscarlos: veintiocho volúmenes en cuerpo grande, encuadernados en piel de color castaño claro desvaída por el tiempo, maltratada por dos siglos y medio de uso. No sabía que estaban allí —buscaba otra cosa y había estado curioseando en los estantes—, y me sorprendió leer en su lomo: Encyclopédie, ou dictionnaire raisonné. Se trataba de la primera edición. La que empezó a salir de la imprenta en 1751 y cuyo último volumen vio la luz en 1772. Yo conocía la obra, por supuesto. Al menos, razonablemente. Hasta había estado a punto de comprársela a mi amigo el librero anticuario Luis Bardón cinco años atrás, quien me la ofreció en caso de que otro cliente que la tenía apalabrada se echara atrás. Para mi desgracia —o fortuna, porque era muy cara—, el cliente había cumplido. Era Pedro J. Ramírez, entonces director del diario El Mundo. Una noche, cenando en su casa, la vi orgullosamente expuesta en su biblioteca. El propietario conocía mi episodio con Bardón y bromeamos sobre ello. «Más suerte la próxima vez», me dijo. Pero no hubo una próxima vez. Es una obra rara en el mercado del libro antiguo. Muy difícil de conseguir completa.
El caso es que allí estaba esa mañana, en la biblioteca de la Real Academia Española —ocupo el sillón de la letra T desde hace doce años—, parado frente a la obra que compendiaba la mayor aventura intelectual del siglo XVIII: el triunfo de la razón y el progreso sobre las fuerzas oscuras del mundo entonces conocido. Una exposición sistemática en 72.000 artículos, 16.500 páginas y 17 millones de palabras que contenía las ideas más revolucionarias de su tiempo, que llegó a ser condenada por la Iglesia católica y cuyos autores y editores se vieron amenazados con la prisión y la muerte. Me pregunté cómo esa obra, que durante tanto tiempo había estado en el Índice de libros prohibidos, había llegado hasta allí. Cuándo y de qué manera. Los rayos de sol, que al penetrar por las ventanas de la biblioteca formaban grandes rectángulos luminosos en el suelo, creaban una atmósfera casi velazqueña en la que relucían los añejos lomos dorados de los veintiocho volúmenes en sus estantes. Alargué las manos, cogí uno de ellos y lo abrí por la portadilla interior:

Encyclopédie,
ou
dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers,
par une société de gens de lettres.
Tome premier
MDCCLI
Avec approbation et privilege du roy

Las dos últimas líneas me suscitaron una sonrisa esquinada. Cuarenta y dos años después de aquel MDCCLI, en 1793, el nieto del roy que había concedido su aprobación y privilegio para la impresión de ese primer volumen era guillotinado en una plaza pública de París, precisamente en nombre de las ideas que, desde aquella misma Encyclopédie, habían incendiado Francia y buena parte del mundo. La vida tiene esas bromas, concluí. Su propio sentido del humor.
Hojeé algunas páginas al azar. El papel, inmaculadamente blanco pese a su edad, sonaba como si estuviera recién impreso. Buen y noble papel de hilo, pensé, resistente al tiempo y a la estupidez de los hombres, tan distinto a la ácida celulosa del papel moderno, que en pocos años amarillea las páginas y las hace quebradizas y caducas. Acerqué la nariz, aspirando con placer. Hasta su olor era fresco. Cerré el volumen, lo devolví al estante y salí de la biblioteca. Tenía otras cosas de que ocuparme, pero el recuerdo de aquellos veintiocho volúmenes situados en un rincón discreto del viejo edificio de la calle Felipe IV de Madrid, entre otros miles de libros, no se me iba de la cabeza. Lo comenté más tarde con Víctor García de la Concha, el director honorario, con quien me encontré en los percheros del vestíbulo. Éste me había abordado con motivo de otro asunto —quería pedirme un texto sobre el habla de germanías de Quevedo para no sé qué obra en curso—, pero llevé la conversación a lo que en ese momento me interesaba. García de la Concha acababa de escribir una historia de la Real Academia Española y debía de tener las cosas frescas.
—¿Cuándo consiguió la Academia la Encyclopédie?
Pareció sorprendido por la pregunta. Luego me cogió del brazo con esa exquisita delicadeza suya que, durante su mandato, lo mismo abortaba cismas de academias hermanas en Hispanoamérica —disuadir a los mejicanos cuando pretendieron hacer su propio Diccionario fue encaje de bolillos—, que convencía a una fundación bancaria para financiar siete volúmenes de Obras completas de Cervantes con motivo del cuarto centenario del Quijote. Quizá por eso lo habíamos reelegido varias veces, hasta que se le pasó la edad.
—No estoy muy al corriente —dijo mientras caminábamos por el pasillo hacia su despacho—. Sé que lleva aquí desde finales del siglo dieciocho.
—¿Quién puede orientarme?
—¿Para qué te interesa, si no es mostrarme indiscreto?
—Todavía no lo sé.
—¿Una novela?
—Es pronto para decir eso.
Clavó en mi pupila su pupila azul, un punto suspicaz. A veces, para inquietar un poco a mis colegas de la Academia, hablo de una novelita que en realidad no tengo intención de escribir, pero en la que amenazo con meterlos a todos. El título es Limpia, mata y da esplendor: una historia de crímenes con el fantasma de Cervantes, que vagaría por nuestro edificio haciéndose visible sólo a los conserjes. La idea es que los académicos vayan siendo asesinados uno tras otro, empezando por el profesor Francisco Rico, nuestro más conspicuo cervantista. Ése moriría el primero, ahorcado con el cordón de una cortina de la sala de pastas.
—No estarás hablando de esa polémica novela de crímenes, ¿verdad? La de...
—No. Tranquilo.
García de la Concha, que a menudo es un caballero, se guardó de suspirar aliviado. Pero se le notaba el alivio.
—Me gustó mucho la última tuya. El bailarín murciano. Fue algo, no sé...
Ése era el director honorario. Siempre buen muchacho. Dejó el final de la frase en el aire, dándome una generosa oportunidad para encoger los hombros con la adecuada modestia.
—Mundano.
—¿Perdón?
—Se llamaba El bailarín mundano.
—Ah, sí. Claro. Ésa... Hasta el presidente del gobierno salió el verano pasado en el Hola con un ejemplar encima de la hamaca, en Zahara de los Atunes.
—Sería de su mujer —objeté—. Ése no ha leído un libro en su vida.
—Por Dios... —García de la Concha sonreía evasivo, escandalizado sólo hasta el punto conveniente—. Por Dios.
—¿Alguna vez lo has visto en un acto cultural?... ¿En un estreno teatral? ¿En la ópera? ¿Viendo una película?
—Por Dios.
Eso último lo repitió ya en su despacho, mientras nos acomodábamos en unos sillones. El sol seguía entrando por las ventanas, y pensé que era uno de esos días en que las historias por contar se apoderan de ti y ya no te sueltan. Quizá, me dije, aquella conversación estaba hipotecando mis próximos dos años de vida. A esta edad hay más historias por escribir que tiempo para ocuparse de ellas. Elegir una implica dejar morir otras. Por eso es necesario escoger con cuidado. Equivocarse lo justo.
—¿No sabes nada más? —pregunté.
Encogió los hombros mientras jugueteaba con la plegadera de marfil que suele tener sobre la mesa, en cuyo mango están grabados el mismo escudo y lema que figuran esmaltados en las medallas que usamos en los actos solemnes. Desde su fundación en 1713, la Real Academia Española es una casa de tradiciones, y eso incluye usar corbata en el edificio, tratarnos de usted en momentos oficiales, y cosas así. La costumbre absurda de que no hubiera mujeres se rompió hace tiempo. Cada vez hay más de ellas sentadas en los plenos de los jueves. El mundo ha cambiado, y nuestra institución también. Ahora es una factoría lingüística de primer orden, de la que los académicos no somos sino el consejo rector. La vieja imagen de un club masculino de eruditos abuelos apolillados no es hoy más que un cliché rancio.
—Creo recordar que don Gregorio Salvador, nuestro académico decano, me habló de ello alguna vez —dijo García de la Concha tras pensarlo un poco—. Un viaje a Francia, o algo así... Para traer esos libros.
—Qué raro —no me salían las cuentas—. Si fue a finales del dieciocho, como dijiste antes, la Encyclopédie estaba prohibida en España. Y aún lo estuvo durante cierto tiempo.
García de la Concha se había inclinado hasta apoyar los codos en la mesa y me observaba por encima de los dedos entrelazados. Como de costumbre, sus ojos transmitían una exhortación entusiasta a la acción ajena, siempre que no le complicara a él la vida.
—Quizá Sánchez Ron, el bibliotecario, pueda ayudarte —sugirió—. Él maneja los archivos, y allí están las actas de todos los plenos, desde la fundación. Si hubo viaje para traer los libros, habrá constancia.
—Si se hizo de forma clandestina, lo dudo.
El adjetivo lo hizo sonreír.
—No creas —opuso—. La Academia siempre mantuvo una independencia real respecto al poder, y eso que le tocó vivir varios tiempos difíciles. Acuérdate de Fernando VII, o de los intentos del dictador Primo de Rivera por controlarla... O de cuando, tras la guerra civil, Franco ordenó cubrir las plazas de académicos republicanos que estaban en el exilio, la Academia se negó a ello, y los sillones se mantuvieron sin ocupar hasta que los propietarios exiliados murieron o regresaron a España.
Reflexioné sobre las implicaciones del asunto, en su momento. Las posibles y complejas circunstancias. Aquélla, decía mi instinto, era una buena historia.
—Sería un bonito episodio, ¿verdad? —comenté—. Que esos libros hubieran llegado aquí en secreto.
—No sé. Nunca me ocupé de eso. Si tanto te interesa el asunto, vete a ver al bibliotecario y prueba suerte con él... También puedes acudir a don Gregorio Salvador.
Lo hice. A esas horas tenía picada la curiosidad. Empecé por Darío Villanueva, el director. Que, como gallego en ejercicio que es, me hizo treinta preguntas y no respondió a ninguna de las mías. También él se interesó por la novela de los crímenes, y cuando le dije que en ella moría el profesor Rico me pidió ser el asesino. Igual le daba cuerda de cortina que cuerda de guitarra.
—No puedo prometerte nada —respondí—. Hay cola para lo de Paco: todos quieren serlo.
Me miró persuasivo, con una mano en mi hombro.
—Haz lo que puedas, anda. Me hace ilusión. Te prometo devolver las tildes a los demostrativos pronominales.
Después fui a ver a José Manuel Sánchez Ron, el bibliotecario: un tipo alto, delgado, con el pelo cano y una mirada inteligente que proyecta sobre el mundo con fría lucidez. Fuimos elegidos académicos casi al mismo tiempo, y somos muy amigos. Él cubre la parte Científica de la Academia —es catedrático de historia de la Ciencia— y en esas fechas todavía se ocupaba de nuestra biblioteca. Eso incluía responsabilidad sobre joyas como una primera edición del Quijote, valiosos manuscritos de Lope o de Quevedo, y cosas así que tenemos abajo, en una caja fuerte del sótano.
—La Encyclopédie llegó a finales del siglo dieciocho —me confirmó—. Eso es seguro. Y, desde luego, estaba prohibida tanto en Francia como en España. Allí sólo nominalmente, y aquí de forma absoluta.
—Me interesa saber quién la trajo. Cómo pasó los filtros de la época... Cómo lograron meterla en nuestra biblioteca.
Lo pensó un instante balanceándose en el sillón, medio oculto al otro lado de las pilas de libros que cubrían su mesa de trabajo.
—Supongo que, como todas las decisiones de la Academia, se aprobó en un pleno —dijo al fin—. No creo que algo de tanta trascendencia se hiciera sin el acuerdo de todos los académicos... Así que debe de haber un acta que recoja eso.
Me erguí como un perro de caza que olfatea en el aire un buen rastro.
—¿Podemos buscar en los archivos?
—Claro. Pero las actas no están digitalizadas del todo. Se conservan los originales, tal cual. En papel.
—Si localizamos esas actas, podremos situar el momento. Y las circunstancias.
—¿Por qué te interesa tanto? ¿Otra novela?... ¿Histórica esta vez?
—De momento es curiosidad.
—Pues me pongo a ello. Hablo con la encargada del archivo y te cuento... Y oye, por cierto. ¿Qué es eso de Paco Rico?... ¿Cuentas conmigo para ser el asesino?
Me despedí de él y regresé a la biblioteca. A su añejo olor a papel y cuero antiguos. Los rectángulos de sol de las ventanas habían cambiado de lugar, estrechándose hasta casi desaparecer, y los veintiocho volúmenes de la Encyclopédie estaban ahora en penumbra, en sus estantes. El antiguo dorado de las letras de los lomos ya no relucía cuando pasé los dedos por ellos, acariciando la vieja y ajada piel. Entonces, de pronto, supe la historia que deseaba contar. Ocurrió con naturalidad, como a veces suceden estas cosas. Pude verla nítida, estructurada en mi cabeza con planteamiento, nudo y desenlace: una serie de escenas, casillas vacías que estaban por llenar. Había una novela en marcha, y su trama me aguardaba en los rincones de aquella biblioteca. Esa misma tarde, al regresar a casa, empecé a imaginar. A escribir.

Arturo Pérez Reverte, Hombres Buenos

lunes, 27 de julio de 2015

¡¡¡ESA ORTOGRAFÍA!!!

A lo largo de este año he ido recibiendo diversas imágenes, fotografías o comentarios sobre ortografía; algunas no tienen desperdicio; otras, la verdad, dan miedo. Veamos algunas de ellas:



Alguien, imitando a Bécquer, hizo el siguiente comentario:

En algún oscuro orfanato ortográfico, lloran de miedo, soledad y frío todas esas tildes y comas olvidadas e ignoradas.





 Todo esto me trae a la memoria un artículo que escribió Pérez Reverte hace unos cuantos años:

 LIMPIA, FIJA Y DA ESPLENDOR

Acabo de recibir un e-mail de Pepe Perona, el maestro de Gramática, reproduciendo otro que le ha enviado no sabe quién. Desconocemos el nombre del autor original, así que, en esta versión postmoderna del manuscrito encontrado, me limito a seguir el juego iniciado por mano genial y anónima. El maravilloso texto se refiere a una supuesta reforma ortográfica que va a aplicar la Real Academia, a fin de hacer más asequible el español como lengua universal de los hispanohablantes y de las soberanías soberanistas. Y lo reproduzco con escasas modificaciones.

Según el plan de los señores académicos -expertos en lanzada a moro muerto-, la reforma se llevará a cabo empezando por la supresión de las diferencias entre c, q y k. Komo komienzo, todo sonido parecido al de la k será asumido por esta letra. En adelante se eskribirá kasa, keso, Kijote. También se simplifikará el sonido de la c y la z para igualarnos a nuestros hermanos hispanoamerikanos: "El sapato ke kalsa Sesilia es asul", y desapareserá la doble c, reemplasándola la x: "Mi koche tuvo un axidente". Grasias a esta modifikasión los españoles no tendrán ventajas ortográfikas frente a los hermanos hispanoparlantes por su extraña pronunsiasión de siertas letras.

Se funde la b kon la v, ya ke no existe diferensia entre el sonido de la b larga y la v chikita. Por lo kual desapareserá la v y beremos kómo obbiamente basta kon la b para ke bibamos felises y kontentos. Lo mismo pasará kon la elle y la ye. Todo se eskribirá kon y: "Yébame de biaje a Sebiya, donde la yubia es una marabiya". Esta integrasión probokará agradesimiento general de kienes hablan kasteyano, desde Balensia hasta Bolibia.

La hache, kuya presensia es fantasma en nuestra lengua, kedará suprimida por kompleto: así, ablaremos de abichuelas o alkool. Se akabarán esas komplikadas y umiyantes distinsiones entre echo y hecho, y no tendremos ke rompernos la kabesa pensando kómo se eskribe sanaoria. Así ya no abrá ke desperdisiar más oras de estudio en semejante kuestión ke nos tenía artos.

Para mayor konsistensia, todo sonido de erre se eskribirá kon doble r: "El rrufián de Rroberto me rregaló una rradio". Asimismo, para ebitar otros problemas ortográfikos, se fusionan la g y la j para ke así jitano se eskriba komo jirafa y jeranio komo jefe. Aora todo ba kon jota de kojer. Por ejemplo: "El jeneral korrijió los korreajes". No ay duda de ke estas sensiyas modifikasiones aran ke ablemos y eskribamos todos kon jenial rregularidad y más rrápido rritmo. Orrible kalamidad del kasteyano, jeneralmente, son las tildes o asentos. Esta sankadiya kotidiana desaparese kon la rreforma: aremos komo el ingles, ke a triunfado unibersalmente sin tildes. Kedaran eyas kanseladas en el akto, y abran de ser el sentido komun y la intelijensia kayejera los ke digan a ke se rrefiere kada bokablo: "Oserba komo komo la paeya".

Las konsonantes st, ps, bs o pt juntas kedaran komo simples t o s, kon el fin de aproximarnos a la pronunsiasion ispanoamerikana y para mejorar ete etado konfuso de la lengua. Tambien seran proibidas siertas asurdas konsonantes finales ke inkomodan y poko ayudan al siudadano: "¿Ke ora da tu rrelo?", "As un ueko en la pare" y "Erneto jetiona lo aorro de Aguti". Por supueto, entre eyas se suprimiran las eses de los plurales: "La mujere y lo ombre tienen la mima atitude y fakultade inteletuale". Yegamo trite e inebitablemente a la eliminasion de la d del partisipio pasado y kanselasion de lo artikulo, impueta por el uso: "E bebio te erbio y kon eso me abio". Kabibajo asetaremo eta kotumbre bulgar, ya ke el pueblo yano manda, kedando suprimia esa de interbokalika ke la jente no pronunsia. Adema, y konsiderando ke el latin no tenia artikulo y nosotro no debemo imbentar kosa ke Birjilio, Tasito y lo otro autore latino rrechasaban, kateyano karesera de artikulo.

Sera poko enrredao en prinsipio, y ablaremo komo fubolita yugolabo en ikatola, pero depue todo etranjero beran ke tarea de aprender nuebo idioma rresultan ma fasile. Profesore terminaran benerando akademiko de la lengua epañola ke an desidio aser rreforma klabe para ke nasione ipanoablante gosemo berdaderamente del idioma de Serbante y Kebedo.

Eso si: nunka asetaremo ke potensia etranjera token kabeyo de letra eñe. Ata ai podiamo yega. Eñe rrepresenta balore ma elebado de tradision ipanika y primero kaeremo mueto ante ke asetar bejasione a simbolo ke a sio y e korason bibifikante de lengua epañola unibersa.

miércoles, 7 de enero de 2015

ALATRISTE

No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente. Se llamaba Diego Alatriste y Tenorio, y había luchado como soldado de los tercios  viejos en las guerras de Flandes. Cuando lo conocí malvivía en Madrid, alquilándose por cuatro maravedís en trabajos de poco lustre, a menudo en calidad de espadachín por cuenta de otros que no tenían la destreza o los arrestos para solventar sus propias querellas. Ya saben: un marido cornudo por aquí, un pleito o una herencia dudosa por allá, deudas de juego pagadas a medias y algunos etcéteras más. Ahora es fácil criticar eso; pero en aquellos tiempos la capital de las Españas era un lugar donde la vida había que buscársela a salto de mata, en una esquina, entre el brillo de dos aceros. En todo esto Diego Alatriste se desempeñaba con holgura. Tenía mucha destreza a la hora de tirar de espada, y manejaba mejor, con el disimulo de la zurda, esa daga estrecha y larga llamada por algunos vizcaína, con que los reñidores profesionales se ayudaban a menudo. Una de cal y otra de vizcaína, solía decirse. El adversario estaba ocupado largando y parando estocadas con fina esgrima, y de pronto le venía por abajo, a las tripas, una cuchillada corta como un relámpago que no daba tiempo ni a pedir confesión. Sí. Ya he dicho a vuestras mercedes que eran años duros.

El capitán Alatriste, por lo tanto, vivía de su espada. Hasta donde yo alcanzo, lo de capitán era más un apodo que un grado efectivo. El mote venía de antiguo: cuando, desempeñándose de soldado en las guerras del rey, tuvo que cruzar una noche con otros veintinueve compañeros y un capitán de verdad cierto río helado, imagínense, viva España y todo eso, con la espada entre los dientes y en camisa para confundirse con la nieve, a fin de sorprender a un destacamento holandés. Que era el enemigo de entonces porque pretendían proclamarse independientes, y si te he visto no me acuerdo. El caso es que al final lo fueron, pero entre tanto los fastidiamos bien. Volviendo al capitán, la idea era sostenerse allí, en la orilla de un río, o un dique, o lo que diablos fuera, hasta que al alba las tropas del rey nuestro señor lanzasen un ataque para reunirse con ellos. Total: que los herejes fueron debidamente acuchillados sin darles tiempo a decir esta boca es mía. Estaban durmiendo como marmotas, y en ésas salieron del agua los nuestros con ganas de calentarse y se quitaron el frío enviando herejes al infierno, o a donde vayan los malditos luteranos. Lo malo es que luego vino el alba, y se adentró la mañana, y el otro ataque español no se produjo. Cosas, contaron después, de celos entre maestres de campo y generales. Lo cierto es que los treinta y uno se quedaron allí abandonados a su suerte, entre reniegos, por vidas de y votos a tal, rodeados de holandeses dispuestos a vengar el degüello de sus camaradas. Más perdidos que la Armada Invencible del buen rey don Felipe el Segundo. Fue un día largo y muy duro. Y para que se hagan idea vuestras mercedes, sólo dos españoles consiguieron regresar a la otra orilla cuando llegó la noche. Diego Alatriste era uno de ellos, y como durante toda la jornada había mandado la tropa —al capitán de verdad lo dejaron listo de papeles en la primera escaramuza, con dos palmos de acero saliéndole por la espalda—, se le quedó el mote, aunque no llegara a disfrutar ese empleo. Capitán por un día, de una tropa sentenciada a muerte que se fue al carajo vendiendo cara su piel, uno tras otro, con el río a la espalda y blasfemando en buen castellano. Cosas de la guerra de Flandes. Cosas de España.

En fin. Mi padre fue el otro soldado español que regresó aquella noche. Se llamaba Lope Balboa, era guipuzcoano y también era un hombre valiente. Dicen que Diego Alatriste y él fueron muy buenos amigos, casi como hermanos; y debe de ser cierto porque después, cuando a mi padre lo mataron de un tiro de arcabuz en un baluarte de Jülich —por eso Diego Velázquez no llegó a sacarlo más tarde en el cuadro de la toma de Breda como a su amigo y tocayo Alatriste, que sí está allí, tras el caballo—, le juró ocuparse de mí cuando fuera mozo. Ésa es la razón de que, a punto de cumplir los trece años, mi madre metiera una camisa, unos calzones, un rosario y un mendrugo de pan en un hatillo, y me mandara a vivir con el capitán, aprovechando el viaje de un primo suyo que venía a Madrid. Así fue como entré a servir, entre criado y paje, al amigo de mi padre.

Una confidencia: dudo mucho que, de haberlo conocido bien, la autora de mis días me hubiera enviado tan alegremente a su servicio. 

Arturo Pérez Reverte, EL CAPITÁN ALATRISTE

Os dejo con dos vídeos: el primero, el trailer de la película protagonizada por Vigo "Aragorn" Mortensen; el segundo, el de la serie que se inicia esta noche en Telecinco: