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viernes, 1 de febrero de 2019

LOS FANTASMAS DE BÉCQUER



Las Rimas de Bécquer que conocemos no son las originales. El primer manuscrito se perdió durante la revolución de 1868. ¿Qué precio tendría hoy si se descubriera? ¿Habría alguien dispuesto a matar por él? ¿Creía Bécquer en el espiritismo, o su mundo de espectros y nieblas se limitaba a sus Leyendas?

Mariano Urresti nos ofrece una trepidante aventura en la que se entremezclan vivos y muertos, y comenzará cuando alguien descubra que los poemas perdidos cayeron, por azar, en manos de uno de los oficiales de las SS que acompañó a Heinrich Himmler durante su viaje a Madrid, en octubre de 1940.

Desalmados coleccionistas de libros, mercaderes de arte, asesinos a sueldo y Miguel Capellán –un periodista sin escrúpulos–, buscarán el original de las Rimas en un viaje que nos conducirá a través del tiempo, desde el Desembarco de Normandía hasta nuestros días.

Mont Saint-Michel, Sevilla, Madrid y Toledo, serán los escenarios donde todos ellos juegan sus cartas apostando, en ocasiones, la vida en el empeño.

Pasiones, asesinatos y amargas historias de amor de vivos y muertos para descubrir si el retrato bohemio de Bécquer responde a su verdadero rostro.

                Retomando un personaje de una novela anterior, el periodista amoral Miguel Capellán de La Tumba de Verne, Mariano Urresti nos ofrece una nueva trama donde vuelve a rendir homenaje a uno de los escritores que nos acompañaron en nuestra juventud (como hizo en Las Violetas del Círculo Sherlock o Agatha Escribía con Sangre); en este caso, se trata de Bécquer, cuya figura y obra poética planean por toda la obra.

                Varias historias se entrecruzan: Ivan, quien convoca un concurso de cartas de amor y desamor, al que se presenta Lucía, una estudiante de periodismo, que es admiradora de Miguel Capellán y una de sus antepasadas fue amante del poeta en Toledo; Miguel, nuestro periodista y escritor de best-sellers de éxito sin imaginación, al buscar información sobre Bécquer y su relación con el espiritismo, se entrevista con Gallardo, un especialista que quiere destruir el estereotipo del poeta romántico; Bastian, el oficial de las SS, que se hizo con el cuaderno original de las Rimas y desertará cuando el desembarco de Normandía; Julie, la anciana francesa, que viaja a Sevilla para desvelar a Miguel un secreto; el matrimonio de la jet-set que se está divorciando, y cada uno de ellos quiere apoderarse del manuscrito por diversos motivos…

viernes, 24 de agosto de 2018

LA ÚLTIMA BRUJA DE TRASMOZ


Enviado por Iván:

La última de una estirpe de brujas legendarias. Un monasterio oscuro y apartado. Un libro satánico oculto. Una serie de misteriosas muertes. Una calavera de cristal que permite hablar con los muertos. Dos personas que no repararán en nada por hacerse con la calavera. Una historia de amor que nace en el lugar más inesperado. Y, en el centro de todo ello, un descendiente de Gustavo Adolfo Bécquer que comprobará que los terrores que describió el autor siguen muy, muy vivos. Esto es los que nos ofrece en esta novela César Fernández García.

El primer capítulo se desarrolla en el invierno de 1870, cuando Bécquer vuelve al monasterio de Veruela, y en uno de sus paseos, aterrorizado, entra en un cementerio, donde encuentra una extraña calavera de cristal y sufrirá unas terroríficas alucinaciones.

Emilio, al igual que su antecesor, abandona su trabajo y se irá a un retirado monasterio para escribir una novela. Por las noches le atormentan unos enigmáticos sueños y pronto se da cuenta de la relación de éstos con Gorgona, la última de una estirpe de brujas legendarias, sobre las que escribió Bécquer. Desde su llegada asistirá a sucesos extraños. Y tampoco estará solo. Una joven llamada Beatriz le acompañará en su intento por acercarse al mundo de Gorgona y a su calavera.

Novela que retoma una de las leyendas que Bécquer narró en Cartas desde mi Celda, concretamente en la sexta, séptima y octava carta. El relato abunda en referencias biográficas de Bécquer e incluye pasajes de su obra (por ejemplo, las citas con las que se abre cada capítulo).

La novela combina la acción, promovida por la intriga y la búsqueda, junto con reflexiones argumentativas. El ritmo es bueno y logra que el lector se interese por la historia que nos cuentan. La ambientación esta lograda; es más para ello va a utilizar varias de las características propias del Romanticismo:

·         Evasión del mundo que los rodea: Bécquer y Emilio abandonan sus trabajos, retirándose a un monasterio propio de la Edad Media, buscando un lugar para escribir apartado, ajeno al mundo.
·                 Las tormentas, el cierzo, la niebla, es decir, una naturaleza acorde al desasosiego que manifiesta el alma  del protagonista.
·         Lo nocturno y misterioso: la noche, las ruinas, los bosques, los monasterios de la comarca del Moncayo sugieren lo fantasmagórico, lo sobrenatural. A ello hay que añadir el libro, las calaveras y la bruja.
·               Se inspira en temas históricos y legendarios, que recogió primero Bécquer.
·              El amor, pero con misterio y pasión, como el que le ofrece Beatriz.

PREMIO LA GALERA JÓVENES LECTORES 2009

domingo, 8 de julio de 2018

EL CASTILLO DE TRASMOZ



El héroe de nuestra relación, que como ya habrán sospechado ustedes, y si no lo han sospechado, lo verán claro más adelante, debía ser un magicazo de tomo y lomo, no satisfecho con haber trepado á la eminencia, se encaramó en la punta de la más elevada roca, y desde aquel aéreo asiento comenzó á pasear la vista á su alrededor, con la misma firmeza que el águila, cuyo nido pende de un peñasco al borde del abismo, contempla sin temor el fondo.
Después que se hubo reposado un instante de las fatigas del camino, sacó de las alforjillas un estuche de forma particular y extraña, un librote muy carcomido y viejo, y un cabo de velaverde, corto y a medio consumir. Frotó con sus dedos descarnados y huesosos en uno de los extremos del estuche que parecía de metal, y era á modo de linterna, y á medida que frotaba, veíase como una lumbre sin claridad, azulada, medrosa e inquieta, hasta que por último brotó una llama y se hizo luz: con aquella luz encendió el cabo de vela verde, a cuyo escaso resplandor, y no sin haberse calado antes unas disformes antiparras redondas, comenzó a hojear el libro que para mayor comodidad había puesto delante de sí sobre una de las peñas. Según que el nigromante iba pasando las hojas de libro llenas de caracteres árabes, caldeos y siriacos trazados con tinta azul, negra, roja y violada, y de figuras y signos misteriosos, murmuraba entre dientes frases ininteligibles, y parando de cierto en cierto tiempo la lectura, repetía un estribillo singular con una especie de salmodia lúgubre, que acompañaba hiriendo la tierra con el pie y agitando la mano que le dejaba libre el cuidado de la vela, como si se dirigiese á alguna persona.
Concluida la primera parte de su mágica letanía, en la que, unos tras otros, había ido llamando por sus nombres, que yo no podré repetir, á todos los espíritus del aire y de la tierra, del fuego y de las aguas, comenzó á percibirse en derredor un ruido extraño, un rumor de alas invisibles que se agitaban a la vez, y murmullos confusos, como de muchas gentes que se hablasen al oído. En los días revueltos del otoño, y cuando las nubes, amontonadas en el horizonte, parecen amenazar con una lluvia copiosa, pasan las grullas por el cielo, formando un oscuro triángulo con un ruido semejante. Mas lo particular del caso, era que allí a nadie se veía, y aun cuando se percibiese el aleteo cada vez más próximo y el aire agitado moviera en derredor las hojas de los árboles, y el rumor de las palabras dichas en voz baja se hiciese gradualmente más distinto, todo semejaba cosa de ilusión ó ensueño. Paseó el mágico la mirada en todas direcciones para contemplar a los que sólo a sus ojos parecían visibles, y satisfecho sin duda del resultado de su primera operación, volvió a la interrumpida lectura. Apenas su voz temblona, cascada y un poco nasal comenzó a dejarse oir pronunciando las enrevesadas palabras del libro, se hizo en torno un silencio tan profundo, que no parecía sino que la tierra, los astros y los genios de la noche estaban pendientes de los labios del nigromante, que ora hablaba con frases dulces y de suave inflexión como quien suplica, ora con acento áspero, enérgico y breve como quien manda. Así leyó largo rato, hasta que al concluir la última hoja se produjo un murmullo en el invisible auditorio, semejante al que forman en los templos las confusas voces de los fieles cuando, acabada una oración, todos contestan amén en mil diapasones distintos. El viejo, que a medida que rezaba y rezaba aquellos diabólicos conjuros, había ido exaltándose y cobrando una energía y un vigor sobrenaturales, cerró el libro con un gran golpe, dio un soplo a la vela verde, y despojándose de las antiparras redondas, se puso de pie sobre la altísima peña donde estuvo sentado, y desde donde se dominaban las infinitas ondulaciones de la falda del Moncayo, con los valles, las rocas y los abismos que la accidentan. Allí, de pie, con la cabeza erguida y los brazos extendidos, el uno al Oriente y el otro al Occidente, alzó la voz y exclamó dirigiéndose á la infinita muchedumbre de seres invisibles y misteriosos que, encadenados á su palabra por la fuerza de los conjuros, esperaban sumisos sus órdenes
— ¡Espíritus de las aguas y de los aires, vosotros, que sabéis horadar las rocas y abatir los troncos más corpulentos, agitaos y obedecedme!
Primero, suave como cuando levanta el vuelo una banda de palomas; después más fuerte, como cuando azota el mástil de un buque una vela hecha jirones, oyóse el ruido de las alas al plegarse y desplegarse con una prontitud increíble, y aquel ruido fue creciendo, creciendo, hasta que llegó a hacerse espantoso como el de un huracán desencadenado. El agua de los torrentes próximos saltaba y se retorcía en el cauce, espumarajeando e irguiéndose como una culebra furiosa; el aire, agitado y terrible, zumbaba en los huecos de las peñas, levantaba remolinos de polvo y de hojas secas, y sacudía, inclinándolas hasta el suelo, las copas de los árboles. Nada más extraño y horrible que aquella tempestad circunscrita a un punto, mientras la luna se remontaba tranquila y silenciosa por el cielo, y las aéreas lejanas cumbres de la cordillera parecían bañadas de un sereno y luminoso vapor. Las rocas crujían como si sus grietas se dilatasen, e impulsadas de una fuerza oculta e interior, amenazaban volar hechas mil pedazos. Los troncos más corpulentos arrojaban gemidos y chasqueaban, próximos a hendirse, como si un súbito desenvolvimiento de sus fibras fuese a rajar la endurecida corteza. Al cabo, y después de sentirse sacudido el monte por tres veces, las piedras se desencajaron y los árboles se partieron, y árboles y piedras comenzaron a saltar por los aires en furioso torbellino, cayendo semejantes a una lluvia espesa en el lugar que de antemano señaló el nigromante a sus servidores. Los colosales troncos y los inmensos témpanos de granito y pizarra oscura, que eran como arrojados al azar, caían, no obstante, unos sobre otros con admirable orden, e iban formando una cerca altísima á manera de bastión, que el agua de los torrentes, arrastrando arenas, menudas piedrecillas y cal de su alveolo, se encargaba de completar, llenando las hendiduras con una argamasa indestructible.
— La obra adelanta. ¡Ánimo! ¡ánimo! —murmuró el viejo—; aprovechemos los instantes, que la noche es corta, y pronto cantará el gallo, trompeta del día.
Y esto diciendo, se inclinó hacia el borde de una sima profunda, abierta al impulso de las convulsiones de la montaña, y como dirigiéndose a otros seres ocultos en su fondo, prosiguió:
— Espíritus de la tierra y del fuego; vosotros que conocéis los tesoros de metal de sus entrañas y circuláis por sus caminos subterráneos con los mares de lava encendida y ardiente, agitaos y cumplid mis órdenes.
Aún no había expirado el eco de la última palabra del conjuro, cuando se comenzó á oir un rumor sordo y continuo como el de un trueno lejano, rumor que asimismo fue creciendo, creciendo, hasta que se hizo semejante al que produce un escuadrón de jinetes que cruzan al galope el puente de una fortaleza, y entonces retumba el golpear del casco de los caballos, crujen los maderos, rechinan las cadenas, y resuena metálico y sonoro el choque de las armaduras, de las lanzas y los escudos. A medida que el ruido tomaba mayores proporciones veíase salir por las grietas de las rocas un resplandor vivo y brillante, como el que despide una fragua ardiendo, y de eco en eco se repetía por las concavidades del monte el fragor de millares de martillos que caían con un estrépito espantoso sobre los yunques, en donde los gnomos trabajan el hierro de las minas, fabricando puertas, rastrillos, armas y toda la ferretería indispensable para la seguridad y complemento de la futura fortaleza. Aquello era un tumulto imposible de describir; un desquiciamiento general y horroroso: por un lado rebramaba el aire arrancando las rocas, que se hacinaban con estruendo en la cúspide del monte; por otro mugía el torrente, mezclando sus bramidos con el crujir de los árboles que se tronchaban y el golpear incesante de los martillos, que caían alternados sobre los yunques, como llevando el compás en aquella diabólica sinfonía.
Los habitantes de la aldea, despertados de improviso por tan infernal y asordadora baraúnda, no osaban siquiera asomarse al tragaluz de sus chozas para descubrir la causa del extraño terremoto, no faltando algunos que, poseídos de terror, creyeron llegado el instante en que, próxima la destrucción del mundo, había de bajar la muerte a enseñorearse de su imperio, envuelta en el jirón de un sudario, sobre un corcel fantástico y amarillo, tal como en sus revelaciones la pinta el Profeta.
Esto se prolongó hasta momentos antes de amanecer, en que los gallos de la aldea comenzaron a sacudir las plumas y a saludar el día próximo con su canto sonoro y estridente.

Gustavo Adolfo Bécquer, Cartas desde mi Celda

lunes, 4 de junio de 2018

EN LA FERIA



No sé cómo encontré por primera vez el camino hacia el Retiro y la Feria del Libro de Madrid. Era en 1970. Como fui a la escuela en los tiempos anteriores a la pedagogía tengo buena memoria para las fechas y por lo tanto puedo situar con precisión los recuerdos. Era la primera vez que viajaba a Madrid, la primera vez que había subido a un tren, que había pisado el territorio fantasma de las estaciones a medianoche, con sus relojes iluminados y sus luces rojas señalando la frontera de la oscuridad al final de los andenes. Viajaba con mis abuelos maternos, que tenían el proyecto de visitar la Feria del Campo, El Escorial y el Valle de los Caídos, de pasear por el Retiro, poner una vela al Cristo de Medinaceli y tomar cañas con gambas en una taberna al parecer legendaria que se llamaba El Abuelo. En la taberna del Abuelo, decía con admiración la gente de mi provincia cuando volvía de Madrid, se consumían tantas gambas que los pies se hundían entre las peladuras crujientes y hacía falta un esfuerzo heroico para abrirse paso entre los joviales bebedores de cañas. En todo lo que contaban de Madrid había un esplendor que intrigaba mucho al niño gatuno que rondaba las conversaciones de los mayores. El Cristo de Medinaceli era el más milagroso, el Retiro contenía un bosque y una extensión de agua que podía parecerse al mar, en el Valle de los Caídos estaba la cruz más alta del mundo, en la plaza de Las Ventas sólo triunfaban las grandes figuras del toreo, las gambas frescas y la cerveza espumosa del Abuelo no tenían comparación. Mandaban postales y en ellas el cielo de Madrid sobre la Cibeles y la perspectiva de la calle de Alcalá o sobre las torres de la plaza de España tenía un azul más puro que el de los mares de los mapas.

La Feria del Campo resultó un largo tormento de maquinarias calentándose al sol de finales de mayo o principios de junio. En el mismo día de excursión en autobús El Escorial y el Valle de los Caídos se nos confundieron en un tedio de cámaras funerarias y explanadas graníticas. Una vaga rebeldía antifranquista me acentuaba el malhumor de adolescente cansado de ir a remolque de las expediciones de los adultos. El Museo del Prado y el Museo del Ejército se mezclaban en una extenuadora sucesión de cuadros de santos y cañones. El estanque del Retiro no era esa especie de mar que yo había imaginado desde muy niño escuchando los relatos fantasiosos de los adultos sino una gran alberca de agua turbia sin mucho interés para quien había navegado desde antes de tener uso de razón por los vibrantes mares del cine.

De vez en cuando me escapaba de la tutela de mis abuelos y me aventuraba fuera de la pensión para explorar Madrid por mi cuenta, con la alegría y el miedo de encontrarme solo en una ciudad que parecía inmensa. Me veía como un adulto: tenía catorce años, fumaba, llevaba pantalón largo aunque hiciera calor de verano, me peinaba con raya. Por primera vez en mi vida las calles por las que iba estaban habitadas exclusivamente por desconocidos. Se me iban los ojos detrás de las mujeres. Las mujeres en Madrid eran más altas, más descaradas, más jóvenes. Uno las miraba a los ojos y ellas le sostenían la mirada. Uno las miraba no por impertinencia ni desafío sino porque se quedaba pasmado y no se daba cuenta de la fijeza pueblerina con que lo miraban todo sus ojos. Hacía calor y las chicas llevaban minifaldas y camisas negras caladas. Se acostaba uno en el cuarto de la pensión, delante del balcón abierto en el que nunca cesaba el clamor del tráfico, y las imágenes de la ciudad y de las mujeres seguían agitándose en la cámara oscura de la memoria y no lo dejaban dormir, a pesar del agotamiento de las caminatas.

No recuerdo si por azar o a propósito desemboqué una mañana en la Feria del Libro. El único sitio en el que hasta entonces yo había visto muchos libros juntos era la biblioteca pública de Úbeda. Pero en su mayor parte se trataba de ediciones antiguas, muy gastadas, con lomos de encuadernación más bien lúgubre, todo de acuerdo con el aire un poco decrépito de aquel lugar, con las lámparas bajas que no disipaban la penumbra y con las toses espectrales de unos bibliotecarios ancianos.

Yo no estaba preparado para el asombro de tantos puestos alineados a la sombra fresca de los árboles, de tantos libros recién impresos, con portadas en colores vivos que exageraban su efecto por el hecho de su multiplicación. La Feria del Libro era el gentío de Madrid, la amplitud del espacio, el tamaño de los árboles, la anchura de las perspectivas, el mareo de la soledad y del miedo soterrado a perderme y de la excitación de las mujeres, todo junto. Los museos, las exposiciones agrícolas y las bóvedas funerarias de El Escorial y del Valle de los Caídos pertenecían a otro mundo con el que yo, con mi soberbia de adolescente reservón y enfadado, no tenía nada que ver. Lo mío era ir por la calle fumándome un cigarrillo sin miedo a que me pillara alguien de mi familia en una ciudad demasiado pequeña en la que me conocía todo el mundo; era imaginar mirándome en los escaparates que había cumplido unos años más, me había dejado el pelo largo y vivía en Madrid, y acudía con desenvoltura a los sitios en los que se encontraban los escritores, los cafés, la Biblioteca Nacional, la Feria del Libro.

En mi ciudad, en los escaparates de las papelerías, solía quedarme mirando las cubiertas de unos pocos libros que permanecían meses en el mismo lugar invariable, entre cuadernos, pisapapeles, álbumes de comunión, estuches de lápices de colores. En algunos de aquellos escaparates los colores de las portadas se habían ido amortiguando según pasaba el tiempo. En un solo puesto de la feria de Madrid había tantos libros que uno podía estarse horas enteras mirando sin haberlos visto todos. No recuerdo si vi a algún escritor, aunque no creo que hubiera reconocido a ninguno. Los escritores a los que yo leía -Julio Verne, Dumas, Gustavo Adolfo Bécquer- llevaban muertos mucho tiempo, de modo que tal vez no acababa de imaginarme que la literatura fuese un oficio que alguien pudiera ejercer en el tiempo presente. Yo a veces me imaginaba escritor, pero menos por vocación que por fantasía caprichosa, igual que me imaginaba astronauta o corresponsal de guerra o náufrago en una isla desierta. Como un niño solo en el edificio entero de una juguetería me mareé entre los libros, el calor y la gente, mirando precios, contando el poco dinero que llevaba, con mucha cautela, porque me habían advertido que Madrid era una ciudad llena de carteristas. Absurdamente me acabé comprando el Martín Fierro y una historia de la Mafia. Volví tan tarde a la pensión que mis abuelos ya temían que me hubiera perdido, que me hubiera pasado algo, en aquella ciudad que en el fondo nos daba tanto miedo.

Antonio Muñoz Molina

martes, 15 de mayo de 2018

EL LAZO ROJO



Esta novela mezcla la narración de Kathleen Weise con el cómic y las ilustraciones de Carla Miller e Isabelle Metzen.

Nos situamos en la campiña inglesa a mediados del siglo XVIII.

Cathy, una joven de familia humilde, abandona su hogar para trabajar en la lúgubre mansión Worthington, cercana a una ciénaga, y encuentra un ambiente lleno de misterios. ¿Por qué no se deja ver nunca el joven señor de la casa? ¿Por qué son despedidas tantas doncellas al poco de entrar a servir? ¿Cuál es la razón de las constantes visitas del médico a la mansión?

Cathy puede escuchar lo que otros no escuchan y ver lo que otros no ven, puede comunicarse con los animales y sabe descifrar lo que esconden las sombras.


Pronto se enamora del joven amo de la casa. Este se encuentra cada día más enfermo; su viejo amigo y médico personal no logra curarle.

El lazo rojo del título hace referencia al único regalo que le pudo hacer su madre antes de abandonar su casa; y tendrá importancia tanto para el desarrollo de la historia.

En realidad, estamos ante un magnífico cuento, que, por una parte hace que nos encontremos ante una novela romántica que nos recuerda la obra de Jane Austen o de Charlotte Bronte, pero el misterio y lo sobrenatural nos acercan a Dickens, Bécquer, Poe...

Las ilustraciones son todas en blanco y negro excepto unos pequeños detalles siempre en rojo: el lazo, la sangre… que les hace destacar sobre el dibujo. También hay que fijarse en las sombras, tanto en la narración como en los dibujos, esas sombras que juegan un papel destacado, esas sombras que sugieren.

Esta alternancia en la narración de escritura e ilustración puede ser un aliciente para muchos lectores. El paso de la escritura al cómic es fluido, sin transiciones que lo entorpezcan. El final es sorprendente, original, no nos lo esperamos; su rapidez es la propia de esos cuentos de fantasmas victorianos.

La mayor parte de los personajes son curiosos: Ivy, la joven cocinera, alegre, simpática e incapaz de mantener un enfado; el ama de llaves, cuyo mal genio es pura fachada para ocultar la lealtad a su amo; a Maltch, el pastor que se enamora de Cathy y la colma de regalos; el doctor Adrian, preocupado por la salud de su amigo; William, el amo y señor, que quiere apurar la vida por…; el gato de la casa con el que conversa por las noches y le invita a averiguar un secreto…

viernes, 23 de junio de 2017

CERRARON SUS OJOS


Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos,
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.
La luz, que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho,
y entre aquella sombra
veíase a intérvalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.
Despertaba el día,
y a su albor primero
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos! 
De la casa en hombros
lleváronla al templo,
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.
Al dar de las Ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos,
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron,
y el santo recinto
quedóse desierto.
De un reloj se oía
compasado el péndulo
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba,
que pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos! 
De la alta campana
la lengua de hierro
le dio volteando
su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
amigos y deudos
cruzaron en fila
formando el cortejo.
Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo:
allí la acostaron,
tapiáronle luego
y con un saludo
despidióse el duelo.
La piqueta al hombro
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
el sol se había puesto.
Perdido en las sombras
yo pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos! 
En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,
de la pobre niña
a veces me acuerdo.
Allí cae la lluvia
con un son eterno;
allí la combate
el soplo del cierzo.
Del húmedo muro
tendida en el hueco,
¡acaso de frío
se hielan sus huesos!...
¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es sin espíritu
podredumbre y cieno?
No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
algo que repugna,
aunque es fuerza hacerlo,
¡a dejar tan tristes,
tan solos los muertos!

Gustavo Adolfo Bécquer

viernes, 7 de abril de 2017

LA SONRISA DE LOS PECES DE PIEDRA


La luz de la mañana entra en la habitación,
tus cabellos dorados parecen el sol.
Luego por la noche al Penta a escuchar
canciones que consiguen que te pueda amar.
Me asomo a la ventana, eres la chica de ayer.
Demasiado tarde para comprender.
Mi cabeza da vueltas persiguiéndote.
Mi cabeza da vueltas...

                Esa vieja canción de Nacha Pop podría ser perfectamente la banda sonora de esta novela, pues Julia, la madre de Jaime, va a ser la chica de ayer para sus amigos en plena movida madrileña. Los ambientes, los lugares que ella recorre, las canciones y grupos que escucha, me han hecho recordar los años que estuve estudiando en Madrid, y, si, en algún momento, al cruzar una esquina en Malasaña, al entrar en La Vía Lactea me la encontré.

                Lo primero que me ha llamado la atención ha sido la ilustración de la portada (luego, las interiores han corroborado esa impresión); esa forma de dibujar me ha recordado los comics de El Víbora, Bésame Mucho, Cairo… donde publicaban Ceesepe, El Hortelano, Daniel Torres… los dos primeros aparecen nombrados en el libro.

Escucha bien, mi viejo amigo
No sé si recordarás
Aquellos tiempos ahora perdidos
Por las calles de esta ciudad
Leímos juntos libros prohibidos
Creímos que nada nos haría cambiar

Jaime, al limpiar la tumba de su abuelo recién enterrado, encuentra a su madre llorando frente a la lapida de un desconocido, Santiago Muñoz. Ante su insistencia, Julia le revela que Santiago fue alguien muy importante para ella y que podría ser su padre.  Jaime queda consternado, y quiere saber más, pues siempre ha pensado que él era resultado de una inseminación artificial. Su madre le pide tiempo, y en un cuaderno le va escribiendo cartas, que Jaime leerá a escondidas, donde le cuenta su juventud en plena movida madrileña de los 80, donde conocerá a Santi y a Manu, y cómo formarán un trío de amigos, donde subyacen amores y desamores entre ellos. Mientras se nos va contando esta historia, Jaime ha vuelto al cementerio de San Isidro para averiguar quién ha estado comiendo pipas en la tumba del que cree su padre; allí conoce a una muchacha de una edad parecida a la suya, a Ángela, la hija de Santiago, y mediante ella, sin revelarle que podrían ser hermanos, Jaime intentará averiguar cómo era Santiago como padre.

Déjame, no juegues más conmigo,
esta vez, en serio te lo digo
tuviste una oportunidad,
y la dejaste escapar.
Déjame, no vuelvas a mi lado,
una vez, estuve equivocado,
pero ahora todo eso pasó,
no queda nada de ese amor.

Sobre la novela en sí, he vuelto a encontrar a la mejor Rosa Huertas, muy en la línea de El Blog de Cyrano, las dos tramas que se entrecruzan, la actual, la de los dos jóvenes, la pasada o histórica, la de los padres en la época de la movida madrileña. A todo esto, hay que añadir las partes sobre nuestra literatura: el romanticismo, que lo defiende Ángela, que no quiere alejarse de la tumba de su padre, con la rima de Bécquer o el fragmento de las Noches Lúgubres de Cadalso, o esas Palabras para Julia, de José Agustín Goytisolo.

¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?
¿qué clase de aventura has venido a buscar?
los años te delatan, nena, estás fuera de sitio.
vas de caza ¿a quién vas a cazar?
no utilices tus juegos conmigo.

Los narradores de cada parte son madre e hijo, y ambos nos van mostrando sus sentimientos que los llevan a flor de piel, a la vez que juegan con mentiras y con medias verdades… Así Jaime ocultando lo que sabe a Ángela y temiendo que está pueda ser su hermana; Julia pensando en su antiguo amor, en el hombre que quiso como padre para su hijo.

                Los cinco personajes están muy bien trazados, tanto Ángela y Jaime, como Julia, Santi y Manu, y entendemos lo que piensan, lo que sienten, cómo reaccionan (llego  a ser Ángela, y me deja Jaime de esa manera…). Lo que nos sorprende es ver cómo Julia, la enfermera responsable, la maniática de la limpieza, abandonó los estudios, cuando era joven y sólo le importaba salir de noche, de marcha.

Y a lo largo de todo el libro esa metáfora sobre la vida y los peces de piedra, los peces que serán la firma de Santi y de Ángela en sus trabajos, en su dibujos.

Se me olvidaba, en Anaya ha subido una playlist a Spotify con las canciones que van apareciendo a lo largo de las páginas del libro; y en el blog de Rosa Huertas podéis encontrar Canción para Julia, la canción que Manu compondrá para Julia. Y muchos de los títulos de los capítulos se corresponden con canciones de la época de la movida.

Para ti, que sólo tienes quince años cumplidos.
para ti que naciste en tiempos asesinos
para ti que te llevas a las nenas de calle
para ti en cuyo placer aún hay ambigüedades
Para ti que vas a caballo del fin del mundo
para ti que les das cortes como un cine mudo
para ti que comprobarás lo que otros han dicho
para ti queremos otear el paraíso

XIV PREMIO ANAYA DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL, 2017



miércoles, 6 de abril de 2016

¿A QUIÉN NO LE GUSTA QUE LE CUENTEN UN CUENTO?


Los cuentos forman parte de lo que somos, nos acompañan desde la cuna; y no me refiero sólo a nosotros como individuos, sino a nuestra especie. A fin de cuentas, el primer género narrativo de la historia fue el cuento; porque cuando nuestros más remotos antepasados se reunían en torno a la hoguera no contaban novelas, ni poemas: contaban cuentos.

Sin embargo, tiende a considerarse que el relato corto es un género menor. J. G. Ballard define los cuentos como «la calderilla del tesoro de la ficción», una opinión paradójica viniendo de uno de los mejores cuentistas del siglo XX. No obstante, el autor inglés añadía que, en su máxima expresión, «el cuento está acuñado en metal precioso y sus dorados destellos brillarán para siempre en la imaginación del lector». Julio Cortázar, recurriendo a un símil pugilístico, afirmaba que el cuento gana por knock out, mientras que la novela gana a los puntos. Es cierto; algunos cuentos, los mejores, poseen la potencia emocional de un derechazo, y se clavan en la memoria para siempre.

Los relatos cortos han sido también las semillas de muchos géneros literarios, por no decir de todos. La fantasía y la ciencia ficción modernas no se forjaron con novelas, sino a base de cuentos publicados, por lo general, en revistas especializadas. De hecho, quizá ambos géneros brillan con especial intensidad en los cuentos, pues suelen manejar ideas que resultan más impactantes cuando se muestran desnudas, sin excesivo adorno.

Personalmente, adoro los cuentos; me encanta leerlos y disfruto escribiéndolos. Por dos razones: en primer lugar, por su inmediatez. Planificar una novela lleva tiempo, y escribirla requiere meses o años de trabajo; pero el cuento apenas precisa preparación y se escribe en unas horas o unos días. Lo terminas antes de cansarte de escribirlo. En segundo lugar, por su intensidad. Cuando escribes un cuento, te centras por completo en la idea o emoción que quieres transmitir, de modo que toda la estructura del relato se orienta en ese único sentido. Por eso los cuentos pueden ser tan contundentes como el metafórico uppercut que citaba Cortázar.

Por desgracia, en España hay escasa afición a los cuentos, y no me explico por qué. Dicen que por la dificultad que supone para el lector saltar de un argumento a otro; pero yo no lo veo como un problema, sino más bien como un aliciente. Parafraseando a Forrest Gump, una antología de relatos es como una caja de bombones: nunca sabes qué te va a tocar.

El caso es que apenas hay mercado editorial para los cuentos y, además, mi labor como novelista me roba mucho tiempo, así que tengo pocas oportunidades de escribir relatos cortos. Desde que publiqué mi primera antología, El Círculo de Jericó (Ediciones B, 1995), hasta ahora, no habré escrito más de treinta cuentos; muchos de ellos porque sí, sin ningún fin en concreto, sencillamente porque una idea me ardía en la cabeza y sentía la necesidad de escribirla.

El libro que ahora tienes en las manos, amigo lector, es una selección de trece de esos cuentos. O, para ser precisos, doce cuentos y una novela corta. El relato más antiguo, el que abre la antología, lo escribí en 1996, y el más reciente, en 2014. No están ordenados cronológicamente, sino siguiendo un orden intuitivo que, por alguna razón, me parece adecuado. Pero puedes seguir ese orden o picotear aquí y allá a tu antojo, da igual; has pagado por el libro y puedes hacer con él lo que quieras. Lo que te garantizo es que, mejores o peores, los relatos que componen esta antología son absolutamente sinceros, porque todos ellos fueron escritos como actos de amor al género fantástico. Espero no haber sido del todo mal amante.

Hay muchas clases distintas de cuentos, y muchas formas diferentes de escribirlos. Mi modo de afrontar el género está influido por la fantasía y ciencia ficción anglosajona de las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta del pasado siglo. Pero, al mismo tiempo, se entremezcla un influjo europeo, con nombres como Buzzati, Crompton, Bécquer, Wodehouse, Chesterton, Ballard o Borges, que no era europeo pero casi. Me siento a gusto con ese cóctel, intentando usar lo mejor de cada escuela, pero procuro siempre ofrecer un punto de vista autóctono; no necesariamente español, pero sí con el aroma del Viejo Continente, una mirada quizá más pesimista y escéptica, aunque también más irónica.

La fantasía y la ciencia ficción son para mí mundos cálidos y amables donde puedo refugiarme siempre que lo necesito. Dicen que la patria de un hombre es su infancia, y mi infancia estuvo llena de sueños espaciales, de retazos del futuro, de prodigios mentales y de ideas asombrosas. Por eso, escribir fantasía y ciencia ficción es como volver al hogar.

César Mallorquí, Trece monos

PREMIO CERVANTES CHICO 2015

domingo, 20 de marzo de 2016

ERA LA ESTACIÓN FLORIDA DEL AÑO

 

          ¡Tranquilos, que no vamos a seguir con Gongora! Pero es que hoy comienza la primavera, y, con eso de las vacaciones, nos sentimos un tanto festivos. Vamos a ver como han reflejado la primavera tres poetas diferentes:


La primavera besaba
suavemente la arboleda,
y el verde nuevo brotaba
como una verde humareda.
Las nubes iban pasando
sobre el campo juvenil…
Yo vi en las hojas temblando
las frescas lluvias de abril.
Bajo ese almendro florido,
todo cargado de flor
-recordé-, yo he maldecido
mi juventud sin amor.
Hoy, en mitad de la vida,
me he parado a meditar…
¡Juventud nunca vivida,
quién te volviera a soñar!
Antonio Machado



Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.

Pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres...
¡esas... no volverán!.

Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde aún más hermosas
sus flores se abrirán.

Pero aquellas, cuajadas de rocío
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer como lágrimas del día...
¡esas... no volverán!

Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará.

Pero mudo y absorto y de rodillas
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido...; desengáñate,
¡así... no te querrán!
Gustavo Adolfo Bécquer



¡Toda la primavera dormía entre tus manos!
Iniciaste en un gesto la fiesta de las rosas
y erguiste, enajenada,
esa flecha de luz que impregna los caminos.
¡Toda la primavera!
Fervores del instante transido de capullos,
gracia tímida y leve del perfume sin rastro,
caricias que despiertan el sexo de las horas.
Brotaron de tus palmas en éxtasis gozoso
los trinos y las brisas. Y tu ademán secreto
despertó en rubores la pubertad del mundo.
¡Todo vino por ti! Porque tus manos lentas
ciñeron brevemente mi carne estremecida,
porque al rozar mi cuerpo
despertaste una flor que trae la primavera.

Ernestina de Champourcin

                Os dejo con una curiosa versión de la Primavera de Vivaldi

miércoles, 5 de noviembre de 2014

HOMENAJE A LUIS CERNUDA

El 5 de noviembre de 1963, murió Luis Cernuda, uno de nuestros mejores poetas. Valga un pequeño homenaje.

Fue un hombre solitario y dolorido. Él mismo se sentía un marginado, quizás a causa de su condición de homosexual, razón por la cual se aisló y se rebeló contra todo. Durante toda su vida escribió sobre la imposibilidad de alcanzar los sueños en una realidad hostil como la que le rodeaba. La frustración, la añoranza de un mundo más habitable, el aburrimiento y el amor son los temas más frecuentes en su poesía.

La influencia de Bécquer se deja sentir en la mayoría de sus poemas. Rechaza el lenguaje ampuloso y grandilocuente y utiliza un tono conversacional con palabras cotidianas y coloquiales. Utiliza versos largos y prescinde de la rima. Refleja su mundo interior en cada uno de sus poemas con un gran sentimiento romántico.

En Un río, un amor (1929) y Los placeres prohibidos (1931) el tema central es el amor. Cernuda comienza a aplicar las técnicas surrealistas, fruto de lo cual es Donde habite el olvido (1932-33). Deja el amor de lado, y queda el olvido. Reúne todos los poemas escritos hasta ese momento en La realidad y el deseo (1936). Los temas románticos se repiten –amor, muerte, soledad– y el lenguaje es claro y sincero.

Tras la guerra, Cernuda amplía los temas sobre los que escribe. Aparece el destierro y la guerra en obras como Las nubes (1940) y Vivir sin estar viviendo (1944-49). Desolación de la quimera (1962) es su mejor obra. En ella se despide como poeta y vuelve a tratar sobre la niñez, el amor, el destierro y el arte.

CONTIGO

¿Mi tierra?
Mi tierra eres tú.

¿Mi gente? 
Mi gente eres tú.

El destierro y la muerte 
para mi están adonde 
no estés tú.

¿Y mi vida? 
Dime, mi vida, 
¿qué es, si no eres tú?


DONDE HABITE EL OLVIDO

Donde habite el olvido, 
En los vastos jardines sin aurora; 
Donde yo sólo sea 
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas 
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios. 

Donde mi nombre deje 
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos, 
Donde el deseo no exista. 

En esa gran región donde el amor, ángel terrible, 
No esconda como acero 
En mi pecho su ala, 
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento. 

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya, 
Sometiendo a otra vida su vida, 
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente. 

Donde penas y dichas no sean más que nombres, 
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo; 
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo, 
Disuelto en niebla, ausencia, 
Ausencia leve como carne de niño. 

Allá, allá lejos; 
Donde habite el olvido.


SI EL HOMBRE PUDIERA DECIR LO QUE AMA

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz; 
si como muros que se derrumban, 
para saludar la verdad erguida en medio, 
pudiera derrumbar su cuerpo, 
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición, 
sino amor o deseo, 
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos 
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu 
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor, 
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero. 

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero,  porque no he vivido.


TE QUIERO 

Te quiero.

Te lo he dicho con el viento
jugueteando como un animalillo en la arena
o iracundo como órgano tempestuoso;

te lo he dicho con el sol,
que dora desnudos cuerpos juveniles
y sonríe en todas las cosas inocentes;

te lo he dicho con las nubes,
frentes melancólicas que sostienen el cielo,
tristezas fugitivas;

te lo he dicho con las plantas,
leves caricias transparentes
que se cubren de rubor repentino;

te lo he dicho con el agua,
vida luminosa que vela un fondo de sombra;
te lo he dicho con el miedo,

te lo he dicho con la alegría,
con el hastío, con las terribles palabras.
Pero así no me basta;
más allá de la vida
quiero decírtelo con la muerte,
más allá del amor
quiero decírtelo con el olvido.

domingo, 26 de octubre de 2014

RIMAS DE BÉCQUER

RIMA LXVI

 ¿De dónde vengo...? El más horrible y áspero
de los senderos busca:
Las huellas de unos pies ensangrentados
sobre la roca dura;
los despojos de un alma hecha jirones
en las zarzas agudas,
te dirán el camino
que conduce a mi cuna.

¿A dónde voy? El más sombrío y triste
de los páramos cruza,
valle de eternas nieves y de eternas
melancólicas brumas.
En donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba. 



RIMA XLI

Tú eras el huracán y yo la alta
torre que desafía su poder:
¡tenías que estrellarte o que abatirme!
¡No pudo ser!

Tú eras el océano y yo la enhiesta
roca que firme aguarda su vaivén:
¡tenías que romperte o que arrancarme! ...
¡No pudo ser!

Hermosa tú, yo altivo; acostumbrados
uno a arrollar, el otro a no ceder:
la senda estrecha, inevitable el choque ...
¡No pudo ser!

RIMA LII

Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre la sábana de espumas,
¡llevadme con vosotras!

Ráfagas de huracán que arrebatáis
del alto bosque las marchitas hojas,
arrastrado en el ciego torbellino,
¡llevadme con vosotras!

Nubes de tempestad que rompe el rayo
y en fuego ornáis las desprendidas orlas,
arrebatado entre la niebla oscura,
¡llevadme con vosotras!

Llevadme por piedad a donde el vértigo
con la razón me arranque la memoria.
¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme
con mi dolor a solas!

Con las ideas que puede sugerir el mar y la naturaleza violenta que refleja el estado anímico de los poetas románticos, os dejo con el siguiente vídeo de Master of Tides de Lindsey Stirling


¡¡¡LIBERAD AL KRAKEN!!!