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sábado, 10 de julio de 2021

MARILYN LEYENDO ULISES

 


“¿Lo hizo o no lo hizo?” Una pregunta casi inevitable. ¿Leía Marilyn Monroe, símbolo sexual del siglo XX, el Ulises de James Joyce, un icono de la intelectualidad del siglo XX y el libro que muchos consideran como la mayor creación de la narrativa moderna, o sólo estaba fingiéndolo? Porque, como surge sin lugar a dudas de otras imágenes de la misma sesión fotográfica, es Ulises el libro que la rubia Marilyn tiene entre sus manos.

El profesor de literatura Richard Brown quiso conocer la respuesta y treinta años después de la sesión escribió a la fotógrafa, convencido de que ella despejaría la incógnita. Eve Arnold le contestó enseguida que al ir a ver en ese entonces a Marilyn se la había encontrado ya concentrada en el libro de Joyce. La actriz le había confiado que le gustaba el estilo de la novela y que la leería en voz alta para comprenderla mejor, pero que eso implicaba un arduo trabajo. Cuando las dos mujeres se detuvieron en el sitio convenido para realizar las fotografías, Marilyn leía el Ulises mientras Eve Arnold cargaba su cámara. Y así la había fotografiado. No necesitamos seguir al profesor Brown en sus elucubraciones cuando imagina que Marilyn prosiguió su lectura de la novela, se inscribió en una universidad y entró en contacto con el círculo de especialistas de Joyce, después de lo cual habría abandonado su vida de actriz de cine y de modelo para terminar como profesora universitaria retirada que mira retrospectivamente los días de su agitada juventud.

Pero podemos adherirnos al profesor Brown cuando recomienda leer el Ulises como lo hizo Marilyn: no respetando el orden de los capítulos ni leyendo de la primera a la última página, sino hacerlo por episodios, abriendo de vez en cuando el libro en diferentes sitios y leyendo pequeños pasajes. Podríamos tal vez llamar a este desordenado método de lectura el método Marilyn. En cualquier caso, el profesor Brown lo recomienda a sus alumnos.

Stefan Bollmann, Las mujeres, que leen, son peligrosas

jueves, 7 de junio de 2018

LA CIUDAD Y LOS LIBROS



A principios del siglo XXI, la ciudad donde nací dejó de ser la ciudad donde había nacido. La ciudad real se convirtió en la ciudad de la memoria y sus calles, en el eco de las calles donde yo había vivido. Sólo el eco —como los pasos en un escenario vacío, y su recuerdo, un espejismo—. La ciudad reivindicaba ahora su condición de ser otra, cuyo espíritu se había mermado a través de la fiebre homogeneizadora de las ciudades europeas. Para unos, el museo turístico, la catalogación, el maquillaje restaurador, la metáfora de la nueva fortuna o el poder, el reencuentro con lo que nunca existió; para mí, el lugar de la literatura. Porque ciudad y literatura se unen en un espacio común: quizá porque ese binomio —ciudad-literatura y al fondo el yo, como en una ficción— es un lugar donde siempre he sido feliz. La lista de esa felicidad es larga. La Alejandría de Cavafis y Lawrence Durrell, la Ferrara de Giorgio Bassani, el San Petersburgo de Nabokov, el París de Proust, pero también de Cyril Connolly, Patrick Modiano y Bernard Frank, el Londres de Dickens, la Estambul de Orhan Pamuk, el Trieste de Joyce, o la Venecia de Proust —de nuevo—, Paul Morand, Thomas Mann, Joseph Brodsky y tantos otros... Figuras dibujadas en el agua verdosa de un estanque, la memoria, donde los peces —su luz naranja, blanca, azul y negra— se mueven al ritmo de la música de Satie, como los recuerdos. Y en el centro, antes que ninguna otra, Palma, una ciudad que ha sido no sólo mi ciudad natal, sino la ciudad en la que aprendí a vivir otras ciudades que también he amado. Palma es la ciudad que me enseñó a amar las ciudades y a sentir como propio el principio de la civilidad, que es un sentimiento urbano.
José Carlos Llop. En la Ciudad Sumergida

miércoles, 23 de mayo de 2018

¿POR QUÉ ESCRIBO?



Escribo porque soy diferente.

Escribo para ser diferente.

Empecé a escribir porque era diferente. Empecé a escribir porque quería ser diferente. Nadie quería ser escritor cuando yo decidí ser escritor. Recuerdo a un niño que quería ser dentista y a otro que quería ser mecánico. Tenía doce años. No conocía a ningún escritor. Nunca había hablado con un escritor. Había leído a Rimbaud. Había leído una biografía de Rimbaud. Había leído los manifiestos dadaístas y El hombre aproximativo de Tristan Tzara. Siempre había leído. Había leído los libros de Enid Blyton. Había leído los siete secretos y los cinco. Había leído otros libros que no eran de Enid Blyton pero lo parecían, como los de los tres investigadores.

Y, antes de que supiera leer, mi madre me leía cuentos y me contaba historias que yo entendía a medias: historias de su pueblo, Castejón de Tornos, Teruel, junto a la Laguna de Gallocanta, que para mí estaba tan lejano como Tokio; historias de estraperlos; historias sobre la obstinación de los burros, sobre todo cuando hacía un frío del demonio y al parecer lo hacía siempre; de los maquis y sus razias; historias del azafrán y la dificultad de conseguirlo; historias de los carnavales secretos de la posguerra, con ensabanados y rondas; de las cartas de amor que le enviaba mi padre... personajes abandonados en mitad de la nada que trataban de escapar no se sabe de dónde ni cómo. Unas historias que luego leí en Agota Kristof.

Quería ser un escritor porque era diferente y quería ser un escritor de los diferentes. Digo escritor, pero lo que yo quería era ser un poeta diferente. En 8º de EGB fabriqué mis primeras plaquettes fotocopiadas. Las destruí poco después porque me daba vergüenza escribir tan mal. Ahora puedo decir que en esas plaquettes está lo mejor que he escrito.

Quería escribir para robarle la máquina de escribir a mi padre, su más precioso tesoro: la cuidaba con esmero y no nos dejaba tocarla. Thomas Mann escribió un ensayo en el que hablaba de la gran cantidad que hay de escritores huérfanos de padre. El padre de Truman Capote desapareció y el padre de Alejandro Gándara se fue sin dejar rastro y el padre de… Mi padre era huérfano de padre, huérfano desde los dos años, pero a él se le pasó la vez y el que se hizo escritor fui yo. Huérfano heredero. Aunque mi padre escribía a máquina todo el tiempo: su Olivetti gigante con forma de ballena. Mi padre escribía informes sobre sus servicios de policía y sobre el tráfico y sobre las incidencias del trabajo. Tenía unas hojas de calco y guardaba copia de todo lo que escribía.

Me hice escritor para robarle esa estupenda máquina de escribir. Me hice escritor para consumar un incesto raro. Mi padre me puso una condición para poder usar su Olivetti: aprender mecanografía perfectamente... una práctica que él, que escribía sólo con dos dedos, no conocía. Quizá pensaba que yo no conseguiría escribir a máquina, pero pasé el verano de mis trece años sacrificando la piscina y aprendiendo a escribir a máquina en una academia con un calor sofocante: asdf ñlkj etcétera. Así rendí a mi padre y le quité su bien más preciado. Truman Capote escribió algo sobre la mecanografía y la literatura, y es posible que, pese a su afirmación, se trate de ramas de la misma actividad. Durante un tiempo tuve que usar la máquina siempre en la mesa del comedor, bajo vigilancia, y guardarla siempre en su maleta. Mi madre cosía en su máquina de coser y yo escribía en mi máquina de escribir. Unos meses más tarde llevé la Olivetti ballena a la mesa de estudio de mi cuarto.

Tenía catorce años y escribía poseído. Escribía todo el tiempo. Nunca he vuelto a escribir de esa manera y cuando escribo deseo poder volver a escribir así alguna vez. Febril. Enfermo. Escribía poemas. Escribía minúsculas vidas imaginarias. Escribía obras de teatro. Era diferente y quería ser un escritor diferente. Leía a Beckett, y mis obras de teatro querían parecerse a Esperando a Godot. Leía a Jack Kerouac. Leía a Henry Miller, al que había llegado siguiendo a Rimbaud, un camino excéntrico. Leía a Joyce, pero las piezas más raras, Poemas manzanas. Leía solo. Escribía solo. Entonces yo era el único escritor. Rey soberano.

Aunque quizá leía más solo que escribía solo, porque entonces publiqué mis primeros poemas en una revista. No guardo ni un ejemplar. Me avergonzaba esa revista, sabía que estaba mal hecha, que era cutre... y aunque sabía que la revista estaba mal hecha y que era cutre, me sentía feliz porque publicando en esa revista que me avergonzaba me convertía en escritor. Nadie lo sabía, pero yo había cruzado una línea y ya no podía volver atrás. Recuerdo el nombre de la revista.

Escribo porque tengo miedo: antes cuando tenía miedo me metía debajo de la cama. Escribo para levantarme cuando quiera. Escribo para acostarme cuando quiera. Escribo para imponer mi versión de los hechos. Escribo por envidia. Escribo por fascinación. Escribo para ser feliz. Escribo para ganar dinero. Escribo para saber cómo escribo. Escribo para que se publique lo que escribo. Escribo para seducir. Escribo para ser apreciado. Escribo para existir. Escribo para ser visible. Escribo para despertarme cada día en un lugar del mundo. Escribo para que me insulten. Escribo para seguir vivo. Escribo para no matarme. Escribo para saber lo que pienso. Escribo para mentir. Escribo porque soy feliz. Escribo para pedir perdón. Escribo para no pedir perdón. Escribo porque cuando escribo no vivo. Escribo para vivir más tiempo. Escribo porque me lo piden. Escribo porque no me reconozco en las fotografías. Escribo porque quiero dar mi versión de la historia. Escribo porque en mi escritura sólo mando yo. Escribo porque me gusta escribir. Escribo porque no sé conducir. Escribo porque soy vanidoso. Escribo para perder el sentido. Escribo porque busco el sentido. Escribo como el cultivador de champiñones: con los pies enterrados en mierda y con la certeza de que el producto no es un manjar. Escribo como el pescador de un barco congelador. Escribo para follar. Escribo para respirar. Escribo para no tener que escribir. Escribo para mirar todo y todo el tiempo. Escribo para recordar. Para recordarme. Para volver a alcanzar ese estado febril. Febril y fabril. Escribo por insatisfacción. Escribo por venganza. Escribo por remordimiento. Escribo para confesar mis pecados. Escribo para esconder mi vergüenza. Escribo para reírme. Escribo porque me da miedo el fuego.

Escribo porque tengo algunas historias viejas que contar. Las que me llenan la cabeza ahora sucedieron todas antes de que cumpliera veintiocho años: la de un asesino que mató a su mujer y con el que compartí celda en 1995 en la cárcel de Torrero de Zaragoza, que ya ha desaparecido, demolida por la piqueta; la de una loca, prima de mi padre, a la que visitamos en un manicomio de Valencia en el verano de 1975; la de unos curanderos de Petrel, Paco y Lola, que visitamos cuando mi abuela Rosario había sido desahuciada por los médicos.

Mi padre me cedió su máquina de escribir. Y una vez que se la arrebaté ya no podía cambiar: tenía que escribir y tenía que ser escritor. Ahora, más que diferente, me siento extraño.

Félix Romeo

viernes, 1 de diciembre de 2017

CUENTOS DE NAVIDAD DE LOS HERMANOS GRIMM A PAUL AUSTER


La Navidad, siempre muy presente en la literatura, ha inspirado relatos magníficos, y son muchos los grandes escritores que se han acercado a ella. En esta antología se refleja la alegría, el sentido de comunidad, la excitación espiritual, la oportunidad de cambio, los deseos, la nostalgia e incluso el rechazo que estas fechas despiertan en muchos de nosotros, porque, si bien es cierto que la tradición invita a los buenos sentimientos, no lo es menos que se presta a una variedad sorprendente de estilos y de tonos: no faltan aquí ni el humor, ni la oscuridad, ni la crítica social, ni la fantasía, ni la tragedia. De Berlín a Brooklyn, de un pueblecito sardo a un rancho del Lejano Oeste, de la Provenza a Nueva Zelanda, de un aristocrático salón a un pueblo de mineros, de Dublín a un cohete espacial…: en todos esos lugares veremos celebrar la Nochebuena, la Navidad, el día de San Esteban, la Nochevieja o el día de Reyes, y en todos ellos ocurrirá algo que ilustre el espíritu navideño… o bien lo desmienta.

Los 38 Cuentos de Navidad seleccionados por Marta Salís proceden de distintas tradiciones occidentales (anglosajona, germánica, nórdica, mediterránea, eslava). De los hermanos Grimm y E. T. A. Hoffmann hasta Joyce, Capote o Auster, y alternando clásicos con piezas poco conocidas e inéditas, este volumen abarca dos siglos de literatura navideña desde los ángulos más distintos y con las más diversas intenciones.

Veamos algunos de los cuentos que ha publicado  Alba Editorial en esta antología.

Encontramos cuentos clásicos, como Canción de Navidad de Dickens o La Niña de los Fósforos de Andersen. Arthur Conan Doyle nos trae un relato de Holmes: La Aventura del Carbunclo Azul.  De Robert Louis Stevenson tenemos Markheim, un relato inquietante sobre la predestinación y la libertad humana para evitar el mal ambientado día de Navidad. Fiódor M. Dostoievski nos trae Un Árbol de Navidad y una Boda, donde el espíritu social de las fiestas navideñas destaca las diferencias de clase y propicia ocasiones para los más mezquinos cálculos. ¿Qué decir de Ray Bradbury con El Regalo? Simplemente, muchas noches me asomó a la ventana para contemplar su  fascinante árbol de Navidad. O. Henry nos habla del sacrificio personal en El Regalo de los Magos. O el inolvidable Los Muertos de James Joyce. También tenemos a tres autores españoles: Emilia Pardo Bazán, Valle Inclán y Clarín.

miércoles, 23 de agosto de 2017

LA FAMOSA LIBRERÍA SHAKESPEARE AND COMPANY


La famosa librería Shakespeare and Company era uno de los pocos sitios de París en los que aún se respiraba algo de libertad. Klaus estaba paseando aquella grisácea mañana del invierno de 1941, cuando se encontró de frente con la librería en la Rue de l’Odéon. Había escuchado todas las leyendas que circulaban acerca de aquel mítico lugar y de la no menos mítica propietaria, Sylvia Beach. Aquella mujer era mucho más que una simple librera, su pequeña editorial había publicado por primera vez una obra magistral de El Ulises de James Joyce. Un libro prohibido en Alemania por considerarse una de las obras degeneradas de la cultura occidental. El cartel negro sobre un gran fondo de madera marrón no destacaba mucho, como si la librera prefiriera pasar desapercibida, pero todos los amantes de la buena literatura conocían aquel lugar. Sylvia había sido amiga de Ernest Hemmingway, Ezra Pound, F. Scott Fitzgerald, Sherwood Anderson y James Joyce, pero Klaus imaginaba que Sylvia era consciente de que corrían malos tiempos para la literatura.

Klaus Berg había sido profesor de literatura francesa en la Universidad de Hamburgo hasta que la nazificación de la educación le sacó de las aulas, para convertirle en un simple profesor de clases particulares de francés. La desgracia se había cernido sobre él desde aquella fatídica noche del 6 de abril de 1933, que se había grabado a fuego en su mente. No podía evitar recordarlo cada vez que veía una librería. Los libros apilados en grandes montañas, los estudiantes arrojando a las llamas todo el conocimiento de la civilización mientras cantaban viejas canciones ancestrales que hablaban sobre la raza y la nación.

El oficial de las Wehrmach apartó de su mente aquellos recuerdos e intentó volver a disfrutar de aquella mañana templada y gris parisina. Klaus se puso a ojear las mesas de libros de la calle. Sus ojos saltaban de un título a otro, como un desesperado náufrago que había llegado de nuevo a casa tras un largo viaje. Apenas media docena de transeúntes perdían su tiempo mirando los lomos gastados de aquellos viejos libros cuando Klaus notó la presencia de otro oficial alemán. Aquel hombre imponía con su largo abrigo de cuero negro. Su uniforme de las SS amedrentó al resto de lectores, que dejaron discretamente las mesas y se alejaron de la librería. Klaus intentó concentrarse en su búsqueda, pero a él también le asustaban los hombres de negro. Cuervos de mal agüero los llamaba su padre, cuando los veía desfilar por la calles de Hamburgo.

Mario Escobar, El Club Verne

viernes, 27 de febrero de 2015

HISTORIA DE LAS TIERRAS Y LOS LUGARES LEGENDARIOS

Este libro está dedicado a las tierras y a los lugares legendarios: tierras y lugares porque a veces se trata de auténticos continentes, como la Atlántida, y otras veces de pueblos, castillos o (en el caso de la Baker Street de Sherlock Holmes) viviendas.

Existen muchos diccionarios de lugares fantásticos y ficticios (el más completo es la excelente Breve guía de lugares imaginarios de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi), pero aquí no vamos a ocuparnos de lugares «inventados», porque en ese caso deberíamos incluir la casa de madame Bovary, la madriguera de Fagin en Oliver Twist, o la fortaleza Bastiani de El Desierto de los Tártaros. Se trata de lugares novelescos, que algunos lectores fanáticos intentan en ocasiones identificar con escaso éxito. Otras veces se trata de lugares novelescos inspirados en espacios reales, donde los lectores pretenden descubrir las huellas de los libros que han amado, del mismo modo que los lectores del Ulises cada 16 de junio tratan de identificar la casa de Leopold Bloom en Eccles Street, en Dublín, visitan la Torre Martello convertida hoy en un museo dedicado a Joyce, o desean comprar en una determinada farmacia el jabón de limón adquirido por Leopold Bloom en 1904.

Ocurre incluso que algunos lugares ficticios han sido identificados con lugares reales, como la casa de piedra arenisca rojiza de Nero Wolfe en Manhattan.

Pero lo que aquí nos interesa son las tierras y los lugares que, ahora o en el pasado, han creado quimeras, utopías e ilusiones, porque mucha gente ha creído realmente que existen o han existido en alguna parte.

Una vez dicho esto, debemos establecer todavía bastantes distinciones. Ha habido leyendas sobre tierras que desde luego ya no existen, pero que no hay que excluir que hayan existido en tiempos muy remotos, como por ejemplo la Atlántida, cuyos últimos restos muchas mentes no delirantes han tratado de identificar. Hay tierras de las que hablan numerosas leyendas y cuya existencia (aunque sea remota) es dudosa, como Shambhala, a la que algunos atribuyen una existencia totalmente «espiritual», y otras que son producto indiscutible de una ficción narrativa, como Shangri-La, pero de la que surgen a menudo imitaciones para turistas contentadizos. Hay tierras cuya existencia solo está atestiguada por fuentes bíblicas, como el Paraíso terrenal o el país de la reina de Saba, aunque son muchos, incluido Cristóbal Colón, quienes creyendo en ellas se lanzaron al descubrimiento de tierras que existían en realidad. Hay tierras cuya creación es obra de un falso documento, como la tierra del Preste Juan, pero que incitaron a los viajeros a recorrer Asia y África. Hay, por último, tierras que realmente existen todavía hoy, si bien solo en forma de ruinas, pero en torno a las que se ha creado una mitología, como Alamut, sobre la que planea la sombra legendaria de los Asesinos, o como Glastonbury, vinculada ya al mito del Grial, o como Rennes-le-Château o Gisors, que han adquirido un carácter legendario debido a especulaciones comerciales muy recientes.

En resumen, las tierras y los lugares legendarios son de distinto género y solo tienen en común una característica: tanto si dependen de leyendas antiquísimas cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, como si son producto de una invención moderna, han originado flujos de creencias.

Y de la realidad de estas ilusiones es de lo que se ocupa este libro.

Umberto Eco