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martes, 9 de octubre de 2018

EL LIBRO AZUL


            Enviado por Pedro

Leo Valiente estudia en un instituto de Barcelona, donde es menospreciado por su profesor de historia, quien le encarga un trabajo sobre la campaña de Alejandro en Persia. Por este motivo, una tarde acude a la Biblioteca de Catalunya, en compañía de sus amigos Rita, la lista del grupo, y Abram, para documentarse sobre su trabajo. Allí conocen a Oxford, la simpática bibliotecaria de la sección infantil, y encuentran un libro azul lleno de polvo que está sin registrar.

Leo, que nunca ha leído un libro en su vida, se siente intrigado por su descubrimiento y le pide permiso a Oxford para llevarse el libro a su casa. Esa noche comienza con una lectura que le va a enganchar: Mateo Folch, un conservador del patrimonio histórico-artístico, tras leer unos hechos ocurridos durante las cruzadas en un manuscrito hallado en un antiguo sepulcro gótico, se embarca en la búsqueda del tesoro de Alejandro Magno.

Conforme va leyendo, Leo se da cuenta que sonidos, que se producen en la aventura que él está leyendo, él los está escuchando en la realidad. Poco a poco, descubrirá que puede introducirse en la historia y ayudar a Folch. Así él y sus amigos terminarán dentro del libro azul, emprendiendo una aventura inquietante, que lleva a los jóvenes protagonistas a conocer el Museo de la ciudad y a viajar a Constantinopla, Escocia, Grecia, Capadocia y la antigua Persia, donde desentrañan el misterio que se desvela con la lectura de El libro azul

Lluís Prats nos ofrece en esta novela un magnífico homenaje a La Historia Interminable de Michael Ende, hecho que apreciamos hasta en las dos tintas (azul para el libro azul) para diferenciar los dos relatos. La historia es entretenida, el ritmo ágil.

Vale la pena leerlo.

LISTA DE HONOR PREMIO CCEI  2008

miércoles, 11 de julio de 2018

HACHIKO Y LA ESTACIÓN DE SHIBUYA



Los Ueno vivían muy cerca de la estación de Shibuya, de hecho, a tan pocas calles que si bien aquello era muy conveniente cuando tenían que ir al centro de Tokio, la contrapartida era que la casa temblaba durante todo el día a causa de los trenes que pasaban rozándola.

Desde el primer lunes del mes de marzo, unas semanas después de la llegada de Hachiko, se estableció una rutina muy especial. En cuanto el profesor de agricultura de la Toda¡ se levantaba, Hachiko lo miraba plantado en la cocina mientras él ponía a hervir el té. Luego le tocaba el turno a él y su amo le ponía el desayuno en un bol grande y rojo. Al terminar de engullirlo, hacia las ocho y media, el perro lo acompañaba a la estación de Shibuya y, cuando el profesor desaparecía entre el gentío, él regresaba a casa y lo esperaba hasta las cinco y cuarto. En aquel momento, y como si tuviese un reloj suizo en la cabeza y las dos orejitas fuesen las manecillas, comenzaba a rascar la puerta, y la señora Yaeko se la abría para que saliera disparado como un cohete hacia la estación. Y así un día tras otro, una semana y otra, la rutina se fue instalando en sus vidas. La cosa cambiaba los sábados, cuando el profesor decidía dar una vuelta por el parque Yoyogi o por los jardines de Chiyoda, muy cerca de los jardines imperiales. Entonces caminaban uno al lado del otro y Hachiko aprendía todo lo que hay que saber sobre flores, árboles, mariposas, niños, fiestas o los cotilleos de los vecinos del barrio.


PREMIO JOSEP M. FOLCH I TORRES 2014

jueves, 8 de marzo de 2018

HACHIKO. EL PERRO QUE ESPERABA


                El 8 de marzo de 1935 terminó la espera de Hachiko, una espera de diez años acudiendo a las cinco y media de la tarde todos los días a la estación de Shibuya, en Tokio, a buscar a su amo, el profesor Eisaburo Ueno, muerto diez años antes, cuando se fue a dar una conferencia y murió por una hemorragia cerebral.

Luis Prats en su novela nos ofrece esta abnegada historia de fidelidad, acompañada de las preciosas ilustraciones de Zuzanna Celej recreando paisajes o estampas japonesas.

La familia del profesor Ueno ha adoptado un cachorro de un perro akita blanco, el perro de los samuráis. Eisaburo lo recoge medio muerto en la oficina de correos de la estación, pues se ha olvidado de que tenía que recoger el paquete. Una vez en casa lo recupera con un tazón de leche caliente. Poco a poco, se va a establecer una entrañable relación entre ambos, que los llevará a compartir todos los momentos (la mujer del profesor se quejará de que éste saca más al perro que a ella misma). En esta relación, Hachiko cada mañana acompaña al profesor a la estación y, cada tarde, espera su regreso a las cinco y media. Cada día. Cada mes.

Esta es la primera parte de la historia que nos cuenta Luis Prats. En la segunda, veremos cómo el akita acude todos los días a la estación a buscar a su amo (hecho que llama la atención de todo el mundo), y cómo los vecinos y conocidos del profesor lo cuidarán y alimentarán.

          Es una historia entrañable, y dura también, narrada con cuidado y mucho mimo. Por ejemplo, con unos pocos detalles va recreando todo un mundo, ese barrio por el que se mueven los protagonistas. La novela se centra en esa relación tierna entre un hombre y su mascota, cuyos lazos van más allá de este mundo. Aunque sepamos la historia, queremos ir pasando las páginas hasta llegar a ese trágico final, no por menos esperado. Son emotivas las páginas donde vemos a Hachiko y a Ueno dando sus paseos, y éste contándole pequeños detalles. Además, el autor nos muestra algunos aspectos de la sociedad y cultura japonesa de 1920. Es una novela infantil, pero que no desmerece en manos adultas; es una lectura corta, parece más un cuento que una novela, pero que nos hace reflexionar sobre el cariño, la fidelidad, la perseverancia…

PREMIO JOSEP M. FOLCH I TORRES 2014

lunes, 2 de mayo de 2016

UNA ESPARTANA


¡Oh Calíope, Clio, Erato y Euterpe, y musas todas que habitáis las moradas del Olimpo, que por vuestra belleza conseguís todo lo que os proponéis! ¡Y vosotras, Ninfas del Peloponeso! (…) Otorgad a esta anciana la gracia de recordar y la fuerza para escribir lo que sus ojos marchitos han vivido. Si la obtengo, os prometo ofrecer un sacrificio memorable en vuestro Nimfeo de Esparta.

Me llamo Aretes y soy hija de Eurímaco y de Briseida, nieta de Laertes, lacedemonia o espartana, como queráis. Si mis cálculos no yerran, mis ojos han visto más de setenta primaveras, una edad más que respetable para los tiempos que me han tocado vivir. Si ahora me vierais no reconoceríais a la muchacha que fui. Ya no puedo ir andando a muchos sitios y preciso de un asno o una carreta para llegarme al mercado de la aldea o a sus templos para ofrendar a los dioses. Mis manos arrugadas no son lo precisas que fueron y la memoria inmediata me flaquea. No así los recuerdos de mi infancia y juventud, que tengo presentes como si hubieran sucedido esta mañana, porque cuando cierro los ojos aparecen en mi mente las imágenes de mi padre y mis hermanos bruñendo y engrasando sus armas, mi madre amasando el pan o nuestros ilotas segando la mies entre las ramas plateadas de los olivos agitadas por el Noto, el viento cálido que en verano remonta el cauce del Eurotas desde el mar.

No puedo ya valerme del todo por mí sola y mis manos tiemblan como una vieja rueca cansada de rodar, aunque lo hacen de modo casi imperceptible. Mi ojo derecho se ha cubierto de una tela fina y peligrosa como la de una araña. A veces, la niebla que lo mantiene en la penumbra se disipa, como la bruma desaparece de la cima de un monte alto, y entonces puedo escribir con pulso más o menos firme.

Sin embargo, aún conservo algo que me hizo una de las muchachas más esbeltas de mi tiempo. Mis ojos verdes todavía pueden chispear con malicia, pues conservo el don de ver más allá de las palabras y de leer los corazones. En mi juventud fui una mujer bella, o al menos eso decían. Lo digo sin pizca de engreimiento porque tuve admiradores, hermosos muchachos que me cortejaron y presentes dignos de una reina, como collares de cuentas, perfumes egipcios o vasijas de barro fenicio. La vida al aire libre y las continuas prácticas atléticas a las que la educación espartana obliga también a las mujeres, esculpieron en mí un cuerpo bello.

Dicen que las mujeres espartanas superamos en belleza a las demás de la Hélade. Nuestra diosa no es Afrodita como para el resto de las griegas, sino Artemisa cazadora, pues, desde pequeñas, moldeamos nuestras piernas, nuestra cintura o nuestros hombros en la palestra y en las carreras alrededor de los campos. Nuestro cabello claro luce a la luz de la lámpara no por las cremas o los cosméticos, sino por el lustre de nuestra salud. Nuestros ojos no se bajan ante la mirada de un hombre como hacen los ojos maquillados de las prostitutas de Corinto y nuestras piernas no se cuidan en el tocador con ceras o jugo de arándano, sino bajo el sol, en las carreras o en la pista atlética. Desde niñas nos inculcan que nuestra principal responsabilidad es criar niños fuertes que sean guerreros y héroes, defensores de la polis. Las espartanas somos mujeres bravas como yeguas, corredoras olímpicas. El entrenamiento produce en nosotras algo poderoso y lo sabemos. Otras ciudades producen monumentos o poesía entre otras artes. Esparta, en cambio, produce guerreros, y nosotras los parimos.

He de reconocer que siempre he sido algo tímida o reservada, aunque no pusilánime ni retraída, y mucho menos cobarde, que esta palabra no existe en el vocabulario de Esparta. Por eso, cuando el grupo de muchachas de mi edad nos cruzábamos con mi padre y su homoi o grupo de guerreros ejercitándose en la llanura, o nos veían correr con las piernas desnudas, entonces mi padre gritaba a sus compañeros «¡mirad mi gacela de ojos de ternera!», yo me sentía morir, enrojecía hasta la raíz del cabello al oír los comentarios procaces de los hombres. Por eso corría aún más deprisa, seguida de mis compañeras por el campo, cubierta de sudor y del polvo del camino. De esa forma no podían apreciar mi ondulado cabello del color del roble joven, ni los hoyuelos de mis mejillas, ni mi boca ancha y sonriente. Sólo se fijaban en las piernas o en los muslos de una muchacha, más parecida a una potrilla que a una mujer. Sin embargo, mi padre lo decía lleno de orgullo y, cuando por la tarde regresaba a casa serena, me pellizcaba como sólo él sabía hacer repitiéndomelo en la oreja: «¡Mi gacelilla de ojos de ternera!». Entonces yo ya no enrojecía. Allí me lanzaba a sus brazos y me lo comía a besos, porque ser la única hija de un padre otorga esos derechos. Mis hermanos pasaban gran parte del día en los campos, o en la palestra junto a los otros muchachos, y mi madre, como contaré, vivía ensimismada en su dolor. Demasiado a menudo estaba sumergida en su mundo de melancolía.

Soy vieja, he dicho.

Lluis Prats, Aretes de Esparta

viernes, 11 de septiembre de 2015

ARETES DE ESPARTA

             
            Enviado por Javier

Aretes, anciana lacedemonia, se dispone a recordar los acontecimientos que han marcado su vida. Será su voz, serena y apasionada, la que describa la azarosa historia de su familia —que contra su voluntad se verá envuelta en las intrigas de la época— y, a través de ella, la forma de pensar y vivir de los espartanos, sus leyes y sus costumbres, y revele los problemas internos y las traiciones en la ciudad, la creciente enemistad con Atenas y la destrucción del terremoto que asoló Esparta.

Será ella quien detalle, a traves de la historia de su familia, los hechos que marcaron el futuro de su pueblo: la mítica batalla de las Termópilas y la posterior y definitiva batalla de Platea, en la que los persas fueron finalmente expulsados de Grecia.

Todo ello en un relato introspectivo, tierno y crítico a la vez, en el que se descubre una historia de amor y valor, de honor y pérdida. Una historia de los hombres más valerosos que hayan pisado la Tierra, inmortalizada por la memoria de una mujer.

Lluis Prats utiliza gran parte de los acontecimientos históricos para dar vida a una historia que se sirve de la historia de Esparta para narrar la vida de Aretes y su familia. Se  centra en aquellas personas que no están de acuerdo con la “ley espartana”, que exige entregarse a una vida de sacrificios. Alterna la épica de las batallas (Termópilas y Platea), con  las reflexiones de la protagonista. Aretes nos presenta su recuerdos en orden cronológico, pero con el objeto de acercarnos a su sociedad y a su pueblo: así, la niñez sirve para acercarnos a la sociedad con sus instituciones y leyes; la adolescencia nos trae las guerras médicas.