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viernes, 8 de octubre de 2021

OCHO ASESINATOS PERFECTOS

 

Hace quince años, el aficionado a las novelas de misterio Malcolm Kershaw publicó en el blog de la librería Los viejos demonios una lista —que apenas recibió visitas ni comentarios— sobre los que a su juicio eran los más logrados crímenes literarios de la historia. La tituló Ocho asesinatos perfectos e incluía clásicos de varios de los grandes nombres del género negro: El misterio de la Casa Roja, de A. A. Milne; Complicidad, de Anthony Berkeley Cox; El misterio de la guía de ferrocarriles, de Agatha Christie; Pacto de sangre, de James M. Cain; Extraños en un tren, de Patricia Higsmith; Muerte por ahogamiento, de John D. MacDonald; Trampa mortal, de Ira Levin; El secreto, de Donna Tartt.

                Ahora, un nevado febrero, recibe la visita de la agente Gwen Mulvey del FBI, quien cree que alguien está cometiendo asesinatos guiándose por esa lista y solicita su ayuda, como especialista en su investigación. Además pronto se descubrirá que uno de los muertos es una habitual cliente de la librería, un tanto cascarrabias.

                A partir de este momento la vida de Mal se va a trastocar, pues da a entender que el asesino es alguien que le conoce y quiere jugar con él. Pero, una serie de secretos relacionados con la muerte de su mujer comienzan a aflorar en su memoria, y…

En este original e inteligente thriller, Peter Swanson desdibuja con mano maestra las fronteras entre la realidad y la ficción, convirtiendo así su apasionante y lúdica trama en un nostálgico homenaje a los más brillantes y acabados crímenes de la literatura detectivesca, pues, aparte de los componentes de la lista (algunos pormenorizados), abundan las referencias o los detalles de otros muchos, desde Dickens o Conan Doyle, a Ann Cleeves, Gillian Flynn o J K Rowling, pasando por Dorothy Sayers o Colin Dexter.

Mal, el protagonista, está muy bien trabajado; él nos va a mostrar su amor por los libros y nos va a llevar de referencia a referencia, o de libro en libro, deteniéndose en algunos de ellos (atención a El asesinato de Roger Ackroyd, de Agatha Christie); poco a poco nos mostrará la vorágine de sus pensamientos, que nos atraparán, y…

 

miércoles, 15 de septiembre de 2021

IN MEMORIAM: ANTONIO MARTÍNEZ SARRIÓN (1939 - 2021)

 


LA CHICA QUE CONOCÍ EN UNA BODA

fue la prima que entonces se casó

luego hubo baile

piano y batería mucho vino

yo diría que gentes más bien pobres

con los trajes de muerto de las fiestas

nevaba muchos viejos

que echaban la colilla en un barreño

y sacudían la mota

mucha música

la pizpireta que se está

bajando las bragas

se pone de puntillas

mira la galería

con aquellos ojazos virgen santa

y aquel reír el vino

estuvo luego haciendo lo restante

hasta que ya no pude contenerme y se lo dije

no a ella

a mis amigos

y estuve enamorado como un mes

 

 EXCELENTES TIEMPOS PARA LA LÍRICA

¡Qué delicia escarbar en la pelambre

hasta dar con el cuero cabelludo

y allí cientos de liendres eruditas

ahítas de la sangre eminentísima

de tal o tal talento alejandrino!

Felices con sus propias deyecciones

plasman en un papel los grumos últimos.

Como un rayo lo imprimen en itálicas,

y tras uso de zafa y toalla sucia,

y una vez ajustados busto y medias,

instalan su real cuerpo en Boulevard Cavafís

y les ingresa en cuenta el señor March.

 

 CARPE DIEM

Qué dispendioso pulular de nombres,

de ateridas esperas mientras la madrugada

difuminaba taxis en una sucia niebla.

Qué lástima de tiempo barajando

naipes ya de textura ala de mosca

cuando el sol meridiano, más de un punto granado,

no sabe de demoras, admite alistamientos

sin requisito alguno,

por ahogado de sombra que llegue el aspirante,

para entregar a cambio manos como paneles,

ríos de campanillas, zureos de palomas,

terco mundo presente,

que fulgura y se esfuma tan tranquilo,

negándose de plano -y con cuánto derecho-

al deshonesto oficio de pañuelo de lágrimas.

 

MINUTOS

Consérvanse, hasta ahora, las raíces capilares,

la molestia periódica en la boca

que requiere de frontes muy seguidos.

La loca de la casa revolotea en cenizas,

el moscardón aguarda

inútilmente el mes de abril, la sangre

se licúa como en Nápoles,

adelgaza la mugre en la rafia, en el brillo.

El resplandor del mundo cada vez menos claro.

La llama, un día viva,

gotea regularmente por sucios y borrosos baldosines.

Agorera, la luz,

parpadea, tuerce el gesto, me rindo:

roja, ahora negra, roja.

Abre la nicotina muescas en el diencéfalo.

Los libros me prometen no bostezar ya más.

A vueltas con la cuerda, con el musgo

que la lluvia ha logrado en el alféizar.

Ruego al cielo que pare el artefacto

o que rompa en las rosas más azules.

 

DUCHESSE DE NORMANDIE

Con lunares postizos como las Silenciosas

paseas por la vulgar barriada de los ricos

vibrando en los incendios del color amarillo

fichando marquesinas y criados

para la fiesta tentacular del fuego.

A pie firme resistes el verano. Mientes

en danés. Acabas la noche ¡oh loca de ojos húmedos!

en imposibles barras de bares periféricos

pidiendo con voz ronca una copa no más la última copa

de espesa menta y una mirada amable

que borre tanta llaga, tanta

bajada a los infiernos, deseados lo sabes,

desde los días dorados de Palm Beach.

 

EL CINE DE LOS SÁBADOS

maravillas del cine galerías

de luz parpadeante entre silbidos

niños con su mamá que iban abajo

entre panteras un indio se esfuerza

por alcanzar los frutos más dorados

ivonne de carlo baila en scherezade

no sé si danza musulmana o tango

amor de mis quince años marilyn

ríos de la memoria tan margos

luego la cena desabrida y fría

y los ojos ardiendo como faros


viernes, 23 de abril de 2021

EL ENIGMA DE LA HABITACIÓN 622

 

Una noche de diciembre, un cadáver yace en el suelo de la habitación 622 del Palace de Verbier, un hotel de lujo en los Alpes suizos. La investigación policial no llegará nunca a término y el paso del tiempo hará que muchos olviden lo sucedido.

Años más tarde, el escritor Joël Dicker llega a ese mismo hotel para recuperarse de una ruptura sentimental. No se imagina que terminará investigando el viejo crimen, y no lo hará solo: Scarlett, la bella huésped de la habitación contigua, lo acompañará en la búsqueda mientras intenta aprender también las claves para escribir un buen libro.

¿Qué sucedió aquella noche en el Palace de Verbier? Joël Dicker nos lleva finalmente a su país natal para narrarnos una investigación policial en la que se mezclan un triángulo amoroso, juegos de poder, traiciones y envidias en una Suiza no tan tranquila, donde la verdad es muy distinta a todo lo que hayamos imaginado.

                La novela es un homenaje a su editor Bernard de Fallois, que falleció poco antes, donde el escritor profundiza en su relación con él y cómo le llegó el éxito, y nos la va contando a lo largo de todo el libro.

                Tenemos varios saltos temporales, desde el presente a diversos momentos del pasado, antes y después del asesinato, que hasta mitad del libro no se produce, y aún se tarda más páginas en que se nos diga quién es el muerto; todo ello para contarnos la vida de los protagonistas, los acontecimientos que rodean al asesinato y lo que ocurrió después.

La historia gira en torno al nombramiento del nuevo director del banco Ebezner, siendo los candidatos  Macaire Ebezner, hijo del antiguo director y cuya familia le puede dar los votos necesarios, y Lev Levovitch, un joven que ha salido de la nada y ha subido como la espuma. La semana antes de la elección, Macaire no dudará en hacer la pelota todo lo posible a su familia y hacerle cualquier jugada sucia a Lev. Tenemos a Tarnagol, uno de los dueños del banco, con negocios no muy claros; a Jean-Bénédict Hansen, que le vemos ayudar a su primo Maurice. Pero para liar más la cosa tenemos un triángulo amoroso: Maurice, su esposa Anastasia y Lev (antiguo novio y actual amante de esta). Y otra trama secundaria que tenemos es que Maurice cree que trabaja para el servicio secreto suizo para desenmascarar los negocios de Tarnagol. Y a lo largo de la historia, el escenario principal es el Palace de Verbier.

Los enredos y los engaños se van sucediendo y superponiendo para enganchar al lector y que este quiera proseguir con la historia, una formula que hasta ahora le ha funcionado bien a Dicker.

jueves, 22 de abril de 2021

DÍA DE LA TIERRA

 


En este momento en que conmemoramos el Día Internacional de la Madre Tierra, nuestro planeta se encuentra en un punto de inflexión.

La humanidad sigue abusando del mundo natural.

De forma irresponsable, saqueamos los recursos del planeta, mermamos sus especies silvestres y tratamos el aire, la tierra y los mares como vertederos.

Hay ecosistemas y cadenas alimentarias cruciales que se están viendo al borde del colapso.

Esa es una actitud suicida.

Debemos poner fin a nuestra guerra contra la naturaleza y cuidar de ella para que recobre la salud.

Eso implica llevar a cabo una acción climática ambiciosa para limitar el aumento de la temperatura global a 1,5 °C como máximo y adaptarse a los cambios que se producirán.

Eso implica adoptar medidas más contundentes para proteger la biodiversidad.

Y eso implica también reducir la contaminación creando economías circulares que generen menos desechos.

Esas medidas protegerán nuestro único hogar y crearán millones de empleos.

La recuperación de la pandemia de COVID-19 ofrece una oportunidad de que el mundo emprenda un camino más limpio, ecológico y sostenible.

En el Día Internacional de la Madre Tierra, comprometámonos todos a trabajar con ahínco para restaurar nuestro planeta y hacer las paces con la naturaleza. 

António Guterres, Secretario General de la ONU

viernes, 2 de abril de 2021

DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO INFANTIL Y JUVENIL


LA MÚSICA DE LAS PALABRAS

 

Cuando leemos, a nuestra mente le crecen alas.

Cuando escribimos, nuestros dedos cantan.

 

Las palabras son tambores y flautas en la página,

pájaros cantores que alzan el vuelo y elefantes

que trompetean,

ríos que fluyen, cascadas que caen,

mariposas que revolotean

¡en lo alto del cielo!

 

Las palabras nos invitan a bailar:

ritmos, rimas, latidos del corazón,

ruido de cascos y aleteos,

fábulas antiguas y nuevas,

ficticias y reales.

 

No importa si estás cómodamente en casa

o cruzando la frontera hacia un nuevo país

y un idioma desconocido, los cuentos y poemas

son tuyos.

 

Cuando compartimos las palabras, nuestras voces

se transforman en la música del futuro,

en paz, alegría y amistad,

una melodía de esperanza.

 

Mensaje: Margarita Engle

Ilustración: Roger Mello.

martes, 2 de febrero de 2021

EL EFECTO FRANKENSTEIN

         Elia Barceló, a través de este homenaje al Frankenstein de Mary Shelley (atentos al capítulo donde aparece la novelista inglesa), nos ofrece una intriga en la que confluyen los géneros de novela policíaca y gótica.

Todo comienza cuando el joven Max se despierta en una casa en ruinas; su cuerpo está cruzado por enormes cicatrices que evidencian que ha sido atendido por un cirujano, pero él no recuerda nada. Nora estudia Medicina en la ciudad alemana de Ingolstadt y esa misma noche de Carnaval conoce a Max cuando ambos salvan a una niña de morir ahogada en el Danubio. La atracción es inmediata. El problema es que pertenecen a épocas distintas: Nora es una estudiante del siglo XXI que disfruta de unos derechos como mujer que dos siglos antes no existían, mientras que Max es un joven aristócrata alemán del siglo XVIII que no entiende muchas de las cosas que ella hace o dice.

Nora, siguiendo a Max para averiguar quién es, viajará, al cruzar una puerta, a finales del siglo XVIII. Allí tendrá que disfrazarse de hombre y también de señorita; y adaptarse a las vestimentas y costumbres de la época (logias secretas, los experimentos científicos prohibidos con cadáveres, la desigualdad entre hombres y mujeres, etc…)  para evitar que maten a Max y ayudarle a solucionar el problema con la criatura que su irresponsable amigo Víctor Frankenstein ha creado y abandonado en su laboratorio.

                A partir de las diferencias  entre estas dos épocas, la autora nos hace reflexionar sobre la desigualdad de género, tanto en el ámbito profesional como social. Asimismo, como en la obra de Shelley, también reitera la obligación moral de cumplir con las responsabilidades y consecuencias de nuestras acciones

                A lo largo de las páginas, Elia Barceló nos sumerge en esa atmosfera donde se originará el movimiento cultural del Romanticismo: los misterios y secretos, la historia de amor, la rebeldía de Nora, que choca con las costumbres de la época…  

                Junto a los protagonistas, encontramos a personajes como Victor, un irresponsable que huye de las consecuencias de sus actos; Sanne, una joven criada que han echado de su trabajo por estar embarazada; Wolf, el Lobo, el asesino mercenario; la criatura (que tiene dos almas distintas, la de un jardinero y la de un pretencioso profesor de universidad)

PREMIO EDEBÉ DE LITERATURA JUVENIL 2019

PREMIO KELVIN 505 DEL 2020

PREMIO NACIONAL DE LITERATURA JUVENIL 2020 

viernes, 11 de enero de 2019

FRANKENSTEIN RESUTURADO


Enviado por Lourdes:

Al cumplirse 200 años del nacimiento de la criatura de Mary Shelley, en este proyecto dirigido por Fernando Marías, se homenajea a un personaje que cambió la literatura y que se convirtió en un referente tanto de la novela romántica inglesa como de la novela de terror.

¿Cuál habría sido el periplo de la criatura de Frankenstein si hubiese vivido las veinte décadas transcurridas desde su nacimiento oficial hasta hoy? Esta reflexión se la hace Fernando Marías en el prólogo al contemplar a un viejo solitario y la  traslada a veintiún autores y otros tantos ilustradores para que visualicen a la criatura en ese eslabón concreto de la cadena del tiempo: 1818-2018. En los relatos, la criatura sigue sola, con su apariencia terrible, pero sabiendo que el mal no está en ella.

21 relatos, 21 ilustraciones, 2 propuestas musicales incluidas también en el libro.

Y la traducción de la novela por Lorenzo Luengo, que acerca al lector actual la creación del mito de Frankenstein pero sin abandonar el tono romántico que su autora le dio.

                Algunos de los relatos: 

«La dimensión helada» de Irene Gracia: Tras un intento de confundirse entre los hombres y, tras ser aceptado por ellos, la criatura vuelve al Polo huyendo otra vez.

«Descendencia» de Jacinto Muñoz Rengel: ¿Si Frankenstein no creó una compañera para la criatura para evitar su monstruosa descendencia, no sería la esterilización la solución?

«Es imposible que estemos escuchando un columpio en la buhardilla» de Juan Ramón Biedma: Unos niños se refugian en una casa abandonada huyendo del horror de la guerra civil con su maestra. Cada uno representa una parte de la futura sociedad. Encuentran en el desván a la criatura. Solo una niña es capaz de mirarlo a los ojos.

«Victoria» de Elia Barceló: Victor Frank sueña mirando las estrellas con un cohete que lo lleve lejos, a las estrellas, con su ansiada compañera.

«El hijo del agente naranja» de Clara Peñalver: En un Vietnam regado por el agente naranja, la criatura se da cuenta de que no es peor que el resto de seres humanos.

«16 de julio de 1974» de Espido Freire: Ese día nace una niña que buscará durante toda su vida, al mito, al hombre, a la criatura…

domingo, 25 de noviembre de 2018

NOLI ME TANGERE



Había cogido el autobús para ir al embarcadero aquella misma mañana. La pequeña maleta que llevaba no pesaba demasiado y, afortunadamente, no tuvo que detenerse para hablar con nadie de camino a la estación. Una vez en el autobús, después de comprar el billete y de respirar con algo más de tranquilidad al verificar que nadie se acercaba a ella con la intención de averiguar qué era lo que estaba haciendo y adónde se dirigía, decidió que lo mejor sería sentarse cerca del conductor e, inmediatamente, abrir un libro para esconderse dentro y no apartar los ojos de él hasta haber llegado a su destino.
Cuando el autobús se puso en marcha, se fijó en los demás pasajeros: un hombre de unos sesenta años se había sentado al otro lado del pasillo, en la segunda fila, junto a la ventana, y cuando sus miradas se cruzaron él sonrió abiertamente en su dirección, como si conociera a Julia desde hacía tiempo pero estuviera intentando ser discreto. Aunque lo cierto era que no se conocían en absoluto. Detrás de ella, tres asientos más allá, una pareja había comenzado a discutir en el mismo instante en que arrancaba el motor. Seguramente habían empezado a pelearse ya en la calle o quizá incluso antes, en su casa. Si pusiera un poco de atención, podría entender por qué discutían y qué era lo que se estaban diciendo con voz ronca en parte por el sueño del que todavía no se habían desprendido del todo y en parte por los esfuerzos que hacían los dos por disimular el tono de sus reproches. En una ocasión, Julia pudo oír claramente cómo ella decía: «¿Quieres hacer el favor de bajar la voz? ¿Es que quieres que se entere todo el mundo?»
Los demás, tres chicos de unos dieciocho años, se habían acomodado en los asientos de la última fila, donde podían estirar las piernas e incluso, como harían más tarde, encender un cigarrillo.
Una vez supo con certeza que allí dentro nadie sabía quién era, por fin pudo dejarse llevar por la velocidad de los árboles. Mantenía su libro abierto (un árbol… Otro árbol…), pero por el momento, y aunque conociera bien el paisaje de la isla, iba a dedicarse a mirar por la ventana. Todas sus dudas previas habían desaparecido, se habían evaporado, en el momento en que había comenzado el acto mismo del viaje, el movimiento. Tal vez porque, de repente, sus expectativas debían centrarse en el destino y, por ello, las personas y los objetos que se quedaban en el lugar que acababa de abandonar dejaban de tener tanta importancia. O tal vez porque la suave vibración del desplazamiento le producía una calma extraña, una espontánea entereza que le recordaba que su recorrido de las próximas horas ya no iba a depender de ella y que cualquier decisión, cualquier propósito, debía quedar pospuesto hasta el momento de la llegada.
Entre las páginas de su libro llevaba el billete del ferry que iba a sacarla de la isla en la que había vivido durante cuatro largos años. Lo cierto era que se sentía extrañamente tranquila en aquel autobús.
Casi una hora después, el vehículo comenzó a moverse más despacio. Estaba frenando. Habían llegado y la gente empezaba a recoger sus bolsos. La estación fue apareciendo poco a poco con toda la parafernalia propia de todas las estaciones de autobuses: cafetería, vitrinas amarillentas que guardan los carteles de los horarios, llegadas, salidas… Así que también ella se levantó y, tras cruzarse en el estrecho pasillo con el hombre que tan ampliamente le había sonreído al principio, bajó los dos escalones del autobús con su pequeña maleta en una mano.
—¿Te ayudo? —escuchó. Estaba decidiendo si lo mejor sería tomarse un café antes de dirigirse al embarcadero o si quizá debiera ir a los lavabos de la estación para verificar que su aspecto era aceptable. El pelo en orden, la ropa sin demasiadas arrugas… Miraba su reloj de pulsera mientras intentaba llegar a alguna conclusión, sin centrarse del todo en lo que indicaban las agujas, cuando volvió a escuchar—: Oye. Te lo estoy diciendo a ti, preciosa. Te he preguntado que si necesitas ayuda. Pienso que una chica tan delgadita como tú, con esos bracitos y esas piernecillas, no debería cargar con ninguna maleta.
Julia no estaba muy segura de que estuvieran hablando con ella. Giró la cabeza lentamente, con un deje de extrañeza en la cara, para descubrir, justo delante y más inmensa que nunca, la sonrisa de aquel hombre mayor que viajaba también en el autobús.
—No gracias —respondió—. No pesa mucho.
—¿Cómo no va a pesar, criatura? —respondió él—. Anda trae, que yo me encargo.
Julia no pudo evitar que él le quitara la maleta.
—Pero ya le he dicho que no pesa.
Estiró una mano de inmediato para recuperar su maleta, pero el hombre la retiró de repente, sin dejar de sonreír, y se la colocó a la espalda, fuera de su alcance.
—Quieta, fierecilla… Que no quiero robarte nada. ¿Es que vas a dudar de un viejo como yo?
—Devuélvame la maleta. O llamo a la policía.
Tenía que recuperar su maleta, tenía que tranquilizarse y, sólo más tarde, al cabo de unos segundos que para ella serían años de inexistencia y de terror, tendría que comenzar a maquinar nuevas tretas para no conmoverse. Para lograr que el tiempo se deslizara mansamente por encima de ella sin apenas producirle un roce en la piel.
—Pero si yo no quiero tu maleta para nada, niña. ¿Es que uno no va a poder comportarse como un caballero delante de una señorita guapa? Yo no entiendo eso de que a las mujeres ya no os guste que se os piropee ni que se os ceda la silla o el paso. Vamos, que no me lo creo… Además —dijo acercándose a ella, con la maleta aún pegada a su espalda—, yo te podría dar todo lo que me pidieras. Todo, reina. ¿Quieres verlo? Mira…
Julia intentó alejarse del hombre, pero no podía hacer nada mientras él no le devolviese su maleta.
—Quiero que me deje en paz.
—¿Te gusta el oro, reina?
Ella miraba a su alrededor, en busca de alguien que viera lo que estaba sucediendo, y no se fijó en cómo él sacaba con disimulo de uno de los bolsillos de su chaqueta una increíble acumulación de pulseras, cadenas y pequeños objetos dorados que, al quedar sobre sus dedos un tanto temblorosos, se movían y chocaban entre sí como seres vivos retorcidos e informes.
—¡Yo no quiero nada de eso! —exclamó mientras retrocedía unos pasos.
—¿Por qué no vamos un momentito los dos juntos a los servicios? —le preguntó él entonces, acercándose de nuevo a Julia, ahora con unos labios menos sonrientes y mucho más separados, y aún mostrándole aquel montón de pulseras y cadenas—. No vamos a tardar nada. Todo muy rapidito… Anda, vamos… No te lo pienses más. Todo esto va a ser para ti si lo quieres. Y ya verás como te va a gustar…
—Déjeme en paz —murmuró ella mientras retrocedía dos pasos más.
Pero él volvió a acercarse:
—¿Qué te pasa, boba? Si sólo es un momentito. Allí, en los baños… Nadie se da cuenta de nada y yo te regalo esto, todo esto, para ti. Venga, boba. Si no es nada malo. Y con el gustito que da…
Julia entonces comenzó a encogerse y a doblarse sobre sí misma como si estuviera a punto de dejarse caer al suelo y, cruzándose de brazos, gritó:
—¡Quiero que me deje en paz!
El hombre dejó de sonreír y al instante, al comprender que su voz podría atraer hacia ellos la atención de los demás viajeros, escondió en el bolsillo de su chaqueta la mano en la que sostenía todas sus riquezas doradas.
—Más tarde te vas a arrepentir… —dijo. Y a continuación soltó la maleta de Julia, que cayó de golpe al suelo—. Tampoco es para ponerse así. Vamos, digo yo.
Ella llevaba escrita en un papel la dirección a la que debía dirigirse cuando bajara del ferry. Había buscado aquel trozo de papel arrugado tantas veces, y tantas veces había repasado el nombre de la calle, los números de teléfono, que se los sabía de memoria. Y fue al recordar aquellas ocasiones, al revivir el pánico que la había llevado a aferrarse con desesperación a unos números de teléfono, cuando Julia cerró los ojos con fuerza y, en un segundo, volvió a tenerlo todo encima: el olor ácido que despedía el hombre que se había quedado en su casa y del que debía huir, el color oscuro de sus trajes, el temblor de sus manos y de su boca, las palabras, los gestos, el tono quemado de su piel… En un segundo sintió que él, de nuevo, se había subido sobre ella, sobre su vientre, para poner las manos inmensas sobre su pecho, y supo que no iba a poder soportarlo más. Los ecos de la estación estaban desapareciendo, la gente que subía y bajaba de los autobuses ya no existía… No había conductores ni personas ni maletas que trasladar de un lugar a otro, ni horarios que cumplir. Sólo contaba aquel segundo que estaba a punto de llegar y que ella no iba a poder soportar.
Se llevó una mano a los labios, pero no pudo evitarlo, y comenzó a vomitar. Una sustancia blancuzca y espesa cubrió los dedos de su mano derecha. Para limpiarse tenía que sacar unos pañuelos de papel de uno de los bolsillos exteriores de su maleta. Así que se agachó más, rebuscó y, finalmente, después de emplear varios pañuelos, pudo deshacerse de la cálida suciedad de su propio vómito. Quiso eliminar también lo que había caído al suelo. Estaba intentando no llorar, no debía llorar, pero le resultaba imposible contener unas lágrimas que parecían venir asociadas a la misma náusea.
—¿Estás bien, hija? —Julia elevó la cabeza mientras conseguía cerrar la cremallera del apartado en que había vuelto a guardar su pequeño paquete de pañuelos. Distinguió a dos mujeres que se inclinaban hacia ella, con un gesto de preocupación en la cara.
Ella se puso de pie y se pasó el borde de una mano por los ojos.
—Estoy bien, gracias —dijo.
—¿Seguro? ¿Quieres que te acompañemos a algún sitio?
Miró a su alrededor. El hombre se había ido. Así que se agachó para recoger su maleta, e intentó sonreír, pero notó cómo los ojos se le humedecían otra vez, y supo que en esa ocasión no le iba a resultar tan sencillo retener el llanto. Levantó tímidamente una mano para despedirse de las dos mujeres sin pronunciar una sola palabra, y caminó hacia los lavabos adivinando, más que viendo en realidad, por dónde debía ir. Atravesó una estación que súbitamente se había llenado de extrañas formas curvas y de colores borrosos. Una y otra vez se pasó los dedos por los ojos, y una y otra vez éstos volvieron a empaparse, completamente indiferentes a la voluntad de Julia de dejar de llorar. Indiferentes a todos sus esfuerzos.
Cuando llegó a los lavabos, comprobó con cierto alivio que no debía introducir ninguna moneda para que las puertas se abrieran. No había mucha gente, lo que también hizo que se sintiera algo mejor. Sólo dos chicas que se hablaban en voz muy baja mientras terminaban de lavarse las manos, y la mujer que se encargaba de la limpieza y que le había dado los buenos días al entrar.
—Cualquier cosa que necesite, más papel o jabón o lo que sea, tiene que pedírmelo a mí —dijo mientras se levantaba del taburete en el que había estado sentada hasta entonces—. ¿De acuerdo? ¿Me ha entendido?
Ella hizo un rápido movimiento con una mano indicando que sí, que había comprendido el mensaje a la perfección, e inmediatamente después alcanzó uno de los baños.
Pero la mujer de la limpieza estaba decidida a ir detrás de ella:
—Oye… —volvió a decir—. Chica… ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda?
Julia se giró. De nuevo intentó sonreír y, de nuevo, lo único que consiguió fue llorar más mientras negaba con la cabeza repetidas veces.
Todo lo que deseaba era poder encerrarse en ese baño, dejar la maleta en el suelo y repasar la dirección del lugar al que debía dirigirse. El lugar en el que sabrían cómo portarse con ella, en el que le dirían cómo evitar aquellos vómitos, aquel miedo terrible, y en el que sabrían también cómo portarse con él.
Unos minutos más tarde, ya sola, se puso una mano en la frente y suspiró. Lo que tenía que hacer ahora era subir a aquel ferry y dejar atrás la isla para siempre. Se secó los ojos con los dedos, y leyó algunos de los textos escritos con bolígrafo en las paredes y en la puerta del baño.
—No me toques… —murmuró.
Comenzó a mecerse a sí misma muy lentamente.
«No me toques…»
Quizá no necesitara llorar más.
Pilar Adón

viernes, 16 de noviembre de 2018

REDSHIRTS



El alférez Andrew Dahl acaba de ser destinado al Intrepid, buque insignia de la Unión Universal desde 2456. Es un destino de prestigio, y Andrew está más emocionado si cabe por el hecho de que lo hayan asignado al laboratorio de xenobiología de a bordo, lo que le dará la oportunidad de servir en misiones de desembarco junto a los famosos oficiales de la nave.

Sus perspectivas no podrían ser mejores... hasta que Andrew empieza a comprender que cada misión de desembarco implica algún tipo de enfrentamiento letal con fuerzas alienígenas, que el capitán de la nave, su oficial científico jefe, el oficial médico y el atractivo teniente Kerensky siempre sobreviven a estos enfrentamientos, y que lamentablemente, al menos uno de los tripulantes de bajo rango siempre, siempre, muere.

Por tanto no sorprende que los tripulantes de las cubiertas inferiores eviten como la peste las misiones de desembarco. Y cuando Andrew tropieza con una información que transforma completamente tanto su propia visión como la de sus compañeros de lo que realmente es el Intrepid, surgirá la arriesgada oportunidad de salvar sus propias vidas.

                Con esta novela John Scalzi realiza un original y divertidísimo homenaje al universo de Star Trek, desde el mismo título que hace referencia al uniforme de los oficiales de bajo rango de la serie original, y estos son prescindibles. Y a esa primera trama, que hemos expuesto, se le va a unir más tarde otra, ese mundo que rodea a las series de televisión, productores, guionistas y actores incluidos.

                El planteamiento es bueno, y, en muchas ocasiones, divertido, al reírse de los tópicos y convencionalismos del género, y, especialmente cuando los protagonistas (Dahl, Duvall, Hanson, etc…) creen que no son más que marionetas, y se disponen a luchar contra esa idea. Estos personajes nos hacen un guiño desde el principio, y están bien diseñados (a veces, nos recuerdan al Augusto Pérez, de la novela Niebla de Unamuno, cuando empiezan a hablar de autor y personajes).

El libro termina con tres codas o capítulos finales (narrados, respectivamente, en primera, segunda y tercera persona), donde en una de ellas critica a los malos guionistas.

PREMIO HUGO 2013
PREMIO LOCUS 2013

miércoles, 24 de octubre de 2018

EL DÍA DE LA LUZ


DÍA DE LA BIBLIOTECA 2018

Vengo del desierto del Sáhara, de inaugurar una biblioteca. Está en Dajla, el más alejado, el más olvidado de los cinco campamentos de refugiados saharauis. Es la cuarta biblioteca que construimos, y es preciosa. En el centro hemos plantado árboles, para que los niños y los jóvenes del Sáhara puedan experimentar el gozo de sentarse a su sombra a leer un libro. No queremos que esa biblioteca sea ningún “templo de silencio”, sino más bien un espacio para del sonido, para el ruido. Una biblioteca que ya es el lugar más hermoso del campamento. Un espacio para desear ir a buscar lectura, pero también amistad, sueños compartidos. Incluso amor. Un lugar en el que enamorarse mirando unos ojos por encima de un libro. Porque al fin y al cabo, la biblioteca es el lugar en el que se descubre al otro, de papel o de carne.

En una película inolvidable, la mejor película de ciencia ficción de la historia, 2001, una odisea del espacio, aparece un monolito cada vez que el hombre se dispone a dar un salto cualitativo. Kubrick, su director, debería haber puesto un libro en su lugar. Porque han sido los libros los que han marcado el ritmo de los cambios del ser humano. Porque el libro es el laboratorio del hombre, el lugar en el que se experimenta con emociones, descubrimientos, utopías, apuestas. Somos lo que somos porque hemos pensado y escrito sobre cómo ser y sobre cómo no ser. Y seremos lo que pensemos, lo que piensen y escriban las próximas generaciones.

Así que una biblioteca no es solo un lugar en el que invitar a leer, sino también, o por eso, un lugar en el que invitar a escribir. Las bibliotecas del siglo XXI son, pueden ser, tienen que ser el semillero de nuevas novelas, nuevos monolitos, mojones de nuestro futuro. Si el siglo XX fue sin duda el siglo de la lectura, el siglo XXI puede llegar a ser el siglo de la escritura, ya lo está siendo.

Por todo eso construimos bibliotecas en los campamentos del desierto. Porque no son solo para los saharauis. Las paga nuestra sociedad civil, mediante socios adultos, y mediante actividades solidarias en colegios, institutos y bibliotecas. Y los alumnos y lectores que las sufragan se hacen conscientes de lo extraordinario que es tener una biblioteca, aprenden a valorar la suya, a defenderla. Cada biblioteca del desierto tiene detrás a miles de niños, jóvenes y adultos que la han hecho posible con su pequeño esfuerzo. Sumando. Cada lector saharaui tiene a su lado a miles de lectores, más conscientes de la importancia de una biblioteca, porque con su trabajo se ha construido una, en un clima y un lugar tan hostil.

Piensa en tu biblioteca. Hubo un día en el que esa biblioteca no existía. Alguien la soñó, luchó por ella, la llenó de libros y también de sueños. Hazte del equipo de ese alguien que la hizo posible, lucha por un mundo en el que no haya un ser humano que no tenga cerca una biblioteca, o un amoroso bibliobús. Que no haya un solo niño, joven o adulto, que no roce la mano de una bibliotecaria que le aconseje, que le oriente en el laberinto. Que es lo mismo que decir que no haya un solo ser humano conectado a lo que fue, lo que es y lo que será.

En tu mano hay millones de manos, estrechando la tuya, acompañándote en el camino. Tiernas o callosas, pequeñas o grandes. En el libro que te espera en la mesilla de noche o junto al sofá, hay millones de libros. Ingenuos o complejos, humildes o lujosos. Pero todo preciosos. Conectados todos por un invisible hilo de plata que une mano con mano, estantería con estantería, un hilo inacabable y luminoso. Inacabable, y así sea. Hoy es el Día de la Biblioteca, que es lo mismo que decir El día de la Luz.

Feliz día, feliz siglo.

Gonzalo Moure

miércoles, 26 de septiembre de 2018

PLÁNTALE CARA



—¿Quién es ese tío, Ada?
Nico me esperaba en la puerta de los aseos. Estaba muy enfadado. Su cara y su lenguaje corporal me recordaron a aquel día en la cocina.
Fría por fuera; temblando por dentro.
—¿A ti qué más te da quién sea? —le dije, tratando de esquivarlo y regresar con Bruno.
—¿Cómo que a mí qué más me da, niñata? —me respondió, agarrándome fuertemente el brazo—. Eres mía y de nadie más, ¿me oyes?
De nuevo volví a sacar fuerzas de donde no las tenía. Jamás sería propiedad de otra persona que no fuese yo misma, y aquella noche estaba bien dispuesta a dejárselo muy claro.
Fría por fuera. Temblando por dentro.
La fuerte presión de su mano rodeando mi brazo.
Fría por fuera. Haciendo acopio de fortaleza por dentro.
Aquella cara de cínico tratando de someterme.
Fría por fuera. De pronto, un témpano de hielo por dentro.
—Vamos a ver, Nicolás. Yo no sé qué te ha dado conmigo. Ni siquiera sé cómo pude acabar con un hombre como tú, si a lo que tú eres se le puede llamar hombre. No te quiero en mi vida ni cerca de ella. Puedes hacer lo que te plazca, pero ten bien claro que nunca te pertenecí ni nunca jamás te perteneceré. Y sí, ya... —Lo interrumpí porque sabía lo que iba a decir, su asquerosa sonrisa lo delató—. Ya sé que no era eso lo que gritaba la otra noche en la cama. No sé qué coño grité... porque aún no me explico cómo pude permitir que acabaras cruzando de nuevo el umbral de mi casa. Y ¿sabes qué? Que voy a dejar de darle vueltas a lo de la otra noche. Estás aquí ahora mismo porque el destino me ha puesto frente a ti para que te mande a tomar por culo. Así que, ya sabes, vete a comer mierda tú solo que este «coñito» va a seguir siendo libre y feliz.
En ese momento apareció Bruno y me preguntó si todo iba bien.
—Sí, no te preocupes, ya volvía a la mesa.
Agarré la mano que me inmovilizaba el brazo y me solté de su presa. Me sentí tremendamente bien. Aquella noche acabé de ser consciente de lo cobarde que era en realidad Nico. Se echaba para atrás en cuanto le plantaba cara; lo había hecho hacía un año en mi cocina y volvió a hacerlo en el Alexis. Era como si sólo supiese manejar emociones como el miedo o la sumisión. No sé de qué otra manera explicarlo. De ese modo, la noche anterior pasó a formar parte de un mal sueño.

Clara Peñalver, Cómo Matar a una Ninfa

martes, 4 de septiembre de 2018

EL GUARDIÁN DE LOS OBJETOS PERDIDOS



Tenía ya la historia ideal y nadie podía decir que el argumento estuviera demasiado «trillado». Era una historia arrolladora de amor y pérdida, de vida y muerte, y por encima de todo, de redención. Era la historia de una pasión grandiosa que se prolongaba durante más de cuarenta años…

Ruth Hogan nos trae una bella historia sobre objetos perdidos y segundas oportunidades a partir de dos tramas distintas:

La primera, la historia de Laura, que trabaja como asistente personal de Anthony Peardew, célebre autor de relatos que se acerca al final de sus días, quien ha pasado la mitad de su vida coleccionando objetos extraviados, tratando de expiar una promesa rota años atrás. Tras la muerte del  escritor, Laura heredará su casa y todos los tesoros perdidos (los cuales han inspirado muchos de sus cuentos que podremos leer; al principio con finales felices, luego no), para que cumpla su promesa y reúna los objetos perdidos con sus legítimos dueños. Con la casa, en el mismo paquete, vienen Freddy, un atractivo jardinero, que le hará romper su soledad como divorciada, Sunshine, la joven vecina con síndrome de Down e ideas muy curiosas, y las maledicencias de las vecinas del pueblo.

La segunda es la historia de Eunice, la ayudante de Bomber, un editor londinense, que se convertirá en el amor de su vida, un amor inalcanzable. Junto a ellos, los perros de este y su hermana Portia, personaje que se nos hace odioso por la forma en que trata a los demás y por sus ínfulas en querer ser un gran novelista cuando, más que homenajear, plagia a los grandes de la literatura inglesa (Orgullo y Perjuicio de Jane Austen, Jane Eyre de Charlotte Bronte, entre otros; curiosamente alcanza el éxito, gracias a un editor rival de Bomber, con su obra Harriet Hotter y el teléfono de las peladillas, que sería una parodia de nuestro mago preferido).

Con estas dos tramas, Ruth Hogan escribe una historia arrolladora de amor y pérdida, de vida y muerte y, sobre todo, de redención. Es una historia intrascendente, que nos atrapa enseguida con pequeños detalles que la autora va dejando caer a lo largo del libro; sería una historia tipo feelgood, tal y como lo define Mónica Gutiérrez en su novela La Librería del Señor Livingstone. El libro está lleno de humor, y de referencias literarias (esos plagios de Portia, ¡son divinos) y cinematográficos (por ejemplo, Cuatro Bodas y un Funeral presente en el entierro-boda de Anthony y Therese, con el inolvidable poema de W. H.Auden en labios de Sunshine, o en el funeral de Bomber).

viernes, 20 de julio de 2018

REBELIÓN EN VERNE



            Enviado por Sara:
           
En 1886, Jules Verne está desanimado y acaba de abandonar su novela Dos Años de Vacaciones.

 Los protagonistas de la historia se hallan atrapados en una isla del Pacífico, donde el tiempo se ha detenido y el invierno se eterniza. Cansados y desesperados porque la historia no avanza, Briant y Doniphan deciden explorar qué hay más allá del abismo oscuro que interrumpe su aventura y aterrizan en el gabinete de trabajo del escritor.

E intentando encontrar una solución a su problema, se irán introduciendo en diferentes novelas de Verne e interactuando con diferentes personajes emblemáticos de Verne.

Marisol Ortiz de Zárate en esta novela nos ofrece por una parte la biografía de Julio Verne, y por otra un repaso a algunas de sus obras y sus personajes, lo que nos permitirá conocer las novelas de este escritor francés. Así, junto  a Briant y Doniphan que buscan a un misterioso Nadar que les puede ayudar a solucionar su problema, iremos recorriendo Cinco Semanas en Globo, Un Capitán de Quince Años, La Vuelta al Mundo en Ochenta Días (donde nos encontraremos con Phileas Fogg y Auda, que no se siente valorada por su papel pasivo en la historia), Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino (con Nemo al frente del Nautilus, desempeñando un papel importante en la novela), Miguel Strogoff, De la Tierra a la Luna (cuyo protagonista, Michel Ardan, juega un doble papel en este relato). De esta forma los dos jóvenes cuando salen del libro en busca de respuestas, y se introducen en otras obras de Verne animan a distintos personajes a que se rebelen con ellos para que concluya su historia.

jueves, 7 de junio de 2018

LA CIUDAD Y LOS LIBROS



A principios del siglo XXI, la ciudad donde nací dejó de ser la ciudad donde había nacido. La ciudad real se convirtió en la ciudad de la memoria y sus calles, en el eco de las calles donde yo había vivido. Sólo el eco —como los pasos en un escenario vacío, y su recuerdo, un espejismo—. La ciudad reivindicaba ahora su condición de ser otra, cuyo espíritu se había mermado a través de la fiebre homogeneizadora de las ciudades europeas. Para unos, el museo turístico, la catalogación, el maquillaje restaurador, la metáfora de la nueva fortuna o el poder, el reencuentro con lo que nunca existió; para mí, el lugar de la literatura. Porque ciudad y literatura se unen en un espacio común: quizá porque ese binomio —ciudad-literatura y al fondo el yo, como en una ficción— es un lugar donde siempre he sido feliz. La lista de esa felicidad es larga. La Alejandría de Cavafis y Lawrence Durrell, la Ferrara de Giorgio Bassani, el San Petersburgo de Nabokov, el París de Proust, pero también de Cyril Connolly, Patrick Modiano y Bernard Frank, el Londres de Dickens, la Estambul de Orhan Pamuk, el Trieste de Joyce, o la Venecia de Proust —de nuevo—, Paul Morand, Thomas Mann, Joseph Brodsky y tantos otros... Figuras dibujadas en el agua verdosa de un estanque, la memoria, donde los peces —su luz naranja, blanca, azul y negra— se mueven al ritmo de la música de Satie, como los recuerdos. Y en el centro, antes que ninguna otra, Palma, una ciudad que ha sido no sólo mi ciudad natal, sino la ciudad en la que aprendí a vivir otras ciudades que también he amado. Palma es la ciudad que me enseñó a amar las ciudades y a sentir como propio el principio de la civilidad, que es un sentimiento urbano.
José Carlos Llop. En la Ciudad Sumergida

miércoles, 21 de marzo de 2018

DÍA MUNDIAL DE LA POESÍA



EL POETA

Ese hombre de cabellera dispersa
no es otra cosa que el exhumador
de un mundo antes irredento
Ha aprendido sufriendo,
formulas magicas que los otros desconocen
conjuros para evocar y recrear las danzas interiores
razas sordomudas perdidas en sus parajes profundos
cobran voz bruscamente y desde el valle dormido bajo la niebla
ese coral suena iluminando regiones desoladas o magnificas,
asi hasta que toda la tierra se convierte en eco.

Juan Eduardo Cirlot

miércoles, 14 de marzo de 2018

SI EL UNIVERSO FUESE VERDADERAMENTE INFINITO



IN MEMORIAM DE STEPHEN HAWKING
(8 DE ENERO DE 1942, 14 DE MARZO DE 2018)

          Si el universo fuese verdaderamente infinito espacialmente, o si hubiese infinitos universos, habría probablemente en alguna parte algunas grandes regiones que habrían comenzado de una manera suave y uniforme. Es algo parecido al bien conocido ejemplo de la horda de monos martilleando sobre máquinas de escribir; la mayor parte de lo que escriben será desperdicio, pero muy ocasionalmente, por puro azar, imprimirán uno de los sonetos de Shakespeare. De forma análoga, en el caso del universo, ¿podría ocurrir que nosotros estuviésemos viviendo en una región que simplemente, por casualidad, es suave y uniforme? A primera vista esto podría parecer muy improbable, porque tales regiones suaves serían superadas en gran número por las regiones caóticas e irregulares. Sin embargo, supongamos que sólo en las regiones lisas se hubiesen formado galaxias y estrellas, y hubiese las condiciones apropiadas para el desarrollo de complicados organismos auto reproductores, como nosotros mismos, que fuesen capaces de hacerse la pregunta: ¿por qué el universo es tan liso? Esto constituye un ejemplo de aplicación de lo que se conoce como el principio antrópico, que puede parafrasearse en la forma «vemos el universo en la forma que es porque nosotros existimos»

Stephen H. Hawking, Historia del Tiempo

viernes, 9 de marzo de 2018

EN BUSCA DEL TESORO



DÍA DE LA ENSEÑANZA 2018

Con esfuerzo apartó las ramas que le impedían el paso, retorciéndose, formando una casi impenetrable tela de araña que con hostilidad se enfrentaba a ella, como diciendo: «Vete, no eres bienvenida».
La camisa se pegaba a su espalda, empapada en un sudor tan denso y tan caliente como el asfixiante aire que allí se respiraba.
«Tiene que estar ya muy cerca, no puede faltar mucho», se dijo a sí misma.
Al pasar junto a una enorme roca, casi enteramente cubierta de un oscuro musgo de aspecto gelatinoso, una numerosa bandada de murciélagos alzó el vuelo con brusquedad. De inmediato recordó las palabras del Profesor, tan vivamente como si las estuviese escuchando en ese momento por primera vez:
«Al llegar a la roca de los murciélagos camina veinte pasos hacia el sur y habrás llegado a la entrada del templo».
Así que sacó la brújula del bolsillo y esperó un segundo hasta que la aguja señaló el norte. Con una sonrisa en los labios giró sobre sí misma, guardó la brújula y comenzó a caminar hacia el sur.
«Uno, dos, tres..., dieciocho, diecinueve y veinte». Ya estaba. Había llegado a la entrada del templo. O eso se suponía. Porque ante ella no había nada. Ninguna puerta, ni columnas, ni escaleras, nada. Tan solo un enmarañado manto de hojas y enredaderas que cubrían casi por completo una irregular formación rocosa. No podía ser, tenía que estar allí. El Profesor había sido muy claro, veinte pasos al sur de la roca de los murciélagos. Y en ningún momento había dudado de su palabra. Ni tan siquiera entonces. Porque los consejos y las indicaciones del Profesor siempre habían sido acertados, y siempre, en innumerables ocasiones, le habían sido de gran ayuda.
Inmediatamente acudieron a su mente recuerdos imborrables. Aquella vez en la que tuvo que enfrentarse a la abominable y cruel Señorita Trunchbull; aquel verano en que suspendió las Matemáticas y el Imbécil metió los Pin y Pon en el vídeo; cuando, acompañada de su amiga Casiopea, tuvo que ir hasta el mismísimo Manantial del Tiempo para desbaratar los planes de los Hombres Grises; la ocasión en la que, a lomos de Fújur, consiguió escapar de Gmork y de la Nada; o aquella otra en la que tuvo que recorrer media Europa huyendo                    entre las enredaderas. No era más que un lagarto, un lagarto curioso y esquivo que, casi enseguida, desapareció de nuevo entre el follaje.
Intrigada, introdujo con cuidado una mano por la abertura en la que, hacía tan solo un instante, había estado el lagarto, y con sorpresa descubrió que, tras ella, no había roca. No había nada. Así que, primero con precaución y después con ansia, fue apartando hojas y ramas hasta dejar al descubierto aquello que, sin duda, era lo que con tanto ahínco había estado buscando. No se trataba de ninguna puerta majestuosa, enmarcada por robustas columnas ni fastuosas escaleras. No era más que una grieta en la roca, que apenas dejaba espacio para que un ser humano pudiese franquearla; sin embargo, no podía dudar de que aquella tenía que ser la entrada al templo. Labradas en la roca, rodeando por completo la abertura, había multitud de pequeñas calaveras emplumadas. Y aquel era el símbolo del dios al que el templo que ella buscaba estaba dedicado.
Así que, sin dudarlo un instante, y armada de una antorcha que había encontrado junto a la entrada, quizás a la espera del primer aventurero incauto que se atreviese a cruzar el umbral y necesitase iluminar sus pasos, comenzó a recorrer un camino que, si bien podía granjearle la mayor de las recompensas, también podía resultar sumamente peligroso y, por qué no admitirlo, incluso fatal.
Sin embargo, otra vez los sabios consejos, las enseñanzas y el apoyo del Profesor le ayudaron a sortear todos los peligros con los que se fue encontrando: las terribles arenas movedizas hirvientes, el pasadizo de las cuchillas afiladas, los pozos ocultos repletos de gigantescos escorpiones, las imprevisibles estatuas vivientes. Con esfuerzo y algo de suerte logró superar todas y cada una de aquellas pruebas y amenazas hasta alcanzar finalmente la sala en la que se hallaba aquel magnífico tesoro que había ido a buscar.
Allí estaba, inmóvil, corno llamándola, encima del altar de piedra. Con pasos cuidadosos subió las escaleras labradas en la roca hasta llegar junto a la recompensa que tanto había ansiado encontrar. Estaba al alcance de su mano. Tan solo tenía que cogerlo. Ya era suyo. Era tan sencillo... Quizás demasiado. Entonces se dio cuenta. En aquel altar de piedra había un resorte. Y seguro que estaba conectado a algún oculto mecanismo que la conduciría a una muerte terrible. Así que, como le había enseñado el Profesor, se tomó su tiempo. Observó y estudió aquel resorte hasta que creyó dar con la clave. Sin embargo, no podía estar segura. Nunca se podía estar del todo segura en estos casos. Pero tenía que arriesgarse. No iba a marcharse de allí con las manos vacías. Así que se armó de valor, se limpió el sudor de la frente y se dispuso a coger aquello que había ido a buscar. Con cuidado buscó en el interior de su mochila hasta encontrar lo que necesitaba: un lápiz. Un simple lápiz de grafito. Aún con más cuidado cogió el lápiz con dos dedos y, muy despacio, lo introdujo en un pequeño agujero que había en la parte trasera del altar. Un pequeño crujido, casi imperceptible, llegó a sus oídos. Por unos interminables segundos esperó inmóvil, temiendo que aquel sonido fuese el principio de su propio fin. Sin embargo, no sucedió nada. Entonces ella alargó las manos, temblorosas, y tomó el tesoro con la mayor de las precauciones y las reverencias. ¡Lo tenía! ¡Lo había conseguido! Aquel tesoro era suyo. Para siempre, y ya nadie podría arrebatárselo. Así que, con una enorme sonrisa en los labios, recorrió los pocos pasos que la separaban de la mesa del Profesor.
-Ya lo he terminado.
-¿Te ha gustado?
-¡Me ha encantado! Es justo como nos habías contado. Misterioso, divertido, emocionante. ¡Maravilloso!
-Me alegro mucho. Y ahora, ¿qué vas a hacer? ¿Quieres empezar otra aventura?
-¡Por supuesto! ¡Claro que sí! ¡Inmediatamente!
-Está bien, está bien. Primero tenemos que repasar los ejercicios de Matemáticas; pero, en cuanto terminemos, podéis buscar un nuevo libro en la biblioteca.
-Profesor...
-¿Sí?
-¿Cuál me recomiendas?

Concha López Narváez y Rafael Salmerón