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martes, 28 de agosto de 2018

EL TROVADOR OSCURO



Un talentoso trovador llamado Arnaut Daniel es apresado sin motivo aparente por el rey de Inglaterra, Ricardo Corazón de León, quien pone a prueba su honor y su lealtad.  El trovador demostrará sus valores con un respeto reverencial por la sobrina del rey, Edith, y por su madre, Leonor.

Más allá de eso, el monarca lo traicionará, Arnaut deberá escapar, pero volverá para salvarlo de una conspiración en su contra. El trovador volverá a dar muestras de su lealtad y conocerá a Robin Hood, quien colaborará con él para que Ricardo Corazón de León siga siendo el rey de Inglaterra.

                Curioso libro el de Carlo Frabetti para un público joven. Por una parte, es una novela histórica centrada en el reinado de Ricardo Corazón de León (vemos la III Cruzada como telón de fondo y la disputa del trono de Inglaterra con su hermano Juan sin Tierra). Pero también se nos habla de matemáticas (esos números arábigos), y de literatura.

                Esta novela de aventuras contiene varios de los tópicos de la literatura europea medieval: el amor cortés, las cruzadas, los torneos, el héroe… que en este caso no es un caballero, sino un  trovador cuyo mérito se basará en la sabiduría y la palabra. Y aquí encontramos un homenaje a sir Walter Scott, pues por las páginas del libro pasean Ivanhoe o el escoces sir Kenneth con su mastín (el protagonista de la novela El Talismán) junto con Robin Hood.

                Además Arnaut Daniel es un personaje real, y Dante y Petrarca lo consideraron uno de los grandes poetas. En el libro podemos encontrar varios de sus poemas, una curiosa definición de poesía (invitar a quien la escucha a que componga en su corazón su propio poema). Pero también asistimos a la creación de la sextina, su famosa composición poética a partir de la disposición de los números que lleva el talismán que le entrega Sir Kenneth:

1 6 3 5 4 2
2 1 6 3 5 4
3 5 4 2 1 6
4 2 1 6 3 5
5 4 2 1 6 3
6 3 5 4 2 1

                Curioso, ¿verdad? ¿a qué parece un sudoku? Si quieres la explicación tendrás que leer el libro.

                La novela es fresca, ágil, divertida, sabe engancharte. Y Arnaut es un personaje encantador, una mezcla de ingenio e ingenuidad increíble (las que le gastan los Plantagenet).

                También Carlo Frabetti nos trae en la novela valores actuales: Ricardo y sir Kenneth son gays (no os equivoquéis, que no son pareja); vemos como Arnaut detiene una presunta violación, a pesar de que sabe que lleva las de perder; o Melisa, la juglaresa, que proclama su libertad y es capaz de tomar iniciativas.

viernes, 20 de abril de 2018

EL SÉPTIMO CÍRCULO DEL INFIERNO


El KGB, el régimen nazi, la Inquisición, las guerras, el FBI, el gobierno chino, el hambre, la pérdida de un ser querido, la enfermedad, el exilio, la censura... Muchos son, en efecto, los infiernos de la literatura a los que se han tenido que enfrentar escritores y escritoras de todos los tiempos.

Este el tercer libro donde Santiago Posteguillo nos contagia su amor por los libros y en especial por los autores cuyo genio y talento hizo que del infierno salieran con obras que nos acompañan en muchos momentos. Antes fueron La Noche en que Frankenstein Leyó el Quijote o La Sangre de los Libros, donde nos contaba la historia oculta de los libros o de sus autores.

El título del libro viene del interrogatorio a Vera Caspary, autora de novela negra, por el Comité de Actividades Antiamericanas al acusadanrla de ser comunista: le amenazaron con convertir su vida en un infierno, y ella les replicó que la dejaran en el séptimo infierno (el círculo donde Dante en La Divina Comedia sitúa a los asesinos).

                Ya en el prólogo Posteguillo nos advierte:

Muchas son las circunstancias terribles en las que se generan los libros. Esto no es porque a los autores les gusten los problemas, las dificultades y las penurias. Es simplemente porque los libros, desde siempre, ya sean poemas, obras de teatro, ensayos o novelas, han sido perseguidos, y los que persiguen son muy buenos en crear infiernos perfectos, totales, completos para los creadores a los que buscan acorralar. Lo que les duele a los perseguidores, lo que no terminan de entender es cómo es posible que incluso en esos infiernos se escriba tanto y tan bien (...)

El séptimo círculo del infierno intenta mostrar algunos de estos mundos terribles, de estos momentos duros, y cómo grandes escritores y autoras de todos los tiempos supieron superarlos, doblegarlos, romperlos y, al hacerlo, regalarnos maravillosas obras de la literatura.

                Y el autor, cual nuevo Virgilio, con su prosa amena nos acompaña en este viaje a los infiernos, y nos va mostrando anécdotas y curiosidades sobre diversos escritores. Y de esta manera, por sus páginas se pasean Safo, Rustichello da Pisa (con Los Viajes de Marco Polo), Cristina de Pizán (que a finales del siglo XIV en La ciudad de las damas escribe un manifiesto en favor de los derechos de la mujer), sor Juana Inés de la Cruz, Kipling, Zenobia Camprubí, Saki, Concha Espina, Pearl S. Buck, Carson McCullers, Imre Kertész, Mijaíl Bulgákov, Julia de Burgos, entre otros muchos.

                Es de agradecer que, hasta bien entrado el capítulo, en ningún momento Posteguillo desvele de quién está hablando, lo cual favorece la intriga y el interés del lector.


jueves, 19 de mayo de 2016

LEER A DANTE


El capitán propuso empezar con una lectura completa e individual de la Divina Comedia, tomando notas de todo cuanto nos llamara la atención y reuniéndonos al final del día para poner en común nuestras apreciaciones. Farag discutió la idea, argumentando que la única parte que nos interesaba era la segunda, el Purgatorio, y que las otras dos, el Infierno y el Paraíso, debíamos examinarlas de pasada, sin perder tiempo, concentrándonos de manera sumaría en lo importante. Viendo el cielo abierto ante mí, adopté una actitud más tajante todavía: con el corazón en la mano, admití que odiaba a muerte la Divina Comedia, que, en el colegio, mis profesoras de literatura me habían hecho aborrecerla y que me sentía incapaz de leer ese mamotreto, de modo que lo mejor que podíamos hacer era ir directamente al grano y saltarnos todo lo demás.

—Pero, Ottavia —protestó Farag—, podemos dejar escapar inadvertidamente un montón de detalles importantes.

—En absoluto —afirmé con rotundidad—. ¿Para qué tenemos con nosotros al capitán? A él no sólo le apasiona este libro sino que, además, conoce la obra y al autor como si fueran de su familia. Que el capitán haga una lectura completa mientras nosotros trabajamos sobre el Purgatorio.

Glauser–Róist frunció los labios pero no dijo nada. Se le notaba bastante disgustado.

De ese modo empezamos a trabajar. Esa misma tarde, la Secretaría General de la Biblioteca Vaticana nos proporcionó dos ejemplares más de la Divina Comedia y yo afilé mis lápices y preparé mis libretas de notas, dispuesta a enfrentarme, por primera vez después de veinte años —o más—, con lo que consideraba el tostón literario más grande de la historia humana. Creo que no dramatizo en exceso si digo que se me abrían las carnes sólo de pensar en echar un vistazo a aquel librillo que, mostrando en la cubierta el enflaquecido y aguileño perfil de Dante, descansaba amenazador sobre mi mesa. No es que no pudiera leer el magnífico texto dantesco (¡cosas mucho más difíciles había leído en mi vida, volúmenes completos de tedioso contenido científico o manuscritos medievales de pesada teología patrística!), es que tenía en mi mente el recuerdo de aquellas lejanas tardes de colegio en las que nos hacían leer una y otra vez los fragmentos más conocidos de la Divina Comedia mientras nos repetían hasta la saciedad que aquello tan pesado e incomprensible era uno de los grandes orgullos de Italia.

Diez minutos después de haberme sentado afilé otra vez los lápices y, al terminar, decidí que debía ir al aseo. Volví, al poco, y ocupé de nuevo mi lugar, pero, cinco minutos más tarde los ojos se me cerraban de sueño y decidí que había llegado el momento de tomar algo, así que subí a la cafetería, pedí un café exprés y me lo bebí tranquilamente. Regresé con desgana al Hipogeo y me pareció una idea excelente ordenar en ese momento los cajones para deshacerme de esa ingente cantidad de papeles y cachivaches inútiles que se acu-mulan durante años en los rincones como por arte de magia. A las siete de la tarde, con el alma atravesada por la culpabilidad, recogí mis cosas y me fui al piso de la Piazza delle Vaschette (por el que hacía demasiados días que no aparecía), no sin antes despedirme de Farag y del capitán que, en los despachos contiguos al mío, leían, absortos y profundamente conmovidos, la obra magna de la literatura italiana.

Durante el corto trayecto hasta casa, me fui sermoneando severamente acerca de asuntos tales como la responsabilidad, el deber y el cumplimiento de las obligaciones adquiridas. Allí había dejado a aquellos pobres desgraciados —así los veía en aquel momento—, bregando a conciencia, mientras que yo huía despavorida como una colegiala melindrosa. Me juré a mí misma que, al día siguiente, de buena mañana, me sentaría frente a la mesa de trabajo y me pondría manos a la obra sin más zarandajas.

Matilde Asensi, El Último Catón

miércoles, 23 de marzo de 2016

EL ÚLTIMO CATÓN

                
                 Enviado por Julio (B2H):

           Desde el archivo secreto de la ciudad del Vaticano, la hermana Ottavia Salina, paleógrafa de prestigio internacional, se enfrenta a un extraño enigma: descifrar los tatuajes aparecidos en el cadáver de un etíope. Con la ayuda de un capitán de la guardia suiza, Kaspar Glauser-Röist (encargado de lavar los trapos sucios del Vaticano), y un arqueólogo de Alejandría, Farag Boswell, Ottavia tendrá que descubrir quiénes son los staurofilakes, que están detrás del robo en las iglesias de todo el mundo de las reliquias de la Vera Cruz, la cruz de Cristo.

Descubrirán que siete pruebas basadas en el purgatorio de la Divina Comedia de Dante Alighieri tienen las llaves para abrir las puertas del misterio que se esconde tras los robos. La expiación de los siete pecados capitales se realizará en las siete ciudades que ostentan la fama de practicarlos: Roma por su soberbia, Rávena por su envidia, Jerusalén por su ira, Atenas por su pereza, Constantinopla por su avaricia, Alejandría por su gula y Antioquía por su lujuria.

                La novela de Matilde Asensi, en general, me ha gustado, sobre todo por su misterio y acción.  Las fuentes históricas, la descripción de las ciudades y sus ambientes, la forma en la que la autora enlaza la Divina Comedia de Dante con su propia trama , han hecho que me meta de lleno en la historia. Además es una obra con mucha acción y que apenas tiene partes aburridas. Lo ünico que me ha decepcionado un poco es la parte final, pues veía un poco extraño ese “paraíso terrenal”.  Se agradece que el final de la historia quede en cierta forma abierto, para dar pie a una continuación como ha sucedido (El Regreso del Catón). 

domingo, 1 de marzo de 2015

LEER ES VIAJAR

           
Enviado por Ángel:

Para ti, viajero, va a suceder ahora un hecho extraordinario que, si lo piensas bien, te puede convertir en un ser privilegiado. Has llegado a la ventanilla de tu estación —ya sea de tren, de autobús, de avión o de barco— y, al otro lado del mostrador, alguien te ha dado un billete en el que está escrito el nombre del lugar al que tú has solicitado ir. Pues léelo con atención: en él se encierra toda una historia. Ese billete es como la portada de un libro. Tenlo entre los dedos muy despacio, con la intrigada ternura con la que se acaricia el pétalo de una flor. Entorna mientras los ojos y deja que divague la memoria. No vayas a olvidar nunca que vivir es viajar. Ya nos lo advirtió Dante Alighieri en su Divina Comedia: «Nel mezzo del cammin di nostra vita». O, si no, también don Antonio Machado: «caminante, se hace camino al andar».

Has llegado al andén que es la víspera del sueño pues, así mismo, el viaje es un sueño. ¿Sabes lo que va a ocurrir en el trayecto? ¿Sabes lo que te encontrarás a tu llegada? El ejercicio de imaginación que supone pensarlo, te abre las primeras páginas de un libro que estás dispuesto a leer. ¿O será a escribir? Si es el de tu vida, tú solo lo lees; si es el de tu viaje, tú solo lo vas a escribir. Por eso que no se te olvide que el escritor es el primer lector de su obra, y el lector, el autor de un viaje maravilloso. Porque —digámoslo ya— la lectura es un viaje, es una historia en la que el papel de protagonista se te tiene reservado a ti.

Te has subido a tu vehículo. El asiento acoge tu cuerpo con la amabilidad complacida que sólo aportan los detalles. En cuanto empieces a moverte verás por la ventanilla que el mundo es siempre distinto. Lo mismo que enfrascarse en la lectura de un libro: con ser las mismas letras, con estar las páginas siempre en el mismo sitio que señala el número que las marca, cada vez que se lee, la vida empieza de una forma irrepetible. Así es que, por trivial que pueda ser tu desplazamiento a un lugar, piensa, viajero, que eso que estás haciendo es una oportunidad única que jamás se te va a volver a repetir, porque ese paisaje que estás viendo es un destello de presencias que arde en tus ojos. Y el fuego, después de las llamas y las brasas, sólo deja cenizas.

Y tal vez ese paisaje que se le va revelando a tus pupilas sea como los latidos de tu corazón: cada uno de ellos sigue siendo el mismo desde que naciste, y por eso no le prestas atención, pero el último —ponte la mano en el costado izquierdo y aprieta: ¡sí, en ese sitio!— es el que, de verdad, te da la vida o su ausencia, te la quita.

Por todo ello, viajero, siéntete ahora un ser privilegiado pero con esa sincera simplicidad de la que carece el ufano orgulloso. Lo que se te presenta es un regalo y ni que decir tiene que los dones gratuitos son tan escasos en esta vida que siempre se prometen para la otra. ¡Aprovéchate! Así pues, mirar, mirar por la ventanilla, mirar para ver, y no te extrañe, viajero, si alguna vez te sorprendes al contemplar reflejado en el cristal tu rostro con un gesto de exclamación gozosa que acaso esté dibujado con la ingenuidad de la cara de un niño. No te lo vayas a reprochar, ni intentes simular poniendo cara de recién llegado, ni procures borrar de tu cara ese gesto: sólo florece aquello que se abona y riega.

Y con todo este cavilar ya casi has llegado a tu destino. Y aquí sí que hay que ser cauto porque, por un lado, significa llegar al final del trayecto pero, por otro, es iniciar la vida en otra estancia. Sin agobios hay que reconocer que cuando tus pies pisan el andén en la llegada, andarás dando un paso y a la vez dejando una huella. Y ahí es donde está el secreto: el futuro y el pasado los llevas en tus zapatos, que ojalá los gasten sólo los viajes y nunca la miseria. Por eso, lo mejor es poner en los labios el sosiego que significa saludar a quien nos viene a recibir y ha estado allí aguardando el tiempo del encuentro.

Entonces con llegar, has cumplido tu sueño. Como quien acaba su lectura y, sin quererlo, por el arte de magia de la literatura se ha visto inmerso en una sucesión de acontecimientos que le han llenado los bolsillos de la memoria con cosas que aparentemente son golosinas pero que, a la larga, se le convertirán en el pan que sacia el apetito.

Pero no te vayas a rendir al cansancio. Si te has cansado, viajero, quizás será sólo porque no te has concedido esa estupenda oportunidad. Claro, la rutina cansa, cansa mucho, rinde hasta el cansancio, como el que deben tener los muertos siempre en la misma postura en ese territorio vago de la eternidad. Aunque, por fortuna, viajero, tú estás vivo —vuelve a ponerte la mano en el costado izquierdo: ¿cuál es ahora el latido?—.

Y así llegas al final de tu camino y resuenan de repente en el recuerdo aquellas otras palabras de Machado cuando nos confesaba: «y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar». Ya decíamos antes que cada viaje es irrepetible. Porque es un sueño y una historia. O, como afirmó una vez y para siempre el maestro José Saramago, «ningún viaje es definitivo». Evidente: por lo menos, hay que volver. Por cierto, viajero, ¿tú cuándo vuelves?

Fidel Villar Ribot

                Por alusiones: