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domingo, 21 de febrero de 2021

NO CUMPLEAÑOS


Algunos sabéis por qué este texto

Sin embargo, lo único que le ocurrió al huevo es que se iba haciendo cada vez mayor y más y más humano: cuando Alicia llegó a unos metros de donde estaba pudo observar que tenía ojos, nariz y boca; y cuando se hubo acercado del todo vio claramente que se trataba nada menos que del mismo Humpty Dumpty.

«¡No puede ser nadie más que él!» —pensó Alicia—. «¡Estoy tan segura como si llevara el nombre escrito por toda la cara!»

Tan enorme era aquella cara, que con facilidad habría podido llevar su nombre escrito sobre ella un centenar de veces. Humpty Dumpty estaba sentado con las piernas cruzadas, como si fuera un turco, en lo alto de una pared... pero era tan estrecha que Alicia se asombró de que pudiese mantener el equilibrio sobre ella... y como los ojos los tenía fijos, mirando en la dirección contraria a Alicia, y como todo él estaba ahí sin hacerle el menor caso, pensó que, después de todo, no podía ser más que un pelele.

—¡Es la mismísima imagen de un huevo! —dijo Alicia en voz alta, de pie delante de él y con los brazos preparados para cogerlo en el aire, tan segura estaba de que se iba a caer de un momento a otro.

—¡No te fastidia...! —dijo Humpty Dumpty después de un largo silencio y cuidando de mirar hacia otro lado mientras hablaba—. ¡Qué lo llamen a uno un huevo...!, ¡Es el colmo!

—Sólo dije, señor mío, que usted se parece a un huevo —explicó Alicia muy amablemente— y ya sabe usted que hay huevos que son muy bonitos, —añadió esperando que la inconveniencia que había dicho pudiera pasar incluso por un cumplido.

—¡Hay gente —sentenció Humpty Dumpty mirando hacia otro lado, como de costumbre— que no tiene más sentido que una criatura! (...)

—¡Qué hermoso cinturón tiene usted! —observo Alicia súbitamente (pues pensó que ya habían hablado más que suficientemente del tema de la edad; y además, si de verdad iban a turnarse escogiendo temas, ahora le tocaba a ella). Digo más bien... —se corrigió pensándolo mejor— qué hermosa corbata, eso es lo que quise decir...no, un cinturón, me parece... ¡Ay, mil perdones, no sé lo que estoy diciendo! —añadió muy apurada al ver que a Humpty Dumpty le estaba dando un ataque irremediable de indignación, y empezó a desear que nunca hubiese escogido ese tema—. «¡Si solamente supiera —concluyó para sí misma— cual es su cuello y cuál su cintura!»

Evidentemente, Humpty Dumpty estaba enfadadísimo, aunque no dijo nada durante un minuto o dos. Pero cuando volvió a abrir la boca fue para lanzar un bronco gruñido.

—¡Es... el colmo... del fastidio —pudo decir al fin— esto de que la gente no sepa distinguir una corbata de un cinturón!

—Sé que revela una gran ignorancia por mi parte —confesó Alicia con un tono de voz tan humilde que Humpty Dumpty se apiadó.

—Es una corbata, niña; y bien bonita que es, como tu bien has dicho. Es un regalo del Rey y de la Reina. ¿Qué te parece eso?

—¿De veras? —dijo Alicia encantada de ver que había escogido después de todo un buen tema.

—Me la dieron —continuó diciendo Humpty Dumpty con mucha prosopopeya, cruzando un pierna sobre la otra y luego ambas manos por encima de una rodilla —me la dieron... como regalo de no cumpleaños.

—¿Perdón? —le preguntó Alicia con un aire muy intrigado.

—No estoy ofendido —le aseguró Humpty Dumpty.

—Quiero decir que, ¿qué es un regalo de no cumpleaños?

—Pues un regalo que se hace en un día que no es de cumpleaños, naturalmente.

Alicia se quedó considerando la idea un poco, pero al fin dijo:

—Prefiero los regalos de cumpleaños.

—¡No sabes lo que estás diciendo! —gritó Humpty Dumpty—. A ver: ¿cuántos días tiene el año?

—Trescientos sesenta y cinco —respondió Alicia. —¿Y cuántos días de cumpleaños tienes tú?

—Uno.

—Bueno, pues si le restas uno a esos trescientos sesenta y cinco días, ¿cuántos te quedan?

—Trescientos sesenta y cuatro, naturalmente.

Humpty Dumpty no parecía estar muy convencido de este cálculo.

—Me gustaría ver eso por escrito —dijo.

Alicia no pudo menos de sonreir mientras sacaba su cuaderno de notas y escribía en él la operación aritmética en cuestión:

365 -1 = 364

Humpty Dumpty tomó el cuaderno y lo consideró con atención.

—Sí, me parece que está bien... —empezó a decir.

—Pero, ¡si lo está leyendo al revés! —interrumpió Alicia.

—¡Anda! Pues es verdad, ¿quién lo habría dicho? —admitió Humpty Dumpty con jovial ligereza mientras Alicia le daba la vuelta al cuaderno.

—Ya decía yo que me parecía que tenía un aspecto algo rarillo. Pero en fin, como estaba diciendo, me parece que está bien hecha la resta... aunque, por supuesto no he tenido tiempo de examinarla debidamente... pero, en todo caso, lo que demuestra es que hay trescientos sesenta y cuatro días para recibir regalos de no cumpleaños...

—Desde luego —asintió Alicia.

—¡Y sólo uno para regalos de cumpleaños! Ya ves. ¡Te has cubierto de gloria!

—No sé qué es lo que quiere decir con eso de la «gloria» —observó Alicia.

Humpty Dumpty sonrió despectivamente.

—Pues claro que no..., y no lo sabrás hasta que te lo diga yo. Quiere decir que «ahí te he dado con un argumento que te ha dejado bien aplastada».

—Pero «gloria» no significa «un argumento que deja bien aplastado» —objetó Alicia.

—Cuando yo uso una palabra —insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso— quiere decir lo que yo quiero que diga..., ni más ni menos.

Lewis Carroll, A través del espejo y lo que Alicia encontró allí

 


miércoles, 27 de enero de 2021

MI EJEMPLAR DEL PRINCIPITO

 

 

Robert abrió un cajón de un armario, desplazó algunas prendas y sacó el ejemplar.

-Aquí está... Ven, te lo enseñaré.

Los dos amigos se situaron sobre el borde de la cama, uno al lado del otro.

-¿Un libro? -dijo Isabelle, con cierta decepción.

-Si, es un libro prohibido. Nadie más que yo lo tiene en toda Francia.

-¿Un libro prohibido por los alemanes? ¿Por qué está prohibido?

-Lo escribió un piloto francés y cuenta la historia de un niño que vive solo en un asteroide... Un niño que se llama Principito. Mira, es este -dijo enseñándole la portada, donde se veía a un niño rubio sobre un pequeño asteroide.

-¿Principito? Me gusta... ¿Y qué hace?

-Ve cosas que nadie más ve, como lo que le pasa a la gente o... Fíjate en este dibujo: parece un sombrero, ¿verdad?, pero en realidad es una serpiente que se acaba de comer a un elefante...

Isabelle abrió los ojos al ver los dos dibujos.

-Vaaayaaa -musitó alargando mucho las sílabas, estaba impresionada-. Creía que los dibujos de Alicia en el País de las Maravillas eran los mejores, pero estos ganan.

-Hay más, mira, mira...

Robert iba pasando las hojas y mostrando los grabados que dejaron maravillada a Isabelle.

-Todos son de Saint-Exupéry -explicó Robert.

-¿Dónde está?

-Nadie sabe nada de él... Es un misterio... Solo se sabe que este libro está prohibido en Francia y en los países invadidos por Alemania... Dicen que el mismísimo Hitler ha mandado que lo quemen.

-¿Cómo habéis conseguido este?

-Es un secreto -alegó Robert-. He prometido que no se lo diría a nadie. Lo siento.

Santiago García Clairac, El Principito se Fue a la Guerra

jueves, 10 de enero de 2019

PERSIGUIENDO UN ELEMENTO


Cuando era niño, a principios de los años 80, tenía la costumbre de hablar con algo metido en la boca: comida, tubos de dentista, globos que salían volando... De todo. Y, aunque no hubiera nadie a mi alrededor, yo hablaba de todos modos. Esta manía me condujo a mi fascinación por la tabla periódica la primera vez que me dejaron a solas con un termómetro debajo de la lengua. Tuve faringitis un montón de veces durante 2.º y 3.º de Primaria, y me pasaba muchos días sintiendo dolor al tragar. No me importaba faltar a clase y automedicarme con helado de vainilla y sirope de chocolate. Además, estar enfermo siempre me concedía una nueva oportunidad para romper uno de esos anticuados termómetros de mercurio.

Recostado, con ese palito de cristal bajo la lengua, respondía en voz alta a una pregunta imaginaria y el termómetro se me caía de la boca y se hacía trizas sobre el suelo de madera. El mercurio líquido que contenía se desperdigaba en forma de bolitas metálicas. Al rato, mi madre se agachaba en el suelo, a pesar de su artrosis de cadera, y empezaba a recogerlas. Utilizando un mondadientes a modo de palo de hockey, empujaba esas esferas dúctiles entre sí hasta que casi se tocaban. De pronto, con un impulso final, una esfera engullía a la otra. Una única e impoluta bolita quedaba en el lugar donde antes había dos. Mi madre repetía este truco de magia a lo largo y ancho de la habitación, con una bolita grande que iba engullendo a las demás hasta que todas formaban un bloque compacto y plateado.

Una vez que había recopilado todos los trocitos de mercurio, mi madre sacaba el frasco de pastillas de plástico con la etiqueta verde que guardábamos en un estante de la cocina que estaba repleto de trastos, entre un osito de peluche con una caña de pescar y una taza azul de cerámica que conmemoraba una reunión familiar de 1985. Después de meter rodando la bolita en un sobre, añadía cuidadosamente los últimos restos de mercurio del termómetro al pegote del tamaño de una nuez que había dentro del frasco. A veces, antes de volver a guardar el frasco, mi madre vertía el mercurio en la tapa para que mis hermanos y yo admirásemos los movimientos de ese metal futurista, que no paraba de dividirse y volverse a fusionar.

Los alquimistas medievales, a pesar de su pasión por el oro, consideraban que el mercurio era la sustancia más poderosa y poética del universo. De pequeño, yo estaba de acuerdo con esa afirmación. Incluso habría estado dispuesto a creer, igual que ellos, que albergaba espíritus de otro mundo.
El mercurio actúa de esta manera, tal y como descubrí más tarde, porque es un elemento. Al contrario que el agua (H2O), o que el dióxido de carbono (CO2), o que casi cualquier otra cosa con la que te topas en tu día a día, no se puede separar el mercurio en unidades más pequeñas de una forma natural. De hecho, el mercurio es uno de los elementos más clasistas: sus átomos solo quieren estar en compañía de otros átomos de mercurio y reducen al mínimo el contacto con el mundo exterior al comprimirse en forma de esfera. La mayoría de los líquidos que derramé de pequeño no se comportaban así. El agua se extendía por todas partes, igual que el aceite, el vinagre y la gelatina derretida. El mercurio jamás dejaba ni una mota. Mis padres siempre me decían que me calzara cada vez que se me caía un termómetro, para que no me clavara esas invisibles esquirlas de cristal. Pero no recuerdo que me alertaran sobre el mercurio desperdigado.

Durante mucho tiempo seguí la pista del elemento 80 en la escuela y en los libros, tal y como se haría con el nombre de algún amigo de la infancia en el periódico. Provengo de las Grandes Llanuras (Dakota del Sur) y en clase de Historia me hablaron de los famosos exploradores Lewis y Clark, de su expedición a través de Dakota del Sur y por el resto del Territorio de Luisiana. Lo que no sabía en un principio fue que Lewis y Clark llevaban consigo seiscientos laxantes de mercurio, cada uno de ellos cuatro veces más grande que una aspirina corriente. Estos laxantes eran conocidos como las Píldoras Biliosas del Dr. Rush, en honor a Benjamin Rush, uno de los firmantes de la Declaración de Independencia y héroe de la medicina por haber tenido la valentía de quedarse en Filadelfia durante una epidemia de fiebre amarilla en 1793. Su tratamiento favorito, para toda clase de dolencias, era un mejunje a base de cloruro de mercurio que administraba a la gente por la fuerza, a menudo hasta que se les caían el pelo y los dientes. (¡Menos mal que la medicina ha avanzado mucho hoy en día!). ¿Y cómo sabemos que Lewis y Clark lo tomaron? Con los extraños alimentos y el agua de dudosa calidad que se encontraron durante su travesía, siempre había algún miembro de su equipo que se sentía indispuesto y, hasta el día de hoy, aún se encuentran depósitos de mercurio en muchos lugares donde los exploradores excavaron una letrina, quizá después de que una de las «pastillas atronadoras» del Dr. Rush funcionara un poco mejor de la cuenta.

El mercurio acabó apareciendo en la clase de Ciencias. Cuando nos enseñaron por primera vez el batiburrillo de la tabla periódica, la registré en busca del mercurio y no conseguí encontrarlo. Está incluido, claro: entre el oro, que también es denso y maleable, y el talio, que también es venenoso. Pero el símbolo del mercurio, Hg, está compuesto por dos letras que ni siquiera forman parte de su nombre. Resolver ese misterio —procede de hydrargyrum, que en latín significa «agua plateada»— me ayudó a comprender hasta qué punto la tabla periódica estaba influida por las lenguas antiguas y la mitología, algo que aún puede percibirse en los nombres latinos que utilizan los científicos cuando crean nuevos elementos superpesados que se añaden a la última fila.

También encontré el mercurio en clase de Literatura. Antaño, los fabricantes de sombreros utilizaban una solución anaranjada y brillante de mercurio para separar el pelo del pellejo, y los sombrereros que se pasaban el día trabajando entre esas cubetas humeantes acababan perdiendo el pelo y el juicio, como el sombrerero loco de Alicia en el País de las Maravillas. Finalmente, me di cuenta de lo venenoso que es el mercurio. Eso explicaba por qué las Píldoras Biliosas del Dr. Rush purgaban tan bien los intestinos: el cuerpo tiende a desprenderse de cualquier tipo de veneno, incluido el mercurio. Y, por tóxico que pueda resultar ingerir este elemento, sus vapores tienen un efecto incluso peor. Deshilachan los «cables» del sistema nervioso central y provocan agujeros en el cerebro, al igual que hace la enfermedad de Alzheimer en su fase avanzada.

Pero cuantas más cosas aprendía sobre los peligros del mercurio, más me atraía su belleza destructiva. Era un poco como con ese poema de William Blake que dice: «Tigre, tigre, fuego que ardes». Con el paso de los años, mis padres redecoraron su cocina y quitaron el estante donde estaban el osito de peluche y la taza, pero guardaron todos esos trastos en una caja de cartón. Durante una reciente visita, encontré el frasco de la etiqueta verde y lo abrí. Al inclinarlo de un lado a otro, pude notar cómo el peso se deslizaba en círculos por su interior. Cuando miré dentro, me llamaron la atención los trocitos diminutos que se habían desparramado hacia los lados del conjunto principal. Allí estaban, centelleando, como gotitas de agua tan perfectas que solo parece posible encontrarlas en las fantasías. Durante toda mi infancia, asocié el mercurio derramado con la fiebre. Aquella vez, consciente de la pasmosa simetría de esas pequeñas esferas, sentí un escalofrío.

A partir de ese único elemento, aprendí historia, etimología, alquimia, mitología, literatura, psicología y toxicología forense. Y aquellas no fueron las únicas historias relacionadas con elementos que recopilé, sobre todo después de que me metiera a estudiar Ciencias en la universidad y conociera a unos cuantos profesores que tuvieron a bien dejar a un lado sus investigaciones para charlar un rato de ciencia conmigo.

Mientras estudiaba Física con la esperanza de poder escapar del laboratorio para escribir, me sentía fatal entre esos científicos jóvenes, serios y con talento que iban a mi clase, que se apasionaban con los experimentos de ensayo y error de una manera que yo nunca podría. Soporté cinco gélidos años en Minnesota y acabé con un diploma de honor en Física, pero, a pesar de haber pasado cientos de horas en un laboratorio, memorizando miles de ecuaciones y trazando decenas de miles de diagramas de poleas y planos inclinados sin fricción, lo más instructivo para mí fueron las historias que me contaron mis profesores. Historias sobre Gandhi, Godzilla y científicos que creían haber perdido la chaveta. Sobre arrojar bloques de sodio explosivo a los ríos para matar a los peces. Sobre personas que se asfixiaban, sin sufrir apenas durante el proceso, con gas nitrógeno en las estaciones espaciales. Sobre un antiguo profesor de mi facultad que experimentó con un marcapasos accionado por plutonio ¡dentro de su propio pecho!, acelerando y reduciendo su ritmo en función de su proximidad a unas bobinas magnéticas gigantescas.

Me quedé fascinado por esas historias, y recientemente, mientras pensaba en el mercurio durante el desayuno, me di cuenta de que detrás de cada elemento de la tabla periódica hay una historia curiosa, extraña o escalofriante. Al mismo tiempo, esa tabla es uno de los grandes logros intelectuales de la humanidad. Es tanto un logro científico como un libro de cuentos, así que decidí escribir este libro para desprender todas sus capas una por una, como las transparencias de los libros de anatomía que cuentan la misma historia en distintos niveles. En el más básico, la tabla periódica es un catálogo de todos los tipos de materia que hay en nuestro universo, los ciento y pico elementos cuyas marcadas personalidades dan origen a todo lo que vemos y tocamos. La forma de la tabla también nos aporta indicios científicos acerca de cómo esas personalidades se entremezclan en sociedad. A un nivel ligeramente más complicado, la tabla periódica codifica multitud de información forense sobre la procedencia de toda clase de átomos y sobre qué átomos pueden fragmentarse o mutar para dar lugar a otros nuevos. Estos átomos también se combinan de manera natural para formar sistemas dinámicos, como los seres vivos, y la tabla periódica predice cómo se desarrolla ese proceso. Incluso predice qué conjuntos de elementos nocivos pueden afectar o destruir a los seres vivos.

La tabla periódica es, por último, un hito antropológico, un instrumento creado por el hombre que refleja todos los matices del ser humano —su ingenio, sus bondades y también sus cosas malas— y la manera que tenemos de interactuar con el mundo físico. Es la historia de nuestra especie, recopilada de una manera concisa y elegante. Merece un estudio en cada uno de esos niveles, empezando por el más elemental para después ir aumentando progresivamente la complejidad. Además de entretenernos, las historias de la tabla periódica nos proporcionan una forma de entenderla que no se encuentra en los libros de texto ni en los manuales de laboratorio. Respiramos y nos alimentamos de la tabla periódica; la gente apuesta y pierde enormes sumas de dinero en función de ella; los filósofos la utilizan para sondear el significado de la ciencia; envenena a la gente; desata guerras. Entre el hidrógeno, que se encuentra en la esquina superior izquierda, y los insólitos elementos sintetizados por el ser humano, que merodean por los últimos puestos de la lista, puedes encontrar burbujas, bombas, toxinas, dinero, alquimia, políticas mezquinas, historia, crimen y amor. E incluso un poco de ciencia.

Sam Kean, La Cuchara Menguante

lunes, 26 de marzo de 2018

UNA OPINIÓN SOBRE ALICIA



—Pues claro que lo tengo, nunca vengo sin uno. ¡Que me parta un rayo si algún día lo hiciera! Vamos a ver: ¿cuál es el libro que tiene más personajes, pero menos trama que ninguno?
Rémy se puso a pensar. Tampoco Clémentine pudo evitar hacer lo propio.
Pero no pensaban en lo mismo.
La joven había recordado otro té: el del Sombrerero Loco, en el que planteaba una adivinanza a Alicia: «¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?».
Alicia se rindió, y Clémentine esperaba que Rémy no hiciera lo mismo, porque Alicia no le entusiasmaba, pero estaba empezando a coger mucho cariño al niño.
A ella no le apasionaba mucho el libro Alicia en el país de las maravillas y no sabía si dependía de lo que le contó su padre acerca del libro, o del escritor, o acerca de la propia historia. Sin duda era un libro demasiado onírico, y consideraba forzado ese mundo de maravillas inventado por Lewis Carroll. Más que maravillas le parecían pesadillas grotescas, en las que no intervenía la poesía. Pero esta era una opinión personal que no tenía repercusiones sobre las ventas del libro, ni sobre la fama del autor.
—¿Estás bien, Clémentine? —preguntó la madre.
—Sí, muy bien; estoy emocionada por vuestra acogida y me siento muy afortunada al teneros como vecinos.
Rémy habría dicho algo en ese momento, si no hubiera estado concentrado en pensar.
La abuela contaba los puntos, la madre ponía la tetera en el fuego, Hector observaba a Rémy, y a Clémentine le parecía que estaba viviendo en un libro.
Vistos desde fuera, lo estaban.
El niño arrugaba la nariz y no se rendía, sino que intentaba algunas respuestas dictadas por el sentimiento y no por la razón.
Clémentine recordó que cuando Alicia se rindió, el Sombrerero Loco admitió que él mismo no conocía la respuesta. He aquí por qué Lewis Carroll no le convencía. No se puede crear un personaje que provoca que una niña que espera una respuesta sufra. Los críticos que idolatraban al autor pensaban que todo ello formaba parte del juego y de su personaje, pero ella consideraba extremadamente incorrecta esa actitud.
Entonces comprendió por qué se le había ocurrido todo esto: Hector, aunque apenas lo conocía, nunca habría jugado sucio con Rémy; por tanto, aquel no era un té de locos, sino de gente de bien, como decía la abuela.

Cristina Petit, Algo Parecido al Verdadero Amor

jueves, 22 de marzo de 2018

SEAMOS GOLOSOS



                Un año más, en víspera de las vacaciones de Semana Santa, hemos celebrado en el IES Octavio Cuartero de Villarrobledo (Albacete), nuestro concurso de tartas. Como el curso pasado tuvo mucha aceptación el tema de tartas literarias, este año hemos decidido repetir el tema dar rienda suelta a vuestra imaginación.


                Desde aquí os damos las gracias a todos los participantes: ¡ENHORABUENA, CHICOS, SIN VOSOTROS NO SERÍA POSIBLE EL CONCURSO! Esperamos que os hayan gustado los libros, que habéis tenido como premio y que nos los comentéis.


                Os ofrecemos una selección de las tartas que nos hemos comido esta mañana.


           Gracias a Loqueleo por enviarnos los ejemplares de El Principito se Fue a la Guerra de Santiago García-Clairac para los premios





martes, 26 de diciembre de 2017

EL DRAGÓN BLANCO Y OTROS PERSONAJES OLVIDADOS


Este libro del mexicano Adolfo Córdova retoma a los personajes secundarios de los clásicos infantiles para convertirlos en protagonistas de sus propias historias. Este proyecto fue ganador por unanimidad del Premio Bellas Artes de Cuento Infantil Juan de la Cabada 2015 y consta de seis cuentos cuyas historias tienen la carga de los textos originales pero, al mismo tiempo, mantienen una vida propia que permite que sean disfrutados aunque no se conozcan los textos de los que parten. El autor demuestra en esta obra su gran cercanía con la literatura infantil y un estilo potente y sagaz que atrapará a lectores de todas las edades:


Siempre me intrigaron las historias posibles de los personajes secundarios. Ellos no encuentran el tesoro, no muerden la manzana encantada ni se asoman al pozo de los deseos. Sus vidas, más abiertas, nos permiten imaginar los pasados y destinos que queramos. Como no son los héroes, pueden permanecer medio día con la frente pegada al piso, invertir horas y horas en la preparación de una cena invisible o explorar cimas nevadas sin ningún otro objetivo que alimentar su asombro.


Este libro es un homenaje a todos ellos, los secundarios, los personajes olvidados, y en particular, al genio de los escritores que inventaron al alado Rey Mono, a la Hermosa Niña de Pelo Turquesa, al Gato de Cheshire, a los niños perdidos, al Rey Cisne y a Fújur, el dragón blanco de la suerte. Crearon para ellos momentos fugaces pero tan verdaderos que, movido por mi fascinación, quise extenderlos.


Con ayuda de las ilustraciones de Riki Blanco, el libro homenajea los siguientes clásicos juveniles e infantiles: El Maravilloso Mago de Oz, a través del alado Rey Mono; Las Aventuras de Pinocho, con la Niña de Pelo Turquesa; Alicia en el País de las Maravillas, con el Gato de Cheshire; Peter Pan, con Wendy y los Niños Perdidos; Los Cisnes Salvajes, relato del que se reinterpreta el pasaje final (Elisa frente al verdugo); y La Historia Interminable, con Fujur, el dragón blanco, que da título a la antología. Los cuentos de esta antología se sienten como una extensión de las obras de las que se desprenden y, al mismo tiempo, pueden ser leídos de manera independiente, pues el autor conoce las historias y construye sus personajes de una forma cuidada.

lunes, 9 de enero de 2017

MALDITAS MATEMÁTICAS: ALICIA EN EL PAÍS DE LOS NÚMEROS

Enviado por Pedro:

Alicia es una niña que detesta las matemáticas y piensa que no sirve para nada… hasta que un día, mientras estaba estudiando en el parque, un extraño personaje se le presenta. Este resulta ser Lewis Carroll, autor de Alicia en el País de las Maravillas quien la invita a dar una vuelta por el País de los Números. Él será su acompañante en este fantástico viaje, en el que se enfrentará al monstruo del laberinto. Encontraremos personajes conocidos como La Reina de Corazones, La Liebre de Marzo y El Sombrerero Loco, y otros desconocidos como La Minovaca o el Matemago que le enseñarán que las matemáticas además de prácticas, pueden ser muy divertidas.

Carlo Frabetti intenta demostrarnos que el aprendizaje de las matemáticas no sólo es útil, sino también divertido. Con la introducción de personajes de ficción, protagonistas de Alicia en el País de las Maravillas, aborda numerosos contenidos matemáticos presentes en el currículo de los primeros cursos de la ESO, sobre todo asociados a los bloques de Números y Álgebra. Parte de este libro está dedicado, además, al análisis de ciertos conceptos o procedimientos matemáticos con los que, tradicionalmente, surgen dificultades. En este sentido se presenta al cero como un personaje con cierto poder “mágico”, a los números negativos como algo que surge de forma natural y a la simplificación de fracciones como un procedimiento muy útil en la vida cotidiana. También se hace una pequeña incursión en el planteamiento de diferentes estrategias de resolución de problemas.


Es un libro corto y entretenido, una excelente opción para regalar a cualquiera que piense que las matemáticas son aburridas y que no sirven para nada.

viernes, 6 de enero de 2017

UN SALUDO DE PASCUA PARA TODO NIÑO QUE QUIERE A «ALICIA»


Querido niño:

Te pido un deseo; si puedes, lee esta carta sincera como si fuera de un verdadero amigo al que has visto y cuya voz puedes creer. Te deseo con todo mi corazón unas felices Pascuas. ¿Intenta sentir aquel delicioso sueño del primer despertar de una mañana de verano, cuando oías el piar de los pájaros mientras la fresca brisa penetraba por la ventana... Cuando, acostado, entreabrías los ojos, viendo medio dormido las ramas verdes y onduladas, o las gotas de agua traspasadas por la luz dorada? Era una sensación muy cercana a la tristeza, las lágrimas venían a los ojos como cuando contemplábamos un bello cuadro o un poema. ¿No es esto como una Madre bondadosa que borra tus dudas y una voz dulce de Madre que te llama para que te levantes?

Te levantas y olvidas, con el brillo solar, los sueños desagradables que te asustan cuando todo está oscuro... ¿Levantarse y disfrutar de otro feliz día, primeramente arrodillado para agradecer a este Amigo desconocido que te envía el magnífico sol?

¿Son palabras extrañas de un escritor de cuentos como el de «Alicia»? ¿Y es esta una carta rara para que la encuentres en un libro sin sentido? Es posible. Algunos me reprocharán por esta mezcla de cosas serias y alegres; otros quizá sonrían Y piensen que este extraño desea hablar de todas las cosas solemnes, excepto en la Iglesia y en Domingo: pero creo... no. Estoy seguro que algunos niños leerán esta carta amable y gentilmente con el espíritu que la he escrito.

No creo que Dios nos culpe de dividir la vida en dos partes... Tener una carta seria el Domingo, y no practicar lo que creemos en los días laborables. ¿Crees que El cuida sólo de los que se arrodillan y que oye solamente a los que rezan... y que El no sólo ama a las ovejas que se alejan de la luz, sino también gusta oír las voces suplicantes de los niños que ruedan entre el heno? ¿Seguramente sus inocentes risas es dulce sonido para sus oídos, como el más grande de los himnos que ambientan «la opaca luz religiosa» de alguna solemne catedral?

Si yo he querido añadir algo a esto que he escrito para estos inocentes, es para entretener y enmendar lo que los libros estropean a los niños que amo; esto es, ciertamente, algo que espero mirar sin vergüenza ni sombra de miedo (¡como muchas cosas de la vida deben ser recordadas!) cuando regrese al valle de las sombras.

La Pascua se acerca, querido niño; «siente la vida en todo tu cuerpo» y embriágate del fresco aire de la mañana... Y muchos un día de Pascua llegarán y se marcharán; antes de encontrarse débiles y canosos, intentarán tomar el sol una vez más... Pero si esto es bueno, incluso ahora, piensa algunas veces en la maravillosa mañana cuando «El Sol de Justicia» se levante para «cicatrizar las heridas».

Repentinamente, tu tristeza disminuirá por el pensamiento de que un día verás el amanecer luminoso... Cuando surjan las señales, contemplarás algunos árboles encorvados o algunas gotas brillando... Cuando las manos angélicas quiten las dudas y dulces sonidos de un pecho de Madre te despierte a un nuevo y glorioso día... y toda la tristeza y el dolor, de esta vida oscura sobre la pequeña Tierra será olvidado como el sueño de una noche que pasó.

Afectuosamente, tu amigo

Lewis Carroll

martes, 20 de septiembre de 2016

ACUNAR AL VIEJO ÁRBOL


Con motivo de la celebración del Día Mundial del Alzheimer, el próximo viernes 23 de septiembre a las 20.30 horas en el Gran Teatro, organizado por la Asociación de Familiares de Alzheimer y el Ayuntamiento de Villarrobledo, se pondrá en escena la obra de teatro Acunar al Viejo Árbol, acto de acompañamiento, de la compañía Pez Luna Teatro.

                La obra es un documento de vida creado a partir de la observación de personas viejas y los testimonios de personas que acunan a personas viejas. Vemos un hecho básico en el ser humano: cuidar a quienes nos cuidaron. Acunar al viejo árbol´ es una pieza construida a modo de collage a partir de la observación. Dividida en seis escenas, la compañía ha utilizado entrevistas de personas que se dedican al cuidado tanto en el ámbito profesional como familiar, fotografías, diagnósticos, canciones populares, observación de movimientos de cuerpos, videos domésticos, y los autorretratos pintados por el pintor inglés William Utermohlen, que tras serle diagnosticado la enfermedad de Alzheimer  continúo pintando.


                En escena tres actores, cuyo objetivo es que el público se deje llevar y no racionalice. El escenario, un espacio blanco con sábanas superpuestas, un lugar que transmite bienestar, limpieza, soledad, la sensación de estar en una travesía y en el que puede pasar todo y nada. Dentro objetos dispersos sin un aparente orden racional empujan al público a confiar en la aparente falta de lógica


El viejo. La historiadora de arte. La cuidadora. El pintor.
El padre cae por el agujero negro de Alicia habitado de  tarros y recuerdos en orden aleatorio.
Un pincel canta. Un pañal diserta sobre el color y el fondo.
El misterio de la demencia.
Ding dong ¡cambio de sitio! 
De la cuna a la tumba, pero antes pasar de nuevo por la cuna.
La hija se convierte en la madre del padre.  

La madriguera del conejo se extendía en línea recta como un túnel, y después torció bruscamente hacia abajo, tan bruscamente que Alicia no tuvo siquiera tiempo de pensar en detenerse y se encontró cayendo por lo que parecía un pozo muy profundo (...)
Intentó mirar hacia abajo y ver a dónde iría a parar, pero estaba todo demasiado oscuro para distinguir nada (...)
Abajo, abajo, abajo. ¿No acabaría nunca de caer?
Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas

sábado, 20 de agosto de 2016

OLIMPIADAS EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS


—¡Todos a sus sitios! —gritó la Reina con voz de trueno.

Y todos se pusieron a correr en todas direcciones, tropezando unos con otros. Sin embargo, unos minutos después ocupaban sus sitios, y empezó el partido. Alicia pensó que no había visto un campo de croquet tan raro como aquél en toda su vida. Estaba lleno de montículos y de surcos. Las bolas eran erizos vivos, los mazos eran flamencos vivos, y los soldados tenían que doblarse y ponerse a cuatro patas para formar los aros.

La dificultad más grave con que Alicia se encontró al principio fue manejar a su flamenco.
Logró dominar al pajarraco metiéndoselo debajo del brazo, con las patas colgando detrás, pero casi siempre, cuando había logrado enderezarle el largo cuello y estaba a punto de darle un buen golpe al erizo con la cabeza del flamenco, éste torcía el cuello y la miraba derechamente a los ojos con tanta extrañeza, que Alicia no podía contener la risa. Y cuando le había vuelto a bajar la cabeza y estaba dispuesta a empezar de nuevo, era muy irritante descubrir que el erizo se había desenroscado y se alejaba arrastrándose. Por si todo esto no bastara, siempre había un montículo o un surco en la dirección en que ella quería lanzar al erizo, y, como además los soldados doblados en forma de aro no paraban de incorporarse y largarse a otros puntos del campo, Alicia llegó pronto a la conclusión de que se trataba de una partida realmente difícil.

Los jugadores jugaban todos a la vez, sin esperar su turno, discutiendo sin cesar y disputándose los erizos. Y al poco rato la Reina había caído en un paroxismo de furor y andaba de un lado a otro dando patadas en el suelo y gritando a cada momento «¡Que le corten a éste la cabeza!» o «¡Que le corten a ésta la cabeza!»

Alicia empezó a sentirse incómoda: a decir verdad ella no había tenido todavía ninguna disputa con la Reina, pero sabía que podía suceder en cualquier instante. «Y entonces», pensaba, «¿qué será de mí? Aquí todo lo arreglan cortando cabezas. Lo extraño es que quede todavía alguien con vida!» (…)


—Me parece que no juegan ni un poco limpio —empezó Alicia en tono quejumbroso--, y se pelean de un modo tan terrible que no hay quien se entienda, y no parece que haya reglas ningunas... Y, si las hay, nadie hace caso de ellas... Y no puedes imaginar qué lío es el que las cosas estén vivas. Por ejemplo, allí va el aro que me tocaba jugar ahora, ¡justo al otro lado del campo! ¡Y le hubiera dado ahora mismo al erizo de la Reina, pero se largó cuando vio que se acercaba el mío!

—¿Qué te parece la Reina? —dijo el Gato en voz baja.

—No me gusta nada —dijo Alicia—. Es tan exagerada... —En este momento, Alicia advirtió que la Reina estaba justo detrás de ella, escuchando lo que decía, de modo que siguió—: ... tan exageradamente dada a ganar, que no merece la pena terminar la partida.

La Reina sonrió y reanudó su camino. (…)

Alicia pensó que sería mejor que ella volviese al juego y averiguase cómo iba la partida, pues
oyó a lo lejos la voz de la Reina, que aullaba de furor.

Acababa de dictar sentencia de muerte contra tres de los jugadores, por no haber jugado cuando les tocaba su turno. Y a Alicia no le gustaba ni pizca el aspecto que estaba tomando todo aquello, porque la partida había llegado a tal punto de confusión que le era imposible saber cuándo le tocaba jugar y cuándo no. Así pues, se puso a buscar su erizo.

El erizo se había enzarzado en una pelea con otro erizo, y esto le pareció a Alicia una excelente ocasión para hacer una carambola: la única dificultad era que su flamenco se había largado al otro extremo del jardín, y Alicia podía verlo allí, aleteando torpemente en un intento de volar hasta las ramas de un árbol.

Cuando hubo recuperado a su flamenco y volvió con el, la pelea había terminado, y no se veía rastro de ninguno de los erizos. «Pero esto no tiene demasiada importancia», pensó Alicia, «ya que todos los aros se han marchado de esta parte del campo». Así pues, sujetó bien al flamenco debajo del brazo, para que no volviera a escaparse, y se fue a charlar un poco más con su amigo.

Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas

domingo, 24 de julio de 2016

AFTERNOON TEA


Habían puesto la mesa debajo de un árbol, delante de la casa, y la Liebre de Marzo y el Sombrerero estaban tomando el té. Sentado entre ellos había un Lirón, que dormía profundamente, y los otros dos lo hacían servir de almohada, apoyando los codos sobre él, y hablando por encima de su cabeza. «Muy incómodo para el Lirón», pensó Alicia. «Pero como está dormido, supongo que no le importa.»

La mesa era muy grande, pero los tres se apretujaban muy juntos en uno de los extremos.

—¡No hay sitio! —se pusieron a gritar, cuando vieron que se acercaba Alicia.

—¡Hay un montón de sitio! —protestó Alicia indignada, y se sentó en un gran sillón a un extremo de la mesa. (…)

— No es muy correcto por tu parte sentarte con nosotros sin haber sido invitada —dijo la Liebre de Marzo.

—No sabía que la mesa era suya —dijo Alicia—. Está puesta para muchas más de tres personas. (…)


—¿Es ésta la razón de que haya tantos servicios de té encima de la mesa? —preguntó.

—Sí, ésta es la razón —dijo el Sombrerero con un suspiro—. Siempre es la hora del té, y no tenemos tiempo de lavar la vajilla entre té y té.

—¿Y lo que hacen es ir dando la vuelta? a la mesa, verdad? —preguntó Alicia.

—Exactamente —admitió el Sombrerero—, a medida que vamos ensuciando las tazas.

—Pero, ¿qué pasa cuando llegan de nuevo al principio de la mesa? —se atrevió a preguntar Alicia. (…)


—Toma un poco más de té —ofreció solícita la Liebre de Marzo.

—Hasta ahora no he tomado nada —protestó Alicia en tono ofendido—, de modo que no puedo tomar más.

—Quieres decir que no puedes tomar menos —puntualizó el Sombrerero—. Es mucho más fácil tomar más que nada.

—Nadie le pedía su opinión —dijo Alicia.

—¿Quién está haciendo ahora observaciones personales? —preguntó el Sombrerero en tono triunfal.

Alicia no supo qué contestar a esto. Así pues, optó por servirse un poco de té y pan con mantequilla. (…)

—Quiero una taza limpia —les interrumpió el Sombrerero—. Corrámonos todos un sitio.

Se cambió de silla mientras hablaba, y el Lirón le siguió: la Liebre de Marzo pasó a ocupar el sitio del Lirón, y Alicia ocupó a regañadientes el asiento de la Liebre de Marzo. El Sombrerero era el único que salía ganando con el cambio, y Alicia estaba bastante peor que antes, porque la Liebre de Marzo acababa de derramar la leche dentro de su plato. (…)


Esta última grosería era más de lo que Alicia podía soportar: se levantó muy disgustada y se alejó de allí. El Lirón cayó dormido en el acto, y ninguno de los otros dio la menor muestra de haber advertido su marcha, aunque Alicia miró una o dos veces hacia atrás, casi esperando que la llamaran. La última vez que los vio estaban intentando meter al Lirón dentro de la tetera.

—¡Por nada del mundo volveré a poner los pies en ese lugar! —se dijo Alicia, mientras se adentraba en el bosque—. ¡Es la merienda más estúpida a la que he asistido en toda mi vida!

Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas

viernes, 27 de mayo de 2016

OTRA VEZ ALICIA


Aprovechando que hoy se estrena en las pantallas de cine Alicia a través del Espejo, la última producción de Tim Burton, la cual, dicen las malas lenguas, que no es una buena adaptación, os recomiendo una de las novedades de esta primavera de la editorial Edelvives, la edición de Alicia de Benjamin Lacombe.

Sobre el texto no os voy a comentar nada, lo conocemos de sobra; simplemente que  os deleitéis con las magníficas ilustraciones de Benjamin Lacombe. El libro incluye una sección final con correspondencia del autor con Alice Liddell y otras niñas, apuntes a la edición y datos cronológicos y biográficos, además de páginas desplegables.



Y ya que estamos con los 150 años de su publicación os ofrezco una viñeta de Trampantojo, por Max, publicada en el periódico El País, para que echéis una sonrisa:

lunes, 18 de enero de 2016

FELIZ NO CUMPLEAÑOS

          Bajo este título el Museo ABC conmemora con una exposición los 150 años de la publicación de Alicia en el País de las Maravillas. Aquí diferentes artistas de renombre nacional e internacional se dan cita para rendir homenaje a este clásico de la literatura. Un homenaje que parte de la ficción de la obra para llegar a la realidad del autor, y encuentra en las posibilidades de la imaginación el leitmotiv para desarrollar el recorridode la muestra.

En la primera parte ¡Guise a ese conejo! Perdón: sigue a ese conejo los artistas se dejan caer en el pozo junto a Alicia y se introducen, ellos mismos, en el País de las Maravillas. Una vez dentro crean y recrean escenas, objetos, y personajes, atribuyéndoles nuevos simbolismos y significados que amplían la lectura y los sentidos propuestos por su autor.

La segunda parte Trae todo: tiempo, teorías, tuercas, tomates... ¡tomaremos té! continúa esta línea, pero acentúa el espíritu festivo de una de sus escenas más emblemáticas.


La tercera sección Jugaremos con extraños personajes ¿O los personajes harán un extraño juego? agrupa versiones de otros personajes representativos y una visión de la Reina de Corazones.


Finalmente, encontraremos cuatro muros. En el primero, se brinda un recorrido por la evolución de la ilustración, desde la que propuso el propio autor hasta posteriores ediciones en color, en base a los dibujos de John Tenniel. En los muros dos y tres, se destaca información relevante sobre el autor y Alicia Liddell, la niña a quien Carroll dedicó el libro. Por último, podrá observarse una breve muestra de cómo Alicia y su historia han crecido a lo largo del tiempo en otros lenguajes artísticos. Un repertorio que aumenta a cada instante y desafía la lógica al demostrar que, a pesar de cumplir 150 años, se puede conservar la frescura del primer día.

Habrá ocasión, también, de ver varios ejemplares pop up de Alicia así como un juego y otros libros, de ediciones antiguas.


                Vamos a encontrar obras de Iban Barrenetxea, Julio Antonio Blasco, Anna Laura Cantone, Rébecca Dautremer, Ester García, Ana Juan, Benjamin Lacombe, Xan López Domínguez, Miguel Ordóñez, Gabriel Pacheco, Carmen Queralt, Claudia Ranucci, María Jesús Santos, Adolfo Serra, Liesbet Slegers, Emilio Urberuaga, Fernando Vicente, Rafael Vivas y Javier Zabala.


Alicia en el País de las Maravillas es un clásico.
Los clásicos vencen el tiempo.
Si se vence el tiempo, no hay origen ni fin.
Sin origen ni fin no hay cumpleaños.
Conclusión: Alicia celebra un no cumpleaños.

martes, 5 de enero de 2016

viernes, 23 de octubre de 2015

DÍA DE LA BIBLIOTECA 2015


24 de Octubre de 2015

Con motivo del Día de la Biblioteca, quiero compartir con vosotros un secreto: el Conejo Blanco casi siempre tiene prisa.

Quizá algunos penséis que esto no tiene mucho que ver con las bibliotecas y que, además, como secreto, deja bastante que desear.

Alicia en el País de las Maravillas se publicó hace 150 años, y desde entonces los lectores de todo el mundo han sabido que el conejo llega tarde, demasiado tarde, y por tanto tiene prisa.

Reconoceréis, eso sí, que no es un conejo cualquiera. Que sepamos, este es el único conejo que usa chaleco y reloj de bolsillo, lo cual plantea una incógnita: si tiene reloj, ¿por qué siempre llega tarde? ¿Quién es culpable de la tardanza? ¿El conejo o su reloj? Los expertos no se han puesto de acuerdo sobre este punto, que ha provocado graves discusiones entre veterinarios y relojeros. Y si se alude al chaleco, es aún peor. Solo hay una cosa más peligrosa que una discusión entre un veterinario y un relojero, y es una discusión entre un veterinario, un relojero y un sastre. Es mencionar el asunto y se desenvainan todo tipo de agujas (hipodérmicas, de coser y de reloj).

Así que mejor volvamos al secreto. El Conejo Blanco casi siempre tiene prisa. Corre porque tiene miedo de que la Duquesa y, sobre todo, la Reina de Corazones ordenen que le corten la cabeza. Pero vosotros, que aún conserváis la vuestra, concentraos en ese casi. Es la clave, el secreto mejor guardado del País de las Maravillas.

Casi siempre. ¿Cuándo no tiene prisa el Conejo Blanco? Solo cuando visita un pequeño edificio escondido tras los árboles del bosque: la biblioteca.

El conejo se toma su tiempo para curiosear entre las abarrotadas estanterías.Tiene un libro en mente pero, cuando se acerca a cogerlo, no puede evitar fijarse en el tomo que lo precede, y en el de más allá (y, como ya sabéis, en una biblioteca, el libro de más allá es al mismo tiempo el libro de más acá de otro libro que está a su lado…). Demasiadas opciones. Lleva tiempo elegir un libro. El conejo sabe que se encuentra en el hogar de la lectura, y la lectura es un placer que se disfruta sin prisa.

Aunque nadie haya mencionado antes esta biblioteca secreta, no lo dudéis, hay una en ese extraño mundo que visitó Alicia. No puede ser de otra forma. Pues a pesar de contar con el Sombrerero Loco, el Gato de Cheshire y la Oruga Azul, a pesar de todos los animales fantásticos y las extraordinarias cosas que allí suceden, todo eso no es suficiente para ganarse el nombre que ese mundo tiene. Un lugar nunca podría llamarse País de las Maravillas si entre sus maravillas no se contara una biblioteca.

Diego Arboleda

domingo, 18 de octubre de 2015

PERSIGUIENDO AL CONEJO BLANCO

Alicia empezaba ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río, sin tener nada que hacer: había echado un par de ojeadas al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía dibujos ni diálogos. «¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos?», se preguntaba Alicia.

Así pues, estaba pensando (y pensar le costaba cierto esfuerzo, porque el calor del día la había dejado soñolienta y atontada) si el placer de tejer una guirnalda de margaritas la compensaría del trabajo de levantarse y coger las margaritas, cuando de pronto saltó cerca de ella un Conejo Blanco de ojos rosados.

No había nada muy extraordinario en esto, ni tampoco le pareció a Alicia muy extraño oír que el conejo se decía a sí mismo: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!» (Cuando pensó en ello después, decidió que, desde luego, hubiera debido sorprenderla mucho, pero en aquel momento le pareció lo más natural del mundo). Pero cuando el conejo se sacó un reloj de bolsillo del chaleco, lo miró y echó a correr, Alicia se levantó de un salto, porque comprendió de golpe que ella nunca había visto un conejo con chaleco, ni con reloj que sacarse de él, y, ardiendo de curiosidad, se puso a correr tras el conejo por la pradera, y llegó justo a tiempo para ver cómo se precipitaba en una madriguera que se abría al pie del seto.

Un momento más tarde, Alicia se metía también en la madriguera, sin pararse a considerar cómo se las arreglaría después para salir.

Al principio, la madriguera del conejo se extendía en línea recta como un túnel, y después torció bruscamente hacia abajo, tan bruscamente que Alicia no tuvo siquiera tiempo de pensar en detenerse y se encontró cayendo por lo que parecía un pozo muy profundo.

O el pozo era en verdad profundo, o ella caía muy despacio, porque Alicia, mientras descendía, tuvo tiempo sobrado para mirar a su alrededor y para preguntarse qué iba a suceder después. Primero, intentó mirar hacia abajo y ver a dónde iría a parar, pero estaba todo demasiado oscuro para distinguir nada. Después miró hacia las paredes del pozo y observó que estaban cubiertas de armarios y estantes para libros: aquí y allá vio mapas y cuadros, colgados de clavos. Cogió, a su paso, un jarro de los estantes. Llevaba una etiqueta que decía: "MERMELADA DE NARANJA", pero vio, con desencanto, que estaba vacío. No le pareció bien tirarlo al fondo, por miedo a matar a alguien que anduviera por abajo, y se las arregló para dejarlo en otro de los estantes mientras seguía descendiendo.

«¡Vaya!», pensó Alicia. «¡Después de una caída como ésta, rodar por las escaleras me parecerá algo sin importancia! ¡Qué valiente me encontrarán todos! ¡Ni siquiera lloraría, aunque me cayera del tejado!» (Y era verdad.)

Abajo, abajo, abajo. ¿No acabaría nunca de caer?

—Me gustaría saber cuántas millas he descendido ya —dijo en voz alta—. Tengo que estar bastante cerca del centro de la tierra. Veamos: creo que está a cuatro mil millas de profundidad...

Como veis, Alicia había aprendido algunas cosas de éstas en las clases de la escuela, y aunque no era un momento muy oportuno para presumir de sus conocimientos, ya que no había nadie allí que pudiera escucharla, le pareció que repetirlo le servía de repaso.

—Sí, está debe de ser la distancia... pero me pregunto a qué latitud o longitud habré llegado.

Alicia no tenía la menor idea de lo que era la latitud, ni tampoco la longitud, pero le pareció bien decir unas palabras tan bonitas e impresionantes. Enseguida volvió a empezar.

—¡A lo mejor caigo a través de toda la tierra! ¡Qué divertido sería salir donde vive esta gente que anda cabeza abajo! Los antipáticos, creo... (Ahora Alicia se alegró de que no hubiera nadie escuchando, porque esta palabra no le sonaba del todo bien.) Pero entonces tendré que preguntarles el nombre del país. Por favor, señora, ¿estamos en Nueva Zelanda o en Australia?

Y mientras decía estas palabras, ensayó una reverencia. ¡Reverencias mientras caía por el aire! ¿Creéis que esto es posible?

—¡Y qué criaja tan ignorante voy a parecerle! No, mejor será no preguntar nada. Ya lo veré escrito en alguna parte.

Abajo, abajo, abajo. No había otra cosa que hacer y Alicia empezó enseguida a hablar otra vez.

—¡Temo que Dina me echará mucho de menos esta noche! (Dina era la gata.) Espero que se acuerden de su platito de leche a la hora del té. ¡Dina, guapa, me gustaría tenerte conmigo aquí abajo! En el aire no hay ratones, claro, pero podrías cazar algún murciélago, y se parecen mucho a los ratones, sabes. Pero me pregunto: ¿comerán murciélagos los gatos?

Al llegar a este punto, Alicia empezó a sentirse medio dormida y siguió diciéndose como en sueños: «¿Comen murciélagos los gatos? ¿Comen murciélagos los gatos?» Y a veces: «¿Comen gatos los murciélagos?» Porque, como no sabía contestar a ninguna de las dos preguntas, no importaba mucho cual de las dos se formulara. Se estaba durmiendo de veras y empezaba a soñar que paseaba con Dina de la mano y que le preguntaba con mucha ansiedad: «Ahora Dina, dime la verdad, ¿te has comido alguna vez un murciélago?», cuando de pronto, ¡cataplum!, fue a dar sobre un montón de ramas y hojas secas. La caída había terminado.

Alicia no sufrió el menor daño, y se levantó de un salto. Miró hacia arriba, pero todo estaba oscuro. Ante ella se abría otro largo pasadizo, y alcanzó a ver en él al Conejo Blanco, que se alejaba a toda prisa. No había momento que perder, y Alicia, sin vacilar, echó a correr como el viento, y llego justo a tiempo para oírle decir, mientras doblaba un recodo:

—¡Válganme mis orejas y bigotes, qué tarde se me está haciendo!

Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas