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lunes, 18 de febrero de 2019

LA CIENCIA ES ESPECIAL


Constituye el mejor modo del que disponemos para conocer cómo funciona el mundo y todo lo que hay en él… lo cual nos incluye a nosotros.

La gente lleva miles de años haciéndose preguntas acerca de lo que ve a su alrededor, y las respuestas que ha obtenido han variado mucho con el tiempo, del mismo modo que la ciencia. La ciencia es dinámica; se construye sobre las ideas y los descubrimientos que una generación transmite a la siguiente, y da pasos de gigante hacia delante cuando se realiza un descubrimiento completamente nuevo. Lo que no ha cambiado nunca es la curiosidad, la imaginación y la inteligencia de aquellos que se dedican a hacer ciencia. Es posible que hoy en día dispongamos de más conocimientos, pero las personas que pensaban en profundidad acerca de su mundo hace tres mil años eran tan inteligentes como nosotros.

Este libro no trata sólo de microscopios y tubos de ensayo, aunque ambos sean los elementos que la mayoría de la gente imagina al pensar en ciencia. Durante la mayor parte de la historia humana, la ciencia se ha utilizado junto con la magia, la religión y la tecnología para tratar de comprender y controlar el mundo. La ciencia puede representar algo tan sencillo como observar la salida del Sol cada mañana, o tan complicado como identificar un nuevo elemento químico. La magia podría consistir en mirar las estrellas para predecir el futuro o tal vez en alguna superstición, como mantenerse apartado del camino de un gato negro. La religión puede llevarte a sacrificar un animal para apaciguar a los dioses o rezar para que la paz se instaure en el mundo. La tecnología está relacionada con los conocimientos para encender un fuego o fabricar un nuevo ordenador.

La ciencia, la magia, la religión y la tecnología fueron utilizadas por las primeras sociedades humanas que se asentaron en los valles de los ríos de India, China y Oriente Medio. Dichos valles eran fértiles, lo que permitía plantar cada año cosechas suficientes para alimentar a una gran comunidad. Esto proporcionó a algunos miembros de estas comunidades tiempo suficiente para concentrarse en un tema, experimentar y experimentar, y convertirse en expertos en él. Los primeros «científicos» (aunque en aquella época no recibieran este nombre) eran, con toda probabilidad, sacerdotes.

Al principio, la tecnología (relacionada con el «hacer») era más importante que la ciencia (relacionada con el «saber»). Antes de cultivar con éxito, confeccionar ropa o cocinar la comida, es necesario saber qué hacer y cómo hacerlo. No hace falta saber por qué algunas bayas son venenosas o algunas plantas comestibles, para aprender a evitar las primeras y plantar las segundas. Tampoco hace falta que exista una razón para que el Sol salga cada mañana y se ponga cada noche, porque es algo que seguirá pasando cada día. Pero los seres humanos no sólo son capaces de aprender cosas acerca del mundo que les rodea, también son curiosos, y es esa curiosidad la que anida en el corazón de la ciencia.

William Bynum, Una Pequeña Historia de la Ciencia

miércoles, 30 de enero de 2019

¿POR QUÉ DEBEMOS HACERNOS LAS GRANDES PREGUNTAS?


La gente siempre ha querido respuestas a las grandes preguntas. ¿De dónde venimos? ¿Cómo comenzó el universo? ¿Qué sentido y qué intencionalidad hay tras todo eso? ¿Hay alguien ahí afuera? Las antiguas narraciones sobre la creación nos parecen ahora menos relevantes y creíbles. Han sido reemplazadas por una variedad de lo que solo se puede considerar supersticiones, que van desde la New Age hasta Star Trek. Pero la ciencia real puede ser mucho más extraña, y mucho más satisfactoria, que la ciencia ficción.

Soy un científico. Y un científico con una profunda fascinación por la física, la cosmología, el universo y el futuro de la humanidad. Mis padres me educaron para tener una curiosidad inquebrantable y, al igual que mi padre, para investigar y tratar de responder a las muchas preguntas que la ciencia nos plantea. He pasado la vida viajando por el universo, en el interior de mi mente. Mediante la física teórica, he tratado de responder algunas de las grandes preguntas. En un cierto momento, creí que vería el final de la física, tal como la conocemos, pero ahora creo que la maravilla de descubrir continuará mucho después de que me haya ido. Estamos cerca de algunas de esas respuestas, pero todavía no las tenemos.

El problema es que la mayoría de la gente cree que la ciencia real es demasiado difícil y complicada para que la puedan entender. No creo sin embargo que este sea el caso. Investigar sobre las leyes fundamentales que rigen el universo requeriría una dedicación de tiempo que la mayoría de la gente no tiene; el mundo pronto se detendría si todos intentáramos hacer física teórica. Pero la mayoría de personas pueden comprender y apreciar las ideas básicas, si son presentadas de forma clara sin ecuaciones, cosa que creo que es posible y que he disfrutado tratando de hacer a lo largo de mi vida.

Ha sido una época gloriosa para vivir e investigar en física teórica. Nuestra imagen del universo ha cambiado mucho en los últimos cincuenta años, y me siento feliz si he contribuido en algo a ello. Una de las grandes revelaciones de la era espacial ha sido la perspectiva que nos ha proporcionado sobre la humanidad. Cuando contemplamos la Tierra desde el espacio, nos vemos a nosotros mismos como un todo. Vemos nuestra unidad y no nuestras divisiones. Es una imagen simple con un mensaje cautivador: un solo planeta, una sola especie humana.

Quiero sumar mi voz a la de aquellos que reclaman una acción inmediata sobre los desafíos clave de nuestra comunidad global. Espero que en el futuro, incluso cuando yo ya no esté, las personas con poder puedan mostrar creatividad, coraje y liderazgo. Dejémosles ponerse al nivel del desafío de los objetivos de desarrollo sostenible, y actuar no por su propio interés sino por el interés común. Soy muy consciente de cuán precioso es el valor del tiempo. Aprovechemos cada momento. Actuemos ahora mismo.

Stephen Hawking, Breves Respuestas a las Grandes Preguntas

jueves, 10 de enero de 2019

PERSIGUIENDO UN ELEMENTO


Cuando era niño, a principios de los años 80, tenía la costumbre de hablar con algo metido en la boca: comida, tubos de dentista, globos que salían volando... De todo. Y, aunque no hubiera nadie a mi alrededor, yo hablaba de todos modos. Esta manía me condujo a mi fascinación por la tabla periódica la primera vez que me dejaron a solas con un termómetro debajo de la lengua. Tuve faringitis un montón de veces durante 2.º y 3.º de Primaria, y me pasaba muchos días sintiendo dolor al tragar. No me importaba faltar a clase y automedicarme con helado de vainilla y sirope de chocolate. Además, estar enfermo siempre me concedía una nueva oportunidad para romper uno de esos anticuados termómetros de mercurio.

Recostado, con ese palito de cristal bajo la lengua, respondía en voz alta a una pregunta imaginaria y el termómetro se me caía de la boca y se hacía trizas sobre el suelo de madera. El mercurio líquido que contenía se desperdigaba en forma de bolitas metálicas. Al rato, mi madre se agachaba en el suelo, a pesar de su artrosis de cadera, y empezaba a recogerlas. Utilizando un mondadientes a modo de palo de hockey, empujaba esas esferas dúctiles entre sí hasta que casi se tocaban. De pronto, con un impulso final, una esfera engullía a la otra. Una única e impoluta bolita quedaba en el lugar donde antes había dos. Mi madre repetía este truco de magia a lo largo y ancho de la habitación, con una bolita grande que iba engullendo a las demás hasta que todas formaban un bloque compacto y plateado.

Una vez que había recopilado todos los trocitos de mercurio, mi madre sacaba el frasco de pastillas de plástico con la etiqueta verde que guardábamos en un estante de la cocina que estaba repleto de trastos, entre un osito de peluche con una caña de pescar y una taza azul de cerámica que conmemoraba una reunión familiar de 1985. Después de meter rodando la bolita en un sobre, añadía cuidadosamente los últimos restos de mercurio del termómetro al pegote del tamaño de una nuez que había dentro del frasco. A veces, antes de volver a guardar el frasco, mi madre vertía el mercurio en la tapa para que mis hermanos y yo admirásemos los movimientos de ese metal futurista, que no paraba de dividirse y volverse a fusionar.

Los alquimistas medievales, a pesar de su pasión por el oro, consideraban que el mercurio era la sustancia más poderosa y poética del universo. De pequeño, yo estaba de acuerdo con esa afirmación. Incluso habría estado dispuesto a creer, igual que ellos, que albergaba espíritus de otro mundo.
El mercurio actúa de esta manera, tal y como descubrí más tarde, porque es un elemento. Al contrario que el agua (H2O), o que el dióxido de carbono (CO2), o que casi cualquier otra cosa con la que te topas en tu día a día, no se puede separar el mercurio en unidades más pequeñas de una forma natural. De hecho, el mercurio es uno de los elementos más clasistas: sus átomos solo quieren estar en compañía de otros átomos de mercurio y reducen al mínimo el contacto con el mundo exterior al comprimirse en forma de esfera. La mayoría de los líquidos que derramé de pequeño no se comportaban así. El agua se extendía por todas partes, igual que el aceite, el vinagre y la gelatina derretida. El mercurio jamás dejaba ni una mota. Mis padres siempre me decían que me calzara cada vez que se me caía un termómetro, para que no me clavara esas invisibles esquirlas de cristal. Pero no recuerdo que me alertaran sobre el mercurio desperdigado.

Durante mucho tiempo seguí la pista del elemento 80 en la escuela y en los libros, tal y como se haría con el nombre de algún amigo de la infancia en el periódico. Provengo de las Grandes Llanuras (Dakota del Sur) y en clase de Historia me hablaron de los famosos exploradores Lewis y Clark, de su expedición a través de Dakota del Sur y por el resto del Territorio de Luisiana. Lo que no sabía en un principio fue que Lewis y Clark llevaban consigo seiscientos laxantes de mercurio, cada uno de ellos cuatro veces más grande que una aspirina corriente. Estos laxantes eran conocidos como las Píldoras Biliosas del Dr. Rush, en honor a Benjamin Rush, uno de los firmantes de la Declaración de Independencia y héroe de la medicina por haber tenido la valentía de quedarse en Filadelfia durante una epidemia de fiebre amarilla en 1793. Su tratamiento favorito, para toda clase de dolencias, era un mejunje a base de cloruro de mercurio que administraba a la gente por la fuerza, a menudo hasta que se les caían el pelo y los dientes. (¡Menos mal que la medicina ha avanzado mucho hoy en día!). ¿Y cómo sabemos que Lewis y Clark lo tomaron? Con los extraños alimentos y el agua de dudosa calidad que se encontraron durante su travesía, siempre había algún miembro de su equipo que se sentía indispuesto y, hasta el día de hoy, aún se encuentran depósitos de mercurio en muchos lugares donde los exploradores excavaron una letrina, quizá después de que una de las «pastillas atronadoras» del Dr. Rush funcionara un poco mejor de la cuenta.

El mercurio acabó apareciendo en la clase de Ciencias. Cuando nos enseñaron por primera vez el batiburrillo de la tabla periódica, la registré en busca del mercurio y no conseguí encontrarlo. Está incluido, claro: entre el oro, que también es denso y maleable, y el talio, que también es venenoso. Pero el símbolo del mercurio, Hg, está compuesto por dos letras que ni siquiera forman parte de su nombre. Resolver ese misterio —procede de hydrargyrum, que en latín significa «agua plateada»— me ayudó a comprender hasta qué punto la tabla periódica estaba influida por las lenguas antiguas y la mitología, algo que aún puede percibirse en los nombres latinos que utilizan los científicos cuando crean nuevos elementos superpesados que se añaden a la última fila.

También encontré el mercurio en clase de Literatura. Antaño, los fabricantes de sombreros utilizaban una solución anaranjada y brillante de mercurio para separar el pelo del pellejo, y los sombrereros que se pasaban el día trabajando entre esas cubetas humeantes acababan perdiendo el pelo y el juicio, como el sombrerero loco de Alicia en el País de las Maravillas. Finalmente, me di cuenta de lo venenoso que es el mercurio. Eso explicaba por qué las Píldoras Biliosas del Dr. Rush purgaban tan bien los intestinos: el cuerpo tiende a desprenderse de cualquier tipo de veneno, incluido el mercurio. Y, por tóxico que pueda resultar ingerir este elemento, sus vapores tienen un efecto incluso peor. Deshilachan los «cables» del sistema nervioso central y provocan agujeros en el cerebro, al igual que hace la enfermedad de Alzheimer en su fase avanzada.

Pero cuantas más cosas aprendía sobre los peligros del mercurio, más me atraía su belleza destructiva. Era un poco como con ese poema de William Blake que dice: «Tigre, tigre, fuego que ardes». Con el paso de los años, mis padres redecoraron su cocina y quitaron el estante donde estaban el osito de peluche y la taza, pero guardaron todos esos trastos en una caja de cartón. Durante una reciente visita, encontré el frasco de la etiqueta verde y lo abrí. Al inclinarlo de un lado a otro, pude notar cómo el peso se deslizaba en círculos por su interior. Cuando miré dentro, me llamaron la atención los trocitos diminutos que se habían desparramado hacia los lados del conjunto principal. Allí estaban, centelleando, como gotitas de agua tan perfectas que solo parece posible encontrarlas en las fantasías. Durante toda mi infancia, asocié el mercurio derramado con la fiebre. Aquella vez, consciente de la pasmosa simetría de esas pequeñas esferas, sentí un escalofrío.

A partir de ese único elemento, aprendí historia, etimología, alquimia, mitología, literatura, psicología y toxicología forense. Y aquellas no fueron las únicas historias relacionadas con elementos que recopilé, sobre todo después de que me metiera a estudiar Ciencias en la universidad y conociera a unos cuantos profesores que tuvieron a bien dejar a un lado sus investigaciones para charlar un rato de ciencia conmigo.

Mientras estudiaba Física con la esperanza de poder escapar del laboratorio para escribir, me sentía fatal entre esos científicos jóvenes, serios y con talento que iban a mi clase, que se apasionaban con los experimentos de ensayo y error de una manera que yo nunca podría. Soporté cinco gélidos años en Minnesota y acabé con un diploma de honor en Física, pero, a pesar de haber pasado cientos de horas en un laboratorio, memorizando miles de ecuaciones y trazando decenas de miles de diagramas de poleas y planos inclinados sin fricción, lo más instructivo para mí fueron las historias que me contaron mis profesores. Historias sobre Gandhi, Godzilla y científicos que creían haber perdido la chaveta. Sobre arrojar bloques de sodio explosivo a los ríos para matar a los peces. Sobre personas que se asfixiaban, sin sufrir apenas durante el proceso, con gas nitrógeno en las estaciones espaciales. Sobre un antiguo profesor de mi facultad que experimentó con un marcapasos accionado por plutonio ¡dentro de su propio pecho!, acelerando y reduciendo su ritmo en función de su proximidad a unas bobinas magnéticas gigantescas.

Me quedé fascinado por esas historias, y recientemente, mientras pensaba en el mercurio durante el desayuno, me di cuenta de que detrás de cada elemento de la tabla periódica hay una historia curiosa, extraña o escalofriante. Al mismo tiempo, esa tabla es uno de los grandes logros intelectuales de la humanidad. Es tanto un logro científico como un libro de cuentos, así que decidí escribir este libro para desprender todas sus capas una por una, como las transparencias de los libros de anatomía que cuentan la misma historia en distintos niveles. En el más básico, la tabla periódica es un catálogo de todos los tipos de materia que hay en nuestro universo, los ciento y pico elementos cuyas marcadas personalidades dan origen a todo lo que vemos y tocamos. La forma de la tabla también nos aporta indicios científicos acerca de cómo esas personalidades se entremezclan en sociedad. A un nivel ligeramente más complicado, la tabla periódica codifica multitud de información forense sobre la procedencia de toda clase de átomos y sobre qué átomos pueden fragmentarse o mutar para dar lugar a otros nuevos. Estos átomos también se combinan de manera natural para formar sistemas dinámicos, como los seres vivos, y la tabla periódica predice cómo se desarrolla ese proceso. Incluso predice qué conjuntos de elementos nocivos pueden afectar o destruir a los seres vivos.

La tabla periódica es, por último, un hito antropológico, un instrumento creado por el hombre que refleja todos los matices del ser humano —su ingenio, sus bondades y también sus cosas malas— y la manera que tenemos de interactuar con el mundo físico. Es la historia de nuestra especie, recopilada de una manera concisa y elegante. Merece un estudio en cada uno de esos niveles, empezando por el más elemental para después ir aumentando progresivamente la complejidad. Además de entretenernos, las historias de la tabla periódica nos proporcionan una forma de entenderla que no se encuentra en los libros de texto ni en los manuales de laboratorio. Respiramos y nos alimentamos de la tabla periódica; la gente apuesta y pierde enormes sumas de dinero en función de ella; los filósofos la utilizan para sondear el significado de la ciencia; envenena a la gente; desata guerras. Entre el hidrógeno, que se encuentra en la esquina superior izquierda, y los insólitos elementos sintetizados por el ser humano, que merodean por los últimos puestos de la lista, puedes encontrar burbujas, bombas, toxinas, dinero, alquimia, políticas mezquinas, historia, crimen y amor. E incluso un poco de ciencia.

Sam Kean, La Cuchara Menguante

jueves, 22 de noviembre de 2018

CUÉNTAME UNA HISTORIA


Las historias que no se cuentan caen en el olvido y horadan la memoria. Eso lo sabía bien Heródoto de Halicarnaso, «el padre de la historia», como lo llamó Cicerón. El primer historiador publicó sus «investigaciones» con el fin de que «no llegue a desvanecerse con el paso del tiempo la memoria de las gestas de los hombres». Viajó por todo el mundo conocido, indagando, preguntando, observando… y recopiló sus «historias», es decir, el informe de sus indagaciones —según la traducción fiel del griego—, en una obra grandiosa que ha pasado a la posteridad con el desnudo título de Historia.

Ante la obra de Heródoto, las diferentes ediciones titubean entre llamarla Historia o Historias. A mi juicio, aquí el número gramatical es indiferente, pues el infatigable viajero de Halicarnaso quiso hacer las dos cosas: contar historias e interpretar la historia. La primera tarea lleva a la segunda y la segunda ayuda a entender la primera. Las historias conforman la historia y ésta da sentido a aquéllas. El plural y el singular se necesitan mutuamente.

Muchos han criticado el método utilizado por Heródoto. Lo consideran poco científico, poco histórico, poco profesional. Pero lo hacen a toro pasado, no tienen en cuenta que el que abre camino no dispone del mapa de carreteras que está confeccionando, que, como decía el historiador italiano Arnaldo Momigliano, «no hubo ningún Heródoto antes de Heródoto». Yo, sin embargo, admiro profundamente al pionero de Halicarnaso porque supo conjugar el trabajo de campo con la reflexión histórica, porque fue honesto presentando las pruebas como pruebas y las habladurías como tales, y porque te hace, en fin, admirar la historia. En este sentido, Heródoto es más que un historiador; es un historiófilo, un amante de la historia, como un filósofo es un amante de la sabiduría o un filólogo lo es de la palabra.

El amante de la historia se echa a los caminos. Así, el «Marco Polo de la antigüedad», como lo llamará el helenista Jaime Berenguer, viaja hasta los confines del mundo, desde Iberia hasta Babilonia y desde el Alto Nilo hasta el norte del mar Negro, para investigar, preguntar, indagar las historias de los diferentes pueblos, sus costumbres, sus creencias, sus construcciones, sus formas de vida, sus victorias y sus derrotas… con tal de entender por qué los bárbaros lucharon contra los griegos, por qué entraron en liza Oriente y Occidente, por qué la paz se cobra tanta violencia, por qué los hombres se empeñan en ser como dioses.

Contar historias llevará a Heródoto a intentar formular una ley general de la Historia. Los acontecimientos parecen ir a la deriva, incluso, muchas veces, resultan contradictorios; no obstante, siempre tienden al equilibrio. Se trata de la «ley del ciclo» que el historiador pone en boca del rey Creso: «en el ámbito humano existe un ciclo que, en su sucesión, no permite que siempre sean afortunadas las mismas personas» (I, 207). A un momento de esplendor le sigue tarde o temprano la desgracia; la soberbia, la altanería, el exceso, la prepotencia (hybris, en griego) provocan lo celos o «envidia divina» (theios phthónos). La desmedida del hombre soberbio le lleva irremediablemente a caer en el error, la ceguera y sordera de espíritu (ate) y, como consecuencia, es castigado por los dioses, porque existe una ley transhistórica, que rige la historia, cuyo cometido es poner las cosas en su sitio cuando los hombres sobrepasan los límites. Esta norma no escrita se puede formular de una manera más cercana: la felicidad humana no dura para siempre porque la divinidad envidia al hombre excesivamente feliz.

Para exponer esa ley universal e inquebrantable Heródoto echa mano de un concepto que sus contemporáneos entendían bien: el Destino. El equilibrio, por lo general en forma de castigo, se impone siempre valiéndose de pretextos aparentemente nimios. El Destino utiliza hombres particulares para provocar enfrentamientos entre pueblos, para desatar enemistades entre naciones, para hacer saltar la chispa de la guerra. Frecuentemente se manifiesta en un oráculo o un sueño; cuando eso ocurre, la historia alcanza un momento crítico que se resuelve, como en las obras de Sófocles, de forma trágica.

La guerra suele ser el medio tanto de desequilibrar los acontecimientos como de generar el equilibrio; sin ella, probablemente, no habría historia; sin ella, probablemente, Heródoto no habría escrito su Historia, en la que, como seguimos leyendo en el Proemio, quiere «exponer con esmero las causas y motivos de las guerras que se hicieron mutualmente» los griegos y los bárbaros. La guerra obedece a la ley de la historia, pero su origen hay que buscarlo en un deber sagrado inscrito en el corazón humano: la venganza.

Tres siglos antes, Homero había explicado estas mismas ideas componiendo una gran epopeya: la Ilíada, donde los griegos se embarcan contra Troya por desquite de una afrenta sufrida por uno de los suyos. Heródoto lo va a intentar de forma no poética, sino racional, aportando datos, investigando, escribiendo historias que demuestren que existe una Historia, por eso, es a él a quien con todos los honores le corresponde el título con que le bautizó Cicerón.

Sea o no válida la ley que establece Heródoto, lo que no puede someterse a discusión es que su obra tiene un gran atractivo. Ya lo tuvo para los antiguos, quienes la dividieron en nueve libros y pusieron a cada uno el nombre de una Musa (lo que denota su inestimable carga literaria), y lo tiene también para nosotros, más necesitados que ellos de que nos cuenten historias. Ellas nos llevarán hasta nuestros orígenes y harán que no se nos olvide quiénes somos.

Leer a Heródoto no es únicamente mera curiosidad —y, por supuesto, un gran placer—, sino también una necesidad de nuestro tiempo; no sólo porque, como dice Alain Minc, «la historia nos tiene cogidos por la garganta», sino porque no podemos dejar que nos ahogue. El olvido, contra el que lucha la disciplina que cultivó el de Halicarnaso, nos devuelve a un estadio prehumano, mientras que la memoria nos hace humanos porque ella conforma el alma de la humanidad.

Heródoto es un contador de historias. Nos ofrece un mosaico precioso compuesto de narraciones o logoi, cuya base histórica a veces no está muy clara. Pero eso no importa; lo que importa es que el indagador ha registrado lo que ha visto con sus propios ojos (autópsia) y lo que han referido las personas con las que ha hablado: todo ello conforma lo que ha quedado en la memoria de las gentes y eso constituye la verdadera historia. Hemos de tener en cuenta que, en ocasiones, la memoria desdibuja la realidad y da lugar a leyendas o mitos, cuya relación con la historia nadie es capaz de ponderar en su justa medida.

Digámosle a Heródoto: «Cuéntame una historia», y vayamos de su mano a recorrer el mundo antiguo, tan lejano y tan cercano, tan viejo y tan nuevo, tan asombroso y tan bello. Después de cada historia intentemos sacar alguna enseñanza de la que es, una vez más en palabras de Cicerón, «magistra vitae», maestra de la vida.

Carlos Goñi

viernes, 20 de abril de 2018

EL SÉPTIMO CÍRCULO DEL INFIERNO


El KGB, el régimen nazi, la Inquisición, las guerras, el FBI, el gobierno chino, el hambre, la pérdida de un ser querido, la enfermedad, el exilio, la censura... Muchos son, en efecto, los infiernos de la literatura a los que se han tenido que enfrentar escritores y escritoras de todos los tiempos.

Este el tercer libro donde Santiago Posteguillo nos contagia su amor por los libros y en especial por los autores cuyo genio y talento hizo que del infierno salieran con obras que nos acompañan en muchos momentos. Antes fueron La Noche en que Frankenstein Leyó el Quijote o La Sangre de los Libros, donde nos contaba la historia oculta de los libros o de sus autores.

El título del libro viene del interrogatorio a Vera Caspary, autora de novela negra, por el Comité de Actividades Antiamericanas al acusadanrla de ser comunista: le amenazaron con convertir su vida en un infierno, y ella les replicó que la dejaran en el séptimo infierno (el círculo donde Dante en La Divina Comedia sitúa a los asesinos).

                Ya en el prólogo Posteguillo nos advierte:

Muchas son las circunstancias terribles en las que se generan los libros. Esto no es porque a los autores les gusten los problemas, las dificultades y las penurias. Es simplemente porque los libros, desde siempre, ya sean poemas, obras de teatro, ensayos o novelas, han sido perseguidos, y los que persiguen son muy buenos en crear infiernos perfectos, totales, completos para los creadores a los que buscan acorralar. Lo que les duele a los perseguidores, lo que no terminan de entender es cómo es posible que incluso en esos infiernos se escriba tanto y tan bien (...)

El séptimo círculo del infierno intenta mostrar algunos de estos mundos terribles, de estos momentos duros, y cómo grandes escritores y autoras de todos los tiempos supieron superarlos, doblegarlos, romperlos y, al hacerlo, regalarnos maravillosas obras de la literatura.

                Y el autor, cual nuevo Virgilio, con su prosa amena nos acompaña en este viaje a los infiernos, y nos va mostrando anécdotas y curiosidades sobre diversos escritores. Y de esta manera, por sus páginas se pasean Safo, Rustichello da Pisa (con Los Viajes de Marco Polo), Cristina de Pizán (que a finales del siglo XIV en La ciudad de las damas escribe un manifiesto en favor de los derechos de la mujer), sor Juana Inés de la Cruz, Kipling, Zenobia Camprubí, Saki, Concha Espina, Pearl S. Buck, Carson McCullers, Imre Kertész, Mijaíl Bulgákov, Julia de Burgos, entre otros muchos.

                Es de agradecer que, hasta bien entrado el capítulo, en ningún momento Posteguillo desvele de quién está hablando, lo cual favorece la intriga y el interés del lector.


miércoles, 14 de marzo de 2018

SI EL UNIVERSO FUESE VERDADERAMENTE INFINITO



IN MEMORIAM DE STEPHEN HAWKING
(8 DE ENERO DE 1942, 14 DE MARZO DE 2018)

          Si el universo fuese verdaderamente infinito espacialmente, o si hubiese infinitos universos, habría probablemente en alguna parte algunas grandes regiones que habrían comenzado de una manera suave y uniforme. Es algo parecido al bien conocido ejemplo de la horda de monos martilleando sobre máquinas de escribir; la mayor parte de lo que escriben será desperdicio, pero muy ocasionalmente, por puro azar, imprimirán uno de los sonetos de Shakespeare. De forma análoga, en el caso del universo, ¿podría ocurrir que nosotros estuviésemos viviendo en una región que simplemente, por casualidad, es suave y uniforme? A primera vista esto podría parecer muy improbable, porque tales regiones suaves serían superadas en gran número por las regiones caóticas e irregulares. Sin embargo, supongamos que sólo en las regiones lisas se hubiesen formado galaxias y estrellas, y hubiese las condiciones apropiadas para el desarrollo de complicados organismos auto reproductores, como nosotros mismos, que fuesen capaces de hacerse la pregunta: ¿por qué el universo es tan liso? Esto constituye un ejemplo de aplicación de lo que se conoce como el principio antrópico, que puede parafrasearse en la forma «vemos el universo en la forma que es porque nosotros existimos»

Stephen H. Hawking, Historia del Tiempo

miércoles, 7 de marzo de 2018

RUIDO


En la primavera de 1928, George Gershwin, el creador de Rhapsody in Blue, realizó una gira por Europa y conoció a los compositores más destacados del momento. En Viena recaló en casa de Alban Berg, cuya ópera Wozzeck —empapada en sangre, disonante y abrumadoramente sombría— se había estrenado tres años antes en Berlín. Para recibir a su visitante estadounidense, Berg se ocupó de que un cuarteto de cuerda interpretara su Lyrische Suite (Suite lírica), en la que el lirismo vienés se refinaba hasta convertirse en algo parecido a un peligroso narcótico.

Gershwin se sentó luego al piano a tocar algunas de sus canciones. Vaciló. La obra de Berg lo había dejado sobrecogido. ¿Eran sus propias obras dignas de este marco lúgubre y opulento? Berg lo miró con severidad y dijo: «Sr. Gershwin, la música es la música.»

Como si fuera tan sencillo. A la larga, toda música actúa sobre sus oyentes por medio de la misma física sonora, agitando el aire y despertando extrañas sensaciones. En el siglo XX, sin embargo, la vida musical se desintegró en una masa ingente de culturas y subculturas, cada una de ellas con su canon y su jerga propios. Algunos géneros han alcanzado más popularidad que otros; ninguno de ellos atrae realmente a las masas. Lo que gusta a un público, a otro le provoca dolores de cabeza. Las músicas hip-hop entusiasman a los adolescentes y espantan a sus padres. Canciones populares y ya clásicas que rompen los corazones de una generación anterior se convierten en algo kitsch e insípido a oídos de sus nietos. Wozzeck de Berg es, para algunos, una de las óperas más irresistibles jamás escritas; así lo pensaba Gershwin, y la emuló en Porgy and Bess, especialmente en los acordes brumosos que flotan a lo largo de «Summertime». Para otros, Wozzeck es un dechado de fealdad. Las discusiones se tornan fácilmente cada vez más acaloradas; podemos ser intolerantes, incluso violentos, en nuestras reacciones ante los gustos de otros.

Pero la belleza puede atraparnos en lugares inesperados. «Dondequiera que estemos —escribe John Cage en su libro Silence (Silencio)—, lo que oímos es fundamentalmente ruido. Cuando lo ignoramos, nos perturba. Cuando lo escuchamos, nos resulta fascinante.»

La composición clásica en el siglo XX, el tema de este libro, a muchos les suena a ruido. Es un arte en gran medida agreste, un movimiento alternativo no asimilado. Mientras que las abstracciones llenas de salpicaduras de pintura de Jackson Pollock se venden en el mercado del arte por cien millones de dólares o más, y mientras que las obras experimentales de Matthew Barney o David Lynch se analizan en las residencias universitarias de una punta a otra de Estados Unidos, el equivalente en música sigue provocando oleadas de desasosiego entre los asistentes a conciertos y tiene un impacto apenas perceptible en el mundo exterior. La música clásica se ha estereotipado como un arte de los muertos, un repertorio que empieza con Bach y termina con Mahler y Puccini. Algunas personas se muestran a veces sorprendidas al enterarse de que los compositores siguen componiendo.

Sin embargo, estos sonidos no pueden tildarse precisamente de extraños. En el jazz surgen inesperadamente acordes atonales; en las bandas sonoras de Hollywood aparecen sonidos vanguardistas; el minimalismo ha dejado su impronta en el rock, el pop y la música dance desde The Velvet Underground en adelante. A veces la música se asemeja al ruido porque es deliberadamente ruido, o algo que se le aproxima. A veces, como sucede en Wozzeck de Berg, mezcla lo familiar y lo extraño, la consonancia y la disonancia. A veces es tan excepcionalmente hermosa que hay quienes, al oírla, empiezan a respirar entrecortadamente, maravillados. El Quatuor pour la fin du temps (Cuarteto para el fin del tiempo) de Olivier Messiaen, con sus líneas grandiosamente cantables y sus acordes suavemente resonantes, logra que el tiempo se detenga cada vez que se interpreta.

Como los compositores han estado en contacto con todos y cada uno de los aspectos de la existencia moderna, su obra puede representarse únicamente sobre un lienzo lo más amplio posible. El ruido eterno se ocupa no sólo de los artistas propiamente dichos, sino también de los políticos, los dictadores, los patronos millonarios y los presidentes de empresas que intentaron controlar qué música se escribía; de los intelectuales que intentaron ser árbitros del estilo; de los escritores, pintores, bailarines y cineastas que brindaron compañerismo en caminos de exploración solitarios; de los públicos que vilipendiaron, ignoraron o se deleitaron con lo que estaban haciendo los compositores; de las tecnologías que cambiaron cómo se hacía y escuchaba la música; y de las revoluciones, las guerras calientes y frías, las oleadas migratorias y las transformaciones sociales más profundas que remodelaron el paisaje en que trabajaron los compositores.

Qué tiene que ver realmente la marcha de la historia con la música constituye el tema de un intenso debate. En el mundo clásico ha estado de moda desde hace mucho tiempo mantener a la música cercada respecto de la sociedad, declararla un lenguaje autosuficiente. En el hiperpolítico siglo XX, esa barrera se derrumba una y otra vez: Béla Bartók escribe cuartetos de cuerda inspirados por las grabaciones de campo de canciones folclóricas transilvanas, Shostakovich trabaja en su Sinfonía Leningrado mientras los cañones alemanes están disparando sobre la ciudad, John Adams crea una ópera que tiene como protagonistas a Richard Nixon y Mao Zedong. Sin embargo, articular la conexión entre la música y el mundo exterior sigue siendo endiabladamente difícil. El significado musical es vago, mutable y, en última instancia, profundamente personal. No obstante, aun cuando la historia no pueda nunca decirnos exactamente qué significa la música, ésta sí que puede decirnos algo sobre la historia. Mi subtítulo ha de entenderse en su sentido literal; esto es el siglo XX oído a través de su música.

Las historias de la música desde 1900 suelen adoptar la forma de un relato teleológico, una narración obsesionada con su objetivo llena de grandes saltos hacia delante y batallas heroicas con una burguesía indiferente a la cultura. Cuando el concepto de progreso asume una importancia exagerada, muchas obras quedan suprimidas del registro histórico con el pretexto de que no tienen nada nuevo que decir. Se han formado dos repertorios bien diferenciados, uno intelectual y uno popular. Aquí se han mezclado: ningún lenguaje se considera intrínsecamente más moderno que otro. He dedicado capítulos independientes a Jean Sibelius y Benjamin Britten, compositores que han sido rechazados con frecuencia como reaccionarios o ignorados por completo en estudios anteriores; mi propósito no es elevar a esos artistas a lo más alto del canon, sino indicar la multiplicidad esencial de la experiencia musical del siglo XX. Los maestros reconocidos de la música moderna, desde Schoenberg y Stravinsky en adelante, son todos objeto de atención destacada, aunque se examina en detalle la retórica que ha venido acompañándolos desde hace décadas. A la larga, su música no hace más que reforzarse cuando se libera de las ideologías del estilo.

La historia se mueve también a uno y otro lado de la frontera a menudo mal definida o imaginaria que separa la música clásica de los géneros colindantes. Duke Ellington, Miles Davis, los Beatles y The Velvet Underground tienen asignados papeles destacados de comparsas, ya que la conversación entre Gershwin y Berg se perpetúa de generación en generación. Berg estaba en lo cierto: la música se despliega a lo largo de un continuum ininterrumpido, por dispares que sean los sonidos a primera vista. La música está siempre desplazándose desde su punto de origen hasta su destino en el momento fugaz de la experiencia de alguien: el concierto de anoche, el paseo solitario de mañana.

El ruido eterno está escrito no sólo para aquellas personas muy versadas en música clásica, sino también —especialmente— para quienes sientan una curiosidad pasajera por ese confuso pandemónium situado en el extrarradio de la cultura. Abordo el tema desde múltiples ángulos: biografía, descripción musical, historia social y cultural, evocaciones de lugares, política en estado puro, relatos de primera mano de los propios participantes. Cada uno de los capítulos se abre camino a través de un período concreto, pero sin ninguna pretensión de ser exhaustivo: ciertas carreras reemplazan a escenas completas, ciertas obras fundamentales reemplazan a carreras completas y, con inmenso pesar, mucha música extraordinaria se ha quedado en el suelo de la sala de montaje.

Alex Ross, El Ruido Eterno: Escuchar al Siglo XX a través de su Música

lunes, 8 de enero de 2018

MUJERES DE CIENCIA


Este libro ilustrado de Rachel Ignotofsky  pone de relieve las contribuciones de cincuenta mujeres notables a los campos de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas, desde el mundo antiguo hasta nuestros días. Su intención es celebrar los logros de estas científicas e inspirar la curiosidad en las jóvenes para que se hagan preguntas sobre el mundo en el que vivimos e intenten encontrar las respuestas.

Cada una de las cincuenta científicas aparece a doble página: en la par encontramos su retrato en un fondo relacionado con su campo de estudio: átomos, estrellas, animales, volcanes, material médico, químico, libros…, y en la impar una breve biografía, así como un resumen de sus trabajos relacionados con la ciencia y los avances a los que contribuyeron, todo ello con unas ilustraciones que nos recuerdan los cómics.


Encontramos, entre otras, a la filósofa Hipatia de Alejandría (una de las primeras mujeres de quienes se tiene constancia que estudió y enseñó matemáticas), la matemática Ada Lovelace (la hija de lord Byron, la primera persona que creó un programa de computador), la química Marie Curie (ganadora de dos premios Nobel), la actriz Hedy Lamarr (inventó una versión del espectro ensanchado, técnica de modulación empleada en telecomunicaciones), la primatóloga Jane Goodall, Lise Meitner (descubrió la fisión nuclear), Sylvia Earle (bióloga marina, que intenta detener la polución y la sobeexplotación pesquera)…

Al final encontramos un listado de 14 + 1 científicas más, donde la última es una silueta en negro, que indica que la próxima científica podrías ser tú


MEJOR LIBRO DE CIENCIA 2016 POR SCIENCE FRIDAY

lunes, 18 de diciembre de 2017

LA CIENCIA ES BELLA


Tengo la gran suerte de ser profesor de ciencias en secundaria, lo que, además de permitirme estar en contacto con gente joven como tú, Nicolás, me obliga a mantener la mente bien despierta. Los profesores pretendemos que nuestro mensaje llegue a los cerebros de los alumnos con la menor distorsión posible. Eso se consigue con una doble estrategia. Por un lado, se trata de captar vuestra atención durante la mayor parte del tiempo, y para ello es necesario transmitir la propia pasión por lo que uno enseña. Por otro, se hace necesario en muchas ocasiones presentar la información desde ángulos que nunca antes habíamos tenido en cuenta.

Ser profesor de ciencias me ha permitido constatar que lo que se pretende en los planes de estudio es que los alumnos terminéis aprendiendo, sobre todo, conocimientos adquiridos por la ciencia: desde las leyes de Newton al funcionamiento del riñón humano, desde la formulación de las oxisales hasta la fotosíntesis, desde la polinización hasta la deriva continental. Sin embargo, apenas comienza ahora a aparecer en los planes de estudio de la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO) una breve unidad didáctica en la que se explica en qué consiste la ciencia. En mi opinión, este pequeño cambio es positivo, pero insuficiente.

La ciencia es una herramienta muy poderosa para descifrar el funcionamiento del mundo, y no hay más que estar un poco atento a nuestro alrededor para comprobar que muy pocas personas comprenden no solo cómo funciona dicha herramienta sino también qué la diferencia de otras actividades humanas relacionadas con la adquisición del saber, algunas tan válidas como la filosofía, y otras, como las que podríamos denominar pseudociencias, cuando menos erróneas.

Un conocimiento más profundo de los modos de actuar de la ciencia puede proporcionar a todas las personas el fundamento en el que basar un sentido crítico y un sano escepticismo, en el buen sentido de la palabra, para caminar por la vida de una forma más racional y, me atrevería a añadir, con más libertad. Eso sin olvidar que la cultura científica —si es que se puede poner calificativos a la cultura— es en sí misma una inmensa fuente de satisfacción para quien la posee. En definitiva, creo que conviene promover el conocimiento de las “interioridades” de la ciencia, así como la reflexión sobre qué es realmente esa forma de pensar que ha permitido en los últimos siglos la aparición, para bien o para mal, de una sociedad a la que podríamos calificar como científicotécnica: la nuestra.

A partir de estas reflexiones me he animado a escribir este libro. En él abordo la ciencia y sus modos de actuar, y lo escribo a partir de ideas que he ido “coleccionando”, motivado por el contacto con mis alumnos y por charlas intrascendentes de sobremesa. Por eso te lo dirijo a ti, Nicolás, uno de mis últimos alumnos. Imagino que bastantes otros lectores serán como tú, estudiantes adolescentes de enseñanzas medias. Sin embargo, pretendo que el abanico de esos posibles lectores sea lo más amplio posible.

Además de a ti y a otros estudiantes, este libro puede resultar interesante a vuestros padres, que muchas veces intentan colaborar en vuestros estudios, a otros profesores de ciencias naturales, a quienes ya abandonaron hace tiempo los estudios y quieren recordar conceptos que han escapado de su memoria, a quienes por unas u otras razones no tuvieron la ocasión de completar los estudios básicos, a quienes sienten dudas cuando se les presenta la información científica y, sobre todo, a quienes tienen alguna inquietud por comprender en qué consiste la labor de los científicos y sospechan que no es oro todo lo que reluce cuando se apela a la ciencia como garante de muchas presuntas verdades.

Al fin y al cabo, continuamente estamos oyendo opiniones, y emitiéndolas, sobre temas de honda raíz científica como la validez farmacológica de determinadas sustancias, actuaciones medioambientales, dinero destinado a la investigación, genética humana, etc. En todos esos asuntos las decisiones que se toman son de gran relevancia y tenemos derecho a saber e incluso a decidir por nosotros mismos. No es, sin embargo, el propósito de este libro explicar en qué consisten dichas cuestiones. Aunque sí me gustaría lograr con él despertar tu curiosidad, y la de otros lectores, y motivarte a buscar respuestas a las dudas que puedas tener al respecto.

Con este libro, por tanto, no pretendo divulgar conocimientos científicos. Haré referencia a alguno de ellos cuando sea necesario, o como ejemplo que te ayude a entender la idea principal, además de para hacer más llevadera tu lectura. Pero insisto en que mi interés se centra en que conozcas mejor los fundamentos de la ciencia.

Carlos Chordá, Ciencia para Nicolás

miércoles, 29 de noviembre de 2017

¿FILOSOFÍA? ¿QUÉ ES ESO?


Nos pasamos la vida haciendo preguntas: ¿qué hay esta noche para cenar?, ¿cómo se llama esa chica?, ¿cuál es la tecla del ordenador para «borrar»?, ¿cuánto son cincuenta por treinta?, ¿cuál es la capital de Honduras?, ¿adónde iremos de vacaciones?, ¿quién ha cogido mi móvil?, ¿has estado en París?, ¿a qué temperatura hierve el agua?, ¿me quieres?
Necesitamos hacer preguntas para saber cómo resolver nuestros problemas, o sea, cómo actuar para conseguir lo que queremos. En una palabra, hacemos —y nos hacemos— preguntas para aprender a vivir mejor. Quiero saber qué voy a comer, adónde puedo ir, cómo es el mundo, qué tengo que hacer para viajar en el menor tiempo posible a casa o a donde viven mis amigos, etcétera. Si tengo inquietudes científicas, me gustaría saber cómo hacer volar un avión o cómo curar el cáncer. De la respuesta a cada una de esas preguntas depende lo que haré después: si lo que quiero es ir a Nueva York y pregunto cómo puedo viajar hasta allí, será muy interesante enterarme de que en avión tardaré seis horas, en barco dos o tres días y a nado aproximadamente un año, si los tiburones no lo impiden. A partir de lo que aprendo con esas respuestas tan informativas, decidiré si prefiero comprarme un billete de avión o un traje de baño.
¿A quién tengo que hacer esas preguntas tan necesarias para conseguir lo que quiero y para actuar del modo más práctico posible? Pues deberé preguntar a quienes saben más que yo, a los expertos en cada uno de los temas que me interesan: a los geógrafos si se trata de geografía, a los médicos si es cuestión de salud, a los informáticos si no sé por qué se me bloquea el ordenador, a la agencia de viajes para organizar lo mejor posible mi paseo por Nueva York, etcétera. Afortunadamente, aunque uno ignore muchas cosas, estamos rodeados de sabios que pueden aclararnos la mayoría de nuestras dudas. Lo importante es acertar con la persona a la que vamos a preguntar. Porque el carpintero no nos servirá de nada en cuestiones informáticas ni el mejor entrenador de fútbol sabrá quizá aclararnos cuál es la ruta más segura para escalar el Everest. De modo que la primera pregunta, anterior a cada una de las demás, es: ¿quién sabe más de esta cuestión que me interesa?, ¿dónde está el experto que puede darme la información útil que necesito? Y en cuanto lo tengamos localizado —sea en persona, en un libro, en Wikipedia o como fuere—, ¡a por él sin contemplaciones, hasta que suelte lo que quiero saber!
Como normalmente pregunto para saber qué debo hacer, en cuanto conozco la respuesta me pongo manos a la obra y la pregunta en sí misma deja de interesarme. ¿A qué temperatura hierve el agua?, pregunto, porque resulta que quiero cocerme un huevo para desayunar. Cuando lo sé, pongo el microondas a esa temperatura y me olvido de lo demás. ¡Ah, y luego me como el huevo! Sólo quiero saber para actuar: cuando ya sé lo que debo hacer, tacho la pregunta y paso a otra cuestión urgente. Pero… ¿y si de pronto se me ocurre una pregunta que no tiene nada que ver con lo que voy a comer, ni con mis viajes, ni con las prestaciones de mi móvil, ni siquiera con la geografía, la física o las demás ciencias que conozco? Una pregunta con la que no puedo hacer nada y con la que no sé qué hacer… ¿entonces, qué?
Vamos con otro ejemplo, para entendernos… o liarnos un poco más. Supón que le preguntas a alguien qué hora es. Se lo preguntas a alguien que tiene un buen reloj, claro. Quieres saber la hora porque vas a coger un tren o porque tienes que poner la tele cuando empiece tu programa favorito o porque has quedado con los amigos para ir a bailar, lo que prefieras. El dueño del reloj estudia el cacharro que lleva en su muñeca y te responde: «Las seis menos cuarto». Bueno, pues ya está: el asunto de la hora deja de preocuparte, queda cancelado. Ahora lo que te importa es si debes apresurarte para no llegar tarde a tu cita, al partido o al tren. O si aún es pronto y puedes echarte otra partidita de play station… Pero imagínate que en lugar de preguntar «¿qué hora es?» se te ocurre la pregunta «¿qué es el tiempo?». Ay, caramba, ahora sí que empiezan las dificultades.
Porque, para empezar, sea el tiempo lo que sea vas a seguir viviendo igual: no saldrás más temprano ni más tarde para ver a los amigos o para tomar el tren. La pregunta por el tiempo no tiene nada que ver con lo que vas a hacer sino más bien con lo que tú eres. El tiempo es algo que te pasa a ti, algo que forma parte de tu vida: quieres saber qué es el tiempo porque pretendes conocerte mejor, porque te interesa saber de qué va todo este asunto —la vida— en el que resulta que estás metido. Preguntar «¿qué es el tiempo?» es algo parecido a preguntar «¿cómo soy yo?». No es una cuestión nada fácil de responder…
Segunda complicación: si quieres saber qué es el tiempo… ¿a quién se lo preguntas?, ¿a un relojero?, ¿a un fabricante de calendarios? La verdad es que no hay especialistas en el tiempo, no hay «tiempólogos». A lo mejor un científico te habla de la teoría de la relatividad y del tiempo en el espacio interplanetario; un antropólogo puede explicarte las diferentes formas de medir el paso del tiempo que han inventado las sociedades; y un poeta te cantará en verso la nostalgia del tiempo que se fue y de lo que se llevó con él… Pero tú no te conformas con ninguna de esas opiniones parciales porque lo que te gustaría saber es lo que el tiempo realmente es, sea en el espacio interplanetario, en la historia o en tu biografía. ¿De qué va el tiempo… y por qué se va? No hay expertos en este tema, pero en cambio la cuestión puede interesarle a cualquiera como tú, es decir, a cualquier otro ser humano. De modo que no hace falta que te empeñes en encontrar a un sabio para que te resuelva tus dudas: mejor será que hables con los demás, con tus semejantes, con otros preocupados como tú. A ver si entre todos encontráis alguna respuesta válida.
Te señalo otra característica sorprendente de esta interrogación que te has hecho (a estas alturas, a lo mejor ya te has arrepentido de ello, caramba). A diferencia de las demás preguntas, las que dejan de interesarte en cuanto te las contesta el que sabe del asunto, en este caso la cuestión del tiempo te intriga más cuanto más te la intentan responder unos y otros. Las diversas contestaciones aumentan cada vez más tu curiosidad por el tema en lugar de liquidarla: se te despiertan las ganas de preguntar más y más, no de renunciar a preguntar.
Y no creas que se trata sólo de la pregunta por el tiempo; si quieres saber qué es la libertad, o la muerte, o el Universo, o la verdad, o la naturaleza o… algunas otras grandes cosas así, te ocurrirá lo mismo. Como verás, no son ni mucho menos temas «raros»: ¿acaso es una cosa extravagante o insólita la muerte o la libertad? Pero tampoco son preguntas corrientes, o sea que no son prácticas, ni científicas: son preguntas filosóficas. Llamamos «filosofía» al esfuerzo por contestar esas preguntas y por seguir preguntando después, a partir de las respuestas que has recibido o que has encontrado tú mismo. Porque una característica de ponerse en plan filosófico es no conformarse fácilmente con la primera explicación que tienes de un asunto, ni con la segunda, ni siquiera con la tercera o la cuarta.
Encontrarás gente que para todas estas preguntas te va a prometer una respuesta definitiva y total, ya verás. Ellos saben la verdad buena y garantizada sobre cada duda que tengas porque se la contó una noche al oído Dios, o quizá un mago tipo Gandalf o Dumbledore, o un extraterrestre de lo más alucinante con ganas de hacer favores. Los conocerás enseguida porque te dirán que no preguntes más, que no te empeñes en pensar por tu cuenta, que tengas fe ciega y que aceptes lo que ellos te enseñan. Te dirán —los muy… en fin, prefiero callarme— que no debes ser orgulloso, sino dócil ante los misterios del Universo. Y sobre todo que tienes que creerte sus explicaciones y sus cuentos a pies juntillas, aunque no logren darte razones para aceptarlos. Las cosas son así y punto, amén. Incluso algunos intentarán convencerte de que lo suyo es también filosofía: ¡mentira! Ningún filósofo auténtico te exigirá que creas lo que no entiendes o lo que él no puede explicarte. Voy a contarte un ejemplo que muchos me juran que sucedió de verdad, aunque como yo no estaba allí, no puedo asegurártelo.
Resulta que, hace unos pocos años, se presentó en una pequeña ciudad inglesa un gran sabio hindú que iba a dar una conferencia pública nada menos que sobre el Universo. ¡El Universo, agárrate para no caerte! Naturalmente, acudió mucho público curioso. La tarde de la conferencia, la sala estaba llena de gente y no cabía ni una mosca (bueno, una mosca sí que había, pero quiso entrar otra y ya no pudo). Por fin llegó el gurú, una especie de faquir de lujo que llevaba un turbante con pluma y todo, túnica de colorines, etcétera (una advertencia: desconfía de todos los que se ponen uniformes raros para tratar con la gente: medallas, gorros, capas y lo demás; casi siempre lo único que pretenden es impresionarte para que les obedezcas). El supuesto sabio comenzó su discurso en tono retumbante y misterioso: «¿Queréis saber dónde está el Universo? El Universo está apoyado sobre el lomo de un gigantesco elefante y ese elefante pone sus patas sobre el caparazón de una inmensa tortuga». Se oyeron exclamaciones entre el público —«¡Ah! ¡Oh!»— y un viejecito despistado exclamó piadosamente: «¡Alabado sea el Señor!». Pero entonces una señora gordita y con gafas, sentada en la segunda fila, preguntó tranquilamente: «Bueno, pero… ¿dónde está la tortuga?».
El faquir dibujó un pase mágico con las manos, como si quisiera hacer desaparecer del Universo a la preguntona, y contestó, con voz cavernosa: «La tortuga está subida en la espalda de una araña colosal». Hubo gente del público que sintió un escalofrío, imaginando a semejante bicho. Sin embargo, la señora gordita no pareció demasiado impresionada y volvió a levantar la mano para preguntar otra vez: «Ya, claro, pero naturalmente me gustaría saber dónde está esa araña». El hindú se puso de color rojo subido y soltó un resoplido como de olla exprés: «Mi muy querida y… ¡ejem!… curiosilla amiga, je, je —intentó poner una voz meliflua pero le salió un gallo—, puedo asegurarle que la araña está encaramada en una gigantesca roca». Ante esa noticia, la señora pareció animarse todavía más: «¡Estupendo! Y ahora sólo nos falta saber dónde está la roca de marras». Desesperado, el faquir berreó: «¡Señora mía, puedo asegurarle que hay piedras ya hasta abajo!». Abucheo general para el farsante.
¿Era un filósofo de verdad ese sabio tunante con turbante? ¡Claro que no! La auténtica filósofa era la señora preguntona, que no se contentaba con las explicaciones que se quedan a medio camino, colgadas del aire. Hizo bien en preguntar y preguntar, hasta dejar claro que el faquir sólo trataba de impresionar a los otros con palabrería falsamente misteriosa que ocultaba su ignorancia y se aprovechaba de la de los demás. Te aseguro que hay muchos así y casi todos se las dan de santones y de adivinos profundísimos: ¡Ojalá nunca falten las señoras preguntonas y filósofas que sepan ponerles en ridículo!

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La filosofía es una forma de buscar verdades y denunciar errores o falsedades que tiene ya más de dos mil quinientos años de historia. Este libro intenta contar con sencillez y brevedad algunos de los momentos más importantes de esa historia. Cada uno de los filósofos de los que hablaremos pensó sobre asuntos que también te interesan a ti, porque la filosofía se ocupa de lo que inquieta a todos los seres humanos. Pero ellos pensaron según la realidad en que vivieron, que no es igual a la tuya: o sea, las preguntas siguen vigentes en su mayor parte (¿qué es la verdad, la muerte, la libertad, el poder, la naturaleza, el tiempo, la belleza?, etcétera), aunque no conocieron, ni siquiera imaginaron la bomba atómica, los teléfonos móviles, Internet ni los videojuegos. ¿Qué significa esto? Pues que pueden ayudarte a pensar pero no pueden pensar en tu lugar: han recorrido parte del camino y gracias a ellos ya no tienes que empezar desde cero, pero tu vida humana en el mundo en que te ha tocado vivirla tienes que pensarla tú… y nadie más. Esto es lo más importante, para empezar y también para acabar: nadie piensa completamente solo porque todos recibimos ayuda de los demás humanos, de quienes vivieron antes y de quienes viven ahora con nosotros… pero recuerda que nadie puede pensar en tu lugar ni exigir que te creas a pies juntillas lo que dice y que renuncies a pensar tú mismo.

Fernando Savater, Historia de la Filosofía sin Temor ni Temblor

viernes, 8 de septiembre de 2017

LA CUCHARA MENGUANTE

Todo buen científico sabe que el Galio es el elemento de la Tabla Periódica al que uno debe acudir si tiene invitados en casa. Aunque a temperatura ambiente es sólido, este metal tiene una propiedad única y muy poco conocida, se funde a 30 ºC. Así que no hay más que fabricar unas cucharitas con este elemento, servir el café… y observar las caras que ponen los invitados al ver cómo ésta desaparece.

Sam Kean, autor de este libro fascinante, describe la Tabla como un gran mapa lleno de actores en conflicto que nos permite viajar a través del tiempo y del espacio. Del Big Bang a la Alemania nazi, pasando por la Grecia Clásica y la India de Gandhi, los elementos sirven de guía para entender algunos de los episodios clave de la historia de la humanidad.

La Cuchara Menguante es un libro entretenido y divulgativo, un acervo de relatos apasionantes, aventuras y obsesiones que descubre aspectos sorprendentes de la química, de la historia y de los científicos (locos) que descubrieron los elementos de la Tabla, uno de los mayores logros de todos los tiempos.

Sabemos que la tabla periódica es uno de los logros científicos más importantes de la historia de la humanidad. Pero es, también, un acervo de historias apasionantes, aventuras y obsesiones. Los asombrosos relatos e increíbles sucesos que narra este libro, a través de 19 capítulos, tienen como protagonistas al carbono, el neón, el silicio o el oro, elementos que juegan un papel fundamental en la historia, las finanzas, la mitología, la guerra, la cultura y la vida de los (locos) científicos que los descubrieron.

Este libro es una pequeña enciclopedia de curiosidades e información sobre la tabla periódica de los elementos. Así sabremos que Marie Curie despertaba el recelo de las mujeres de sus colegas, cuando les invitaba al cuarto oscuro a presenciar los experimentos. O que Lewis y Clark fueron dejando cápsulas de mercurio a lo largo de su expedición, aún hoy detectables por el veneno que queda en el terreno. Sabremos por qué Ghandi detestaba el yodo, o por qué los japoneses introducían cadmio en los misiles que iban a matar a Godzilla.

jueves, 3 de agosto de 2017

LOS AMANTES DE TERUEL


El suceso acaeció en el año 1217, cuando era juez de Teruel Domingo Celada. Un joven llamado Juan Martínez de Marcilla (más adelante se le llamó Diego, equivocadamente, así como Marsilla en vez de Marcilla, también por error), que tenía veintidós años, se enamoró de Isabel Segura, hija de Pedro Segura; el padre no tenía otra hija y era muy rico. Los jóvenes se amaban desde niños y veíanse continuamente, pues las casas eran vecinas. Ya mayores, el joven dijo que deseaba tomarla por mujer y ella respondió que su deseo era el mismo pero que nunca lo haría sin que su padre y su madre se lo mandasen. Pidió el joven a Pedro Segura la mano de su hija y la respuesta fue que, si bien era de buena familia, no tenia bienes de fortuna, pues era segundón y el padre tenía otros hijos con derecho a la herencia. Pedro Segura añadió que daría a su hija treinta mil sueldos de dote y la casa en que vivía.
El joven dijo a Isabel que pues su padre no le despreciaba sino por el dinero, que esperase cinco años en que él se iría a la guerra, ya por mar ya por tierra, hasta tener el dinero necesario. Ella consintió en el plazo, y Juan se ausentó por espacio de cinco años y luchando contra los moros ganó empleos y dinero.
Durante este tiempo la doncella fue muy acosada por el padre para que tomase marido; la respuesta de ella fue que había votado virginidad hasta los veinte años diciendo que las mujeres no debían casarse sin que pudiesen y supiesen regir su casa. El padre, como quiera que la amaba, la quiso complacer, pero cumplidos los cinco años le dijo:
—Hija mía, es mi deseo que tomes esposo.
Y ella, viendo que los cinco años habían pasado y que en este tiempo nada había sabido del enamorado, decidió obedecer a su padre y éste la desposó con Azagra y a poco tiempo hicieron las bodas.
Los desposorios antes del matrimonio eran cosa corriente y normal en aquellos tiempos, figuraban como sacramental y precedían al auténtico matrimonio y no podían romperse fácilmente. Por otro lado, el nombre de Azagra figura en relaciones posteriores a la auténtica que existía en un papel llamado «De letra antigua», en el que se basaron los siguientes narradores de la historia.
La novia dio en estar de allí en adelante melancólica y pensativa; no trataba ya de nada sino ponerse de negro. Y, por fin, se celebró el matrimonio. A esta sazón entró por la sala donde estaba Segura un paje con un recado y dice que Marcilla el viejo le da noticias de que su hijo viene con salud y muy rico, de lo que tuvieran gran regocijo. Llegó el joven Marcilla a su casa y le dieron la noticia de haberse desposado Isabel; con todo, disimuló delante de su padre porque su gozo no se enturbiase con su pena.
Acostose Marcilla pero no reposó; dejó la cama y embozado se pasó al convite o danza del casamiento de Isabel y, en cuanto comenzaron los instrumentos a tocar, salió Isabel a danzar pero Marcilla, con más dolor que si viera un cuchillo en su garganta, dando rienda al furor dejó aquel sitio y se metió dentro del aposento que estaba aparejado para el tálamo de los novios, que como la casa andaba tan revuelta lo pudo hacer sin que lo vieran.
Concluye el festín al tiempo que aunque quisiera salir no pudo. Oye que las visitas se van y a su aposento se recogen los novios y queriendo el marido usar del derecho que el matrimonio le concede, Isabel le ruega que se abstenga de ello por aquella noche porque es la única que le falta para cumplir un voto prometido. Azagra insiste pero ella vuelve a negarse replicando que no es justo gozar contra su gusto a ninguna mujer, principalmente siendo la propia, y se lo ruega vertiendo lágrimas y entre sollozos. Acostáronse con eso entrambos juntos y él, de cansado, se quedó dormido mientras ella despierta, aunque estaba casada con Azagra, tenía en su pecho a Martilla.
Juan, en este punto muy osado y atrevido como amante, salió silenciosamente de detrás de las cortinas y cogiendo a Isabel con entrambas manos le dijo quién era y cómo había llegado allí. Isabel quedó muda de espanto y temor, no sabiendo si gritar o estarse callada, momento que aprovechó Juan diciéndole:
—Escúchame, Isabel, no te espantes que no es mi intento atentar contra tu honor. Tu padre no me quiso por ser pobre y te casas con un hombre rico, pero te digo que es imposible que él te quiera como yo te quiero pues sabes que por ti padezco y muero. Prefiero morir a perderte. Sólo te pido un beso en premio a mi fe y mis servicios por el presente dolor y el bien pasado.
—Te confieso, Juan, que del mismo modo que te amaba te amo ahora, pero puesto que ya me casé ya no soy mía, estoy, aunque no muerta, ya enterrada y no te puedo dar lo que es de otro. Besándote te daría lo que pertenece ya a mi esposo, haciéndole agravio y padeciendo mi castidad.
En este sentido siguió la breve conversación que en voz baja sostenían los dos enamorados, él insistiendo y ella negando, y dando un suspiro Juan dijo:
—Bésame, que sin remedio me muero.
Y negándoselo ella, él dijo:
—Adiós, Isabel.
Y dio consigo en el suelo. Isabel le llama y viendo que no contesta se da cuenta de que no respira y ha muerto. Quedó la muchacha sin habla y sin aliento y llamando a su marido le dice:
—Perdona, estaba soñando que una amiga siendo pequeña quiso bien a un galán y no quisieron sus padres que se casasen por no tener igual hacienda, con lo que él partió a la guerra prometiéndose mi amiga que estaría cinco años esperándole y, sea por lo que fuere, casó con otro, y cumplido el término llegó el galán, que pudo verse con ella a solas antes que el esposo lograse el fruto del matrimonio. Él, desesperado, pidió a mi amiga un solo beso y ella se lo niega diciendo que ha de guardar a su esposo la fe de puro honrada. Por tres veces él se lo suplica y ella firme se lo niega diciendo que antes prefiere morir que faltar a la fe del matrimonio y en diciendo esto ve con espanto que su enamorado cae al suelo entregando su alma a Dios. Esta tragedia vi entre sueños cuando tú oíste las voces que daba, y ahora dime, pues te precias de discreto, si la dama pudiera darle el beso al galán sin faltar a su deber o bien permitir que muriera.
Azagra se rió y le dijo:
—Esta dama fue necia, impertinente y melindrosa sobre ser muy cruel con quien la amaba, y ya que en vida no le dio el beso al galán en peligro de muerte debía darle uno y dos mil de sentimiento. Éste es mi parecer.
A esta respuesta se deshizo Isabel en lágrimas y suspiros y llevándole al lugar donde Martilla estaba muerto le dijo:
—Yo soy la impertinente, la necia y la melindrosa, pero honrada.
El marido se quedó pasmado viendo un espectáculo tan lastimoso; perplejos no acertaban a resolver el conflicto; por un lado temían la justicia si hallaban el muerto en su casa, por otro lado el temor a que la familia de Marcilla pudiese creer en una muerte alevosa. Al fin se resolvieron a llevarlo y ponerlo delante de la puerta de la casa de su padre, lo que hicieron sin ser vistos pues ambas casas eran vecinas.
Llegó el día y las gentes que por allí pasaban conocieron que era el joven Marcilla el que estaba cadáver frente a su domicilio; avisaron a su padre, que vio a su hijo rodeado de amigos y deudos llorando todos el desgraciado acontecimiento. El padre, sin que nadie lo pudiese estorbar, se arrojó sobre el difunto bañándole con lágrimas el rostro y estando abrazado con él a ambos juntos les entraron en la casa.
Acudió la justicia y también Azagra haciendo ver que no conocía el hecho. Y determinaron todos a hacerle las exequias y darle sepultura y por su alma mil sufragios.
El entierro fue solemne, porque Teruel era entonces plaza de armas en la empresa que el rey don Jaime quería hacer contra los moros de Valencia, y había diez banderas de soldados.
Como la casa estaba próxima a la de Isabel de Segura, ésta oyó el lamentoso canto del entierro y desde una ventana vio al difunto metido en unas andas y un sudor frío le invadió el cuerpo. Presurosamente se despojó de sus galas y vistió un traje monjil de basta tela y bajó apresurada y afligida a la calle y se metió en medio de las mujeres.
La procesión con el cuerpo llegó a la parroquia de San Pedro en donde colocaron el cuerpo de Martilla sobre un grande túmulo y, empezando el oficio, Isabel, muy cubierta, se llegó a donde estaba el féretro suspirando:
—¿Es posible que estando tú muerto tenga yo vida? No tengas de mi fe duda que pueda vivir un solo punto, perdona mi tardanza que al instante contigo me tendrás.


E inclinándose sobre el difunto le besó en los labios quedando inmóvil. Los asistentes quieren retirarla del féretro y al hacerlo se dan cuenta de que había muerto y reconocen en la mujer difunta a Isabel de Segura.
Azagra, al contemplar el espectáculo, no pudo contenerse y relató lo que había sucedido en su casa la noche anterior y, de acuerdo con la familia de Martilla, decidieron que supuesto era verdad cierta que Juan e Isabel desde niños se tuvieron entrañable amor y los dos habían muerto de puro enamorados, era razón que se enterrasen los dos en un sepulcro. Lo que hicieron solemnemente.

Carlos Fisas, Historia de las Historias de Amor

lunes, 3 de julio de 2017

UNA FINAL DE WIMBLEDON


La final masculina del 9 de julio, sin embargo, es el sueño de todo el mundo. La final de Nadal contra Federer es una repetición de la final del Open de Francia celebrada el mes pasado, donde ganó Nadal. Federer solo ha perdido cuatro partidos en lo que va de año, pero los cuatro los ha perdido ante Nadal. Pese a todo, la mayoría de esos partidos fueron en pistas lentas de tierra, que son la especialidad de Nadal. Federer es especialista en hierba. Por otro lado, el calor de la primera semana ha resecado las pistas de Wimbledon y las ha hecho menos resbaladizas y más lentas.

También hay que tener en cuenta que Nadal ha adaptado a la hierba su estilo basado en la tierra batida: acercándose más a la línea de fondo en los tiros de fondo, potenciando su servicio y superando su alergia a la red. En la tercera ronda hizo pedazos a Agassi. Las cadenas de televisión están en éxtasis. Antes de empezar el partido, en la Pista Central, detrás de las ventanillas estrechas y alargadas que hay encima de la red de fondo, mientras los jueces de línea salen a la pista ataviados con esos uniformes nuevos de Ralph Lauren que tanto se parecen a la ropa naval infantil, a los locutores de los medios se los puede ver prácticamente dando botes en sus butacas. Esta final de Wimbledon presenta el argumento de la venganza, la dinámica de rey contra regicida y los contrastes dramáticos de caracteres. Se enfrentan la virilidad apasionada del sur del Europa contra el arte intrincado y clínico del norte. Dionisos contra Apolo. Cuchillo de carnicero contra escalpelo. Zurdo contra diestro. Los números dos y uno del mundo. Nadal, el hombre que ha llevado a sus límites el estilo moderno de juego de fondo... contra un hombre que ha transfigurado ese estilo moderno, cuya precisión y variedad son igual de importantes que su ritmo y su velocidad de pies, pero que ha demostrado ser peculiarmente vulnerable a su contrincante, o bien capaz de verse superado psicológicamente por él. Un periodista deportivo británico, exultante junto con sus compañeros en la sección de prensa, repite dos veces: «Va a ser una guerra».

Además, el partido se va a celebrar en esa catedral que es la Pista Central. Y la final masculina siempre se celebra el segundo domingo de la quincena que dura el torneo, un simbolismo que Wimbledon siempre subraya dejando sin partidos el primer domingo. Y el vendaval con rachas de lluvia que llevaba toda la mañana derribando señales de aparcamiento y poniendo paraguas del revés se detiene en seco, cuando falta una hora para el partido, permitiendo que salga el sol justo cuando se está retirando la lona que cubre la pista y se están encajando los postes de la red.

Federer y Nadal salen en medio de una salva de aplausos y hacen sus reverencias rituales ante el palco de la nobleza. El suizo lleva puesta la americana de color crema que Nike le ha hecho llevar este año en Wimbledon. Tal vez Federer sea el único individuo del mundo a quien no le queda ridícula con pantalones cortos y zapatillas de tenis. El español pasa por completo de ropa de calentamiento, para que le veamos directamente los músculos. Tanto él como el suizo van de Nike, incluyendo la banda elástica blanca para el pelo atada en torno a la cabeza y con el simbolito de la marca colocado justo encima del tercer ojo. Nadal lleva el pelo recogido por debajo de la banda elástica, pero Federer no, y el hecho de toquetearse y apartarse los mechones de pelo que le caen por encima de la cinta es el principal tic de Federer que pueden ver los espectadores; en el caso de Nadal, se trata del acercamiento obsesivo a la toalla del recogepelotas entre punto y punto. Pero hay más tics y hábitos, diminutas ventajas de ver el partido en la pista. Por ejemplo, el cuidado exquisito que Federer pone en colgar la americana sobre el respaldo de la silla libre de su lado de la pista, para que no se le arrugue: lo ha hecho antes de cada uno de sus partidos, y es un gesto que resulta infantil y extrañamente encantador. O la inevitabilidad con que durante el segundo set cambia su raqueta por otra que viene siempre en la misma bolsa de plástico transparente cerrada con cinta adhesiva azul, que él quita con cuidado y siempre le da a un recogepelotas para que la tire. Está el hábito que tiene Nadal de separarse del trasero los pantalones largos hasta la rodilla mientras hace botar la pelota antes del saque, su forma de echar vistazos cautelosos de lado a lado mientras recorre la línea de fondo, como si fuera un presidiario esperando que lo ataquen con un cuchillo de fabricación casera. Y si uno presta mucha atención, podrá fijarse en un detalle raro del servicio del suizo. Mientras tiene la pelota y la raqueta en las manos, justo antes de iniciar el movimiento, Federer siempre coloca la pelota exactamente en el hueco en forma de V que hay en el cuello de la raqueta, justo debajo de la cabeza, durante un momento. Y si no encaja perfectamente, él la ajusta hasta que encaje. Sucede muy deprisa, pero sucede siempre, tanto en el primer servicio como en el segundo.

Ahora Nadal y Federer hacen diez minutos exactos de calentamiento; el árbitro lleva el cómputo de tiempo. Ese calentamiento cuenta con un orden y una etiqueta muy definidos, aunque la televisión ha decidido que a ustedes no les interesa verlos. En la pista central caben mil trescientas y pico personas. Varios millares más han hecho algo que aquí la gente hace de buen grado todos los años, que es pagar una entrada general bastante cara en las puertas del complejo y luego congregarse, con cestas de picnic y espray insecticida, para ver el partido por una pantalla de televisión gigante que hay delante de la Pista 1. A saber por qué lo harán.

Justo antes de empezar el partido, en la red, se lleva a cabo el lanzamiento ceremonial de una moneda para ver quién sirve primero. Se trata de otro ritual de Wimbledon. El lanzador honorario de moneda de este año es William Caines, asistido por el árbitro y el juez del torneo. William Caines es un niño de siete años de Kent que contrajo cáncer de hígado a los dos años y consiguió sobrevivir gracias a una serie de operaciones y espantosas tandas de quimioterapia. Está aquí en representación de la organización Cancer Research UK. Es rubio, tiene las mejillas rosadas y le llega a la cintura a Federer. El público aprueba clamorosamente el lanzamiento ritual. Federer mantiene una sonrisa distante todo el tiempo. Nadal, al otro lado de la red, no para de dar saltitos como si fuera un boxeador y de balancear los brazos de un lado al otro. No estoy seguro de si las cadenas de televisión americanas enseñan el lanzamiento de la moneda o no, es decir, de si esta ceremonia forma parte de su obligación contractual o bien tienen permiso para dar paso a publicidad. Mientras William Caines y sus acompañantes salen de la pista, se oyen más vítores, pero esta vez dispersos y desorganizados; la mayor parte del público no sabe muy bien qué hacer. Da la impresión de que, una vez acabado el ritual, entienden la realidad de por qué este chaval ha participado en él. Sienten que hay algo importante, algo que resulta incómodo y al mismo tiempo no, en el hecho de que un niño con cáncer tire la moneda de esta final soñada. El significado potencial del episodio se mantendrá esquivo y en la punta de la lengua durante por lo menos los dos primeros sets.

David Foster Wallace, Federer, en Cuerpo y en lo Otro