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lunes, 5 de noviembre de 2018

REENCONTRANDO A LOS VIEJOS AMIGOS


Hasta que un buen día cayó en sus manos un libro viejo, encuadernado con tapas encarnadas, que le hizo recordar quién  era y cuáles eran sus obligaciones. Como bien había dicho el hada, Aurelius era uno de esos tercos hombres de honor a los que solo la muerte podía rendir, Fue en un pequeño pueblo de la costa de Irlanda, donde se escondió durante un par de meses. El maestro del lugar, un viudo leído con el que hizo buenas migas, tenía una hija llamada Gabriela, una chiquilla de unos seis o siete años con la que Aurelius no tardó en hacer buenas migas. Una tarde, la pequeña participó sin saberlo en uno de esos milagros que tiene la vida, momentos en apariencia sencillos que, a la postre, terminan por cambiar el mundo. Le pidió que le leyera un libro y, al abrirlo, Aurelius se encontró entre las páginas con otra niña, una vestida de rojo a la que un terrible lobo perseguía por el bosque. No pudo reprimir las lágrimas. La historia se titulaba Caperucíta Roja y contenía lo que quedaba del espíritu de Gabrielle...

Sin dar muchas explicaciones, se despidió de padre e hija y se marchó para no volver jamás.

Un par de horas después dibujó una puerta de tiza en la pared de su cuarto y apareció en el centro de Londres, precisamente en el 14 de Great Russell. Desde allí, con paso decidido, se dirigió al mayor depósito de saber de Occidente, dispuesto a obtener respuestas. En realidad, casi cualquier librería le habría servido, y estuvo tentado de acercarse a la del señor Eysner para recordar viejos tiempos, pero decidió que la gran biblioteca del Museo Británico sería la más adecuada. Cualquier legajo que necesitara, por raro y antiguo que fuera, estaría a su disposición; se decía que incluso se guardaba allí una copia del acta de clausura del paraíso de Adán y Eva.

Y no se equivocó. Tomando como punto de partida los nombres y datos de los que disponía, Aurelius compuso una lista de fallecidos que pretendió cotejar con las verdades de aquella nueva vida. Estaba seguro de que todos los arcadianos que había conocido habían terminado por convertirse en leyendas, en personajes de los más exóticos cuentos de hadas. Asimismo, sabía que si encontraba rastros de los hechiceros, toda magia habría sido borrada de sus biografías. Los que no estuvieran muertos serían seres totalmente distintos, cascarones sin gracia a los que la cuchilla del Cazador habría extirpado la parte más colorida de sus almas.

Comenzó por Hans, no podía ser de otra manera. Después de tantos meses de cobardía, sentía que tenía una deuda con él. Lamentablemente, no tardó en descubrir su rastro en la obra de un par de hermanos alemanes, los Grimm. Aquellos tipos tan imaginativos habían incluido un cuento en una de sus recopilaciones que trataba de un ser muy parecido a su amigo. El ujier al que le pidió la información lo acompañó amablemente hasta un estante cercano y señaló un volumen que se había traducido hacía poco tiempo. Ojeando las páginas, Aurelius obtuvo la confirmación de la muerte del Medioerizo, al menos la del Medioerizo que él había conocido. El protagonista del relato lucía una melena de púas que le resultó dolorosamente familiar, montaba en un gallo al que había llegado hasta a calzar con herraduras y tocaba la gaita en sus momentos de holganza... Sin duda, aquel ser de palabras era el fantasma de su amigo y aquel libro, un certificado de defunción ante el que no pudo dudar. Solo el saber que al final de aquella historia recibía el justo premio que merecía -los besos de una auténtica princesa-, le permitió sobreponerse a la pena.

Y luego, Aurelius continuó buscando. Aquella tarde encontró rastros de muchos de los magos y las criaturas que había conocido, rastros que conducían siempre en dirección a la muerte. Localizó a maese Simbad en una colección de cuentos orientales, convertido en aventurero navegante de leyenda, y dio con las sombras de otros maestros que, si bien parecían seguir vivos, no eran ya los hombres que había conocido. Supo de un Brugsch que había publicado un magno estudio sobre la escritura demócrita de los egipcios en el año 1943. Localizó a un Afanásiev dedicado al folclore ruso, que había sido articulista y compilador de cuentos eslavos. Aquel sí había muerto, pero había un Mussorgsky que, mudado en músico, seguía vivo. Como el nuevo maestro Andersen, el nuevo Bangqing, el nuevo Tesla o el nuevo Katamori, quien obligado a abandonar a su amado dragón, había terminado por dedicarse a la política y a la espada. Y de igual manera que Hans, muchas de las criaturas que había conocido, incluidas las que estos hombres custodiaron en sus otras vidas, habían acabado enterradas entre letras.

En aquella ocasión, Aurelius no tuvo tiempo de localizarlos a todos. Algunos de ellos habían perdido la fama, o no la habían ganado todavía. Muchos habían pasado de ser seres reales a convertirse en ideas, semillas plantadas en las cabezas de escritores, dramaturgos y músicos, que tardarían todavía años en florecer. Con el tiempo terminaría por dar con todos.


Dedicó parte de su vida a buscarlos, ofreciéndoles su empeño como homenaje. Por eso, cuando años después localizó al maestro Geppetto y a su hijo de madera en las páginas del libro de Carlo Collodi, cuando encontró a Mina Harker y al conde Dráculea en la novela de Bram Stoker, a todos aquellos duendes, hadas y demonios en cientos de leyendas distintas, se sintió tan satisfecho y honrado. Muchos de ellos se habían contado entre sus amigos... Y todos esperaban que emprendiera la marcha y corriera a ocupar su lugar en el mundo.

José Antonio Fideu, Los Últimos Años de la Magia


PREMIO MINOTAURO 2016

martes, 2 de octubre de 2018

TRES CUENTOS DE HADAS



Existió un mundo en el que vivían hombres y seres fantásticos y sobrenaturales. Había bosques frondosos con árboles llenos de pájaros, dragones, duendes, elfos, gnomos y hadas. Sucedían allí hechos mágicos y extraordinarios. De eso tratan estos cuentos: una niña que se hace amiga de un ruiseñor que acaba salvándole la vida; un hada que envidia la vida de los hombres y que ocupa el cuerpo de una niña muerta, haciendo así feliz a su madre; un labrador que encuentra en una cestita a la hija que había deseado...

Todas estas historias ocurren porque, como dice Gustavo Martín Garzo, haciendo suya una antigua enseñanza de las hadas: «No hay nada, si se desea con suficiente fuerza, que no llegue a cumplirse». Y las ilustraciones de Jesús Gabán nos sumergen en ese mundo onírico que nos presentan los cuentos.

                Son tres historias cortas, independientes entre sí,Hans Christian Andersen. No se parecen a los cuentos tradicionales (a pesar de los personajes o de las situaciones), por ese toque oscuro que tienen, que no nos conduce al esperado final feliz y eso es lo que nos gusta.
situadas en una geografía más o menos cercana, pero en un tiempo lejano, donde se introduce un elemento fantástico que nos va a introducir en un mundo propio de los mitos y las leyendas: un dragón, un hada, una baya mágica. Y en los tres, ese cuentacuentos como narrador, con una prosa sencilla, pero muchas veces poética, que nos engancha, que nos incita a seguir con el cuento, aunque sea una historia triste que nos recuerda los cuentos de

                Las historias son las siguientes: El vuelo del ruiseñor nos cuenta la historia de una niña que ayuda a una de estas aves atrapada en una red, y la relación que se establece entre ellos. El hada que quería ser niña nos presenta a un hada que toma la figura de una niña, que ha desaparecido y muerto, porque quiere saber lo que sienten los humanos. Con El Príncipe amado se cierra el libro; en él una bella joven muda se hace amiga de un dragón, pero el protagonista de la historia es el hijo de ella, sobre el que recae un don y una maldición.

PREMIO NACIONAL DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL 2004

domingo, 10 de diciembre de 2017

CUENTO DE NAVIDAD PARA INCRÉDULOS


Hay muchos años atrapados en esta celosía. Lleva por dentro los detalles, las horas, los instantes precisos de todas las historias de todos los abuelos de la ribera oriental. Hoy, como de costumbre, se abre al mundo y los abalorios de la abuela flotan desadvertidos por las callejas y las gárgolas de aquel santuario en ruinas. Vacilan mucho las manos y la boca, pero siempre que se quiere un grito interno, abre la jaula y nos transforma en cuadros plásticos maquillados a la usanza de aquellas viejas consejas.

Te anaranjeaba la tarde el borde interior de los pómulos y sobre tus dientes se dibujaban las imágenes marinas repletas de estela y serena entrega. Todos recordamos la más dulce triquiñuela de nuestras mocedades; cada merced lleva la suya atada a las lágrimas en la noche de año nuevo. Cada tarantín de la calle retrotrae la mano tierna que roza a hurtadillas la piel de alguna muchacha, en medio de la multitud de nombres que dejan huella tras el pasar del tiempo. Yo siempre me ralentizaba cuando iba a tu encuentro, era el señor de los caramelos y tú montada en tu risa me dabas el asisto matinal de las frutas del mercado.

Aquí estás de nuevo -solía decirme- eres: diciembre. La página en blanco, un trago que fluye por ríos de gentes y secretos hermosos que se pasean por la plaza. Que maravillan el rostro bañado de aceites delineados en la majestuosidad de una mueca pícara por entre miles de ojos que destejen al tiempo. Pintores que añaden sonidos, a estos cuadros vivos de Rafael, en la pulcritud de su atardecer entre nosotros. Las gaitas, sus voces mágicas, Renato fabricando con sus dedos, todo el amor del poeta para acariciar la ciudad. El chino Jung que nos regala el silencio con la paz de su mirada. La tercera siesta, que es bellorín en su asalto al salto y los bardos que recorren los sueños guiados por Blas, quien dispara al cielo versos que regresan en cometas furtivos sobre las paredes que se encienden como cuando amanece en tus ojos. Cada vez que llegas, me retrata profundo el ojo del tigre y tu beduina mirada como luna del desierto.

Si tú ahora quieres comprender por qué los incrédulos abundan  en diciembre, podrás darte perfecta cuenta, que todo se debe precisamente a que los mercaderes no saben hacer otra cosa que vender para comprar tu alegría. Pero no creas que en vano un pesebre es la luz del mundo; porque imagina por un momento que todo se hubiese desarrollado en un hotel cinco estrellas: como le pediría al que solo tiene esperanza que creyera en los milagros, si la última estrella que tenía para vender te la había guardado y, de tanto esperar por ti se murió. Por eso el angelito que me diste, todos los días me pregunta: A dónde se fue la dueña de mi imagen si vos te quedaste solamente con la soledad de mi espacio...A mí también me dolió, pero no te preocupes: Diciembre me dijo que este año me exoneraba del llanto, por lo tanto me das un abrazo y te devuelvo para siempre la alegría, que solamente una vez ensoñamos. ¡Feliz navidad! Saboreo aún tus fresas y a estos incrédulos que nos miran. 

Hans Christian Andersen

viernes, 1 de diciembre de 2017

CUENTOS DE NAVIDAD DE LOS HERMANOS GRIMM A PAUL AUSTER


La Navidad, siempre muy presente en la literatura, ha inspirado relatos magníficos, y son muchos los grandes escritores que se han acercado a ella. En esta antología se refleja la alegría, el sentido de comunidad, la excitación espiritual, la oportunidad de cambio, los deseos, la nostalgia e incluso el rechazo que estas fechas despiertan en muchos de nosotros, porque, si bien es cierto que la tradición invita a los buenos sentimientos, no lo es menos que se presta a una variedad sorprendente de estilos y de tonos: no faltan aquí ni el humor, ni la oscuridad, ni la crítica social, ni la fantasía, ni la tragedia. De Berlín a Brooklyn, de un pueblecito sardo a un rancho del Lejano Oeste, de la Provenza a Nueva Zelanda, de un aristocrático salón a un pueblo de mineros, de Dublín a un cohete espacial…: en todos esos lugares veremos celebrar la Nochebuena, la Navidad, el día de San Esteban, la Nochevieja o el día de Reyes, y en todos ellos ocurrirá algo que ilustre el espíritu navideño… o bien lo desmienta.

Los 38 Cuentos de Navidad seleccionados por Marta Salís proceden de distintas tradiciones occidentales (anglosajona, germánica, nórdica, mediterránea, eslava). De los hermanos Grimm y E. T. A. Hoffmann hasta Joyce, Capote o Auster, y alternando clásicos con piezas poco conocidas e inéditas, este volumen abarca dos siglos de literatura navideña desde los ángulos más distintos y con las más diversas intenciones.

Veamos algunos de los cuentos que ha publicado  Alba Editorial en esta antología.

Encontramos cuentos clásicos, como Canción de Navidad de Dickens o La Niña de los Fósforos de Andersen. Arthur Conan Doyle nos trae un relato de Holmes: La Aventura del Carbunclo Azul.  De Robert Louis Stevenson tenemos Markheim, un relato inquietante sobre la predestinación y la libertad humana para evitar el mal ambientado día de Navidad. Fiódor M. Dostoievski nos trae Un Árbol de Navidad y una Boda, donde el espíritu social de las fiestas navideñas destaca las diferencias de clase y propicia ocasiones para los más mezquinos cálculos. ¿Qué decir de Ray Bradbury con El Regalo? Simplemente, muchas noches me asomó a la ventana para contemplar su  fascinante árbol de Navidad. O. Henry nos habla del sacrificio personal en El Regalo de los Magos. O el inolvidable Los Muertos de James Joyce. También tenemos a tres autores españoles: Emilia Pardo Bazán, Valle Inclán y Clarín.

domingo, 18 de diciembre de 2016

EL ABETO


Allá en el bosque había un abeto, lindo y pequeñito. Crecía en un buen sitio, le daba el sol y no le faltaba aire, y a su alrededor se alzaban muchos compañeros mayores, tanto abetos como pinos.
Pero el pequeño abeto sólo suspiraba por crecer; no le importaban el calor del sol ni el frescor del aire, ni atendía a los niños de la aldea, que recorran el bosque en busca de fresas y frambuesas, charlando y correteando. A veces llegaban con un puchero lleno de los frutos recogidos, o con las fresas ensartadas en una paja, y, sentándose junto al menudo abeto, decían: «¡Qué pequeño y qué lindo es!». Pero el arbolito se enfurruñaba al oírlo.
Al año siguiente había ya crecido bastante, y lo mismo al otro año, pues en los abetos puede verse el número de años que tienen por los círculos de su tronco.
“¡Ay!, ¿por qué no he de ser yo tan alto como los demás?” -suspiraba el arbolillo-. Podría desplegar las ramas todo en derredor y mirar el ancho mundo desde la copa. Los pájaros harían sus nidos entre mis ramas, y cuando soplara el viento, podría mecerlas e inclinarlas con la distinción y elegancia de los otros.
Le eran indiferentes la luz del sol, las aves y las rojas nubes que, a la mañana y al atardecer, desfilaban en lo alto del cielo.
Cuando llegaba el invierno, y la nieve cubría el suelo con su rutilante manto blanco, muy a menudo pasaba una liebre, en veloz carrera, saltando por encima del arbolito. ¡Lo que se enfadaba el abeto! Pero transcurrieron dos inviernos más y el abeto había crecido ya bastante para que la liebre hubiese de desviarse y darle la vuelta. «¡Oh, crecer, crecer, llegar a ser muy alto y a contar años y años: esto es lo más hermoso que hay en el mundo!», pensaba el árbol.
En otoño se presentaban indefectiblemente los leñadores y cortaban algunos de los árboles más corpulentos. La cosa ocurría todos los años, y nuestro joven abeto, que estaba ya bastante crecido, sentía entonces un escalofrío de horror, pues los magníficos y soberbios troncos se desplomaban con estridentes crujidos y gran estruendo. Los hombres cortaban las ramas, y los árboles quedaban desnudos, larguiruchos y delgados; nadie los habría reconocido. Luego eran cargados en carros arrastrados por caballos, y sacados del bosque.
¿Adónde iban? ¿Qué suerte les aguardaba?
En primavera, cuando volvieron las golondrinas y las cigüeñas, les preguntó el abeto:
-¿No saben adónde los llevaron ¿No los han visto en alguna parte?
Las golondrinas nada sabían, pero la cigüeña adoptó una actitud cavilosa y, meneando la cabeza, dijo:
-Sí, creo que sí. Al venir de Egipto, me crucé con muchos barcos nuevos, que tenían mástiles espléndidos. Juraría que eran ellos, pues olían a abeto. Me dieron muchos recuerdos para ti. ¡Llevan tan alta la cabeza, con tanta altivez!
-¡Ah! ¡Ojalá fuera yo lo bastante alto para poder cruzar los mares! Pero, ¿qué es el mar, y qué aspecto tiene?
-¡Sería muy largo de contar! -exclamó la cigüeña, y se alejó.
-Alégrate de ser joven -decían los rayos del sol-; alégrate de ir creciendo sano y robusto, de la vida joven que hay en ti.
Y el viento le prodigaba sus besos, y el rocío vertía sobre él sus lágrimas, pero el abeto no lo comprendía.
Al acercarse las Navidades eran cortados árboles jóvenes, árboles que ni siquiera alcanzaban la talla ni la edad de nuestro abeto, el cual no tenía un momento de quietud ni reposo; le consumía el afán de salir de allí. Aquellos arbolitos -y eran siempre los más hermosos- conservaban todo su ramaje; los cargaban en carros tirados por caballos y se los llevaban del bosque.
«¿Adónde irán éstos? –se preguntaba el abeto-. No son mayores que yo; uno es incluso más bajito. ¿Y por qué les dejan las ramas? ¿Adónde van?».
-¡Nosotros lo sabemos, nosotros lo sabemos! -piaron los gorriones-. Allá, en la ciudad, hemos mirado por las ventanas. Sabemos adónde van. ¡Oh! No puedes imaginarte el esplendor y la magnificencia que les esperan. Mirando a través de los cristales vimos árboles plantados en el centro de una acogedora habitación, adornados con los objetos más preciosos: manzanas doradas, pastelillos, juguetes y centenares de velitas.
-¿Y después? -preguntó el abeto, temblando por todas sus ramas-. ¿Y después? ¿Qué sucedió después?
-Ya no vimos nada más. Pero es imposible pintar lo hermoso que era.
-¿Quién sabe si estoy destinado a recorrer también tan radiante camino? -exclamó gozoso el abeto-. Todavía es mejor que navegar por los mares. Estoy impaciente por que llegue Navidad. Ahora ya estoy tan crecido y desarrollado como los que se llevaron el año pasado. Quisiera estar ya en el carro, en la habitación calentita, con todo aquel esplendor y magnificencia. ¿Y luego? Porque claro está que luego vendrá algo aún mejor, algo más hermoso. Si no, ¿por qué me adornarían tanto? Sin duda me aguardan cosas aún más espléndidas y soberbias. Pero, ¿qué será? ¡Ay, qué sufrimiento, qué anhelo! Yo mismo no sé lo que me pasa.
-¡Gózate con nosotros! -le decían el aire y la luz del sol goza de tu lozana juventud bajo el cielo abierto.
Pero él permanecía insensible a aquellas bendiciones de la Naturaleza. Seguía creciendo, sin perder su verdor en invierno ni en verano, aquel su verdor oscuro. Las gentes, al verlo, decían: -¡Hermoso árbol!-. Y he ahí que, al llegar Navidad, fue el primero que cortaron. El hacha se hincó profundamente en su corazón; el árbol se derrumbó con un suspiro, experimentando un dolor y un desmayo que no lo dejaron pensar en la soñada felicidad. Ahora sentía tener que alejarse del lugar de su nacimiento, tener que abandonar el terruño donde había crecido. Sabía que nunca volvería a ver a sus viejos y queridos compañeros, ni a las matas y flores que lo rodeaban; tal vez ni siquiera a los pájaros. La despedida no tuvo nada de agradable.
El árbol no volvió en sí hasta el momento de ser descargado en el patio junto con otros, y entonces oyó la voz de un hombre que decía:
-¡Ese es magnífico! Nos quedaremos con él.
Y se acercaron los criados vestidos de gala y transportaron el abeto a una hermosa y espaciosa sala. De todas las paredes colgaban cuadros, y junto a la gran estufa de azulejos había grandes jarrones chinos con leones en las tapas; había también mecedoras, sofás de seda, grandes mesas cubiertas de libros ilustrados y juguetes, que a buen seguro valdrían cien veces cien escudos; por lo menos eso decían los niños. Hincaron el abeto en un voluminoso barril lleno de arena, pero no se veía que era un barril, pues de todo su alrededor pendía una tela verde, y estaba colocado sobre una gran alfombra de mil colores. ¡Cómo temblaba el árbol! ¿Qué vendría luego?
Criados y señoritas corrían de un lado para otro y no se cansaban de colgarle adornos y más adornos. En una rama sujetaban redecillas de papeles coloreados; en otra, confites y caramelos; colgaban manzanas doradas y nueces, cual si fuesen frutos del árbol, y ataron a las ramas más de cien velitas rojas, azules y blancas. Muñecas que parecían personas vivientes -nunca había visto el árbol cosa semejante- flotaban entre el verdor, y en lo más alto de la cúspide centelleaba una estrella de metal dorado. Era realmente magnífico, increíblemente magnífico.
-Esta noche -decían todos-, esta noche sí que brillará.
«¡Oh! -pensaba el árbol-, ¡ojalá fuese ya de noche! ¡Ojalá encendiesen pronto las luces! ¿Y qué sucederá luego? ¿Acaso vendrán a verme los árboles del bosque? ¿Volarán los gorriones frente a los cristales de las ventanas? ¿Seguiré aquí todo el verano y todo el invierno, tan primorosamente adornado?».
Creía estar enterado, desde luego; pero de momento era tal su impaciencia, que sufría fuertes dolores de corteza, y para un árbol el dolor de corteza es tan malo como para nosotros el de cabeza.
Al fin encendieron las luces. ¡Qué brillo y magnificencia! El árbol temblaba de emoción por todas sus ramas; tanto, que una de las velitas prendió fuego al verde. ¡Y se puso a arder de verdad!
-¡Dios nos ampare! -exclamaron las jovencitas, corriendo a apagarlo. El árbol tuvo que esforzarse por no temblar. ¡Qué fastidio! Le disgustaba perder algo de su esplendor; todo aquel brillo lo tenía como aturdido. He aquí que entonces se abrió la puerta de par en par, y un tropel de chiquillos se precipitó en la sala, que no parecía sino que iban a derribar el árbol; les seguían, más comedidas, las personas mayores. Los pequeños se quedaron clavados en el suelo, mudos de asombro, aunque sólo por un momento; enseguida se reanudó el alborozo; gritando con todas sus fuerzas, se pusieron a bailar en torno al árbol, del que fueron descolgándose uno tras otro los regalos.
«¿Qué hacen? -pensaba el abeto-. ¿Qué ocurrirá ahora?».
Las velas se consumían, y al llegar a las ramas eran apagadas. Y cuando todas quedaron extinguidas, se dio permiso a los niños para que se lanzasen al saqueo del árbol. ¡Oh, y cómo se lanzaron! Todas las ramas crujían; de no haber estado sujeto al techo por la cúspide con la estrella dorada, seguramente lo habrían derribado.
Los chiquillos saltaban por el salón con sus juguetes, y nadie se preocupaba ya del árbol, aparte la vieja ama, que, acercándose a él, se puso a mirar por entre las ramas. Pero sólo lo hacía por si había quedado olvidado un higo o una manzana.
-¡Un cuento, un cuento! – gritaron de pronto, los pequeños, y condujeron hasta el abeto a un hombre bajito y rollizo.
El hombre se sentó debajo de la copa.
-Pues así estamos en el bosque -dijo-, y el árbol puede sacar provecho, si escucha. Pero os contaré sólo un cuento y no más. ¿Prefieren el de Ivede-Avede o el de Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y, no obstante, fue ensalzado y obtuvo a la princesa? ¿Qué os parece? Es un cuento muy bonito.
-¡Ivede-Avede! -pidieron unos, mientras los otros gritaban-: ¡Klumpe-Dumpe!
¡Menudo griterío y alboroto se armó! Sólo el abeto permanecía callado, pensando: «¿y yo, no cuento para nada? ¿No tengo ningún papel en todo esto?». Claro que tenía un papel, y bien que lo había desempeñado.
El hombre contó el cuento de Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y, sin embargo, fue ensalzado y obtuvo a la princesa. Y los niños aplaudieron, gritando: -¡Otro, otro!-. Y querían oír también el de Ivede-Avede, pero tuvieron que contentarse con el de Klumpe-Dumpe. El abeto seguía silencioso y pensativo; nunca las aves del bosque habían contado una cosa igual. «Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y, con todo, obtuvo a la princesa. De modo que así va el mundo» -pensó, creyendo que el relato era verdad, pues el narrador era un hombre muy afable-. «¿Quién sabe? Tal vez yo me caiga también por las escaleras y gane a una princesa». Y se alegró ante la idea de que al día siguiente volverían a colgarle luces y juguetes, oro y frutas.
«Mañana no voy a temblar -pensó-. Disfrutaré al verme tan engalanado. Mañana volveré a escuchar la historia de KlumpeDumpe, y quizá, también la de Ivede-Avede». Y el árbol se pasó toda la noche silencioso y sumido en sus pensamientos.
Por la mañana se presentaron los criados y la muchacha.
«Ya empieza otra vez la fiesta», pensó el abeto. Pero he aquí que lo sacaron de la habitación y, arrastrándolo escaleras arriba, lo dejaron en un rincón oscuro, al que no llegaba la luz del día.
«¿Qué significa esto? –se preguntó el árbol-. ¿Qué voy a hacer aquí? ¿Qué es lo que voy a oír desde aquí?». Y, apoyándose contra la pared, venga cavilar y más cavilar. Y por cierto que tuvo tiempo sobrado, pues iban transcurriendo los días y las noches sin que nadie se presentara; y cuando alguien lo hacía, era sólo para depositar grandes cajas en el rincón. El árbol quedó completamente ocultado; ¿era posible que se hubieran olvidado de él?
«Ahora es invierno allá fuera -pensó-. La tierra está dura y cubierta de nieve; los hombres no pueden plantarme; por eso me guardarán aquí, seguramente hasta la primavera. ¡Qué considerados son, y qué buenos! ¡Lástima que sea esto tan oscuro y tan solitario! No se ve ni un mísero lebrato. Bien considerado, el bosque tenía sus encantos, cuando la liebre pasaba saltando por el manto de nieve; pero entonces yo no podía soportarlo. ¡Esta soledad de ahora sí que es terrible!».
«Pip, pip», murmuró un ratoncillo, asomando quedamente, seguido a poco de otro; y, husmeando el abeto, se ocultaron entre sus ramas.
-¡Hace un frío de espanto! -dijeron-. Pero aquí se está bien. ¿Verdad, viejo abeto?
-¡Yo no soy viejo! -protestó el árbol-. Hay otros que son mucho más viejos que yo.
-¿De dónde vienes? ¿Y qué sabes? -preguntaron los ratoncillos. Eran terriblemente curiosos-. Háblanos del más bello lugar de la Tierra. ¿Has estado en él? ¿Has estado en la despensa, donde hay queso en los anaqueles y jamones colgando del techo, donde se baila a la luz de la vela y donde uno entra flaco y sale gordo?
-No lo conozco -respondió el árbol-; pero, en cambio, conozco el bosque, donde brilla el sol y cantan los pájaros -. Y les contó toda su infancia; y los ratoncillos, que jamás oyeran semejantes maravillas, lo escucharon y luego exclamaron: – ¡Cuántas cosas has visto! ¡Qué feliz has sido!
-¿Yo? -replicó el árbol; y se puso a reflexionar sobre lo que acababa de contarles-. Sí; en el fondo, aquéllos fueron tiempos dichosos. Pero a continuación les relató la Nochebuena, cuando lo habían adornado con dulces y velillas.
-¡Oh! -repitieron los ratones-, ¡y qué feliz has sido, viejo abeto!
-¡Digo que no soy viejo! -repitió el árbol-. Hasta este invierno no he salido del bosque. Estoy en lo mejor de la edad, sólo que he dado un gran estirón.
-¡Y qué bien sabes contar! -prosiguieron los ratoncillos; y a la noche siguiente volvieron con otros cuatro, para que oyesen también al árbol; y éste, cuanto más contaba, más se acordaba de todo y pensaba: «La verdad es que eran tiempos agradables aquéllos. Pero tal vez volverán, tal vez volverán. Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y, no obstante, obtuvo a la princesa; quizás yo también consiga una». Y, de repente, el abeto se acordó de un abedul lindo y pequeñín de su bosque; para él era una auténtica y bella princesa.
-¿Quién es Klumpe-Dumpe? -preguntaron los ratoncillos. Entonces el abeto les narró toda la historia, sin dejarse una sola palabra; y los animales, de puro gozo, sentían ganas de trepar hasta la cima del árbol. La noche siguiente acudieron en mayor número aún, y el domingo se presentaron incluso dos ratas; pero a éstas el cuento no les pareció interesante, lo cual entristeció a los ratoncillos, que desde aquel momento lo tuvieron también en menos.
-¿Y no sabe usted más que un cuento? -inquirieron las ratas.
-Sólo sé éste -respondió el árbol-. Lo oí en la noche más feliz de mi vida; pero entonces no me daba cuenta de mi felicidad.
-Pero si es una historia la mar de aburrida. ¿No sabe ninguna de tocino y de velas de sebo? ¿Ninguna de despensas?
-No -confesó el árbol.
-Entonces, muchas gracias -replicaron las ratas, y se marcharon a reunirse con sus congéneres.
Al fin, los ratoncillos dejaron también de acudir, y el abeto suspiró: «¡Tan agradable como era tener aquí a esos traviesos ratoncillos, escuchando mis relatos! Ahora no tengo ni eso. Cuando salga de aquí, me resarciré del tiempo perdido».
Pero ¿iba a salir realmente? Pues sí; una buena mañana se presentaron unos hombres y comenzaron a rebuscar por el desván. Apartaron las cajas y sacaron el árbol al exterior. Cierto que lo tiraron al suelo sin muchos miramientos, pero un criado lo arrastró hacia la escalera, donde brillaba la luz del día.
«¡La vida empieza de nuevo!», pensó el árbol, sintiendo en el cuerpo el contacto del aire fresco y de los primeros rayos del sol; estaba ya en el patio. Todo sucedía muy rápidamente; el abeto se olvidó de sí mismo: ¡había tanto que ver a su alrededor! El patio estaba contiguo a un jardín, que era una ascua de flores; las rosas colgaban, frescas o fragantes, por encima de la diminuta verja; estaban en flor los tilos, y las golondrinas chillaban, volando: «¡Quirrevirrevit, ha vuelto mi hombrecito!». Pero no se referían al abeto.
«¡Ahora a vivir!», pensó éste alborozado, y extendió sus ramas. Pero, ¡ay!, estaban secas y amarillas; y allí lo dejaron entre hierbajos y espinos. La estrella de oropel seguía aún en su cúspide, y relucía a la luz del sol.
En el patio jugaban algunos de aquellos alegres muchachuelos que por Nochebuena estuvieron bailando en torno al abeto y que tanto lo habían admirado. Uno de ellos se le acercó corriendo y le arrancó la estrella dorada.
-¡Miren lo que hay todavía en este abeto, tan feo y viejo! -exclamó, subiéndose por las ramas y haciéndolas crujir bajo sus botas.
El árbol, al contemplar aquella magnificencia de flores y aquella lozanía del jardín y compararlas con su propio estado, sintió haber dejado el oscuro rincón del desván. Recordó su sana juventud en el bosque, la alegre Nochebuena y los ratoncillos que tan a gusto habían escuchado el cuento de Klumpe-Dumpe.
«¡Todo pasó, todo pasó! -dijo el pobre abeto-. ¿Por qué no supe gozar cuando era tiempo? Ahora todo ha terminado».
Vino el criado, y con un hacha cortó el árbol a pedazos, formando con ellos un montón de leña, que pronto ardió con clara llama bajo el gran caldero. El abeto suspiraba profundamente, y cada suspiro semejaba un pequeño disparo; por eso los chiquillos, que seguían jugando por allí, se acercaron al fuego y, sentándose y contemplándolo, exclamaban: «¡Pif, paf!». Pero a cada estallido, que no era sino un hondo suspiro, pensaba el árbol en un atardecer de verano en el bosque o en una noche de invierno, bajo el centellear de las estrellas; y pensaba en la Nochebuena y en KlumpeDumpe, el único cuento que oyera en su vida y que había aprendido a contar.
Y así hasta que estuvo del todo consumido.
Los niños jugaban en el jardín, y el menor de todos se había prendido en el pecho la estrella dorada que había llevado el árbol en la noche más feliz de su existencia. Pero aquella noche había pasado, y, con ella, el abeto y también el cuento: ¡adiós, adiós! Y éste es el destino de todos los cuentos.

Hans Christian Andersen

viernes, 16 de diciembre de 2016

ME ENCANTA LA NAVIDAD


Toda ella: decorar el árbol y cantar en el coro y hornear galletas y envolver los regalos.  Incluso me gustan las partes que la mayoría de la gente odia: ir de compras a los atestados  entros comerciales y leer los boletines de noticias navideños que me envían la familia y los amigos e ir a ver a la familia y esperar junto a la cinta de los equipajes en el aeropuerto.
Está bien, he mentido. A nadie le gusta esperar junto a la cinta de los equipajes en el aeropuerto. Sin embargo me encanta ver a la gente salir de los aviones, y el muérdago y las velas, y el ponche de leche y huevo y los villancicos.
Pero, sobre todo, me encantan las historias y las películas sobre la Navidad. Está bien, he mentido de nuevo. No me encantan todas las historias y las películas sobre la Navidad. Que Bello Es Vivir, por ejemplo, y “El Abeto” de Hans Christian Andersen.
Pero me encanta De Ilusión también se Vive y El Árbol de Navidad que no Fue Decorado de Christopher Morley y el poema de Christina Rosetti Pleno Invierno. Mi familia ve Juegos de Amor en la Universidad e Historias de Navidad cada año, y nosotros leemos en voz alta El Traje para la Nieve de las Navidades Pasadas de George V. Higgins cada Nochebuena, y buscamos ansiosamente nuevos clásicos que añadir a nuestras tradiciones.
No hay muchos. Eso se debe a que las historias de Navidad son mucho más difíciles de escribir de lo que parece, en parte porque el tema es más bien limitado y la gente lleva escribiéndolas desde hace cerca de dos mil años, de modo que simplemente han agotado todas las variaciones posibles de muñecos de nieve, Santa Claus y pastores.
Se han contado historias desde el punto de vista del cuarto rey mago (que fue asaltado camino a Belén), el posadero, la esposa del posadero, la muía y la estrella. Ha habido historias acerca de los Santa Claus de los grandes almacenes, falsos Santa Claus, Santa Claus quemados, Santa Claus sustitutos, Santa Claus reluctantes y Santa Claus sometidos a dieta, sin decir nada de la esposa de Santa Claus, sus elfos, sus renos, y Rudolph. Hemos tenido nacimientos en Navidad (¡por supuesto!), muertes, separaciones, encuentros, líos, intentos de suicidio y enfermedades de todo tipo. Y Navidad en Hawai, en China, en el pasado, en el futuro y en el espacio profundo. Hemos oído hablar de pastorcillos, de reyecitos magos, de angelitos y del ratoncito que no hacía ruido. No hay mucha cosa que no se haya dicho ya.
Además, el escritor de historias de Navidad tiene que caminar por la cuerda floja entre el sentimentalismo y el escepticismo, y la mayoría de escritores terminan cayendo en el cinismo o en la más empalagosa simpleza.
Y sí, estoy hablando de Hans Christian Andersen. Él inventó la ultrasensiblera historia lacrimógena, cuya trama Máximo Gorki, en un arranque de acrimonia, describió como tomando a una pobre niña o niño y abandonándolo «para que se helara en algún lugar debajo de una ventana, detrás de la cual suele haber un árbol de Navidad que arroja su radiante esplendor sobre él». Desamparadas muchachitas, firmes soldados de hojalata, incluso muñecos de nieve (fundidos, no helados) se enfrentan a un destino que ninguno de ellos (ni nosotros) merecemos, especialmente en Navidad.
Nadie, antes de la llegada de Andersen, había pensado en escribir unas historias de Navidad tan deprimentes. Ni siquiera Dickens, que había matado a un respetable número de niños en sus libros, mató al Pequeño Tim. Pero Andersen, al parecer proclive a estropear las vacaciones a todo el mundo, congelaba a los inocentes niños, fundía los leales juguetes hasta convertirlos en masas de plomo, y talaba inofensivos abetos que simplemente estaban allí tan tranquilos en el bosque, ocupados de sus propios asuntos, para convertirlos en leña.
Peor aún, inspiró a docenas de imitadores, que se dedicaron a matar piadosos niños (algunos de los cuales, debo admitir, eran absolutamente insufribles y merecían morir) y otra pobre gente durante todo el resto de la época victoriana (...)
Así que, ¿hay alguna buena historia de Navidad ahí fuera? Apuesten a que sí, empezando con la original. El relato de la primera Navidad (ya saben, el niño en el pesebre) tiene todos los elementos de una gran historia: dramatismo, peligro, efectos especiales, sueños y advertencias, traiciones, escapadas por los pelos y —combinada con la historia de la Pascua— el más feliz de todos los finales.
Y tiene grandes personajes: José, que se ve superado por lo que ocurre a su alrededor pero hace todo lo que puede; los reyes magos, que esperan un palacio y encuentran un establo; el vil Herodes que decía: «Cuando encontréis a ese rey, decidme donde está a fin de que pueda ir a adorarle», y enviaba luego a sus esbirros a intentar matar al niño; el ambivalente posadero, y María, con sus catorce años, que reflexionaba sobre todo ello en lo más profundo de su corazón. Es una gran historia…, no es extraño que haya durado dos mil años.
Las modernas historias de Navidad que me gustan  incluyen El Regalo de los Magos de O’Henry, El Viaje de los Magos de T. S. Eliot, y La Mejor Representación de Navidad de todos los Tiempos de Barbara Robinson, acerca de una representación de Navidad en una iglesia invadida por una pandilla de gamberros llamados los Vaqueros. Los Vaqueros intimidan a todo el mundo y fuman y maldicen y acuden solamente porque han oído que después hay refrescos. Y transforman lo que era una tranquila y aburrida representación de Navidad en algo extraordinario.
Puesto que soy escritora de ciencia ficción, me siento inclinada por supuesto hacia las historias de Navidad de ciencia ficción. La ciencia ficción siempre ha tenido la habilidad de hacernos ver el mundo desde un ángulo distinto, y la Navidad no es una excepción. La ciencia ficción ha contemplado la primera Navidad desde una nueva perspectiva (el clásico de Michael Moorcock He aquí el Hombre) y bajo un nuevo envoltorio (Oscura Concepción de Joe L. Hensley y Alexei Panshin).Nos muestra la Navidad en el futuro (La Huella de una Leyenda de Cyntia Felice) y la Navidad en el espacio (la maravillosa El Regalo de Ray Bradbury). Y se centra en la propia Navidad (la inquietante El Bosque Virgen de Mildred Clingerman).
Mis historias de Navidad de ciencia ficción preferidas son La Estrella de Arthur C. Clarke, que cuenta la historia de la estrella de Navidad que guió a los reyes magos a Belén, y la hilarante historia de Thomas Disch El Compromiso de Santa Claus, en la cual dos intrépidos periodistas de investigación de seis años ponen al descubierto el impresionante escándalo que se esconde detrás de Santa Claus.
También me gustan los misterios. Pensarán ustedes que el asesinato y la Navidad no encajan demasiado bien, pero el marco y la posibilidad de asesinatos conectados con el muérdago/budín de ciruela/Santa Claus ha inspirado a un gran número de escritores de misterio, empezando con Arthur Conan Doyle Y La Aventura del Carbunclo Azul, que implica un ganso de Navidad. Algunos de mis misterios preferidos son El Collar de Perlas de Dorothy Sayers, Asesinato en Navidad de Agatha Christie, y El Día más Corto: Asesinato en la Celebración de Jane Langton. Mi preferida absoluta es la cómica historia de John Mortimer «Rumpole y el Espíritu de la Navidad», que presenta a un viejo y gruñón Scrooge en la figura de un abogado, Horace Rumpole, y su maravillosa esposa, La Que Tiene Que Ser Obedecida.
Las comedias son probablemente mi tipo preferido de historias de Navidad. Me encanta La Navidad de Dancing Dan de Damon Runyon (en realidad me encanta todo lo que escribió Damon Runyon, y si nunca lo han leído, deben ir a ver inmediatamente Ellos y ellas. Lo mismo puedo decir de P. G. Wodehouse, cuyo Jeeves y el Espíritu de la Navidad y Otra Canción de Navidad son puro Wodehouse, lo cual significa que son indescriptibles. Si tampoco han leído nunca a Wodehouse, ¡no saben lo que se han perdido! Escribió más de un centenar de libros: empiecen con cualquiera de ellos). Tanto Runyon como Wodehouse equilibran sentimiento y cinismo, ironía, y el espíritu de la Navidad, la naturaleza humana y los finales felices, sin el menor paso en falso.
Y luego está El Árbol de Navidad que no Fue Decorado de Christoher Morley, escrita claramente como reacción a El Abeto de Hans Christian Andersen. Al contrario que Andersen, Morley comprende que la finalidad de la Navidad es recordarnos no solo el sufrimiento, sino también la salvación. Su historia duele, luego desespera. Y luego regocija.
Casi todas las grandes historias (de Navidad u otras) poseen ese terrible momento en el que todo parece perdido, cuando estás seguro de que las cosas no funcionarán, los tipos malos ganarán, la caballería no va a llegar a tiempo, y ellos (y nosotros) no nos salvaremos (...)
Ese honor (la mejor historia) pertenece a Dickens y su inmortal Canción de Navidad. El rumor de que Dickens inventó la Navidad no es cierto, como tampoco lo es, probablemente, la historia de que, cuando murió, una pobre niña vendedora ambulante sollozó: «¿Dickens ha muerto? Entonces, ¿también ha muerto la Navidad?» Pero debería serlo.
Porque Dickens hizo lo imposible: no solo escribió una obra maestra que captura la esencia de la Navidad, sino una que era lo bastante buena como para sobrevivir a su propia fama. Ha habido un millón, la mayor parte de ellas horribles, de versiones en cine, televisión y musicales, con Scrooge interpretado por todo el mundo, desde Basil Rathbone hasta el Fonz, pero ni siquiera el peor de ellos ha conseguido dañar la maravillosa historia de Scrooge y el Pequeño Tim. Una razón de que sea una historia tan grande es que Dickens amaba la Navidad. (Y no es extraño. Su infancia fue la de Oliver Twist y la Pequeña Dorrit combinadas, sin ningún abuelo cariñoso o Arthur Clennam a la vista. Toda su vida adulta debió de parecer como una gran Navidad). Creo que uno tiene que amar la Navidad para escribir sobre ella.
Por otra parte, sabía mucho acerca de la naturaleza humana. Recordar el pasado, ver realmente el presente, imaginar las consecuencias de nuestras acciones en el futuro, son la forma por la cual crecemos y cambiamos. Dickens conocía esto años antes de Freud.
También sabía mucho acerca de escribir. La trama es sensacional, los diálogos estupendos, y la frase que abre el libro: «Dígase para empezar que Marley estaba muerto…» es superada tan solo por «Llámame Ismael» como una de las grandes primeras frases de la literatura. Sabía también cómo terminar las historias, y que se supone que las historias de Navidad tienen finales felices.
Finalmente, la historia nos emociona porque deseamos creer que la gente puede cambiar. No lo hace. Todos hemos aprendido por la amarga experiencia (aunque probablemente no tan amarga como la de Dickens) que el mundo está lleno de avarientos y ladrones, que Scrooge sigue siendo Scrooge hasta el final, y nadie alzará un dedo para ayudar al Pequeño Tim.
Pero la Navidad es acerca de alguien que creía, pese a las pruebas abrumadoras, que la humanidad es capaz de cambiar y digna de ser redimida. Y la historia de la Navidad de Dickens es de hecho «la» Historia de la Navidad. Y el endurecido corazón que se abre al final es el nuestro.
Si parezco apasionada (y a veces susceptible) acerca de las historias de Navidad, es porque lo soy. Me encanta la Navidad, con toda su complejidad e ironía, y me encantan las historias sobre la Navidad (...)
Espero que les gusten. ¡Y espero que tengan una muy feliz Navidad!

Connie Willis

jueves, 8 de diciembre de 2016

LOS ÚLTIMOS AÑOS DE LA MAGIA


Londres, 1871.

El joven Aurelius, prisionero en la taberna familiar, se siente condenado a languidecer viviendo una existencia tan gris como la de su padre. Sin embargo, una mañana le será revelado su destino: Houdin, el gran mago, anuncia en coloridos carteles su llegada a Londres…

A partir de ese momento, su obsesión será presentarse ante él para convertirse en su aprendiz. Gracias a su ingenio, pronto tendrá la oportunidad de entrar en su camerino, donde descubrirá su mayor secreto.

Cuando veía abrirse ante él un futuro brillante, como pupilo del mago francés, la desgracia se cebará con él, de manera que incluso su pasado habrá desaparecido y el presente será muy diferente a lo que Aurelius recuerda.

José Antonio Fideu nos trae una novela llena de aventuras, viajes y peligros, donde la magia es algo real, pero peligrosa, pues el Cazador de Hadas está dispuesto a acabar con ella y con quienes la utilizan (versión adulta y sangrienta de la Nada, de La Historia Interminable).

                A lo largo de sus páginas vemos desfilar personajes reinterpretados de nuestras leyendas y mitos, como el escritor Hans Christian Andersen, el Conde Drácula junto con Mina Harker, Sinbad el Marino, Geppetto (imbuido en un cuerpo de madera) y cierta joven que aúna en su piel a Caperucita Roja y al Lobo Feroz, u otros personajes de los hermanos Grimm o de   William Shakespeare, uno de esos hechiceros, según Neil Gaiman, que practica la magia con veintisiete letras y unos pocos signos ortográficos, como Miranda (vaya mosquita muerta, el hada) o Caliban, además de dragones, hadas, fantasmas, el kraken, etc…

Es una novela emocionante e interesante, donde la trama y los capítulos cortos la dotan de un ritmo rápido, pues la historia nos atrapa y queremos saber cómo se ha alterado el mundo de Aurelius con tanta facilidad, adónde llegará en ese viaje iniciático suyo, y si será capaz de vengarse. Pero, el personaje más logrado es Telesio, el Cazador, que se va volviendo humano, mientras esconde su secreto. Es curiosa la forma en que permanecen en nuestro mundo los personajes que hemos mencionado una vez que mueren  (el cementerio de las hadas, es decir, nuestros libros, nuestras bibliotecas). También llama la atención el apéndice biográfico final donde el autor muestra los motivos que le han llevado a incluir como magos a personajes reales del siglo XIX (esa mención a Tesla o a Bessemer hace que algunos sitúen esta novela en la corriente steampunk).

Fideu realiza una reinterpretación de conocidas leyendas en una obra que homenajea el mundo de la magia con una trama de intriga y aventuras que se ha ganado la admiración del jurado del Premio Minotauro cuyos miembros han afirmado: «Resulta imposible no quedarse atrapado en la atmósfera de esta novela. Es envolvente y mágica a la vez.» Manel Loureiro. «Una novela evocadora, iniciática, en la que descubriremos que el mundo que habitamos está más lleno de magia de lo que imaginábamos.» Javier Sierra.

Por último, gracias, José Antonio, por esa mención a los maestros del C.P. María de los Llanos Martínez, de Albacete; es raro que se acuerden de nosotros, los profesionales de la enseñanza.

PREMIO MINOTAURO 2016

miércoles, 10 de diciembre de 2014

LA NIÑA DE LOS FÓSFOROS

¡Qué frío hacía! Nevaba y comenzaba a oscurecer; era la última noche del año, la noche de San Silvestre. Bajo aquel frío y en aquella oscuridad, pasaba por la calle una pobre niña, descalza y con la cabeza descubierta. Verdad es que al salir de su casa llevaba zapatillas, pero, ¡de qué le sirvieron! Eran unas zapatillas que su madre había llevado últimamente, y a la pequeña le venían tan grandes que las perdió al cruzar corriendo la calle para librarse de dos coches que venían a toda velocidad. Una de las zapatillas no hubo medio de encontrarla, y la otra se la había puesto un mozalbete, que dijo que la haría servir de cuna el día que tuviese hijos.

Y así la pobrecilla andaba descalza con los desnudos piececitos completamente amoratados por el frío. En un viejo delantal llevaba un puñado de fósforos, y un paquete en una mano. En todo el santo día nadie le había comprado nada, ni le había dado un mísero centavo; volvíase a su casa hambrienta y medio helada, ¡y parecía tan abatida, la pobrecilla! Los copos de nieve caían sobre su largo cabello rubio, cuyos hermosos rizos le cubrían el cuello; pero no estaba ella para presumir.

En un ángulo que formaban dos casas -una más saliente que la otra-, se sentó en el suelo y se acurrucó hecha un ovillo. Encogía los piececitos todo lo posible, pero el frío la iba invadiendo, y, por otra parte, no se atrevía a volver a casa, pues no había vendido ni un fósforo, ni recogido un triste céntimo. Su padre le pegaría, además de que en casa hacía frío también; solo los cobijaba el tejado, y el viento entraba por todas partes, pese a la paja y los trapos con que habían procurado tapar las rendijas. Tenía las manitas casi ateridas de frío. ¡Ay, un fósforo la aliviaría seguramente! ¡Si se atreviese a sacar uno solo del manojo, frotarlo contra la pared y calentarse los dedos! Y sacó uno: «¡ritch!». ¡Cómo chispeó y cómo quemaba! Dio una llama clara, cálida, como una lucecita, cuando la resguardó con la mano; una luz maravillosa. Le pareció a la pequeñuela que estaba sentada junto a una gran estufa de hierro, con pies y campana de latón; el fuego ardía magníficamente en su interior, ¡y calentaba tan bien! La niña alargó los pies para calentárselos a su vez, pero se extinguió la llama, se esfumó la estufa, y ella se quedó sentada, con el resto de la consumida cerilla en la mano.

Encendió otra, que, al arder y proyectar su luz sobre la pared, volvió a esta transparente como si fuese de gasa, y la niña pudo ver el interior de una habitación donde estaba la mesa puesta, cubierta con un blanquísimo mantel y fina porcelana. Un pato asado humeaba deliciosamente, relleno de ciruelas y manzanas. Y lo mejor del caso fue que el pato saltó fuera de la fuente y, anadeando por el suelo con un tenedor y un cuchillo a la espalda, se dirigió hacia la pobre muchachita. Pero en aquel momento se apagó el fósforo, dejando visible tan solo la gruesa y fría pared.

Encendió la niña una tercera cerilla, y se encontró sentada debajo de un hermosísimo árbol de Navidad. Era aún más alto y más bonito que el que viera la última Nochebuena, a través de la puerta de cristales, en casa del rico comerciante. Millares de velitas ardían en las ramas verdes, y de estas colgaban pintadas estampas, semejantes a las que adornaban los escaparates. La pequeña levantó los dos bracitos... y entonces se apagó el fósforo. Todas las lucecitas se remontaron a lo alto, y ella se dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas del cielo; una de ellas se desprendió y trazó en el firmamento una larga estela de fuego.

«Alguien se está muriendo» -pensó la niña, pues su abuela, la única persona que la había querido, pero que estaba muerta ya, le había dicho:

-Cuando una estrella cae, un alma se eleva hacia Dios.

Frotó una nueva cerilla contra la pared; se iluminó el espacio inmediato, y apareció la anciana abuelita, radiante, dulce y cariñosa.

-¡Abuelita! -exclamó la pequeña-. ¡Llévame, contigo! Sé que te irás también cuando se apague el fósforo, del mismo modo que se fueron la estufa, el asado y el árbol de Navidad.

Se apresuró a encender los fósforos que le quedaban, afanosa de no perder a su abuela; y los fósforos brillaron con luz más clara que la del pleno día. Nunca la abuelita había sido tan alta y tan hermosa; tomó a la niña en el brazo y, envueltas las dos en un gran resplandor, henchidas de gozo, emprendieron el vuelo hacia las alturas, sin que la pequeña sintiera ya frío, hambre ni miedo. Estaban en la mansión de Dios Nuestro Señor.

Pero en el ángulo de la casa, la fría madrugada descubrió a la chiquilla, rojas las mejillas y la boca sonriente... Muerta, muerta de frío en la última noche del Año Viejo. La primera mañana del Nuevo Año iluminó el pequeño cadáver sentado con sus fósforos: un paquetito que parecía consumido casi del todo. «¡Quiso calentarse!», dijo la gente. Pero nadie supo las maravillas que había visto, ni el esplendor con que, en compañía de su anciana abuelita, había subido a la gloria del Año Nuevo.

Hans Christian Andersen