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lunes, 23 de abril de 2018

LOS LIBROS HACEN GRANDE LO MÁS PEQUEÑO



Las personas tienden al ritmo y a la regularidad, de la misma forma que la energía magnética organiza las virutas de metal en un experimento de física, de la misma forma que un copo de nieve crea cristales a partir de agua. Ya sea en un cuento de hadas o en un poema, a los niños les gusta la repetición, los refranes y los motivos universales porque pueden reconocerse una y otra vez; dan regularidad a un texto. El mundo adquiere un orden precioso. Aún recuerdo que de niña luchaba conmigo misma por defender la justicia y la simetría, la igualdad de derechos para la izquierda y la derecha: si tamborileaba con los dedos una melodía sobre la mesa, contaba cuántas veces debía golpear con cada dedo para que los demás no se sintieran ofendidos. Solía aplaudir dando una palmada con la mano derecha sobre la izquierda, pero pensé que eso no era justo y aprendí a hacerlo al contrario, con la izquierda sobre la derecha. Por supuesto, este afán instintivo de equilibrio resulta gracioso, pero lo que muestra es la necesidad de evitar que el mundo llegara a ser asimétrico. Tenía la sensación de ser la única responsable de todo su equilibrio.

La inclinación de los niños hacia los poemas y las historias surge, igualmente, de su necesidad de llevar regularidad al caos del mundo. Desde la indeterminación todo tiende hacia un orden. Las canciones infantiles, las canciones populares, los juegos, los cuentos de hadas, la poesía… son formas de existencia rítmicamente organizadas que ayudan a los más pequeños a estructurar su presencia en el gran caos. Crean la conciencia instintiva de que el orden en el mundo es posible y que todas las personas tienen en él un sitio único. Todo fluye hacia este objetivo: la organización rítmica del texto, las series de letras y el diseño de la página, la impresión del libro como un todo bien estructurado. La grandeza se revela en lo más pequeño y le damos forma en los libros infantiles, incluso cuando no estamos pensando en Dios o en los fractales. Un libro infantil es una fuerza milagrosa que promueve el enorme deseo de los pequeños y su capacidad de ser. Promueve su coraje para vivir.

En un libro, los pequeños siempre son grandes, de manera instantánea y no solo cuando llegan a adultos. Un libro es un misterio en el que se encuentra algo que no se buscaba o que no estaba al alcance de alguien. Lo que no pueden comprender lectores de una cierta edad permanece en su conciencia como una impronta y continúa actuando aun cuando no lo entiendan completamente. Un libro ilustrado puede funcionar como un cofre del tesoro de sabiduría y cultura incluso para los adultos, igual que los niños pueden leer un libro destinado a adultos y encontrar su propia historia, un indicio sobre sus vidas incipientes. El contexto cultural modela a las personas, estableciendo las bases para las impresiones que llegarán en el futuro, así como para las experiencias más difíciles a las que tendrán que sobrevivir sin dejar de ser íntegros.

Un libro infantil representa el respeto por la grandeza de lo más pequeño. Representa un mundo que se crea de nuevo una y otra vez, una seriedad lúdica y preciosa, sin la que todo, incluida la literatura infantil, es simplemente un trabajo muy pesado y vacío.
Inese Zandere

domingo, 22 de abril de 2018

LIBRO



hermoso,
libro,
mínimo bosque,
hoja
tras hoja,
huele
tu papel
a elemento,
eres
matutino y nocturno,
cereal,
oceánico,
en tus antiguas páginas
cazadores de osos,
fogatas
cerca del Mississippi,
canoas
en las islas,
más tarde
caminos
y caminos,
revelaciones,
pueblos
insurgentes,
Rimbaud como un herido
pez sangriento
palpitando en el lodo,
y la hermosura
de la fraternidad,
piedra por piedra
sube el castillo humano,
dolores que entretejen
la firmeza,
acciones solidarias,
libro
oculto
de bolsillo
en bolsillo,
lámpara
clandestina,
estrella roja.

Nosotros
los poetas
caminantes
exploramos
el mundo,
en cada puerta
nos recibió la vida,
participamos
en la lucha terrestre.
Cuál fue nuestra victoria?
Un libro,
un libro lleno
de contactos humanos,
de camisas,
un libro
sin soledad, con hombres
y herramientas,
un libro
es la victoria.
Vive y cae
como todos los frutos,
no sólo tiene luz,
no sólo tiene
sombra,
se apaga,
se deshoja,
se pierde
entre las calles,
se desploma en la tierra.
Libro de poesía
de mañana,
otra vez
vuelve
a tener nieve o musgo
en tus páginas
para que las pisadas
o los ojos
vayan grabando
huellas:
de nuevo
descríbenos el mundo
los manantiales
entre la espesura,
las altas arboledas,
los planetas
polares,
y el hombre
en los caminos,
en los nuevos caminos,
avanzando
en la selva,
en el agua,
en el cielo,
en la desnuda soledad marina,
el hombre
descubriendo
los últimos secretos,
el hombre
regresando
con un libro,
el cazador de vuelta
con un libro,
el campesino arando
con un libro.

Pablo Neruda

jueves, 19 de abril de 2018

ELIMINANDO LIBROS


La casa estaba situada en el ecuador de la colina, en una calle sinuosa y de vegetación frondosa. Por supuesto, está prohibido revelar los nombres o las direcciones. Aparqué justo enfrente. Había un perro en el porche, un chucho de aspecto peligroso pero soñoliento. Un blanco gordo en camiseta y pantalones vaqueros, que no era tan agradable como su casa, ni mucho menos, me abrió la puerta. La camiseta rezaba: « ¿Y bien?».
Le enseñé la libreta y la miró desconcertado. Con auténtico desconcierto. He conocido a seleccionados que fingen ignorancia, pero la suya era de verdad.
— ¿Y bien?
—Supongo que sabe por qué he venido.
—Ayúdeme —dijo—. ¿La AAI? ¿La Agencia de Asuntos Indios?
—AAE —expliqué—. Artes y Entretenimiento.
—Ah, sí. Son los que recogen cosas viejas.
—Exacto —afirmé, aunque la agencia es mucho más que eso—. ¿Quiere invitarme a pasar? Hace un poco de frío aquí fuera.
Solo un poco: estábamos a mediados de octubre. Pero lo primero que aprendemos en la academia es que las cosas funcionan con mayor facilidad si consigues poner el pie en la puerta. El señor « ¿Y bien?» refunfuñó un poco y retrocedió para franquearme el paso. Los dos nos sentamos en un sofá duro, ante una mesita de café desordenada. La situación era incómoda, pero estoy acostumbrado a eso. Sé que no nos encargamos tan solo de cosas: son recuerdos, sueños y, por supuesto, dinero.
— ¿Le dice algo el nombre de Miller, Walter M. Jr? —le pregunté.
La idea es concederle al seleccionado la oportunidad de participar.
— ¿Miller? ¿Jr? Claro. Era un escritor de ciencia ficción, el autor de Cántico por Leibowitz, ¿no? De mediados de siglo, cuando los libros eran... ¡Espere un momento! ¿Quiere decir que han borrado a Miller?
—Hace seis semanas —dije.
—No sabía que lo habían retirado. Ya no sigo la ciencia ficción. Ni siquiera la ciencia.
—Le entiendo —respondí. Si él iba a cooperar, yo no iba a discutir.
— ¿Y bien? Ah. Comprendo. Debo tener un libro suyo en rústica. Creía que todavía eran legales. Si le digo la verdad, hace más de un año que no los hojeo. No es una verdadera colección. Son una especie de saldo. Supongo que es mi día de suerte.
—En efecto —convine—. Pagamos ciento veinticinco por cada selección. Hasta la gente que no sabe nada de nosotros lo sabe.
—Y es el día aciago de Arthur.
—Walter —le corregí. Acto seguido le brindé lo que yo llamo la respuesta académica—: Ya ha tenido su momento de gloria. Ahora es el turno de otro.
—Claro, lo que usted diga —contestó el señor « ¿Y bien?» con amargura. Desapareció en otra estancia y oí que abría y cerraba unos cajones. No perdí la puerta de vista, por si acaso. Regresó con una caja medio llena de libros en rústica. Quizá dos tercios. Lo bastante para que sobresalieran parcialmente.
Hubo de comprobarlos todos; no obedecían a ningún orden concreto.
—Puede que aquí haya otros —dijo.
—Yo no sé nada de eso —señalé—. Solo tengo mi lista. Puede visitar el sitio web de la agencia. Los que entregue en persona valen cincuenta más.
—O quinientos, para los contrabandistas —repuso—. O cinco mil. He visto ese reportaje sobre, ¿cómo se llama?, Salinger.
—Yo no sé nada de eso —repetí—. Y la ley me obliga a recordarle que va contra la ley hacer siquiera chistes sobre los contrabandistas.
Una atmósfera helada se abatió sobre la habitación. No me importó. No te puedes tomar demasiadas confianzas; tienes que recordarle a la gente que trabajas para el gobierno.
—Lo que usted diga —dijo—. Aquí está. Hasta luego, Arthur. Walter.
Me lanzó el ejemplar. Había un monje encapuchado en la cubierta. Las páginas se desplegaron y el libro se estrelló contra el suelo. Lo recogí de la alfombra deslucida y lo metí en la bolsa.
— ¿Ni siquiera va a mirarlo? ¿Ni a leer una sola palabra antes de destruirlo? Puede que aprenda algo sobre la vida.
—No se destruye a nadie —puntualicé. Lo taché de la libreta con la yema del dedo y pulsé ciento veinticinco.
—Lo que está eliminando no es solo un libro. ¡Es una vida humana!
Estaba empezando a ponerse beligerante. Era hora de marcharse. Me levanté.
—Yo no me meto en nada de eso. Me limito a recoger la mercancía y mandarla a Worth Street.
— ¿Y después?
—Y después, ¿quién sabe? —Le tendí la mano—. Gracias por su colaboración.

Terry Bisson, La Conspiración Alejandrina

miércoles, 18 de abril de 2018

LO QUE HACEN LOS LIBROS



Los libros no nos esperan. Su furia incontenible siempre rebasa las ganas de su lector. No son inocentes. Ni podrás domarlos aunque creas que lo haces. No los llevarás en la maleta. Ellos te llevarán a ti. Los libros viven solos, sin necesidad de que los leas. Crees que los posees, pero no es verdad. Y cuando ya no estés, cuando no te asistan las palabras, tus libros quedarán, mirándote callados, desde el verdadero lado de la inmortalidad.

Algunos de los ejemplares de esta librería llevan más tiempo en el planeta que tú, que yo. Y aquí seguirán. Poderosos y necesarios. Quieres que aguarden latentes. Pero no. Nunca son dóciles. Hasta el más ingenuo de los títulos puede alumbrarte con una nueva idea. ¿Y de verdad consideras que ese fragmento del mundo convertido en páginas es un objeto más? No, no lo es.

Por eso cuando los cierras, cuando te das la vuelta y los dejas en la mesilla, los libros siguen con el sortilegio de sus palabras. Las historias no se quedan quietas jamás. Te irás a dormir o al trabajo o la escuela o a buscar el amor. Con la inocencia egocéntrica de que los capítulos no pueden avanzar sin ti. Con el error, tantas veces perpetuado, de que la Literatura necesita un lector. Pero no es así. Porque allá, dentro de sus tapas, en su universo cuadrangular, la vida sigue. Y se enamora mil veces Bovary. Y va sumando indicios el Padre Brown. Y Drácula chupa la sangre de doncellas de las que no has oído hablar. Y se disparan los cañones de la fragata Surprise.

Hay quien sospecha que la única manera de hacer que no avancen es dejar entre sus páginas un marcador. Como una frontera de papel que impide a las tramas seguir cuando no estamos nosotros. Me lo contó un librero que de tan anciano parecía inmortal. Uno que tenía a la vuelta de Corrientes una librería que sonaba como un galeón con todos los mares en sus cuadernas. Decía que por eso nos costaba tanto recuperar el curso cuando no poníamos una señal: no porque perdiéramos la memoria del último párrafo, sino porque de una noche para otra, las palabras habían pasado horas jugando y nunca se volvían a colocar igual. No es nuestra mala cabeza la que borra la última frase; es que la última frase ya no vuelve a estar.

Por supuesto, no creí nada. Mi joven personalidad estaba construida sobre un escepticismo todavía intacto. Era un chaval cuando mi tío me contó aquella historia que parecía una más de sus ensoñaciones. Un delirio de su fe por la literatura. Es la vida, Rodrigo, es la vida, decía. Ya lo comprenderás.

Por alguna razón, nunca hice la prueba. Hasta ahora. Dejé en la mesilla de noche La Odisea sin ningún dique entre sus páginas. Sin marcar. Al despertarme, eufórico, un tanto inquieto, busqué. Y dormía Ulises con una sirena sobre su pecho. Exhausto y feliz. Los mechones de la muchacha enredados en sus dedos de navegante, como solo lo había estado durante mucho tiempo el agua del mar. Cerré el libro asustado. Y dudé si dejar al héroe disfrutar de aquella carne que no tenía que haberle pertenecido o devolverle a su mástil, a su viaje y a su realidad. Y, al final, puse la marca. Unas páginas antes. Como si me hubiera inventado una máquina del tiempo textual.

Durante toda la semana me he dedicado a juguetear. Dejo libros a medio leer y los sepulto en las estanterías, para que vivan sus aventuras en la intimidad. Más allá de la indiscreta mirada del lector. He vuelto a abrir alguno y he encontrado a los personajes despeinados, algunos a medio vestir, con sonrisas que no procedían y complicidades recién estrenadas. Me produce un secreto placer saber que los libros existen más allá de mí. Que no me necesitan. Es un homenaje a mi tío, lector y voyeur.

Tú eres apenas un crío, y como todos los niños crees que el mundo gira para ti. Y que los libros son porque tú los lees. Pero un día comprenderás y recordarás lo que te cuento. Y ahora vete a por Ana Karenina. Vamos a darle a esa pobre infeliz una segunda oportunidad. Le traje la novela y la leyó. Y la dejó sin marcar. Solo años más tarde comprendí aquello que mi tío me contó. Lo que los libros hacen cuando no miramos. Lo que haría cualquiera. Vivir.

Marta Fernández

lunes, 1 de mayo de 2017

¿QUÉ ES UNA BIBLIOTECA PARA TI?


Con motivo de la Semana del Libro, en la Biblioteca Nacional de Madrid se puede visitar la exposición ¿Qué es una biblioteca para ti? hasta el 28 de mayo. La muestra recoge 20 viñetas en las que 20 humoristas gráficos dan su visión particular de lo que es para ellos una biblioteca. Los autores que participan son Forges, Peridis, Puebla, J. M. Nieto, Gallego y Rey, Ricardo, Kap, Toni, Caín, Ferreras, Esteban, Zulet, Idígoras y Pachi, Manel, Ortifus, Sanson, Padylla, Siro López, Malagón y Almudena del Mazo.


Ana Santos Aramburu, directora de la BNE, durante la presentación de la exposición ha reconocido que esta es producto de una idea genial de, gracias a la cual veinte humoristas gráficos de diferentes diarios españoles han dado su particular visión de lo que es una biblioteca.


José Raúl Fernández, vicerrector de Extensión Universitaria y Relaciones Institucionales de la Universidad de Alcalá, ha afirmado que "el humor gráfico, además de interesante y necesario, es un vehículo para alcanzar lo que con otros medios no se puede alcanzar porque la inteligencia, la ironía y la metáfora llegan siempre con más fuerza".


Por su parte, el humorista gráfico Kap ha asegurado que en esta muestra "se unen dos de las cosas que nos hacen más humanos: el humor, intrínseco a la capacidad de reírse única del ser humano, y los libros, fundamentales para la cultura".


                Os transcribo parte del discurso de Ana Santos Aramburu, directora de la BNE:


Para la BNE es un privilegio contar con vuestras creaciones que son capaces de fusionar el significado del libro y la lectura con grandes tesoros en islas desiertas, con lugares mágicos donde todo es posible o incluso con el propio árbol de la vida.

Viñetas que identifican el hecho de leer con ascender hasta los cielos, pensar que un mundo mejor puede ser posible o incluso impedir que no metan un gol a tu equipo preferido!


Desde la inteligencia creadora que caracteriza vuestra obra, habéis sido capaces de expresar el valor del pensamiento crítico, la importancia de los sueños o la imprescindible capacidad de evasión de una realidad que nos abruma.

A todos vosotros gracias por este hermoso proyecto y gracias por creer, junto a nosotros en el valor formativo de la lectura, en la necesidad de las bibliotecas en la sociedad como espacios democráticos y libres que proporcionan formación a las personas a lo largo de toda la vida.

domingo, 23 de abril de 2017

DÍA DEL LIBRO


Qué sería de mí sin vosotros,
tiranos y, a la vez, embajadores,
de la imaginación,
verdugos del deseo
y, al mismo tiempo, mensajeros suyos,
libros llenos de cosas deplorables
y de cosas sublimes,
a los que odiar
o por los que morir.

Luis Alberto de Cuenca



Quisiera que mi libro
fuese, como es el cielo por la noche,
todo verdad presente, sin historia.
Que, como él, se diera en cada instante,
todo, con todas sus estrellas; sin
que, niñez, juventud, vejez, quitaran
ni pusieran encanto a su hermosura inmensa.
¡Temblor, relumbre, música
presentes y totales!
¡Temblor, relumbre, música en la frente
-cielo del corazón- del libro puro!

Juan Ramón Jiménez


Leer, leer, leer, vivir la vida
que otros soñaron.
Leer, leer, el alma olvidada
las cosas que pasaron.
Leer, leer, leer, ¿seré lectura
mañana también yo?
¿Seré mi creador, mi criatura,
seré lo que pasó?

Miguel de Unamuno


Libros extraños que halagáis a la mente
en un lenguaje inaudito y tan raro,
y de que lo más puro y lo más caro
hacéis brotar la misteriosa fuente.

Rubén Darío

jueves, 20 de abril de 2017

EL OBSERVATORIO DE LA LECTURA Y EL LIBRO CELEBRA EL DÍA DEL LIBRO 2017


 “Leer ¿o qué?” es la contundente frase de Eduardo Mendoza escrita en el maravilloso cartel que Javier Sáez Castán, Premio Nacional de Ilustración 2016, ha realizado para el Día del Libro 2017 inspirándose en la obra Sin noticias de Gurb del último Premio Cervantes. A este directo “leer ¿o qué?” el Observatorio de la Lectura y el Libro le han dado un poco la vuelta para transformarlo en “porque leer…” una frase que encierra múltiples “lecturas”, como el propio acto de leer, y que se convierte en hilo conductor de la campaña que ha lanzado esta semana en la cuenta de la red social Twitter del Observatorio de la Lectura y el Libro (@observalibro),para  sumarse a la celebración del Día del Libro 2017.


La iniciativa ‘Porque leer…’ quiere mostrar y demostrar, a través de 7 frases, acompañadas cada una de ellas por una fotografía realizada por Óscar Liaño Alvarez, algunas de las muchas y variadas razones por las que leer es una actividad imprescindible en nuestras vidas. Porque leer… te hace viajar sin moverte de casa; porque leer… es como un virus altamente contagioso; porque leer…. te da energías y fuerzas para seguir adelante; porque leer… te hace soñar o perder el sueño; porque leer… Pocas cosas proporcionan más que abrir un libro y dejarnos llevar por la lectura.



Del 13 al 19 de abril, han publicado diariamente una frase acompañada de una fotografía que nos recuerda alguno de los beneficios de la lectura. No es que una imagen valga más que mil palabras, simplemente palabra e imagen se complementan perfectamente para animarnos a leer, a escoger un título y perdernos entres sus hojas. El 20 de abril van a recordar todas las frases y nos animarán a votar, hasta el 23 de abril a las 24:00 horas, por aquella que más nos haya gustado, la que nos haya parecido más ingeniosa, con la que nos hayamos sentido más identificados… es decir, nuestra frase favorita. Los tuits deberán enviarse a @observalibro con la etiqueta #PorqueLeer añadiendo después la frase elegida.


Una vez finalizado el plazo de votaciones, contabilizarán los tuits para saber cuál es la frase que más votos ha recibido. Entre los usuarios que hayan votado esa frase, harán un sorteo para elegir quién es el ganador, que será anunciado el 28 de abril, y que recibirá como premio un estupendo lote de libros entre los que habrá una obra de Eduardo Mendoza dedicada por el propio autor, así como el cartel del Día del Libro 2017.



sábado, 23 de abril de 2016

MADRID, 23 DE ABRIL DE 1616


Murió en abril, de madrugada, en una de esas horas imprecisas entre el día y la noche en que los vínculos entre carne y espíritu parecen aflojarse, esas horas que tan propicias resultan para abandonar este mundo. Gonzalo, que había sido su yerno y su mejor amigo, había ayudado a limpiar su cuerpo y a amortajarlo. Sabía que se trataba de una tarea de mujeres, pero se empeñó en ayudar a despecho de Isabel, su esposa, y de doña Catalina, pues pensó que la lealtad le exigía aquel último gesto de misericordia para quien había sido su segundo padre. Con todo, no le había resultado sencillo. Las úlceras y llagas, la decrepitud, la prolongada permanencia en el lecho habían roído el cuerpo del poeta de tal modo que, cuando aún le restaban algunos días de vida, apenas unas paletadas de tierra lo separaban ya de la condición de cadáver. Y ahora que su aliento se había extinguido por completo, el manto frío de la muerte apenas había obrado cambios en él. En la calavera de su rostro, labios y mejillas se habían hundido por la laxitud de la mandíbula y la ausencia de dientes, y los ojos apenas se atisbaban al fondo de los pozos sombríos de los cuévanos. Para compensar el colapso de los ojos y boca, la nariz parecía haberse afilado y prolongado, mientras que los huesos de los pómulos amenazaban con taladrar el cuero macilento que los cubría. Las extremidades, consumidas hasta el puro hueso, se hinchaban monstruosamente en las coyunturas. A decir verdad, el brazo izquierdo ni siquiera parecía un brazo, sino apenas un despojo retorcido y sarmentoso. El costillar aparentaba ser una carcasa devorada por algún carroñero, mientras que el vientre se veía inflamado por efecto de la hidropesía. Y también estaba el hedor, una pestilencia que proclamaba que aquel cuerpo ya estaba pudriéndose por dentro cuando todavía conservaba algún hálito de vida. En cierto momento, Gonzalo pensó que iban a fallarle las fuerzas. Pero apretó los ojos y se esforzó por recordar que el despojo que yacía sobre la cama era el mejor de cuantos hombres había conocido. Y así pudo ayudar a las mujeres a frotar el cadáver con jabón y con paños húmedos, a atusarle los mustios bigotes, a peinarle las cuatro hebras grises que restaban de su cabello. Luego lo sostuvo en sus brazos, como a un niño pequeño, mientras su esposa y su hija lo revestían con el sayal de San Francisco, como permitía la caridad de la orden que el poeta había profesado semanas antes de morir. Y acto seguido le cubrían la cabeza con la capucha y rodeaban su cuello con un rosario del que pendía un crucifijo de madera. Entonces Gonzalo volvió a notar ese olor a manzanas que había brotado de la boca del anciano durante los últimos años de su vida, ese olor que, según dicen, preludia sufrimiento y muerte, como en efecto había ocurrido. Por último, mientras ellas lo velaban y lo lloraban y bisbiseaban oraciones, el yerno del poeta procedió a cumplir las últimas instrucciones que él le había dado cuando aún conservaba la voz y la lucidez.
Clareaba el día cuando Gonzalo salía de la casa camino de la iglesia de San Ildefonso, aneja al convento de la Trinidad, donde el viejo poeta había pedido que lo enterraran por la gran  amistad que lo unía a la Orden, y donde todo estaba ya preparado para acoger sus restos. Antes pasó por el taller del carpintero para pedir que se apresuraran con el féretro. Una vez alertadas las monjas y el capellán, visitó casas de amigos y parientes para decirles que esa misma tarde iba a celebrarse el entierro, pues el difunto había dejado dispuesto que se abreviaran los ritos de la muerte en la medida en que el decoro y la costumbre lo permitieran. Al regresar a la calle de Francos, a eso del mediodía, Gonzalo comprobó que la noticia de que el viejo poeta había muerto ya se había extendido por Madrid, como atestiguaba la pequeña multitud que se congregaba a la puerta de su casa. Había gente de las letras y de la farándula, rostros por todos conocidos, pero también muchos vecinos anónimos que habían acudido a presentar sus respetos. Ya en la casa, Gonzalo comprobó que el carpintero había cumplido lo pactado y que el cadáver descansaba dentro del féretro, que había sido dispuesto sobre dos caballetes de madera. Al verlo tendido dentro del ataúd, con las manos cruzadas sobre su mortaja de color ceniza, Gonzalo fue consciente por vez primera del carácter irrevocable de lo ocurrido, y la pena le atenazó la garganta como una mano de hielo. Pero no tuvo tiempo para abandonarse al llanto, porque su esposa y su suegra lo urgían a formar el cortejo y encaminarse a la iglesia. Ambas iban ataviadas con tocas y mantos negros, porque hacía tiempo que habían tomado la precaución de confeccionarse los lutos para este día. Las acompañaba Constanza, la sobrina, también de luto riguroso. Y hasta el niño había sido vestido de negro para no desentonar en el entierro del abuelo. Todo estaba dispuesto para entregar el cuerpo del viejo poeta a la tierra.
Unos vecinos ayudaron a bajar el ataúd por la escueta escalera. Ya en la calle, fueron muchos los hombros que se ofrecieron para transportar la liviana carga hasta la cercana iglesia de las Trinitarias. Gonzalo reconoció al librero Robles y al impresor De la Cuesta, y a varios literatos de fama y renombre que habían frecuentado al viejo poeta durante los últimos años de su vida en Madrid. Sobraron hombros, de hecho, para tan poco ataúd. Y así arrancó la comitiva, que en el breve trecho que separaba la casa de la calle de Francos de la puerta de la iglesia recibió numerosas incorporaciones, casi tantas como viandantes preguntaban curiosos el nombre del difunto, y al saber de quién se trataba se unían al cortejo porque deseaban despedir a quien tanto solaz y tanta risa les había procurado en vida. Cuando llegaron a la iglesia, con los que allí esperaban, debían de sumar casi el medio millar. Y muchos lloraban y se lamentaban, aunque Gonzalo no los conocía ni creía que el poeta los hubiera conocido tampoco.
Entraron en la iglesia seguidos por un río de gente que se derramó por la planta del pequeño templo hasta cubrirla por completo. Gonzalo se giró hacia las puertas abiertas y comprobó que muchos se habían quedado en la calle. Entonces le pareció reconocer el rostro de un hombre embozado que había dejado caer brevemente la capa para poder santiguarse. ¿No era ese…? Pero el hombre desapareció de repente y Gonzalo se dijo que no era posible, que debía de haberse confundido.
Así pues, se giró hacia el capellán, que se disponía a dar comienzo a la misa, tomó la mano de su esposa y apoyó la otra mano sobre el hombro de su pequeño hijo.
Introibo ad altare Dei, cantó el sacerdote.
Ad Deum qui laetificat iventutem meam, respondieron los congregados, a coro.
Y las gargantas eran tan numerosas que Gonzalo pensó que sus voces debían de estar oyéndose por toda la ciudad.
De este modo despidió Madrid a su poeta Miguel de Cervantes.

Eloy Cebrián, Madrid 1616 

viernes, 24 de abril de 2015

CELEBRACIÓN DEL DÍA DEL LIBRO

Para poner punto final a esta semana, os dejo con el vídeo del año pasado del Centro de Documentación Teatral realizado con imágenes de su archivo fotográfico en las que el libro es el protagonista de la escena. 

jueves, 23 de abril de 2015

GEORGOS

         
                 23 de abril.


                 Día de San Jorge, patrón de Aragón.

          Jorge de Capadocia, tribuno militar a las ordenes del emperador Diocleciano, quien, al negarse a perseguir cristianos y confesar pertenecer a esta religión, fue torturado y muerto. Su vinculación con el dragón aparece recogida en La Leyenda Dorada, colección de vidas de santos del domínico Santiago de la Voragine, en el siglo XIII

                Y es esta historia la que recrea Carolina Lozano en su novela Georgos, situándola en la Cataluña medieval:

El duque Berenguer, más preocupado por la política y la guerra que por sus vasallos, se enfrenta a los rumores de que una bestia ronda sus bosques matando y devorando a aquellos que se interan en el bosque que rodea a la ciudad. Primero apaciguan al dragón con ovejas, despues con hombres (unos se sacrificarán voluntariamente; otros son conducidos para pagar por sus delitos; y, finalmente, entre aquellos elegidos mediante sorteo). Hasta que un día la suerte recae en Elisenda, la hija mayor del duque…  

La historia nos la cuenta Blanca, hija menor del duque y que desde niña está en el convento. Ella pondra por escrito la historia y se la entregara a Georgos, representante del Papa, que se dedica a viajar recogiendo información sobre sucesos inverosímiles.

La novela se lee de un tiron; es ágil y está bien documentada en las costumbres medievales; los personajes responden a los modelos tipos de los cuentos, de la literatura oral. Conocemos la leyenda, y esperamos con ansia el momento en que San Jorge ha de intervenir para rescatar a la princesa. Se me olvidaba; en el libro hay un interesante acróstico, primero con la primera letra de cada título de capítulo, y luego con la primera letra del primer párrafo de cada capítulo

                Os dejo con un fragmento de la introducción, cuando el dragón prueba por primera vez carne humana:

Uno de esos muchos viajeros, un monje itinerante que trabajaba como escriba, avanzaba una tarde calurosa por el amplio camino. Ocioso, se había separado del grupo de peregrinos a los que se había unido al salir de la posada aquella mañana. Estaban en las cercanías del burgo, y allí ya nada temía de asaltantes ni forajidos. Así que se permitió retrasarse para disfrutar del paisaje de árboles altos y sotobosque aromático que le rodeaba, y que pronto se marchitaría con la llegada del frío del invierno.

Al cabo de un rato sintió ganas de aliviar sus necesidades y se adentró en el boscaje. Estaba a punto de arremangarse los faldones de la saya, cuando se dio cuenta de que a su alrededor todo parecía haber enmudecido. En sus largos viajes había aprendido a escuchar el ruido y el silencio, porque los animalillos del bosque, tan vulnerables, intentaban hacerse invisibles ante cualquier peligro.

El monje soltó sus ropas, agarró con fuerza su bastón y miró a su alrededor buscando a los rufianes que estuvieran dispuestos a atacarle. Frunció el ceño cuando oyó el fuerte susurrar de la hojarasca, deduciendo que debían de formar una cuadrilla numerosa. Pero no vio aparecer a nadie, pese a que el rumor se había detenido a apenas unos pasos del lugar donde se encontraba. Con su angustia acrecentándose, giró bruscamente la cabeza al sentir que a su derecha se movía un arbusto de lentisco. Y vio entonces algo que lo hizo encogerse con horror. Unos ojos negros, demoníacos pero inteligentes, lo observaban desde una cabeza de reptil.

No pudo retroceder dos pasos antes de que el animal, monstruoso y terrible como no había visto ninguno hasta entonces, se abalanzara sobre él. Los dientes finos y serrados le laceraron profundamente la pierna pero, espoleado por el miedo, el monje consiguió seguir corriendo. El animal aún lo persiguió unos metros, infligiéndole una profunda herida en la espalda con las zarpas, antes de quedarse atrás y permitirle marcharse.

El monje adivinaba pese a su ansia por huir que, si hubiese querido, o si el cielo no le estuviese protegiendo, el monstruo podría haberlo alcanzado. Lo dominaban el desconcierto, la sorpresa y el dolor mientras cojeaba hacia el camino. Temía que el monstruo volviera a buscarlo si se quedaba a la intemperie, y esperaba encontrar alguna caravana que se dirigiera todavía al burgo a aquellas horas de la tarde. Tenía que avisar a las gentes de aquel lugar del peligro que los amenazaba.

Pero el animal no iba a ir a buscarlo, ni siquiera cuando la ponzoña hiciera su efecto. No lo había atacado por hambre, sino porque el monje había sido un intruso extraño en su territorio. Un intruso de sabor aún más extraño, que pese a todo podía ser en el futuro una presa aceptable en caso de que no hubiera nada mejor.

Y su olor era el que flotaba en el ambiente, concentrado, no muy lejos de aquel sitio donde se había encontrado con su primer humano.

LA ESCAPADA

                  
                 23 de abril.

          Día del Libro; para celebrarlo traigo este relato basado en la figura de Don Quijote de Antonio Pascual Lázaro, autor dque comienza ahora a publicar, pero con historias muy interesantes que contar, como las que podéis encontrar en su libro Relatos para Gente Normal.

Aquel día, harto de estar atrapado entre unas tapas duras sin que nadie las abriera, Don Alonso Quijano decidió salió de su largo encierro, se deshizo de los cientos de páginas que le acorralaban y a duras penas, se desplazó por la estantería.
Miró hacia atrás y leyó el titular impreso en el lomo del libro donde había estado alojado: “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha” escrito por Miguel de Cervantes Saavedra. Dedujo que por su origen manchego, por su hidalguía y por la semejanza verbal entre Quijano y Quijote, podría ser él su protagonista. Recordó a su escudero Sancho, a su caballo Rocinante y a su amada, la sin par doncella Doña Dulcinea del Toboso y comprobó las lejanas posibilidades que tenía de volver a entrar en su encierro para liberarlos.
Se encontraba en el extremo de una estantería alta, de difícil acceso, en la última balda del mueble. Esa donde se colocan los libros más preciados que no se prevé leer ni consultar en la vida.
Estaba terriblemente fatigado. Los esfuerzos por deshacerse de todos los impedimentos y abrir la rendija suficiente para poder escaparse le estaban pasando factura. Además, en el intento, había perdido su lanza y su adarga, así como su famoso yelmo de Mambrino, esa bacinilla de barbero que solía portar sobre su cabeza.
Se desplazó por el aparador mientras leía los títulos de los volúmenes que estaban grabados en sus lomos, “Divina Comedia”, “Cumbres Borrascosas”, “Cien Años de Soledad”, “Crimen y Castigo”, “Madame Bovary”, “Guerra y Paz” y otros clásicos de la literatura mundial.
Miró hacia abajo y encontró una estantería con ejemplares de distintos tamaños y colocados de una manera más informal. Esos libros parecía que gozaban de una vida más dinámica y que eran manoseados, cambiados de sitio y leídos con cierta frecuencia.
Descendió con cuidado por un extremo de la balda. Ya no estaba para demasiados trotes, a su escualidez innata se unía una musculatura atrofiada por los años de inmovilidad forzosa atrapado entre las tapas rojas de su libro.
Recorrió el estante con curiosidad. Eran Premios Planeta y otros libros de autores de gran prestigio aunque menos conocidos, obras menores en relación con los del estante superior. La mayoría de tapas duras y tamaño estándar de novela. Caminó despacio mientras leía sus títulos y sus autores tratando de imaginar las mágicas historias que encerraban.
Más abajo descubrió la estantería de uso cotidiano, la que siempre se encuentra a la altura de la vista y de las manos de su dueño. Descendió con mucho mas esfuerzo, el agotamiento y la fatiga se le estaba acumulando y sus piernas le flaqueaban por momentos. A punto estuvo de dar con sus huesos en el suelo, solo le salvó la agilidad propia de su extrema delgadez.
Allí olía más a libro, a tinta impresa, nada que ver con ese horrible olor a polilla que había soportado durante tantos años. La mayoría de ejemplares eran novelas de tapas blandas, de tamaños dispares, muchos eran ediciones de bolsillo, de rastro de mañana de domingo en la Plaza Mayor de la ciudad.
Paseó lentamente de un extremo a otro de la estantería, saboreando el aroma intenso que añoraba, fijándose en los autores y títulos que llamaban su atención y disfrutando al observar el desgaste propio de su uso. Pensaba en lo que le hubiera gustado haber sentido que las páginas donde se alojaba se hubieran agitado a la caricia de unos dedos y haber sentido unos ojos clavados en cada una de sus páginas.
Alguno de los libros de ese estante llamó poderosamente su atención, como uno que parecía el más sobado de todos, “Ambiciones y Reflexiones”. Por el título dedujo que sería un tratado de filosofía. Estaba escrito por una tal Belén Esteban, una autora completamente desconocida para él. Alonso supuso que sería una gran psicóloga o filosofa española del siglo XXI.
Mientras paseaba, no podía dejar de pensar en su compañero Sancho y en alguno de los vecinos de su pueblo, como el Bachiller Sansón Carrasco que nunca aprobó su vida dedicada íntegramente al triunfo de la honradez sobre la sinrazón y la injusticia.
Aunque andaba ensimismado en sus pensamientos, pudo oír a lo lejos unos tremendos chillidos que procedían de un libro de tapas azules titulado “Los malos días de Arsenio Benítez”. Se acercó y pudo escuchar nítidamente una voz varonil que gritaba lo siguiente:
-¡Cacho puta!, no me esperaba esto de ti, después de todo lo que te he ayudado y me pones los cuernos con Raúl. ¡Cabrona!- rugía el tal Arsenio Benítez mientras todo daba a entender que estaba golpeando a una muchacha.
Don Quijote, nuestro personaje, pensó que no debía tolerar esa infamia, abrió una rendija separando las tapas del libro y exclamo:
-Soltad presto a esa damisela, ¡Malandrín!, que yo soy Don Quijote de la Mancha, llamado el Caballero de los Leones por otro nombre, a quien está reservado por orden de los santos cielos dar final feliz a esta aventura-.
-¿Quién es ese mamarracho? ¿Es algún amigo tuyo?- preguntó Arsenio a la muchacha.
-Suerte tenéis, bellaco, que en estas tristes circunstancias no cuente con mi lanza, mi adarga y la compañía de mi fiel escudero Sancho –replicó Don Quijote mientras se dirigía hacia Arsenio con decisión.
El protagonista de la novela salió a su encuentro y se entabló una desigual lucha cuerpo a cuerpo. Al primer embate, el Caballero de la Triste Figura acabó rodando por los suelos. Arsenio pateaba sin piedad la cabeza de Don Quijote que sangraba como un toro de lidia.
La muchacha no podía separarlos de ninguna manera y solo acertaba a gritar: “¡Déjalo, salvaje, que lo vas a matar!”.
Don Quijote, desde el suelo, seguía: “Dejad a esta doncella nacida de las entrañas de un libro, al igual que la bellísima Dorotea de Medici emergiendo de las aguas. Que ningún villano ose zaherir a moza de tan noble cuna”.
Arsenio siguió golpeando a Quijano al tiempo que sus patadas le hacían escurrirse por la estantería hasta que cayó al suelo de la estancia. Allí quedo Don Quijote tendido, boca arriba, inmóvil, con la cabeza llena de sangre que manaba de sus múltiples heridas.

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A la mañana siguiente, Don Mariano González de Castañeda, Marques de Castañeda, entró a su biblioteca y encontró su ejemplar de “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha” tirado en el suelo. Era un facsímil del siglo XVII de gran valor histórico y artístico con ilustraciones originales lacradas junto a las hojas de texto.
El libro estaba totalmente dañado, el golpe contra el suelo le había causado importantes lesiones en su encuadernación. Las hojas separadas del lomo y las ilustraciones esparcidas por los lados. Encima, se podía ver la estampa del Caballero de la Triste Figura con una mancha roja de lacre sobre su cara, con toda la sensación de estar herido de muerte.
Don Mariano no pudo saber la causa del destrozo. La empleada de la limpieza juraba y perjuraba que hacía días que no quitaba el polvo a los libros de la estantería superior y que ella ni sabía ni había visto nada. Al final la culpa se la llevó su nieto Ivancito, el más gamberro de todos ellos, aunque él, evidentemente, siempre lo negó.
El señor marqués nunca llegó a entender cómo un niño de siete años había llegado hasta allí arriba simplemente para destrozar el mejor libro de su biblioteca.
Pensó que la vida tiene cosas muy extrañas. Su biblioteca había sido testigo de una de ellas.

Antonio Pascual Lázaro, Relatos Para Gente Normal

jueves, 19 de marzo de 2015

TENGO UNA PREGUNTA PARA VUESA MERCED, SEÑOR DON QUIJOTE

Es una propuesta de lectura dramatizada de textos del Quijote llevada a cabo por  alumnos y profesores del IES Iturralde, de Madrid, en el marco de las celebraciones del Día del Libro en el año 2010,

La propuesta nace de esta hipótesis: en el Quijote, como en toda gran obra clásica, podemos encontrar ideas que pueden servir como respuesta a preguntas que nos hacemos a partir de nuestros problemas actuales.

Desde la perspectiva de la educación literaria, esta propuesta tiene un gran interés como modo de acceso a nuestro texto clásico por excelencia, el Quijote, pues interrogar a la obra a partir de los problemas del presente da sentido a la lectura y la motiva, es decir, da motivos para leer y, con ello, anima a adentrarse en el texto y a conocerlo mejor. Y, de un modo más general, ayuda a los alumnos a descubrir que ciertas obras del pasado siguen hablando de cuestiones que nos interesan en el presente, y que por eso se siguen valorando. Los alumnos aprenderán fácilmente que las obras clásicas, más que monumentos para admirar y reverenciar, son palabras vivas que siguen hablando de nosotros y de nuestras relaciones con el mundo.

                En la presentación del proyecto en el Ministerio de Educación, los responsables manifestaban lo siguiente:

Os haremos preguntas sobre aquello que nos inquieta en nuestro día a día, sobre nuestra vida cotidiana de hoy. Averiguaremos qué respuestas tiene que darnos vuesa merced. Aprenderemos que todo buen libro, sea de la época que sea, siempre nos habla de nosotros mismos. Y que “quien lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”.

Palabra a palabra, se irá dibujando el perfil de don Quijote y será uno más entre nosotros y lo veremos aquí, asequible, cercano, como alguien que siempre tiene mucho que decirnos. Porque cada vez que nos acerquemos a su libro, en cada momento, en cada edad, don Quijote se sentará a nuestro lado y nos hará disfrutar de su mundo y aprender de nosotros mismos. ¡Dichoso aquel que aún no ha leído el Quijote, porque tendrá el inmenso placer de leerlo por primera vez!

                El proyecto completo lo podéis encontrar en esta página. Como botón de muestra, ahí tenéis una de las preguntas formuladas y su respuesta:

P.- Señor don Quijote, este año me examino de la Prueba de Acceso a la Universidad. Yo quiero estudiar Filología porque me gusta mucho la literatura. Bueno, a decir verdad, la mitad del tiempo que estoy en la biblioteca me la paso escribiendo poemas, pero esto es un secreto entre vos y yo. Mis padres dicen que la poesía no da de comer y que lo que tengo que hacer es labrarme un buen futuro y quieren que sea economista, abogado ... o algo así. Si mi padre estuviera aquí, en algún lugar de la sala, ¿qué le diría vuesa merced?

R.- Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres, y así, se han de querer, por buenos o malos que sean, como se quieren las almas que nos dan vida; a los padres toca el encaminarlos desde pequeños por los pasos de la virtud, de la buena crianza. de las buenas y cristianas costumbres, para que cuando grandes sean báculo de la vejez de sus padres y gloria de su posteridad; y en lo de forzarles que estudien esta a aquella ciencia no lo tengo por acertado, aunque el persuadirles no será dañoso; y cuando no se ha de estudiar para pane lucrando, siendo tan venturoso el estudiante que le dio el cielo padres que se lo dejen, sería yo de parecer que le dejen seguír aquella ciencia a que más le vieren inclinado; aunque, la de la poesía es menos útil que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar a quien las posee. La poesía, señor hidalgo, a mi parecer, es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo extremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ní por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio. Sea, pues, la conclusión de mi plática, señor hidalgo, que vuela merced deje caminar a su hijo por donde su estrella le llama; que, siendo él tan buen estudiante corno debe de ser, y, habiendo subido felizmente el primer escalón de las esencias, que es el de las lenguas, con ellas por si mismo subirá a la cumbre de las letras humanas.

(El Quijote, Segunda parte, capítulo XVI)

domingo, 7 de diciembre de 2014

FLASHMOB LITERARIO EN LA BIBLIOTECA DE ALBACETE

El 23 de abril del 2013, con motivo del día del libro, se organizó un flashmob literario en la sala de estudio de la Biblioteca Pública de Albacete: diez miembros del Taller de Escritura "La Biblioteca" se fue levantando y leyendo a Antonio Machado, mientras tres violines del Conservatorio de Música de Torrejón y Velasco interpretaba el Canon de Pachelbel. 


Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

miércoles, 23 de abril de 2014

SEPULTADO CON SUS HUESOS

23 de abril = Día del Libro.

23 de abril de 1616: mueren Cervantes y Shakespeare. ¿Hay algún otro hecho que una a estos dos genios?

¿Qué misterio encierra Cardenio, la obra perdida de William Shakespeare basada en El Quijote de Cervantes? ¿Hasta donde llegará la codicia humana por encontrar un manuscrito valorado en millones de euros? ¿Y tú: serías capaz de matar por él?

Las respuestas a tales intrigas son el eje de Sepultado con sus huesos, un thriller de ambiente shakesperiano escrito por Jennifer Lee Carrell y que ha generado un gran impacto positivo entre la crítica y los lectores norteamericanos.

La novela de Carrell está repleta de suspense, aventuras y giros argumentales que conducen a la protagonista en la búsqueda del manuscrito de Cardenio por todo el mundo. España, Inglaterra y los Estados Unidos son el escenario de una conjura que se remonta al siglo XVI y que tiene un sorprendente desenlace en pleno siglo XXI.

Kate Stanley, una académica especializada en la obra de Shakespeare, recibe de su mentora, Rosalind Howard Roz, un enigmático objeto antes que ésta aparezca muerta en el incendio de Globe Theatre de Londres, el escenario que acogió a la compañía teatral Lord Chamberlain’s Men en la cual participó el célebre dramaturgo inglés en el siglo XVI. Este recinto tuvo el honor de ser cuna de obras como El rey Lear, Julio César, Macbeth, Hamlet y Otelo, entre otras. El cadáver de Roz presenta los mismos signos que los que tenía el padre de Hamlet en la inmortal obra literaria.

Sepultado con sus huesos es una novela que combina, de forma sorprendente, temas históricos y cultos con el ambiente propio de los thrillers: suspense, muertes, misterio… Una conspiración de silencio digna del misterio que rodea al más grande dramaturgo de la historia.

EL DRAGÓN Y LA PRINCESA

23 de abril = Día del Libro = Día de San Jorge. Oído, biblio, una de dragones

Rayaba el sol por las colinas del oeste, al atardecer, cuando la encontré. Recuerdo que en las copas de los árboles fulguraba un tenue resplandor verdoso, pero en su base reinaba la oscuridad. Para mí era el mejor momento del día, ya que no me gusta la luz y prefiero las sombras.

La muchacha no se asustó al verme. Estaba apoyada en el tronco de un árbol caído, cabizbaja y pensativa. Al percatarse de mi presencia, me saludó cortésmente. Entonces, tras permanecer unos instantes en silencio, me atreví a preguntarle si se hallaba perdida. Levantó sus translúcidos ojos esmeralda, miró a su alrededor como si aún no hubiera atendido a su situación y, con una dulcisima sonrisa, me respondió que sí.

Inmediatamente le ofrecí asilo en mi humilde morada, ante lo cual aceptó complacida. Así pues, se quedó a vivir conmigo. Me habló de su padre, el rey de todas las tierras que yo solo había alcanzado a otear desde el abrigo del bosque, ya que jamás me había atrevido a ir más allá de aquel mi natural dominio; me habló del frío y gigantesco palacio, de todas sus tristes obligaciones protocolarias como princesa, de los cientos e pretendientes que se ofrecían diariamente y de la poca fuerza y destreza que ellos, no ciegos ante la realidad, trataban patéticamente de disimular.

La abatida princesa me habló de su búsqueda incansable... En ocasiones yo le hacía olvidar su pena, tratando de divertirla con mis historias, y ella, agradecida, solía apoyar su hermosa cabeza sobre mi cuerpo tendido, e incluso, en cierta ocasión, me permitió que dejara descansar mi cabeza sobre tu tierno regazo. Recuerdo aquel momento como uno de los más felices de mi longeva existencia.

Llegamos a conocernos tan sumamente bien, que en pocos meses ya podíamos entendernos sin hablar. Ignorábamos todo lo que sucedía fuera.

No obstante, una mañana en la que salí a buscar provisiones de alimentos para mi amada princesa y para mí, descubrí a un par de campesinos que se dirigían al mercado de la ciudad. Me escondí tras unos enormes riscos, por temor a ser descubierto, y escuché su conversación, por lo que pude saber que al parecer se intentaba liberar a la hermosa muchacha de mi poder. Incluso se había llegado a convocar un magnífico torneo, cuyo vencedor vendría inmediatamente contra mí para luchar por la liberación de mi cara doncella...

¡¡¡ " Liberación " fue la palabra que emplearon aquellos campesinos!!!

Lo último que alcancé a oírles decir, antes que llegaran al postreno recodo del camino, fue que el favorito era un caballero llamado JORGE...

En incontables ocasiones ella me transmitió su deseo de no querer separarse de mi jamás. Mi princesa no quería ser liberada. Quería permanecer conmigo, realizar las tareas domésticas, mientras con su primorosa voz rivalizaba con los trinos matinales de los pájaros, ella quería escuchar la milenaria historia de la naturaleza, soñar a mi lado...

Pero hoy, justo cuando acabamos de almorzar, se hizo un silencio entre nosotros. Ambos intuimos que la desgracia se iba a imponer entre nosotros. Disfrutábamos de nuestra paz, cuando unos gritos, unos galopes y unas burdas voces de mando nos sobresaltaron.

Salí a la rasa que hay delante de mi vivienda para ver qué ocurría, y entonces lo vi, deslumbrante de acero oscuro, montado en su albo y soberbio caballo, y sosteniendo una larga y afilada lanza. No me dio tiempo a regresar. Me traspasó una y otra vez con su lanza. No me permitió ni siquiera defenderme.

Oí a la muchacha llamarme por mi nombre que solo ella conoce y noté, al derrumbarme contra el suelo, cómo ella se abrazaba a mi cuello y se echaba a llorar. Ella me abrazaba sollozando... y entonces comprendí lo mucho que me amaba.

Supe, antes de morir, que el caballero no diría nada de esto... Él contaría otra historia.

El dragón moribundo