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lunes, 18 de octubre de 2021

¡LO MATO, YO LO MATO!

 

Decidí que Orion debía morir cuando me salvó la vida por segunda vez. Hasta entonces su existencia me había sido bastante indiferente, pero una tenía sus límites. No habría pasado nada si me hubiera salvado la vida un número de veces realmente extraordinario, como diez, trece o algo así… el trece es un número con estilo. Orion Lake, mi guardaespaldas personal; podría haber vivido con aquello. Pero para entonces llevábamos en la Escolomancia tres años, y él no había mostrado ninguna inclinación previa a concederme un trato especial.

Pensarás que soy una egoísta por contemplar con mortíferas intenciones al héroe responsable de la continua supervivencia de una cuarta parte de nuestra clase. En fin, mala suerte para los pobres desgraciados que no han podido apañárselas sin su ayuda. De todas formas, se supone que no todos debemos sobrevivir. Hay que alimentar al colegio de algún modo.

Ah, pero ¿y qué hay de mí?, te preguntarás, pues ha tenido que salvarme la vida no una sino dos veces. Y esa era justo la razón por la que tenía que morir. Fue él quien provocó la explosión en el laboratorio de alquimia el año pasado al enfrentarse contra aquella quimera. Tuve que salir de debajo de los escombros mientras él correteaba y aporreaba la cola escupefuego de la criatura. Y el devoralmas no llevaba ni cinco segundos en mi habitación antes de que Orion apareciese por la puerta: debía de haber estado pisándole los talones mientras lo perseguía por el pasillo. La criatura solo se había desviado hasta mi cuarto intentando escapar.

Pero nadie querrá oír mi versión de los hechos. Puede que la quimera no me hubiera atacado a mí en particular, ya que aquel día había más de treinta estudiantes en el laboratorio, pero un rescate dramático en mi dormitorio era harina de otro costal. Para el resto del colegio, ya he empezado a formar parte de la pandilla de pústulas indefensas a las que Orion Lake ha salvado durante el transcurso de su excelente trayectoria, y eso es intolerable.

Nuestras habitaciones no son demasiado grandes. Orion se encontraba a apenas unos pocos pasos de la silla de mi escritorio, con la respiración aún entrecortada e inclinado sobre la burbujeante secreción violácea del devoralmas, que ahora no dejaba de rezumar sobre las estrechas grietas entre las baldosas del suelo: perfecto, así se extendería mucho mejor por toda mi habitación. La cada vez más débil incandescencia de sus manos iluminaba su rostro, que no era nada del otro mundo: tenía una enorme nariz aguileña que tal vez llegara a ser impresionante algún día, cuando el resto de su cara se desarrollara, pero por ahora resultaba demasiado grande, y el pelo gris plata, que se había dejado crecer tres semanas de más, se le apelmazaba en la frente perlada de sudor. Orion pasa la mayor parte del tiempo oculto tras un muro impenetrable de devotos admiradores, por lo que nunca antes había estado tan cerca de él. Se enderezó y se secó el sudor con el brazo.

—¿Estás bien…, Gal, verdad? —me dijo, echando más leña al fuego. Llevábamos tres años en la misma clase de laboratorio.

—No gracias a ti y a tu ilimitada fascinación por cada criatura oscura que hace acto de presencia —respondí con frialdad—. Y no me llamo Gal, nunca me he llamado Gal, sino Galadriel. —A mí no me mires, el nombre no fue idea mía—. Pero si son demasiadas sílabas para que puedas pronunciarlas todas de golpe, prefiero que me llames El.

Levantó la cabeza y me miró perplejo, con la boca un poco abierta.

—Oh. Ah. ¿Di-disculpa? —dijo, adoptando un tono de voz agudo, como si no entendiera lo que estaba pasando.

—No, no —dije yo—. Perdóname. Es obvio que no estoy desempeñando el papel como se espera de mí. —Me llevé la mano a la frente con gesto melodramático—. Orion, estaba aterrorizada —jadeé y me arrojé sobre él. Orion se tambaleó un poco: éramos igual de altos—. Menos mal que has venido a salvarme, nunca habría vencido a un devoralmas yo sola. —Emití un sollozo de lo más falso contra su pecho.

¿Puedes creerte que hizo amago de rodearme con el brazo y darme una palmadita en el hombro? Así de automático le salía el gesto. Le di un codazo en el estómago para apartarlo. Él dejó escapar un ruidito parecido al quejido de un perro, trastabilló hacia atrás y me miró boquiabierto.

—No necesito tu ayuda, mosca cojonera —le dije—. Aléjate de mí o te arrepentirás.

Lo empujé otra vez y cerré la puerta de golpe, dejándola a meros centímetros de su nariz aguileña. Durante un instante, tuve el placer de ver una mirada de absoluta confusión en su rostro antes de perderlo de vista.

Naomi Novik, Una educación mortal

jueves, 14 de octubre de 2021

MI HISTORIA

 


Se supone que debo contaros cómo me convertí en un cerebro metido en una caja.

Bueno, es un comienzo un poco siniestro, ¿no os parece?

Además, lo cierto es que no sé cómo lo hicieron, me refiero a las técnicas que emplearon. No es que me despertara convertido en un cerebro fuera de mi cuerpo y me enseñaran un vídeo informativo sobre cómo lo habían hecho por si acaso me picaba la curiosidad. «Ésta es la parte en la que le cortamos los vasos sanguíneos y los nervios del sistema nervioso periférico —‌explicaría el vídeo—. Aquí extraemos el cráneo y la columna vertebral, y aquí le atiborramos el cerebro de unos sensores microscópicos acojonantes para registrar sus pensamientos. Preste atención porque luego le haremos un examen.»

¡Por Dios, qué mal se me da esto!

No soy escritor ni orador. Tampoco me dedico a contar historias. Soy piloto de nave espacial. Me gustaría dejarlo claro antes de continuar. La Unión Colonial me pidió que os contara lo que me había pasado porque consideraba que la información podría resultaros útil. Pero, como comprenderéis, esto no va a ser la típica obra literaria. Va a estar lleno de saltos adelante y atrás en el tiempo. Seguro que me pierdo mientras os cuento mi historia y tendré que volver atrás, y entonces volveré a perderme. Estoy escribiendo mi historia sin darle demasiadas vueltas en la cabeza.

Bueno, metafóricamente, puesto que ya no tengo cabeza. Estoy casi seguro de que la tiraron a una incineradora o le hicieron algo por el estilo.

¿Veis a qué me refiero?

Alguien va a tener que editar lo que escriba si quieren que tenga sentido. «Esto es para usted, pobre editor anónimo de la Unión Colonial: mis saludos y mis disculpas. Le juro que no es mi intención complicarle la vida. Lo que pasa es que no sé qué quieren realmente ni cómo quieren que lo haga.

»“Usted cuéntelo todo —‌me dijeron—. Póngalo todo por escrito. No se preocupe, nosotros lo ordenaremos.” Así que supongo que ahí es donde entra usted, anónimo editor. Suerte con el orden a seguir.»

Y si estáis leyendo esto, estoy seguro de que el editor hizo un trabajo excelente.

¿Por dónde demonios empiezo? No creo que a ninguno de vosotros os interese una mierda mi infancia. Fue feliz, como todas; no pasó nada fuera de lo normal y tuve unos padres y unos amigos decentes. En los años de colegio tampoco ocurrió nada destacable; tuve los típicos picos de estupidez y de libido y de vez en cuando empollé para los exámenes. Sinceramente, no creo que a nadie le apetezca oírme hablar de ello. A mí apenas me interesa, y eso que lo viví.

De manera que creo que empezaré por la entrevista de trabajo.

Sí, me parece un buen comienzo. Esa entrevista me proporcionó el trabajo que me convirtió en un prodigio sin cabeza.

A toro pasado, casi preferiría no haber conseguido el curro.

¡Ah! Quizá debería deciros mi nombre. Sólo para que quede constancia.

Me llamo Rafe, Rafe Daquin.

Me llamo Rafe Daquin y soy un cerebro metido en una caja.

Hola.

John Scalzi, El final de todas las cosas

lunes, 27 de septiembre de 2021

ME LLAMO AMANDA BLACK

 


… y mi historia comienza un día de no hace mucho tiempo.

Mi vida en aquellos momentos era una... No sé cómo decirlo para que suene más suave... En fin, te lo cuento y ya rellenas tú los puntos suspensivos.

Vivía en un apartamento de una sola habitación con mi tía abuela Paula; es más abuela que tía, su amor puede llegar a ser agobiante, pero, aun así, me siento agradecida por tenerla. Me llevó a vivir con ella cuando yo era un bebé. Mis padres murieron poco después de nacer yo. No tengo recuerdo alguno de ellos. La tía Paula es mi única familia.

Nuestro piso era diminuto, apenas una habitación estrecha, y teníamos que compartir el cuarto de baño con nuestro casero, que también era el propietario del restaurante mejicano que había justo debajo de nuestro piso y del edificio en el que vivíamos, un edificio que se caía a pedazos situado en uno de los peores barrios de la ciudad. El casero ya no trabajaba en el restaurante, lo llevaba uno de sus hijos. Él sólo pasaba por allí para comer. El hombre adoraba la comida mejicana. «Adoraba» = «No comía otra cosa». Y cuanto más picante, mejor, le encantaba el picante.

Kilotones de picante.

Tenía que levantarme antes del amanecer para ir al baño porque el casero era muy madrugador. Si perdía la carrera, aquello se convertía en zona catastrófica. Habría sido necesario ponerlo en cuarentena, en alarma de guerra biológica. Habría necesitado una pinza en la nariz para internarme en aquella jungla olfativa, de lo contrario me hubiese esperado una desagradable muerte por asfixia.

Sin embargo, mi vida estaba a punto de cambiar.

Y no sabes de qué manera.

Bárbara Montes y Juan Gómez-Jurado, Una herencia peligrosa

lunes, 20 de septiembre de 2021

LLEGAN MIS HERMANOS

 


Por la mañana, me cepillé el pelo cien veces seguidas, tratando de que quedara brillante, y me lo recogí con un lazo blanco a juego con mi vestido —por si no lo sabíais, las chicas de clase alta deben ir de blanco, así se puede apreciar cualquier motita de suciedad. Me puse mi vestido más nuevo y menos manchado, y debajo, unos pololos muy bonitos de encaje blanco y las habituales medias negras con unas botas negras que Lane acababa de lustrar.

Después de tanta preparación a esa hora tan temprana, no tuve tiempo para desayunar. Como era una mañana muy fría, tomé un chal del estante del vestíbulo y monté en la bicicleta, pedaleando a toda velocidad para no llegar tarde.

Había descubierto que montar en bici me permitía pensar sin preocuparme de que alguien se percatara de mis muecas y expresiones. Era un alivio, aunque no un consuelo, el hecho de poder madurar los acontecimientos recientes mientras pasaba velozmente por Kineford y tomaba el camino hacia Chaucerlea.

Me pregunté qué diablos le había pasado a mi madre.

Para alejar aquel pensamiento, me pregunté si tendría problemas en encontrar la estación de tren y a mis hermanos (…)

Me pregunté si los reconocería al llegar a la estación. No los había visto desde que tenía cuatro años, en el funeral de padre. Todo lo que podía recordar de ellos era que me habían parecido muy altos en sus chisteras de crepé negro, y muy severos en sus levitas de color negro, guantes negros, negros brazaletes en señal de luto y negras y brillantes botas de charol (…) Me pregunté si mis hermanos me reconocerían después de diez años.

Por descontado, conocía la razón por la que no nos habían visitado a madre y a mí, la misma por la que nosotras tampoco lo habíamos hecho: por la vergüenza que había supuesto para la familia mi nacimiento. Mis hermanos no podían permitirse que se los relacionara con nosotras. Mycroft era un hombre ocupado e influyente que trabajaba en Londres al servicio del gobierno, y mi hermano Sherlock era un famoso detective que incluso contaba con un libro que hablaba sobre él: Un estudio en escarlata, escrito por su amigo y anterior compañero de piso, el doctor John Watson. Mamá había comprado un ejemplar...

«No pienses en mamá».

... y las dos lo habíamos leído. Desde entonces, soñaba con Londres, con su gran puerto marítimo; Londres, la sede de la monarquía, el corazón de la alta sociedad, y también, según el doctor Watson, «esa gran fosa séptica hacia la que todos los holgazanes y perezosos del Imperio se sienten arrastrados irremediablemente»; Londres, la ciudad en que, según Black Beauty: autobiografía de un caballo, otro de mis libros favoritos, hombres vestidos de frac y mujeres adornadas con diamantes asistían a la ópera mientras, en las calles, los despiadados cocheros hacían trabajar a sus caballos hasta la extenuación; Londres, la ciudad en que los académicos leían en el Museo Británico y las multitudes se agolpaban en los teatros para que los discípulos del mesmerismo las hipnotizaran; Londres, la ciudad en que la gente famosa convocaba sesiones para hablar con los espíritus de los muertos, mientras que otras célebres personalidades intentaban explicar científicamente cómo un espiritualista había conseguido levitar a través de la ventana hacia un carruaje que esperaba en el exterior.

Londres, donde chiquillos sin un penique vestían harapos, corrían salvajes por las calles y no iban a la escuela. Londres, donde los villanos asesinaban a las damas de la noche —no tenía una idea muy clara de quiénes eran estas últimas— y arrebataban a sus bebés para venderlos como esclavos. En Londres había realeza y asesinos. En Londres, había maestros de la música, maestros del arte y maestros del crimen que secuestraban a las criaturas y las obligaban a trabajar en antros de iniquidad. Tampoco tenía una idea clara de qué eran estos últimos, pero sabía que mi hermano Sherlock, contratado en ocasiones por la realeza, se aventuraba en antros de iniquidad para medir su inteligencia con la de rufianes, ladrones y príncipes del crimen. Mi hermano Sherlock era un héroe.

Recordé aquella lista del doctor Watson que enumeraba las veintinueve aptitudes de mi hermano: académico, químico, soberbio violinista, experto tirador, espadachín, diestro con el bastón, púgil y brillante pensador deductivo.

Entonces conformé una lista mental de mis propias cualidades: capaz de leer, escribir y sumar; de encontrar nidos de pájaros; de buscar gusanos y pescar; ah, claro, y de montar en bicicleta.

Ante una comparación tan deprimente, dejé de pensar y presté especial atención a la carretera, puesto que me aproximaba a Chaucerlea (.,,)

Tan solo se apearon unos pocos pasajeros, y entre ellos, no tuve dificultad en reconocer a los dos altos londinenses que debían de ser mis hermanos. Iban vestidos con el atuendo habitual para el campo: trajes oscuros de tweed con orla trenzada, corbatas de tela suave y bombín. Y guantes de piel. Solo la aristocracia llevaba guantes en pleno verano. Uno de mis hermanos se había engordado un poco y su chaleco de seda sobresalía. Supuse que se trataba de Mycroft, siete años mayor que yo. El otro, Sherlock, enfundado en su traje color carbón y sus botas negras, estaba de pie, recto como un palo y esbelto como un galgo.

Haciendo girar sus bastones, miraban a uno y otro lado como si buscaran algo, aunque su escrutinio me pasó de largo.

Mientras tanto, todos los presentes en el andén los miraban de reojo. Y para mi fastidio, al apearme de la bicicleta, advertí que estaba temblando. Una de las cintas del encaje de mis pololos se enredó en la cadena, se desgarró y quedó colgando sobre mi bota izquierda. Malditos refinamientos.

Al tratar de recogerla y embutirla hacia dentro, se me cayó el chal. Aquello no iba a salir bien. Respiré profundamente, dejé el chal sobre la bicicleta, y la bicicleta, apoyada contra la pared de la estación. Me enderecé y me aproximé a los dos londinenses, aunque sin lograr mantener la cabeza alta.

—¿Señor Holmes? —pregunté—. ¿Y, hum, señor Holmes?

Dos pares de ojos grises y astutos se posaron sobre mí. Dos pares de cejas aristócratas se alzaron.

—Me pidieron, hum..., me pidieron que los viniera a recoger —dije.

—¿Enola? —exclamaron al unísono.

Después, en rápida alternancia, dijeron:

—¿Qué haces tú aquí?

—¿Por qué no has enviado el carruaje?

—Deberíamos haberla reconocido; es igualita que tú, Sherlock. —El más alto y esbelto era, entonces, Sherlock. Me gustaba su rostro huesudo, sus ojos de halcón, su nariz aguileña, pero percibí que la mención a nuestro parecido no era un cumplido.

—Pensé que era una de esas chiquillas callejeras.

—¿En bicicleta?

—¿Por qué en bicicleta? ¿Dónde está el carruaje, Enola?

Pestañeé. ¿Carruaje? Un landó y un faetón acumulaban polvo en la cochera; hacía años que no teníamos caballos, no desde que el caballo de caza de mi madre había partido hacia pastos más verdes.

—Supongo que podría haber alquilado caballos —dije lentamente—, pero no hubiese sabido cómo colocarles el arnés o conducirlos.

El corpulento, Mycroft, exclamó:

—Y entonces, ¿para qué pagamos un mozo de cuadra y un peón?

—¿Cómo?

—¿Me estás diciendo que no hay caballos?

—Más tarde, Mycroft. —Con una facilidad pasmosa para dar órdenes, Sherlock llamó a un muchacho que vagabundeaba por allí—. ¡Mozo! Busca una berlina.

Lanzó una moneda hacia el chico, que se arregló la gorra en señal de asentimiento y echó a correr.

—Será mejor que esperemos dentro —dijo Mycroft—. Si nos quedamos aquí afuera, con este viento, el cabello de Enola acabará pareciéndose cada vez más al nido de un grajo. ¿Dónde está tu sombrero, Enola?

Para entonces, de algún modo, se había disipado el momento de decir «¿Cómo están?» o de que ellos dijeran «Qué alegría volver a verte, querida» y darse un apretón de manos o algo por el estilo, aunque yo fuese la vergüenza de la familia. Para entonces, también estaba empezando a darme cuenta de que el «por favor recógenos en estación» era una petición de transporte, no de que acudiera en persona.

Bueno, pues si no deseaban el placer de mi conversación, estaban de suerte, porque me quedé callada y con cara de tonta.

Sherlock me agarró del brazo, me guio hacia el interior de la estación y, continuando con el reproche sobre el sombrero que acababa de lanzar su hermano, dijo:

—¿Y dónde están tus guantes? ¿O cualquier otro tipo de prenda decorosa y decente? Ya eres una joven dama, Enola.

Esa frase me devolvió el habla.

—Acabo de cumplir catorce.

Mycroft, en un tono contrariado y casi lastimero, murmuró:

—Pero yo he estado pagando a la modista para que...

—Deberías llevar falda larga desde los doce —decretó Sherlock en ese estilo imperial suyo tan informal—. ¿En qué estaba pensando tu madre? Supongo que se habrá marchado con las sufragistas y se habrá abandonado a la causa.

—No sé adónde ha ido —contesté, y para mi sorpresa, porque no había derramado una sola lágrima hasta aquel preciso momento, rompí a llorar.

Se evitó entonces cualquier otra mención a mamá hasta que estuvimos sentados en la berlina, con mi bicicleta sujetada en la parte posterior, meciéndonos camino de Kineford.

—Somos un par de brutos sin tacto —observó Sherlock dirigiéndose a Mycroft mientras me ofrecía un pañuelo enorme y muy almidonado, poco agradable a la nariz. Estaba segura de que pensaban que lloraba por mamá, y era cierto. Pero, en verdad, también lloraba por mí misma.

Enola.

Sola.

Nancy Springer, El caso del marqués desaparecido

viernes, 17 de septiembre de 2021

RÍOS DE LONDRES

 


El joven Peter Grant era un agente de policía novato hasta que un día, durante la investigación de un terrible asesinato, recibe cierta información de un testigo ocular muy especial: un fantasma. Tras descubrir que la magia existe, Grant ingresará en un departamento secreto de Scotland Yard que se encarga de las investigaciones sobrenaturales y, junto al enigmático inspector Nightingale, llevará a cabo tareas tan singulares como negociar treguas entre el dios y la diosa del Támesis, desenterrar tumbas en Covent Garden y perseguir a un espíritu maligno y vengativo que está sembrando el caos en la ciudad.

Con este libro Ben Aaronovitch inicia la saga conocida como Ríos de Londres, donde vamos a encontrar a un aprendiz de mago, no muy brillante, en esa división muy secreta de Scotland Yard, que es La locura (sede oficial de la magia inglesa desde que la fundara en 1775 sir Isaac Newton), en pleno siglo XX.

                Con un narrador en primera persona, Aaronovitch nos acerca al protagonista: negro, de clase baja, muy baja, cuya mayor ilusión es dormir en las dependencias policiales con Leslie, una compañera, haciendo la cucharita, y su sueño dedicarse a tareas burocráticas una vez que termine la instrucción básica, y una madre que se las trae, como podremos comprobar en las siguientes entregas. Estará arropado por personajes como: Thomas Nightingale, paradigma del típico caballero británico flemático; Leslie, su compañera en la academia, destinada a la Brigada de Homicidios (primero, disparad; luego, preguntad); el doctor Walid, un forense muy peculiar; Molly, el ama de llaves de La Locura, una criatura misteriosa, silenciosa, de inquietante personalidad y con mal genio (para ella, Nightingale es Dios); los dioses de los ríos con sus hijos: Mamá Támesis, con unas hijas de armas tomar, o Padre Támesis.

                El autor, con un estilo ágil y ameno, conjuga la intriga policial con la fantasía, y aprovecha con un humor ácido para para cargar contra las normas de la policía, de la burocracia, de la sociedad, no dejando títere con cabeza.

lunes, 19 de julio de 2021

PEQUEÑA MÚSICA NOCTURNA

 


¿Los Beatles?

Sí, los recuerdo. Especialmente al pequeñín, ¿cómo se llamaba? ¡Ah, sí! Ringo.

¿Los Stones? Claro que los contraté. Aquel Mick Como-se--llame era un tipo raro, qué le voy a contar.

Kiss, Led Zeppelin, The Who, Eddie and the Cruisers..., los he contratado a todos, en uno u otro momento. Después de cierto tiempo, todos acaban por confundirse en la memoria de uno. De hecho, sólo hay un grupo que recuerdo con toda claridad. Y es extraño, porque nunca tuvieron un éxito clamoroso.

¿Oyó hablar alguna vez de Vlad y las Empaladoras?

No lo creo. Diablos, no hay ninguna razón para que haya tenido noticia de su existencia. Yo tampoco había oído hablar de ellos hasta que Benny -no es exactamente mi socio, pero cooperamos de vez en cuando- me llama un día y me dice que tiene un grupo nuevo, y que si yo puedo hacerle algún hueco en mi programación. De modo que miro el calendario, veo que me quedan un par de fechas por cubrir y le digo que sí, qué diablos, que me mande a su agente, y tal vez podamos llegar a un acuerdo. Benny dice que no tienen agente, que ese tipo, Vlad, se ocupa personalmente de todos los detalles.

Bueno, si se ha visto alguna vez obligado a tratar con uno de esos payasos, comprenderá que no me sentí precisamente encantado, pero como el primer guitarra de la banda futurista Cubos de Sangre está en la trena por posesión y no veo que nadie vaya corriendo a depositar su fianza, le digo a Benny que tengo media hora disponible para recibirle, a las tres de la tarde.

-Malo, Murray -contesta-. Este tipo se levanta tarde.

-Como todo el mundo en este negocio -digo-, pero las tres de la tarde ya es casi mañana.

-¿Qué tal si cenáis juntos, a las siete más o menos? -sugiere Benny.

-Descartado, muchacho -contesto-. Tengo una cita importante, y acabo de comprar precisamente un juego de cadenas de oro para impresionarla y llevármela al huerto por la vía rápida.

-A ese tipo Vlad no le gusta esperar -dice Benny.

-Bueno, si quiere un puñetero contrato, tendrá que aprender a esperar.

-De acuerdo, de acuerdo, déjame consultarle -dice Benny, y hay una pausa de un minuto-. ¿Qué tal te va a las tres?

-Creí que acababas de decirme que no podía ser a las tres.

-Me refiero a las tres de la madrugada.

-¿Quién es ese tipo, un enfermo de insomnio? -pregunto.

Pero luego recuerdo el Mercedes 560 SL descapotable de color azul pastel que vi el otro día, y pienso, qué diablos, quizás el grupo de ese tipo me permita pagar el primer plazo, de modo que contesto que de acuerdo con las tres de la madrugada...

Y tal como fueron las cosas, podíamos habernos reunido también a las siete, porque la muy zorra me tiró el plato de sopa a la cara y se largó del restaurante, sólo porque yo había empezado a jugar al pequeño tamborilero en su muslo por debajo de la mesa.

Así que me vuelvo a la oficina, me tumbo en el sofá a echar una cabezada y cuando me despierto, me encuentro delante a ese tipo flaco, vestido todo de negro, sentado en una silla y mirándome fijamente. Me figuro que está colgado o algo por el estilo, porque tiene las pupilas dilatadas de pared a pared, y la piel blanca como una hoja de papel. Yo intento recordar cuánto dinero en metálico tenía en los bolsillos al tumbarme, pero entonces él me saluda con un gesto de cabeza, y habla.

-Buenas noches, señor Barron -dice-. Creo que me esperaba usted.

-¿Ah, sí? -pregunto, incorporándome e intentando enfocar la mirada.

-Su socio me ha dicho que viniera a verle aquí -sigue diciendo-. , Yo soy Vlad.

-Oh, de acuerdo -exclamo, y la cabeza se me empieza a aclarar.

-Encantado de conocerle, señor Barron -dice, tendiéndome la mano.

-Llámeme Murray -le contesto, estrechándole la mano, que está tan fría como un pez muerto y tiene casi la misma textura-. Bueno, Vlad -comienzo a decir después de soltar su mano tan pronto como puedo y de reclinarme en el sofá-, cuéntame algo de ti y de tu grupo. ¿Dónde habéis tocado?

-Sobre todo al otro lado del océano -replica, y me doy cuenta de que tiene un acento raro, pero no consigo localizarlo.

-Bueno, no hay nada malo en eso -le digo-. Algunos de nuestros mejores grupos empezaron en Liverpool. Por lo menos, uno de ellos -añado con una risita.

Se me queda mirando sin sonreír, lo cual me pone fuera de mí, porque si hay algo que no puedo soportar es a un tipo sin sentido del humor.

-¿Va a contratar a mi grupo, entonces? -pregunta.

-Para eso estoy aquí, Vlad, tronco -digo, y empiezo a relajarme a medida que voy acostumbrándome a esos ojos y esa piel-. Precisamente tengo una ocasión inmejorable, un crucero a Acapulco. Seis días. Cinco billetes por noche y todas las camareras a las que consigas echar la zarpa. -Sonrío de nuevo para que sepa que está tratando con un hombre de mundo, y no con algún pequeño usurero judío que no sabe de qué va el rollo.

Sacude la cabeza.

-Nada que tenga que ver con el agua.

-¿Se marea? -pregunto.

-Algo por el estilo.

-Muy bien. -Me rasco la cabeza, y de paso compruebo que tengo el peluquín correctamente colocado-. Aquí tengo una boda que quiere un poco de música en la recepción.

-¿De qué religión? -pregunta.

-¿Tiene alguna importancia? -contesto-. Piden un grupo de rock. Nadie le va a pedir que toque Hava Naguila.

-Nada de iglesias -sentencia.

-Para ser un tipo que anda buscando trabajo, amigo, lo pone muy difícil -le digo-. Si quiere trabajar conmigo, tendrá que recorrer la mitad del camino que nos separa.

-Trabajaremos en cualquier local que no sea una iglesia o un barco -contesta-. Sólo tocamos de noche, y exigimos intimidad total durante el día.

Bien, justo en el momento en que decido que estoy perdiendo el tiempo, y me dispongo a enseñarle la puerta, de pronto va y pronuncia las palabras mágicas.

-Si lo hace tal como le pedimos, le entregaremos el cincuenta por ciento de nuestros honorarios, en lugar de su comisión habitual.

-¡Vlad, cariño! -le digo-. ¡Tengo la impresión de que éste es el comienzo de una larga y hermosa amistad! -Me acerco en un par de zancadas al mueble-bar que está detrás de mi mesa de despacho, y empuño una botella de burbujas-. ¿Lo hacemos oficial? -pregunto, mientras saco también un par de copas.

-No bebo... champaña -contesta.

Me encojo de hombros.

-De acuerdo, dime tu veneno, muchacho.

-Tampoco bebo veneno.

-Vale, me rindo -digo-. ¿Qué te parece un Bloody Mary?

Se relame, y los ojos le brillan.

-¿Cuáles son los ingredientes que lleva?

-Bromeas, ¿verdad? -le pregunto.

-Nunca bromeo.

-Vodka y zumo de tomate.

Bueno, me figuro que podemos pasar la noche jugando al Adivina Qué Bebe Este Capullo, de modo que renuncio, saco un contrato impreso del cajón del centro de mi escritorio, y le pido que eche una firma.

-Vlad Dracule -leo mientras él garabatea su firma-. Dracule, Dracule. Me suena familiar.

Me dirige una mirada fulminante.

-¿De veras?

-Pues sí.

-Me temo que está usted equivocado -dice, y puedo ver que se ha puesto tenso por alguna razón.

-¿No tenían los Piratas un tercera base llamado Dracule hacia los años sesenta? -pregunto.

-No sabría decírselo -contesta-. ¿Cuándo y dónde actuaremos?

-Le llamaré para concretar los detalles -informo-. ¿Dónde puedo encontrarle?

-Creo que será mejor que contacte yo con usted -replica.

-Muy bien -digo-. Llámeme mañana por la mañana.

-No estoy disponible por las mañanas.

-De acuerdo, a mediodía entonces. -Miro sus extraños ojos oscuros, y acabo por encogerme de hombros-. Está bien, aquí tiene mi tarjeta. -Escribo en ella el número de casa- Llámeme mañana por la noche.

Toma mi tarjeta, gira sobre sus talones, y sale por la puerta. De repente, recuerdo que no sé el número de componentes de su grupo, y corro a la portería a preguntárselo, pero cuando llego, él ya ha desaparecido. Miro a uno y otro lado de la calle, pero lo único que consigo ver es una especie de pajarraco negro que parece haberse colado por error entre los edificios; por fin doy media vuelta y paso el resto de la noche en mi sofá, recordando la cena de la noche anterior y meditando en que tal vez mi ritmo estuvo ligeramente pasado de revoluciones.

Bueno, Orgullo y Prejuicio, la banda multírracial que acaba todos sus conciertos levantando el puño en alto, está en chirona por pederastia, y de repente me encuentro con un agujero que llenar en el Palace, de modo que me digo a mí mismo, qué diablos, el 50 % es el 50 %, y coloco allí a Vlad y las Empaladoras para el viernes por la noche.

Me paso por su vestidor una hora antes del concierto, y allí está el viejo Vlad más flaco que nunca, rodeado por tres bombones vestidos con camisones blancos y dándoles mordisquitos en el cuello; y pienso que si eso es lo más depravado que es capaz de hacer, resulta muy preferible a la mayoría de los rockeros con los que tengo que lidiar.

-¿Cómo van las cosas, encanto? -digo, y los tres bombones ponen pies en polvorosa de inmediato-. ¿Listos para dejar difunto al auditorio?

-Difunto no me sirve de nada -contesta sin ni tan siquiera sonreír.

De modo que, después de todo, sí que tiene sentido del humor, aunque un tanto seco y siniestrillo.

-¿Qué puedo hacer por usted, señor Barron? -me pregunta.

-Llámame Murray -le corrijo-. El baranda de las relaciones públicas quiere saber dónde habéis tocado últimamente.

-Chicago, Kansas City y Denver.

Le dedico mi risita más sofisticada.

-¿Quieres decir que hay gente entre L.A. y la Gran Manzana?

-No tanta como solía -me contesta, y me imagino que es su manera de informarme de que la banda no está teniendo precisamente un éxito deslumbrante.

-Bueno, no te preocupes, tronco -digo-. Esta noche todo va a ir perfectamente.

Llaman a la puerta; voy a abrir, y entra un muchacho con una caja de cartón larga y plana en las manos.

-¿Qué es eso? -pregunta Vlad, mientras yo despido al mensajero con una propina.

-Me figuré que necesitaríais un poco de comida energética antes de salir al escenario -explico-, de manera que encargué una pizza.

-¿Pizza? -dice, mostrando el ceño-. Nunca la he probado.

-Estás de broma, ¿verdad? -quiero saber.

-Ya se lo dije antes: nunca bromeo. -Mira fijamente la caja-. ¿Qué hay dentro?

-Sólo lo normal -contesto.

-¿Qué es lo normal? -pregunta en tono suspicaz.

-Salchichón, queso, champiñones, olivas, cebolla, anchoas...

-Ha sido muy amable por su parte, Murray, pero nosotros no...

-Y ajo -añado, después de oler la pizza.

Da un grito y se tapa la cara con las manos.

-¡Llévesela de aquí! -chilla.

Bueno, supongo que debe de ser alérgico al ajo, lo que es una jodida lástima porque una pizza sin un poco de ajo no vale nada; pero llamo al chico, y le digo que se lleve la pizza y vea si me pueden devolver el dinero. Una vez ha salido de la habitación, Vlad empieza a recuperar su compostura.

Entonces llega un tipo y avisa que deben estar en el escenario dentro de cuarenta y cinco minutos. Yo pregunto si quieren que me vaya mientras se ponen los trajes.

-¿Trajes? -pregunta desconcertado.

-A menos que penséis actuar con lo que lleváis puesto -gruño.

-A decir verdad, eso es precisamente lo que nos proponemos hacer -responde Vlad.

-Vlad, tronco, preciosidad -le digo-. No sois simplemente cantantes... ¡sois artistas! Tenéis que dar espectáculo por todo el dinero que ha pagado el público..., y eso quiere decir darle algo que mirar, y no sólo algo que escuchar.

-Nadie se ha quejado de nuestra ropa hasta ahora -dice.

-Bueno, tal vez no en Chicago o en Kansas City; pero esto es L.A., pequeño.

-No pusieron pegas en Saigón, ni en Beirut, ni en Chernobyl, ni en Kampala -rezonga con cara de pocos amigos.

-Bueno, ya sabes cómo son esos poblachos rurales del Medio Oeste -comento con un gesto despectivo-. Ahora estáis en la primera división.

-Actuaremos con la ropa que llevamos puesta -dice, y algo en su expresión me indica que es mejor que tome mi dinero y no haga un caso federal del asunto, de modo que me vuelvo a mi oficina y llamo a Denise, el bombón que me regó de sopa; le digo que la he perdonado y le pregunto si tiene algún plan para la noche, pero tiene jaqueca, e incluso puedo oír a la jaqueca gimiendo y susurrando chorraditas dulces a su oído, de modo que le digo lo que realmente pienso de las zorras sin talento que intentan arrimarse a los agentes de espectáculos realmente importantes, y luego voy a la cabina de control y espero que mi nueva adquisición aparezca en el escenario.

Al cabo de unos diez minutos aparecen Vlad, vestido todavía de negro aunque ha añadido una capa a su traje, y las tres Empaladoras con sus camisones blancos; e incluso desde donde yo estoy puedo advertir que han abusado del lápiz de labios y el maquillaje, porque los labios son de un color rojo brillante, y las caras, tan blancas como los camisones. Vlad espera hasta que el auditorio guarda silencio, y yo me vuelvo loco porque lo que empieza a cantar es una especie de rap, y peor aún, canta en algún idioma extranjero de modo que nadie va a entender la letra; pero en el momento en que mayor es mi aprensión de que los espectadores se pongan a destrozar el local, me doy cuenta de que están sentados absolutamente inmóviles, y pienso que una de dos, o le encuentran algún atractivo al asunto después de todo, o se están aburriendo tanto que no les quedan ni siquiera energías para armar jaleo.

Y entonces ocurre algo todavía más extraño. En alguna parte fuera del edificio un perro se pone a ladrar, y luego otro, y un tercero, y un gato maúlla, y muy pronto aquello suena como una sinfonía de corral, y así sigue durante media hora por lo menos, con todos los animales de diez kilómetros a la redonda aullando a la luna, hasta que Vlad se calla, hace una reverencia, y de repente toda la basca se pone en pie y rompe a gritar, a silbar y a aplaudir con tanto entusiasmo que empiezo a creer que estamos ante un nuevo Liverpool.

Corro a las bambalinas para felicitarle, y cuando llego le veo ocupado en dar mordisquitos a un par de chiquillas que han conseguido sortear la barrera de las fuerzas de seguridad; supongo que no es peor eso que compartir un petardo con ellas. Luego se vuelve hacia mí.

-¿Podremos tener el dinero antes de marcharnos de aquí?

-Imposible, chato -digo-. No tendremos las cifras de la recaudación hasta la mañana.

Frunce el entrecejo.

-Muy bien -dice por fin-. Enviaré a un socio mío a su despacho, para recoger nuestra parte.

-Como quieras, Vlad, tronco.

-Se llama Renfield -añade Vlad-. No se deje impresionar por su aspecto.

Como si pudiera impresionarme el aspecto de alguien después de veinte años de organizar conciertos de rock.

-De acuerdo -digo-. Le espero a, digamos..., ¿las diez en punto?

-Me parece aceptable -contesta Vlad-. Ah, una cosa más.

-¿Sí? -pregunto.

-Ese anillo con el escarabajo que lleva en el meñique de la mano izquierda...

Se lo enseño.

-Es una preciosidad, ¿verdad?

-Le recomiendo encarecidamente que se lo quite y lo esconda en su escritorio antes de que aparezca el señor Renfield.

-¿Un cleptómano? -me asombro.

-Algo por el estilo -contesta Vlad.

En ese momento entra en el vestidor una chica de la Western Union y descarga una tonelada de telegramas encima de Vlad.

-¿Qué es esto? -pregunta.

-Significa que has dado en la diana, tronco -digo yo.

-¿Ah, sí?

-Abrelos y léelos -le animo.

Abre el primero, lo lee rápidamente y lo suelta como si fuera una patata caliente. Luego se refugia en un rincón, silbando como un neumático pinchado.

-¿Cuál es el problema? -digo, después de recoger el telegrama y leerlo: TE AMO Y QUIERO UN HIJO TUYO. AMOR Y XXX, KATHY.

-¡Cruces! -balbucea.

-¿Cruces? -repito, intentando entender por qué se ha asustado.

-Abajo -dice, señalando el telegrama con un dedo tembloroso.

-Son equis -le explico-. Quieren decir besos.

-¿Está seguro? -pregunta, todavía acurrucado en el rincón- A mí me parecen cruces.

-No -insisto, saco el bolígrafo y dibujo dos trazos en el telegrama-. Una cruz es así.

Grita y se encoge en posición fetal; me da la sensación de que ha esnifado un poco de coca, después de todo, o bien le ocurre que no encaja bien el éxito, de modo que me despido dando un beso a cada una de las chicas -tienen las mejillas tan frías como la mano de él, y tomo nota para quejarme del sistema de calefacción-, y me vuelvo a casa soñando con los millones que vamos a ganar en los próximos dos años.

Bueno, Renfield aparece a la mañana siguiente, a la hora en punto en que habíamos quedado, y me pregunto qué será lo que le preocupaba a Vlad, porque comparado con la mayoría de los tipos del heavy metal con los que tengo que tratar, no es más que un hombrecillo pacífico y nada prepotente. Charlamos, y me cuenta que su hobby es la entomología; puedo ver que dice la verdad porque su carita hogareña se ilumina como un árbol de Navidad cada vez que sale a relucir el tema de los escarabajos. Por fin, toma el dinero y se va.

En ese momento, un Mercedes me parece realmente muy poca cosa, y empiezo a pensar seriamente en la posibilidad de comprar en su lugar un Rolls Royce Silver Spirit, pero el hecho es que nunca he vuelto a ver a Vlad y las Empaladoras. Orgullo y Prejuicio consigue reunir la fianza, Cubos de Sangre sale libre por los pelos debido a una apreciación técnica del juez, y de repente me encuentro con que lo único que puedo ofrecer a mi nueva superestrella es un concierto patrocinado por un grupo parroquial local, y él lo rechaza; le llamo a su hotel para explicárselo, y me dicen que se ha marchado sin dejar ninguna dirección.

Hojeando Variety y Billboard, el año siguiente, veo que ha actuado en ciudades muy de segunda fila, como Soweto y Lusaka, y lo último que he sabido de él es que se dirigía a Kuwait City; y opino que es una lástima, con todo el dinero que podríamos haber ganado para los dos, pero jamás he podido entender a las estrellas del rock, y ese tipo era un poco más duro de mollera que la mayoría de ellos.

Bueno, tendrán que perdonarme, pero ahora tengo que marcharme. Voy a la primera audición de un nuevo grupo, Igor y los Ladrones de Tumbas, y no quiero llegar con retraso. Me han dicho que tienen mucho talento, pero que les falta vida. Sin embargo, qué diablos, nunca se sabe cuándo y dónde va a surgir el rayo que haga saltar de nuevo la chispa vital decisiva.

Mike Resnick

jueves, 13 de mayo de 2021

LA REINA Y LOS LIBROS

 

La semana siguiente pensaba dar el libro a una dama de compañía para que lo devolviera, pero al encontrarse prisionera de su secretario privado y verse obligada a repasar la agenda del día con mayor detalle de lo que ella consideraba necesario, zanjó la discusión sobre una visita al laboratorio de investigación viaria declarando de pronto que era miércoles y en consecuencia tenía que ir a cambiar el libro a la biblioteca ambulante. Su secretario privado, Sir Kevin Scatchard, un neozelandés sumamente concienzudo de quien se esperaban grandes cosas, se quedó solo recogiendo sus papeles y se preguntó para qué necesitaba la soberana una biblioteca ambulante cuando poseía tantas fijas.

Sin los perros, la visita fue algo más tranquila, aunque Norman era de nuevo el único prestatario.

—¿Qué le ha parecido, señora? —preguntó el señor Hutchings.

—¿Dame Ivy? Un poco seca. Y todo el mundo habla igual, ¿se ha dado cuenta?

—Para decirle la verdad, señora, nunca he leído más que unas pocas páginas. ¿Hasta dónde ha llegado Su Majestad?

—Oh, hasta el final. Cuando empezamos un libro lo terminamos. Nos han educado así. Libros, pan y mantequilla, puré de patatas: no hay que dejar nada en el plato. Siempre ha sido nuestra filosofía.

—En realidad no tenía que haber devuelto el libro, señora. Estamos reduciendo existencias y todos los libros de esa estantería son gratuitos.

—¿Quiere decir que podemos quedárnoslo? —Se apretó el libro contra el pecho—. Hemos hecho bien en venir. Buenas tardes, señor Seakins. ¿Más de Cecil Beatón?

Norman le mostró el libro que estaba examinando, en esta ocasión algo sobre David Hockney. Ella lo hojeó, mirando imperturbable los traseros de hombres jóvenes que salían de piscinas californianas o yacían juntos en camas deshechas.

—Algunas —dijo—, algunas no parecen del todo acabadas. Esta está muy borrosa.

—Creo que era su estilo entonces, señora —dijo Norman—. En realidad es muy buen dibujante.

La reina volvió a mirar a Norman.

—¿Trabajas en la cocina?

—Sí, señora.

No se había propuesto llevarse otro libro, pero decidió que ya que estaba allí era más fácil llevárselo que no, aunque se sentía tan perpleja como la semana anterior. Lo cierto era que no quería ningún libro y desde luego no quería otro de Ivy Compton-Burnett, que en conjunto era bastante difícil.

Fue pues una suerte que posara la mirada en un volumen reeditado de A la caza del amor, de Nancy Mitford. Lo cogió.

—Bueno. ¿No se casó su hermana con el fascista de Mosley?

El señor Hutchings dijo que creía que así era.

—Y la suegra de otra hermana en cambio era mi responsable de vestuario personal.

—Eso no lo sé, señora.

—Luego estaba aquella desgraciada que tuvo un lío con Hitler. Y una se hizo comunista. Y creo que había una más. ¿Pero ésta es Nancy?

—Sí, señora.

—Bien.

Las novelas rara vez tenían tan excelentes relaciones y la reina, en consecuencia, se sintió tranquilizada y entregó con cierta confianza el libro al señor Hutchings para que lo sellase.

A la caza del amor resultó ser una elección afortunada y, a su manera, memorable. Si Su Majestad hubiera escogido otro tostón, una de las primeras obras de George Eliot, pongamos, o una de las últimas de Henry James, lectora novata como era, habría podido abandonar la lectura para siempre y no habría aquí historia que contar. Habría pensado que los libros dan trabajo.

Así las cosas, pronto se enfrascó en la lectura de aquél, y al pasar por su dormitorio aquella noche, con la bolsa de agua caliente en la mano, el duque la oyó reírse a carcajadas. Asomó la cabeza por la puerta.

—¿Todo bien, abuela?

—Claro. Estoy leyendo.

—¿Otra vez? —dijo él, y se marchó moviendo la cabeza.

A la mañana siguiente despertó con un pequeño resfriado y como no tenía compromisos se quedó en la cama diciendo que quizá estuviera incubando una gripe. Era impropio de ella y además no era cierto; se trataba sólo de que quería seguir leyendo el libro.

«La reina tiene un ligero resfriado», fue la noticia comunicada al país, pero lo que no le dijeron y lo que la propia reina tampoco sabía era que constituía la primera de una serie de adaptaciones, algunas de gran alcance, que la lectura iba a ocasionar.

Alan Bennett, Una Lectora Nada Común

viernes, 16 de abril de 2021

EL FINAL DE TODAS LAS COSAS

 

                Enviado por Sergio:

Tras la expansión de los humanos por el espacio, la Unión Colonial se creó para ayudar a protegernos de un universo hostil. Pero usó la Tierra como fuente de reclutas hasta que sus habitantes dijeron: basta. Ahora, la Unión Colonial está en peligro: cuenta con un par de décadas antes de que las Fuerzas de Defensa Colonial se agoten y las colonias humanas en apuros sean vulnerables a los ataques alienígenas. En este universo colapsado, el teniente de la FDC Harry Wilson y los diplomáticos de la Unión Colonial trabajan a contrarreloj para descubrir quién está detrás de los ataques a la Unión y de los alienígenas. Si no encuentran el modo de encontrar la paz con una Tierra recelosa y enojada y mantener intacta la unión de la humanidad, se arriesgan al olvido y la extinción, y al final de todas las cosas.

Con este libro, John Scalzi pone de momento punto final a la serie La Vieja Guardia,  ambientada en el universo de la Unión Colonial, donde se recluta a los habitantes mayores de 75 años de la tierra como soldados para una expansión estelar, y se les da el cuerpo modificado de un joven de 20 años.

El libro está formado por 4 novelas cortas narradas en primera persona por diferentes protagonistas, y se centra en el conflicto entre Las Fuerzas Coloniales, la Tierra y la organización que reúne a centenares de especies alienígenas inteligentes, el Cónclave: La vida de la mente, Esta unión hueca, Puede perdurar en el tiempo, Sobrevivir o morir. El nexo de unión entre ellas, aparte de la trama y de algunos personajes ya conocidos de la saga, es una peculiar nave espacial, la Chandler, la nave que utilizarán Harry Wilson y el equipo de diplomáticos “apagafuegos” de la Unión Colonial para los que trabaja. Encontraremos humanos, alienígenas, especies invasoras, traidores, terroristas…

Estamos ante una novela típica del estilo de Scalzi: acción, humor basado en diálogos con chispa, buen ritmo, buenas ideas a nivel tecnológico... Cada relato se adapta a lo que está contando. Hay descripciones de la tecnología o de las especies alienígenas, hay planes que se traman y se llevan a cabo, hay lenguaje que se adapta a los políticos y diplomáticos, por lo que nos encontraremos con diálogos vacíos, personajes engolados y reuniones de despacho. Otros, por el contrario, estarán llenos de toques de humor, ironía o desesperación disfrazada de bravuconería.

 

domingo, 17 de febrero de 2019

BELCEBÚ SARCASMO



El reloj de péndulo que había sobre la cornisa de la chimenea puso en marcha sus engranajes rechinando. Se trataba de una especie de reloj de cuco, pero su artístico mecanismo representaba un pulgar dolorido sobre el que descargaba sus golpes un martillo.

—¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! —gritó.

Así pues, eran las cinco.

De ordinario, Belcebú Sarcasmo, Consejero Secreto de Magia, se ponía francamente de buen humor cuando lo oía dar las horas. Pero aquella tarde de San Silvestre le echó una mirada más bien pesarosa. Le hizo un gesto de rechazo con un leve movimiento de la mano y se dejó envolver por el humo de su pipa. Con el ceño fruncido, se sumió en sus cavilaciones. Sabía que le esperaba algo muy desagradable y que le iba a llegar muy pronto, a medianoche lo más tarde, al cambiar el año.

El mago estaba sentado en una cómoda butaca de orejas, que un vampiro muy dotado para la artesanía había fabricado personalmente, cuatrocientos años antes, con tablas de ataúdes. Los cojines estaban confeccionados con pieles de ogro, que, por el paso del tiempo, claro está, se hallaban ya un poco raídas. Este mueble era una herencia familiar y Sarcasmo lo tenía en gran estima pese a que, por lo demás, era de ideas más bien progresistas y estaba al día, cuando menos en lo que se refería a su actividad profesional.

La pipa en que fumaba representaba una calavera cuyos ojos, de cristal verde, se encendían con cada chupada. Las nubecillas de humo formaban en el aire figuras extrañas de los más diversos tipos: cifras y fórmulas, serpientes enroscándose, murciélagos, pequeños fantasmas y, sobre todo, signos de interrogación.

Belcebú Sarcasmo suspiró profundamente, se levantó y comenzó a caminar en su laboratorio de un lado para otro. Le iban a pedir cuentas, de eso estaba seguro. Pero ¿con quién tendría que vérselas? ¿Y qué podía aducir en su defensa? Y, sobre todo, ¿aceptarían sus motivos?

Su alta y esquelética figura se hallaba cubierta con una bata plisada de seda verde cardenillo (este era el color preferido del Consejero Secreto de Magia). Su cabeza, pequeña y calva, parecía apergaminada, como una manzana rugosa. Sobre su nariz aguileña se asentaban unas gafas enormes de montura negra y con unos cristales, fulgurantes y gruesos como lupas, que agrandaban sus ojos de forma poco natural. Las orejas le colgaban de la cabeza como el asa del cubo. Tenía la boca tan estrecha como si se la hubieran abierto en la cara con una navaja de afeitar. En resumidas cuentas, no era precisamente el tipo en el que se puede confiar a primera vista. Pero eso no le preocupaba lo más mínimo a Sarcasmo. Nunca había sido un personaje muy sociable. Prefería no dejarse ver y actuar en secreto.

Michael Ende, El Ponche de los Deseos

viernes, 15 de febrero de 2019

LA IMPORTANCIA DEL QUINCE DE FEBRERO


Todos los ex novios de Sandra creían en el azar, a pesar de que ella, psicóloga, tiene una mentalidad científica. El último la dejó el día siguiente a San Valentín, el año pasado. De modo que cuando esa fecha fatídica regresa, Sandra se pregunta si existe la fórmula exacta para dar con el hombre ideal. Inspirada por la paradoja de Fermi y por las obras de Isaac Asimov, tiene una revelación: utilizar los datos estadísticos de su trabajo para dar con la pareja perfecta.

Pero en ocasiones, ni los sistemas científicos ni las casualidades salen como una espera. A veces, lo importante es ser capaz de reconocer el amor cuando aparece, tener la valentía de enfrentarse a una misma y aceptar que las mejores cosas pueden llegar en el momento más inoportuno.

La última obra de Sofía Rhei es una novela de corte romántico con grandes dosis de humor, y esto lo que nos va a atrapar.

Comencemos con la protagonista, Sandra, una psicóloga que trabaja como analista de datos en una gran empresa; sumamente despistada, con grandes dosis de inseguridad y dispuesta a probar cualquier método para superar este problema. Tras ver un documental sobre el universo, decide llevar la estadística y el análisis de datos para encontrar un algoritmo para que una inteligencia artificial determine unas relaciones sentimentales exitosas, y para ello no dudará en robar las bases de datos de su empresa.

Le acompañan Sigmund, un felino un tanto capullo; su madre Maite, un tanto pasada de rosca en algunos aspectos, pues, cuando su marido la abandonó, decide adoptar a Isaac Asimov como padre de su hija; Rosa, una bibliotecaria minusválida en implacable con aquellos usuarios que no devolvían los libros a tiempo (genial su cita de La Historia Interminable); Gema, su compañera de trabajo, que la apoyará en su proyecto; Jorge, el friki informático un tanto rarito; Víctor, el hijo de la dueña de la empresa para la que trabaja Sandra, a quien le encanta la velocidad y no los negocios; Pablo, el nuevo novio de su madre, al que no quiere conocer…

viernes, 25 de enero de 2019

LOS MISTERIOS DE LA GATA HOLMES



            Enviado por Pedro:

El detective Katayama tiene dos importantes problemas que le impiden ser un policía de primera: por una lado siente pánico ante la sangre, solo con verla se desmaya. Por otro, es tan tímido que es incapaz de hablar con mujeres.

A pesar de esto, deberá unirse a la la investigación del asesinato de una universitaria y le será encomendada la vigilancia de una residencia femenina de la universidad.

Su vida dará un giro inesperado cuando conoce a un catedrático que tiene una mascota a la que llama Holmes y que, para sorpresa del detective, no es una gata corriente…

A partir de aquí nos encontramos con la desaparición del mobiliario de una sala de la residencia o la muerte del decano en una habitación cerrada.

Esta es la primera entrega de una conocida serie de libros de Jiro Akagawa que provocó que los aficionados a las novelas de misterio aumentara vertiginosamente en Japón. Una mezcla de comedia y misterio que se ha convertido en una obra emblemática para los lectores y que ha llevado a su personaje, la gata calicó Holmes a ser uno de los personajes más queridos y populares de la ficción nipona.

La historia se caracteriza por la vertiente cómica propiciada por muchas de las situaciones en las que se ve envuelto nuestro protagonista, y también la policiaca, con unas historias cargadas de crímenes y de detalles siniestros. Katayama es un personaje bastante curioso para su profesión: un detective de la policía atípico con fobias inconcebibles y un talante sin el arrojo de los detectives épicos, que han hecho que se gane el apodo de «princesita» entre sus compañeros. Luego tenemos la gata, Holmes, que conduce a nuestro protagonista a los distintos escenarios del crimen o le señala pistas o posibles sospechosos.

miércoles, 23 de enero de 2019

EL AÑO QUE NEVÓ EN ALABAMA


En Alabama no nevaba nunca y, sin embargo, el invierno en que mi padre tenía nueve años nevó. Caía la nieve en sucesivas capas blancas, endureciéndose tan pronto como tocaba el suelo, y acabó por cubrir el paisaje de puro hielo, donde no había forma de abrir brecha. Sorprendido bajo la tempestad de nieve estabas perdido; sobre ella, al menos te daba tiempo a reflexionar sobre tu inminente perdición.
Edward era un muchacho fuerte y silencioso con ideas propias, pero no se le ocurría rechistarle a su padre si había que echar una mano con cualquier tarea, reparar una cerca, atraerse a casa a un novillo descarriado. Cuando la noche de aquel sábado comenzó a nevar, y continuó nevando a lo largo de toda la mañana siguiente, Edward y su padre hicieron un muñeco de nieve, ciudades de nieve y otras construcciones, y sólo más tarde se dieron cuenta de la inmensidad y el peligro de la nevada que no cesaba.
Pero se dice que el muñeco de nieve de mi padre medía dos metros de algo, ni un centímetro menos. Para llegar tan arriba, mi padre diseñó un artefacto a base de ramas de pino y poleas, gracias al cual subía y bajaba a su antojo. Los ojos del muñeco eran viejas ruedas de carro, desechadas años atrás; su nariz, el remate de un silo; y su boca, curvada en una media sonrisa, como si le rondara por la cabeza una idea grata y divertida, estaba hecha de la corteza arrancada del costado de un roble.
Su madre estaba en casa, cocinando. Desde la chimenea se elevaba el humo en regueros de blanco y gris, que caracoleaban hacia el cielo. Oía la madre un distante picar y escarbar, al otro lado de la puerta, pero tan ajetreada andaba que apenas si le prestó atención. Ni siquiera levantó la vista cuando, media hora más tarde, entraron su marido y su hijo, sudorosos a pesar del frío.
—Nos hemos metido en un buen lío —dijo el marido.
—A ver —dijo ella—, cuéntame qué ha pasado.
Entretanto la nieve continuaba cayendo y la entrada volvía a estar casi bloqueada a pesar de que acababan de despejarla. Su padre empuñó la pala y abrió un pasadizo de nuevo.
Edward se quedó mirándolo: padre dando paletadas, la nieve cayendo, padre dando paletadas, la nieve cayendo, hasta que el mismísimo tejado de la cabaña empezó a crujir. Su madre descubrió un alud de nieve en el dormitorio. Decidieron que había llegado el momento de irse de casa.
Pero ¿a dónde? Todo el mundo viviente se había transformado en hielo, duro y de un blanco deslumbrante. Su madre empaquetó la comida que había preparado y recogió unas cuantas mantas.
Pasaron la noche en los árboles.
A la mañana siguiente era lunes. Dejó de nevar, salió el sol. La temperatura cayó por debajo de los cero grados.
—Ya es hora de que vayas a la escuela ¿no te parece, Edward? —dijo su madre.
—Supongo que sí —respondió Edward, sin preguntar nada. Y es que él era así.
Después del desayuno, bajó del árbol y caminó diez kilómetros hasta el pequeño edificio de la escuela. Por el camino vio a un hombre convertido en un bloque de hielo.
También él estuvo a punto de congelarse, pero no se congeló. Consiguió llegar. Un par de minutos antes de la hora de clase, de hecho.
Y ahí estaba el maestro, sentado sobre un montón de leña, leyendo. De la escuela sólo se veía la veleta, el resto estaba sepultado bajo la nevada del fin de semana.
—Buenos días, Edward —dijo el maestro.
—Buenos días —dijo Edward.
Y entonces se acordó: se le habían olvidado los deberes.
Volvió a casa a por ellos.
Es una historia verídica.

Daniel Wallace, El Gran Pez

domingo, 20 de enero de 2019

MIS COMPAÑEROS DE COLE


Yo soy este, nigel molesworth, el terror de San Custodio que es mi colejio. Es un sitio húmedo y cutre como voy a dejar claro (espero), aunque en realidad todos los colejios son iguales.

En San Custodio hay bastonazos, latín, geografía, historia, mates, geometría, direztores, un perro que vive en el colejio, salchichas misteriosas, mi hermano molesworth-2 y sobretodo PROFES por todas partes.

Lo único bueno de el colejio son los CHICOS que son nobles y balientes y no le tienen miedo a nada aunque tanbién hay enpollones, habusones, barbilindos, gordos y palurdos con los que no me queda mas remedio que tratar.

¡En realidad el colejio es un balle de lágrimas!


Es increíble que este tan feo no rompiera la camara cuando le hice la foto. Es peason mi mejor amigo. Eso significa que sienpre nos estamos peleando. En realidad no es mala persona, aunque sienpre nos estamos llamando cosas y entonces el otro dice eso lo serás tú eso lo serás tú eso lo serás tú etcetera, asta que los demas enpiezan a decir que se peleen que se peleen que se peleen y no nos queda mas remedio que sacudirnos.


Este es grabber que es el capitán de todos los equipos del colejio y se cree el mejor y el mas duro aunque una vez ganó un premio de trabajos manuales con rafia. Su padre es tope rico. Tiene un rols roiz. Con eso lo digo todo. Es mas grande que yo así que tengo que tener cuidao con él.


Este es el perro de nuestro colejio, pensando. Cuando le hice la foto estaba punto de hechar a correr por el campo de criquet para garrar la pelota. Luego mordió al hárbitro en una pierna. ¡Fue tope divertido! No es un mal perro aunque una vez en un partido de fútbol contra otro colejio nos marcó un gol en propia meta.


Este fotherington-tomas. Como veis salta a la conba como una niñita. Es un blandengue y un barbilindo. Le gusta leer rebistas y sospechamos que en su casa juega con muñecas. Sus personajes faboritos de los cuentos son sienpre los príncipes y si le digo que le voy a poner la cara como un pimiento rojo responde que me va a ignorar por dirigirme a él en términos tan inapropiados.


Siento reconocerlo pero este es molesworth-2, mi hermano. Es tanbién un blandengue llorica y me entristece pensar que conpartimos la misma sangre. Sienpre está zampando y molestando. Cuando fotherington tomas dice cosas como que en las profundidades del jardín de su casa viven hadas, molesworth-2 responde que en las profundidades del jardín de nuestra casa hay una montaña de basura y entonces le tiramos lonbrices para que se calle y pájaros muertos y cualquier otra cosa que tengamos a mano y una vez asta le tiramos el perro de el colejio. Reniego de él con toda mi alma.

Por su puesto hay mas personajes despreciables por aquí, pero creo que esto es bastante para hacerse una idea de como es San Custodio, que junto con los otros colejios que hay en inglaterra esplica como es hoy en día el país. No tengo nada mas que añadir sobre San Custodio con la excepción de que huele a tiza, a libros biejos de latín, a tinta china, a botas de fútbol sudadas y a alpiste.

Geoffrey Willans y Ronald Searle, ¡Abajo el colejio!