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domingo, 7 de enero de 2018

LA ADORACIÓN DE LOS REYES MAGOS


Hace buen rato que el pequeño sordomudo anda con sus trapos y su plumero entre las maderas del órgano: A sus pies, la nave de la iglesia de San Juan Bautista yace en penumbra. La luz del alba -el alba del día de los Reyes- titubea en las ventanas y luego, lentamente, amorosamente, comienza a bruñir el oro de los altares.
Cristóbal lustra las vetas del gran facistol y alinea con trabajo 1os libros de coro casi tan voluminosos como él. Detrás está el tapiz, pero Cristóbal prefiere no mirarlo hoy.
De tantas cosas bellas y curiosas como exhibe el templo, ninguna le atrae y seduce como el tapiz de La Adoración de los Reyes; ni siquiera el Nazareno misterioso, ni el San Francisco de Asís de alas de plata, ni el Cristo que el Virrey Ceballos trajo de Colonia del Sacramento y que el Viernes Santo dobla la cabeza, cuando el sacristán tira de un cordel.
El enorme lienzo cubre la ventana que abre sobre la calle de Potosí, y se extiende detrás del órgano al que protege del sol y de la lluvia. Cuando sopla viento y el aire se cuela por los intersticios, muévense las altas figuras que rodean al Niño Dios.
Cristóbal las ha visto moverse en el claroscuro verdoso. Y hoy no osa mirarlas.
Pronto hará tres años que el tapiz ocupa ese lugar. Lo colgaron allí, entre el arrobado aspaviento de las capuchinas, cuando lo obsequió don Pedro Pablo Vidal, el canónigo, quien lo adquirió en pública almoneda por dieciséis onzas peluconas. Tiene el paño una historia romántica. Se sabe que uno de los corsarios argentinos que hostigaban a las embarcaciones españolas en aguas de Cádiz, lo tomó como presa bélica con el cargamento de una goleta adversaria. El señor Fernando VII enviaba el tapiz, tejido según un cartón de Rubens, a su gobernador de Filipinas, testimoniándole el real aprecio. Quiso el destino singular que en vez de adornar el palacio de Manila viniera a Buenos Aires, al templo de las monjas de Santa Clara.
El sordomudo, que es apenas un adolescente, se inclina en el barandal. Allá abajo, en el altar mayor, afánanse los monaguillos encendiendo las velas. Hay mucho viento en la calle. Es el viento quemante del verano, el de la abrasada llanura. Se revuelve en el ángulo de Potosí y Las Piedras y enloquece las manti1las de les devotas. Mañana no descansarán los aguateros, y las lavanderas descubrirán espejismos de incendio en el río cruel. Cristóbal no puede oír el rezongo de las ráfagas a lo largo de la nave, pero siente su tibieza en la cara y en las manos, como el aliento de un animal. No quiere darse vuelta porque el tapiz se estará moviendo y alrededor del Niño se agitarán los turbantes y las plumas de los séquitos orientales.
Ya empezó la primera misa El capellán abre los brazos. y relampaguea la casulla hecha con el traje de una Virreina. Asciende hacia las bóvedas la fragancia del incienso.
Cristóbal entrecierra los ojos. Ora sin despegar los labios. Pero a poco se yergue, porque él, que nada oye, acaba de oír un rumor a sus espaldas. Sí, un rumor, un rumor levísimo, algo que podría compararse con una ondulación ligera producida en el agua de un pozo profundo, inmóvil hace años. El sordomudo está de pie y tiembla. Aguza sus sentidos torpes, desesperadamente, para captar ese balbucir.
Y abajo el sacerdote se doblega sobre el Evangelio, en el esplendor de la seda y de los hilos dorados, y lee el relato de la Epifanía.
Son unas voces, unos cuchicheos, desatados a sus espaldas. Cristóbal ni oye ni habla desde que la enfermedad le dejó así, aislado, cinco años ha. Le parece que una brisa trémula se le ha entrado por la boca y por el caracol del oído y va despertando viejas imágenes dormidas en su interior.
Se ha aferrado a los balaústres, el plumero en la diestra. A infinita distancia, el oficiante refiere la sorpresa de Herodes ante la llegada de los magos que guiaba 1a estrella divina.
- Et apertis thesaurus suis -canturrea el capellán- obtulerunt ei munera, aurum, thus et myrrham.
Una presión física más fuerte que su resistencia obliga al muchacho a girar sobre los talones y a enfrentarse con el gran tapiz.
Entonces en el paño se alza el Rey mago que besaba los pies del Salvador y se hace a un lado, arrastrando el oleaje del manto de armiño. Le suceden en la adoración los otros Príncipes, el del bello manto rojo que sostiene un paje caudatario, el Rey negro ataviado de azul. Oscilan las picas y las partesanas. Hiere la luz a los yelmos mitológicos entre el armonioso caracolear de los caballos marciales. Poco a poco el séquito se distribuye detrás de la Virgen María, allí donde la mula, el buey y el perro se acurrucan en medio de los arneses y las cestas de mimbre. Y Cristóbal está de hinojos escuchando esas voces delgadas que son como subterránea música.
Delante del Niño a quien los brazos maternos presentan, hay ahora un ancho espacio desnudo. Pero otras figuras avanzan por la izquierda, desde el horizonte donde se arremolina el polvo de 1as caravanas y cuando se aproximan se ve que son hombres del pueblo, sencillos, y que visten a usanza remota. Alguno trae una aguja en la mano; otro, un pequeño telar; éste lanas y sedas multicolores; aquél desenrosca un dibujo en el cual está el mismo paño de Bruselas diseñado prolijamente bajo una red de cuadriculadas divisiones. Caen de rodillas y brindan su trabajo de artesanos al Niño Jesús. Y luego se ubican entre la comitiva de los magos, mezcladas las ropas dispares, confundidas las armas con los instrumentos de las manufacturas flamencas.
Una vez más queda desierto el espacio frente a la Santa Familia.
En el altar, el sacerdote reza el segundo Evangelio.
Y cuando Cristóbal supone que ya nada puede acontecer, que está colmado su estupor, un personaje aparece delante del establo. Es un hombre muy hermoso, muy viril, de barba rubia. Lleva un magnífico traje negro, sobre el cual fulguran el blancor del cuello de encajes y el metal de la espada. Se quita el sombrero de alas majestuosas, hace una reverencia y de hinojos adora a Dios. Cabrillea el terciopelo, evocador de festines, de vasos de cristal, de orfebrerías, de terrazas de mármol rosado. Junto a la mirra y los cofres, Rubens deja un pincel.
Las voces apagadas, indecisas, crecen en coro. Cristóbal se esfuerza por comprenderlas, mientras todo ese mundo milagroso vibra y espejea en tomo del Niño.
Entonces la Madre se vuelve hacia el azorado mozuelo y hace un imperceptible ademán, como invitándolo a sumarse a quienes rinden culto al que nació en Belén.
Cristóbal escala con mil penurias el labrado facistol, pues el Niño está muy alto. Palpa, entre sus dedos, los dedos aristocráticos del gran señor que fue el último en llegar y que le ayuda a izarse para que pose los labios en 1os pies de Jesús. Como no tiene otra ofrenda, vacila y coloca su plumerillo al lado del pincel y de los tesoros.
Y cuando, de un salto peligroso, el sordomudo desciende a su apostadero de barandal, los murmullos cesan, como si el mundo hubiera muerto súbitamente. El tapiz del corsario ha recobrado su primitiva traza. Apenas ondulan sus pliegues acuáticos cuando el aire lo sacude con tenue estremecimiento.
Cristóbal recoge el plumero y los trapos. Se acaricia las yemas y la boca. Quisiera contar lo que ha visto y oído, pero no le obedece la lengua. Ha regresado a su amurallada soledad donde el asombro se levanta como una lámpara deslumbrante que transforma todo, para siempre.

Manuel Mujica Láinez, Misteriosa Buenos Aires

lunes, 6 de febrero de 2017

VAMOS DE EXCURSIÓN

     
         
          Este jueves nos vamos a Madrid con los Segundos de Bachillerato y con parte de los alumnos del S4B.
Por la mañana, en la facultad de Filología de la Complutense, asistiremos al espectáculo teatral España Siglo XX, interpretado por el grupo El Aedo Teatro. El curso pasado ya comentamos la obra y dimos nuestra opinión sobre ella; no hace falta decir que nos gustó, pues repetimos.
Por la tarde, nos espera el Museo del Prado: unos tendrán que atender a las pinturas que les entrarán en la EVAU; otros podrán aprender algo de mitología; los demás, nos conformamos con apreciar algunas obras maestras de nuestro arte.
Os dejo con dos textos. Con el primero de ellos, se abre la obra de teatro que vamos a ver. El segundo pertenece al escritor argentino Manuel Mújica Laínez, y es una invitación para encontrarnos con la magia del museo, donde por la noche los cuadros cobran vida.


INVOCACIÓN AL SIGLO XX

Con tornillos de hierro,
con olor a vapor,
con grasa en el pelo,
con cuchillos de acero clavados en el corazón entramos en ti.

A la luz del cinematógrafo,
al compás del Mecanógrafo,
al olvido del historiógrafo,
al instante del fotógrafo entrarnos en ti.

Inventando por última vez la ciudad,
desafiando a los dioses de arriba y abajo,
cambiando por armas la libertad,
entramos en ti vendiendo una vida por un trabajo.

Siglo XX.
Inventor dei hambre, arquitecto de guerra, maestro de perdición.
El siglo de todo lo que mis ojos alcanzan a ver.
El siglo en el que todo lo que mis ojos alcanzan a ver pudo ser destruido.
Eres todo tan de cerca y sin embargo nada alejando la mirada.

Eres abuelo, padre e hijo a la vez.
Por ti perdí mi Dios, mi partido y mi identidad.
En tus espejos me veo reflejado y no me reconozco.
Busco a tu Luna de plata y no sé dónde está.

Hago malabares con tres sombreros que por arte de magia se convierten en tres guerras.
Una escuadra esperando a la muerte de un siglo que parecía no acabar.
Sin esperanzas subo una escalera que me lleva a lo más bajo.
Me bajo al moro, me subo a Europa y no me consigo encontrar.

Desde aquí, Siglo XX, yo te invoco, buscando una segunda oportunidad.
Trae a mi memoria tu humo, tus máquinas y tu sangre
para que la Luna de plata vuelva a brillar.
Jesús Torres

VISITANDO EL MUSEO DEL PRADO


A poco que cae la tarde y que empieza a anochecer, los personajes de las pinturas y las estatuas del Museo del Prado, se desperezan y sacuden. Durante el día entero, permanecieron inmóviles, dentro de sus marcos o encima de sus pedestales, para admiración y tranquilidad de los turistas. Nadie, ni el estudioso más avizor, pudo advertir alguna mudanza en sus actividades a menudo embarazosas, tan habituados están a cumplir con la plástica tarea que les asignó la imaginación de sus creadores. Entonces descabalga el feroz caballero y cesa la fuga, en los óleos de Sandro Botticelli; suelta Velázquez el pincel, y las Meninas se frotan los brazos entumecidos; aletean los ángeles del Beato, de Van der Weyden, de Memling, de Correggio, de Tiépolo, se echan a volar, y concluyen posándose en las cornisas, donde dialogan con los extraños pájaros del Bosco; bosteza la Maja Desnuda; el Duque de Mantua, harto de acariciar el perrito que le acoló Tiziano, le ordena de mal modo que lo deje en paz; el Caballero de la Mano al Pecho la baja, cierra los dedos helados, los masajea y hace crujir; el Carro de Heno se pone pesadamente en marcha; Gioconda suspende la cansada, difícil sonrisa; los muchachos griegos de mármol estiran las piernas, y el más inclinado reanuda su queja cotidiana de cuánto le duele la cabeza de Antinoo que le injertaron en el cuello; Justino de Nassau guarda la llave de la ciudad de Breda, que diariamente entrega a Spínola en la gran tela de Las Lanzas; en el Jardín de Rubens se desquitan del obligado mutismo, con un parloteo que cacareo parece, por la contribución de tantas opulentas señoras; los Niños Jesús españoles, flamencos, italianos, juegan en el piso; descienden de las nubes las Inmaculadas; arrojan al suelo los fusiles, los del Tres de Mayo, y sus víctimas comentan lo bien que, una vez más, han mimado su patético cuadro vivo ante el público; el Emperador… Felipe II… Felipe III… Felipe IV… ¿a qué continuar?… Así y así, de sala en sala, en las rotondas, en las escaleras, en las galerías, las escenas se reproducen, como en innúmeros teatrejos de maravillosa hermosura, donde los actores lían los bártulos y se aprestan, luego del espectáculo, a vivir la vida, la supuesta verdadera vida. Sólo los guardianes previstos recorren con paso cadencioso los ambientes del Museo, en el transcurso de las horas de cierre. Controlan los relojes; verifican la normalidad de las obras expuestas, revisan rincón tras rincón; charlan en voz mesurada. El palacio impresiona con su grandeza vacía y con la fama y majestad de sus moradores. No advierten los custodios en sus rondas la vibración secreta que estremece a la asamblea ilustre, ni captan sus leves ademanes, sus reclamos, murmurios y frufrúes, porque toda esa conmoción se desarrolla en un plano inaccesible a sus sensaciones, y cada personaje esculpido o pintado es como el fantasma o la proyección de sí mismo, y al desgajarse del sitio glorioso que ocupa y en el Catálogo lo encierra, deja en su lugar una imagen (la imagen de una imagen), un quieto reemplazante exacto que engañará pasajeramente los alcances de la humana vigilancia. Ciertas noches, el novelista ha gozado de un privilegio singular. Ignora a quién o a qué lo adeuda. ¿Será a los propios y astutos residentes del Museo del Prado? ¿Lo habrán escogido a él, extranjero, habitante amistoso de un remoto país, para transmisor del misterio de su vida oculta, para testigo de la existencia doble que bulle dentro de los muros del palacio de Juan de Villanueva, como se elige la complicidad de un confesor desconocido? ¿Lo deberá a la decisión de la Musa que abre puertas inverosímiles, la Musa que conduce a infranqueables regiones? ¿Habrá en el Museo un funcionario con autoridad y poderes sobrenaturales? El novelista repite que lo ignora. En el espacio de esas noches encantadas, ha dado fe, simultáneamente, de la noble inercia de las pinturas y esculturas, fijas en sus puestos, y de las andanzas de quienes, para los demás imperceptibles, fluyen de la sustancia de las obras maestras. Y como es su oficio, el novelista cuenta aquí lo que vio y oyó.

Manuel Mujica Láinez, Un novelista en el Museo del Prado