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domingo, 18 de abril de 2021

SYBIL VANE

 Ha venido Sibyl Vane. No es la primera vez, pero cada día me pilla más cansada para la polémica. Se apoya en el respaldo del sofá con ojos perdidos en el vacío y gesto lánguido. Le hago una taza de té, suspira, se levanta.

-Anda, Sibyl -le digo-, tómate el té, mujer.

Se vuelve a reclinar en el sofá, sin mirarme.

-Hasta para respirar le necesito -dice.

-Eso no es verdad -le digo sonriendo-. Estás desmesurando las cosas. Ahora respiras y él no está aquí.

-Si, respiro -arguye-, pero respiro mal, como si una piedra me entorpeciera el paso del aire. Me gusta respirar y que me entre todo el aire del mundo, el de la primavera que se acerca, el del mar, el de la brisa de la noche, y saber que hay más reserva de aire para mañana y para siempre, que la muerte no va a llegar nunca, eso quiero.

Me deja un poco apabullada su perorata. Está ahora muy guapa Sibyl, con los ojos brillantes y el pecho agitado. Se lo digo, que su expresión ha revivido. Cuando entró estaba apagada y opaca, parecía una mujer vieja.

-Es que me gusta hablar de él -dice-. Es lo único que me gusta.

Luego se levanta y se mira en el espejo que hay encima del sofá, sonríe complacida y vuelve a su postura de antes.

-Me gustaría que él me viera ahora -dice suspirando-, contarle estas cosas que te cuento a ti.

-¿Por qué no lo haces, mujer? Eso de la reserva de aire para mañana y para siempre es muy poético y muy convincente. Seguro que lo entendería. Dices que él es una persona inteligente y que le gusta entenderlo y razonarlo todo. ¿Cómo es que no te entiende a ti?

-Porque a él no sé decirle estas cosas, sólo puedo mirarle. Digo para mis adentros: "Ahora le voy a explicar lo que siento, lo que me turban sus ojos", a cada momento lo pienso, pero lo voy dejando para luego.

Miro a Sibyl, que ha empezado a sorber su té y parece ahora una niña pequeña, le acaricio las puntas de los dedos.

-Si estuviera él aquí, ¿te tranquilizaría? -le pregunto.

-Sí -dice-, con tal de que te quedaras tú también y me dictaras lo que le tengo que ir diciendo, protegida por el tacto de tus manos.

Me echo a reír.

-Pero, Sibyl, estás loca. ¡Vaya un papel el mío! Preferirías que te cogiera las manos él, como es lógico, ¿no?

-Sí, claro -dice-. Sus manos las preferiría a las tuyas. Son ardientes y cautelosas. Pero a veces se las hielo sin querer, se las espanto, se echan a volar como pájaros bellos y desconocidos. Nunca se sabe cuándo se van a posar sobre mi cuello y a rozarlo, no sé pedirles que vengan. Si tú estuvieras conmigo cuando él aparece, sabría explicarle estas cosas, pero te vas, me dejas sola. Y yo no sé hablar como tú.. Todo lo enturbio con mis balbuceos y mis lágrimas. A él le gusta que me ría y que me olvide de él. Le gusta que haga teatro y que revolotee como antes, cuando se enamoró de mí y amaba mis discursos. Pero ahora no se, me encoge precisamente por lo mucho que le necesito, y así encogida no le puedo gustar. Ayúdame tú, por favor, a no necesitarle tanto, a él le gusta que sea yo, que no me confunda con él. Va a perder la paciencia.

Le he prometido a Sibyl ir con ella la próxima vez que se entreviste con ese hombre que le quita el aire. Se siente muy confortada y me pide que la deje dormir un poco. Le pongo una manta por los pies y la miro con envidia.

NOTA A LA EDICIÓN

Para el que no lo recuerde, le refrescaré la memoria sobre la heroína literaria que dio pie a esta fantasía para escribir este breve relato, del que no me acordaba, y que he encontrado perdido entre las páginas de un viejo cuaderno, fechado en febrero de 1975.

El nombre de Sibyl Vane aparece fugazmente en las páginas de la famosa novela de Oscar Wilde: "El retrato de Dorian Gray". Dorian se enamoró ardientemente de ella, al verla representar el papel de Julieta en un modesto y mal iluminado teatrucho de Londres, por entrar en el cual pagó una guinea. La encontró sagrada y divina. Posteriormente, cuando, después de haberles hablado de ella en términos encendidos a sus amigos, decidió pedirla en matrimonio y comprobó que Sibyl no sólo correspondía a su amor, sino que era la primera vez que se enamoraba de un hombre, volvió a verla actuar en compañía de lord Henry. La decepción de Dorian Gray y de su amigo fué total. Sibyl Vane, una vez que había conocido de verdad el amor, interpretaba a Shakespeare de forma desmañada, torpe y artificial. Julieta se había convertido en una muñeca de madera. Y la Sibyl Vane enamorada dejó de interesar a Dorian Gray y de enardecer su imaginación. No daba forma ni sustancia a las sombras del arte. Era una criatura vulgar, sin secreto. Y el cruel Dorian Gray la apartó de su vida.

Carmen Martin Gaite

 PREMIO PRÍNCIPE DE ASTURIAS 1988

PREMIO NACIONAL DE LAS LETRAS ESPAÑOLAS 1994

miércoles, 26 de abril de 2017

EL LIBRO DE LOS LIBROS


Este libro que descansa ahora tan amistosa y firmemente en sus manos es fruto de una de esas casualidades que determinan la vida secreta de los libros más que cualquier planificación. El pintor, dibujante e ilustrador Quint Buchholz se encontraba una tarde en nuestro despacho para mostrarnos sus trabajos, que, como sobrecubierta de muchos de nuestros libros, habían facilitado gracias a su imaginación poética el camino hasta el lector. Extendidas las hojas en el suelo, no fue difícil reconocer el motivo que las unía a todas: el propósito de representar el libro —o sus protoformas: el papel, la máquina de escribir, la pluma— justo en el instante en que éste recibe la historia y la transmite. Independientemente de los autores, Quint había dibujado la peripecia del libro, que va por el mundo recogiendo historias, o repartiéndolas, o haciéndolas enmudecer. Con su peculiar estilo, había dibujado una Historia de la Literatura como sucesión de los motivos necesarios para el nacimiento y la supervivencia de la misma. ¿Qué resultaba más adecuado, pues, que recurrir a unos autores para que escribieran las historias que yacían implícitas en los dibujos de Quint?Enviamos un dibujo de Quint a cuarenta y seis autores de países distintos, con la petición de que escribieran el texto oculto en él. Todos colaboraron. Y así surgió este libro. Un libro revelador de muchos aspectos de la escritura y de la lectura, y que es un homenaje a un gran artista, que sigue tejiendo de forma tradicional la vieja historia que sólo puede encontrarse entre las dos tapas de un libro.

Michael Krüger

En el invierno de 1996, el escritor y editor Michael Krüger distribuyó entre un total de cuarenta y seis escritores de diferentes países del ámbito occidental un número igual de dibujos del ilustrador Quint Buchholz. Los dibujos tenían un tema común: el libro. Los autores devolvieron a Krüger cuarenta y seis textos referidos a las ilustraciones que les habían correspondido. El resultado es, naturalmente, un libro. Se publicó bajo el título de El libro de los libros, como si fuera la Biblia.

Entre los autores elegidos, figuran nueve españoles, y de sus trabajos quiero hablar, más incitado por la curiosidad que por el análisis, más por su sugerencia que por su resultado.

Dos de ellos son poetas, Ana María Moix y José Agustín Goytisolo. Ambos se han movido hacia la descripción —en esto, con dos excepciones— han coincidido con los narradores. La de José Agustín encierra un movimiento de conciencia de fuerzas opuestas (soledad-gratitud); la de Ana María se asienta en la duda o, mejor dicho, asienta una duda. Ambas son una poesía expositiva y hasta razonada, más propia, quizá, de un narrador que de un lírico, lo que les concede una gracia muy especial.

Los narradores también se apuntan mayoritariamente a la duda, pero lo hacen desde enfoques muy distintos.

Eduardo Mendoza y Javier Tomeo consideran abiertamente la intención del dibujo y, cuando apuntan un sentido, lo hacen con afán de solucionar y cerrar el asunto, pero el primero por ironía, y el segundo por deseo indisimulado, cierran la interpretación del dibujo en una sola dirección, aunque no firman una conclusión.

En cierto modo, Juan Marsé camina por esa senda, pero en cambio nos ofrece una interpretación del dibujo que le ha correspondido mucho más decidida, apuesta por un sentido y lo establece; la sugerencia está más en la descripción que en el resultado, porque éste se ofrece sin tapujos y con decisión: este dibujo contiene esta intención y punto.

Ana María Matute ataca un tema literario por excelencia: la observación de uno mismo, el desdoblamiento, mas con un matiz realmente inquietante: lo que observa es su propia ausencia del lugar que mira. «Ahí he estado y ya no estoy y eso es lo que estoy viendo», dice. Lo cual potencia, de modo extraordinario, a la imagen que le sirve de base (el globo que se aleja, los objetos que permanecen) dotándola de un fuerte dramatismo: podríamos decir que con ello devuelve a esa imagen, en un acto de gratitud artística, la sugerencia que ella le ha ofrecido.

Carmen Martín Gaite y Javier Marías apuestan decididamente por entrar en el misterio que la imagen contiene, pero lo hacen de manera muy distinta. Marías fía su trabajo al estilo y desgrana una serie de consideraciones trabadas precisamente sobre el misterio, misterio que concede de antemano a la imagen. Una vez concedido, el estilo trabaja y la voz se hace con el protagonismo de la situación: el resultado final hace que el misterio se traslade a lo que la voz dice, mientras la imagen parece alejarse, como la misma barca y su barquero. Martín Gaite logra un texto en el que, siendo absolutamente fiel al dibujo, logra doblar la sensación de misterio de éste con la de su propia escritura. Su método es, aparentemente, sencillo: da sentido a esa cama que vuela donde un padre lee a su hija un libro y les acompaña el osito de peluche; en cierto modo, diría que, para dar sentido a esa imagen fantástica, logra con decisión y desparpajo un equivalente al que Buchholz consigue por medio del ave que vuela; ambos normalizan así en el terreno de la sugerencia fantástica la relación entre realidad y fantasía, entre vuelo y tierra; pero Carmen, en un golpe de genialidad, riza el rizo y se hace con la situación; de un golpe, en dos frases, establece, entre la fantasía y la realidad, el reino del sueño y el lector se pregunta, admirado, si no es él mismo quien está soñando este texto desde su propia infancia a la vez que desde su propia madurez. Y ésa es la inquietud dramática que al final persiste.

Por último, Gustavo Martín Garzo opera también sobre el sueño, pero al contrario. Las dos personas que hablan —pues se trata de un diálogo— viven una historia que está fuera del dibujo inspirador y, de hecho, el dibujo (o, mejor dicho, la referencia al dibujo, hecha en forma de sueño: ese dibujo ha sido soñado por uno de los dos) es algo que existe independientemente de los dos. Sólo que, de pronto, se enreda en esa relación porque se vuelve anecdóticamente necesario que así sea. Entonces, en el momento en que sirve para «representar» la relación, no sólo adquiere sentido sino que, devuelto al lector, revela toda su cualidad de misterio, ya que éste ha atravesado y llenado de belleza y de intensidad dramática la escena de Quint Buchholz. Un instante de analogía transforma una imagen en una imagen del mundo.

¿Qué sucede con estas nueve miradas a nueve dibujos? Sucede que, al poner en marcha a nueve escritores, ha creado nueve formas de acercamiento a la realidad o, yo lo prefiero así, nueve formas de percepción de la realidad resueltas por medio de la escritura. Una realidad que, en este caso, viene servida por la imaginación de Buchholz, lo que hace doblemente atractiva la situación. En mi opinión, estos nueve textos breves, juntos, contienen mucha más información sobre el modo en que la escritura crea su propio mundo y establece sus reglas que otras muchas consideraciones acerca de la técnica narrativa. Sólo hay que saber leer y ver. La ocasión, como dice el dicho, la pintan calva.

José María Guelbenzu


jueves, 6 de abril de 2017

¡¡¡QUIERO LA RECETA!!!


                Esta mañana, en el Día de Actividades Extraescolares, hemos convocado como otros años un concurso de tartas. Pero… había una pequeña diferencia con respecto a otros años, tenían que ser tartas con motivos literarios.


                Y nuestros alumnos, como siempre, nos han sorprendido: han hecho más de las que esperábamos, y algunas de ellas, la verdad, muy trabajadas. Ha sido tal la sorpresa, que hemos decidido dar un pequeño obsequio a todos los participantes y establecer varios premios.


                ¿Adivináis cuáles han ganado?

                Alguna estaban tan apetitosas que me gustaría conocer la receta. Y eso me recuerda un fragmento, al comienzo, de Caperucita en Manhattan de Carmen Martín Gaite:

Su madre, la señora Vivian Allen, se dedicaba por las mañanas a cuidar ancianos en un hospital de ladrillo rojo rodeado por una verja de hierro. Cuando volvía a casa, se lavaba cuidadosamente las manos, porque siempre le olían un poco a medicina, y se metía en la cocina a hacer tartas, que era la gran pasión de su vida.

La que mejor le salía era la de fresa, una verdadera especialidad. Ella decía que la reservaba para las fiestas solemnes, pero no era verdad, porque el placer que sentía al verla terminada era tan grande que había acabado por convertirse en un vicio rutinario, y siempre encontraba en el calendario o en sus propios recuerdos alguna fecha que justificase aquella conmemoración. Tan orgullosa estaba la señora Allen de su tarta de fresa que nunca le quiso dar la receta a ninguna vecina. Cuando no tenía más remedio que hacerlo, porque le insistían mucho, cambiaba las cantidades de harina o de azúcar para que a ellas les saliera seca y requemada.

—Cuando yo me muera —le decía a Sara con un guiño malicioso—, dejaré dicho en mi testamento dónde guardo la receta verdadera, para que tú le puedas hacer la tarta de fresa a tus hijos.


Carmen Martín Gaite, Caperucita en Manhattan







Así es como han terminado:

 


Y éste es el "ninot" que se ha salvado de la "quema":

miércoles, 11 de enero de 2017

SIEMPRE ME HA GUSTADO OÍR HABLAR A LA GENTE,


se tratase o no de palabras dirigidas a mí. Pero oír hablar a una persona es también verla hablar, descubrir las huellas del cuento en el rostro que lo emite. Esto lo observé desde muy niña y me resultaba un incomparable aliciente -que no he perdido- mirar a la cara de quien estaba contando algo, porque las transformaciones que acarreaba lo dicho en la expresión del hablante era como un segundo texto sin cuyo complemento se desvanecía y oscurecía el primero, hasta el punto de que a veces, si no había asistido como testigo presencial a la gestación de una perorata, narración o recado que otro me transmitía, solía preguntar casi indefectiblemente: “¿Con qué cara te lo dijo?”, como si ese dato de la expresión del rostro afectara no sólo al acontecimiento verbal mismo, sino a mis capacidades para descifrarlo y entenderlo correctamente. Pero la expresión oral que se plasmaba en el decir y el contar, además de ser un acontecimiento en el sentido de hecho que acontecía -y para mí uno de los más apasionantes- era también, como comprendí muy pronto, sustancia primordial que alimentaba los cuentos y conversaciones mismos, ya que en el seno de ellos se venían a reflejar continuamente, como en una perspectiva intrincada de espejos, otros cuentos y conversaciones anteriormente acontecidos y que el narrador rescataba.

Carmen Martín Gaite, El Cuento de Nunca Acabar.

miércoles, 22 de junio de 2016

FARFANÍAS


Antes del plano de Manhattan y de los libros de cuentos, el primer regalo que Sara había recibido del rey-librero de Morningside —cuando tenía sólo dos años— fue un rompecabezas enorme. Sus cubos llevaban en cada cara una letra mayúscula diferente, con el dibujo en colores de una flor, fruta o animal cuyo nombre empezara por aquella letra.
Gracias a este rompecabezas, Sara se familiarizó con las vocales y las consonantes, y les tomó cariño, incluso antes de entender para qué servían. Ponía en fila los cubos, les daba la vuelta y combinaba a su capricho las letras que iba distinguiendo unas de otras por aquellos perfiles tan divertidos y peculiares. La E parecía un peine, la S una serpiente, la O un huevo, la X una cruz ladeada, la H una escalera para enanos, la T una antena de televisión, la F una bandera rota. Su padre le había dado un cuaderno grande, con tapas duras como de libro, que le había sobrado de llevar las cuentas de la fontanería. Era de papel cuadriculado, con rayas rojas a la izquierda, y en él empezó a pintar Sara unos garabatos que imitaban las letras y otros que imitaban muebles, cacharros de cocina, nubes o tejados. No veía diferencia entre dibujar y escribir.
Y más tarde, cuando ya leía y escribía de corrido, siguió pensando lo mismo; o sea que no encontraba razones para diferenciar una cosa de otra. Por eso le gustaban mucho los anuncios luminosos que alternaban imágenes con letreros, marilines monroes apagándose y la marca de un dentífrico encendiéndose, en el mismo alero del mismo edificio altísimo, alumbrando la noche en un parpadeo que pasaba del oro al verde, casi a la vez. Porque las letras y los dibujos eran hermanos de padre y madre: el padre el lápiz afilado y la madre la imaginación.
Las primeras palabras que escribió Sara en aquel cuaderno de tapas duras que le había dado su padre fueron río, luna y libertad, además de otras más raras que le salían por casualidad, a modo de trabalenguas, mezclando vocales y consonantes a la buena de Dios. Estas palabras que nacían sin quererlo ella misma, como flores silvestres que no hay que regar, eran las que más le gustaban, las que le daban más felicidad, porque sólo las entendía ella. Las repetía muchas veces, entre dientes, para ver cómo sonaban, y las llamaba «farfanías». Casi siempre le hacían reír.
—Pero ¿de qué te ríes? ¿Por qué mueves los labios? —le preguntaba su madre, mirándola con inquietud.
—Por nada. Hablo bajito.
—¿Pero con quién?
—Conmigo; es un juego. Invento farfanías y las digo y me río, porque suenan muy gracioso.
—¿Que inventas qué?
—Farfanías.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Nada. Casi nunca quieren decir nada. Pero algunas veces sí.
—Dios mío, esta niña está loca.
Sara fruncía el ceño.
—Pues para otra vez no te cuento nada. ¡Ya está! (…)
A Rod Le estorbaba todo lo que tuviera que ver con la letra impresa, y a Sara nunca se le ocurrió compartir con él el lenguaje de las farfanías, que ya al cabo de los cuatro primeros años de su vida contaba con expresiones tan inolvidables como «amelva», «tarindo», «maldor» y «miranfú». Eran de las que habían sobrevivido.
Porque unas veces las farfanías se quedaban bailando por dentro de la cabeza, como un canturreo sin sentido.
Y ésas se evaporaban en seguida, como el humo de un cigarrillo. Pero otras permanecían tan grabadas en la memoria que no se podían borrar. Y llegaban a significar algo que se iba adivinando con el tiempo. Por ejemplo, «miranfú» quería decir «va a pasar algo diferente» o «me voy a llevar una sorpresa».
La noche que Sara inventó esa farfanía tardó mucho en dormirse. Se levantó varias veces de puntillas para abrir la ventana y mirar las estrellas. Le parecían mundos chiquitos y maravillosos como el del Reino de los Libros, habitados por gente muy rara y muy sabia, que la conocía a ella y entendía el lenguaje de las farfanías. Duendeci-llos que la estaban viendo desde tan lejos, asomada a la ventana, y le mandaban destellos de fe y de aventura. «Miranfú —repetía Sara entre dientes, como si rezara—, Miranfú.» Y los ojos se le iban llenando de lágrimas.

Carmen Martín Gaite, Caperucita en Manhattan


PREMIO PRÍNCIPE DE ASTURIAS 1988
PREMIO NACIONAL DE LAS LETRAS ESPAÑOLAS 1994

sábado, 5 de abril de 2014

CAPERUCITA EN MANHATTAN

Enviado Por Juan Diego, S3C:

Sara Allen es una niña que vive en Nueva York. Forma parte de una familia sencilla que vive en el barrio de Brooklyn. Su padre es fontanero y su madre, Vivien, cuida ancianos durante las mañanas en una residencia. Sara es lectora empedernida y tiene una imaginación voraz que la lleva a inventar historias protagonizadas por ella misma, a dibujar, a inventar un vocabulario nuevo… Sara tiene una fantástica abuela a la que adora, Rebecca, que en su juventud fue actriz y que es una mujer librepensadora, divertida y vitalista. Todos los sábados la madre, mujer miedosa y convencional, lleva a la niña, vestida con su bonito anorak rojo, a Manhattan a visitar a su abuela y a llevarle una suculenta tarta de fresas cuya misteriosa receta nunca ha salido de la familia. Si su madre mira al mundo exterior con recelo, Sara lo hace con interés, deseando conocerlo todo.

Cierto día los padres se ven obligados a abandonar la casa y dejar a Sara a cargo de unos vecinos por unos días. Sara se escapa y decide ir a Manhattan ella sola para llevar tarta a su abuela. En el metro conoce a Miss Lunatic, cuando estaba llorando llena de remordimientos. Miss Lunatic es una vagabunda extravagante y se hacen amigas. Ella será la introductora de Sara a través de su viaje iniciático por el “bosque” neoyorquino. Más adelante Sara conoce al triste Mister Woolf, pastelero millonario y codicioso que pretende apoderarse de la receta de la estupenda tarta de fresas y para ello pretende engañar a la niña convenciéndola para que vaya a casa de la abuela en su limusina dando un largo rodeo que le facilitará a él ir por el camino más corto y conseguir la receta. La historia, a diferencia de las historias fantásticas que terminan recuperando la realidad y que tanto disgustaban a Sara, termina dentro del mundo de los sueños: Mister Woolf acaba bailando con la abuela, de la que fue secreto admirador cuando era actriz, y Sara utiliza una misteriosa moneda que le ha dado Miss Lunatic para llegar a la estatua de la Libertad donde intuimos que podrá vivir extraordinarias aventuras.

Caperucita es un clásico de la literatura sobre la iniciación a la vida adulta, sobre los peligros a los que tenemos que hacer frente y la exigencia de hacerlo en libertad y soledad.  Lautora recrea esta historia y la adapta a la sociedad en la que vivimos, con una Caperucita que es una niña de hoy y que se mueve en un bosque muy diferente (Manhattan), aunque también se encontrará con los personajes del famoso cuento, aquí completamente diferentes: miss Lunatic, mister Wolf, etc. 

Es un libro fácil de leer con un lenguaje familiar, y bastante motivador, que te invita a seguir leyendo

PREMIO PRINCIPE DE ASTURIAS DE 1988
PREMIO NACIONAL DE LAS LETRAS ESPAÑOLAS 1994