lunes, 15 de noviembre de 2021

INSTRUCCIONES

 


Toca la valla de madera que ves en la pared

y que nunca antes habías visto

Di «por favor» antes de abrir la puerta,

entra,

baja por el sendero.

La puerta principal está pintada de verde,

y tiene una aldaba,

un diablillo de bronce rojo;

no lo toques, te morderá los dedos.

Date una vuelta por la casa.

No cojas nada. No comas nada.

No obstante,

si una criatura te dice que tiene hambre,

dale de comer.

Si te dice que está sucia,

lávala.

Si se queja de dolor,

y siempre que puedas,

alivia su sufrimiento.

Desde el jardín trasero podrás divisar el bosque.

Pasarás junto a un pozo muy hondo que lleva a los dominios del Invierno:

lo que hay allá en el fondo es otro país distinto.

Si al llegar a este punto das media vuelta,

podrás regresar sin correr ningún peligro;

no te supondría el menor desdoro.

No voy a pensar mal de ti.

Cuando llegues al final del jardín te encontrarás en el bosque.

Es un bosque centenario.

Oculto en la maleza, alguien te vigila.

Una viejecita está sentada bajo un árbol sarmentoso.

Puede que te pida algo;

dáselo.

ella te señalará el camino que lleva hasta el castillo.

En su interior hay tres princesas.

No te fíes de la más joven.

Sigue caminando.

En el claro que hay más allá del castillo verás

a los doce meses del año sentados alrededor del fuego,

calentando sus pies mientras intercambian cuentos.

Pueden hacerte algún que otro favor, si les tratas con cortesía.

Quizá puedas coger fresas en la escarcha de Diciembre.

Confía en los lobos,

pero no les digas a dónde vas.

Para cruzar el río toma el ferry.

El patrón te llevará.

(La respuesta a su pregunta es ésta:

Si le pasa el remo a su pasajero,

Él quedará libre y podrá abandonar el barco.

Pero asegúrate de estar a una distancia prudente cuando se lo digas.)

Si un águila te regala una pluma,

guárdala bien.

Recuerda:

los gigantes tienen el sueño muy pesado;

la codicia es la perdición de las brujas;

los dragones tienen un punto débil,

no sabría decir cuál, pero todos lo tienen;

los corazones pueden estar muy bien escondidos,

y tu lengua podría delatarlos.

No envidies a tu hermana:

soltar rosas y diamantes por la boca

no es menos molesto que soltar sapos y culebras:

los diamantes son fríos y duros, y además cortan.

Recuerda tu nombre.

No pierdas la esperanza: encontrarás lo que buscas.

Confía en los fantasmas.

Confía en aquellos a quienes has ayudado,

porque te ayudarán a su vez.

Ten fe en los sueños.

Ten fe en tu corazón, y también en tu historia.

Cuando regreses, vuelve por donde viniste.

Todo favor será correspondido, toda deuda será liquidada.

Cuida siempre tus modales.

No mires atrás.



Cabalga sobre el águila sabia (no te caerás)

Cabalga sobre el pez de plata (no te ahogarás)

Cabalga sobre el lobo gris (agárrate bien a su pelo).

Hay una lombriz en el corazón de la torre;

por esa razón acabará desplomándose.

Cuando llegues a la casita

Donde comenzó tu viaje,

la reconocerás de inmediato,

pero se te antojará mucho más pequeña que al principio.

Sube por el sendero,

cruza la puerta que da al jardín

y que nunca habías visto antes de iniciar el viaje.

Ahora ya puedes volver a tu hogar.

O fundar uno nuevo.

O descansar.

Neil Gaiman

 

domingo, 14 de noviembre de 2021

HACIA CERO

 

Casi todas las personas que se hallaban reunidas alrededor de la chimenea eran abogados o tenían interés por la Ley. Estaban: Martindale, Rufus Lord, K. C., el joven Daniels, que se había hecho famoso con el caso Castairs, varios abogados más, el Magistrado del Supremo Cleaver, Lewis, de la firma Lewis & Trench, y el anciano señor Treves. El señor Treves andaba cerca de los ochenta, unos ochenta llenos de madurez y de experiencia. Era el miembro más famoso de una famosa firma de abogados. Había resuelto fuera de los tribunales innumerables casos delicados, se decía que sabía más secretos de familia que ningún otro hombre de Inglaterra y estaba especializado en criminología.

Algunas personas irreflexivas opinaban que el señor Treves debía escribir sus memorias. El señor Treves, con mejor juicio, opinaba que sabía demasiado para ello.

Aunque retirado del ejercicio de su profesión desde hacía mucho tiempo, no había en toda Inglaterra opinión más respetada que la suya por sus propios colegas. Cuando hablaba, con su voz fina y precisa, siempre se producía a su alrededor un silencio respetuoso (...)

—Estaba pensando —dijo el señor Treves— no tanto en las cuestiones legales que se suscitaron, aunque son muy interesantes… Muy interesantes… Si el veredicto hubiera sido al contrario, creo que habría habido base sobrada para una apelación… Pero no voy a empezar con eso ahora. Estaba pensando, como les decía, no en las cuestiones legales sino en… bueno, en las personas que intervinieron en el caso.

Todos se quedaron asombrados. Sólo habían considerado a las personas del caso desde el punto de vista de su credulidad o en su categoría de testigos. Ninguno de ellos había llegado ni siquiera a hacerse la menor consideración sobre si el acusado sería culpable o tan inocente como el tribunal lo había declarado.

—Seres humanos —dijo pensativo el señor Treves—. Seres humanos. De todas clases, especies, formas y tamaños. Gentes de todas partes, de Lancashire, de Escocia, aquel propietario del restaurante de Italia, y aquella maestra de escuela de no sé dónde en el Medio Oeste. Todos cogidos y atrapados en la red y, por último, reunidos ante un tribunal de Londres, en un día gris del mes de noviembre, Cada uno de ellos contribuyendo con su poquito. Y la cosa vino a tener su culminación en un juicio por asesinato.

Hizo una pausa y empezó a tamborilear suavemente en una de sus rodillas.

—A mí me gustan las buenas novelas policíacas —dijo—. Pero opino que empiezan donde no deben. Empiezan con el asesinato. Pero el asesinato es el fin. La historia empieza mucho antes, con todas las causas y acontecimientos que reúnen a determinadas personas en determinado lugar, a una hora determinada de un día determinado. Fíjense en la declaración de aquella muchachita… Si la pinche no le hubiera quitado el novio, ella no hubiera dejado la casa en un arranque de genio, no hubiera ido a parar a casa de los Lamorne y no hubiera sido el principal testigo de la defensa. Y ese Giuseppe Antonelli, viniendo a ocupar el puesto de su hermano durante un mes… El hermano es cegato como un topo… No hubiera visto lo que vieron los ojos agudos de Giuseppe. Si al policía no le gustara la cocinera del Cuarenta y ocho, no hubiera llegado tarde a hacer su ronda…

El señor Treves confirmó sus palabras moviendo suavemente la cabeza.

—Todos convergiendo en un punto dado… Y luego, llega la hora… ¡La hora cero! Sí, todos encontrándose en la hora cero…

Tras una breve pausa, repitió:

—La hora cero… (…)

Se sentó enfrente del fuego y cogió el correo.

En su mente seguía dándole vueltas la idea que había esbozado en el club.

—Incluso en este momento —se dijo el señor Treves—, algún drama, algún crimen futuro, está en curso de preparación. Si yo escribiera una de esas historias tan divertidas de sangre y de crimen, empezaría ahora, con un caballero anciano sentado frente al fuego, abriendo sus cartas y dirigiéndose sin saberlo él mismo hacia la hora cero…

Agatha Christie, Hacia cero

jueves, 11 de noviembre de 2021

CRISTINA PERI ROSSI, PREMIO CERVANTES 2021

 


    La escritora uruguaya Cristina Peri Rossi ha obtenido el Premio Cervantes 2021 por su trayectoria como una de las grandes vocaciones literarias de la actualidad en una gran variedad de géneros, por su ejercicio constante de exploración y crítica y por su compromiso con temas como la condición de la mujer y la sexualidad.

    El jurado ha otorgado el premio a la autora uruguaya por «reconocer en ella la trayectoria de una de las vocaciones literarias de nuestro tiempo y la envergadura de una escritora capaz de plasmar su talento en una pluralidad de géneros».

MONA LISA

La primera vez que vi a Gioconda, me enamoré de ella. Era un otoño vago y brumoso; a lo lejos se diluían los perfiles de los árboles, de los lagos planos, como sucede en algunos cuadros. Una bruma ligera que enturbiaba Jos rostros y nos volvía vagamente irreales. Ella vestía de negro (una tela, sin embargo, transparente) y creo que alguien me contó que había perdido un hijo. La vi de lejos, como sucede en las apariciones, y desde ese instante, me volví extremamente sensible a todo lo que tuviera que ver con ella. Vivía en otra ciudad, según supe; a veces, realizaba cortos paseos, para mitigar su pena. De inmediato —y a veces, muy lentamente— supe qué cosas prefería, evoqué sus gustos aun sin conocerlos y procuré rodearme de objetos que la complacerían, con esa rara cualidad del enamorado para advertir pequeños detalles, como el coleccionista minucioso. Yo me volví un coleccionista, a falta de ella, buscando consuelo en cosas adyacentes. Nada hay superfluo para el amante. Giocondo, su marido, estaba en conflicto con un pintor, según me enteré; era un comerciante próspero y basto, enriquecido con el tráfico de telas y, como toda la gente de su clase, procuraba rodearse de objetos valiosos, aunque regateara el precio. Pronto averigüé el nombre de la ciudad donde vivían. Era un nombre sonoro y dulce; me sorprendí, porque debí suponerlo. Una ciudad de agua, puentes y pequeñas ventanas, construida hacía muchos siglos por mercaderes, antepasados de Giocondo, quienes, para competir con los nobles y con los obispos, contrataron a pintores y arquitectos para embellecerla, como hace una dama con sus doncellas. Habitaba un antiguo palacio, reconstruido, en cuya fachada había mandado realizar incrustaciones de oro. Sin embargo, mi informante me hizo notar que lo más bello de la fachada del palacio era un pequeño paisaje, una acuarela protegida por un marco de madera, que representaba la campiña y en medio un lago vaporoso, donde, apenas insinuado, levitaba un esquile. «Eso, seguramente, lo ha mandado hacer Gioconda», pensé, para mis adentros.

Desde que la vi, debo confesar que duermo poco. Mis noches están llenas de excitación: como si hubiera bebido demasiado o ingerido alguna droga enervante, cuando me acuesto mi imaginación despliega una actividad febril y poco ordenada. Elaboro ingeniosos proyectos, cultivo miles de planes, zumban mis ideas como abejas ebrias, la excitación es tan intensa que transpiro y me lanzo a comenzar diversas tareas que interrumpo, solicitado por otra, hasta que de madrugada, extenuado, me duermo. Mis despertares son confusos y poco recuerdo de lo que proyecté en la noche; me siento deprimido hasta que la visión de Gioconda —no soy un dibujante del todo malo y debo confesar que he realizado varios apuntes de su rostro, a partir del recuerdo de la primera vez que la vi— devuelve sentido a mis días y me alegra, como una secreta pertenencia. He descuidado por completo a mi mujer; ¿cómo explicarle lo sucedido, sin traicionar a Gioconda? Pero ya no comparto su lecho, y procuro pasar todo el tiempo afuera, perdido entre los bosques que se dibujan tenuemente en la bruma del otoño. Esos bosques leves y esos lagos que evoqué la primera vez que vi a Gioconda y que desde entonces acompañan todas mis representaciones de ella. Uno se enamora, también, de ciertos lugares que asocia indefectiblemente al ser amado y realiza febriles paseos por ellos, en soledad, pero íntimamente acompañado.

Procuro obtener noticias acerca de la ciudad en que vive, porque temo que algún peligro imprevisto la aceche. Imagino catástrofes terribles —erupciones de volcanes, maremotos, incendios, o locuras de los hombres: las ciudades, en nuestros días, compiten en agresividad y envidia—. Mentalmente, procuro contener las aguas de los ríos que la cruzan, y aprovecho para dar un paseo con ella por los puentes, esos deliciosos, íntimos y húmedos puentes de madera que crujen bajo nuestras plantas. (La primera vez que la vi, encandilado por la belleza de su rostro, no reparé, debo confesar, en sus pies. Ah, cómo nuestra observación tiene lagunas. Sin embargo, no es imposible reconstruirlos a partir de la perfección de las otras líneas. Ya sé que no siempre se cumple, en lo humano, esta armonía. Pero precisamente, en ella, lo asombroso, es el desarrollo sereno y armónico de los rasgos, uno a uno, por lo cual, visto un fragmento, es posible imaginar la totalidad).

No me preocupa, tampoco, el paso del tiempo. Demasiado sé que su belleza lo resistirá, dotada, como está, de un elemento de transparencia, una gracia interior que no depende de la sucesión de los otoños o del tránsito de los meses. Sólo un terrible daño provocado, la intervención de una mano asesina podría crispar esa armonía, y no temo por Giocondo: ocupado como está con sus transacciones económicas, indiferente a cualquier valor que no pueda atesorarse en arcas bien custodiadas, mantiene con ella un trato tan superficial como inofensivo. Lo cual me exonera, hasta cierto punto, de los celos.

Desde hace tiempo, me he convertido en un avaro. Hago toda clase de economías, para ahorrar el dinero que me permita realizar el viaje soñado. He dejado de fumar y de visitar la cantina, no me compro ropa y vigilo severamente la administración de la casa. Realizo yo mismo las pequeñas reparaciones necesarias en el hogar y aprovecho todas las cosas que los hombres no enamorados y disolutos desperdician, seguramente porque ya no sueñan. He estudiado minuciosamente las maneras de llegar a esa ciudad y sé que me falta poco para poder emprender el viaje. Esta ilusión llena de intensidad mis días. No intento, de ninguna manera, comunicarme con Gioconda. Con seguridad ella no reparó en mí, cuando la vi, ni hubiera reparado en hombre alguno: dominada por la pena, sus ojos miraban sin ver, contemplando, acaso, cosas que estaban en el pasado, que se encerraban en los lagos serenos donde yo no ceso de evocarla. Cuando mi mujer me interroga, contesto con frases vagas. No se trata sólo de conservar mi secreto: las cosas más profundas no resisten, casi nunca, su traducción en palabras.

Pero sé, estoy seguro de poder hallaría. Sus rasgos inconfundibles me estarán aguardando, en algún lugar de la ciudad. En cuanto a Giocondo, parece que continúa disputando con un pintor. Seguramente no ha querido pagar un cuadro o pretende desalojarlo de su taller, si aquél le debe algo. Giocondo tiene la insolencia de los ricos y el pobre pintor debe vivir de su trabajo. Miinformante asegura que el pleito dura ya cerca de tres años, y que el pintor ha jurado vengarse. ¿Qué dirá mi Gioconda, de todo esto? A pesar de la fama de interesadas que tienen las mujeres de esa ciudad, sé que ella permanece ajena a los negocios de su marido. La pérdida de su hijo es todavía reciente y no encuentra consuelo. Giocondo procura entretenerla alquilando músicos que cantan y bailan en su jardín, pero ella parece no oírlos. Lánguida Gioconda, a pesar del escote. Lamentablemente, no soy músico; de lo contrario, tal vez, tendría acceso a tu palacio. Tañería la flauta como nadie lo ha hecho hasta ahora, evocando los lagos y los bosques por donde sueles pasear, en otoño, lagos como suspendidos donde a veces levita un esquife. Compondría versos y sonatas hasta que tú, suavemente, sonrieras, casi sin querer, como una pequeña recompensa a mi tarea. Ah, esa sonrisa, Gioconda, sería un leve compromiso, la certeza de haber oído.

********************

He llegado a la ciudad de los puentes, de los lagos circulares y los bosques llenos de bruma que se pierden en el horizonte, entre nubes calmas. He paseado por sus calles angostas y sinuosas, con sus perros lanudos y sus mercados repletos de frutas doradas y telas sedosas. Por doquier se trafica; brillan las naranjas, los peces recién arrancados al mar, zumban las ofertas de los mercaderes, ávidos compradores auscultan vasijas de oro, adquieren suntuosas joyas minuciosamente engarzadas, disputan por una pieza valiosa. Las calles están húmedas y a lo lejos se dibujan bosques vagarosos.


De inmediato, busqué quien pudiera darme informes sobre la familia Giocondo. No fue difícil: todo el mundo los conoce, en esta ciudad, aunque por una misteriosa razón, cuando los interrogaba, querían evitar el tema. He ofrecido dinero, las escasas monedas que me quedan luego del viaje, pero es una ciudad próspera, y mi fortuna, pequeña. Probé con mercaderes que con cortesía me ofrecieron telas y productos de la India; luego, con los gondoleros que trasladan a los viajeros de un lugar a otro de la ciudad, porque debo decir que uno de los placeres más vivos que se pueden disfrutar aquí es el de atravesar ciertas zonas en esas finas y delicadas embarcaciones (que ellos cuidan mucho, como si se tratara de objetos preciosos, y engalanan con muy buen gusto) que se deslizan debajo de los puentes de madera, removiendo apenas las aguas verdes. Por fin un hombre joven, a quien elegí por su aspecto humilde pero su mirada inteligente, se prestó a informarme. Me hizo una terrible revelación: el pintor a quien Giocondo había contratado y con el que disputaba desde hacia años, decidió vengarse. Ha pintado un fino bigote en los labios de Gioconda, que nadie puede borrar.




miércoles, 10 de noviembre de 2021

HE TRATADO DE ESCRIBIR LAS HISTORIAS COMPLETAS

 


He tratado de escribir las historias completas

pero me ha dado miedo.

Ya sé que no tengo los permisos

y que estoy faltando a las promesas como siempre.

Como si un solo verbo pudiera revivir los momentos.

Pero tengo deudas que pagar con mi memoria y la tuya.

Sé además que tú no podrías escribirlas jamás.

Lamento si te las robo en alguna medida,

pero al hacerme participe también me las regalaste.

Ya sabes que soy una cuenta historias.

También tengo que recordarte

que la ficción a veces no supera la realidad.

Te insto a que no tengamos más miedo.

Que no parezcamos, que seamos.

Aunque seamos víctimas o victimarios,

aunque robemos donde ya no queda nada.

Te puedo decir, si te sirve de consuelo,

que he llorado en todas las plazas

de las ciudades donde he estado,

y ya sabes que son muchas.

Pero que también he amado con fuerza

y me he reído con ganas, de nosotras mismas.

Esta historia es tuya, como tantas otras

Irene Bostelmann, El Camino más Largo

martes, 9 de noviembre de 2021

EL CHICO DE LA FLECHA

 


Enviado por Javier

El joven Marco  vive en Emerita Augusta en el siglo I d. C.. Tiene una hermana menor, Junia, y ambos viven con su tío, que viaja constantemente a Córdoba, donde ostenta un cargo público. El compañero inseparable del protagonista es Aselo, un esclavo de la familia que fue recogido cuando era un bebé. Juntos protagonizan todo tipo de gamberradas y peripecias domésticas.

Tras una de sus trastadas, Marco se herirá una pierna gravemente y Cornelio, el liberto encargado de la administración de la casa, como compensación regala Aselo a Superstes.

Cuando vuelve su  tío, informado por las cartas de Junia, despide a Cornelio y le pide a Superstes que le devuelva el niño, pero resulta que ya ha sido vendido y está en alguna cantera de la Bética. Tío y sobrino deciden ir a buscarlo.

                Con esta novela, la primera de una saga, Espido Freire nos acerca a la Hispania romana, a través de unos personajes que se caracterizan por sus rasgos humanos, trabajando valores como el amor, la amistad, el aprendizaje y la justicia.

domingo, 7 de noviembre de 2021

PARÁBOLA DE CERVANTES Y DEL QUIJOTE

 


Harto de su tierra de España, un viejo soldado del rey buscó solaz en las vastas geografías de Ariosto, en aquel valle de la luna donde está el tiempo que malgastan los sueños y en el ídolo de oro de Mahoma que robó Montalbán. En mansa burla de sí mismo, ideó un hombre crédulo que, perturbado por la lectura de maravillas, dio en buscar proezas y encantamientos en lugares prosaicos que se llamaban El Toboso o Montiel. Vencido por la realidad, por España, Don Quijote murió en su aldea natal hacia 1614. Poco tiempo lo sobrevivió Miguel de Cervantes. Para los dos, para el soñador y el soñado, toda esa trama fue la oposición de dos mundos: el mundo irreal de los libros de caballerías, el mundo cotidiano y común del siglo XVII. No sospecharon que los años acabarían por limar la discordia, no sospecharon que la Mancha y Montiel y la magra figura del caballero serían, para el porvenir, no menos poéticas que las estepas de Simbad o que las vastas geografías de Ariosto. Porque en el principio de la literatura está el mito, y así mismo en el fin.

Jorge Luis Borges

viernes, 5 de noviembre de 2021

EL ASEDIO DE TROYA

 

Marina, una joven maestra griega, recurre al poder del mito para ayudar a sus estudiantes a sobrellevar los terrores de los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, por la ocupación nazi y los bombardeos aliados, al haber un aeródromo alemán en el pueblo.

 Las bombas caen sobre el pueblo griego, y la maestra lleva a sus alumnos a una cueva para refugiarse. Allí les cuenta sobre otra guerra, cuando los griegos sitiaron a Troya. Día tras día, cuenta cómo los griegos sufren de sed, calor y nostalgia, y cómo se enfrentan los oponentes: ejército contra ejército, hombre contra hombre. Los cascos se cortan, las cabezas vuelan, la sangre fluye. Ahora son otros los que invaden Grecia, el ejército de la Alemania nazi. Pero los horrores son los mismos miles de años después.

El narrador es un muchacho de 15 años, cuyo padre, el antiguo maestro de la escuela municipal, ha sido encarcelado por los alemanes. No tardará en sentirse enamorado de Marina, la nueva maestra, a la que apodan la Bruja, aunque siempre va a todas partes acompañado de Dimitra, su amiga de toda la vida y con la que tendrá su primer beso, pues todo el mundo los considera una pareja. Se debate entre ese amor que sabe que no va a ser correspondido y la angustia familiar por saber si su padre estará vivo o no.

La verdadera protagonista, la que lleva la voz cantante, es Marina, quien, por un lado tiene amigos en la resistencia, por otro está enamorada de uno de los pilotos alemanes y es a estos a quienes les debe su trabajo. Y ella, cual Scherezade, embrujará a sus siete alumnos durante el primer bombardeo aliado, y ellos querrán más, querrán saber cómo continua esa historia, esa guerra entre troyanos y aqueos, los griegos.

Theodor Kallifatides, a través de Marina, nos da una visión moderna de La Ilíada, donde los dioses griegos no intervienen y nos muestra la personalidad de los grandes personajes del mito, especialmente Aquiles, Helena y Agamenón, incidiendo en sus dudas, sus  deseos, su orgullo. El relato que nos ofrece es ágil, nos atrapa enseguida, e imágenes, cuyos originales homéricos a veces nos pueden parecer pesados, nos llaman poderosamente la atención. Incide en detalles de la vida cotidiana, al margen de la guerra, y otras veces se recrea en los aspectos violentos de la contienda (por ejemplo, la escena de la muerte de Patroclo o la posterior venganza de Aquiles),

Kallifatides nos propone un acercamiento a la Ilíada, que le ha fascinado desde sus años de instituto, pero considera que a muchísimas personas les resulta difícil leerla, por diferentes motivos,  e incide en su valor antibelicista, pues son los que no combaten, sobre todo mujeres y niños, las víctimas de cualquier guerra.

miércoles, 3 de noviembre de 2021

EL PERRO DE GOYA EN BEIRUT

 


TRECE HORAS antes de que el perro semihundido asomase la cabeza por encima de aquel montón de tierra, Fairuz Mernisi se levantaba, como todas las mañanas, para ir a la escuela.

Su madre la obsequió al despertarse con una enorme sonrisa y un humeante tazón de leche.

 

DOCE HORAS antes de que el perro alzase la cabeza para contemplar la devastación, Fairuz salió de casa vestida de colegiala; llevaba en una cartera los cuadernos con los deberes hechos la víspera.

Ella y su madre recorrieron el camino hacia la escuela cantando una canción que hablaba de ratoncitos blancos.

 

ONCE HORAS antes de que el perro meditase, asombrado una vez más, sobre la brutal explosión que había arrasado la plaza, Fairuz practicaba con sus compañeros de clase la tabla de multiplicar.

Siete por siete eran en Beirut lo mismo que en otras partes del mundo y, como en otros lugares del planeta, la maestra se afanaba para que aquel ejercicio rutinario diese normalidad a un día que no tenía nada de corriente.

 

DIEZ HORAS antes de la mirada de asombro del perro semihundido, y ante la ausencia de algunos maestros y alumnos, en la clase de Fairuz se anticipó la hora del recreo. Por espantar los miedos, la maestra explicó lo que esos días estaba ocurriendo en la ciudad. La mirada de los niños era severa y, ante su silencio, la mujer les invitó a que pintaran en la pizarra lo que habían visto o de lo que habían oído hablar.

Sin pronunciar palabra, varios dibujaron las puntiagudas siluetas de los F-16 y los efectos de sus vuelos sobre la ciudad.

Cuando le llegó el turno a Fairuz, no quiso pintar aviones ni edificios destruidos, sino un puente.

 

NUEVE HORAS antes de que el perro, con las patas hundidas en la tierra, mirase hacia la cima del montón de escombros, la escuela de Fairuz trató de hacer lo de todos los días pero no pudo, porque el fragor de las sirenas quebró el hábito de la mañana, y los niños de cada aula se pusieron en pie pegados a la pared, como estaban advertidos.

La maestra, cuando fue su turno, se dirigió con sus alumnos hacia el gimnasio, donde estaban ya niños y profesores de otros cursos. Allí pasaron cerca de una hora. Los más pequeños lloraban, pero los mayores, como Fairuz, jugaban a las adivinanzas o a las rimas en pequeños grupos.

 

OCHO HORAS antes de sorprender las pupilas centelleantes del perro tras el montón de tierra, la directora de la escuela entró en el gimnasio. Se dirigió hacia algunos maestros, y otros adultos hicieron un corro a su alrededor. Los niños no pudieron oír: «Ha sido en Ouzaei, en el sur. Los aviones se han ido. Volvemos a las clases».

A una palmada de los profesores, los niños se alzaron del suelo y se ordenaron en disciplinadas filas, dispuestos para subir a las clases.

 

SIETE HORAS antes de que el perro mirara hacia arriba, con los oídos aturdidos, la maestra escribió en la pizarra los deberes para el día siguiente. El primer ejercicio fue: «Escribe una carta de una página a un familiar lejano, en la que le felicites por su cumpleaños». El segundo: «Haz una lista con seis palabras que expresen alegría y tres que indiquen tristeza». Eso era todo. Deseó a sus alumnos que descansaran, que durmieran bien y que tuvieran cuidado. Se despidió de cada uno en la puerta de la clase, con la frase ritual, y cada uno saludó con respeto.

A la salida esperaban madres ansiosas por llevar a sus hijos a casa. No se entretuvieron por el camino. No hicieron compras, porque casi todos los establecimientos estaban cerrados a esas horas, la mayoría por falta de abastecimiento. La madre de Fairuz preguntó a su hija qué tal le había ido la mañana, aparentando rutina. La niña no habló de la alarma.

 

SEIS HORAS antes de que el perro soltase un gañido compungido, Fairuz y su madre acabaron de comer. Mientras la mujer fregaba los cacharros, la niña encendió el televisor. Al poco se quedó dormida, tendida en el sofá. Llevaba tres noches de sueño irregular.

Ni siquiera despertó cuando su madre la llevó en brazos hasta su habitación, que dejó en penumbra, bajando la persiana y cerrando las ventanas para que no llegaran hasta allí los ruidos de la calle.

 

CUATRO HORAS antes de la explosión que dejó aturdido y casi ciego al perro de patas semihundidas, se oyó el chiquichaque de la cerradura, y entró el padre de Fairuz. Su mujer salió a la puerta y le indicó con un gesto que no hiciera ruido, para no despertar a la niña. Cuchichearon en la cocina, con la puerta cerrada, sobre la angustia vivida con las sirenas de media mañana, e intercambiaron impresiones sobre la marcha de los acontecimientos.

Él puso agua al fuego para preparar un té, mientras ella colocaba la tetera y las tazas. Por suerte, tenían provisiones para más de una semana, y las garrafas de agua estaban llenas. Nunca se sabía cuándo se podía cortar el suministro. Peor era que faltasen el gas, o la electricidad, se dijeron sin decirse nada.

 

TRES HORAS antes de que el misil impactase en la plaza y causase el pavor del perro, Fairuz despertó. Entró en la cocina, dio a su padre un beso y se sentó en sus rodillas. Él le preguntó cómo había ido el día, qué habían hecho en el colegio, qué cosas nuevas había aprendido...

La niña no habló de los dibujos de la pizarra, ni de la alarma aérea, ni de la ausencia de algunos niños, ni del llanto de los pequeños mientras esperaban en el gimnasio. Tras un rato de conversación, dijo que iría a su cuarto a hacer los deberes.

 

DOS HORAS antes de que el perro caminase hacia la montaña de escombros, antes de fijar su mirada en un punto que aún no podemos adivinar, Fairuz acabó de hacer sus deberes.

Luego, tomó una hoja de papel y pintó en ella el puente que veía desde su ventana, el que había dibujado a medias en el colegio. Quizá ese puente fuera volado en un próximo bombardeo, porque las noticias hablaban del peligro de que la aviación destruyese edificios estratégicos de la ciudad, y ese era uno de sus lugares favoritos. Sabía que era antiguo, pero para ella ese no era su principal valor.

 

UNA HORA antes de que el perro, con las patas semihundidas, la mirada vidriosa y los oídos aturdidos, mirase hacia la cima del montón de escombros, con la luz de los incendios reflejada en la pared que había tras él, Fairuz pidió permiso a su padre para bajar a jugar a la plaza.

Su madre se adelantó y dijo que no; que estaba anocheciendo, y que era peligroso estar en la calle. Pero su padre miró por la ventana del segundo piso y la tranquilizó: «Mujer, no hay peligro. En este barrio no hay nada que tenga interés para los aviones. Además, hay otros niños jugando abajo. No podemos estar encerrados siempre...».

Fairuz consiguió el permiso pero, antes de bajar las escaleras, la madre avisó: «Fairuz, cariño, ya sabes... Si se oyen las sirenas, sube enseguida». «Sí, mamá», dijo ella.

La hora que transcurrió hasta que llegó el misil, Fairuz jugó con otros niños en la plaza.

El barrio, es cierto, era simplemente una zona residencial.

En el parque de verdes ajados y columpios herrumbrosos, dos grupos de ancianos y varios de niños aprovechaban la tibieza del tiempo que precede al anochecer.

Entonces, apareció el perro.

No llevaba collar y parecía viejo, muy viejo.

Fairuz fue la primera en verlo y, al cruzar su mirada con la del animal, supo que a ambos les unía un hilo de aflicción. Tacharía «Silencio» de su lista de palabras tristes y la sustituiría por «Mirada de perro».

El animal lamió los pies de la niña mientras se dejaba acariciar. Debía demostrarle confianza y estaba acostumbrado a ello.

Luego, a pesar de que se sentía cansado y viejo, se puso a jugar. Primero, dando pequeños brincos; luego, mediante ladridos que invitaban a la persecución.

Cuando otros chicos de la plaza vieron que Fairuz jugaba con él, se acercaron.

Pronto, el animal tomó un objeto con sus dientes y lo dejó a los pies de un niño; este lo lanzó hacia un lugar, y el perro fue a buscarlo para dejarlo a los pies de una niña.

Los chicos entendieron.

El juego se prolongó mucho tiempo y cada vez era mayor el entusiasmo de los pequeños, que ahora eran más de quince. El perro, aunque era viejo y se notaba cansado, sabía que aquello era necesario.

En un momento determinado, el perro supo que, en un lugar distante, dos soldados acababan de introducir en una máquina cruel las coordenadas del lugar en que debía caer un misil.

El animal acomodó el ritmo del juego a un reloj interior que determinó la trayectoria del cohete y el momento exacto en que estallaría.

Poco a poco, en ese juego, fue sacando a los niños de la plaza, pero ellos no se dieron cuenta.

Cinco segundos antes de la explosión, el perro y la turbamulta de niños estaban a salvo en el callejón de un edificio cercano.

Ante los misiles que vuelan a baja altura no se activan las sirenas.

Primero se oyó un siseo...

... y, luego, una terrible explosión que pulverizó el cemento, esparció por el aire toneladas de tierra y paralizó a los niños.

Mientras estos gritaban aturdidos y aterrorizados, el perro se asomó a la plaza.

Las patas del perro se hundían en el suelo reventado. Los oídos le dolían y el fragor del incendio que siguió hería sus pupilas.

Miró a través del montón de escombros y trató de ver si los edificios en los que habitaban Fairuz, Hassan, Limam, Souad... estaban indemnes. Todavía no pudo verlo, a través del humo de la explosión.

El animal pensó con pavor que, una vez más, durante un día de guerra más, había conseguido salvar por poco a un grupo de niños. Al menos, de momento.

Ricardo Gómez

martes, 2 de noviembre de 2021

EL DON DE ARIADNA

 

Ypsilon, año 10 del Nuevo Orden.

El país se prepara para el Aniversario del Incendio que lo cambió todo.

Diez años de censura, represión y felicidad impuesta.

Diez años huyendo de los Cíclopes y siguiendo las huellas de los Dos Ejes.

Pero ahora los Rebeldes cuentan con un arma secreta.

Su nombre es Ariadna. Y tiene un don.

                Nando López nos presenta la primera parte de una trilogía sobre un mundo distópico donde la tecnología ha avanzado a niveles aún desconocidos para nosotros. En esta sociedad, toda muestra de cultura (libros, películas...) ha sido eliminada, y todo aquel que guarde una copia de manera clandestina, será juzgado como un rebelde, y, por si fuera poco, la censura y la manipulación de la información.

Ariadna, la protagonista, es una niña de 12 años que posee un ejemplar muy especial de La Odisea y, al concentrarse, es capaz de invocar a las criaturas que habitan en sus páginas. Esto es descubierto por los mandamases de El Nuevo Orden, por lo que deberá huir para evitar ser capturada y ejecutada. Cuando sus padres son encarcelados, Ariadna decide buscar a Dédalo, uno de los jefes rebeldes y conocido de su familia.

En esta búsqueda le ayudará T, un misterioso joven, que posee otro enigmático don, que no termina de controlar. Con él se introduce en la novela el componente LGTB, pues vive con sus padres adoptivos, Orión y Layo.

Frente a ellos, tenemos a Némesis, la gobernante de Ypsilon, hija de los antiguos gobernantes  Pigmalión y Galatea, contra cuyo recuerdo quiere competir. Está secundada por Argos, que controla los ejércitos de robots (rastreadores, cazadores, ejecutores...), y Moira, la Arquitecta, que crea los prodigios tecnológicos; entre ellos existe bastante rivalidad y cada uno disfruta con el fracaso del otro.

En la novela, el autor combina la ciencia ficción con la mitología griega en un resultado sorprendente. A todo esto hay que añadir las ilustraciones de David Benzal,

domingo, 31 de octubre de 2021

NOCHE DE BRUJAS

 


Cuando llegó la hora encantada, partimos hacia el bosque, uno por uno.

La noche estaba siniestramente cálida y tuve que hacer un esfuerzo para seguir el sinuoso sendero del bosque en la oscuridad afelpada como el terciopelo. Raíces que no podía ver se levantaban para arañar mis tobillos y, en una ocasión, pisé mal y caí al suelo y el aroma húmedo de una inminente tormenta invadió mi nariz. Sacudí la suciedad de mi cuerpo y avancé con más cuidado, mis pulsaciones aceleradas y superficiales, como los latidos de un conejo asustado.

Cuando llegué al comienzo del sendero, temí, por un momento, haber llegado tarde. Mi vestuario (pantalones, botas, camisa y abrigo de un estilo militar culturalmente ambiguo) no incluía reloj. Deambulé por el borde del bosque, mirando colina arriba, hacia la Mansión. En tres o cuatro ventanas destellaban luces tenues e imaginé a los pocos estudiantes demasiado cautos para venir a la playa espiando con timidez hacia afuera. Una rama crujió entre las sombras y me di la vuelta.

—¿Hay alguien ahí?

—¿Oliver? —La voz de James.

—Sí, soy yo —respondí—. ¿Dónde estás?

Emergió de entre dos pinos negros; su cara, un óvalo blanco en la penumbra. Iba vestido casi igual que yo, pero unas hombreras de plata brillaban en sus hombros.

—Tenía la esperanza de que fueras mi Banquo —dijo.

—Supongo que mereces una felicitación, Señor de Todo (…)

Medianoche: el tañido sordo del reloj de una iglesia resonó a través del aire de la noche calma y James sujetó mi brazo con fuerza.

—«La campana me invita» —declaró. La excitación hizo que sus palabras sonaran livianas y aspiradas—. «No la oigas, Duncan, ¡porque su tañido es un llamado al cielo o al infierno!». —Me soltó y desapareció entre las sombras de las malezas. Lo seguí, pero no demasiado cerca, por miedo a volver a tropezar y arrastrarnos a ambos al suelo.

La franja de árboles entre la Mansión y la orilla norte era densa pero estrecha y, pronto, una luz de un color naranja crepuscular comenzó a filtrarse por entre las ramas. James —podía verlo con claridad para entonces o, al menos, su contorno— se detuvo y yo avancé de puntillas hasta quedar detrás de él. Cientos de personas abarrotaban la playa, algunas estaban apiñadas en los bancos, otras apretadas en pequeños grupos en el suelo; sus siluetas, negras contra el resplandor fulgurante de la hoguera. El rumor lejano de los truenos, apagado por el chapoteo de las olas contra la orilla y el crepitar de las llamas. Susurros de excitación comenzaron a surgir de los espectadores cuando el cielo, pintado al óleo de un violeta retorcido y premonitorio, se enrojeció con la luz blanca de un relámpago. Luego, la playa quedó en silencio otra vez, hasta que una voz aguda, chillona, exclamó:

—¡Mirad!

Una forma blanca y sólida se acercaba sobre el agua, un arco largo y redondeado, como el lomo del monstruo del Lago Ness.

—¿Qué es eso? —susurré.

—Son las brujas —respondió James, lentamente. La luz del fuego se reflejaba en sus ojos como chispas rojas.

A medida que la forma bestial se deslizaba cada vez más cerca, lentamente se iba haciendo más nítida, lo bastante como para que yo me diese cuenta de que era una canoa dada vuelta. A juzgar por la altura del casco en el agua, debajo solo debía haber apenas espacio suficiente para una burbuja de aire. El bote flotó hasta los bajíos y, por un momento, la superficie del lago quedó lisa como un espejo. Luego, apareció una onda, una agitación, y emergieron tres figuras. Una bocanada de asombro colectivo salió disparada del público. Las chicas no parecían tanto brujas al principio, sino más bien como espectros: su pelo caía lustroso y mojado sobre sus rostros, sus vaporosos vestidos blancos parecían derretidos sobre sus extremidades y se arremolinaban en espirales detrás de ellas. Al salir del agua, sus dedos goteaban y le tela se aferró tanto a sus cuerpos que pude distinguir quién era quién, aunque permanecieron cabizbajas. A la izquierda estaba Filippa, con sus inconfundibles piernas largas y sus caderas pequeñas. A la derecha, Wren, más pequeña y delgada que las otras dos. En el medio, Meredith; sus curvas, audaces y peligrosas bajo el fino vestido blanco. La sangre me palpitaba en los oídos. James y yo, por el momento, nos olvidamos el uno del otro.

Meredith alzó el mentón solo lo suficiente como para que su cabello se deslizara fuera de su cara.

—«¿Cuándo volveremos a vernos las tres » —preguntó; su voz, baja y encantadora en el aire apacible—. «¿Cuando caigan rayos, truene o llueva?».

—«Cuando el alboroto termine —respondió Wren, con picardía—, cuando la batalla esté ganada y perdida».

La voz de Filippa sonó gutural e intensa:

—«Eso será antes de que el sol se ponga».

Un tambor hizo eco desde algún lugar en lo profundo del bosquecillo y el público se estremeció con gusto. Filippa miró hacia el sonido, directo al sendero donde James y yo estábamos escondidos bajo las sombras.

—«¡Tambor, tambor! Ahí viene Macbeth».

Meredith levantó sus manos a los costados y las otras dos avanzaron para sujetarlas.

TODAS: «Las raras hermanas, tomadas de la mano, por tierra y por mar viajamos, así giramos y giramos tres veces alrededor de ti y tres veces alrededor de mí y tres veces más para llegar a nueve».

Se unieron formando un triángulo y empujaron sus palmas abiertas hacia el cielo.

« ¡Silencio!» —exclamó Meredith—. «El hechizo está hecho».

James inhaló de repente, como si antes de eso se hubiera olvidado de respirar, y salió a luz.

«Jamás había visto un día tan feo y hermoso» —recitó y todas las cabezas se giraron hacia nosotros. Lo seguí de cerca, por detrás, ahora sin temor a tropezarme.

«¿Cuánto nos faltará hasta Forres?» —pregunté, luego me detuve en seco. Las tres chicas estaban paradas lado a lado y nos miraban con fijeza—. «¿Qué son estas mujeres tan arrugadas y tan excéntricas en su vestir, que no parecen habitantes de esta tierra y, sin embargo, están en ella?».

Descendimos más despacio. Mil ojos sobre nosotros, quinientos pares de pulmones contenían el aire.

YO: « ¿Estáis vivas? ¿Sois capaces de responderme una pregunta? Parece que me entendéis…».

JAMES: «Hablad, si es que podéis».

Meredith se hundió hasta quedar de rodillas frente a nosotros.

«¡Salve, Macbeth! ¡Salve, Señor de Glamis!».

Wren se arrodilló al lado de ella.

«¡Salve, Macbeth! ¡Salve, Señor de Cawdor!».

Filippa no se movió, pero con una voz clara y resonante, exclamó:

«¡Salve, Macbeth, que un día será rey!».

James retrocedió, sobresaltado. Lo sujeté del hombro y dije:

«Mi buen amigo, ¿por qué te sobresaltas y pareces temer cosas que suenan tan gratas?».

Me miró de lado y lo solté, a regañadientes. Después de un momento de duda, pasé a su lado y bajé el último escalón arenoso para pararme entre las brujas.

YO: «En honor a la verdad, ¿sois fantasmas o aquello mismo que por fuera mostráis? A mi noble compañero saludáis con gran cortesía y grandes anuncios de títulos de nobleza y futura realeza, que parecen haberlo dejado pasmado. A mí no me habláis, si podéis ver en las semillas del tiempo y anunciar qué grano crecerá y cuál no, entonces habladme a mí, que no ruego ni temo vuestros favores ni vuestro odio».

Meredith estuvo de pie en un instante.

«¡Salve!» —exclamó y las otras chicas la imitaron. Se inclinó hacia adelante, se acercó demasiado, su cara quedó solo a unos centímetros de la mía—. «Menos que Macbeth y más grande».

Wren apareció detrás de mí, sus dedos tamborilearon contra mi cintura, mientras me miraba con una sonrisa pícara.

«No tan feliz, pero mucho más feliz».

Filippa, sin embargo, se mantuvo lejos.

«Criarás reyes, pero rey no serás» —dijo ella, indiferente, casi aburrida—. «Por eso, ¡salve, Banquo! y ¡salve, Macbeth!».

Wren y Meredith siguieron acariciándome y tocándome, tirando de mi ropa, explorando las líneas de mi cuello y mis hombros, peinando mi cabello hacia atrás. La mano de Meredith vagó todo el camino hacia mi boca, las yemas de sus dedos recorrieron mi labio inferior, antes de que James —quien había estado observando con igual fascinación y repugnancia— se sacudiera y hablara. Las cabezas de las chicas apuntaron de inmediato hacia él y yo me tambaleé en el lugar, al temblar mis rodillas ante la pérdida de atención.

JAMES: «¡Quedaos, extrañas mensajeras! Contadme más. Por muerte de Sínel, sé que soy señor de Glamis; pero ¿de Cawdor?, ¿cómo? El Señor de Cawdor vive, próspero caballero. Y ser rey no está dentro de lo que creo posible».

Solo negaron con la cabeza, se llevaron un dedo a los labios y volvieron a sumergirse en el agua. Cuando habían desaparecido por completo debajo de la superficie y nosotros habíamos recobrado la sensatez, me giré hacia James con las cejas alzadas, expectante (...)

El resto de la escena fue breve. Cuando no era mi turno de hablar, no dejé de observar con atención el agua. Estaba en calma otra vez y reflejaba el violeta del cielo tormentoso. Cuando llegó el momento, los dos estudiantes de tercero que habían tenido la suerte de interpretar a Ross y a Angus y yo salimos por la derecha, fuera de la luz de la hoguera (...)

Oliver —dijo—. «Cubierto de sangre, Banquo me sonríe».

Uh. Uh. Mierda.

Me empujó hacia el cobertizo, la puerta chirrió traicioneramente detrás de nosotros. En el interior, el suelo estaba cubierto de remos y chalecos salvavidas, lo que dejaba apenas espacio suficiente como para que entráramos de pie el uno frente al otro. Una botella de cinco litros aguardaba en un estante bajo.

Por Dios —comenté, desabrochando a toda prisa mi chaqueta. ¿Cuánta sangre pensaron que necesitaríamos?

Mucha, al parecer —respondió James, mientras se inclinaba hacia abajo para quitar la tapa—. Y apesta. —Un olor dulce y rancio llenó la habitación cuando me retorcí para quitarme las botas—. Supongo que debemos darles puntos por originalidad (...)

Cerré con fuerza la boca y los ojos y él vertió la sangre sobre mi cabeza, como si fuera un retorcido bautismo pagano. Escupí y tosí mientras la sangre se derramaba por mi cara.

—¿Qué es esta porquería?

No lo sé. Y no sé cuánto tiempo tienes. —Sujetó mi cabeza—. Quédate quieto. —Derramó la sangre por mi cara, mi pecho y mis hombros, amontonó mi pelo con los dedos para que quedara de punto—. Ahora sí. —Durante medio segundo, solo me observó y, de alguna manera, parecía impresionado y, al mismo tiempo, completamente repugnado (…)

Salí del cobertizo a trompicones y corrí hasta los árboles, maldiciendo a las piedras y agujas de pino que se clavaban en mis pies descalzos. Aparecer a medianoche sin tener la menor idea de a quién encontraríamos en la oscuridad era ciertamente espeluznante, pero también problemático. Solo me sabía mis escenas, así que tan solo podía adivinar cuánto tiempo tenía antes de que me tocara entrar como el fantasma de Banquo (...)

Al final, llegué al límite del bosquecillo con tiempo de sobra. Me acerqué despacio y con torpeza, las ramas crujían bajo mis pies, pero los espectadores miraban con ansiosa atención la segunda reunión de James con las brujas y no notaron mi presencia. Me escondí bajo una rama que colgaba bien baja y el intenso aroma del pino penetró el hedor de la sangre falsa sobre mi piel (...)

Las chicas bailaron en círculo alrededor del fuego, tenían el pelo suelto y enredado y algunas algas verdes del lago se aferraban a sus faldas. De vez en cuando alguna de ellas arrojaba un puñado de polvo brillante al fuego y una nube de humo de colores estallaba sobre las llamas. Me moví con ansiedad en mi escondite, expectante. Yo aparecía al final de una serie de visiones, pero ¿cómo aparecerían? (…)

 Una risa aguda de otro mundo salió de Wren y llevó mi atención de vuelta a la playa.

MEREDITH: «¡Habla!».

WREN: «¡Pide!».

FILIPPA: «¡Responderemos!».

MEREDITH: «Dinos si prefieres oírlo de nuestra boca o de la de nuestros amos».

JAMES: «Llamadlos, quiero verlos».

Las voces de las chicas se alzaron en un cántico agudo y discordante. James se quedó parado mirando, siniestro y vacilante.

MEREDITH: «Vierte ahí dentro sangre de una cerda que ha devorado a sus nueve lechoncillos y aviva el fuego con la grasa que sudó en el patíbulo un asesino…».

TODAS: «Ven, de arriba o de abajo, y ¡muestra con destreza tu ser y tu poder!».

Filippa arrojó algo al fuego y las llamas rugieron al elevarse por encima de sus cabezas. Una voz tronó a través de la playa, formidable y aterradora como la de un dios primordial. Sin duda alguna, Richard.

«MACBETH. MACBETH. MACBETH. ¡CUÍDATE DE MACDUFF!».

No se lo veía por ningún lado, pero su voz parecía caer sobrenosotros desde todos lados, con tanta fuerza que me sacudió hasta los huesos. James no estaba menos alarmado que yo ni que nadie y las palabras trastabillaron en su boca cuando habló.

«Seas lo que seas, agradezco tu buena advertencia. Has dado justo en el blanco de mi miedo: pero una palabra más…».

Richard lo interrumpió de forma ensordecedora.

RICHARD: «SÉ SANGUINARIO, AUDAZ, DECIDIDO; RÍETE CON DESPRECIO DEL PODER DEL HOMBRE, PORQUE NADIE QUE HAYA NACIDO DE UNA MUJER PODRÁ DAÑAR A MACBETH».

JAMES: «Entonces, vive, Macduff; ¿por qué habría de temerte?».

RICHARD: «SÉ FUERTE COMO EL LEÓN Y ORGULLOSO; QUE NO TE IMPORTE QUIÉN TE ABORRECE O QUIÉN SE OFENDE O QUIÉN CONSPIRA CONTRA TI: MACBETH JAMÁS SERÁ VENCIDO HASTA QUE EL GRAN BOSQUE DE BIRNAM MARCHE AL ALTO MONTE DUNSINAN PARA ALZARSE EN SU CONTRA».

JAMES: «Eso jamás ocurrirá… ¿quién puede reclutar a un bosque, arrancar sus raíces de la tierra? ¡Dulces presagios son estos! ¡Bien! La cabeza de la rebelión no se alzará hasta que lo haga el bosque de Birnam y nuestro Macbeth vivirá en su trono todo lo que la naturaleza permita, pagará su aliento al tiempo y la costumbre mortal. Sin embargo, mi corazón palpita por saber una cosa: decidme, si vuestro arte consigue ver tan lejos: ¿la descendencia de Banquo alguna vez reinará este reino?».

TODAS LAS BRUJAS GRITAN AL UNISONO: « ¡No busques saber más!».

JAMES: «Exijo saber: ¡negadme esto y una maldición eterna caerá sobre vosotras! ¡Decídmelo!».

TODAS: «Que lo vean sus ojos y su corazón se llene de congoja; ¡venid como sombras y como sombras partid!».

Ocho figuras encapuchadas se alzaron en la última fila de espectadores. Una chica que estaba sentada a su lado chilló de sorpresa. Se deslizaron como flotando hasta el medio del pasillo y comenzaron a descender (me pregunté si se trataba de más estudiantes de tercero), mientras James los observaba con ojos horrorizados.

«¿Qué?» —cuestionó—. «¿Acaso esta serie durará hasta el final de los días?».

Mi corazón saltó hasta mi garganta. Salí a la luz por segunda vez, la sangre pegajosa y brillante sobre mi piel. James me miró boquiabierto y todo el público se giró hacia mí al mismo tiempo. Gritos reprimidos se agitaron en la superficie del silencio.

«Horrible visión» —dijo James, débilmente. Comencé a bajar las escaleras otra vez, alcé mi brazo para señalar a las ocho figuras y reclamarlas como propias—. «Ahora lo veo, es verdad; porque, cubierto de sangre, Banquo me sonríe y las señala como propias».

Bajé la mano y desaparecí, oculto por las sombras de alrededor,como si jamás hubiera existido. James y yo estábamos de pie a tres metros de distancia frente al fuego. Yo brillaba cubierto de rojo, ceñudo y ensangrentado como un recién nacido, mientras que la cara de James estaba fantasmalmente blanca.

«¿Qué? ¿Es así?» —pareció decirme a mí. Sobrevino un silencio extraño, creciente. Ambos nos inclinamos hacia adelante sin mover nuestros pies, esperando que algo pasara. Entonces Meredith apareció entre nosotros.

«Sí, señor» —respondió y alejó la mirada de James de mí—. «Todo esto es así: pero ¿por qué se asombra tanto Macbeth?».

Él se dejó llevar de vuelta al fuego y las tentadoras atenciones de las brujas. Yo trepé hasta el último escalón y allí me quedé merodeando para atormentarlo. En dos ocasiones, sus ojos vagaron hacia donde yo estaba, pero el público otra vez prestaba atención a las chicas. Ellas caminaban tambaleantes alrededor del fuego y reían a carcajadas hacia el cielo tempestuoso, entonces comenzaron a cantar de nuevo. James las observó un momento, horrorizado, luego dio media vuelta y huyó de la luz de la hoguera.

TODAS: «Dos veces dos el esfuerzo y el problema, el caldero arde y el fuego quema, escama de dragón, diente de león, momia de bruja y fauces de granuja…».

Mientras Meredith y Wren continuaron la danza, con movimientos salvajes y violentos, Filippa levantó un cuenco que había estado escondido en la arena. Un líquido rojo y viscoso salpicó a los lados, la misma sangre falsa que hacía picar mi piel.

TODAS: «Dos veces dos el esfuerzo y el problema, el caldero arde y el fuego quema. Un poco de sangre de babuino y el hechizo firme y fuerte devino».

Filippa volcó el cuenco. Hubo un chapoteo desagradable y todo se volvió negro. Los espectadores saltaron de sus asientos y surgió de ellos un rugido de alegría y confusión.

M. L. Rio, Todos somos villanos