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jueves, 20 de mayo de 2021

EL BESO

 


Los inviernos del Asia central son sombríos y de un frío penetrante, los veranos sudorosos y malolientes traen mosquitos, cólera y disentería, pero en abril el aire acaricia como el roce de la piel de los muslos y el aroma de todos los árboles floridos impregna el vaho sofocante de las letrinas de la ciudad.

Cada ciudad tiene su propia lógica. Imaginen una ciudad de líneas rectas, geométricas, trazadas con las tizas de colores de un niño, en ocre, en blanco, en terracota pálido. Las galerías bajas y claras de las casas parecen surgir de la tierra blancuzca, rosada, como si hubieran nacido de ella en lugar de haber sido construidas. Todo está cubierto por una capa delgada y arenosa de polvo, parecida al polvillo que dejan las tizas en los dedos.

En contraste con esa palidez descolorida, las superficies iridiscentes de los azulejos de cerámica que cubren los antiguos mausoleos son un embeleso para la vista. Al mirarlo, el azul palpitante del Islam se convierte en verde. Bajo una cúpula bulbosa en la que alternan el lapislázuli y el verde hoja, en una tumba de jade yacen los restos de Tamerlán, el flagelo de Asia. Visitamos una ciudad realmente fabulosa. Estamos en Samarkanda.

La revolución les prometió vestidos de seda a las campesinas de Uzbekistán y al menos ésa fue una promesa que no dejó de cumplir. Las mujeres lucen túnicas de raso liviano, rosa y amarillo, rojo y blanco, negro y blanco, rojo, verde y blanco, con franjas difusas de colores que encandilan como una ilusión óptica, y se adornan con joyas de vidrio rojo.

Da la impresión de que siempre anduvieran con el entrecejo fruncido porque se pintan una gruesa línea negra que cruza las dos cejas sin dejar un espacio en el medio. Se delinean los párpados con kohl. Su aspecto es impresionante. Dividen sus largos cabellos en dos o tres decenas de trenzas arremolinadas. Las jóvenes usan pequeños bonetes de terciopelo bordados con hilos de metal y abalorios. Las mujeres mayores se cubren la cabeza con un par de pañuelos de lana con dibujos de flores, uno ceñido sobre la frente, otro que cae suelto hasta los hombros. Nadie ha usado velo durante sesenta años.

Las mujeres caminan con tanta resolución como si no vivieran en una ciudad imaginaria. No saben que tanto ellas como los hombres cubiertos con turbantes, chaquetas de cuero de oveja y botas son criaturas tan extraordinarias para los extranjeros como un unicornio. Con todo su exotismo deslumbrante e inocente, viven en abierta contradicción con la historia. No saben lo que yo sé acerca de ellas. No saben que esta ciudad no es todo lo que hay en el mundo. Lo único que conocen del mundo es esta ciudad, bella como una ilusión, en la que crecen lirios en las acequias. En el salón de té, un loro verde picotea los barrotes de su jaula de mimbre.

El olor del mercado es penetrante y agreste. Una chica con una raya negra sobre las cejas rocía rábanos con el agua que va sacando de un vaso. A comienzos de año, sólo se pueden comprar los frutos secos —albaricoques, melocotones, pasas— que quedan del verano pasado, excepto unas pocas granadas, valiosísimas, arrugadas, que conservan en aserrín durante el invierno y que ahora descansan abiertas en los puestos para enseñar el húmedo nido de granates que hay en su interior. Las pepitas saladas de albaricoque, aún más deliciosas que los pistachos, son una especialidad de Samarkanda.

Una vieja vende calas. Hoy por la mañana, bajó de las montañas, donde los tulipanes silvestres florecen como enormes burbujas sanguinolentas, y las tórtolas engatusadoras anidan entre las rocas. A la hora del almuerzo, la mujer remoja pedazos de pan en un tazón de leche cortada y mastica lentamente. Cuando haya vendido las flores, regresará al lugar donde crecen.

Apenas parece vivir en lo temporal. O bien, es como si estuviera esperando que Sherezada vea llegar el postrero amanecer y, después de su último cuento, se quede en silencio. Entonces, la vendedora de calas podría desaparecer.

Una cabra mordisquea jazmines silvestres entre las ruinas de una mezquita construida por la hermosa esposa de Tamerlán.

La esposa de Tamerlán comenzó a construirle esta mezquita para darle una sorpresa, mientras él luchaba lejos en las guerras, pero cuando le avisaron que estaba por regresar enseguida, todavía quedaba un arco sin terminar. Se dirigió directamente a hablar con el arquitecto y le suplicó que se diera prisa, pero el arquitecto le respondió que sólo terminaría su trabajo a tiempo si ella le daba un beso. Un beso, un solo beso.

La esposa de Tamerlán no sólo era muy hermosa y virtuosa, sino también muy astuta. Fue al mercado, compró una canasta de huevos, los hirvió y los pintó de doce colores distintos. Hizo llamar al arquitecto al palacio, le mostró la canasta y le pidió que eligiera un huevo y se lo comiera. Él eligió un huevo rojo. ¿Qué sabor tiene? El sabor de un huevo. Le pidió que comiera otro.

Él eligió un huevo verde.

¿Qué sabor tiene este huevo? El mismo que el del anterior. Otro más.

Él se comió un huevo color púrpura.

Un huevo sabe igual que cualquier otro huevo, dijo, si los dos están frescos.

¿Ve usted?, dijo ella. Cada huevo parece distinto a los demás, pero todos tienen el mismo sabor. Puede besar a cualquiera de mis criadas, la que prefiera, pero déjeme en paz.

Está bien, dijo el arquitecto. Pero regresó poco después, llevando una bandeja con tres escudillas y se podría haber pensado que las tres estaban llenas de agua.

Beba de estas escudillas, le dijo.

Ella tomó un sorbo de la primera, luego un sorbo de la segunda; pero cuando bebió de la tercera empezó a toser y a escupir porque no contenía agua sino vodka.

El vodka y el agua parecen iguales pero su sabor es muy distinto, dijo él. Y lo mismo ocurre con el amor.

Entonces, la esposa de Tamerlán besó al arquitecto en los labios. Él regresó a la mezquita y terminó el arco el mismo día en que el victorioso Tamerlán entró cabalgando en Samarkanda con su ejército y sus estandartes y jaulas repletas de reyes cautivos. Pero cuando fue a visitar a su esposa, ella se apartó de él porque ninguna mujer puede regresar al harén después de haber bebido vodka. Tamerlán comenzó a azotarla con un látigo hasta que ella confesó que había besado al arquitecto y entonces él envió a los verdugos directamente a la mezquita.

Los verdugos encontraron al arquitecto en lo alto del arco y corrieron escaleras arriba con los cuchillos desenvainados, pero cuando él los oyó acercarse le crecieron alas y se fue volando hacia Persia.

Éste es un relato de contornos simples, geométricos, de colores tan puros como las tizas de colores de un niño. La esposa de Tamerlán de este relato se habría pintado una raya negra a lo ancho de la frente y habría recogido sus cabellos en decenas y decenas de pequeñas trenzas, como cualquier otra mujer de Uzbekistán. Habría comprado rábanos blancos y rojos en el mercado para prepararle la cena a su esposo. Después de huir de él, probablemente se haya ganado la vida vendiendo en el mercado. Tal vez vendía calas.

Angela Carter

martes, 10 de julio de 2018

EL COLECCIONISTA DE LIBROS


En la Inglaterra eduardiana, Violet parece llevar una vida de ensueño: un marido caballeroso, Archie, un hijo adorable, Félix, una lujosa residencia... Pero la creciente obsesión por uno de los preciados libros que colecciona su esposo —un misterioso volumen de cuentos de hadas guardado bajo llave y con una extraña encuadernación— hará que su idílica existencia comience a tambalearse. Asediada por unas perturbadoras alucinaciones que amenazan su cordura, ingresa temporalmente en un sanatorio. Pero cuando, a su regreso, descubre que una bella y enigmática niñera, Clara, ha ocupado su lugar, los horrores padecidos durante su internamiento no serán nada en comparación con los que su propio hogar le tiene reservados..
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Alimentada en su fondo por la siniestra leyenda de Barba Azul de Charles Perrault, Alice Thompson nos ofrece una novela oscura y macabra, una creación elegantemente diabólica que, a la vez que homenajea a Daphne du Maurier con Rebeca (el recuerdo de Rose, la primera mujer, siempre presente, o simplemente la portada con esa casa en llamas que nos recuerda a Manderley)  y a la Angela Carter más transgresora (esa obsesión por los dibujos anatómicos con el cuerpo sin piel, o esos interludios donde perecen las víctimas inocentes de esta historia), no pierde de vista en ningún momento el verdadero propósito de la mejores historias de terror: que el escalofrío que nos sacude durante su lectura se prolongue más allá de la última página.

                El título de la novela llama un poco a engaño: aquí no se habla de libros, sino que vemos dos posturas diferentes: Archie aprecia los libros por su envoltorio, si se trata de una primera edición, por una bella o extraña encuadernación, opina que abrirlos es estropearlos (y eso que es dueño de una librería), que el contenido no es lo importante; en cambio, para Violet lo importante es su contenido, lo que nos cuentan.

Como personajes, solo importa Violet, pues sobre ella gravita la novela; los demás son una excusa para presentarnos algunos rasgos de la protagonista (así, la envidia que siente hacia Clara por su eficacia o la rotundidad de sus formas) y otros están desdibujados, como el doctor que aparece sin rostro.

          Con capítulos breves, con un lenguaje que nos seduce y nos acompaña a esos delirios y trastornos mentales que está sufriendo Violet tras el parto; veremos cómo trabaja su mente, cómo se va sintiendo marginada o rechazada, a pesar de que con Archie ha encontrado la pasión y la sensualidad, que la van a colmar, hasta que se sienta asqueada con su marido y de rienda suelta a sus ideas de infidelidad, cómo los demás le hacen ver que no es real lo que ella cree que es cierto. Veremos cómo la internan en un psiquiátrico (parecido al Bedlam, que encontramos en muchas novelas de terror de la época), y la someten a tratamientos de electroshock. Así nos lleva de la mano la autora hasta ese genial tour de forcé final.

martes, 20 de enero de 2015

LA CÁMARA SANGRIENTA

Publicada originalmente en 1979, es una colección de diez relatos basados en cuentos de hadas. Pero Angela Carter los recreó al usarlos como punto de partida de nuevas historias. Estos relatos ahondan en temas feministas, en los roles de las mujeres en las relaciones.

El año pasado se publicó una nueva edición con ilustraciones de Alejandra Acosta (donde llama la atención el color rojo) por la editorial Sextopiso. 

El cuento “La cámara sangrienta” se basa en la historia de Barba Azul, y recuerda a Rebeca, de Daphne Du Maurier y de Hitchcock; la violencia patriarcal es llevada al máximo en esta narración, y se la enfrenta a la inocencia y al deseo de conocimiento de la protagonista, que logra librarse del castigo aplicado a ese afán de saber, gracias a otra mujer, singularidad muy importante de la historia.

“La prometida del Tigre” y “El señor León, enamorado”, son dos versiones sobre el tema de la Bella y la Bestia, muy bien escritas.


En cuanto a “La dama de la casa del amor”, es una deliciosa recreación de una Bella durmiente vampira, y detrás de esta historia hay otra, la de un mundo antiguo, decadente, el de los vampiros clásicos, que sucumbe ante la realidad arrasadora y mecánica del siglo XX.

En “Licantropía” Caperucita Roja lleva un cuchillo en la cesta, que es la manifestación de su poder; una mujer contemporánea cada vez más poderosa y que se revela ante el dominio del hombre.

“En compañía de lobos” es una reescritura muy sugerente de Caperucita Roja: un cuento divertido, malicioso y subversivo desde un punto de vista feminista. Hay una película, dirigida por Neil Jordan en 1984, con momentos muy poéticos y otros más sangrientos. Os dejo con uno de los primeros:

miércoles, 10 de septiembre de 2014

LICANTROPÍA


Un país boreal; de clima frío, de corazones fríos.

Frío; borrasca; en los bosques, fieras salvajes. Una vida dura. Las casas son de troncos, oscuras y humosas por dentro. A veces, un tosco icono de la Virgen detrás de una vela que gotea, lenta, un pernil curándose colgado de una viga, una ristra de setas oreándose al calor. Un camastro, un banco, una mesa. Vidas breves, arduas, miserables.

Para estos leñadores de montaña el Diablo es tan real como vosotros o yo. Más real; a nosotros no nos han visto nunca ni saben de nuestra existencia, pero él, el Diablo, se les aparece a menudo en los cementerios, esas yermas, conmovedoras ciudades de los muertos donde sólo los retratos en estilo naïf de los difuntos marcan las sepulturas, y no hay flores para poner delante de ellas, allí no crecen flores, de modo que sólo depositan pequeñas ofrendas votivas, panecillos y alguna vez un pastel que luego un oso vendrá a robar, solapado, desde la otra linde del bosque. A medianoche, especialmente en la noche de Walpurgis, el Diablo celebra picnics en los camposantos e invita a las brujas; entonces desentierran cadáveres frescos, y se los comen. Cualquiera podría contároslo.

Ristras de ajo en las puertas ahuyentan a los vampiros. La niña de ojos azules nacida de nalgas en la noche de San Juan será vidente. Cuando descubren una bruja —alguna vieja cuyos quesos maduran antes que los de sus vecinas, u otra cuyo gato negro (¡siniestro, en verdad!) la sigue sin cesar a todas partes— la desnudan, le buscan las marcas, el pezón supernumerario del que mama su pariente. Pronto lo hallan. Y entonces, la lapidan a muerte. Invierno frío.

Ve a visitar a tu abuelita que ha estado enferma. Llévale estos pastelillos de avena que he horneado para ella en la solera del fogón; y este cuenco de mantequilla.

La buena niña hace lo que su madre le pide: cinco millas de marcha a través del bosque; no te apartes del sendero, cuídate de los osos, los jabalíes, los lobos hambrientos. Ten, lleva el cuchillo de caza de tu padre; ya has aprendido a usarlo.

La niña llevaba una costrosa pelliza de oveja para protegerse del frío, y conocía el bosque demasiado bien para temerle, pero debía mantenerse siempre alerta. Cuando oyó el escalofriante aullido de un lobo, dejó caer los regalos, empuñó el cuchillo y se enfrentó a la bestia.

Era enorme, de ojos rojos, las quijadas canosas y babeantes; cualquiera que no fuese la hija de un leñador montañés se habría muerto de miedo de solo verlo. El lobo, como lobo que era, intentó abalanzarse a su garganta, pero la niña, de un golpe certero con el cuchillo de su padre, le segó la zarpa derecha.

El lobo soltó un quejido, casi un sollozo cuando vio lo que le había pasado; los lobos son menos valientes de lo que parecen. Cojeando desesperado, corrió a tres patas, tan bien como pudo, a refugiarse entre los árboles, dejando tras de sí un rastro de sangre. La niña limpió la hoja del cuchillo en su delantal, envolvió la zarpa del lobo en el lienzo con que su madre había cubierto los pastelillos y reanudó la marcha hacia la casa de su abuelita. A poco empezó a caer una nieve tan espesa que bajo su manto desapareció el sendero, así como toda pisada, huella o rastro.

Encontró a su abuela tan enferma que se había metido en cama y, sumida en un sueño agitado, tiritaba y gemía, por lo que la niña supuso que tendría fiebre. Le tocó la frente, ardía. Sacó el lienzo de la cesta a fin de hacer con él una compresa fría para la anciana, y la zarpa del lobo cayó al suelo.

Pero no era ya la zarpa de un lobo. Era una mano, seccionada a la altura de la muñeca, una mano curtida por el trabajo y manchada por las pecas de la vejez. Tenía una alianza en el dedo anular y una verruga en el índice. Por la verruga reconoció la mano de su abuela.

Levantó la sábana, pero en ese momento la anciana se despertó y empezó a debatirse, quejándose y chillando como una poseída. Pero la niña era fuerte, y estaba armada con el cuchillo de caza de su padre; logró mantener quieta a su abuela el tiempo suficiente para descubrir la causa de la fiebre. Había un muñón sangrante allí donde debería estar su mano derecha, un muñón ya purulento.

La niña se santiguó y gritó tan fuerte que los vecinos la oyeron y acudieron presurosos. Al instante reconocieron en la verruga de la mano el pezón de una bruja; arrastraron a la anciana en camisón, tal como estaba, apaleándole el viejo esqueleto, hasta la linde del bosque y allí la apedrearon hasta que cayó muerta.

La niña vivía ahora en la casa de su abuela; prosperaba.