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viernes, 2 de noviembre de 2018

LAS DOS ORILLAS



Después del éxito cosechado con la publicación de Un Perro, Alejandro Palomas y el ilustrador Fernando Vicente se unen en un spin off de la historia que ya ha enamorado a miles de lectores. En lo que será el primer libro ilustrado de las historias de Palomas, nos sumergiremos en la mente de Rulfo durante la celebración del cumpleaños de Fer. Gracias al amor infinito de Rulfo hacia Fer, éste podrá superar por fin la muerte de Max, el gran danés que tuvo antes de adoptarlo a él.

        Alejandro Palomas sigue transmitiéndonos emociones y nos vuelve a traer esa curiosa familia que conocimos en Un Amor: Amalia, Silvia, Emma y Fer, que se reúnen para celebrar el cumpleaños de este último. La mesa está preparada, incluida la Silla de las Ausencias, reservada a la memoria de los que fueron familia y ya no están, y así recordarlos. Las mujeres de la familia ya ha recordado a un ser querido; sólo falta Fer, que no ha superado la muerte de Max, su perro, pues siente no haber estado con su gran danés cuando perdió la vida.


Estamos ante una historia tierna, con una forma sencilla de narrar donde los sentimientos afloran. Es un cuento ilustrado que nos hace reflexionar sobre cómo superar la pérdida de un ser querido.


Utiliza la fantasía (las dos orillas, la de los Ausente y la del Consuelo), para dejar en un segundo plano la historia familiar y dar importancia a las dos mascotas, a Max y Rulfo, que son los verdaderos protagonistas de esta historia.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

EMPODERAMIENTO



En el sofá, mamá sonreía, ilusionada, imaginándose la sensación que iba a causar vestida para la boda con su estilismo sorpresa, y de nuevo tuve que disimular una sonrisa, aunque bien podría haberme ahorrado el esfuerzo, porque mamá ve ya tan poco que apenas aprecia los matices en las expresiones ajenas. «Empoderada», había dicho. Esa es una de las palabras que, en su léxico particular, exprime desde hace unos meses a tutiplén y que tía Inés detesta sobre todas las cosas. Esa y algunas más con que la abruma la actualidad —«transversal», «resiliencia» y «zona de confort», por ejemplo—. Aunque «empoderada» supera con creces al resto porque llegó por error y quien ayudó a corregirla con un éxito más o menos discutible fue ni más ni menos que el doctor Armadillo, su nuevo traumatólogo.
Lo que ocurrió fue que hace unos meses mamá se cayó en la calle. No fue una buena caída. Como apenas ve, tropezó con uno de los escalones de la plaza mientras paseaba a Shirley y se fue de bruces al suelo, aterrizando sobre manos y rodillas. Al cabo de un par de días, una rodilla seguía inflamada y el dolor no remitía, así que decidimos asegurarnos y que la viera un especialista.
La consulta no empezó con buen pie. En cuanto entramos, el médico, un tipo con cara de poco interés por lo que tenía entre manos y cierta mirada de desidia, bromeó, con más sorna que otra cosa, al ver aparecer a mamá escoltada por toda su prole. Ella, ajena al tono del hombre, estuvo encantada con la observación y, volviéndose hacia nosotros, que estábamos de pie a su espalda, nos presentó (…)
Diez minutos más tarde, mientras esperábamos en silencio a que el doctor nos extendiera una petición para hacerle una radiografía de la rodilla, mamá, que parecía haberse quedado totalmente absorta en algo que ocurría al otro lado de la ventana, se inclinó hacia delante y dijo:
—Doctor, ¿usted sabe lo que es el empotramiento?
El hombre, que parecía estar también en sus cosas mientras esperaba a que la impresora diera señales de vida, dejó de garabatear en su libreta de recetas y miró a mamá como si no la hubiera oído bien.
—¿Cómo dice?
Mamá se inclinó un poco más hacia delante.
—Lo del empotramiento, ¿cómo es? —dijo. Luego, al ver que Emma y yo nos mirábamos con cara de póquer, puso los ojos en blanco y se explicó—. Ya sabe. Lo de las mujeres empotradas.
La explicación no ayudó. Emma bajó la vista y yo intenté pensar en algo triste, pero no terminé de conseguirlo y se me escapó una carcajada mal contenida que quise transformar en suspiro y que terminó en tos. Silvia estaba lívida.
—La verdad, no sé exactamente a qué... —empezó el doctor, rojo como un tomate.
Mamá captó que ese principio de explicación no auguraba la respuesta a su duda y decidió intervenir a tiempo.
—Es que, en la radio, la señora de las mañanas siempre saca lo del empotramiento. Bueno, no es solo ella. En las tertulias del chico enanito del canal 24 horas también lo sacan mucho, sobre todo una mujer pelirroja y un poco gordita que habla así, como raro. Que si hay que empotrar, que si el empotramiento... Mi amiga Inés, que sabe mucho de sociología porque ha sido profesora de religión durante cuarenta años, dice que todo es por las feministas, las chiquitas del Fetén. Ya sabe: las de los pechitos al aire que odian a los curas y se rebozan en la tomatina... pero el otro día, en mi curso de memoria, alguien comentó que es una... una especie de moda que viene de Inglaterra.
El doctor miraba a mamá sin pestañear. Al ver que ella guardaba silencio, abrió la boca para decir algo, pero pareció pensarlo mejor y volvió a cerrarla. Mamá asintió y volvió a lo suyo.
—Aunque quién sabe, ¿no? —dijo, volviéndose hacia la ventana—. Bien pensado, tiene sentido. Debe de ser por toda esa carne enlatada de potro que comen los ingleses, o sea, como aquí los vegetarianos con el huevo pero con potros.
Ni el doctor ni nosotros dijimos nada. Él, porque estaba tan atónito que ni siquiera parpadeaba. Nosotros, porque sabíamos que cuando mamá se mete por esos callejones hay que dejar que busque sola la salida.
Tardamos cinco minutos más en descubrir que el «empotramiento» de mamá era en realidad el «empoderamiento» que salpica las tertulias y programas que escucha a todas horas en la radio, y otros cinco fueron los que tardó el doctor en explicarle el significado de la palabra.
Cuando él por fin terminó de hablar, mamá puso cara de satisfacción y resumió, encantada:
—Ah, ya lo entiendo. «Empoderada» es como decir «mejor que bien», ¿no?
El doctor asintió despacio con un gesto que fue de alivio y terminó de escribir la receta. Mientras se imprimía la petición, mamá, que se había quedado muy callada, inclinó un poco la cabeza a un lado y frunció el ceño antes de preguntar:
—Pero, entonces... ¿lo del empotramiento qué es?
Así fue como, desde ese día, si ve algo que la sorprende para bien, mamá automáticamente lo empodera o, en su defecto, lo empotra, según de dónde sople el viento, la claridad mental disponible y según sea adjetivo, adverbio o tiempo verbal. «Empoderado» —o «empotrado»— es «bueno». O mejor: es el resumen de todo lo bueno que barrunta su imaginación. La concursante ucraniana que se ha aprendido la Enciclopedia Británica de memoria y ha batido el récord de semanas participando en el programa de cifras y letras que mamá ve todas las noches antes del telediario está «muy empotrada». Una mandarina especialmente dulce, también. Sin embargo, lo que antes la fascinaba, ahora «me empodera». Y no hay más. O sí. Está también el resto, o lo que es lo mismo, lo «transversal». «Transversal» es aquello que no sabe explicar y que la enturbia, esa muletilla salvavidas de la que echa mano a menudo, unas veces con más acierto que otras. Si no sabe cómo definir una situación, un encuentro, una noticia... si por cualquier motivo se atasca en lo que quiere describir, sea lo que sea, allí aparecen indefectiblemente sus empoderamientos, sus empotramientos y, especialmente, su «transversal». En estas últimas semanas de más estrés por la boda de Emma, utiliza esas palabras para casi todo, y les ha empezado a sumar otras reinterpretaciones del lenguaje que en la mayoría de los casos nos hacen gracia, pero que tanto Silvia como tía Inés están empezando a ver con cierta preocupación. Tía Inés dice que la culpa de tanta expresión nueva la tiene Marco, el coach colombiano que Silvia le ha puesto a mamá para «enderezarla un poco y ayudarla a sacarle la rabia que —según ella— tiene enquistada contra papá». Silvia, por su parte, está convencida de que el único culpable es el transistor que mamá lleva colgando de la muñeca como una granada de mano y que la acompaña encendido a todas partes junto con su adorada Shirley. Debates, noticias, magacines... en casa de mamá se come, se cena, se habla y se duerme la siesta con la radio. La radio es ruido, y mamá no sabe vivir sin él porque desde que vive sola el silencio no la acompaña bien y le alarga demasiado los días.

Alejandro Palomas, Un Amor
PREMIO NADAL DE NOVELA 2018

viernes, 23 de febrero de 2018

UN AMOR


En el reducido universo familiar de Amalia y sus tres hijos, Silvia, Emma y Fer, el engranaje se mueve al ritmo desacompasado de las emociones. Es una familia típica, y sobre todo, muy real. Un cosmos cocido al fuego lento de varias entregas (Una Madre, Un Perro, Las dos Orillas) que han atado a miles de lectores.

Pero llega un día cumbre en sus vidas. Emma se va a casar con Magalí, su novia argentina, y todos se sumergen en las tareas y los remolinos de organizar la mejor boda. La noche previa a la ceremonia, una llamada rompe la armonía familiar. Silvia, Emma, Fer y la tía Inés se conjuran para poder celebrar a la vez el aniversario de Amalia, que coincide inevitablemente con la fecha de la boda. 24 horas de acelerón emocional que pondrán a prueba a todos y cada uno y al mismo engranaje familiar.

                Alejandro Palomas nos presenta en esta novela dramática y cómica veinticuatro horas en la vida de una familia mediante el punto de vista de Fer, el hijo pequeño de Amalia. En realidad, son más de veinticuatro horas pues a través de sus recuerdos se nos van desgranando los secretos y mentiras de esta familia e irrumpe sin freno toda su carga sentimental: las “locuras y salidas” de Amalia; su enfermedad; la lesbiana Emma y sus problemas amorosos hasta que conoce a Magalí; la vuelta de la tía Inés;  Oksana y sus muslitos de pollo al chocolate; Esbien, el novio negro sueco de Fer; lo que esconde el serio carácter de Silvia; las relaciones entre los hermanos; el abandono del padre; la compañía que hace Shirley; el pasado de Magalí, etc…

                Todos los personajes presentan sus claroscuros, se nos hacen entrañables, se nos escapa la sonrisa con la forma de hablar y pensar de Amalia, y estamos pensando en cuál va a ser la próxima que va a montar (por ejemplo, cuando intenta conseguirle a Fer un novio, aunque no sea gay) o cuál va a ser el siguiente enfado de Silvia con su consabida bronca. Nos enfrentamos ante una montaña rusa de sentimientos y emociones, que nos arrastra consigo. El juego de las mentiras, de los secretos, de las medias verdades, del evitar dañar al otro, de la reconciliación, de la aceptación da dinamismo a la novela. El autor nos presenta muchos tipos de amor: el amor al hermano, a la madre, al amigo, a la pareja… pero hay otro amor por encima de todos ellos, el amor a la vida, a lo que somos.

PREMIO NADAL DE NOVELA 2018

martes, 24 de octubre de 2017

DÍA DE LA BIBLIOTECA 2017


COMO 
MARY POPPINS, 
PERO SIN VOLAR

Soy sobrino de bibliotecaria. Desde que tengo memoria, mi tía, que acaba de cumplir ochenta años, me ha regalado un libro el día de mi cumpleaños. Primero fue la serie de Oscar, con su Kina y su láser, de la gran Carmen Kurtz; llegaron después las aventuras de Los Cinco, algunos clásicos ilustrados, la gran Nada de Carmen Laforet… La listlafa es larga y el disfrute ha sido mágico, porque mi tía entiende la lectura como algo que cura, que aleja al inocente de lo que agrede, y yo -y ella lo sabe- siempre he sido demasiado vulnerable a lo que daña, sea o no imaginado, sea o no real.
Mi tía se llama Nuria y desde niña sufre mucho de la vista. Aun así, trabajó durante décadas fomentando el amor por la lectura en hombres y mujeres, chicos y chicas a los que no conocía, pero cuya mirada no tardó en aprender a leer, a identificar y a descifrar. Ella decía -y a veces dice todavía- que “repartía refugio”, y se emociona al recordarlo. La he oído también confesar en algunos momentos de nuestra historia común, que no fueron fáciles y que vivimos juntos: “Decidí ser bibliotecaria porque así me aseguraba de que, por muy mal que nos fueran las cosas, aunque faltara el agua caliente o la calefacción, siempre tendríamos un libro en casa”. Ahora, quince años después de su jubilación, soy yo quien le recomienda lecturas. Leemos un libro a la vez y nos juntamos cada quince días a comer y a comentar lo leído, en lo que hemos bautizado como “El club de las 2”, porque intentamos en lo posible que coincida con el día 2 de cada mes, a las 2, y porque somos dos almas lectoras que no tienen freno. Durante estos años de club, ella me ha contado cosas, muchas cosas de su vida en la biblioteca, y desde que la oigo hablar como lo hace sobre su amor por esa vocación, que no decrece a pesar del tiempo, no puedo dejar de maravillarme y de preguntarme cómo definiría yo a una bibliotecaria -o a un bibliotecario- llegado el caso.
Hasta hace unos meses no di con la respuesta.


Fue a raíz de la publicación de Un hijo, durante una charla en un centro de enseñanza de una capital andaluza. Y fue precisamente gracias a un niño de diez años que, junto con otros 100, había leído la novela y quería conocer a su autor. Por motivos de espacio, el acto tuvo lugar en la biblioteca del centro, con un par de profesoras y la encargada de la biblioteca. La charla fue muy intensa, mucho más de lo que yo esperaba, y se alargó. Cuando por fin llegamos al final del turno de preguntas, un niño que estaba sentado en la primera fila levantó la mano.
-A mí lo que más me ha gustado del libro es María -dijo refiriéndose a la orientadora del centro, que es, junto con el pequeño Guille, la protagonista del libro.
Quise saber por qué. El niño, llamado Ismael, se rio un poco y luego, mirando a una de las tres mujeres que estaban junto a la puerta. dijo:
-Porque es igual que la seño Lourdes. -Una de las tres mujeres que estaban junto a la puerta se encogió un poco y negó con la cabeza, incapaz de reprimir una sonrisa. Ismael no había terminado-. Vive en la biblioteca porque si no los libros a lo mejor se van. O se mueren.
Se hizo el silencio en la biblioteca. Nadie se rio. Nadie dijo nada. Fueron segundos llenos de respiraciones contenidas, de tensión y de infancia.
-Es que es bibliotecaria -volvió a hablar Ismael. Y al ver que yo lo miraba sin saber qué decir, debió de entender que necesitaba explicarse mejor, y añadió-: O sea, como Mary Poppins, pero sin alas.
Hoy es un día especial. Celebramos el Día de las Bibliotecas y celebramos también que cientos, miles de Mary Poppins sin alas velan por los libros que las habitan para que no se mueran ni se vayan, e Ismael siga creyendo que la vida está en los libros y su reflejo fuera. Hoy es el día en que, un año más, la magia se renueva y todas las bibliotecarias y bibliotecarios del mundo se saludan con una mirada cómplice y un largo. hermoso y tierno:
“Supercalifragilísticoespialidoso”.

Alejandro Palomas


lunes, 14 de agosto de 2017

EL VIAJE A LONDRES DE GUILLE


En la mitad de agosto mamá, papá y yo nos fuimos a Londres, que es la capital de Inglaterra porque hablan en inglés y siempre llueve y también porque allí vive Mary Poppins cuando tiene trabajo. Yo no había viajado nunca en avión y como mamá era azafata, conocía a mucha gente y me dejaron sentarme con el piloto, que tenía un bigote rojo y se reía como un pirata porque era australiano, que es como un inglés aunque de más lejos.
Papá estaba de mal humor y a lo mejor triste. Mamá ya no iba a volver a casa, porque se iba a trabajar a Dubái, y no se ponían de acuerdo nunca: papá decía que no y mamá que sí; papá que no quería, mamá que sí, y así todo el rato desde primavera, por eso mamá llevaba tantas maletas y nosotros solo una bolsa de deporte muy pequeña que pusimos en el armario del techo del avión.
Cuando llegamos a Londres ya no había sol y llovía un poco, pero así fue mejor porque no hacía calor y mamá se rio mucho cuando papá empezó a hablar en inglés y la señora de la taquilla del tren no le entendía y puso las cejas así, como los payasos, pero en señora negra con cosas de colores en el pelo. Entonces fuimos al hotel y todo tenía alfombras para que no se manchara el suelo, hasta el ascensor, y papá dijo:
–Desde luego, mira que son estos ingleses con tanta alfombra. Pero si hay alfombras hasta en las paredes.
El hombre que vivía en el ascensor con el uniforme de botones grandes se rio un poco, pero no mucho, porque era argentino como el señor Emilio, y dijo:
–Los ingleses, ya sabe, che.
Y ya está.
Luego fuimos al Big Ben, que es el mismo reloj gordo con agujas que sale en Peter Pan cuando vuelan por la noche, y al museo donde duermen las momias antiguas y donde también pasean muchos japoneses, pero era tan grande y había tantas cosas que al final mamá dijo:
–¿Os apetece que comamos en un vietnamita, chicos?
Papá dijo: «Bueno», pero muy serio, y mamá me miró y también hizo así con los hombros, como cuando la señorita Sonia pregunta algo en clase y no sabemos qué decir aunque no sea culpa nuestra porque todavía no lo hemos dado.
Entonces nos metimos por una calle muy larga y luego torcimos por otra y ya llegamos.
Papá me contó que los vietnamitas son hombres chinos pero más educados y que viven más felices porque cocinan cosas picantes que les queman en la lengua para que coman con la boca cerrada. Mamá se reía mucho todo el rato y yo también, pero papá casi nada. Es que como a él no le sale nunca bien lo de los palillos, tenía un trozo de pescado que se le escapó volando a la mesa de al lado y el señor vecino, que llevaba un turbante naranja como el de Aladino y una barba blanca muy larga, dijo muchas cosas muy rápido como enfadado y luego también se rio, aunque ahora no me acuerdo muy bien, es que como íbamos a montarnos en la noria y se hacía tarde me daba miedo que cerraran, porque mamá siempre dice que los ingleses lo hacen todo muy pronto para poder tomar el té en casa a las cinco con sus gatos.
De ese día solo me acuerdo de la noria con mucha gente y de nada más.
Al día siguiente fuimos al parque donde se conocieron los perros de 101 dálmatas, bueno los padres dálmatas, y comimos pescado con patatas fritas en un puesto de la calle que olía raro. También fuimos en un barco de cristal por el río y cuando nos bajamos mamá le dijo a papá:
–Tenemos que llevar a Guille a tomar el té como buenos ingleses.



Entonces cogimos el autobús rojo de dos pisos como los que salen en las películas pero de verdad y nos bajamos delante de unos grandes almacenes que eran como El Corte Inglés aunque más ricos, con coches de oro en la puerta y un restaurante muy grande con camareras rubias. Cuando terminamos de tomar el té con un pastelito cada uno, papá pidió la cuenta y la señorita rubia se la trajo en una cajita. Papá abrió la cajita y se puso muy rojo, como cuando se enfada mirando el fútbol por la tele. Luego abrió la boca y se le hizo una O muy grande. También dijo, gritando un poco:
–Pero, bueno… ¿se puede saber…?
Mamá le puso la mano en el brazo y torció así la cabeza, a un lado.
–Déjalo, Manu.
–Pero, pero… –dijo papá.
Y entonces mamá le miró muy seria y dijo muy bajito:
–No lo estropees.
Después hicimos más cosas y también dormimos en el hotel y al día siguiente era el último porque era domingo, ¡y por fin fuimos a ver a Mary Poppins!
Yo tenía muchos nervios y se me escapó un poco el pis mientras esperábamos en la puerta llena de luces del teatro, con un cartel muy grande donde estaban Mary con Bert en la escena de los caballitos del tiovivo y también muchos niños y madres y padres, pero en inglés.



Entonces entramos y enseguida que el señor indio con gafas nos acompañó a nuestro sitio, se levantó la cortina y empezó a sonar la música. Luego salieron Mary Poppins y la veleta, y el paraguas de cotorra y la casa que se abría por el tejado, y mamá y yo nos pusimos a cantar, ella en inglés y yo no, porque nos sabíamos todas las canciones de tanto ensayarlas en casa. Todo pasó tan rápido que de repente Mary Poppins voló colgada de un cable desde el escenario hasta el techo y se marchó, y todos saltábamos y gritábamos y algunos niños lloraban y otros se reían mucho, y mamá me abrazaba muy fuerte porque nos daba pena que se marchara, y bueno.
Después fuimos a ver a Mary Poppins a su cuarto lleno de espejos. Cuando entramos, olía muy bien. Me dio dos besos y dijo cosas en inglés, que mamá tradujo todo el rato, hasta que Mary me sentó en su falda y dijo:
–Ah, yo adora Espania, me gusta la gentes y Torremolainos y Benalmadena porque todo es mucho alegre en verano y gente ríe siempre muy simpática. –Se calló y se retocó un poco el sombrero. Y también dijo–: Tienes que ser bueno con tus padres, William, muy bueno. Ellos quererte siempre, ¿sí?
Le dije que sí y ella me alborotó el pelo y ya está.
Bueno, no, porque cuando ya nos íbamos, me dijo:
–Y no olvides nunca: cuando tengas problema gordo o pena, acuerda de Mary Poppins, di la palabra mágico muy fuerte para que yo oiga bien y todo, todo, cambia siempre, ¿sí? –Me miró por el espejo y me guiñó el ojo, así, y cantó–: ¡Supercalifragilistikespialidosuuuuus!
Salí del teatro muy contento y cantando de la mano de papá, pero enseguida llegó la parte mala, porque se había hecho tarde y teníamos que darnos prisa para ir al aeropuerto. Es que volvíamos en un avión de noche porque como mamá y papá no son ricos, pues claro. Mamá nos acompañó a la estación. Ella se quedaba en Londres porque al día siguiente se marchaba en su avión pequeño a trabajar a Dubái y durante todo el camino en el metro papá no dijo nada y mamá tampoco, y yo tenía un dolor aquí, como de barriga pero diferente.

Alejandro Palomas, Un Hijo

PREMIO NACIONAL NARRATIVA JUVENIL 2016

miércoles, 3 de mayo de 2017

UN HIJO


             Enviado por Dani:

Guille, cuya madre se ha marchado a trabajar fuera por problemas económicos, es un niño introvertido con una sonrisa permanente, y es un lector empedernido con mucha imaginación, tanta que de mayor quiere ser Mary Poppins, pues ella siempre consigue que las cosas estén bien. Solo tiene una amiga, Nazia, su vecina pakistaní. Hasta aquí, todo en orden. Pero tras esta máscara de tranquilidad se esconde un mundo fragilísimo, como un castillo de naipes, con un misterio por resolver. El rompecabezas lo configuran un padre en crisis, una madre ausente, una profesora intrigada y una psicóloga que intenta armar el puzle que está en el fondo. Una novela coral que respira sentimiento, ternura, vacíos, palabras no pronunciadas y un misterio sobrecogedor

Más que los hechos, en esta novela de Alejandro Palomas importan los personajes que los protagonizan: Guille, su padre (deprimido por haber perdido el trabajo, la ausencia de su mujer y no saber cómo relacionarse con su hijo), su amiga Nazia, su maestra y la orientadora. Todos los personajes nos hablan en primera persona con su perspectiva, y así se va formando el entramado que conforma esta historia

El autor sabe meterse en la piel de sus personajes y adaptarse a cada uno de ellos, adaptándose al lenguaje y la forma de expresarse que esperaríamos de cada uno de los personajes: infantil en un caso, profesional en otros, etc…

El abundante diálogo hace que el libro se lea rápidamente, lo que favorece la narración ágil y sencilla.

Cada capítulo está narrado en primera persona desde el punto de vista de uno de los protagonistas, y estos cambios de narrador sirven para dejar a medias las escenas en las que uno se acerca a descubrir la verdad que esconde Guille, y, conforme avanza el libro, vemos que nada es lo que parece.

PREMIO NACIONAL DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL 2016

jueves, 24 de noviembre de 2016

ALEJANDRO PALOMAS, PREMIO NACIONAL LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL 2016


Alejandro Palomas ha obtenido el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en su edición 2016 por su novela Un hijo. Este galardón lo concede el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte para distinguir una obra de autor español, escrita en cualquiera de las lenguas oficiales del Estado y editada en España durante el pasado año 2015. El Jurado ha decidido premiar al autor “por su obra polifónica, profunda y emotiva que trata con originalidad temas actuales. Sus personajes van creciendo dentro de una trama que engancha al lector”.

                El argumento de esta novela es el siguiente: Guille, cuya madre se ha marchado a trabajar fuera por problemas económicos, es un niño introvertido con una sonrisa permanente, y es un lector empedernido con mucha imaginación, tanta que de mayor quiere ser Mary Poppins, pues ella siempre consigue que las cosas estén bien. Solo tiene una amiga, Nazia, su vecina pakistaní. Hasta aquí, todo en orden. Pero tras esta máscara de tranquilidad se esconde un mundo fragilísimo, como un castillo de naipes, con un misterio por resolver. El rompecabezas lo configuran un padre en crisis, una madre ausente, una profesora intrigada y una psicóloga que intenta armar el puzle que está en el fondo. Una novela coral que respira sentimiento, ternura, vacíos, palabras no pronunciadas y un misterio sobrecogedor

Más que los hechos, en esta novela importan los personajes que los protagonizan: Guille, su padre (deprimido por haber perdido el trabajo, la ausencia de su mujer y no saber cómo relacionarse con su hijo), su amiga Nazia, su maestra y la orientadora. Todos los personajes nos hablan en primera persona con su perspectiva, y así se va formando el entramado que conforma esta historia