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viernes, 10 de marzo de 2017

¿SABE FÍSICA UN LEÓN?

Cuando empecé la carrera de física, una mañana escuché una reflexión brillante de un profesor sobre las dificultades que tenemos para entender la teoría cuántica.
Todos hemos disfrutado alguna vez de los fascinantes reportajes sobre el mundo animal. Una escena común en estos documentales es la de un león a la caza de una rápida gacela. Con el corazón en un puño, vemos cómo la gacela empieza a ganar distancia respecto a su depredador hasta que, finalmente, el león se detiene resignado y deja escapar a su presa.
Si nos detenemos a pensar sobre este hecho aparentemente simple, nos daremos cuenta de que, mientras el felino está en plena carrera, realiza unos cálculos nada triviales. Calcula su propia velocidad y la de la gacela, computa la resta vectorial entre ambas y, cuando se da cuenta de que el módulo —es decir, la distancia entre depredador y presa— aumenta, entonces se da por vencido y se detiene a reservar fuerzas para una caza más asequible.
No obstante, cualquier estudiante de física de bachillerato tendría dificultades para plasmar sobre el papel estos cálculos.
Y aquí surge la pregunta: ¿acaso los leones son expertos en física?
La respuesta es que sí. Los leones, igual que los demás animales —incluidos los humanos—, han desarrollado a lo largo de su evolución un modo intuitivo de utilizar la física en el día a día. Sin ella, tampoco nosotros sobreviviríamos en la jungla de asfalto.
Lo que denominamos física clásica surgió de nuestra observación cotidiana del mundo que nos rodea. Podíamos prever los ciclos lunares a partir de la observación del cielo, o definir la trayectoria de un tiro parabólico al analizar lo que ocurría tras lanzar flechas y piedras.
Sin embargo, cuando nos adentramos en el mundo de la física moderna, nos alejamos de la experiencia ordinaria del ser humano. Es lógico que nos cueste entender lo que sucede si nos movemos a velocidades cercanas a la de la luz, cuando lo más rápido que se pudo llegar a principios del siglo XX era a unos 100 kilómetros por hora.
¿Cómo vamos a comprender intuitivamente el principio de incertidumbre de un electrón, si nuestros ojos no han evolucionado para percibir esta diminuta partícula?
La mecánica cuántica trata de fenómenos que están fuera del rango ordinario de la experiencia humana, alejados de nuestra visión intuitiva de la realidad.
Hasta ahora nunca la hemos necesitado para sobrevivir.
  
¿QUÉ ES LA FÍSICA CUÁNTICA?

Desde la noche de los tiempos, el ser humano ha sentido la necesidad de comprender el universo. La cúspide de esta búsqueda, en el campo de la física actual, se organiza en torno a dos grandes teorías que acabamos de mencionar: la cuántica y la relatividad.
Mientras la relatividad nos describe el mundo macroscópico y los movimientos de las galaxias, la teoría cuántica nos desvela la enigmática conducta de los átomos y sus diminutos constituyentes, los ladrillos que forman todo aquello que nos rodea… e incluso a nosotros mismos.
Cuando a inicios del siglo XX la comunidad científica empezó a adentrarse en el mundo de la cuántica, descubrió que estas partículas diminutas jugaban con unas reglas muy distintas a las que estamos acostumbrados a ver en nuestro día a día. A menudo hacen cosas que nos parecen imposibles: una partícula puede aparecer de la nada, estar en dos sitios al mismo tiempo, comportarse como onda o corpúsculo dependiendo de cómo se la mire, atravesar paredes, compartir conexiones fantasmales (en palabras del propio Einstein) a pesar de estar separadas, y muchas otras aparentes extravagancias.
Los físicos de hace un siglo tenían una visión ordenada del cosmos, como si fuera un preciso mecanismo de relojería. Por eso, al adentrarse en este enigmático mundo de partículas diminutas, entraron en crisis y se preguntaron: «¿Cómo puede el universo comportarse de un modo tan alocado y caótico?».
La nueva física les invitaba a desafiar sus creencias y a reformularse preguntas de gran belleza intelectual: ¿Existe una realidad única y objetiva? ¿Está la Luna ahí arriba cuando no la miramos? A Einstein le gustaba pensar que sí. ¿Seguimos un guión determinado en nuestra existencia o lo escribimos a medida que vamos viviendo?
Pese a que la física cuántica sigue inquietando a quien pretenda comprenderla racionalmente, su radio de acción supera el abstracto y alejado terreno de las ideas.
Podríamos caer en el error de pensar que esta ciencia es de dudosa credibilidad y está basada sólo en especulaciones. Pero lo cierto es que la teoría cuántica es la más precisa que jamás haya manejado la ciencia. No se conoce, hasta la fecha, ningún experimento que la desmienta ni predicción fallida alguna.
De hecho, esta ciencia ha pasado a formar parte de nuestro día a día. Más de un tercio de nuestra economía depende actualmente de la física cuántica y lo que conocemos de ella. Al calentar por la mañana el vaso de leche en el microondas, cuando se nos abren automáticamente las puertas del supermercado, al utilizar la televisión, el ordenador, el teléfono móvil, los lectores láser, etcétera, usamos tecnología cuántica, aunque no seamos conscientes de ello.
Ante la teoría cuántica tenemos dos opciones:
1. «Calcula y calla» para obtener toda clase de avances tecnológicos.
2. Atreverse a interpretar lo que el universo y la materia nos está intentando decir.
 Si optamos por la primera no viviremos la confusión inquietante en la que desemboca la física cuántica y sus paradojas. Pero si queremos ir más allá de las ecuaciones para sumergirnos en los provocadores misterios del mundo cuántico, cruzaremos las fronteras de la física para adentrarnos en el territorio de la filosofía, incluyendo la metafísica —etimológicamente: más allá de la física.
En este libro vamos a viajar juntos por un campo lleno de respuestas inquietantes que nos llevan a preguntas aún más inquietantes.
Sobre esto, cuenta una anécdota que un estudiante se atrevió a preguntar al premio Nobel Richard Feynman: «¿Qué es realmente la función de onda cuántica?». El profesor se limitó a responder: «Chis, antes cierra la puerta».
  
ENTONCES… ¿QUÉ NO ES FÍSICA CUÁNTICA?

La atractiva interpretación del universo que nos brinda la física cuántica se utiliza a menudo para explicar todo tipo de fenómenos paranormales y pseudocientíficos, algo muy común en los últimos años.
En algunos casos puede no haber afán de engañar, pero sí hay una confusión de los límites en los que la ciencia tiene validez. A veces se utiliza la etiqueta «cuántica» para terapias alternativas y técnicas energéticas que pueden o no funcionar —no entraremos a juzgarlo—, pero que son totalmente ajenas a lo que se estudia en una facultad de física, y nada tienen que ver con la teoría cuántica. En otros casos, hay una deliberada mala intención al utilizar la credibilidad de la ciencia para lucrarse a través de cursos engañosos que fomentan la irracionalidad y la superstición, dos fantasmas contra los que la ciencia ha estado luchando desde sus inicios.
Eso no significa que debamos otorgar la verdad absoluta a los científicos, como sucedió en la Edad Media con los sacerdotes. Al igual que la mayoría censura el fanatismo religioso, el cientifismo a ultranza pasa por alto que la física sólo puede describir una parte muy pequeña de la realidad. Colocar al científico en el altar del conocimiento absoluto es invitarle a jugar el rol de los nuevos sacerdotes, algo que definitivamente no es su labor. Encontrar el equilibrio entre el escepticismo que nos permite discernir y la flexibilidad que nos invita a abrir nuevas puertas es una tarea nada sencilla, pero es un esfuerzo que, sin duda, merece la pena.

EL HOYO Y EL AGUA

Cuentan que a san Agustín le gustaba pasear de buena mañana por la playa y sumirse en sus reflexiones. En uno de esos paseos, el místico le daba vueltas al misterio de la Trinidad. Inmerso en sus cavilaciones, recorría la orilla una vez tras otra en su intento fallido de comprender racionalmente cómo tres personas pueden formar un único dios. Una paradoja que no conseguía resolver.
Perdido en sus pensamientos, observó distraídamente a un chiquillo que jugaba en la arena. El niño excavó un pequeño agujero. Acto seguido, corrió hacia el mar con una concha marina, recogió con ella toda el agua que pudo y volvió rápidamente para verterla en el agujero. Repitió aquella operación varias veces, hasta que san Agustín, acercándose a él, le preguntó:
—¿Qué haces, niño?
—Quiero meter el océano en mi hoyo —le respondió sonriente el pequeño.
San Agustín aleccionó al chico con un tono paternal:
—Lo que pretendes hacer es imposible.
—Pues es exactamente lo que estás intentando tú —le dijo para su sorpresa el niño—: meter en tu mente finita los misterios de Dios.
Esta fábula describe muy bien la tendencia humana de relacionar la física con la mística, la nueva ciencia con las antiguas enseñanzas orientales. Sin embargo, afirmar que la física cuántica demuestra la existencia de Dios o los preceptos de los maestros orientales es como intentar meter el océano en un hoyo de la playa.
La física cuántica sólo abarca un trozo minúsculo de la realidad que conocemos. Por eso, fundamentar el misticismo en una ciencia que aún está en pañales no es sólo una equivocación, sino una tergiversación tanto de la cuántica como de la espiritualidad.
No es tarea de la física meterse en estos berenjenales.
En palabras del astrofísico británico A. S. Eddington: «Hay que desconfiar de cualquier intento de reducir a Dios a un conjunto de ecuaciones diferenciales. Este fiasco debe ser evitado a cualquier precio».
Espiritualidad y ciencia no son incompatibles, es más, ambas pueden ser aproximaciones complementarias para comprender nuestro cosmos. Pero afirmar que una se deriva de la otra es, a mi juicio, un sinsentido.
Algunos de los padres de la física cuántica, como Einstein, Eddington, Schrödinger o Bohr, sin embargo, fueron personas con grandes inquietudes espirituales. ¿Por qué motivo? Quizá la imposibilidad de hallar respuesta a todo lo que se preguntaban fue lo que empujó a estos grandes científicos a ir más allá de la física.

LAS SOMBRAS DE LA CAVERNA

En un mito contenido en su diálogo La República, Platón describe a unos hombres que desde niños han sido encadenados en el fondo de una cueva, de espaldas a la entrada. Forzados a estar de cara a la pared, lo único que pueden ver son las sombras de animales y objetos que pasan delante de una gran hoguera.
Para ellos, aquellas sombras son los objetos reales, cuando de hecho sólo representan un reflejo limitado de ellos.
Del mismo modo, la luz de la física no explica la realidad última de nuestro mundo, sino que sólo nos ofrece algunos símbolos y sombras. La gran diferencia entre la física mecanicista y la moderna es que antes creíamos que la ciencia explicaba la realidad última y objetiva del mundo físico. Con la cuántica, nos hemos visto forzados a reconocer que nos movemos en un mundo de sombras.
De todos modos, el vasto océano por conocer no debe desanimar a los navegantes intrépidos. Aunque sólo podamos entender ese hoyo excavado en la arena, es lícito y saludable interrogarnos sobre la inmensidad.
Este libro es una invitación a navegar por los confines de la realidad y del conocimiento humano para ampliar nuestros propios horizontes mentales.
Como decía Richard Feynman, «No tomen todo esto de manera solemne… ¡Relájense y disfruten! Simplemente, vamos a hablar sobre el comportamiento de la naturaleza (…) Si se preguntan: "¿Cómo puede ser así?", entrarán en un callejón sin salida del que nadie ha logrado escapar hasta ahora. Nadie sabe cómo la naturaleza puede comportarse de este modo… ¡NADIE "entiende" la mecánica cuántica!».
Sonia Fernández Vidal, Desayuno con Partículas

viernes, 12 de febrero de 2016

A 100 AÑOS DE LA TEORÍA DE LA RELATIVIDAD

       
         El 25 de noviembre de 1915. Albert Einstein presento en Berlín la Teoría de la Relatividad: ayer el equipo del Observatorio de Interferometría Láser de Ondas Gravitacionales (LIGO, por sus siglas en inglés) confirmó la detección de las ondas gravitacionales, cuya existencia se postuló en esta teoría. Valga el siguiente texto como homenaje:

A finales del siglo pasado, se creía que la ciencia fundamental estaba llegando con éxito a sus últimas conclusiones. El Universo funcionaba de acuerdo a leyes sencillas e intuitivamente comprensibles que habían sido descritas con precisión. El noble Lord Kelvin incluso sugirió que los futuros investigadores tendrían que limitarse a llevar a cabo análisis cada vez más detallados sobre las mismas constantes fundamentales de la ciencia: no quedaba ningún nuevo territorio por explorar.

Sin embargo, todavía había algunas anomalías por resolver. Una de las paradojas concernía a la velocidad de la luz, que resultaba sorprendentemente constante fuese cual fuese el movimiento de la fuente y del observador. Otras se referían al mundo microscópico, que parecía resistirse extrañamente a ser descrito con exactitud. En las primeras décadas del pasado siglo XX, estos detalles no resueltos iban a resquebrajar la estable y rigurosa imagen del Universo que los científicos del siglo XIX habían articulado con tanta paciencia. En la actualidad, todavía no la hemos podido recomponer. Las paradojas que siguen pendientes de ser aclaradas resultan más fascinantes que cualquier rompecabezas ideado por los compositores de los puzzles humanos; ambos tienen todavía en común la tentadora sensación de que pueden ser resueltos con un arrebato ingenioso e intuitivo.

Dos razones me han llevado a relatar esta historia de un modo algo heterodoxo. La primera es
que estoy de acuerdo con la petición de Watson que aparece en estas páginas: «Nada de matemáticas, Holmes: siento pavor por el álgebra». He querido exponer las aparentes paradojas de la teoría cuántica y de la relatividad en términos puramente visuales y lógicos, de modo que todos los lectores tengan una razonable oportunidad de pensar en ellas por sí mismos y formarse su propia opinión sobre si existe alguna alternativa a la extravagante descripción de la Naturaleza que han proporcionado los físicos. La segunda razón es tratar de que toda la información pueda ser asimilada de la mejor manera posible. Cuando hoy día entro en una librería, me quedo absolutamente intimidado por el gran número de libros científicos que se exhiben en las estanterías. Me convertiré en una mejor persona si leo éste, me digo, mientras hojeo algún excelente volumen informativo. Pero no soy una mejor persona: soy de las más perezosas, así que acabo dirigiéndome a las secciones menos serias de la tienda. En la actualidad, nos vemos abrumados por una gran cantidad de información y, por eso, he puesto todo mi esfuerzo en tratar de que estas historias no resulten más difíciles de leer que los libros de ficción más accesibles.

Quiero expresar mi agradecimiento a la señora Jean Conan Doyle por haberme permitido utilizar los famosos personajes de su padre. Sir Arthur poseía un talento especial para describir de manera muy creíble a los hombres fundamentalmente inteligentes: en la imaginación de todo el mundo, Sherlock Holmes ha prevalecido en su campo durante más de un siglo. Como sabemos, él se consideraba un científico. Muchos de sus famosos aforismos (el saber se adquiere primero a través de la observación y, después, de la deducción; no teorices antes de que se produzcan los hechos; acepta lo improbable una vez que lo imposible haya sido excluido; una excepción refuta la regla y no puede ser ignorada) describen exactamente esas reglas que tiene que seguir una buena investigación científica, con un lenguaje sencillo que debe de ser la envidia de muchos modernos filósofos de la ciencia. También me he apropiado del famoso profesor Challenger, personaje cariñosamente irascible y sin pelos en la lengua. En un mundo en el que demasiados científicos están aprendiendo el modo de actuar de los políticos —no cuestiones las opiniones de tus superiores y maestros; muéstrate correcto y evasivo cuando te inviten a comentar algún disparate— necesitamos urgentemente a alguien como él.

Colin Bruce, La Paradoja de Einstein y otros Misterios de la Ciencia Resueltos por Sherlock Holmes

lunes, 10 de noviembre de 2014

FÍSICA DE LO IMPOSIBLE

Os dejo con parte del prologo de este interesante libro. Por cierto, lo de "Teletranspórtame, Scotty", con personas todavía no es posible, pero los científicos ya han comenzado a transportar determinados elementos; ¿cuáles?, lee el libro y te enterarás.

¿Será posible algún día atravesar las paredes? ¿Construir naves espaciales que puedan viajar a una velocidad superior a la de la luz? ¿Leer la mente de otras personas? ¿Hacerse invisible? ¿Mover objetos con el poder de nuestra mente? ¿Transportar nuestro cuerpo de manera instantánea por el espacio exterior?

Desde niño me han fascinado estas preguntas. Como muchos físicos, en mi adolescencia me sentía hipnotizado por la posibilidad de que hubiera viajes en el tiempo, pistolas de rayos, campos de fuerza, universos paralelos y cosas por el estilo. Magia, fantasía y ciencia ficción constituían un gigantesco campo de juego para mi imaginación. Con ellas empezó mi duradera relación amorosa con lo imposible.

Recuerdo cómo veía las reposiciones del viejo Flash Gordon en televisión. Cada sábado me encontraba pegado a la pantalla del televisor, maravillado ante las aventuras de Flash, el doctor Zarkov y Dale Arden y su impresionante despliegue de tecnología futurista: naves a reacción, escudos de invisibilidad, pistolas de rayos y ciudades en el cielo. No me perdía un episodio. El programa me abrió un mundo completamente nuevo. Me fascinaba la idea de viajar un día a un planeta lejano y explorar su territorio. Una vez en la órbita de estas fantásticas invenciones, sabía que mi destino estaba ligado de algún modo a las maravillas de la ciencia que prometía la serie.

No era el único. Muchos científicos consumados empezaron a interesarse por la ciencia gracias a la ciencia ficción. El gran astrónomo Edwin Hubble estaba fascinado por las obras de Julio Verne. Como resultado de la lectura de Verne, Hubble abandonó una prometedora carrera de abogado y contra los deseos de su padre, inició una carrera en ciencia. Con el tiempo se convirtió en el mayor astrónomo del siglo XX. Carl Sagan, famoso astrónomo y autor de éxito, alimentó su imaginación con la lectura de las novelas de John Cárter de Marte de Edgar Rice Burroughs. Como John Cárter, soñaba con explorar un día las arenas de Marte.

Yo era un crío cuando murió Einstein, pero recuerdo que la gente hablaba de su vida, y su muerte, en términos respetuosos. Al día siguiente vi en los periódicos una fotografía de su mesa de trabajo con el manuscrito de su obra más grande e inconclusa. Me pregunté qué podía ser tan importante como para que el mayor científico de nuestro tiempo no pudiera acabarlo. El artículo decía que Einstein tenía un sueño imposible, un problema tan difícil que ningún mortal podía resolver. Tardé años en descubrir de qué trataba él manuscrito: una gran y unificadora «teoría del todo». Su sueño me ayudó a centrar mi propia imaginación. Quería participar, aunque fuera modestamente, en la empresa de completar la obra de Einstein: unificar las leyes de la física en una única teoría.

Cuando fui algo mayor empecé a darme cuenta de que, aunque Flash Gordon era el héroe y siempre se quedaba con la chica, era el científico el que realmente hacía funcionar la serie de televisión. Sin el doctor Zarkov no había naves espaciales, ni viajes a Mongo, ni se salvaba la Tierra. Héroes aparte, sin ciencia no hay ciencia ficción.

Llegué a comprender que estas historias eran sencillamente imposibles en términos de la ciencia involucrada, simples vuelos de la imaginación. Crecer significaba dejar aparte tales fantasías. En la vida real, me decían, uno tenía que abandonar lo imposible y abrazar lo práctico.

Sin embargo, llegué a la conclusión de que para seguir fascinado con lo imposible, la clave estaba en el dominio de la física. Sin un sólido fundamento en física avanzada, estaría especulando indefinidamente sobre tecnologías futuristas sin llegar a entender si eran o no posibles. Comprendí que necesitaba sumergirme en las matemáticas avanzadas y estudiar física teórica. Y eso es lo que hice.

Ya como físico, he aprendido que «imposible» suele ser un término relativo. Recuerdo a mi profesora en la escuela dirigiéndose al mapa de la Tierra que había colgado en la pared mientras señalaba las costas de Sudamérica y África. ¿No era una extraña coincidencia, decía, que las dos líneas costeras encajaran tan bien, casi como piezas de un rompecabezas? Algunos científicos, decía, conjeturaban que quizá en otro tiempo fueron parte de un mismo y enorme continente. Pero eso era una tontería. Ninguna fuerza podía separar dos continentes gigantes. Esa idea era imposible, concluía ella.

Más avanzado el curso, estudiamos los dinosaurios. ¿No era extraño, nos dijo un profesor, que los dinosaurios dominaran la Tierra durante millones de años y que un buen día desaparecieran todos? Nadie sabía por qué habían muerto. Algunos paleontólogos pensaban que quizá un meteorito procedente del espacio había acabado con ellos, pero eso era imposible, algo que pertenecía más al ámbito de la ciencia ficción.

Hoy sabemos por la tectónica de placas que los continentes se mueven, y también que es muy probable que hace 65 millones de años un meteorito gigante de unos diez kilómetros de diámetro acabara con los dinosaurios y con buena parte de la vida en la Tierra. Durante mi no muy larga vida he visto una y otra vez cómo lo aparentemente imposible se convertía en un hecho científico establecido. Entonces, ¿no cabe pensar que un día podremos ser capaces de teletransportarnos de un lugar a otro, o construir una nave espacial que nos lleve a estrellas a años luz de distancia?

Normalmente tales hazañas serían consideradas imposibles por los físicos actuales. ¿Serían posibles dentro de algunos pocos siglos? ¿O dentro de diez mil años, cuando nuestra tecnología esté más avanzada? ¿O dentro de un millón de años? Por decirlo de otra manera, si encontráramos una civilización un millón de años más avanzada que la nuestra, ¿nos parecería «magia» su tecnología cotidiana? Esta es, en el fondo, una de las preguntas que se repiten en este libro: solo porque algo es «imposible» hoy, ¿seguirá siéndolo dentro de unos siglos o de millones de años?

Gracias a los extraordinarios avances científicos del siglo pasado, especialmente la creación de la teoría cuántica y de la relatividad general, ahora es posible hacer estimaciones grosso modo de cuándo, si alguna vez, podrán hacerse realidad algunas de estas fantásticas tecnologías. Con la llegada de teorías aún más avanzadas, como la teoría de cuerdas, incluso conceptos que bordean la ciencia ficción, como los viajes en el tiempo y los universos paralelos, están siendo reconsiderados por los físicos. Pensemos solo en los avances tecnológicos que hace ciento cincuenta años fueron considerados «imposibles» por los científicos de la época y que ahora forman parte de nuestra vida cotidiana. Julio Verne escribió en 1863 la novela París en el siglo XX, la cual quedó arrinconada y relegada al olvido durante un siglo hasta que fue accidentalmente descubierta por su bisnieto y publicada por primera vez en 1994. En ella Verne predecía cómo sería París en el año 1960. Su novela estaba llena de tecnología, que incluía faxes, una red mundial de comunicaciones, rascacielos de vidrio, automóviles impulsados por gas y trenes elevados de alta velocidad, lo que claramente se consideraba imposible en el siglo XIX.

No es sorprendente que Verne pudiera hacer predicciones tan precisas porque él estaba inmerso en el mundo de la ciencia y aprendía de las mentes de los científicos que tenía alrededor. Una profunda apreciación de los fundamentos de la ciencia es lo que le permitió hacer tan extraordinarias especulaciones.

Lamentablemente, algunos de los más grandes científicos del siglo XIX adoptaron la postura contraria y declararon que algunas tecnologías eran imposibles sin esperanza alguna. Lord Kelvin, quizá el físico más preeminente de la era victoriana declaró que aparatos «más pesados que el aire» como los aeroplanos eran imposibles. Pensaba que los rayos X eran un fraude y que la radio no tenía futuro. Lord Rutherford, el descubridor del núcleo del átomo, descartó la posibilidad de construir una bomba atómica, diciendo que eran «pamplinas». Los químicos del siglo XIX declaraban que la búsqueda de la piedra filosofal, una sustancia fabulosa que podía convertir el plomo en oro, era científicamente una vía muerta. La química del siglo XIX se basaba en la inmutabilidad esencial de los elementos, como el plomo. Pero con los colisionadores de átomos actuales podemos, en principio, convertir átomos de plomo en oro. Pensemos en lo que hubieran parecido los fantásticos televisores, ordenadores e internet de hoy a comienzos del siglo XX.

Hasta no hace mucho, los agujeros negros se consideraban ciencia ficción. El propio Einstein escribió un artículo en 1939 que «demostraba» que nunca podrían formarse agujeros negros. Pero hoy día, el telescopio espacial Hubble y el telescopio Chandra de rayos X han revelado la existencia de miles de agujeros negros en el espacio.

La razón por la que estas tecnologías se consideraban imposibles es que en el siglo XIX y comienzos del XX no se conocían las leyes básicas de la física y la ciencia. Dadas las enormes lagunas en el conocimiento científico en esa época, especialmente en el plano atómico, no sorprende que tales avances se consideraran imposibles.
Michio Kaku