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miércoles, 17 de febrero de 2021

EL ENTIERRO DE LA SARDINA

Rescoldo, o mejor, la Pola de Rescoldo, es una ciudad de muchos vecinos; está situada en la falda Norte de una sierra muy fría, sierra bien poblada de monte bajo, donde se prepara en gran abundancia carbón de leña, que es una de las principales riquezas con que se industrian aquellos honrados montañeses. Durante gran parte del año, los polesos dan diente con diente, y muchas patadas en el suelo para calentar los pies; pero este rigor del clima no les quita el buen humor cuando llegan las fiestas en que la tradición local manda divertirse de firme. Rescoldo tiene obispado, juzgado de primera instancia, instituto de segunda enseñanza agregado al de la capital; pero la gala, el orgullo del pueblo, es el paseo de los Negrillos, bosque secular, rodeado de prados y jardines que el Municipio cuida con relativo esmero. Allí se celebran por la primavera las famosas romerías de Pascua, y las de San Juan y Santiago en el verano. Entonces los árboles, vestidos de reluciente y fresco verdor, prestan con él sombra a las cien meriendas improvisadas, y la alegría de los consumidores parece protegida y reforzada por la benigna temperatura, el cielo azul, la enramada poblada de pájaros siempre gárrulos y de francachela. Pero la gracia está en mostrar igual humor, el mismo espíritu de broma y fiesta, y, más si cabe, allá, en Febrero, el miércoles de Ceniza, a media noche, en aquel mismo bosque, entre los troncos y las ramas desnudas, escuetas, sobre un terreno endurecido por la escarcha, a la luz rojiza de antorchas pestilentes. En general, Rescoldo es pueblo de esos que se ha dado en llamar levíticos; cada día mandan allí más curas y frailes; el teatrillo que hay casi siempre está cerrado, y cuando se abre le hace la guerra un periódico ultramontano, que es la Sibila de Rescoldo. Vienen con frecuencia, por otoño y por invierno, misioneros de todos los hábitos, y parecen tristes grullas que van cantando lor guai per l’aer bruno.

Pasan ellos, y queda el terror de la tristeza, del aburrimiento que siembran, como campo de sal, sobre las alegrías e ilusiones de la juventud polesa. Las niñas casaderas que en la primavera alegraban los Negrillos con su cáchara y su hermosura, parece que se han metido todas en el convento; no se las ve como no sea en la catedral o en las Carmelitas, en novenas y más novenas. Los muchachos que no se deciden a despreciar los placeres de esta vida efímera cogen el cielo con las manos y calumnian al clero secular y regular, indígena y transeúnte, que tiene la culpa de esta desolación de honesto recreo.

Mas como quiera que esta piedad colectiva tiene algo de rutina, es mecánica, en cierto sentido; los naturales enemigos de las expansiones y del holgorio tienen que transigir cuando llegan las fiestas tradicionales; porque así como por hacer lo que siempre se hizo, las familias son religiosas a la manera antigua, así también las romerías de Pascua y de San Juan y Santiago se celebran con estrépito y alegría, bailes, meriendas, regocijos al aire libre, inevitables ocasiones de pecar, no siempre vencidas desde tiempo inmemorial. No parecen las mismas las niñas vestidas de blanco, rosa y azul, que ríen y bailan en los Negrillos sobre la fresca hierba, y las que en otoño y en invierno, muy de obscuro, muy tapadas, van a las novenas y huyen de bailes, teatros y paseos.

Pero no es eso lo peor, desde el punto de vista de los misioneros; lo peor es Antruejo. Por lo mismo que el invierno está entregado a los levitas, y es un desierto de diversiones públicas, se toma el Carnaval como un oasis, y allí se apaga la sed de goces con ansia de borrachera, apurando hasta las heces la tan desacreditada copa del placer, que, según los frailes, tiene miel en los bordes y veneno en el fondo. En lo que hace mal el clero apostólico es en hablar a las jóvenes polesas del hastío que producen la alegría mundana, los goces materiales; porque las pobres muchachas siempre se quedan a media miel. Cuando más se están divirtiendo llega la ceniza… y, adiós concupiscencia de bailes, máscaras, bromas y algazara. Viene la reacción del terror… triste, y todo se vuelve sermones, ayunos, vigilias, cuarenta horas, estaciones, rosarios…

En Rescoldo, Antruejo dura lo que debe durar tres días: domingo, lunes y martes; el miércoles de Ceniza nada de máscaras… se acabó Carnaval, memento homo, arrepentimiento y tente tieso… ¡pobres niñas polesas! Pero ¡ay!, amigo, llega la noche… el último relámpago de locura, la agonía del pecado que da el último mordisco a la manzana tentadora, ¡pero qué mordisco! Se trata del entierro de la sardina, un aliento póstumo del Antruejo; lo más picante del placer, por lo mismo que viene después del propósito de enmienda, después del desengaño; por lo mismo que es fugaz, sin esperanza de mañana; la alegría en la muerte.

No hay habitante de Rescoldo, hembra o varón que no confiese, si es franco, que el mayor placer mundano que ofrece el pueblo está en la noche del miércoles de Ceniza, al enterrar la sardina en el paseo de los Negrillos. Si no llueve o nieva, la fiesta es segura. Que hiele no importa. Entre las ramas secas brillan en lo alto las estrellas; debajo, entre los troncos seculares, van y vienen las antorchas, los faroles verdes, azules y colorados; la mayor parte de las sábanas limpias de Rescoldo circulan por allí, sirviendo de ropa talar a improvisados fantasmas que, con largos cucuruchos de papel blanco por toca, miran al cielo empinando la bota. Los señoritos que tienen coche y caballos los lucen en tal noche, adornando animales y vehículos con jaeces fantásticos y paramentos y cimeras de quimérico arte, todo más aparatoso que precioso y caro, si bien se mira. Mas a la luz de aquellas antorchas y farolillos, todo se transforma; la fantasía ayuda, el vino transporta, y el vidrio puede pasar por brillante, por seda el percal, y la ropa interior sacada al fresco por mármol de Carrara y hasta por carne del otro mundo. Tiembla el aire al resonar de los más inarmónicos instrumentos, todos los cuales tienen pretensiones de trompetas del Juicio final; y, en resumen, sirve todo este aparato de Apocalipsis burlesco, de marco extravagante para la alegría exaltada, de fiebre, de placer que se acaba, que se escapa. Somos ceniza, ha dicho por la mañana el cura, y… ya lo sabemos, dice Rescoldo en masa por la noche, brincando, bailando, gritando, cantando, bebiendo, comiendo golosinas, amando a hurtadillas, tomando a broma el dogma universal de la miseria y brevedad de la existencia…

* * *

Celso Arteaga era uno de los hombres más formales de Rescoldo; era director de un colegio, y a veces juez municipal; de su seriedad inveterada dependía su crédito de buen pedagogo, y de éste dependían los garbanzos. Nunca se le veía en malos sitios; ni en tabernas, que frecuentaban los señoritos más finos, ni en la sala de juegos prohibidos en el casino, ni en otros lugares nefandos, perdición de los polesos concupiscentes.

Su flaco era el entierro de la sardina. Aquello de gozar en lo obscuro, entre fantasmas y trompeteo apocalíptico, desafiando la picadura de la helada, desafiando las tristezas de la Ceniza; aquel contraste del bosque seco, muerto, que presencia la romería inverniza, como algunos meses antes veía, cubierto de verdor, lleno de vida, la romería del verano, eran atractivos irresistibles, por lo complicados y picantes, para el espíritu contenido, prudente, pero en el fondo apasionado, soñador, del buen Celso.

Solían agruparse los polesos, para cenar fuerte, el miércoles de Ceniza; familias numerosas que se congregaban en el comedor de la casa solariega; gente alegre de una tertulia que durante todo el invierno escotaban para contribuir a los gastos de la gran cena, traída de la fonda; solterones y calaveras viudos, casados o solteros, que celebraban sus gaudeamus en el casino o en los cafés; todos estos grupos, bien llena la panza, con un poquillo de alegría alcohólica en el cerebro, eran los que después animaban el paseo de los Negrillos, prolongando al aire libre las libaciones, como ellos decían, de la colación de casa. Celso, en tal ocasión, cenaba casi todos los años con los señores profesores del Instituto, el registrador de la propiedad y otras personas respetables. Respetables y serios todos, pero se alegraban que era un gusto; los más formales eran los más amigos de jarana en cuanto tocaban a emprender el camino del bosque, a eso de las diez de la noche, formando parte del cortejo del entierro de la sardina.

Celso, ya se sabía, en la clásica cena se ponía a medios pelos, pronunciaba veinte discursos, abrazaba a todos los comensales, predicando la paz universal, la hermandad universal y el holgorio universal. El mundo, según él, debiera ser una fiesta perpetua, una semiborrachera no interrumpida, y el amor puramente electivo, sin trabas del orden civil, canónico o penal ¡Viva la broma! -Y este era el hombre que se pasaba el año entero grave como un colchón, enseñando a los chicos buena conducta moral y buenas formas sociales, con el ejemplo y con la palabra.

* * *

Un año, cuando tendría cerca de treinta Celso, llegó el buen pedagogo a los Negrillos con tan solemne semiborrachera (no consentía él que se le supusiera capaz de pasar de la semi a la entera), que quiso tomar parte activa en la solemnidad burlesca de enterrar la sardina. Se vistió con capuchón blanco, se puso el cucurucho clásico, unas narices como las del escudero del Caballero de los Espejos y pidió la palabra, ante la bullanguera multitud, para pronunciar a la luz de las antorchas la oración fúnebre del humilde pescado que tenía delante de sí en una cala negra. Es de advertir que el ritual consistía en llevar siempre una sardina de metal blanco muy primorosamente trabajada; el guapo que se atrevía a pronunciar ante el pueblo entero la oración fúnebre, si lo hacía a gusto de cierto jurado de gente moza y alegre que lo rodeaba, tenía derecho a la propiedad de la sardina metálica, que allí mismo regalaba a la mujer que más le agradase entre las muchas que le rodeaban y habían oído.

Gran sorpresa causó en el vecindario allí reunido que don Celso, el del colegio, pidiera la palabra para pronunciar aquel discurso de guasa, que exigía mucha correa, muy buen humor, gracia y sal, y otra porción de ingredientes. Pero no conocía la multitud a Celso Arteaga. Estuvo sublime, según opinión unánime; los aplausos frenéticos le interrumpían al final de cada periodo. De la abundancia del corazón hablaba la lengua. Bajo la sugestión de su propia embriaguez, Celso dejó libre curso al torrente de sus ansias de alegría, de placer pagano, de paraíso mahometano; pintó con luz y fuego del sol más vivo la hermosura de la existencia según natura, la existencia de Adán y Eva antes de las hojas de higuera: no salía del lenguaje decoroso, pero sí de la moral escrupulosa, convencional, como él la llamaba, con que tenían abrumado a Rescoldo frailes descalzos y calzados. No citó nombres propios ni colectivos; pero todos comprendieron las alusiones al clero y a sus triunfos de invierno.

Por labios de Celso hablaba el más recóndito anhelo de toda aquella masa popular, esclava del aburrimiento levítico. Las niñas casaderas y no pocas casadas y jamonas, disimulaban a duras penas el entusiasmo que les producía aquel predicador del diablo. ¡Y lo más gracioso era pensar que se trataba de don Celso el del colegio, que nunca había tenido novia ni trapicheos!

Como a dos pasos del orador, le oía arrobada, con los ojos muy abiertos, la respiración anhelante, Cecilia Pla, una joven honestísima, de la más modesta clase media, hermosa sin arrogancia, más dulce que salada en el mirar y en el gesto; una de esas bellas que no deslumbran, pero que pueden ir entrando poco a poco alma adelante. Cuando llegó el momento solemnísimo de regalar el triunfante Demóstenes de Antruejo la joya de pesca a la mujer más de su gusto, a Cecilia se le puso un nudo en la garganta, un volcán se le subió a la cara; porque, como en una alucinación, vio que, de repente, Celso se arrojaba de rodillas a sus pies, y, con ademanes del Tenorio, le ofrecía el premio de la elocuencia, acompañado de una declaración amorosa ardiente, de palabras que parecían versos de Zorrilla… en fin, un encanto.

Todo era broma, claro; pero burla, burlando, ¡qué efecto le hacía la inesperada escena a la modestísima rubia, pálida, delgada y de belleza así, como recatada y escondida!

El público rió y aplaudió la improvisada pasión del famoso don Celso, el del colegio. Allí no había malicia, y el padre de Cecilia, un empleado del almacén de máquinas del ferrocarril, que presenciaba el lance, era el primero que celebraba la ocurrencia, con cierta vanidad, diciendo al público, por si acaso:

-Tiene gracia, tiene gracia… En Carnaval todo pasa. ¡Vaya con don Celso!

A la media hora, es claro, ya nadie se acordaba de aquello; el bosque de los Negrillos estaba en tinieblas, a solas con los murmullos de sus ramas secas; cada mochuelo en su olivo. Broma pasada, broma olvidada. La Cuaresma reinaba; el Clero, desde los púlpitos y los confesonarios, tendía sus redes de pescar pecadores, y volvía lo de siempre: tristeza fría, aburrimiento sin consuelo.

* * *

Celso Arteaga volvió el jueves, desde muy temprano, a sus habituales ocupaciones, serio, tranquilo, sin remordimientos ni alegría. La broma de la víspera no le dejaba mal sabor de boca, ni bueno. Cada cosa en su tiempo. Seguro de que nada había perdido por aquella expansión de Antruejo, que estaba en la tradición más clásica del pueblo; seguro de que seguía siendo respetable a los ojos de sus conciudadanos, se entregaba de nuevo a los cuidados graves del pedagogo concienzudo.

Algo pensó durante unos días en la joven a cuyos pies había caído inopinadamente, y a quien había regalado la simbólica sardina. ¿Qué habría hecho de ella? ¿La guardaría? Esta idea no desagradaba al señor Arteaga. «Conocía a la muchacha de vista; era hija de un empleado del ferrocarril; vestía la niña de obscuro siempre y sin lujo; no frecuentaba, ni durante el tiempo alegre, paseos, bailes ni teatros. Recordaba que caminaba con los ojos humildes». «Tiene el tipo de la dulzura», pensó. Y después: «Supongo que no la habré parecido grotesco», y otras cosas así. Pasó tiempo, y nada. En todo el año no la encontró en la calle más que dos o tres veces. Ella no le miró siquiera, a lo menos cara a cara. «Bueno, es natural. En Carnaval como en Carnaval, ahora como ahora». Y tan tranquilo.

Pero lo raro fue que, volviendo el entierro de la sardina, el público pidió que hablara otra vez don Celso, porque no había quien se atreviera a hacer olvidar el discurso del año anterior. Y Arteaga, que estaba allí, es claro, y alegre y hecho un hedonista temporero, como decía él, no se hizo rogar… y habló, y venció, y… ¡cosa más rara! Al caer, como el año pasado, a los pies de una hermosa, para ofrecerle una flor que llevaba en el ojal de la americana, porque aquel año la sardina (por una broma de mal gusto) no era metálica, sino del Océano, vio que tenía delante de sí a la mismísima Cecilia Pla de marras. «¡Qué casualidad! ¡Pero qué casualidad! ¡Pero qué casualidad!» Repetían cuantos recordaban la escena del año anterior.

Y sí era casualidad, porque ni Cecilia había buscado a Celso, ni Celso a Cecilia. Entre las brumas de la semiborrachera pensaba él: «Esto ya me ha sucedido otra vez; yo he estado a los pies de esta muchacha en otra ocasión…»

* * *

Y al día siguiente, Arteaga, sin dejo amargo por la semiorgía de la víspera, con la conciencia tranquila, como siempre, notó que deseaba con alguna viveza volver a ver a la chica de Pla, el del ferrocarril.

Varias veces la vio en la calle, Cecilia se inmutó, no cabía duda; sin vanidad de ningún género, Celso podía asegurarlo. Cierta mañana de primavera, paseando en los Negrillos, se tuvieron que tocar al pasar uno junto al otro; Cecilia se dejó sorprender mirando a Celso; se hablaron los ojos, hubo como una tentativa de sonrisa, que Arteaga saboreó con deliciosa complacencia.

Sí, pero aquel invierno Celso contrajo justas nupcias con una sobrina de un magistrado muy influyente, que le prometió plaza segura si Arteaga se presentaba a unas oposiciones a la judicatura. Pasaron tres años, y Celso, juez de primera instancia en un pueblo de Andalucía, vino a pasar el verano con su señora e hijos a Rescoldo.

Vio a Cecilia Pla algunas veces en la calle: no pudo conocer si ella se fijó en él o no. Lo que sí vio que estaba muy delgada, mucho más que antes.

* * *

El juez llegó poco a poco a magistrado, a presidente de sala; y ya viejo, se jubiló. Viudo, y con los hijos casados, quiso pasar sus últimos años en Rescoldo, donde estaba ya para él la poca poesía que le quedaba en la tierra.

Estuvo en la fonda algunos meses; pero cansado de la cocina pseudo francesa, decidió poner casa, y empezó a visitar pisos que se alquilaban. En un tercero, pequeño, pero alegre y limpio, pintiparado para él, le recibió una solterona que dejaba el cuarto por caro y grande para ella. Celso no se fijó al principio en el rostro de la enlutada señora, que con la mayor amabilidad del mundo le iba enseñando las habitaciones.

Le gustó la casa, y quedaron en que se vería con el casero. Y al llegar a la puerta, hasta donde le acompañó la dama, reparó en ella; le pareció flaquísima, un espíritu puro; el pelo le relucía como plata, muy pegado a las sienes.

-Parece una sardina, -pensó Arteaga, al mismo tiempo que detrás de él se cerraba la puerta.

Y como si el golpe del portazo le hubiera despertado los recuerdos, don Celso exclamó:

-¡Caramba! ¡Pues si es aquella… aquella del entierro!… ¿Me habrá conocido?… Cecilia… el apellido era… catalán… creo… sí, Cecilia Prast… o cosa así.

Don Celso, con su ama de llaves, se vino a vivir a la casa que dejaba Cecilia Pla, pues ella era, en efecto, sola en el mundo.

Revolviendo una especie de alacena empotrada en la pared de su alcoba, Arteaga vio relucir una cosa metálica. La cogió… miró… era una sardina de metal blanco, muy amarillenta ya, pero muy limpia.

-¡Esa mujer se ha acordado siempre de mí! -pensó el funcionario jubilado con una íntima alegría que a él mismo le pareció ridícula, teniendo en cuenta los años que habían volado.

Pero como nadie le veía pensar y sentir, siguió acariciando aquellas delicias inútiles del amor propio retroactivo.

-Sí, se ha acordado siempre de mí; lo prueba que ha conservado mi regalo de aquella noche… del entierro de la sardina.

Y después pensó:

-Pero también es verdad que lo ha dejado aquí, olvidada sin duda de cosa tan insignificante… O ¿quién sabe si para que yo pudiera encontrarlo? Pero… de todas maneras… Casarnos, no, ridículo sería. Pero… mejor ama de llaves que este sargento que tengo, había de serlo…

Y suspiró el viejo, casi burlándose del prosaico final de sus románticos recuerdos.

¡Lo que era la vida! Un miércoles de Ceniza, un entierro de la sardina… y después la Cuaresma triunfante. Como Rescoldo, era el mundo entero. La alegría un relámpago; todo el año hastío y tristeza.

* * *

Una tarde de lluvia, fría, obscura, salía el jubilado don Celso Arteaga del Casino, defendiéndose como podía de la intemperie, con chanclos y paraguas.

Por la calle estrecha, detrás de él, vio que venía un entierro.

-¡Maldita suerte! -pensó, al ver que se tenía que descubrir la cabeza, a pesar de un pertinaz catarro-. ¡Lo que voy a toser esta noche! -se dijo, mirando distraído el féretro. En la cabecera leyó estas letras doradas: C. P. M. El duelo no era muy numeroso. Los viejos eran mayoría. Conoció a un cerero, su contemporáneo, y le preguntó el señor Arteaga:

-¿De quién es?

-Una tal Cecilia Pla… de nuestra época… ¿no recuerda usted?

-¡Ah, si! -dijo don Celso.

Y se quedó bastante triste, sin acordarse ya del catarro. Siguió andando entre los señores del duelo.

De pronto se acordó de la frase que se le había ocurrido la última vez que había visto a la pobre Cecilia.

«Parece una sardina».

Y el diablo burlón, que siempre llevamos dentro, le dijo:

-Sí, es verdad, era una sardina. Este es, por consiguiente, el entierro de la sardina. Ríete, si tienes gana.

Leopoldo  Alas, Clarín

 

domingo, 17 de diciembre de 2017

LA NOCHE-MALA DEL DIABLO


Viajaba de incógnito Su Majestad in inferis, despojada la frente de los cuernos de fuego que son su corona, y con el rabo entre piernas, enroscado a un muslo bajo la túnica de su disfraz, para esconder así todo atributo de su poder maldito.
Viajaba por el haz de la tierra y recorría a la sazón el Imperio Romano, en cuya grandeza confiaba para que le preparase por la fuerza y la humillación de las almas el dominio del mundo, que era suyo, según demostraban, con árboles genealógicos y una especie de leyes Sálicas, los abogados del infierno.
Había llegado a la Judea romana, atravesando el Gran mar como si fuera un vado; sobre las olas las plantas de Luzbel dejaban huellas de humo y chirridos del agua que quedaba hirviendo a su paso. Tomó tierra en Ascalon, y subiendo hacia el Norte por la playa estéril y desierta, antigua patria de los Filisteos, pasó, al ponerse el sol, cerca de Arimatea y de Lidda; más al llegar la noche, fría, helada, las estrellas que brillaban, y temblaban, muchas de ellas, con particular brillo y temblor, le dieron cierto miedo supersticioso; y como un ave a quien el viento, que cambia, empuja hacia donde va su ímpetu; o como nave que la tempestad envuelve, Lucifer se sintió impelido hacia Oriente, o mejor, hacia el Sudeste, camino de Emmaús, y allá fue, remontando la corriente de un flaco riachuelo.
A cada paso la noche le daba más miedo. Era clara, serena; mas, por lo mismo, temblaba el Diablo, porque cada astro era un ojo y un grito; todos le miraban y maldecían, cantando a su modo con su luz la gloria del Señor. Y además, en el ambiente sentía Satán ráfagas misteriosas, vibraciones sobrenaturales, y como aprensión de voces ocultas, de divina alegría, estremecimientos nerviosos del aire y del éter; la vida magnética del planeta se exaltaba; el Diablo se ahogaba en aquella atmósfera en que, como una tormenta, parecía próximo a estallar el prodigio. Tal como las altas nubes abaten a veces el vuelo y ruedan sobre las montañas y descienden a beber en las aguas de los valles, al demonio le parecía que aquella noche, el cielo, el de los ángeles, se había humillado y se cernía al ras de tierra; y las nieblas del río y las lejanías azuladas del horizonte le parecían legiones disfrazadas de querubines. Dejó atrás Emmaús, y guiado por instinto superior a su voluntad, siguió caminando al Sudeste, dejando a la izquierda a Jerusalén, cuyas murallas le parecieron de fuego. Llegó cerca de una majada de pastores que velaban y guardaban la vigilia de la noche sobre su ganado. No se acercó a su hoguera, ocultándose en las sombras a que no llegaban los reflejos inquietos de las llamaradas. Mas de pronto, la hoguera empezó a palidecer cual si llegara el día y la luz del sol ofuscase el vigor de su lumbre; los pastores miraron en torno y creyeron que de repente al aurora aparecía por todos los confines del cielo, y se acercaba a ellos con sus tintes de rosa. No era la aurora; eran las alas del ángel del Señor que vibraban con santa alegría, y al sacudir el aire creaban la luz. Temblaron los pastores sobrecogidos, postráronse en tierra, y ocultaban el rostro entre las manos, mientras el diablo clavaba dientes y garras en la tierra, como raíces de una planta maldita.
Lucifer oyó el confuso rumor de las palabras del Ángel, que sonaban desde lo alto como suave música escondida en los pliegues del aire; pero no comprendió lo que decía a los pastores la aparición celeste. No entendió que les decía: «No temáis, porque vengo a daros noticias de gozo, que lo será para todo el mundo. Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador que es Cristo el Señor. He aquí las señas: hallaréis al niño envuelto en pañales, echado en un pesebre».
Nada de esto oyó Satanás distintamente, pero sí vio que sus aprensiones de antes se cuajaban en realidad; porque de repente, como de una emboscada, salieron de las ondas del aire legiones de ángeles, una multitud de los ejércitos celestiales que alababan a Dios y decían: «Gloria en las alturas a Dios, y en la tierra paz, buena voluntad para los hombres».
Mas todo pasó como un sueño, volvieron a brillar la hoguera abajo y las estrellas arriba... pero el demonio daba diente con diente. Se acordó del Paraíso, del delito de Adán, de la promesa de Dios. ¡Iba a nacer el Unigénito! Dios iba a cumplir su palabra. Su infinito amor entregaba al Hijo a la crueldad y ceguera de los hombres.
Escondido en su propia sombra, que simulaba la de un nubarrón, Lucifer siguió a los pastores, que cual iluminados dejaron la majada y se encaminaron a Betlehem.
Y llegaron al mesón en que José y María se albergaban, y allí les dijeron que la casa estaba llena y que se habían acomodado José y María en el lugar más humilde de la posada: entraron y vieron al niño acostado en un pesebre.
Y mientras los pastores adoraban al Niño Dios, el Diablo, en forma de murciélago, entraba y salía en el corral humilde, lleno de envidia del amor de Dios. Pero empezaron a entrar y salir también ángeles menudos, de los coros del cielo, los modelos de Murillo, y como tropezaban sus alas con las del murciélago infernal, y se espantaban y huían, Lucifer se alejó de la cuna del Redentor y salió a la soledad de la noche, a la triste helada, tan ensimismado, que al volver, en lo oscuro, a su figura natural, no se acordó de despojarse de sus alas de murciélago, las cuales le fueron creciendo en proporción a su tamaño. Parecían capa angulosa de piel repugnante y como viva; y por instinto, para librarse del relente, el Demonio, meditabundo, se embozó en las alas.
-¡Oh, noche! -pensaba-. ¡Qué noche! Después del trance de la batalla celestial perdida; después de la primera noche en las tinieblas del abismo, esta es la más terrible de mi vida inmortal.
Y la envidia de la caridad le mordía el alma, que como era de ángel, aunque caído, conservaba en el mal, en la impotencia para el bien, todas las delicadezas de percepción y gusto de su prístina condición seráfica. El diablo sabe mucho, y sabe que lo más grande, lo más noble, no es la hermosura corporal, ni el poder, ni el ingenio, ni la fortuna; que lo más grande es el amor, la abnegación. Y así, no le envidiaba a Dios sus dominios sobre la infinidad del firmamento estrellado, su sabiduría, la belleza de sus obras creadas para su gloria: envidiábale aquel amor infinito que entregaba a los dolores de la carne la naturaleza divina, y hacía del Verbo un Hombre para comunicar con los míseros mortales.
La imaginación profética, su mayor tormento, presentaba a Lucifer, envuelto en sus alas de murciélago, el espectáculo del mundo a partir de aquella noche terrible que los pueblos llamarían Noche-buena.
¡Dios penetraba en los espíritus rebeldes; el Cristo iba a reinar en las almas y en las sociedades que parecían más refractarias a su ley! Primero el humilde señorío de unos cuantos judíos pobres, ignorantes; después la atracción misteriosa ejercida sobre el mundo pagano distraído, más frívolo que pervertido en el fondo; la conversión de pueblos bárbaros, el dominio por la fe, por la esperanza, por la caridad; reino ideal, sin espada. Y el demonio sonreía con amarga complacencia imaginando lo que seguía: la cruz-cetro, el báculo-hoz, que al enganchar a la oveja descarriada le hace sangrar con el filo: el poder temporal, el imperio ortodoxo; después el Papado-Imperio, la fuerza ciega creyéndose cristiana; la Cruz sirviendo de pared a los edictos imperiales; pasquines del Estado pegados al sublime leño; sentencias de muerte clavadas allí donde se leyó INRI. Sonreía el diablo, pero no muy contento, porque bien veía que aquello duraba poco... poco en comparación de la multitud de los siglos futuros... ¡Otra vez el reinado espiritual!... Resurrección de aquellos esplendores pasajeros del siglo XIII, del Evangelio nuevo; el mundo civilizado, de vida compleja, de cultura intensa y extendida por todas las regiones, viniendo a ser, sencillamente, una gran cofradía, que se pudiera llamar o Confederación Universal o La Orden Tercera. Francisco de Asís eternamente de moda. La frase evangélica: «Siempre habrá pobres entre vosotros...» explicada, no por la miseria material, no por el egoísmo que acapara, sino por la constante imitación de San Francisco.
Los pueblos más lejanos y más extraños a la civilización cristiana, dejando sus ídolos, sus libros sagrados, para copiar, primero, a la Europa y a la América laicas, profanas, sus Estados, sus armamentos, sus leyes frívolas de formalidad política, sus artes, su industria... y después imitar su conversión, el fondo íntimo de la esencia de su cultura, el fondo cristiano. Todos los pueblos cristianos. El mundo entero viendo con nueva claridad y fuerza el profanado sentido de aquellas palabras: «Las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella...».
«¡Oh, sí! -pensaba Lucifer llorando-. ¡Qué idea la de Dios! Hacerse hombre... Y hacerse hombre en la sangre del Hijo... Ser Hijo de Dios, nacer en un pesebre, predicar diciendo: Padre nuestro que estás en los cielos... danos el pan de cada día... Hágase tu voluntad... Todos somos hermanos; Dios, Padre de todos; perdonad las injurias; dadlo todo a los pobres y seguidme... Tener la cruz... y morir en ella... perdonando... ¡Inolvidable! ¡Inolvidable!...
»En cambio... yo... -seguía pensando Lucifer- me voy haciendo viejo; dentro de poco será cada día para mí un siglo; mis años caducos no serán respetables, seré el anciano chocho, sin grave dignidad, de que se burla el vulgo y que persiguen los pilletes, no el venerable patriarca que guía un pueblo; seré después algo menos que eso: una abstracción, un fantasma metafísico, un lugar común de la retórica; bueno para metáforas... ¡Ay! yo no me comunico con el mundo; en mis apariciones jamás dejo mi prerrogativa diabólica, mi inviolabilidad de espíritu; tengo miedo a hacerme carne que los hombres puedan atormentar... El egoísmo estéril no me deja reproducirme... Yo no tengo Verbo, yo no tengo Hijo... Yo me inutilizaré, me haré despreciable, llegaré a verme paralítico, en un rincón del infierno, sin poder mostrarme al mundo... y mi Hijo no ocupará mi puesto. ¡El gran rey de los Abismos no tiene heredero!...».
Y como seguía sintiendo, a lo lejos los estremecimientos de alegría del Universo en la Noche-buena; aquellas señas que se hacían las estrellas, guiñándose, en la inteligencia del sublime secreto como diciéndose unas a otras: «¡Lo que acaba de suceder! Allá abajo, donde quiera, en un rincón de la Vía Láctea... ¡ha nacido Dios!». Como los ángeles insistían en revolotear sobre Betlehem, y el cielo seguía, como niebla baja, cerrazón divina, a ras de tierra, mezclados el Empíreo y la Judea, Lucifer, a quien la envidia desgarraba las inmortales entrañas del espíritu sutil, hizo un supremo esfuerzo de voluntad, quiso violentar su egoísmo y pensó: «¡Yo también quiero encarnar, yo también quiero tener un hijo, yo también quiero mi Noche buena!...».
Pero ¿en quién engendrar al Hijo del Demonio? ¿Cómo perpetuar el mal en forma humana, en algo que dure siempre sobre la tierra, y haga de mi naturaleza cosa viva, tangible, imperecedera, inolvidable! -Y abriendo las alas de murciélago, que eran ahora inmensas, y se extendieron hasta el horizonte, ocultó en aquella oscuridad las estrellas; la noche se hizo tenebrosa. Y, con la voz del trueno, Satanás declaró su deseo a las tinieblas; propuso a la Noche la cópula infernal de que debía nacer el Satán-Hombre, la humanidad diabólica.
Mas, infeliz en todo, su imaginación profética le hizo ver por adelantado el cuadro de sus inútiles esfuerzos, el constante fracaso de sus pruritos de amor diabólico, el aborto sin fin de sus conatos de paternidad maldita. ¡Terrible suerte! Antes de emprender las hazañas de su imposible triunfo, ver y saber los desengaños infalibles. ¡Ver muertos los hijos primero de engendrarlos!
Y vio que de la Noche tendría por hijos al Miedo, la Superstición, que porque es ciega se toma por la Fe; nacerían el Error sentimental, la Ciencia apasionada, es decir, falsa; el Ergotismo hueco, la Hipótesis loca, la Humildad fingida, que rinde la virtud de la Razón a la Autoridad, y hace esclavo del orgullo inconsciente a la Conciencia. Mas todos estos hijos, pálidos, como nacidos en cuevas frías, oscuras, iban muriendo poco a poco; raza de microbios que la luz del Sol aniquilaba.
Lucifer, ya que a Dios no podía, quiso imitar a Júpiter y tomar mil formas para seducir a sus Europas, y Ledas y Alcmenas; y de meretrices, cortesanas, malas vestales y reinas corrompidas, tuvo hijos bastardos que le vivían poco; todos flacos, débiles, contrahechos. Tuvo por concubinas la Duda, la Locura, la Tiranía, la Hipocresía, la Intolerancia, la Vanidad, y le nacieron hijos que se llamaban el Pesimismo, el Orgullo, el Terror, el Fanatismo. Todos vivían hambrientos, devorando el bien del mundo que trituraban en sus fauces, que eran los estragos; pero en vano, porque poco a poco se iban muriendo... Hasta hizo tálamo el demonio del pórtico de la Iglesia; pero ni la Inquisición, ni la Ignorancia, ni la Monarquía absoluta, ni la Pseudo-Escolástica, le dieron el Hijo que buscaba, el inmortal, porque todos perecían. Al fin, en la Civilización creyó haber engendrado lo que buscaba, sorprendiéndola dormida; de aquella unión forzada nació el Materialismo, sensual, frívolo, egoísta... pero murió a manos de los hijos legítimos de aquella madre casta, y Satán vio que el mundo volvía a Jesús cuando parecía llegada la hora del diablo.
¡Padre infeliz! Después de siglos y siglos de constantes afanes por dejar descendencia, ¡rodeado de sombras, de recuerdos de prole infinita desaparecida, muerta, llorando en vejez estéril! Así pudo verse Lucifer en aquella imagen de lo futuro que su fantasía atormentada le presentó en el fondo tenebroso de la noche, en cuyo seno quiso engendrar su primogénito nacido para morir. Él, inmortal, no podía dar la inmortalidad a lo que engendraba... Cada año un hijo... cada año un muerto.
Todas las Noches-Buenas, Jesús nacía en un pesebre, y los pastores le veían entre las manos puras de María, que le envolvían en pañales...
Y a la misma hora, en la soledad de la noche fría, el diablo enterraba en los abismos el hijo suyo, muerto de helado, envuelto en un sudario hecho de nieve, de la nieve que nace de los besos sin amor del padre maldito que no puede amar; y como engendra sin cariño, sin espíritu de abnegación, de sacrificio, sólo engendra para la muerte eterna.

Leopoldo Alas “Clarín”

domingo, 21 de mayo de 2017

ERA EL MEJOR DE LOS TIEMPOS



era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.

En el trono de Inglaterra había un rey de mandíbula muy desarrollada y una reina de cara corriente; en el trono de Francia había un rey también de gran quijada y una reina de hermoso rostro. En ambos países era más claro que el cristal para los señores del Estado, que las cosas, en general, estaban aseguradas para siempre. Era el año de Nuestro Señor, mil setecientos setenta y cinco. En período tan favorecido como aquél, habían sido concedidas a Inglaterra las revelaciones espirituales. Recientemente la señora Southcott había cumplido el vigésimo quinto aniversario de su aparición sublime en el mundo, que fue anunciada con la antelación debida por un guardia de corps, pronosticando que se hacían preparativos para tragarse a Londres y a Westminster.

Incluso el fantasma de la Callejuela del Gallo había sido definitivamente desterrado, después de rondar por el mundo por espacio de doce años y de revelar sus mensajes a los mortales de la misma forma que los espíritus del año anterior, que acusaron una pobreza extraordinaria de originalidad al revelar los suyos. Los únicos mensajes de orden terrenal que recibieron la corona y el pueblo ingleses, procedían de un congreso de súbditos británicos residentes en América, mensajes que, por raro que parezca, han resultado de mayor importancia para la raza humana que cuantos se recibieran por la mediación de cualquiera de los duendes de la Callejuela del Gallo.

Francia, menos favorecida en asuntos de orden espiritual que su hermana, la del escudo y del tridente, rodaba con extraordinaria suavidad pendiente abajo, fabricando papel moneda y gastándoselo. Bajo la dirección de sus pastores cristianos, se entretenía, además, con distracciones tan humanitarias como sentenciar a un joven a que se le cortaran las manos, se le arrancara la lengua con tenazas y lo quemaran vivo, por el horrendo delito de no haberse arrodillado en el fango un día lluvioso, para rendir el debido acatamiento a una procesión de frailes que pasó ante su vista, aunque a la distancia de cincuenta o sesenta metros. Es muy probable que cuando aquel infeliz fue llevado al suplicio, el leñador Destino hubiera marcado ya, en los bosques de Francia y de Noruega, los añosos árboles que la sierra había de convertir en tablas para construir aquella plataforma movible, provista de su cesta y de su cuchilla, que tan terrible fama había de alcanzar en la Historia. Es también, muy posible que en los rústicos cobertizos de algunos labradores de las tierras inmediatas a París, estuvieran aquel día, resguardadas del mal tiempo, groseras carretas llenas de fango, husmeadas por los cerdos y sirviendo de percha a las aves de corral, que el labriego Muerte había elegido ya para que fueran las carretas de la Revolución. Bien es verdad que si el Leñador y el Labriego trabajaban incesantemente, su labor era silenciosa y ningún oído humano percibía sus quedos pasos, tanto más cuanto que abrigar el temor de que aquellos estuvieran despiertos, habría equivalido a confesarse ateo y traidor.

Charles Dickens, Historia de dos Ciudades

domingo, 13 de noviembre de 2016

LA TIENDA DE ANTIGÜEDADES


Había algo en esa respuesta que me hizo mirarla con sorpresa, pues me maravillaba que aquel recado la fortaleciera ante cualquier posible interrogatorio. Sus ojos vivos parecieron leer mis pensamientos, ya que al cruzarse con los míos añadió que no había nada malo en lo que había estado haciendo, pero que era un gran secreto que ni ella misma conocía.

Esto lo dijo sin el menor asomo de astucia ni engaño, con una franqueza directa que llevaba el marchamo de la verdad. Seguía caminando como antes, mostrándome mayor familiaridad conforme avanzábamos y hablando cada vez más alegremente. Pero no me dijo nada sobre su hogar, salvo que íbamos por un camino completamente nuevo para ella y quería saber si no habría otro más corto.

Mientras hablábamos de esta manera, pensé en cien explicaciones diferentes del enigma, que fui descartando una a una. No quería aprovecharme de la candidez o gratitud de la niña a fin de dar pábulo a mi curiosidad. Yo siento simpatía por los pequeños y considero una bendición cuando ellos, que parecen recién salidos de la mano de Dios, nos devuelven esa simpatía. Como su confianza me había encantado desde el principio, decidí merecerla y hacer justicia al talante que la había inducido a confiar en mí.

Sin embargo, no había motivos para que yo me abstuviera de conocer a la persona que tan inconsideradamente la había mandado sola, y de noche, a un lugar tan distante; y como no era improbable que si la niña se encontraba cerca de la casa pudiera despedirse de mí y privarme de dicha oportunidad, evité las calles más rectas y frecuentadas y tomé varios atajos, de manera que hasta que no llegamos a su calle no supo dónde estábamos. Dando palmas de alegría y adelantándose unos pasos, se detuvo ante una puerta y no tocó el timbre hasta que yo no la hube alcanzado.

La puerta tenía un cristal sin postigo, cosa que no observé al principio, dado que reinaba una gran oscuridad y silencio en su interior y yo esperaba ansioso (al igual que la niña) que alguien respondiera al timbre. Llamamos dos o tres veces más, y se oyó un ruido de alguien que se acercaba. Al final, apareció una débil luz a través del cristal que, a medida que se aproximaba (muy despacio, por cierto, pues el portador se abría paso a través de un montón de artículos esparcidos), me permitió ver no sólo el tipo de persona que era, sino también el tipo de lugar en el que vivía.

Era un anciano de larga cabellera gris. Mientras sostenía la luz sobre la cabeza y miraba avanzando hasta nosotros, pude distinguir su fisonomía. Aunque desmejorado por la edad, creí reconocer en su forma enjuta y delgada algo de ese molde delicado que ya había notado en la niña. Sus relucientes ojos azules se parecían mucho, pero el rostro del anciano estaba tan surcado por la edad y las preocupaciones que el parecido terminaba allí.

El lugar que atravesaba con paso lento era uno de esos almacenes de objetos antiguos y curiosos que parecen cobijarse en los rincones más viejos de esta ciudad y, por recelo y desconfianza, ocultan sus rancios tesoros al ojo público. Por aquí y por allá había armaduras que parecían fantasmas acorazados, fantásticos grabados traídos de monasterios, armas oxidadas de varios tipos, figuras contorsionadas de porcelana, madera, hierro y marfil; en fin, tapices y muebles extraños que parecían concebidos en sueños. El aspecto demacrado del vejete se adecuaba maravillosamente a aquel lugar: habría andado a tientas por viejas iglesias, tumbas y casas abandonadas y reunido todos los despojos con sus propias manos. No había nada en aquella colección que no concordara perfectamente con su persona, nada que pareciera más viejo o más gastado que él.

Mientras giraba la llave en la cerradura, me miró con asombro, que no disminuyó cuando la mirada pasó de mi persona a la de mi acompañante. La puerta se abrió y la niña se dirigió a él llamándolo abuelo y le contó la pequeña historia de nuestro encuentro.

Charles Dickens, La Tienda de Antigüedades

miércoles, 23 de diciembre de 2015

LA NAVIDAD DE PELUDO

Catorce años de no interrumpida laboriosidad podía apuntar el Peludo en su hoja de servicios; catorce años en que no hubo día sin ración de palos y sin hambre. ¡El hambre especialmente! ¡Qué martirio!

Sacar fuerzas de flaqueza para el cochinero trote, obligado por los pinchazos del recio aguijón; aguantar picadas de tábanos y de moscas borriqueras, enconadas, feroces con el sol y el polvo, en las llagas de la reciente matadura; sufrir talonazos y ver cortar la vara de avellano o de taray que, silbadora y flexible, se ha de ceñir a su piel, averdugándola; probar la dentellada de la espuela y el sofrenazo violento del bocado; recibir puñadas en el suave hocico y en los ojos, en los dulces y grandes ojos cuya mirada siempre expresa mansedumbre; doblegarse bajo la excesiva carga; arrastrarse molido y pugnar por no caer al suelo antes de que se termine una caminata tres veces más fatigosa de lo que cabe dentro de los límites del vigor asnal; todo esto, con ser tanto, le parecía miseriuca al Peludo, en cortejo de pasar rozando una pradera verde como la esperanza, mullida y aterciopelada como tapiz de seda, y no poder hartar la panza vacía, redondear los ijares metidos y chupados y la tripa hueca como tubería de órgano. Era tal la impresión que causaba al Peludo la vista de la hierba apetitosa, rociada, velluda, de los dorados pajares y de las mieses en sazón; tal la rabia que sentía al oír el murmurio de la fuente cuando secaba sus fauces el anhelo del trabajo y la polvareda pegajosa del camino real; tal la violencia de su furioso apetito y el ímpetu de su colosal gazuza, que más de una vez, él, el manso, el resignado, el trabajador, el obediente, «pensó» hacer una muy gorda y sonada: soltar un rebuzno de guerra y arremeter a coces y a muerdos contra su despiadado jinete, su espolique, su amo, su tirano... ¡Qué deleite arrojar al suelo el lastre de sacos de harina, que pesan cual plomo, patearlos, reventarlos; que la harina se esparciese por la carretera; meter en ella el hocico, aventarla, hacerla volar en blanquísimas nubes! Y si era mucha el ansia de comer, no menor la de revolcarse. ¡Revolcarse! ¡Cuánto tiempo, desde su tierna infancia, su época de buchecillo retozón y candoroso, que no se revolcaba, con las cuatro patas batiendo el aire y la gris barriga al sol, el Peludo!

Cruzaban estas ráfagas de emancipación por la deprimida mollera del esclavo, pero no adquirían consistencia; eran aleteos pasajeros que abatía al punto la convicción de su eterna servidumbre y de que la había dispuesto la suerte, el fatum que preside a la existencia del jumento. Sí, lo peor del caso es que al Peludo la desgracia le había hecho fatalista; no esperaba nada de la Providencia, ni se atrevía a creer que pudiese lucir para él jamás un instante de relativa dicha. Hiciese lo que hiciese lo mismo tenía que ser... Hambre y palos, palos y hambre... Arriba con la carga; avante por la senda, y nada de protestas ni de quiméricos ensueños...

Razón llevaba el paciente Peludo en desconfiar de la suerte y en prometerse mayores desventuras; su amo, en vez de mostrarle algún apego, una pizca de consideración, a medida que el Peludo perdía fuerzas, agilidad y bríos, iba tratándole con mayor dureza y encomendándole las tareas más rudas y bajas, los transportes más reventadores y las jornadas a palo seco, en todo el rigor de la frase. Por eso, la glacial y lluviosa noche del 24 de diciembre encontró al cuitado Peludo sufriendo la intemperie con cachaza estoica, atado a una argolla de hierro, a la puerta de la más conocida taberna del Pellejón, una de las varias que salpicaban las orillas de la carretera de Marineda a Brigos. Otras veces no faltaba para el Peludo en aquel templo báquico el abrigo de una cuadra o de un estercolero, o siquiera de un cobertizo cerquita del pajar; pero ésta era noche de bulla y parranda, de regodeo y jarros colmados de vino y aguardiente, y cuando el Peludo, al trotecillo desmayado de sus provectas patas, se acercó a la taberna, no quedaba sitio ni techo para él. De dos puntillones, el amo le pegó a la pared, le amarró a la anilla, y allí se quedó el jumento, sin más techo que un emparrado desnudo de follaje, cuyas ramas goteaban hilos de agua llovediza, formando una charca bajo los cascos.

Veía el Peludo, al través de los vidrios de la ventana, la sala de la taberna iluminada, alegre, llena de hombres que jugaban a los naipes, disputaban, despachaban guisotes de bacalao y apuraban vasos de caña y tinto. Mientras los racionales celebraban así la Navidad, el asno, transido y empapado hasta los huesos, rendido de cansancio y desfallecido de necesidad, no tenía ánimos ni para exhalar un suplicante y doloroso rebuzno pidiendo sustento y calor. Una nube veló sus pupilas; sus corvas se doblaron. Iba a caer sobre el fango líquido, cuando advirtió una claridad suave, muy diferente de la que derramaban las pestíferas candilejas de la taberna, y divisó a su lado, con profunda sorpresa a otro borrico: un asno plateado, de luciente pelo, vivaracho, cordial. ¡Qué compañía tan grata! «¡Hi-ho!», flauteó dulcemente el caduco y asendereado jumento. Púsose el recién venido a roer con los dientes la cuerda que al Peludo sujetaba, y presto lo dejó libre. Echó a andar el argentado borriquillo, y detrás de él, sin meterse en más averiguaciones, el Peludo, ya regocijado y fuerte. A medida que adelantaban, la noche se hacía transparente, estrellada, tibia; el camino, fácil, seco, llano, lindo. A derecha e izquierda, prados de un tono de felpa verdegay, esmaltados de violetas y ranúnculos, convidaban al Peludo a saciar su apetito; arroyos cristalinos le brindaban con qué apagar su sed. Y el Peludo, entrando a saco, descuidado, libre, se entregó a la hierba jugosa; desde lejos podía oirse el ruido de molino que al mascar producía su vieja dentadura. Bebió a su talante en los manantiales; atracóse de trébol y hierba mollar, y al paso que devoraba, redondeábase su panza como globo que se infla, hasta que de súbito estallaron las cinchas que sujetaban la albarda, y quedóse en pelota, feliz como un rey. ¡Ahora sí que no se sentía fatalista el Peludo! Tan dichosa aventura lo convertía en el mayor providencialista del universo. En lontananza empezaba a despuntar la mañanica dorada y risueña; las violetas del prado olían a gloria; todo incitaba a un revuelco deleitable, y, izas!, el Peludo se dejó caer y se puso a nadar en aquel golfo de verdura, impregnándose de olores floreales, recogiendo en su pelambrera hojas de manzanilla. El asno se sentía victorioso, envuelto en luces de gloria. Y allá en los aires, lejos, alto, voces misteriosas repetían la profética cláusula: «Nos ha nacido un niño, y se llama Emmanuel...» El asno de plata, salvador del Peludo, le miraba entre compasivo y amigable, y le rebuznaba bondadosamente: «¡Hi-ho! ¿No me conoces? Soy el que calentó con su aliento a Jesús en el establo..., y el que llevó a Egipto a María la Nazarena...»

A la puerta de la taberna, el amo del Peludo, al salir de madrugada con los humos de la embriaguez muy densos aún, vio a su montura tendida en la charca, los ojos vidriosos, las patas rígidas.

-Rompióse la cuerda -observó el tabernero-. No le dé patadas -agregó-, que de poco sirve; tiene la oreja fría; está difunto.

Pero el amo, con la terquedad característica de los beodos, seguía descargando puntapiés al animal, jurando, blasfemando y maldiciendo. Al fin, convencido de lo inútil de sus esfuerzos, soltó una opaca risotada.

-Para lo que servía... -gruñó-. Ya ni podía conmigo...

Emilia Pardo Bazán

domingo, 13 de diciembre de 2015

LA MÁSCARA ROBADA

Enviado por José María:

Reuben Wray, actor retirado de los escenarios, es un fanático del estudio de las obras de Shakespeare que se gana la vida dando lecciones de oratoria.

Al llegar a un nuevo hogar con su familia en Tidbury-on-the-Marsh, Reuben atrae la atención de algunos de los habitantes del lugar a causa de una caja de caudales que ven bajo su capa cuando llega a su nueva casa. La gente del pueblo supone que Wray y su familia son ricos, sin embargo, la caja contiene solo «la máscara robada», una réplica de yeso del busto de Shakespeare que se encuentra en la iglesia de Stratford-upon-Avon, lugar del que la familia ha tenido que huir precepitadamente, máscara que para Wray vale más que cualquier tesoro.

El secreto de la máscara conducirá al viejo actor y a su familia a un desenlace totalmente inesperado para ellos durante la víspera de las Navidades.

Inspirado por el éxito de obras como Cuento de Navidad, de su amigo Charles Dickens, Wilkie Collins, con su habitual ironía, decidió publicar La máscara robada, en diciembre de 1851, para regalar a sus lectores su particular y diferente cuento de Navidad lleno de misterio e intriga.

El libro presenta una mezcla de géneros: el homenaje a William Shakespeare, el cuento de navidad victoriano, el relato policíaco.

Toda la trama descansa en tres sencillos personajes: Reuben Wray, un actor sin talento que a sus sesenta años ha de dar clases de oratoria; Martin Blunt, solo tuvo una gran experiencia en el escenario y con ella se ganó el sobrenombre de Julio César; Annie; la hija de  Wray, de quien se tiene que ocupar.

Wilkie Collins emplea una prosa muy estilizada, diálogos muy vivos, con cierta ironía y algunos guiños o llamadas de atención al lector a través de los cuales se dirige directamente a él o incluso propone sus propias ideas sobre la historia como si esta tuviese una entidad propia y él fuera un mero narrador que nos la hace llegar. Crea tensión en el lector a través de las descripciones tanto de acciones como de los escenarios en que se desarrolla e infundir la intriga.

lunes, 12 de octubre de 2015

PLEITO AL SOL


12 de octubre, y como buen maño cantaremos:

P’al Pilar, sale lo mejor,
los gigantes y la procesión.

Procesión, la verdad, no os traigo ninguna; pero, si a un gigante, a Pedro Saputo, Pedro el Sabio, entrañable personaje de Braulio Foz, quien, siguiendo los pasos del Lazarillo y de Cervantes, enlaza en este personaje aventuras, chistes y burlas del folklore regional aragonés.

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Dicen, pues, que mientras Pedro Saputo estuvo en la corte, pusieron los de su lugar pleito al sol, y que cuando llegó a Zaragoza y después que le hubieron saludado todos, le llamaron un día a la plaza en donde estaba ayuntado el pueblo, y le dijo uno del concejo:
―Con mucho deseo, oh hijo nuestro Pedro Saputo, esperábamos tu venida al lugar para darte cuenta de una cosa que hemos hecho y que tú con tu mucha agudeza y sabiduría nos has de ayudar a llevar a buen cabo y final cumplimiento. Has de saber que habrá un mes pusimos un pleito al sol...
Apenas oyó esto Pedro Saputo, dijo:
―¡Pleito al sol!
Y respondió uno de la plaza:
―Pleito al sol, sí, pleito al sol; porque siempre nos fiere de frente en el camino de Huesca. ¿Vamos allá? Nos fiere la cara; ¿venimos de allá?, nos torna a ferir la cara. Y el otro día a Simaco Pérez y a Calisto Espuendas les sucedió que de así ferirles el sol se tornaron cegatos; y como esto aconteció ya a otros en otras ocasiones pasadas no queremos que nos acontezca a todos, hoy uno, mañana dos, porque después los de otros lugares nos farán mueca y nos llamarán ojitos y guiñosos. Por eso hemos puesto pleito al sol, y hasta que le ganemos y no nos fiera más de cara en el camino de Huesca, no hemos de parar. Y ya puedes tú que eres tan agudo y tan aquel, mirar y fer que esto no se pierda y trabajar con los jueces y letrados, que al fin bien los pagamos, que yo dié el otro día una ovella que me tocó para los gastos.
―Pero, señores ―dijo Pedro Saputo― ¿es posible que habéis caído en la mengua que estáis diciendo? ¿Pleito al sol habéis puesto? ¿Qué dirán los otros pueblos?
―Que digan lo que quieran ―respondió otro bárbaro de la turba―; más vale que digan eso que no tornarnos cegatos y después no valgamos para cosa, y nos fagan la figa y no lo veigamos. Y ya puedes traballar si no a volar a d'icho lugar, que parece que desde que has estado en la corte del rey ya no te conocemos.
Y a estas palabras siguieron otras más altas, acalorándose la gente de modo que Pedro Saputo hubo de ceder, y haciendo señal de querer hablar, se sosegaron y callaron, y él les dijo:
―Yo os doy palabra que el pleito se acabará en breve, que no durará una semana, y que lo ganaremos.
―¡Bien! ¡Bien! ¡Viva Pedro Saputo!
Y se deshizo la junta.
Preguntó quién era el letrado que defendía a Almudévar, y fue a verse con él y las demás piezas de aquel juego.
El letrado le dijo que efectivamente le habían pedido los de Almudévar que les escribiese una demanda y querella contra el sol, porque les daba de cara cuando venían a Huesca y cuando se volvían al lugar, y que le querían poner pleito; que primero les dijo que era un disparate, pero que no pudo disuadirles; que después los quiso arredrar con los gastos que ocurrirían, y que a esto habían respondido que no faltaría dinero; y que en efecto después había sabido que se escotaban y reunían una cantidad muy considerable. Por esta relación vio Pedro Saputo que no había lo que él sospechara de estafas y malicia; se rió con el letrado, se estuvo paseando por allí dos días, y al tercero por la tarde se volvió a Almudévar discurriendo antes el modo de salir del paso, dejando a los de su lugar por tontos hasta la consumación de los siglos.
Convocó al pueblo por la mañana, y le dijo desde unas piedras que habían sido cimiento y pie de una cruz:
―Hijos de Almudévar, os participo que hemos ganado el pleito al sol... No os alborotéis; oíd: ya no os volveréis cegatos, ni os podrán llamar ojitos y guiñosos, porque no lo seréis. La cosa ha pasado de esta manera. Después de ver lo que se alegó de nuestra parte y lo que contestó la contraria, fui al juez y le hablé largamente de la tirria que nos tiene el sol, y de su terquedad y trece de cuenta en herirnos siempre de cara; y en fuerza de mis reflexiones ha sentenciado a nuestro favor; e yo tomando una copia de la sentencia me la puse en este secreto de mi gabán, y es del tenor siguiente (¡cómo levantaron la cabeza y abrían la boca para escucharla!): «En la ciudad de Huesca, a los siete días del mes de noviembre del año a Nativitate mil y tantos diez catorce, yo el infrascrito juez, alcalde, corregidor, tribunal y definidor de causas, pleitos y querellas de la tierra y los planetas de cielo; en la instancia que se sigue por el consejo y villa de Almudévar contra el procurador Benito Gómez nomine y de parte del sol de España; atento a lo que por ambas partes se ha alegado, y remitiéndome al proceso en todo caso tam in preses cuam in futurum, declaro y fallo en justicia, ley, conciencia, y razón, y en nombre y voz de la católica majestad del rey nuestro señor (que Dios guarde), que el concejo y Villa de Almudévar no pide ninguna gollería ni lo que dicen cotufas en el golfo, sino lo que hace muchos años y aun siglos que pudieron pedir con el mismo derecho y justicia que agora, y que el sol en adelante no sea osado de ferilles de cara cuando vengan de Huesca y se vuelvan por la mañana...»
Aquí no pudo ya contenerse la multitud, y tiraron los sombreros al aire gritando:
―¡Viva Almudévar! ¡Viva Pedro Saputo!
Y duró un rato la algazara y jubilación de la victoria.

Braulio Foz, Vida de Pedro Saputo

domingo, 16 de agosto de 2015

LOS AMIGOS DEL VERANO


          Pensando en diversos acontecimientos que han tenido lugar en lo que va de verano, he recordado este pequeño cuento: 

En las tardes perezosas de verano, cuando el aire acondicionado golpea sin misericordia mi garganta en la peluquería y me siento a beber algo, desearía no saber, no preguntar razones ni poseer el poder de cuestionarme las absurdas razones de acabar aquí, en este orden invisible y sin sentido. Sólo hay una esperanza, la certeza vaga, a veces marcada a fuego, de que las cosas ocurren porque deben ocurrir, y por lo tanto, mi espera será fructífera y obtendrá su recompensa.

Así rueda el mundo. Yo tuve 15 años y un pulso excelente. Ahora he cumplido 26 y mi temple continúa intacto. Ojalá las cosas fueran tan sencillas como entonces. O quizás ahora se han simplificado tanto, se dirigen tan invariablemente al mismo fin, que me cuesta pensar en nuevos objetivos más de lo que antes me costaba.

Yo tenía 15 años; Reme, algunos más, en aquel verano inacabable en que me aceptó como aprendiza en la peluquería. Cada mañana, exactamente a las 7.30 horas, ella me esperaba ya con una taza de café de color sospechoso, canciones de aquellos años a media voz, envuelto todo en el aroma que me golpea las sienes cada vez que pienso en Reme; un olor dulce, vagamente metálico, quizás también asociado a David, como de jazmín, un vaho que tras un día de trabajo, mezclado con el aire caliente de los secadores, la humedad y los cosméticos, revoloteaba como mariposas y se adhería a mi piel sin dejar a Reme.

No ha vuelto un verano como aquél. He dedicado los siguientes a recoger pequeños fragmentos huérfanos, a hacer que la música salga de su cárcel de vinilo y de la sombra retorcida. Creo que existe tan poco pasado que debo reinventarlo una y otra vez. Las canciones viejas acompañaron demasiadas veces a Reme como para olvidarlas.

He vivido aquellos meses muchas otras veces, en un intento desesperado de recuperar un tiempo placentero; y sin embargo, en la realidad aquel verano no resultó agradable en absoluto. Sólo hubo trabajo: Reme trabajando. Si permanecía allí, en el pueblo que nos vio nacer a las dos, no se debía tanto a su falta de ambición como a sus miedos. Mantenía sus secretos como en una urna, pero a menudo la música dionisíaca, las tijeras alocadas que yo controlaba impasible, le entreabrían los labios y hablaba de sus miedos, frotándose las manos, irritadas por el látex de los guantes. Una costumbre heredada, como tantas otras, de su padre.

En la peluquería le molestaban los guantes, y terminó por conservar sólo el derecho. Con la izquierda corregía la inclinación de las cabezas, el movimiento de los cabellos. Sus manos, pese al café del que no se separaba jamás, no temblaban; pero el trabajo era poco, los precios bajos, y ella no prosperaba. Su padre le había dejado un terror crónico a todos los cambios, y con el terror, la barbería que luego fue su peluquería.

-Para afeitar hace falta un pulso de hielo- decía a quienes le proponían conservarla como barbería. -Quizás a Olga le convenga- y me señalaba, pero yo aborrezco las navajas. Atraen las tragedias. No veréis una en mi mesa. Ya caerá el dinero de alguna parte; y a los hombres no les agradan manos de mujer en la cara.

Quizás pensaba en su novio, David; Reme limitaba el mundo a sus pasos. Entonces yo no conocía menos la condición humana. Se mostraba reservada respecto a él y sólo se permitía hablar con entusiasmo de su pelo negro y brillante. Luego callaba, temerosa de resultar irritante, o jactanciosa, porque Reme tenía la voluntad débil y no acababa de creer su suerte.

David era su sueño, una pesadilla perfecta, una obsesión sin entrañas. Había abandonado los estudios, y se le veía rodeado de coches y motos, en un taller cercano. Entre esas máquinas que pretendían devorar su delicado perfil, su mandíbula firme, pasaba la semana. Miraba desde el fondo de unos ojos plateados. Daba frío, como tocar un cuchillo. Cuando estaba de humor rondaba a Reme; la mayor parte de las veces la dejaba languidecer sin noticias.

Reme, cuando yo tenía 15 años, me enseñó todo lo que sabía. Reme actuaba con la dulzura de los jazmines, y cuando, muy de mañana, exactamente a las 7.30 horas, cuando el café recién hecho, el perfume que comenzaba a nacer y la música se disputaban el local y ella me recibía con expresión de cansancio y desorientación, yo comprendía que la apreciaba; pero no entendía cómo David la miraba siquiera. No era humano. No lo era. Nunca hubo nada tan bello, nada tan frío. Sólo necesitaba existir para que el mundo girara. A su lado, nada quedaba de Reme. Luego vi que ella se movía en la mediocridad del oficio, con sus sonrisas humildes y los peinados tradicionales; y sus miedos. A veces, cuando Reme repasaba las cuentas y, ante las pérdidas, se planteaba abrir la barbería, yo imaginaba acariciar con espuma y navaja a David, y comprobar de cerca si no era mercurio lo que le blanqueaba las venas, si el acero podría herir su superficie. Imaginaba su gesto de sorpresa y dolor al ver una raya roja en su piel; pero nunca hubo navajas en la peluquería de Reme. Se equivocó. Como con tantas cosas, se equivocó.

No descubrí la causa de su separación, porque Reme no alcanzó a contármelo, y para David sólo fui una bata blanca, un ser insignificante que aleteaba por la peluquería. Durante días quedó un ambiente extraño, como si un ángel, un demonio, hubiese partido de nuestro lado. La ruptura llegó con el final de agosto. Reme pretendió no inmutarse. Nunca se refería a él, y convenció a todos de su entereza. Quiso demostrarnos que poseía un corazón de hierro; pero a veces, cuando yo le preguntaba algo, no me escuchaba.

El día de mi despedida, el día en que el tiempo de mi aprendizaje terminaba, Reme amaneció con expresión ausente en su rostro sin gracia. Sólo aparecieron dos clientas. Como sin pretenderlo, me dejó saber que en unos días iban a embargarle el local. Dijo que no le importaba. Yo afilé todas las tijeras, excepto las que se empleaban para cortar el flequillo de los niños. Le oí decir algo, pero el estruendo de la máquina y la música chillando a la vez me lo deformaba. Apagué el interruptor y la miré, a la espera de sus palabras.

-Me muero- dijo. La voz recorría el techo oceánico de la peluquería, y el tiempo pareció morirse por un buen rato. Luego me volvió la espalda. Yo no sabía si abrazarla o golpear su camisa hasta amoratar la propia tela. Entonces vaciló, se apoyó en uno de los sillones rotatorios y rompió a llorar. Yo subí el volumen y barrí el suelo, donde aún reptaban algunos cabellos rubios. Ella continuó hablando. -No sé prosperar. Ni vivir.

Era un estupendo día de septiembre y yo cogí mi paga y me fui, con la intuición de no haber visto el fin de aquello aún. Deambulé por el pueblo toda la tarde, con los pasos perdidos. Me senté sobre las piedras de la acera y esperé. El pueblo olía a podrido; a flores machacadas.

Regresé a la peluquería al anochecer, pensando en pedirle que me readmitiera, convencida de que algo pensaría para salvarnos. La puerta había girado su cartel prohibiendo la entrada, de modo que di la vuelta al callejón y entré. Me sorprendió el silencio, y me percaté de pronto de que no flotaba su rastro de jazmines en el aire.

Cuando encendí la luz vi a Reme con la boca abierta y las muñecas cercenadas. En ese momento fue como si la música, y los jazmines, y el café, mis amigos de aquel verano hubiesen muerto. Los recordé con pena y un poco de nostalgia; casi como si no sintiera nada. Resortes rotos entre el charco tibio que se iba poco a poco ampliando hasta mis pies. Me incliné, le arranqué el guante con cuidado y llamé a la policía. Cuando la recogieron, suicida y fría, me dejaron marchar sin preguntas. Salí de la peluquería y cerré con fuerza. Me sabía la boca a óxido frío. Y, resulta curioso, pese a aquel silencio no escuché el portazo.

Cuánto tiempo ha pasado, cómo se marchan los años en hilera, de puntillas. Ahora abro todas las mañanas mi propia peluquería; exactamente a las 7.30. Comienzo a convertirme en una mujer acomodada y puedo permitirme el lujo de elegir clientela. El local es lujoso; tengo 12 oficialas. Sin embargo, en lo esencial, se mantiene como conocí yo el de Reme.

Y si la música aún no se ha cansado de sonar, y si he buscado hasta volverme loca extractos de jazmín es porque sé que permanezco aún dentro de aquellos hechos, de aquella peluquería. La puerta no sonó, nunca se cerró en realidad. Algún día, ojalá exactamente a las 7.30 horas, David caminará frente a la peluquería. Entrará, porque nada es más osado que las tristes memorias. Creerá reconocer la música y el aroma. Su mecanismo de hierro latirá un momento, quizás. Y, porque así lo he pensado desde siempre, y las cosas ocurren porque deben ocurrir, se acercará a la silla donde encuentre, reflejada en el espejo medio empañado, la taza de café.

Mis manos, la enguantada y la libre, recorrerán su pelo. El cerrará los párpados plateados; me inclinaré hacia él, acariciaré su cuello, y tal vez le bese, recordando. La música me guiñará un ojo, dará la señal, y de un movimiento ágil rajaré la garganta más bella del mundo. Porque esta vez hay navajas.

Espido Freire

martes, 21 de abril de 2015

FIGURA DE CARBÓN

                En protesta de los tristes hechos ocurridos ayer en Barcelona, este duro relato de Alfredo Gómez Cerdá que recoge el monólogo interior de una profesora maltratada por sus alumnos. En protesta por nuestra indefensión. Por ello este relato y la viñeta de Gallego y Rey en el ejemplar de hoy en El Mundo.

No me di cuenta hasta el día 15 de marzo. Entré en clase y vi una de mis compresas pegada en la pizarra. justo en medio de la pizarra. Con una tiza roja, habían pintarrajeado alrededor. Churretes rojos como hilillos de sangre. ¿Cómo es posible que tardara tanto en comprenderlo? Entonces empecé a repasar mentalmente las casas que habían sucedido desde el comienzo del curso. Todo adquirió otro sentido. El verdadero sentido. Entendí el porqué de cada palabra y el significado de cada gesto. Nada fue gratuito ni casual. ¡Mierda! Ser una ingenua no justifica que tardara tanto en comprenderlo. Tenía que haber adivinado sus intenciones desde el principio. Eso me habría ayudado a reaccionar. ¡Mierda! Soy una tonta de remate. Una idiota. ¡Mierda! ¡Mierda! Ahora mi mente anda descontrolada y me bombardea todo el tiempo. No me deja en paz ni de día ni de noche. ¡Es horrible! No se puede vivir así. No se puede vivir con una cabecita que se empeña en recordártelo a todas horas. Debo reaccionar. Respiraré hondo varias veces. Que se oxigenen mis pulmones. Todo mi cuerpo debería oxigenarse. Pensaré después en otra cosa. Haré un esfuerzo sobrehumano para pensar en otra cosa. Lo estoy haciendo. Trato de pensar en la última película que he visto. Fue la semana pasada. En realidad no pude ver nada. La pantalla estaba allí. Enorme. Las imágenes se sucedían para contar una historia que a la salida todo el mundo alababa en voz alta. Fui a ese cine con la intención de obligar a mi mente a desconectar. El cine siempre me atrapa. Me transporta. Me hace volar y soñar. Pero ese día no conseguí despistar a mi mente. No sirvió de nada la sala del cine. La sala oscura. Yo creo que la oscuridad me provoca más pensamientos. Me ocurre por la noche. Apago la luz para intentar dormirme y entonces noto que ese bombardeo se intensifica hasta hacerse insoportable. Tengo que encender la lamparita de la mesilla y tratar de que el sueño haga un quiebro a mis pensamientos para poder abrirse un hueco entre ellos. El otro día mi madre se levantó a media noche a tomarse una aspirina. Le dolía la cabeza. Se extrañó al ver la luz encendida a las tantas de la madrugada y entró en mi habitación. ¿Estás bien? Me he desvelado un poco preparando el examen de mañana. ¿Seguro que estás bien? Sí. En ese momento pensé en levantarme de la cama y tomarme también una aspirina. Dicen que la aspirina es un medicamento maravilloso que lo cura todo. Debí hacerlo. Me di cuenta entonces de que he aprendido a mentir bien. No me había desvelado preparando un examen ni me encontraba bien. Tenía la idea de que no sabía mentir. Nunca me han gustado las mentiras. Pero he aprendido a mentir. Lo he hecho a mi pesar. Algo dentro de mí me empuja a hacerlo. Me digo que no volveré a mentir nunca más. Pero vuelvo a hacerlo. Estoy bien. Estoy bien. Estoy bien. Siempre había pensado que podría resistir la verdad por dura que fuera. Estaba equivocada. Ahora sé que hay verdades que no puedo soportar. Verdades que no puedo compartir. No puedo hacerlo ni con mis seres más queridos. Ni con mi madre. Ni con mi padre. Ni con mi hermano. Ni siquiera con Alicia. A veces lo que no podemos compartir con nuestra familia podemos compartirlo con la mejor amiga. Pero tampoco puedo hacerlo con ella. Me habla de sus cosas y yo sé que no me miente. Yo le hablo de las mías y siempre le miento. ¡Qué rabia me da! A veces lo siento como una traición. Respirar hondo. En profundidad. Oxigenar los pulmones. Intentar que el corazón se calme un poco y recobre su ritmo. Setenta pulsaciones. Setenta y cinco. Ahora no hay forma de que baje de las cien. Ni siquiera cuando me acuesto y trato de relajarme en la cama. Aflojo todos los músculos y me imagino que floto en un mar de ingravidez. Debería tomarme una aspirina. Sirven para todo. Trataré de pensar en el último libro que he leído. ¿Leído? Es sorprendente. Sé que mi vista recorrió, uno a uno, todos los renglones del libro. Todas sus páginas. Pero cuando llegué al final me di cuenta de que nada de ese libro había penetrado en mi mente. Ella estaba ocupada en otros asuntos y no dejaba ni un resquicio para libros. ¡Puta mente! La insulto, sí, pero en el fondo ella no tiene la culpa de nada. Ella se limita a recordármelo a todas horas. Ella solo me repite que tengo un problema muy serio y que como no lo solucione pronto las cosas pueden acabar fatal. ¡Fatal! ¡Qué palabra! Fatal suena fatal. Fatalidad. No es lo mismo. Lo sé. Pero las dos cosas me afectan. Fatal. Fatalidad. Noté algo raro cuando entré en el aula y todos estaban callados. Como muertos. Me sorprendió el silencio. Era un silencio forzado. Hasta alguien ajeno al instituto se habría dado cuenta. Un silencio premeditado. Estudiado. Consensuado. Miré la compresa pegada en la pizarra. Era como las mías. La misma marca. El mismo modelo. El mismo color. Corrí a mi asiento. Habían abierto mi mochila. La habían volcado sobre el asiento. Ya no cabía duda. Era una de mis compresas. Lo recogí todo apresuradamente. Me temblaban las manos. Cerré la mochila y eché a correr. Entonces se produjo la carcajada. Nunca podré olvidarla. Treinta energúmenos riendo a la vez. Riéndose de mí. Corría como una loca por el pasillo y la risotada crecía a mis espaldas. Parecía que me perseguía. Me encerré en el servicio y me puse a llorar. He llorado muchas veces en mi vida. He llorado por muchos motivos. Pero jamás he llorado como lo hice encerrada en aquella estrecha cabina sentada en la taza del váter. Lo hacía en silencio. Temía que pudieran oírme. Lo hacía apretando los dientes. Me llevé las manos a la cara y me di cuenta de que mis lágrimas eran un torrente imparable. Un río desbordado. Un mar. Ese mismo día hablé con Víctor y con Mario. También hablé con Concha. No les mencioné lo de la compresa. Me daba mucho corte. Sí les hablé de las sensaciones que había experimentado. Víctor frunció el ceño. ¡Menudos elementos te han tocado en esa clase! Mario asentía con reiterados gestos de su cabeza.. ¡Angelitos! Concha se limitó a decirme que pasara de ellos. Tú a lo tuyo. Ni caso. Son una panda de descerebrados. Hasta ese momento había pensado que eran mis amigos. Después de hablar con ellos ya no lo tuve claro. ¿Cómo no se dieron cuenta de que necesitaba su ayuda? Necesitaba al menos su comprensión. ¡Cómo se puede ser tan ciego! Tú a lo tuyo. Es fácil decirlo. Sería fácil hacerlo si la panda de descerebrados se limitasen a lo suyo. Pero estaba claro que no iban a hacerlo. Habían dado un paso adelante y no estaban dispuestos a dar ni un solo paso atrás. Les había salido bien. Habían conseguido su objetivo. Yo era su objetivo. A diario oía sus comentarios a mis espaldas cuando atravesaba el vestíbulo o cuando recorría los pasillos. ¡Guarra! ¡Te vamos a matar un día de estos! ¡O mejor te marcaremos la cara con una navaja para que no nos olvides jamás! ¡Zorra! ¡Te vamos a follar! ¡Será divertido hacerlo! ¡Estás muy buena! Trataba de acelerar el paso. Trataba de no oírlos. Me preocupaba que el corazón estallase dentro de mi pecho. Los latidos martilleaban mis sienes con.fuerza. No quería volverme. No quería encararme a ellos. Sabía que sería peor. Mucho peor. Tú a lo tuyo. Ni caso. Son una panda de descerebrados. Un día uno de ellos me escupió. Fue a la salida. Bajando las escalinatas de la puerta principal. Se puso a mi altura. Yo noté su presencia. No quise volver la cabeza. No quise mirarlo. Noté el salivazo en mi mejilla. Sentí un asco indescriptible. Aceleré el paso. Oía las risas de los demás. Todos felicitaban al que me había escupido. Tal vez hubiesen hecho una apuesta. ¡Quién tiene cojones de escupirle en la cara! ¡Yo! ¡No te atreverás! ¡Ahora lo veréis! Y lo hizo. Yo tenía ganas de llorar. Y de vomitar. Y de gritar. Fue la primera vez que me escupieron. No fue la última. Un día me encontré mi moto en el suelo con las ruedas rajadas. Lo habían hecho a propósito. El cristal del faro roto. La chapa llena de golpes y de rayones. Tuve que mentir a mis padres. No les dije que me habían hecho eso dentro del instituto. ¡Gamberros! ¡Lo denunciaré a la policía! Mi padre estaba indignado. Yo traté de convencerlo de que no lo hiciera. No servirá de nada. Entonces pensé que debería decirles la verdad a mis padres. Mis padres se volcarían conmigo. Siempre lo han hecho. También lo haría mi hermano. También lo haría Alicia. Pero algo me bloqueaba. Era una sensación extraña. Me avergonzaba hacerlo. Mintiéndoles me sentía como una piltrafa. Pero sabía que diciéndoles la verdad me sentiría aún peor. Humillada. Sin consuelo posible. Derrotada. Aunque arreglamos los desperfectos de la moto, nunca volví a utilizarla para ir al instituto. Cogía el autobús. Pero ellos me vigilaban y se dieron cuenta. Me esperaban en la parada. Se escondían entre los coches para que yo no los viese al bajar. Luego formaban una piña y me seguían. ¡Puta! ¡Gúarra! ¡Zorra! Se animaban entre ellos. Se crecían todos juntos. A lo que no se atrevía uno, se atrevía el otro. Un día se abalanzaron sobre mí. Casi me tiran. Me tocaron el culo. Uno de ellos me pellizcó un pecho. ¡Puta! ¡Guarra! ¡Zorra! ¡Te vamos a follar! No quería que me viesen llorar. Sabía que eso me volvería más débil a sus ojos. No quería hacerlo. No quería. A veces me limpiaba la cara y no sabía si me estaba enjugando unas lágrimas o un escupitajo. No podía dormir por las noches. Las pasaba en vela. Me metía en la cama y durante horas me peleaba con las sábanas tratando de encontrar el sueño. Mi madre se dio cuenta. Se levantaba dos y tres veces para preguntarme. ¿Qué te pasa? Nada. ¿Estás bien? Sí. Y buscaba una excusa que sonase convincente. Había aprendido a mentir. Cada día lo hacía mejor. Mentir también necesita práctica. Todas las cosas necesitan práctica. ¿Te caliento un vaso de leche? No. Dejé de ir en autobús y empecé a ir andando. Algo más de media hora de camino. Procuraba cambiar de itinerario. Consultaba un plano del barrio y cada día buscaba nuevas calles. A veces daba un gran rodeo. No me importaba. Salía de casa con tiempo. Como no dormía por la noche, no me costaba madrugar. Cualquier cosa antes que encontrarme con ellos. Lo conseguí durante algunos días. Daba mil rodeos y me escondía hasta que veía llegar a algunos profesores. Entonces corría a su lado y entraba con ellos. Eso me salvaba. No se atrevían a actuar si me veían acompañada. ¡Mierda! No sé cómo lo hicieron. He llegado a pensar que consiguieron averiguar dónde vivo. Tal vez me siguieron sin que yo me diese cuenta. Pero una mañana me encontré con ellos al doblar una esquina. Era una calle estrecha y muy poco transitada a esas horas. Eligieron con cuidado el lugar. Lo planearon todo. Me detuve en seco frente a ellos. Estaban todos. Envalentonados. Me quedé paralizada. jamás he sentido una sensación igual. Quería echar a correr. Quería gritar para pedir auxilio. No podía moverme. Tenía la sensación de haber recibido una tremenda descarga eléctrica que me había dejado achicharrada. Carbonizada. Una estatua de carbón. Me rodearon. Pensé que no sobreviviría. Pensé que el corazón me explotaría de golpe. Pensé que ya estaba muerta del todo. Pero sentir sus escupitajos sobre mi rostro me hizo comprender que seguía viva. ¿Merecía la pena? Uno de ellos se acercó hasta apoyar su frente contra la mía. Era el cabecilla. Es el cabecilla. Sus palabras eran amenazas que me atravesaban las sienes. ¡Escúchame bien, puta! ¡Vas a aprobarnos a todos! ¿Lo has entendido? Afirmé con la cabeza. Quería explicarles que los aprobaría a todos. Pero no podía hablar. Afirmé otra vez con la cabeza. Y otra. Y otra. El cabecilla sonrió satisfecho. Se volvió a sus secuaces. ¿Habéis oído? ¡Todos estamos aprobados! Afirmé una vez más con la cabeza. El grupo comenzó a disgregarse entre alaridos. Se alejaban al fin. Pero de pronto volvió el cabecilla y puso de nuevo su frente contra la mía. Sentía que me faltaba el aire. Pensaba que si no me explotaba el corazón, fallarían mis pulmones. Daba igual morir de un modo u otro. El cabecilla desabotonó mi blusa e introdujo su mano por el escote. Me tocó los pechos. Acercó su boca a la mía. ¿Por qué no vomitaba? Me habló en voz baja. ¡A mí me pondrás un sobresaliente! Afirmé de nuevo con la cabeza. ¡Quiero un sobresaliente! Parecía un autómata subiendo y bajando la cabeza. ¡Y no creas que te has librado de nosotros! ¡Puta! ¡Tienes unas buenas tetas! Se alejaron todos. Los he perdido de vista por ahora. Pueden volver. Volverán. ¿Por qué no me explota el corazón? ¿Por qué no revientan mis pulmones? Solo soy una figura de carbón. Carbón quemado. Residuos. Escoria. ¡Corazón! ¡Estalla de una vez!

Alfredo Gómez Cerdá, 21 Relatos contra el Acoso Escolar