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miércoles, 12 de diciembre de 2018

CUANDO YO ERA UNA NIÑA


 y el mundo se quebró, pensé que mi vida se quedaría siempre rota por aquella noche en las montañas: el día anterior, el día posterior. Nada volvería a ser igual. Recuerdo ese ruido como de trueno cuando llegó el terremoto, el olor a sangre y cenizas en el aire, la sensación granulosa en mi piel debido al polvo del palacio destruido y el sabor metálico del miedo y la pérdida en la lengua. Recuerdo la sorpresa que sentí al ver salir el sol aquella mañana. Pero el sol salió, como siempre bacía, como siempre baria. Yo viví y el mundo que conocía murió.

Crecí en este mundo nuevo y pensé que nada volvería jamás a hacerme daño.

Era tan joven..., muy, muy joven.

Pero pronto aprendí que hay muchos lugares donde el dolor se puede esconder en esta vida terrenal que nos dan para vivir, fuera del reino bendito de Cahan, los Tres Cielos donde moran los Inmortales. Fui amada por aquellos que nacieron para amarme, mi madre, mis hijos, y por los que decidieron amarme, mi esposo y las hermanas de mi corazón. Los perdí o sobreviví a todos; ahora soy una anciana y a la luz de las estrellas espero a que el sol salga otra vez en un nuevo día, aguardo el momento en que salga el sol y vea el amanecer en las orillas de ese ríoque debo cruzar antes de estar de nuevo con aquellos a los que he amado.

He vivido en tres reinos imperiales. La mía fue una época de amor y fuego, de dolor, de pérdida, de alegría, de pesar, de risas, de codicia y arrogancia, de sueños y traiciones. Era el mundo de la familia, de los antepasados y del vínculo del jin shei, la hermandad de mujeres que confirmaron la sociedad en la que yo nací. Pertenecí a mi mundo y éste me pertenecía a mí; y, sin embargo, no era más que un diminuto rincón del Imperio en el que también yo desempeñé un pequeño papel.

Todas las mujeres de Syai reciben el don del juramento secreto, la promesa eterna, el vínculo que no se rompe. Compartí mi vida con una alquimista, una sabia, una guerrera, una nómada, una cabecilla de los rebeldes, un espíritu amoroso y una Emperatriz que soñaba con la inmortalidad y estuvo a punto de destruirnos a todas. Los años de la hermandad. Los años del jin-shei.

Alma Alexander, El Lenguaje Secreto del Jin-Shei

jueves, 5 de mayo de 2016

MASAMOTO TENNO


Kioto, Japón, agosto de 1609

El muchacho despertó de repente y agarró rápidamente la espada.
Tenno apenas se atrevía a respirar: sentía que había alguien más en la habitación.
Sus ojos trataban de acostumbrarse a la oscuridad mientras se afanaban en encontrar signos de movimiento. Pero no conseguían distinguir nada, sólo sombras dentro de sombras. Tal vez se había equivocado... Sin embargo, sus conocimientos de samurái le advertían de lo contrario.
Tenno escuchó con atención pendiente de cualquier sonido que pudiera desvelar la presencia de un intruso. Pero no oyó nada fuera de lo normal: llegaba desde el jardín el susurro de los cerezos en flor agitados por la suave brisa, y el tintineo del agua de la fuente al caer al estanque acompañaba la persistente canción que un grillo cercano entonaba cada noche. El resto de la casa estaba en silencio.
Sin duda debía de estar exagerando. No era más que uno de esos malos espíritus kami que había decidido perturbar sus sueños, pensó.
Todos los miembros de la familia Masamoto se habían pasado el mes con los nervios de punta. Los rumores de guerra no cesaban y ya se hablaba de posibles rebeliones.
De hecho, el propio padre de Tennohabía sido requerido para ayudar a sofocar cualquier alzamiento potencial. La paz de la que Japón había disfrutado durante los últimos doce años de repente se veía amenazada, y la gente temía que estallase de nuevo otra guerra. No era extraño que estuviera inquieto.
Tenno bajó la guardia y se dispuso a seguir durmiendo en su futón. El grillo nocturno cantó de pronto un poco más fuerte y la mano del muchacho agarró instintivamente con más fuerza la empuñadura de su espada. Su padre le había dicho una vez: «Un samurái siempre debe obedecer a sus instintos», y sus instintos le decían que algo iba mal.
Se incorporó en la cama para levantarse a investigar.
De repente una estrella de plata apareció girando de la oscuridad.
Tenno se hizo a un lado, pero su reacción llegó un segundo demasiado tarde.
El shuriken le cortó la mejilla y fue a clavarse en el futón, justo donde antes había estado reposando su cabeza. Mientras rodaba por el suelo, el muchacho sintió la sangre caliente corriéndole por el rostro. Y entonces oyó que un segundo shuriken se clavaba con un golpe seco en el tatami. Tenno se puso en pie con un movimiento fluido alzando la espada para protegerse.
Una figura espectral vestida de negro de la cabeza a los pies se movió en las sombras.
«¡Ninja!» El asesino japonés de la noche.
Con lentitud medida, el ninja desenvainó de su saya una espada de aspecto ominoso.
A diferencia de la catana curva de Tenno, la tanto era corta, recta, ideal para apuñalar.
El ninja avanzó un paso silencioso y alzó la tanto: era como una cobra humana preparándose para atacar.
Dispuesto a anticiparse al ataque, Tenno levantó la espada para asestarle un buen golpe al asesino que se aproximaba. Pero el ninja esquivó con destreza la catana del muchacho, y giró sobre sí mismo para darle una patada en el pecho.
Impelido hacia atrás, Tenno atravesó de un salto el fino papel de la puerta shoji de su habitación y se adentró de golpe en la noche. Aterrizó pesadamente en medio el jardín interior, desorientado y luchando por controlar su respiración.
El ninja pasó al otro lado de la abertura y se posó de un salto ante él, como un gato.
Tenno trató de plantarle cara y de defenderse, pero sus piernas cedieron. Se habían vuelto pesadas e inútiles. El pánico se apoderó de él: trató de gritar, de pedir ayuda, pero la garganta se le había cerrado. Le ardía como si estuviera en llamas y sus gritos eran puñaladas asfixiantes en busca de aire.
El ninja apareció y desapareció ante su vista hasta que de pronto se desvaneció en un remolino de humo negro.
Mientras su visión se nublaba, el muchacho advirtió que el shuriken que le había lanzado el ninja estaba empapado en veneno. Su cuerpo sucumbía a sus letales poderes, se iba paralizando miembro a miembro, y él quedaba a merced de su asesino.
Cegado, Tenno intentó escuchar, pero sólo pudo oír el canturreo del grillo. Recordó que su padre había mencionado que los ninja usaban el ruido que emitían los insectos para disfrazar el sonido de sus propios movimientos. ¡Así había conseguido su atacante pasar desapercibido entre los guardias!
Tenno recuperó brevemente la visión y, bajo la pálida luz de la luna, distinguió un rostro enmascarado flotando hacia él. El ninja se le acercó tanto que el muchacho pudo oler el caliente aliento del asesino, agrio y rancio como el sake barato. A través de la rendija de su shinobi shozoko, Tenno vio un único ojo verde esmeralda encendido por el odio.
—Esto es un mensaje para tu padre —susurró el ninja.
Tenno sintió la presión fría de la punta de la tanto sobre su corazón.
Un solo movimiento y todo su cuerpo fue presa de un dolor lacerante...
Luego, nada...
Masamoto Tenno había pasado al Gran Vacío.

Chris Bradford, El Camino del Guerrero

Os dejo con la música de una vieja serie de anime sobre un samurai ronin

domingo, 17 de abril de 2016

LA ROCA DEL CONSEJO


Padre Lobo esperó a que los cachorros fueran capaces de corretear. Entonces, la noche en que se reunía toda la manada, los cogió, junto con Mowgli y Madre Loba, y se los llevó a la Roca del Consejo. Era una cima rocosa, llena de guijarros. El espacio era tan amplio que se podían reunir, bien guarecidos, hasta cien lobos. Allí estaba Akela, el Lobo Gris, enorme y solitario, echado sobre su piedra de presidente. Su fuerza y su habilidad le habían llevado a jefe de la manada. Debajo de el había hasta cuarenta lobos de toda edad y pelaje: los fuertes, que lo habían demostrado cazando en solitario un gamo, y los que sólo podían presumir de sus futuras hazañas. El Lobo Solitario era el guía de todos ellos desde hacía un año. Ya era leyenda el que había caído, siendo joven, por dos veces en una trampa. Y que en otra ocasión había sido apaleado hasta ser dado por muerto. Así pues, tenía sobrados motivos para conocer lo que eran los hombres. Poco se habló en aquella reunión. Los lobatos armaban un jaleo enorme. De cuando en cuando, uno de los lobos viejos se acercaba a un cachorro, lo miraba con la mayor atención y se volvía a su sitio. Y todo ello se hacía en perfecto silencio. Luego, la madre acercaba su lobato al círculo para que, a la luz de la Luna, todos los lobos pudieran ver perfectamente a su cachorro. Akela, desde su roca, gritaba:
––Ya sabéis lo que dice la Ley. Lobos, mirad bien.
Y las madres, nerviosas y preocupadas, insistían en lo que Akela había dicho:
––Lobos, mirad bien, mirad bien.
Al final ––momento en que Madre Loba sintió un escalofrío––, Padre Lobo empujó hacia el centro del claro a Mowgli, la Rana. El cachorro humano se sentó y sonrió al mismo tiempo que jugaba despreocupado con algunos guijarros que brillaban a la luz de la Luna.
Akela, sin prestar demasiada atención ni levantar la cabeza, continuó su cantinela: Mirad bien. Se oyó un rugido detrás de las rocas. Era Shere Khan que gritaba:
––El cachorro humano es mío. Dádmelo. Nada tiene que ver con el Pueblo Libre de los lobos.
Akela no hizo un solo movimiento y continuó gritando:
––Mirad bien, lobos. ¿Tiene algo que ver el Pueblo Libre con lo que venga de alguien ajeno a él? Miradlo bien.
Se oyó claramente un coro de gruñidos. Un lobo de unos cuatro años se hizo eco de la pregunta de Shere Khan y se dirigió a Akela:
––¿Qué tiene que ver el Pueblo Libre con una cría humana?
Hay una Ley de la Selva que dice que cuando aparezcan dudas sobre el ingreso de un lobo en la manada, su derecho tiene que ser defendido al menos por dos congéneres que no sean sus padres.
––¿Quién defiende los derechos de este cachorro? ––preguntó Akela––. ¿Quién entre los miembros del Pueblo Libre habla en su favor?
Hay un animal de otra especie, el único, que puede tomar parte en el Consejo de la manada. El oso, siempre soñoliento. Es el encargado de enseñar a los lobatos la Ley de la Selva. Baloo, con muchos años a sus espaldas, puede ir por todas partes. A nadie estorba. Sólo come nueces, raíces y miel. Se levantó sobre sus patas traseras y dijo:
––¿El cachorro humano? Quiero hablar en su favor. ¿Qué mal puede hacernos? No soy un brillante orador, pero pienso que debe ser integrado totalmente en la manada. Yo me encargaré de enseñarle.
––Es preciso que ahora hable otro ––dijo Akela––. Ya ha hablado Baloo, el maestro de nuestros lobatos. ¿Quién sigue en el uso de la palabra?
En aquellos momentos se deslizó hacia el centro del círculo una sombra. Era Bagheera, la pantera negra, de un negro de tinta desde la cabeza a la cola. La luz hacía aguas en su brillante piel. Todo el mundo la conocía. Y era temida y respetada. Reunía en sí la astucia de Tabaqui, la insolencia de un búfalo salvaje y la fiereza de un elefante herido. Pero su voz era dulce como la miel y su piel más suave que el plumón.
––Akela ––dijo como en un susurro––, y también todos vosotros que pertenecéis al Pueblo Libre. Se que no tengo ni voz ni voto en vuestras asambleas. Pero vengo a recordaros que hay una Ley en la Selva que otorga la posibilidad de comprar un cachorro por un precio justo, salvo en el caso de que el cachorro se haya hecho merecedor de la pena de muerte. Y nada dice la Ley sobre quién puede ofertar para que la compra se haga efectiva. ¿Estoy o no en la verdad al interpretar la Ley?
––Está bien ––dijeron los lobos jóvenes, siempre hambrientos––. Que hable Bagheera. Está claro que se puede poner un precio al cachorro. Es lo que dice la Ley.
––Habla ––gritaron a la vez un montón de voces.
––Pienso que es una vergüenza matar a un cachorro desnudo. Creo que os puede ser muy útil para la caza. Baloo ha hablado ya en su defensa. A lo que el ha dicho, añado yo ahora la oferta de un toro, un animal enorme que acabo de matar y que está cerca de aquí. El toro por la cría de hombre, según la Ley. ¿Estáis de acuerdo?
Siguió un confuso clamor que decía:
––No es un problema. De todos modos, se va a morir en cuanto lleguen las lluvias. Y si logra pasar el invierno, lo abrasarán los rayos del sol. Una Rana como ésta no puede perjudicar a la manada. Que sea uno más entre nosotros. Bagheera, ¿dónde está el toro? Aceptamos tu propuesta.
Entonces volvió a oírse el ladrido penetrante de Akela, que apremiaba:
––¡Miradlo bien! ¡Miradlo bien!, lobos de la manada.
 Mowgli estaba tan entretenido en sus juegos que no prestó atención cuando uno a uno se le fueron acercando los lobos. Se alejaron todos en busca del toro muerto. Se quedaron solos Akela, Bagheera, Baloo y la familia de Mowgli.
La noche repetía los rugidos de Shere Khan. Estaba rabioso. Otra vez se le había negado la presa.
––Amigo, ruge cuanto quieras ––le dijo insolentemente Bagheera––. Y acuérdese su señoría de lo que en estos momentos le digo: llegará un día en que esa cosa que tiene ahí delante desnuda le hará rugir, pero de una manera bien distinta.
––Hemos obrado sabiamente ––dijo Akela––. Con el tiempo los hombres se hacen muy prudentes. Nos puede ser de gran utilidad para la caza.
––Sí ––ratificó Bagheera––. Puede sernos de gran utilidad. Nadie es jefe de la manada para siempre.
Akela pensó profundamente en un hecho que con el tiempo debía producirse: le empezarían a faltar las fuerzas. Sería considerado un elemento inútil y le condenarían a muerte. Otro le sucedería; y así se continuaría el ciclo indefinidamente.
––Llévatelo ––le dijo a Padre Lobo––. Enséñale todo lo que debe saber uno de nuestra raza.
Y ésta es la historia de cómo Mowgli entró a formar parte de la manada de los lobos Seeonee. Su rescate fue un toro y su gran defensor, Baloo.

Rudyard Kipling, El Libro de la Selva

Os dejo con el trailer de la última versión cinematográfica de esta novela

jueves, 3 de diciembre de 2015

EL INCIVIL MAESTRO DE CEREMONIAS KOTSUKÉ NO SUKÉ

                El infame de este capítulo es el incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké, aciago funcionario que motivó la degradación y la muerte del señor de la Torre de Ako y no se quiso eliminar como un caballero cuando la apropiada venganza lo conminó. Es hombre que merece la gratitud de todos los hombres, porque despertó preciosas lealtades y fue la negra y necesaria ocasión de una empresa inmortal. Un centenar de novelas, de monografías, de tesis doctorales y de óperas, conmemoran el hecho -para no hablar de las efusiones en porcelana, en lapislázuli veteado y en laca. Hasta el versátil celuloide lo sirve, ya que la Historia Doctrinal de los Cuarenta y Siete Capitanes -tal es su nombre- es la más repetida inspiración del cinematógrafo japonés. La minuciosa gloria que esas ardientes atenciones afirman es algo más que justificable: es inmediatamenie justa para cualquiera.
Sigo la relación de A. B. Mitford, que omite las continuas distracciones que obra el color local y prefiere atender al movimiento del glorioso episodio. Esa buena falta de "orientalismo" deja sospe-char que se trata de una versión directa del japonés.

LA CINTA DESATADA

En la desvanecida primavera de 1702 el ilustre señor de la Torre de Ako tuvo que recibir y agasajar a un enviado imperial. Dos mil trescientos años de cortesía (algunos mitológicos), habían complicado angustiosamente el ceremonial de la recepción. El enviado representaba al emperador, pero a manera de alusión o de símbolo: matiz que no era menos improcedente recargar que atenuar. Para impedir errores harto fácilmente fatales, un funcionario de la corte de Yedo lo precedía en calidad de maestro de ceremonias. Lejos de la comodidad cortesana y condenado a una villégiature montaraz, que debió parecerle un destierro, Kira Kotsuké no Suké impartía, sin gracia, las instrucciones. A veces dilataba hasta la insolencia el tono magistral. Su discípulo, el señor de la Torre, procuraba disimular esas burlas. No sabía replicar y la disciplina le vedaba toda violencia. Una mañana, sin embargo, la cinta del zapato del maestro se desató y éste le pidió que la atara. El caballero lo hizo con humildad, pero con indignación interior. El incivil maestro de ceremonias dijo que, en verdad, era incorregible, y que sólo un patán era capaz de frangollar un nudo tan torpe. El señor de la Torre sacó la espada y le tiró un hachazo. El otro huyó, apenas rubricada la frente por un hilo tenue de sangre... Días después dictaminaba el tribunal militar contra el heridor y lo condenaba al suicidio. En el patio central de la Torre de Ako elevaron una tarima de fieltro rojo y en ella se mostró el condenado y le entregaron un puñal de oro y piedras y confesó públicamente su culpa y se fue desnudando hasta la cintura, y se abrió el vientre, con las dos heridas rituales, y murió como un samurai, y los espectadores más alejados no vieron sangre porque el fieltro era rojo. Un hombre encanecido y cuidadoso lo decapitó con la espada: el consejero Kuranosuké, su padrino.

EL SIMULADOR DE LA INFAMIA

La Torre de Takumi no Kami fue confiscada; sus capitanes desbandados, su familia arruinada y oscurecida, su nombre vinculado a la execración. Un rumor quiere que la idéntica noche que se mató, cuarenta y siete de sus capitanes deliberaran en la cumbre de un monte y planearan, con toda precisión, lo que se produjo un año más tarde. Lo cierto es que debieron proceder entre justificadas demoras y que alguno de sus concilios tuvo lugar, no en la cumbre difícil de una montaña, sino en una capilla en un bosque, mediocre pabellón de madera blanca, sin otro adorno que la caja rectangular que contiene un espejo. Apetecían la venganza, y la venganza debió parecerles inalcanzable.
Kira Kotsuké no Suké, el odiado maestro de ceremonias, había fortificado su casa y una nube de arqueros y de esgrimistas custodiaba su palanquín. Contaba con espías incorruptibles puntuales y secretos. A ninguno celaban y vigilaban como al presunto capitán de los vengadores: Kuranosuké, el consejero. Este lo advirtió por azar y fundó su proyecto vindicatorio sobre ese dato.
Se mudó a Kioto, ciudad insuperada an todo el imperio por el color de sus otoños. Se dejó arrebatar por los lupanares, por las casas de juego y por las tabernas. A pesar de sus canas, se codeó con rameras y con poetas, y hasta con gente peor. Una vez lo expulsaron de una taberna y amaneció dormido en el umbral, la cabeza revolcada en un vómito.
Un hombre de Satsuma lo conoció, y dijo con tristeza y con ira: ¿No es éste, por ventura, aquel consejero de Asano Takumi no Kami, que lo ayudó a morir y que en vez de vengar a su señor se entrega a 1os deleites y a la vergüenza?¡Oh, tú indigno del nombre de Samurai!


Le pisó la cara dormida y se la escupió. Cuando los espías denunciaron esa pasividad, Kotsuké no Suké sintió un gran alivio.
Los hechos no pararon ahí. El consejero despidió a su mujer y al menor de sus hijos, y compró una querida en un lupanar, famosa infamia que alegró el corazón y relajó la temerosa prudencia del enemigo. Éste acabó por despachar la mitad de sus guardias.
Una de las noches atroces del invierno de 1703 los cuarenta y siete capitanes se dieron cita en un desmantelado jardín de los alrededores de Yedo, cerca de un puente y de la fábrica de barajas. Iban con las banderas de su señor. Antes de emprender el asedio, advirtieron a los vecinos que no se trataba de un atropello, sino de una operación militar de estricta justicia.

LA CICATRIZ

Dos bandas atacaron el palacio de Kira Kotsuké no Suké. El consejero comandó la primera, que atacó la puerta del frente; la segunda, su hijo mayor, que estaba por cumplir dieciséis años y que murió esa noche. La historia sabe los diversos momentos de esa pesadilla tan lúcida: el descenso arriesgado y pendular por las escaleras de cuerda, el tambor del ataque, la precipitación de los defensores, los arqueros apostados en la azotea, el directo destino de las flechas hacia los órganos vitales del hombre, las porcelanas infamadas de sangre, la muerte ardiente que después es glacial; los impudores y desórdenes de la muerte. Nueve capitanes murieron; los defensores no eran menos valientes y no se quisieron rendir. Poco después de media noche toda resistencia cesó.
Kira Kotsuké no Suké, razón ignominiosa de esas lealtades, no aparecía. Lo buscaron por todos los rincones de ese conmovido palacio, y ya desesperaban de encontrarlo cuando el consejero notó que las sábanas de su lecho estaban aún tibias. Volvieron a buscar y descubrieron una estrecha ventana, disimulada por un espejo de bronce. Abajo, desde un patiecito sombrío, los miraba un hombre de blanco. Una espada temblorosa estaba en su diestra. Cuando bajaron, el hombre se entregó sin pelear. Le rayaba la frente una cicatriz: viejo dibujo del acero de Takumi no Kami.


Entonces, los sangrientos capitanes se arrojaron a los pies del aborrecido y le dijeron que eran los oficiales del señor de la Torre, de cuya perdición y cuyo fin él era culpable, y le rogaron que se suicidara, como un samurai debe hacerlo.
En vano propusieron ese decoro a su ánimo servil. Era varón inaccesible al honor; a la madrugada tuvieron que degollarlo.

EL TESTIMONIO

Ya satisfecha su venganza (pero sin ira, y sin agitación, y sin lástima), los capitanes se dirigieron al templo que guarda las reliquias de su señor.
En un caldero llevan la increíble cabeza de Kira Kotsuké no Suké y se turnan para cuidarla. Atraviesan los campos y las provincias, a la luz sincera del día. Los hombres los bendicen y lloran. El príncipe de Sendai los quiere hospedar, pero responden que hace casi dos años que los aguarda su señor. Llegan al oscuro sepulcro y ofrendan la cabeza del enemigo.
La Suprema Corte emite su fallo. Es el que esperan: se les otorga el privilegio de suicidarse. Todos lo cumplen, algunos con ardiente serenidad, y reposan al lado de su señor. Hombres y niños vienen a rezar al sepulcro de esos hombres tan fieles.

EL HOMBRE DE SATSUMA

Entre los peregrinos que acuden, hay un muchacho polvoriento y cansado que debe haber venido de lejos. Se prosterna ante el monumento de Oishi Kuranosuké, el consejero, y dice en voz alta: Yo te vi tirado en la puerta de un lupanar de Kioto y no pensé que estabas meditando la venganza de tu señor, y te creí un soldado sin fe y te escupí en la cara. He venido a ofrecerte satisfacción. Dijo esto y cometió harakirí.


El prior se condolió de su valentía y le dio sepultura en el lugar donde los capitanes reposan.
Éste es el final de la historia de los cuarenta y siete hombres leales -salvo que no tiene final, porque los otros hombres, que no somos leales tal vez, pero que nunca perderemos del todo la esperanza de serlo, seguiremos honrándolos con palabras.
Jorge Luis Borges, Historia Universal de la Infamia

Esta historia ha sido llevada al cine no hace mucho, en una película interpretada por Keanu Reaves, 47 Ronin:

martes, 20 de octubre de 2015

KUBLA KHAN


En Xanadú, Kubla Khan
mandó que levantaran su cúpula señera:
allí donde discurre Alfa, el río sagrado,
por cavernas que nunca ha sondeado el hombre,
hacia una mar que el sol no alcanza nunca.
Dos veces cinco millas de tierra muy feraz
ciñeron de altas torres y murallas:
y había allí jardines con brillo de arroyuelos,
donde, abundoso, el árbol de incienso florecía,
y bosques viejos como las colinas
cercando los rincones de verde soleado.

¡Oh sima de misterio, que se abría
bajo la verde loma, cruzando entre los cedros!
Era un lugar salvaje, tan sacro y hechizado
como el que frecuentara, bajo menguante luna,
una mujer, gimiendo de amor por un espíritu.
Y del abismo hirviente y con fragores
sin fin, cual si la tierra jadeara,
hízose que brotara un agua caudalosa,
entre cuyo manar veloz e intermitente
se enlazaban fragmentos enormes, a manera
de granizo o de mieses que el trillador separa:
y en medio de las rocas danzantes, para siempre,
lanzóse el sacro río.
Cinco millas de sierpe, como en un laberinto,
siguió el sagrado río por valles y collados,
hacia aquellas cavernas que no ha medido el hombre,
y hundióse con fragor en una mar sin vida:
y en medio del estruendo, oyó Kubla, lejanas,
las voces de otros tiempos, augurio de la guerra.

La sombra de la cúpula deliciosa flotaba
encima de las ondas,
y allí se oía aquel rumor mezclado
del agua y las cavernas.
¡Oh, singular, maravillosa fábrica:
sobre heladas cavernas la cúpula de sol!

Un día, en mis ensueños,
una joven con un salterio aparecía
llegaba de Abisinia esa doncella
y pulsaba el salterio;
cantando las montañas de Aboré.
Si revivir lograra en mis entrañas
su música y su canto,
tal fuera mi delicia,
que con la melodía potente y sostenida
alzaría en el aire aquella cúpula,
la cúpula de sol y las cuevas de hielo.
Y cuantos me escucharan las verían
y todos clamarían: «¡Deteneos!
¡Ved sus ojos de llama y su cabello loco!
Tres círculos trazad en torno suyo
y los ojos cerrad con miedo sacro,
pues se nutrió con néctar de las flores
y la leche probó del Paraíso».

Samuel Coleridge

Xanadu era la capital de verano del imperio mongol de Kublai Khan, último gran Khan y emperador de la primera dinastía china en el siglo XIII. Se cree que el palacio era la mitad de grande que la Ciudad Prohibida de Pekín, y su opulencia y esplendor rebasaban lo que el mundo había visto hasta entonces. Gracias a las Memorias del explorador italiano Marco Polo se convirtió en sinónimo de magnificencia y lujo, leyenda que popularizaría el poeta inglés Samuel Coleridge. A partir de este momento, se utiliza este nombre para evocar un lugar de lujo, misterio y exhuberancia, un lugar donde los sueños son posibles.

                Os dejo con la versión original subtitulada en la voz del actor inglés Benedict Cumberbatch

lunes, 19 de octubre de 2015

¡CHIKAKO!

Mucho antes de que se abrieran las puertas en la gran casa del señor Susanô, el rumor recorría todos los dominios del feudo de Yamato, cuando los brotes de arroz esperaban su primera cosecha y la primavera encendía cerezos y almendros. El calendario señalaba el mes de shigatsu, el de las promesas. El rumor se posó sobre la belleza del paraje tiñendo los cielos de gris y cerniendo alas negras sobre los campesinos y artesanos del lugar.

Un rumor estridente como una maldición.

Los dioses cobraban la calma de los últimos años, las fecundas cosechas, la paz de los caminos libres de salteadores y la abundancia de hijos.

La fuga de Chikako despertó el miedo y abrió las heridas de los secretos olvidados.

Los criados de la casa, al alba, cuando la serpiente regresa al nido, se levantaron sobresaltados, como si el rugido de aquel rumor hubiera llegado hasta sus aposentos. La hora del Conejo se inició con el sonido de la pequeña campana que llamaba a las tareas diarias desde el arco principal de la mansión donde habitaba el señor Susanô. Sin embargo, aquel día, pareció dar cuenta de un incendio cuyas llamas no podrían ser apagadas ni con toda el agua de los ríos.

Cuando la joven sirvienta Keiko sirvió el primer té de la mañana al gran señor, temblaba imaginando la cólera del amo en forma de lenguas de fuego lanzadas por su boca.

Las puertas del mal se abrieron para todos.

Sobre sus cabezas, caería la venganza de honor del amo.

Unos rezaban, otros maldecían y escupían el nombre de la traidora. Los niños se escondían entre las faldas de sus madres. Los viejos relataban historias olvidadas de malos tiempos.

Todos temblaban.

Tal vez la próxima cosecha se pudriera antes de ser recogida y llegase, junto con la venganza del amo, el hambre, esa vieja compañera de los campesinos.

En boca de todos estaba el nombre, ahora odiado, de la mujer capaz de transformar la bondad del amo en justa cólera.

¡Chikako!

Pero incluso su nombre terminaría prohibido en aquellas tierras.

¡Chikako!

Y las viejas lo masticaban tratando de deshacer con sus dientes incluso el recuerdo de cada sílaba. Pronto se convertiría en uno más de los diablos fantasmales escondidos en las grutas y las cuevas.

A los cuarenta mil dioses de la vieja religión habría que añadir el suyo en el lado oscuro.

Incluso el aire parecía anunciar esa mañana el huracán que provocaría aquel nombre.

Incluso los pájaros escribirían, con su perfecta caligrafía, el anuncio de la maldición con su nombre.

Incluso…

domingo, 8 de febrero de 2015

LOS TRES SECRETOS DEL SAMURAI

Enviado por María:

Ambientada en el Japón del siglo XVIII, esta novela nos cuenta la historia de Tomiko, una joven nacida fea y con una mancha de nacimiento en el cuello que es menospreciada por sus padres. Siendo apenas una adolescente, se marcha de su casa con el propósito de librar a su hermana pequeña, Chikako, que nació bellísima, de un matrimonio de conveniencia con un hombre aborrecible, Shozo Masashi, un rico comerciante de cuya crueldad llegaron los rumores hasta el pueblo.

En su camino, la muchacha encuentra un ser mágico que decide ayudarla, aunque a cambio de entregarle el hombre del que se enamore. Tomiko, convencida de que ningún hombre la querrá por su fealdad, accederá a ello.  Para salvar a su hermana, la muchacha renuncia a su identidad y se convierte en Susanô, el Samurai del Dragón. Como guerrero, Tomiko vivirá innumerables aventuras y conocerá a dos hombres que marcarán su destino: el valiente Shuzai y Hanzaburo, el hijo del zorro.

Teniendo en cuenta que la acción transcurre en el siglo XVIII en Japón, un país con una mitología muy arraigada, la aparición de seres fantásticos (los espíritus que ayudan a Tomiko, por ejemplo) nos parece algo natural.

El libro está muy bien escrito: el lenguaje, la forma de construir las frases, la fluidez de la narración, las descripciones, la delicadeza de los personajes y de las situaciones, crean una forma de narrar muy especial que nos recuerda a novelas anteriores de Blanca Alvárez, como El Puente de los Cerezos o Opalo (curiosamente, las dos con protagonistas de raza oriental).

Todos los personajes de están trazados con matices que nos permiten comprenderlos, pues sus sentimientos y emociones juegan un papel fundamental a lo largo de toda la trama. Así Shuzai, Hanzaburo, Kamakura… Especial mención a Tomiko, por su complejidad y por la dualidad masculino-femenino en la que se mueve, el intentar acallar los sentimientos derivados de su lado femenino, y, sobre todo, la lealtad y amor hacia su hermana. 

domingo, 20 de abril de 2014

EL PUENTE DE LOS CEREZOS

Enviado por Mar:


Bei es una muchacha china. Está profundamente enamorada de un compañero de su clase llamado Sijie. Su padre, al enterarse de tal situación, la envía junto a su abuela Lin-Lin, quien vive en un pequeño pueblo en las montañas. La muchacha, desganada, parte a vivir con su abuela. El padre le promete que si después de un tiempo aún ama al joven, podrán estar juntos. Durante esa estancia Bei aprenderá mucho acerca de la vida rural, además que las historias contadas por su abuela le permitirán saber de dónde viene y quienes fueron sus antepasados. 

La anciana le hablará de dos ante­pasadas con las que abuela y nieta com­parten nombre: Bei-Fang y Lin-Lin, dos hermanas separadas por el destino pero unidas por un idioma secreto que solo ellas entendían y que será el nexo de unión de ambas mujeres, un lenguaje sólo para mujeres y que ha sido aprendido y transmitido de generación en generación para despistar las censuras que les ponen los hombres.

Además Bei conocerá de manos de su abuela a un padre muy distinto al que vive en Beijing y que por circunstancias de la vida ha acabado siendo una persona cerrada en sí misma y con una única obsesión: escuchar una y otra vez la música de Bach.

La forma de escribir de Blanca Alvárez te atrapa y te impulsa a continuar leyendo, a desentrañar la historia de las dos hermanas a través de los cuentos que nos va contando la abuela. 

Precio­sas las ilustraciones de Federico De­licado.


V PREMIO DE LA CRÍTICA DE ASTURIAS, 2003
FINALISTA DEL PREMIO CCEI, 2004

sábado, 29 de marzo de 2014

LEYENDAS DE LOS OTORI

Enviado por Mar:

Las Leyendas de los Otori es una serie de novelas fantásticas escritas por Lian Hearn, ubicadas en un mundo ficticio basado en el Japón feudal. En un principio la serie constaba de tres libro: El suelo del ruiseñor (2002), La hierba en la almohada (2003) y El brillo de la luna (2004). Pero en 2006 se publicó una secuela, El lamento de la Garza y en 2008 una precuela, La red del cielo es amplia.

Los libros narran las aventuras de un joven guerrero llamado Takeo en su afán de vengar a su padre adoptivo, su huida del legado de su padre biológico, y la persecución del amor de su vida en medio del asfixiante poder de una docena de Señores de Clanes y cientos de guerreros.

¿Valen la pena?: Hace unos años se los comente al profe, me los pidió prestados y en tres días se leyó la trilogía inicial

LA RED DEL CIELO ES AMPLIA

Shigeru, heredero del clan de los Otori, se enfrenta a los ataques fronterizos de la ambiciosa familia lida y a la traición en el seno de su hogar por parte de sus propios tíos. Su educación como noble y su entrenamiento guerrero le han preparado para el liderazgo y el combate, pero el trágico destino y la impulsiva determinación del joven Shigeru lleva a los Tres Países a la guerra. Una guerra con brutales consecuencias.

Un cuento fantástico, una leyenda épica de venganza y traición, de honor y lealtad, de belleza y pasión. Una magnífica historia sobre el extraordinario poder del amor que cautivará.

EL SUELO DEL RUISEÑOR 

La historia es narrada en primera persona por Otori Takeo (al que se nos presenta primero con el nombre de Tomasu), el cual nace en una pequeña aldea, que sera destruida por los guerreros de Iida Sadamu.

Durante este ataque, Takeo es rescatado por Otori Shigeru, un joven señor del clan Otori, y llevado a Hagi, cuna del clan Otori. Ahí, Shigeru adopta a Takeo y comienza a instruirlo a la usanza de los Clanes.

Takeo aprende que su padre — Kikuta Isamu, que muere antes del nacimiento de Takeo — fue miembro de la "Tribu", una secreta red de espías y asesinos famosos por sus habilidades sobrenaturales. Takeo descubre que ha heredado muchas de las habilidades de su padre: invisibilidad, movimiento silencioso, la habilidad de crear una imagen de sí mismo (desdoblarse), un oído extremadamente agudo, y la habilidad de inducir a los perros y a las personas en letargo. Bajo la tutela de un miembro de la Tribu, Muto Kenji, Takeo aprende a emplear estas habilidades bajo el rol de asesino, sospechando que tomará parte en los planes de Shigeru contra Iida Sadamu. Los tios de Shigeru, esperando librarse de su popular y poderoso sobrino, le envían a Inuyama, la capital del país gobernado por Iida.

Finalmente, la tribu se lleva a Takeo, alegando que es miembro de la Tribu por su padre, Shigeru es traicionado, Iida es asesinado y el país es conquistado por las tropas de Arai Daiichi.

Takeo se encuentra así dividido entre obligaciones enfrentadas: vengar la muerte de Shigeru y reclamar el liderazgo del clan Otori; convertirse en un miembro de la Tribu como fue su padre y seguir su corazón y casarse con Shirakawa Kaede. Estos conflictos dirigen sus acciones durante toda la trilogía, enfrentándole con la Tribu, los señores Otori y el ejército de Arai Daiichi.

CON LA HIERBA DE ALMOHADA

En esta segunda entrega, regresamos a la tierra de escabrosa belleza y apariencias engañosas donde a Takeo y a su amada Kaede, heredera del clan de Maruyama y sola en el mundo, quien debe encontrar la forma de unificar el dominio que ha heredado. T
ras despertar de un profundo letargo, Kaede regresa a los dominios Shirakawa, guiada por una fuerza interior que la ha transformado. 

Takeo, unido a la Tribu por lazos de sangre y por un juramento, irá descubriendo a través del contacto con la muerte la enorme belleza que encierra la vida. 

Pero los deseos de vengar el asesinato de su padre adoptivo, Shigeru, y de reclamar la herencia que éste le dejara al morir, le arrojan a un destino desgarrador. 

En una compleja jerarquía social, entre clanes hipócritas y lealtades fracturadas, no hay lugar para el apasionado amor de juventud. Aun así, Takeo y Kaede, haciendo uso de sus inusuales talentos y fortalezas ocultas, deben abrirse camino en esta historia de anhelo, ambición e intriga. 


EL BRILLO DE LA LUNA 

El reciente matrimonio de Kaede y Takeo es fruto de una profunda pasión amorosa, pero también supone una importante alianza política entre dos herederos. 

El relato arranca en el templo de Terayama, en cuyo suelo sagrado la joven pareja se ha refugiado. Allí han logrado reunir un ejército fiel. 

La situación es de máxima tensión y todo está dispuesto para las terribles batallas que tendrán lugar. 

La diplomacia, la habilidad política y las dotes de mando serán decisivas para aclarar el incierto futuro.

EL LAMENTO DE LA GARZA

Takeo y su esposa Kaede han gobernado durante dieciséis años y Los Tres Países son una tierra rica y en paz. 

Pero ahora, la amenaza de una terrible profecía tiñe de sombras el futuro, y Zenko, el ambicioso hijo de Arai Daiichi, está dispuesto a todo con tal de hacerse con el poder. 

Sus venenosas artimañas, junto con otras fuerzas humanas y espirituales y algunos secretos que no podrán guardarse por más tiempo, van a poner en peligro el equilibrio y los valores que Takeo y Kaede habían logrado en estos años.