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jueves, 25 de marzo de 2021

DRÁCULA

 Este trimestre hemos estado leyendo en Literatura Universal Drácula, del inglés Bram Stoker; os dejo aquí el prologo de Neil Gaiman a una de las mejores ediciones que podemos encontrar en el mercado.

Hace pocos días apareció un artículo en los periódicos ingleses que intentaba mostrar lo mal que se enseñaba la historia, o acaso poner de manifiesto la ignorancia de la historia en Inglaterra. Supimos así que muchos adolescentes británicos creían que Winston Churchill y Ricardo Corazón de León eran personajes míticos o de ficción, así como que el cincuenta por ciento de esos mismos adolescentes estaban convencidos de que Sherlock Holmes existió en la realidad, como el rey Arturo. Sin embargo, en dicho artículo no se decía nada de Drácula, acaso porque no era inglés, si bien la historia que le hizo célebre era ciertamente inglesa, pese a que el cronista de la misma era irlandés.

Me pregunto lo que la gente habría dicho si le hubiesen preguntado si creían que hubo realmente un Drácula (no el Drácula histórico, cuidado: Vlad Drácula, el hijo del Dragón, el Empalador. Existió, pero es discutible que comparta con el real algo más que un nombre).

Pienso que hubieran dicho que creían en él.

Yo creo en él.

Leí por primera vez el Drácula de Bram Stoker cuando yo tenía unos siete años; lo descubrí en los estantes de un amigo de mi padre, aunque mi encuentro se limitó únicamente a leer la primera parte de la novela, la infortunada visita de Jonathan Harker al castillo de Drácula, y a buscar de inmediato el final de la historia, del que leí lo bastante como para estar seguro de que Drácula había muerto y no podría salir del libro para hacerme nada. Habiendo establecido esto, devolví el libro a su sitio y ya no vi otro ejemplar de Drácula hasta mi adolescencia, impulsado por Stephen King y su novela de vampiros titulada El Misterio de Salem’s Lot y por su Danza Macabra, estudio del género de horror.

(Vi el filme Son of Dracula a los ocho años de edad, preguntándome si el joven Quincy Harker había, como yo suponía, llegado a ser un vampiro; quedé desencantado al descubrir que no era otra cosa que el propio Drácula oculto bajo el nombre de «conde Alucard», nombre que me pareció transparente ya entonces. Pero me estoy apartando del tema.)

A menudo otros libros me hacían volver a leer Drácula; ejemplos de ello son La Voz de Drácula, de Fred Saberhagen, y La Era de Drácula, de Kim Newman. Libros que, volviendo a imaginar los sucesos de la novela o el final de la misma, arrojaban suficiente luz sobre ella como para hacerme desear visitar de nuevo el castillo, el manicomio o el cementerio; perderme en las cartas y en los recortes de periódicos, en los diarios, y preguntarme una vez más sobre las acciones de Drácula y sus motivos. Preguntarme sobre aquellas cosas del libro que son, en última instancia, imposibles de conocer. Los personajes no las conocen y, por lo tanto, tampoco nosotros.

La novela Drácula ha dado lugar al marbete cultural «Drácula»; a todos los diferentes Nosferatu; a los Dráculas cinematográficos; a Bela Lugosi y a la muchedumbre colmilluda que le ha seguido. Más de ciento sesenta filmes, según Wikipedia, tienen a Drácula como protagonista o con un papel fundamental («el segundo después de Sherlock Holmes»), mientras que el número de novelas en que aparece el propio Drácula o con personajes inspirados en él es imposible de calcular. Y hay novelas que conducen a Drácula o que proceden de él. Incluso Renfield, el pobre loco devorador de insectos, tiene dos novelas, con su nombre como título, de dos autores diferentes, por no mencionar una novela en forma de cómic, todas ellas contando la historia desde su punto de vista.

En el siglo XXI todo encuentro con literatura o con historias de vampiros es algo parecido a escuchar un millón de variaciones sobre un tema musical, un tema que comenzó no con Varney el Vampiro o ni siquiera con Carmilla, sino con Bram Stoker y con su Drácula.

Incluso así, sospecho que las razones por las cuales Drácula sigue vivo, por qué tiene tanto éxito como obra de arte, por qué se presta a tantas anotaciones y elaboraciones, paradójicamente, son causa de su debilidad como novela.

Drácula es un thriller Victoriano de alta técnica, en la avanzadilla de la ciencia, repleto de elementos tales como la grabación de la voz humana en cilindros fonográficos, transfusiones de sangre, taquigrafía y trepanación. Presenta un elenco de animosos héroes y de mujeres hermosas y predestinadas a la desgracia. Y se narra por entero en forma de telegramas, recortes de prensa, etc. Ninguno de los personajes que nos cuenta la historia conoce por completo lo que realmente está pasando, lo cual significa que Drácula es un libro que obliga al lector a completar los espacios en blanco, hacer hipótesis, imaginar, conjeturar. Sólo sabemos lo que los personajes saben, y los personajes ni escriben todo lo que saben ni conocen el significado de lo que dicen.

Así pues, es el lector el que tiene que decidir lo que está ocurriendo en Whitby; relacionar los desvaríos y la conducta de Renfield en el manicomio con los sucesos que ocurren en la casa de al lado; decidir cuáles son los verdaderos motivos de Drácula. Y también si Van Helsing sabe todo sobre la ciencia médica; si Drácula queda al final reducido a polvo o incluso, dada la combinación de un cuchillo kukri y un cuchillo de monte que acaba con el vampiro de modo nada convincente, si simplemente se transforma en niebla y desaparece.

La narración se construye a grandes rasgos, lo que nos permite trazar nuestra propia pintura de lo que ocurre. Es como una tela de araña, y comenzamos por preguntarnos qué es lo que sucede en sus intersticios. Personalmente tengo mis dudas acerca de las motivaciones de Quince Morris (el que acaso oculte su verdadera personalidad —o incluso que sea el propio Drácula— no puede ser, estoy convencido de ello, por completo descartado. Escribiría una novela para probarlo, mas en ese camino acecha la locura).

Drácula es un libro que exige anotaciones. El mundo que describe ya no es el nuestro. La geografía que describe no es, a menudo, de nuestro mundo. Se trata de un libro por el que conviene internarse con alguien informado e informativo junto a nosotros(…).

Uno de los inconvenientes para leer ediciones de Drácula es que se publicaron —como esta misma— con introducciones, y las introducciones dicen cómo hay que leer la novela. Explican todo aquello que esta dice; o más bien «sobre» lo que trata: la sexualidad victoriana, la sospechada homosexualidad reprimida de Stoker, o su relación con Henry Irving, o su rivalidad con Oscar Wilde para conseguir la mano de Florence Balcombe. Introducciones tales comentarán con ironía lo escrito por Stoker contra los libros pornográficos, sobre todo cuando hay tanta ebullición sexual en Drácula apenas bajo la superficie; texto, no subtexto.

La presente introducción no pretende explicar sobre qué trata Drácula (es sobre Drácula, sin duda, pero vemos muy poco de él, menos de lo que quisiéramos. La novela no pierde el tiempo en muchas explicaciones. No es sobre Van Helsing, y nos agradaría ver mucho menos de él. Podría ser sobre la lascivia, o el deseo, o el miedo, o la muerte. Podría ser sobre muchas cosas).

En lugar de decirnos sobre qué versa el libro que tenemos en la mano, esta introducción simplemente nos avisa: cuidado. Drácula puede ser una trampa de papel. Primero léalo sin más, y después, cuando lo haya dejado, podría usted, casi contra su propia voluntad, preguntarse a sí mismo sobre cosas que puede haber en las resquebrajaduras de la novela, sobre cosas insinuadas, cosas implícitas. Y una vez que usted empiece a hacerse preguntas, es sólo cuestión de tiempo que se encuentre a sí mismo despierto bajo la luz de la luna escribiendo novelas o cuentos sobre los personajes secundarios y sobre los sucesos menores. O lo que es peor, como el loco Renfield, clasificando y ordenando continuamente sus arañas y sus moscas antes de, por último, comérselas, usted puede encontrarse poniendo notas a Drácula.

Neil Gaiman

jueves, 27 de diciembre de 2018

CONFESIÓN



Han pasado siete largos años desde la primera noche en que él me visitó en mi dormitorio, siete largos años desde que tuvo lugar la cadena de inquietantes, inolvidables y peligrosos eventos; eventos que, estoy segura, nadie más creerá, aunque nos cuidamos de anotarlos de forma escrupulosa. Son aquellas transcripciones de nuestros diarios —el mío y el de otros— las que miro de vez en cuando para recordarme que todo sucedió de verdad y que no fue tan solo un sueño.
En ocasiones, cuando atisbo niebla blanca levantándose en el jardín, cuando una sombra cruza una pared en la noche o cuando veo motas de polvo arremolinándose en un rayo de luna, me sorprendo sobresaltándome presa de la expectación y de la inquietud. Jonathan me aprieta la mano y me mira en silencio con expresión tranquilizadora, como si quisiera hacerme saber que lo comprende, que estamos a salvo. Pero cuando vuelve junto a la chimenea para reanudar su lectura, mi corazón continúa martilleando dentro de mi pecho y me invade no solo la aprensión de que Jonathan sepa lo que siento, sino otra sensación… el anhelo.
Sí, el anhelo.
El registro que llevaba —el diario que escribí en taquigrafía con tanto esmero y luego mecanografié para que pudieran leerlo los demás— no revelaba toda la verdad; no mi verdad. Algunos pensamientos y experiencias son demasiado íntimos para que otros los conozcan, y algunos deseos demasiado escandalosos para admitirlos, ni siquiera ante mí misma. Si se lo revelase todo a Jonathan sé que lo perdería para siempre, del mismo modo que perdería la buena opinión que la sociedad tiene de mí.
Sé lo que mi marido desea, lo que desean todos los hombres. Para que una mujer, soltera o casada, sea amada y respetada, debe ser inocente: pura de mente, cuerpo y alma. Yo lo fui una vez, hasta que él entró en mi vida. A veces le temía. Otras le deseaba. Y, en ocasiones, le despreciaba. Y sin embargo, aun sabiendo lo que era y lo que anhelaba, no podía evitar amarle.
Jamás olvidaré la magia de su abrazo, el irresistible magnetismo de sus ojos cuando me miraba o cómo era girar en la pista de baile entre sus brazos. Me estremezco de gozo cuando recuerdo la embriagadora sensación de viajar con él a la velocidad de la luz y el modo en que me hacía jadear con inimaginable placer y deseo con solo rozarme. Pero lo más asombroso fueron las interminables horas que pasamos conversando, esos momentos robados en los que desnudamos mutuamente nuestro ser más íntimo y descubrimos todo cuanto teníamos en común.
Le amaba. Le amaba apasionada y profundamente, desde lo más recóndito de mi alma y con cada latido de mi corazón. Hubo un tiempo en el que podría haber renunciado, sin pensarlo dos veces, a esta vida humana para estar a su lado para siempre.
Y sin embargo…
La verdad de lo que sucedió ha pesado sobre mi conciencia durante todos estos años privándome del placer de las cosas cotidianas, despojándome del apetito y negándome el sueño. No puedo seguir cargando con la culpa que me consume. He de plasmarlo todo en papel, que nunca habrán de ver otros ojos, pero estoy segura de que solo escribiéndolo seré al fin libre para olvidar.

James Syrie, Drácula, mi Amor: el Diario Secreto de Mina Harker

jueves, 8 de junio de 2017

BRAM STOKER


Llegó hasta el teatro Lyceum y cruzó las alargadas sombras que arrojaban las seis altas columnas. El pórtico proporcionaba un resguardo oscuro y el tejado protegía a Arthur del atardecer. Se sentía mejor entre las sombras.

—Vaya, vaya —graznó una voz fantasmal a su espalda—. Pareces asustado. ¿Se ha muerto alguien?

Arthur se volvió. Un hombre de espaldas anchas emergió de detrás de la tercera columna y se materializó bajo la luz del sol como un espíritu hecho carne. Llevaba una barba muy recortada y el pelo corto, relamido, peinado hacia la izquierda. Vestía un abrigo con faldones y unos zapatos de un negro tan intenso que deslumbraron a Arthur. Parecía haberse engalanado para asistir a un funeral de Estado o, lo que era más probable en su caso, para una noche de estreno. Al cabo de unos segundos, cuando Arthur se hubo recuperado de la impresión, reconoció a su viejo amigo.

—Bram —dijo Conan Doyle con una voz profunda y firme—. Me has asustado.

—Lo siento de veras —se disculpó Bram Stoker mientras le tendía la mano a Arthur—. Es que estabas tan pálido que me ha costado reconocerte.

 (…) Bram siempre había deseado ser escritor. Ésa era la cuestión, creía Arthur, el motivo de la leve amargura que su amigo destilaba en ocasiones. Obligado a hacer frente a las cargas de un trabajo desagradecido y agotador para el alma, Bram se mantuvo fiel a una pasión por la vida literaria que no acostumbraba a compartir en público. Se despertaba temprano y, antes de acudir al Lyceum para solucionar la crisis presupuestaria del día y de halagar a Irving hasta que le dolía la garganta, Bram escribía historias macabras y fantásticas, relatos teñidos de sangre, que luego guardaba en un cajón. Sólo se los mostró a Arthur en una ocasión, y se sorprendió de la violencia que Bram era capaz de engendrar, aunque sólo en la ficción, y sólo en secreto. Cuando se veían para tomar un trago alguna noche, Bram le describía a Arthur la obra en la que estaba trabajando, más extensa que las anteriores, una novela siempre a medio escribir sobre seres malignos, muertos vivientes y un conde del continente ávido de sangre. Para ser un hombre tan dócil y, ¿podía decirlo?, escandalosamente afeminado, Bram sentía una gran pasión por lo grotesco.

Se habían conocido dos años antes, cuando Bram había comprado una obra de Arthur, un monólogo para que lo interpretara Henry Irving. Durante las largas noches de ensayos, y las noches aún más largas de borgoña tras el estreno de la obra, se hicieron amigos. Irving era un bufón presuntuoso, pero en aquel amable director que escondía un cajón rebosante de historias de fantasmas, Arthur había hallado a alguien que lo comprendía. El hecho de que las historias de Bram no le hubieran permitido ganarse ni un penique a lo largo de los años, mientras que Arthur había logrado disfrutar de una situación económica desahogada, no había provocado ningún tipo de tensión entre ambos.

Graham Moore, El Hombre que Mató a Sherlock Holmes

jueves, 8 de diciembre de 2016

LOS ÚLTIMOS AÑOS DE LA MAGIA


Londres, 1871.

El joven Aurelius, prisionero en la taberna familiar, se siente condenado a languidecer viviendo una existencia tan gris como la de su padre. Sin embargo, una mañana le será revelado su destino: Houdin, el gran mago, anuncia en coloridos carteles su llegada a Londres…

A partir de ese momento, su obsesión será presentarse ante él para convertirse en su aprendiz. Gracias a su ingenio, pronto tendrá la oportunidad de entrar en su camerino, donde descubrirá su mayor secreto.

Cuando veía abrirse ante él un futuro brillante, como pupilo del mago francés, la desgracia se cebará con él, de manera que incluso su pasado habrá desaparecido y el presente será muy diferente a lo que Aurelius recuerda.

José Antonio Fideu nos trae una novela llena de aventuras, viajes y peligros, donde la magia es algo real, pero peligrosa, pues el Cazador de Hadas está dispuesto a acabar con ella y con quienes la utilizan (versión adulta y sangrienta de la Nada, de La Historia Interminable).

                A lo largo de sus páginas vemos desfilar personajes reinterpretados de nuestras leyendas y mitos, como el escritor Hans Christian Andersen, el Conde Drácula junto con Mina Harker, Sinbad el Marino, Geppetto (imbuido en un cuerpo de madera) y cierta joven que aúna en su piel a Caperucita Roja y al Lobo Feroz, u otros personajes de los hermanos Grimm o de   William Shakespeare, uno de esos hechiceros, según Neil Gaiman, que practica la magia con veintisiete letras y unos pocos signos ortográficos, como Miranda (vaya mosquita muerta, el hada) o Caliban, además de dragones, hadas, fantasmas, el kraken, etc…

Es una novela emocionante e interesante, donde la trama y los capítulos cortos la dotan de un ritmo rápido, pues la historia nos atrapa y queremos saber cómo se ha alterado el mundo de Aurelius con tanta facilidad, adónde llegará en ese viaje iniciático suyo, y si será capaz de vengarse. Pero, el personaje más logrado es Telesio, el Cazador, que se va volviendo humano, mientras esconde su secreto. Es curiosa la forma en que permanecen en nuestro mundo los personajes que hemos mencionado una vez que mueren  (el cementerio de las hadas, es decir, nuestros libros, nuestras bibliotecas). También llama la atención el apéndice biográfico final donde el autor muestra los motivos que le han llevado a incluir como magos a personajes reales del siglo XIX (esa mención a Tesla o a Bessemer hace que algunos sitúen esta novela en la corriente steampunk).

Fideu realiza una reinterpretación de conocidas leyendas en una obra que homenajea el mundo de la magia con una trama de intriga y aventuras que se ha ganado la admiración del jurado del Premio Minotauro cuyos miembros han afirmado: «Resulta imposible no quedarse atrapado en la atmósfera de esta novela. Es envolvente y mágica a la vez.» Manel Loureiro. «Una novela evocadora, iniciática, en la que descubriremos que el mundo que habitamos está más lleno de magia de lo que imaginábamos.» Javier Sierra.

Por último, gracias, José Antonio, por esa mención a los maestros del C.P. María de los Llanos Martínez, de Albacete; es raro que se acuerden de nosotros, los profesionales de la enseñanza.

PREMIO MINOTAURO 2016

lunes, 11 de abril de 2016

EL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS


«¡Bienvenido a mi casa! ¡Entre libremente y por su propia voluntad!», tales son las frases con las que el conde Drácula recibe en su castillo a Jonathan Harker, el procurador que le visita para cerrar la compra de una casa en Londres. Jonathan Harker nos describe, en las primeras páginas de su diario de viaje, la abrupta belleza de los parajes que recorre, los montes Cárpatos, y las costumbres de los campesinos: sus comidas bien condimentadas, su carácter adusto, su desconfianza ante los extranjeros. Una de esas noches, Harker pernocta en un hotel llamado irónicamente Corona de oro. Allí recibe una nota del conde en la que le indica qué tiene que hacer para llegar a su castillo. Una anciana le pide que no lo haga. «¿Sabe adonde va y a lo que va?», le pregunta. Al ver que no puede retenerle, le entrega un rosario, y le pide que se lo ponga al cuello. Jonathan sigue su camino preso de una angustia indefinible. «No sé si se debe al temor de la anciana», escribe, «a las múltiples tradiciones fantasmales de este lugar, o al propio crucifijo, pero no me siento ni mucho menos tan tranquilo como de costumbre. Si este cuaderno llegase a manos de Mina antes que yo, que sea portador de mi despedida».
Mina es su prometida, y será la verdadera protagonista de esta novela de la que Oscar Wilde dijo que era la más bella escrita jamás. Es extraño un calificativo así referido a un libro que habla de la desgracia de existir, de un mundo presidido por la abyección y el mal. Una noche pasa algo de gran significado en la historia. Jonathan está en su habitación, afeitándose frente al espejo, y se hace un pequeño corte en la mejilla. Al momento descubre la mano del conde sobre su hombro. No le ha sentido entrar y ve con horror que este no se refleja en el espejo. La visión de la sangre enloquece un momento al conde que, tras romper el espejo en mil pedazos, se va excitado de la habitación. Jonathan Harker merodea esa mañana por el castillo, buscando una salida, hasta comprender que es prisionero de aquel extraño ser. Está oscureciendo cuando se asoma a la ventana de su habitación y ve al conde desplazarse por la pared vertical del castillo como un enorme lagarto. «¿Qué clase de hombre es este o qué clase de ser con apariencia de hombre?», anota en su diario. Y dominado por el temor concluye: «Me encuentro cercado por unos horrores en los que no me atrevo a pensar».
Pronto nos damos cuenta de que el diario, para Jonathan Harker, es algo más que una larga carta de amor dirigida a su prometida: es una forma de supervivencia. Por eso, y momentos después de contemplar la terrorífica escena del conde deslizándose como una alimaña por los muros del castillo, se pone compulsivamente a escribir. Y lo primero que recuerda es una frase de Hamlet: «Mis tablillas, rápido, mis tablillas. / Hora es ya de que lo escriba». Hamlet escribe para no ser arrebatado por la locura, Jonathan Harker como una forma de afirmación de su humanidad frente a las fuerzas destructoras del mal. Rudyard Kipling dice que el narrador es el más solo de los hombres, debe vigilar el sueño de los demás: es el que apaga la luz. El diario de Jonathan Harker es esa lámpara encendida en la oscuridad del castillo de Drácula. La llama que trata de preservar la luz de la conciencia en un mundo presidido por Tánatos, el genio alado de la muerte.
Este diario de apenas setenta páginas contiene toda la novela. Una novela admirable que, cien años después de ser publicada, sigue manteniendo intacta su capacidad de seducción, y que ha hecho del conde Drácula una de las criaturas más deseadas y temidas de la literatura universal, morador por igual de nuestras pesadillas y de nuestras ensoñaciones eróticas. La novela de Bram Stoker habla de nuestra parte maldita. Tres son sus temas centrales: la oscuridad del deseo, el vampiro como doble sin rostro del hombre, y la escritura como forma de conocimiento y espacio de humanidad.
Detengámonos, ahora, en cada uno de ellos.

LA PREGUNTA POR EL DESEO

En uno de los pasajes más escalofriantes del diario de Jonathan Harker, este nos narra su encuentro con los otros habitantes del castillo. Son tres lujuriosas mujeres que irrumpen inesperadamente en su habitación, aprovechando la ausencia del conde, su amo y señor. Poseen una perturbadora belleza y se acercan excitadas a Jonathan. Son tres vampiras y, aunque este se da cuenta enseguida de que algo maléfico las impulsa, no puede evitar caer bajo su hechizo. «Mi corazón», escribe, «se inflamó con un deseo malvado y ardiente de que me besaran con aquellos labios rojos». Y añade: «Era como la dulzura intolerable y estremecedora de unas copas de cristal en las que jugueteara una mano hábil».
Representan, como la Lilith bíblica, el lado oscuro y perverso del ser femenino, la amenaza de una sexualidad libre, sin las ataduras de la religión o las convenciones sociales. Primo Levi, en su relato Lilith, describe así a la primera compañera de Adán: «A ella le gusta mucho el semen del hombre, y anda siempre al acecho de ver adonde ha podido caer (generalmente en las sábanas). Todo el semen que no acaba en el único lugar consentido, es decir, dentro de la matriz de la esposa, es suyo: todo el semen que ha desperdiciado el hombre a lo largo de su vida, ya sea en sueños, o por vicio o adulterio. Te harás una idea de lo mucho que recibe: por eso está siempre preñada y no hace más que parir». Ese semen desperdiciado, el que tiene que ver con los sueños y los deseos inconfesables, es el símbolo de esa sexualidad oscura y siempre ávida de nuevas víctimas que representa el vampiro.
Drácula, escrita en plena época victoriana, habla con un atrevimiento insólito en su época del deseo sexual. Ese deseo no solo aparece en los merodeos nocturnos del conde, sino en el consentimiento de sus víctimas. Una de las leyes que rigen el mundo de los vampiros es que estos solo pueden entrar en una casa si alguien los llama desde su interior, lo que explica la frase con que el conde recibe a Jonathan Harker: «Entre libremente». Es decir, porque así lo desea. Es Jonathan Harker el que desea besar los labios rojos de la vampira, y serán, más tarde, Lucy y Mina las que llamen al conde a su lado para ofrecerse a él. Las escenas de esa entrega son de una intensidad sexual que todavía hoy, en que la sexualidad ha dejado de ser un tabú, nos hacen estremecernos, y cabe imaginar lo que debió suponer en su tiempo leer unos pasajes como estos.
El poder del vampiro, su increíble poder de fascinación, proviene de que nadie como él conoce los deseos de sus víctimas. Si Mina y Lucy, las dos encantadoras protagonistas de esta novela, sucumben a él, es porque les ofrece lo que ellas mismas desean sin darse cuenta. Como si la Lilith bíblica alentara en sus corazones juveniles, y solo esperara el momento oportuno para despertar de su sueño y regresar al mundo.
Drácula, la novela de Bram Stoker, nos enseña que no somos dueños de nuestros deseos, por eso nos perturban. No es cierto que nuestro cuerpo nos pertenezca, siempre pertenece a otro: a aquel o a aquella que lo hace despertar. Mina y Lucy rechazan todo lo que el conde representa —la oscuridad, el daño, el dominio—, y sin embargo una y otra vez lo llaman a su lado, pues inconscientemente ansían ese semen que se pierde en las noches, que no llega a la matriz de la esposa, y que representa la sexualidad libre. Pero mientras que Lucy termina devorada por esa sexualidad y por transformarse ella misma en una vampira, Mina logra sustraerse de su influjo gracias a la fuerza del amor. La historia de estas dos muchachas es sin duda el corazón del libro. Son estremecedoras las escenas en que una Lucy vampira se vuelve cazadora de niños. Y es curioso que esos niños se vayan sin dudarlo con ella. Los niños en los cuentos suelen irse detrás de las damas ensangrentadas, como si intuyeran que solo ellas pueden decirles quiénes son de verdad. El flautista de Hamelin, que se lleva a los niños detrás, es la representación de ese deseo sin ataduras, del mundo libre y oscuro del goce. Mina logra sustraerse a esa influencia fatal. El conde la hace beber su propia sangre para contaminarla, pero ella, con la ayuda de su prometido y de sus amigos, se refugia en el reino frágil y prudente del amor. Ese reino capaz de darnos el rostro que nos niega el deseo.

EL HOMBRE SIN ROSTRO

Los vampiros son monstruos que viven en el umbral de lo humano. Un monstruo es una criatura sin rostro, y la falta de rostro es una de las metáforas más puras sobre la imposibilidad de amar. La literatura fantástica ha tratado una y otra vez este tema. El hombre invisible esconde esa ausencia vendándose la cabeza, y el fantasma de la ópera la oculta detrás de una máscara. No tener rostro es también la tragedia del hombre lobo, y naturalmente del conde Drácula, que no se refleja en los espejos. La pérdida del rostro supone la caída en la animalidad o en el vacío de significación. En El Hombre Invisible, la novela de H. G. Wells, un investigador logra una fórmula con la que consigue la invisibilidad. Muy pronto, el inesperado éxito transformará su vida en una pesadilla: la pérdida del rostro implica la caída en ese mundo anómalo en que no cuentan las razones ni los deseos de los demás. El monstruo es el que no se detiene, el que mira al otro como un bocado o un rival, nunca como alguien que puede ampliar el campo de su libertad. El rostro del otro es un espejo, pero también el espacio de la alteridad. La cultura del viejo humanismo es una cultura del rostro. Nos enseña a mirar a los demás, a verlos en el momento en que dejan de ser fungibles; es decir, intercambiables por otro.
El conde Drácula vive en una noche eterna, privada de sentido, y anhela acercarse el mundo de los hombres. Es un anhelo trágico, que conduce a la muerte a quienes visita. Drácula se inclina sobre el lecho de sus víctimas y, al tomar su sangre, las destruye. Es curioso que elija sus cuellos para hacerlo, como si lo que quisiera es borrarles el rostro. «Ahora sois como yo», les dice, «y estaréis eternamente condenados a vagar sin rostro por el mundo». Arrancar al otro su rostro es cuestionar su condición humana. Drácula es enemigo de los hombres, pero no puede vivir sin su proximidad. Les necesita para aplacar su sed. Drácula no busca solo alimentarse, busca ese algo indefinible que hombres y mujeres llaman alma. Quiere arrebatarles su alma, porque él no la puede tener. Un deseo sin miedo ni sufrimiento, eso es el alma. ¿Existe algo así? No, no existe. Por eso nos atrae el conde Drácula. Su desvelo eterno habla de esa desdicha que es en el fondo toda vida humana, de la existencia como una herida que nada puede cerrar.

EL LIBRO EN MARCHA

Drácula, entre muchas otras cosas, es una novela sobre la escritura de un libro. Un libro que lector ve crecer ante sus ojos, como esa obra que separa la razón de la locura, el mundo de los hombres del de la animalidad y el mal. Un libro colectivo, pues será la suma de lo que escriben sus distintos protagonistas. Todos los que se acercan a Drácula comparten misteriosamente esta necesidad de escribir, de contar lo que les sucede cuando se acercan a él. Y así, tras el diario de la visita al castillo del conde de Jonathan Harker, nos encontraremos con el diario de Mina y con las cartas que esta intercambia con su amiga Lucy. A estos documentos no tardan en sumarse las notas de los doctores Seward y del doctor Van Helsing. Todos ellos padecen, como Hamlet, la misma compulsión a anotar lo que ven, sin perder ni un solo momento, como si supieran que lo que está en peligro no es solo sus propias vidas, sino la misma humanidad.
Hay un momento de la novela en que Mina, consciente de la existencia del ingente material escrito que ha generado la irrupción de Drácula en sus vidas, decide ordenarlo para componer un único texto, un libro que permita seguir las andanzas de conde y anticipar sus acciones futuras. Mina construye así el libro que el lector tiene en sus manos, al tiempo que este lo va leyendo. Y de todo lo que hay escrito en ese libro lo único que verdad nos interesan son los pasajes que hablan del conde. Drácula representa lo que Nietzsche llamó la «gran razón del cuerpo», que es justo lo que niegan los sensatos diarios que leemos, como si eso tan humano de lo que no dejan de hablar, con su sometimiento a todos los convencionalismos de la época, los hiciera intercambiables entre sí y los volviera insignificantes. Solo el conde Drácula habla de lo que somos, solo en él se esconde nuestra verdad.
Las victorias de Drácula, como las del demonio cristiano, proceden de una comprensión profunda de la naturaleza de sus víctimas. El hecho de que Lucy se transforme en vampira, y que la misma Mina esté a punto de hacerlo, significa que esas damas sangrientas que tanto temen viven agazapadas en su interior. Drácula no hace sino liberarlas, pues nadie puede transformarse en algo que no es. La amenaza del vampiro está inscrita en la misma naturaleza de sus víctimas. Habla en suma de todo lo que estas son y se niegan a reconocer.
En la escena de la vampirización de Mina, todo esto aparece expresado con perturbadora y bella crueldad. Drácula se acerca a la joven y, tomándola en sus brazos, le dice que a partir de ahora será de su raza, será carne de su carne, sangre de su sangre, su compañera y su ayudante. Luego posa una mano sobre su hombro para sujetarla y, tras desnudar su cuello con la otra, se inclina sobre ella para beber su sangre. Y, al día siguiente, Mina anota en su diario, recordando la escena: «Yo estaba desconcertada y, por extraño que parezca, no deseaba entorpecerle». A pesar de todo el horror que le produce el conde, lo que Mina nos dice es que deseaba entregarse a él.
Pero no solo es Mina la que cae bajo el influjo de Drácula, sino que también este se siente turbado, al menos unos instantes, por la irrupción de un sentimiento nuevo, incompatible con su naturaleza demoníaca: la intuición del amor humano. Así es, en efecto, como el doctor Seward describe el comportamiento de Drácula en la misma escena: «A pesar de las circunstancias, me resultó curioso observar que, en tanto que el rostro (del conde), blanco de cólera, se agitaba convulso sobre la cabeza inclinada de la mujer, las manos acariciaban tierna y amorosamente su cabello revuelto».
Drácula representa el mundo del deseo sin límites, sin moral, sin posibilidad de aplazamiento o renuncia; Mina, el mundo paciente e inquieto del amor humano, tan cercano a esa escritura que trata de liberarse de la tiranía de las convenciones sociales y atender las razones del cuerpo. Y lo perturbador de esta novela es que nos dice que esos mundos no pueden dejar de estar juntos. El deseo le pide al amor que prolongue sus goces, y el amor le pide al deseo que no le deje sin locura. Ambos buscan lo que no puede ser: las nupcias entre la vida y la muerte.

Gustavo Martín Garzo

martes, 24 de noviembre de 2015

LA VOZ DE DRÁCULA

El texto que aquí se reproduce es la transcripción de una cinta que apareció en la grabadora hallada en el asiento trasero del automóvil propiedad del señor Arthur Harker, de Exeter, dos días después de la fuerte nevada que, en enero de ese año, se desencadenó inesperadamente sobre Devon. El señor Harker y su esposa, Janet, ingresaron en el hospital de Todos los Santos, en Plymouth, a la mañana siguiente de que la tormenta alcanzara su mayor intensidad. Los dos afirmaron haber abandonado su vehículo en una carretera intransitable a eso de la medianoche, pero en ningún momento facilitaron una explicación convincente acerca de lo que los impulsó a abandonar la relativa seguridad de su coche en una hora en que la tormenta estaba en su peor momento, ni cómo llegaron a Plymouth. El hospital de Todos los Santos se encuentra a unos treinta kilómetros de donde posteriormente se halló su coche, en un desvío de la carretera de Upham, delante mismo del cementerio de St. Peter, a las afueras de Dartmoor. Cuando los Harker llegaron al hospital, su estado físico y el de sus ropas hacían pensar que habían estado caminando a campo traviesa. En cuanto al coche, al encontrarlo no daba la sensación de que estuviese averiado, y, si bien las puertas y ventanillas estaban con el seguro puesto, la llave se hallaba en el contacto, que también permanecía cerrado, y el depósito de combustible estaba aproximadamente a un tercio de su capacidad.

La voz de la cinta pertenece a un hombre, es bastante profunda y habla el inglés con un ligero acento indefinible. Después de consultar a tres lingüistas expertos, éstos proporcionaron tres opiniones diferentes respecto a la lengua nativa de quien habla.

En general, la calidad de la cinta y los ruidos de fondo que se detectan son, según los técnicos, compatibles con la opinión de que la cinta se registró efectivamente en el interior de un automóvil, con el motor en marcha y el vehículo parado, la calefacción y los limpiaparabrisas en funcionamiento, y fuertes ráfagas de viento en el exterior.

Los Harker han rechazado la cinta como una «especie de broma», no han mostrado interés alguno en ella, y han rehusado hacer cualquier otro comentario. Los primeros en oírla fueron los agentes de servicio en carretera que hallaron el coche porque pensaron que la grabadora podía contener algún mensaje de emergencia abandonado por sus ocupantes. Los agentes entregaron luego la cinta a las más altas autoridades, debido a la relación de violentos crímenes en ella contenidos. No se han encontrado pruebas que relacionen la cinta con los supuestos actos de vandalismo y los robos cometidos en el cementerio de St. Peter, actualmente bajo investigación.

... esta clavija, y entonces mis palabras quedarán registradas electrónicamente para todo el mundo. Eso es fantástico. Bueno, pues... Si por fin vamos a decir la verdad, ¿de qué crímenes se me puede acusar? ¿De qué pecados infamantes y nefandos?

Supongo que me acusan de la muerte de Lucy Westenra. ¡Ah!, les juro que soy inocente. Aunque... ¿por quién podría yo jurar, que ustedes me creyeran? Más tarde, quizá, cuando empiecen a comprender algo de todo esto, pronuncie mi juramento. Es cierto que abracé a la encantadora Lucy, pero nunca en contra de su voluntad. Nunca la obligué, ni a ella, ni a ninguna de las otras.

En este punto de la cinta, otra voz, que no se ha podido identificar, susurra un par de palabras indescifrables.

¿Su bisabuela Mina Harker? Señor, permítame que me ría como un loco por unos instantes, y eso que hace siglos que no me río. Y permítame también que le diga que no soy un loco.

Seguramente ustedes no han creído ni una sola palabra de cuanto les he contado hasta ahora. Sin embargo, tengo intención de seguir hablándole a este aparato, y ustedes también pueden escuchar. La mañana aún queda lejos y, por el m¬mento, ninguno de nosotros puede ir a ninguna parte. Ade¬más, ustedes dos se hallan bien armados —o al menos así lo creen— contra cualquier cosa que yo intente hacerles. Tiene usted una pesada llave inglesa en su mano derecha, mi querido señor Harker, y de la garganta de su encantadora esposa cuelga algo mucho más efectivo que cualquier cachiporra, si son ciertos todos los informes. Lo malo es que los informes sobre mí nunca han sido ciertos. Apostaría a que soy el último desconocido al que van a recoger en su coche mientras dure esta gran nevada, pero no tengo la más mínima intención de hacerles ningún daño. Ya lo verán. Sólo dejen que hable.

Yo no maté a Lucy. No fui yo quien clavó la estaca en su corazón. No fueron mis manos las que cercenaron su encantadora cabeza, ni embadurnaron con ajo su boca, aquella boca..., como si fuera un lechón dispuesto para un bárbaro festín. Y sólo a mi pesar la transformé en un vampiro, aparte de que nunca se habría convertido en un vampiro de no haber sido por el imbécil de Van Helsing y sus manipulaciones. Imbécil es uno de los calificativos más benévolos que encuentro para él...

Por lo que se refiere a Mina Murray, más tarde señora de Jonathan Harker, me quedo corto si digo que nunca tuve intención de hacerle ningún daño. Con estas mismas manos quebré la espalda a su verdadero enemigo, el loco Renfield, que pretendía violarla y asesinarla. Yo estaba enterado de cuáles eran sus intenciones; en cambio los médicos, el joven Seward y aquel imbécil, no parecían darse cuenta. Así que cuando Renfield me dijo descaradamente lo que pretendía hacerle a mi amada... ¡Ah, Mina!

Pero eso ocurrió hace mucho tiempo. Mina era ya muy vieja cuando bajó a la tumba, en 1967.

En cuanto a la tripulación del Demeter, si ustedes han leído la versión que mis enemigos dieron de lo acontecido, imagino que también me van a culpar de la muerte de aquellos marinos. Pero, díganme, en nombre de Dios, ¿por qué iba yo a asesinarlos...? ¿Qué sucede?

En este momento, la voz de un hombre, probablemente identificable con la de Arthur Harker, pronuncia una sola pa¬labra: «Nada».

¡Ah, claro! No creían que yo fuera capaz de pronunciar el nombre de Dios. Son ustedes víctimas de la superstición, de la pura superstición, que es una creencia despreciable, y sin duda muy poderosa. Dios y yo somos viejos conocidos. Como mínimo, soy consciente de su existencia desde mucho antes de que lo fueran ustedes, amigos míos.

Ahora imagino que empieza a preguntarse si el crucifijo que cuelga del cuello de la señora, y que hasta ahora les proporcionaba algo de seguridad, es realmente eficaz en mi caso. No se preocupen. Créanme, es tan efectivo contra mí como lo sería la pesada llave inglesa que el caballero empuña en su mano derecha.

Ahora permanezcan sentados, por favor. Hace una hora que nos hemos visto interceptados por esta tormenta de nieve, y ha transcurrido sólo media hora antes de que dejaran de intentar verme por el espejo retrovisor, antes de que empezaran a creer que mi nombre es el que les he dicho, y se convencieran de que no estaba bromeando, de que no les estaba tomando el pelo, como suelen decir ustedes. Al principio se los veía bastante despreocupados y confiados. De haber querido arrebatarles la vida o beber su sangre, a estas alturas ya habría consumado el sanguinario suceso.

No, mi intención al entrar en su coche es del todo inocente. Me gustaría únicamente que permanecieran sentados y prestaran atención durante un rato, al menos mientras intento justificarme, una vez más, ante la humanidad. Incluso a la remota fortaleza donde moro la mayor parte del tiempo ha llegado el nuevo espíritu de tolerancia que, al parecer, ha inundado la superficie terrestre en estas últimas décadas del siglo veinte. Así que, una vez más, voy a intentar... He elegido su vehículo porque casualmente pasaban por aquí esta noche... Pero no, permítanme que sea del todo sincero: se han introducido algunos cambios con la intención de que ustedes pasaran por esta carretera... Primero, porque es usted descendiente directo de un antiguo amigo mío, señor; y luego, porque me enteré de que siempre llevan consigo esta grabadora en su coche. Sí, incluso la tormenta de nieve ha sido alterada un poco. Necesitaba esta ocasión para hacer público esa especie de testamento, tanto para mí como para otros como yo.

Aunque la verdad es que no existe nadie como yo... Señor, por como se encuentran los ceniceros, me doy cuenta de que es usted fumador, y apostaría a que le apetece un poco de humo. Adelante, deje la llave inglesa al alcance de la mano y fume usted. Puede que a la señora también le apetezca un cigarrillo, con un tiempo tan desapacible como éste. ¡Oh, no! Gracias, pero yo no puedo permitírmelo.

Vamos a tener que permanecer aquí durante algún tiempo... En lo alto de los Cárpatos he visto tormentas incluso más fuertes que ésta. Sin duda las carreteras permanecerán intransitables hasta primeras horas de la mañana. A falta de raquetas para los pies, habría que ser un lobo para andar por una capa de nieve como ésta, o algo capaz de volar...

Imagino que les interesará saber, o al menos a otros podría interesarles, por qué me preocupo con esta apología pro vita sua; por qué, a estas alturas, intento defender mi nombre. Bueno, lo cierto es que, a medida que envejezco, he ido cambiando... Sí, así es. Y algunas cosas que en el pasado fueron muy importantes para mí, como por ejemplo cierta clase de orgullo, no son ahora más que polvo y cenizas en mi tumba. Como el fragmento de hostia desacralizada que perteneció a Van Helsing, y que allí dentro se convirtió en polvo.

Si he permanecido allí, en mi tumba, no es para quedarme. Todavía no ha llegado el momento de quedarme bajo la enorme piedra sobre la cual aparece grabada una sola palabra: Drácula

Fred Saberhagen, La Voz De Drácula

lunes, 25 de agosto de 2014

LA ERA DE DRÁCULA

Siguiendo con nuestras lecturas y relecturas de este verano:

Kim Newman nos plantea una historia si la novela de Stocker hubiese acabado con un final diferente, que Drácula sobreviviese e instaurase una nueva era en la Inglaterra Victoriana.

Con Van Helsing derrotado (y su cabeza expuesta en una pica como demostración de poder), Drácula se convierte en príncipe consorte de la reina Victoria y se nombra Lord Protector (título que se da en Inglaterra y otorga el control del estado), instaurando su propia sociedad en la que los vampiros salen a la luz pública. Lógicamente esto crea una nueva situación, en la que se empiezan a diferenciar castas vampíricas (diferenciadas en casi todos los casos por ser ancianos o neonatos) y algún enfrentamiento entre detractores de los vampiros y los propios descendientes de Drácula.

Varias vampiras prostitutas aparecerán asesinadas en Whitechapel, por obra de un asesino al que se bautiza como “Cuchillo de plata” que, más tarde y basándose en hechos reales sobre las notas mandadas a Scotland Yard, se revelará como Jack el destripador. Esto hace que el Club Diógenes, una sociedad secreta al servicio de la corona (creada por Arthur Conan Doyle en las novelas de Sherlock Holmes), mande a investigar a Charles Beauregard, joven viudo y encargado de misiones sobre el terreno del club. Junto a él, tenemos a Geneviève Dieudonné, una vampira de más de 400 años con la apariencia de una joven de dieciséis, que pertenece a un linaje distinto al de Drácula.

Muchos de los personajes que aparecen a lo largo de la novela son fácilmente reconocibles dentro de la novela de Bram Stoker, como puedan ser Mina Murray o Jonathan Harker, pero a su vez les sigue un elenco de otros personajes clásicos de la época victoriana, ya sean reales o ficticios, como los inspectores Lestrade y Abberline, Mycroft Holmes, cierto famoso asesino oriental que tenía su residencia en Limehouse, y otros tantos sobre los que cualquier lector puede tener conocimiento.

Newman a este escenario añade elementos característicos de la era victoriana, desde la ambientación a la estética, pero además hace que confluyan otras historias propias de la época, como es la de Jack el Destripador, o la aparición de personajes relevantes de ese período. El relato de Newman es crudo, sangriento pero también repelto de pasajes hermosos y oscuros, en suma, maravillosamente bien escrito. Se va creando así una nueva atmósfera en el Londres del siglo XIX repleta de intrigas, misterios, romance y sangre donde se entremezclan los personajes de la novela de Stocker con nuevos y atrayentes protagonistas. 

viernes, 23 de mayo de 2014

DEL DIARIO DE JONATHAN HARKER

El carruaje avanzó rápido en línea recta; luego dimos una curva completa y nos internamos por otro camino. Me pareció que dábamos vueltas sobre el mismo lugar; así pues, tomé nota de un punto y confirmé mis sospechas. Al cabo de un rato, sin embargo, sintiéndome curioso por saber cuánto tiempo había pasado, encendí un fósforo, y a su luz miré mi reloj; faltaban pocos minutos para la medianoche. Esto me dio una especie de sobresalto, pues supongo que la superstición general acerca de la medianoche había aumentado debido a mis recientes experiencias. Me quedé aguardando con una enfermiza sensación de ansiedad.

Entonces un perro comenzó a aullar en alguna casa campesina más adelante del camino. Dejó escapar un lúgubre aullido, como si tuviese miedo. Su llamada fue recogida por otro y por otro y otro, hasta que, nacido como el viento que pasaba suavemente a través del desfiladero, comenzó un aterrador concierto de aullidos que parecían llegar de todos los puntos del campo, tan lejos como la imaginación alcanzase a captar a través de las tinieblas de la noche. Desde el primer aullido los caballos comenzaron a piafar y a inquietarse, pero el cochero les habló tranquilizándolos, y recobraron la calma, aunque temblaban y sudaban como si acabaran de pasar por un repentino susto. Entonces, desde las montañas que estaban a cada lado de nosotros, llegó un aullido mucho más fuerte y agudo, el aullido de los lobos, que afectó a los caballos y a mi mismo, pues estuve a punto de saltar de la calesa y echar a correr, mientras que ellos retrocedieron y se encabritaron, de manera que el cochero tuvo que emplear toda su fuerza para impedir que se desbocaran. Sin embargo, a los pocos minutos mis oídos se habían acostumbrado a los aullidos, y los caballos se habían calmado tanto que el cochero pudo descender y pararse frente a ellos. Los sobó y acarició, y les susurró algo, tal como he oído que hacen los domadores de caballos, y con un efecto tan extraordinario que bajo estos mimos se volvieron nuevamente bastante obedientes, aunque todavía temblaban. El cochero se sentó, sacudió sus riendas y reiniciamos nuestro viaje a buen paso.

Pronto nos encontramos obstruidos por árboles, que en algunos lugares cubrían por completo el camino, formando un túnel a través del cual pasábamos. Y además, gigantescos peñascos amenazadores hacían valla a cada lado. A pesar de encontrarnos así protegidos, podíamos escuchar el viento que se levantaba, pues gemía y silbaba a través de las rocas, y las ramas de los árboles chocaban entre sí al pasar nosotros por el camino. Hizo cada vez más frío y una fina nieve comenzó a caer, de tal manera que alrededor de nosotros todo estaba cubierto por un manto blanco. El aguzado viento todavía llevaba los aullidos de los perros, aunque éstos fueron decreciendo a medida que nos alejábamos. El aullido de los lobos se acercó cada vez más, como si ellos se fuesen aproximando hacia nosotros por todos lados. Me sentí terriblemente angustiado, y los caballos compartieron mi miedo. Sin embargo, el cochero no parecía tener ningún temor; volvía la cabeza hacia la izquierda y hacia la derecha, pero yo no podía ver nada a través de la oscuridad.

A la izquierda, divisé el débil resplandor de una llama azul. El cochero lo vio; inmediatamente paró los caballos y, saltando a tierra, desapareció en la oscuridad. Yo no sabía qué hacer, y los aullidos de los lobos parecían acercarse; pero el cochero apareció otra vez, y sin decir palabra tomó asiento y reanudamos nuestro viaje. Este incidente éste se repitió una y otra vez, y ahora, al recordarlo, me parece una pesadilla horripilante. Una vez la llama apareció tan cerca del camino que hasta en la oscuridad que nos rodeaba pude observar los movimientos del cochero. Se dirigió a donde estaba la llama azul (debe haber sido muy tenue, porque no parecía iluminar el lugar alrededor de ella), y tomando algunas piedras las colocó en una forma significativa. En una ocasión fui víctima de un extraño efecto óptico: estando él parado entre la llama y yo, no pareció obstruirla, porque continué viendo su fantasmal luminosidad. Esto me asombró, pero como sólo fue un efecto momentáneo, supuse que mis ojos me habían engañado debido al esfuerzo que hacía en la oscuridad. Luego, por un tiempo, ya no aparecieron las llamas azules, y nos lanzamos velozmente a través de la oscuridad con los aullidos de los lobos rodeándonos, como si nos siguieran en círculos envolventes.

Finalmente el cochero se alejó más, y durante su ausencia los caballos comenzaron a temblar más que nunca y a piafar y relinchar de miedo. No pude ver ninguna causa que motivara su nerviosismo, pues los aullidos de los lobos habían cesado por completo; pero entonces la luna, navegando a través de las negras nubes, apareció detrás de la dentada cresta de una roca saliente revestida de pinos, y a su luz vi alrededor de nosotros un círculo de lobos, con dientes blancos y lenguas rojas y colgantes, con largos miembros sinuosos y pelo hirsuto. Eran cien veces más terribles en aquel lúgubre silencio que los rodeaba que cuando estaban aullando. Por mi parte, caí en una especie de parálisis de miedo. Sólo cuando el hombre se encuentra cara a cara con semejantes horrores puede comprender su verdadero significado.

De pronto, los lobos comenzaron a aullar como si la luz de la luna produjera un efecto peculiar en ellos. Los caballos se encabritaron y retrocedieron, y miraron impotentes con unos ojos que giraban de manera dolorosa; pero el círculo viviente de terror los acompañaba a cada lado; forzosamente tuvieron que permanecer dentro de él. Yo le grité al cochero que regresara, pues me pareció que nuestra alternativa era abrirnos paso a través del círculo, y para ayudarle a su regreso grité y golpeé a un lado de la calesa, esperando que el ruido espantara a los lobos de aquel lado y así él tuviese oportunidad de subir al coche.

Cómo finalmente llegó es cosa que no sé; pero escuché su voz alzarse en un tono de mando imperioso, y mirando hacia el lugar de donde provenía, lo vi parado en medio del camino. Agitó los largos brazos como si tratase de apartar un obstáculo impalpable, y los lobos se retiraron, justamente en esos momentos una pesada nube pasó a través de la cara de la luna, de modo que volvimos a sumirnos en la oscuridad.

Cuando pude ver otra vez, el conductor estaba subiendo a la calesa y los lobos habían desaparecido. Todo esto fue tan extraño y misterioso que fui sobrecogido por el pánico, y no tuve valor para moverme ni para hablar. El tiempo parecía interminable mientras continuamos nuestro camino, ahora en la más completa oscuridad, pues las negras nubes oscurecían la luna. Continuamos ascendiendo, con ocasionales períodos de rápidos descensos, pero ascendiendo la mayor parte del tiempo.

Tuve conciencia de que el conductor estaba deteniendo a los caballos en el patio interior de un inmenso castillo ruinoso en parte, de cuyas altas ventanas negras no salía un sólo rayo de luz, y cuyas quebradas murallas mostraban una línea dentada que destacaba contra el cielo iluminado por la luz de la luna.

Bram Stoker, Drácula

sábado, 26 de abril de 2014

DRÁCULA, POR ARTURO PÉREZ REVERTE

LA SOMBRA DEL VAMPIRO


A menudo llegan cartas pidiendo que recomiende un libro para jóvenes. Algo que los anime a leer. En literatura, la palabra jóvenes resulta ambigua y peligrosa, de modo que no suelo meterme en ese tipo de jardines. Cada cabeza es un mundo aparte. Por lo demás, creo que, salvo contadas excepciones, lo que establece la diferencia entre un libro para jóvenes y otro para adultos es la edad de quien lo lee. Unos textos encuentran a su lector en el momento adecuado, y otros no. El conde de Montecristo, por ejemplo, puede fascinar lo mismo a un joven de quince años que a un abuelo de setenta. Y no sabría decir cuándo es más placentero y provechoso leer La línea de sombra, El guardián entre el centeno, La cartuja de Parma, Moby Dick o La montaña mágica. 

Hay una novela, sin embargo, con la que tengo la certeza de ir sobre seguro, pues no conozco a ninguno de sus lectores, jóvenes o adultos, que no hable de ella con entusiasmo. Con su título ocurre como con tantas obras maestras: el cine lo hizo todavía más popular, devorándolo, y al fijarlo en el imaginario colectivo desvinculó el mito de la fuente original. Pero ese libro extraordinario sigue ahí, en librerías y bibliotecas, en buen y sólido papel impreso, esperando que manos afortunadas lo abran y se estremezcan con su invención perfecta, su belleza y su trama sobrecogedora. La novela se llama Drácula y fue escrita –a máquina, innovación técnica absoluta en aquel momento– por su autor, Bram Stoker, hace ciento diez años. 

Drácula es de una modernidad que apabulla. Para construirla, Stoker se zambulló en leyendas medievales, supersticiones y brumas balcánicas, vampirismo y hombres lobo, sin que nada de eso entorpeciese con erudiciones inoportunas, a la hora de escribir, la limpia eficacia de su historia, a la que aplica una factura técnica complicada, impecablemente resuelta, que ya quisieran para sí muchos de los que, a estas alturas del tiempo y la literatura, pretenden romper o reinventar las reglas del juego. La historia, que empieza cuando el joven inglés Jonathan Harker viaja a Transilvania para negociar una venta con un aristócrata local, se fragmenta en cartas, diarios íntimos, recortes de prensa, grabaciones fonográficas e incluso el espeluznante diario de a bordo –pieza maestra dentro de la obra maestra– del capitán de un navío, el Démeter, que con su perro negro ocupa por mérito propio un lugar en la nomenclatura de barcos legendarios y misteriosos de la gran literatura de todos los tiempos. 

Además, están los personajes. Complejos, humanos hasta el dolor, inhumanos hasta la crueldad objetiva y fría, los seres que pueblan Drácula mantienen al lector pegado a sus páginas: las dos amigas atrapadas por una atracción fatal, la desnudez fetichista de sus pies –¡cómo insiste en eso el autor!– cuando se entregan al terrible seductor, la violación-vampirización de Lucy, la impotente lucidez de Van Helsing, el sacrificio del compañero generoso, la dramática empresa de los tres amigos y su estaca en el corazón, la fanática fe del miserable y leal loco Renfield en su maestro-mesías, a prueba de manicomios… Y, por encima de todos, desde que una mano fuerte, fría como la nieve, estrecha la del joven Harker en el castillo de los Cárpatos, la extraordinaria e implacable sombra que planea sobre la novela: ese espléndido conde Drácula, cuya engañosa ancianidad y bigote blanquecino quedaron borrados para siempre, en la iconografía clásica del mito –160 adaptaciones cinematográficas–, por la magnífica palidez engominada de Bela Lugosi, la elegancia aristocrática de Christopher Lee, la escalofriante cortesía de Frank Langella y todas las derivaciones, variantes o sucedáneos generados en torno; desde bodrios infames para la tele hasta obras maestras como el mítico, genial, Vampiros del maestro John Carpenter. 

Y es que, por encima de todo eso, Drácula es una novela magnífica que a ningún lector deja indiferente. «La mejor del siglo», afirmaba de ella Oscar Wilde en 1897; y con Don Juan y Fausto, según André Malraux, «los únicos mitos creados por los tiempos modernos». Un pedazo de libro, vamos. De los que enganchan –literalmente– por el pescuezo. Así que, señora, caballero, profesor de literatura o quien diablos sea usted, permítame una sugerencia: si esa lastimosa criatura suya no abre nunca un libro, cómprele Drácula, o hágaselo leer y comentar en clase. A usted, de paso, tampoco le vendría mal. Échele un vistazo, y ya me contará. Tan seguro estoy de eso que, si no funciona, yo mismo le devuelvo su dinero.

Arturo Pérez Reverte