Mostrando entradas con la etiqueta Poul Anderson. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Poul Anderson. Mostrar todas las entradas

viernes, 13 de marzo de 2015

EL QUIJOTE Y EL MOLINO DE VIENTO

EL primer robot del Mundo iba caminando sobre verdes colinas, destellante su bruñida metálica envoltura por los rayos del Sol. Su andar tenía una gracia casi felina, y sus pasos eran silenciosos... si bien se podía sentir vibrar la tierra desvanecidamente, bajo el impacto de aquella formidable masa, y estremecerse tenuemente el aire por el latido del gran motor que le marcaba el compás.
ÉL. No se podía pensar en el robot como en un ser neutro. Tenía la brutal virilidad de un fusil naval o de un alto horno. Toda la suave elegancia del perfecto diseño y construcción no ocultaban el peso y la fuerza de una estatura de dos metros y medio. Sus ojos fulguraban, como por brasas interiores de incandescentes átomos; podían ver en cualquier gama de frecuencia que escogiera; podía dirigir a un cuerpo un haz de rayos X y registrarlo por completo con aquellos terribles ojos. Lo habían construido humanoide, pero habían tenido el buen gusto de no darle un rostro; tenía los ojos, con sus cuencas para lentes extra cuando necesitaba una visión microscópica o telescópica, y otros pequeños orificios sensoriales y vocales, pero por lo demás su cabeza era una máscara de reluciente metal.
Humanoide, mas no humano –creación del hombre pero más que el hombre, la primera máquina independiente, volitiva, no especializada-, pero habían soñado en ella hacía tiempo; antes había sido el genio en la botella o El Golem, la cabeza de bronce de Bacon, o el monstruo de Frankenstein, la trascendente criatura del hombre, que podía servir o destruir con la misma facilidad despectiva.
Caminaba bajo un límpido y destellante cielo estival, sobre campos luminosos y a través de bosquecillos que danzaban y susurraban al viento. Las casas de los hombres estaban esparcidas aquí y allá, casas que prácticamente cuidaban de sí mismas; allá en el horizonte se encontraba una gigantesca, que era una fábrica casi automática de artículos alimenticios; la sobrevolaban unos cuantos vehículos de pilotaje automático. Se divisaban seres humanos, hombres atezados por el Sol. Sus mujeres e hijos iban a hacer sus recados, con holgadas vestiduras de vivos colores que flotaban a la brisa. Unas cuantas personas parecían estar trabajando: había un colorista experimentando una nueva armonía cromática; un compositor sentado en su porche que arrancaba notas a un instrumento omnimusical, y un grupo de ingenieros dentro de un laboratorio de muros transparentes probando algunos mecanismos. Pero con el período de trabajo normativo de aquellos días, la mayoría descansaba. Una partida de campo, un baile bajo los árboles, un concierto, una pareja de enamorados, un grupo de niños entregados a uno de los inmemorialmente antiguos juegos de su edad, un viejo en feliz reposo con un libro y una botella de cerveza... la raza humana andaba despreocupada.
Veían pasar al robot, y a menudo se hacía un gran silencio al paso de su tremenda sombra. Sus detectores electrónicos captaban los apresurados latidos que significaban nerviosismo, y leve desasosiego... oh, ellos confiaban en los hombres cibernéticos, no los consideraban monstruos devoradores, pero se interrogaban. Sentían la vieja inseguridad del hombre ante lo ajeno y desconocido; en lo profundo de sus mentes se preguntaban qué buscaba el robot, y qué podía significar su nueva e invencible raza para los moradores de la Tierra... y luego, quizá, cuando su destellante masa se retiraba sobre las colinas, reían y lo olvidaban. El robot siguió su camino.

No había muchos clientes en el Casanova a aquella hora. Después de la puesta del Sol la taberna se llenaría y los autodistribuidores funcionarían ininterrumpidamente, pues presentaba un espectáculo viviente y la televisión estaba ya pasando de moda. Pero en aquellos momentos sólo estaban presentes quienes al paso tomaban algún trago por la tarde, y algunos recalcitrantes bebedores.
El establecimiento estaba apartado, en una boscosa ladera y rodeado por jardines con un amplio aparcamiento. Su porche encolumnado era largo, bajo y gracioso; en el interior se estaba a la fresca sombra y en un ambiente muy tranquilo; y el aire general de decoro, debido por entero a la momentánea falta de clientela, duraría probablemente hasta el anochecer. El encargado, se había ido a sus asuntos, y las muchachas no consideraban que mereciera la pena andar rondando hasta más tarde, por lo que el Casanova se encontraba ahora completamente a cargo de sus máquinas.
Dos hombres estaban dando un buen trabajo a su autodistribuidor. Apenas acababa de servir una bebida, le era introducida una nueva moneda para otra. El hombre más pequeño estaba bebiendo whisky con soda, y el de mayor estatura se servía de la cerveza más fuerte, y ambos estaban ya poco menos que trompas.
Estaban sentados en una esquina desde la cual podían mirar a través de la puerta abierta, pero su atención estaba dirigida a las bebidas. Era una de esas curiosas amistades de bar que brotan entre los más diversos tipos. Al día siguiente apenas se recordarían, pero en la ocasión se contaban sus cuitas.
El tipo pequeño de cabello negro, Roger Brady, acabó su bebida y manipuló en la máquina para otra.
-¡Batido! -dijo triunfalmente.
-Dame tiempo -dijo el grandote pelirrojo, Pete Borklin-. Esto baja más despacio.
-¿Por qué diablos no funcionará al instante este artefacto? -murmuró con voz estropajosa-. Tiene diez segundos de demora. ¡Diez secas eternidades! Exijo combinados instantáneos, servidos más rápidos que una centella.
-Temo -dijo con la precisión de un borracho- que voy a cogerla llorona. Preferiría que me diera por una peleona. Pero por desgracia no hay nadie aquí con quien engancharse.
-Yo me pelearé contigo -se ofreció Borklin cerrando sus enormes puños.
-Ah.,., ¿y por qué? No sería de todos modos una pelea. Me dejarías en seguida para el arrastre. ¿Y por qué habríamos de pelearnos? Los dos estamos en el mismo saco.
-Tienes razón -Borklin se miró los puños-. No serviría de mucho. Alguien podría hacerlo mejor con una automática que yo con esto.
Abrió los puños, lentamente, como con esfuerzo, y tomó otro trago de su vaso.
-Lo que debemos hacer –dijo Brady- es luchar contra un mundo. Volar toda la Tierra y desperdigar los pedazos desde aquí a Plutón. Pero tampoco serviría de nada. Aparecería alguna máquina para juntarlos de nuevo.
-Yo sólo quiero emborracharme -dijo Borklin-. Mi mujer me abandonó. ¿Te dije eso? Me abandonó mi mujer.
-Sí, ya me lo dijiste.
-Dijo que yo era un borracho. Hizo que acudiese a un médico, pero no sirvió de nada. Dijo... olvidé lo qué dijo. Pero de todos modos tuve que seguir bebiendo. No había nada que
hacer.
-Lo sé. La psiquiatría ayuda a la gente a resolver problemas, pero no es capaz de resolver un problema que empuja a un hombre a la locura. ¿Pues qué pasa cuando el problema es intrínsicamente insoluble? No queda sino beber, y tratar de olvidar.
-Mi mujer quería que me ocupase en algo -dijo Borklin-. Quería que consiguiese un trabajo.. Pero, ¿qué podía hacer yo? Lo intenté. Sinceramente, lo intenté. Lo intenté por... bueno, lo he estado intentando toda mi vida, de verdad. Pero se daba el caso de que no había ningún trabajo. Ninguno que pudiese hacer yo.
-Afortunadamente el subsidio básico del ciudadano es suficiente para emborracharse -dijo Brady-. Sólo que las bebidas no llegan lo bastante rápidas. Voy a pedir un autoservicio instantáneo.
-Yo he sido siempre fuerte -dijo-. Sé que no soy muy inteligente, pero soy fuerte, y soy bueno trabajando con máquinas y todo eso. Pero nadie quiso contratarme -separó sus gruesos dedos de obrero-. Era muy mañoso en casa. Teníamos una pequeña casita en Alaska, y mi padre no la había provisto de muchos artilugios, pero yo me las apañaba. Pero él murió ya, se vendió la casita, ¿y para qué sirven ahora mis manos?
-El Paraíso de los obreros –los delgados labios de Brady se contrajeron-. Desde el final de la Transición, la Tierra ha sido Utopía. Las máquinas hacen todo el trabajo rutinario, todo él, y producen tanto que las necesidades básicas de la vida están cubiertas.
-¡Narices! Quieren dinero para todo.
-No mucho. Y hay el subsidio de ciudadano que es justamente el medio de cubrir las necesidades. Si se quiere más dinero, para lujos extras, se trabaja de ingeniero, o músico, o pintor, o tabernero, o astronauta, o... de cualquier cosa que tenga demanda. Y no se trabaja demasiado. Lo dicho, ¡el Paraíso!
-Pues yo no puedo encontrar trabajo. No me quieren en ninguna parte.
-Desde luego que no. ¿Para qué diablos vale el trabajo manual en estos días? Las máquinas lo hacen todo. Oh, están los técnicos, por supuesto, una gran cantidad de ellos..., pero son sumamente hábiles, con años de entrenamiento. El hombre que no tiene nada más que ofrecer sino su fuerza y un conocimiento empírico no consigue trabajo. ¡No hay sitio para él! –Brady tomó otro trago de su vaso-. El genio humano ha eliminado la necesidad del obrero manual. Ahora ya sólo le queda eliminar al propio obrero.
Los ojos de Borklin volvieron a entornarse peligrosamente.
-¿Qué quieres decir? –preguntó agriamente-. ¿Qué quieres decir en resumen?
-Nada personal. Pero tú ya lo sabes por propia experiencia. Tu tipo no encaja ya en la sociedad humana. Y así los especialistas en genética están tratando de extirparlos gradualmente de la raza. La población se mantiene estática, relativamente pequeña, y está evolucionando lentamente a un tipo que pueda adaptarse al actual am... ambiente. Y ése no es nuestro tipo, Pete.
La cólera del hombrón se redujo a la nada, y se quedó con la vista clavada inexpresivamente en su vaso.
-¿Qué hacer? -murmuró-. ¿Qué puedo hacer?
-Nada en absoluto. Sólo beber, y tratar de olvidar a tu mujer. Sólo beber.
-Quizá quieran irse a las estrellas.
-No en nuestros años de vida. Y en tal caso, se llevarían sus máquinas consigo. Y nosotros seguiremos siendo tan inútiles. Ea, bebe, amigo. ¡Alégrate! ¡Estás viviendo una Utopía!
Hubo un prolongado silencio. El día era radiante afuera. Brady estaba agradecido a la obscuridad que reinaba en la taberna.
-Lo que no puedo imaginarme eres tú -dijo por fin Brady-. Pareces listo. Tú puedes encajar en... ¿o no?
Brady esbozó una sonrisa que más bien parecía una mueca triste.
-No, Pete -respondió-. Tuve un trabajo. Era un mediocre servotécnico. El último día no pude soportarlo más, y le dije al patrón lo que podía hacer con sus servos. Desde entonces he estado bebiendo, y no deseo dejarlo. Hastío, monotonía, rutina... lo odiaba. Algo insoportable. Preferí estar borracho. Estuve bajo tratamiento psiquiátrico, desde luego, y no me hizo nada. Realmente, el mismo problema que el tuyo.
-No lo entiendo.
-Mira, yo soy un tío inteligente, Pete. ¿Por qué ocultarlo? Mi cociente de inteligencia me sitúa en la clase de los genios. Pero... no lo suficientemente inteligente -Brady hurgó su bolsillo en busca de otra moneda; sólo encontró un billete, pero la máquina le dio el cambio-. Quiero una instantánea auto... ¿o lo dije ya antes? No importa. Eso no importa.
-¿Qué quieres decir con eso de no soy lo bastante inteligente? –insistió Borklin; tenía una vaga noción de que un nuevo sesgo de su propio problema podría posiblemente ayudarle a ver una solución-. Eso es lo que me dijeron a mí. Pero tú...
-Yo lo soy demasiado para ser un técnico corriente. No por mucho. Y no tengo ningún talento artístico o literario, que tanto cuenta hoy. Lo que yo deseaba era ser matemático. Y me empeñé en serlo. Estudié con afán. Aprendí todo cuanto podía contener una mente humana, y sé dónde buscar el resto -sonrió melancólicamente-. ¿Y cuál es el resultado final? Que las máquinas lo han asumido todo. No sólo todo el cálculo rutinario, sino hasta la investigación independiente. Y a un nivel más elevado del que puede operar el cerebro humano. Todavía tienen humanos trabajando en ello. Desde luego. Hombres que esbozan los problemas, controlan y chequean las máquinas, hombres que son... el alma de la ciencia, aún hoy. Pero sólo los genios supremos, las eminencias. Las mentes realmente brillantes y originales con destellos de pura inspiración. Ellos son necesarios todavía. Pero las máquinas hacen todo lo demás. Pero yo no soy un genio de primera fila, Pete. Yo no puedo hacer nada que no consiga un cerebro electrónico con mayor rapidez y mejor. Así, tampoco conseguí mi trabajo.
-Por lo menos puedes divertirte un poco. A mí no me gustan todos esos conciertos y pinturas y todas esas fantasías. Yo no tengo más que la bebida, las mujeres y algún estereofilm.
-Supongo que tienes razón –dijo Brady con indiferencia-. Pero no estoy hecho para ser un hedonista. Ni tampoco tú. Ambos queremos trabajar. Queremos sentir que tenemos alguna importancia y validez... que contamos algo. Nuestros amigos... tu mujer... yo tuve una novia, Pete... se espera que hagamos algo.
-Sólo que no hay nada que podamos hacer...
Un destello cegador le hirió la vista. Miró a través de la puerta, y dio tal respingo que volcó su vaso.
-¡Gran Universo! -jadeó-. ¡Pete... Pete... mira, es el robot! ¡Es el robot!
-¿Eh? -Borklin giró en redondo, tratando de mirar a través de la puerta-. ¿Qué es eso?
-¡El robot... ya has oído de él, hombre! -la embriaguez de Brady se había transformado en una súbita intensidad estremecida, y su voz resonó como el metal-. Lo construyeron hace tres años en los Laboratorios de Cibernética. Semejante al hombre, con un cerebro volitivo, no especializado... semejante al hombre, ¡pero más que hombre!
-Sí... sí, ya lo oí -Borklin alzó la vista y vio a la gran forma reluciente atravesando los jardines, en marcha hacia algún desconocido lugar que le hacía pasar ante la taberna-. Lo estaban probando. Pero ha estado andando suelto por ahí durante un año o cosa así... ¿Adonde irá?
-No lo sé -respondió Brady con la vista clavada en el robot, como hipnotizado-. No lo sé... -su voz se arrastró pero de súbito se puso en pie y exclamó con firmeza restallante-: ¡Pero lo descubriremos! ¡Ven, Pete!
-¿Adonde... un... por qué...? -respondió Borklin levantándose lentamente, y con aire desconcertado-. ¿Qué quieres decir?
-¿Es que no lo ves, no lo ves? Es el robot... el hombre después del hombre... todo lo que es el hombre, y mucho más de lo que ni siquiera podemos imaginarnos. Pete, las máquinas han estado reemplazando al hombre, aquí, allí, en todas partes. ¡Ésta es la máquina que reemplazará al hombre! Claro... ¿por qué no? El hombre es simplemente carne y sangre. Los humanos son sólo humanos. No son lo bastante eficientes para nuestro nuevo resplandeciente Mundo. ¿Por qué no desechar a toda la raza humana? ¿Cuánto tiempo pasará hasta que no tengamos sino hombres de metal en un insensato hormiguero metálico? Vamos, Pete. El hombre está descendiendo a la obscuridad. ¡Pero podemos descender luchando!
Algo de ello penetró en la mente de Borklin. Vio la gigantesca máquina frente a él, y súbitamente fue como si encarnase cuanto le había destruido. La última máquina, la arrogancia final de la eficiencia, remota y endiosada, e indiferente cuando le destrozó a él... Se sintió agitado por un odio tan violento que pareció estallarle el cráneo. Tambaleándose torpemente al lado de Brady, ambos se acercaron al robot.
-¡Vuélvete! -vociferó Brady-. ¡Vuélvete y pelea!
El robot hizo una pausa en su caminar. Brady cogió una piedra del suelo y se la arrojó. La piedra rebotó en la coraza con opaco sonido. El robot miró en derredor. Borklin corrió a él, lanzando maldiciones. Sus zapatones se abatieron en patadas contra los tobillos del robot, mientras que le golpeaba a puñetazos el pecho. Sin embargo, nada dio resultado.
-Estate quieto -dijo el robot; su voz apenas tenía una variación tonal, pero con la resonancia de una gran campana-. Estate quieto. Vas a hacerte daño.
Borklin se retiró, jadeando por el dolor de la carne magullada y de la sofocada impotencia. Brady se puso, haciendo eses, ante el robot. El alcohol le cantaba y zumbaba en la cabeza, pero su voz sonó fríamente clara.
-No podemos hacerte daño -dijo-. Somos Don Quijote embistiendo a los molinos de viento. Pero tú no sabrías de eso. No sabrías de ninguno de los viejos sueños del hombre.
-Soy incapaz de explicarme vuestras actuales acciones -dijo el robot. Sus ojos fulguraron con sus profundas brasas, escudriñando a los hombres. Inconscientemente, ellos dieron un paso atrás.
-Sois desgraciados -decidió el robot-. Habéis estado bebiendo para escapar a vuestra infelicidad, y en vuestra actual intoxicación me identificáis con las causas de vuestra desgracia.
-¿Y por qué no? -espetó Brady-. ¿Acaso no lo eres? Las máquinas lo están asumiendo todo en la Tierra con su orgullosa eficiencia... y ahora vienes tú, el último modelo, el que va a reemplazar al mismo hombre.
-Yo no tengo ninguna intención beligerante -dijo el robot-. Debieras saber que fui condicionado contra tales tendencias, cuando todavía se hallaba mi cerebro en proceso de construcción -algo como una ahogada risita vibró en la profunda voz metálica-. ¿Qué razón tendría para luchar con alguien?
-Ninguna -dijo Brady melifluamente-. Ninguna en absoluto. Sólo os imponéis, y cuantos más y más de vosotros se hacen, y vuestro poder sin emociones comienza a...
-¿Comienza a qué? -preguntó el robot-. ¿Y cómo sabes que no tengo emociones? Cualquier psicólogo te dirá que la emoción, aunque no necesariamente del tipo humano, es una base de pensamiento. ¿Qué razón lógica tiene un ser para pensar, para trabajar, y hasta para existir? Yo no puedo racionalizar que lo haga así; simplemente lo hace debido a su sistema endocrino, su planta de energía que rige sus emociones... Y una mentalidad capaz de ser consciente de sí, sentirá una gama tan amplia de emociones como tú... será tan feliz o tan interesado... o tan desgraciado como tú.
Era fantástico, hasta en un Mundo acostumbrado a máquinas, que lo eran todo menos vivientes, estar así discutiendo con una viviente masa de metal y plástico, de vacío y energía. La rareza de ello impresionó a Brady, quien se dio cuenta inmediatamente de lo borracho que estaba. Pero tenía aún que soltar frases de odio y desesperación que le aliviaran la restallante tensión que le agitaba.
-No me importa lo que sientas o no sientas -dijo tartajeando un poco-. Es porque representas el futuro, el insensato futuro en que todos los hombres serán tan inútiles como lo soy yo ahora; y por eso te odio, y lo peor de ello es que no puedo matarte.
El robot permaneció inmóvil, semejante a una pulida estatua de algún antiguo dios no antropomórfico, pero su voz hizo temblequear el aire en calma:
-Tu caso -dijo- es muy corriente. Has sido relegado a la obscuridad por una avanzada tecnología. Pero no te identifiques con toda la humanidad. Siempre habrá hombres que piensen y sueñen y canten y lleven adelante todo cuanto ha amado siempre la raza. El futuro pertenece a ellos, y no a ti... o a mí. Me sorprende que un hombre de tu aparente inteligencia no se dé cuenta de mi situación. Pues... ¿para qué diablos sirve un robot? Para cuando la ciencia avanzó al extremo de que pude ser construido, ya no había ninguna razón para ello. Piénsalo... tenéis una máquina especializada para realizar o ayudar al hombre a ejecutar todas las tareas concebibles. ¿Qué utilidad posible existe para que lo haga todo una máquina no especializada? El propio hombre colma esa función, y las máquinas no son sino sus herramientas. ¿Desea acaso un ama de casa un servidor robot cuando necesita tan sólo controlar la docena de máquinas que hacen ya todo el trabajo?. ¿Por qué desearía un científico un robot que pudiese, pongamos por caso, penetrar en peligrosas estancias radiactivas, si ya ha instalado aparatos automáticos y de control remoto que lo hacen todo allí? La máquina para todo propósito es y será por siempre... el propio hombre. Mira, yo fui hecho para un estudio puramente científico. Al cabo de un par de años supieron todo cuanto tenían que saber sobre mí... ¡Y ya no tenía yo otro propósito! Me dejaron convertirme en un inofensivo vagabundo que camine sin objetivo, sólo para que pudiese estar haciendo algo... ¡Y mi vida se calcula en quinientos años! No tengo ningún propósito, ninguna utilidad. No tengo ninguna razón real para la existencia. No tengo ningún compañero, ningún lugar en la sociedad humana, ni empleo alguno para mi fuerza y mi cerebro. Hombre, hombre, ¿te piensas que yo soy feliz?


El robot se volvió para marcharse. Brady se había sentado sobre la hierba, sosteniendo su cabeza con las manos para que no se le escapase remolineando hacia el espacio. Pero captó las últimas palabras del robot, y advirtió una especie de impresionante amargura en la átona voz metálica. Ya nunca olvidaría lo que le había dicho.
-¡Hombre, tú eres el afortunado. Tú puedes emborracharte!

Poul Anderson

lunes, 24 de noviembre de 2014

LA TIERRA MEDIA

Tolkien no sólo ha despertado la imaginación de millones de personas: también ha forjado más de una vocación literaria. Ése es el caso de autores como Poul Anderson, Terry Pratchett, Ursula K. Le Guin, Orson Scott Card, que. junto con otros escritores, se han animado a publicar emotivos artículos autobiográficos en que narran su primer contacto con la obra de Tolkien, evocan cuánto les marcó tanto personal como profesionalmente, y la analizan proporcionándonos nuevas claves para enfocar su lectura. Éste es un lúcido y conmovedor homenaje al maestro de la fantasía por parte de dos generaciones de los mejores escritores de ciencia ficción y literatura fantástica, complementado con ilustraciones de John Howe, cuya recreación del universo de Tolkien ya forma parte del imaginario colectivo.

Os dejo con el ensayo de George R. R. Martin que abre el volumen:

INTRODUCCIÓN A LA TIERRA MEDIA

La fantasía existía desde mucho antes que J.R.R. Tolkien. No hubo una edad en la historia humana en que los hombres no se preguntaran qué había más allá de la siguiente colina y llenaran los espacios en blanco de sus mapas con cosas maravillosas y seres terroríficos. El primer narrador fantástico hilaba sus relatos sentado junto al fuego, mientras compartía una chamuscada pierna de mastodonte. Homero lo fue, y también Shakespeare. Conan, ese original bárbaro de nuestra época, se habría sentido como en casa bebiendo un cuerno de hidromiel con Siegfried y Beowulf.

Sir Thomas Malory y La muerte de Arturo llegaron siglos antes que Tolkien. Igual que La canción de Rolando, de Turoldo. Bram Stoker y Edgar Allan Poe hicieron unas obras espléndidas en la frontera entre la fantasía y el horror, mientras que William Morris creó mundos vastos y maravillosos, distantes precursores de la Tierra Media.

En este siglo, Lord Edward Dunsany, James Branch Cabell y E. R. Eddison dejaron sus respectivos sellos en la literatura de fantasía. La importancia de Robert Ervin Howard y su Era Hiboriana no puede sobrestimarse, ni la de Fritz Leiber, que superó a Conan con su Fafhrd y el Gray Mouser. En una tradición muy diferente, hallamos a Gerald Kersh, John Collier, Thorne Smith, Abraham Merritt y Clark Ashton Smith.

Ya en vida, Tolkien tuvo rivales formidables. Mientras él contaba sus historias de la Tierra Media, su compañero de los Inklings C. S. Lewis daba forma a Narnia. En otro lugar de Inglaterra, Mervyn Peake creaba el gran castillo tenebroso de Gormenghast, y al otro lado del mar, en Estados Unidos, el incomparable estilista Jack Vance escribía sus primeras historias de la Tierra Moribunda.
Sin embargo, fue la Tierra Media la que demostró tener más poder y resistencia. La fantasía existía mucho tiempo antes que él, sí, pero J.R.R. Tolkien la tomó y la hizo suya de un modo distinto del de todos los escritores que lo habían precedido, un modo en que ningún escritor lo volverá a hacer. El tranquilo filólogo de Oxford escribió por placer, y para sus hijos, pero creó algo que conmovió el corazón y la mente de millones de personas. Introdujo a los hobbits y los Nazgûl, nos llevó por las Montañas Nubladas y las minas de Moria, nos mostró el sitio de Gondor y las Grietas del Destino, y ninguno de nosotros ha vuelto a ser el que era, menos aún los escritores.

Tolkien cambió la fantasía; la elevó y la redefinió, hasta tal punto que nunca volverá a ser la misma. Siguen escribiéndose y publicándose muchos tipos diferentes de fantasía, sí, pero hay una variedad que domina tanto en los estantes de las librerías como en las listas de ventas. En ocasiones se la llama fantasía épica; otras, alta fantasía, pero habría que llamarla fantasía tolkienesca.

Los sellos de esta fantasía forman legión, pero para mí hay uno que destaca sobre el resto: J.R.R. Tolkien fue el primero en crear un universo secundario perfectamente acabado, un mundo entero con su propia geografía y sus historias y leyendas, sin ninguna relación con el nuestro, pero, por alguna razón, tan real como éste. Por mucho que en los años sesenta los botones dijeran «Frodo vive», aquello que los lectores colgaban en las paredes de sus dormitorios no era un dibujo de Frodo, sino un mapa. Un mapa de un lugar que nunca existió.

Tolkien nos dejó personajes maravillosos, una prosa evocadora, aventuras y batallas emocionantes… pero lo que más recordamos es el lugar. Se me conoce por haber dicho que en la fantasía contemporánea el escenario se convierte en un personaje de pleno derecho. Tolkien fue el que hizo que esto fuera así.

La mayoría de los escritores de literatura fantástica contemporáneos reconocen sin reparos su deuda con el maestro (entre los cuales me incluyo, evidentemente), pero ni siquiera quienes más denigran a Tolkien son capaces de escapar de su influencia. El camino sigue y sigue, dijo él, y ninguno de nosotros sabrá nunca qué lugares maravillosos nos aguardan, detrás de la siguiente colina. Pero no importa lo lejos que viajemos, no debemos olvidar nunca que el viaje empezó en Bolsón Cerrado, y que todavía todos estamossiguiendo los pasos de Bilbo.

GEORGE R. R. MARTIN


martes, 11 de noviembre de 2014

LOS CENTINELAS DEL TIEMPO

Esta novela corta de Javier Negrete la encontramos en la antología Mañana Todavía. Con ironía recrea en su distopía el mundo de lo políticamente correcto en educación, y consigue que saboreemos la pasión por los libros, mientras realiza una defensa de la lectura libre (la cual pocas veces se lleva a cabo en nuestros centros), pasando por los homenajes a Poul Anderson, Bradbury (con una quema de libros digna de los compañeros de Montag), Tolkien…

Os dejo con el sorprendente fragmento relativo al Señor de los Anillos, no tiene desperdicio.

Tres anillos para las personas que gobiernan al grupo étnico élfico.
Siete para las personas del grupo étnico que tallan la piedra en viviendas también de piedra.
Nueve para las personas humanas con un destino propio.
Uno para el Señor imperialista sobre el trono imperialista.
Un anillo para gobernarlos a todos, un anillo para encontrarlos,
un anillo para atraerlos a todos y atarlos en algún sitio,
en la tierra de Mordor donde ocurren cosas injustas.

                Como siempre que Pablo abría la cubierta, en el metapapel apareció el poema con el que empezaba El señor de los anillos. Por alguna razón, el dichoso libro se empeñaba en que leyera aquellos versos una y otra vez. Cuando llegó al último, las letras se borraron y se convirtieron en los párrafos de la página donde se había quedado en la última sesión. 228. Ya estaba muy cerca del final. ¡Menos mal!

                Estaban en AnimaLec, la clase semanal de Animación a la Lectura, dentro del currículo de Comunicación Humana Articulada. Para el compañerado del propio Pablo era simplemente CHA, mientras que su progenitora femenina solía decirle: «Eso ha sido Lengua Española de toda la vida». Yoni, la persona docente que impartía la asignatura, paseaba entre las filas de mesas con las manos a la espalda y el ceño levemente fruncido que caracterizaba su gesto cuando se aburría, como si el mero hecho de aburrirse ya supusiera un esfuerzo intelectual para él. Curiosamente, a Yoni no se le ocurría leer un libro jamás. Al parecer, ni a él le convencían demasiado los carteles de enormes letras y vivos colores que se alternaban en la pizarra digital y las pantallas laterales para ilustrar la «AnimaLec».

                Leer te hace más respetuos@ con l@s dem@s.
                Los libros es el mejor aparato de cultura.
                La lectura, te descubre nuevos mundos.

                El libro captó que Pablo estaba apartando las pupilas demasiado a menudo. El texto de la novela desapareció de la página por unos segundos, sustituido por un breve párrafo:

                La lectura es una cuestión de concentración. No te distraigas, persona alumna Pablo Colmenero. Te sugerimos que, disfrutes desde la libertad y la responsabilidad de esta apasionante actividad.

                Pablo volvió a su lectura. Había escogido El señor de los anillos porque su progenitor masculino, cuando todavía vivía con él y con su progenitora femenina, le había dicho: «Es una obra maestra. Cuando lo leí de niño, me tiré despierto hasta las cuatro de la madrugada para acabarlo. ¡Y eso que tenía clase al día siguiente!».

                Pablo no se imaginaba leyendo aquel tostón ni siquiera hasta la doce de la noche. El mapa del principio, que sugería la promesa de un mundo diferente y emocionante, le había hecho concebir ciertas expectativas. Sin embargo, a la hora de la verdad el argumento no tenía nada de especial. Como en cualquier otro libro de lectura aparecían grupos étnicos diversos, pero todos acababan siendo casi iguales y comportándose de idéntico modo.

                El primer grupo étnico del que hablaba la persona autora eran las personas hobbits, que se diferenciaban de las humanas porque andaban descalzas y les crecían matojos de pelos en los pies. Eran vegetarianas, abstemias, y vivían en comunidad con la naturaleza haciendo ejercicio saludable todos los días. Pero eso, al fin y al cabo, lo hacían todas las demás, tanto las personas de las casas de piedra (en ningún momento se explicaba en qué se distinguían de las otras), como las humanas o las élficas (estas tenían las orejas puntiagudas y poco más).

                Un poder maligno llamado Sauron pretendía esclavizar a todos los grupos étnicos libres de la Tierra Media. Para lograrlo, había corrompido con propaganda imperialista a otro grupo, el de los orcos, que además eran más violentos por su naturaleza de género, ya que se reproducían por una especie de partenogénesis y entre ellos no se encontraban personas femeninas. La única forma de evitar que Sauron dominara el mundo era destruir el llamado Anillo Único arrojándolo a un volcán. Con tal objetivo se había organizado una compañía de personas heroicas. La hobbit femenina Froda era la encargada de llevar el Anillo junto con su persona amiga masculina Sam (que no era inferior en clase social a Froda; por alguna razón, el libro hacía mucho hincapié en este punto). La compañía la completaban diversas personas más de diversos grupos étnicos y tendencias sexuales, incluyendo una con poderes especiales llamada Gandalf que cada dos por tres decía: «Lo mejor que he hecho en mi vida ha sido dejar de fumar».

                «Verás cuando llegues a las minas de Moria y al Balrog, el monstruo de fuego», le había avisado su progenitor masculino. «¡No sé si pasé más miedo leyendo el libro o viendo la película!».

                La película ya no la ponían en la tele, y además era antigua, pero al parecer pronto se iba a estrenar un virturemake. Mientras tanto, Pablo no había encontrado en el libro ni minas ni monstruos de ningún tipo, salvo las «entrañables» personas trolls (así las definía la persona responsable de la autoría). Solo bosques y prados, más bosques, más prados, una persona ecologista llamada Tom Bombadil que vivía en total comunidad con la naturaleza formando una unidad familiar de tres personas con Baya y con Oro, y después más bosques y más prados.    

************************

                ¡Libros de verdad, no de metapapel! Muchos de ellos eran bastante voluminosos, algunos con lomos de más de tres dedos de grosor, e incluso como la palma de la mano. Abrió al azar uno, Los papeles del club Pickwick de un tal Charles Dickens, y comprobó que tenía más de mil páginas. ¡Cualquiera se leía eso! El señor de los anillos era uno de los libros más largos que le habían ofrecido a Pablo para leer, y no llegaba a trescientas. Se preguntó si tendrían El señor de los anillos en papel. ¿Cómo averiguarlo? Por fin encontró lo que buscaba: una versión en papel de El señor de los anillos. ¡Caramba, qué gorda era! Al abrir el libro comprobó que sobrepasaba las mil páginas, impresas con letras que parecían hormigas. «Qué cosa más primitiva», pensó. ¿De dónde había sacado la persona autora material para rellenar tantas páginas? ¿Había introducido más escenas de prados y bosques hasta destruir el maldito anillo? Al principio del libro se hallaba el poema. Cuando lo leyó, Pablo se llevó una sorpresa mayúscula.

Tres anillos para los reyes elfos bajo el cielo.
Siete para los señores enanos en palacios de piedra.
Nueve para los hombres mortales condenados a morir.
Uno para el Señor Oscuro sobre el trono oscuro,
en la tierra de Mordor donde se extienden las sombras…

                ¿Reyes elfos? ¿Cómo podía ser que un grupo étnico se dejara gobernar por un régimen tan retrógrado? Enanos habitando en moradas de piedra… Pero «enano» era un insulto grave, una de esas palabras en Proceso De Erradicación. ¡Menos mal que no le había dado por leer los versos en voz alta, porque su propio móvil lo habría delatado! Y lo de los hombres mortales… ¿Acaso no había mujeres entre ese grupo étnico, o es que la persona autora las había invisibilizado a propósito para cosificarlas?

                Pablo pasó páginas, leyó aquí y allá y eso le bastó para descubrir que aquel libro no tenía nada que ver con el que estaba usando en AnimaLec. Sintió un escalofrío. Aquella novela prometía encerrar mucho más; amenazas oscuras (sí, la oscuridad aparecía por todas partes y era chunga), temores inciertos de los que siempre se le había protegido. Por otra parte, en su estremecimiento se mezclaba algo de revulsión. El lenguaje en que estaba escrito el libro contradecía una línea sí y otra también todos los principios que le habían inculcado. En cualquier caso, aquel tomo tan gordo prometía ser infinitamente más interesante que la versión de AnimaLec. Pablo pensó en llevárselo, pero se había dejado en clase la mochila donde traía el bocadillo para el primer recreo, y el libro era demasiado voluminoso para esconderlo debajo de la ropa.