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jueves, 22 de abril de 2021

DÍA DE LA TIERRA

 


En este momento en que conmemoramos el Día Internacional de la Madre Tierra, nuestro planeta se encuentra en un punto de inflexión.

La humanidad sigue abusando del mundo natural.

De forma irresponsable, saqueamos los recursos del planeta, mermamos sus especies silvestres y tratamos el aire, la tierra y los mares como vertederos.

Hay ecosistemas y cadenas alimentarias cruciales que se están viendo al borde del colapso.

Esa es una actitud suicida.

Debemos poner fin a nuestra guerra contra la naturaleza y cuidar de ella para que recobre la salud.

Eso implica llevar a cabo una acción climática ambiciosa para limitar el aumento de la temperatura global a 1,5 °C como máximo y adaptarse a los cambios que se producirán.

Eso implica adoptar medidas más contundentes para proteger la biodiversidad.

Y eso implica también reducir la contaminación creando economías circulares que generen menos desechos.

Esas medidas protegerán nuestro único hogar y crearán millones de empleos.

La recuperación de la pandemia de COVID-19 ofrece una oportunidad de que el mundo emprenda un camino más limpio, ecológico y sostenible.

En el Día Internacional de la Madre Tierra, comprometámonos todos a trabajar con ahínco para restaurar nuestro planeta y hacer las paces con la naturaleza. 

António Guterres, Secretario General de la ONU

lunes, 16 de enero de 2017

HISTORIA DE UNA GAVIOTA Y DEL GATO QUE LE ENSEÑO A VOLAR


Enviado por María:

Luis Sepúlveda prometió un día a sus hijos escribir una historia sobre lo mal que gestionamos los humanos nuestro entorno, lesionando la naturaleza y lesionándonos a nosotros mismos.

Así nació esta historia, que cuenta las aventuras de Zorbas, un gato "grande, negro y gordo", cuyo inquebrantable sentido del honor le conduce un día a comprometerse a criar un polluelo de gaviota. La madre, una hermosa gaviota, atrapada por una ola de petróleo vertido en el mar por un buque varado, le deja en prenda a Zorbas, justo antes de morir, el huevo que acaba de poner. Zorbas, que es gato de palabra, cumplirá sus dos promesas: no sólo criará al polluelo, sino que le enseñará a volar. Los amigos de Zorbas, Secretario, Sabelotodo, Barlovento y Colonello, le ayudarán en una tarea que, como se verá, no es tan fácil como parece, y menos para una banda de gatos más acostumbrados a hacer frente a la dura vida en un puerto como el de Hamburgo que a ejercer de padres de una cría de gaviota...

Relato entrañable y  brillante, donde los valores de amistad, respeto, lealtad y compañerismo se hace patente en el cariño y compromiso que toma Zorbas con Afortunada, que en algún momento se creyó gato. Sepúlveda nos muestra y enseña todos estos valores en  poco más de 100 páginas. Su fácil lectura, con ritmo muy ágil y vocabulario muy sencillo, hace que el libro te atrape y no te deje indiferente.

Tal vez no sepa volar con alas de pájaro, pero al escucharlo, siempre he pensado que vuelo con sus palabras

lunes, 30 de mayo de 2016

LA MAÑANA VERDE


Cuando el sol se puso, el hombre se acuclilló junto al sendero y preparó una cena frugal y escuchó el crepitar de las llamas mientras se nevaba la comida a la boca y masticaba con aire pensativo. Había sido un día no muy distinto de otros treinta, con muchos hoyos cuidadosamente cavados en las horas del alba, semillas echadas en los hoyos, y agua traída de los brillantes canales. Ahora, con un cansancio de hierro en el cuerpo delgado, yacía de espaldas y observaba cómo el color del cielo pasaba de una oscuridad a otra.
Se llamaba Benjamin Driscoll, tenía treinta y un años, y quería que Marte creciera verde y alto con árboles y follajes, produciendo aire, mucho aire, aire que aumentaría en cada temporada. Los árboles refrescarían las ciudades abrasadas por el verano, los árboles pararían los vientos del invierno. Un árbol podía hacer muchas cosas: dar color, dar sombra, fruta, o convertirse en paraíso para los niños; un universo aéreo de escalas y columpios, una arquitectura de alimento y de placer, eso era un árbol. Pero los árboles, ante todo, destilaban un aire helado para los pulmones y un gentil susurro para los oídos, cuando uno está acostado de noche en lechos de nieve y el sonido invita dulcemente a dormir.
Benjamin Driscoll escuchaba cómo la tierra oscura se recogía en sí misma, en espera del sol y las lluvias que aún no habían llegado. Acercaba la oreja al suelo y escuchaba a lo lejos las pisadas de los años e imaginaba los verdes brotes de las semillas sembradas ese día; los brotes buscaban apoyo en el cielo, y echaban rama tras rama hasta que Marte era un bosque vespertino, un huerto brillante.
En las primeras horas de la mañana, cuando el pálido sol se elevase débilmente entre las apretadas colinas, Benjamin Driscoll se levantaría y acabaría en unos pocos minutos con un desayuno ahumado, aplastaría las cenizas de la hoguera y empezaría a trabajar con los sacos a la espalda, probando, cavando, sembrando semillas y bulbos, apisonando levemente la tierra, regando, siguiendo adelante, silbando, mirando el cielo claro cada vez más brillante a medida que pasaba la mañana.
-Necesitas aire -le dijo al fuego nocturno.
El fuego era un rubicundo y vivaz compañero que respondía con un chasquido, y en la noche helada dormía allí cerca, entornando los ojos, sonrosados, soñolientos y tibios.
-Todos necesitamos aire. Hay aire enrarecido aquí en Marte. Se cansa uno tan pronto... Es como vivir en la cima de los Andes. Uno aspira y no consigue nada. No satisface.
Se palpó la caja del tórax. En treinta días, cómo había crecido. Para que entrara más aire había que desarrollar los pulmones. o plantar más árboles.
-Para eso estoy aquí -se dijo. El fuego le respondió con un chasquido-. En las escuelas nos contaban la historia de Johnny Appleseed, que anduvo por toda América plantando semillas de manzanos. Bueno, pues yo hago más. Yo planto robles, olmos, arces y toda clase de árboles; álamos, cedros y castaños. No pienso sólo en alimentar el estómago con fruta, fabrico aire para los pulmones. Cuando estos árboles crezcan algunos de estos años, ¡cuánto oxígeno darán!
Recordó su llegada a Marte. Como otros mil paseó los ojos por la apacible mañana y se dijo:
-¿Qué haré yo en este mundo? ¿Habrá trabajo para mí?
Luego se había desmayado.
Volvió en sí, tosiendo. Alguien le apretaba contra la nariz un frasco de amoníaco.
-Se sentirá bien en seguida -dijo el médico.
-¿Qué me ha pasado?
-El aire enrarecido. Algunos no pueden adaptarse. Me parece que tendrá que volver a la Tierra.
-¡No!
Se sentó y casi inmediatamente se le oscurecieron los ojos y Marte giró dos veces debajo de él. Respiró con fuerza y obligó a los pulmones a que bebieran en el profundo vacío.
- Ya me estoy acostumbrando. ¡Tengo que quedarme!
Le dejaron allí, acostado, boqueando horriblemente, como un pez. <<Aire, aire, aire -pensaba-. Me mandan de vuelta a causa del aire.» Y volvió la cabeza hacia los campos y colinas marcianos. y cuando se le aclararon los ojos vio en seguida que no había árboles, ningún árbol, ni cerca ni lejos. Era una tierra desnuda, negra, desolada, sin ni siquiera hierbas. Aire, pensó, mientras una sustancia enrarecida le silbaba en la nariz. Aire, aire. Y en la cima de las colinas, en la sombra de las laderas y aun a orillas de los arroyos, ni un árbol, ni una solitaria brizna de hierba. ¡Por supuesto! Sintió que la respuesta no le venía del cerebro, sino de los pulmones y la garganta. Y el pensamiento fue como una repentina ráfaga de oxígeno puro, y lo puso de pie. Hierba y árboles. Se miró las manos, el dorso, las palmas. Sembraría hierba y árboles. Ésa sería su tarea, luchar contra la cosa que le impedía quedarse en Marte. Libraría una privada guerra hortícola contra Marte. Ahí estaba el viejo suelo, y las plantas que habían crecido en él eran tan antiguas que al fin habían desaparecido. Pero ¿y si trajera nuevas especies? Árboles terrestres, grandes mimosas, sauces llorones, magnolias, majestuosos eucaliptos. ¿Qué ocurriría entonces? Quién sabe qué riqueza mineral no ocultaba el suelo, y que no asomaba a la superficie porque los helechos, las flores, los arbustos Y los árboles viejos habían muerto de cansancio.
-¡Permítanme levantarme! -gritó-. ¡Quiero ver al coordinador!
Habló con el coordinador de cosas que crecían y eran verdes, toda una mañana. Pasarían meses, o años, antes de que se organizasen las plantaciones. Hasta ahora, los alimentos se traían congelados desde la Tierra, en carámbanos volantes, y unos pocos jardines públicos verdeaban en instalaciones hidropónicas.
-Entretanto, ésta será su tarea -dijo el coordinador-. Le entregaremos todas nuestras semillas; no son muchas. No sobra espacio en los cohetes por ahora. Además, estas primeras ciudades son colectividades mineras, y me temo que sus plantaciones no contarán con muchas simpatías.
-¿Pero me dejarán trabajar?  
Lo dejaron. En una simple motocicleta, con la caja llena de semillas y retoños, llegó a este valle solitario, y echó pie a tierra.
Eso había ocurrido hacía treinta días, y nunca había mirado atrás. Mirar atrás hubiera sido descorazonarse para siempre. El tiempo era excesivamente seco, parecía poco probable que las semillas hubiesen germinado. Quizá toda su campaña, esas cuatro semanas en que había cavado encorvado sobre la tierra, estaba perdida. Clavaba los ojos adelante, avanzando poco a poco por el inmenso valle soleado, alejándose de la primera ciudad, aguardando la llegada de las lluvias.
Mientras se cubría los hombros con la manta, vio que las nubes se acumulaban sobre las montañas secas. Todo en Marte era tan imprevisible como el curso del tiempo. Sintió alrededor las calcinadas colinas, que la escarcha de la noche iba empapando, y pensó en la tierra del valle, negra como la tinta, tan negra y lustrosa que parecía arrastrarse y vivir en el hueco de la mano, una tierra fecunda en donde podrían brotar unas habas de larguísimos tallos, de donde caerían quizás unos gigantes de voz enorme, dándose unos golpes que le sacudirían los huesos.
El fuego tembló sobre las cenizas soñolientas. El distante rodar de un carro estremeció el aire tranquilo. Un trueno. Y en seguida un olor a agua.
«Esta noche -pensó. Y extendió la mano para sentir la lluvia-. Esta noche.»
Lo despertó un golpe muy leve en la frente.    
El agua le corrió por la nariz hasta los labios. Una gota le cayó en un ojo, nublándolo. Otra le estalló en la barbilla.
La lluvia.
Fresca, dulce y tranquila, caía desde lo alto del cielo como un elixir mágico que sabía a encantamientos, estrellas y aire, arrastraba un polvo de especias, y se le movía en la lengua como raro jerez liviano.
Se incorporó. Dejó caer la manta y la camisa azul. La lluvia arreciaba en gotas más sólidas. Un animal invisible danzó sobre el fuego y lo pisoteó hasta convertirlo en un humo airado. Caía la lluvia. La gran tapa negra del cielo se dividió en seis trozos de azul pulverizado, como un agrietado y maravilloso esmalte y se precipitó a tierra. Diez billones de diamantes titubearon un momento y la descarga eléctrica se adelantó a fotografiarlos. Luego oscuridad y agua.
Calado hasta los huesos, Benjamin Driscoll se reía y se reía mientras el agua le golpeaba los párpados. Aplaudió, y se incorporó, y dio una vuelta por el pequeño campamento, y era la una de la mañana.
Llovió sin cesar durante dos horas Luego aparecieron las estrellas, recién lavadas y más brillantes que nunca.
El señor Benjamin Driscoll sacó una muda de ropa de una bolsa de celofán, se cambió, y se durmió con una sonrisa en los labios
El sol asomó lentamente entre las colinas. Se extendió pacíficamente sobre la tierra y despertó al señor Driscoll.
No se levantó en seguida. Había esperado ese momento durante todo un interminable y caluroso mes de trabajo, y ahora al fin se incorporó y miró hacia atrás.
Era una mañana verde.
Los árboles se erguían contra el cielo, uno tras otro, hasta el horizonte. No un árbol, ni dos, ni una docena, sino todos los que había plantado en semillas y retoños. Y no árboles pequeños, no, ni brotes tiernos, sino árboles grandes, enormes y altos como diez hombres, verdes y verdes, vigorosos y redondos y macizos, árboles de resplandecientes hojas metálicas, árboles susurrantes, árboles alineados sobre las colinas, limoneros, tilos, pinos, mimosas, robles, olmos, álamos, cerezos, arces, fresnos, manzanos, naranjos, eucaliptos, estimulados por la lluvia tumultuosa, alimentados por el suelo mágico y extraño, árboles que ante sus propios ojos echaban nuevas ramas, nuevos brotes.
-¡Imposible! -exclamó el señor Driscoll.
Pero el valle y la mañana eran verdes.
¿Y el aire?
De todas partes, como una corriente móvil, como un río de las montañas, llegaba el aire nuevo, el oxígeno que brotaba de los árboles verdes. Se lo podía ver, brillando en las alturas, en oleadas de cristal. El oxígeno, fresco, puro y verde, el oxígeno frío que transformaba el valle en un delta frondoso. Un instante después las puertas de las casas se abrirían de par en par y la gente se precipitaría en el milagro nuevo del oxígeno, aspirándolo en bocanadas, con mejillas rojas, narices frías, pulmones revividos, corazones agitados, y cuerpos rendidos animados ahora en pasos de baile.
Benjamin Driscoll aspiró profundamente una bocanada de aire verde y húmedo, y se desmayó.
Antes que despertara de nuevo, otros cinco mil árboles habían subido hacia el sol amarillo.

Ray Bradbury, Crónicas Marcianas

martes, 22 de abril de 2014

LA TIERRA HERIDA

Con motivo del Día de la Tierra:

La Tierra Herida: ¿Qué mundo heredarán nuestros hijos? es un libro divulgativo, de temática medioambiental, que aborda los diversos problemas medioambientales que sufre el planeta. 

El planteamiento del libro es original: es un diálogo, una conversación, entre dos personajes (que son los propios autores). Uno de ellos, que no tiene conocimientos científicos (o muy básicos), plantea preguntas relacionadas con el medio ambiente, y el otro personaje, que dispone de amplios conocimientos científicos, va respondiendo a las preguntas planteadas. Los conocimientos que tiene el primero, Miguel Delibes Setién (padre) surgen de las fuentes de información que tiene disponibles, esto es, observación directa y medios de información generalistas. Por ello, adopta la posición de cualquier lector que no tenga conocimientos específicos sobre el tema. En cambio, Miguel Delibes de Castro (hijo) aporta sus conocimientos científicos, procedentes de su labor profesional, y otra cosa importante: la credibilidad (evidentemente máxima para su interlocutor, su padre), que refuerza los datos que va aportando. 

El objetivo del libro es transmitir al lector el convencimiento de los autores en la necesidad de un cambio en el modo de actuar de la sociedad humana, cambio necesario debido a que para los autores el origen de la mayor parte de los problemas que sufre el planeta se encuentra en la actuación del ser humano. Para ello, necesita poner en conocimiento del lector de forma clara los problemas que sufre el planeta y las causas que los originan. 

Para poder llegar a todos los lectores, se emplea un lenguaje coloquial y lo más sencillo posible a la hora de transmitir los datos científicos, de modo que sea cual sea el nivel del lector, pueda tener una comprensión total de lo que se explica.

PREMIO PRINCIPE DE ASTURIAS DE 1982
PREMIO NACIONAL DE LAS LETRAS ESPAÑOLAS 1991
PREMIO CERVANTES 1993

domingo, 23 de marzo de 2014

PRIMAVERA SILENCIOSA

Enviado por Julia:

"La osadía de creernos capaces de manipular impunemente la vida y la naturaleza nos ha llevado a activar una guerra silenciosa cuyas consecuencias no somos capaces de imaginar y mucho menos de prever".

Muchos investigadores consideran que Primavera Silenciosa (1962), de la bióloga marina Rachel Carson, es el primer texto divulgativo que trata el impacto ambiental, y dio inicio a lo que hoy conocemos como ecologismo.

El volumen reúne una serie de textos que Carson publicó en forma de serial en The New Yorker, en los que advertía de los efectos perjudiciales que los pesticidas tenían sobre el medio ambiente. En ellos criticaba duramente a la industria química, a la que acusaba de la creciente contaminación del planeta.

El libro fue recibido con una gran polémica. Muchos científicos criticaron el alarmismo de la autora, y aún hoy sus teorías son discutidas, pero el apoyo popular fue tan grande que, diez años después de su publicación, el Gobierno estadounidense se vio obligado a prohibir el popular DDT, cuya toxicidad y peligrosidad fue advertida en este libro.

Rachel Carson fue pionera en darse cuenta y explicarle al mundo cómo el crecimiento de la civilización estaba amenazando la vida en la Tierra y la propia existencia de la humanidad. En su libro analiza la historia de una población en EE.UU en la que se pulveriza DDT, un plaguicida muy común que pretendía acabar con una invasión de escarabajos.

Esta acción desencadenó una cascada de fatalidades, pues los escarabajos muertos atrajeron a las aves insectívoras, muchas de las cuales murieron al ingerir el veneno en los insectos contaminados. Además, las que sobrevivieron no pudieron reproducirse porque esta sustancia impide que la cáscara del huevo se endurezca.

Explica también cómo el agua de la lluvia arrastró la sustancia afectando seriamente a las lombrices y contaminando los lagos y manantiales, lo que provocó la muerte masiva de conejos, zorros, ardillas, ratas almizcleras y exterminó a los gatos. Mientras mayor era el nivel trófico, la concentración del DDT en los tejidos animales era mayor.

De este análisis salió el nombre del libro, remarcando que si seguíamos así, podríamos tener en el futuro una primavera sin aves, es decir, silenciosa.

En 2006, Primavera silenciosa fue considerado uno de los 25 libros de divulgación científica más influyentes de todos los tiempos por los editores de Discover Magazine