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domingo, 31 de octubre de 2021

NOCHE DE BRUJAS

 


Cuando llegó la hora encantada, partimos hacia el bosque, uno por uno.

La noche estaba siniestramente cálida y tuve que hacer un esfuerzo para seguir el sinuoso sendero del bosque en la oscuridad afelpada como el terciopelo. Raíces que no podía ver se levantaban para arañar mis tobillos y, en una ocasión, pisé mal y caí al suelo y el aroma húmedo de una inminente tormenta invadió mi nariz. Sacudí la suciedad de mi cuerpo y avancé con más cuidado, mis pulsaciones aceleradas y superficiales, como los latidos de un conejo asustado.

Cuando llegué al comienzo del sendero, temí, por un momento, haber llegado tarde. Mi vestuario (pantalones, botas, camisa y abrigo de un estilo militar culturalmente ambiguo) no incluía reloj. Deambulé por el borde del bosque, mirando colina arriba, hacia la Mansión. En tres o cuatro ventanas destellaban luces tenues e imaginé a los pocos estudiantes demasiado cautos para venir a la playa espiando con timidez hacia afuera. Una rama crujió entre las sombras y me di la vuelta.

—¿Hay alguien ahí?

—¿Oliver? —La voz de James.

—Sí, soy yo —respondí—. ¿Dónde estás?

Emergió de entre dos pinos negros; su cara, un óvalo blanco en la penumbra. Iba vestido casi igual que yo, pero unas hombreras de plata brillaban en sus hombros.

—Tenía la esperanza de que fueras mi Banquo —dijo.

—Supongo que mereces una felicitación, Señor de Todo (…)

Medianoche: el tañido sordo del reloj de una iglesia resonó a través del aire de la noche calma y James sujetó mi brazo con fuerza.

—«La campana me invita» —declaró. La excitación hizo que sus palabras sonaran livianas y aspiradas—. «No la oigas, Duncan, ¡porque su tañido es un llamado al cielo o al infierno!». —Me soltó y desapareció entre las sombras de las malezas. Lo seguí, pero no demasiado cerca, por miedo a volver a tropezar y arrastrarnos a ambos al suelo.

La franja de árboles entre la Mansión y la orilla norte era densa pero estrecha y, pronto, una luz de un color naranja crepuscular comenzó a filtrarse por entre las ramas. James —podía verlo con claridad para entonces o, al menos, su contorno— se detuvo y yo avancé de puntillas hasta quedar detrás de él. Cientos de personas abarrotaban la playa, algunas estaban apiñadas en los bancos, otras apretadas en pequeños grupos en el suelo; sus siluetas, negras contra el resplandor fulgurante de la hoguera. El rumor lejano de los truenos, apagado por el chapoteo de las olas contra la orilla y el crepitar de las llamas. Susurros de excitación comenzaron a surgir de los espectadores cuando el cielo, pintado al óleo de un violeta retorcido y premonitorio, se enrojeció con la luz blanca de un relámpago. Luego, la playa quedó en silencio otra vez, hasta que una voz aguda, chillona, exclamó:

—¡Mirad!

Una forma blanca y sólida se acercaba sobre el agua, un arco largo y redondeado, como el lomo del monstruo del Lago Ness.

—¿Qué es eso? —susurré.

—Son las brujas —respondió James, lentamente. La luz del fuego se reflejaba en sus ojos como chispas rojas.

A medida que la forma bestial se deslizaba cada vez más cerca, lentamente se iba haciendo más nítida, lo bastante como para que yo me diese cuenta de que era una canoa dada vuelta. A juzgar por la altura del casco en el agua, debajo solo debía haber apenas espacio suficiente para una burbuja de aire. El bote flotó hasta los bajíos y, por un momento, la superficie del lago quedó lisa como un espejo. Luego, apareció una onda, una agitación, y emergieron tres figuras. Una bocanada de asombro colectivo salió disparada del público. Las chicas no parecían tanto brujas al principio, sino más bien como espectros: su pelo caía lustroso y mojado sobre sus rostros, sus vaporosos vestidos blancos parecían derretidos sobre sus extremidades y se arremolinaban en espirales detrás de ellas. Al salir del agua, sus dedos goteaban y le tela se aferró tanto a sus cuerpos que pude distinguir quién era quién, aunque permanecieron cabizbajas. A la izquierda estaba Filippa, con sus inconfundibles piernas largas y sus caderas pequeñas. A la derecha, Wren, más pequeña y delgada que las otras dos. En el medio, Meredith; sus curvas, audaces y peligrosas bajo el fino vestido blanco. La sangre me palpitaba en los oídos. James y yo, por el momento, nos olvidamos el uno del otro.

Meredith alzó el mentón solo lo suficiente como para que su cabello se deslizara fuera de su cara.

—«¿Cuándo volveremos a vernos las tres » —preguntó; su voz, baja y encantadora en el aire apacible—. «¿Cuando caigan rayos, truene o llueva?».

—«Cuando el alboroto termine —respondió Wren, con picardía—, cuando la batalla esté ganada y perdida».

La voz de Filippa sonó gutural e intensa:

—«Eso será antes de que el sol se ponga».

Un tambor hizo eco desde algún lugar en lo profundo del bosquecillo y el público se estremeció con gusto. Filippa miró hacia el sonido, directo al sendero donde James y yo estábamos escondidos bajo las sombras.

—«¡Tambor, tambor! Ahí viene Macbeth».

Meredith levantó sus manos a los costados y las otras dos avanzaron para sujetarlas.

TODAS: «Las raras hermanas, tomadas de la mano, por tierra y por mar viajamos, así giramos y giramos tres veces alrededor de ti y tres veces alrededor de mí y tres veces más para llegar a nueve».

Se unieron formando un triángulo y empujaron sus palmas abiertas hacia el cielo.

—« ¡Silencio!» —exclamó Meredith—. «El hechizo está hecho».

James inhaló de repente, como si antes de eso se hubiera olvidado de respirar, y salió a luz.

—«Jamás había visto un día tan feo y hermoso» —recitó y todas las cabezas se giraron hacia nosotros. Lo seguí de cerca, por detrás, ahora sin temor a tropezarme.

—«¿Cuánto nos faltará hasta Forres?» —pregunté, luego me detuve en seco. Las tres chicas estaban paradas lado a lado y nos miraban con fijeza—. «¿Qué son estas mujeres tan arrugadas y tan excéntricas en su vestir, que no parecen habitantes de esta tierra y, sin embargo, están en ella?».

Descendimos más despacio. Mil ojos sobre nosotros, quinientos pares de pulmones contenían el aire.

YO: « ¿Estáis vivas? ¿Sois capaces de responderme una pregunta? Parece que me entendéis…».

JAMES: «Hablad, si es que podéis».

Meredith se hundió hasta quedar de rodillas frente a nosotros.

—«¡Salve, Macbeth! ¡Salve, Señor de Glamis!».

Wren se arrodilló al lado de ella.

—«¡Salve, Macbeth! ¡Salve, Señor de Cawdor!».

Filippa no se movió, pero con una voz clara y resonante, exclamó:

—«¡Salve, Macbeth, que un día será rey!».

James retrocedió, sobresaltado. Lo sujeté del hombro y dije:

—«Mi buen amigo, ¿por qué te sobresaltas y pareces temer cosas que suenan tan gratas?».

Me miró de lado y lo solté, a regañadientes. Después de un momento de duda, pasé a su lado y bajé el último escalón arenoso para pararme entre las brujas.

YO: «En honor a la verdad, ¿sois fantasmas o aquello mismo que por fuera mostráis? A mi noble compañero saludáis con gran cortesía y grandes anuncios de títulos de nobleza y futura realeza, que parecen haberlo dejado pasmado. A mí no me habláis, si podéis ver en las semillas del tiempo y anunciar qué grano crecerá y cuál no, entonces habladme a mí, que no ruego ni temo vuestros favores ni vuestro odio».

Meredith estuvo de pie en un instante.

—«¡Salve!» —exclamó y las otras chicas la imitaron. Se inclinó hacia adelante, se acercó demasiado, su cara quedó solo a unos centímetros de la mía—. «Menos que Macbeth y más grande».

Wren apareció detrás de mí, sus dedos tamborilearon contra mi cintura, mientras me miraba con una sonrisa pícara.

—«No tan feliz, pero mucho más feliz».

Filippa, sin embargo, se mantuvo lejos.

—«Criarás reyes, pero rey no serás» —dijo ella, indiferente, casi aburrida—. «Por eso, ¡salve, Banquo! y ¡salve, Macbeth!».

Wren y Meredith siguieron acariciándome y tocándome, tirando de mi ropa, explorando las líneas de mi cuello y mis hombros, peinando mi cabello hacia atrás. La mano de Meredith vagó todo el camino hacia mi boca, las yemas de sus dedos recorrieron mi labio inferior, antes de que James —quien había estado observando con igual fascinación y repugnancia— se sacudiera y hablara. Las cabezas de las chicas apuntaron de inmediato hacia él y yo me tambaleé en el lugar, al temblar mis rodillas ante la pérdida de atención.

JAMES: «¡Quedaos, extrañas mensajeras! Contadme más. Por muerte de Sínel, sé que soy señor de Glamis; pero ¿de Cawdor?, ¿cómo? El Señor de Cawdor vive, próspero caballero. Y ser rey no está dentro de lo que creo posible».

Solo negaron con la cabeza, se llevaron un dedo a los labios y volvieron a sumergirse en el agua. Cuando habían desaparecido por completo debajo de la superficie y nosotros habíamos recobrado la sensatez, me giré hacia James con las cejas alzadas, expectante (...)

El resto de la escena fue breve. Cuando no era mi turno de hablar, no dejé de observar con atención el agua. Estaba en calma otra vez y reflejaba el violeta del cielo tormentoso. Cuando llegó el momento, los dos estudiantes de tercero que habían tenido la suerte de interpretar a Ross y a Angus y yo salimos por la derecha, fuera de la luz de la hoguera (...)

—Oliver —dijo—. «Cubierto de sangre, Banquo me sonríe».

—Uh. Uh. Mierda.

Me empujó hacia el cobertizo, la puerta chirrió traicioneramente detrás de nosotros. En el interior, el suelo estaba cubierto de remos y chalecos salvavidas, lo que dejaba apenas espacio suficiente como para que entráramos de pie el uno frente al otro. Una botella de cinco litros aguardaba en un estante bajo.

—Por Dios —comenté, desabrochando a toda prisa mi chaqueta—. ¿Cuánta sangre pensaron que necesitaríamos?

—Mucha, al parecer —respondió James, mientras se inclinaba hacia abajo para quitar la tapa—. Y apesta. —Un olor dulce y rancio llenó la habitación cuando me retorcí para quitarme las botas—. Supongo que debemos darles puntos por originalidad (...)

Cerré con fuerza la boca y los ojos y él vertió la sangre sobre mi cabeza, como si fuera un retorcido bautismo pagano. Escupí y tosí mientras la sangre se derramaba por mi cara.

—¿Qué es esta porquería?

—No lo sé. Y no sé cuánto tiempo tienes. —Sujetó mi cabeza—. Quédate quieto. —Derramó la sangre por mi cara, mi pecho y mis hombros, amontonó mi pelo con los dedos para que quedara de punto—. Ahora sí. —Durante medio segundo, solo me observó y, de alguna manera, parecía impresionado y, al mismo tiempo, completamente repugnado (…)

Salí del cobertizo a trompicones y corrí hasta los árboles, maldiciendo a las piedras y agujas de pino que se clavaban en mis pies descalzos. Aparecer a medianoche sin tener la menor idea de a quién encontraríamos en la oscuridad era ciertamente espeluznante, pero también problemático. Solo me sabía mis escenas, así que tan solo podía adivinar cuánto tiempo tenía antes de que me tocara entrar como el fantasma de Banquo (...)

Al final, llegué al límite del bosquecillo con tiempo de sobra. Me acerqué despacio y con torpeza, las ramas crujían bajo mis pies, pero los espectadores miraban con ansiosa atención la segunda reunión de James con las brujas y no notaron mi presencia. Me escondí bajo una rama que colgaba bien baja y el intenso aroma del pino penetró el hedor de la sangre falsa sobre mi piel (...)

Las chicas bailaron en círculo alrededor del fuego, tenían el pelo suelto y enredado y algunas algas verdes del lago se aferraban a sus faldas. De vez en cuando alguna de ellas arrojaba un puñado de polvo brillante al fuego y una nube de humo de colores estallaba sobre las llamas. Me moví con ansiedad en mi escondite, expectante. Yo aparecía al final de una serie de visiones, pero ¿cómo aparecerían? (…)

 Una risa aguda de otro mundo salió de Wren y llevó mi atención de vuelta a la playa.

MEREDITH: «¡Habla!».

WREN: «¡Pide!».

FILIPPA: «¡Responderemos!».

MEREDITH: «Dinos si prefieres oírlo de nuestra boca o de la de nuestros amos».

JAMES: «Llamadlos, quiero verlos».

Las voces de las chicas se alzaron en un cántico agudo y discordante. James se quedó parado mirando, siniestro y vacilante.

MEREDITH: «Vierte ahí dentro sangre de una cerda que ha devorado a sus nueve lechoncillos y aviva el fuego con la grasa que sudó en el patíbulo un asesino…».

TODAS: «Ven, de arriba o de abajo, y ¡muestra con destreza tu ser y tu poder!».

Filippa arrojó algo al fuego y las llamas rugieron al elevarse por encima de sus cabezas. Una voz tronó a través de la playa, formidable y aterradora como la de un dios primordial. Sin duda alguna, Richard.

—«MACBETH. MACBETH. MACBETH. ¡CUÍDATE DE MACDUFF!».

No se lo veía por ningún lado, pero su voz parecía caer sobrenosotros desde todos lados, con tanta fuerza que me sacudió hasta los huesos. James no estaba menos alarmado que yo ni que nadie y las palabras trastabillaron en su boca cuando habló.

—«Seas lo que seas, agradezco tu buena advertencia. Has dado justo en el blanco de mi miedo: pero una palabra más…».

Richard lo interrumpió de forma ensordecedora.

RICHARD: «SÉ SANGUINARIO, AUDAZ, DECIDIDO; RÍETE CON DESPRECIO DEL PODER DEL HOMBRE, PORQUE NADIE QUE HAYA NACIDO DE UNA MUJER PODRÁ DAÑAR A MACBETH».

JAMES: «Entonces, vive, Macduff; ¿por qué habría de temerte?».

RICHARD: «SÉ FUERTE COMO EL LEÓN Y ORGULLOSO; QUE NO TE IMPORTE QUIÉN TE ABORRECE O QUIÉN SE OFENDE O QUIÉN CONSPIRA CONTRA TI: MACBETH JAMÁS SERÁ VENCIDO HASTA QUE EL GRAN BOSQUE DE BIRNAM MARCHE AL ALTO MONTE DUNSINAN PARA ALZARSE EN SU CONTRA».

JAMES: «Eso jamás ocurrirá… ¿quién puede reclutar a un bosque, arrancar sus raíces de la tierra? ¡Dulces presagios son estos! ¡Bien! La cabeza de la rebelión no se alzará hasta que lo haga el bosque de Birnam y nuestro Macbeth vivirá en su trono todo lo que la naturaleza permita, pagará su aliento al tiempo y la costumbre mortal. Sin embargo, mi corazón palpita por saber una cosa: decidme, si vuestro arte consigue ver tan lejos: ¿la descendencia de Banquo alguna vez reinará este reino?».

TODAS LAS BRUJAS GRITAN AL UNISONO: « ¡No busques saber más!».

JAMES: «Exijo saber: ¡negadme esto y una maldición eterna caerá sobre vosotras! ¡Decídmelo!».

TODAS: «Que lo vean sus ojos y su corazón se llene de congoja; ¡venid como sombras y como sombras partid!».

Ocho figuras encapuchadas se alzaron en la última fila de espectadores. Una chica que estaba sentada a su lado chilló de sorpresa. Se deslizaron como flotando hasta el medio del pasillo y comenzaron a descender (me pregunté si se trataba de más estudiantes de tercero), mientras James los observaba con ojos horrorizados.

—«¿Qué?» —cuestionó—. «¿Acaso esta serie durará hasta el final de los días?».

Mi corazón saltó hasta mi garganta. Salí a la luz por segunda vez, la sangre pegajosa y brillante sobre mi piel. James me miró boquiabierto y todo el público se giró hacia mí al mismo tiempo. Gritos reprimidos se agitaron en la superficie del silencio.

—«Horrible visión» —dijo James, débilmente. Comencé a bajar las escaleras otra vez, alcé mi brazo para señalar a las ocho figuras y reclamarlas como propias—. «Ahora lo veo, es verdad; porque, cubierto de sangre, Banquo me sonríe y las señala como propias».

Bajé la mano y desaparecí, oculto por las sombras de alrededor,como si jamás hubiera existido. James y yo estábamos de pie a tres metros de distancia frente al fuego. Yo brillaba cubierto de rojo, ceñudo y ensangrentado como un recién nacido, mientras que la cara de James estaba fantasmalmente blanca.

—«¿Qué? ¿Es así?» —pareció decirme a mí. Sobrevino un silencio extraño, creciente. Ambos nos inclinamos hacia adelante sin mover nuestros pies, esperando que algo pasara. Entonces Meredith apareció entre nosotros.

—«Sí, señor» —respondió y alejó la mirada de James de mí—. «Todo esto es así: pero ¿por qué se asombra tanto Macbeth?».

Él se dejó llevar de vuelta al fuego y las tentadoras atenciones de las brujas. Yo trepé hasta el último escalón y allí me quedé merodeando para atormentarlo. En dos ocasiones, sus ojos vagaron hacia donde yo estaba, pero el público otra vez prestaba atención a las chicas. Ellas caminaban tambaleantes alrededor del fuego y reían a carcajadas hacia el cielo tempestuoso, entonces comenzaron a cantar de nuevo. James las observó un momento, horrorizado, luego dio media vuelta y huyó de la luz de la hoguera.

TODAS: «Dos veces dos el esfuerzo y el problema, el caldero arde y el fuego quema, escama de dragón, diente de león, momia de bruja y fauces de granuja…».

Mientras Meredith y Wren continuaron la danza, con movimientos salvajes y violentos, Filippa levantó un cuenco que había estado escondido en la arena. Un líquido rojo y viscoso salpicó a los lados, la misma sangre falsa que hacía picar mi piel.

TODAS: «Dos veces dos el esfuerzo y el problema, el caldero arde y el fuego quema. Un poco de sangre de babuino y el hechizo firme y fuerte devino».

Filippa volcó el cuenco. Hubo un chapoteo desagradable y todo se volvió negro. Los espectadores saltaron de sus asientos y surgió de ellos un rugido de alegría y confusión.

M. L. Rio, Todos somos villanos

viernes, 22 de octubre de 2021

TODOS SOMOS VILLANOS

 

El día que Oliver Marks termina su condena, Colborne, el detective que lo llevó a la cárcel está esperándolo a la salida pues quiere saber la verdad, y Oliver finalmente está listo para contársela.

Una década atrás: en 1997, Oliver es uno de los siete actores-estudiantes del último curso en el Conservatorio Clásico Dellecher, un lugar donde rige la cruda ambición y la competencia feroz. Oliver y sus amigos, los siete supervivientes del último curso, siempre rodeados de libros y palabras y poesía, todas las intensas pasiones del mundo contenidas en cuero y papel vitela. llevan cuatro años inmersos en Shakespeare, interpretando los mismos papeles arriba y abajo del escenario: el héroe, el villano, el tirano, la seductora, la ingenua, los extras. Viven tan inmersos en ese mundo, que muchas veces al hablar entre ellos recitan los versos del bardo.

Pero en su cuarto y último año, las rivalidades amistosas se vuelven desagradables, y en la noche de estreno, la violencia real invade el mundo de fantasía de los estudiantes. Por la mañana, los chicos de cuarto año deben enfrentar su propia tragedia y su desafío actoral más difícil: convencerse unos a otros y a la policía de que son inocentes.

                M. L. Rio nos va a sumergir en la vida de seis jóvenes, en sus sueños, ambiciones, deseos, envidias, celos, etc…, sumergidos siempre en sus roles: Oliver, nuestro protagonista y narrador, el compañero leal, que considera a sus compañeros como su verdadera familia; James, el héroe, pero un héroe cansado que aspira a otros papeles; Alexander, el villano, el suministrador oficial de drogas; Meredith, la seductora pelirroja que lleva a todos de calle; Wren, que es la ingenua; Filippa, la amiga leal, acostumbrada a travestirse porque los buenos papeles femeninos escasean en  Shakespeare. A ellos hay que sumarles Richard, el tirano, o cualquier otro personaje con el que se necesitara impresionar o asustar al público, que será el muerto, pues muchos le odian por su ego y su temperamento.

                Ellos nos representarán varias de las obras de Shakespeare, con algunos montajes espectaculares: Romeo y Julieta, en medio de un baile de máscaras; Macbeth, en esa representación nocturna a la orilla de un río; Julio César; El rey Lear. Nos iremos metiendo de tal modo en sus vidas que no nos va a extrañar nada esa confesión que Oliver le hará a Colborne, que para ellos subir a un escenario es una adicción, que no se sienten vivos hasta que no representan su papel.

                Leed la novela; vale la pena.  

domingo, 16 de mayo de 2021

SER O NO SER


Esa es la cuestión.

¿Qué es más noble? ¿Permanecer impasible ante los avatares de una fortuna adversa o afrontar los peligros de un turbulento mar y, desafiándolos, terminar con todo de una vez?

 Morir es… dormir… Nada más. Y durmiendo se acaban la ansiedad y la angustia y los miles de padecimientos de que son herederos nuestros míseros cuerpos. Es una deseable consumación: Morir… dormir… dormir… tal vez soñar.

Ah, ahí está la dificultad. Es el miedo a los sueños que podamos tener al abandonar este breve hospedaje lo que nos hace titubear, pues a través de ellos podrían prolongarse indefinidamente las desdichas de esta vida.

Si pudiésemos estar absolutamente seguros de que un certero golpe de daga terminaría con todo, ¿quién soportaría los azotes y desdenes del mundo, la injusticia de los opresores, los desprecios del arrogante, el dolor del amor no correspondido, la desidia de la justicia, la insolencia de los ministros, y los palos inmerecidamente recibidos? ¿Quién arrastraría, gimiendo y sudando, las cargas de esta vida, si no fuese por el temor de que haya algo después de la muerte, ese país inexplorado del que nadie ha logrado regresar?

Es lo que inmoviliza la voluntad y nos hace concluir que mejor es el mal que padecemos que el mal que está por venir. La duda nos convierte en cobardes y nos desvía de nuestro racional curso de acción.

Pero… interrumpamos nuestras filosofías,

William Shakespeare, Hamlet

 

lunes, 26 de abril de 2021

LA TARDE DEL ESTRENO

 

Tito Macio Plauto corría frenético de un lado a otro del escenario. Aún faltaban varias horas para la representación pero él se había presentado allí mismo con el alba. Quería supervisar cada mínimo detalle, tenía que estar seguro de que todo saldría bien. Si fracasaba, que fuera porque sus palabras, porque su obra no mereciera el éxito, pero no quería que su gran oportunidad se desmoronara ante sus ojos por culpa de unos malos actores, por el exceso de un borracho, por un escenario endeble o a causa de un público hostil manipulado. Eso último era lo que más le preocupaba. Sabía que la otra compañía de teatro de la ciudad se había visto perjudicada en la asignación de representaciones por parte de los ediles, mientras que la compañía de Casca había salido muy favorecida. Casca parecía que había sabido hacer valer sus contactos con el nuevo edil de Roma encargado de estos asuntos para las Saturnalia de aquel final de año. Un edil joven, Publio, de la gens Cornelia de la familia de los Escipiones, hijo y sobrino de los procónsules de Roma en Hispania; poderoso pero joven y seguramente influenciable, pensaba Tito, por alguien tan manipulador como Casca. O quizá no. Casca le había vuelto a repetir por enésima vez aquella mañana que la selección se ganó porque él ofrecía más comedias mientras que la otra compañía sólo presentaba una larga serie de tragedias y el edil de Roma también compartía la visión de Casca de que el pueblo necesitaba algo más catártico que las desgracias ajenas (...)

—Has sufrido mucho, lo sé —empezó Casca buscando animarle—, no creo que nada de lo que pueda acontecer hoy pueda ser peor que las muchas penurias que has padecido, ¿no crees? Ánimo. El texto es bueno, la obra está bien. He visto los ensayos y es divertida, muy entretenida. Gustará.

—Eso si los actores que tienes recuerdan los diálogos y si el que hace de Líbano está medianamente sobrio.

—Bueno, eso es cierto en parte; en cuanto a ese actor, el que actúa como Líbano, tampoco te interesa que esté completamente abstemio. En el fondo es un gran tímido. Necesita beber para salir a escena. Si te da problemas, dale un par de vasos de vino y empújalo al escenario. En cuanto el licor haga su efecto, las palabras fluirán por su boca como un torrente. Luego, claro, hay que controlar que no beba más de la cuenta durante el resto de la obra.

Con esto Casca lo dejó para atender a unos patricios que se acercaban curiosos al recinto del teatro para ver cómo era todo aquel bullicio unas horas antes de que empezase la representación.

Quedaban quince minutos para el comienzo. El teatro estaba prácticamente lleno y seguía entrando gente. Las Saturnalia llegaban a su fin y el pueblo quería aprovechar cualquier evento que le hiciese sentir el carácter festivo de aquellos días, que lo alejase de sus preocupaciones diarias y, sobre todo, que lo hiciese olvidar el continuo estado de guerra que soportaba desde hacía ya más de seis años. Roma había estado en guerra con frecuencia; de hecho, apenas había estado en paz y pocas veces se podía cerrar la puerta del templo de Jano para indicar tal estado de tranquilidad; pero aquélla era una guerra que se luchaba en su propio territorio y en donde sólo unas pírricas victorias se veían sazonadas con flagrantes derrotas. Se había conseguido enderezar ligeramente un poco el rumbo de la guerra en la península itálica, pero la presencia de Aníbal seguía pesando sobre el ánimo de todos los romanos, cercana, como una espada de Damocles a punto de caer sobre ellos. Las festividades y, muy en especial, las Saturnalia con su carácter descontrolado, eran un tiempo especialmente apetecido en aquellos momentos y el teatro, si se presentaba una comedia, un lugar apropiado para disfrutar de aquel ambiente de olvido y enajenación colectiva. La obra era de un desconocido, pero Roma estaba dispuesta siempre a conceder oportunidades. Nadie se había presentado por primera vez siendo famoso. Eso sí, el juicio sería implacable: éxito y una carrera como comediógrafo durante años para el autor, o fracaso y ostracismo, soledad y, con mucha probabilidad, miseria para el escritor poco favorecido por el público. El punto medio no era algo muy apreciado por el pueblo romano: éxito o fracaso, victoria absoluta o derrota, vida o muerte.

Tito Macio sabía de todo aquello: si su primera obra era despreciada por los espectadores, ése era el principio y el fin de su carrera como autor teatral y su regreso inexorable a la mendicidad y la podredumbre. Roma agasajaba a sus ídolos de igual forma que usaba como carnaza fresca a los caídos. En Sicilia estaban desterrados los legionarios supervivientes del desastre de Cannae, las legiones malditas, los vencidos por antonomasia. A un autor de teatro fracasado no hacía falta que se le desterrara: la miseria y el hambre, una muerte humillante y lenta sería su condena. Tito ya había saboreado bastante de aquellos platos de la pobreza y el sufrimiento. La obra estaba escrita. Ya no se podía cambiar nada ni corregir una coma. Sólo le restaba volcar sus esfuerzos en sostener el montaje en el endeble entramado de aquella compañía de actores inseguros, la mayoría esclavos, algunos borrachos y todos igual de atemorizados que él. Habían presenciado el desastre del montaje de la obra de Livio con los ataques y abucheos promovidos por los actores y tramoyistas de la otra compañía y eso no había hecho sino acrecentar su pavor. Su futuro también dependía de la obra que representaban. Todos se salvaban o todos se hundían. Iban en un mismo barco que Tito Macio intentaba pilotar en medio de una mar revuelta.

—¿Y Líbano y Deméneto? —preguntó Tito. Se dirigía a los actores por el nombre del personaje que representaban para ver si así cada uno se identificaba al máximo con su personaje, o el mínimo suficiente para que no olvidaran en escena el papel que les tocaba representar.

—Aquí —dijo un joven actor junto a otro mayor, de unos cincuenta años, ambos con sus pelucas correspondientes y ya maquillados.

—Bien, bien. Estad listos. En unos minutos salgo a escena para presentar la obra y entráis vosotros. Haced bien vuestro papel y seré generoso con vosotros. Hundidme y os acordaréis de mí.

Y antes de que el joven actor, cuyas rodillas temblaban, pudiera decir nada, Tito desapareció. Iba en busca de su propia peluca y su toga para salir a escena.

—¡Un minuto! —era Casca, gritando desde un extremo del escenario—. ¡El teatro está lleno! ¿Dónde está Tito?

Le indicaron un lugar cubierto con telas que a modo de tienda hacía de vestidor justo detrás del escenario. Tito, en su interior, estaba terminando de ponerse la toga ayudado por un joven mozalbete que le recordaba los tiempos en los que él se había dedicado a ayudar a otros a vestirse para salir a escena. Él también salió alguna vez a escena, pero ni había tanta gente como hoy ni el teatro había alcanzado la popularidad de ese momento, ni la obra que se representaba era la suya. No acertaba a ponerse bien la peluca. Casca entró en la tienda.

—Ánimo, Tito —dijo Casca—, el propio edil está sentado en la primera fila. Ha venido con su mujer y su familia. Parece que está celebrando el nacimiento de su primogénita. Eso nos favorece. Está de buen humor y bien predispuesto a pasar un buen rato. Y tengo a mis hombres acechando para echar a todos los miserables de la otra compañía. Ya hemos atrapado a dos y hemos dado buena cuenta de ellos; ésos no vuelven ni esta noche ni en un mes. Al menos hasta que se les recompongan los huesos.

Tito asentía mientras se ajustaba la toga. Dos. Se habían deshecho de dos, pero la otra compañía contaba con más de treinta personas entre actores fijos y colaboradores. Y el edil. Bien. En primera fila. Celebrando el nacimiento de su hija. ¿O hijo? ¿Qué había dicho Casca? No importaba eso ahora. Bien. Asentía con la cabeza.

—Te toca. Te veré desde el público —Casca se volvió para salir, se detuvo un instante y de nuevo mirándole concluyó con una idea que le bullía en la mente—. Tito Macio, no sé si triunfarás esta noche o no, pero lo que has escrito está bien. Por si te vale de algo —y se fue.

El muchacho que le ayudaba a vestirse también salió. Tito Macio se quedó a solas. Cerró los ojos. Inspiró profundamente una vez, dos, tres, cuatro, cinco. Abrió los ojos. Se levantó y, como disparado por un resorte, sorteando al resto de los actores, sin mirar a nadie, con paso firme sobre sus pies planos que tantos estadios habían recorrido ya por el mundo, llegó junto a los peldaños de la escalera que conducía al escenario; subió por ellos y, sin detenerse en el extremo de la tarima, avanzó a grandes zancadas hasta situarse en el centro del escenario del teatro que Roma había levantado a las afueras del foro. Alzó sus ojos al cielo. Era una tarde fresca y el cielo de diciembre se dibujaba con nubes oscuras que presagiaban lluvia, pero éstas eran frecuentes en aquella época del año y quizá no descargasen o esperasen a que cayera la noche. Faltaban unas horas para el atardecer. Eran sus horas, su tiempo, unas horas durante las que Roma estaría con sus ojos fijos en su obra. Bajó su mirada y ante él el público: miles de personas de pie, por todas partes, llenando el amplio recinto rodeado por una pequeña empalizada de madera: soldados, muchos, legionarios en servicio y hombres que habían servido en alguna o varias de las campañas contra Aníbal; bastantes heridos, algunos mutilados; libertos, comerciantes, mercaderes, jóvenes, algunos niños y esclavos con sus amos y esclavos solos, atrienses en su mayoría, con la confianza de sus amos para conducirse a su albedrío por la ciudad, y más aún durante las Saturnalia, donde los valores y las costumbres de Roma se revertían: los que mandaban servían y los servidores eran libres; muchos bebidos, otros bebiendo. Se veían vasijas de vino y vasos de mano en mano. Había mujeres, muchas también, con sus maridos, matronas, lenas, prostitutas de calle y cortesanas caras, amantes de patricios, senadores, ex cónsules. Y unas pocas filas al principio, junto al escenario con las autoridades de Roma: el edil, Publio Cornelio Escipión en el centro, a su lado una joven y hermosa mujer, su esposa sin duda, y al otro lado una distinguida patricia, ¿su madre? Alrededor amigos y otros patricios, tribunos de la plebe, un pretor, otros ediles, senadores. Roma a sus pies, pero no en silencio. Una algarabía general de miles de conversaciones cruzadas, risas y gritos surgía de toda aquella muchedumbre haciendo imposible que se oyera otra cosa que no fuera aquel enorme tumulto de voces entremezcladas.

Tito avanzó unos pasos hasta situarse al borde de la escena. Abrió la boca. No le salieron las palabras. La cerró. La volvió abrir.

—Ahora, espectadores, prestad atención… por favor… espectadores….

La algarabía, el ruido y la indiferencia permanecían adueñadas del lugar. Tito elevó su voz con fuerza.

—¡Ahora, espectadores, prestad atención, por favor! ¡ Y que todo sea para bien mío y vuestro, de esta compañía, de sus directores y de los contratistas! —dijo mirando al edil que había contratado aquella obra, su obra. Publio levantó la mirada. Tito vio los ojos oscuros, intensos de aquel joven fuerte, bien vestido, rodeado de amigos, poderoso. No leyó rencor ni odio. Algo de interés, mucha curiosidad. Sin condescendencia. Estaba feliz. Eso era evidente. Tito se volvió hacia un heraldo.

—Tú, pregonero, haz que el público sea todo oídos.

El heraldo subió al escenario por la misma escalera por la que había accedido Tito y a voz en grito pidió silencio de mil formas distintas, por favor, con educación y con amenazas y hasta imprecaciones a los dioses. Muchos rieron, pero poco a poco, si bien no un silencio, al menos sí se estableció una algarabía significativamente más reducida que la anterior, de forma que un actor con potentes cuerdas vocales podría hacerse oír, al menos, unos minutos. De la agudeza de sus palabras y del interés que éstas despertaran en el público dependería que aquel estado tornase a un tumulto ensordecedor o se encaminase hacia un silencio poco frecuente en aquellas representaciones.

Tito volvió e intentó apoderarse de la escena.

—¡Anda, vuelve a sentarte! ¡Que tu trabajo no haya sido en balde! ¡Ahora… ahora os voy a decir a qué he salido! ¡ Y qué es lo que deseo! ¡Quiero que sepáis el título de esta comedia!

Y así Tito presentó su obra: La Asinaria; se refirió al autor griego en el que se había basado y al título de la pieza en la lengua helena. Aquellos datos no parecieron cautivar al auditorio que asistía con bastante indiferencia a su parlamento.

—¡Tened la bondad de estar atentos y que Marte…! —concluía ya Tito elevando aún más su voz— Y que Marte, como en tantas otras ocasiones, también ahora os sea propicio!

Santiago Posteguillo, Africanus, el Hijo del Cónsul

domingo, 4 de abril de 2021

¿UNA NARIZ?

 


CYRANO.— … os ordeno que calléis. Y dirijo un desafío colectivo al patio… Apunto el nombre de todo el que quiera batirse… ¡Que se vayan acercando los valientes!… Por orden, ¡por orden!… ¡A cada uno le daré un número! ¡Vamos!, ¡a ver quién es el primero en abrir la lista!… ¿Vos?… ¡No! ¿Vos?… ¡Tampoco! A ver quién es el primero. ¡Le daré el pasaporte con los honores que merece! ¡Que todos los que quieran morir levanten el dedo! (Silencio.) ¿Acaso el pudor os prohíbe contemplar desnuda mi espada?… ¡Ni un hombre!… ¡ni un solo dedo!… ¡Está bien!… ¡Entonces sigo! (…)

CYRANO.— ¡Marchaos! Un momento… Decidme, ¿por qué miráis tanto mi nariz?

EL IMPERTINENTE.— (Asustado.) ¡Que yo miraba…!

CYRANO.— ¿Qué tiene de extraño?

EL IMPERTINENTE.— (Retrocediendo.) Vuestra señoría se equivoca.

CYRANO.— ¿Es blanda y colgante como una trompa?

EL IMPERTINENTE.— (Retrocediendo.) Yo… no…

CYRANO.— ¿O encorvada como el pico de un búho?

EL IMPERTINENTE.— Yo…

CYRANO.— ¿O acaso tiene una verruga en la punta?

EL IMPERTINENTE.— Pero si…

CYRANO.— ¿O alguna mosca por ella se pasea?… ¡Contestadme! ¿Tiene algo de extraño?

EL IMPERTINENTE.— ¡Oh!

CYRANO.— ¿Es un fenómeno?

EL IMPERTINENTE.— Tuve mucho cuidado de no mirarla…

CYRANO.— ¿Y por qué no la habéis mirado?

EL IMPERTINENTE.— Yo había…

CYRANO.— ¿Acaso os disgusta?

EL IMPERTINENTE.— ¡Caballero!

CYRANO.— ¿Tan mal color tiene?

EL IMPERTINENTE.— ¡Oh no!, no es…

CYRANO.— Y su forma… ¿es obscena?

EL IMPERTINENTE.— ¡Que va!… ¡Al contrario!

CYRANO.— ¿Por qué la despreciáis entonces? ¡Quizás os parece un poco grande!…

EL IMPERTINENTE.— Me parece pequeña… muy pequeña… ¡pequeñísima!

CYRANO.— ¿Qué?… ¿Cómo?… ¿Acusarme de semejante ridículo? ¡Pequeña! ¿Que mi nariz es pequeña?

EL IMPERTINENTE.— ¡Cielos!…

CYRANO.— ¡Enorme!… Imbecil desnarigado. ¡Mi nariz es grandísima! Y has de saber, cabeza de alcornoque, que estoy muy orgulloso de semejante apéndice. Porque una nariz grande es característica de un hombre afable, bueno, cortés, liberal y valeroso, tal como soy y tal como vos nunca podréis ser, ¡lamentable idiota!, porque una cara sin ninguna cosa especial… (Le abofetea.)

EL IMPERTINENTE.— ¡Ay…!

CYRANO.— … está tan desnuda de orgullo, de gracia, de lirismo y de suntuosidad, ¡como ésta (Le vuelve por los hombros y une el gesto a la palabra.) a la que mi bota va a buscar debajo de vuestra espalda!

EL IMPERTINENTE.— (Huyendo.) ¡Socorro!… ¡cuidado con ese hombre!

CYRANO.— ¡Que esto sirva de aviso a los papanatas que encuentran divertido el centro de mi rostro! ¡Y si, por ventura, el mirón es noble, tengo por costumbre, antes de dejarle marchar, meterle por delante, y un poco más arriba, una espada en vez de la punta de mi bota! (…)

VALVERT.—¡Esperad un momento y veréis!… (Se dirige hacia Cyrano, que le observa, y se planta ante él con pedantería.) Tenéis… tenéis… una nariz… ¡una nariz muy grande!

CYRANO.— (Gravemente.) ¡Mucho!

VALVERT.— (Riendo.) ¡Ja, Ja!

CYRANO.— (Imperturbable.) ¿Eso es todo?

VALVERT.— Yo…

CYRANO.— Sois poco inteligente, jovenzuelo. Pueden decirse muchas más cosas sobre mi nariz variando el tono. Por ejemplo, agresivo: «Si tuviese una nariz semejante, caballero, me la cortaría al momento»; amigable; «¿Cómo bebéis; metiendo la nariz en la taza o con la ayuda de un embudo?»; descriptivo; «¡Es una roca… un pico… un cabo…! ¿Qué digo un cabo?… ¡es toda una península!»; curioso; «¿De qué os sirve esa nariz?, ¿de escritorio o guardáis en ella las tijeras?»; gracioso; «¿Tanto amáis a los pájaros que os preocupáis de ponerles esa alcándara para que se posen?»; truculento; «Cuando fumáis y el humo del tabaco sale por esa chimenea… ¿no gritan los vecinos; ¡fuego!, ¡fuego!?»; prevenido; «Tened mucho cuidado, porque ese peso os hará dar de narices contra el suelo», tierno; «Por favor, colocaros una sombrilla para que el sol no la marchite»; pedante; «Sólo un animal, al que Aristóteles llama hipocampelefantocamelos, tuvo debajo de la frente tanta carne y tanto hueso»; galante: «¿Qué hay, amigo? Ese garfio… ¿está de moda? Debe ser muy cómodo para colgar el sombrero»; enfático: «¡Oh, magistral nariz!, ¡ningún viento logrará resfriarte!»; dramático; «¡Es el mar Rojo cuando sangra!»; admirativo; «¡Qué maravilla para un perfumista!»; lírico; «Vuestra nariz… ¿es una concha? ¿Sois vos un tritón?»; sencillo; «¿Cuándo se puede visitar ese monumento?»; respetuoso; «Permitidme, caballero, que os felicite; ¡eso es lo que se llama tener una personalidad!»; campestre; «¿Qué es eso una nariz?… ¿Cree usted que soy tan tonto?… ¡Es un nabo gigante o un melón pequeño!»; militar: «¡Apuntad con ese cañón a la caballería!»; práctico: «Si os admitiesen en la lotería, sería el premio gordo». Y para terminar, parodiando los lamentos de Píramo: «¡Infeliz nariz, que destrozas la armonía del rostro de tu dueño!» Todo esto, poco más, es lo que hubierais dicho si tuvieseis ingenio o algunas letras. Pero de aquél no tenéis ni un átomo y de letras únicamente las cinco que forman la palabra «tonto». Además, si poseyeseis la imaginación necesaria para dedicarme, ante estas nobles galerías, todos esos piropos, no hubieseis articulado ni la cuarta parte de uno solo, porque, como yo sé piropearme mejor que nadie, no os lo hubiese permitido.

Edmond Rostand, Cyrano de Bergerac

martes, 23 de marzo de 2021

EL SÍNDROME DE BERGERAC

 

El Síndrome de Bergerac es un trastorno donde la falta de confianza o autoestima de una persona la motiva a ceder su ingenio a otros ya que considera que sólo de esta manera será posible la materialización de sus ideas o propuestas, pues de lo contrario pasarían desapercibidas. Y esto es lo que observamos en Velia, la protagonista-narradora de la novela de Pablo Gutiérrez, quien se basa en su experiencia en sus clases de Literatura Universal de 1º de Bachillerato, donde leyeron Cyrano de Bergerac, la obra teatral de Edmond Rostand, y se propusieron adaptarlo y representarlo para sus compañeros del instituto.

Velia va a comenzar 1º de Bachillerato con muchas dudas, y, para estar con su amiga Clara, se matricula en Humanidades con la optativa de Literatura Universal. Estarán allí sólo diez alumnos, entre ellos María y Connor, dos amigos de toda la vida, y Vélez, el nuevo, que viene de un centro privado y Velia cree que se considera superior a la clase, que son gente normal. Y estará Lupe, la nueva profesora, la extraña, con un bolso donde parece que cabe todo, como el de Mary Poppins.

En una clase, Claudia entusiasmada comenta la película Cyrano de Bergerac, con Gerard Depardieu, y arrastra a sus compañeros a representar la obra ante sus compañeros. Al día siguiente, Velia comenzará a adaptar la obra y a concebir cuáles serán los personajes de sus compañeros: Vélez será Cyrano; el payaso de Connor, será de Guiche, su rival; Candi, que empatiza perfectamente con los personajes, Roxanne; Claudia, Rosalina, un personaje creado por Velia, una mujer mosquetero que servirá de mensajera entre Cyrano con las supuestas cartas de Christian y Roxanne.

Cuando plantean esto a sus compañeros, Vélez exige que Velia también actúe. Presentan el proyecto a Lupe, quien al principio pone reparos a su hora de actuar y declamar. Ellos deciden crear la Hermandad de la Nariz. Se lanza todo, y se consigue la participación de padres con el vestuario, el attrezzo y el manejo de las espadas. Y a última hora se unen los elfos de Lothlorien, la profesora de música y alumnos de 1º y 2º de ESO con sus instrumentos para realzar la tensión dramática de diversos momentos.

Todo esto mientras transcurre el curso, con sus aprobados y suspensos. La relación entre Velia y Vélez poco a poco se vuelve más que normal. Claudia comienza a alejarse de Velia y el resto y a faltar a ensayos, pues ha comenzado a salir con Manu, un estudiante un año mayor que ella.

Faltan cuatro días para el estreno y…

La novela es brillante, con grandes momentos. Los personajes principales están perfectamente trazados. La voz de Velia nos atrapa enseguida y nos conduce a través de los altibajos anímicos que va a sufrir ese curso y sus inseguridades, pues se cree menos que los demás; por medio, las escenas adaptadas de su versión; por medio, su relación con Claudia, Connor o Vélez, y la vemos crecer y madurar. Todo ello aderezado con referencias a Harry Potter, al Señor de los anillos, Star Wars, Stranger Things. Todo nos conduce al duelo que nos llevan anunciado desde el primer momento entre Cyrano y de Guiche, entre Vélez y Connor. ¡Y Rosalina! ¿Qué podemos decir de Rosalina?   

PREMIO EDEBE NOVELA JUVENIL 2021  

viernes, 5 de febrero de 2021

NECIOS Y MORTALES

 

Bernard Cornwell nos lleva al Londres del siglo XVII, en el que nos presenta unos personajes inolvidables y un maravilloso retrato del Londres de la época: el lector podrá recorrer y empaparse del ambiente de sus calles, visitar los palacios de la nobleza, vivir en persona escándalos, rivalidades y ambiciones y ser un personaje más en la sociedad isabelina de la época.

En el corazón de la Inglaterra isabelina, el joven Richard Shakespeare sueña con una brillante carrera en los teatros londinenses, dominados por su hermano mayor, William Shakespeare. Aunque este le da trabajo en su compañía, los papeles son mínimos, y Richard está sin un céntimo y tiene que buscarse la vida para sobrevivir. La gratitud que siempre ha sentido hacia William comienza a resquebrajarse, y una compañía rival le plantea robar los manuscritos de su hermano y vendérselos, lo cual va a rechazar.

Mientras ensayan El Sueño de una Noche de Verano, desaparece el manuscrito de Romeo y Julieta, obra que todavía no ha sido representada. Todas las sospechas recaen sobre Richard en un primer momento. Este arranca a William la promesa de obtener papeles de hombre, si consigue recuperar el manuscrito. Para ello se verá forzado a penetrar en los bajos fondos del Londres más pendenciero para recuperarlo. Súbitamente se ve enredado en un doble juego de apuestas y traiciones, del que solo podrá escapar aplicando todo lo que ha aprendido como actor en los mejores escenarios londinenses…

                El eje central de la historia es Richard, y, a través de él, nos acercamos al mundillo de los actores, nos metemos en los vestuarios, ensayos y representaciones, vemos cómo envidias y rencillas marcan sus relaciones, aparte del fervor puritano de la época que quiere prohibir las representaciones teatrales por considerarlas inmorales (recordemos que algo parecido veíamos en la novela de Blas Malo: Lope. La Furia del Fénix).

La novela nos atrapa enseguida con las peripecias y desventuras de Richard, es  entretenida, con una trama divertida, llena de humor.

lunes, 3 de septiembre de 2018

LADY CYNTHIA ASQUITH



Así pues, habían quedado en que ella iría a su casa en el número 3 de Adelphi Terrace esa misma tarde, después de su sesión de posado. ¡Bravo, Cynthia! Suspiró mientras abría su armario y trataba de elegir un vestido apropiado para la ocasión. El pintor quería retratarla de negro, pero ella pretendía aparecer en casa del grandísimo Barrie con algo que diera por hecho su inclinación a la bohemia. Colores pastel, estampados discretos, ¿un sombrero prudente, de media ala? Necesitaba algo invisible que no delatara su emoción ante la propuesta inminente. Se decidió por unos botines de cordones de medio tacón, una falda azul lavanda y una blusa blanca. Y si Augustus John quería pintarla de estricto luto, que se lo inventara él, a su gusto. Sin duda, acertaría.
Cynthia estaba acostumbrada a posar desde pequeña. El juego de las estatuas de los miércoles. Martes y jueves, libros. Lunes y viernes, teatro y dramatización, su favorito. Pero disecarse por unas horas ya no le hacía gracia. Discutió con Augustus la supuesta «trascendencia» de la postura: sentada en un taburete, la mano izquierda cubriendo el pecho, la derecha sobre el regazo, erguida y orgullosa —le había pedido él—, una mujer desafiante. Pero Cynthia se sentía como una idiota. Suspiró hondo, sin moverse. Se le entumecían los brazos, la espalda, los ojos casi. Buscó un punto fijo, más allá del lienzo. Entornó los ojos y su iris dudó entre un color frío o caliente. Se concentró en una ráfaga de luz anaranjada: si la miraba muy fijamente, su paisaje visual se cubriría de puntos grises, frágiles como la bruma.
—Te mueves demasiado —la regañó el pintor, un hombre barbudo de voz tan profunda que daba miedo.
Cynthia se hizo estatua.
—Necesito verte el cuello.
Ella se dispuso a recogerse el pelo. Él se adelantó.
—Tú, quieta.
Le cogió la larguísima melena pelirroja con la mano llena de pigmentos sucios. Las manchas del cuadro futuro.
—No pareces una persona —clamó deleitado—, sino una emanación.
Ella se preguntó si ser comparada con un fantasma era un cumplido, o más bien un sacrilegio hacia la mujer posante.
Cynthia no consideraba que Augustus John mereciera la posteridad. Tenía el trazo demasiado amplio, aplastado, incluso basto. En boca de otros, sin embargo, era el mejor retratista de la época, orgulloso heredero del postimpresionismo. Cynthia, de niña, había posado para Burne-Jones, prerrafaelita. Una escuela que ahora se consideraba más que obsoleta: princesas a la fuga, damas atormentadas, sirenas con arpas, mujeres con melenas tan largas como la suya. En un mundo en guerra, a nadie le interesaba ya el estoicismo proverbial de Burne-Jones. Era obsceno, risible. No como los rostros de Augustus, que, al parecer, sí iluminaban las almas de los borrascosos albores del siglo XX.
Cynthia miró a su alrededor: un estudio tan tópico como el de cualquier pintor, pero lleno de caras que apuntaban congoja, irritación, picardía, desdén, poder. Ella no quería que su retrato desprendiese el pánico de su alma; solo serenidad. Así que trató de relajarse. Suspiró hondo, una vez más, y conjuró en silencio el nombre de su futuro benefactor. Lo repitió mentalmente, arrastrando las palabras: James-Matthew-Barrie-James-Matthew-Barrie-James-Matthew-Barrie. Una, dos, tres, hasta cien veces. Muy pronto, todo iba a cambiar por fin y Cynthia se convertiría en una actriz de renombre. «¡Cynthia, Cynthia, Cynthia!», clamaría el público al ver sus interpretaciones. «¡Abran paso a la bella y talentosísima lady Cynthia Asquith!».
Suspiró de nuevo, ya algo tranquila. En medio de otro junio húmedo y caluroso en Londres aquí, por lo menos, olía a frío.
                Salió con el cuerpo tan inerte que lo sentía muerto.

Silvia Herreros de Tejada, La Mano Izquierdade Peter Pan

lunes, 20 de agosto de 2018

TARDE DE TEATRO



El toque de las trompetas anunciando el inicio de la función sobresaltó al viejo Walter Roche, el maestro de pueblo, llegado a Londres para la ocasión después de un viaje largo y agotador. El viejo maestro nunca había visto tanta gente junta, ni tan revoltosa. El ruido resultaba ensordecedor, el gentío se arremolinaba junto a las entradas del nuevo edificio, había empujones, algunos perdían los nervios. Conseguir un pequeño espacio en el patio o en alguna de las gradas superiores parecía cuestión de vida o muerte.
El viejo Walter Roche precisó consultar de nuevo el papel con las instrucciones. Allí estaba cuanto debía hacer, explicado con toda claridad. Lo sacó trabajosamente de su faltriquera y achinó un poco los ojos para leer: Preguntad en la puerta tercera por un hombre llamado Peele. Mostradle esta carta de mi puño y letra y él os guiará hasta vuestro asiento. También os proporcionará una almohada para vuestra mayor comodidad. Sin ella el drama acaso os resultaría demasiado dramático.
Quien en otro tiempo fue su alumno conservaba su sentido del humor y su alegría habituales. «Es un mérito envejecer de buen humor», se dijo Roche, que no lo había conseguido. Mientras buscaba la tercera puerta y al tal Peele, el maestro constató que él no sería capaz de vivir ni un cuarto de hora en un lugar como aquel. No lo habría conocido nunca de no ser por la carta. La carta tenía la culpa de todo.
A lo largo de su prolongada vida como maestro, Walter Roche conoció a centenares de discípulos. Sería exagerado, además de pretencioso, afirmar que siempre supo que el hijo del guantero llegaría tan lejos. Cuando le preguntaban por él -cada vez con más frecuencia-, siempre recordaba su alegría, su arrojo, aquel afán por entender el mundo, de aquel niño tímido, diferente, que apenas tenía amigos. En realidad, lo que le hacía único era difícil de explicar. Una vez distinguió un ademán de sus manos, un rictus de sus labios... Era un chiquillo tocado por el destino, no encontraba otra explicación. Los dioses, a saber cuáles, le habían elegido. Hay cosas que no pueden explicarse de otro modo.
Por fin dio con la puerta, frente a la cual aguardaba un hombre cuyo único cometido parecía ser controlar a una multitud incontrolable. Se acercó a él como pudo y le mostró el papel. Por respuesta obtuvo una sonrisa sincera, la primera del día, que agradeció como un regalo. El hombre gritó junto a su oído, tratando de imponerse a los bramidos del gentío:
-Venid conmigo, señor. -Y entró en el teatro por la puerta que antes custodiaba.
Las viejas piernas del maestro aún eran fuertes. No se fatigó demasiado durante la subida a la primera galería. Una vez allí, el guía recorrió el pasillo que rodeaba las gradas de los espectadores hasta el balcón de los músicos, que quedaba sobre el escenario y a la vez dentro de él. Es el mismo lugar que ocupaban la reina y su séquito cuando acudían a las representaciones. Walter Roche, poco acostumbrado a tratos tan preferentes, se incomodó de verse en tal lugar.
-Su almohada, señor. -Ofreció el acompañante, tendiéndole un pequeño rectángulo rojo que había de colocar entre sus posaderas y la madera del asiento.
Antes de que Walter Roche pudiera agradecérselo, el guía había desaparecido. En el balcón se preparaban los músicos, y le dedicaron una sonrisa amistosa. Él correspondió con timidez de personaje fuera de lugar.
El viejo maestro de escuela tenía desde allí, en esos minutos previos, una magnífica panorámica de las gradas superpobladas. Pensó que le habría gustado más, y le habría parecido más justo, sentarse entre los demás, ocupar un diminuto espacio entre la multitud, aun a costa de aguantar gritos y codazos. Al fin y al cabo, ¿qué había hecho él para merecer un trato de preferencia? O como siempre trató de enseñar a sus alumnos, ¿en qué se diferencian unos hombres de otros? ¿Por qué algunos creen merecer privilegios?Corno le gustaba observar, entretuvo la espera fijándose en los detalles. Los colores alegres de los vestidos de las damas. Las cáscaras de cacahuete que caían al patio, arrojadas por los más hambrientos. Los saludos a voces de vecinos contentos de verse de extremo a extremo del teatro. Ciertos retazos de conversación versaban sobre el argumento de otra comedia. O sobre un pedazo de la vida de alguien que bien parecía una obra de teatro.
Walter Roche, el viejo maestro, recordó las representaciones escolares, siempre tan caóticas. Los muchachos sentían vergüenza de ponerse ante el público. Casi nunca se les escuchaba bien. Tenían voces de pajarillo asustado. Y allí estaba él, para repetir siempre lo mismo, porque en eso consistía, en parte, su trabajo: decir siempre lo mismo, con la misma sempiterna paciencia. «Habla más alto, imagina que tus padres se sientan al fondo, vocaliza bien, recita de modo que se entienda lo que quieres decir. Porque, veamos, ¿tú entiendes lo que estás diciendo?». El pequeño actor meneaba la cabeza con energía y fruncía los labios. «¿Lo ves? ¡Pues ese es el problema! ¿Cómo vas a convencer a alguien si ignoras de qué?».
No quiso recordar mucho por si le confundía con algún otro. En la memoria de un maestro están todos sus alumnos, pero los detalles se desdibujan con el tiempo. Juraría, sin embargo, que era él quien se ponía siempre tan nervioso antes de salir al escenario, como si en cada representación se estuviera jugando la vida. Lo entendió de pronto: se la estaba jugando. Su pequeño pupilo asustado escribía el prólogo de su futuro. Hay cosas que un maestro sabe antes que el resto del mundo pueda descubrirlas. Qué suerte.
Aquellas representaciones sin orden ni concierto, donde todos sufrían lo suyo, fueron una revelación. Incluso el profesor de Griego y Latín, un londinense que presumía de haber estudiado en Oxford, y se quejaba del lamentable oído de sus pupilos para el griego, aplaudió con ganas. De aquella velada lejana recordó Roche también la presencia de la madre entre el público. Mary Arden se sentó en la segunda fila, justo después del claustro de profesores, con las manos cruzadas sobre el regazo, la expresión más severa que orgullosa, expectante, como preguntándose: «A ver qué es lo que vais a hacer para sorprenderme». No podía disimular su preocupación. ¿Y si el hijo tartamudeaba? ¿O tropezaba? ¿O se mofaban de él? El hijo sensible, con gustos raros, sin amigos. El caracol sin concha que ella debía proteger del mundo.
Fue el viejo maestro Walter Roche quien un día la llamó, qué atrevimiento, para darle un consejo que nadie le había pedido. Creía conocer a su discípulo y creía saber el modo de ayudarle.
-El librero Jenkins es amigo mío -le dijo a Mary Arden-. Está de acuerdo en que vuestro hijo sacaría mucho provecho de leer todos los días.
-Pero nosotros -se apresuró a responder la mujer- no somos lo bastante ricos para comprar libros.
-De eso, precisamente, quería hablaros. Si vuestro esposo lo encontrara oportuno, el muchacho podría acudir a casa del librero dos o tres horas por las tardes. Allí hay mucho que leer, y de buena calidad.
Mary Arden vaciló. Aquella era una propuesta demasiado extraña.
-Mi marido se encuentra en uno de sus viajes de negocios -susurró, para ganar tiempo, antes de añadir-: Pero si vos pensáis que eso le hará bien al muchacho...
-Estoy seguro -dijo el maestro-. Seguir los anhelos más profundos del corazón es un modo de no extraviarse.
El segundo toque de las trompetas devolvió a Walter Roche a su lugar en el balcón de honor del teatro. La almohada, que seguía bien colocada allá donde debía estar, resultaba insuficiente: sus huesos prominentes se clavaban en la silla y comenzaban a dolerle. Temió que la función se le hiciera demasiado larga.
Pero en cuanto el presentador o corifeo salió a escena, renació su interés. Se pedía al público benevolencia y se anunciaba el tema del drama, que le interesó. El vestuario, según pudo ver, era rico; la dicción le parecía dulce; el ritmo, musical, y el argumento prometía emociones auténticas. Walter Roche se acomodó en el asiento y dejó que su corazón le guiase.
La obra se llamaba El Rey Lear. Sonó la música y los actores irrumpieron en tropel sobre el escenario. El viejo rey y sus tres hijas. Su majestad estaba consternado. Quería saber cómo era la naturaleza del amor que inspiraba a sus herederas. Un examen con finalidades sucesorias: el reino debía repartirse. El rey era un imbécil que no entendía nada y la obra a ratos parecía un cuento. Walter Roche estaba disfrutando de verdad. Los cuentos le recordaban a su madre, a la vieja nodriza, al bosque junto al pueblo, a los inviernos de su infancia. Los gustos son los hijos de las emociones verdaderas.
-Londres está muy lejos -le dijo al alumno, cuando ya era lo bastante mayor para equivocarse sin ayuda.
-Lo sé, pero es allí donde encontraré lo que busco.
-Entonces, te deseo mucha suerte.
Se hizo un silencio cargado de palabras no pronunciadas.
-Sin vos, yo nunca...
-¡Tonterías! Hice contigo lo mismo que con todos los demás. ¡Márchate!
Pero el muchacho, ya un hombre, no se iba. Le miraba fijamente.
-Prometedme una cosa -prosiguió-. Que si lo logro vendréis a verme.
-¿A Londres? -lo dijo como si Londres estuviera más allá de los abismos donde, se suponía, se acababa el mundo-. ¡Londres está demasiado lejos!
El alumno, decepcionado, calló. El maestro, avergonzado, también.
-Os escribiré. -Fueron las palabras que acompañaron a aquella despedida sin adioses.
Muchos años después, el viejo maestro Walter Roche se preguntaba por qué no vino antes. Por qué no contestó a las invitaciones anteriores. Por qué se hizo de rogar. Forzar a otro a que insista es un modo de arrogancia. Se regañó por dentro: nunca se creyó un hombre importante. Ejerció su trabajo lo mejor que supo, nada más. Ignoraba qué pudo aportar él al hombre que se movía por el escenario como pez en el agua. No podía creer que las palabras que estaba escuchando tuvieran algo que ver con su historia, con su cometido. Solo reconoció los ecos de un clásico, frases llamadas a perdurar. Lo que oía era en todo superior a si mismo.
La primera carta llegó a las pocas semanas de la despedida. Ya tengo mi primer trabajo en el teatro, uno pequeño. Soy apuntador. Escribo un drama en el tiempo que me sobra. La segunda llegó tres meses después: Soy actor, debuto el domingo. Solo tengo tres líneas, pero por algo hay que empezar. Y, alegraos por mí, parece que mi primera obra va a estrenarse.
El corresponsal, agotado por el mucho trabajo o desanimado por la falta de respuestas del maestro, espació más las misivas, pero nunca dejó de enviarlas. Me han escogido en la compañía de actores de Lord Chamberlayne. Representamos con mucho éxito una obra de Ben Jonson y yo actúo en el segundo papel. ¡Voy progresando! Confiad en mí.
El espectáculo tocaba a su fin y Walter Roche comenzaba a lamentarlo. Estaba disfrutando como nunca. Los actores no languidecían, a pesar del esfuerzo, y el público parecía ahora más animado que al principio. La última intervención de la banda de músicos mereció un aplauso ensordecedor. Walter Roche se preguntó qué debían de sentir los actores durante los aplausos. Tal vez era eso lo que su alumno buscaba cuando se marchó. De pronto comenzaron a repicar las campanas de la iglesia vecina, sumándose al jolgorio. Regresaron las trompetas. La noche caía como un telón.
Los actores salieron a saludar. Fueron recibidos con una ovación conmovedora. Uno por uno correteaban por el escenario. Cuando salió el rey, la gente pareció enloquecer. El viejo maestro sintió cómo los latidos de su corazón se aceleraban. Buscó la carta que había recibido hacía tan solo un mes. Por alguna extraña razón, necesitaba verla de nuevo, tocarla. Desde un rato antes se sentía lejos de la realidad, como si también él formara parte de un cuento. Leyó:
Querido maestro: Os saluda con el respeto de siempre uno de los nuevos propietarios de un hermoso teatro del barrio de Southwark, junto al río Támesis. Lo hemos bautizado The Globe porque queremos que se parezca al mundo en variedad y complejidad. Es aquí donde a partir de ahora van a estrenarse todas mis obras. La siguiente llevará por título El rey Lear, y nada me haría más feliz que veros allí el día del estreno. Ya sé que tenéis mucho que hacer y muy importante, pero este alumno que os quiere se sentiría muy honrado si le regaláis vuestro tiempo y vuestra presencia. Creo que disfrutaréis. Con amor, vuestro William Shakespeare.
Cuando el viejo maestro de pueblo Walter Roche levantó la mirada de nuevo hacia el escenario, descubrió los ojos de William clavados en él. Reconoció el brillo del destino en el gesto y en la mirada de su alumno William. Sonrió, feliz de haber acudido. William le devolvió el gesto, con lágrimas en los ojos. Sobre la escena y la ciudad, la noche parecía la techumbre del inmenso escenario que es el mundo.

Care Santos