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domingo, 25 de abril de 2021

LA CANCIÓN DE PUCK

 


¿Veis el camino bacheado que discurre

semihundido entre los trigales?

¡Ahí fue donde se emplazaron los cañones

que abatieron a la flota de Felipe II!

¿Veis cómo trasiega nuestro pequeño molino,

movido por las aguas del riachuelo?

Viene moliendo el grano y pagando impuestos

desde los tiempos del Domesday.

¿Veis esos mudos robledales,

y las peligrosas zanjas que los flanquean?

En ellos fueron vencidos los sajones

el mismo día en que Harold pereció.

¿Veis las planicies ventosas que se extienden

por las puertas de Rye?

Hacia ellas huyeron los hombres del Norte

cuando divisaron las naves de Alfredo.

¿Veis los anchos y solitarios pastos,

en donde pasta el buey rojo?

Allí se alzó una ciudad poblada y conocida

antes de que Londres contase con una sola casa.

¿Y veis, cuando la lluvia cesa, las ruinas

de túmulos, fosos y murallas?

¡Ese fue el campamento de una de las legiones

que César trajo navegando desde las Galias!

¿Y veis esas señales que van y vienen,

como sombras que se ciernen sobre las colinas?

¡Son las líneas que trazó el hombre primitivo,

para defender sus mágicos poblados!

¡Caminos, campamentos y ciudades perdidas,

saladas marismas donde hoy brota el trigo!

¡Vieja paz, viejas artes guerreras, que al cesar

dieron cuna a Inglaterra!

No es un lugar cualquiera,

ni sus aguas, ni sus bosques, ni sus aires.

Es la Isla de Merlín, la de Gramarye,

hacia donde tú y yo nos dirigiremos.

Rudyard Kiplin, Puck de la colina Pook

lunes, 18 de junio de 2018

TRES MIRADAS PARA AMPLIAR EL MUNDO



Hasta el 16 de septiembre podemos ver en el Museo ABC de Madrid esta exposición que recoge los universos creativos de tres ilustradores contemporáneas franceses.



El primero pertenece a François Roca, uno de los ilustradores más consolidados a nivel internacional. Roca expone originales de dos obras recientes: Anya y Tigre Blanco y La Hija del Samurái, realizadas en óleo sobre papel. Ambas pertenecen a los álbumes escritos por Fred Bernard, su colaborador artístico más reconocido. Ambas nos sumergen en un escenario realista, donde las huellas de la pintura clásica marcan un recorrido lleno de aventura y fantasía, donde convergen los más variados géneros. Mientras la historia de Anya nos lleva a un escenario fantástico de frío y nieve con reminiscencias de la mitología escandinava, La Hija del Samurái nos introduce en las cálidas tierras de Oriente a través de dos protagonistas inspirados en interesantes personajes históricos.


El siguiente universo nos deja entrar en el onírico mundo del afamado Éric Puybaret, Premio de Ilustración de la Feria de Bolonia en 1999, del que se exponen originales en acrílico sobre lienzo. Sus ilustraciones nos llevan a las tierras imaginarias de Los Islotes de Pedestal y Los Zancos Rojos. Mundos delicados y mágicos con atmósferas sugerentes donde lo imposible es dejar de soñar, y nos introduce en paisajes de ensueño, donde la geometría tiene una gran importancia para crear atmósferas tan mágicas como sutiles.


Por último, los muros dejan espacio a una voz más joven, con una creciente repercusión por la singularidad de sus imágenes. Justine Brax crea un universo atrevido, lúdico y lleno de matices, eco de su experiencia en África. En los originales que presenta, el collage convive con la pintura acrílica para recrear otro universo clásico: la selva de Rudyard Kipling, donde tienen lugar las historias de Mowgli y en la que hallaron respuesta los animales del álbum Sucedió Así. Cuentos. También, se expone una selección de Hijo de Dragones, obra escrita por Sébastien Perez.


En resumen, tres universos con reglas propias. Mundos creados a partir de historias que beben de otras historias, estilos definidos y personales, y una buena dosis de imaginación, dispuestos a conmover a quien se anime a entrar en ellos.

domingo, 27 de mayo de 2018

EL NIÑO QUE OLÍA A LIBRO NUEVO


Mis padres no pudieron darme mucho. Crecí en una familia humilde, y los lujos estaban de más. No salíamos a comer fuera, ni tampoco había muchos juguetes. Al cine un par de veces al año, y con las entradas que le regalaban a mi padre en la sucursal del banco, poco más.

Y sin embargo fui un niño rico y feliz. Porque nuestro Citroen tenía 17 años cuando se jubiló y no tuvimos tele hasta que yo cumplí los cinco, pero teníamos libros. Ediciones en papel biblia y forradas en plástico con las obras completas de Julio Verne, Walter Scott y Rudyard Kipling. Tomos pequeños en rústica de Tarzán de los Monos y John Carter de Marte, de La Sombra y Doc Savage. Libros viejos, antiguos, polvorientos. Muchos eran de mi abuelo, tenían el papel de color casi marrón. Algunos, como el Círculo del Crimen —donde salía Fu Manchú, señores—, tenían las esquinas rotas o quebradizas. Otros estaban en francés —idioma que nunca he conseguido entender— o en inglés, en el que me defendí desde pequeño gracias a Astounding Stories y un millar de novelas pulp. Un amable librero las ponía en una caja de cartón en la Cuesta de Moyano, y yo me gastaba mis cien pesetas de asignación en tres o cuatro, más alguna que intentaba escamotearle mientras él se hacía el loco y fingía que no me veía.

Cuando llegaba junio, yo iba cada fin de semana a pasear por la feria. Cogía una bolsa y la llenaba de todo lo que pudiese conseguir gratis. Catálogos, puntos de lectura, folletos, globos y caramelos. Como siempre he sido bajito, mis ojos alcanzaban sólo hasta la primera fila del mostrador, donde se colocan siempre las novedades más jugosas. Aquellos enormes tomos en tapa dura, con brillos, el papel blanco y nuevo.

Y el olor.

El olor a libro nuevo me entraba por las fosas nasales —recordemos que no me tenía que agachar— y me volvía loco. Era como un paseo por un oasis a un hombre sediento al que le han cosido la boca. Era impensable gastar 1.200 o 1.500 pesetas en aquellas ediciones, y aún así mi padre siempre, siempre, me daba un billete de los verdes, aquellos con la cara de Galdós, y me decía que escogiese bien. Lo cual era aún peor, porque así alcanzaba para libro y medio de bolsillo, y los libreros siempre han sido reticentes a vender medio libro. Yo perseveraba y hacía lo que podía, y sin embargo siempre volvía a casa frustrado y llorando, pensando en todos aquellos tesoros que dormirían allí aquella noche, y que nunca podría poseer.

Aquello fue mi verdadera riqueza. Al no darme nada, mis padres regalaron el amor más grande que un ser humano puede desarrollar. Y aún hoy no puedo pasear por la feria, subirme a una de esas butacas y firmar los libros, rodeado de novedades, sin recordar al mocoso que lloraba camino de casa, dejando todo aquello atrás.

Bienvenidos a la Feria.

Juan Gómez-Jurado 

viernes, 20 de abril de 2018

EL SÉPTIMO CÍRCULO DEL INFIERNO


El KGB, el régimen nazi, la Inquisición, las guerras, el FBI, el gobierno chino, el hambre, la pérdida de un ser querido, la enfermedad, el exilio, la censura... Muchos son, en efecto, los infiernos de la literatura a los que se han tenido que enfrentar escritores y escritoras de todos los tiempos.

Este el tercer libro donde Santiago Posteguillo nos contagia su amor por los libros y en especial por los autores cuyo genio y talento hizo que del infierno salieran con obras que nos acompañan en muchos momentos. Antes fueron La Noche en que Frankenstein Leyó el Quijote o La Sangre de los Libros, donde nos contaba la historia oculta de los libros o de sus autores.

El título del libro viene del interrogatorio a Vera Caspary, autora de novela negra, por el Comité de Actividades Antiamericanas al acusadanrla de ser comunista: le amenazaron con convertir su vida en un infierno, y ella les replicó que la dejaran en el séptimo infierno (el círculo donde Dante en La Divina Comedia sitúa a los asesinos).

                Ya en el prólogo Posteguillo nos advierte:

Muchas son las circunstancias terribles en las que se generan los libros. Esto no es porque a los autores les gusten los problemas, las dificultades y las penurias. Es simplemente porque los libros, desde siempre, ya sean poemas, obras de teatro, ensayos o novelas, han sido perseguidos, y los que persiguen son muy buenos en crear infiernos perfectos, totales, completos para los creadores a los que buscan acorralar. Lo que les duele a los perseguidores, lo que no terminan de entender es cómo es posible que incluso en esos infiernos se escriba tanto y tan bien (...)

El séptimo círculo del infierno intenta mostrar algunos de estos mundos terribles, de estos momentos duros, y cómo grandes escritores y autoras de todos los tiempos supieron superarlos, doblegarlos, romperlos y, al hacerlo, regalarnos maravillosas obras de la literatura.

                Y el autor, cual nuevo Virgilio, con su prosa amena nos acompaña en este viaje a los infiernos, y nos va mostrando anécdotas y curiosidades sobre diversos escritores. Y de esta manera, por sus páginas se pasean Safo, Rustichello da Pisa (con Los Viajes de Marco Polo), Cristina de Pizán (que a finales del siglo XIV en La ciudad de las damas escribe un manifiesto en favor de los derechos de la mujer), sor Juana Inés de la Cruz, Kipling, Zenobia Camprubí, Saki, Concha Espina, Pearl S. Buck, Carson McCullers, Imre Kertész, Mijaíl Bulgákov, Julia de Burgos, entre otros muchos.

                Es de agradecer que, hasta bien entrado el capítulo, en ningún momento Posteguillo desvele de quién está hablando, lo cual favorece la intriga y el interés del lector.


martes, 6 de febrero de 2018

EL LIBRO DEL CEMENTERIO


            Enviado por Ángel:

Escuchad esta trágica historia: una familia que duerme, un asesino sin compasión y una criatura aventurera, un huérfano que escapa de la muerte. ¿O no?
El pequeño escapa del peligro y consigue gatear hasta lo más alto de la colina. Detrás de la valla que se encuentra, existe un lugar oscuro y tranquilo, un cementerio lleno de una vida especial. El niño es recibido allí donde los muertos no duermen y todos los que allí habitan deciden brindarle su protección, porque fuera, tras la valla que separa a la ciudad de sus fantasmas, el asesino vil espera pacientemente.

El niño sin padres, sin lugar en el mundo, sin nombre, será acogido por los espíritus amables, que hacen un pacto para protegerlo. Lo llamarán Nadie, porque no se parece a nadie más que a sí mismo. Será Nad para sus “padres”, Nad para sus compañeros de juegos, niños que nunca más crecerán, Nad para su mentor. Y Nadie para el hombre que lo busca para matarlo.

En esta novela de corte fantástico, Neil Gaiman nos deleita con su forma de narrar entrañable y divertida, y, al hacerlo desde la perspectiva de un niño acostumbrado a lo sobrenatural, nos acerca de una forma curiosa a todo lo que rodea al cementerio y los muertos. La historia está repleta de guiños a otros libros o comics: el nombre del protagonista, Nadie, nos evoca al Ulises de Homero, que tiene que pasar mil y una aventuras hasta que regresa a su hogar, pero también al Little Nemo de Winsor McCay (recordemos que Nadie en latín es Nemo, y, curiosamente, el personaje de esta tira cómica viste siempre un camisón de dormir igual que nuestro protagonista). También al Libro de las Tierras Vírgenes de Kipling, donde un niño es criado por una sociedad extraña.  Y el hecho de que el niño se quede huérfano nada más comenzar y el asesino quiere volver sobre él, nos recuerda al Harry Potter de J. K. Rowling.

Gaiman nos atrapa con la atmósfera que crea para este cuento y envuelve todas las historias que encontramos en él. Cada capítulo trata sobre una aventura del pequeño Nad, quien al principio tiene ciertos poderes como los muertos, poderes que irán desapareciendo conforme Nad crezca. Conoceremos a los Owens, la familia fantasma que lo adopta; Silas, su tutor, que curiosamente no es un muerto; la señorita Lupescu, que tendrá que sustituir algunas temporadas a Silas; Cayo Pompeyo, un romano; el escritor Victor Hugo, que ahora es un ghoul; Thackeray Porringer, que fue enterrado con un ejemplar de Robinson Crusoe, que Nad irá leyendo; Jack, el asesino, que tiene oscuras razones para su crimen; Scarlet, la única amiga no muerta de Nad, a quien conoce en la infancia y volverá a encontrarla en el futuro. Conforme crece, Nad tendrá que conocer el mundo de los vivos e irse integrando en él (por ejemplo, cuando asiste al colegio y se enfrenta a los matones), pero el joven nunca acaba de sentirse parte completa de ninguno de los dos mundos y no tarda en querer conocer más del lado de los vivos, a pesar del peligro que le acecha constantemente fuera de la protección que le brinda el cementerio, aunque sabe que tarde o temprano tendrá que enfrentarse a ese mundo al que en realidad pertenece y todo lo que ello conlleva.

PREMIO HUGO 2009
MEDALLA NEWBERY 2009
PREMIO LOCUS 2009
MEDALLA CARNEGIE 2010

jueves, 10 de noviembre de 2016

LA LIBRERÍA DE LAS NUEVAS OPORTUNIDADES


Érase una vez una vieja librería en la pequeña y lluviosa isla de Shelter Island...

 A ese lugar tan especial, donde los libros parecen tener vida propia, llega un día Jasmine, dispuesta a hacerse cargo del negocio mientras la propietaria, su tía Ruma, viaja a la India para curar su corazón cansado. Sola en medio del polvo y el desorden, la joven intenta dar un toque de modernidad al local, colocando títulos nuevos y llamativos en el escaparate, pero muy pronto los clásicos de siempre imponen su presencia, y los autores vivos y muertos revolotean por las estanterías dejando oír su voz. Así Jasmine vuelve a descubrir a Shakespeare, Jane Austen y a Edgar Allan Poe, y no solo eso: la chica aprende a escuchar a sus clientes, a comprender lo que de verdad buscan en una novela o en un manual de cocina, y acabará encontrando al hombre con quien compartir todos los libros de su vida.

Esta novela de Anjali Banerjee  es un pequeño homenaje a la literatura, por las referencias y citas de títulos y autores clásicos, cuyas voces ayudan a Jasmine tanto a aconsejar libros a sus clientes, como a reflexionar y sobreponerse a su divorcio, rencauzando su vida personal. Por sus páginas desfilan Kipling, Beatriz Potter, Jane Austen, Mark Twain, Poe entre otros, con lo que casi podemos considerar a la librería, un edificio victoriano, como un personaje más. Todo ello aderezado con la cultura y gastronomía hindú. ¡Ah, por cierto!, parte de la obra, casi todo lo relacionado con el divorcio, me recuerda una deliciosa película, Bajo el Sol de la Toscana, aunque en ésta sólo subyace el espíritu de Federico Fellini.

La narración es fluida, se lee rápido, con muchos diálogos y pocas descripciones, lo que nos hace avanzar rápidamente en la lectura. Jasmine, al narrarnos ella la historia, nos muestra lo que piensa y siente.

domingo, 17 de abril de 2016

LA ROCA DEL CONSEJO


Padre Lobo esperó a que los cachorros fueran capaces de corretear. Entonces, la noche en que se reunía toda la manada, los cogió, junto con Mowgli y Madre Loba, y se los llevó a la Roca del Consejo. Era una cima rocosa, llena de guijarros. El espacio era tan amplio que se podían reunir, bien guarecidos, hasta cien lobos. Allí estaba Akela, el Lobo Gris, enorme y solitario, echado sobre su piedra de presidente. Su fuerza y su habilidad le habían llevado a jefe de la manada. Debajo de el había hasta cuarenta lobos de toda edad y pelaje: los fuertes, que lo habían demostrado cazando en solitario un gamo, y los que sólo podían presumir de sus futuras hazañas. El Lobo Solitario era el guía de todos ellos desde hacía un año. Ya era leyenda el que había caído, siendo joven, por dos veces en una trampa. Y que en otra ocasión había sido apaleado hasta ser dado por muerto. Así pues, tenía sobrados motivos para conocer lo que eran los hombres. Poco se habló en aquella reunión. Los lobatos armaban un jaleo enorme. De cuando en cuando, uno de los lobos viejos se acercaba a un cachorro, lo miraba con la mayor atención y se volvía a su sitio. Y todo ello se hacía en perfecto silencio. Luego, la madre acercaba su lobato al círculo para que, a la luz de la Luna, todos los lobos pudieran ver perfectamente a su cachorro. Akela, desde su roca, gritaba:
––Ya sabéis lo que dice la Ley. Lobos, mirad bien.
Y las madres, nerviosas y preocupadas, insistían en lo que Akela había dicho:
––Lobos, mirad bien, mirad bien.
Al final ––momento en que Madre Loba sintió un escalofrío––, Padre Lobo empujó hacia el centro del claro a Mowgli, la Rana. El cachorro humano se sentó y sonrió al mismo tiempo que jugaba despreocupado con algunos guijarros que brillaban a la luz de la Luna.
Akela, sin prestar demasiada atención ni levantar la cabeza, continuó su cantinela: Mirad bien. Se oyó un rugido detrás de las rocas. Era Shere Khan que gritaba:
––El cachorro humano es mío. Dádmelo. Nada tiene que ver con el Pueblo Libre de los lobos.
Akela no hizo un solo movimiento y continuó gritando:
––Mirad bien, lobos. ¿Tiene algo que ver el Pueblo Libre con lo que venga de alguien ajeno a él? Miradlo bien.
Se oyó claramente un coro de gruñidos. Un lobo de unos cuatro años se hizo eco de la pregunta de Shere Khan y se dirigió a Akela:
––¿Qué tiene que ver el Pueblo Libre con una cría humana?
Hay una Ley de la Selva que dice que cuando aparezcan dudas sobre el ingreso de un lobo en la manada, su derecho tiene que ser defendido al menos por dos congéneres que no sean sus padres.
––¿Quién defiende los derechos de este cachorro? ––preguntó Akela––. ¿Quién entre los miembros del Pueblo Libre habla en su favor?
Hay un animal de otra especie, el único, que puede tomar parte en el Consejo de la manada. El oso, siempre soñoliento. Es el encargado de enseñar a los lobatos la Ley de la Selva. Baloo, con muchos años a sus espaldas, puede ir por todas partes. A nadie estorba. Sólo come nueces, raíces y miel. Se levantó sobre sus patas traseras y dijo:
––¿El cachorro humano? Quiero hablar en su favor. ¿Qué mal puede hacernos? No soy un brillante orador, pero pienso que debe ser integrado totalmente en la manada. Yo me encargaré de enseñarle.
––Es preciso que ahora hable otro ––dijo Akela––. Ya ha hablado Baloo, el maestro de nuestros lobatos. ¿Quién sigue en el uso de la palabra?
En aquellos momentos se deslizó hacia el centro del círculo una sombra. Era Bagheera, la pantera negra, de un negro de tinta desde la cabeza a la cola. La luz hacía aguas en su brillante piel. Todo el mundo la conocía. Y era temida y respetada. Reunía en sí la astucia de Tabaqui, la insolencia de un búfalo salvaje y la fiereza de un elefante herido. Pero su voz era dulce como la miel y su piel más suave que el plumón.
––Akela ––dijo como en un susurro––, y también todos vosotros que pertenecéis al Pueblo Libre. Se que no tengo ni voz ni voto en vuestras asambleas. Pero vengo a recordaros que hay una Ley en la Selva que otorga la posibilidad de comprar un cachorro por un precio justo, salvo en el caso de que el cachorro se haya hecho merecedor de la pena de muerte. Y nada dice la Ley sobre quién puede ofertar para que la compra se haga efectiva. ¿Estoy o no en la verdad al interpretar la Ley?
––Está bien ––dijeron los lobos jóvenes, siempre hambrientos––. Que hable Bagheera. Está claro que se puede poner un precio al cachorro. Es lo que dice la Ley.
––Habla ––gritaron a la vez un montón de voces.
––Pienso que es una vergüenza matar a un cachorro desnudo. Creo que os puede ser muy útil para la caza. Baloo ha hablado ya en su defensa. A lo que el ha dicho, añado yo ahora la oferta de un toro, un animal enorme que acabo de matar y que está cerca de aquí. El toro por la cría de hombre, según la Ley. ¿Estáis de acuerdo?
Siguió un confuso clamor que decía:
––No es un problema. De todos modos, se va a morir en cuanto lleguen las lluvias. Y si logra pasar el invierno, lo abrasarán los rayos del sol. Una Rana como ésta no puede perjudicar a la manada. Que sea uno más entre nosotros. Bagheera, ¿dónde está el toro? Aceptamos tu propuesta.
Entonces volvió a oírse el ladrido penetrante de Akela, que apremiaba:
––¡Miradlo bien! ¡Miradlo bien!, lobos de la manada.
 Mowgli estaba tan entretenido en sus juegos que no prestó atención cuando uno a uno se le fueron acercando los lobos. Se alejaron todos en busca del toro muerto. Se quedaron solos Akela, Bagheera, Baloo y la familia de Mowgli.
La noche repetía los rugidos de Shere Khan. Estaba rabioso. Otra vez se le había negado la presa.
––Amigo, ruge cuanto quieras ––le dijo insolentemente Bagheera––. Y acuérdese su señoría de lo que en estos momentos le digo: llegará un día en que esa cosa que tiene ahí delante desnuda le hará rugir, pero de una manera bien distinta.
––Hemos obrado sabiamente ––dijo Akela––. Con el tiempo los hombres se hacen muy prudentes. Nos puede ser de gran utilidad para la caza.
––Sí ––ratificó Bagheera––. Puede sernos de gran utilidad. Nadie es jefe de la manada para siempre.
Akela pensó profundamente en un hecho que con el tiempo debía producirse: le empezarían a faltar las fuerzas. Sería considerado un elemento inútil y le condenarían a muerte. Otro le sucedería; y así se continuaría el ciclo indefinidamente.
––Llévatelo ––le dijo a Padre Lobo––. Enséñale todo lo que debe saber uno de nuestra raza.
Y ésta es la historia de cómo Mowgli entró a formar parte de la manada de los lobos Seeonee. Su rescate fue un toro y su gran defensor, Baloo.

Rudyard Kipling, El Libro de la Selva

Os dejo con el trailer de la última versión cinematográfica de esta novela

lunes, 11 de abril de 2016

EL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS


«¡Bienvenido a mi casa! ¡Entre libremente y por su propia voluntad!», tales son las frases con las que el conde Drácula recibe en su castillo a Jonathan Harker, el procurador que le visita para cerrar la compra de una casa en Londres. Jonathan Harker nos describe, en las primeras páginas de su diario de viaje, la abrupta belleza de los parajes que recorre, los montes Cárpatos, y las costumbres de los campesinos: sus comidas bien condimentadas, su carácter adusto, su desconfianza ante los extranjeros. Una de esas noches, Harker pernocta en un hotel llamado irónicamente Corona de oro. Allí recibe una nota del conde en la que le indica qué tiene que hacer para llegar a su castillo. Una anciana le pide que no lo haga. «¿Sabe adonde va y a lo que va?», le pregunta. Al ver que no puede retenerle, le entrega un rosario, y le pide que se lo ponga al cuello. Jonathan sigue su camino preso de una angustia indefinible. «No sé si se debe al temor de la anciana», escribe, «a las múltiples tradiciones fantasmales de este lugar, o al propio crucifijo, pero no me siento ni mucho menos tan tranquilo como de costumbre. Si este cuaderno llegase a manos de Mina antes que yo, que sea portador de mi despedida».
Mina es su prometida, y será la verdadera protagonista de esta novela de la que Oscar Wilde dijo que era la más bella escrita jamás. Es extraño un calificativo así referido a un libro que habla de la desgracia de existir, de un mundo presidido por la abyección y el mal. Una noche pasa algo de gran significado en la historia. Jonathan está en su habitación, afeitándose frente al espejo, y se hace un pequeño corte en la mejilla. Al momento descubre la mano del conde sobre su hombro. No le ha sentido entrar y ve con horror que este no se refleja en el espejo. La visión de la sangre enloquece un momento al conde que, tras romper el espejo en mil pedazos, se va excitado de la habitación. Jonathan Harker merodea esa mañana por el castillo, buscando una salida, hasta comprender que es prisionero de aquel extraño ser. Está oscureciendo cuando se asoma a la ventana de su habitación y ve al conde desplazarse por la pared vertical del castillo como un enorme lagarto. «¿Qué clase de hombre es este o qué clase de ser con apariencia de hombre?», anota en su diario. Y dominado por el temor concluye: «Me encuentro cercado por unos horrores en los que no me atrevo a pensar».
Pronto nos damos cuenta de que el diario, para Jonathan Harker, es algo más que una larga carta de amor dirigida a su prometida: es una forma de supervivencia. Por eso, y momentos después de contemplar la terrorífica escena del conde deslizándose como una alimaña por los muros del castillo, se pone compulsivamente a escribir. Y lo primero que recuerda es una frase de Hamlet: «Mis tablillas, rápido, mis tablillas. / Hora es ya de que lo escriba». Hamlet escribe para no ser arrebatado por la locura, Jonathan Harker como una forma de afirmación de su humanidad frente a las fuerzas destructoras del mal. Rudyard Kipling dice que el narrador es el más solo de los hombres, debe vigilar el sueño de los demás: es el que apaga la luz. El diario de Jonathan Harker es esa lámpara encendida en la oscuridad del castillo de Drácula. La llama que trata de preservar la luz de la conciencia en un mundo presidido por Tánatos, el genio alado de la muerte.
Este diario de apenas setenta páginas contiene toda la novela. Una novela admirable que, cien años después de ser publicada, sigue manteniendo intacta su capacidad de seducción, y que ha hecho del conde Drácula una de las criaturas más deseadas y temidas de la literatura universal, morador por igual de nuestras pesadillas y de nuestras ensoñaciones eróticas. La novela de Bram Stoker habla de nuestra parte maldita. Tres son sus temas centrales: la oscuridad del deseo, el vampiro como doble sin rostro del hombre, y la escritura como forma de conocimiento y espacio de humanidad.
Detengámonos, ahora, en cada uno de ellos.

LA PREGUNTA POR EL DESEO

En uno de los pasajes más escalofriantes del diario de Jonathan Harker, este nos narra su encuentro con los otros habitantes del castillo. Son tres lujuriosas mujeres que irrumpen inesperadamente en su habitación, aprovechando la ausencia del conde, su amo y señor. Poseen una perturbadora belleza y se acercan excitadas a Jonathan. Son tres vampiras y, aunque este se da cuenta enseguida de que algo maléfico las impulsa, no puede evitar caer bajo su hechizo. «Mi corazón», escribe, «se inflamó con un deseo malvado y ardiente de que me besaran con aquellos labios rojos». Y añade: «Era como la dulzura intolerable y estremecedora de unas copas de cristal en las que jugueteara una mano hábil».
Representan, como la Lilith bíblica, el lado oscuro y perverso del ser femenino, la amenaza de una sexualidad libre, sin las ataduras de la religión o las convenciones sociales. Primo Levi, en su relato Lilith, describe así a la primera compañera de Adán: «A ella le gusta mucho el semen del hombre, y anda siempre al acecho de ver adonde ha podido caer (generalmente en las sábanas). Todo el semen que no acaba en el único lugar consentido, es decir, dentro de la matriz de la esposa, es suyo: todo el semen que ha desperdiciado el hombre a lo largo de su vida, ya sea en sueños, o por vicio o adulterio. Te harás una idea de lo mucho que recibe: por eso está siempre preñada y no hace más que parir». Ese semen desperdiciado, el que tiene que ver con los sueños y los deseos inconfesables, es el símbolo de esa sexualidad oscura y siempre ávida de nuevas víctimas que representa el vampiro.
Drácula, escrita en plena época victoriana, habla con un atrevimiento insólito en su época del deseo sexual. Ese deseo no solo aparece en los merodeos nocturnos del conde, sino en el consentimiento de sus víctimas. Una de las leyes que rigen el mundo de los vampiros es que estos solo pueden entrar en una casa si alguien los llama desde su interior, lo que explica la frase con que el conde recibe a Jonathan Harker: «Entre libremente». Es decir, porque así lo desea. Es Jonathan Harker el que desea besar los labios rojos de la vampira, y serán, más tarde, Lucy y Mina las que llamen al conde a su lado para ofrecerse a él. Las escenas de esa entrega son de una intensidad sexual que todavía hoy, en que la sexualidad ha dejado de ser un tabú, nos hacen estremecernos, y cabe imaginar lo que debió suponer en su tiempo leer unos pasajes como estos.
El poder del vampiro, su increíble poder de fascinación, proviene de que nadie como él conoce los deseos de sus víctimas. Si Mina y Lucy, las dos encantadoras protagonistas de esta novela, sucumben a él, es porque les ofrece lo que ellas mismas desean sin darse cuenta. Como si la Lilith bíblica alentara en sus corazones juveniles, y solo esperara el momento oportuno para despertar de su sueño y regresar al mundo.
Drácula, la novela de Bram Stoker, nos enseña que no somos dueños de nuestros deseos, por eso nos perturban. No es cierto que nuestro cuerpo nos pertenezca, siempre pertenece a otro: a aquel o a aquella que lo hace despertar. Mina y Lucy rechazan todo lo que el conde representa —la oscuridad, el daño, el dominio—, y sin embargo una y otra vez lo llaman a su lado, pues inconscientemente ansían ese semen que se pierde en las noches, que no llega a la matriz de la esposa, y que representa la sexualidad libre. Pero mientras que Lucy termina devorada por esa sexualidad y por transformarse ella misma en una vampira, Mina logra sustraerse de su influjo gracias a la fuerza del amor. La historia de estas dos muchachas es sin duda el corazón del libro. Son estremecedoras las escenas en que una Lucy vampira se vuelve cazadora de niños. Y es curioso que esos niños se vayan sin dudarlo con ella. Los niños en los cuentos suelen irse detrás de las damas ensangrentadas, como si intuyeran que solo ellas pueden decirles quiénes son de verdad. El flautista de Hamelin, que se lleva a los niños detrás, es la representación de ese deseo sin ataduras, del mundo libre y oscuro del goce. Mina logra sustraerse a esa influencia fatal. El conde la hace beber su propia sangre para contaminarla, pero ella, con la ayuda de su prometido y de sus amigos, se refugia en el reino frágil y prudente del amor. Ese reino capaz de darnos el rostro que nos niega el deseo.

EL HOMBRE SIN ROSTRO

Los vampiros son monstruos que viven en el umbral de lo humano. Un monstruo es una criatura sin rostro, y la falta de rostro es una de las metáforas más puras sobre la imposibilidad de amar. La literatura fantástica ha tratado una y otra vez este tema. El hombre invisible esconde esa ausencia vendándose la cabeza, y el fantasma de la ópera la oculta detrás de una máscara. No tener rostro es también la tragedia del hombre lobo, y naturalmente del conde Drácula, que no se refleja en los espejos. La pérdida del rostro supone la caída en la animalidad o en el vacío de significación. En El Hombre Invisible, la novela de H. G. Wells, un investigador logra una fórmula con la que consigue la invisibilidad. Muy pronto, el inesperado éxito transformará su vida en una pesadilla: la pérdida del rostro implica la caída en ese mundo anómalo en que no cuentan las razones ni los deseos de los demás. El monstruo es el que no se detiene, el que mira al otro como un bocado o un rival, nunca como alguien que puede ampliar el campo de su libertad. El rostro del otro es un espejo, pero también el espacio de la alteridad. La cultura del viejo humanismo es una cultura del rostro. Nos enseña a mirar a los demás, a verlos en el momento en que dejan de ser fungibles; es decir, intercambiables por otro.
El conde Drácula vive en una noche eterna, privada de sentido, y anhela acercarse el mundo de los hombres. Es un anhelo trágico, que conduce a la muerte a quienes visita. Drácula se inclina sobre el lecho de sus víctimas y, al tomar su sangre, las destruye. Es curioso que elija sus cuellos para hacerlo, como si lo que quisiera es borrarles el rostro. «Ahora sois como yo», les dice, «y estaréis eternamente condenados a vagar sin rostro por el mundo». Arrancar al otro su rostro es cuestionar su condición humana. Drácula es enemigo de los hombres, pero no puede vivir sin su proximidad. Les necesita para aplacar su sed. Drácula no busca solo alimentarse, busca ese algo indefinible que hombres y mujeres llaman alma. Quiere arrebatarles su alma, porque él no la puede tener. Un deseo sin miedo ni sufrimiento, eso es el alma. ¿Existe algo así? No, no existe. Por eso nos atrae el conde Drácula. Su desvelo eterno habla de esa desdicha que es en el fondo toda vida humana, de la existencia como una herida que nada puede cerrar.

EL LIBRO EN MARCHA

Drácula, entre muchas otras cosas, es una novela sobre la escritura de un libro. Un libro que lector ve crecer ante sus ojos, como esa obra que separa la razón de la locura, el mundo de los hombres del de la animalidad y el mal. Un libro colectivo, pues será la suma de lo que escriben sus distintos protagonistas. Todos los que se acercan a Drácula comparten misteriosamente esta necesidad de escribir, de contar lo que les sucede cuando se acercan a él. Y así, tras el diario de la visita al castillo del conde de Jonathan Harker, nos encontraremos con el diario de Mina y con las cartas que esta intercambia con su amiga Lucy. A estos documentos no tardan en sumarse las notas de los doctores Seward y del doctor Van Helsing. Todos ellos padecen, como Hamlet, la misma compulsión a anotar lo que ven, sin perder ni un solo momento, como si supieran que lo que está en peligro no es solo sus propias vidas, sino la misma humanidad.
Hay un momento de la novela en que Mina, consciente de la existencia del ingente material escrito que ha generado la irrupción de Drácula en sus vidas, decide ordenarlo para componer un único texto, un libro que permita seguir las andanzas de conde y anticipar sus acciones futuras. Mina construye así el libro que el lector tiene en sus manos, al tiempo que este lo va leyendo. Y de todo lo que hay escrito en ese libro lo único que verdad nos interesan son los pasajes que hablan del conde. Drácula representa lo que Nietzsche llamó la «gran razón del cuerpo», que es justo lo que niegan los sensatos diarios que leemos, como si eso tan humano de lo que no dejan de hablar, con su sometimiento a todos los convencionalismos de la época, los hiciera intercambiables entre sí y los volviera insignificantes. Solo el conde Drácula habla de lo que somos, solo en él se esconde nuestra verdad.
Las victorias de Drácula, como las del demonio cristiano, proceden de una comprensión profunda de la naturaleza de sus víctimas. El hecho de que Lucy se transforme en vampira, y que la misma Mina esté a punto de hacerlo, significa que esas damas sangrientas que tanto temen viven agazapadas en su interior. Drácula no hace sino liberarlas, pues nadie puede transformarse en algo que no es. La amenaza del vampiro está inscrita en la misma naturaleza de sus víctimas. Habla en suma de todo lo que estas son y se niegan a reconocer.
En la escena de la vampirización de Mina, todo esto aparece expresado con perturbadora y bella crueldad. Drácula se acerca a la joven y, tomándola en sus brazos, le dice que a partir de ahora será de su raza, será carne de su carne, sangre de su sangre, su compañera y su ayudante. Luego posa una mano sobre su hombro para sujetarla y, tras desnudar su cuello con la otra, se inclina sobre ella para beber su sangre. Y, al día siguiente, Mina anota en su diario, recordando la escena: «Yo estaba desconcertada y, por extraño que parezca, no deseaba entorpecerle». A pesar de todo el horror que le produce el conde, lo que Mina nos dice es que deseaba entregarse a él.
Pero no solo es Mina la que cae bajo el influjo de Drácula, sino que también este se siente turbado, al menos unos instantes, por la irrupción de un sentimiento nuevo, incompatible con su naturaleza demoníaca: la intuición del amor humano. Así es, en efecto, como el doctor Seward describe el comportamiento de Drácula en la misma escena: «A pesar de las circunstancias, me resultó curioso observar que, en tanto que el rostro (del conde), blanco de cólera, se agitaba convulso sobre la cabeza inclinada de la mujer, las manos acariciaban tierna y amorosamente su cabello revuelto».
Drácula representa el mundo del deseo sin límites, sin moral, sin posibilidad de aplazamiento o renuncia; Mina, el mundo paciente e inquieto del amor humano, tan cercano a esa escritura que trata de liberarse de la tiranía de las convenciones sociales y atender las razones del cuerpo. Y lo perturbador de esta novela es que nos dice que esos mundos no pueden dejar de estar juntos. El deseo le pide al amor que prolongue sus goces, y el amor le pide al deseo que no le deje sin locura. Ambos buscan lo que no puede ser: las nupcias entre la vida y la muerte.

Gustavo Martín Garzo

domingo, 20 de septiembre de 2015

RUDYARD KIPLING: ALGO DE SÍ MISMO

Coincidiendo con el 150 aniversario del nacimiento del autor de El Libro de la Selva y El Hombre que Pudo Ser Rey, la Biblioteca Nacional acaba de inaugurar la exposición Rudyard Kipling (1865-1936): Algo de sí mismo, que puede visitarse hasta el 7 de noviembre en la antesala del Salón de Lectura de la sede principal de la institución, en Madrid.

La muestra bibliográfica incluye numerosos ejemplares de las obras del Nobel de Literatura, un escritor de enorme talento e imaginación que cultivó con maestría tanto la narrativa larga como la corta, con novelas y cuentos, sin olvidarse de la poesía, a través de composiciones como su famoso 'Si...' incluido en su poemario 'Hadas y recompensas'. Distintas ediciones de sus libros de viajes así como de su autobiografía inacabada ('Algo de mí mismo') también tienen presencia en la exposición.

Su obra alcanzó fama mundial, siendo traducida a numerosos idiomas y, en 1907, la Academia Sueca reconoció la calidad y originalidad de su obra otorgándole el Nobel de Literatura, siendo el laureado más joven hasta la fecha con tan solo 42 años.

                Aquí tenéis su poema Si, y en el vídeo la versión recitada del actor Harvey Keitel:

Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor
todos la pierden y te echan la culpa;
si puedes confiar en tí mismo cuando los demás dudan de tí,
pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda;
si puedes esperar y no cansarte de la espera,
o siendo engañado por los que te rodean, no pagar con mentiras,
o siendo odiado no dar cabida al odio,
y no obstante no parecer demasiado bueno, ni hablar con demasiada sabiduria...
Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen;
si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo;
si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso (desastre)
y tratar a estos dos impostores de la misma manera;
si puedes soportar el escuchar la verdad que has dicho:
tergiversada por bribones para hacer una trampa para los necios,
o contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida
y agacharte y reconstruirlas con las herramientas desgastadas...
Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos
y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta,
y perder, y comenzar de nuevo por el principio
y no dejar de escapar nunca una palabra sobre tu pérdida;
y si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos
a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza,
excepto La Voluntad que les dice "!Continuad!".
Si puedes hablar con la multitud y perseverar en la virtud
o caminar entre Reyes y no cambiar tu manera de ser;
si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte,
si todos los hombres cuentan contigo pero ninguno demasiado;
si puedes emplear el inexorable minuto
recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos
tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.