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jueves, 10 de junio de 2021

A VECES HAY SECRETOS DONDE MENOS LO ESPERAMOS

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 A vuestro alrededor, a todas horas, incluso en este mismo momento, puede estar pasando algo extraordinario. Algo propio solo de las historias más alucinantes. Pero aunque lo descubrierais, aunque vierais todas esas cosas extrañas, aunque os lo contasen todo de primera mano, seguramente no lo creeríais, porque nos han convencido de que todo tiene una explicación lógica, de que hay ciertos hechos reales y otros que no lo son.

Y así es como os hacen creer, entre otras cosas, que la magia no existe.

Pero sí existe. Y yo estoy aquí para descubriros la verdad.

Me llamo Yeray y voy a contaros mi historia. Tranquilos, pese a esta entradilla propia de conspiraciones, esto no va de contaros ningún drama, sino de compartir algo que el mundo tiene que saber porque es jodidamente genial.

Me llamo Yeray y tengo poderes.

Y no os he dicho lo mejor: tengo poderes siendo de España.

Lo sé, lo sé. Si viviese, no sé, en Londres y tuviese poderes, quizá no os sorprendería, porque esa gente siempre se lleva la parte divertida. Todo lo que mola, ¿sabéis? Quiero decir, se supone que Potter y su panda podían ir por ahí volando y lanzándose hechizos o escondiendo casas enteras de ojos muggles. Y los yanquis, lo mismo: tienen todo tipo de historias mágicas en la actualidad y peleas épicas a pie de calle entre tipos con armaduras chulas o movidas genéticas que les dan una fuerza brutal para poder luchar contra el mal y toda esa mierda.

Sin embargo, en España nunca pasa nada mágico ni guay.

«Pero, Yeray, lo que has dicho son solo historias. Cuentos. No pasan de verdad».

Eso díselo a alguien a quien le guste Harry Potter y siga resentido porque no le llegó la cartita de Hogwarts a los once años. Y si eres un resentido porque no te llegó la carta, no te preocupes: a mí tampoco. Pero ya os he dicho que tengo poderes. Y esto no es ninguna historia inventada: esto es la realidad.

Siendo justos, no tengo poderes, en plural. Tengo solo uno, pero me sobra.

Puedo teletransportarme.

Y es brutal.

El día que me enteré de lo que podía hacer estaba harto de pasar horas y horas en el autobús para visitar a mis abuelos en Asturias. En aquel momento deseé con todas mis fuerzas estar ya en la estación y ¡pum!, de pronto me encontraba allí, varias horas antes de lo previsto, desorientado y sin saber muy bien qué había pasado. Pensé en aparecer en el autobús y ¡pum!, estaba de vuelta. Al viejo que iba a mi lado casi le dio un infarto de la impresión, lo que me convenció de que todo había ocurrido de verdad y que no había sido un sueño. No lo volví a intentar durante ese trayecto para que el viejales no se muriera en el sitio y, cuando me preguntó si me había ido a algún lado, le dije que eso era imposible.

Pero la palabra «imposible» hace mucho que no forma parte de mi vocabulario. No existe nada imposible, solo aquello de lo que todavía no tenemos pruebas.

Eso pasó cuando era un criajo de diez años, así que ahora que tengo diecisiete para mí es tan natural aparecer en cualquier lugar como para cualquier otra persona coger el metro. Ni os cuento lo que me ahorro en transporte.

En realidad, me ahorro mucho de muchos lados. Igual no es lo más inteligente admitir que soy un delincuente, pero, como no os vais a creer nada de lo que os cuente, ¿qué más da? Menos se lo creerá la policía. Si esto llegase a sus oídos, seguramente pensarían que son los desvaríos de un tipo que juega mucho a videojuegos o ha visto muchas películas de Marvel (y yo hago las dos cosas, pero eso no impide que esto sea verdad). Así que confesaré: uso mis poderes para robar. ¿Habéis visto la película de Jumper? El prota es un crack que va dando saltitos de un lugar a otro y enriqueciéndose robando bancos. Pues yo igual. No robo bancos (aunque debería, teniendo en cuenta que ellos hacen eso mismo con nosotros, pero eso es otra historia) porque tampoco necesito tanto. Solo lo justo para ir tirando, no sé si me explico.

A ver, para que lo entendáis, y estoy seguro de que esto sí os parecerá muy real: las cosas en España andan jodidas, con esta crisis de la que todo el mundo quiere sacarnos pero nadie lo hace. Mi padre está en paro desde hace varios años y mi madre nos dejó no hace mucho, porque nuestra sociedad está superevolucionada para todo, excepto para curar el cáncer. De modo que solo somos mi padre y yo, y hay que salir adelante como se pueda.

Y-yo-puedo-aparecer-donde-quiera-cuando-quiera.

Venga, no me jodáis: cualquiera haría lo mismo.

Es muy fácil: si no quieres llamar la atención, no das grandes golpes. Fichas a tu objetivo (gente rica o grandes empresas, no seáis cabrones si tenéis la oportunidad de ser maestros del robo como yo; los de abajo ya estamos lo suficientemente mal como para ir unos contra otros) y vas robando pequeñas cantidades, siempre en metálico, u objetos fáciles de revender. Nada demasiado llamativo. Ni siquiera necesito colarme en casas la mayor parte de las veces, y menos mal: mis poderes molan mucho, pero necesito como mínimo una referencia visual para aparecer donde quiera. No puedo inventarme lugares. Eso sí, con una simple imagen, asunto arreglado. Y ahora mismo, lo más fácil del mundo es encontrar fotos o vídeos de sitios en donde sobra la pasta, os diré. ¿Habéis visto la de famosos que muestran sus casas en revistas del corazón y en programas de la tele? En general, la gente siente un gran placer al enseñar su vida, desde qué come hasta las habitaciones en las que vive. Y yo solo necesito conocer un centímetro de una para colarme en ella y quedarme lo que me dé la gana. Y os aseguro que esas personas no echan en falta quinientos euros, ni mil, mientras que a otros nos solucionan la vida.

No os rayéis si sois de los que subís mil fotos a vuestras redes sociales: lo más seguro es que nunca me vaya a colar en vuestra casa. ¿Que por qué lo sé? Porque el tipo de gente a la que suelo robar no escucharía ni un segundo de una historia sobre magia; pensarían que son gilipolleces o inventos de niños.

Bueno, que me voy por las ramas. Aunque entrar en casas es la solución más lucrativa, es también la que más trabajo da: tienes que descubrir quién vive ahí, averiguarlo todo sobre esas personas, encontrar las imágenes, saber cuándo no hay nadie… Un coñazo. Por lo general, es más simple fichar a tu objetivo por la calle, dar un pequeño empujón en el momento adecuado y desaparecer sin dejar rastro. Y eso se me da genial.

Total, que un poquito de aquí, un poquito de allá…, al menos da para terminar de pagar la hipoteca y para comer, y así mi padre no se hunde más en la depresión que lo tiene consumido desde hace años, convenciéndole de que no vale para nada. Y, eh, él sí que es un crack, como lo era mi madre. Fui inesperado para ambos y ninguno tenía ni un duro por entonces: ni siquiera vivían juntos todavía. Mi madre acababa de terminar Medicina, así que se puso a estudiar para el MIR y a trabajar en cuanto pudo después de darme a luz. Mi padre abandonó Magisterio para hacerse cargo de mí. Con el tiempo, se sacó las asignaturas que le faltaban poco a poco y a distancia, y encontró curro cuando ya pudo empezar a dejarme en la guardería o con los vecinos. Fueron buenos años. Después, ni siquiera haber estudiado Medicina salvó a mi madre, y con los recortes en educación mi padre se fue a la calle.

Nos fuerzan a prepararnos para un gran futuro, nos prometen que si haces ciertas cosas tendrás una vida mejor, y en realidad nadie sabe cómo será el mundo mañana y si todo eso servirá de algo.

Pero no nos pongamos intensos, que no estoy aquí para contaros mis dramas. A mí eso no me va. Ya os he dicho lo que me va: la magia. Creo que si las autoridades conociesen el secreto de su existencia, harían redadas para encontrar a la gente que la tiene, porque es una puta droga. La mejor que he probado, y he probado algunas. (Quizá eso tampoco debería haberlo dicho, pero he venido a contar mi historia y eso incluye toda la realidad). La sensación que te deja la magia es la mezcla más perfecta de adrenalina y realización. Un subidón en toda regla, vaya. Sientes el corazón latiendo a trescientos por hora; tu cuerpo mismo parece palpitar. Tengo la capacidad de ver el mundo solo con un salto, sin límites. He ido a Japón mientras debía estar en clase y he vuelto a tiempo para la merienda; he vivido días sin noche marchándome a lugares en los que amanecía cuando aquí se ocultaba el sol. He visitado todos los continentes mientras mis compañeros hacían los deberes.

Eso sin tener en cuenta todos los preestrenos de películas y conciertos en los que me he colado a lo largo del mundo. O las notazas que he sacado sin dar un palo al agua porque he conseguido robar algún examen.

Mi vida podría ser una mierda si no tuviera poderes, pero con ellos es la hostia.

Iria G. Parente y Selene M. Pascual, Antihéroes

miércoles, 22 de marzo de 2017

ERIS


Habladme, musas, de las antiguas historias de los dioses;
de sus rencillas y sus amores, y de los pecados nunca perdonados.
Habladme de Eris, que fue castigada por su ambición,
y de cómo el Caos se atrevió a crear vida de la propia muerte…

La historia que voy a contaros ocurrió mucho después de que el Mundo Medio hubiera sido poblado por mortales y el Mundo Superior por inmortales. Mucho después de que el Universo fuera dividido en tres por Zeus y sus hermanos, separando Cielo, Mar e Inframundo.

Esta historia ocurrió cuando el poder de los divinos ya estaba repartido, y todo aquel que ansiase más tenía que armarse de astucia y artimañas para conseguirlo.

Eso fue precisamente lo que hizo Eris, diosa de la Discordia, capaz de hacer reinar el caos entre humanos y deidades por igual.

Ella ansiaba más poder del que se le había dado, y pensó que la forma de conseguirlo era engañar a uno de los tres grandes dioses para robarles su fuerza y su reino. Su mirada se volvió hacia Zeus antes que hacia cualquier otro: pensó que si conquistaba al rey, este sería capaz de desterrar a su propia esposa, Hera, para darle el título de reina a ella. Pero, aunque el Caos sedujo al gobernante de los cielos, él nunca pensó en darle nada. Podría haberlo matado entonces, pero su idilio había despertado la atención y el desprecio de Hera, siempre celosa y vengativa, por lo que decidió retirarse de aquel terreno para conquistar alguno más sencillo.

Se fijó entonces Eris en el reino de Poseidón, pero aquel lugar no la agradaba: era frío y húmedo, y no estaba lo suficientemente apartado como para hacer lo que se le antojase sin estar bajo la vigilancia de los demás dioses. De igual modo, en los mares solo se puede plantar el caos de las tormentas y los naufragios, y aquello le parecía poco ambicioso.

Solo quedaba entonces una opción: el Inframundo era cálido y caótico en sí mismo. El sufrimiento y el terror que emanaban del Tártaro la atraían. Aunque Hades tenía como esposa a la bella Perséfone, ella pasaba la mitad del año fuera de aquellas tierras y no era demasiado poderosa. Eris no podía mantener a la reina del Inframundo alejada de sus dominios para siempre, pero quizá bastase con tomar su puesto durante un día y hacer creer a Hades que era ella. Cuando él se quisiera dar cuenta de que había sido engañado, ya sería demasiado tarde.

Así pues, cuando la puerta del Inframundo se abrió al final del verano para que Perséfone volviese a su palacio, Eris trató de embaucarla para adentrarse en el reino en su lugar. Le dijo que, de ese modo, si ansiaba pasar más tiempo con su madre podría hacerlo, que si quería toda la libertad del mundo la tendría. Incluso trató de convencerla de que Hades no la amaba, y le preguntó si de verdad ella podía llegar a querer a quien un día fue su captor. Pero Perséfone, si bien no tenía demasiado poder, era inteligente: sospechó de los trucos del Caos y se negó a aceptar su oferta, creyendo que intentaba mantenerla alejada de su trono.

Entonces Eris decidió que las cosas habrían de hacerse por las malas: planeaba gobernar sobre el Inframundo de todos modos, así que no haría falta otra reina. Por eso cortó la cabeza de su enemiga: la única forma que existe de matar a un inmortal. Eris escondió el cuerpo sin demora y tomó la forma de Perséfone como parte de su trampa, descendiendo a continuación a los Infiernos para conseguir su corona.

Hades esperaba a su esposa como al principio de cada otoño. Ajeno al engaño del que estaba siendo víctima, cuando Eris se arrodilló ante él bajo la apariencia de Perséfone, el dios la tomó en sus brazos y la besó con la pasión del primer encuentro. El hombre no vio el puñal que guardaba el Caos tras la espalda, pero supo que algo iba mal cuando no reconoció el beso de la que creía su amada. Se separó justo a tiempo de descubrir la farsa y salvar su vida, y fue campeón del forcejeo que siguió, reduciendo a la diosa y enredándola en cadenas.

Eris vio descubierta su identidad, y su castigo fue inminente.

¡Cómo lloraron los espíritus de los muertos ese día, cuando descubrieron a la bella Perséfone profanada por las crueles garras de la pérfida! ¡Cómo sufrió Hades, pues los dioses, cuando mueren, nunca pasan por su reino, y él no podría verla nunca más!

Pero la que más lloraba era Deméter, madre de Perséfone, que había perdido a su hija para siempre. Y si no estaba con ella, la vida no tenía sentido. Durante semanas, lloró por la soledad, y las plantas se marchitaron por todo el Mundo Medio. Durante semanas, fue una muerta en vida, hasta que decidió que solo le quedaba una opción: vacía como estaba, al borde de la locura y el agotamiento, tuvo sin embargo las fuerzas suficientes para cortar su propio cuello y acabar de una vez por todas con su dolor. En el mismo momento en el que lo hizo, su poder quedó libre por la tierra de los mortales, y las estaciones empezaron a sucederse sin orden ni concierto, trayendo largas sequías y espantosas inundaciones. Las cosechas se cubrieron de heladas y olas de calor abrasador azotaron las ciudades. Su pérdida dentro de los Doce, menguados a Once de pronto, trajo confusión y debates entre los dioses sobre si su puesto debía ser o no reemplazado. Finalmente, fue Hermes quien ocupó el lugar de la diosa, premiado por su fidelidad como mensajero divino durante tantos siglos.

Eris habría estado muy satisfecha de que su engaño hubiera traído al mundo la anarquía que tanto amaba, si no hubiera sido porque para entonces los Doce ya la habían juzgado. El pecado de matar a otra diosa era lo suficientemente malo para condenarla de por vida y Hera, encabezando el juicio junto a su esposo, prometió su encierro eterno. La convirtieron en estatua y construyeron a su alrededor un laberinto cuyo centro fuese imposible de alcanzar por cualquier dios conocido. Allí la dejaron, custodiada por sus vástagos, que así también recibieron su castigo por nacer del Caos: guardarían a su madre hasta el fin de los días, y así los dioses no habrían de temer que pudieran ser tan osados como lo había sido su madre.

Pero de todos los hijos de Eris, uno era demasiado pequeño para cumplir su labor de carcelero: Orión, el dios de la Vida, no era más que un recién nacido cuando su madre fue juzgada. Con él nadie sabía qué hacer, pues su poder no era cruel como el del resto de los hijos del Caos, pero al mismo tiempo no podían prever lo que pasaría si lo dejaban suelto.

Tras largas discusiones entre los Doce, Hera se ofreció a hacerse cargo del niño y a educarlo y guardarlo en su palacio. Conscientes del odio de su reina hacia Eris, ninguno de los presentes estuvo seguro de que aquella promesa guardara buenas intenciones, pero nadie se atrevió a protestar. Los dioses, al fin y al cabo, son criaturas egoístas que solo saben de bondad cuando esta les dispensa honor y gloria.

Y, así, la Vida nunca conoció la libertad.

Selene M. Pascual e Iria G. Parente, Rojo y Oro