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martes, 28 de septiembre de 2021

EL ALMACÉN DE LAS PALABRAS TERRIBLES

 

Enviado por Juan

Talia llora en el parque porque ha gritado a su madre que no la quiere y que es mejor que se vaya. Un anciano le sugiere que vaya al almacén de las palabras terribles, donde quizá tendrá la oportunidad de aprender a utilizar bien el lenguaje, ya que en ocasiones el mal uso de las palabras le ha ocasionado grandes problemas, hasta el punto de haber contribuido a que su madre se marchara de casa. Allí conoce a Pablo, un chico que se ha peleado con su mejor amigo y también busca un remedio. Unos guías les irán enseñando que las palabras pueden utilizarse como una flor o como un cuchillo.

Mientras Talia y Pablo permanecen en el almacén de las palabras terribles, sus padres y amigos viven una angustiosa espera, puesto que, para ellos, Talia y Pablo están en realidad en coma tras haber sufrido un grave accidente.

Cuando ambos se recuperan, una nueva vida llena de ilusiones y esperanzas comienza.

La novela de Elia Barceló es una reflexión sobre el poder que el lenguaje puede llegar a tener en la vida de los seres humanos. La manera más o menos correcta de utilizar las palabras puede acarrear, independientemente de su intencionalidad, graves consecuencias. También muestra las dificultades que pueden surgir en la relaciones en el seno de una familia, y la posibilidad de mejorarlas por medio de la comprensión mutua y la tolerancia.

Otros temas que podemos observar en la novela:

La amistad que aparece con diferentes aspectos: la amistad sencilla que nace entre Talia y Pablo al encontrarse por azar en el almacén de las palabras terribles; la amistad entre Ana Díaz, la madre de Talia, y su amiga Marga, cuya compañía resulta fundamental en los momentos más difíciles; la tormentosa relación entre Pablo y su amigo Jaime, quien aparece como ejemplo de fidelidad y tenacidad.

El crecimiento y el proceso de maduración que se produce en la protagonista gracias a su viaje al almacén de las palabras terribles.

La novela, en un primer momento, parece pertenecer al género fantástico. Sin embargo, aparecen una serie de personajes y un conjunto de relaciones humanas descritas de manera absolutamente realista, en situaciones cotidianas y en un contexto cercano y conocido.

jueves, 27 de mayo de 2021

EL MENSAJERO DE LOS DIOSES

 

Al abrir los ojos sintió un mareo y tuvo que apoyarse en la pared mientras sus puños se cerraban convulsivamente sobre las extrañas barras a las que se agarraba.

Paseó la vista por los alrededores con la esperanza de que el paisaje familiar lograra tranquilizarlo, pero tuvo que cerrar los ojos de nuevo, asustado. No había montañas. Ni árboles. Ni mar. Y el cielo era blanco, aunque se notaba en el ambiente que estaba a punto de hacerse de noche.

No reconocía nada. Absolutamente nada.

Se forzó a inspirar hondo, a concentrarse en ralentizar los latidos de su corazón que sonaba en su pecho como el galope de un caballo. El aire era tan frío que sintió una punzada en las sienes y tuvo que volver a la respiración superficial.

¿Qué le estaba pasando?

¿Dónde estaba?

No tenía más que abrir los ojos y verlo, pero no se atrevía. La simple idea de mirar a su alrededor le aterrorizaba.

Volvió a apretar las manos para sentir la solidez de lo que fuera que estaba tocando. No sabía qué era, pero sabía que estaba ahí y que no era amenazador. Su corazón seguía palpitando como un tambor enloquecido.

¿De qué tenía tanto miedo? ¿De abrir los ojos?

¿Por qué? ¿Qué había visto?

Intentó recordar mientras seguía con el hombro firmemente apoyado en una pared sólida y helada y los ojos fuertemente cerrados, como las manos.

Gente. Mucha gente a su alrededor. Demasiada. Suelo empedrado. Edificios muy altos. Demasiado altos. Extraños.

Estaba en una ciudad.

Estaba en una ciudad y eso era bueno, porque en las ciudades el grado de civilización es más alto, los habitantes están acostumbrados a los forasteros y nadie se mete con nadie a menos que su comportamiento sea muy llamativo.

Dejó que su mente le diera un par de vueltas al pensamiento que acababa de formular. Sacó la conclusión de que él debía de ser forastero en la ciudad. Por eso había pensado de esa manera. Pero no recordaba dónde estaba ni de dónde venía.

Se esforzó por identificar la lengua que sonaba a su alrededor. No solo era incomprensible, sino que tenía la sensación de que no era solo una, sino muchas. Le llegaban retazos de conversaciones, risas, lloriqueo de bebés, los ladridos de un perro, fragmentos de un discurso que alguien pronunciaba en un idioma desconocido..., todo sobrepuesto a un fragor constante, un rumor profundo como de olas, o más bien de ruedas. De muchas ruedas que giraran ininterrumpidamente sobre un suelo liso, como bolas de mármol sobre mármol.

Pájaros no había. Ni sonaba el viento entre los árboles. Pero el sonido de base, aunque solo aproximadamente, era el de una ciudad, el de una plaza en día de mercado. Algo conocido. Aunque la gente vistiera de un modo tan extraño como le había parecido antes de cerrar los ojos.

—¿Estás bien? —oyó de pronto a su lado, comprendiendo repentinamente la pregunta aunque sabía que la lengua no era la suya propia—. ¿Necesitas ayuda?

Abrió los ojos.

Una muchacha muy joven, bonita, de pelo castaño cubierto por un gorro blanco con una borla en la coronilla, lo miraba con cierta preocupación. Olía bien. A flores.

—Sí. No —se oyó decir, maravillándose a sí mismo—. Gracias. Ya se me está pasando. He salido de casa sin comer nada y me ha dado una especie de mareo, pero ya estoy bien.

Detrás de la chica, sirviéndole de marco, se veía una construcción enorme, de piedra gris tallada con figuras, con una altísima torre acabada en pico y un tejado empinadísimo cubierto de piedras de color, formando un mosaico geométrico. «Una catedral», dijo algo en su interior. «Un templo.»

En ese momento llegó otra chica de la misma edad, pero con el pelo tan rubio que parecía hecho de una paja muy fina; se acercó a su amiga y se le colgó del brazo sin dejar de mirarlo con una sonrisa.

—Ya estoy bien —insistió él—. En serio. Gracias por preocuparte, pero no es nada.

—Entonces ya podemos irnos —dijo la recién llegada, dándole un tirón—. ¡Venga, Lessa, vámonos!

No comprendía cómo, pero sabía que la chica morena se llamaba Celeste, o algo muy parecido, aunque su amiga la llamaba Lessa. La rubia era Susanne y todo el mundo la llamaba Nanni.

Con una última sonrisa, se separaron. Las muchachas se alejaron de él, con las cabezas juntas, seguramente comentando qué podía haberle pasado al chico guapo de la bicicleta. Las vio marchar, aunque algo de ellas, una especie de hilo rojo hecho de niebla que surgía de Lessa, se quedó enganchado a él; lo veía serpenteando entre la gente que llenaba la amplia calle. Podría encontrarlas si lo necesitaba.

Se miró las manos, que seguían agarrando las dos barras como si de ello dependiera su vida, y se dio cuenta de que, efectivamente, se trataba del manillar de una bicicleta. Grande. Azul claro. De metal. Con dos bolsas a los costados llenas de paquetes y sobres. Separó una mano y se la llevó a la cabeza. Llevaba casco, como un soldado; un casco extraordinariamente ligero. Amarillo.

Se lo quitó y lo observó con detenimiento. «Plástico», se dijo.

Estaban empezando a caer grandes copos de nieve, muy lentos, que se iban posando sobre las superficies heladas y, con bastante rapidez, iban cubriéndolo todo de blanco. El cielo se oscurecía por momentos y las luces empezaban a encenderse a su alrededor, aunque algo en su interior le decía que no era muy tarde. Las luces eran muy brillantes, de colores, y no humeaban.

El frío era cada vez más intenso. Tenía que moverse.

Metió las manos en los bolsillos del anorak y encontró unos guantes de cuero. Se los puso. Volvió a ponerse el casco y, con mucho cuidado, montó en la bicicleta, dejando que fuera su cuerpo y no su mente el que decidiera cómo hacerlo. No hubo problema. Su cuerpo recordaba.

Dobló por una calle lateral, dejando atrás la catedral. Algo en su interior sabía cómo moverse, cómo esquivar los otros vehículos más grandes, más pesados —coches— que le salían al paso.

«Estoy en Viena.» La idea le llegó como desde la nada, y en la misma lengua que había hablado con la muchacha: alemán.

«Esto es Viena. Austria. Europa central. ¡Qué curioso! Europa... La catedral es Sankt Stephan. Si sigo por esta calle, llegaré al Ring. Tengo que ir a la Neubaugasse a entregar un paquete.»

Poco a poco todas las piezas iban cayendo en su lugar, pero muy lentamente, como si tuvieran que atravesar una jarra de miel antes de caer al fondo.

«Ahora sabes dónde estás y adónde te diriges», se dijo a sí mismo en alemán, mientras pedaleaba cuesta arriba junto al Museums Quartier. «Eso no está mal, pero la pregunta crucial es... ¿quién eres?»

Curiosamente, a pesar de que sabía que era una pregunta importante, no le parecía tan espantoso no ser capaz de contestarla. Ya le acudiría, como había sucedido con lo demás. De algún modo impreciso, sabía que no era la primera vez que le pasaba algo así. Todo llegaría.

«Piensa un poco», se dijo con parte de su mente mientras la otra parte se concentraba en buscar el número correcto. «¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?»

Desmontó de la bici, comprobó la lista que llevaba y llamó al timbre.

—¿Sí? —preguntó una voz distorsionada que salía de una cajita de plástico gris. El interfono.

—Mensajero —se oyó decir, en respuesta tanto a la pregunta del desconocido como a la propia.

La palabra lo hizo sonreír. Ahora sabía quién era. Era un mensajero. Entre otras cosas. Siempre lo había sido.

Subió los cuatro pisos a toda velocidad, sin sentir apenas el esfuerzo, con pies tan ligeros como si llevara alas en ellos.

—Firme aquí.

Era una mujer de mediana edad que en su juventud debía de haber sido realmente hermosa. Tenía los ojos tan azules que no parecían naturales y el pelo del color del trigo maduro. Su figura seguía siendo esbelta, aunque tenía curvas en todos los lugares apropiados.

—Firme aquí, haga el favor —tuvo que insistir porque la señora se había quedado mirándolo fijamente, como si se estuviera esforzando en averiguar si lo conocía o de qué podía conocerlo.

Detrás de ella, en el pasillo, un enorme espejo de marco dorado los reflejaba a los dos: la espalda de ella, el rostro de él, ovalado, con el pelo más bien largo, castaño claro, barba corta, frente amplia, nariz griega, ojos oscuros y brillantes. Aparentaba unos veinticinco años.

La mujer firmó, tomó el paquete, que apenas si pesaba nada, lo dejó sobre la consola —Amazon, leyó; «¡qué curioso!, ¿un paquete enviado por una amazona?»— y le tendió una moneda que él se metió en el bolsillo sin mirarla, distraído como estaba con su reflejo.

No se reconocía a sí mismo, pero su imagen no le era desconocida. Quizá si seguía mirándose acabaría por averiguar su nombre y su identidad.

—Gracias, señora. ¡Hasta otro servicio! —las palabras salían automáticamente, sin su intervención—. Vuelva a usar Hermes cuando necesite mensajeros de confianza.

La mujer cerró la puerta con suavidad y él se quedó contemplando la mirilla dorada, un ojo brillante en la oscuridad.

Hermes.

Ahora sabía quién era.

Ahora sabía a qué había venido.

Elia Barceló, Por ti Daré mi Vida

lunes, 8 de marzo de 2021

NOSOTRAS Y VOSOTROS

 

Quiero empezar este prólogo diciendo que no creo en la literatura de mujeres. Es decir, no creo que sea una categoría objetivable, un territorio reconocible dentro del gran río de la literatura en general, al menos ahora y en las sociedades más o menos industrializadas. El mundo narrativo de un autor responde a todo lo que ese autor es; a sus sueños y sus miedos, a sus lecturas, su edad, su origen, su clase social, su lengua, sus circunstancias personales, incluso a su salud o su atractivo físico, porque sin duda la manera de contemplar la realidad de alguien sano, fuerte y hermoso debe de ser muy distinta (ni mejor ni peor para escribir y quizá hasta para vivir, pero distinta) de alguien con, pongamos, una cojera de nacimiento, o frágil y enfermizo, o físicamente muy anodino. También influye, claro, el hecho de ser hombre o mujer, pero ese rasgo está subsumido entre tal cantidad de circunstancias que no es claramente identificable. Además la feminidad y la masculinidad se están difuminando tanto, por fortuna (cada vez hay más maneras de ser nosotras, de ser ellos), que estoy convencida de que hoy en día son literariamente más rastreables los orígenes rurales o urbanos de un autor que el género sexual. En resumen, es de suponer que una escritora atrapada en el feroz sexismo del mundo talibán, por ejemplo, narrará de manera diferente a la de un varón; pero, salvo en esos extremos, las voces masculinas y femeninas son indistinguibles.

Ahora bien, es cierto que las mujeres escritoras estamos completando de algún modo la descripción del mundo. Por primera vez en la historia de la Humanidad hay tantas autoras como autores; por primera vez nuestra voz es tan pública como la de ellos (aunque seguimos estando relegadas en premios, antologías, número de críticas, valoración dentro del mandarinato cultural y demás, pero esa es otra historia). En el siglo XXI, el imaginario de hombres y mujeres es casi idéntico, pero hay unas pequeñas porciones de la realidad que sólo nosotras podemos describir y dar una forma. Tomemos, por ejemplo, la menstruación. Las mujeres sangramos durante una buena parte de nuestra existencia, a menudo con dolor; es un poderoso y turbador reloj biológico que está en el origen mismo de la vida, un rasgo animal y aparatoso que por lo general las sociedades han ocultado. Y, sin embargo, ¿puede una imaginar un símbolo más complejo y más potente de la carnalidad y la mortalidad? Si los hombres menstruaran, la literatura universal estaría llena de metáforas de la sangre. Pero no lo está, y ese vacío lo tenemos que llenar nosotras; somos las escritoras quienes debemos crear entre todas los mitos de esa sangre silenciada. Y una vez que los hayamos sacado de las profundas oscuridades del inconsciente colectivo y les hayamos dado forma, ya serán patrimonio de todos, de los hombres también, de la misma manera que yo, que detesto embarcarme y me mareo hasta en el vaporetto de Venecia, comprendo y atesoro todos los hermosos mitos del mar, gracias a los libros de Melville, Stevenson, Conrad y tantos otros. (Recuerdo ahora, por ejemplo, la bellísima novela Juegos Funerarios de Mary Renault, en la que Roxanne, a punto de heredar el imperio de Alejandro el Magno, lo pierde porque se pone a menstruar en la cabalgata triunfal, mostrando así su “debilidad femenina”).

Y lo mismo se puede decir de nuestra relación más íntima con el hecho de ser madre o no serlo, un lugar que se encuentra más allá de las palabras y que aún estamos nombrando. O de la manera en que vemos a los hombres. La literatura universal está llena de prototipos de mujeres creados por la visión masculina, unos modelos a menudo tan elocuentes y poderosos que hay mujeres que intentan parecerse más a esos estereotipos que a ellas mismas. Nada que objetar a los mitos femeninos creados por los varones: existen por lo menos en sus cabezas, y eso ya es vida suficiente. Lo que digo es que nosotras también estamos dando forma a los diversos modelos de hombres tal como los intuimos y sentimos.

Pido perdón por este largo introito, necesario para explicar mejor el por qué de Hombres (y algunas mujeres). Cuando Arturo Pérez-Reverte, Leandro Pérez y Miguel Munárriz, de Zenda, se pusieron en contacto para explicarme que en 2019 querían sacar un volumen con textos de escritoras hispanoamericanas en torno al 8 de marzo, y me propusieron que lo ideara, coordinara y editara, lo primero que pensé fue que me parecía de lo más cansino hacer el típico libro de mujeres hablando de mujeres. Vamos, que no le encontraba mucho sentido, la verdad, como es fácil deducir de lo que he escrito antes. Así que se me ocurrió que podríamos darle una vuelta de tuerca al tema y juntar un puñado de relatos que, en efecto, estén protagonizados o más bien inspirados por mujeres, pero que esas historias nos las cuente un narrador masculino. Un hombre que podría ser un mero testigo exterior que no participara en la acción, o un personaje secundario, o un antagonista, o el verdadero protagonista, pero, eso sí, influido o perseguido por el aliento final de una mujer.

Pensé que un punto de partida semejante era una buena excusa para intentar atrapar y dar forma a algunos de esos arquetipos masculinos que pululan por las resbaladizas fronteras de nuestro inconsciente. Y aún más: al ser ellos los narradores y hablar de mujeres, también podríamos indagar en sus propios arquetipos sobre nosotras, en cómo los vemos y nos vemos. Un juego de espejos vertiginoso. La ficción sirve, precisamente, para bucear en esas profundidades babélicas, para intentar poner orden y un relato comprensible en el caos de voces. Me pareció que un libro así podía jugar con el enigma de la identidad: cómo nos ven ellos, cómo los vemos nosotras, quiénes son, quiénes somos. Porque además, como decía el mexicano Sergio Pitol, el novelista (o el cuentista, en este caso) es un individuo que escucha voces, lo cual lo asemeja con un demente. ¿Y qué voces son esas? Pues las de individuos que no son como tú. Escribir ficción es hacer un viaje al otro, a los otros; y aprender cómo es la vida desde existencias distintas a la tuya. Quiero decir que yo he aprendido mucho más sobre cómo son los hombres con mis personajes masculinos que con mi convivencia real con los varones, porque en mi vida diaria siempre me relaciono con ellos desde fuera, desde mi ser mujer, mientras que al escribir un personaje masculino me meto dentro y soy él.

Esto se percibe perfectamente en todos los relatos reunidos en este libro: la sutileza, la convicción, la complejidad de la mirada de los narradores varones. Las once autoras de este libro son magníficas, por eso les pedí su colaboración (hay otras que no pudieron aceptar y otras más, también maravillosas, que no cupieron), y por eso todos sus hombres, incluso los más antipáticos (como el protagonista del afilado relato Las miniaturas de Laura Guerin, de Marta Sanz, que es veneno puro) son pluridimensionales, elocuentes, comprensibles en muchas de sus reflexiones y de sus actos. Tipos de carne y hueso, algunos tan tiernos y conmovedores como el protagonista de corazón blanco de Elvira Sastre en Lola, o tan perdidos y prohijables como el de Claudia Piñeiro en su genial Lady Trópico. También anda algo perdido el narrador del delicioso El cuarto dedo, de Espido Freire, y por la misma razón que el de Claudia: madres con secretos. Ah, la relación de los hijos varones con sus madres… Sin duda ese fascinante apartado puede dar lugar a varios arquetipos masculinos. En este volumen hay otro relato más de un hijo con su madre, el delicado e inquietante Huevos fritos con patatas, de Nuria Barrios. Vanessa Montfort nos ofrece un turbio cuento, El coprotagonista, que es una inversión algo perversa del mito de Pigmalión, y Nuria Labari describe en su original Una de los nuestros la complicidad de los varones con las mujeres mimetizadas con ellos. Karla Suárez, con sus Jardines de piedra, y Elia Barceló, con Chapado a la antigua, usan poderosos registros fantásticos para hablar de realidades muy reconocibles. En sus cuentos, como en los brillantes textos de Clara Usón, Un hombre comprensivo, y de Lara Moreno, Diana, asistimos a esa discrepancia, a esos abismos de malentendidos que a menudo separan a los hombres de las mujeres y que terminan emponzoñando nuestro deseo de amar.

Son, en resumen, once cuentos extraordinarios que han superado con creces mis expectativas (aunque esperaba mucho).

Rosa Montero, Hombres (y algunas mujeres)

viernes, 5 de marzo de 2021

LA NOCHE DE PLATA

 

Viena 1993. Alma, una niña española desaparece en un mercadillo de Navidad, por un descuido de su padre Juanma Araque, que está tomando ideas para un próximo libro; su madre es Carola Rey Rojo, especialista en secuestros y homicidios infantiles.

Viena 2020. Carola, quemada por su último caso y en excedencia de la policía española, vuelve a Viena con el encargo amistoso de catalogar para su posible venta la biblioteca de un marchante de arte recientemente fallecido, hermano de un diplomático sudamericano.

Allí, el inspector-jefe Wolt Almann, amigo de Carola, y su grupo encuentran un esqueleto infantil en el jardín de una casa de las afueras, que lleva enterrado varios años.

Conforme se acerca diciembre, la situación se le complica a Carola: va a visitarla Julio, hijo de su segundo matrimonio, que está estudiando en Inglaterra; le acompaña su novia inglesa, mucho mayor que él, aficionada a las drogas, y comienzan los problemas. Flora, la criada de la casa, donde vive y trabaja Carola, es asesinada. Aparecerá también Juanma, acompañado de su segunda mujer y manager, con objeto de hacer un video promocional. Encuentran enterrados juntos más cadáveres infantiles. El testigo de un caso posee una joya que pertenecía a Alma. Wolt comienza a hacerse ilusiones con Carola. La aparición de las joyas dará nuevas pistas sobre el caso. El “muerto”, Chuy, ha vuelto a la mansión y comienza a seducir a Carola, a lo que esta no es indiferente. En el mercadillo de Navidad, delante de Carola y Juanma, vuelve a desaparecer otra niña, que les recuerda a su hija, de manera que lo que parecía un caso cerrado se complica.  

Con todas estas tramas que se entrecruzan, Carola descubrirá que nadie es lo que parece y que uno nunca acaba de conocer a los demás (Julio no es el niño inocente que cree, Juanma manipulado por Eva, su segunda mujer, etc…). Aunque la investigación es importante, lo que nos interesan son los claroscuros que rodean a los personajes y sus diálogos: Carola es una mujer fuerte, a punto de jubilarse, pero su último caso la ha marcado y aún sufre por la pérdida de su hija; Chuy, encantador con Carola, deslumbrante, pero su negocio de arte asiático, aunque floreciente, no da para tener una mansión como la suya y mantener su nivel de vida; Flora, la criada que no es criada; Javier, que acaba de comenzar la universidad, pero que quiere disponer ya de la herencia de su padre, aunque eso signifique dejar a Carola sin casa; Juanma, con quien Eva hace lo que quiere, con tal de subir el índice de ventas; etc… Wolt Almann, ese viejo inspector que ya ha aparecido en otras obras de Elia Barceló (El caso del artista cruel, El caso del crimen de la ópera y El vuelo del Hipogrifo).

Ese misterio que rodea a muchos de los personajes nos atrapa enseguida y hace que nos preguntemos qué vendrá después. Y la autora, más pronto o más tarde, nos dará todas las respuestas que buscamos.

martes, 2 de febrero de 2021

EL EFECTO FRANKENSTEIN

         Elia Barceló, a través de este homenaje al Frankenstein de Mary Shelley (atentos al capítulo donde aparece la novelista inglesa), nos ofrece una intriga en la que confluyen los géneros de novela policíaca y gótica.

Todo comienza cuando el joven Max se despierta en una casa en ruinas; su cuerpo está cruzado por enormes cicatrices que evidencian que ha sido atendido por un cirujano, pero él no recuerda nada. Nora estudia Medicina en la ciudad alemana de Ingolstadt y esa misma noche de Carnaval conoce a Max cuando ambos salvan a una niña de morir ahogada en el Danubio. La atracción es inmediata. El problema es que pertenecen a épocas distintas: Nora es una estudiante del siglo XXI que disfruta de unos derechos como mujer que dos siglos antes no existían, mientras que Max es un joven aristócrata alemán del siglo XVIII que no entiende muchas de las cosas que ella hace o dice.

Nora, siguiendo a Max para averiguar quién es, viajará, al cruzar una puerta, a finales del siglo XVIII. Allí tendrá que disfrazarse de hombre y también de señorita; y adaptarse a las vestimentas y costumbres de la época (logias secretas, los experimentos científicos prohibidos con cadáveres, la desigualdad entre hombres y mujeres, etc…)  para evitar que maten a Max y ayudarle a solucionar el problema con la criatura que su irresponsable amigo Víctor Frankenstein ha creado y abandonado en su laboratorio.

                A partir de las diferencias  entre estas dos épocas, la autora nos hace reflexionar sobre la desigualdad de género, tanto en el ámbito profesional como social. Asimismo, como en la obra de Shelley, también reitera la obligación moral de cumplir con las responsabilidades y consecuencias de nuestras acciones

                A lo largo de las páginas, Elia Barceló nos sumerge en esa atmosfera donde se originará el movimiento cultural del Romanticismo: los misterios y secretos, la historia de amor, la rebeldía de Nora, que choca con las costumbres de la época…  

                Junto a los protagonistas, encontramos a personajes como Victor, un irresponsable que huye de las consecuencias de sus actos; Sanne, una joven criada que han echado de su trabajo por estar embarazada; Wolf, el Lobo, el asesino mercenario; la criatura (que tiene dos almas distintas, la de un jardinero y la de un pretencioso profesor de universidad)

PREMIO EDEBÉ DE LITERATURA JUVENIL 2019

PREMIO KELVIN 505 DEL 2020

PREMIO NACIONAL DE LITERATURA JUVENIL 2020 

viernes, 11 de enero de 2019

FRANKENSTEIN RESUTURADO


Enviado por Lourdes:

Al cumplirse 200 años del nacimiento de la criatura de Mary Shelley, en este proyecto dirigido por Fernando Marías, se homenajea a un personaje que cambió la literatura y que se convirtió en un referente tanto de la novela romántica inglesa como de la novela de terror.

¿Cuál habría sido el periplo de la criatura de Frankenstein si hubiese vivido las veinte décadas transcurridas desde su nacimiento oficial hasta hoy? Esta reflexión se la hace Fernando Marías en el prólogo al contemplar a un viejo solitario y la  traslada a veintiún autores y otros tantos ilustradores para que visualicen a la criatura en ese eslabón concreto de la cadena del tiempo: 1818-2018. En los relatos, la criatura sigue sola, con su apariencia terrible, pero sabiendo que el mal no está en ella.

21 relatos, 21 ilustraciones, 2 propuestas musicales incluidas también en el libro.

Y la traducción de la novela por Lorenzo Luengo, que acerca al lector actual la creación del mito de Frankenstein pero sin abandonar el tono romántico que su autora le dio.

                Algunos de los relatos: 

«La dimensión helada» de Irene Gracia: Tras un intento de confundirse entre los hombres y, tras ser aceptado por ellos, la criatura vuelve al Polo huyendo otra vez.

«Descendencia» de Jacinto Muñoz Rengel: ¿Si Frankenstein no creó una compañera para la criatura para evitar su monstruosa descendencia, no sería la esterilización la solución?

«Es imposible que estemos escuchando un columpio en la buhardilla» de Juan Ramón Biedma: Unos niños se refugian en una casa abandonada huyendo del horror de la guerra civil con su maestra. Cada uno representa una parte de la futura sociedad. Encuentran en el desván a la criatura. Solo una niña es capaz de mirarlo a los ojos.

«Victoria» de Elia Barceló: Victor Frank sueña mirando las estrellas con un cohete que lo lleve lejos, a las estrellas, con su ansiada compañera.

«El hijo del agente naranja» de Clara Peñalver: En un Vietnam regado por el agente naranja, la criatura se da cuenta de que no es peor que el resto de seres humanos.

«16 de julio de 1974» de Espido Freire: Ese día nace una niña que buscará durante toda su vida, al mito, al hombre, a la criatura…

viernes, 15 de junio de 2018

LAS LARGAS SOMBRAS


Los viejos pecados proyectan largas sombras

¿Puede algo sucedido hace más de treinta años cambiar radicalmente la vida de un grupo de amigas? ¿En qué han quedado los sueños y esperanzas de unas chicas que en 1974 tenían diecisiete años?

Rita regresa a Elda, su pueblo en Alicante después de muchos años de ausencia para hacerse cargo de una herencia. Se reencontrara con sus viejas amigas del instituto, las chicas del 28, Lena, Ana, Candela, Tere y Carmen; sólo falta Sole, que está en el extranjero. Algo terrible sucedió en el verano de 1974 que las separó y que todas quieren olvidar, pero ese hecho va a volver a sus vidas con consecuencias trágicas.

Rita encuentra a Lena muerta en el baño de su casa, cuando ésta le iba a contar lo que oculta desde hace 33 años. Lo que empieza pareciendo un suicidio, se convierte después de algunas investigaciones, en un posible asesinato.

Con una habilísima y muy personal mezcla de géneros, Elia Barceló va mucho más allá de la novela policiaca, del retrato de la España inmediatamente anterior a la Transición en una ciudad de provincias, de la narración de la nostalgia de sus protagonistas por una época en la que todo estaba por descubrir o de la crónica del desencanto que se ha ido instalando en sus vidas en la confrontación de los sueños con la realidad: Esta novela es una crónica astuta, desengañada y salvaje, narrada con inmediatez y frescura, y no exenta de humor, de una lucha por todo lo que vale la pena: el amor, la libertad, el respeto propio, la amistad, la esperanza.

                La trama gira en dos momentos, 1974 y 2007. Vemos cuáles son los sueños, las esperanzas de este grupo de inseparables amigas, que desean comenzar el nuevo curso en la universidad de Valencia, con la independencia y libertad que conlleva el estar lejos de casa; pero también contemplamos sus miedos, sus temores, o cómo han tomado las decisiones equivocadas que han roto el futuro que anhelaban; cómo se iban a comer el mundo y cómo éste ha devorado a muchas de ellas.
         
           Vemos como Rita, la triunfadora, la famosa directora de cine, reinicia su relación interrumpida con Candela, la fría y dura abogada; como algunas de ellas han sufrido malos tratos y se han tenido que aguantar y callar (las palizas, los abusos sexuales, los embarazos no deseados cuya única salida son o un aborto clandestino o una boda rápida, el temor de un hogar familiar roto…); sus logros, los reveses… Siete vidas que han transcurrido de forma muy distinta a lo que esperaban. Y sobre ellas planea la sombra de Mati y su inseparable cuaderno.

La novela nos atrapa enseguida, y pronto empatizamos con algunos personajes, aunque no sabemos el oscuro secreto que esconde el grupo de amigas hasta el final, ese proceso liberador de tensiones acumuladas en el que se comportan como las bacantes vengativas del último texto de Eurípides que tuvieron que traducir en COU (¡ojo, que aun queda miga por descubrir).

lunes, 14 de mayo de 2018

AYER SOÑÉ CON LA MORA



Era uno de esos sueños que al principio no se distinguen de la realidad y a la vez son como los sueños de descubrimiento, que producen esa euforia no solo del reencuentro con lo muy amado, sino de maravillado asombro por todo lo que es nuevo, lo que siempre estuvo allí y uno no fue capaz de ver entonces.
La Mora brillaba como una joya en el fondo de un estanque, al mismo tiempo real e imposible, la superficie del agua alterada por ondas y reflejos que revelaban y ocultaban por turnos la existencia de lo que no debería estar allí pero sin embargo estaba.
Recorría sus senderos fijándome en las fuentes, en los faroles de hierro y cristales de colores que colgaban de los árboles, en los azulejos de los bancos, con sus dibujos geométricos azules y verdes y negros. Todo estaba florido y yo sabía que había llegado en la mejor época del año, en esa primavera atlántica fresca y fragante que luego morirá bajo el sol del verano, pero que ahora desplegaba sus encantos para todos los sentidos del contemplador, del raro paseante que se dejara arrastrar por la pura belleza de la vida que volvía a surgir, poderosa, después del letargo invernal.
Me detuve debajo de uno de esos árboles que nunca supe nombrar, cargado de bolas de flores de color de rosa que cuelgan como adornos de Navidad, disfrutando de la soledad, de la calma y el silencio de aquel jardín, que parecía uno de esos jardines encantados de los cuentos. De un cuento oriental abierto solo para mí.
La brisa que venía del mar agitaba las ramas altas, hacía balancearse las flechas oscuras de los cipreses sobre el cielo de un perfecto azul y se frotaba contra las palmas de las palmeras, produciendo ese ruido que, con los ojos cerrados, suena como la lluvia; trayendo desde algún lugar un perfume de clavellinas rojas que competía con el olor de la sal.
Sabía que no había nadie en el jardín y que nunca lo habría, que aquella magia era solo para mí. Eso me hizo reír de felicidad y eché a correr por los senderos encontrando tras cada recodo nuevas vistas que no conocía: un laberinto de boj con un reloj de sol en el centro, una gran alberca rectangular salpicada de nenúfares blancos con un surtidor en un extremo que lanzaba al sol su lluvia de diamantes, un templete de mármol desde el que se veía el mar rompiéndose en una playa desierta, un busto romano en una hornacina arropada por una nube de rosas de té.
De repente, la soledad empezó a pesarme y deseé intensamente tener con quien compartir toda aquella belleza, pero sabía que los había abandonado a todos, que la culpa era mía, que nunca nadie vendría a aliviar el peso de aquellas sombras que empezaban a salir de debajo de todos los arbustos, a conquistar los rincones más hermosos, a cubrir de tinieblas las estatuas y las flores.
Eché a correr de nuevo tratando de encontrar la casa para guarecerme. Yo sabía que había una casa en algún lugar y que la casa era mía. Las sombras me perseguían y eran sombras calientes, hambrientas, extrañamente vivas.
En mi carrera, tropecé contra una fuente, hundí la cabeza en el agua fría y, al sacarla, vi algo brillar en las profundidades, algo que relucía entre las algas intensamente verdes del fondo. Metí la mano en la fuente buscando a tientas el fulgor que había entrevisto, pero el agua se oscurecía por momentos y las sombras se acercaban.
Mis dedos se cerraron por fin en torno a algo metálico y frío. Lo saqué venciendo la resistencia de las plantas acuáticas y, cuando abrí la mano para ver qué había recogido, me di cuenta de que el agua se había vuelto roja, como mi mano, que sangraba apretada en torno a un cordón de oro del que pendían varias medallas sanguinolentas lanzando destellos dorados.
Dejé caer la joya en la fuente roja y, al alzar los ojos, vi tu sombra, la sombra que me ha acompañado toda la vida y nunca he sido capaz de exorcizar.
Luego me desperté en la oscuridad de un cuarto que no era el mío y me eché a llorar, rompiéndome en sollozos.

Elia Barceló, El Color del Silencio

viernes, 23 de marzo de 2018

EL SECRETO DEL ORFEBRE


Esta novela corta de Elia Barceló es, ante todo, una bellísima historia de amor. Cuenta la relación entre un muchacho de diecinueve años y una mujer madura marcada por una relación de juventud con un hombre mayor que ella. Veinticinco años más tarde, camino de Nueva York decide pasar una noche en Villasanta de la Reina, su pueblo. Pero algo extraño va a ocurrir, pues, al fin y al cabo, su tierra es el país de las leyendas, según su eslogan turístico.

Ambientada en Umbría, territorio imaginario y mágico creado junto a Elia por César Mallorquí, Julián Díez y Armando Boix, la acción se desarrolla en tres tiempos: la España de los cincuenta, la de los setenta y el último año del siglo XX. Con una prosa sutil y pausada, la autora plantea en esta breve e intensa novela cuestiones fundamentales como el paso del tiempo, la pasión, la identidad y la imposibilidad del amor.

          La edición, que ha sacado hace poco Roca Editorial, añade unas páginas inéditas del cuaderno de su protagonista, Celia Sanjuán; un texto que aporta un nuevo punto de vista a esa extraña historia de amor

                Con una prosa sencilla, muy cuidada, llena de sentimientos, pues ellos son los que importan, Elia Barceló nos cuenta esta historia de encuentros y desencuentros amorosos entre una Celia madura y el muchacho, entre una joven Celia y un Pablo mayor que quiere recobrar lo que perdió, pero lo malo es el tiempo, ese tiempo que todo lo acerca y destruye. La obra se centra en ellos dos, en Celia, que en los 50 se encontró sola ante el altar, hecho que le va a marcar ante su comunidad, y que no va a renunciar a su amor por Pablo, y en el muchacho, en Pablo, que en los 70 se verá subyugado por la belleza, por el misterio que rodea a Celia, a pesar de que se lo advierten

«Yo creo que aún lo espera —dijo mamá al terminar su historia—. Ha rehecho su vida en cierto modo, ya lo sé. Ha salido al extranjero, ha leído mucho, cose unos vestidos que ya quisieran las mejores tiendas de la capital, pero nunca ha encontrado a un hombre como el que perdió. Y yo creo que, en secreto, en el fondo de su corazón, lo espera aún. Esa mujer no es para ti, hijo. Aparte de que podría ser tu madre, esa mujer tiene dueño. Y si te empeñas en lo que no puede ser, te matará.»

                Ambos, Celia y Pablo, llevados por su pasión, queriendo encontrar su perdido amor, convierten Nueva York en un nuevo territorio mítico, en su propia Tierra Prometida, donde esperan volver a encontrarse, que ocurra ese milagro que solo lo permiten las leyendas. Por eso, esa cita en la que no han quedado en el Empire State Building, como hemos podido ver en el cine (Algo para recordar, con Tom Hanks y Meg Ryan, o la esplendida Tu y yo, con Cary Grant y Deborah Kerr).

                Significativo y evocador el comienzo de la novela, que nos trae la canción Famous Blue Raincoat de Leonard Cohen:

Las cuatro de la mañana. Últimos de diciembre.
Escribo ahora para mí, a mano, con mi menuda letra de orfebre, en este piso recién alquilado, semivacío, mientras la nieve cae mansamente tras de los cristales sobre esta calle Clinton, en la que ya no suena la música de la que hablaba Cohen. Escribo para mí. No hay nadie más. No hay nadie más ahora que no está Celia.
He consumido tres cigarrillos buscando las palabras, el principio, el arranque de esta historia que hoy me cuento, pero ¿dónde encontrarlo? ¿Cómo? ¿Cómo, si no hay principio, y el final que marcó mi vida, ese final de hace tantos años, está a apenas seis días de esta madrugada neoyorquina?
Los recuerdos acuden enfurecidos, luchando por imponerse al desorden de mi mente, y se confunden en un magma vidriado que apenas deja entrever los contornos de lo que fue.,

martes, 20 de junio de 2017

EL COLOR DEL SILENCIO


16 de julio de 1936, Islas Canarias. Un asesinato desencadena el golpe de Estado de Franco y el inicio de la Guerra Civil española.

20 de julio de 1969, Rabat, Marruecos. Una familia española celebra el aterrizaje de Armstrong en la Luna en el jardín de una antigua mansión. Un asesinato tendrá lugar esa misma noche, destrozando el destino de la familia.

Madrid, época actual. Helena Guerrero es una artista de renombre internacional, conocida por las sombras que invaden sus cuadros y que, aparentemente, reflejan un misterio de su pasado que nadie ha sabido nunca explicar. Ahora, después de muchos años viviendo en el extranjero, en Australia, tres sucesos conspiran para traerla de vuelta a Madrid, tres episodios que reconfigurarán su pasado y su futuro: una terapia psicológica llamada «constelación», una boda en su familia y un correo electrónico de su distanciado cuñado le darán las pistas para descubrir qué sucedió realmente con su hermana Alicia, en 1969.

 Junto con Carlos, su pareja actual, Helena irá en búsqueda de respuestas a las terribles preguntas que la han acechado durante toda su vida. Viajará a Rabat, a la antigua mansión de su familia, La Mora, y se adentrará de nuevo en los frondosos jardines que han resguardado, durante años, con recelo, un oscuro y silencioso secreto familiar, el mismo secreto que parecía hablar, desde hace mucho tiempo, a través del color y de las sombras de sus cuadros.

                Esta novela de Elia Barceló nos presenta la historia de una familia, los secretos que se van escondiendo sus miembros (el padre, la madre, las dos hermanas, el cuñado) y la culpa que arrastran. Por una parte, se nos cuenta la historia de la familia Guerrero, cómo se conocieron los padres, por qué fueron a vivir a Marruecos, el nacimiento de sus tres hijos, así hasta el asesinato y violación de Alicia, la hija mayor. Por otra parte, vemos las indagaciones que va a hacer Helena, que ronda los setenta años, en la actualidad, aunque sea en contra de su voluntad, y sus relaciones familiares casi inexistentes pues hace años que rompió con la familia. Entrecruzando ambas historias, tenemos las cajas que le ha legado Blanca, su madre; cajas que contienen cartas y fotografías para que Helena halle la verdad que se oculta tras todos los secretos.  

Según la autora, el germen de la obra surge de una lectura: la del libro del que el historiador Ángel Viñas teorizó sobre el asesinato del general Amado Balmes, La Conspiración del General Franco. A partir de aquí, Elia Barceló creará los dos personajes principales de su novela; Goyo, Gregorio Guerrero, ese militar convencido de que lo que hace lo hace por el bien de la patria, que, a regañadientes, acepta convertirse en espía ocultando su condición y rango, que se comporta de forma entrañable con su mujer e hijas, que se sentirá abandonado por los suyos (pues todos creen que ya hace tiempo no es militar) y con él que llegamos a empatizar fácilmente, a pesar de sus ideas políticas. Helena, que se casó embarazada, se divorciaría pronto y posteriormente abandonará a su hijo y toda su familia para recorrer Asia con objeto de sentirse libre y encontrarse a sí misma; cómo ha luchado por su independencia, cómo ha tenido que luchar para ganarse el prestigio de ser una de las mejores pintoras a nivel mundial y ser reconocida como tal.

martes, 7 de febrero de 2017

FUTUROS PELIGROSOS

Es una recopilación de relatos de fantasía y ciencia-ficción de la escritora Elia Barceló. Se trata de una colección muy interesante, tanto por el contenido en sí mismo, como por la variedad de registros que toca. El futuro que nos muestra Elia Barceló es un futuro posible, distópico, con objeto de que reflexionemos sobre determinados valores de nuestra sociedad actual y sus posibles consecuencias...

Como este título fue el número 100 de la colección Andalar, la editorial Edelvives, para celebrarlo saco una novela gráfica o cómic realizado por Jordi Farga y Luis Minguez.

En EL HOMBRE DE CRISTAL nos encontramos con un mundo donde trabajar no es necesario, pero, si queremos hacerlo, nos vamos a encontrar con un gran hermano que sabe hasta el más mínimo detalle sobre nosotros.  

VIEJOS nos habla de un mundo donde los ancianos son mayoría y viven a costa de la gente que trabaja.

EL DESEO DE TU CORAZÓN nos presenta a un joven cuyos deseos se hacen realidad, y sus consecuencias


En MIL EUROS POR TU VIDA vemos como una pareja de ancianos con dinero, gracias a la tecnología, trasplanta sus recuerdos y su personalidad al cerebro de una pareja de inmigrantes africanos y utiliza sus cuerpos la mayor parte del día.  

NOCHE DE SÁBADO une los reality shows televisivos con el maltrato a los inmigrantes: una vez al año con motivo del Gran Concurso televisivo, se permite un intento de desembarco masivo de inmigrantes a nuestras costas. Cientos de inmigrantes seleccionados intentan acceder a la costa española mientras son recibidos y perseguidos a tiros por los vecinos del lugar elegido. Se trata de un concurso televisivo en cuya gran final sólo puede quedar uno y en el que los espectadores disfrutarán de la desgracia ajena.


FUMANDO ESPERO es otro relato sobre la vejez y sobre un mundo en que prácticamente todo lo que afecta negativamente a la salud ha sido prohibido: el alcohol, el tabaco, las grasas, los dulces... y en el que se ha sustituido una vida plena por una vida larga. Un relato que recuerda bastante a FLORES DE INVERNADERO, de Mike Resnick.

MUERTOS nos habla de una tecnología que mediante la clonación y la transmisión de los recuerdos hace posible alargar la vida de una persona, con la consecuente deshumanización que se produce.

domingo, 14 de febrero de 2016

POR TI DARÉ MI VIDA

Enviado por María:

Lessa y Ted están enamorados. Pronto podrán abandonar el orfanato en el que se han criado para dedicarse a la música y empezar a construir una vida juntos, pues a Ted, un hombre mayor  le ha hecho una oferta muy interesante.

Pero  todo cambia cuando Ted sufre un fatal accidente que lo deja en coma.

En ese momento, Lessa cree que todo su mundo se viene abajo, ya que nadie confía en que Ted vaya  a sobrevivir.

Alguien ofrecerá a Lessa la recuperación de Ted, pero esa persona no está dispuesto a ayudarla sin exigir algo a cambio…

Con una trama que se torna adictiva a medida que avanza la lectura y con un ritmo vertiginoso, Elia Barceló plantea en pocas páginas y breves capítulos, una historia de amor e ilusiones adolescentes de gran intensidad no exenta de sorpresas y sacrificios. Mezcla realidad y fantasía, con esa irrupción de los dioses griegos, cuyo número y poder disminuye pues poca gente cree ya en ellos, y, a pesar de ello, siguen utilizando a los humanos como juguetes.  

martes, 25 de agosto de 2015

CÓMO ESCRIBIR CIENCIA-FICCIÓN Y FANTASÍA

Un escritor jamás puede saber quién va a leer uno de sus libros, pero de todas formas he hecho algunas conjeturas sobre usted. Me imagino que todavía no es un escritor consolidado en el género de la ficción especulativa, o no tendría necesidad de leer un libro sobre cómo escribirla. Con todo, tiene un auténtico interés en escribir ciencia-ficción o fantasía, no porque tenga la idea de que es más fácil ganar un dinerillo en este campo (si tiene esa ilusión, ¡abandónela al instante!), sino más bien porque piensa que el tipo de historia que quiere escribir sería mejor recibida por el público especializado en este género. Espero que lleve razón, porque en muchos sentidos es el mejor público para el que se puede escribir en todo el mundo. Son lectores inteligentes y de mente abierta. Quieren pensar al igual que sentir, entender tanto como soñar. Por encima de todo, quieren que se les conduzca a lugares donde nadie estuvo antes. Es un privilegio poder contar historias a estos lectores, y un honor cuando aplauden tus relatos. Lo que no puedo hacer en un libro tan breve como éste es decirle todo lo que necesita saber para escribir ficción. Lo que sí puedo es contarle cuanto sé sobre escribir ficción especulativa en particular. He escrito todo un libro sobre el tema de los personajes y el punto de vista, así que no necesito tocar de nuevo esas cuestiones; ni intentaré enseñarle acerca de la organización de tramas, el estilo, los diálogos, el marketing, las leyes de copyright o las restantes cuestiones sobre las que los escritores de cualquier tipo de ficción deben saber al menos algo. Lo que quiero es intentar contarle las cosas de las que sólo deben preocuparse los escritores de ficción especulativa: la creación de mundos, de sociedades extrañas, las reglas de la magia, la extrapolación rigurosa de futuros posibles... Tareas innecesarias para un relato común de misterio o romántico. Para hacer eso, he dividido el libro en cinco capítulos de distinta longitud. El primero trata de los límites de la ficción especulativa; es un ensayo sobre qué son la ciencia-ficción y la fantasía, para que pueda hacerse una idea del abanico de posibilidades existentes y conocer la literatura previa. El capítulo segundo, el más largo, comienza con el trabajo práctico de la creación de mundos, quizá el paso más importante en la elaboración de una buena historia especulativa. El capítulo tercero trata sobre la estructura de un relato de ciencia-ficción o fantasía: cómo convertir ese mundo en una historia, o conseguir que su historia funcione en ese mundo. Con el capítulo cuarto nos adentraremos en el proceso de escritura en sí, con los problemas de exposición y lenguaje que sólo encaran los escritores de ficción especulativa. La primera parte del capítulo quinto aborda temas prácticos del negocio de vender ciencia-ficción y fantasía, aunque convendría que compruebe la legislación existente en su país en el momento en que lee este libro antes de seguir mis consejos, dado que es la sección que puede quedar obsoleta con mayor facilidad. Y también en el capítulo quinto nos pondremos más personales y le ofreceré algunos consejos sobre cómo vivir con éxito de escribir ciencia-ficción y fantasía. No quiero decir que sepa cómo debe vivir su vida... pero en su momento cometí algunos errores realmente notables, he visto luego cómo otros sumaban nuevas meteduras de pata, y si con unas advertencias puedo evitarle disgustos, el esfuerzo habrá valido la pena.

Orson Scott Card

Al ganador del premio Hugo, el maestro de la ciencia-ficción Orson Scott Card se suman en esta edición las voces de otros seis autores del fantástico que nos cuentan cómo lo han conseguido: Elia Barceló, César Mallorquí, Andrzej Sapkowski, José Carlos Somoza, Bruce Sterling y John C. Wright.

martes, 3 de marzo de 2015

EL HOMBRE DE CRISTAL

En serio, ni el Gran Hermano de George Orwell lo hubiera hecho mejor.

Matías Hernández cambió su peso de un pie a otro mientras esperaba que se abriera la puerta para dar paso al entrevistador.
El lujo de aquella oficina lo incomodaba y la sensación de estar siendo observado le hacía cosquillas en la nuca de un modo físico. No se trataba de una vaga idea, sino que sabía positivamente que los minutos que aún tardaría en aparecer el entrevistador estarían dedicados —por uno o varios especialistas en comportamiento humano y selección de personal— a observar el menor de sus movimientos, la más leve de sus miradas; a calibrar si era adecuado que se tocara el pelo con la mano izquierda como estaba haciendo en ese momento o si se podía confiar en un hombre que no se sienta en ninguna de las obviamente cómodas butacas azules, a pesar de los varios minutos transcurridos desde su entrada en el opulento despacho.
Recordó todos los consejos que había leído sobre el comportamiento idóneo: «el aspirante debe aparecer relajado, seguro de sí mismo, curioso sin exageración», «podrá sentarse, si así lo desea, siempre que se ponga inmediatamente de pie en cuanto entre la persona que deba entrevistarle»; «cuando sobre una mesa haya varias revistas para elegir, tomará la que más se acerque a su especialidad y pasará las hojas con calma, demostrando que le interesa el tema y no la ha cogido solamente para tener algo entre las manos».
Pero en aquel despacho no había mesa de revistas. La única mesa era el inmenso plano pulido donde supuestamente trabajaba alguien y que no tenía más que un calendario electrónico y un paquetito de pastillas de menta. Pensó por un instante si estarían ahí para ver si él se atrevía a coger una, pero decidió ignorarlas. Al fin y al cabo nunca le había gustado la menta. Podía interpretarse como timidez, pero también podía ser muestra de firmeza de carácter. Todo dependía del observador, como siempre. Ya había perdido la cuenta de las entrevistas de trabajo que llevaba realizadas en los últimos quince años y en ocasiones él mismo se asombraba de seguir intentándolo. Al fin y al cabo, como le decían sus padres, «si este país ha alcanzado un nivel económico con el que puede permitirse pagar un sueldo mínimo a todo ciudadano por el mero hecho de estar vivo, ¿qué necesidad tienes de buscar un trabajo? Antes sí que era angustioso, cuando el que no trabajaba no comía, pero ahora, ¿qué más te da?».
Pero le daba. Llevaba demasiados años leyendo, estudiando, amontonando masters, seminarios, cursillos, aprendiendo más y más cosas sin ponerlas nunca en práctica, sin saber para qué. Por eso estaba hoy aquí. Porque, después de haber pasado tres controles de selección, esta vez tenía que ser la definitiva. Esta vez le iban a dar un trabajo y por fin, a los treinta y siete años, se incorporaría a las filas de los profesionales que se ganaban el sueldo que cobraban.
La puerta se abrió con suavidad —armónicamente, pensó Matías, consciente de lo ridículo de la expresión— y entró un hombre algo más joven que él, irreprochablemente vestido de traje y corbata, que sujetaba una lujosa carpeta de cuero auténtico donde, con toda probabilidad, reposaban su expediente completo y su solicitud de empleo, a mano para el examen grafológico y con copia impresa para el archivo.
—Póngase cómodo, señor Hernández —dijo el hombre tendiéndole la mano que él estrechó con la fuerza justa—. Mi nombre es Javier Serra.
Se instalaron en dos butacas enfrentadas, en la zona más alejada de la mesa gigante. «Buena señal», pensó Matías.
—Verá —comenzó Serra, después de haberse alisado delicadamente las cejas con la yema del dedo corazón—, de hecho no hay mucho que hablar, señorHernández.
Matías sonrió interiormente. Lo había conseguido.
—Tengo el penoso deber de comunicarle —siguió diciendo Serra— que no ha sido usted seleccionado para el puesto. Pero —atajó la inminente respuesta—, en esta empresa tomamos muy en serio a nuestros aspirantes y deseamos oir cualquier cosa que tenga que decirnos frente a la decisión que hemos tomado.
—¿Por qué? —fue todo lo que preguntó Matías, que aún no se había repuesto de la noticia.
Serra sonrió, casi condescendiente.
—Realmente es usted quien tiene ahora ocasión de hablar, señor Hernández. No se trata de que me haga preguntas, sino de que me ofrezca algún argumento en el que quizá no hayamos pensado.
—¿Cómo vaya saber en qué argumentos no han pensado si no me dice por qué me rechazan?
—Tranquilícese, señor Hernández. Y modere su vocabulario. No le hemos rechazado a usted —el «usted» pareció haber sido pronunciado con mayúsculas y se quedó flotando en el elegante despacho—; hemos rechazado su solicitud.
—Tengo que saber por qué antes de ofrecerle algún argumento. Por favor —añadió Matías, sintiéndose rastrero y pueril a la vez.
—Bien, de acuerdo. Es algo irregular, pero su perfil psicológico muestra a las claras que tiene usted una necesidad algo infantil de explicaciones y por eso estoy dispuesto a dárselas. —Abrió la carpeta meneando levemente la cabeza, como si lamentara haber tenido que llegar a tal punto—. Veamos. Usted autorizó a nuestra empresa a consultar sus datos personales.
—Los públicos —interrumpió Matías.
—Por supuesto. Aunque, como no ignora, su historial clínico puede y debe ser consultado por cualquier empresa que piense contratar sus servicios —Serra paseó la vista por uno de los documentos de la carpeta—. Los datos referentes al análisis de su código genético predicen con bastante claridad que tiene usted más de un ochenta por ciento de posibilidades de desarrollar cáncer de hígado antes de los sesenta años. ¿No lo sabía? Lo lamento. Le suponía informado. Si a eso le añadimos su consumo alcohólico habitual...
—¿Qué narices saben ustedes de mi consumo alcohólico? —Matías se había enderezado en la butaca tratando de digerir la última información.
—Los pagos realizados mediante tarjeta en el supermercado de Los Alisos, donde usted compra todos los sábados por la mañana indican que un veinte por ciento del importe de su compra se dedica con regularidad a productos como vinos, cervezas, cavas y bebidas alcohólicas de mayor graduación. Y, dicho sea de paso, que las cantidades totales son claramente superiores a sus ingresos. Pero sabemos que comparte usted su vivienda con sus padres, los cuales disfrutan de una buena pensión y posiblemente le ayudan en sus gastos. A esto hay que añadir, por supuesto, las filmaciones de las cámaras de vigilancia de las distintas tiendas del centro de compras donde se encuentra el supermercado, que lo muestran interesándose por drogas más blandas, como el tabaco, los dulces y los productos alimenticios con alto contenido de grasa.
—¿Han estudiado ustedes esas grabaciones? —preguntó Matías con la boca seca.
—Son públicas. y teníamos su permiso, recuerde. Además, la búsqueda por la Red nos ha llevado a descubrir varias fotos que le muestran en diferentes fiestas en compañía... digamos... poco recomendable. —Serra se miró la raya de los pantalones y retiró un hilillo que sólo debía de ser visible para él—. En una de ellas estaba usted disfrazado de mujer.
—Era Carnaval—dijo a media voz—. Una fiesta entre amigos. No sabía qué ponerme, estaba mal de dinero y me arreglé con el vestido de una amiga. Fue ella la que puso la foto en la Red.
—Es comprensible, señor Hernández, pero ésta es una empresa seria. No podemos permitirnos según qué. Nuestros empleados tienen que estar a salvo de cualquier tipo de rumor.
—¿Rumor? ¿Qué rumor? —Matías estaba empezando a alterarse, a pesar de que sabía que su única posibilidad era conservar la calma.
—Hay ciertas cosas... —comenzó Serra, y volvió a interrumpirse como si le resultara profundamente desagradable lo que iba a decir; lo que se veía forzado a decir—. Le daré un ejemplo: el servicio de limpieza pública nos ha informado de que su separación de basuras... en fin... no es enteramente satisfactoria.
—¿Cómo pueden estar seguros de que era mi basura? Esto es un insulto. Es un atropello. Yo... soy una persona consciente. Tengo varias licenciaturas, dos másters...
Serra abrió las manos en un gesto de impotencia que casi parecía auténtico:
—Comprobamos los envoltorios con la lista de productos comprados en el supermercado la semana anterior, señor Hernández. No hay duda. Usted tiró un envase de yogur en la basura orgánica.
Matías abrió la boca y la volvió a cerrar. Era posible. Últimamente tenía la cabeza llena de manuales sobre entrevistas de trabajo y a veces tomaba un yogur antes de acostarse... podía ser que, pensando en otra cosa...
—Pero... —casi tartamudeó— no es posible que por ese pequeño fallo, ustedes...
—También tenemos otra filmación del aparcamiento de un centro de ocio donde se le ve a usted... me pone en un compromiso señor Hernández... ya a altas horas de la noche... en fin... usted sabe de qué hablo.
—¡No! ¡No lo sé, pero lo quiero saber! ¡Yo no he hecho nada de lo que tenga que avergonzarme!
Serra le mostró durante unos segundos, con infinita delicadeza, una foto muy contrastada, obviamente tomada de la película de una cámara de seguridad, en la que se le veía mirando por encima del hombro mientras orinaba contra la pared del aparcamiento. Matías enterró la cabeza entre las manos.
—Es usted una persona antisocial, señor Hernández, una lacra. ¿No comprende que con esas características no podemos darle un puesto de trabajo? Es usted un primitivo.
Matías levantó la cabeza y miró a Serra a los ojos, desafiante:
—¿Cómo me ha llamado, gilipollas?
—No se altere, señor Hernández.
—¡Yo me altero todo lo que me da la gana! ¡Y si me da la gana te doy un par de hostias aquí mismo! —dijo agarrándolo por la corbata de marca.
—No hay por qué ponerse agresivo. Tiene usted que aceptar la realidad.
—¿La realidad? ¿La realidad, guaperas, niñato, hijo de puta? —Matías había empezado a zarandear a Serra y cada insulto llegaba puntuado por una sonora bofetada en las mejillas perfectamente afeitadas del entrevistador.
—Señor Hernández, ya basta, se lo ruego, ya basta —gemía Serra.
—¡Bastará cuando se te ponga la cara morada!
Entraron dos hombretones como armarios con el uniforme de la seguridad de la empresa y Matías, al verlos, soltó a Serra y se puso de pie esperando el ataque. Los gorilas siguieron quietos en la puerta. Cuando volvió a mirar a Serra, éste sonreía dulcemente.
—Eso era lo que pretendía demostrar, señor Hernández. Que a pesar de todo, lo más negativo en su perfil psicológico es ese componente soterrado de agresividad que suele usted mantener bajo control. Pero no hay que dejarse llevar por las apariencias. —Miró hacia un rincón del cuarto, donde debía de estar la cámara—. Tenía yo razón, colegas. Cuando se le pone contra las cuerdas, muerde. Y esta empresa no puede permitirse contratar a un portero agresivo. ¡Qué dirían nuestros clientes! Señor Hernández, supongo que conoce el camino de salida. Le deseo mucha suerte en su próxima solicitud.

Elia Barceló, Futuros Peligrosos 

miércoles, 22 de octubre de 2014

21 RELATOS CONTRA EL ACOSO ESCOLAR,

El acoso escolar, o “bulling” como se le conoce también, no es algo de nuestro tiempo, sino que es tan antiguo como la escolarización, aunque, en nuestros días, está alcanzando una virulencia especial puesto que todos recordamos algún caso de suicidio o alguna filmación en video que luego ha sido difundida en la red. En “21 relatos contra el acoso escolar”, con idea y dirección de Fernando Marías y Silvia Pérez, se nos ofrecen distintas formas de acoso escolar, desde las más simples hasta las más sofisticadas, como iremos viendo. El libro es imprescindible para los adultos, padres y educadores, porque nos da la visión descarnada, sin tapujos de lo que es el acoso escolar y que, a veces, pasa ante nosotros sin que nos demos cuenta e, incluso, lo confundimos con desmotivación, crecimiento, cambios de humor y una serie de elementos que nada tienen que ver con la sensación que siente el chico o chica que es acosado y que sufre, en silencio casi siempre, el horror de encontrarse día tras día con sus verdugos.

En el libro, 20 escritores y un ilustrador, Carlos Jiménez, nos dan su especial visión del acoso escolar. Cada uno siguiendo su estilo y su inspiración, pero todos unidos por la misma idea: denunciar a los que se amparan en el grupo o en la fuerza o en los defectos ajenos para torturar a chicos y chicas que no tienen ningún problema, sólo el no caer bien, el ser altos, bajos, gordos, flacos, rubios o demasiado morenos. Todo sirve para el acosador que goza con la mirada de miedo que siembra en el acosado.

Los autores que han formado parte de este proyecto son Ana Alcolea, Ana Alonso, Montserrat del Amo, Elía Barceló, Lola Beccaria, Martín Casariego, Ana Isabel Conejo, Carlo Frabetti, Espido Freire,  Alfredo Gómez Cerdá, Ricardo Gómez, César Mallorquí, Andreu Martín, Gustavo Martín Garzo, Gonzalo Moure, Elena O`Callaghan i Duch, Rosa Regàs, Care Santos, Marta Ribera de la Cruz, Jordi Sierra i Fabra y Lorenzo Silva. Como vemos se trata de un grupo de escritores de primera línea, algunos ya muy conocidos en el mundo de la literatura juvenil y otros que, por primera vez se dirigen al público más joven.

Los relatos son todos realistas y cada uno hace hincapié en un aspecto del acoso escolar. En cuanto a las formas expresivas, vamos desde la tercera persona, hasta la primera persona o la segunda, como “Chico Omega”, de César Mallorquí, pasando por el diario, el narrador observador, el omnisciente e, incluso, el testigo. Son relatos que nos hablan del presente de los personajes, pero también del pasado, porque no todos los protagonistas son chicos y chicas o niños y niñas, sino que los hay adultos que han sufrido de pequeños el acoso escolar y que han salido, al fin de ello. Estos reflexionan sobre ello y nos dan un ejemplo, en algunos casos lleno de esperanza, en otros más bien vengativo. “Un poco de simetría”, de Lorenzo Silva y “Marcar un gol”, de Care Santos van en esta línea, la del adulto que luego, de alguna manera, se venga del acosador. En cambio, el relato de Sierra i Fabra, “Memoria” contiene datos biográficos y nos habla del niño que fue él y de la fuerza de voluntad que tuvo que emplear para superar todos los miedos y los traumas que los demás querían sembrar en él.

No nos engañemos y pensemos que sólo los alumnos sufren el acoso escolar, también lo sufren los profesores y hay algún relato estremecedor que nos habla de una profesora asustada y maltratada por sus alumnos, como “Figura de carbón”, de Alfredo Gómez Cerdá. En otros casos, los profesores y el equipo directivo no acaban de entender el alcance del problema y no prestan oídos a las quejas de los padres, como sucede en “Martina”, de Ana Alcolea; a veces los padres son los propios acosadores, los que siembran esa violencia en sus hijos, quienes, pasan de víctimas en el hogar, a maltratadores en las aulas, como podemos ver en "Moraíto como un Lirio" de Gonzalo Moure. Es posible que algunos chicos no sepan entender muy bien qué alcance tienen sus malos tratos, como en "No lo Entiendo" de Ricardo Gómez, y los apliquen para tratar de sentirse ellos bien, ya que se saben vulnerables y solo con la violencia superan sus miedos, como en “Aprende”, de Espido Freire.

Algunos de estos relatos nos hablan de cómo el acosado acaba superando sus diferencias y plantando cara a los verdugos, de manera directa o con algunas estrategias. Muchas veces estos chicos que se creen los dueños del mundo no resisten que alguien les haga ver lo que son en realidad, unos pobres muchachos. Así lo leemos en “La diferencia”, de Lola Beccaria. Otras veces, el autor pone el acento en los chicos que llegan de otros países y que no siempre encuentran el apoyo necesario e, incluso, en chicos pobres que desentonan en su grupo y sufren acoso por ese motivo, como leemos en el relato de Montserrat del Amo, “En tierra de nadie” y en el de Marta Rivera de la Cruz, “¿Conocéis a Silvia?”.

Todos los relatos, insistimos, son de gran calidad literaria y cada uno de ellos aborda un aspecto importante del acoso escolar. A veces no nos damos cuenta pero fomentamos estas conductas y los escritores, que han observado y pensado mucho, así lo denuncian. Un mote, una colleja en apariencia inocente, un empujón al entrar al aula, risas cuando sales a la pizarra, anónimos, amenazas más o menos veladas... todo ello hace la vida imposible al chico o chica que es objeto de tanta presión y que, a menudo, como es débil no sabe qué hacer y lo que empieza siendo un aparente juego de niños acaba siendo un problema de violencia y brutalidad. A veces el ensañamiento llega a límites difíciles de creer y sofisticados, como es el uso del móvil, como leemos en “Las dos caras de la moneda”, de Elena O’ Callaghan.

“21 relatos contra el acoso escolar” presenta a personajes vivos, de carne y hueso que sufren y evolucionan, a veces para mal, como “Pelo paja”, de Rosa Regàs; a veces para bien como “Sueño Cumplido” de Ana Alonso, quien nos da una de las claves del problema, el propio miedo de la víctima hasta que se da cuenta y dice basta porque “A lo único que le tengo miedo en este momento –murmuró- es a mi propio miedo”.

Los rumores, las agresiones físicas, el vacío, las difamaciones, el no prestar ayuda, las zancandillas físicas y mentales, el mirar para otro lado cuando pasa algo... todo contribuye a que el problema del acoso escolar se enrede como en una madeja y no haya manera de solucionarlo.

El libro pretende, ni más ni menos, que luchar contra el acoso escolar y de nuestra reflexión y nuestra capacidad para entender los mensajes, depende que se solucione o, al menos, se ponga en evidencia. Como dice Fernando Marías en el breve prólogo: “Ventiún autores se enfrentan sin miedo, y de forma a veces muy poco complaciente, a las múltiples caras de este gravísimo problema que constituye hoy y ahora, en este mismo instante, una terrible forma de tortura para muchos escolares de nuestro país”.

No es, pues, un libro que toque temas de evasión, sino que su contenido es duro y honesto. Un libro importante en el panorama actual que deberían leer tanto los padres como los profesores y, por supuesto, los alumnos, ya que, descubrirían, tal vez con sorpresa, que ese mote que ellos han puesto, inofensivo, está causando un daño increíble. Y es que el acoso escolar tiene muchas caras, pero ninguna amable.