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lunes, 3 de septiembre de 2018

LADY CYNTHIA ASQUITH



Así pues, habían quedado en que ella iría a su casa en el número 3 de Adelphi Terrace esa misma tarde, después de su sesión de posado. ¡Bravo, Cynthia! Suspiró mientras abría su armario y trataba de elegir un vestido apropiado para la ocasión. El pintor quería retratarla de negro, pero ella pretendía aparecer en casa del grandísimo Barrie con algo que diera por hecho su inclinación a la bohemia. Colores pastel, estampados discretos, ¿un sombrero prudente, de media ala? Necesitaba algo invisible que no delatara su emoción ante la propuesta inminente. Se decidió por unos botines de cordones de medio tacón, una falda azul lavanda y una blusa blanca. Y si Augustus John quería pintarla de estricto luto, que se lo inventara él, a su gusto. Sin duda, acertaría.
Cynthia estaba acostumbrada a posar desde pequeña. El juego de las estatuas de los miércoles. Martes y jueves, libros. Lunes y viernes, teatro y dramatización, su favorito. Pero disecarse por unas horas ya no le hacía gracia. Discutió con Augustus la supuesta «trascendencia» de la postura: sentada en un taburete, la mano izquierda cubriendo el pecho, la derecha sobre el regazo, erguida y orgullosa —le había pedido él—, una mujer desafiante. Pero Cynthia se sentía como una idiota. Suspiró hondo, sin moverse. Se le entumecían los brazos, la espalda, los ojos casi. Buscó un punto fijo, más allá del lienzo. Entornó los ojos y su iris dudó entre un color frío o caliente. Se concentró en una ráfaga de luz anaranjada: si la miraba muy fijamente, su paisaje visual se cubriría de puntos grises, frágiles como la bruma.
—Te mueves demasiado —la regañó el pintor, un hombre barbudo de voz tan profunda que daba miedo.
Cynthia se hizo estatua.
—Necesito verte el cuello.
Ella se dispuso a recogerse el pelo. Él se adelantó.
—Tú, quieta.
Le cogió la larguísima melena pelirroja con la mano llena de pigmentos sucios. Las manchas del cuadro futuro.
—No pareces una persona —clamó deleitado—, sino una emanación.
Ella se preguntó si ser comparada con un fantasma era un cumplido, o más bien un sacrilegio hacia la mujer posante.
Cynthia no consideraba que Augustus John mereciera la posteridad. Tenía el trazo demasiado amplio, aplastado, incluso basto. En boca de otros, sin embargo, era el mejor retratista de la época, orgulloso heredero del postimpresionismo. Cynthia, de niña, había posado para Burne-Jones, prerrafaelita. Una escuela que ahora se consideraba más que obsoleta: princesas a la fuga, damas atormentadas, sirenas con arpas, mujeres con melenas tan largas como la suya. En un mundo en guerra, a nadie le interesaba ya el estoicismo proverbial de Burne-Jones. Era obsceno, risible. No como los rostros de Augustus, que, al parecer, sí iluminaban las almas de los borrascosos albores del siglo XX.
Cynthia miró a su alrededor: un estudio tan tópico como el de cualquier pintor, pero lleno de caras que apuntaban congoja, irritación, picardía, desdén, poder. Ella no quería que su retrato desprendiese el pánico de su alma; solo serenidad. Así que trató de relajarse. Suspiró hondo, una vez más, y conjuró en silencio el nombre de su futuro benefactor. Lo repitió mentalmente, arrastrando las palabras: James-Matthew-Barrie-James-Matthew-Barrie-James-Matthew-Barrie. Una, dos, tres, hasta cien veces. Muy pronto, todo iba a cambiar por fin y Cynthia se convertiría en una actriz de renombre. «¡Cynthia, Cynthia, Cynthia!», clamaría el público al ver sus interpretaciones. «¡Abran paso a la bella y talentosísima lady Cynthia Asquith!».
Suspiró de nuevo, ya algo tranquila. En medio de otro junio húmedo y caluroso en Londres aquí, por lo menos, olía a frío.
                Salió con el cuerpo tan inerte que lo sentía muerto.

Silvia Herreros de Tejada, La Mano Izquierdade Peter Pan

viernes, 17 de agosto de 2018

LA CANCIÓN DE SHAO LI


Londres, año 2013.

Natalia y su hermano Airon están en Londres con su madre. Natalia ha sido seleccionada para participar en el especial navideño de "Un minuto de gloria", el programa de más audiencia de la televisión. Aunque parezca increíble, los dos niños se separan de su madre en el metro nada más llegar al aeropurto. Cansados de esperar, empezarán ellos la búsqueda de su madre. En ese vagabundeo, Natalia recurre constantemente a Shao Li, su amiga ausente, que estuvo con ella en un centro de acogida para menores.

En su deambular por Londres, se encuentran con los Brothers, una pandilla de chicos abandonados que sobreviven bajo el amparo de la noche en la ciudad, liderados por Capi, un muchacho de origen hispano que robará por los dos hermanos y les acompañara.
Marisol Ortiz de Zárate nos ofrece un ameno relato con toques propios de Charles Dickens y J M Barrie: el frio y la noche de ese Londres navideño, el desamparo de los menores protagonistas, los pilluelos callejeros… 

Natalia parece mayor para su edad, capaz de todo por proteger a su hermano pequeño, pero que desconfía sobre todo de los mayores por los tres años que pasó en el internado separada de su familia. Cree que va a Londres, a participar en un concurso de televisión donde cantará una canción china, en honor de su amiga Shao Lo, pero los intereses de la Balloon’s Internacional T.V. son muy distintos.

El libro se lee rápidamente, gracias a sus capítulos cortos y el deseo de seguir las peripecias y desventuras de los dos hermanos. La mayoría de los personajes son niños, quedando los adultos muy relegados (tal vez aquí podríamos destacar a Vlado, ese novio amigo de su madre). Y a lo largo de la novela está presente la ausente Shao Li, que le infunde a Natalia confianza, afán de lucha, seguridad…

INTERNATIONAL LATINO BOOK AWARDS 2010
FINALISTA PREMIO HACHE 2012

viernes, 12 de enero de 2018

LA MANO IZQUIERDA DE PETER PAN


La novela de Silvia Herreros de Tejada trata sobre el amor –el correspondido y el no correspondido, el olvidado y el recobrado, y el que se manifiesta a través únicamente de las palabras, como si fueran caricias– y también sobre el lugar que ocupamos en el mundo, llena de humor e ironía, al más puro estilo inglés.

1916-1937: El escritor James Matthew Barrie, después del enorme éxito cosechado con Peter Pan, cae en una profunda crisis creativa y contrata a una nueva secretaria, lady Cynthia Asquith, aristócrata inglesa. Entablan una relación más allá de lo profesional, convirtiéndose ella en una especie de amante, pariente, colega escritora, compañera de vida. Barrie somatiza su bloqueo en un bulto que le sale en la mano derecha y comienza a escribir con la izquierda. «Lógicamente —escribe—, por la mano izquierda bajan pensamientos mucho más siniestros».

2010: Dos profesores, David, español, y Moira, norteamericana, investigan los manuscritos originales de Barrie en la Biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale. Preparan una conferencia para el congreso que celebrará, en Escocia, los 150 años del nacimiento del escritor. Compiten para obtener la autoría del libro oficial del congreso. Moira es experta en Cynthia Asquith, una escritora menor, apenas conocida. A David, especialista en Peter Pan, se le ocurre una hipótesis aparentemente descabellada: ¿y si Barrie, por amor, escribió la supuesta obra de Cynthia Asquith con la mano izquierda? Moira sostiene completamente lo contrario. Ambos, en la barrera de los cuarenta, se encuentran un tanto desengañados con sus vidas y proyectan en Cynthia y Barrie todo aquello que no se atreven a hacer en la vida real.

                Es una novela agridulce por la complejidad de sus personajes. Por una parte, la relación entre Barrie y Cynthia, quien acepta el trabajo para mejorar su posición. Por otra parte, la rivalidad entre David, siempre ninguneado, y Moira, que intenta dejar de lado a su marido. David es mentiroso, egoísta y quiere ser reconocido como un hombre de éxito. Moira se da cuenta de que, tras Peter Pan, Barrie cambia de estilo, y esto es debido Cynthia.

En la obra podemos encontrar biografía (tanto su parte real como de ficción), comedia de enredo, romance, novela literaria e incluso intriga académica…

            Varios temas se entrecruzan en la novela. Primero, la historia de dos escritores: uno, famoso en su época, pero casi olvidado; la otra, una autora, que apenas nadie recuerda. También el tema de la fantasía y de los lugares oscuros a los que puede llevarnos, lejos del imaginario de Disney. Luego, el síndrome de la eterna juventud, esos personajes que no saben lo que quieren, que no saben cómo ser adultos, aunque Cynthia y Moira luchan contra los roles que la sociedad les ha dado.

martes, 26 de diciembre de 2017

EL DRAGÓN BLANCO Y OTROS PERSONAJES OLVIDADOS


Este libro del mexicano Adolfo Córdova retoma a los personajes secundarios de los clásicos infantiles para convertirlos en protagonistas de sus propias historias. Este proyecto fue ganador por unanimidad del Premio Bellas Artes de Cuento Infantil Juan de la Cabada 2015 y consta de seis cuentos cuyas historias tienen la carga de los textos originales pero, al mismo tiempo, mantienen una vida propia que permite que sean disfrutados aunque no se conozcan los textos de los que parten. El autor demuestra en esta obra su gran cercanía con la literatura infantil y un estilo potente y sagaz que atrapará a lectores de todas las edades:


Siempre me intrigaron las historias posibles de los personajes secundarios. Ellos no encuentran el tesoro, no muerden la manzana encantada ni se asoman al pozo de los deseos. Sus vidas, más abiertas, nos permiten imaginar los pasados y destinos que queramos. Como no son los héroes, pueden permanecer medio día con la frente pegada al piso, invertir horas y horas en la preparación de una cena invisible o explorar cimas nevadas sin ningún otro objetivo que alimentar su asombro.


Este libro es un homenaje a todos ellos, los secundarios, los personajes olvidados, y en particular, al genio de los escritores que inventaron al alado Rey Mono, a la Hermosa Niña de Pelo Turquesa, al Gato de Cheshire, a los niños perdidos, al Rey Cisne y a Fújur, el dragón blanco de la suerte. Crearon para ellos momentos fugaces pero tan verdaderos que, movido por mi fascinación, quise extenderlos.


Con ayuda de las ilustraciones de Riki Blanco, el libro homenajea los siguientes clásicos juveniles e infantiles: El Maravilloso Mago de Oz, a través del alado Rey Mono; Las Aventuras de Pinocho, con la Niña de Pelo Turquesa; Alicia en el País de las Maravillas, con el Gato de Cheshire; Peter Pan, con Wendy y los Niños Perdidos; Los Cisnes Salvajes, relato del que se reinterpreta el pasaje final (Elisa frente al verdugo); y La Historia Interminable, con Fujur, el dragón blanco, que da título a la antología. Los cuentos de esta antología se sienten como una extensión de las obras de las que se desprenden y, al mismo tiempo, pueden ser leídos de manera independiente, pues el autor conoce las historias y construye sus personajes de una forma cuidada.

miércoles, 28 de junio de 2017

EN EL AEROPUERTO


A David, los aeropuertos le provocaban zozobra. Las tramas inimaginables de las vidas ajenas, la voz en off constante, el aire opaco —compuesto de pachulí, exsalas de fumadores, cafés de franquicia, anhelos sofisticados de duty-free—, las listas que enumeraba en su cabeza. Infinidad de lugares a los que no había ido y le gustaría ir, infinidad de tareas vitales aún pendientes.

A través de las cristaleras, se veía una mañana clara de invierno, y las limpiadoras terminaban de quitar las guirnaldas rezagadas que, tras sus días de alborozo y adeste fideles, ya hoy carecían de sentido. Los aeropuertos eran zonas de stand-by, en el más amplio sentido de la palabra. ¿Se podría escribir un artículo al respecto? David sacó un cuaderno Moleskine de la bolsa de tela que siempre llevaba consigo. Se la había traído su exnovia, la periodista, de… ¿Fráncfort, era? Daba igual. Pasó las páginas hasta llegar a la encabezada con «ideas». Se dispuso a escribir, pero un aliento de desidia le quitó las ganas, de repente. ¿Para qué otra línea sin continuación? La voz del altavoz pareció contestarle. Primero, la mujer: «Por favor, tengan cuidado con sus objetos personales»; después, el hombre: «Please, take care of your personal belongings». David había organizado este viaje para crear, para hacer algo. Así que apuntó, con su letra fea y angulosa, «El aeropuerto como no-lugar: nuevos mundos paralelos del siglo XXI», cerró el cuaderno y alzó la vista orgulloso. O, al menos —pensó David—, eso habría parecido desde los ojos de otro (...)



En el duty-free, David se roció con un perfume carísimo de Dolce & Gabbana y se mareó ligeramente con la fragancia, la de un impostor. Caminó con paso firme hacia la puerta de embarque C53 del aeropuerto de Barajas, mirando a los ojos a cualquiera que se cruzara con él. Nadie sabía quién era Barrie, igual que nadie sabía quién era David. Pero eso iba a cambiar muy pronto.



Una vez en su asiento, sin compañero de viaje alguno, contempló la ciudad por la ventanilla del avión. Primero, en tierra, a tamaño real; luego, ya en el aire, como una maqueta de museo; finalmente, entre las nubes, poco más que una fruslería: tan minúscula que Madrid entera le cabía en un puño cerrado. Se sintió tan poderoso como cuando había marchado a la universidad de Edimburgo —ante la oposición de su padre, evidentemente— para estudiar un máster en literatura comparada. Dos años, para su madre, tan profética ella, como de «mundo paralelo». «Pues claro que estás contento, no te fastidia —le decía cuando hablaban por teléfono, una vez al mes—. Estar en el extranjero es vivir otra vida que, en realidad, no es la tuya». De eso nada, pensaba David: esos dos años, de hecho, habían supuesto lo que tendría que ser su vida: una vorágine de intelectualidad, bohemia, ímpetu y tormenta, igual que en el Sturm und Drang alemán, como decía su mejor amigo de la época,

Silvia Herreros de Tejada, La Mano Izquierda de Peter Pan

domingo, 27 de noviembre de 2016

PETER PAN

La señora Darling supo por primera vez de Peter cuando estaba ordenando la imaginación de sus hijos. Cada noche, toda buena madre tiene por costumbre, después de que sus niños se hayan dormido, rebuscar en la imaginación de éstos y ordenar las cosas para la mañana siguiente, volviendo a meter en sus lugares correspondientes las numerosas cosas que se han salido durante el día. Si pudierais quedaros despiertos (pero claro que no podéis) veríais cómo vuestra propia madre hace esto y os resultaría muy interesante observarla. Es muy parecido a poner en orden unos cajones. Supongo que la veríais de rodillas, repasando divertida algunos de vuestros contenidos, preguntándose de dónde habíais sacado tal cosa, descubriendo cosas tiernas y no tan tiernas, acariciando esto con la mejilla como si fuera tan suave como un gatito y apartando rápidamente esto otro de su vista. Cuando os despertáis por la mañana, las travesuras y los enfados con que os fuisteis a la cama han quedado recogidos y colocados en el fondo de vuestra mente y encima, bien aireados, están extendidos vuestros pensamientos más bonitos, preparados para que os los pongáis (...)
A veces, en el transcurso de sus viajes por las mentes de sus hijos, la señora Darling encontraba cosas que no conseguía entender y de éstas la más desconcertante era la palabra Peter. No conocía a ningún Peter y, sin embargo, en las mentes de John y Michael aparecía aquí y allá, mientras que la de Wendy empezaba a estar invadida por todas partes de él. El nombre destacaba en letras mayores que las de cualquier otra palabra y mientras la señora Darling lo contemplaba le daba la impresión de que tenía un aire curiosamente descarado.
—Sí, es bastante descarado —admitió Wendy a regañadientes. Su madre le había estado preguntando.
—¿Pero quién es, mi vida?
—Es Peter Pan, mamá, ¿no lo sabes?
Al principio la señora Darling no lo sabía, pero después de hacer memoria y recordar su infancia se acordó de un tal Peter Pan que se decía que vivía con las hadas. Se contaban historias extrañas sobre él, como que cuando los niños morían él los acompañaba parte del camino para que no tuvieran miedo. En aquel entonces ella creía en él, pero ahora que era una mujer casada y llena de sentido común dudaba seriamente que tal persona existiera.
—Además —le dijo a Wendy—, ahora ya sería mayor.
—Oh no, no ha crecido —le aseguró Wendy muy convencida—, es de mi tamaño.
Quería decir que era de su tamaño tanto de cuerpo como de mente; no sabía cómo lo sabía, simplemente lo sabía.
La señora Darling pidió consejo al señor Darling, pero éste sonrió sin darle importancia.
—Fíjate en lo que te digo —dijo—, es una tontería que Nana les ha metido en la cabeza; es justo el tipo de cosa que se le ocurriría a un perro. Olvídate de ello y ya verás cómo se pasa.
Pero no se pasaba y no tardó el molesto niño en darle un buen susto a la señora Darling.
Los niños corren las aventuras más raras sin inmutarse. Por ejemplo, puede que se acuerden de comentar, una semana después de que haya ocurrido la cosa, que cuando estuvieron en el bosque se encontraron con su difunto padre y jugaron con él. De esta forma tan despreocupada fue como una mañana Wendy reveló un hecho inquietante. Aparecieron unas cuantas hojas de árbol en el suelo del cuarto de los niños, hojas que ciertamente no habían estado allí cuando los niños se fueron a la cama y la señora Darling se estaba preguntando de dónde habrían salido cuando Wendy dijo con una sonrisa indulgente:
—¡Seguro que ha sido ese Peter otra vez!
—¿Qué quieres decir, Wendy?
—Está muy mal que no barra —dijo Wendy, suspirando. Era una niña muy pulcra.
Explicó con mucha claridad que le parecía que a veces Peter se metía en el cuarto de los niños por la noche y se sentaba a los pies de su cama y tocaba la flauta para ella. Por desgracia nunca se despertaba, así que no sabía cómo lo sabía, simplemente lo sabía.
—Pero qué bobadas dices, preciosa. Nadie puede entrar en la casa sin llamar.
—Creo que entra por la ventana —dijo ella.
—Pero, mi amor, hay tres pisos de altura.
—¿No estaban las hojas al pie de la ventana, mamá?
Era cierto, las hojas habían aparecido muy cerca de la ventana.
La señora Darling no sabía qué pensar, pues a Wendy todo aquello le parecía tan normal que no se podía desechar diciendo que lo había soñado.
—Hija mía —exclamó la madre—, ¿por qué no me has contado esto antes?
—Se me olvidó —dijo Wendy sin darle importancia. Tenía prisa por desayunar.
Bueno, seguro que lo había soñado.
Pero, por otra parte, allí estaban las hojas. La señora Darling las examinó atentamente: eran hojas secas, pero estaba segura de que no eran de ningún árbol propio de Inglaterra. Gateó por el suelo, escudriñándolo a la luz de una vela en busca de huellas de algún pie extraño. Metió el atizador por la chimenea y golpeó las paredes. Dejó caer una cinta métrica desde la ventana hasta la acera y era una caída en picado de treinta pies, sin ni siquiera un canalón al que agarrarse para trepar.
Desde luego, Wendy lo había soñado.
Pero Wendy no lo había soñado, según se demostró a la noche siguiente, la noche en que se puede decir que empezaron las extraordinarias aventuras de estos niños.
La noche de la que hablamos, todos los niños se encontraban una vez más acostados. Daba la casualidad de que era la tarde libre de Nana y la señora Darling los bañó y cantó para ellos hasta que uno por uno le fueron soltando la mano y se deslizaron en el país de los sueños.
Tenían todos un aire tan seguro y apacible que se sonrió por sus temores y se sentó tranquilamente a coser junto al fuego.
Era una prenda para Michael, que en el día de su cumpleaños iba a empezar a usar camisas. Sin embargo, el fuego daba calor y el cuarto de los niños estaba apenas iluminado por tres lamparillas de noche y al poco rato la labor quedó en el regazo de la señora Darling. Luego ésta empezó a dar cabezadas con gran delicadeza. Estaba dormida. Miradlos a los cuatro, Wendy y Michael allí, John aquí y la señora Darling junto al fuego. Debería haber habido una cuarta lamparilla.
Mientras dormía tuvo un sueño. Soñó que el País de Nunca Jamás estaba demasiado cerca y que un extraño chiquillo había conseguido salir de él. No le daba miedo, pues tenía la impresión de haberlo visto ya en las caras de muchas mujeres que no tienen hijos. Quizás también se encuentre en las caras de algunas madres. Pero en su sueño había rasgado el velo que oscurece el País de Nunca Jamás y vio que Wendy, John y Michael atisbaban por el hueco.
El sueño de por sí no habría tenido importancia alguna, pero mientras soñaba, la ventana del cuarto de los niños se abrió de golpe y un chiquillo se posó en el suelo. Iba acompañado de una curiosa luz, no más grande que un puño, que revoloteaba por la habitación como un ser vivo y creo que debió de ser esta luz lo que despertó a la señora Darling.



Se sobresaltó soltando un grito y vio al chiquillo y de alguna manera supo al instante que se trataba de Peter Pan. Si vosotros o Wendy o yo hubiéramos estado allí nos habríamos dado cuenta de que se parecía mucho al beso de la señora Darling. Era un niño encantador, vestido con hojas secas y los jugos que segregan los árboles, pero la cosa más deliciosa que tenía era que conservaba todos sus dientes de leche. Cuando se dio cuenta de que era una adulta, rechinó las pequeñas perlas mostrándolas.
James Barrie, Peter Pan

domingo, 31 de julio de 2016

KENSINGTON GARDENS


Inmediatamente os daréis cuenta de que sería casi imposible seguir las aventuras de Peter Pan, si no nos familiarizamos con los Jardines de Kensington. Estos Jardines están en Londres, donde vive el rey. (…)

Los Jardines limitan por una parte con una interminable hilera de autobuses, sobre los que vuestras niñeras tienen el poder de obligarles a detenerse con una simple señal de la mano cada vez que quieren cruzar tranquilamente la calle con vosotros.

Es verdad que hay muchas puertas de entrada a los Jardines, pero vosotros siempre entráis por la misma, y, antes de entrar, os paráis a charlar con la señora de los globos, que se sienta allí, muy cerca de la verja, agarrada a las barras… Pues, si se olvidara de agarrarse bien a las barras, los globos la elevarían y se la llevarían volando. (…)

Los Jardines son un lugar impresionantemente grande, con centenares y centenares de árboles. En primer lugar, nada más entrar, encontramos las Magnolias, pero no conviene que nos detengamos aquí, porque es un lugar para diminutos personajes altivos, a quienes les está prohibido mezclarse con la gente, y se llaman así porque, según la leyenda, se visten con gran pompa. (…)


Ahora nos encontramos en el Paseo Central, que, en comparación con otros paseos, es tan grande como vuestro padre, comparado con vosotros. David siempre se preguntaba si, al principio, aquel paseo habría nacido pequeño y luego habría crecido y crecido hasta hacerse grande, y si los otros paseos serían sus hijos. Incluso llegó a hacer un dibujo que le gustaba mucho: había representado el Paseo Central llevando de paseo, a tomar el aire, en un cochecito, a un paseo chiquito. En el Paseo Central uno se encuentra a las personas que vale la pena; generalmente van acompañadas de un adulto para impedirles que se metan en el césped húmedo, y les mandan de castigo ponerse de pie en un extremo del banco, si hacen el pillo o hacen pucheros. Hacer pucheros quiere decir comportarse como una niña; hacen pucheros porque la niñera no quiere cogerlos en brazos o hacen mohínes, chupándose el dedo pulgar, y esto es algo muy desagradable. Y hacer el pillo equivale a dar patadas a todo lo que encuentra, y en esto, por lo menos, hay alguna satisfacción.


Si tuviera que enseñaros todos los lugares importantes mientras pasamos por el Paseo Central, se haría la hora de volver a casa antes de llegar al final. Por eso me contentaré con indicarlos al pasar

J. M. Barrie, Peter Pan en los Jardines de Kensington

domingo, 19 de junio de 2016

CONTAR UNA HISTORIA


Tengo que explicaros cómo David y yo contamos una historia. Primero yo se la cuento a él y luego él me la cuenta a mí, con el acuerdo de que es una historia completamente distinta. Luego se la vuelvo yo a contar con lo que él ha añadido, y así seguimos hasta que ninguno de los dos es capaz de reconocer de quién es la historia que estamos contando. En esta historia de Peter Pan, por ejemplo, la narración cruda y dura y la mayoría de las reflexiones morales son mías, aunque no todas, pues este muchacho puede llegar a ser a veces un severo moralista. Pero los detalles más interesantes sobre los modos y costumbres de los niños en la fase de pájaros son, sobre todo, recuerdos de David, traídos a la memoria mediante un intenso esfuerzo por recordar apretando las sienes con sus manos.

J. M. Barrie, Peter Pan en los Jardines de Kensington