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lunes, 20 de septiembre de 2021

LLEGAN MIS HERMANOS

 


Por la mañana, me cepillé el pelo cien veces seguidas, tratando de que quedara brillante, y me lo recogí con un lazo blanco a juego con mi vestido —por si no lo sabíais, las chicas de clase alta deben ir de blanco, así se puede apreciar cualquier motita de suciedad. Me puse mi vestido más nuevo y menos manchado, y debajo, unos pololos muy bonitos de encaje blanco y las habituales medias negras con unas botas negras que Lane acababa de lustrar.

Después de tanta preparación a esa hora tan temprana, no tuve tiempo para desayunar. Como era una mañana muy fría, tomé un chal del estante del vestíbulo y monté en la bicicleta, pedaleando a toda velocidad para no llegar tarde.

Había descubierto que montar en bici me permitía pensar sin preocuparme de que alguien se percatara de mis muecas y expresiones. Era un alivio, aunque no un consuelo, el hecho de poder madurar los acontecimientos recientes mientras pasaba velozmente por Kineford y tomaba el camino hacia Chaucerlea.

Me pregunté qué diablos le había pasado a mi madre.

Para alejar aquel pensamiento, me pregunté si tendría problemas en encontrar la estación de tren y a mis hermanos (…)

Me pregunté si los reconocería al llegar a la estación. No los había visto desde que tenía cuatro años, en el funeral de padre. Todo lo que podía recordar de ellos era que me habían parecido muy altos en sus chisteras de crepé negro, y muy severos en sus levitas de color negro, guantes negros, negros brazaletes en señal de luto y negras y brillantes botas de charol (…) Me pregunté si mis hermanos me reconocerían después de diez años.

Por descontado, conocía la razón por la que no nos habían visitado a madre y a mí, la misma por la que nosotras tampoco lo habíamos hecho: por la vergüenza que había supuesto para la familia mi nacimiento. Mis hermanos no podían permitirse que se los relacionara con nosotras. Mycroft era un hombre ocupado e influyente que trabajaba en Londres al servicio del gobierno, y mi hermano Sherlock era un famoso detective que incluso contaba con un libro que hablaba sobre él: Un estudio en escarlata, escrito por su amigo y anterior compañero de piso, el doctor John Watson. Mamá había comprado un ejemplar...

«No pienses en mamá».

... y las dos lo habíamos leído. Desde entonces, soñaba con Londres, con su gran puerto marítimo; Londres, la sede de la monarquía, el corazón de la alta sociedad, y también, según el doctor Watson, «esa gran fosa séptica hacia la que todos los holgazanes y perezosos del Imperio se sienten arrastrados irremediablemente»; Londres, la ciudad en que, según Black Beauty: autobiografía de un caballo, otro de mis libros favoritos, hombres vestidos de frac y mujeres adornadas con diamantes asistían a la ópera mientras, en las calles, los despiadados cocheros hacían trabajar a sus caballos hasta la extenuación; Londres, la ciudad en que los académicos leían en el Museo Británico y las multitudes se agolpaban en los teatros para que los discípulos del mesmerismo las hipnotizaran; Londres, la ciudad en que la gente famosa convocaba sesiones para hablar con los espíritus de los muertos, mientras que otras célebres personalidades intentaban explicar científicamente cómo un espiritualista había conseguido levitar a través de la ventana hacia un carruaje que esperaba en el exterior.

Londres, donde chiquillos sin un penique vestían harapos, corrían salvajes por las calles y no iban a la escuela. Londres, donde los villanos asesinaban a las damas de la noche —no tenía una idea muy clara de quiénes eran estas últimas— y arrebataban a sus bebés para venderlos como esclavos. En Londres había realeza y asesinos. En Londres, había maestros de la música, maestros del arte y maestros del crimen que secuestraban a las criaturas y las obligaban a trabajar en antros de iniquidad. Tampoco tenía una idea clara de qué eran estos últimos, pero sabía que mi hermano Sherlock, contratado en ocasiones por la realeza, se aventuraba en antros de iniquidad para medir su inteligencia con la de rufianes, ladrones y príncipes del crimen. Mi hermano Sherlock era un héroe.

Recordé aquella lista del doctor Watson que enumeraba las veintinueve aptitudes de mi hermano: académico, químico, soberbio violinista, experto tirador, espadachín, diestro con el bastón, púgil y brillante pensador deductivo.

Entonces conformé una lista mental de mis propias cualidades: capaz de leer, escribir y sumar; de encontrar nidos de pájaros; de buscar gusanos y pescar; ah, claro, y de montar en bicicleta.

Ante una comparación tan deprimente, dejé de pensar y presté especial atención a la carretera, puesto que me aproximaba a Chaucerlea (.,,)

Tan solo se apearon unos pocos pasajeros, y entre ellos, no tuve dificultad en reconocer a los dos altos londinenses que debían de ser mis hermanos. Iban vestidos con el atuendo habitual para el campo: trajes oscuros de tweed con orla trenzada, corbatas de tela suave y bombín. Y guantes de piel. Solo la aristocracia llevaba guantes en pleno verano. Uno de mis hermanos se había engordado un poco y su chaleco de seda sobresalía. Supuse que se trataba de Mycroft, siete años mayor que yo. El otro, Sherlock, enfundado en su traje color carbón y sus botas negras, estaba de pie, recto como un palo y esbelto como un galgo.

Haciendo girar sus bastones, miraban a uno y otro lado como si buscaran algo, aunque su escrutinio me pasó de largo.

Mientras tanto, todos los presentes en el andén los miraban de reojo. Y para mi fastidio, al apearme de la bicicleta, advertí que estaba temblando. Una de las cintas del encaje de mis pololos se enredó en la cadena, se desgarró y quedó colgando sobre mi bota izquierda. Malditos refinamientos.

Al tratar de recogerla y embutirla hacia dentro, se me cayó el chal. Aquello no iba a salir bien. Respiré profundamente, dejé el chal sobre la bicicleta, y la bicicleta, apoyada contra la pared de la estación. Me enderecé y me aproximé a los dos londinenses, aunque sin lograr mantener la cabeza alta.

—¿Señor Holmes? —pregunté—. ¿Y, hum, señor Holmes?

Dos pares de ojos grises y astutos se posaron sobre mí. Dos pares de cejas aristócratas se alzaron.

—Me pidieron, hum..., me pidieron que los viniera a recoger —dije.

—¿Enola? —exclamaron al unísono.

Después, en rápida alternancia, dijeron:

—¿Qué haces tú aquí?

—¿Por qué no has enviado el carruaje?

—Deberíamos haberla reconocido; es igualita que tú, Sherlock. —El más alto y esbelto era, entonces, Sherlock. Me gustaba su rostro huesudo, sus ojos de halcón, su nariz aguileña, pero percibí que la mención a nuestro parecido no era un cumplido.

—Pensé que era una de esas chiquillas callejeras.

—¿En bicicleta?

—¿Por qué en bicicleta? ¿Dónde está el carruaje, Enola?

Pestañeé. ¿Carruaje? Un landó y un faetón acumulaban polvo en la cochera; hacía años que no teníamos caballos, no desde que el caballo de caza de mi madre había partido hacia pastos más verdes.

—Supongo que podría haber alquilado caballos —dije lentamente—, pero no hubiese sabido cómo colocarles el arnés o conducirlos.

El corpulento, Mycroft, exclamó:

—Y entonces, ¿para qué pagamos un mozo de cuadra y un peón?

—¿Cómo?

—¿Me estás diciendo que no hay caballos?

—Más tarde, Mycroft. —Con una facilidad pasmosa para dar órdenes, Sherlock llamó a un muchacho que vagabundeaba por allí—. ¡Mozo! Busca una berlina.

Lanzó una moneda hacia el chico, que se arregló la gorra en señal de asentimiento y echó a correr.

—Será mejor que esperemos dentro —dijo Mycroft—. Si nos quedamos aquí afuera, con este viento, el cabello de Enola acabará pareciéndose cada vez más al nido de un grajo. ¿Dónde está tu sombrero, Enola?

Para entonces, de algún modo, se había disipado el momento de decir «¿Cómo están?» o de que ellos dijeran «Qué alegría volver a verte, querida» y darse un apretón de manos o algo por el estilo, aunque yo fuese la vergüenza de la familia. Para entonces, también estaba empezando a darme cuenta de que el «por favor recógenos en estación» era una petición de transporte, no de que acudiera en persona.

Bueno, pues si no deseaban el placer de mi conversación, estaban de suerte, porque me quedé callada y con cara de tonta.

Sherlock me agarró del brazo, me guio hacia el interior de la estación y, continuando con el reproche sobre el sombrero que acababa de lanzar su hermano, dijo:

—¿Y dónde están tus guantes? ¿O cualquier otro tipo de prenda decorosa y decente? Ya eres una joven dama, Enola.

Esa frase me devolvió el habla.

—Acabo de cumplir catorce.

Mycroft, en un tono contrariado y casi lastimero, murmuró:

—Pero yo he estado pagando a la modista para que...

—Deberías llevar falda larga desde los doce —decretó Sherlock en ese estilo imperial suyo tan informal—. ¿En qué estaba pensando tu madre? Supongo que se habrá marchado con las sufragistas y se habrá abandonado a la causa.

—No sé adónde ha ido —contesté, y para mi sorpresa, porque no había derramado una sola lágrima hasta aquel preciso momento, rompí a llorar.

Se evitó entonces cualquier otra mención a mamá hasta que estuvimos sentados en la berlina, con mi bicicleta sujetada en la parte posterior, meciéndonos camino de Kineford.

—Somos un par de brutos sin tacto —observó Sherlock dirigiéndose a Mycroft mientras me ofrecía un pañuelo enorme y muy almidonado, poco agradable a la nariz. Estaba segura de que pensaban que lloraba por mamá, y era cierto. Pero, en verdad, también lloraba por mí misma.

Enola.

Sola.

Nancy Springer, El caso del marqués desaparecido

viernes, 30 de julio de 2021

CONOCIENDO A SHERLOCK HOLMES

 

—Busco alojamiento —respondí—. Intento resolver el problema de conseguir habitaciones confortables a un precio razonable.

—Qué curioso —observó mi acompañante—. Es usted la segunda persona que me habla hoy en estos términos.

—¿Y quién ha sido la primera? —pregunté.

—Un colega que trabaja en el laboratorio químico del hospital. Se lamentaba esta mañana de no encontrar a nadie con quien compartir unas bonitas habitaciones que había encontrado, y que eran demasiado caras para su bolsillo.

—¡Por Júpiter! —grité—. ¡Si está buscando de verdad a alguien con quien compartir las habitaciones y los gastos, yo soy su hombre! Prefiero tener un compañero a vivir solo.

El joven Stamford me miró de un modo raro por encima de su vaso de vino.

—Usted no conoce todavía a Sherlock Holmes —dijo—. Tal vez no le guste tenerlo constantemente de compañero.

—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?

—¡Oh, yo no he dicho que tenga nada malo! Alimenta ideas un poco raras, le entusiasman determinadas ramas de la ciencia. Pero, que yo sepa, es un tipo decente.

—Estudia Medicina, supongo.

—No. No tengo la menor idea de lo que pretende hacer. Creo que domina la anatomía, y es un químico de primera, pero, que yo sepa, nunca ha seguido cursos sistemáticos de Medicina. Sus estudios son poco metódicos y muy excéntricos, pero ha acumulado gran cantidad de conocimientos insólitos que asombrarían a sus profesores.

—¿No le ha preguntado usted nunca a qué piensa dedicarse?

—No, no es hombre que se deje llevar fácilmente a confidencias, aunque puede mostrarse comunicativo cuando le da por ahí.

—Me gustaría conocerlo —dije—. Si he de compartir alojamiento, prefiero a un hombre estudioso y de costumbres tranquilas. No estoy lo bastante fuerte todavía para soportar mucho ruido y barullo. Tuve bastante de ambas cosas en Afganistán para lo que me resta de vida. ¿Cómo podría conocer a ese amigo suyo?

—Seguro que está en el laboratorio —respondió mi compañero—. A veces pasa semanas sin asomar por allí, y otras veces trabaja allí desde la mañana hasta la noche. Si usted quiere, podemos ir en coche después del almuerzo.

—Claro que sí —contesté.

Y la conversación tomó otros derroteros.

Mientras nos dirigíamos al hospital tras abandonar el Holborn, Stamford me informó de otras peculiaridades del caballero con quien me proponía yo compartir alojamiento.

—No me eche a mí la culpa si no se llevan bien —me dijo—. Sólo sé de él lo que he averiguado en nuestros ocasionales encuentros en el laboratorio. Ha sido usted quien ha propuesto este arreglo, de modo que no me haga responsable.

—Si no nos llevamos bien, será fácil separarnos —respondí—. Pero me parece, Stamford —añadí, mirándole Ajamente—, que debe de tener usted alguna razón concreta para lavarse las manos en este asunto. ¿Tan insoportable es ese individuo? Hable sin rodeos.

—No es fácil explicar lo inexplicable —respondió, riendo—. Holmes es un poco demasiado científico para mi gusto… Raya en la falta de humanidad. Puedo imaginarlo ofreciéndole a un amigo una pizca del más reciente alcaloide vegetal, no por malevolencia, entiéndame, sino simplemente porque su espíritu curioso quiere formarse una idea clara de sus efectos. Para hacerle justicia, creo que ingeriría él mismo la droga con idéntica tranquilidad. Parece sentir pasión por los conocimientos concretos y exactos.

—Lo cual está muy bien.

—Sí, pero puede alcanzar extremos excesivos. Si llega hasta el punto de golpear con un palo los cadáveres de la sala de disección, toma una forma ciertamente chocante.

—¡Golpear los cadáveres!

—Sí, para verificar qué magulladuras se pueden producir en un cuerpo después de la muerte. Se lo vi hacer con mis propios ojos.

—¿Y dice usted que no estudia Medicina?

—No. Sabe Dios cuál será el objetivo de sus estudios. Pero ya hemos llegado, y usted podrá formarse su propia opinión.

Mientras él hablaba, doblamos por un estrecho callejón y traspusimos una puertecilla lateral, que daba a un ala del gran hospital. El terreno me era familiar, y no necesité guía para subir la lúgubre escalera de piedra y recorrer el largo pasillo de paredes encaladas y puertas color pardusco. Casi al final se abría un bajo pasadizo abovedado que llevaba al laboratorio de química. Era una sala de techo muy alto, con hileras de frascos por todas partes. Sobre varias mesas, bajas y anchas, se agolpaban retortas, tubos de ensayo y pequeñas lámparas Bunsen de vacilantes llamas azules. En la habitación sólo había un estudiante, que se inclinaba sobre una mesa apartada, absorto en su trabajo. Al oír el sonido de nuestros pasos, dio media vuelta y se levantó de un salto con una exclamación de alegría.

—¡Lo he encontrado! ¡Lo he encontrado! —le gritó a mi compañero, corriendo hacia nosotros con un tubo de ensayo en la mano—. He encontrado un reactivo que se precipita con la hemoglobina y sólo con la hemoglobina.

Si hubiese descubierto una mina de oro, su rostro no hubiera reflejado mayor satisfacción.

—El doctor Watson, el señor Sherlock Holmes —nos presentó Stamford.

—¿Cómo está usted? —me dijo Holmes cordialmente, estrechándome la mano con una fuerza que yo habría estado lejos de atribuirle—. Veo que ha estado en Afganistán.

—¿Cómo diablos lo sabe? —pregunté atónito.

—Carece de importancia —dijo, sonriendo para sí mismo—. Ahora se trata de la hemoglobina. Sin duda usted percibe la importancia de mi descubrimiento, ¿verdad? (…)

—Hemos venido para tratar un asunto —dijo Stamford, sentándose en un alto taburete de tres patas y empujando otro con el pie hacia mí—. Mi amigo anda buscando alojamiento y, como usted se lamentó de no encontrar a nadie con quien compartir un alquiler, pensé que lo mejor sería ponerlos en contacto.

A Sherlock Holmes pareció encantarle la idea de compartir su alojamiento conmigo.

—Tengo echado el ojo a unas habitaciones de Baker Street que nos vendrían que ni pintadas. Espero que no le moleste el olor del tabaco fuerte.

—Yo mismo fumo siempre tabaco de la Marina —respondí.

—Vamos bien. Suelo llevar conmigo sustancias químicas y a veces hago experimentos. ¿Le molestará esto?

—En absoluto.

—Veamos qué otros defectos tengo. A veces me deprimo y no abro la boca durante días. Cuando esto ocurra, no debe pensar que estoy enfadado. Déjeme solo y pronto se me pasará. Y ahora, ¿qué tiene que confesarme usted a mí? Es conveniente que dos individuos conozcan lo peor del otro antes de ponerse a vivir juntos.

Este interrogatorio de segundo grado me arrancó una sonrisa.

—Tengo un cachorro —dije—, y me molesta el barullo porque tengo los nervios deshechos, y me levanto a las horas más intempestivas, y soy extremadamente perezoso. Tengo un surtido de vicios distintos cuando me encuentro bien de salud, pero en el presente estos son los principales.

—¿Incluye usted el violín en la categoría de barullo? —me preguntó con ansiedad.

—Depende de quién lo toque —respondí—. Cuando el violín se toca bien, es un placer de dioses…, cuando se toca mal…

—De acuerdo, pues —exclamó, con una alegre sonrisa—. Creo que podemos considerar zanjado el asunto. Si las habitaciones le gustan, claro.

—¿Cuándo las veremos?

—Venga a recogerme mañana a las doce del mediodía. Iremos juntos y cerraremos el trato —me respondió.

—De acuerdo, a las doce en punto —le dije, estrechándole la mano.

Le dejamos trabajando con sus productos químicos, y regresamos caminando a mi hotel.

—Por cierto —pregunté de repente, parándome y dirigiéndome a Stamford—, ¿cómo demonios supo que vengo de Afganistán?

Mi compañero sonrió con una enigmática sonrisa.

—Esta es precisamente su pequeña peculiaridad —dijo—. Mucha gente se ha preguntado cómo descubre ese tipo de cosas.

—Vaya, ¿se trata de un misterio? —exclamé, frotándome las manos—. Es muy excitante. Le estoy reconocido por habernos puesto en contacto. «El más apropiado tema de estudio para la humanidad es el hombre», usted ya sabe.

—Entonces estudie a Holmes —dijo Stamford, al despedirse de mí—.

Me parece que le va a resultar un problema peliagudo. Apuesto a que él averiguará más cosas de usted que usted de él. Adiós.

—Adiós —le respondí.

Y seguí caminando hacia mi hotel, muy intrigado por el individuo al que acababa de conocer.

Arthur Conan Doyle, Estudio en escarlata

miércoles, 31 de marzo de 2021

LA HIJA DE SHERLOCK HOLMES

 


                Londres, 1914.

                Una mujer, atribulada por la muerte de su hermano, acude al 221 B de Baker Street, donde se entrevista con el viejo doctor Watson y su hijo.

                Hay dos versiones distintas sobre la muerte de su hermano Charles Harrleston. La oficial, que dictamina que se ha suicidado arrojándose por una ventana tras perder una partida de cartas con el doctor Christopher Moran. La otra, desechada por la policía, dice que la victima fue arrojada desde el tejado.

                Testigo de ese hecho es un niño, Johnnie, hijo de la enfermera Joanna Blalock, que guarda celosamente el secreto de su nacimiento: es la hija de Sherlock Holmes e Irene Adler y ha heredado las habilidades de sus progenitores (aunque esto se descubre al final del libro, no es ningún spoiler, fijaros en el título).

Joanna, el doctor Watson y su hijo deciden formar un equipo de investigación para resolver el extraño caso.

                Un nuevo y entretenido homenaje al más famoso personaje creado por sir Arthur Conan Doyle. No aparece nuestro detective consultor favorito, pero si algunos secundarios que poblaban sus historias: el doctor Watson, la señora Hudson, el villano Moran, el inspector Lestrade con su sagacidad. La historia está llena de guiños holmesianos que contentan al lector de Doyle y sirven para enganchar.

martes, 16 de marzo de 2021

EL CASO DEL MARQUÉS DESAPARECIDO

Enola Holmes, hermana pequeña del famoso detective Sherlock Holmes, cuando va a cumplir 14 años, se da cuenta que su madre ha desaparecido. Ante la idea de sus hermanos mayores de internarla en un colegio de señoritas, decide viajar hasta Londres dispuesta a encontrar alguna pista que la conduzca hasta su madre. Sin embargo, nadie puede prepararla para lo que la espera allí. Al pisar el asfalto de la ciudad, se verá envuelta en el secuestro de un joven marqués y deberá sortear a toda costa a sus inteligentes hermanos mayores, que pretenden llevarla a un internado. ¿Podrá Enola descifrar los enigmas que le ha dejado su madre y encontrarla?

Con este libro Nancy Springer comienza las aventuras de Enola (Alone, al revés, que significa sola) Holmes, la hermana pequeña de Sherlock y Mycroft. Nos encontramos con una protagonista femenina en la sociedad victoriana del siglo XIX, que se rebela contra las costumbres de su época, donde el protagonismo, con acierto, lo tiene Enola, mientras que su famoso hermano pasa a un segundo plano.

La trama es entretenida y divertida (algunos momentos con Mycroft son geniales), avanzando rápidamente la lectura con las aventuras que se van sucediendo una tras otra y los misterios y cómo Enola intenta descubrir su significado.  

jueves, 31 de enero de 2019

CONOCIENDO A CONAN DOYLE



—La cena —respondió, despertando de su ensueño— ha sido en el hotel Langham, donde tanto la decoración como la carne están demasiado pasadas. Mi editor, el señor Stoddart, es un encanto. Es norteamericano, de ahí que le rodee ese halo tan lleno de energía y de orgullo. Es el editor del la revista Lippincott's Monthly Magazine...
—¿Y te ha hecho un nuevo encargo? —conjeturé.
—Mejor aún. Me ha presentado a un nuevo amigo. —Arqueé una ceja—. Sí, Robert, esta noche he hecho un amigo nuevo. Te gustará.
Yo estaba ya acostumbrado a los repentinos arrebatos de entusiasmo de Oscar.
—¿Voy a conocerle? —pregunté.
—En breve, siempre que tengas algo de tiempo libre.
—¿Va a venir aquí? —Eché una mirada al reloj de la repisa de la chimenea.
—No, iremos a verle nosotros... para desayunar. Necesito su consejo.
—¿Consejo?
—Es médico. Y también escocés. De Southsea.
—No me extraña que estés inquieto, Oscar —dije, echándome a reír. También él se rió. Siempre se reía con los chistes de los demás. No había la menor sombra de mezquindad en Oscar Wilde—. ¿Por qué estuvo presente en la cena? —pregunté.
—Porque también es escritor... novelista. ¿Has leído Micah Clarke? La Escocia del siglo diecisiete jamás ha resultado más distraída.
—No, no la he leído, pero sé exactamente a lo que te refieres. Hoy había un artículo sobre él en The Times. Es el hombre de moda: Arthur Doyle.
—Arthur Conan Doyle. Le da poca importancia a eso. Sospecho que debe de tener tu edad: veintinueve, quizá treinta años, aunque le envuelve un aire de gravedad que le hace parecer mucho mayor. Es un hombre claramente brillante, un científico que sabe bien jugar con las palabras, y bastante apuesto, siempre que uno sea capaz de imaginar su rostro bajo ese bigote de morsa. A primera vista, parece un cazador de caza mayor recién llegado del Congo, pero aparte de su apretón de manos, que resulta del todo intolerable, no tiene nada de bruto. Es suave como san Sebastián y sabio como san Agustín de Hipona.
Volví a reírme.
—Te veo entusiasmado, Oscar.
—Y presa de la envidia —respondió—. El joven Arthur ha causado sensación con su nueva creación.
—Sherlock Holmes —dije—, detective privado. Estudio en Escarlata. Lo he leído. Es excelente.
—Stoddart opina lo mismo. Quiere la continuación. Y, entre la sopa y el pescado, Arthur le ha prometido que la tendrá. Al parecer, se titulará El Signo de los Cuatro.
—¿Y qué hay de la historia que ibas a escribirle al señor Stoddart?
—La mía también será una novela de misterio, aunque un poco distinta. —De pronto cambió el tono de voz—. Tratará sobre el asesinato que escapa a los mecanismos de detección ordinarios. —El reloj dio el cuarto. Oscar encendió un segundo cigarrillo. Guardó unos segundos de silencio y fijó la mirada en la rejilla vacía—. Esta noche hemos hablado mucho de asesinatos —dijo con voz queda.

Gyles Brandreth, Oscar Wilde y una Muerte sin Importancia

viernes, 25 de enero de 2019

LOS MISTERIOS DE LA GATA HOLMES



            Enviado por Pedro:

El detective Katayama tiene dos importantes problemas que le impiden ser un policía de primera: por una lado siente pánico ante la sangre, solo con verla se desmaya. Por otro, es tan tímido que es incapaz de hablar con mujeres.

A pesar de esto, deberá unirse a la la investigación del asesinato de una universitaria y le será encomendada la vigilancia de una residencia femenina de la universidad.

Su vida dará un giro inesperado cuando conoce a un catedrático que tiene una mascota a la que llama Holmes y que, para sorpresa del detective, no es una gata corriente…

A partir de aquí nos encontramos con la desaparición del mobiliario de una sala de la residencia o la muerte del decano en una habitación cerrada.

Esta es la primera entrega de una conocida serie de libros de Jiro Akagawa que provocó que los aficionados a las novelas de misterio aumentara vertiginosamente en Japón. Una mezcla de comedia y misterio que se ha convertido en una obra emblemática para los lectores y que ha llevado a su personaje, la gata calicó Holmes a ser uno de los personajes más queridos y populares de la ficción nipona.

La historia se caracteriza por la vertiente cómica propiciada por muchas de las situaciones en las que se ve envuelto nuestro protagonista, y también la policiaca, con unas historias cargadas de crímenes y de detalles siniestros. Katayama es un personaje bastante curioso para su profesión: un detective de la policía atípico con fobias inconcebibles y un talante sin el arrojo de los detectives épicos, que han hecho que se gane el apodo de «princesita» entre sus compañeros. Luego tenemos la gata, Holmes, que conduce a nuestro protagonista a los distintos escenarios del crimen o le señala pistas o posibles sospechosos.

viernes, 14 de diciembre de 2018

CUENTOS VICTORIANOS DE NAVIDAD



El extenso periodo victoriano fue, por diversas y variadas circunstancias, quien dio carta de naturaleza al "espíritu navideño" y consolidó buena parte de la imagen y el carácter que asociamos a estas festividades hoy en día.

Fue, asimismo, la edad de oro del cuento de Navidad, del que dejaron muestras los más destacados autores de la época, siendo los de miedo y los de misterio los que gozaron de más aceptación. En esta recopilación antológica no falta, como es natural, Charles Dickens, y junto a los suyos se recogen también magníficos relatos de Anthony Trollope, Charlotte Riddell, Arthur Conan Doyle (uno de ellos protagonizado por Sherlock Holmes), Juliana Ewing y Wilkie Collins, que, aunque no sean todos cuentos de Navidad, si que ocurren en esta época del año.

Los relatos son de géneros muy distintos, desde el típico cuento de fantasía de Navidad hasta el cuento de fantasmas o el de intriga con detectives, y alguno de ellos con cierta dosis de humor. Encontramos los siguientes títulos:

·         La historia de los duendes que robaron un sacristán y Los siete viajeros pobres de Charles Dickens. La primera es un borrador de lo que sería Canción de Navidad, mientras que la segunda es una historia que sirve de marco al relato de varias narraciones

·         Navidad en Thompson Hall y La rama de muérdago de Anthony Trollope. El primero son las peripecias de una señora inglesa una aciaga noche en un hotel parisino

·         Un extraño juego navideño de Charlotte Riddell, sería el cuento de fantasmas victoriano.

·         Una nochebuena trepidante o Mi conferencia sobre la dinamita y La aventura del carbúnculo azul de Arthur Conan Doyle. En el primero, un timorato científico alemán que se cree gafado por el destino ha de enfrentarse a un peculiar grupo de anarquistas; en el segundo, tenemos la pareja Holmes-Watson.

·          Dragones: un cuento de Nochebuena de Juliana Erwing; cuento infantil donde se mezcla lo costumbrista con lo fantástico.  Geniales las discusiones del matrimonio.

·         La máscara robada o El misterio de la cajade caudales de Wilkie Collins. Una mezcla de humor, misterio y melodrama junto a un homenaje a Shakespeare.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

TRAMA PARA UNA HISTORIA DE SHERLOCK HOLMES



Esta trama para un cuento jamás escrito de Sherlock Holmes fue descubierta por Hesketh Pearson, que lo incluyó en su biografía de Conan Doyle.
Una joven visita a Sherlock Holmes, presa de una gran angustia. Se ha cometido un asesinato en su pueblo: su tío ha sido encontrado muerto de un balazo en su dormitorio, y todo hace pensar que le dispararon a través de la ventana. Su novio ha sido arrestado. Se sospecha de él por diferentes motivos:
1) Había tenido una discusión violenta con el anciano, que había amenazado con cambiar su testamento —a favor de la joven—, si volvía a hablar alguna vez con él.
2) Se encontró un revólver en casa del novio con sus iniciales grabadas en la culata, y con una bala de menos. La bala extraída del cadáver del anciano encaja con dicho revólver.
3) Posee una escalera ligera, la única que hay en el pueblo, y las huellas de las patas de la escalera se ven en la tierra que hay debajo de la ventana del dormitorio, mientras que una tierra similar (fresca) aparece en los extremos de la escalera.
Su única respuesta es que jamás ha poseído un revólver, y que había sido descubierto en el cajón del sombrerero de su recibidor, donde a cualquiera le habría resultado fácil dejarlo. En cuanto a la tierra de la escalera (que él no ha usado en un mes) carece de explicación.
Sin embargo, y sin hacer caso de estas pruebas incriminatorias, la muchacha insiste en creer que su novio es inocente, al tiempo que sospecha de otro hombre que también ha intentado seducirla, aunque no tiene ninguna prueba en su contra, excepto que la intuición le dice que es un villano que no se detendría ante nada.
En compañía del detective a cargo del caso, Sherlock Holmes y Watson se dirigen al pueblo a inspeccionar el lugar del crimen. Las marcas de la escalera atraen de forma especial la atención de Holmes. Medita —mira a su alrededor— y pregunta si hay algún sitio donde se podría ocultar algo grande. Lo hay: un pozo de agua en desuso, y que no ha sido inspeccionado porque en apariencia no falta nada. No obstante, Holmes insiste en que se inspeccione el pozo. Un niño del pueblo se presta a bajar con una vela. Antes de descender Holmes le susurra algo al oído... el chico se muestra sorprendido. Entonces lo bajan y, a una señal, lo vuelven a subir. ¡Trae a la superficie una pareja de zancos!
—¡Santo cielo! —exclama el detective—. ¿Quién habría esperado esto?
—Yo —replica Holmes.
—Pero, ¿por qué?
—Porque las marcas en la tierra del jardín fueron hechas por dos palos perpendiculares... Las patas de una escalera, que se halla inclinada, habrían producido unas depresiones más pronunciadas hacia la pared.
El descubrimiento eliminaba el peso de la prueba de la escalera, aunque aún quedaban las otras.
El siguiente paso, de ser posible, era rastrear a la persona que había utilizado los zancos. Pero ésta se había conducido de forma muy cauta y en dos días de búsqueda no fue posible descubrir nada.
En la vista preliminar el jurado encuentra culpable al joven... pero Holmes sigue convencido de su inocencia. En tales circunstancias, y como última esperanza, decide emplear una estratagema extraordinaria.
Holmes se marcha a Londres y regresa la noche anterior al día del entierro del anciano. Watson, el detective y Holmes se dirigen a la cabaña del individuo del que sospecha la muchacha, y llevan con ellos a un hombre que Holmes ha traído de Londres, el cual ha adoptado un disfraz que le convierte en la viva imagen del viejo asesinado: cuerpo marchito, cara arrugada y cenicienta, gorro y todo lo demás. También va provisto de la pareja de zancos.
Al llegar a la cabaña el hombre disfrazado se monta en los zancos y se dirige hacia la ventana abierta del dormitorio del otro, al tiempo que grita su nombre con voz espantosamente sepulcral. El individuo, que ya está medio loco por los terrores de la culpabilidad, corre a la ventana y contempla bajo la luz de la luna el terrorífico espectáculo de su víctima que avanza hacia él. Retrocede lanzando un aullido al tiempo que la aparición, que se acerca a la ventana, dice con la misma voz sobrenatural:
—¡Tal como tú viniste a matarme, ahora vengo yo por ti!
Cuando el grupo corre escaleras arriba, hacia su cuarto, el tipo se lanza a sus brazos, aferrándose a ellos, jadeando y señalando hacia la ventana, donde la cabeza del muerto mira con ojos coléricos, y entonces grita:
—¡Sálvenme! ¡Dios mío! Ha venido a matarme tal como yo lo maté a él...
Se derrumba después de esta escena dramática y realiza una confesión total. El talló la culata del revólver y lo ocultó en el lugar donde lo encontraron... También fue él quien manchó las patas de la escalera con tierra del jardín del viejo. Su objetivo era quitar de en medio a su rival con la esperanza de conseguir a la muchacha y entrar en posesión de su herencia.

martes, 7 de agosto de 2018

EVA


Marzo de 1937.

Mientras la Guerra Civil sigue su trágico curso, una nueva misión lleva a Lorenzo Falcó hasta Tánger, turbulenta encrucijada de espías, tráficos ilícitos y conspiraciones, con el encargo de conseguir que el capitán de un barco cargado con 30 toneladas de oro del Banco de España cambie de bandera o, en su defecto, asaltar el barco, eliminando a los agentes que vigilan el oro,  o hundir el barco para que la carga no llegue a su destino.

En el transcurso de la misión, Falcó se reencuentra con Eva Neretva, la espía soviética que conocimos en el anterior volumen de la serie, y ambos tendrán que dirimir los fantasmas de su   pasado y pagar viejas deudas.

Pero, por encima de ellos, el enfrentamiento entre dos marinos, que se respetan por ser fieles a sus convicciones (y eso que uno de ellos sabe que lo tiene todo perdido, que apenas tiene posibilidades de salir con bien): Fernando Quirós Galán, capitán del mercante republicano Mount Castle, responsable de su carga y su tripulación, y, Antonio Navia, capitán del destructor franquista Martín Álvarez, desengañado de sus superiores

El comienzo de esta novela de Arturo Pérez-Reverte es trepidante, frenético: en las primeras páginas, vemos como a nuestro protagonista le persiguen en Lisboa, mata a uno de sus perseguidores y deja fuera de combate al otro antes de irse a cenar y acostarse con una vedette. Ritmo vertiginoso, que se mantendrá, y la trama de la novela no ha comenzado todavía.

                Ya conocimos a los dos protagonistas en Falcó, la anterior novela de esta serie. Por un lado, Lorenzo Falcó, el hijo díscolo y renegado de una adinerada familia jerezana que posee bodegas. Le gusta caminar por el lado salvaje de la vida. Es amoral, no cree en causas, descreído y de vuelta de todo. Lo único que le mueve es su pasión por la acción, por sobrevivir y las mujeres. Frente a él, Eva, la única mujer que parece importar a Falcó y la única capaz de engañarle (nos recuerda a la Irene Adler, de Sherlock Holmes, actualizada): joven, inteligente, guapa, fiel a sus ideas hasta la muerte.

                Vale la pena, y, si no lo habéis hecho ya, leed la primera de la serie.

lunes, 2 de julio de 2018

ROYAL OPERA HOUSE



Alguien le ha reconocido a pesar de que estaba agachando la cabeza. Es una voz cálida de mujer que durante un instante no reconoce, aunque de pronto le saca de sus cavilaciones y le hace ponerse en pie de un salto.
—Sherlock, soy yo —dice Rose entre risas—. No te asustes, sabía que estarías justo aquí. ¿Te acuerdas de que hoy tenía unas clases en Mayfair? No queda demasiado lejos. —Señala hacia el este. Lleva puesto uno de sus mejores vestidos de muselina y encaje, que perteneció a otra época de su vida y que aún se conserva bastante bien. Tiempo atrás fue de color marfil.
—Madre…, yo…
—Este es tu último día sin escuela, ¿verdad?
El chico asiente.
—Esta noche quiero que paseemos juntos —dice Rose. Se sienta junto a él y toma una de sus alargadas y blancas manos entre las suyas.
Sherlock sabe lo que eso significa. Quiere que vayan a la ópera, como han hecho ya varias veces. Que él recuerde, ella siempre le ha llevado allí; de hecho está seguro de que le llevó incluso en brazos, a la parte de atrás de la Royal Opera House, en Covent Garden, muy cerca de Trafalgar Square. Se escabullen entre las sombras y se acercan a su lugar especial, donde el compartimento del carbón da a la calle a través de una rejilla: allí pueden agacharse para escuchar la música como si estuvieran sentados en el recinto. Mientras Sherlock escucha, Rose le cuenta la historia de cada ópera lenta y claramente, con lágrimas en los ojos.
Se quedan sentados en la plaza, hablando, toda la tarde. Sherlock puede oler el aliento a cerveza de su madre.
Rose jamás habla del pasado, sino de lo que ha ocurrido en ese mismo día. Hoy le cuenta cómo son las mansiones en las que ha estado (...)
Cuando deciden subir por el Strand y torcer hacia el norte en dirección a Covent Garden, ya se está poniendo el sol y el mercado ha cerrado sus puertas. El suelo embarrado está cubierto de pétalos de flores, por todas partes se ven tiradas unas enormes cestas rotas, y se ha disipado el vocerío de los vendedores ambulantes y de los pasteleros. Cruzan la zona del mercado al aire libre en dirección a la parte trasera del gran teatro: un magnífico edificio de piedra blanca.
Rose Holmes tiene una rutina. Se dirige hacia la entrada principal, donde están los altos pilares que dan a Bow Street, y luego cruza la calle y se queda de pie en la acera, un poco más al sur, bajo la tenue luz azulada de la comisaría de policía. Siempre le estrecha la mano a Sherlock, incluso ahora que ya tiene trece años, y se la aprieta inconscientemente mientras contempla el espectáculo.
Los carruajes llegan uno tras otro. Los famosos y los ricos se bajan de sus vehículos: los sombreros de copa relucen, los broches de diamantes brillan y los vestidos de seda flotan al viento. Al tiempo que presta atención, el chico ejecuta sus ejercicios mentales: observa y descifra las vidas de todas las damas y caballeros.
Los bobbies también están allí, observando, pero no se fijan en las clases pudientes. Son los otros los que acaparan su atención: la mirada de Sherlock y la suya se encuentran varias veces, pero él siempre la aparta.
Antes de que las imponentes puertas se cierren tras la última distinguida pareja, Rose se lleva a su hijo de un tirón hasta el otro lado de la calle. Se escabullen por el lado norte de la Opera House y se apresuran hacia una pequeña escalera de hierro forjado en la parte trasera del enorme edificio; esta lleva a una entrada secreta usada por las estrellas del canto. La portezuela oscura está camuflada por la hiedra, y la rejilla para el carbón, escondida bajo las escaleras, les proporciona un portillo resguardado. Es como si estuvieran en primera fila.
Se acurrucan en el suelo; el vestido de Rose roza el barro, pero no le importa. Rodea a Sherlock con el brazo.
Comienza la música.
Un grito escapa de los labios de Rose. Se trata de La urraca ladrona; ahora el chico ya sabe por qué quería venir esta noche.
La obertura retumba como un trueno con los redobles de tambor: es el sonido de una ejecución, la ejecución de una joven. Pero su madre no dice ni una palabra: está esperando; más tarde, suspira.
«Violines».
—Nos hablan —dice a menudo— de las tragedias de la vida.
Ella lo llama «tierra de violines». Es el lugar al que la transportan cuando los escucha, y su hijo sabe a qué se refiere porque él también lo siente. No hay otro instrumento como ese: los violines son tristes, son penetrantes, dicen la verdad. Cuando la melodía es lenta, te provocan lágrimas. Cuando es rápida, te impulsan hacia delante, te empujan hacia la lucha vital.
—Nah a nah, na na na… Nah a nah, na na na…
Rose canta suavemente, al compás del remolino de cuerdas, el sonido de la urraca que atraviesa el aire como una flecha de camino hacia su tesoro.
Ella va relatando la historia, y, por encima de la melodía, su voz resulta delicada y musical. Sherlock se imagina el interior de la deslumbrante sala: el escenario iluminado, los palcos dispuestos en hileras, los lujosos asientos aterciopelados, las magníficas arañas de plata, y visualiza la historia.
—Al inicio de un nuevo día, una urraca cruza el aire alegre e inocentemente. De pronto, a través de la ventana de una elegante vivienda, ve algo que brilla y vuela en picado hacia allí. Se trata de una cuchara, una cuchara de plata que centellea, mucho más valiosa de lo que su pequeño cerebro puede llegar a imaginar. La urraca se posa sobre el alféizar, mira a su alrededor, roba la cuchara y se marcha volando. Al día siguiente, la señora de la casa se siente desconsolada: alguien ha robado una de sus cucharas de plata maciza. ¡Debe de haber sido algún sirviente! Una hermosa joven, pobre como una rata, estuvo trabajando en la habitación de la que ha desaparecido la cuchara, y la señora la acusa a ella. La joven es arrestada: se trata de un caso tan claro que la sentencian a muerte. Se acerca el día de la ejecución…
Rose Holmes jamás revela el final. Su hijo sabe qué va a ocurrir; sin embargo, ella nunca pronuncia ni una palabra al respecto, sin importar cuántas veces escuchen aquella ópera. Se quedan acurrucados en la oscuridad hasta que suena la última nota, y entonces desaparecen como ladrones deslizándose entre las sombras hacia Bow Street, hasta el río y de vuelta a casa.

lunes, 28 de mayo de 2018

UN CHICO POCO CORRIENTE



A medida que el sol se eleva, su luz se va filtrando a través de la niebla amarillenta que empieza a disiparse e ilumina una oscura marea humana: los sombreros de copa y de señora, ropas gruesas y botas que se aglomeran sobre los puentes y en las calles adoquinadas. Los cascos de los caballos golpean el pavimento, y su eco vence el estruendo de las ruedas de hierro, el ruido de la muchedumbre y los reclamos de los vendedores ambulantes. El aire está cargado con el olor de los caballos, la basura, el carbón y el gas. En esta mañana del final de la primavera del año de Nuestro Señor de 1867, prácticamente todo el mundo se dirige hacia algún lugar de la ciudad.
Entre aquellos que cruzan el turbio río desde el sur, se encuentra un joven alto y delgado cuya piel es tan pálida como los márgenes del periódico londinense The Times. Tiene trece años y debería estar en la escuela. De lejos parece elegante, vestido con su levita negra y corbata, chaleco y botas lustrosas. De cerca, la ropa se ve desgastada. Tiene la mirada triste, pero sus ojos de color gris están alerta.
Se llama Sherlock Holmes.
El crimen que sucedió anoche en Whitechapel, uno de tantos ocurridos en Londres, aunque quizás el más atroz, le cambiará la vida. Dentro de un momento se le pondrá delante, y en cuestión de días se verá involucrado en él.
El chico se acerca a estas calles ruidosas y bulliciosas para huir de sus problemas, en busca de emociones y para observar a los ricos y famosos, para saber qué los convierte en personas con éxito y reconocimiento. Tiene un fino olfato para el rastro que dejan las situaciones emocionantes y desesperadas, y, entre estas arterias abarrotadas, las encuentra.
Cada día sigue la misma ruta hasta aquí. Primero se dirige al sur desde la vivienda familiar, encima de la vieja sombrerería, en el mísero Southwark, y camina en dirección a la escuela. Pero, cuando está fuera del alcance de la vista de sus padres, siempre tuerce hacia el oeste y se escabulle hacia el norte cruzando el río junto a la muchedumbre por el puente de Blackfriars, en dirección al glorioso centro de la ciudad.
Los londinenses pasan junto a él en oleadas, cada uno con su historia. Todas le fascinan.
Sherlock Holmes es una máquina de observar; lo ha sido prácticamente desde que nació. Es capaz de formarse una opinión de un hombre o de una mujer en un instante. Sabe de dónde es una persona y a qué se dedica la otra. De hecho, en su callejuela le conocen por eso. Si algo desaparece —una bota o un delantal o una hogaza de pan crujiente—, él observa rostros, examina pantalones, encuentra pistas reveladoras y descubre al culpable, ya sea grande o pequeño.
El hombre que camina hacia él ha estado en el ejército, su porte le delata. Con el encallecido dedo índice de su mano derecha, ha apretado el gatillo de su rifle. Estuvo destinado en la India, basta con fijarse en el símbolo hindú de su gemelo izquierdo, idéntico al que el muchacho vio una vez en un libro.
Sigue caminando. Una mujer con un sombrero calado hasta las orejas y envuelta en un chal le roza al pasar. «¡Mira por dónde vas!», le gruñe mientras le lanza una mirada hostil.
«Esa es fácil», piensa el chico. «Acaba de perder un amor: fíjate en las ojeras que tiene, los labios apretados de rabia y el chocolate que oculta en la mano. Le falta un año para cumplir los treinta, está ganando peso y vive en la campiña de Sussex: su característica arcilla marrón le ha dejado marcas en el empeine de las botas negras».
El chico tiene la necesidad de saberlo todo. En una vida que le ha ofrecido pocas alegrías, le hace falta sentir que tiene alguna ventaja. Una vez, un maestro de escuela le dijo que era un chico brillante, pero a Sherlock le hizo gracia. «¿Brillante por qué?», refunfuñó para sus adentros. «¿Por llevar la vida equivocada en el momento equivocado?».
En Fleet Street mete la mano en un cubo de basura y saca un puñado de periódicos. The Times… fuera. The Daily Telegraph… fuera. The Illustrated Police News, sí. ¡Este sí que es un periódico como Dios manda! Cualquier suceso sorprendente que Londres pueda generar cobra vida en sus páginas con enormes fotografías en blanco y negro. Todos los días, Sherlock lee este periódico sensacionalista, pero el de hoy, con un fascinante relato de violencia sanguinaria e injusta, le revelará su destino. El chico se guarda el periódico bajo la levita.
En Trafalgar Square alza la vista buscando a los cuervos. Unos cuantos suelen colocarse en fila sobre la cornisa del hotel Morley, cerca de la majestuosa Northumberland House, en el lado sureste de la plaza, a cierta distancia de las orondas palomas y del gentío que hay alrededor de las fuentes. Eso le hace sonreír: uno de los hoteles más prestigiosos de todo Londres, coronado por cuervos. Son el tipo de pájaros que le gustan.
Esquiva el tráfico y cruza la plaza en dirección a las escaleras de piedra de la National Art Gallery. Los negros pájaros también se mueven. A veces cree que le siguen. Un par de cuervos desciende en picado y se posa cerca de él.
—Buenos días, pareja. Vamos a ver qué dicen las noticias.
Sherlock despliega el periódico. La primera plana acapara su atención: «¡ASESINATO!».
Debajo del titular hay un escabroso dibujo de una hermosa joven tendida en una calle de Londres, bañada en un charco de sangre.
Los cuervos graznan y se marchan volando. Sherlock sigue leyendo.
Sucedió en mitad de la noche, al este del casco antiguo de la ciudad. Nadie vio nada, y tampoco se oyó ningún grito. El arma utilizada fue un largo y afilado cuchillo.
Sherlock pasa la página y lee el artículo con avidez: una dama de estatus social indeterminado, cuyo nombre no ha sido revelado y a quien no se le conocen enemigos. Se sobresalta al darse cuenta de que esa mujer guarda un extraordinario parecido con su madre.

martes, 13 de marzo de 2018

EL ÚLTIMO SUEÑO DE LORD SCRIVEN


Londres, 1906.

Cristopher Carandini es un periodista caído en desgracia, que tiene que dormir en un banco, envuelto en una vieja manta. Una noche lee en  el Times, tras un artículo que habla sobre el posible regreso de Jack el Destripador este extraño anuncio, que puede ser su única oportunidad de salir de ese pozo sin fondo en el que está metido:

"Caballero busca secretario personal para vigilar su sueño.
Presentarse en Portobello Road, 30 y preguntar por una tetera".

                Allí Christopher comenzará a trabajar para Arjuna Barnejee, un detective de origen hindú. Su método es de lo más peculiar: tras hablar con su cliente, o los testigos del caso, sufre una  especie de pinchazo en la nuca y se sumerge en un sueño deductivo, en el que la realidad se le revela para sacar luego las posibles conclusiones. Pero tiene una contraprestación: jamás el sueño puede exceder los veintiséis minutos, y Christopher será el encargado de despertarlo.

                Una mañana reciben la visita de Cardiff, mayordomo del difunto Lord Scriven, quien afirma ser el muerto y que ha sido asesinado. Este extraño caso los arrastrará por las calles de Londres y los mundos oníricos, donde nada es lo que parece, para resolver una trama con asesinatos y espías, que amenaza al Imperio Británico, tras la que se oculta un nuevo genio del mal.

Esta novela de Eric Senabre más que una novela de fantasía, es una novela de intriga y suspense. La fantasía queda relegada a los sueños de Banerjee, pues las conclusiones que ayudan a resolver el caso las hace Christopher siguiendo su instinto de periodista. La trama de intriga tiene un mayor peso (es más, el asesinato de Lord Scriven ha tenido lugar en una habitación cerrada). La pareja protagonista funciona a la perfección y nos recuerda a Holmes o Poirot, con el doctor Watson o el capitán Hastings, respectivamente, aunque aquí, Christopher, ese ayudante y a la vez narrador de la historia, es mucho menos torpe y más cínico.

La ambientación en ese Londres de principios del siglo XX está muy bien lograda en todos los escenarios que el autor nos va presentado, desde la lujosa mansión de Lord Scriven hasta los camerinos de ese sórdido teatro londinense, pasando por las oficinas de la City. Los personajes están bien desarrollados, y con más de uno nos llevaremos alguna sorpresa. Tiene un buen ritmo que se intensifica conforme avanzamos en la lectura

PREMIO SAINT-EXUPÉRY
PREMIO DE LAS BIBLIOTECAS DE PARÍS

viernes, 2 de marzo de 2018

EL MISTERIO DE LA CASA ARANDA


Enviado por José:

Víctor Ros es un joven policía dotado de una astucia adquirida durante años de delincuencia en las calles del Madrid de finales del siglo XIX. Tras una estancia en la ciudad de Oviedo, regresa a Madrid para convertirse en subinspector de una nueva brigada creada para luchar contra el crimen. De la mano de Alberto Aldanza, excéntrico dandi que le inicia en los métodos de investigación científica, tiene que enfrentarse a dos casos: el de una casa cuyas inquilinas, en épocas diferentes, matan o intentan matar a sus maridos tras la lectura de "La divina comedia" de Dante, en el que está implicada la hermana de Clara Alvear, la chica de la que está enamorado, y los crueles asesinatos de varias prostitutas para el que le pide ayuda Lola la Valenciana, que es frecuentada por Víctor en el prostíbulo en el que trabaja.

 Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las enseñanzas tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.

La novela de Jerónimo Tristante tiene una rigurosa documentación histórica, que se refleja en la ambientación de situaciones y los sucesos que ocurren, que el autor nos presenta mediante conversaciones entre personajes y visitas a lugares emblemáticos del lugar, como los famosos cafés donde escritores y partidarios de determinadas clases y movimientos políticos se reunían para debatir. El elemento histórico constituye el marco para el argumento, en el que predomina la acción y la intriga. Las dos tramas que investiga captan el interés del lector desde el momento que aparecen, y no predomina una sobre la otra.

Su estilo también destaca por lo acertado de los diálogos que suelen ser dinámicos: veremos el hablar típico, educado y cuidado de clases altas, siempre tratándose de usted aunque se dirijan a la hija de 16 años de un noble etc. Pero por otro lado se nos mostrarán diálogos entre prostitutas y gente de clases más bajas con sus dejes, acentos variados y palabras malsonantes.

Podemos ver en Víctor Ros una figura muy cercana a Sherlock Holmes, por sus técnicas detectivescas -y las formas en que el escritor cuenta las deducciones-, el ambiente barriobajero de ciertos emplazamientos y de alta sociedad de otros, su ayudante Alberto, alter ego del inolvidable Watson, y la aparición de ciertas notas de superchería y fenómenos exotéricos con los que hace un homenajes a la obra de Conan Doyle (recordemos que Tristante hace coincidir a ambos personajes en Victor Ros y el Gran Robo del Oro Español).

miércoles, 7 de febrero de 2018

SOBRE LOS RELATOS DE MISTERIO


En su introducción a una antología de relatos cortos de misterio publicada en 1934, Dorothy L. Sayers escribió: «Al parecer, para la raza anglosajona la muerte constituye una fuente más abundante de inocente diversión que cualquier otro tema.» No se refería, claro está, a los horripilantes, truculentos y en ocasiones desastrosos asesinatos de la vida real, sino a las invenciones misteriosas, elegantemente artificiosas y populares de los autores policiacos. Tal vez «diversión» no sea la palabra justa; «entretenimiento», «distracción» o «emoción» resultan más apropiadas. Y, a juzgar por la afición universal al género de misterio, los anglosajones no son los únicos que muestran entusiasmo por los asesinatos más abyectos. Millones de lectores de todo el mundo se sienten como en casa en el claustrofóbico santuario de Sherlock Holmes en el 221b de Baker Street, la encantadora casita de Miss Marple en Saint Mary Mead y el elegante apartamento de lord Peter Wimsey en Piccadilly.

En el período anterior a la Segunda Guerra Mundial, gran parte de la ficción policiaca se escribía en forma de relatos cortos. Edgar Allan Poe y sir Arthur Conan Doyle, a quienes podemos considerar padres fundadores del género detectivesco, dominaban los secretos del formato, y el primero esbozó los rasgos distintivos, no solo del relato corto, sino también de la novela policiaca: el personaje menos sospechoso que resulta ser el asesino, el espacio cerrado en que se desarrolla el misterio, el detective que resuelve el caso desde su sillón, el estilo epistolar. En palabras de Eric Ambler: «La narrativa policiaca quizá nació en la mente de Edgar Allan Poe, pero Londres la alimentó, la vistió y la llevó a la madurez.» Aludía, claro está, al genio de Conan Doyle, creador del detective más célebre de la literatura. Conan Doyle dotó al género de respeto por la razón, un intelectualismo en absoluto abstracto, confianza en la preeminencia de la mente sobre la fuerza física, aversión por el sentimentalismo y la capacidad de crear una atmósfera de misterio y terror gótico, pero firmemente asentada en la realidad. Por encima de todo, más que ningún otro autor, instituyó la figura del gran detective, ese aficionado omnisciente cuya excéntrica, y a veces estrafalaria, personalidad contrasta con la racionalidad de sus métodos y que transmite al lector la reconfortante idea de que, pese a nuestra aparente impotencia, habitamos un universo inteligible.

Aunque las aventuras de Sherlock Holmes son las más famosas de dicho período, hay otras que también merecen una relectura. Julian Symons, respetado crítico de la ficción policiaca, señaló que los máximos exponentes del arte del relato recurrían a las historias de detectives para distraerse de las otras obras que escribían, disfrutando con un género que aún estaba en pañales y les ofrecía incontables oportunidades en lo referente a la originalidad y la variedad. G. K. Chesterton es un ejemplo de escritor que centra su interés en otros campos, pero cuyos cuentos sobre el padre Brown aún se leen con fruición. Y, como él, una cantidad sorprendente de autores distinguidos probó suerte con los relatos de misterio. La segunda antología de Great Stories of Detection, Mystery and Horror, publicada en 1931, contaba entre sus colaboradores con H. G. Welles, Wilkie Collins, Walter de la Mare, Charles Dickens y Arthur QuilleCouch, además de los nombres de rigor.

Pocos autores policiacos actuales escapan a la influencia de los padres fundadores, pero la mayoría cultiva la novela, más que el cuento. Esto se debe en parte a que el mercado del relato es bastante reducido en general, pero el motivo principal radica quizás en que las historias de detectives se han acercado más a las corrientes dominantes en la ficción, y los escritores necesitan espacio para explorar a fondo las sutilezas psicológicas de los personajes, la complejidad de las relaciones y la manera en que un asesinato y una investigación policial afectan a la vida de dichos personajes.

El relato, por su propia naturaleza, está sujeto a una serie de limitaciones, por lo que resulta más eficaz cuando gira en torno a un único incidente o idea principal. La originalidad y la fuerza de esta idea determinan en buena medida el éxito del relato. Pese a su estructura, mucho menos compleja que la de una novela y basada en un concepto más lineal que conduce de forma implacable al desenlace, el relato permite construir, a una escala reducida, un mundo creíble en el que el lector puede sumergirse en busca de los mismos placeres que encuentra en la narración policiaca de calidad: un misterio verosímil, tensión y emoción, personajes con los que nos identificamos aunque no siempre empaticemos con ellos y un final que no defraude. Hay algo satisfactorio en el arte de condensar en pocos miles de palabras todos aquellos elementos de la trama, ambientación, caracterización y sorpresa que conforman un buen relato policiaco.

Aunque yo misma me he dedicado sobre todo a la novela, he disfrutado mucho con el desafío que plantea el cuento: el de conseguir mucho con pocos medios. A pesar de que no hay espacio para descripciones largas y detalladas, los lugares donde se desarrolla la acción han de cobrar vida ante los ojos del lector. El retrato de los personajes es tan importante como en la novela, pero los rasgos de carácter esenciales deben trazarse con una esmerada economía de palabras. El argumento tiene que ser intrigante, pero no demasiado complicado, y el desenlace, al que cada oración ha de conducir de forma inexorable, debe sorprender al lector sin dejarle la sensación de que lo han engañado. Todos los elementos deben contribuir a la característica más ingeniosa del cuento: el impacto de la sorpresa. Por consiguiente, escribir un buen relato es difícil, pero en estos tiempos ajetreados puede proporcionarnos una de las experiencias de lectura más satisfactorias.

P. D. James