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lunes, 17 de mayo de 2021

DOS AÑOS DE VACACIONES

 

Cierta madrugada del año 1886, Jules Verne estaba, como de costumbre, en el gabinete de trabajo de su casa, en el número 2 de la calle Charles Dubois, en Amiens, una sencilla y provinciana ciudad del norte de Francia.

El silencio era total en aquellas horas tranquilas del alba, así que, arropado por la calma matutina, Verne escribió:

Dos años de vacaciones

En la noche del nueve de marzo, las nubes, que se confundían con el mar, limitaban a unas cuantas brazas el espacio que podía abarcarse con la vista.

Se trataba del título y de la primera frase del capítulo primero del trigésimo segundo libro de Los viajes extraordinarios (¿o era el trigésimo primero o el trigésimo tercero...?), y aunque el párrafo en cuestión le pareció aceptable, no por ello abandonó el lápiz, tan apto para eliminar tropezones lingüísticos, tan fácil de borrar. Tiempo habría de repasar aquello a tinta para transformarlo en texto definitivo.

Siguió escribiendo a buena velocidad, sin detenerse demasiado en relecturas y correcciones, algo inusual en él dado su carácter meticuloso y perfeccionista. Pero tenía cincuenta y ocho años, no era por tanto un jovencito ilusionado y vital, y se encontraba además en la época más amarga de su vida.

En las siguientes semanas se dedicó por completo a la nueva obra, una historia de pequeños robinsones en la que quince niños de entre ocho y catorce años tienen que sobrevivir en una isla desierta durante dos años solos y sin la ayuda de adultos.

A menudo Verne se fatigaba por la postura casi inmóvil del escritor y con gran esfuerzo recolocaba esa pierna inflamada y dolorida en la que una profunda herida de bala a la altura del tobillo no terminaba de curarse.

Pero seguía escribiendo.

Con frecuencia sentía desánimo, mal humor, agotamiento vital.

Pero seguía escribiendo. Había un contrato firmado que no podía incumplir; escribir era su oficio, su obligación.

Y un día, inesperadamente, algo muy fuerte sucedió en su vida e hizo que Jules Verne renunciara de golpe a continuar con esa novela. ¿Qué fue? En la soledad de su gabinete de trabajo, apartando el manuscrito de su vista, derramó odio sobre los protagonistas de la historia con inmensa e injusta acritud.

–¡Al diablo! ¡Al diablo el jovencito Briant, el envidioso Doniphan y todos los muchachos de la maldita isla!

Lo cual era excesivo y desacostumbrado, pues Verne amaba profundamente a sus personajes, en los que ponía gran ilusión, sobre todo durante la época de génesis de las novelas. Pero 1886 era su año nefasto (y no solo por el atentado que había sufrido), y una considerable depresión le embargaba hasta el punto de hundir su estado de ánimo por completo. Y ahora además estaba lo otro, lo que acababa de suceder y había provocado que los ojos secos de un hombre endurecido se ablandaran y humedecieran por las lágrimas.

De ese modo, el manuscrito todavía a lápiz y sin terminar de Dos años de vacaciones fue abandonado y Verne decidió que comenzaría otra novela. Esta no le estaba resultando gratificante.

Así lo hizo. Tituló la nueva obra Norte contra sur, y pronto se vio completamente inmerso en ella.

Mientras, Dos años de vacaciones permanecería en el olvido...

Marisol Ortiz de Zárate, Rebelión en Verne

domingo, 11 de abril de 2021

EL CORREO DEL ZAR

 

—¿Y el correo? —le preguntó con impaciencia el Zar al general Kissoff.

—Está ahí, señor —respondió el general Kissoff

—¿Has encontrado ya al hombre que necesitamos?

—Respondo de él ante Vuestra Majestad.

—¿Estaba de servicio en Palacio?

—Sí, señor.

—¿Lo conoces?

—Personalmente. Varias veces ha desempeñado con éxito misiones difíciles.

—¿En el extranjero?

—En la misma Siberia.

—¿De dónde es?

—De Omsk. Es siberiano.

—¿Tiene sangre fría, inteligencia, coraje…?

—Sí, señor. Tiene todo lo necesario para triunfar allí donde otros fracasarían.

—¿Su edad?

—Treinta años.

—¿Es fuerte?

—Puede soportar hasta los extremos límites del frío, hambre, sed y fatiga.

—¿Tiene un cuerpo de hierro?

—Sí, señor.

—¿Y su corazón?

—De oro, señor.

—¿Cómo se llama?

—Miguel Strogoff.

—¿Está dispuesto a partir?

—Espera en la sala de guardia las órdenes de Vuestra Majestad.

—Que pase —dijo el Zar.

Instantes después, el correo Miguel Strogoff entraba en el gabinete imperial.

Miguel Strogoff era alto de talla, vigoroso, de anchas espaldas y pecho robusto. Su poderosa cabeza presentaba los hermosos caracteres de la raza caucásica y sus miembros, bien proporcionados, eran como palancas dispuestas mecánicamente para efectuar a la perfección cualquier esfuerzo. Este hermoso y robusto joven, cuando estaba asentado en un sitio, no era fácil de desplazar contra su voluntad, ya que cuando afirmaba sus pies sobre el suelo, daba la impresión de que echaba raíces. Sobre su cabeza, de frente ancha, se encrespaba una cabellera abundante, cuyos rizos escapaban por debajo de su casco moscovita. Su rostro, ordinariamente pálido, se modificaba únicamente cuando se aceleraba el batir de su corazón bajo la influencia de una mayor rapidez en la circulación arterial. Sus ojos, de un azul oscuro, de mirada recta, franca, inalterable, brillaban bajo el arco de sus cejas, donde unos músculos superciliares levemente contraídos denotaban un elevado valor —el valor sin cólera de los héroes, según expresión de los psicólogos— y su poderosa nariz, de anchas ventanas, dominaba una boca simétrica con sus labios salientes propios de los hombres generosos y buenos.

Miguel Strogoff tenía el temperamento del hombre decidido, de rápidas soluciones, que no se muerde las uñas ante la incertidumbre ni se rasca la cabeza ante la duda y que jamás se muestra indeciso.

Sobrio de gestos y de palabras, sabía permanecer inmóvil como un poste ante un superior; pero cuando caminaba, sus pasos denotaban gran seguridad y una notable firmeza en sus movimientos, exponentes de su férrea voluntad y de la confianza que tenía en sí mismo. Era uno de esos hombres que agarran siempre las ocasiones por los pelos; figura un poco forzada pero que lo retrataba de un solo trazo.

Vestía uniforme militar parecido al de los oficiales de la caballería de cazadores en campaña: botas, espuelas, pantalón semiceñido, pelliza bordada en pieles y adornada con cordones amarillos sobre fondo oscuro. Sobre su pecho brillaban una cruz y varias medallas. Pertenecía al cuerpo especial de correos del Zar y entre esta elite de hombres tenía el grado de oficial. Lo que se notaba particularmente en sus ademanes, en su fisonomía, en toda su persona (y que el Zar comprendió al instante), era que se trataba de un «ejecutor de órdenes». Poseía, pues, una de las cualidades más reconocidas en Rusia —según la observación del célebre novelista Turgueniev—, y que conducía a las más elevadas posiciones del Imperio moscovita.

En verdad, si un hombre podía llevar a feliz término este viaje de Moscú a Irkutsk a través de un territorio invadido, superar todos los obstáculos y afrontar todos los peligros de cualquier tipo, era, sin duda alguna, Miguel Strogoff, en el cual concurrían circunstancias muy favorables para llevar a cabo con éxito el proyecto, ya que conocía admirablemente el país que iba a atravesar y comprendía sus diversos idiomas, no sólo por haberlo recorrido, sino porque él mismo era siberiano (...)

El Zar, sin dirigirle la palabra, lo miró durante algunos instantes con su penetrante mirada, mientras Miguel Strogoff permanecía absolutamente inmóvil. Después, el Zar, satisfecho sin duda de este examen, se acercó de nuevo a su mesa y, haciendo una seña al jefe superior de policía para que se sentara ante ella, le dictó en voz baja una carta que sólo contenía algunas líneas.

Redactada la carta, el Zar la releyó con extrema atención y la firmó, anteponiendo a su nombre las palabras bytpo semou, que significan «así sea», fórmula sacramental de los emperadores rusos.

La carta, introducida en un sobre, fue cerrada y sellada con las armas imperiales y el Zar, levantándose, hizo ademán a Miguel Strogoff para que se acercara.

Miguel Strogoff avanzó algunos pasos y quedó nuevamente inmóvil, presto a responder.

El Zar volvió a mirarle cara a cara y le preguntó escuetamente:

—¿Tu nombre?

—Miguel Strogoff, señor.

—¿Tu grado?

—Capitán del cuerpo de correos del Zar.

—¿Conoces Siberia?

—Soy siberiano.

—¿Dónde has nacido?

—En Omsk.

—¿Tienes parientes en Omsk?

—Sí, señor.

—¿Qué parientes?

—Mi anciana madre.

El Zar interrumpió un instante su serie de preguntas. Después, mostrando la carta que tenía en la mano, dijo:

—Miguel Strogoff; he aquí una carta que te confío para que la entregues personalmente al Gran Duque y a nadie más que a él.

—La entregaré, señor.

—El Gran Duque está en Irkutsk.

—Iré a Irkutsk.

—Pero tendrás que atravesar un país plagado de rebeldes e invadido por los tártaros, quienes tendrán mucho interés en interceptar esta carta.

—Lo atravesaré.

—Desconfiarás, sobre todo, de un traidor llamado Ivan Ogareff, a quien es probable que encuentres en tu camino.

—Desconfiaré.

—¿Pasarás por Omsk?

—Está en la ruta, señor.

—Si ves a tu madre, corres el riesgo de ser reconocido. Es necesario que no la veas.

Miguel Strogoff tuvo unos instantes de vacilación, pero dijo:

—No la veré.

—Júrame que por nada confesaras quien eres ni adónde vas.

—Lo juro.

—Miguel Strogoff —agregó el Zar, entregando el pliego al joven correo —, toma esta carta, de la cual depende la salvación de toda Siberia y puede que también la vida del Gran Duque, mi hermano.

—Esta carta será entregada a Su Alteza, el Gran Duque.

—¿Así que pasarás, a todo trance?

—Pasaré o moriré.

—Es preciso que vivas.

—Viviré y pasaré —respondió Miguel Strogoff.

El Zar parecía estar satisfecho con la sencilla y reposada seguridad con que le había contestado Miguel Strogoff.

—Vete, pues, Miguel Strogoff —dijo—. Vete, por Dios, por Rusia, por mi hermano y por mí.

Miguel Strogoff, saludando militarmente, salió del gabinete imperial y, algunos instantes después, abandonaba el Palacio Nuevo.

Julio Verne, Miguel Strogoff

viernes, 20 de julio de 2018

REBELIÓN EN VERNE



            Enviado por Sara:
           
En 1886, Jules Verne está desanimado y acaba de abandonar su novela Dos Años de Vacaciones.

 Los protagonistas de la historia se hallan atrapados en una isla del Pacífico, donde el tiempo se ha detenido y el invierno se eterniza. Cansados y desesperados porque la historia no avanza, Briant y Doniphan deciden explorar qué hay más allá del abismo oscuro que interrumpe su aventura y aterrizan en el gabinete de trabajo del escritor.

E intentando encontrar una solución a su problema, se irán introduciendo en diferentes novelas de Verne e interactuando con diferentes personajes emblemáticos de Verne.

Marisol Ortiz de Zárate en esta novela nos ofrece por una parte la biografía de Julio Verne, y por otra un repaso a algunas de sus obras y sus personajes, lo que nos permitirá conocer las novelas de este escritor francés. Así, junto  a Briant y Doniphan que buscan a un misterioso Nadar que les puede ayudar a solucionar su problema, iremos recorriendo Cinco Semanas en Globo, Un Capitán de Quince Años, La Vuelta al Mundo en Ochenta Días (donde nos encontraremos con Phileas Fogg y Auda, que no se siente valorada por su papel pasivo en la historia), Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino (con Nemo al frente del Nautilus, desempeñando un papel importante en la novela), Miguel Strogoff, De la Tierra a la Luna (cuyo protagonista, Michel Ardan, juega un doble papel en este relato). De esta forma los dos jóvenes cuando salen del libro en busca de respuestas, y se introducen en otras obras de Verne animan a distintos personajes a que se rebelen con ellos para que concluya su historia.

lunes, 4 de junio de 2018

EN LA FERIA



No sé cómo encontré por primera vez el camino hacia el Retiro y la Feria del Libro de Madrid. Era en 1970. Como fui a la escuela en los tiempos anteriores a la pedagogía tengo buena memoria para las fechas y por lo tanto puedo situar con precisión los recuerdos. Era la primera vez que viajaba a Madrid, la primera vez que había subido a un tren, que había pisado el territorio fantasma de las estaciones a medianoche, con sus relojes iluminados y sus luces rojas señalando la frontera de la oscuridad al final de los andenes. Viajaba con mis abuelos maternos, que tenían el proyecto de visitar la Feria del Campo, El Escorial y el Valle de los Caídos, de pasear por el Retiro, poner una vela al Cristo de Medinaceli y tomar cañas con gambas en una taberna al parecer legendaria que se llamaba El Abuelo. En la taberna del Abuelo, decía con admiración la gente de mi provincia cuando volvía de Madrid, se consumían tantas gambas que los pies se hundían entre las peladuras crujientes y hacía falta un esfuerzo heroico para abrirse paso entre los joviales bebedores de cañas. En todo lo que contaban de Madrid había un esplendor que intrigaba mucho al niño gatuno que rondaba las conversaciones de los mayores. El Cristo de Medinaceli era el más milagroso, el Retiro contenía un bosque y una extensión de agua que podía parecerse al mar, en el Valle de los Caídos estaba la cruz más alta del mundo, en la plaza de Las Ventas sólo triunfaban las grandes figuras del toreo, las gambas frescas y la cerveza espumosa del Abuelo no tenían comparación. Mandaban postales y en ellas el cielo de Madrid sobre la Cibeles y la perspectiva de la calle de Alcalá o sobre las torres de la plaza de España tenía un azul más puro que el de los mares de los mapas.

La Feria del Campo resultó un largo tormento de maquinarias calentándose al sol de finales de mayo o principios de junio. En el mismo día de excursión en autobús El Escorial y el Valle de los Caídos se nos confundieron en un tedio de cámaras funerarias y explanadas graníticas. Una vaga rebeldía antifranquista me acentuaba el malhumor de adolescente cansado de ir a remolque de las expediciones de los adultos. El Museo del Prado y el Museo del Ejército se mezclaban en una extenuadora sucesión de cuadros de santos y cañones. El estanque del Retiro no era esa especie de mar que yo había imaginado desde muy niño escuchando los relatos fantasiosos de los adultos sino una gran alberca de agua turbia sin mucho interés para quien había navegado desde antes de tener uso de razón por los vibrantes mares del cine.

De vez en cuando me escapaba de la tutela de mis abuelos y me aventuraba fuera de la pensión para explorar Madrid por mi cuenta, con la alegría y el miedo de encontrarme solo en una ciudad que parecía inmensa. Me veía como un adulto: tenía catorce años, fumaba, llevaba pantalón largo aunque hiciera calor de verano, me peinaba con raya. Por primera vez en mi vida las calles por las que iba estaban habitadas exclusivamente por desconocidos. Se me iban los ojos detrás de las mujeres. Las mujeres en Madrid eran más altas, más descaradas, más jóvenes. Uno las miraba a los ojos y ellas le sostenían la mirada. Uno las miraba no por impertinencia ni desafío sino porque se quedaba pasmado y no se daba cuenta de la fijeza pueblerina con que lo miraban todo sus ojos. Hacía calor y las chicas llevaban minifaldas y camisas negras caladas. Se acostaba uno en el cuarto de la pensión, delante del balcón abierto en el que nunca cesaba el clamor del tráfico, y las imágenes de la ciudad y de las mujeres seguían agitándose en la cámara oscura de la memoria y no lo dejaban dormir, a pesar del agotamiento de las caminatas.

No recuerdo si por azar o a propósito desemboqué una mañana en la Feria del Libro. El único sitio en el que hasta entonces yo había visto muchos libros juntos era la biblioteca pública de Úbeda. Pero en su mayor parte se trataba de ediciones antiguas, muy gastadas, con lomos de encuadernación más bien lúgubre, todo de acuerdo con el aire un poco decrépito de aquel lugar, con las lámparas bajas que no disipaban la penumbra y con las toses espectrales de unos bibliotecarios ancianos.

Yo no estaba preparado para el asombro de tantos puestos alineados a la sombra fresca de los árboles, de tantos libros recién impresos, con portadas en colores vivos que exageraban su efecto por el hecho de su multiplicación. La Feria del Libro era el gentío de Madrid, la amplitud del espacio, el tamaño de los árboles, la anchura de las perspectivas, el mareo de la soledad y del miedo soterrado a perderme y de la excitación de las mujeres, todo junto. Los museos, las exposiciones agrícolas y las bóvedas funerarias de El Escorial y del Valle de los Caídos pertenecían a otro mundo con el que yo, con mi soberbia de adolescente reservón y enfadado, no tenía nada que ver. Lo mío era ir por la calle fumándome un cigarrillo sin miedo a que me pillara alguien de mi familia en una ciudad demasiado pequeña en la que me conocía todo el mundo; era imaginar mirándome en los escaparates que había cumplido unos años más, me había dejado el pelo largo y vivía en Madrid, y acudía con desenvoltura a los sitios en los que se encontraban los escritores, los cafés, la Biblioteca Nacional, la Feria del Libro.

En mi ciudad, en los escaparates de las papelerías, solía quedarme mirando las cubiertas de unos pocos libros que permanecían meses en el mismo lugar invariable, entre cuadernos, pisapapeles, álbumes de comunión, estuches de lápices de colores. En algunos de aquellos escaparates los colores de las portadas se habían ido amortiguando según pasaba el tiempo. En un solo puesto de la feria de Madrid había tantos libros que uno podía estarse horas enteras mirando sin haberlos visto todos. No recuerdo si vi a algún escritor, aunque no creo que hubiera reconocido a ninguno. Los escritores a los que yo leía -Julio Verne, Dumas, Gustavo Adolfo Bécquer- llevaban muertos mucho tiempo, de modo que tal vez no acababa de imaginarme que la literatura fuese un oficio que alguien pudiera ejercer en el tiempo presente. Yo a veces me imaginaba escritor, pero menos por vocación que por fantasía caprichosa, igual que me imaginaba astronauta o corresponsal de guerra o náufrago en una isla desierta. Como un niño solo en el edificio entero de una juguetería me mareé entre los libros, el calor y la gente, mirando precios, contando el poco dinero que llevaba, con mucha cautela, porque me habían advertido que Madrid era una ciudad llena de carteristas. Absurdamente me acabé comprando el Martín Fierro y una historia de la Mafia. Volví tan tarde a la pensión que mis abuelos ya temían que me hubiera perdido, que me hubiera pasado algo, en aquella ciudad que en el fondo nos daba tanto miedo.

Antonio Muñoz Molina

domingo, 27 de mayo de 2018

EL NIÑO QUE OLÍA A LIBRO NUEVO


Mis padres no pudieron darme mucho. Crecí en una familia humilde, y los lujos estaban de más. No salíamos a comer fuera, ni tampoco había muchos juguetes. Al cine un par de veces al año, y con las entradas que le regalaban a mi padre en la sucursal del banco, poco más.

Y sin embargo fui un niño rico y feliz. Porque nuestro Citroen tenía 17 años cuando se jubiló y no tuvimos tele hasta que yo cumplí los cinco, pero teníamos libros. Ediciones en papel biblia y forradas en plástico con las obras completas de Julio Verne, Walter Scott y Rudyard Kipling. Tomos pequeños en rústica de Tarzán de los Monos y John Carter de Marte, de La Sombra y Doc Savage. Libros viejos, antiguos, polvorientos. Muchos eran de mi abuelo, tenían el papel de color casi marrón. Algunos, como el Círculo del Crimen —donde salía Fu Manchú, señores—, tenían las esquinas rotas o quebradizas. Otros estaban en francés —idioma que nunca he conseguido entender— o en inglés, en el que me defendí desde pequeño gracias a Astounding Stories y un millar de novelas pulp. Un amable librero las ponía en una caja de cartón en la Cuesta de Moyano, y yo me gastaba mis cien pesetas de asignación en tres o cuatro, más alguna que intentaba escamotearle mientras él se hacía el loco y fingía que no me veía.

Cuando llegaba junio, yo iba cada fin de semana a pasear por la feria. Cogía una bolsa y la llenaba de todo lo que pudiese conseguir gratis. Catálogos, puntos de lectura, folletos, globos y caramelos. Como siempre he sido bajito, mis ojos alcanzaban sólo hasta la primera fila del mostrador, donde se colocan siempre las novedades más jugosas. Aquellos enormes tomos en tapa dura, con brillos, el papel blanco y nuevo.

Y el olor.

El olor a libro nuevo me entraba por las fosas nasales —recordemos que no me tenía que agachar— y me volvía loco. Era como un paseo por un oasis a un hombre sediento al que le han cosido la boca. Era impensable gastar 1.200 o 1.500 pesetas en aquellas ediciones, y aún así mi padre siempre, siempre, me daba un billete de los verdes, aquellos con la cara de Galdós, y me decía que escogiese bien. Lo cual era aún peor, porque así alcanzaba para libro y medio de bolsillo, y los libreros siempre han sido reticentes a vender medio libro. Yo perseveraba y hacía lo que podía, y sin embargo siempre volvía a casa frustrado y llorando, pensando en todos aquellos tesoros que dormirían allí aquella noche, y que nunca podría poseer.

Aquello fue mi verdadera riqueza. Al no darme nada, mis padres regalaron el amor más grande que un ser humano puede desarrollar. Y aún hoy no puedo pasear por la feria, subirme a una de esas butacas y firmar los libros, rodeado de novedades, sin recordar al mocoso que lloraba camino de casa, dejando todo aquello atrás.

Bienvenidos a la Feria.

Juan Gómez-Jurado 

martes, 17 de abril de 2018

LA ISLA DE LOS LIBROS ANDANTES


                Londres, siglo XVIII

Cuando el capitán Lemuel Gulliver vuelve de sus largos viajes, le habla a su hijo de tierras remotas gobernadas por caballos parlanchines, de unas tierras habitadas por gigantes o de otras habitadas por enanos, de hombres que nunca envejecen ni mueren, de vacas gigantescas que pueden alimentar ejércitos, de sedas de araña más fuertes que las sogas de los barcos.

Fascinado por estas historias, John le arranca a su padre la promesa de que le acompañará en su próximo viaje. Al irse sin él, John, que apenas tiene diez años, decide escaparse de casa y enrolarse con engaños en el Antílope, un mercante que va rumbo a la India.

Llevando en su equipaje un libro de Shakespeare, John parte en busca de su padre. En su viaje se encontrará con piratas, tormentas, extrañas costumbres y gentes (pero menos extrañas que las que le ha contado su padre de sus viajes). En su travesía por medio mundo, naufraga en una isla donde los libros andan y se comportan como seres vivos.

Vicente Muñoz Puelles con esta novela hace un homenaje a las aventuras clásicas en el mar. Partiendo de Los Viajes de Gulliver de Jonathan Swift, traza una trama que nos recuerda en muchos momentos otras historias contadas por R. L. Stevenson, Defoe, Sabatini, Verne, etc.. Pero este homenaje a la lectura no termina ahí: tenemos esa extraña isla a la que va a llegar nuestro protagonista, o, cuando al comienzo de la obra, nos cuenta cómo aprendió a leer.

Es una historia corta, que te atrapa desde las primeras páginas, con letra grande, lo que facilita la lectura a los pequeños lectores. El lenguaje es sencillo, con frases cortas. Resulta llamativa la fe que tiene el niño en las aventuras que le cuenta su padre frente a las burlas de los marineros cuando John les pregunta por tierras como Liliput, Brobdingnag, Laputa, Luggnagg…

lunes, 22 de enero de 2018

VARIAS PREGUNTAS Y UN ENIGMA


El relato que me dispongo a contar tiene como uno de sus personajes principales al escritor Jules Verne, un hombre muy singular que generaba gran expectación. Un auténtico aventurero con fama de visionario. En sus círculos afirmaban que poseía la curiosa habilidad de adelantarse a su época, escribiendo novelas en las que aparecían sorprendentes ingenios todavía sin inventar e hitos históricos que el ser humano ni siquiera estaba preparado para imaginar como realizables. Así, Verne escribió una historia sobre un viaje a la Luna que se iniciaba en Florida. La obra se tituló De la Tierra a la Luna, publicada en 1865. Ciento tres años después, el Apolo VIII envió la primera expedición a la Luna, que partió precisamente desde el mismo lugar que había elegido Verne: Florida. Pero esa no fue la única vez que el afamado novelista consiguió anticiparse a su época. Lo hizo también en otras ocasiones, como cuando diseñó el impresionante Nautilus, el submarino capaz de mantener se de forma indefinida debajo del agua y de cruzar el casquete polar avanzando por debajo del hielo sin inmutarse, como una prodigiosa ballena metálica. A bordo del Nautilus, el capitán Nemo emprendió las 20.000 Leguas de Viaje Submarino.

Verne empezó a escribir esa obra en 1866. Tendría que pasar casi un siglo para que se construyese el primer submarino autosuficiente, gracias a la tecnología atómica. De esta forma fue ganando prestigio y fama de profeta. Como si tuviese el don de la adivinación. Pero todo aquello poco tenía que ver con la magia. Lo cierto era que este extravagante novelista vivía en la época de los inventos y del progreso técnico y, a fuerza de viajar e investigar, se mantenía al día de los adelantos científicos de Occidente. Jules Verne era un hombre culto entregado a la literatura, a la ciencia y la tecnología.

Curiosamente, la ría de Vigo aparecía en su novela 20.000 Leguas de Viaje Submarino. Pero en el momento de escribirla, él aún no había visitado la ciudad. Siendo esto así, ¿por qué motivo escogió el autor precisamente ese lugar como uno de los escenarios de la popular novela? Tuvieron que pasar todavía varios años para que visitase la ciudad gallega por primera vez. Sucedió en junio de 1878 y la versión oficial de la llegada del novelista fue atribuida a una tormenta que les obligó a guarecerse en el puerto de Vigo. En esa visita, el Saint Michel había partido desde Nantes con destino al Mediterráneo.

Aquella travesía iniciada en el año 1878 era la primera que Jules realizaba a bordo del Saint Michel III. Se trataba de un barco híbrido. Por un lado funcionaba como barco a vapor. Pero aquella embarcación de hierro de 38 toneladas y majestuoso velamen. La llegada del Saint Michel aquel mes de junio de 1878 creó gran expectación. La alta sociedad viguesa lo recibió con el entusiasmo que correspondía a un escritor de fama mundial como él. En aquella época Vigo era un punto neurálgico. Cinco años antes, la Eastern Telegraph Company se había instalado allí tendiendo el primer cable telegráfico submarino. De ese modo la ciudad se convertía en una ventana abierta, siendo el lugar que facilitaba la comunicación entre el continente europeo y el resto del mundo. Bajo el mar, el llamado Cable Inglés conectaba Vigo con Gran Bretaña y con Portugal, desde donde partían otros cables hacia otros lugares del mundo. Gracias al Cable Inglés, fue como se creó una importante comunidad formada por los empleados de la compañía británica, que acercaron a la sociedad viguesa sus costumbres, sus deportes y sus bebidas a lo largo de varios años. En Vigo se fundía la cultura gallega con la inglesa y llegaban antes que a ningún otro punto de la península el tenis, el fútbol, la cerveza… Era un hervidero, una olla en continua ebullición.

El día 5 de junio de 1878, el Saint Michel III, capitaneado por Jules Verne, atracaba en Lisboa, desde donde seguiría su travesía. Pero esta historia no empieza ahí. Esta historia empieza seis años más tarde, el 21 de mayo de 1884, cuando el Saint Michel arribó nuevamente en Vigo, debido a una avería en la caldera.

Esta vez, Jules Verne recaló en la ciudad rodeado de un halo de misterio, sin que nadie supiese de su llegada. Su imponente barco, igual que en la primera visita, había iniciado su viaje en Nantes con destino al Mediterráneo. Siguiendo la línea de la costa atlántica avanzaba rumbo al sur, hasta que una avería en los tubos de la caldera trastocó los planes del capitán y del resto de la tripulación, que se vieron obligados a atracar en el puerto de Vigo. Esa fue la versión oficial. Todo el mundo dio por sentado que, efectivamente, la casualidad era la responsable de que Verne visitase de nuevo la ciudad. Ahora, ciento treinta años después, me pregunto cómo es posible que nadie hubiese profundizado en esta cuestión. Que nadie plantease la duda. Que nadie se hubiese detenido unos minutos a pensar en que las casualidades no existen. Y menos, una de semejante calado.

Una vez que hemos llegado a este punto, es el momento  de recapitular: Jules Verne escribe 20.000 Leguas de Viaje Submarino en el año 1866, novela en donde aparece un submarino, artefacto absolutamente revolucionario en aquella época. El primer sumergible eléctrico tardaría aún veintidós años más en ser construido, y el primer sumergible autosuficiente no llegaría hasta casi un siglo más tarde. En esta obra, el escritor elige la ría de Vigo como uno de sus escenarios, lugar en el que jamás había estado. No será hasta el año 1878 cuando Verne visite Vigo y lo hará, según la versión oficial, por pura coincidencia, debido a una tormenta que lo obliga a recalar en esta bahía. Seis años después, el novelista volverá a esta misma ciudad, esta vez debido a una avería en el yate. Jules Verne tendrá la oportunidad de pasear por las calles viguesas, de contemplar con asombro esa misma ría que había descrito en su obra, de mezclarse con los gallegos e ingleses que hacían de este lugar un conjunto exótico en pleno desarrollo industrial. Y todo eso fue atribuido a una mera coincidencia.

Pero, a pesar de lo que cuenta la historia, las cosas no sucedieron así. Yo conozco la verdadera razón que trajo a Jules Verne a Vigo. Y también el motivo por el cual él ideó la manera de hacer que todo pareciese una coincidencia, argumento que nadie osó cuestionar a lo largo de más de un siglo. Más de ciento treinta años de silencio, en los que no hubo ninguna persona que se atreviese a desvelar el inquietante y maravilloso secreto que oculta la ciudad de Vigo y que atrajo al excéntrico novelista, que no descansó hasta corroborar que sus sospechas eran ciertas.

Ledicia Costas, Verne y la Vida Secreta de las Mujeres Planta

PREMIO LAZARILLO DE CREACIÓN LITERARIA 2015

miércoles, 25 de octubre de 2017

QUIJOTE EN EOLO


Eolo, una colonia del Círculo Exterior del Imperio.
Eolo, donde la Tierra es una leyenda.
Cuatro ciudades: Nueva Madrid, Nueva Londres, Nueva Paris y Nueva Washington.
Eolo, donde un día se cortan las comunicaciones con el Imperio  y comienza el silencio: no llegan naves ni comunicaciones.
Eolo, donde un día el mar cambia de color y sus olas anegan con violencia territorios humanos.
Donde un día una tormenta geomagnética destroza las telecomunicaciones y toda la tecnología.
Nueva Londres ha quedado sumergida bajo las aguas y todos sus habitantes han desaparecido.
No hay contacto posible con  Nueva Paris y Nueva Washington.
Eolo, tres razas:
Los humanos, de ellos lo peor sale a la luz.
Los hombres rata, que se han rebelado contra sus amos, los humanos.
Los lombrices, que habitan en el subsuelo, en túneles y galerías inexploradas kilómetros y kilómetros.
Eolo, donde la vida es un infierno.
Eolo, donde vive el joven Nemo.

                Esta es la historia de Nemo, un joven que intenta sobrevivir a los hombres rata y a los humanos, en esa tregua tensa donde robos y pillajes es lo más normal, gracias a las bandas que controlan la ciudad. Nemo, un joven al que los humanos dejan a un lado, le miran mal sin que él sepa el porqué. Nemo hará lo que sea con tal de salir adelante. Por eso, cunado Togo, el jefe de la banda más importante, se lo pida, se adentrará en los túneles, el lugar más oscuro y peligroso del planeta. Nemo, un personaje que parece sacado de una novela de Julio Verne, que en vez de dirigir un submarino, emprende con la ayuda de su amiga Octubre un Viaje al centro de la Tierra.

                Esta novela juvenil de ciencia ficción de Daniel Hernández Chambers nos atrapa enseguida, queremos ir resolviendo los interrogantes que se van planteando, por qué Nemo lleva ese nombre, por qué los humanos le miran mal, qué secretos se ocultan en esos túneles y galerías interminables. Muchas de estas preguntas encuentran respuesta; otras, no, abriendo la puerta a una posible continuación.

                Sobre los personajes de la novela el mejor desarrollado es Nemo, los demás muy poco, lo cual no es de extrañar por todo lo que sucede en la historia y de forma tan rápida sobre todo si tenemos en cuenta esos dos mundos tan antagónicos donde se refugian los humanos. Algunos los conoceremos más que otros: Octubre, Tobías…

                Y lo de Quijote, ¿por qué? Leed el libro y os enterareis. 

miércoles, 6 de septiembre de 2017

LOS CINCO Y EL TESORO DE LA ISLA


En España, por el contrario, Enid Blyton es una de las pocas señas de identidad que tiene mi generación, la de los nacidos en los sesenta, la década en la que todo cambió sin que eso nos haya afectado a nosotros, que no tenemos narrativa ni características singulares. En la Transición éramos demasiado jóvenes para andar pensando en ocupar posiciones de poder y la Gran Recesión nos ha pillado demasiado viejos para protagonizar el relevo. Aunque no participamos en las protestas de 1968, compartimos valores y prejuicios con quienes sí lo hicieron, nuestros hermanos mayores, a quienes admiramos y detestamos al mismo tiempo. No somos como ellos, pero tampoco somos muy diferentes; nos hemos quedado un poco a la mitad de todo, en tierra de nadie. Somos el furgón de cola, un pelotón muy numeroso de benjamines que ha llegado tarde a todo. Leer las aventuras de Los Cinco es probablemente el único placer de nuestra infancia que nuestros hermanos mayores no experimentaron antes. Ellos leyeron a Salgari, a Julio Verne, las aventuras de Guillermo o de Tintín, pero no pudieron conocer a Enid Blyton porque hasta 1964 no se tradujo al español. Los Cinco y el tesoro de la isla se publicó ese año y desde entonces la Editorial Juventud no ha dejado de imprimirlo.

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Temía que con Los Cinco y el tesoro de la isla me sucediera lo mismo que con otros libros que había intentado leer en vano. Su ilustración de cubierta no me llamaba la atención: un niño con pinta de niña sentado al lado de un perro y mirando el horizonte. Lo abrí una tarde de verano, en ese intervalo de dos o tres horas de silencio obligatorio que había después de comer, en el que sólo se podía dormir la siesta o «coger un libro», como llamaba mi madre a leer.

La siesta no nos gustaba dormirla, pero tenía más ventajas que coger un libro porque mi padre, que era muy estricto con nuestras horas de sueño incluso en vacaciones, nos permitía ver la película de la noche si no tenía dos rombos y habíamos dormido la siesta. Aquella tarde, sin embargo, renuncié a todos los privilegios y cogí un libro.

Para mi sorpresa, los protagonistas no eran piratas ni aventureros, sino niños de mi edad en un mundo que podía reconocer más o menos. Digo más o menos porque, aunque eran niños y eso me acercaba a ellos, no eran españoles, sino ingleses, lo que producía un desajuste cultural que paradójicamente hacía más eficaz el funcionamiento de la ficción. Todo lo que de su mundo me resultaba exótico —los pasteles de carne que comían, los shorts que vestían y sobre todo su libertad de movimientos, sus excursiones en bote sin adultos a una isla desierta— no los alejaba de mí hasta hacerlos inalcanzables como sucedía con los piratas, sino apetecibles porque en casa nunca hubo pastel de carne, sino filete de hígado, muy hecho, que nos daba náuseas a todos los hermanos, razón por la que mis padres lo consideraban, con esa especie de catolicismo doméstico que aplicaban a todo, doblemente nutritivo: para el cuerpo por las proteínas y para el alma por el calvario que suponía deglutirlo.

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Quizás fuera bueno recordar en este punto que Los Cinco y el tesoro de la isla empezaba con un desayuno familiar: el padre, la madre, los dos hermanos mayores y la hermana pequeña hablaban de las vacaciones de verano, que empezaban ese día. Los niños querían saber dónde las iban a pasar ese año. ¿Irían a las playas de Polzeath, como siempre? Busqué Polzeath en el Sopena: pueblo costero en el noroeste de Inglaterra. La madre les decía que no, que aquel año Polzeath iba a estar lleno de veraneantes, y no habría sitio «para vosotros», decía. Podría haber dicho que no habría sitio «para nosotros», pero no; lo decía en segunda persona, como si los hijos y los padres ya no formaran parte de la misma familia o como si los tiempos en los que unos y otros se iban juntos de vacaciones hubieran pasado a la historia. A los niños la noticia les hacía sentirse «grandemente decepcionados», pero no por ese «vosotros», sino porque «no habían conocido playa mejor» que la de Polzeath.

El padre quería mandarlos a casa de su hermano Quintín, que vivía junto al mar y tenía una hija de la misma edad que ellos; pero la madre tenía dudas. Aunque tía Fanny era muy agradable, no se podía decir lo mismo de su marido, que detestaba a los niños. Como su profesión «era la ciencia», se pasaba la mayor parte del día estudiando y no soportaba el alboroto. Además, su hija era algo «rara», le gustaba mucho «la vida solitaria».

Para los tres hermanos aquellos detalles carecían de importancia. Aunque tío Quintín les diera un poco de miedo, les apetecía conocer a su prima y pasar las vacaciones en un lugar donde nunca habían estado. El padre de los chicos «telefoneaba» entonces a tía Fanny, que aseguraba no tener inconveniente en recibirlos. Todo lo contrario: a su marido y a ella les venía muy bien recibir una pequeña asignación por la visita. Las dos familias ultimaban los detalles, y lo disponían todo para la semana siguiente.

Nada de lo que acabo de resumir me pareció en aquella primera lectura extraño o sospechoso. Mi vida era muy diferente a la de Los Cinco, pero no lo suficiente como para que no pudiera proyectar sobre ellos mi deseo. ¿Qué podía haber de sospechoso en un desayuno familiar, en unos padres que someten a la consideración de sus hijos dónde van a ir de vacaciones? A un niño como yo, hijo de militar y por tanto con una idea muy jerarquizada de la familia, acostumbrado además a no tener voz ni voto en las decisiones familiares, aquella especie de democracia doméstica y aquellos padres que al mismo tiempo parecían ir un poco a su aire, tan diferentes de mi madre protectora, debieron de parecerle irresistibles.

Antonio Orejudo, Los Cinco y Yo

domingo, 3 de septiembre de 2017

TIGRE, TIGRE


Tigre, tigre, que te enciendes en luz
por los bosques de la noche
¿qué mano inmortal, qué ojo
pudo idear tu terrible simetría?

¿En qué profundidades distantes,
en qué cielos ardió el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas osó elevarse?
¿Qué mano osó tomar ese fuego?

¿Y qué hombro, y qué arte
pudo tejer la nervadura de tu corazón?
Y al comenzar los latidos de tu corazón,
¿qué mano terrible? ¿Qué terribles pies?

¿Qué martillo? ¿Qué cadena?
¿En qué horno se templó tu cerebro?
¿En qué yunque?
¿Qué tremendas garras osaron
sus mortales terrores dominar?

Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas
y bañaron los cielos con sus lágrimas
¿sonrió al ver su obra?
¿Quien hizo al cordero fue quien te hizo?

Tigre, tigre, que te enciendes en luz,
por los bosques de la noche
¿qué mano inmortal, qué ojo
osó idear tu terrible simetría?

William Blake

                Este poema da título a una de las obras maestras de la ciencia ficción, Tigre, Tigre de Alfred Bester (aunque al revisar la obra el autor le cambiaría el título: Las Estrellas mi Destino).


En el siglo XXV, las técnicas de teleportación (jaunteo, es el término que emplea el libro por su descubridor; un hombre puede teleportarse a lugares en los que ha estado antes) ha cambiado de forma radical la sociedad de la Tierra.

                Un hombre, Gully Foyle (claro homenaje al protagonista de Verne en La Vuelta al Mundo en Ochenta Días), un hombre corpulento y de escasa capacidad intelectual, lleva cerca de seis meses en una nave destrozada a la deriva, donde el oxígeno comienza a escasear, repitiendo una y otra vez:

—¿Quién eres?
—Guly Foyle es mi nombre.
—¿De donde eres?
—La tierra es mi nación.
—¿Dónde estas ahora?
—En el profundo espacio, mi vivienda.
—¿A dónde te diriges?
—La muerte es mi destino.

                Hasta que una nave aparece, la Vorga-T:1339, y le ve, pero se desentiende de la situación y le abandona en medio del espacio. La ira y el odio se apoderan de Gully Foyle, quien clama venganza contra la Vorga, quiere matar a la nave y sus tripulantes, e intentará lo imposible. Ese sentimiento de venganza le permitirá sobrevivir, que nos recuerda a otro libro de nuestra juventud: El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. 

martes, 27 de junio de 2017

VERNE Y LA VIDA SECRETA DE LAS MUJERES PLANTA


El 21 de mayo de 1884, Julio Verne llega con su barco a Vigo, pues, en secreto, desea visitar una pequeña botica y conocer a su dueño, Philipot, porque cree que tiene relación con las mujeres planta. Verne, a pesar de las negativas y reticencias del boticario, pronto descubre que Violeta y Melisa, la nieta y la mujer de Philipot, pertenecen a esa antigua y extraña estirpe.

Las visitas de Verne a Vigo han inspirado a Ledicia Costas para crear una historia llena de misterio, magia, amistad y amor, en la que se desvela un secreto que se remonta al origen de los tiempos, En ella introduce a personajes históricos: Verne, con sus libros y viajes, o Antonio Sanjurjo, con sus inventos e innovaciones técnicas, junto con otros ficticios que rebosan ternura: Pierre, Violeta, Melisa (curioso que ellas tengan nombres de plantas o flores)...

                La novela es un pequeño homenaje a Julio Verne (y especialmente a sus 20.000 Leguas de Viaje Submarino), a ese Verne al que le fascinan las ganas de saber, como nos ha demostrado en su obra, por eso quiere desentrañar el secreto de las mujeres planta y no dudará en ayudar a la familia de Philipot.

                Entre los personajes destacan: Violeta, una muchacha curiosa, que no dudaré en revelar el secreto con tal de conseguir la ayuda que su abuela necesita; Pierre, quien ve en el escritor una figura paterna, pues sus padres le vendieron, y por el cual daría su vida;  pero, tal vez, uno de los personajes más entrañables sea Ne, la nepheas, esa pequeña criatura que vive entre las hojas de la planta que nace a la vez que las mujeres planta, y que contiene su alma.

                El libro se lee rápidamente, y tiene las dosis justas de distintos género: el fantástico, con la leyenda de las mujeres planta; el romántico, con la relación entre Philipot y Melisa, a cuya relación se oponen las familias de ambos; el steampunk, con Antonio Sanjurjo y su máquina (recordemos que estamos en 1884, y hasta cuatro años después Isaac Peral no botará el primer submarino); o ese narrador misterioso que hasta la última página no sabemos quién es.

PREMIO LAZARILLO DE CREACIÓN LITERARIA 2015.

lunes, 5 de junio de 2017

EL ATLAS DE LA FANTASÍA


En el monte Saint Michel hay un enorme perro alado dorado, con sus garras que brotan de las almenas de las torres y su larga cola que asciende desde el nido de serpiente del claustro. Se trata de una instalación artística que, sugiriendo lo que no puede verse, transforma la abadía más famosa de Francia en un lugar realmente mágico. Cuando mi hija de ocho años lo vio, me preguntó por dónde se entraba para «subirse encima». Ella, al igual que yo, es una devoradora de libros de fantasía. La diferencia sustancial entre mis lecturas y las de mi hija radica en que, en las suyas, ya ni siquiera aparecen molinos de viento como en El Quijote.

Cuando la literatura para niños no era todavía el gran mercado que es hoy, en los libros dedicados a ellos había una enorme variedad de temas, personajes y lugares. Se partía de un elemento real, para especular en clave de aventura y de fantasía y, de esta forma, proporcionar al lector el deseo de emprender una exploración realmente suya. No en vano la producción de Julio Verne se anunciaba en la rúbrica de Viajes extraordinarios. Ya fuesen alrededor del mundo, bajo los océanos, en las estepas siberianas o en la jungla. Estaban «en alguna parte».

Los países, con sus misterios (auténticos o ficticios), estaban vivos y se hacían presentes ante nuestros ojos. Y si las junglas de Salgari no eran «reales» como las de los cuadernos de viaje de Pierre Loti, eran, sin embargo, lo suficientemente imaginables como para pertenecernos.

Había buenos y malos y los malos, cuando no eran nuestros, a menudo tenían una identidad y una nacionalidad precisa. Los pérfidos ingleses intentaban capturar a Sandokán, Asterix tenía que vérselas siempre con los legionarios romanos y los escoceses se transformaban para asediar a Conan el Bárbaro.

Después vino la ficticia Patolandía, hogar del Tío Gilito y el pato Donald, y como no se podía situar en un lugar concreto, las cosas cambiaron. Hoy, muchos de los personajes de la literatura para niños viven en mundos peculiares e inaccesibles.

Los dioses del Olimpo, quizás a causa de la crisis, se han trasladado a Nueva York y a Las Vegas (en la serie de Percy Jackson), y dudo que haya lectores que quieran ir a ver el Olimpo original, una vez descubierto que no encontrarán en él máquinas dispara-rayos de monedas.

Inventar lugares que no existen es una actividad tan antigua como La Odisea, pero el motivo por el cual hoy se hace un uso desmedido de ello es muy diferente. Lo intuyó el siglo pasado el propio Walt Disney: la posibilidad de hacer pagar una entrada a quien quiera participar en su imaginario.

Peppa Pig es la síntesis de la familia inglesa rural (con fango incluido) y Harry Potter, la del sistema escolar de los internados británicos. Pero no basta un poco de campo o la visita a un colegio para sentirse como sus habitantes. La única forma de sentirse como ellos es visitar sus parques temáticos.

Y, aunque la explotación comercial está siempre presente, la diferencia entre visitar el estudio de Sherlock Holmes en el 221 B de Baker Street y la Diagon Alley de los estudios de Harry Potter es que Sherlock Holmes no existiría sin Londres, mientras Harry Potter sólo necesita el tren 9 de la estación de King Cross para ir a Hogwarts.

Las historias ambientadas en lugares suficientemente neutros o suficientemente autoreferenciales funcionan porque son más fáciles de leer por los niños de todo el mundo. Y cuantos más lectores potenciales haya, más márgenes de beneficio tiene el proyecto que lo acompaña.

Pero, de esta forma, el imaginario de muchos niños se ha adecuado a las modas validadas a nivel planetario que, con el objetivo de alcanzar al mayor público posible, eliminan de la historia todo lo que consideran superfluo.

El año pasado fue Frozen y en este quizás sea Star Wars. Con obras escritas a menudo de forma excelente, extraordinaria y rápida, pero también de una forma genérica, sin esos elementos diferenciales que, muchas veces, coinciden con la diferente pertenencia cultural. Libros que impulsan a querer comprar el siguiente de la saga, ir a ver la película y sacar la entrada para el parque temático. Estimulan la reconstrucción del París de los Aristogatos del parque temático en vez de pasear por Montmartre imaginando a los Aristogatos caminando por los tejados.

Quizás por eso, a los viejos lectores de fábulas y de aventuras no les son suficientes los trozos que faltan en el perro alado del Mont Saint Michel. Mientras, los nuevos lectores, buscándolos en vano, se preguntan cuánto cuesta la entrada para cabalgarlo durante cinco minutos.

Pierdomenico Baccalario, El Mundo, 11/12/2015

domingo, 19 de febrero de 2017

LA BIBLIOTECA DEL CAPITÁN NEMO

El capitán Nemo se levantó y yo le seguí. Por una doble puerta situada al fondo de la pieza entré en una sala de dimensiones semejantes a las del comedor.

Era la biblioteca. Altos muebles de palisandro negro, con incrustaciones de cobre, soportaban en sus anchos estantes un gran número de libros encuadernados con uniformidad. Las estanterías se adaptaban al contorno de la sala, y terminaban en su parte inferior en unos amplios divanes tapizados con cuero marrón y extraordinariamente cómodos. Unos ligeros pupitres móviles, que podían acercarse o separarse a voluntad, servían de soporte a los libros en curso de lectura o de consulta. En el centro había una gran mesa cubierta de publicaciones, entre las que aparecían algunos periódicos ya viejos. La luz eléctrica que emanaba de cuatro globos deslustrados, semiencajados en las volutas del techo, inundaba tan armonioso conjunto. Yo contemplaba con una real admiración aquella sala tan ingeniosamente amueblada y apenas podía dar crédito a mis ojos.

-Capitán Nemo -dije a mi huésped, que acababa de sentarse en un diván-, he aquí una biblioteca que honraría a más de un palacio de los continentes. Y es una maravilla que esta biblioteca pueda seguirle hasta lo más profundo de los mares.

-¿Dónde podría hallarse mayor soledad, mayor silencio, señor profesor? ¿Puede usted hallar tanta calma en su gabinete de trabajo del museo?

-No, señor, y debo confesar que al lado del suyo es muy pobre. Hay aquí por lo menos seis o siete mil volúmenes, ¿no?

-Doce mil, señor Aronnax. Son los únicos lazos que me ligan a la tierra. Pero el mundo se acabó para mí el día en que mi Nautilus se sumergió por vez primera bajo las aguas. Aquel día compré mis últimos libros y mis últimos periódicos, y desde entonces quiero creer que la humanidad ha cesado de pensar y de escribir. Señor profesor, esos libros están a su disposición y puede utilizarlos con toda libertad.

Di las gracias al capitán Nemo, y me acerqué a los estantes de la biblioteca. Abundaban en ella los libros de ciencia, de moral y de literatura, escritos en numerosos idiomas, pero no vi ni una sola obra de economía política, disciplina que al parecer estaba allí severamente proscrita. Detalle curioso era el hecho de que todos aquellos libros, cualquiera que fuese la lengua en que estaban escritos, se hallaran clasificados indistintamente. Tal mezcla probaba que el capitán del Nautilus debía leer corrientemente los volúmenes que su mano tomaba al azar.

Entre tantos libros, vi las obras maestras de los más grandes escritores antiguos y modernos, es decir, todo lo que la humanidad ha producido de más bello en la historia, la poesía, la novela y la ciencia, desde Homero hasta Victor Hugo desde Jenofonte hasta Michelet, desde Rabelais hasta la señora Sand. Pero los principales fondos de la biblioteca estaban integrados por obras científicas; los libros de mecánica, de balística, de hidrografía, de meteorología, de geografía, de geología, etc., ocupaban en ella un lugar no menos amplio que las obras de Historia Natural, y comprendí que constituían el principal estudio del capitán. Vi allí todas las obras de Humboldt, de Arago, los trabajos de Foucault, de Henri Sainte-Claire Deville, de Chasles, de Milne-Edwards, de Quatrefages, de Tyndall, de Faraday, de Berthelot, del abate Secchi, de Petermann, del comandante Maury, de Agassiz, etc.; las memorias de la Academia de Ciencias, los boletines de diferentes sociedades de Geografía, etcétera. Y también, y en buen lugar, los dos volúmenes que me habían valido probablemente esa acogida, relativamente caritativa, del capitán Nemo. Entre las obras que allí vi de Joseph Bertrand, la titulada Los fundadores de la Astronomía me dio incluso una fecha de referencia; como yo sabía que dicha obra databa de 1865, pude inferir que la instalación del Nautilus no se remontaba a una época anterior. Así, pues, la existencia submarina del capitán Nemo no pasaba de tres años como máximo. Tal vez -me dije- hallara obras más recientes que me permitieran fijar con exactitud la época, pero tenía mucho tiempo ante mí para proceder a tal investigación, y no quise retrasar más nuestro paseo por las maravillas del Nautilus.

Julio Verne, 20000 Leguas de Viaje Submarino

domingo, 4 de diciembre de 2016

LA VUELTA AL MUNDO EN 80 DÍAS


La Tierra ha disminuido de tamaño, puesto que hoy en día puede recorrerse diez veces más rápidamente que hace cien años.

Estas palabras están en el origen del viaje que emprende el protagonista, Phileas Fogg, el cual muestra su confianza en los adelantos en los transportes —corre el año 1872— jugándose veinte mil libras con sus compañeros de un selecto club londinense: asegura que en ochenta días podrá dar la vuelta al mundo.

Inicia tan audaz viaje acompañado de Passepartout, su fiel criado, que no puede sino asombrarse cuando su metódico amo le comunica sus planes. En el fondo no es tan extraño, un hombre tan puntual es el más indicado para abordar tal empresa.

Así tenemos de nuevo a una de esas, ya clásicas, parejas de Julio Verne: Fogg, que confía plenamente en la tecnología, en la ciencia y la razón, y Passepartout, mucho más pragmático, impulsivo y... divertido. Por supuesto a lo largo del viaje los dos cambian, Fogg hasta se enamora y Passepartout casi estaría dispuesto a jugarse su sueldo por asegurar que el itinerario podría haberse realizado solo en 78 días.

Después de atravesar Asia y América, de cruzar varios mares, de enfrentarse a los peores temporales, de rescatar a una bella dama hindú y de escapar de una falsa acusación de robo, lograrán llegar a tiempo, aun quemando su última nave. Aunque casi se lo impedirá un descuido imperdonable en alguien que hacía del reloj su dios.

Verne sostenía: «todo lo que un hombre puede imaginar, otros hombres serán capaces de realizarlo»; y en su libros podemos comprobar como muchos de los adelantos que imaginó se han hecho realidad. En La Vuelta al Mundo en Ochenta Días Verne no se sale de lo verosímil, ya  que el viaje era efectivamente posible.

domingo, 18 de septiembre de 2016

THE REFORM CLUB


Phileas Fogg había dejado su casa de Saville Row a las once y media, y tras haber colocado quinientas sesenta y cinco veces el pie derecho delante del izquierdo y quinientas sesenta y seis el izquierdo delante del derecho, llegó al Reform Club, amplio edificio levantado en Pall-Mall, cuyo coste de construcción no baja de los tres millones.

Phileas Fogg pasó inmediatamente al comedor, con sus nueve ventanas que daban a un jardín con árboles ya dorados por el otoño. Tomó asiento en la mesa de costumbre puesta para él. Su almuerzo se componía de entremeses, un pescado cocido sazonado por una reading sauce de primera clase, de un rosbif escarlata salpicado de condimentos musheron, de una torta rellena con tallos de ruibarbo y grosellas verdes, y de un pedazo de Chester, rociado todo con algunas tazas de ese excelente té, que se cosecha especialmente para el servicio del Reform Club.


A las doce y cuarenta y siete de la mañana, este gentleman se levantó y se dirigió al gran salón, suntuoso aposento adornado con pinturas de lujosos marcos. Allí, un criado le entregó el Times con las hojas sin cortar, y Phileas Fogg se dedicó a desplegarlo con una seguridad tal, que denotaba la práctica más extremada en esta operación. La lectura del periódico le ocupó hasta las tres y cuarenta y cinco, y la del Standard, que le siguió, hasta la hora de la cena, la cual tuvo lugar en iguales condiciones que el almuerzo, si bien con la añadidura de la Royal british sauce.

A las seis menos veinte, el gentleman apareció de nuevo en el gran salón y se abismó en la lectura del Morning Chronicle.


Media hora mas tarde, varios miembros del Reform Club entraban y se acercaban a la chimenea encendida con carbón de piedra. Eran los compañeros habituales de juego de Mr. Phileas Fogg, aficionados al whist como él: el ingeniero Andrés Stuart, los banqueros John Sullivan y Samuel Fallentin, el fabricante de cervezas Tomás Flanagan, y Gualterio Ralph, uno de los administradores del Banco de Inglaterra, personajes ricos y considerados en aquel club, que cuenta entre sus miembros a las mayores notabilidades de la industria y de la banca.

Julio Verne, La Vuelta al Mundo en 80 Días

domingo, 8 de mayo de 2016

EL NAUTILUS Y LOS PULPOS


Era un calamar de colosales dimensiones, de ocho metros de largo, que marchaba hacia atrás con gran rapidez, en dirección del Nautilus. Tenía unos enormes ojos fijos de tonos glaucos. Sus ocho brazos, o por mejor decir sus ocho pies, implantados en la cabeza, lo que les ha valido a estos anima-les el nombre de cefalópodos, tenían una longitud doble que la del cuerpo y se retorcían como la cabellera de las Furias. Se veían claramente las doscientas cincuenta ventosas dispuestas sobre la faz interna de los tentáculos bajo forma de cápsulas semiesféricas. De vez en cuando el animal aplicaba sus ventosas al cristal del salón haciendo en él el vacío. La boca del monstruo ­un pico córneo como el de un loro­ se abría y cerraba verticalmente. Su lengua, también de sustancia córnea armada de varias hileras de agudos dientes, salía agitada de esa verdadera cizalla. ¡Qué fantasía de la naturaleza un pico de pájaro en un molusco! Su cuerpo, fusiforme e hinchado en su parte media, formaba una masa carnosa que debía pesar de veinte a veinticinco mil kilos. Su color inconstante, cambiante con una extrema rapidez según la irritación del animal, pasaba sucesivamente del gris lívido al marrón rojizo.
¿Qué era lo que irritaba al molusco? Sin duda alguna, la sola presencia del Nautilus, más formidable que él, sobre el que no podían hacer presa sus brazos succionantes ni sus mandíbulas. Y, sin embargo, ¡qué monstruos estos pulpos, qué vitalidad les ha dado el Creador, qué vigor el de sus movimientos gracias a los tres corazones que poseen!.
El azar nos había puesto en presencia de ese calamar y no quise perder la ocasión de estudiar detenidamente ese espécimen de los cefalópodos. Conseguí dominar el horror que me inspiraba su aspecto y comencé a dibujarlo.
Otros pulpos aparecían a estribor. Conté siete. Hacían cortejo al Nautilus. Oíamos los ruidos que hacían sus picos sobre el casco. Estábamos servidos.
Continué mi trabajo. Los monstruos se mantenían a nuestro lado con tal obstinación que parecían inmóviles, hasta el punto de que hubiera podido calcarlos sobre el cristal. Nuestra marcha era, además, muy moderada.
De repente, el Nautilus se detuvo, al tiempo que un choque estremecía toda su armazón.
­                -¿Hemos tocado? -­pregunté.
­                -Si, así es ­-respondió el canadiense-­, ya nos hemos zafado porque flotamos.
El Nautilus flotaba, pero no marchaba. Las paletas de su hélice no batían el agua.
Un minuto después, el capitán Nemo y su segundo entraban en el salón. Hacía bastante tiempo que no le había visto. Sin hablarnos, sin vernos tal vez, se dirigió al cristal, miró a los pulpos y dijo unas palabras a su segundo. Éste salió inmediatamente. Poco después, se taparon los cristales y el techo se iluminó.
Me dirigí al capitán, y le dije, con el tono desenfadado que usaría un aficionado ante el cristal de un acuario.
­                -Una curiosa colección de pulpos.
­                -En efecto, señor naturalista ­-me respondió-­, y vamos a combatirlos cuerpo a cuerpo.
Creí no haber oído bien y miré al capitán.
­                -¿Cuerpo a cuerpo?
­                -Sí, señor. La hélice está parada. Creo que las mandíbulas córneas de uno de estos calamares han debido bloquear las aspas, y esto es lo que nos impide la marcha.


­                -¿Y qué va usted a hacer?
­                -Subir a la superficie y acabar con ellos.
­                -Empresa difícil.
­                -Sí. Las balas eléctricas son impotentes contra sus carnes blandas, en las que no hallan suficiente resistencia para estallar. Pero los atacaremos a hachazos.
­                -Y a arponazos, señor -­dijo el canadiense-­, si no rehúsa usted mi ayuda.
­                -La acepto, señor Land.
­                -Les acompañaremos -­dije, y siguiendo al capitán Nemo nos dirigimos a la escalera central.
Allí se hallaba ya una decena de hombres armados con hachas de abordaje y dispuestos al ataque. Conseil y yo tomamos dos hachas y Ned Land un arpón.
El Nautilus estaba ya en la superficie. Uno de los marinos, situado en uno de los últimos escalones, desatornillaba los pernos de la escotilla. Pero apenas había acabado la operación cuando la escotilla se elevó con gran violencia, evidentemente «succionada» por las ventosas de los tentáculos de un pulpo. Inmediatamente, uno de estos largos tentáculos se introdujo como una serpiente por la abertura mientras otros veinte se agitaban por encima. De un hachazo, el capitán Nemo cortó el formidable tentáculo, que cayó por los peldaños retorciéndose.
En el momento en que nos oprimíamos unos contra otros para subir a la plataforma, otros dos tentáculos cayeron sobre el marino colocado ante el capitán Nemo y se lo llevaron con una violencia irresistible. El capitán Nemo lanzó un grito y se lanzó hacia afuera, seguido de todos nosotros.
¡Qué escena! El desgraciado, asido por el tentáculo y pegado a sus ventosas, se balanceaba al capricho de aquella enorme trompa. jadeaba sofocado, y gritaba «¡Socorro! ¡So-corro!». Esos gritos, pronunciados en francés, me causaron un profundo estupor. Tenía yo, pues, un compatriota a bordo, varios tal vez. Durante toda mi vida resonará en mí esa llamada desgarradora.
El desgraciado estaba perdido. ¿Quién podría arrancarle a ese poderoso abrazo? El capitán Nemo se precipitó, sin embargo, contra el pulpo, al que de un hachazo le cortó otro brazo. Su segundo luchaba con rabia contra otros monstruos que se encaramaban por los flancos del Nautilus. La tripulación se batía a hachazos. El canadiense, Conseil y yo hundíamos nuestras armas en las masas carnosas. Un fuerte olor de almizcle apestaba la atmósfera.
Por un momento creí que el desgraciado que había sido enlazado por el pulpo podría ser arrancado a la poderosa succión de éste. Siete de sus ocho brazos habían sido ya cortados. Sólo le quedaba uno, el que blandiendo a la víctima como una pluma, se retorcía en el aire. Pero en el momento en que el capitán Nemo y su segundo se precipitaban hacia él, el animal lanzó una columna de un líquido negruzco, secretado por una bolsa alojada en su abdomen, y nos cegó. Cuando se disipó la nube de tinta, el calamar había desaparecido y con él mi infortunado compatriota.

Una rabia incontenible nos azuzó entonces contra los monstruos, diez o doce de los cuales habían invadido la plataforma y los flancos del Nautilus. Rodábamos entremezclados en medio de aquellos haces de serpientes que azotaban la plataforma entre oleadas de sangre y de tinta negra. Se hubiera dicho que aquellos viscosos tentáculos renacían como las cabezas de la hidra. El arpón de Ned Land se hundía a cada golpe en los ojos glaucos de los calamares y los reventaba. Pero mi audaz compañero fue súbitamente derribado por los tentáculos de un monstruo al que no había podido evitar.
No sé cómo no se me rompió el corazón de emoción y de horror. El formidable pico del calamar se abrió sobre Ned Land, dispuesto a cortarlo en dos. Yo me precipité en su ayuda, pero se me anticipó el capitán Nemo. El hacha de éste desapareció entre las dos enormes mandíbulas. Milagrosamente salvado, el canadiense se levantó y hundió completamente su arpón hasta el triple corazón del pulpo.
­                -Me debía a mí mismo este desquite -­dijo el capitán Nemo al canadiense.
Ned se inclinó, sin responderle.
Un cuarto de hora había durado el combate. Vencidos, mutilados, mortalmente heridos, los monstruos desaparecieron bajo el agua.
Rojo de sangre, inmóvil, cerca del fanal, el capitán Nemo miraba el mar que se había tragado a uno de sus compañeros, y gruesas lágrimas corrían de sus ojos.

Julio Verne, 20.000 Leguas de Viaje Submarino