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viernes, 4 de enero de 2019

LA EVOLUCIÓN DE CALPURNIA TATE


Enviado por Andrea:

Calpurnia Virginia Tate tiene casi doce años y vive con su próspera y extensa familia en la plantación que ésta posee en el sur de Texas, una vasta extensión de cultivos, bosques y ríos que resulta ser el territorio ideal para la actividad favorita de la niña: la observación de todo bicho viviente que se mueva, ande, salte, se arrastre o vuele. Calpurnia se entera de que un tal Charles Darwin ha publicado un libro que trata de eso que tanto le apasiona: la observación de los animales en su medio, y decide pedir la obra en la biblioteca de la ciudad. Pero regresa sin ella, y sin comprender tampoco por qué la bibliotecaria la ha echado de malos modos.

Un buen día, sin embargo, la pequeña mantiene una conversación con su abuelo, al que hasta entonces apenas había osado dirigirse, y descubre que éste es un naturalista aficionado, que hace experimentos en su laboratorio, que posee un ejemplar de La evolución de las especies, y que incluso se cartea con el mismísimo señor Darwin… Pero estamos en 1899, y la madre de Calpurnia no es muy de la opinión de que su hija se pase el día dando tumbos por el campo con un tipo raro como el abuelo, en vez de dedicarse a actividades más adecuadas para una muchacha decente de su edad, como aprender a cocinar y a tejer como Dios manda.

Apoyándose en El origen de las especies de Darwin y en los descubrimientos de Calpurnia, Jacqueline Kelly nos muestra la evolución de Calpurnia Virginia Tate, y cómo cambia su vida cuando su abuelo le abre las puertas al conocimiento y la razón.

La evolución de Calpurnia Tate es uno de esos libros para todos los públicos, que puede gustar a toda la familia. Tanto la escritura como la ambientación son maravillosas; Jacqueline Kelly consigue que el mundo de Calpurnia nos envuelva, no sólo a través de descripciones, sino también con el lenguaje que emplea en los diálogos y con los pequeños acontecimientos que llenan la vida de la protagonista. Un libro delicioso, que se apoya más en los personajes que en el argumento, y que aun así logra captar la atención del lector en todo momento.

jueves, 16 de agosto de 2018

EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS


Dentro de unos días, habré llegado a El corazón de las tinieblas.
Esa novela siempre me ha obsesionado. Al encontrarme, un siglo largo después de Conrad, en los mismos lugares que él visitó, donde padeció la aventura que después se convirtió en libro, no pude evitar la opresión de su sombra, como un peso aplastante.
Sin embargo, las circunstancias eran muy diferentes: ya no estamos en el siglo XIX, sino en el XXI. El centro del río Congo, a plena luz del día, dista mucho de recordar las tinieblas. El río es ancho, más de un kilómetro, y sus aguas reflejan los rayos del sol como mil espejos. El cielo, a esa hora y en ese mes, es tan luminoso que más que azul parece blanco. La selva impenetrable, que corta la vista a lo largo de ambas orillas, combina los verdes más brillantes con los más opacos para formar una imagen caleidoscópica, realzada por las variadas notas de color de las últimas casas de Brazzaville, que se iban perdiendo a nuestra espalda. Todo muy alejado de El corazón de las tinieblas. En apariencia.
El primer día de viaje lo pasé acodado en la amura de estribor, contemplando con prevención la orilla derecha del río, donde la selva contrastaba oscura contra la cegadora luz del sol, que apenas se alzaba sobre las copas de los árboles más altos. La tripulación del vapor parecía compartir mis temores. Además de ceñirse lo más posible a la orilla izquierda, lanzaban miradas de soslayo hacia el lado opuesto, como si temiesen ser atacados en cualquier momento. Pero ningún grupo de hombres armados rompió la quietud y el silencio del bosque, y hasta que pasamos frente a Kunzulu apenas vimos señales de habitación humana. Río abajo, Kinshasa era invisible, oculta por la gran isla boscosa situada en el centro de la balsa de Malebo.
Tras esa masa negruzca de árboles entrelazados, trepadoras y epifitas, uno podía imaginarse lo peor. Detrás de ese telón, invisible como una obra de teatro representada a espaldas del público, a lo largo de miles de kilómetros, ardían a escondidas varios campos de batalla: los de la lucha contra enfermedades misteriosas, terribles, como el SIDA y el virus Ébola; los del conflicto olvidado, la guerra continental africana, la pugna de nueve países por el control de los diamantes. La tragedia de Ruanda, que conmovió al mundo, había contaminado el país vecino, esa triste víctima de colonialismos, guerras civiles y dictaduras, que ni siquiera parece capaz de mantener su nombre, pasando en rápida sucesión, en menos de medio siglo, por Congo Belga, Congo-Kinshasa, Zaire, República Democrática del Congo...
Afortunadamente, mi viaje no haría otra cosa que rozar la frontera fluvial del país mártir. Yo me dirigía a Ouésso, al norte del otro Congo, la República del Congo, el Congo-Brazzaville. Para llegar allí debíamos remontar el gran río hasta su confluencia con uno de sus afluentes, el Sangha, un poco más arriba de Mossaka. Una distancia de casi cuatrocientos kilómetros. A partir de ahí, otros trescientos sesenta Sangha arriba. Allí, al revés que a Marlow, el héroe de la novela de Conrad, no había ningún Kurtz esperándome. Al menos, eso creía yo.
Me las prometía muy felices. Por cuenta de mi periódico, iba a entrevistar a una mujer famosa en todo el mundo, la doctora Joan Wickedwhole, la zoóloga. No era mi primer viaje a los lugares exóticos del planeta. Hace años me interné en las profundidades de las selvas de Camboya para hacer un reportaje gráfico sobre el estado de las ruinas de Angkor Vat después de la caída de los Jemeres Rojos. También he estado en las canteras de Liao-Ning, en el corazón de China, donde tuve la suerte de ser testigo del descubrimiento de una nueva especie de dinosaurios con plumas, el Microraptor gui. Todo esto me ha dado cierta notoriedad, que me resbala, pues me interesa mucho más lo que yo hago que lo que digan de mí.
La mañana del segundo día cambió el aspecto del paisaje. El río se ensanchó considerablemente y comenzó a salpicarse de cadenas de islas que dividían su corriente y nos protegían convenientemente de la temida orilla derecha. La pantalla de árboles que se alzaba a nuestra izquierda se hizo menos tupida y permitió columbrar a lo lejos sabanas abiertas pobladas por pequeños grupos de jirafas, los únicos animales visibles a esa distancia.
A la caída de la noche llegamos a Mossaka, poco más que un amontonamiento de casas nativas alrededor del muelle. Descendí a tierra y busqué alojamiento en una fonda a dos calles del río, pues la tripulación tenía que dejar allí parte de la carga y no proseguiríamos viaje hasta la mañana siguiente. Apenas puse pie en el muelle, me asaltó una nube de mosquitos, de los que nos habíamos librado, desde que salimos de Brazzaville, gracias a la velocidad del barco. La cena fue un simple guiso de arroz con pan de mandioca, sazonado por precaución con una píldora antipalúdica. Dormí de un tirón sobre una triste colchoneta, debajo del mosquitero, aunque estaba magullado después de treinta y seis horas de viaje por el río.
Apenas alboreó el día, emprendimos la segunda parte del viaje y abandonamos el río Congo y la frontera, introduciéndonos en el Sangha y en el territorio de la República del Congo. El terreno es pantanoso, cubierto de manglares, juncos y hierbas altas. Allí la selva se retira del río, pero su masa oscura sigue siendo visible a la distancia como una amenaza insondable.
Durante la noche siguiente, mientras trataba en vano de conciliar el sueño sobre un duro catre, poco más que un estrecho banco cubierto con una manta, penetramos en el territorio de Sangha, una de las dos regiones situadas al norte de la República, la parte más salvaje y menos poblada del país. Según los datos que había podido recabar, poco dignos de confianza por la falta de censos fiables, la población de Sangha no llega a un habitante por kilómetro cuadrado. No era, pues, de extrañar que al día siguiente, último del viaje, apenas distinguiésemos casas o seres humanos en las orillas, aparte de un par de aldeas ribereñas, Pikounda e Ikelemba, donde ni siquiera nos detuvimos. Poco más allá de esta localidad, la selva vuelve a acercarse por ambos lados hasta las márgenes, y el río, mucho más estrecho que en su desembocadura, se convierte en un túnel umbrío, que avanza entre dos murallas verdes que se aproximan por la parte superior, dejando apenas entrever el cielo como una estrecha banda sobre nuestras cabezas.
Caía la tarde cuando llegábamos a Ouésso. La capital de la región de Sangha, situada junto a la frontera del Camerún, es tan pequeña que ni siquiera figura en muchos mapas. Las chozas nativas, cuadradas con techo de bálago, se agrupan de forma irregular alrededor de los edificios administrativos, que forman el centro de la localidad. Avisado por radio de mi llegada, el señor Kukuya, representante del gobierno en Ouésso, me estaba esperando en el muelle. Se lo agradecí, especialmente cuando me informó de que la doctora Wickedwhole no vivía en la ciudad.
—Es un poco tarde —dijo, señalando hacia el cielo, que el breve crepúsculo ecuatorial había oscurecido en un abrir y cerrar de ojos—. No encontrará a nadie que quiera guiarle en plena noche. Entre tanto, le ofrezco la humilde hospitalidad de mi casa y de mi mesa.
—Acepto agradecido —repuse—. ¿Está muy lejos de Ouésso la residencia de la doctora?
—A unos diez kilómetros hacia el este, al otro lado del río, en el corazón de la selva. El camino no es difícil. Mañana, a primera hora, le llevarán hasta allí.
Kukuya chascó dos dedos para ordenar a un par de mozos que cargasen con mi equipaje, y emprendió la marcha hacia el centro de la capital. Le seguí, arrastrando un poco los pies, pero contento ante la perspectiva de una buena cena y de dormir en una cama de verdad, después de cuatro días de viaje agotador. Las palabras que había pronunciado mi huésped me habían recordado mi obsesión, la novela de Conrad. Por fin estaba en El corazón de las tinieblas.

Manuel Alfonseca, Los Moradores de la Noche

lunes, 8 de enero de 2018

MUJERES DE CIENCIA


Este libro ilustrado de Rachel Ignotofsky  pone de relieve las contribuciones de cincuenta mujeres notables a los campos de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas, desde el mundo antiguo hasta nuestros días. Su intención es celebrar los logros de estas científicas e inspirar la curiosidad en las jóvenes para que se hagan preguntas sobre el mundo en el que vivimos e intenten encontrar las respuestas.

Cada una de las cincuenta científicas aparece a doble página: en la par encontramos su retrato en un fondo relacionado con su campo de estudio: átomos, estrellas, animales, volcanes, material médico, químico, libros…, y en la impar una breve biografía, así como un resumen de sus trabajos relacionados con la ciencia y los avances a los que contribuyeron, todo ello con unas ilustraciones que nos recuerdan los cómics.


Encontramos, entre otras, a la filósofa Hipatia de Alejandría (una de las primeras mujeres de quienes se tiene constancia que estudió y enseñó matemáticas), la matemática Ada Lovelace (la hija de lord Byron, la primera persona que creó un programa de computador), la química Marie Curie (ganadora de dos premios Nobel), la actriz Hedy Lamarr (inventó una versión del espectro ensanchado, técnica de modulación empleada en telecomunicaciones), la primatóloga Jane Goodall, Lise Meitner (descubrió la fisión nuclear), Sylvia Earle (bióloga marina, que intenta detener la polución y la sobeexplotación pesquera)…

Al final encontramos un listado de 14 + 1 científicas más, donde la última es una silueta en negro, que indica que la próxima científica podrías ser tú


MEJOR LIBRO DE CIENCIA 2016 POR SCIENCE FRIDAY

domingo, 18 de junio de 2017

ÁNGELA LÓPEZ ROJO, GANADORA DE LA OLIMPIADA AGROALIMENTARIA, MEDIOAMBIENTAL Y FORESTAL


Este sábado, 17 de junio, Ángela López Rojo, nuestra alumna de 2º de Bachillerato Ciencias y una de las mejores notas en la  EvAU de la Universidad de Castilla la Mancha, ha conseguido el Primer Premio en la Fase Nacional de la Olimpiada Agroalimentaria, Medioambiental y Forestal, celebrada en Valencia, en la asignatura de Biología.

Hay que recordar que ya en la fase regional, Patricia Jerez Sánchez, también alumna de 2º de Bachillerato Ciencias del IES Octavio Cuartero, fue la primera clasificada en el área de Ciencias de la Tierra y Medioambientales, obteniendo una beca equivalente al pago de la matrícula si se matricula en alguna de las titulaciones de primer curso de Grado de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos de Albacete; que Ángela, en esa fase, se clasificó  en segundo lugar de la asignatura de Biología; y que el  IES Octavio Cuartero, por ser el centro cuyos participantes han obtenido mayor cuantía de premios, también resultó premiado.

 La Olimpiada Agroalimentaria, Medioambiental y Forestal pretende llamar la atención de los estudiantes de Bachillerato sobre la relevancia económica, social y ambiental del sector agroalimentario y del vinculado a la naturaleza y el medio ambiente, así como sobre la importancia de la formación universitaria que en este campo se imparte.

      Pero Ángela no solo destaca en la rama de ciencias. Hace tres años, ganó con su relato Partitura Obligada la XXI Edición de Cuentos del Alma.

        ¡Enhorabuena, Ángela, sigue así con tus nuevos estudios de Medicina!

lunes, 8 de agosto de 2016

EL MUSEO DE HISTORIA NATURAL


Cuando era un niño, el mejor lugar del mundo se encontraba en Londres, a un corto paseo de distancia desde la estación de South Kensington. Era un edificio ornamentado, construido con ladrillos de colores, y tenía —y ahora que lo pienso, todavía las tiene— gárgolas repartidas por todo el tejado: pterodáctilos y tigres de dientes de sable. En el vestíbulo se erguía el esqueleto de un Tyrannosaurus Rex, y la réplica disecada de un dodo en una vitrina polvorienta. Había seres metidos en frascos que antaño estuvieron vivos, y seres en cajas de cristal que ya no seguían vivos, todos clasificados, catalogados y sujetos con alfileres.



Se trataba del Museo de Historia Natural. En el mismo edificio se encontraba el Museo Geológico, que albergaba meteoritos, diamantes y minerales extraños y espléndidos, y nada más doblar la esquina aparecía el Museo de Ciencias, donde podía evaluar mi capacidad auditiva y regocijarme porque oía mucho mejor que los adultos.

Era el mejor lugar del mundo que yo podía visitar.

Estaba convencido de que al Museo de Historia Natural solo le faltaba una cosa: un unicornio. Bueno, un unicornio... y un dragón. Tampoco había hombres lobo. (¿Por qué no había nada sobre hombres lobo en el Museo de Historia Natural? Yo quería aprender más cosas sobre los hombres lobo). Había vampiros, pero ninguno de esos tan elegantes, y no había una sola sirena —las busqué—, y en lo que respecta a grifos y mantícoras, tampoco les quedaba ninguno.


(Nunca me sorprendió que no tuvieran un fénix en exposición. Obviamente, solo existe un fénix cada vez, y mientras que el Museo de Historia Natural está lleno de cosas muertas, el fénix siempre está vivo).

Me gustaban los enormes fósiles de dinosaurio y los animales insólitos y polvorientos alojados en vitrinas de cristal. Me gustaban los animales vivos, los que respiraban, y los prefería cuando no se trataba de mascotas: me encantaba toparme con un erizo, con una serpiente, con un tejón o con las diminutas ranas que, una vez cada primavera, acudían brincando desde la charca que había al otro lado de la carretera y convertían nuestro jardín en un lugar lleno de vida.

Me gustaban los animales de verdad. Pero los animales cuya existencia era más ignota me gustaban incluso más que aquellos que brincaban, culebreaban o deambulaban por la vida real, porque eran insólitos, porque podía ser que existieran o no, porque el simple hecho de pensar en ellos conseguía que el mundo se convirtiera en un lugar más mágico.

Me encantaban mis monstruos.

«Donde hay un monstruo», nos contaba el sabio poeta norteamericano Ogden Nash, «hay un milagro». Me habría gustado poder visitar un Museo de Historia Antinatural, pero, al mismo tiempo, me alegraba de que no existiera ninguno. Era consciente de que si los hombres lobo eran maravillosos, se debía a que podían ser cualquier cosa. Si alguien llegara a capturar a un hombre lobo, o a un dragón, si domesticaran a una mantícora o confinasen a un unicornio, si los metieran en frascos y los diseccionasen, entonces solo podrían ser una única cosa, y dejarían de vivir en esos lugares ocultos a medio camino entre el mundo real y el de lo imposible, el cual, de eso estaba seguro, era el único que de verdad importaba.



No existía tal museo, no en aquel entonces. Pero yo sabía cómo visitar a las criaturas que nunca podrían avistarse en los zoos, ni en los museos, ni en los bosques. Me estaban esperando en los libros y en los cuentos, ocultos entre los veintiséis caracteres del alfabeto y un puñado de signos de puntuación. Esas letras y palabras, cuando se colocaban en el orden apropiado, podían invocar a toda clase de personas y criaturas exóticas de entre las sombras, podían revelar las motivaciones y las mentes de los gatos y de los insectos. Eran hechizos, deletreados con palabras que creaban nuevas palabras, que me aguardaban entre las páginas de los libros.

El nexo entre los animales y las palabras viene de lejos. (¿Sabías que nuestra letra A comenzó su existencia como la representación pictórica de la cabeza de un toro puesta del revés? Los dos palitos sobre los que se sostiene la A eran originariamente cuernos. La puntiaguda parte superior representaba su cara y su nariz).

Neil Gaiman, Introducción a Criaturas Fantásticas

viernes, 26 de febrero de 2016

EL GEN EGOÍSTA

Enviado por Pepa:

"Somos máquinas de supervivencia, autómatas programados a ciegas con el fin de perpetuar la existencia de los egoístas genes que albergamos en nuestras células." Así de rotundo es el comienzo del libro en el que el etólogo Richard Dawkins popularizó la teoría de que los genes son las verdaderas «unidades» centrales de la evolución, en vez de los individuos como los animales o las plantas. De esto hace ya casi cuarenta años, pues el libro se publicó en 1976.


Según Dawkins, los genes primigenios nos crearon a las personas y los animales, quienes somos en realidad meras «máquinas de transmisión». Como máquinas podemos funcionar mejor o peor en nuestro entorno y de este modo continuar la cadena (garantizar la supervivencia y reproducción de los genes) a lo largo del tiempo, o perecer en una selección evolutiva. En su momento fue una forma de ver las cosas al revés sobre muchas ideas tradicionales sobre la evolución centrada en los individuos o las especies (por no hablar respecto a las ideas religiosas al respecto), pero actualmente hay cierto consenso en la comunidad científica sobre que esta idea es la que probablemente más se acerca a la realidad.

viernes, 26 de septiembre de 2014

LA CIENCIA DE SHERLOCK HOLMES

Pocos personajes en la literatura son más universalmente reconocidos que Sherlock Holmes. Sujeto de sesenta historias escritas por Arthur Conan Doyle y de incontables pastiches de otros autores (por no mencionar incluso una o dos «biografías»), Holmes es un icono de la literatura. Los lectores quedan cautivados por sus poderes de observación y razonamiento deductivo, pero lo que a veces pasan por alto es el uso de la ciencia y los métodos forenses que se hace en sus historias. Mucho antes de que las series de televisión le hicieran tan popular, Conan Doyle (y Holmes) abrió un nuevo camino en esto, añadiendo profundidad y complejidad al género de detectives iniciado por Edgar Allan Poe. Este libro se centra en los aspectos científicos de Sherlock Holmes. Cada una de las sesenta historias hace alguna mención a la ciencia. Y en algunas de las historias, la ciencia es el factor dominante.

La ciencia de Sherlock Holmes, de James O'Brien, nos enseña cómo descifrar casos con ciencia y medicina forense. Admiramos a Sherlock Holmes por ser el más astuto de los detectives pero, ¡elemental, querido lector!: no solo era inteligente, sabía mucho de ciencia... Sherlock Holmes sigue fascinando a millones de lectores y aficionados al cine por igual.

El autor es un conocido científico que ha impartido conferencias por todo el mundo sobre los métodos científicos de Holmes, consiguiendo un éxito abrumador. Jim O'Brien es Distinguished Professor Emeritus en la Universidad de Missouri. Apasionado por la figura de Holmes. O'Brien ha impartido más de 150 conferencias sobre Holmes y la ciencia, cursos universitarios sobre el mismo tema en Londres.

En La ciencia de Sherlock Holmes, James O'Brien ofrece una mirada en profundidad a la utilización que Holmes hace de la ciencia en sus investigaciones. De hecho, una de las razones del atractivo de Holmes es su frecuente uso del método científico y el amplio conocimiento científico en que se basó para resolver misterios, y el autor revela que Holmes fue un pionero de la ciencia forense, haciendo uso de las huellas digitales mucho antes de que Scotland Yard adoptara este método. Uno de los aspectos más atractivos del libro es cómo el autor incluye antecedentes de la vida real sobre temas como el análisis de la escritura, que describen cómo se han utilizado para capturar los asesinos famosos.

Sherlock Holmes era un buen conocedor de varias ciencias, especialmente la química, y el libro se ocupa de venenos químicos como el monóxido de carbono, el cloroformo o el ácido prúsico (más conocido como cianuro), echando por tierra famosa afirmación de Isaac Asimov que Holmes era un químico torpe. Además, en el libro desfilan otras ciencias como las matemáticas, la física, la biología, la astronomía, la meteorología y la geología, siempre en el contexto de las hazañas de Holmes.


El libro se estructura en cinco capítulos y nos invita a realizar un recorrido por las historias de Holmes desde una perspectiva diferente.

En el primer capítulo nos acerca a cómo se creó el personaje: el mismo autor; Edgar Allan Poe, creador del personaje de Dupin; y el Dr. Joseph Bell, mentor de Conan Doyle en la Facultad de Medicina. El segundo capítulo realiza una reseña de los principales personajes de sus historias: Sherlock, el Dr. Watson, Moriarty, Mycroft, la señora Hudson…

Los otros tres capítulos se centran en los métodos científicos aplicados por Holmes. El autor realiza un examen detallado de las técnicas usadas como las huellas dactilares, las huellas de pisadas, el análisis de documentos manuscritos e impresos, o la criptografía. El capítulo dedicado a los conocimientos químicos de Holmes adquiere un interés principal al ser la especialidad del autor, capacitándole para dar respuesta a un interesante interrogante: estos conocimientos ¿eran profundos o excéntricos? El libro termina con un capítulo dedicado a los conocimientos de Holmes en otras seis ciencias: Matemáticas, Biología, Física, Astronomía, Geología y Meteorología. 

domingo, 23 de marzo de 2014

PRIMAVERA SILENCIOSA

Enviado por Julia:

"La osadía de creernos capaces de manipular impunemente la vida y la naturaleza nos ha llevado a activar una guerra silenciosa cuyas consecuencias no somos capaces de imaginar y mucho menos de prever".

Muchos investigadores consideran que Primavera Silenciosa (1962), de la bióloga marina Rachel Carson, es el primer texto divulgativo que trata el impacto ambiental, y dio inicio a lo que hoy conocemos como ecologismo.

El volumen reúne una serie de textos que Carson publicó en forma de serial en The New Yorker, en los que advertía de los efectos perjudiciales que los pesticidas tenían sobre el medio ambiente. En ellos criticaba duramente a la industria química, a la que acusaba de la creciente contaminación del planeta.

El libro fue recibido con una gran polémica. Muchos científicos criticaron el alarmismo de la autora, y aún hoy sus teorías son discutidas, pero el apoyo popular fue tan grande que, diez años después de su publicación, el Gobierno estadounidense se vio obligado a prohibir el popular DDT, cuya toxicidad y peligrosidad fue advertida en este libro.

Rachel Carson fue pionera en darse cuenta y explicarle al mundo cómo el crecimiento de la civilización estaba amenazando la vida en la Tierra y la propia existencia de la humanidad. En su libro analiza la historia de una población en EE.UU en la que se pulveriza DDT, un plaguicida muy común que pretendía acabar con una invasión de escarabajos.

Esta acción desencadenó una cascada de fatalidades, pues los escarabajos muertos atrajeron a las aves insectívoras, muchas de las cuales murieron al ingerir el veneno en los insectos contaminados. Además, las que sobrevivieron no pudieron reproducirse porque esta sustancia impide que la cáscara del huevo se endurezca.

Explica también cómo el agua de la lluvia arrastró la sustancia afectando seriamente a las lombrices y contaminando los lagos y manantiales, lo que provocó la muerte masiva de conejos, zorros, ardillas, ratas almizcleras y exterminó a los gatos. Mientras mayor era el nivel trófico, la concentración del DDT en los tejidos animales era mayor.

De este análisis salió el nombre del libro, remarcando que si seguíamos así, podríamos tener en el futuro una primavera sin aves, es decir, silenciosa.

En 2006, Primavera silenciosa fue considerado uno de los 25 libros de divulgación científica más influyentes de todos los tiempos por los editores de Discover Magazine